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7 Pasos Para Superar Una Crisis

Cómo atravesar un duelo o una pérdida y salir fortalecido

MÓNICA GÓMEZ





© Copyright 2018 Mónica Gómez

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Published by Mónica Gómez at Smashwords





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ÍNDICE

Advertencia

Introducción

Dedicatorias

PRIMERA PARTE – EL PROCESO

Capítulo 1 - ¿Qué es una crisis?

Capítulo 2 - Las primeras reacciones

Capítulo 3 - Mi propia crisis

Capítulo 4 - Aprende a cuidarte

Capítulo 5 - ¿Qué sentimos mientras atravesamos el duelo?

Capítulo 6 - El miedo y la tristeza

Capítulo 7 - Resentimiento y culpa

Capítulo 8 - Sentirse víctima

Capítulo 9 - Convivir con el dolor: una forma de aceptar el proceso de sanación

Capítulo 10 - No exagerar el sufrimiento

Capítulo 11 - La opción de sobrevivir

Capítulo 12 - Utilizar la crisis para aprender y crecer

Capítulo 13 - ¿Qué es lo que tenemos que aprender?

Capítulo 14 - Resignificación de la crisis

Capítulo 15 - ¿Y Dios?

Epílogo

SEGUNDA PARTE – 7 PASOS PARA SUPERAR UNA CRISIS

Paso 1 - Ver el problema real

Paso 2 - Aceptar que puedes elegir

Paso 3 - Conocerte más

Paso 4 - Poner manos a la obra

Paso 5 - No perder de vista el futuro

Paso 6 - Dar gracias

Paso 7 - Aprender a cuidarte y amarte

Palabras finales

Agradecimientos

Bibliografía

Acerca de Mónica Gómez

ADVERTENCIA

La autora de este libro no es Doctora en Medicina ni Psiquiatra, por lo tanto, no da consejos médicos ni sugiere tratamientos sin la tutela de un médico. La intención de la autora es ofrecer información útil para atravesar un momento de crisis y poder superarlo, como le sucedió a ella misma en su vida personal. Las instrucciones y consejos de este libro no son, en modo alguno, un sustituto para ningún tipo de tratamiento profesional. Al contrario, la autora te invita a consultar con un profesional de la salud que pueda ayudarte. El contenido de cada capítulo es simplemente la expresión y opinión de su autora. Tienes todo el derecho de usar esta información para ti. Sin embargo, la autora y el editor declinan toda responsabilidad por el uso o mal uso que pueda hacerse de la información y sugerencias dadas. Eres tú el único responsable de tus decisiones, elecciones y acciones.

INTRODUCCIÓN

¿Qué es una crisis? Parece que la palabra “crisis” es muy común en los tiempos que vivimos. Se habla de crisis económica, crisis de valores, crisis global, crisis en las instituciones. Ciertamente no tengo respuestas a ese tipo de crisis que están fuera de nuestro alcance. Sin embargo, existen las crisis personales que muchas veces derivan de ésas que acabo de mencionar. Un ejemplo es quedarse sin trabajo, a raíz de la economía del país. Otro es la traición de un amigo, como consecuencia de la decadencia de valores.

También existen las crisis que nos suceden sin aparente motivo, como si fuera una maldición caída del cielo: la muerte de un ser querido, una enfermedad desafiante, la discapacidad, el divorcio, el alejamiento de los hijos (el así llamado “síndrome del nido vacío”), incluso una mudanza de casa o de país. Se trata de pérdidas, de cortes y cambios en nuestra vida cotidiana que nos dejan sumidos en un profundo duelo.

Éstos son sólo algunos ejemplos concretos de una crisis que podrías estar atravesando. Y si elegiste leer este libro, quizás estés pasando por este proceso.

Todos sabemos que es muy difícil atravesar una crisis. Nos sentimos desequilibrados, desamparados y generalmente perdemos de vista el futuro. Creemos que nuestra vida terminó allí y que nunca más seremos felices.

Eso es exactamente lo que yo viví cuando nació mi único hijo discapacitado, mi marido nos abandonó y a mi madre le diagnosticaron cáncer de páncreas, todo en el lapso de veinte días. El haber superado dicha crisis es lo que me dio la base para escribir este libro. Soy el ejemplo viviente de una dura crisis superada y quisiera compartir contigo el proceso que me llevó a salir a flote. Por supuesto yo no conocía ese proceso, lo fui improvisando, simplemente viviendo y respirando cada día. Por supuesto, también me apoyé en bibliografía muy valiosa, que destaco al final del libro. Al cabo de algunos años, desde mi mirada profesional de Counselor, reconocí los pasos que me habían permitido superar ese dolor y he aquí mi humilde contribución a acompañarte en esta crisis y no sólo superarla sino convertirte en una persona mejor.

Si estás sintiendo que no puedo comprenderte, que tu dolor es inmenso e incomparable, no te desalientes y sigue adelante con este librito. Dame tu confianza y lee estas páginas. Si no logro ayudarte, me lo puedes comunicar más tarde y estaré a tu disposición. También debes tener en cuenta que puedes siempre contar con ayuda profesional. Existen terapeutas, coaches y counselors que pueden acompañarte en esta etapa de dolor y pérdida, así como es mi intención hacerlo desde estas páginas y con un regalo: 3 sesiones gratuitas de counseling on line. Más abajo te dejo mi correo electrónico.

Como dicen De Sousa y Santilli Villares en su libro Crisis con Sabiduría, la crisis es una oportunidad de crecimiento. Para los chinos, la palabra “crisis”, wei – ji, está compuesta por los caracteres “peligro” y “cambio”. De hecho, el cambio producido por una crisis puede ser la mejor oportunidad para traer a la superficie realidades y sentimientos ocultos que jamás hubiéramos apreciado si no pasábamos por un proceso tal.

Como dice el autor Peter Mc Williams “Ten presente que el dolor se irá y, cuando se haya ido, serás más feliz, más fuerte, más sensible y más conciente”.

Este libro está dividido en dos partes. En la primera parte, describo el proceso que se lleva a cabo, desde los primeros sentimientos hasta el aprendizaje, pasando por las etapas de pérdida, dolor y crecimiento. A lo largo de esa parte recurrí a mi experiencia personal como ejemplo clarificador. Yo estoy convencida de que no hay nadie mejor que alguien que haya pasado por la misma experiencia para comprender y ayudar al otro. ¿Qué tipo de experta puedo ser en el tema de la crisis si no he pasado por una? Sería como pretender ayudar a alguien a dejar de fumar si nunca he fumado. No podría entender la sensación que el adicto siente cuando prende su cigarrillo. Por tanto, iré contando mi proceso personal, que ilustra mi hipótesis de cómo poder salir airoso y fortalecido de una severa crisis.

En la segunda parte, encontrarás los 7 pasos a seguir para superar una crisis, una suerte de “receta” concreta, práctica y a su vez profunda que puede ayudarte a ser conciente de este camino de superación.

Finalmente quiero decirte que comprendo tu dolor, porque lo he pasado y que mi mano estará siempre abierta para tí. Si quieres comunicarte conmigo puedes hacerlo a mi correo electrónico.

7PasosParaSuperarUnaCrisis@gmail.com

Recuerda que te ofrezco Counseling gratuito. Date un buen abrazo de mi parte y te invito a dar inicio a este camino.

DEDICATORIAS

A Papá, Mamá y Beba.

A Beto, María Isabel y Mariana.

A los hijitos de Sara y Raffaele, a Balta, Clarita y Félix, la manifestación del futuro.

PRIMERA PARTE – EL PROCESO

CAPÍTULO 1 - ¿Qué es una crisis?

Vivimos rodeados de crisis y pérdidas. Creo no equivocarme al afirmar que la humanidad jamás leyó ni escuchó la palabra “crisis” tanto como en estos últimos años. Se habla de crisis económicas, políticas, climáticas, de valores. Sabemos de países en crisis y desastres naturales como terremotos o inundaciones que provocan la pérdida de miles de vidas. Claro que todo esto lo vivimos con compasión y hasta horror. Sin embargo, el dolor que nos inunda cuando nos enteramos de una pérdida que nos toca de cerca, nos catapulta en una crisis que nos deja shockeados y paralizados.

Las crisis provocadas por duelos y pérdidas son una parte natural de la vida, un ciclo de apertura y cierre. Para recibir a la primavera, debemos dejar atrás el invierno con sus acogedoras noches frente a una cálida chimenea. Cuando somos niños queremos ser grandes y después descubrimos que, con la adultez, se pierde la infancia.

Con estos ejemplos, quiero expresar que podríamos percibir una crisis como señal de crecimiento, de que algo nuevo está naciendo y que podremos sacar algo en limpio de tanto sufrimiento. No obstante, sé que estas palabras pueden sonarte impertinentes en este momento porque lo que prevalece al comienzo es el choque: algo se quebró, algo se perdió, algo murió para siempre. Sentimos que nunca más seremos felices.

Las Pérdidas y el Duelo

La palabra “duelo” deriva de “dolor”. Es la experiencia que vivimos cuando sufrimos una pérdida y, por ende, cuando estamos en crisis. Nuestra vida cotidiana sufre un neto corte. Ya nada es como hace un minuto.

En líneas generales, puede ser una situación trágica, como la muerte, o algo nimio como que se nos rompa un jarrón que significaba mucho. La intensidad y duración del duelo dependerá de la gravedad de la situación.

Ejemplos de pérdidas que provocan crisis:

-Enfermedad propia o de un ser querido.

-Fallecimiento de un ser querido.

-Pérdida de trabajo.

-Mudanza de casa o país (pérdida de lo que teníamos hasta ese momento).

-Pérdida de dinero o de una propiedad o de bienes de valor. Robo.

-Discapacidad propia o de un ser querido provocada por un accidente o enfermedad.

-Nacimiento de un hijo discapacitado.

-Divorcio, separación o ruptura de una pareja.

-Violación.

-Síndrome del nido vacío.

-Pérdida de un ideal u objetivo.

-La traición de una persona querida.

¿Cómo se produce una crisis?

Por lo general, los seres humanos creemos tener el mundo bajo control. Pensamos que, si hacemos las cosas bien y somos buenas personas, nada malo nos puede suceder. Pero esto en realidad, no es así. Querríamos que la vida fuera como la soñamos, desearíamos una primavera eterna pero sencillamente, no funciona de esta manera. Aunque tampoco creo que esto sea un valle de lágrimas. No estoy de acuerdo con el concepto de un dios que nos creó para venir a sufrir. ¿Qué tipo de Padre Celestial sería ése? Por eso, prefiero pensar que todo sufrimiento sirve para algo, y que – aunque al inicio nos parezca una idea absurda – ese dolor se irá transformando. La desesperación de hoy no será eterna.

Sin embargo, la superación de ese dolor implica un proceso, un recorrido que deberemos hacer.

Y aquí estoy para acompañarte en ese camino.

CAPÍTULO 2 - Las primeras reacciones

Generalmente, la crisis comienza con una mala noticia, o varias. La vida nos da un sacudón que no esperábamos. Querríamos volver atrás, al minuto antes del accidente, del diagnóstico, de ese terrible momento en que la vida nos cambió en un sólo segundo. Nos sentimos perdidos y desamparados. La sola idea de que ese dolor podría conducirnos a algo positivo, hasta puede parecernos de muy mal gusto.

La negación

La psiquiatra Elizabeth Kubler- Ross, en su libro On Death and Dying, describió cinco etapas de un proceso de duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No voy a seguirlas al pie de la letra, pero voy a dedicar un momento a la primera de ellas, la negación.

La negación implica rechazar lo que está ocurriendo, no hacerse cargo de esa realidad. “Esto no puede estar sucediendo”, decimos. Es una especie de mecanismo de defensa para protegernos del dolor intenso que nos causa la situación. Por lo tanto, se pone de manifiesto la protección natural del cuerpo ante el dolor: el shock y la insensibilidad. Como creemos que no seremos capaces de soportarlo, buscamos esconder la cabeza y hacer de cuenta que no ha sucedido nada. Es normal sentir esa negación en los primeros momentos, pero si se extiende en el tiempo, no sólo es inútil sino también dañina, porque en definitiva el dolor nos alcanzará. Cuando posponemos el proceso de duelo y sanación, el dolor puede reaparecer meses, incluso años, más tarde.

Algo que suele producirse en esta primera etapa de negación y de sentirnos anestesiados es que nos olvidemos que esa pérdida ha ocurrido. Esto sucede cuando nos despertamos por las mañanas, como si durante el sueño hubiéramos olvidado el hecho y, al despertar, la tragedia ocurrida nos asalta impetuosamente provocándonos una enorme angustia.

Negar fue el gran error que cometí cuando a mis inocentes 18 años perdí a una tía joven y muy querida, a causa de una repentina aneurisma cerebral. Mi primera reacción de dolor fue tan atroz que recuerdo haberle dicho a mi padre: “Voy a hacer de cuenta que se fue de viaje, porque si realmente pienso que no la voy a ver más, voy a enloquecer”. Mi pobre padre no supo cómo consolarme y yo me negué a vivir ese duelo. Lo que sucedió fue que pasaron los años y ese dolor estaba intacto, como el primer día. En conclusión, no la lloré ese día, pero la lloré años y años después, como si hubiera fallecido el día anterior. Tardé mucho tiempo en salir de esa etapa de negación.

Entonces aprendí que el dolor hay que atravesarlo, que no tiene sentido evitarlo porque, en definitiva, duele más. Desgraciadamente, esa enseñanza me sirvió varios años después cuando en un trágico accidente perdí a mi único primo con su esposa y la hijita de 12 años que era mi ahijada. Ese tipo de noticia horrenda que se ve en los periódicos, me estaba ocurriendo a mí. Esa vez lloré – mucho – y atravesé un cierto proceso que me llevó más directamente hacia un camino de crecimiento personal.

Estos procesos no son fáciles, no te voy a engañar ni te daré fórmulas mágicas. Pero es importante recordar que se sobrevive y, cuando te des cuenta que sigues respirando, verás que te has convertido en una persona mejor. Lo comparo con limpiar una cacerola. ¿Has visto cuando se nos pega la grasa de la comida en el fondo y la ponemos en remojo? Miras y te encuentras con un líquido oscuro y desagradable. La única forma de limpiarla es sumergir las manos en esa podredumbre y refregar con fuerza. ¿Resultado? Una cacerola reluciente. Lo mismo sucede con nuestra persona. Debemos recorrer ese proceso para llegar a un resultado mejor. Créeme, si no te permites vivir el duelo, lo llevarás siempre contigo. El cuerpo, la mente y las emociones tienen enorme sabiduría, confía en el proceso de recuperación. Cuanto antes te permitas sentir tu dolor, antes pasará. La única manera de salir de ese dolor es atravesándolo. No lo niegues ni lo cubras y date tu tiempo para sanar. A través de este libro, te acompañaré a lo largo de ese proceso.

¡Sobrevivirás!

CAPÍTULO 3 – Mi propia crisis

Como ya mencioné en la introducción, este libro no pretende ser un tratado sobre las crisis, sino que mi deseo es transmitir mi propia experiencia para decirte: “Si yo pude, tú también podrás”. Y aquí te relato lo que me sucedió.

Si creía que la vida ya me había golpeado con la muerte de mi querida tía a los 18 años y más adelante con el terrible accidente donde perdieron la vida mis primos y mi ahijada, no tenía idea de lo que el destino me deparaba para cuando estaba en el umbral de los 40.

Después de la muerte de mis seres queridos, había emprendido un camino de desarrollo personal y apertura espiritual que me llevó a un estado en el que parecía que la calma y la felicidad se habían instalado en mi vida, hasta que....

Tenía 38 años cuando había conseguido casi todo lo que quería. En lo familiar, tenía una pareja estable y el amor incondicional de mis padres, que además se encontraban en perfecto estado de salud (importante para una hija única). En lo profesional, como profesora de inglés, tenía mi propio Instituto que daba clases en empresas de primer nivel. En lo personal, llevaba varios años haciendo un trabajo de crecimiento y desarrollo a través de distintas terapias, talleres y seminarios, que me habían ayudado a superar las pérdidas de mis seres queridos.

Lo único que me faltaba era tener un hijo. Y, junto con mi pareja, tomamos la decisión.

Tomás nació el 14 de febrero de 1998. A los pocos minutos, el obstetra sentenció “Síndrome de Down.” Todavía puedo sentir el profundo dolor y la sensación de: “nunca más seré feliz”. El padre de Tomi reaccionó con resistencia y rechazo y dio un paso al costado, dejándome sola con ese bebito indefenso. Cuando Tomi tenía 20 días, mi madre fue diagnosticada con cáncer de páncreas. En el momento que me enteré, tuve un ataque de llanto. Grité y me pregunté una y otra vez: “¿Por qué a mí? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Y me enojé mucho con Dios.

El dolor era desgarrante. Sentía que el mundo se había derrumbado a mi alrededor, que no tenía salida...

CAPÍTULO 4 – Aprende a cuidarte

Antes de seguir adelante, si estás sufriendo una crisis, un duelo o una pérdida, quiero que comprendas, querido lector, que es importante que tomes conciencia que te encuentras en un estado muy vulnerable. Yo lo comparo con una convalecencia. Cuando tienes una gripe, todo el mundo acepta que tienes que guardar reposo y cuidarte del frío. A ti mismo ni se te ocurriría levantarte de la cama y salir al aire sin abrigo. Sin embargo, cuando el dolor es emocional, la sociedad no está preparada para comprenderte. Por lo tanto, eres tú mismo, en la medida de tus posibilidades, quien debe brindarse ese cuidado. ¿Qué harías tú hacia un amigo que estuviera viviendo tu situación? Hazlo para ti mismo. A continuación, te dejo algunas sugerencias (basadas en el libro de Peter Mc Williams y otros, que tanto me ayudó, Cómo Sobrevivir a la Pérdida de un Amor):

- Date tus tiempos. En esta era de las comunicaciones inmediatas, perdemos de vista el hecho de que los seres humanos no somos máquinas. Ofrécete tu tiempo para sanar. Date el lujo de brindarte ese espacio. Acepta que tienes una herida que te debilita y por lo tanto necesitarás de un tiempo de recuperación.

- Descansa mucho. Lo necesitas.

- En lo posible, no tomes decisiones importantes. Te encuentras en un estado muy vulnerable y confuso y podrías tomar decisiones equivocadas.

- Rodéate de gente que te haga bien. Déjate cuidar y mimar. Atención con los consejos, que pueden estar muy bien intencionados, pero que podrían no hacerte bien. Por ejemplo, cuidado con las frases que comiencen con: “deberías...”, “sería mejor si tú...”, “ya es hora de que...”.

Repito, nadie quiere lastimarte, pero podrían hacerlo si no recuerdas que eres solo tú quien sabe mejor que nadie lo que debes o no hacer de tu vida.

- No te obligues a hacer lo que no quieres, por lo menos, por el momento.

- Sé gentil contigo mismo, sé suave, tierno.

- Tente paciencia. Sé comprensivo contigo.

- Pide ayuda profesional, si crees que no puedes solo, si sientes que no logras controlarte, si te sientes vacío y sin ningún apoyo. Si es así, no dudes en buscar un terapeuta o counselor que realmente te sirva. Aprovecha las sesiones gratuitas que te regalo 7PasosParaSuperarUnaCrisis@gmail.com

- También puedes buscar en tu zona un grupo de autoayuda o ayuda mutua, o sea, de personas que están atravesando un proceso similar al tuyo. El poder de esos grupos es inmenso porque “están todos en la misma barca” y esto hace que no te sientas tan solo en tu dolor. Está muy bien que pidas ayuda. No creas que eres valiente por hacerlo solo. Más bien, se precisa valentía para pedir lo que necesitas.

En mi caso, tuve la suerte de tener una excelente profesional, la Licenciada Mariana Mariño, que tuvo la sensibilidad de saber contenerme, no sólo desde lo profesional sino desde lo humano. Durante nuestras sesiones, ella sostenía en brazos a mi bebé, mientras yo lloraba y calentaba mi alma con el cafecito que ella me preparaba con tanto amor.

De todos modos, mi sufrimiento era inmenso, la tristeza total y me parecía que jamás iba a ver la luz.

CAPÍTULO 5 – ¿Qué sentimos mientras atravesamos el duelo?

Ante una crisis, luego de la primera reacción de shock y negación es natural que nos sintamos invadidos de mucho dolor y confusión.

“¿Por qué? ¿Por qué a mí?”, es lo primero que nos preguntamos. Hasta nos cuestionamos nuestra fe religiosa que – hasta ese momento - nos había sostenido en los momentos difíciles. Creemos ahora en un dios vengativo que juzga y castiga a los malos, con lo cual se nos agrega la pregunta: “¿Qué hice yo para que me sucediera esto?”, que a su vez nos trae nuevamente a “¿Por qué a mí?”, dejándonos paralizados en este círculo vicioso.

También nos sentimos invadidos de temores. Cuando enfrentamos una crisis, el temor se expresa en estos términos: “¿Y si no puedo superarlo? ¿Y si el dolor me vence? ¿Y si nunca más vuelvo a tener una vida normal?

¿Qué es lo que sentimos cuando se produce una crisis?

He aquí algunos de los sentimientos que nos invaden:

Ira

Soledad

Angustia

Tristeza

Pérdida de interés

Confusión

Culpa

Melancolía

Odio

Dolor

Fracaso

Miedo

Abatimiento

Sensación de volverse loco

Depresión profunda

Vacío

Desesperación

Irritabilidad

¿Te ves reflejado en alguno de estos sentimientos? ¿O en varios? También puede haber síntomas físicos: insomnio, dolores de cabeza, problemas estomacales, falta o exceso de apetito, alteraciones del sistema nervioso, sentirse fatigado y lento en las acciones.

Todos esos sentimientos son normales. Y al decir esto, no los estoy minimizando. Lo que quiero transmitir es que es parte natural del proceso. Si me acabo de quedar sin trabajo, no puedo estar bailando en una pata o pensando “qué bueno, ésta es una oportunidad para crecer”. Eso vendrá después. Pero al inicio, es normal y hasta sano vernos envueltos en todos estos sentimientos negativos. Es importante ser concientes de esto, porque muchas veces, el hecho de saber que esto es “natural” ayuda a que lo podamos soportar mejor. Porque de eso se trata, “soportarlos”, vivirlos, experimentarlos.

La soledad es uno de los sentimientos más potentes e invalidantes al inicio del proceso. Nos sentimos solos y perdidos y es natural. En realidad, no puedo decirte que no sea verdad que estamos solos dentro del sufrimiento, porque se dice que “mi dolor de muelas me fastidia mucho más que un tsunami en el cual perdieron la vida miles de personas.” Y es normal que así sea, porque el dolor de muelas es lo que siento yo y es lo que está cercano, lo que me impide vivir la vida como lo hacía hasta el segundo antes del desencadenamiento del dolor. Por lo tanto, mi pérdida es la peor de todas y por eso es lógica la sensación de soledad. Como mencioné anteriormente, puedes buscar grupos de autoayuda, o sea, un grupo formado por personas que estén atravesando tu misma crisis. Sin embargo, el grupo tiene que estar enfocando en lo que tú necesitas. Por ejemplo, yo fui a un grupo para padres de bebés con Síndrome de Down, pero se hablaba de cosas prácticas, consejos sobre la estimulación y ejercicios para hacer. Muy interesante, pero yo necesitaba hablar de mis emociones y sentimientos para volcar todo lo que me estaba estrujando por dentro. Y para eso no encontré grupo. Por suerte mi psicóloga me presentó a otra profesional, que tenía una hija Down y a través de ella aprendí que mi vida podía continuar. Su ejemplo de vida fue una de las tantas maneras en que me ayudó en mi camino de sanación. En resumen, no bajes los brazos y busca la ayuda que necesites.

¿Qué hacer con esos sentimientos?

Ante todo, déjame decirte que está bien llorar. Las lágrimas lavan y purifican. Mi terapeuta me había sugerido una fórmula: que pusiera un reloj despertador en cinco minutos y me diera ese tiempo para llorar. Cada vez que lo hacía, que me daba ese “permiso”, nunca llegaba a los cinco minutos, las lágrimas se consumían antes y yo me sentía mucho más liviana.

Para superar todos esos sentimientos es necesario atravesarlos. ¿Cómo? A esa pregunta te responderé en más detalles en la segunda parte de este libro, pero déjame hablarte de algunos de estos sentimientos en especial. En los próximos capítulos profundizaremos sobre el miedo, la tristeza, el rencor y la culpa.

Los cuidados hacia Tomi y mis padres, no me dejaron tiempo ni energía para mi trabajo, el cual perdí. Mi relación de pareja se iba desvaneciendo lenta y dolorosamente. Me sentía la única persona con semejante desdicha sobre la Tierra y ni siquiera podía darme el lujo de refugiarme en la depresión, ya que mi hijo y mi madre me necesitaban.

Ahora sí” – me dije - “que nunca más voy a sonreír”.

Pero no fue así. Sobreviví.

Eso sí, estaba en medio de una crisis – y muy severa.

CAPÍTULO 6 – El miedo y la tristeza

Los temores

Se cree erróneamente que sentir temor es de cobarde y, sin embargo, se necesita mucho coraje para enfrentar y expresar esos miedos que nos carcomen. Hay miedos que son muy comunes en esta etapa y se pueden manifestar como preguntas que nos atormentan. Por ejemplo:

¿Alguna vez volveré a sentirme normal?

¿Sigo siendo adecuado?

¿No moriré de tristeza?

¿Me estaré volviendo loco?

¿Es que Dios no existe?

¿Volveré a tener una rutina alguna vez?

¿Tienes alguno de estos miedos? Es normal, ya que sientes como si te hubieran quitado el suelo bajo tus pies. Por supuesto esos miedos no tienen asidero, no será así. Pero en este momento, los sientes porque son una parte natural del proceso de sanación.

Para enfrentar miedos en general, utilizo una frase del libro, Aunque tenga miedo hágalo igual, de Susan Jeffers, que dice: “Cualquier cosa que me suceda, podré afrontarla”. Son palabras muy poderosas, que me recuerdan que el miedo es simplemente una imagen negativa en mi pensamiento. No es real.

No le tengas miedo al miedo. Vivir el proceso de duelo es un camino de sanación, y a medida que lo recorras, tus miedos se irán disipando.

Uno de mis primeros miedos, que me provocaba mucha angustia, era: ‘¿Quién me va a querer con un hijo Down?’. Imaginaba delante de mí una vida entera de soledad junto a mi hijito discapacitado, que sólo podría contar conmigo. La carga de responsabilidad me llenaba de miedo.

La Tristeza

Otra equivocación es pensar que no debemos permitir a las personas que sufren que vivan su tristeza. ¿No te sucede que vienen todos a intentar distraerte, llevarte a pasear, que no estés encerrado en tu dolor? “No te sientas mal, ya se te va a pasar”, “La vida continúa, tienes que ser fuerte”, son algunas de las frases huecas con las cuales las personas de alrededor nos bombardean. Por un lado, hay que reconocer que quienes nos aman, no soportan vernos sufrir. Y, por otro lado, tenemos una fuerte creencia interna de que los así llamados ‘sentimientos negativos’ están mal. No está bien sentir ira, dolor, tristeza. Creemos que deberíamos hacer caso a lo que nos dicen y tener una actitud positiva. Lo que se nos pierde de vista es que esas emociones existen, y debemos honrarlas, como dice la autora Shakti Gawain. Es lícito sentir todo lo que sintamos porque todo ello es parte de nosotros y es sano reconocerlo. Solo aceptándolo y viviéndolo podremos resolverlo. Si no atravesamos nuestro dolor, ¿cómo podremos superarlo, cómo podremos resurgir del otro lado de ese túnel?

No temas a tu tristeza, vívela. Y permíteme en este punto hacerte una aclaración: Quizás todos esos miedos surjan por confundir tristeza con amargura. La amargura es un sentimiento más profundo que puede volverse patológico y transformarse en una depresión. Es evidente que, si sientes signos patológicos, es conveniente consultar a un profesional. Y es claro también que un buen terapeuta o counselor puede acompañar un proceso de tristeza. Pero ésa es una decisión de cada persona. Porque también es necesario tener en cuenta que cada ser humano atravesará su proceso a su manera.

Recuerdo que cuando nació mi hijo, todos estábamos tristes. Por más vueltas que le demos, el nacimiento de un niño discapacitado está teñido de tristeza. Más adelante vendrá la aceptación, el aprendizaje, etc. etc. Pero en el momento es un shock y duele. Yo agradezco a todos quienes vinieron a apoyarme y a enjugar mis lágrimas. En un momento apareció una amiga con su hermosa bebita – “de propaganda”, según ella misma la describía - con globos y regalos como quien va a una fiesta. No era para nada una fiesta. Y a mí me dolió muchísimo, porque me pareció muy desubicado. En realidad, sentí que era ella quien estaba festejando que no le hubiera sucedido a ella. Sé que es un comentario cruel de mi parte, pero creo que muchas veces no sabemos respetar el dolor del otro. Yo necesitaba vivir mi tristeza. Era lógico y natural. ¿Por qué no? ¿Cómo no iba a estar triste?

CAPÍTULO 7 - Resentimiento y Culpa

El rencor

Aquí volvemos al ‘¿por qué me sucede esto? ¿Qué he hecho para merecer semejante dolor? ¡Dios no existe! O es un ser maléfico que me trajo todo este sufrimiento.’

Es natural sentir todo ese enojo, con Dios, con la vida, con quien sea. Déjame decirte que, en esta situación, es normal albergar todo ese rencor, esa ira.

También es cierto que sentir esa rabia tiene algunos ‘beneficios secundarios’, como, por ejemplo, sentirse menos vulnerable. Estar enojado me da poder, yo soy fuerte porque el otro es el que tiene la culpa de mi sufrimiento. Es como poner una distancia con lo que sucedió, creyendo que el enfado puede salvarme de la tristeza o la depresión y que el destinatario de mi rabia sufre como yo.

Eso no es nunca así. La ira nos quema, nos hace mal, nos destruye. Lejos de lo que pensamos, no le hace mal al otro, sino a nosotros mismos.

Yo sentía mucho resentimiento hacia el padre de mi hijo que nos había abandonado, y creía que soltar mi odio era beneficiarlo. Pero él, en realidad, estaba fantástico. La que se retorcía de rencor y se consumía bajo sus garras, era yo. Eso es lo que destruye.

Por eso mismo, es sumamente importante sacar la rabia afuera, no guardársela porque es eso lo que hace mal.

Recuerdo cuando sucedió la crisis financiera en Argentina y mi padre perdió todos sus ahorros de 70 años de trabajo. Salí al balcón de mi departamento y grité: ‘hijos de puta, son todos unos hijos de puta’. No me importó si alguien me escuchaba, era tanto mi odio que necesitaba soltarlo.

Pero también hay otras formas en que puedes descargar tu ira sin lastimarte ni lastimar a nadie, como sacudir almohadones, gritar dentro de un automóvil cerrado o hacer ejercicio físico. En la segunda parte, volveré sobre este tema con una lista más completa.

Descargar el resentimiento nos deja con una sensación de alivio, como si nos quitáramos un peso de encima. No olvides que te encuentras en un estado muy vulnerable y este rencor que sientes es parte del proceso de sanación. A medida que tus emociones vayan sanando, y que vayas descargando tu enfado, el rencor irá perdiendo su fuerza.

Culpa

La culpa es un sentimiento de rencor hacia nosotros mismos. En el caso de una crisis, podríamos sentirnos culpables de haber provocado en alguna medida aquello que nos causó tanto dolor. Cuando nació mi hijo con su discapacidad, me sentí culpable por no haberme hecho estudios durante el embarazo. Pero también me di cuenta que eso no hubiera cambiado nada, porque la discapacidad ya estaba y yo no hubiera abortado. La culpa es un sentimiento totalmente inútil que no nos aporta ninguna solución. Muchas veces nos sentimos culpables, creyendo haber cometido un error. Pero no somos tontos, no nos equivocamos a propósito. La gran autora Louise Hay decía que cada uno hace lo mejor que puede con la conciencia y sabiduría que tiene en ese momento.

Lo que sirve es asumir la propia responsabilidad, como veremos en el siguiente capítulo.

Cuando murió mi ahijada de 12 años, en ese horrible accidente junto con sus padres, mis primos, sentí una gran culpa por no haberla visto más seguido, por no haberla ‘disfrutado’ más. ¿Acaso podía ocurrírseme que iba a morir tan chiquita? Claro que, viendo la situación desde atrás, desde su muerte, me condené por todas las veces que había dejado ‘para mañana’ el ir a verla. La culpa no me hacía traerla en vida, sólo lograba angustiarme aún más. De eso aprendí a no repetirlo en el futuro, a no dejar nunca ‘para mañana’ un buen momento con un ser amado.

¿Cómo se resuelven el resentimiento y la culpa?

Con el perdón.

Tanto el resentimiento como la culpa son dos emociones inútiles y nocivas. Louise Hay, en su libro Ud. Puede Sanar su Vida”, habla de cómo estos sentimientos negativos pueden afectar seriamente la salud física. Teniendo esto en cuenta, ¿vale la pena enfermarnos por mantener un rencor hacia una persona que nos dañó? Es como permitirle que nos siga dañando. Es como darle poder sobre nuestra vida. Encima que nos lastimó, lo mantenemos presente, acarreando ese rencor que no soltamos. Si nos enfermamos, las consecuencias las sufriremos nosotros, y no la persona objeto de nuestro rencor.

Se cree erróneamente que si perdonamos a quien nos dañó, estamos aceptando que lo que hizo estaba bien. No es así para nada. El perdón no justifica el hecho cometido. No es a favor del otro. Es a favor nuestro. Es liberarnos de esa atadura insana que continúa a hacernos mal. No es tonto perdonar. Al contrario, es ponernos nosotros mismos en primer lugar. Se requiere fortaleza para perdonar, no es de débiles.

La otra persona no tiene nada que ver en esta cuestión del perdón. Recuerdo un episodio que me contaron una vez, sobre un alumno que albergaba un enorme rencor hacia uno de sus profesores de escuela secundaria. Habían pasado ya diez años de su graduación, pero seguía vivo en él el resentimiento hacia ese profesor que – según recordaba – lo había tomado de mira y le había amargado sus años de escuela. Un día se lo cruzó por la calle:

- Profesor! –saludó de mala gana a esta persona que lo miró con cara extraña-. ¿Se acuerda de mí?

- No, discúlpeme –respondió con mucha cortesía, alargándole la mano a modo de saludo. El muchacho le dio su nombre y los años en que había frecuentado sus clases-. Perdóneme, joven –sonrió con franqueza– es que han pasado ya varios años y....

- ¿Pero no se acuerda de que siempre se la agarraba conmigo? –lo enfrentó su ex-alumno.

- Es que... –titubeó-, reconozco que en esos años pasé unos graves problemas familiares y quizás a veces estaba un poco nervioso. Le pido disculpas si alguna vez lo he tratado mal. Pero no tenía nada contra usted, ¡si ni siquiera lo recuerdo!

El muchacho quedó helado. Tantos años odiándolo y el profesor ni siquiera lo recordaba y hasta le pedía perdón. Así de inútil es el rencor, como lo es la culpa, que sería el resentimiento hacia uno mismo.

El odio o enfado hacia una persona puede convertirse en una pesada carga que no nos permite avanzar. ¿Recuerdas cuando te decía que debes cuidarte? El rencor no hace más que lastimarte aún más. Perdonar es un acto de amor, no hacia el otro sino hacia ti mismo.

El perdón es una elección de ver más allá de lo que creemos ver. No sólo la superficie, sino lo que se esconde en las profundidades de cada ser humano. Ya sea se trate de la culpa (perdón a mí mismo) o el resentimiento (perdón a otro) debemos tener en cuenta que detrás de esa máscara de aparente maldad - capaz de cometer ese acto que nos causó tanto daño - yace una persona indefensa, perdida y asustada. Esa perspectiva nos guiará hacia la compasión, desde la cual el camino al perdón se hace más factible.

¿Y cómo se logra perdonar? Simplemente teniendo la actitud de hacerlo. Poniéndonos en el lugar de esa persona que nos dañó. En el estado tan vulnerable en el que nos encontramos, creemos que esa persona nos lastimó a propósito, con maldad. Y rara vez es así, salvo que exista algún tipo de enfermedad mental. Pero en general, si alguien nos lastimó, lo hizo porque era débil y no supo hacer otra cosa mejor. Si lo vemos desde ese lugar y valoramos más nuestro bienestar que estar soportando esa carga de odio, podremos iniciar el proceso de perdón y liberación. Sanando la herida, abriremos las puertas a la paz interior.

Existe un proverbio chino que dice: ‘Si vas a perseguir la venganza, es mejor que caves dos fosas. Tu resentimiento te destruirá.’

Ciertamente, ya estás bastante destruido como para continuar lastimándote. Abandona esos rencores, esas culpas, aprende a decir adiós y perdona a quien te haya dañado. También perdónate a ti mismo. Eres una persona capaz e inteligente. ¿Crees que no hubieras actuado mejor si hubieras sabido? Claro que sí, pero es que simplemente no sabías. Ten compasión por ti mismo y regálate tu perdón.

Mi pareja, el padre de mi hijo, no se hacía cargo de nada, ni siquiera de la parte financiera, a pesar de ser el dueño de una fábrica. Nos ignoraba completamente. He pasado noches en las que me despertaba llorando de la rabia que me consumía. Hasta que comprendí que él simplemente no podía, que ‘no era capaz’, que era más ‘dis-capacitado’ que mi hijo, porque sufría de una discapacidad emocional, al no poder amar a su propio hijo solamente porque tenía Síndrome de Down. Entonces pude sentir compasión. No sucedió de un día para el otro, pero lo perdoné y me sentí aliviada, libre y – sobre todo – fuerte. Perdonar me llenó de paz.

CAPÍTULO 8 - Sentirse víctima

Dentro de las primeras sensaciones del proceso de una crisis se encuentra la de culpar a alguien. En el caso de los problemas económicos, generalmente es el gobierno o las empresas, que hacen bajar nuestro nivel de ingresos. O en caso de una crisis accidental, como la mía, es culpa de un dios que vaya a saber por qué, quiso castigarme y maltratarme.

Lo que aprendí es que nunca somos verdaderamente víctimas. Sin embargo, esa toma de conciencia vino un poco después. En el momento en que lidiaba con mi bebé discapacitado, el abandono de mi pareja y el cáncer de mi madre, ¿crees que no me sentía víctima de todo lo que me estaba sucediendo? ¡Por supuesto que sí! ¡Me sentía la persona más desafortunada de la tierra! Pensaba que no podía haber nadie en el mundo a quien le sucediera lo que a mí. Sí, un divorcio. Sí, el nacimiento de un hijo Down. Sí, una madre con cáncer. Pero, ¿todo junto? Por allí afuera había algún dios colérico que se la había agarrado conmigo. ¿Por qué?

Mi vida cotidiana se había transformado en un infierno de visitas a pediatras especializados, estimuladoras tempranas, oncólogos, genetistas y neurólogos.

Además de mi terapia personal con esa maravillosa profesional –con la cual ya venía trabajando hacía un par de años – comencé un proceso con la psicóloga que comenté anteriormente que era madre de una niña Down y especialista en el tema. Estos tratamientos eran lo único que me sostenía. La relación con mis amigos no me satisfacía, ya que todo me parecía superficial ante mi gran desgracia, que yo sentía única y sin precedentes.

Hacerse cargo

Mantenerse en la posición de víctima es algo paralizante, que no permite avanzar. Si la culpa de mi desgracia la tiene el gobierno, o un dios maléfico, no hay nada que yo pueda hacer, más que resignarme al dolor y al sufrimiento. En cambio – y aquí viene la otra cara de la moneda – si me hago cargo, todo depende de mí.

¿Y qué significa hacerme cargo? Cuando no tengo poder sobre nada de lo que me está sucediendo – porque no puedo evitar que mi madre se enferme de cáncer, por ejemplo - lo único sobre lo cual tengo poder es mi reacción ante eso. Soy yo quien elige cómo enfrentar esa situación, cuál actitud tomar ante esa crisis. No puedo elegir lo que me sucede, pero nadie me puede quitar mi libertad de elegir qué actitud voy a asumir. Puedo desesperarme y deprimirme, enojarme y hasta suicidarme, o puedo - mientras atravieso el dolor - seguir respirando y abrirme a esa mágica puerta que aparece cuando damos nuestra intención de salir adelante.

Viktor Frankl, en su libro “El hombre en busca del sentido”, cuenta que toda su familia murió en el holocausto y describe las barbaridades y humillaciones que sufrió en los campos de concentración. Él logró hallar una manera de encontrar sentido a lo que estaba sucediendo. Escribió: “Nos pueden quitar todo, incluso nuestra dignidad, pero lo único que no nos pueden quitar es el poder de elegir la actitud con la cual vamos a hacer frente a las cosas que nos ocurren. Aquello que no me mata, me hace más fuerte”. Es un gran ejemplo de cómo el sufrimiento puede transformarse en aprendizaje.

Entonces, ¿qué podía hacer con eso? ¿Podía realmente deprimirme? Sí. Recuerdo mi psicóloga, Mariana, diciéndome que cualquier persona que estuviera sufriendo una sola de las situaciones que a mí me pasaban, podría estar tirada en una cama. Yo sentía que ni siquiera podía darme el lujo de deprimirme, ya que tenía un bebé y una mamá enferma a quienes atender. Eso no hacía más que reforzar mi sentimiento de víctima. Hasta que empecé a entender que yo tenía la opción. Podía elegir deprimirme y desesperarme, o podía elegir salir adelante. No importaba cómo. No tenía idea del modo. Pero podía elegir mi actitud hacia todo eso que me sucedía. Era como elegir entre morir o seguir respirando.

CAPÍTULO 9 - Convivir con el dolor: Una forma de aceptar el proceso de sanación

Tengamos presente que los momentos de crisis, ruptura o cambio significan madurez. Rendirse ante el hecho consumado traerá el primer gran alivio, aunque en medio de ello, haya dolor. Y si sientes ese dolor, admítelo, no lo niegues. Aunque te asuste, mantente con ese sentimiento, es la realidad de lo que sientes. Como vimos que decía Viktor Frankl, no te matará, te hará más fuerte. El hecho de sentir dolor, significa que estás vivo y enfrentando las experiencias de tu vida. Felicítate por ello. No veas el dolor como algo dañino, sino como un signo de sanación.

En algunos casos, el dolor puede incluso ser el signo de que estamos haciendo algo que nos daña. Si al darnos la nariz contra la puerta no nos doliera, seguiríamos haciéndolo y lastimándonos. ¡El dolor nos recuerda que somos seres humanos!

No temamos al dolor. Si no sabemos vivir nuestras penas y tristezas, tampoco sabremos disfrutar de los momentos felices. Se trata, justamente, de aprender a convivir con ese dolor, sabiendo que será un proceso que tendrá un fin, como sucede cuando nos lastimamos y vemos una herida sobre nuestra piel. Quizás nos cueste imaginar la piel sana nuevamente. Hasta nos puede parecer casi mágico – por lo tanto, poco probable –que ese corte abierto y sangrante pueda en algún momento cerrarse. Sin embargo, así sucede. Una vez me quemé el empeine de un pie con agua hirviendo. En el hospital me curaron, me vendaron y me prohibieron abrir las vendas hasta el próximo control, que era en 48 horas. Cuando volví y vi lo que había debajo de las vendas casi me desmayo. Era un enorme agujero al rojo vivo. Mi mente razonaba: cuando se trata de un corte, entiendo que luego ambas partes de la piel se unen y cicatrizan, ¡pero yo tengo un agujero! A los tres días, mientras me curaban, comprobé para mi sorpresa que el enorme círculo rojo se había transformado en rosado y que en los bordes surgía, tímida pero firme, una nueva piel. Esto es un hermoso ejemplo práctico del proceso de sanación de nuestros sentimientos.

Cada vez que estamos transitando un momento difícil nos parece una montaña imposible de escalar, un aro en llamas que nos da miedo atravesar porque nos dejará chamuscados para siempre. Sufrimos, pataleamos, nos parece el problema más grave del mundo. Y no lo es, como demuestra el hecho de que siempre puedes encontrar a alguien que esté peor que tú. Hasta en los casos más trágicos, el dolor lacerante de los primeros momentos, se transformará.

“Esto también pasará”, es una famosa y antigua frase. ‘No hay mal, hermano, que dure cien años’, reza un tango. Se trata de no dramatizar más de lo necesario. Sí, es cierto que pasamos por momentos duros pero lo único que podemos hacer es atravesarlos. Cómo hagamos ese pasaje depende sólo de nosotros.

Las nubes que ocultan el sol

Viajar en avión es algo que adoro, esa sensación de elevarse y sentirse más cerca del cielo. Cuando se vuela en un día nublado, sucede algo que se me ocurre mágico. En el momento de subir al avión, el día puede estar muy gris, hasta negro y quizás incluso llueva. Pero cuando el avión se eleva, atraviesa esas nubes y... ¡ahí está el sol! El cielo se ha despejado y nos regala su habitual celeste brillante.

Atravesar una crisis, un duelo, una pérdida sería como pasar a través de un cúmulo de nubarrones. Una vez que hemos salido del otro lado, llegamos al sol, a la luz, la quietud, la paz interior. Sólo que cuando volamos en avión, lo sabemos. Tenemos el conocimiento de que el sol está detrás de las nubes. Por lo tanto, confiamos en que el sol aparecerá. En cambio, cuando vivimos una crisis, creemos que esa nube que nos envuelve con su negro espesor, será eterna, lo cual nos asusta y nos angustia aún más. Si lográramos entender que esto no es así, que volveremos a vivir días de sol, podríamos aliviar nuestro sufrimiento.

Aceptación versus resignación

Aceptar y creer firmemente que es un período que pasará nos hará disminuir la ansiedad y el miedo. Eso nos liberará como para enfocarnos en las posibilidades positivas de salir adelante. La clave es tener paciencia y aceptar la situación, en vez de quedarnos atrapados en la autocompasión y la victimización.

Aclaro que no estoy hablando de resignarse sino de aceptar, que son dos conceptos muy diferentes. La resignación implica bajar los brazos, creer que soy víctima impotente de la situación y decidir no hacer nada al respecto. Es como entregarnos sin esperanza al sufrimiento. Implica parálisis. En cambio, la aceptación nos llevará al movimiento. De hecho, la aceptación es el primer paso hacia el cambio. Si quiero hacer dieta, por ejemplo, primero tengo que mirarme al espejo, aceptar que tengo esos kilos de más y elegir bajarlos. Sin la aceptación inicial, no habría kilos para bajar. Sería un auto-engaño.

Por lo tanto, aceptar todos los sentimientos que tenemos es un paso fundamental. A partir de allí, se irá desovillando el camino. Si pudiéramos tener en cuenta que el dolor concluirá, podríamos vivir los momentos de crisis con una visión más optimista, sabiendo que eso terminará y volveremos a nuestra vida de rutina – esa rutina que tanto se extraña en los momentos de crisis.

Esto es algo que escribí en mi diario en un momento de mucho dolor:

Nadie está dentro de mí, en medio de esta madeja de sentimientos. Nadie tiene que soportarme a full las 24 horas. Sólo yo. Por eso, respeto mi dolor y me trato con paciencia y dulzura. Lo cual, en este caso, bien podría implicar darme un buen permiso para llorar o patalear o simplemente estar triste. ¿Por qué no? Estoy convencida – porque ya lo he experimentado – que ésta es la mejor manera de atravesar y superar un momento difícil. No tengo que ser una castañuela todo el tiempo. Al contrario, quiero ser fiel a mis estados de ánimo, quiero vivir la vida plenamente, con todo lo que implique. Y si siento mucho el dolor, mejor, porque pasaré del otro lado más rápidamente.”

CAPÍTULO 10 - No exagerar el sufrimiento

Eckhart Tolle en su libro El Poder del Ahora, dice: “Parece que la mayoría de las personas necesita experimentar mucho sufrimiento antes de abandonar la resistencia y aceptar, antes de perdonar. En cuanto lo hacen, ocurre uno de los mayores milagros: ... la transmutación del sufrimiento en paz interior.”

Buda dijo: El dolor es inevitable. El sufrimiento es una opción.

Esta frase me impactó y me hizo reflexionar: ¿Significa entonces que podemos elegir si queremos sufrir o no? Sí, y estoy segura de que es así. A veces, inconcientemente, buscamos el sufrimiento. Nos resulta más fácil penar que ser felices. ¿Por qué? ¡Porque estamos acostumbrados a la infelicidad! Hace falta sólo encender el i-phone o el televisor para que las noticias espantosas de guerra, muerte, enfermedad y hambre nos invadan con sus espadas filosas y asfixiantes. En efecto, nos dejan horrorizados y sin aire. Si hay tanta gente que sufre en el mundo, entonces, ¿quién soy yo para ser feliz? Una gota en el océano, eso soy. Pero, ya que ese océano está formado por gotas, al menos puedo impedir que mi gota siga infectando el agua con tristeza y depresión. No es egoísta lo que digo. Sólo dejando a un lado el sufrimiento puedo ayudar al otro. Dicho esto, veamos cómo es que podemos elegir.

Como dice la frase: el dolor es inevitable porque los accidentes suceden, las tragedias suceden, la vida sucede. Y contra eso no podemos hacer nada. No podemos controlarlo ni podemos evitarlo. Pero la medida en que suframos cuando esas cosas nos ocurren, es opción nuestra. Depende de nuestra mirada. Depende de nuestra actitud y de cómo nos paremos frente a la vida.

Hay muchas personas que creen que venimos para sufrir, que el sufrimiento es parte del camino. Por ejemplo, hay quienes creen que el sufrimiento es algo que nos manda Dios y que hay que resignarse, porque “Él sabe lo que hace”. Desde mi opinión personal, nunca creí que un Ser que es Puro Amor, pueda ser tan malvado como para desearnos el sufrimiento. ¡Sería muy cruel!

Hay otras creencias, en cambio, que enaltecen el sufrimiento. De acuerdo con ellas, sufrir sería un sacrificio válido, del tipo “héroe”, que serviría para crecer y ser mejores personas. Por lo tanto, cuanto más lloremos y suframos, mejor, porque estaremos creciendo y haciendo crecer a la humanidad.

Yo no creo que esto sea así.

La Dra. Elizabeth Kubler Ross, que ya he mencionado anteriormente, opina que es sano y normal pasar por las etapas del duelo y, en este contexto, el sufrimiento podría ser un bloqueo a ese proceso natural porque estaríamos agregando un miedo futuro. Por ejemplo, jamás superaremos el dolor si sufrimos pensando que esa sensación no terminará nunca.

Mi conclusión es que sufrir es inútil. No sólo no nos conduce a nada, sino que nos entorpece el camino para vivir con naturalidad y simpleza toda la tristeza que debamos vivir. Ya tenemos bastante con las emociones que nuestro corazón siente en el momento. No agregando sufrimientos por adelantado, cruzaremos el puente del dolor y llegaremos del otro lado más fuertes, seguros e iluminados. ¡Y no te olvides de cuidarte!

CAPÍTULO 11 – La Opción de Sobrevivir

Es preciso encarar el proceso como un desafío, tomando en cuenta dos alternativas: o aceptamos el duelo en busca de una nueva forma de vida, alimentando la esperanza de que algo inesperado emergerá de la oscuridad; o permanecemos en la angustia estéril que nos llevará a un callejón sin salida.

Si elegimos la primera opción, habremos logrado la victoria inicial en medio de la crisis. Podremos entonces comenzar a renacer con más autenticidad y sentiremos que nuestro espíritu se va fortaleciendo, enfrentando este desafío por medio de la entrega y la confianza.

Hubo un momento en el que me di cuenta que yo podía elegir cómo reaccionar ante lo que me estaba sucediendo, qué iba a hacer con eso que la vida me había presentado.

Un día, yendo al supermercado sola por la calle, recordé a Christopher Reeve, quien por una ironía del destino pasó de ser Superman a estar totalmente paralizado en una silla de ruedas. De inmediato algo se sacudió dentro de mí y pensé que allí había una persona que estaba peor que yo, e inmediatamente agradecí tener todo mi cuerpo para mí, sano y en su lugar. Tomé conciencia de que, en ese mismo instante y a pesar de todo, yo estaba caminando libremente por la calle y yendo al supermercado (¡qué maravilla!) y entonces me di cuenta que no era yo quien tenía un cáncer o una discapacidad. Y, si bien quienes los padecían eran mis seres más cercanos y amados, yo podía – desde mi salud completa – ayudarlos siempre y cuando lo decidiera. Y aquí se me presentaron claramente las dos opciones: “O me dejo llevar por la depresión y me “muero en vida” o decido salir adelante, como pueda”.

Obviamente, elegí la segunda opción. En ese momento, no pude saber qué era exactamente lo que tenía que hacer para superar esta crisis. Pero confiaba en que el haber tomado esa determinación, me iría llevando de por sí a realizar las acciones necesarias para iniciar ese proceso de crecimiento interior, del cual – sin duda – saldría más conciente, más fuerte y más auténtica.

Comparto una cita de Christopher Reeve: “No es lo que pasó, sino lo que hagas con eso que pasó. La verdadera prueba para un ser humano no es pasar la catástrofe en sí, sino lo que esa persona hace después de la catástrofe. Lo importante es lo que uno haga con la catástrofe. Este no es el camino que yo hubiera elegido, pero muchas veces, la vida elige por nosotros. Yo tenía dos opciones: O me dejaba vencer por la catástrofe o digo: “Está bien, hagamos con esto lo mejor que se pueda”.

La opción de sobrevivir acarrea una aceptación de la situación que deja afuera a la victimización y abre la puerta a la disposición de re-encontrar la vida normal que la crisis parece haber arrasado.

CAPÍTULO 12 - Utilizar la crisis para aprender y crecer

La soledad que experimentamos dentro de nuestro dolor nos hace sentirnos incomprendidos hasta por nosotros mismos. Algo en nosotros se fue “muriendo”. Es todo parte del proceso. Miramos hacia atrás y no nos reconocemos. ¿Dónde está aquella persona que era, aquélla que se preocupaba por nimiedades, aquélla con una escala de valores tan diferente a la actual?

Es entonces cuando comenzamos a vislumbrar el cambio: a re-conocernos, es decir, a conocernos nuevamente.

En ese momento, algo en lo más íntimo de nuestro ser comienza a confiar en que el cambio se irá produciendo, aunque nos de miedo. Si nos empeñamos en hacer de la crisis un provechoso aprendizaje, nos encontraremos, sin duda, con las herramientas necesarias para transitar el proceso. También hallaremos a las personas adecuadas para ayudarnos a encaminarnos hacia delante. Todo depende de nuestra intención. Si lo que verdaderamente deseamos es salir a flote, naturalmente iremos encontrando el sendero a seguir. Vuelvo a insistir sobre el concepto de que soy yo quien elige lo que me sucede. Claro que no elegí la crisis, o la pérdida, pero ya está, ya tiñó mi vida, entonces, ¿por qué no aprovecharla para crecer en vez de lamentarme y no hacer nada?

Manos a la obra

Por lo general, la disposición a aprender de la crisis, nos guiará hacia una búsqueda interior y nos formularemos la pregunta: “¿Quién soy?”, mucho más profunda y diferente a la original: “¿Por qué a mí?”. A partir de estas nuevas indagaciones, se van develando nuevas oportunidades y horizontes inexplorados.

En medio de una crisis, buena parte de nuestras convicciones y creencias pasadas parecen haberse desvanecido y nuestro comportamiento ya no acepta viejos patrones. Por ejemplo, cuestiones que antes tenían una vital importancia, ahora ya no la tienen. Todo parece estar revuelto ‘patas para arriba’. Y necesitamos de a poquito, empezar a enderezarnos; como mencioné anteriormente, ‘volver a conocernos’.

Seguramente tu autoestima haya sufrido una caída durante este proceso. Recuerda que eres una persona íntegra, completa y valiosa, sólo por ser. No cedas a sentimientos de culpa, preocupación o auto-desprecio, que podrían simplemente ser causados por el estrés que estás experimentando. Tú eres mucho más que la herida que estás viviendo ¡Cuídate y date tu tiempo para comprenderte y salir adelante!

Ten en cuenta que el proceso de sanación tiene sus progresos y retrocesos. No te asustes cuando esto suceda y sientas: ‘hace un mes estaba mejor que ahora’. Eso es lógico y normal porque somos seres humanos y los procesos emocionales no son lineales. Simplemente el proceso sigue su curso, sin importar si hoy estás mejor o peor que ayer.

La gente que te rodea

Después de lo que te sucedió, es posible que las personas que te rodean hayan pasado por una especie de filtro, a causa de las actitudes que hayan tenido contigo. Sé conciente de quiénes son los que te acompañan y crea un sistema de apoyo que te ayude a sobrellevar los momentos más sombríos. A los demás... ¡déjalos ir!

Empecé a notar mis cambios. Mi proceso personal que hasta ese momento consistía en desentrañar mi dolor, comenzó a dar un vuelco más interno. Me pregunté quién era, qué quería para mí, cómo me veía con esta especie de ‘nueva vida’, hacia dónde quería ir. Mi psicóloga me propuso un ejercicio muy interesante: hacer una lista de cómo me veía dentro de cinco años. Eso me ayudaba a proyectarme en el futuro, y ver en qué quería convertirme. Miré a mi alrededor y noté que algunas personas ya no estaban, otras eran nuevas compañías. Todo parecía estar muy desordenado, y me di cuenta que debía ir hacia adentro y volver a conocer a esta Nueva Mónica. Era evidente que tenía mucho que aprender de todo lo que me había ocurrido.


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