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Excerpt for El Zombiólogo by , available in its entirety at Smashwords

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El zombiólogo – relatos sobre zombis.




















Autor: Miguel Ángel Ruiz González-Granda (Nenu Ruiz).

Edición n.º 1.

Edita: Miguelillosoft


ÍNDICE



* Comentarios

* Juan Z

* Sara Z

* Lo que aprendimos con los zombis

* Los zombis mediáticos.

* Los cuatro hermanos.




















Comentarios.



Zombiología=es la ciencia que estudia a los zombis y características, así como sus costumbres su historia.


Zombiólogo=el especialista en zombiología.



En estos relatos se cuentan historias sobre zombis, donde aparecen especialistas (zombiólogos) que ayudan a ir explicando diversos asuntos sobre esta apasionante ciencia (la zombiología) y los especialistas que trabajan en ella, los zombiólogos. Por esa razón (y también para unificar el título) doy en llamar a la obra “el zombiólogo”.

Dado que las profesiones suelen tener la forma griega “logo” precedida de el prefijo, que suele terminar también en “o”, para no desentonar, llamo a esta “ciencia” zombiología en lugar de zombilogía, y al profesional zombiólogo, en lugar de zombílogo.














Juan Z.


Irene era una hermosa mujer: rubia, de mediana estatura y muy estilizada, de unos cuarenta y cinco años de edad. Vivía con su marido, Iván, de la misma edad que ella, y con su cuñado, Juan (el hermano de Iván). A Juan no lo mataron los zombis, no directamente, al menos. Murió de un accidente de tráfico, cuando de camino a casa aparecieron tres Muertos Andantes y al dar él un volantazo para esquivarlos, se salió de la carretera y se despeñó. Fue muy traumático para Irene (que lo adoraba) y sobre todo para su hermano Iván, pues ambos estaban muy unidos; lo peor de todo, si cabe, es que el matrimonio vio lo sucedido a pocos metros de distancia.

Fue una lástima, desde luego, pues el pobre Juan tenía sólo veintiseis años; estaba, como se dice, en la flor de la vida. El joven, ya muerto, despertó enseguida, pero quedó varado en un socavón de cuatro metros y medio, de donde nunca pudo salir por sus propios medios. Así que cuando el resorte sobrehumano que le activó su segunda vida lo puso en marcha, Juan (o como lo llama su hermano desde entonces, Juan Z) sólo andaba monótonamente de un lado para otro. Y ésa era su vida.

Era agobiante ver a Juan Z todos los días caminar de aquella forma tan cansina y parsimoniosa, sin parar, sin agotarse, y sobre todo, sin meta alguna que cumplir, mientras rugía y gemía levemente como su única forma de expresión, por todo el mundo conocida.

Iván, antes del advenimiento de los zombis trabajaba en una multinacional de biología computerizada, que luego cerró; era ingeniero en biorrobótica, y cuando las fuerzas de Juan Z cesaron, cuando sus tendones se rompieron finalmente y su cuñado quedó estático, y tanto sus brazos y piernas, como incluso de su mandíbula dejaron de poder moverse, decidió que era momento de pasar a la acción, de modo que con ayuda de Irene, bajó al hoyo y comenzó a eliminar del cuerpo de su malogrado hermano los despojos de carne putrefacta (músculos, tendones y nervios) que se habían adherido con fuerza a los huesos, para limpiarlos definitivamente. Así quedó el tal Juan Z converternido un objeto digno de museo anatómico forense, como invitado estelar. Un auténtico esqueleto con su cráneo pelado.

Pero a Ivan (el biorrobotista) no le pareció suficiente, porque lo transformó en una réplica robótica, adosándole al cerebro (única parte que aún funcionaba) algunos implantes de memoria biónica para poder controlarlo a distancia, y un exoesqueleto de tendones artificiales para la movilidad. Era todo lo que se podía hacer por él.

Y al menos en ese estado dejaba, de paso, de ser peligroso, y a Iván le daba la impresión de que seguía conservando algo de su hermano, aunque no fuera más que un robot hecho con huesos humanos.

Los zombis iban y venían con frecuencia por la barriada donde vivía el matrimonio, que comprobaba con sorpresa, podía moverse sin ser atacado siempre que en sus viajes los acompañase Juan Z. Juan Z conservaba cierto movimiento autónomo de zombi, porque claro, era un Muerto Viviente y podía comunicarse con los otro muertos vivientes, pero a la vez el implante telepático que le había adaptado Iván obraba la virtud sobre él de permitir enviar a su hermano mensajes (y órdenes) mentales.

Estos mensajes contribuían a apaciguar el instinto salvaje de su hermano, que tras su muerte siempre estaba latente, y por otro utilizar el lenguaje de los zombis de su hermano, para controlarlos, o al menos evitar que aquéllos atacaran al matrimonio.

Como no podía ser de otra forma, en el maremagnum de Muertos Vivientes que recorrían su calle todos los días era más frecuente que nunca, y la vida de los dos únicos seres vivos que aún residían allí pendía siempre de un delgado hilo.

Una de las pocas cosas (o quizás la única) que ayudaba (al menos a Irene) a apaciguar la tensión que provocaba esta situación, era ver pasar niños solitarios, niños muertos, pues la mujer se enternecía mirándolos. Al hacerlo no podía evitar preguntarse qué penosa circunstancia los debía haber llevado a pertenecer al “selecto” club Z. Sin embargo, no fue hasta tres meses más tarde cuando le vino a la cabeza la loca ocurrencia de querer meterlos en su casa.

—¿Cómo has dicho? —inquirió Iván—. ¿He oído bien? ¿Meter a esos… a esas carroñas humanas en nuestra casa?

—¡No los llames así! ¡Ellos no tienen la culpa de su situación! —rezongó.

—¿Y los adultos sí? ¿Acaso Juan Z es así por su propia elección?

—No he querido decir eso.

—Pues lo parece. Porque te olvidas de que con nosotros vive un zombi también, que a duras penas puedo controlar. Los implantes biotecnológicos de su cerebro no son perfectos, y tampoco durarán para siempre sobre la malla que recubre su verdadero cerebro,que está putrefacto y casi inservible. Esa malla, compuesta de neuronas hechas con células madre, es la que lo hace funcionar, con la que he creado el cerebro de neuronas artificiales, totalmente biológicas. Y como todo lo que está vivo, se descompondrá.

—¡Lo siento! ¡Pensaba que era permanente! Que lo relativo a Juan Z estaba todo arreglado.

—¡Pues no lo es! —alzó la voz, irritado —. Es biodegradable, y lo peor, de corta duración. Quizás dure un año, o tal vez, con suerte, dos. Y cuando se degrade quizás no tenga la oportunidad de implantarlo en cerebro alguno, pues el suyo se habrá hecho una masa viscosa tal que sea imposible de utilizar ¿No crees que tengo ya preocupaciones bastantes?

—Sí… Lo siento… Perdona. No lo sabía.


Aquella noche apenas hablaron, y se acostaron pronto, después de que Iván hubiera ido al salón a darle las buenas noches a su hermano, que no le respondió; nunca lo hacía, porque no podía hacerlo.

Al día siguiente Irene despertó radiante, llena de felicidad en su cara, y miró a su marido, que, de lado contra ella, aún dormía. No quiso despertarlo, así que se levantó despacio y se fue al cuarto de baño a ducharse, como cada mañana. Los sistemas de energía y suministro hace tiempo que habían sido recuperados y estaban bajo control, gracias a lo cual los humanos gozaban aún de una oportunidad frente a los Muertos Andantes.

El olor a café recorrió la estancia y despertó a Iván, que como un sonámbulo, aún con los ojos cerrados, hipnotizado por la fragancia, se deslizó hacia la cocina. Iván se conocía perfectamente la casa y ahora parecía como si gravitara más que andar. Cuando Irene lo vio entrar así, sonrió pues supo que su marido estaba de muy buen humor.

El hombre abrió los ojos, le dio un beso en la mejilla, y saludó. Irene prefirió esperar a que su marido estuviera totalmente despierto para contarle lo que se le había ocurrido. Tras lo cual, empezó:

—¡Ya sé lo que podemos hacer!

—¿Hacer, de qué?

—¡Con los niños! Tengo una idea que puede ayudarlos de verdad.

—¿Has estado pensando en ello toda la noche? —indagó, y en su tono Irene comprendió que su mal humor del día anterior se había esfumado. Sabía que la escucharía con atención.

—Sí, no he podido dormir, ¿sabes? Le he estado dando muchas vueltas.

—¿Pero por qué?

—No tenemos niños. Hemos estado tan absortos en nuestro trabajo, primero, y en sobrevivir a este nuevo mundo que nos ha tocado, que no hemos tenido tiempo. Y tenerlos ahora sería una situación extremadamente peligrosa para ellos… Pero eso puede cambiar. Se me ha ocurrido una idea. Es una idea diferente a la de Juan Z, que por supuesto podrá ayudarnos en algunas cosas…

—¿Por qué es diferente?

—Por una patente de reconstrucción de tejidos. La idea se me ocurrió ayer; se trata de un antídoto en el que mi equipo y yo habíamos estado trabajando hace años, y que abandonamos al no cumplir los estándares de de la industria.

—Entonces no funcionará —rezongó Iván.

—No como debería. No para una comercialización a gran escala, que era lo que pretendíamos. Pero sin ser tan restrictivos, podría dar resultados suficientemente aceptables.

—No te entiendo por qué.

—Verás —dijo mientras echaba el café humeante en una taza y se la entregaba a Iván—. Puede que no funcione a la primera, que quizás tengamos que hacer muchas pruebas. Pero en un porcentaje de 1 a 10, al menos funcionará uno. ¿Comprendes?

Iván guardó silencio para digerir aquellas palabras, y mientras tanto aprovechó para dar los primeros sorbos. Sí. Verdaderamente el café le ayudaba a tener la cabeza más despejada, y pensar mejor.

—¿Significa esto que debemos traer a diez niños para que al final podamos resucitar a uno? —preguntó él visiblemente excéptico.

—Quizás sí, pero no necesariamente —conjeturó Irene—. No hay ningún problema en probar sólo con uno y hacer toda clase de pruebas con él.

—No quiero desilusionarte, pero… supongo que las venas de esos pobres niños estarán duras como piedras, fosilizadas.

—¡No hay problema! Este antídoto está pensado para administrarlo por varias vías. Se puede hacer de forma oral.

—Esos niños… pueden atacarte. Es peligroso.

—Para mí sí. Pero no para Juan Z. Y tú puedes controlarlo. A ti te obedece.

—Sí… Me obedece, cuando no se me escapa —objetó el biorrobotista, pero luego se dio cuenta de que estaba poniendo demasiados reparos. Quizás más de los deseables en una mente científica y abierta. Y se sintió mal por ello. De modo que decidió dar una oportunidad al proyecto de su mujer—. Está bien, te ayudaré.

—¡Te lo agradezco! ¡Yo te daré las instrucciones. Lo tengo todo pensado ! —exclamó, visiblemente excitada ante la perspectiva.

*

Irene caminaba por la calle, tranquila, segura de sí misma, bien protegida y pertrechada con el debido armamento: con un Kalashnikoff al hombro y algunas granadas de mano en su cinturón, era una mera precaución, quizás excesiva, pero estas cosas nunca se sabe por dónde pueden salir. A su lado se hallaba Juan Z, y a unos cien metros de ambos, en su furgón de recogida, Iván, que esperaba órdenes.

Cuando la mujer vió uno visiblemente muerto, fue a por él. Su primera intención (por instinto) fue apuntarle con el arma, al corazón, para noquearle, como sabía que era apropiado hacer cn los zombis a los que se quería paralizar, pero no matar. Entonces se detuvo: “¿qué estoy haciendo, tonta de mí?. Si le disparo no podré utilizar el antídoto” pensó.

—Captúralo, Juan —ordenó al medio-humano. Y éste entendió. Iván le había asegurado que sería así, que técnicamente podía entender a cualquier ser humano, aunque el nivel de comprensión dependiese de un poco de práctica con el programa de reconocimiento de voz. Y por eso horas antes de salir había entrenado este punto.

¡Funcionaba! Juan Z la había entendido. Se acercó a un chico, y durante unos breves instantes estaba detenido junto a él, como si le estuviera hablando. Luego los dos se acercaron a Irene, e Iván, acercó la caminoneta, y abrió la puerta trasera.

—¡Ahora, metedlo dentro! —vociferó desde el vehículo.


No había sido complicado, aunque Irene (no sabía bien por qué) se sintió como si estuviera raptando a un niño de sus padres. Naturalmente sabía que eso no era verdad. Ninguno de los adultos que estaban con él era su padre. Ni siquiera sabían quién era, ni les importaba lo más mínimo, y continuaban su camino a quién sabe dónde.

El furgón tenía doble cámara, lo cual era ideal para transportar Muertos Vivientes, pues el hedor era insoportable y los gases de la descomposición podían asfixiar a un ser humano vivo. Sólo Juan Z (al que esos gases tóxicos y viciados no afectaban en absoluto) lo acompañaba en el compartimento trasero, pues el niño estaba nervioso, excitado. La causa (bien lo entendía él) era el olor a carne viva, pues los zombis mantienen ese sentido muy desarrollado en el proceso de transformación. Ya en casa, entraron por el sótano, sacaron al niño ycerraron la puerta automática. Lo encadenaron inmediatamente a la pared. El niño rugía, el olor de Irene e Iván le estaba enloqueciendo por momentos. Daba dentelladas al aire, trataba de soltarse. Sus uñas… parecía incluso que habían crecido. ¿Era eso posible? ¿O quizás no se habían fijado bien cuando Juan Z lo “adoptó”? No podían saberlo con seguridad, pero lo importante era que estuviera amarrado. Juan Z lo desnudó de cintura para arriba, quizás Irene pudiera inyectarle el suero con prontitud. Aunque cuando la mujer lo intentó, la aguja se quebró.

—¡Tonta de mí, es verdad! —exclamó en un reproche a sí misma, y su torpeza, pues en ese momento recordó lo que le había dicho su marido sobre las venas duras de los zombis. Pero el nerviosismo y la costumbre en el hospital (donde se dedicaba a experimentación con animales) le habían traicionado.

Le dio una solución oral. El niño llevaba en la boca una especie de bozal que le impedía cerrarla y morderla. El niño rugió, y al hacerlo el líquido cayó al suelo. Lo volvió a intentar, esta vez con un tubo que le llegaba directamente al estómago. Funcionó. Quizás si hubiera estado vivo se hubiera atragantado, pero era un niño muerto, y no sentía nada, y su organismo tampoco, deteriorado como estaba. Sólo cabía esperar. Sería cosa de una hora. Mientras tanto Irene se marchó a la primera planta, para no respirar aquellos gases putrefactos tan perniciosos.

Pero no funcionó. No dio resultado, era como si no le hubiera hecho nada. Lo intentó cinco veces más, y a la última la piel del niño empezó a desintegrarse y la cabeza explotó, como si hubieran colocado un petardo en el interior de una sandía.

*

—¿Qué ha pasado? —preguntó Iván cuando, informado por Juan Z vio todo el sótano lleno de sangre, vísceras y huesos aquí y allá.

—La solución estaba demasiado concentrada —dijo Irene, en una respuesta que sonaba a una disculpa por una negligencia en el cumplimiento de su deber.

—Tengo que graduar mejor la fórmula. La próxima vez funcionará mejor.

—¿La próxima vez? ¿Es que pretendes repetir el experimento de nuevo?

—Naturalmente. No te preocupes. Ésto sólo ha sido un percance. En la dosis original utilizábamos ratones. He tenido que ampliar la dosis, pero lo he tenido que calcular a ojo, pues nunca había hecho pruebas con humanos.

—¡Ah, fantastico! —ironizó Iván—. La próxima vez a lo mejor consigues que el cuerpo del próximo niño no se desparrame del todo, sino que sólo se le revienten los brazos.

—¡Venga, no seas cruel comingo! ¿Tú nunca te has equivocado?

Iván no replicó, sabía que es inútil discutir con una mujer. Y menos con su mujer. Eso era batalla perdida. Así que sólo dijo:


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