Excerpt for Soñado por brujas (La trilogía insomne 2) by , available in its entirety at Smashwords

This page may contain adult content. If you are under age 18, or you arrived by accident, please do not read further.











SOÑADO POR BRUJAS



La Trilogía Insomne 2















Samuel Vernal































© Samuel Vernal, 2017



www.samuelvernal.com





Todos los derechos reservados. No se permite, sin autorización escrita y previa del titular del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ni su incorporación a un sistema informático o electrónico. La infracción de los citados derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelecutal y dar lugar a la aplicación de las saciones establecidas por la ley.









Para mis padres y mi hermano.

No hay mejor linaje.







En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo

siendo el 26 de junio

por un flautista vestido con muchos colores,

fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelin

y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de las colinas.”



El flautista de Hamelin.







LEUKEN











Las primeras jornadas de la estación de las flores habían traído consigo el vuelo alborozado de las aves provenientes de las lejanas tierras. Las temperaturas comenzaban por fin a ser agradables después de las interminables nevadas que habían caído sobre el valle cubriéndolo con su grueso y gélido manto blanco. Como si de una gran sierpe mudando su piel se tratara, los bosques y praderas comenzaban a sacudirse el hielo de encima, y los brotes de las hojas rebosantes de euforia verde salpicaban las ramas que hasta hacía bien poco parecían haber perecido para siempre. La vida había retornado, como lo llevaba haciendo desde siempre.

Era un día especial. La nieve se estaba fundiendo muy deprisa y el agua de los manantiales estaba creciendo mucho más rápido que en otras ocasiones. Las fuentes del abismo que discurrían bajo el suelo recogían todo el líquido que a sus hermanas de la superficie les sobraba, y eso implicaba mucho más caudal en la laguna sagrada. Los lugareños habían ido llegando paulatinamente con las primeras luces del alba y habían ido ocupando las mejores posiciones para no perder detalle de la ceremonia. Era importante guardar silencio, tal y como establecía la tradición, pero aún así, un murmullo continuo se había instalado entre los asistentes, que comentaban emocionados lo que estaba a punto de suceder. Cuando ya por fin había amanecido, todos callaron para dar paso a la sacerdotisa. Muy pocos eran los que se atrevían a mirarla a los ojos, temerosos por estar ante una de las dos únicas mujeres consagradas al Señor de la montaña que habían sobrevivido al ataque perpetrado en la aldea el año anterior por aquellos espectros inmisericordes llegados de más allá de la gran muralla de montañas. Por aquel entonces era una novicia más del grupo de las Madres que habitaba el templo, pero ahora se había convertido en otra mujer. Ya no sería una niña nunca más. Ahora dirigía los designios espirituales de la comunidad, pues tanto la anterior sacerdotisa como el oráculo habían perecido durante la invasión, y este nuevo honor la acompañaría el resto de sus días. Cuando se situó junto a la charca, muchos se arrodillaron en señal de respeto y admiración. Incluso los animales parecieron enmudecer.

—Hoy, Señor que todo lo ve, queremos bendecir todos los dones que nos has entregado, para que siempre continúen con nosotros. Agradecemos tu compasión para con tu pueblo, al que, a pesar de la muerte y la destrucción, salvaste para que pudiera continuar la misión que nos encomendaste. Hoy te presentamos y te ofrecemos a Kara, tu hija. Que tu gracia la proteja y la ampare en el largo viaje que va a emprender. Apiádate de ella y no dejes que le ocurra nada malo, pues en ella están puestas todas nuestras esperanzas.



Leuken acercó a su hermana Kara hasta donde se había situado la sacerdotisa. La pequeña caminaba perfectamente desde hacía un tiempo y podía haber hecho ese recorrido por sí misma, pero prefirió no tentar a la suerte. Kara podía sorprender a todos y echar a correr hacia otro lado, le encantaba hacerlo cada vez que tenía ocasión. La sacerdotisa la alzó y la sumergió en el agua durante un breve instante para después secarla con un paño que las novicias habían tejido. Kara ni se inmutó. Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir, Leuken se lo había explicado en casa mil veces. Las Madres le ataron en el cuello un precioso colgante con una gema de un espectacular color verde. Estaba deseando que lo hicieran. Kara había soñado con aquella joya desde hacía una semana y, por lo que parecía, no se había equivocado en el aspecto que había asegurado que iba a tener. La sacerdotisa la besó en la frente y todos prorrumpieron en vítores y gritos de júbilo. Estaba hecho. Ahora estaba lista para iniciar el camino.



Rodearon la colina por la parte más cercana al bosque. Habían preparado todo con mucha antelación, así que después de la bendición ni siquiera se pasaron por casa. Desde que habían comenzado una nueva vida en aquel cerro, tras la aniquilación del poblado que había sido su hogar, la mayor preocupación de Leuken había sido cumplir lo que el oráculo le había susurrado al oído poco antes de que aquellos invasores pálidos incendiaran el templo sagrado y arrasaran la aldea. Todo lo que necesitaban iba en el zurrón que había comprado en el mercado no hacía muchos días. No le preocupaba en absoluto el aprovisionamiento de comida y agua. La frondosa selva que se extendía ante ellos estaba repleta de animales que él podía cazar. Además, tras el deshielo, había manantiales de agua fresca y abundante por todas partes.

Antes de que se adentraran en la espesura, ella se les unió. Al principio Leuken había opuesto resistencia a que aquella mujer ocupara el lugar de su madre, que había muerto a manos de los invasores. Pero después tuvo que aceptarla al comprender que él no estaba preparado para atender las necesidades de una niña tan pequeña como lo era su hermana. No tenía ni idea de cómo hacerlo. La mujer se llamaba Elba y había sido elegida por las novicias para acompañar a Kara en sus primeros años de vida, por lo menos hasta que ya estuviera preparada para engendrar hijos. Ellas la habían traído y él no había hecho preguntas. Como centinela que era, no podía contrariar la voluntad de las Madres. Además, al final había terminado cogiendo cariño a la mujer, que se notaba que tenía experiencia en el cuidado de infantes. Las Madres le habían dicho que provenía de un lugar lejano en el que se hablaba otra lengua y quizás eso había contribuido a que los dos se entendieran y toleraran mejor el uno al otro, pues jamás hablaba con ella ni ella con él. Kara le había llegado a preguntar una vez si Elba no sabía hablar, y él había tratado de explicárselo lo mejor que había podido. Aun así, la pequeña enseguida había mostrado su aprecio por la mujer, a la que no dejaba de achuchar siempre que podía.



Subieron a la montaña y aprovecharon para realizar una ofrenda al Señor que allí habitaba. Elba prefirió quedarse atrás, seguramente sus creencias eran muy diferentes a las de Kara y él. Sacrificaron una liebre que Leuken había atrapado viva poco antes de empezar la ascensión y comieron de ella. Kara insistió en quedarse la piel del animal, y Leuken le tuvo que recriminar su actitud. Aquel ser había honrado al Señor de la montaña, y era el Señor de la montaña el que tenía derecho a quedársela, no ella. Tras unos cuantos sollozos y gritos de la pequeña, que no entendía nada, los tres continuaron su camino.

Llegaron a una pradera que estaba surcada por un caudaloso arroyo y donde apenas había árboles. Leuken se acercó, con cuidado de no precipitarse y caer dentro, para recoger un poco de agua en el cuenco que había traído de casa y así darle de beber a Kara, que llevaba un buen rato quejándose porque tenía sed. Cuando se incorporó para entregárselo a la pequeña, se encontró a una fiera de proporciones descomunales acechándoles a muy corta distancia. El animal era muy parecido a un lobo, pero mucho más grande. Elba rodeó con sus brazos a Kara y Leuken desenvainó el puñal que había heredado de su difunto padre, tratando de amedrentar a la bestia. Pero el animal no se acobardó. Al contrario. No dudó en abalanzarse sobre él. Leuken había recibido entrenamiento de guerrero, por lo que sabía manejar perfectamente la mayor parte de las dagas y puñales, incluso los más pesados. Tras unos cuantos forcejeos con el animal, consiguió clavarle el arma bajo la mandíbula, pero aún le costó un buen rato abatirle. Kara no volvió a abrir la boca el resto de la tarde. Pasaron la noche en una fría cueva ubicada en un promontorio y cuya entrada estaba completamente camuflada por la hojarasca. Leuken cubrió con la piel que llevaba en su macuto el cuerpo de Kara, que durmió entre sus brazos. Al despuntar el día, vio a Elba salir de la oscuridad del fondo de la cueva, a donde se había retirado antes de que Kara sucumbiera al sueño. Él había insistido en que se acostara junto a ellos y se cubriera con la piel, pero ella no pareció entenderle.



Al cabo de casi cuatro jornadas dirigiéndose al norte, en las que Leuken apenas había dormido, cruzaron la segunda y última cadena de montañas. Pocos se habían aventurado tan lejos, pero las crónicas de Arkilo, el guerrero más afamado en la historia del poblado, y que hacía unos años había conseguido llegar hasta el gran mar sin fin que bañaba las lejanas tierras septentrionales, no habían errado hasta ese momento. Se había ido cumpliendo punto por punto todo lo que les había dicho que se iban a encontrar antes de partir. El don de la vigilia no era el mejor compañero de viaje para una travesía junto a una niña de tan poca edad. Desde que la falta de sueño se había convertido en una constante, los pequeños desmayos que sufría eran muy habituales, pero aún así no había perdido en ningún momento la fuerza y el vigor que como centinela se le presuponía. Gracias a ello habían logrado salir indemnes del encuentro con aquella fiera salvaje. Sabía que en parte se debía a su juventud. Cuando el don de la vigilia se manifestaba en los más mayores, el cansancio y la fatiga acompañaban cada uno de sus pasos, pero en los jóvenes como él era diferente. Afortunadamente.



Divisó la llanura desde lo alto de un pequeño monte. Era más grande de lo que Arkilo le había dicho o, por lo menos, de como él se la había imaginado. Las nubes flotaban a muy poca distancia de la tierra, atrapadas entre la vegetación, creando una densa capa blanquecina a ras del suelo. A lo lejos, una montaña mucho más alta de la que servía de morada a su Señor, se levantaba orgullosa mostrando su majestuosidad y su grandeza sobre el resto de las cumbres que la escoltaban. Las nieves aún cubrían más de la mitad del pico. Volvió a fijarse en la planicie, tratando de averiguar cuál de todas aquellas pequeñas colinas que la surcaban sería el lugar acordado.

—Hemos llegado, Kara —dijo mientras levantaba a su hermana del suelo y la sentaba en la parte alta de su espalda, con sus dos piernecitas bailando a cada lado de su cuello—. Mira, ¿no te parece bonito lo que ves?

—¿Allí abajo es? —preguntó la pequeña.

—Sí. Allí es. Ahora tenemos que buscar las señales de las hogueras. No podemos confundirnos de colina. ¿Me ayudas a encontrarla?

Intentó dejarla con cuidado sobre el suelo pero, en el último momento, sintió uno de aquellos vahídos y tropezó, de modo que Kara se dio de bruces contra la tierra mojada por la lluvia del día anterior. Elba acudió rauda a socorrerla. Cuando el mareo hubo pasado, se incorporó lentamente para localizar el rastro de humo que avisaría del lugar donde iba a tener lugar la reunión. En cuanto sus ojos rastrearon de nuevo el horizonte, se topó con lo que buscaba. Pero allí no había ninguna fogata ni nada parecido. Sobre una de las colinas más cercanas, vio una enorme muralla, mucho más alta, gruesa y robusta que la que había tenido el poblado que lo había visto nacer antes de que fuera destruido. Aquel muro sobrepasaba varias cabezas la altura de un hombre y parecía hecho de las rocas traídas de alguna montaña cercana. Divisó varios torreones alzándose sobre la parte más alta del cercado, desde los cuales se podría divisar fácilmente la mayor parte de la extensión que ocupaba la llanada. Un ave gigantesca y salvaje pasó aleteando sobre su cabeza despeinando su cabello con el batir de sus alas y, como si hubiera adivinado su pensamiento, dirigió su vuelo hasta aquella imponente fortaleza hasta desaparecer por el otro lado de la colina. En el interior, una espectacular ciudad se erigía hasta casi abarcar por completo el área delimitada por la muralla. Leuken sintió cómo su alma se estremecía al contemplar la magnificencia de los edificios construidos con piedra. Observó los tejados altos y el humo de los hogares abriéndose paso hacia el cielo. La ciudad bullía vida, estaba seguro. Un lejano rumor proveniente de la colina se dejaba escuchar a través de la explanada, como si de un acto milagroso se tratara. Era el sonido de las gentes que habitaban intramuros. Pero ¿cómo era que no había oído hablar de aquella maravilla antes? ¿cómo era que nadie en el poblado le había hablado jamás de la existencia de un lugar como aquel estando tan cerca?

Obtuvo la respuesta cuando trató de encontrar a Kara para enseñarle lo que estaba divisando. Kara no estaba. Ni Elba. Por más que buscó y rebuscó no las vio a su lado. Y entonces se dio cuenta. Supo que la ciudad que contemplaban sus ojos no estaba allí, al menos no de la misma manera que él lo estaba. Ahora lo comprendía. Se trataba de una visión. Su madre le había contado antes de morir que cuando el don de la vigilia llegaba al final de su trayecto, quien lo portaba sufría visiones extrañas y apariciones de seres monstruosos que muchas veces lo conducían a la locura y a la muerte de manera precipitada. Volvió a observar la ciudad. Aquella no era una visión aberrante. Era una de las más hermosas imágenes que sus ojos habían contemplado en toda su vida. El oráculo se lo había advertido, y él no lo había creído. Pero no cabía duda de que había acertado en su augurio. Estaba contemplando algo que muy pocos tenían el privilegio de ver. Las lágrimas de emoción inundaron sus pupilas. No quería que aquel sueño terminara. La ciudad eterna era esplendorosa, mucho más bella de lo que nunca hubiera imaginado. Pronunció su nombre imbuyendo de grandiosidad cada uno de los fonemas que lo componían. “Oiraco”. Volvió a repetirlo. “Oiraco”. Una vez más. “Oiraco”. El eco de la palabra sagrada resonó en su corazón haciéndole sentirse el hombre más afortunado del mundo y, en ese preciso momento, la visión simplemente desapareció.

Primera parte



PRENSADO”



1.



Aquella no era la primera vez que acudía a lo que para ella había llegado a convertirse en un templo a la memoria de un pasado perdido en la nebulosa del tiempo, el de sus ancestros, pero aún así, cada vez que se adentraba en aquella planta del museo de arqueología de Álava, no podía evitar estremecerse y hacía verdaderos esfuerzos por contener la emoción. Aunque las otras exposiciones del recinto también le gustaban, la que de verdad le entusiasmaba hasta límites insospechados era la dedicada a la Edad del Hierro. Siempre que la visitaba seguía el mismo ritual. La primera media hora la dedicaba a pasearse tranquilamente ojeando las diferentes vitrinas repletas de lo que a ojos de cualquier persona eran simples vasijas, armas y joyas, pero que para ella constituían un tesoro de incalculable valor y de carácter casi religioso. Una vez terminaba con el recorrido, se sentaba en uno de los bancos dispuestos frente a la gran pantalla en la que se podía disfrutar de una visita interactiva al poblado de La Hoya, uno de los yacimientos más importantes desde el punto de vista arqueológico de toda Álava y de todo el País Vasco.

La Hoya. La ciudad santa de los berones, el pueblo que habitaba las tierras del sur de Álava y parte de Burgos, de La Rioja y de Navarra antes de la llegada de los romanos. Sabía perfectamente que aquel no era el nombre que recibía originalmente la aldea, pero hasta ella se había acostumbrado a referirse a ella con aquella denominación. En el fondo de su corazón retumbó la palabra sagrada con la que el poblado era conocido por sus habitantes, pero no se atrevió a despertar del todo a aquel vocablo. Prefirió que volviera a asentarse en el sedimento profundo del río de sus recuerdos, no era bueno tentar a la suerte. Nadie debía pronunciar aquel nombre si no era estrictamente necesario. Una nunca sabía cuándo podía despertar el Señor de la montaña de su letargo, pero importunarle de aquella manera no era buena idea. Las cosas tenían que permanecer como estaban, sin sobresaltos. Aunque el tiempo de la profecía estaba cerca, cuanto más tardasen en desencadenarse los acontecimientos, mejor. A veces pensaba que quizás era preferible que el proceso se adelantara y así por fin enfrentarse cuanto antes a lo que había de venir. ¿Qué podían hacer para evitarlo? Nada. Los que pensasen que la situación era reversible eran unos ingenuos. El ciclo iba a entrar muy pronto en la siguiente fase, y todo se iría al garete. Sacudió a izquierda y derecha la cabeza en señal de negación. ¿Pero en qué estaba pensando? Claro que se podía actuar contra lo que estaba por pasar. Esa era la misión de la familia. Durante siglos así había sido. No podía permitirse el lujo de titubear y echar por tierra el esfuerzo de generaciones y generaciones de antepasados velando la puerta. Al menos, había que intentarlo. Se mordió varias veces la punta de la lengua como castigo por siquiera haber pensado que no merecía la pena la lucha. Cuando notó la sangre caliente empapando su paladar, paró.



Un hombre pasó a su lado y la hizo despertar de su embelesamiento. Solía acudir al museo en la hora de la apertura o cuando estaba a punto de cerrar. No soportaba que los turistas y visitantes irrumpieran en la estancia con sus móviles en mano sacando instantáneas de manera compulsiva y elevando sus voces varios decibelios por encima de lo que podía considerarse buena educación. Prefería estar sola. Los sábados a última hora del mediodía, a partir de las dos, era un buen momento ya que la mayoría de la gente abandonaba antes las instalaciones en busca de uno de los deliciosos pintxos que podían degustarse en las tabernas y restaurantes de la zona. Ella ya había comido un bocadillo nada más llegar a Vitoria, así que no tenía prisa. Observó de nuevo la pantalla, analizando hasta el último detalle reconstruido por aquel portento tecnológico que, como si se tratase de alguna antigua magia arcana, lograba representar en imágenes lo que las diferentes excavaciones arqueológicas habían ido descubriendo acerca del poblado. Se sentía de buen humor, así que decidió hacer uso del dispositivo manual con el que se podía dirigir la cámara hacia diferentes áreas de la aldea para poder observar más detenidamente un edificio o una calle en concreto. Se detuvo al llegar al templo, con las dos columnas ubicadas en la fachada principal y colocadas sobre dos basas que no eran otra cosa que ruedas de molino. Se persignó a la antigua usanza, como su madre le había enseñado, utilizando los gestos de la antigua religión. Primero colocó la palma de su mano izquierda abierta sobre su vientre, en honor a las Madres, las sacerdotisas que guiaban espiritualmente a los berones de La Hoya. A continuación la cerró formando un puño y la posó en la parte central de su pecho, girando hacia la izquierda dos veces en círculos concéntricos, como tributo a la herencia de los antepasados. Por último, volvió a abrir la misma mano y, situándola perpendicular a su tronco, la acercó hasta la boca para después soltarla hacia adelante, formando un arco de noventa grados, como saludo reverencial al legado ancestral.

Aquella recreación tecnológica era maravillosa, pero aún así, no lograba captar la belleza y la espiritualidad del santuario que realmente existió, o por lo menos, no de acuerdo a lo que la tradición de su familia había ido transmitiendo de forma oral a sus descendientes a través de los siglos. Rezó en voz baja una breve plegaria utilizando parte de las palabras santas reveladas a los antiguos moradores de la ciudad. Dirigió la mirada hacia el edificio que se usaba en aquel entonces de un modo bastante similar a lo que hoy se conocía como una sauna y que era utilizado por muchos de los hombres de la ciudad para escapar a escondidas a través del pasadizo escondido en el suelo, en busca de los burdeles que se situaban junto al recinto del ganado. La tradición decía que gracias a uno de esos túneles, Leuken, el último centinela de las Madres, consiguió escapar del ataque de los invasores, que aniquilaron la aldea masacrando a las dos terceras partes de sus habitantes, y del que jamás consiguieron recuperarse. Intentó imaginar a aquel joven guerrero huyendo aterrorizado a través de la espesura que rodeaba la muralla, buscando la protección de las montañas. ¿Qué hubiera hecho ella en su lugar? Probablemente se hubiera escondido con la esperanza de que ninguno de aquellos malnacidos la encontrase. No, ella no hubiera puesto en peligro su vida huyendo a través del bosque, por mucho que el oráculo le hubiese encargado la protección de la llave. Ella habría sido mucho más práctica. El joven centinela sabía que iba a morir. A diferencia de ella, que por suerte de momento se había librado de aquella condena que afectaba a muchos miembros de la familia desde tiempos inmemoriales, el muchacho tenía el don de la vigilia y, por tanto, su hora estaba cerca, lo cual debió de ser decisivo a la hora de emprender aquella huida suicida con aquellos asesinos a sus espaldas. Por suerte, todo había salido bien y, gracias a la intervención del Señor de la montaña, pudo escapar y poner la llave a buen recaudo.

2.



Miró la hora del reloj de su muñeca izquierda. Faltaban apenas diez minutos para que el museo cerrara sus puertas. Dudó si completar la visita con la última cosa que solía hacer antes de abandonar el edificio. Sabía que iba a sufrir, que aquellas imágenes siempre lograban perturbarla de tal modo que le costaba conciliar el sueño durante al menos los dos días siguientes. Pero la tentación pudo con ella. Avanzó hacia uno de los paneles que contenía otra pantalla en la que se visualizaba un vídeo sobre el que pendía un aviso de que era posible que hiriese la sensibilidad del espectador. Observó a su alrededor. Estaba completamente sola, así que podía llorar a gusto llegado el caso, lo cual era bastante probable que sucediese. Se sentó en el banco situado enfrente y apretó el botón para que se iniciase la grabación. Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo. Allí estaba. La película del ataque. La tecnología y los efectos especiales habían conseguido visualizar la crueldad y la barbarie de aquella matanza. Se emocionó al meterse en la piel de aquellas gentes inocentes celebrando el día grande en honor de su dios en las calles, comprando y vendiendo los productos fabricados o recolectados semanas atrás. Y de repente la tragedia. La muerte planeando sobre los tejados en forma de flechas y fuego. El enemigo derribando la muralla y adentrándose con paso firme en el poblado, destruyendo todo a su paso, asesinando a mujeres y niños sin ningún tipo de compasión. Una lágrima de emoción resbaló tímida por su mejilla derecha. En pocos minutos, las vidas de decenas de personas fueron sesgadas de la manera más cruel. Sin embargo, aquel vídeo, a pesar de representar con crudeza la tragedia, se olvidaba de lo más importante. Pero claro, aquello no era de conocimiento público. La grabación no reconstruía lo que aconteció en los cielos y gracias a lo cual el joven guerrero Leuken y los demás supervivientes pudieron huir del poblado. Un pequeño detalle para los ojos ajenos, pero no para ella. El eclipse. Nada se mostraba en la película acerca de aquel fenómeno astronómico que hizo bajar el sol a la tierra, como rezaba la leyenda de la familia, y que fue clave para que, amparado en las sombras de la repentina noche, el último centinela de las Madres pudiera huir en busca de refugio.

Se llevó la mano al centro del pecho, donde reposaba la cadena de plata con el crucifijo que el padre Emiliano le había regalado las últimas Navidades. Levantó la cruz con la mano izquierda y con la derecha comenzó a acariciar el círculo de cobre con la estrella de ocho puntas en el centro que colgaba de su cuello por la parte interior de la blusa, oculto a las miradas ajenas. El símbolo ancestral de su familia, los Elguea Leiva, los actuales descendientes de los antiguos habitantes berones de La Hoya, y que precisamente era una metáfora de aquel eclipse, representando al sol convertido en estrella iluminando la noche para que la llave sagrada pudiese ser salvada y trasladada fuera del poblado. Volvió a rezar mentalmente utilizando las palabras sacras, y pensó en las almas de todos aquellos ancestros exterminados por aquellos asesinos provenientes de lo que hoy se conocía como Países Bajos.



Una mano se posó sobre su hombro izquierdo. Era una de las vigilantes del museo, recordándole amablemente que la hora de visitas había terminado y que debía abandonar el edificio. Se disculpó por haberse distraído mirando aquel vídeo y, como pudo, se incorporó enjuagándose disimuladamente las lágrimas con la manga derecha de su blusa. Mientras se alejaba hacia el ascensor, volvió una última vez la mirada hacia la pantalla donde acababa de proyectarse el genocidio que sufrieron sus antepasados y, santiguándose, esta vez conforme a la religión católica, suplicó a Jesucristo que la perdonase por toda aquella aberración herética de la que llevaba siendo víctima desde que había venido al mundo.

Salió al exterior y se maldijo por no haberse puesto una ropa más apropiada para aquel frío intenso. Cuando había salido de su casa en Lacaverna la temperatura no era tan gélida.

—Disculpe, señora. ¿Quiere que le ayude a salir fuera del área del museo? El temporal nos ha pillado desprevenidos y no nos ha dado tiempo de avisar para que venga alguien a retirar toda la nieve—. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años y que probablemente trabajaba en el museo.

—De acuerdo—dijo ella tomando su brazo derecho, mientras le acompañaba hasta alcanzar la valla que daba a la calle Cuchillería.

—Aquí ya va a poder caminar sola. Los servicios de limpieza ya han despejado la acera. Pero si me permite el consejo, una mujer como usted no debería pasearse sola por las calles, sobre todo después de lo que ha ocurrido. Váyase a casa, mujer. No me querrá coger una pulmonía.

Ella se alejó sin contestarle. No soportaba que la trataran como a una anciana desvalida. Dejó atrás el moderno edificio de cobre que albergaba al museo de arqueología y pasó junto al palacio renacentista de Bendaña, donde se ubicaba uno de los cinco museos de naipes más prestigiosos del mundo. Ambos edificios conformaban el conjunto arquitectónico denominado Bibat, que desde hacía varios años se había convertido en lugar de paso obligado para Concha Elguea cada vez que acudía a Vitoria. Giró a la izquierda en el cantón que cortaba perpendicularmente la vía principal y subió a la parte alta de la colina donde en su día se asentó la antigua Gastehiz, la aldea que con los años se acabaría convirtiendo en la actual Vitoria. Cuando llegó a la zona superior de la almendra medieval que conformaba el casco histórico de la ciudad, y que recibía tal apelativo precisamente porque recordaba en su forma a la de dicho fruto seco por la disposición de las diferentes calles y cantones, tuvo que detenerse unos instantes a descansar apoyada contra la pared de otro palacio renacentista, el de Escoriaza-Esquivel, uno de los más bellos del casco viejo y que en su día perteneció a Don Fernán López de Escoriaza, médico del rey inglés Enrique VIII y del emperador Carlos V, y a su esposa Victoria de Anda y Esquivel. Avanzó un poco más hasta llegar a la plazuela a la que daba la fachada principal del edificio y se sentó en uno de los bancos. Volvió a mirar el reloj y le extrañó que en los alrededores no se viera ni un alma. El tiempo era desapacible y la hora tampoco invitaba a ello, pero aun así el silencio reinante en toda la calle no era usual. Los reyes magos habían llegado la noche anterior a la ciudad colmando de regalos a los más pequeños y, sin embargo, desde que había puesto el pie en el barrio, no había visto ni escuchado las risas de ningún niño divirtiéndose en la calle con sus juguetes nuevos. De hecho, prácticamente no se había topado con nadie en su recorrido. Algo ocurría. Mientras sacaba un tentempié del bolso, se entretuvo observando la bella portada plateresca del palacio, algo que solía hacer cada vez que visitaba la ciudad. Le gustaba imaginarse viviendo la vida de Doña Victoria de Anda y Esquivel junto a su marido en aquel hermoso edificio repleto de lujosas alcobas y aposentos. Ella había estado a punto de vivir algo parecido junto al padre de sus hijos, el aristócrata Alejandro Zuberoa, en la mansión que éste tenía en Logroño y que había pertenecido a la familia desde hacía dos siglos, testimonio de su linaje perteneciente a la nobleza. Pero jamás había llegado a instalarse en aquella casona. Su relación se había acabado mucho antes de ni tan siquiera planteárselo. La imagen de su hermana Sabina interrumpió su ensoñación, y un sabor amargo se desplazó desde la boca de su estómago hasta su paladar.

A continuación contempló la muralla medieval adosada al palacio, con la puerta gótica enrejada dando acceso a la parte alta de la ciudad. La muralla. Volvió a persignarse haciendo uso del ritual de la antigua religión, y de nuevo volvió a maldecirse a sí misma por recurrir a aquellos gestos heréticos, pero esta vez decidió no morderse la lengua, aún la tenía en carne viva. Optó por pellizcarse con fuerza el párpado del ojo derecho, hasta que el dolor se hizo insoportable.

Sabía que su madre la estaba mirando. Desde que se había sentado en la plaza había notado sus ojos clavados en su nuca. Ella sabía que era así, aunque los médicos se empeñaran en asegurar que no sentía ni padecía nada. ¡Qué equivocados estaban! Ningún especialista había sido capaz de diagnosticar de manera certera el mal que padecía desde hacía años y que aparentemente había ido degenerando su capacidad cognitiva hasta someterla a un estado semivegetativo. Pero ella no estaba de acuerdo con el dictamen de los facultativos. En absoluto. En eso le tenía que dar la razón a su hermana Sabina, por mucho que le fastidiase. Miró la hora. No podía demorarse mucho más, las hermanas la estaban esperando desde hacía rato. Evitó dirigir su mirada hacia la ventana del último piso del edificio de enfrente, pero no pudo. La vio allí, asomada a la ventana, oteando el horizonte, peinando una y otra vez su vieja y raída muñeca. Se santiguó y se levantó en dirección al inmueble. La abuela Véspero la esperaba, y no le gustaba que la gente llegara tarde.

3.



Anne Wellington colocó con delicadeza el juguete favorito de su perro, un peluche con forma de pato, sobre la tumba en la que yacían los restos de Júpiter. Había que reconocer que su amiga Jessica había elegido uno de los lugares más hermosos de aquel bosque donde solía pasear con él casi todos los fines de semana. Bajo un gigantesco abeto Jessica había improvisado como mejor había podido el lugar del descanso eterno del border collie que tanto había querido Anne. Esperaba que su amiga hubiera excavado la tierra con la suficiente profundidad para que ninguna alimaña pudiera desenterrar el cuerpo. Jessica permanecía a su lado, consolándola con su presencia, lo cual ya era mucho decir para tratarse de Jessica. A esas alturas debía de estar deseando volver a la ciudad y seguir enredada con su consola, ajena al mundo que la rodeaba. Anne agradeció el esfuerzo que había supuesto para su amiga quedarse con Júpiter y tener que enfrentarse ella sola a su trágica muerte. Se había ocupado de todos los trámites con el seguro, incluso ella misma había llevado el cadáver al forense para que le practicara la autopsia. Mientras tanto, Anne se encontraba a miles de kilómetros de distancia, perdida en un rincón recóndito del sur continental. Se sintió culpable de nuevo. No debería haber abandonado a Júpiter de esa manera. De acuerdo. Era cierto que lo había dejado al cuidado de su mejor amiga, pero aún así se suponía que nadie dejaba atrás a los seres que quería. Y ella lo había hecho. Con la esperanza de volver, sí, pero había decidido que esa era la mejor opción de todas. No tenía sentido mudarse a Bilbao con él. No solo por el coste económico del viaje en sí, sino porque David odiaba a los perros. A Júpiter había aprendido a tolerarlo, pero aún así, siempre que podía evitaba quedarse con el animal en la misma habitación. Buscó y rebuscó en los alrededores del enterramiento, hasta que logró encontrar un par de rocas lo suficientemente pesadas como para que el peluche preferido de Júpiter no fuera arrastrado por el viento. Las colocó sobre el juguete y se incorporó cuando Jessica le tendió la mano. Era hora de volver a casa.



Durante el camino, Jessica intentó por todos los medios que Anne se olvidara del duro momento que acababa de vivir. Aunque estuvo tentada de hacerlo, finalmente optó por no comentarle que estaba casi convencida de que un coche negro llevaba siguiéndolas desde que habían salido del aparcamiento del aeropuerto de Heathrow. Seguramente estaba equivocada, pero tenía la sensación de que había visto el mismo automóvil por el espejo del retrovisor varias veces, antes y después de haber hecho la parada para visitar la tumba de Júpiter. Nunca había sido una buena observadora, así que probablemente se tratara de diferentes vehículos. Jessica le habló del chico que acababa de conocer por Internet hacía unas semanas y con el que ya había tenido un par de citas. Estaba especialmente habladora, algo que no solía ser muy habitual en ella. Se notaba que esa relación le importaba más de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Solo habían pasado cuatro meses desde la última vez que se habían visto y, aún así, le pareció que su amiga no era la misma persona que había dejado atrás en Inglaterra. Había cambiado. No se atrevía a afirmar si lo había hecho a peor, pero estaba claro que aquella no era la Jessica que ella había conocido. La Jessica de antes jamás le hubiera contado sus aventuras amorosas, y menos tratándose de alguien a quien prácticamente acababa de conocer. La Jessica de antes hubiera quedado, se hubiera acostado con él y muchos meses después, cuando ya lo hubiese olvidado por completo, hubiera terminado revelándoselo en mitad de una borrachera. Pero estaba claro que ella consideraba que aquel tipo era lo suficientemente importante como para introducirlo en una conversación íntima con su amiga. No la reconocía. ¿Se habría enamorado de él? Deseaba que así fuese. Jessica podía tener sus defectos, demasiados tal vez, pero en el fondo era una de las personas más leales a las que Anne había tenido la suerte de conocer, y se merecía todo lo bueno que pudiera pasarle. Además, había cuidado de Júpiter varias veces cuando aún vivía en Londres, y no había puesto ninguna pega cuando Anne le había pedido que se quedara con el animal cuando había decidido irse a vivir a Bilbao con David. Miró a Jessica mientras ésta conducía su coche con entusiasmo, como si de verdad estuviera disfrutando del trayecto. Con lo que odiaba conducir antes de que Anne se fuera. Definitivamente ésa no era la Jessica que ella había dejado en Inglaterra cuando se marchó a vivir al País Vasco.

Miró por la ventanilla tratando de evadirse y de no escuchar el a menudo hiriente tono de voz de su amiga. Jessica estaba feliz y la envidiaba por eso. Una nueva vida llena de esperanza se abría ante ella con un futuro inexplorado por delante. Y sin embargo, Anne sentía que la suya se dirigía a un abismo del que quizás con suerte lograría salir dentro de unos cuantos años, cuando el paso del tiempo hubiese limado el dolor que arañaba su alma en esos momentos. Mientras se lamentaba por su sino, los nubarrones fueron haciéndose cada vez más densos y la claridad del día fue desapareciendo poco a poco dando paso a las primeras gotas de agua. Fascinante. Hasta el tiempo la acompañaba en su desgracia. No pudo evitar volver a pensar en Júpiter y en lo mucho que sin duda había tenido que sufrir desde que fuera intoxicado hasta que el veneno había terminado arrebatándole la vida. La autopsia del forense hablaba de un cóctel letal de diferentes plantas. Hasta habían conseguido rastrear una minúscula cantidad de cicuta. El perro había vomitado y defecado sin control por toda la escalera del edificio mientras su respiración se iba entrecortando hasta finalmente morir. El veterinario lo resumió en una palabra: crueldad. A ella se le ocurría otra: amenaza. Al principio echó la culpa a Jessica por no estar más atenta y permitir que el animal se escapara del apartamento, pero ahora estaba convencida de que aquella organización era la culpable de la muerte de Júpiter. Ni toda la diligencia del mundo hubiera podido evitar el triste desenlace. La Fundación Petunia. Se le revolvió el estómago al pensar en aquel nombre.



—Stuart es súper gracioso. Me parto de risa cada vez que estoy con él. Es extraño, porque no es que sea el típico extrovertido que cae bien a todo el mundo y sabe cómo llevarse a la gente a su terreno para que le rían las tonterías. Al contrario. Si lo ves, puedes llegar a pensar que es un tío aburrido y taciturno. Tiene ese aire de empollón sabelotodo que a cualquier tía le echaría para atrás. Pues a mí me pasa todo lo contrario. Fíjate que jamás se me hubiera pasado por la cabeza salir con un graduado en Oxford, y aquí me tienes. No sé qué tiene, pero me hace reír, y a mí jamás un tío me había hecho reír de esa manera.

Anne permanecía con la mirada perdida en el horizonte, tratando de no escuchar a su amiga, con la esperanza de que la indiferencia le hiciese callar de una vez. Tanta felicidad le estaba empezando a exasperar.

—Bueno, a decir verdad, tampoco hubiese imaginado nunca tener una amiga como tú —continuó intentando captar la atención de Anne—. ¡Quién me iba a decir a mí que iba a tener a toda una filóloga, traductora y no sé cuántas cosas más como amiga! Tendrías que conocer a Stuart, creo que os llevaríais muy bien. Por lo menos tendríais cosas de qué hablar, todo ese rollo de universidad y tal. ¿Hasta cuándo tienes pensado quedarte?

—Déjame un poco tranquila, Jessica, no me apetece hablar.

—¿Qué te pasa? Prácticamente no has abierto la boca desde que has llegado. Llevas todo el rato como si estuvieras zombi. Tardas siglos en reaccionar. ¿Es por Júpiter? —le preguntó—. Por cierto, tenías que haberte quedado en mi casa. Sé que no es muy grande, pero de verdad, Anne, hay veces que no te entiendo. A ver, que sé que puedo parecer una insensible y que puede que lo que busques es alejarte de todo lo que te recuerda a Júpiter, pero vamos, me parece una locura que hayas decidido quedarte en casa de tus padres. ¿Es que ya no te acuerdas de todo lo que te han hecho sufrir? Vamos, que a mí me da igual. Que yo te acompaño a donde me digas y te hago de taxista y lo que tú quieras, pero luego vendrás llorando como siempre para que te consuele. Lo veo venir. Siempre haces lo mismo. Hay veces que pienso que tienes un gen masoquista que no te permite librarte de todas esas cadenas que te atan a ellos. ¡Con lo fácil que es! Mírame a mí. Con dieciséis años ya me había marchado de casa. Que no, Anne, que no. Que las cosas no son así. Que hay que aprender de los errores, y a ti te encanta tropezar dos, tres y hasta diez veces en la misma piedra. No sé cómo tienes el valor de volver a esa casa de locos.

—Para el coche —la interrumpió Anne sin despegar la mirada de la ventanilla. Había echado de menos hablar en inglés desde que se había mudado a vivir a Bilbao, pero no estaba dispuesta a seguir con aquella conversación. Jessica la estaba cabreando.

—¿Qué pare el coche? Tú estás mal de la cabeza. ¿Cómo voy a parar el coche aquí, en mitad de la nada? Aún nos quedan por lo menos quince minutos de camino. ¡Qué sensibilidad, madre mía! No se te pueden decir las verdades a la cara. Vamos, entiendo que estés triste por lo de Júpiter. Es normal. Pero ya. Tienes que seguir adelante. Estas cosas ocurren, Anne. Intenta olvidarlo. El día que se te muera algún familiar no va a haber quien te aguante.

—Para el coche, Jessica. No te lo digo más veces —volvió a insistir Anne, sin mirar a su amiga.

—Estamos sin vernos un montón de tiempo, te empiezo a contar que he conocido a un tío que me está empezando a gustar de verdad, y ni me contestas. Puede que no todas tengamos la suerte de tener al hombre perfecto a nuestro lado, ¿sabes? A algunas nos cuesta un poco más que alguien que merezca la pena se interese por nosotras. Pero claro, a Anne Wellington, no. Para Doña Perfecta eso son gilipolleces. Ella está acostumbrada a que los tíos hagan cola para intentar acostarse con ella.

—¡Qué pares, joder! —gritó Anne a punto de perder los nervios.

—Ni de coña, tía, espérate, que en nada te dejo en la puerta de tus queridos papis —contestó Jessica, mientras frenaba el vehículo para detenerse ante una señal de Stop.

No le dio tiempo a reaccionar cuando Anne abrió la puerta y se lanzó a correr campo a través cruzando un maizal como alma que lleva el diablo. Jessica decidió aparcar el coche en la zona por la que los tractores accedían a la finca, rezando para no tener que enfrentarse a ningún agricultor iracundo por obstaculizar la entrada a su terreno. Vio a Anne corriendo a lo lejos. Si no se daba prisa, pronto la perdería de vista. Se alegró de haber dejado de fumar hacía ya tres meses. Aprovechando que su amiga reducía el ritmo, aceleró el paso y al cabo de dos minutos consiguió alcanzarla. Empujó a Anne y ambas cayeron al suelo.

—¡Pero tú estás tonta o qué te pasa! —volvió a gritar Anne tratando de quitarse a su amiga de encima.

—¡Anne, para ya! —contestó ella sorprendiéndose por haber conseguido inmovilizarla a pesar de estar a punto de desfallecer por la carrera. Tras revolcarse por el suelo como dos niñas de parvulario peleándose en el patio del colegio, ambas se detuvieron—. ¿Estás más tranquila?

—Tú no entiendes nada —Anne comenzó a sollozar.

—Perdóname, ya sabes que soy una basta. Ya veo que querías de verdad a Júpiter. Ya sabes que yo soy un poco más práctica. Cuando algo me duele hago borrón y cuenta nueva. Aunque así me va —contestó mientras trataba de limpiarse el barro de su larga melena teñida de rubio hacía solo un par de días.

—No es solo eso, Jessica —continuó Anne—. Han pasado muchas cosas en Bilbao, y apenas te he contado nada.

—Bueno, aún no es demasiado tarde. Prueba a ver. No te hagas la dura y desahógate de una vez.

—Es mejor que no sepas nada, por tu bien —las lágrimas comenzaban a resbalar por las mejillas de la joven.

—Tía, ni que se te hubiera muerto tu hermana. Seguro que no es tan grave. Venga, cuéntaselo a mami —contestó Jessica, adoptando un tono maternal en sus palabras, con el ánimo de que su amiga se relajase y le contara lo que le preocupaba. No pudo prever que lo que acababa de decir iba a dar paso a un intenso llanto que le hizo temerse lo peor. ¿Estaría Anne enferma? La abrazó con toda la dulzura que fue capaz y la besó en la frente mientras Anne empapaba con la humedad de su desgracia personal la chaqueta de aviadora que Jessica se había puesto antes de salir de casa—. Cuéntamelo, va. Sabes que por muy burra que me ponga siempre voy a estar aquí, a tu lado. No te preocupes por lo que pueda pensar. Venga, Anne, cuéntamelo.

Anne se separó lentamente del regazo de su amiga y se limpió las lágrimas con la manga derecha de su abrigo. Miró directamente a los ojos de Jessica. Su mejor amiga estaba preocupada de verdad. Probablemente se arrepentiría de las palabras que iba a pronunciar a continuación, pero en ese momento, solo deseó compartir un momento de intimidad con ella, como solían hacer antes de que abandonara Inglaterra. Tomó las dos manos de Jessica y con un hilo de voz que apenas le dejaba hablar, decidió contárselo.

—Está muerto, Jessica. Está muerto.



4.



La monja que abrió la puerta a Concha Elguea debía de tratarse de una incorporación reciente, porque su rostro no le era familiar. Era buena fisonomista, o al menos, hasta el momento lo había sido, pero desde luego nadie le había hablado de aquella mujer que con una espléndida sonrisa se afanaba por darle la bienvenida de manera cordial y amigable. ¿Desde cuándo no se le informaba de las nuevas hermanas que comenzaban a trabajar en la residencia? Era una de las condiciones que había impuesto en su día a la directora, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Aquel hogar no era nada barato para ninguna de las ancianas que vivían en él, pero mucho menos para Véspero Aizaga. La familia se había encargado no solo de costear el mantenimiento de la anciana durante los años que le quedaran de vida, sino que además se había encargado de realizar cuantiosas donaciones periódicas a la congregación, al objeto de proporcionar a Véspero los cuidados y atenciones especiales que precisaba.

—Creo que no nos conocemos —dijo Concha dirigiéndose a la monja.

—No, señora. He llegado hace apenas dos días desde Bergara.

—Me resulta raro que la directora no me haya avisado, siempre suele hacerlo —contestó Concha esbozando una fingida sonrisa.

—Me temo que la directora no se encuentra muy bien, señora. ¿No la han avisado?

—¿A mí? ¿Qué ocurre? ¿De qué se supone que me habrían tenido que avisar?

—A la madre Elisa la han tenido que ingresar. Lleva casi una semana en el hospital.

—¿Ingresar? ¿Estaba enferma?

—Algo muy raro, señora. Se ha quedado ciega de repente. El sábado pasado al despertar ya no veía. Los médicos le han dicho que probablemente se trata de una ceguera transitoria, pero lo que les extraña es que se trate de los dos ojos a la vez, normalmente dicen que suele ocurrir en uno de los dos, pero no en ambos.

—¡Pero bueno! No sabía nada. Pobre mujer. ¿Y cómo es que nadie me ha avisado? ¿Quién se supone que está a cargo ahora de la residencia?

—Hola Concha—. Una voz conocida se abrió paso entre las enormes puertas vítreas que separaban el hall del resto de la vivienda. Concha Elguea se volvió hacia ella. Tuvo que concentrarse para no mostrar el disgusto que le provocaba la mera presencia de aquella mujer.

—Hola Blanca. No sabía nada. Supongo que estarás de visita, ¿verdad? Creo recordar que la última vez que hablé contigo te iban a trasladar a Pamplona—. Concha Elguea trató de no recordar aquel domingo de junio del año pasado y esperó que ella tampoco hiciera ninguna referencia al mismo. No se atrevería.

—Pues sí, tienes toda la razón. Me trasladaron a Pamplona, pero, a la vista de lo que ha ocurrido con la madre Elisa, alguien ha decidido hacerme volver temporalmente para hacerme con las riendas de esta casa. Al fin y al cabo, yo era quien ostentaba el mando hasta que la madre Elisa fue nombrada directora —sonrió la mujer.

—Pero supongo que no será algo definitivo, ¿verdad? Seguro que en Pamplona ya te están echando de menos —prosiguió Concha. La monja que le había abierto la puerta minutos atrás decidió abandonar la estancia. Estaba claro que sobraba en aquella conversación.

—Sí, bueno, esa es la idea, pero los caminos del Señor son inescrutables. Una nunca sabe dónde va a ser más necesaria para la congregación.

—Me parece increíble que nadie me haya avisado de lo que ha pasado con la madre Elisa, de verdad. Me esperaba otra consideración por parte de la residencia hacia mi familia y hacia mí, después de todo lo que hemos contribuido para el buen funcionamiento de esta honorable casa.

—Bueno, ya sabes Concha. Una tiene que adaptarse a los cambios. Sin ir más lejos, yo misma me he tenido que hacer en un tiempo récord a esta nueva situación cuando ya había abandonado la idea de volver a desempeñar labores de dirección. En Pamplona me tenían reservado otra misión, mucho más contemplativa. Alguien se encargó de que no volviera a ocupar un puesto de mando.

—Como tú misma acabas de decir, la voluntad del Señor es un misterio. Lo importante es que no abandones tu confianza plena en él, Blanca. ¿O debería llamarte madre Blanca?

—Déjalo en Blanca, o hermana Blanca, como prefieras. A ti y a mí no nos gustan todas estas parafernalias protocolarias, ¿verdad? —sonrió la mujer—. Pero pasa, pasa, no te quedes ahí con esa cara de pasmo. Enseguida podrás ver a Doña Véspero. La están terminando de asear.

Acompañó a Concha Elguea a uno de los dos salones de la vivienda. En la residencia había cama para un máximo de diez ancianas, pero en esos momentos apenas había ocupadas cuatro plazas. O por lo menos eso era lo que le había contado la madre Elisa antes de su ingreso hospitalario. Aun viviendo únicamente tres ancianas más además de Véspero, Concha Elguea contabilizó al menos siete monjas diferentes desde que había entrado por la puerta. En el salón se encontraban cinco de ellas, hipnotizadas ante el televisor mientras trataban de jugar una partida de cartas con dos de las residentes. A ellas había que añadir la nueva incorporación que le había dado la bienvenida y lógicamente, la monja que en esos momentos estaba preparando a Véspero. Siete religiosas y Blanca. Demasiada monja para tan poco trabajo. Observó a las cinco que tenía delante. No reconocía a ninguna de ellas. ¿Por qué nadie la había avisado de todos esos cambios? Se preguntó que era lo que miraban en la televisión con tanto interés como para estar prácticamente ignorando a las ancianas que tenían a su cargo.

—¿No te has enterado, Concha? —le preguntó la hermana Blanca.

—No me he enterado, ¿de qué?

—Ha aparecido muerta una chica en el belén del parque de La Florida esta mañana. Están todos los informativos con el tema y tú sin enterarte. ¿En qué mundo vives?

Concha Elguea prestó atención a la periodista que estaba narrando la noticia. A primera hora de la mañana, un agente de la policía municipal había descubierto el cadáver de una mujer de unos veinte años de edad en los brazos de una de las figuras a tamaño natural que conformaban el tradicional belén que desde principios de los años sesenta adornaba el parque más céntrico de Vitoria-Gasteiz, ubicado junto al Parlamento Vasco. En los últimos años había ido adquiriendo un gran prestigio a nivel internacional, ocupando el primer puesto en las listas de los belenes monumentales más interesantes del mundo. El cuerpo de la joven había aparecido en el regazo de una de las esculturas colocadas junto al riachuelo que recorría el parque, concretamente en el de una de las lavanderas. Lo curioso del caso es que no había signos aparentes de violencia, y el cadáver parecía intacto. Sin embargo, dos eran los factores que habían hecho saltar todas las alarmas. Por un lado, el hecho de que el cuerpo hubiera sido colocado en los brazos de aquella figura, y, por otro, un pequeño detalle que al principio había pasado desapercibido, pero que, gracias a la información que un periódico había filtrado, ya estaba en boca de todo el mundo. El pantalón de la muchacha había aparecido recortado en la parte inferior de las piernas, de manera que la largura de la prenda sobrepasaba apenas unos centímetros las rodillas de la víctima. Y algo similar ocurría con la chaqueta. Las mangas aparecían también seccionadas a la altura de los codos y la parte inferior había sido arrancada con lo que a simple vista parecía un cuchillo, a la vista de las rasgaduras que presentaba la tela. Además, alguien se había ocupado de desplazar unos metros algunas de las figuras más cercanas a la de la lavandera, concretamente las de tres pastores y un labrador, hasta plantarlas prácticamente junto a la víctima. Aún no había aparecido ninguna prenda de abrigo en los alrededores.

La ciudad entera estaba conmocionada por el macabro suceso, que parecía ser obra sin lugar a dudas de un demente. Las autoridades recomendaban especialmente a las mujeres y niños no caminar solos por la calle hasta que las investigaciones policiales consiguieran algún tipo de pista que lograra dar con el asesino. Aunque en un primer momento se había intentado ocultar el suceso para no alarmar a la opinión pública, la noticia había corrido como la pólvora, y desde primera hora de la mañana, la mayoría de los lugareños había optado por quedarse en casa, aprovechando que se trataba del día de Reyes.

—¡Pero qué disparate! ¿Quién es el salvaje que ha podido hacer una cosa así? —comentó una de las monjas, con un evidente acento latinoamericano.

—Locos hay en todas partes, Asunción —le contestó la hermana Blanca—. Además, de momento no se ha corroborado que la chica haya sido asesinada.

—¡Lo que hay que oír! ¿Me está usted diciendo que esa chica no ha sido víctima de un loco? Además, suponiendo que como usted dice no la hayan matado, es un sacrilegio. Profanar uno de los símbolos más representativos de las Navidades, el Belén de La Florida. Y a pocos metros del pesebre de nuestro Señor Jesucristo. Que Dios me perdone, pero ese animal se merece arder en el infierno.

—¡Asunción! —le gritó la hermana Blanca—. Hazme el favor de no asustar a las demás hermanas. Yo no digo que no se trate de un asesinato, pero no adelantemos acontecimientos, hay que mantener la calma. De todas formas, tendréis que tener cuidado y no bajar solas a hacer los recados. Como mínimo quiero que bajéis de dos en dos y, hasta que esto se aclare un poco, os quiero como muy tarde a las ocho de la tarde dentro de casa.

Concha Elguea no daba crédito a lo que acababa de escuchar de mano de aquella periodista. Ahora entendía por qué no había visto a casi nadie por la calle desde que se había bajado del coche al llegar. Probablemente se trataría de un hecho aislado, pero comprendía perfectamente a todos los padres y madres que habían decidido no dejar a sus hijos salir a la calle a jugar con los juguetes que los Reyes Magos les habían traído la noche anterior. Y ella se había paseado sola tan campante. Ahora entendía la advertencia que le había hecho aquel hombre al salir del Museo Bibat. En fin. Procuraría no irse muy tarde e ir con toda la cautela del mundo de vuelta al coche. La monja que le había abierto la puerta entró en el salón y se dirigió a ella.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-25 show above.)