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EL RENCOR DE LA MONTAÑA INSOMNE



La trilogía insomne 1

















Samuel Vernal































© Samuel Vernal, 2016



www.samuelvernal.com





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Para Ángel, el alma de esta historia.



















¡Por fin, por fin algo en su corazón, algo que no fuera él mismo!”



El perfume, de Patrick Süskind















Prólogo















Las manecillas doradas del viejo reloj de pared del salón marcaban las tres y veinte de la madrugada. La luz proveniente de las farolas de la calle se colaba perezosa entre las rendijas de las persianas que cubrían los ventanales, creando pequeños destellos sobre el cristal del espejo situado encima del aparador. En el exterior, un fino manto de hielo yacía inerte sobre el parque que rodeaba el edificio de apartamentos. El silencio reinante se veía interrumpido de vez en cuando por el ulular del viento agitando las ramas de los árboles. En el cálido confort de sus hogares, los vecinos descansaban aguardando el despuntar del alba. Todos menos uno. La inquilina del tercero A se revolvía en su cama incapaz de conciliar el sueño, sin saber que estaba a punto de morir.



Se había metido pronto a la cama en un intento desesperado de desocupar su cabeza de todos los pensamientos deprimentes que la atormentaban a todas horas debido a los recientes acontecimientos. Sin embargo, a eso de las dos y cuarto se había despertado empapada en sudor y ya no había podido volver a dormirse. Sin querer, había dejado la calefacción encendida antes de acostarse y la temperatura de la vivienda había alcanzado los veintitrés grados. Imposible dormir así. Tras vagar como una sonámbula camino de la cocina a servirse una copa de vino y a bajar el indicador del termostato hasta los dieciocho grados, había regresado a la cama y había continuado leyendo la novela policíaca que había empezado hacía un mes, con la esperanza de que los efluvios del alcohol y la lectura de aquel aburrido libro le ayudaran a dormirse. El sopor que normalmente le provocaba la novela esta vez no acudió a liberarla de su inesperado estado insomne. Releyó otra vez las dos últimas páginas esperando recuperar el hilo argumental, incapaz de avanzar en el desarrollo de la trama. Dejó el libro encima de la mesilla de noche y abandonó el lecho para dirigirse al cuarto de baño situado en la parte central del pasillo. Examinó en el espejo del tocador cada una de las arrugas que surcaban la piel de su rostro y se maldijo por haberse gastado una fortuna en aquel serum milagroso que obviamente no cumplía su cometido. Pasó la yema de sus dedos por aquellas horrendas ojeras, preguntándose si existiría algún remedio casero que fuera realmente efectivo para no parecer una muerta viviente cada mañana al despertar.



De repente un ruido extraño le hizo abandonar el análisis exhaustivo al que estaba sometiendo su piel facial. Le había parecido escuchar una especie de gañido, pero enseguida desechó la idea. El propietario del inmueble había prohibido expresamente en los contratos de alquiler de todas las viviendas la presencia de animales de cualquier tipo, bajo pena de multa de diez mensualidades de las rentas arrendaticias. Cuando se disponía a salir del aseo, volvió a percibirlo. Al principio como un sonido débil y lejano, pero a medida que dejaba pasar los segundos, supo sin duda alguna que aquel extraño estertor se iba aproximando lenta pero inexorablemente hacia donde ella se encontraba. Dirigió su mirada hacia la rejilla de ventilación que interconectaba todos los cuartos de baño del bloque. Y mientras lo hacía comenzaron a escucharse unos pequeños golpes al otro lado de la pared. Movida por un impulso irracional, la mujer respondió a aquella cantinela chocando sus nudillos contra el azulejo, siguiendo el mismo patrón rítmico que acababa de oír, intrigada ante el origen de aquellos ruidos. Que ella supiera, al otro lado de la pared se encontraban los ascensores. El ronroneo se hizo más intenso y ahora lo escuchaba de una forma mucho más nítida; sin ninguna duda provenía del conducto de respiración. Se subió al bidé con cuidado de no resbalarse y comenzó a golpear de nuevo la pared con los nudillos de su mano derecha, empezando desde abajo y ascendiendo lentamente hasta llegar a la rejilla de la que parecía provenir el sonido. Era un animal. Estaba convencida de que ese soniquete lo estaba realizando algún tipo de animal. ¿Pero cuál? Se preguntó si era factible que algún pájaro hubiera podido colarse por la chimenea del respiradero y ahora estuviera intentando escapar asustado de aquel túnel. Seguramente se trataba de eso, pero entonces, ¿por qué el animal no volaba hacia arriba? Lo que fuera que estaba produciendo aquella especie de ronquido seco estaba claramente descendiendo por la galería de ventilación y cada vez lo percibía más cerca. El suave gruñido se fue transformando poco a poco en un sonido más gutural y más rítmico. Quitó la tapa del conducto de aireamiento sorprendiéndose de lo fácil que le había resultado hacerlo. Mientras con su mano derecha seguía golpeando la pared con el objetivo de atraer al animal, introdujo su brazo izquierdo por el orificio, intentando alcanzar a aquel pobre ser atrapado en las entrañas del edificio. Fuera lo que fuera, aquello seguía descendiendo lentamente.

Al cabo de unos segundos notó algo húmedo rozando su piel y enseguida retiró la mano. Le había chupado. Aquello le había lamido. Se acercó los dedos a la nariz y un olor a huevos podridos caló hondo a través de sus fosas nasales, provocándole náuseas y unas ganas terribles de vomitar. Se limpió la mano como pudo restregándola contra la tela del camisón y continuó con la danza tribal de sus nudillos contra la pared. Tenía que averiguar de qué se trababa. Le pareció ver algo asomando por el agujero. Un hocico negro y húmedo y una lengua rebosante de saliva. Antes de que le diera tiempo a reaccionar y comprender qué era lo que estaba viendo, la cabeza del animal asomó escurridiza por el hueco de la rejilla y clavó sus ojos irracionales en los de ella. El balido que emergió de la garganta del animal le dejó sin respiración durante unos segundos. La mujer bajó rápidamente del bidé y se apresuró a abrir la puerta. Justo antes de proferir un desgarrador grito de asco e incredulidad, volvió su mirada de nuevo hacia el hueco del respiradero, para comprobar que la cabeza de una cría de cabra negra asomaba ya completamente fuera, con sus diminutos cuernos grises curvados hacía atrás cubiertos de alguna sustancia de tipo gelatinoso y una de sus patas esforzándose por hacer impulso con el borde del orificio para lograr extraer el resto de su cuerpo.



Horrorizada, corrió por el pasillo buscando desesperada la entrada de la vivienda. Por el camino se clavó en el costado la manilla de la puerta de su habitación, pero el dolor no la detuvo. Encontró las llaves puestas en la cerradura, como últimamente solía hacer desde que se había estropeado la alarma, y, al borde de la histeria, giró la llave mientras oía al fondo del pasillo un nuevo balido y un golpe seco, como si el animal hubiera conseguido por fin salir de su prisión. Abrió la puerta y salió despavorida hacia las escaleras, pero no tuvo tiempo de ir más lejos. Alguien la estaba esperando agazapado en la oscuridad del descansillo. Notó unas manos presionando con fuerza la parte posterior de su espalda y haciéndole perder irremediablemente el equilibrio. Intentó aferrarse a la barandilla pero fue inútil. Cayó rodando escaleras abajo notando cómo su cuerpo iba quebrándose a medida que descendía los peldaños, hasta que al cabo de unos interminables segundos llegó al final. Seguía viva. No sabía cómo, pero milagrosamente había sobrevivido a la caída y por un momento pensó que sería capaz de salir indemne de aquella pesadilla. Ese pequeño atisbo de esperanza se acabó en un instante. Advirtió cómo una sombra se abalanzaba sobre ella y esa fue exactamente la última imagen que pudo registrar su cerebro. Por supuesto no pudo ver ya como su verdugo abandonaba rápidamente el lugar tras partirle el cuello. Tampoco pudo ver cómo la cabra, que había dejado de balar hacía rato, bajaba lentamente escalón a escalón, se acercaba sigilosa hasta donde yacía su cuerpo y le orinaba sobre su rostro yerto.







Primera parte



BROTACIÓN











1.



La primera vez que David Vanner atravesó el umbral del edificio Artechnia una sombra de incertidumbre se aferró a la suya propia, anclándole al parqué del vestíbulo, arrebatándole sin remedio el poco aliento que aún le quedaba en los pulmones tras haber tenido que correr los últimos diez minutos para no llegar tarde su primer día de trabajo. Al entrar, una sensación de angustia se apoderó de él impidiéndole siquiera dar el siguiente paso. Durante unos segundos pensó que le iba a volver a ocurrir, que se iba a desmayar como hacía unos meses en su apartamento de Londres. En aquella ocasión había caído desplomado al suelo y durante unos minutos había llegado a perder el conocimiento, según certificaron más tarde en el hospital. Afortunadamente esta vez consiguió retener la consciencia lo suficiente como para recordar la técnica de respiración que durante los últimos diez días había estado practicando en las clases de relajación a las que se había apuntado al poco de tiempo de comenzar los ataques de pánico. Cerró la boca e inhaló con fuerza por las fosas nasales dirigiendo el aire hacia su estómago, hinchándolo poco a poco, reteniéndolo unos instantes para después soltarlo lentamente de nuevo por la nariz. Repitió la operación dos veces hasta que comenzó a notar cómo la sensación de malestar se alejaba de él y volvía a recobrar el control. Una gota de sudor resbaló por su espalda y la sintió llegar hasta el final de la espalda. Levantó la mirada hacia el espectacular techo de cristal que se alzaba cuatro metros sobre su cabeza y se maravilló contemplando aquel portento arquitectónico. Los rayos de sol se colaban a través del entramado vítreo dibujando una serie de extrañas figuras hipnóticas que inundaban la estancia, y por un instante se sintió como un pez atrapado entre las cuatro paredes de un acuario observando desde el fondo la luz del día perforando el manto de agua.

Estaba tan absorto contemplando los reflejos de la luz sobre los ventanales que tardó en percatarse de que una joven de aspecto pulcro e indefinido llevaba un rato intentando captar su atención. Aterrizó de forma brusca en este plano de la realidad y se preguntó cuánto tiempo llevaba aquella mujer hablándole.

—Señor Vanner, ¿es usted el señor David Vanner, verdad? —preguntó pronunciando su nombre de pila usando la fonética latina. Le miraba de manera inquisitoria, esperando ansiosa su respuesta.

—Sí... soy yo. Pero si no le importa mi nombre se pronuncia como suena en inglés.

—Por favor, acompáñeme a la sala de recepciones. La conferencia de bienvenida comienza en apenas cinco minutos y no querrá ser el único en llegar tarde. Sígame, rápido, por favor.



Él la siguió escaleras arriba hasta la segunda planta y no pudo evitar fijarse en aquel trasero voluptuoso y musculado que se marcaba bajo la falda de ella. Se preguntó que edad tendría. No podía pasar de la treintena, eso seguro, pero aquellas ropas elegantes lo confundían. Se imaginó a sí mismo frotando su entrepierna contra ella y por un instante dudó si fingir un leve tropiezo y así conseguir al menos un leve roce. Desechó la idea. Demasiado arriesgado y demasiado estúpido. ¿En qué estaba pensando?











2.



La sala estaba repleta de jóvenes como él, aspirantes a convertirse en trabajadores indefinidos de la empresa, llenos de aparente seguridad y probablemente sin ningún escrúpulo a la hora de conseguir su objetivo. Miró a su alrededor e intentó hacer un breve análisis de la situación. Por un lado estaban los ejecutivos, la mayoría hombres, a su pesar, con sus barbas afeitadas esa misma mañana y sus trajes recién sacados de la tintorería. Percibió en el ambiente un concentrado tufo a after shave y desodorante masculino. Sin duda, aquel grupo era su más directa competencia. Observó sus rostros intentando descubrir lo que estaban pensando en esos momentos, esperando así obtener algún tipo de ventaja con la que jugar en su contra en el momento oportuno. Obviamente, la capacidad de leer las mentes de extraños no estaba entre sus facultades innatas, pero sí que sacó más de una conclusión por el modo en que aquellos rostros ávidos de información miraban lo que tenían delante. No detectó ningún rival directo con el que tuviera que estar especialmente alerta, pero decidió no bajar la guardia.

De otro lado estaban los ingenieros técnicos. Sintió una breve sensación de repulsa al observar los atuendos con los que se habían atrevido a acudir a una cita tan importante como aquélla. ¿Por qué aquellos cerebritos se empeñaban en su gran mayoría en ir vestidos con horribles camisas de cuadros pasadas de moda? ¿Acaso no les daban unas mínimas lecciones de saber estar y de protocolo en la facultad? Encontró un asiento libre junto a una joven de las suyas, ejecutiva sin duda alguna, a la vista del impecable vestido que llevaba y que le hacía resaltar sus pechos de una manera descaradamente sexy para tratarse de un traje de oficina.



“Bienvenidos a Artechnia Inc. Bienvenidos al mañana hecho hoy”. Todos los presentes levantaron la vista hacia la enorme pantalla de la que emanaba aquella voz, que como por arte de magia pareció materializarse delante de ellos surgiendo de la nada. Hasta David Vanner se sorprendió con aquel truco tecnológico. Si aquella compañía era capaz de crear una ilusión como la que acaba de producirse ante los ojos de cincuenta personas, definitivamente había elegido bien el lugar donde desarrollar su carrera profesional. La imagen de un afable anciano apareció ante ellos. “Mi nombre es Hans Bechs, y soy el fundador de ésta ahora su casa. Lamentablemente ya no me encuentro entre ustedes. Abandoné este mundo hace tiempo. Discúlpenme por no poder estrecharles la mano. Lo primero que me gustaría decirles, señoras y señores, es que no se dejen engañar por las apariencias. Como todos ustedes sabrán, somos una de las empresas de desarrollo de software más punteras a nivel internacional. De hecho, somos líderes del sector en cinco países europeos, y aspiramos a serlo también aquí en un plazo no mayor de tres años. Llegamos hace dos y ya hemos logrado una cuota de mercado de aproximadamente el quince por ciento. Sin embargo, como les decía, no se dejen engañar. Archtenia es ante todo una empresa familiar y queremos que todos ustedes formen parte de esta gran familia. Creemos en su creatividad, creemos en su talento y creemos en su capacidad de trabajo. Lamentablemente, no todos ustedes seguirán con nosotros dentro de dos meses. Sin embargo, confiamos en que todos y cada uno de ustedes sepan entender qué gran oportunidad se les ha brindado y sepan aprovecharla al máximo. Hay quienes a nuestro trabajo lo llaman el Internet de las cosas. No estamos de acuerdo con tan abominable denominación. Nosotros preferimos llamarlo el Internet de las personas. Nuestro triunfo es consecuencia de nuestra apuesta por transformar la tecnología en servicio a las personas, a nuestros clientes, de modo que la tecnología pase a formar parte intrínseca de sus vidas, sin que lleguen a apreciarla como algo extraño y ajeno a ellos, sino como algo imprescindible, algo que definitivamente les ayude a ser más felices en el día a día. Y queremos que ustedes formen parte de nuestro éxito. Queremos seguir formando parte de la vida de millones de personas en el planeta, y para ello contamos con su inestimable ayuda. Confíen en sus capacidades y déjennos conocerles”. Esta vez la pantalla no desapareció, sino que comenzó a ascender lentamente hacia el techo de la estancia, hasta detenerse a una distancia de unos tres metros sobre las cabezas de los aspirantes. En ese momento el plasma se inclinó en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia los asientos, y volvió a mostrar la cara del anciano, que pareció escrutar a los asistentes. “Les observo”, dijo, y un silencio casi absoluto inundó la sala.

A continuación, las lámparas del techo adquirieron un brillo más intenso, y por los altavoces una grabación anunció a los presentes la entrada de la Presidenta del Consejo de Administración, la señora Suzanne Bechs. El aplauso de los presentes dejó paso a la tenue voz de la mujer, que se dirigió a ellos adoptando un tono maternal que encandiló y amedrentó a partes iguales a la audiencia allí congregada. David Vanner pertenecía al grupo de los primeros. Desde que había visto surgir la figura de la Presidenta, el mundo parecía haberse detenido a su alrededor. Suzanne Bechs era una mujer de mediana edad, probablemente le superaba en más de una década, y sin embargo la encontró absolutamente arrebatadora. Quizás eran sus suaves gestos, su voz melosa que acariciaba sus oídos como una suave brisa en un soleado día de primavera. Tal vez fueran sus manos, que acompañaban a sus comentarios con gestos concisos y armoniosos. Un vestido largo de terciopelo negro ceñía su silueta delgada, resaltando de una manera casi sobrenatural su melena rubia, de corte perfecto, que le llegaba más abajo de los hombros y que parecía permanecer estática a pesar de los gráciles movimientos de su portadora. El aspirante Vanner oía su voz, pero no podía escucharla. Un hechizo se había adueñado de él y apenas acertaba a respirar de vez en cuando, extasiado con aquella belleza sacada de otro mundo, de otra era. De repente, un sonido estridente rompió el embrujo devolviéndolo a la realidad. Su móvil. Sí, aquel sonido que había interrumpido el discurso de la Presidenta provenía de su teléfono. Duró apenas unos segundos, pero fueron los suficientes como para captar la atención de la mujer, la cual no dudó en dirigirse a él.

—Discúlpeme, señor....

—David Vanner, señora, le ruego me perdone. Es sólo un mensaje. Me he dejado el sonido del teléfono activado. No volverá a ocurrir —intentó zanjar, silenciando el aparato.

—Por supuesto que no volverá a ocurrir, señor Vanner—. Sonrió de un modo un tanto condescendiente, como una maestra de primaria dirigiéndose a su alumno. —Pero por favor, no se detenga, háganos partícipes de lo que le ha comunicado su interlocutor. Sin duda debe de tratarse de algo urgente, habida cuenta que usted ha preferido hacer caso omiso a las instrucciones para acudir a esta reunión sin ningún tipo de dispositivo capaz de grabar imágenes o sonido. Díganos si es tan amable a qué se debe la interrupción. No quisiera que dejara de atender un asunto de tal importancia para usted.

Todos y cada uno de los allí presenten le observaban divertidos, alegrándose de que uno de sus rivales hiciera méritos propios para no obtener el tan deseado puesto de trabajo. David intentó idear una excusa para salir rápidamente de aquel entuerto, pero no fue capaz y se rindió. Extrajo el teléfono del bolsillo derecho de su pantalón y tras introducir el patrón de desbloqueo, abrió la barra de notificaciones. Era un correo electrónico. Se dirigió a la bandeja de entrada y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se trataba de un mensaje de Contact U, la web de contactos a la que había estado accediendo últimamente. Comenzó a leerlo para sí, lo cual no fue una buena idea. Enseguida empezó a notar los primeros síntomas que precedían a sus ya habituales ataques de pánico.

—Adelante, David, ilústrenos —le inquirió ella.

—Es... un mensaje de... mi novia, señora —mintió—. Su vuelo se ha retrasado por el temporal del norte de Europa y me pide que cuando llegue esta tarde vaya a recogerla al aeropuerto.

—Está bien, señor Vanner, por esta vez pase. Pero por favor, le ruego a usted y a todos ustedes que es absolutamente imprescindible que respeten todas y cada una de las órdenes que imparta la compañía, o cualquiera de sus superiores.



David sonrió para sus adentros, y al instante la incipiente sensación de angustia desapareció por completo. Había conseguido salir del paso, como siempre hacía. Estaba acostumbrado a sobrevivir en las situaciones más comprometidas, y aquello había constituido una buena prueba de ello. Definitivamente Suzanne Bechs había creído todas y cada una de sus palabras y él había quedado ante los ojos de los demás como un atento novio que cumple con sus obligaciones. Anne tardaría aún unos días en llegar a Bilbao. Un sudor frío recorrió la parte posterior de su cráneo. Se recostó en su asiento, ya más tranquilo, y, sin querer, dirigió sus ojos hacia la pantalla que minutos antes había ascendido y se había detenido a pocos centímetros del techo. En ella, el rostro del anciano Hans Bechs continuaba congelado, con aquella mirada penetrante que había conseguido infundirle cierto temor. Sobre la imagen, una frase aparecía sobreimpresionada: “Les observo”.













3.



La decimoquinta planta del Edificio Artechnia estaba subdividida a su vez en quince despachos individuales, dispuestos en torno a una gran plaza circular de trescientos metros cuadrados en la que estaba situado el ascensor principal que comunicaba todas las plantas del inmueble. Cada uno de los departamentos tenía una de sus puertas de acceso ubicadas en la mencionada estancia central, pero nadie sabía en realidad si además de dicha puerta principal existían otras entradas, o si los despachos estaban comunicados entre sí de alguna otra manera. De hecho, nadie sabía casi nada acerca de la distribución y el diseño de la edificación, lo que le confería un halo misterioso que había ido generando no pocas leyendas con el paso del tiempo. Todo el mundo llamaba a aquella planta “La Rueda” y de hecho, si un dios todopoderoso hubiera desmembrado el edificio y lo hubiera desgajado por niveles, hubiera observado que aquella planta efectivamente recordaba la forma de una rueda, con todos los despachos alineados como radios en torno al eje central. Lo que ese ser celestial hubiera descubierto además, es que en realidad, la rueda no era una figura perfecta y que todas sus irregularidades estaban perfectamente estudiadas para despistar al intruso y hacerle caer en la trampa de que se encontraba ante una estancia geométricamente perfecta.



Habían pasado ya dos horas desde que Alicia Rández había conducido a David Vanner hasta el despacho número siete de “La Rueda”. David se alegró al comprobar que alguien en las altas esferas había decidido asignar a la joven para ejercer la función de guía del aspirante. Deseó con todas sus fuerzas que aquello no fuera un mero producto del azar. Había algo en ella que captaba su atención y no se trataba únicamente de sus glúteos tonificados. Se preguntó si ella le recordaba, si sabía que era el mismo candidato a quien había recibido a primera hora de la mañana y a quien había dirigido a la sala de recepciones. Intentó encontrar la respuesta en sus ojos, pero, intencionadamente o no, ella evitó todo contacto visual con él. Ya tendría tiempo para averiguarlo.

David observó el reloj digital que se proyectaba sobre una de las tres paredes del cubículo. Las doce y doce de la mañana. Sintió una vibración en el bolsillo derecho de su pantalón. Menos mal que había inhabilitado el sonido del aparato en el mismo momento en el que la Presidenta le había abroncado delante de todos. Era otro mensaje de Contact U, la web de contactos. Notó durante unos segundos una placentera presión en la entrepierna, pero tuvo la templanza suficiente para no visualizar el contenido de la misiva. “No, contrólate. En el trabajo no.” Se acarició ligeramente el miembro y se concentró en disminuir el amago de erección hasta que lo logró. Justo en ese momento la puerta principal del despacho se abrió y entraron un hombre de mediana edad con un impecable traje oscuro hecho a medida junto con otro unos diez años más joven, quien sin duda era su acólito, también vestido de negro. Ambos, amo y criado, compartían casi idéntica fisonomía, tallada a base de sudor y aislado de proteína. Carne de gimnasio. Como él. David se sintió durante un instante levemente incómodo, definitivamente tenía que entrenar más duro. Hinchó su pectoral todo lo que pudo y se levantó para saludar a los dos visitantes. El mayor se excedió en la fuerza que empleó para estrechar su mano. “Vale, tu eres el que manda, campeón”, pensó David.

—Señor Vanner, es un placer contar con usted en nuestra familia—. David sintió los ojos del ayudante escrutándole desde la distancia. —Mi nombre es Pierre Gutiérrez, y voy a ser el encargado de observar y analizar su trabajo durante estos meses. Se preguntará la razón concreta por la cual Artechnia Inc, de entre los cientos de aspirantes que lo han intentado, ha decidido aceptar su candidatura a formar parte de nuestra compañía. Bien, en realidad no puedo ofrecerle una respuesta muy concreta, ya que eso pertenece a la esfera privada de los intereses de la empresa, pero por favor, siéntase como en su propia casa, necesitamos que se encuentre lo más cómodo y adaptado posible para lograr extraer el máximo potencial de usted. Durante este período de prueba, le iremos indicando día a día en qué ámbito se va a centrar su labor de investigación y los pasos concretos que queremos que vaya dando. No obstante, le recomendamos encarecidamente que en ningún momento deje de pensar que no está siendo observado y analizado. De hecho, esperamos que usted tome la iniciativa la mayor parte del tiempo, dentro de los límites que establece el contrato de confidencialidad que usted ha suscrito con nosotros, por supuesto.

El asistente no dejaba de observar detenidamente cada uno de los gestos de David, que empezó a ponerse nervioso. Debía de tener la misma edad que él y sin embargo, había algo en él que le intimidaba. Quizás se trataba de su espalda musculada que era ligeramente más ancha que la de él, o tal vez tan sólo se trataba de pura sugestión. Lo cierto es que empezó a sentir como las gotas de sudor resbalaban de nuevo por su nuca y surcaban su espalda hasta llegar a empapar la parte posterior de su ropa interior. Por suerte, el señor Gutiérrez no tardó mucho en terminar su discurso. Le explicó que aquél iba a ser su despacho particular durante su estancia en la empresa y que Ander Goikoetxea, que así se llamaba su ayudante, sería su supervisor más directo. De hecho, Ander iba a ocupar el despacho contiguo, el número ocho, para que pudiera haber una comunicación más directa y personal. A David no le hizo mucha gracia aquella idea, pero intentó por todos los medios que su lenguaje corporal no delatara su descontento.











4.



El aeropuerto de Bilbao estaba prácticamente desierto a esas horas de la noche. El vuelo procedente de Londres en el que viajaba Anne Wellington se había retrasado, como era habitual por otra parte en la compañía que lo operaba. Parte de los viajeros se había rebelado contra la tripulación, pero de poco habían servido las voces altas y las discusiones. La joven estaba acostumbrada a aquellas incidencias, las asumía como algo intrínseco a la naturaleza de aquel medio de transporte y ya había superado hacía tiempo el estrés y la frustración que supone llegar con horas de retraso al destino. Llevaba viajando los últimos tres años al continente debido a sus prácticas con la empresa de servicios de traducción jurada para la que trabajaba desde que había terminado sus estudios de filología hispánica y francesa en Cambridge. A muchos de sus compatriotas británicos les exasperaba la falta de puntualidad de aquellas aerolíneas y de los europeos del sur en general, pero no era el caso de Anne, que amaba su cultura y su forma de ser, y pequeños detalles como el de la impuntualidad habían dejado de molestarle hacía mucho tiempo. Estaba deseando llegar a la casa de David, ubicada en el centro de Bilbao. No conocía mucho acerca de aquella ciudad, salvo que era una de las sedes que la Fundación Guggenheim tenía repartidas por medio mundo. El año pasado había realizado una visita relámpago a San Sebastián invitada por una amiga a la proyección de una de las películas que competían en el Festival Internacional de Cine. Y de joven, durante una de sus estancias estivales en España, con motivo del programa de intercambio de estudiantes que su escuela de secundaria mantenía con un instituto de bachillerato de Burgos, había pasado un fin de semana de fiesta en Vitoria-Gasteiz. De las tres ciudades más importantes del País Vasco, Bilbao era la más desconocida para ella y en aquellos momentos, sentada en el asiento trasero del taxi que la llevaba al corazón de la Calle Iparaguirre, se comprometió a no dejar pasar la primera oportunidad que surgiera para realizar una visita al famoso Museo Guggenheim.

Abrió la aplicación de mensajería instantánea de su smartphone y escuchó la nota de voz que su compañera de piso en la capital británica le había enviado poco después de despegar el avión. Se emocionó al escuchar los ladridos de su border collie Júpiter y un sentimiento de culpa la embargó haciéndole dudar por un momento si había sido una buena idea dejarle en manos de Jessica hasta que ella volviera. Amaba a aquel perro y había empezado a echarle de menos desde que había pisado el aeropuerto de Heathrow.

Revisó su correo electrónico y se detuvo a analizar aquel siniestro e-mail que David le había mandado esa misma mañana desde su cuenta oficial de la empresa para la que había empezado a trabajar hacía una semana. David estaba conmocionado y no era para menos. Los empleados de la limpieza habían encontrado a primera hora del miércoles el cuerpo sin vida de Tomás Benguría, un adjunto al departamento de comunicación y prensa de Artechnia Inc, tendido en el suelo del fastuoso hall de entrada del edificio principal de la entidad, con el cráneo destrozado. Según las primeras informaciones oficiales, había caído desde uno de los miradores de la planta decimosexta que se asomaban al vestíbulo, y conforme a los primeros indicios todo apuntaba a un suicidio. La prensa local afirmaba que la policía había encontrado en su despacho la carta de despido que la compañía le había hecho llegar hacía una semana con un preaviso para abandonar su puesto de trabajo en un plazo máximo de quince días. David le mandaba varios enlaces a diversos periódicos digitales de la provincia, que identificaban al fallecido con sus iniciales, así como la entrada al perfil que éste había abierto en una famosa red social profesional. La foto que mostraba aquella web le impactó, no porque Tomás Benguría fuese especialmente atractivo, sino porque en sus labios aparecía dibujada una sonrisa y su rostro irradiaba felicidad, sin presagiar el triste final que le esperaba. David terminaba su correo diciéndole que la echaba de menos, que llevaba dos días sin poder dormir, y que estaba deseando que llegara y se instalara en su casa. La joven estrechó su teléfono contra su pecho, justo en el preciso momento en el que el vehículo se detenía y el conductor le indicaba que ya habían llegado. Mientras el taxista extraía su equipaje del maletero, Anne reconoció enseguida el edificio de ocho plantas en el que vivía David y que tantas veces le había descrito, y suspiró emocionada al comprobar cómo al fondo de la calle, frente a la entrada principal del Museo Guggenheim, una gigantesca escultura vegetal, que emulaba la figura de un cachorro de varios metros de altura y henchido de flores, le daba la bienvenida a su nuevo hogar.



Cuando llegó a la planta donde se ubicaba el ático de David, llamó temerosa a la puerta de la vivienda situada enfrente de la número uno, siguiendo las instrucciones de su novio. David se había tenido que quedar en la empresa y no sabía a qué hora iba a poder volver a casa. No le parecía nada oportuno molestar a aquel vecino a aquellas horas de la noche, pero David le había insistido una y otra vez que no se preocupara y que le podía llamar a la hora que fuese. Tras unos segundos de incertidumbre, escuchó sorprendida la apertura de al menos cinco cerrojos antes de ver cómo se tornaba la puerta. Aguardó un momento pero no salió nadie a recibirla. Se preguntó qué se suponía que debía hacer. Estaba agotada por el viaje. Anhelaba estrenar el hidromasaje que David había instalado en uno de los dos baños, tomarse un buen vaso de mate e irse a dormir. Deseaba con toda su alma meterse a la cama. Se disponía a sacar el móvil de su bolso para llamar a David cuando escuchó una voz de hombre invitándola a entrar. “Pasa, Anne”. Sí, había pronunciado su nombre, con lo cual quedaba claro que no se había equivocado de piso y que aquél era el vecino al que David le había dejado una copia de las llaves para que la joven pudiera acceder a su casa. Se decidió a entrar sin más dilación esperando que la conversación con aquel tipo durara lo menos posible. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la que parecía ser la única iluminación de la casa, y que no era otra que luz proveniente del televisor encendido en el salón. No había recibidor, la puerta de la entrada era a su vez la puerta de la estancia principal. Era curioso porque el sonido del aparato estaba silenciado, por lo que dedujo que quien quiera que la estuviera esperando seguramente había sucumbido al sueño, sentado en el sofá de cuero negro situado de espaldas a la puerta. Un intenso aroma a almizcle e incienso impregnaba cada rincón de la sala envolviéndolo todo en una atmósfera plomiza que por un momento hizo tambalear el cuerpo cansado de la joven traductora, que a punto estuvo de tirar abajo la lámpara de pie ubicada junto a la entrada. Desde donde ella estaba, sólo se vislumbraba la parte posterior del sofá recortándose contra el gran plasma, lo cual dotaba al mueble de un halo espectral, creando la fantasmagórica ilusión de estar a punto de ser engullido por las ondas electromagnéticas. Decidió acercarse un poco más esperando que en cualquier momento el morador de aquella penumbra hiciera el ademán de postrarse, pero al llegar a la altura del chaise longue contempló consternada que allí no había nadie sentado.

—Creo que estás buscando esto—. La voz de su anfitrión retumbó repentina tras su nuca, ronca, casi gutural. La británica percibió perfectamente durante un instante cómo los ventrículos de su corazón se detenían por el sobresalto. Consiguió sobreponerse lo suficientemente rápido como para no dar tiempo a su interlocutor a volver a dejar escapar aquella voz de ultratumba.

—Hooo... la —se volvió para encarar con decisión aquel sonido del averno. Lo que se encontró al girarse hizo que el poco aplomo que había conseguido reunir se disipara en un segundo. Ante ella había surgido la imagen celestial de un dios del Olimpo, cerniendo su musculatura y sus casi dos metros de estatura sobre ella. Se maldijo por no haberse puesto tacones aquella mañana; se sentía desmesuradamente pequeña al lado de aquel hombre. No supo muy bien a qué parte de aquella escultura dotada de movimiento dirigir su mirada, y se avergonzó al pensar que él se estaba dando cuenta de la impresión que le estaba causando. No sólo aquel torso desnudo que parecía cincelado por el más avezado de los artesanos era el culpable de la humedad que comenzaba a empapar su blusa blanca. Lo que la incomodaba por encima de todo era que él iba semidesnudo y no parecía importarle en absoluto. “Normal, está en su casa, estúpida, tú eres la extraña”. Unos pantalones negros de terciopelo se ceñían sobre sus piernas ensalzando aún más el contraste con la piel nívea de su torso y brazos. Unas botas altas del mismo color, hacían del conjunto una imagen siniestra, frágil, delicada, pero a la vez rebosante de rotundidad y virilidad. Llevaba el pelo teñido de rubio, casi platino, lo cual hacía resaltar de una manera deliciosa las esmeraldas de unas pupilas engarzadas en un rostro pétreo y anguloso. Nunca había conocido a un hombre con una melena de tal longitud, calculó que le debía llegar hasta casi el final de la espalda, aunque no la veía bien desde donde ella se encontraba. Sus labios, tiznados claramente con un perfilador marengo, dibujaban un amago de sonrisa que Anne interpretó como una invitación a que reaccionara, a que dejara de comportarse como una niña de parvulario y continuara la conversación. Intentó despegar sus labios, recobrar la compostura, pero fue incapaz. Algo estaba bloqueando las órdenes que su cerebro trataba de dictar a su propio cuerpo.

—Me llamo Adrián, tú debes ser Anne —le dijo tendiéndole la mano y modulando el tono abrupto de su voz—. David me ha dejado estas llaves para que puedas entrar en casa. Me había dicho que llegarías tarde, pero no esperaba que tanto —prosiguió mirándola de manera acusadora—. Has tenido suerte, estaba a punto de comenzar mis ejercicios de meditación y me hubiera molestado mucho que me hubieras interrumpido.

—Lo siento, de verdad —contestó ella por fin—. Ya le dije a David que no me parecía correcto llamar a tu casa a estas horas, pero él me insistió en que no importaba la hora, que tú te harías cargo.

—Muy bien. Pues aquí tienes lo que buscas —le dijo él entregándole el manojo de llaves—. Y ahora, si no te importa, me gustaría que te fueras —le empujó bruscamente hacia la puerta de entrada.



Ella no tuvo tiempo de contestar. Para cuando quiso abrir la boca se encontraba otra vez en el descansillo de la planta del ático, oyendo consternada cómo volvían a cerrarse los cinco cerrojos. Aquel tipo era un engreído con aires de estrella de rock venida a menos. Abrió la puerta de la casa de David y lo primero que hizo fue buscar el dormitorio. Había cambiado de idea. Estaba demasiado cansada para tomarse un baño. Sólo deseaba deslizarse entre las sábanas y abandonarse al sueño.











5.



David Vanner apenas había dormido. Ni siquiera una dosis alta de somníferos logró hacerle conciliar el sueño más de cuatro horas. Regresó a casa bien entrada la madrugada y para las ocho en punto ya se encontraba sentado frente a su ordenador en el despacho número siete de La Rueda. Ni siquiera había tenido tiempo de hablar con Anne. Un fugaz beso en la mejilla había sido todo el contacto físico que había tenido con la que era su pareja, su preciosa Anne, después de varias semanas sin verla. Al verla dormir plácidamente, le había dado pena despertarla y había optado por acostarse en el sofá del salón. No había podido resistirse a acariciarle el cabello, igual de sedoso que siempre, pero había tenido cuidado de no hacer ruido. Le había dejado una nota sobre la mesa del recibidor, pidiéndole disculpas por no haber conseguido llegar antes de que se durmiera. Anne era única. Aunque en público jamás lo reconocería, era seguramente la única mujer en su vida a la que había llegado a apreciar y valorar de verdad.

La había conocido dos años atrás en Mandy's, el pub irlandés al que solía acudir con sus compañeros de clase mientras estudiaba el máster en ingeniería de telecomunicaciones en Londres. Su amigo Harry Woods celebraba su cumpleaños en el establecimiento, y había organizado una especie de fiesta privada a la que había acudido demasiada gente. Entre los asistentes que no habían sido invitados se encontraba Anne Wellington. A decir verdad, aquello que sintió al verla en un primer momento no lo interpretó como amor ni nada parecido, sino más bien como una mera atracción física de las cientos que tenía cada fin de semana cuando salía de fiesta por el Soho. Pero aquella sensación inicial pronto se desvaneció para dar paso a un sentimiento más profundo, más arraigado dentro de él. No se atrevía a calificarlo como amor, de hecho, no estaba seguro de si alguna vez había llegado a estar enamorado de nadie. Pero lo que tenía claro es que la imagen de aquella inglesita de ojos azules, cabello bermejo sin llegar a ser pelirrojo y andares de niña pequeña, no se le iba de la cabeza. Poco a poco aquel impacto inicial fue evolucionando hasta convertirse en una pequeña obsesión por volver a verla. Pasaron varias semanas hasta que sus caminos volvieron a cruzarse. Los dos tenían un amigo en común, que iba al mismo centro universitario que David. Por eso siempre había agradecido a Michael Froster que aquella mañana de finales de junio le invitara a pasar el fin de semana con unos amigos en la casa que sus padres tenían junto al Lago Windermere. El sábado por la noche Michael organizó una barbacoa en el jardín, aprovechando que la temperatura durante aquel verano en el noroeste de Inglaterra estaba siendo propicia para ello, lo cual no era habitual. David y Anne tuvieron un primer acercamiento cuando ella se decidió a hablarle aprovechando que se habían quedado solos durante unos minutos mientras los demás entraban a por más bebidas a la cabaña. David, que para aquellas horas ya estaba demasiado borracho, apenas fue capaz de articular dos frases encadenadas antes de sucumbir a los efectos del alcohol y dormirse como un niño pequeño junto a la hoguera. La mañana del domingo Michael les propuso a todos ir a darse un chapuzón a una de las pequeñas lagunas que rodeaban el gran lago y que quedaba algo alejada de la casa, pero David, sumido en un malestar general debido a la resaca, prefirió quedarse descansando e ingiriendo cada poco tiempo zumo de tomate. Anne y otra chica se ofrecieron a acompañarle, y aunque él insistió en que le dejaran solo, al final el empecinamiento de las dos jóvenes logró que aceptara que se quedaran con él. Después de comer, cuando parecía que la intoxicación etílica había desaparecido por completo de su organismo, David, sintiéndose mejor, fue a darse un baño al lago, con el ánimo de despejarse. Llevaba unos diez minutos en el agua cuando una sensación extraña le hizo detenerse, como si cientos de agujas estuvieran acribillando su pierna derecha. El dolor se hizo insoportable e intentó con todas sus fuerzas mantenerse a flote y acercarse a la orilla. Cuando solo le faltaban unos metros para llegar, los calambres paralizaron también su pierna izquierda, e irremediablemente comenzó a hundirse. Sus pulmones comenzaron a llenarse de agua y su mente empezó a fundirse a negro, y entonces supo que iba a morir. Tras varios minutos luchando desesperadamente contra el dolor, decidió abandonarse y que todo acabara cuanto antes. Hizo un último intento de salir a la superficie pero fue inútil, sus miembros no le respondieron. Lo último que recordaba antes de perder el conocimiento era cómo unas manos de mujer aparecían de la nada y tiraban con fuerza de él hacia arriba.

Los servicios de emergencia consiguieron reanimarle y a las pocas horas descansaba tranquilo en su cama del colegio mayor en el que se había instalado desde su llegada a Inglaterra. Le dijeron que Anne Wellington le había conseguido sacar del agua casi en el último momento antes de sucumbir al plácido descanso eterno. Desde aquel día junto al lago Windermere, Anne se había convertido en la persona más importante de su vida. Llevaban algo más de tres años juntos y ella seguía conservando la capacidad de salvar a David en numerosas ocasiones, quizás no literalmente como hizo aquel domingo de junio, pero David tenía comprobado que siempre que los nubarrones comenzaban a asomar por el horizonte, ella enseguida acudía rauda y, como dotada de una habilidad extraordinaria para prevenir la desgracia, conseguía reconducir su vida.



La puerta del despacho se abrió y Ander Goikoetxea entró luciendo un espectacular traje azul eléctrico de corte entallado, camisa blanca ceñida con cuello italiano y corbata negra y estrecha. David Vanner se quedó mirándole absorto durante unos segundos sin poder evitarlo, hasta que Ander carraspeó queriendo acabar con aquella incómoda situación cuanto antes. Tenía que averiguar dónde compraba aquel tío la ropa. Durante casi cuarenta minutos el supervisor se dedicó a impartir a David una serie de instrucciones relacionadas con el prototipo que su departamento estaba desarrollando, y que estaba relacionado con el diseño de una cámara de seguridad de última generación con un tamaño ultra reducido, la Safety Cam 3. El proyecto llevaba estancado unos días debido a la última fase del proceso de selección que la compañía venía realizando desde hacía unos meses, y era vital darle el último empujón para poder pasar a la fase de producción, y finalmente presentarlo en la feria que se celebraría en tres meses en Amsterdam. Era una gran oportunidad para David y no pensaba desaprovecharla. Si aquellos holandeses habían confiado en sus aptitudes y su formación académica, estaba dispuesto a darles lo que estaban esperando. Afianzar su carrera profesional en Artechnia Inc suponía más que lo que cualquier ingeniero de telecomunicaciones novato pudiera ni siquiera soñar. Aquella compañía era una de las multinacionales que más había despegado en el último año en el continente. Además, los sueldos de los ingenieros superiores estaban muy por encima de lo que se cobraba en otras empresas de la zona, y parecían más ajustados a la renta per capita holandesa. El suicidio de Tomás Benguría días atrás había sumido a la compañía en un ambiente depresivo y taciturno, como si todos los empleados se hubieran percatado de repente de lo que podía llegar a suponer la presión laboral en una empresa como aquella, y las cañas de cerveza que muchos trabajadores consumían en los bares que rodeaban el edificio al terminar la jornada, habían sido sustituidas por corrillos lastimeros en los que todos se quejaban de lo dura que era la vida y de la poca suerte que tenían algunas personas. Pero David no pensaba dejarse arrastrar por aquel pesimismo generalizado, él estaba hecho de otra pasta. Si aquellos pobres débiles de espíritu pensaban seguir instalados en aquella atmósfera lóbrega, él aprovecharía para intentar sobresalir con una actitud enérgica y tomar posiciones aventajadas en su camino hacia la meta.

—¿Tú conocías a Tomás Benguría? —David se sorprendió a sí mismo haciendo aquella pregunta sin venir a cuento.

—Sí, supongo que ya lo sabrás, era el jefe de prensa de la compañía para el sur de Europa. Bueno, era eso y muchas más cosas, porque habían delegado en él otras responsabilidades, de diferentes departamentos incluso. En el último año estuvo supervisando la presentación del Cam Nova, el proyecto estrella de nuestro departamento hasta hace bien poco, y en los últimos meses también lo liaron con el relanzamiento de nuestra querida Safety Cam 3.

—Menudo palo, ¿no? He leído que tenía hijos pequeños.

—Sí, yo no lo conocía mucho, pero la verdad es que me parecía un buen tipo. Se rumoreaba que había tenido problemas con las drogas en el pasado, incluso debía de haber tenido algún pequeño susto con la policía. En un control de alcoholemia le debieron de requisar una cantidad bastante alta de cocaína. Creo que además se estaba divorciando y tenía dos hijos pequeños, no me pidas que te diga las edades porque soy malísimo en eso. Y por lo que dicen, su ex mujer le estaba haciendo pasar por un calvario judicial con la liquidación de la sociedad de gananciales. Pero bueno, no sé, tú hablabas con él y no te daba la sensación de estar pasando por un mal bache, o de estar medicado. Aunque ya te digo que tampoco tenía mucha relación con él.

—Dicen que llevaba con depresiones desde hacía bastante tiempo. Con lo que supongo que la carta de despido tampoco le vino muy bien.

—Sí, eso dicen, es una pena, y una putada para esos niños, pero bueno, seguro que terminan superándolo. Yo mismo prácticamente me crié sin la figura de un padre y una madre. No porque estuvieran muertos, no te creas, sino porque un buen día decidieron delegar toda su responsabilidad en sucesivas niñeras y aliviar así la pesada carga que supone educar a tu propio hijo. Y bueno, aquí me tienes, hecho un valiente, ¿o no?



David se le quedó mirando de nuevo fijamente, sopesando la intención de aquel repentino ataque de sinceridad del supervisor, pero esta vez se dio cuenta enseguida y bajó la mirada hacia la pantalla del ordenador. Dudó si seguir preguntándole para que le contara algo más acerca de sus padres, pero la prudencia y el miedo a meter la pata le hicieron contenerse. Estuvieron una hora más concentrados en el estudio de las diferentes vías para desarrollar el software complementario de la Safety Cam 3 que les habían encargado desde arriba. Tenían que ponerse las pilas si querían cumplir los plazos establecidos por la dirección y David sabía perfectamente que del éxito de aquel encargo dependía su contratación al final del período de prueba. Ander propuso realizar un descanso de diez minutos y aprovechó para ir a su despacho a tomar su comida de media mañana. Al volver, se encontró a David haciendo lo mismo e intentando esconder como podía en el cajón ubicado debajo de su mesa los envases con la comida que había preparado el día anterior. El supervisor estalló en carcajadas y le dijo que no pasaba nada, que él acababa de hacer lo mismo al otro lado de la pared. Los dos tenían más en común de lo que David hubiera sospechado en un primer momento. Ander, al igual que él, realizaba una estricta dieta de lunes a domingo, destinada a incrementar su masa muscular y David, del mismo modo, seguía las pautas nutricionales que su entrenador personal le había marcado desde que había empezado la etapa de volumen hacía unos días. El supervisor terminó regalándole una invitación para acudir al gimnasio de alto standing al que acudía al menos cuatro veces por semana y David no se atrevió a rechazar el ofrecimiento. Toda la mañana se estuvo preguntando si había sido una buena idea aceptarlo.











6.



Cuando aquella gélida mañana de septiembre Anne Wellington acudió a abrir la puerta del ático al escuchar como alguien introducía una llave en la cerradura, esperaba hallar a David al otro lado de la puerta. Sin embargo, quien estaba intentando acceder a la casa de David era aquel vecino maleducado que prácticamente le había echado de su casa la noche anterior. Por suerte, en esta ocasión llevaba algo más de ropa encima. De hecho le hubiera costado reconocerlo de no ser por aquella larga melena de color rubio platino, que esta vez llevaba atada formando una coleta. Iba vestido con un abrigo de cuero negro que le llegaba hasta los tobillos y el maquillaje había desaparecido de su cara, aunque seguía conservando aquel halo espectral que tanto le había impactado en su primer encuentro. El gesto de su cara al descubrirla en el recibidor de la casa de David era de fastidio, seguramente no estaba en sus planes coincidir con ella allí a esas horas de la mañana. La saludó con desgana y le entregó un paquete que un repartidor había intentado entregar en la casa de David hacía una hora, cuando Anne aún dormía. De repente recordó su nombre. Adrián. No desconfió de sus palabras. No le extrañó no haber escuchado el timbre de la puerta cuando el repartidor había intentado hacer la entrega, puesto que ella siempre dormía con tapones de silicona en los oídos. Lo que le chocó es que Adrián dispusiera de otro juego de llaves de la casa de David además del que le había entregado la noche anterior, y sobre todo que tuviera permiso de David para acceder libremente a su ático cuando le diera la gana. Optó por no preguntarle acerca de este grado de confianza que sin duda existía entre ambos, no quería llevarse por respuesta alguna burda palabra de aquel grosero. Le dio las gracias y le despidió con la mejor de sus sonrisas. Él ni siquiera la miró a los ojos y se marchó escaleras abajo con prisa, como queriendo desaparecer cuanto antes.



Anne dejó el paquete encima de la mesa de la cocina. Abrió la caja sin pensar en que David pudiera molestarse por ello, y descubrió en su interior un cofre negro y un sobre lacrado. Cogió la carta y leyó curiosa la identidad manuscrita del remitente. Sabina Elguea. Nunca había oído hablar a David de aquella mujer. Se preguntó quién sería. Examinó el envoltorio buscando algún tipo de dirección o pista sobre el origen del envío. En una esquina de la base de la caja descubrió lo que parecía ser el nombre de la empresa que lo había fabricado, o al menos comercializado. Y justo debajo, impreso con un tamaño de letra apenas legible, lo que suponía era la localidad donde radicaba el establecimiento: Laguardia. Aquel nombre no le era del todo extraño. Recordaba vagamente una conversación que había tenido con David cuando aún vivían en Londres, acerca de una comarca del sur del País Vasco, famosa por regalar al mundo varios de los vinos más prestigiosos de Europa. No se acordaba de cómo se llamaba aquella zona pero estaba casi convencida de que Laguardia era la ciudad más importante o al menos una de las más interesantes a nivel turístico y cultural, puesto que habían hablado de proyectar una visita cuando ya estuvieran instalados en Bilbao. No se atrevió a romper el sello de cera roja que cerraba el sobre y leer el contenido de la misiva. Observó detenidamente el cofre. Se preguntó qué podía contener. Por sus dimensiones calculó que podía albergar perfectamente una cafetera italiana, pero desechó aquella absurda idea. ¿Qué sentido tenía guardar una cafetera en un recipiente de ese estilo? Intentó abrirlo. Primero probó a abrir la tapa esperando que simplemente estuviera encajada en la parte inferior del recipiente, pero no hubo suerte. Usando una cucharilla de café trató de hacer palanca para romper el vacío que parecía impedir la apertura, pero tampoco fue capaz. Volteó el cofre con la intención de sacudirlo enérgicamente pero en el último momento se arrepintió y lo volvió a dejar encima de la mesa. La palabra “Frágil” impresa en el envoltorio le incitó a actuar con sensatez y no mover mucho aquella arca inexpugnable. Se sirvió una taza de mate y se sentó frente a aquella especie de joyero que parecía estar hecho de cobre o algún material parecido, aunque no estaba segura del todo de que el cobre pudiese ser negro. Se sintió inútil por no saber cómo abrirlo. “A lo mejor quien lo envía no quiere que se abra tan fácil”, pensó. Pero ¿cuál era el motivo? Si estaba dirigido a David, estaba claro que la remitente quería que éste lo abriese y pudiese disfrutar del contenido.

Fue a buscar el móvil que había dejado cargando en una de las mesillas del dormitorio. Activó el receptor de la red wifi e introdujo en el buscador los términos “laguardia” y “país vasco”. Efectivamente, el municipio de Laguardia podía ser considerado la capital de la comarca de La Rioja Alavesa, situada en el sur del País Vasco, cuya denominación oficial era precisamente Cuadrilla de Laguardia-Rioja Alavesa. Buscó el nombre de la empresa que comercializaba los envases, pero lo único que encontró fue una página de información mercantil que corroboraba que el domicilio social de dicha compañía radicaba en Laguardia. Buscó en Internet el nombre de aquella mujer asociado al término “laguardia”, pero no obtuvo resultado alguno, salvo alguna referencia a varias personas apellidadas Elguea, pero ninguna de ellas con aquel nombre. ¿A quién conocía David en aquel sitio como para que le mandara un paquete de ese tipo a su casa en Bilbao? Si el envío hubiera consistido en un sobre o caja al uso no le habría dado mayor importancia, habría pensado que se trataba de un conocido o de simple publicidad comercial. Pero ¿cuál era el propósito de aquella mujer? Pensó diferentes posibilidades acerca del contenido del cofre, a cada cual más descabellada, hasta que miró el reloj de la cocina y comprobó alarmada que apenas le quedaba media hora para prepararse y llegar hasta el restaurante donde había reservado mesa para comer. Metió el sobre y el cofre en la caja y le dejó una nota adhesiva a David, por si llegaba antes que ella a casa. “Lo siento, no me he podido resistir a abrirla”.











7.



Alicia Rández acompañó a David Vanner hasta el sótano segundo del edificio Artechnia. El director del proyecto Safety Cam 3 le había pedido que localizara en los archivos históricos de la compañía todos los documentos en soporte papel, discos compactos, memorias digitales, disquetes y cualquier tipo de material asociado a la labor realizada por Tomás Benguría en los últimos cinco años. Al parecer, antes de suicidarse, había bloqueado en el servidor de la compañía el acceso a la mayor parte del trabajo por él realizado en los diferentes proyectos en los que había estado implicado, lo que según el director Pierre Gutiérrez era una clara venganza por el reciente despido. Lo cierto era que el departamento de seguridad de La Pecera no había podido descifrar la clave para poder desbloquear aquella información. El aspirante David Vanner se había acostumbrado a llamar al Edificio Artechnia de aquella manera; le resultaba divertido que muchas de las plantas del edificio tuvieran adjudicado un sobrenombre por parte de los empleados, incluido el propio rascacielos en sí. Le hacía recordar los años de su adolescencia cuando acudía al campamento de verano que organizaba su colegio y la mayoría de los muchachos y de las diferentes áreas de la acampada tenían su propio mote. Supuso que, en cierta medida, al igual que en aquel entonces, la táctica de utilizar apodos ayudaba a rebajar la tensión que se respiraba día a día entre las paredes de aquella mole de acero y vidrio. Sin embargo, lo que había dicho el Director Gutiérrez no contribuía en absoluto a mantener la calma. Tras escucharle atentamente, a David le pareció paradójico que una empresa como aquella, que alardeaba de ser puntera a nivel internacional en el campo del software de seguridad, no fuera capaz de hallar la clave con la que el jefe de prensa había encriptado todos aquellos datos. Según Pierre Gutiérrez era vital dar con aquella maldita contraseña para poder recuperar cierta información privilegiada de la compañía, y David estaba dispuesto a contribuir a la resolución de aquel entuerto como pieza esencial en el engranaje que había ideado para conseguir llegar hacia la meta. El director se encargó de recordar a David el contrato de confidencialidad que semanas atrás había suscrito con la compañía, y, por si acaso, le prohibió expresamente comentar aquel pequeño obstáculo con el que se habían topado con nadie que no fuera adscrito al departamento. David se preguntó por qué el Director Gutiérrez le había escogido a él para aquella misión, cuando andaban tan mal de tiempo para llegar a la feria de Amsterdam.


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