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El joven de la oscuridad

“La pluma hace al pájaro”, decía mi abuelo, pero como mis hermanos y yo vestíamos siempre ropa humilde, desde niño sentía que éramos unos pájaros desplumados que nunca íbamos a levantar vuelo y ser personas respetadas. En aquella época, la vestimenta personal servía no solamente para abrigarnos y cubrir nuestra desnudez, sino también para encasillarnos a la clase social de donde proveníamos, ahondando las diferencias socioculturales. Pero por más profundas que puedan haber sido estas diferencias de vestuario, nunca hubiera imaginado que un atuendo de lujo hubiera podido desencadenar un drama pasional de amor, lujuria y locura.

Yo era estudiante en la facultad de medicina de Tucumán en los años de 1970. En mi adolescencia siempre había sido un muchacho muy reservado, tímido y huraño y, por lo tanto, con pocos amigos. Esta faceta se agudizó en mi primer año en la universidad al verme rodeado de estudiantes de altos estratos sociales y mucho mejor vestidos que yo. Ellos usaban para ir a las clases pantalones de jeans de buena marca, camisa de calidad y zapatos clásicos o mocasines de cuero fino; para invierno usaban saco de la más fina lana y la más elegante confección. Todos tenían reloj pulsera suizos y escuchaban a los Beatles, siendo casi todos hijos de profesionales, empresarios o empleados públicos.

Mi forma de vestir era, en cambio, un gran contraste con la mayoría de los estudiantes debido a que yo era un joven de muy bajos recursos. Iba siempre de zapatillas de tela ordinaria, camisa y pantalones de grafa gastados y parchados, como las que usaban los obreros zafreros, y escuchaba a Leo Dan o Palito Ortega y la música melancólica de balada que se oía frecuentemente en los barrios periféricos donde los fines de semana se consumía mucho alcohol.

Vestir diferente del resto de la sociedad me distanciaba aún más de la gente. Esta forma huraña de ser era tal vez un mecanismo defensivo, basado en una inseguridad personal por temor a no ser aceptado, o ser ignorado, y en la facultad esto se convirtió en un temor constante a ser rechazado por una compañera muy hermosa y de clase social alta que se había sentado en un pupitre cerca de mí el primer día de clase de la materia histología. Esa mujer bella de familia adinerada, que agudizaba mi timidez pero que al mismo tiempo atrajo mi mirada, despertó mi pasión e hizo entrar mis hormonas en ebullición, se llamaba Ana Lía Helguera, la tataranieta de un célebre gobernador de Tucumán.

Yo había nacido en un barrio humilde, o villa de emergencia, como se llamaba en esa época, en donde la miseria humana nos acechaba diariamente en sus diferentes formas, una de las cuales era el resentimiento social. En mí, la animosidad y el encono me lo había inculcado en parte mi padre, un vendedor ambulante que tenía solo segundo grado de escuela primaria y siempre se refería a la gente adinerada como “los cogotudos explotadores” o “los niños fifí de cuello duro”; él era de otra época, cuando no existía aún la clase media y a la cual nosotros tampoco pertenecíamos. ‘Tenés que estudiar y recibirte si querés ser de clase media’, me dijo una vez mi tío, el hermano de mi mamá y padrino. Ella había fallecido cuando yo era muy niño aun.

Yo podía asistir a la universidad debido a la gratuidad de la educación en Argentina, lo cual era nuevo, siendo yo uno de los primeros estudiantes de zonas marginales y, como tal, albergaba en mi corazón esperanzas y deseos de aprender y de superarme, de ser alguien en la vida. Sin embargo, esos deseos de superación eran saboteados por la sordidez de la circunstancia en donde había nacido y criado y que la llevaba en mi inconsciente. Esta afloraba en sentimientos conflictivos que me impedía adaptarme y relacionarme con la gente que yo consideraba de clase alta y que tal vez no lo eran tanto. Este conflicto no resuelto se incrementó cuando conocí a Ana Lía.

Ella era una bella y joven mujer, saliendo de su adolescencia. Tenía ojos claros, verdosos, cabellos lacios y castaños que fluían hasta sus hombros con mucho brillo, pero lo que la hacía angelical era su bella nariz respingada, una nariz nórdica, que combinaba a la perfección con una boca ligeramente carnosa, lo que le daba a Ana Lía un rostro voluptuoso. Era de estatura mediana, tenía muslos bien formados, y caderas anchas, con una cola consistente y firme. Recuerdo como la bombacha se le pegaba apretadamente entre sus dos nalgas sustanciosas debajo de su short. Los años de 1970 habían traído la moda de la minifalda y los shorts en las mujeres. Es por ello que siempre pude apreciar desde el primer día que la vi las piernas sensuales de Ana Lía.

Ese primer día, la vi entrar al aula con sus tetas bamboleantes debajo de una solera azul. Hacía ya un rato que había empezado la clase de histología cuando llegó, sentándose en el único asiento-pupitre que quedaba vacío, el que estaba a mi lado. Me sonroje cuando se sentó, ya que sentí que era demasiada diosa para estar al lado de un habitante de una escuálida villa.

“¿Hace mucho que empezó la clase?” me preguntó.

“Ya van diez minutos más o menos,” le contesté, mirándola de reojo, disfrutando su suave colonia de mujer.

“¿Estás tomando apuntes de la clase? Bárbaro! Después me los prestas,” dijo ella, extrovertidamente y segura de sí misma.

“Si.., si.., si.., cómo no!” Le respondí, tartamudeando, sintiéndome eclipsado y asfixiado por su sólido aplomo y seguridad personal.

“¿Cómo te llamás?” Me preguntó en voz baja.

“Armando”, le respondí.

“Yo me llamo Ana Lía”, me susurró, para no interrumpir la clase, inclinándose ligeramente de costado.

Al día siguiente la volví a ver en la clase de anatomía, pero se sentó tres bancos más a delante. Cuando me devolvió los apuntes, su mirada se trabó con la mía por unos eternos segundos. Sus labios sensuales se abrieron en una seductora sonrisa, como una sutil invitación al tibio túnel del ensueño de un hombre necesitado. Mi lujuria se había exacerbado a flor de piel y sentía el hambre de sexo y la pobreza de amor y ternura en carne viva.

“Muchas gracias Armando. La próxima clase de histología también voy a llegar un poco tarde. Te voy a volver a molestar,” me dijo al entregármelos.

“No hay problemas Ana Lía. Estoy para servirte,” le dije tímidamente, sonrojándome al sorprenderme a mí mismo por tal frase.

Cuando entró al aula en la próxima clase de histología, el único asiento disponible estaba un poco distante del mío, pero le hice seña desde lejos a mi cuaderno de apuntes para indicarle que se lo iba a prestar luego. Se sonrió, me saludo con su mano y se sentó, cercano al grupo de estudiantes politizados, a dos de los cuales ella parecía conocerlos bien. Sin embargo, no pude completar de apuntar toda la clase, porque faltando unos quince minutos para que ésta terminara, un integrante de ese grupo extremista, se envolvió el rostro con un pañuelo grande e interrumpió la clase.

“Permítame profesor hablar. Debemos interrumpir para transmitir una importante proclama de la organización ‘montoneros’ al pueblo estudiantil,” comenzó de esta forma la arenga política de extrema izquierda a toda la clase, a la que se agregaron más alumnos de otras aulas.

Eran los niños fifí bien vestidos que hablaban en nombre del pueblo, al que ellos creían representarlo, haciendo referencia a la lucha de clase, a la pobreza, al trabajo y a la guerra de ‘liberación’ que ellos sostenían que iban a iniciar junto al ERP. Me pregunté cómo podían hablar de pobreza si nunca la habían sufrido, o de trabajo si nunca habían agarrado una pala siquiera. Era el año de 1973, año de elecciones presidenciales, en el cual ellos no presentaron candidato alguno, prefiriendo desde la clandestinidad con el extremismo ortodoxo.

Al finalizar la arenga, la vi a Ana Lía marcharse con ese grupo. Aunque me sentí al principio algo desairado y frustrado al no poder prestarle mis apuntes, al verla darse la vuelta para saludarme desde la distancia me volvieron las ilusiones por esa hermosa mujer, con la cual yo había caído en un estado de ensoñación, de la misma intensidad, quizá, que aquellos niños chetos lo estaban pero con las ideologías marxistas de la época.

Ana Lía era mi única ideología válida para mí; esa boca, esos ojos, sus tetas bamboleantes, y esas piernas carnosas! ‘Quisiera ser tu proletario, mi señorita burguesa, para arrodillarme frente a vos, bajarte tus pantaloncitos cortos y empezar a servirte de a poquito durante una larga jornada de explotación sensual,’ recuerdo que yo había escrito en un pedazo de papel suelto del cuaderno, fantaseando como un adolescente.

Los meses pasaron desde el primer día que conocí a Ana Lía. Ella se había vuelto una gran obsesión. Ya ni siquiera podía concentrarme para prestar atención a los profesores y me costaba mucho tomar apuntes de sus clases. Ella estaba presente en mi mente en todo momento. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, el asunto no avanzaba más de ‘un tomarse de la mano’ en forma breve o de un beso en la mejilla al despedirme de ella con un ‘hasta mañana’. Una vez me invitó a tomar un cortado en el bar de la facultad, pero cuando parecía que iba a pasar algo, el bar tuvo que cerrar porque la facultad fue copada por dos días, esta vez por el ERP, para un congreso ideológico, con discurso e izamiento de bandera maoísta con la estrella roja en el aula magna. Entonces, ella se despidió de mí apresuradamente para irse a las reuniones, diciéndome que tenía que participar en las mismas.


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