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ABAJO LOS DONES: ANACLETO ORDOÑEZ

Mariano Zelaya Rojas

PRESENTACIÓN

Mariano Zelaya Rojas, nacido en 1935, es originario de Granada y miembro de una destacada familia vinculada a la política nicaragüense. Estudió en aquella ciudad, en el Colegio Centro América y luego se recibió como Ingeniero Agrónomo.

Ocupó algunas posiciones en la Administración Pública de Nicaragua, tales como Miembro del Consejo Directivo del Instituto Nicaragüense del Café, Directivo de la Comisión Nacional del Salario Mínimo, Miembro del Directorio del Banco Nicaragüense de Industria y Comercio y Subdirector del Sistema Penitenciario Nacional.

Nos ofrece y sorprende con esta novela histórica, Abajo los Dones: Anacleto Ordoñez que es una documentada versión acerca de la sorprendente vida de este Caudillo Popular, en los albores de la Independencia Nacional. Nos lleva de la mano en la historia de la ciudad de Granada, con datos veraces acerca del famoso crimen de La Pelona y la historia de la misteriosa doña Damiana Palacios, de notable figuración en la vida y muerte de don Manuel Antonio de la Cerda y Juan Argüello.

El General Anacleto Ordoñez, es considerado como el precursor de los liberales o fiebres de la época, así como su hermano el sacerdote Policarpo Irigoyen, lo es de los realistas o conservadores de aquel tiempo en Nicaragua.

1. UN VIAJE AZAROSO

Amanecía en la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, en la propia rada que forma el Guadalquivir en su desembocadura en el mar Atlántico, el bergantín Argos comenzó las labores de zarpe; los ruidos entre la cadena del ancla al ser levada, junto con las ordenes a gritos del capitán Alarcón, se enlazaban pidiendo profundidad de fondo al sondeador, y éste contestaba a gritos también, los resultados del sondeo: “fondo, a cuatro brazas señor, fondo a seis brazas señor, fondo a ocho brazas señor y así sucesivamente”.

Capitán, el Argos puede navegar sin peligro”, agregó el sondeador.

Te has ganado una merienda especial el día de hoy”, replicó el Capitán, quien gritaba a los marinos para que amarrasen las velas, a fin que el velamen recogiese todo el viento posible para que el Argos tomara velocidad.

−“Esas velas de cruz habrá que izarlas con rapidez. Esa vela cangreja está muy floja; despertad zopencos ¿que sois acaso mujeres? Tirad de las cuerdas como hombres. Alférez Salmerón, aseguraos que los lerdos de a babor hagan bien su trabajo; ¿no veis que la brisa nos lleva en desequilibrio? Joder, tomad el mando de una vez por todas.” gritaba el Capitán.

A medida que el Argos avaNnzaba, lentamente se fue separando de la ruta inicial costera. El joven matrimonio Irigoyen ya no pudo conciliar el sueño. El Capitán, don Diego de Irigoyen, tiernamente llamaba a su bella mujer para que se levantase a observar la partida de la nave. −“Anita…Anita”, le susurraba el fiero artillero de la armada española, quien amorosamente trataba de despertar a su joven y bella mujer.

−“Anita… Anita”, llamaba muy suavemente don Diego. La bella Ana María del Buenviaje y Alvarado, con un suave y sorpresivo abrazo lo atrajo hacia sí, besándole y pidiéndole al oído que repitiese la misma faena de la noche anterior. Estos se fundieron en un juego de amor con toda la pasión y el ardor que suelen tener dos jóvenes en sus primeras caricias de recién casados. En esos devaneos pasaron, mientras que el sol ascendía. Ana María no iba contenta; no quería ver desaparecer entre las brumas y la distancia, a su querido pueblo de Sanlúcar, donde había crecido haciéndose mujer. Quedaban atrás los cantos gallardos, así como las jotas y fandangos entonados en la algarabía de la fiesta de su reciente boda, con los alegres bailes de sus familiares e invitados.

Todos esos recuerdos se perdieron en el fragor placentero de aquel primer amanecer con su hombre, con don Diego, ahora su marido. Aquella mezcla de placer y dolor que sentía por su virginidad perdida, se le antojaba como un momento mágico y subyugante. Su cuerpo sudado como el de su amante esposo, recibía los embates amorosos con un deleite indescriptible, a tal extremo que no quería que esa experiencia terminase. Al fin, su cuerpo cayó en una deliciosa lasitud, que la indujo rápidamente a un profundo sueño, nunca antes experimentado, de placentera satisfacción.

El Argos ya se enrumbaba al Sur a toda vela, enfilándose en la misma ruta que siglos atrás, tomara Cristóbal Colón en su tercer viaje, el penúltimo hacia América. Las aves marinas quedaron atrás. Su quilla no cortaba el mar, casi volaba. El cimbrar de los mástiles al soportar la fuerza del velamen hacía temblar muy levemente el puente de la nave.

Ana María sabía que ese viaje era para siempre. Entre sueños y sollozos reprimidos, mareos, náuseas y vómitos su espíritu fue aceptando su nuevo destino. La calma que le causaban las inocentes y alegres competencias de los agiles delfines con El Argos, que al surgir a la superficie sus torsos estallaban en plata por el sol, la llevaba a pensar que la felicidad suya bien valía la vida desconocida que se avecinaba en esa tierra remota llamada América.

Ana María del Buenviaje y Alvarado de apenas 18 años de edad, con todo el esplendor y belleza de su juventud se encontró después de varias semanas de navegación, caminando asida del fuerte brazo del Capitán Irigoyen. Lo hacía con sumo cuidado sobre el tablón resbaladizo que la conducía hacia el destartalado muelle de la laguna de Granada en Nicaragua, la primera ciudad fundada por los españoles en tierra firme americana.

Era abril de 1770, cuando el matrimonio Irigoyen llegó a Granada de Nicaragua, ciudad que había sido saqueada e incendiada varias veces. Esta Granada era para los bucaneros y piratas que recorrían el mar Caribe en búsqueda de riquezas fáciles, la ciudad encantada, la Granada de la que todos hablaban y pocos la encontraban, pues era una suerte dar con la boca del Desaguadero de la Gran Laguna de Agua Dulce. Era como hallarse un tesoro. Su belleza escondida entre la exuberante floresta de la costa secreta del Caribe en tierra adentro, atraía a toda clase de aventureros, ladrones y bandidos que surcaban las agitadas aguas del mare nostrum, el Atlántico, aprisionado entre la costa de Centroamérica y las grandes islas del este, las Antillas, mar que fue bautizado como Caribe por así llamarse las tribus que habitaban sus costas. Granada de Nicaragua ha sido y será para siempre un remanso espiritual, una presea para guerreros y poetas.

El capitán de artillería Diego de Irigoyen, saltó ágilmente al pequeño atracadero que se internaba vacilante y ciertamente no muy erguido, en las inquietas aguas de aquella gran laguna de agua dulce, la Laguna Cocibolca como le llamaban los indígenas del país. Tendió solícito el fuerte brazo hacia su joven y bella esposa doña Ana María, quien transpiraba copiosamente debido al calor húmedo de aquel paraje y además por el temor que le había infundido la inestable y bailante goleta que chocaba con el desvencijado muelle. La blanca blusa pegada a su cuerpo, que traslucía sus numerosos encantos ocultos, era motivo de maliciosas y furtivas miradas de aquellos cargadores indios, de torsos desnudos, quienes gustosos se ofrecían para protegerla de alguna peligrosa caída.

−“No miréis señora hacia abajo y dadme vuestra mano” le ordenó el capitán Irigoyen a su esposa, quien ya caminaba sobre aquel improvisado puente que servía para finalmente llegar al muelle.

−“No temáis mi señora Ana María”, le dijo con aplomo y voz segura. “Son vuestros primeros pasos en estas nuevas tierras y hay que comenzar a darlos sin tropiezo alguno”.

El mes de Abril con su calor sofocante propio de la época, y la humedad de la laguna habían adelantado la fluorescencia de los grandes árboles. Los corteses, los robles, caroles, guayacanes, maderos, guapinoles y malinches daban a la foresta una espectacular apariencia de colores maravillosos; los olores del aromo y del cortés, embriagaban los sentidos y hacían olvidar el calor y humedad que brotaban de la tierra. Ana María estaba verdaderamente impresionada por la majestuosidad y dimensiones gigantescas de esos árboles.

−“¿Cómo llamáis a esos grandes árboles?” Preguntó con cierta indiferencia.

–“Son ceibas”, le contestó el cochero que les transportaba hacia la ciudad y le explicó:

Estas ceibas se visten con sus enormes paraguas de flores blancas y diseminantes, que el viento las hace desaparecer luego en una especie de nube que viaja entre el follaje hacia el poniente. Ello generaba particular asombro en la recién llegada, el que se reflejaba en los negrísimos ojos de doña Ana María del Buenviaje y Alvarado”.

La pequeña vereda que les llevaba hacia la ciudad de Granada, se perdía en tramos bajo la exuberante majestuosidad de los árboles de la montaña. La Iglesia de Guadalupe fue apareciendo de entre el verdor tropical que presentaba al viajero la barrera montañosa que protegía la inmensa laguna Cocibolca.

La calesa en la que viajaban se movía lentamente, avanzando por la suave pendiente que conduce a la ciudad.

−“Capitán Irigoyen”, dijo el oficial que jefeaba a los soldados que fueron enviados a recibirle.

−“Iréis directamente al Fortín de La Pólvora porque no han arreglado aun la casa donde viviréis. Allí se os ha acondicionado una habitación, para que podáis permanecer el tiempo que sea menester, hasta que sea terminada vuestra vivienda muy cerca de La Parroquia.”

−“Está bien sargento”, contestó Don Diego, pensando además: “ya me acostumbraré al incumplimiento, falta de seriedad y a la indolencia con que se trabaja en estas latitudes”.

El capitán Irigoyen con su ceño adusto, evitó cruzar mirada con su mujer, pues ya sabía el tono de reproche e inconformidad que ella guardaba, el que se dibujaba en su bello rostro.

Doña Ana María seguía toda bañada en sudor; sus bellas facciones moriscas estaban ahora endurecidas. En su mente añoraba las brisas frescas y secas de Sanlúcar de Barrameda y se reprochaba el momento que aceptó venir a este lugar, quejándose para sus adentros, que entre el calor, las moscas y los bichos tropicales, no le quedaría tiempo para pensar y quejarse de su infortunio, ni tampoco para disfrutar de la belleza de estos bosques que con sus colores y olores, compensan todas las molestias hasta ahora vividas.

La calesa pasó junto a la Iglesia de Guadalupe y enrumbó hacia la Plaza Central sobre una calle empedrada (La Calzada), con un sin número de pequeñas rampas en las que los caballos que tiraban del coche, se veían en aprietos para salvarlas a pesar de los numerosos e inmisericordes latigazos que el cochero les propinaba. A ambos lados de la calle se alzaban andenes que se levantaban a regular altura y seguidamente se encontraban las casas de los pobladores, unas con paredes de adobe encaladas y exagerados aleros; y otras de tablas y pilares que les soportaban.

Los techos eran de forma ondulante, constituidos por tejas de barro y de paja tejida, otros; las puertas y las paredes a doña Anita del Buenviaje le parecieron demasiado altas, pero bien trabajadas en sus retablos y molduras. Muchos de esos portones tenían sus correspondientes postigos y otros tenían una ventana de tamaño casi regular en la parte superior, protegida con un fino tramado de hierro o de madera.

Llegaron luego a la ciudad, donde buen número de las casas principales lucían sobre sus portones, escudos de nobleza.

−“Esta es la Parroquia. Una de las construcciones más antiguas de Granada”, dijo el sargento Carballo, dirigiéndose al capitán Irigoyen.

−“En verdad esta simple casona religiosa, de una sola nave, no es atractiva para nada ni para nadie”, pensó el Capitán Irigoyen.

La calle de La Calzada no atravesaba la Plaza Central, ya que había que rodearla para continuar. Lo hicieron por el lado derecho pasando al frente del Cuartel Principal y de las casas de los pobladores más pudientes de la ciudad. Doblaron hacia el sur para tomar luego la Calle Real que corría hacia el oeste, hacia Xalteva, la parte india de Granada.

En la Plaza Central se paseaban a esas horas de la tarde, las damas y damitas de la ciudad que sorprendieron gratamente a doña Ana María por su rico vestir y su porte señorial. Eran las exponentes de la crema y nata de esa sociedad, que buscaban refrescarse del intenso calor del día y como buenas granadinas, lo hacían también para lucir sus cuerpos y trajes ante el resto de los transeúntes. Usaban ceñidos corpiños para darle realce a sus atractivas formas, las que cubrían con vistosas y ricas sedas traídas de Europa. Llevaban pelucas rubias, con rizos que descansaban sobre los hombros y lucían los rostros exageradamente blancos a base de polvos de arroz, lo que les daba un aspecto de verdaderas muñecas de porcelana.

Viajando hacia Xalteva pasaron por el lado sur de la Iglesia de La Merced; sus alrededores daban la impresión de un paradero de vendedores y comerciantes en un importante tiangue. Habían bestias caballares y bovinas, así como gran número de gentes ataviadas a la usanza campesina: pantalón a media caña de dril azul y camisas blancas de mangas semilargas. Todos usaban enormes sombreros de palma, de copa puntiaguda; se les veía platicar, discutir, gesticular, teniendo tiradas en el suelo sus respectivas mercancías, como plátanos, chayotes, quiquisques, maíz en elotes, cacao y huevos en tuzas.

Doña Ana María del Buen Viaje y Alvarado llegó a conocer el nombre y degustar todos estos novedosos sabores de los alimentos de uso corriente, hasta varias semanas después de su llegada.

La calesa siguió ascendiendo lentamente por una calle de arenas negras y finas, hasta que llegaron a los muros de Xalteva, que defendían una gran rampa enchapada con pesadas y anchas lajas; estaban entrando al barrio indio más antiguo de la ciudad.

Las casas allí eran pobres ranchos con paredes de varas, techo pajizo y piso de tierra; en el lugar había muy pocas casas de tipo colonial.

Transitaban por esa calle que se prolongaba hacia el poniente con una suave, casi imperceptible pendiente, que conducía al renombrado fuerte de La Pólvora, pasando por un cruce de caminos que partía de Norte a Sur, la calle Real por la que iban.

−“Este camino, ¿a dónde os lleva?” preguntó el capitán Irigoyen al auriga.

Hacia el sur, conduce al cerro ese que ve, donde los granadinos tienen sus fincas y heredades. Es El Mombacho. Más allá quedan los pueblos de Diriomo, Diriá y Nandaime.

−“A cuatro leguas más al norte se llega a Masaya, un poblado formado por granadinos finqueros, dedicados a la ganadería y a la siembra de añil y el tabaco.”

Siguieron hacia el oeste y finalmente llegaron al fortín de La Pólvora. En la pequeña plaza estaban en formación y en posición de firmes 25 soldados; lucían como uniforme un pantalón azul y camisa manga larga de color blanco con correaje negro; el teniente jefe estaba tocado con un sombrero negro de dos picos laterales, mientras los soldados tenían sobre sus cabezas chapiris de color negro. Al poner pie en tierra el capitán Diego de Irigoyen, bajando de la calesa, a una orden del teniente Juan Torres de Avilés, los soldados presentaron al frente sus mosquetes en actitud de saludo y a otra orden dictada con firmeza, bajaron los mosquetes al unísono, depositando las culatas en el suelo, al lado derecho. El teniente Torres de Avilés, dio cuatro zancadas hacia el capitán Irigoyen y con voz marcial le espetó:


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