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Reino de Sombras
Cuando una víctima se convierte en verdugo

Xavier Cruzado



















2018



































Copyright © 2018 por Xavier Cruzado



Todos los derechos reservados. Este libro o cualquier parte del mismo no puede reproducirse ni utilizarse de ninguna manera sin el permiso expreso por escrito del editor, excepto por el uso de citas breves en una reseña de un libro, revista académica o especializada.



Primera impresión: 2018



ISBN 978-0-244-69179-0



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Dedicatoria



Dedicada a quienes les robaron

su Inocencia, su Infancia y su Dignidad

















































































Esta novela está inspirada en hechos reales de nuestra historia contemporánea. Los personajes principales y sus circunstancias personales son mera ficción. Cualquier nombre de personaje secundario ha sido escogido al azar, por lo que los hechos asociados a estos también forman parte de la ficción.



No obstante, los hechos y nombres de personajes públicos que se presentan han sido extraídos de información contrastada y publicados en diversos medios y agencias de comunicación españoles entre los años 2005 y 2010.

Introducción



Octubre de 2010. En las semanas previas a la visita del papa Benedicto XVI a España, varios asesinatos rituales de miembros de la Iglesia católica, bajo una escenografía macabra, ponen en jaque al dispositivo de seguridad de la comitiva papal.

La inspectora Candela Santos, de la Comisaría General de Seguridad Ciudadana de la Policía Nacional, al mando de un grupo especial de investigación creado a tal efecto, intentará resolver los casos contra reloj no sin enfrentarse a un poder en la sombra que conspirará para silenciar los peores pecados cometidos por algunos miembros de la Iglesia.













































I

Hemos pecado y hecho lo malo; hemos sido malvados y rebeldes; nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus leyes.

Daniel 9, 5



Miércoles, 13 de octubre de 2010. 7 de la mañana. Iglesia de Santa María Magdalena, Sevilla



Una mujer de mediana edad y apariencia sencilla rebusca en su bolso, saca un manojo de llaves y abre una de las puertas laterales de entrada a la iglesia. Entre la oscuridad, se dirige al cuadro de luces que hay en un armario al lado de la puerta y levanta varias filas de diferenciales, mientras el interior del recinto va recuperando su esplendor, para ir descubriendo, zona a zona, sus obras de arte barroco y mudéjar.

Recorriendo un largo pasillo, entre el silencio hueco que lo inunda todo, tan solo se perciben las pisadas de sus zapatillas sobre las losas de mármol pulido y piedra por las que pasa. Las diferentes imágenes de santos y vírgenes, testigos impertérritos ante el transcurrir de los tiempos, trascienden inmóviles a su paso rápido hacia la sacristía, mientras el olor a cera e incienso quemados, impregnado en cada poro de sus muros, oculta múltiples mensajes sellados de otras épocas.

Una vez en la sacristía, y después de colgar la chaqueta en una percha dentro de un viejo y oscuro ropero, saca de una bolsa de plástico una bata de trabajo que lleva bien limpia y doblada. Mientras acaba de abrocharse los pequeños botones anacarados, abre la puerta contigua del armario para coger unas bolsas de basura, además de algunos trapos para limpiar el polvo. Va con algo de prisa, pues debe asegurarse de que todo esté limpio y en orden para la misa de las ocho en punto.

De camino al altar mayor, pasa ante una pintura de gran antigüedad y en la que pocos feligreses reparan, el auto de fe en la plaza de San Francisco de Sevilla de 1660, crónica y testimonio mudo de otras épocas oscuras. En el transcurso del recorrido, al llegar a la altura de un confesionario, se da cuenta de que un charco de líquido oscuro ensucia el acceso.

De forma malhumorada, y creyendo vertido un refresco que alguien ha dejado en su interior, saca uno de los trapos que lleva sujetos al cinturón de la bata, se arrodilla en el frío suelo y empieza a recoger el líquido, sin darse cuenta de que las cortinillas del confesionario están echadas, cuando deberían estar abiertas y atadas a sus laterales.

—Vaya por Dios… ¡Qué poca vergüenza y respeto tienen algunos!

Al recoger el líquido, comprueba que, además de ser algo consistente, desprende un cierto olor férreo, por lo que, intrigada, levanta el trapo totalmente empapado y se lo lleva a la nariz para intentar averiguar mediante el olfato de qué se trata. Ante su asombro, lejos de parecer un refresco, la sustancia, de un color rojo muy oscuro, empieza a resultarle familiar, y un sudor frío empieza a recorrer todo su cuerpo, provocando que el vello de sus brazos se erice paulatinamente, mientras empieza a oír en su interior el latir cada vez más acelerado de su corazón.

Alzando la cabeza para mirar hacia el confesionario, a la vez que se levanta del suelo, con una mano temblorosa y el trapo húmedo en la otra, retira con temor una de las cortinas para descubrir en el interior el origen del líquido derramado.

Con un sobresalto, la visión de la dantesca escena le impacta de tal forma que lanza un grito de horror mientras da un paso atrás, sin darse cuenta de que pisa lo que al final resulta ser un charco de sangre, que le hace resbalar y caer al suelo, manchándose del líquido vital. Su grito es tan potente y desgarrador que resuena en todos los rincones de la iglesia y hace que decenas de palomas posadas en los ventanales, salientes y recovecos de la imponente fachada del sacro edificio salgan volando en todas direcciones.

Después de levantarse del suelo y limpiarse las manos como puede, entre sollozos y rezos, consigue echar mano del teléfono móvil que lleva en uno de los bolsillos de la bata. Recostada contra la verja que protege la imagen de un Cristo crucificado que parece mirarla con tristeza, casi no puede mantener una respiración acompasada, mientras intenta pulsar el número de emergencias.

Apenas unos minutos después, un vehículo de la Policía Nacional y una ambulancia llegan ante la puerta de la iglesia con sirenas y estroboscopios encendidos, acudiendo a la llamada de la destrozada testigo.

Mientras la policía bloquea la entrada a la iglesia, llega el párroco, un hombre mayor que, vestido de seglar, busca desesperadamente entre los agentes hasta dar con la mujer, sentada en uno de los bancos de madera, acompañada por personal sanitario que le proporciona protección y atención médica, intentando aliviar el impacto de las imágenes percibidas. Al encontrarla, y sin apenas mediar palabra, los dos se abrazan desconsolados por la magnitud del hallazgo y por el lugar donde ha sucedido.

A escasos metros se encuentra el confesionario, acordonado por las cintas de plástico de colores vistosos que usa la policía, que parecen intentar proteger a cualquiera de una visión nunca apta para ser recordada, pero que finalmente se convierten en anuncio y reclamo de una desgracia acontecida. En apenas una hora, el personal de investigación de escenas del crimen ya ha ocupado toda la zona, tomado muestras y fotografiado cualquier objeto o rincón que crean que puede ayudar a resolver el caso, a la vez que uno de los investigadores, ataviado de pies a cabeza con un mono para evitar contaminar cualquier rastro del crimen, guarda minuciosamente el trapo y la bata manchados de sangre dentro de sendas bolsas de pruebas.

El interior del confesionario recuerda a un cuadro de tortura medieval. Allí se encuentra, postrado en la vieja y oscura silla de madera forrada de tela oscura y encajes, el cadáver de un hombre muy anciano, desnudo, con la cabeza recta, fijada a la pared mediante una especie de horquilla de doble punta, con dos pinchos que le sujetan el mentón y otros dos clavados en la parte superior del esternón, en el mismo nacimiento de las clavículas, como si de un muñeco de guiñol se tratase, coronada con un capirote puntiagudo y hecho a base de telas viejas.

Como una figura de cera por la palidez y satinado de su rostro, con el visible paso del tiempo en su piel arrugada, tiene los ojos abiertos y una mueca de horror dibujada en la boca entreabierta, de la que parece habérsele arrancado la lengua, una mutilación que, sumada a la genital, explicaría la gran cantidad de sangre presente en las paredes y el suelo del confesionario, donde innumerables pecados han podido escucharse con el pasar de los años.

II

Lo que sale de la persona es lo que la contamina. Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

Marcos 7, 20-23



Sábado, 16 de octubre. 8 de la mañana. Museu Marès, Palau Reial, Barcelona



Un nutrido grupo de turistas japoneses que se disponen a visitar el Museu Marès, que ocupa el histórico Palau Reial, en el mismo corazón del Barri Gòtic de la ciudad condal, hacen cola con la paciencia y silencio que les caracteriza, tan solo interrumpido por los sonidos de las cámaras digitales, que intentan captar cuanta belleza arquitectónica, monumental y cultural puedan llevarse con ellos como recuerdo de su estancia cuando vuelvan a casa.

Hace un día espléndido, sin apenas nubes, con unos 8 ºC de temperatura, y el olor a café y pan recién hecho discurre por las estrechas callejuelas del histórico barrio barcelonés. En ellas ha quedado impregnada la energía de dos mil años de historia, desde que las tropas romanas dejaron su arquitectura, estirpe y cultura, pasando por el acero, excesos y penurias del medievo, la contienda contra el francés con su expulsión a principios del siglo xix, y por supuesto, nuestra historia más reciente, la que nos muestra las cicatrices de las bombas, la muerte y la miseria, hasta la rendición de la ciudad al final de la guerra fratricida.

La guía responsable del grupo de turistas nipones, después de haber acompañado al grupo al patio central del museo, un oasis de quietud y transporte en el tiempo, entre el canto de algunos gorriones que aparecen y desaparecen entre los árboles que lo circundan, está acabando de recoger los pases para la primera visita del día al museo. El silencio y armonía que la sociedad japonesa tanto admira, reinan en el ambiente.

Una vez está todo dispuesto, un guía del museo barcelonés los acompaña iniciando el recorrido, con la apertura de las puertas de cristal que dan acceso a las salas interiores, mientras la guía del grupo empieza con las explicaciones sobre la historia del edificio, obras de arte y autores que ocupan sus espacios de exposición.

Después de visitar algunas salas con excepcionales piezas escultóricas entre la colección de arte en piedra, entran en una de las salas de escultura sacra, en su mayoría tallas hechas en madera, en las que aún se observan intactos sus colores, pese al implacable paso del tiempo y gracias a las tareas de los conservadores del museo.

Los turistas, maravillados por las piezas de arte expuestas, sucumben ante su belleza mientras escuchan atentamente las explicaciones. Mientras tanto, una joven de unos quince años que acompaña a sus padres en la visita, y haciendo ademán de su curiosidad, decide separarse del grupo para descubrir en solitario una pequeña sala donde se expone una colección de cristos crucificados de distintas épocas.

Al llegar a la entrada del cubículo se da cuenta de que, además de las grandes tallas de crucifixiones colgadas en las paredes, hay una pieza en el mismo centro de la sala, que curiosamente no aparece en el catálogo que lleva en sus manos. Apenas está iluminada y un extraño y fuerte olor parece llegar a sus papilas olfativas. Se trata de una especie de rueda de carro de madera, dispuesta de forma vertical, anclada con un soporte, también de madera, y que la sostiene sin tocar el suelo. Saliendo del soporte, y perpendicular a la rueda, hay lo que parece ser una manivela. El artefacto es lo más parecido a la mitad de un carro dispuesto al revés. Sobre la rueda, y siguiendo su circunvalación, hay atado lo que cree una excelente recreación de un maniquí bastante maltrecho, sucio y desnudo. Ante el inesperado y extraño hallazgo, mira hacia atrás para saber si alguien la ve, pero todo el grupo sigue pendiente de las explicaciones de la guía que les ha llevado al museo.

Sabe que sus padres, unas personas mayores y de la vieja escuela, no aprobarían que se separase del grupo, por su propia seguridad, y porque sus estrictas normas de comportamiento y educación se lo impiden. No obstante, y haciendo gala de la curiosidad adolescente que corre por sus venas, no puede resistirse a la tentación del descubrimiento de algo nuevo, quizás prohibido. Por ello, se decide a pasar del umbral del arco que separa ambas salas y se dirige al centro de la sala de las crucifixiones, para ver más de cerca el extraño artefacto dispuesto en el mismo centro.

Cuando llega a él cree ver, efectivamente, el cuerpo desnudo, sucio y grotesco de un maniquí hiperrealista de un hombre anciano, atado a la rueda de pies y manos mediante cuerdas muy deshilachadas. En lugar de genitales hay una profunda herida, como si hubieran sido brutalmente seccionados, y de la boca, entreabierta, parece haber salido abundante sangre. Sorprendida por el hallazgo, decide recorrer con la mirada centímetro a centímetro de lo expuesto, sin saber ni entender qué hace semejante escultura tan extraña como prohibida para ella, pues la visión de un hombre desnudo de avanzada edad, aun siendo un maniquí, no sería en absoluto aprobada por sus padres.

El realismo la tiene fascinada y ello, sumado a la curiosidad inherente de una persona tan joven como inexperta como ella, la empuja a tocar suavemente la madera de la manivela, la cual parece que puede llegar a moverse. Le ronda por la cabeza tocar el maniquí, quiere sentir la sensación de palpar la piel desnuda de un muñeco inanimado, como si de un fetiche secreto se tratara.

Aislada totalmente del exterior y ensimismada con la figura, finalmente decide tocarlo, cuando en ese momento entra todo el grupo de turistas en la sala, precedidos de la guía que los acompaña. Con su entrada, la joven se asusta y da un manotazo a uno de los pies del cuerpo, sin darse cuenta de que acaba de desequilibrarlo sobre el eje de la rueda, y la fuerza de la gravedad acaba haciendo el resto. Inexorablemente, el cuerpo desnudo e inerte de un anciano gira por su propio peso en dirección al frontal donde se encuentra todo el grupo y la misma joven, que ve como el cuerpo recobra una verticalidad invertida. Justo ante ella se desvela el horror de la imagen de un cuerpo real que se encuentra abierto en canal y con la piel del tronco visiblemente chamuscada, desollado y expulsando literalmente todo su tracto digestivo sobre la joven por la enorme incisión desde los genitales, que parecen arrancados de cuajo, hasta la boca del estómago.

La muchacha cae al suelo, horrorizada entre gritos y literalmente bañada en sangre y vísceras malolientes, mientras su padre sale corriendo de entre el grupo al rescate de su hija para sacarla de semejante visión del inframundo. Inevitablemente, mientras parte del grupo prefiere taparse la cara ante tal escena inmunda, otros aprovechan para sacar cuantas fotografías puedan, como si se tratase de un instinto cazador del instante del horror.

En pocos minutos, y después de la llamada del personal del museo a emergencias, diversos efectivos de los Mossos d’Esquadra, la policía catalana, acompañan a los turistas y a la desdichada joven a otra sala para iniciar las pesquisas de la investigación. El museo ha sido tomado ya por la policía, que ha acordonado toda la zona.

Al contrario de lo que la joven podría creer, en lugar de reproches solo encuentra apoyo y protección por parte de sus padres. Mientras tanto, miembros de la Policía Científica, ataviados con sus equipos especiales de protección para evitar la contaminación de la escena del crimen, entran en el museo para buscar evidencias sobre tan cruel hallazgo.

III

Pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.

Juan 4, 14



Martes, 19 de octubre. 7 de la mañana. Plaza do Toural, Fuente de los Condenados, Santiago de Compostela



Con la primera luz del día, Julia, una joven de unos treinta años, con un café para llevar en una mano y una pequeña mochila colgada del otro hombro, recorre una de las callejuelas que van a parar a la Plaza do Toural, donde se encuentra el histórico edificio del Pazo de Bendaña, sede del museo Eugenio Granell, del cual es la responsable de recepción. En esta fresca y húmeda mañana, y sin un alma en la calle, se oye un extraño silencio en toda la plaza y pronto echa a faltar algo cotidiano. No oye a los pájaros que acostumbran a revolotear entre los edificios para bajar a beber de la histórica fuente. A medida que su camino la conduce al centro de la plaza, en la dirección más corta hacia el edificio, ve lo que parece ser un largo saco atado por las puntas al pilón de la fuente.

Mientras se acerca a la fuente que tiene que circundar empieza a descubrir que, lejos de ser un viejo saco de un aspecto gris y blanquecino, se trata del cuerpo sin vida de un hombre muy mayor, desnudo y atado de forma invertida a la Fuente de los Condenados, con la cabeza bajo el agua.

Al contemplar tan macabra escena, la joven queda paralizada y deja caer el vaso de café, derramando todo su contenido aún caliente al frío piso de la plaza, y lanza un grito de horror y espanto que despierta a todo el vecindario. Como si de un panal de abejas se tratase, va oyéndose la apertura de pórticos y ventanas, de los que aparecen las cabezas de los vecinos para comprobar con sus propios ojos, estupefactos y horrorizados, el origen de semejante grito.

Bajo el ruido del silencio tan solo se oye un murmullo en el ambiente, tal vez recordando épocas pasadas, cuando se ajusticiaba a algún reo en laplaza y el pueblo observaba, unos, complacientes por haberse hecho justicia, otros, indignados por la falta de ella, y otros, como simples espectadores del circo de la vida, con toda la indiferencia de lo que ya se acepta como algo cotidiano.

En un par de minutos, el cartero por todos los vecinos conocido, que se disponía a entrar en la plaza para empezar su jornada, al encontrar tan cruenta escena al lado de la joven saca su móvil del bolsillo y llama inmediatamente a emergencias. Después de realizar la llamada, Julia, la paralizada recepcionista, se abraza al cartero, dando la espalda a la fuente, tal vez en un intento de eliminar de su mente tal visión, trasladándola a un mal sueño, una horrenda pesadilla sacada de una película de terror.

Poco a poco la plaza empieza a ser ocupada por vecinos y turistas, entre la estupefacción y el horror de la escena, mientras en unos minutos llegan un vehículo de la policía local y unos minutos más tarde, dos más de la nacional.

Entre la multitud, los agentes tienen problemas para acordonar la plaza y facilitar las tareas de la Policía Científica, que empieza a obtener las primeras pruebas fotográficas del cadáver.

Al tratarse de un espacio público a la vista de viandantes, los agentes no pueden poner freno a la rápida propagación por internet de las impactantes imágenes tomadas por decenas de curiosos y medios de comunicación que han acudido al lugar de los hechos, con tan solo unos minutos de diferencia con los servicios de emergencia. El «condenado», apodo interpuesto por algún vecino que ha acudido como testigo de excepción, en alusión a la localización donde ha sido encontrado, ya es de dominio público entre todo el vecindario, y pronto lo será en toda la ciudad y el resto del país.



Una hora después, en San Sebastián



Gonzalo Sanmartín, de unos cincuenta años y en plena forma, disfruta de su sesión matinal de footing por el paseo marítimo de la playa de La Concha, en San Sebastián, donde reside con su esposa Carmen y su hija Andrea en una antigua casona de una zona residencial, al final del paseo.

Amenaza tormenta en esta fresca y nublada mañana en la costa de San Sebastián. Aun así, el paseo empieza a poblarse de vecinos y foráneos para disfrutar del paisaje que ofrece la bahía. Algunos, como si se tratase de un ritual, se dan un baño en las poco amables aguas del Cantábrico, mientras las gaviotas, como vigilantes alados, aprovechan el viento para surfear a escasos metros del mar, en busca del pescado que es desechado por las pequeñas barcas de pesca artesanal, que vuelven al puerto después de toda una noche de trabajo.

Como cada martes, día en que Gonzalo libra de sus clases en la universidad, finaliza su trayecto por el paseo donostiarra en el Haizea, un bar de pintxos de toda la vida, y del que es cliente fiel desde que llegó con su esposa a San Sebastián, hace unos veinte años. Gonzalo entra en el bar, ataviado con su ropa de deporte y un chubasquero para evitar la característica y húmeda brisa marina.

El inigualable olor a café recién hecho, así como la agradable temperatura del interior del local, le ayudan a recuperar el aliento. Mientras tanto, Gorka, el dueño del establecimiento, un vasco tan corpulento como de buena pasta y servicial, está preparando desayunos para la clientela que empieza a ocupar las antiguas mesas de mármol y forja. Patxi, un pescador jubilado y cliente habitual de toda la vida, de los que no se quita la txapela ni para dormir, está sentado en la barra tomándose un txakoli, impactado con las noticias que dan por televisión, apenas sin pestañear y aguantando un sobado mondadientes entre sus labios.

Gonzalo se desabrocha el chubasquero mientras se sienta en uno de los taburetes de la barra, interponiéndose entre Patxi y la televisión sujeta a la pared.

Gorka, con su sonrisa habitual, limpia el mostrador frente a Gonzalo y con un gesto de interrogación espera su respuesta.

—¿Qué ponemos hoy, profesor? ¿Lo de siempre?

—Buenos días, Gorka. Joder, hoy la humedad y el fresco empiezan a notarse… o cada vez hacen la ropa más fina.

—¡Venga ya! La culpa la tienen esos que han puesto de moda que la grasa es mala para el cuerpo. ¿No ha visto a todos estos que se bañan en la playa cada día del año, haga el frío que haga? ¿Ha visto a alguno que esté fino como un arenque? ¿A qué no? Tengo una clienta habitual, Ane Guisasola, una actriz, mayor ya, pero todo un personaje, que viene a merendar con sus amigas, que no hay día que no se pegue un baño. ¡A esta aún no hay Dios que la haya visto enferma!

Gonzalo asiente con una carcajada.

—Razón no te falta, compañero. Eso díselo a la jefa, que un día se miró al espejo y dijo que nos teníamos que poner a dieta, que era más sano y que viviríamos más años y mejor.

—Tócate los cojones… Las mujeres, menudas son para mandar —responde airadamente Gorka.

Con un golpe en la puerta basculante que da acceso a la cocina sale María, la mujer de Gorka, una mujer con tanta humanidad como carácter. Sale por detrás de la barra y se acerca a Gonzalo.

—¡A ver! ¡Qué pasa aquí, pues! ¡Mucha labia y poca teca! Que tienes aquí a Gonzalo helao de frío ¡y sin meter nada en el cuerpo!

—Lo que le digo… —Gorka hace un gesto con la cabeza y los ojos, señalando a su mujer.

—Qué te pongo, rey… que tengo al berzas este que parece que el frío me lo deja atontao.

—Ponme un pincho de esos calamarcitos rebozados que tienes por ahí, que tienen una pinta fantástica… y un café con leche… desnatada, por favor —responde Gonzalo guiñando un ojo a Gorka.

—¡Joder con la línea! —Gorka se gira y se dispone a preparar el café con leche.

Gonzalo, con una sonrisa de complicidad en la cara, da una caricia a María en un brazo.

—¿Cómo está tu madre? Hace días que no la veo por aquí.

—Bueno… anda bastante pachucha estos días. Ya sabes, la mujer tiene ya 85 años, con toda la medicación que tiene que tomarse y este tiempo, pues tú dirás… bastante ha tenido que pasar.

—Es normal, mujer… pero ya verás que en pocos días vuelves a tenerla por aquí, poniendo orden en el bar.

—¡Uy! Sí… eso que a mi Gorka le pone tan contento. ¿Verdad, maitea?

Gorka, mientras vierte la leche caliente y espumosa en el café con leche, levanta los ojos y responde con un apretar de morros y achinar de ojos, asintiendo de forma irónica.

María se da cuenta del inusual interés de Patxi por la televisión.

—¡Oye! ¿Y a ti qué te pasa hoy, que parece que se te ha secao la lengua?

Sin mediar palabra, Patxi se quita el mondadientes de la boca y señala la televisión con la cabeza, con cara de perplejidad. Ante el extraño interés de Patxi por las noticias, María, Gonzalo y Gorka, cogiendo el mando a distancia que tiene tras él para subir el volumen, desvían su atención hacia la televisión, donde aparece un boletín especial informativo con una conexión en directo.

—¡Eh! Bajad un poco la voz, que quiero oír lo que dicen en las noticias —exclama María al resto de clientes asiduos al Haizea, mientras hace señas a Gorka para que aumente el sonido de la televisión—. ¡Gorka! Venga, dale caña al trasto este.



Plaza do Toural, Santiago de Compostela



La periodista que aparece en la pantalla está relatando la noticia desde el lugar de los hechos.

—Como relatábamos en la anterior conexión, desde la céntrica Plaza do Toural, en el mismo corazón del casco antiguo de Santiago de Compostela y como único testigo la famosa Fuente de los Condenados, a primera hora de la mañana ha aparecido el cadáver desnudo de un hombre de avanzada edad, atado de forma invertida al pilar de la fuente, con la cabeza sumergida en el agua, según relatan los testigos.

»Consultadas las fuentes de la policía municipal, que han sido los primeros en llegar al lugar de los hechos, por el momento no disponen de ninguna información que pueda dar pistas sobre la identidad de la víctima, y tampoco del supuesto o supuestos individuos que han podido cometer este acto tan atroz.

La pantalla de la conexión en directo queda dividida en dos y aparece la presentadora de un conocido magacín matinal de televisión.

—Marta, perdona, ¿has podido hablar con los testigos? ¿Con la persona o personas que se han encontrado con esta horripilante escena a primera hora de la mañana?

El monitor de la conexión en directo vuelve a ocupar toda la pantalla.

—En efecto, Ana, aquí a mi lado tengo a Julia, que es la responsable de recepción del Pazo de Bendaña, un edificio histórico del siglo xviii que hoy alberga la sede de la Fundación Museo Eugenio Granell.

Marta se gira hacia Julia y le acerca el micrófono.

—Julia, ¿puedes relatarnos qué has visto y que ha ocurrido?

Julia intenta recomponerse, y mientras se seca los ojos con un pañuelo, responde con voz temblorosa:

—Sí, bueno… yo me dirigía a la entrada de la sede, a primera hora, a eso de las siete de la mañana, como cada día, para ponerlo todo en marcha, antes de la apertura al público, y cuando venía desde el callejón… —Julia señala un callejón de enfrente— pues a esa hora, aunque entra la primera luz del día, entre las farolas y eso, pues la verdad, acostumbrada a verlo todo siempre igual, pues como que no te fijas mucho… El tema es que me percaté que en el pilar de la fuente había una especie de saco muy largo y atado por las puntas.

»Así que me acerqué a la fuente y entonces vi a un hombre, tal y como vino al mundo, madre mía… —Julia recuerda las imágenes y se echa la mano a la boca con amarga emoción, mientras la periodista hace un gesto tranquilizador, acariciándole el hombro.

—Tranquila, Julia, tomate tu tiempo… —la cámara se acerca más al rostro de la testigo, que se coloca la mano en el pecho.

—Perdón, bufff… es que la imagen me ha impactado mucho, no sé si es por la forma, que el hombre parecía muy mayor… tal y como estaba atado a la fuente, la expresión de su cara, cuando la he visto a través del agua, qué horror… no se me olvidará en la vida. Además, le faltaban sus partes… ha sido realmente horrible.

La reportera asiente con la cabeza, y mirando a cámara, sigue preguntándole:

—Ha tenido que ser realmente una escena muy impactante. Antes me contabas que esta plaza, y en especial esta fuente, tienen mucha historia, ¿no es cierto?

Julia asiente con la cabeza mientras contiene sus emociones.

—En efecto, la fuente cuenta con su pequeña leyenda. Fue construida hacia 1820, tras unos trescientos años desde su primera solicitud por parte del pueblo a las autoridades municipales. El retraso en su construcción fue debido a que no existía canalización de agua hasta aquí, ya que la Santa Inquisición, que poseía terrenos en las cercanías, recogía la canalización de agua… y de ahí... pues ya no llegaba a otros lugares del entorno. De hecho, hasta la desaparición de la Inquisición no se pudo traer el agua hasta aquí y dar vida a su fuente.

»La parte más oscura de la leyenda de la fuente, y es que aún se escucha de vez en cuando por Santiago la historia, dice que el punto donde emana el agua que alimenta a esa fuente es donde bebían los condenados por los tribunales de la Santa Inquisición.

Marta asiente con la cabeza ante Julia y con una sonrisa se dispone a terminar la conexión.

—Muchas gracias, Julia. Esta historia ha sido realmente interesante, a la vez que añade más incógnitas a lo que ha podido suceder aquí esta madrugada, y tal vez, podría tener alguna conexión con esta macabra escena.

La pantalla vuelve a ocupar la mitad de la pantalla y la presentadora del magacín despide la conexión.

—Muchas gracias, Marta, y sobre todo, muchas gracias a Julia por este desgarrador relato de lo que ha sucedido y de qué forma tan instructiva nos lo ha contado. Esperemos que pueda reponerse pronto del susto, y también, que las fuerzas de seguridad puedan encontrar al autor o autores de esta crueldad... Gracias, Marta.

»Como han podido ver en sus pantallas, la ciudad compostelana, donde descansan las reliquias del apóstol Santiago, y a tan solo unas semanas de la tan esperada visita del papa Benedicto XVI, ha despertado con la macabra escena de un cruel asesinato en el corazón de sus calles. Seguimos ahora con las noticias que han ido pasando en nuestro entorno…

Desde la Plaza do Toural, la periodista recoge y entrega el micrófono a su compañero, mientras comenta con Julia la historia.

—Madre mía, qué susto te has tenido que llevar. Créeme, en mi oficio ves un montón de cosas, unas más desagradables que otras, pero esto ha tenido que ser muy impactante.

—La verdad es que sí. Se me ha quedado muy mal cuerpo. La imagen me ha recordado a unos de esos cuadros antiguos de grandes autores, como Goya, que pintaban las atrocidades de la época, de forma oscura y con toda la crueldad que relataba el cuadro. Es una imagen que tardaré en borrar de mi memoria.

En ese momento se les acerca una mujer muy mayor, siendo visibles en su pálido rostro los efectos del paso del tiempo y experiencias vividas en sus carnes. Coge de la muñeca a Marta, la periodista, reclamando su atención y con una voz cabizbaja y ronca, le susurra casi al oído:

—Isto ten que ser algo de meigas... os días escuros teñen que vir...

Marta, entre perpleja e incrédula, responde a la anciana:

—Bueno, mujer, si usted supiera, hay mucha maldad por ahí fuera, pero esté tranquila, seguro que la policía los cogerá tarde o temprano.

Con un gesto vehemente, la anciana mira fijamente a Julia con los ojos entornados, se santigua murmurando algo inteligible y se marcha por donde ha llegado.

En ese momento se acerca un policía nacional de uniforme, dirigiéndose a Julia.

—Disculpe, si no le importa, necesitaría que me acompañase a comisaría para firmar su declaración.

—Sí, sí… se lo digo a mis compañeros de la sede y le acompaño. —Julia se despide de la periodista—. Tengo que irme… Muchas gracias, Marta, espero haberte podido ayudar, aunque creo que me he puesto un poco nerviosa ante la cámara.

—¡A ti, Julia! Lo has hecho fantástico. Eres muy valiente y lo has contado fenomenal —acaban las dos dándose un cálido abrazo—. Ya verás como pronto cogerán al enfermo que ha sido capaz de hacer esto, madre mía…



Bar Haizea, San Sebastián



Mientras tanto, en el bar Haizea comentan lo que ya se ha convertido en noticia del día. Gorka, apoyado de manos en el mostrador del bar, exhibe su perplejidad e indignación.

—Madre de Dios… esto cada día va a peor. Ya me dirá, profesor, qué tendrá en la cabeza la gentuza esta, que se dedica a hacer estas maldades. Nadie merece acabar su vida como este pobre hombre, haya hecho lo que haya hecho —y se gira mirando a Patxi, que sigue ensimismado con la televisión—. ¿Y tú qué dices, Patxi? ¿No te ha sentao bien el txakoli o qué?

Patxi, un viejo lobo de mar con muchas experiencias a sus espaldas, admite su preocupación.

—Dirán lo que quieran, pero esto… —dice con su voz ronca, señalando la televisión con el mondadientes recién sacado de la boca—. Esto tiene muy mala espina. No es una cosa cualquiera, ya me entiendes —y después de darse el último trago del txakoli, vuelve a meterse el palillo en la boca, coge uno de los periódicos del mostrador y se aísla en su lectura diaria.

Gorka lanza una mirada a Gonzalo, con expresión de perplejidad, mientras va secando unos vasos de cristal.

—¿Y usted, profesor? ¿Qué piensa de todo esto?

Gonzalo da un sorbo a la taza de café con leche humeante y se queda pensativo unos instantes.

—La gente nunca deja de sorprenderte, y por mucho que nos pese, muchas veces para mal. Créeme, la historia está llena de miles de formas inventadas por el hombre para hacer daño a otro. ¡A eso le llamamos inteligencia!

María da un golpe con la mano abierta en el mostrador y replica de forma vehemente a Gonzalo.

—Pues yo, qué quieres que te diga. Por desgracia, aquí hemos conocido muchas formas de hacernos mal los unos a los otros, y a eso no le llamaría yo inteligencia, sino mezquindad y falta de humanidad… y cosas como esas… —señala con el pulgar hacia la televisión tras ella— ¡no tienen perdón de Dios!

—Razón no te falta, María, razón no te falta —asiente Gonzalo mientras da un último sorbo al café con leche.

Bueno, y a lo que importa, ¿cómo está tu hija? —pregunta María bajando la voz y reclinándose en el mostrador hacia Gonzalo.

—Sigue su curso, ya sabes —responde mirándola a los ojos—, es solo cuestión de tiempo. Carmen y yo le dedicamos todo el tiempo que podemos para hacerle la vida más fácil.

—Vosotros ya lo sabéis —asiente María—, lo que necesitéis, aquí estamos este mozo y yo para lo que haga falta… ¡y que buenamente podamos!

—Por supuesto, y nosotros os estamos muy agradecidos —responde Gonzalo sonriendo.

Gonzalo llega a su casa una hora más tarde, con un par de barras de pan bajo el brazo. El edificio unifamiliar es una casona de los años cincuenta, al final del paseo donostiarra, con un pequeño jardín a la entrada lleno de flores que cuida pacientemente Carmen, su esposa.

Mientras saca las llaves de casa del bolsillo, de una riñonera que lleva alrededor de la cintura, se da cuenta de que hay un coche oscuro que no le es familiar aparcado frente a la puerta. Pensativo, no recuerda que estuvieran esperando ninguna visita.

En el salón le espera Carmen, que se levanta de un sofá situado frente a la chimenea. También se levanta Candela Santos, una mujer de apariencia asiática de unos treinta y cinco años, con media melena morena lisa, recogida en una cola de caballo y vestida con una cazadora de piel marrón, camisa blanca y pantalones gris oscuro. En su rostro se refleja el cansancio.

Gonzalo deja las llaves en un cuenco plateado sobre el recibidor, justo al lado de la puerta, mientras observa detenidamente a la invitada.

—Gonzalo, tienes visita. Te presento a la inspectora Santos, de la Policía Nacional de Madrid.

—Un placer, profesor —Candela tiende la mano para saludar a Gonzalo, que le devuelve el saludo.

—Lo siento —responde—, vengo de hacer un poco de deporte y no voy muy presentable que digamos.

—No se preocupe, profesor, va a ser cosa de solo unos minutos y no le molesto más —dice la inspectora con una sonrisa.

Carmen cree que debe dejarles solos, por lo que se despide de la inspectora.

—Gonzalo, ¿quieres un café con leche?

—No, no, gracias, Carmen, acabo de tomarme uno en el Haizea —responde Gonzalo sonriente.

—Ya… Bien, os dejo solos para que podáis hablar tranquilos. Un placer, inspectora. Por cierto, si no se come esas galletas caseras me estará haciendo un feo, que además la veo con cara de cansada y seguro que le va a ir muy bien un subidón de azúcar —dice Carmen guiñando un ojo a Candela mientras sale del salón, cerrando las puertas correderas de cristal cuarteado.

Gonzalo señala con la mano tendida el sofá, invitando a Candela a retomar asiento, mientras él se sienta en un butacón que hay a su lado.

—Su esposa ha sido muy amable y tiene una casa preciosa —comenta Candela para romper el hielo.

—Gracias, inspectora. Ya veo que le ha caído bien a Carmen, le ha ofrecido lo que me tiene prohibido a mí. —Sonriente, señala con los ojos una bandeja de pastas de té recién hechas, acompañadas de una taza de café, a lo que Candela no puede dejar de esgrimir una sonrisa de complicidad—. ¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarla? —pregunta Gonzalo, habiéndose fijado en una carpeta con el logotipo de la policía y que Candela ha dejado encima de la mesa de centro.

La inspectora le muestra su placa e identificación a Gonzalo, en señal de transparencia, y empieza a explicarse.

—Bien… disculpe, no me he presentado. Mi nombre es Candela Santos, inspectora de la Comisaría General de Seguridad Ciudadana de la Policía Nacional de Madrid —dice mientras Gonzalo, algo perplejo, observa su identificación—. Si no estoy mal informada, es usted uno de los mejores especialistas, si no el mejor, en historia medieval. Dirige usted el Departamento de Historia Medieval, Moderna y de América del País Vasco, además de tener en su haber múltiples artículos y estudios publicados en medios de referencia de alto prestigio. Las universidades de todo el mundo hacen cola para tener un hueco en su agenda para poder exponer a catedráticos y alumnos sus trabajos de investigación…

Gonzalo interrumpe la exposición de Candela alzando su mano derecha.

—No pretendo ser descortés, pero gracias a Dios por el momento aún recuerdo mi currículum.

—Disculpe. Precisamente su último libro, Reino de Sombras, en el que desgrana la evolución de la tortuosa relación entre el clero y la sociedad, desde la Edad Media hasta nuestros días con todo tipo de detalles, fue determinante para demostrar a mis superiores cuán valiosos son para nosotros en este momento su experiencia y el conocimiento de la materia que nos ocupa. En definitiva, necesitamos su ayuda.

—No sé cómo puedo ayudarles. Soy un simple profesor de universidad, que ama su familia y su trabajo —contesta sonriente Gonzalo, quitándose protagonismo.

—¿Ha oído las noticias de esta mañana o ha echado un vistazo a internet?

Gonzalo queda pensativo un instante, a la vez que perplejo.

—Algo he oído, pero sigo sin entender cómo puedo ayudarles.

Candela recoge la carpeta de la mesa de centro y la abre. En ella pueden entreverse un montón de fotografías de escenas del crimen y documentos oficiales.

—Para empezar, le pido disculpas, pues gran parte de las imágenes, como verá, son explícitamente violentas, pero comprenderá que deben forman parte de la investigación. Se lo resumo. En el transcurso de seis días, y en ciudades diferentes, se han hallado dos cadáveres que nos hacen creer que podrían tener alguna relación con el encontrado esta mañana, en Santiago de Compostela, donde ha sido hallado el cuerpo sin vida de un hombre anciano, totalmente desnudo, atado a la pila de una fuente y con la cabeza sumergida en el agua —Candela empieza a mostrarle las primeras fotografías inéditas, y con detalle, de un cuerpo sin vida atado a la fuente.

—Sí, lo he visto por televisión, debe de haber sido horrible. Aquí, y en nuestra época, no estamos acostumbrados a encontrarnos con estas atrocidades. Por cierto, si ha ocurrido en Santiago de Compostela, ¿cómo es posible que usted ya disponga de estas imágenes?

—Muy observador… Antes de venir a su casa me he pasado por la Comisaría Central, aquí, en Donosti, donde me han facilitado una copia de las fotos.

Candela le hace una seña con el dedo índice para indicarle que preste atención a lo que va a enseñarle. Empieza a sacar de la carpeta numerosas fotografías de los cadáveres encontrados en los días previos en Sevilla y en Barcelona.

—No es el único caso, profesor. Hace tres días fue descubierto otro cadáver en extrañas circunstancias en un museo de Barcelona, y tres días antes apareció otro cadáver en una iglesia de Sevilla. Además, hay un dato importante sobre la identidad de las víctimas que aún no ha salido a la luz.

Gonzalo se queda mirándola con atención.

—¿Y bien?

—Las víctimas formaban parte de la Iglesia católica, y por su edad, ya habían pasado a la jubilación.

Gonzalo, con cara de preocupación, se levanta del butacón de cuero y se dirige a la vieja repisa de madera, situada sobre la chimenea de piedra. Entre los objetos que hay encima de la repisa se fija en una foto de su hija Andrea, cuando apenas tenía cinco años. Ojea la repisa y se mete las manos en los bolsillos, sin encontrar lo que está buscando.

—Maldita sea, ¿dónde habré puesto mis gafas?

—¿Ha mirado encima del recibidor de la entrada? Creí ver unas gafas allí —dice Candela.

Gonzalo arquea las cejas y abriendo las puertas correderas se dirige a la entrada, donde efectivamente se encuentran sus gafas. Sonriente, las recoge de la mesita del recibidor y vuelve al salón, cerrando las puertas tras de sí, sin darse cuenta de que Inca, una preciosa rottweiler, se ha colado sigilosamente para sentarse justo ante Candela, escudriñándola con los ojos de forma paciente, entre la curiosidad y la necesidad imperiosa por la protección de la casa y sus amos.

Mientras vuelve a sentarse en el butacón, se coloca las gafas y recogiendo el montón de fotografías que Candela le ofrece, la perra y él se intercambian una mirada cómplice.

—¿Le gustan los perros? —interroga a Candela mientras Inca arquea su cabeza como si esperase una respuesta de la invitada. Candela sonríe.

—Me encantan. Lástima que por mi trabajo, y por donde vivo, no puedo tener ninguno, pero en general los animales me encantan, a veces incluso creo que más que algunas personas.

Candela dispone su mano ante el hocico de Inca, que la huele y le suelta un lametón, en señal de confianza, por lo que entiende que puede acariciarle la cabeza y lo hace de forma suave. La perra, confiada con las intenciones de Candela, acaba tumbándose en el suelo, tras un suspiro perruno, para acompañarlos.

—Es una lástima que se etiquete de forma tan cruel a un animal tan fiel y responsable como este por el mero hecho de pertenecer a una raza en concreto, cuando no hay perro peligroso, pero sí un amo que puede llevar la crueldad en su ADN, ¿no cree, inspectora? —pregunta Gonzalo, mirando por encima de las gafas de ver de cerca.

—Totalmente de acuerdo con usted, aunque al fin y al cabo, si lo hacemos con nuestra propia especie, tan iguales y diferentes como podemos llegar a ser, cómo no vamos a hacerlo con los animales. Una verdadera lástima —responde con el pensamiento en épocas pasadas.

Gonzalo ojea cuidadosamente las fotografías, tal vez leyendo entre líneas detalles que le son conocidos.

—Disculpe mi ignorancia, pero si los crímenes han ocurrido en Sevilla, Barcelona, y ahora en Santiago de Compostela, ¿qué tiene que ver la Comisaría General de Madrid en el caso? ¿No deberían ocuparse las comisarías competentes en cada ciudad?

—De hecho, así ocurrió en el primer caso registrado en Sevilla. Además, gracias al arzobispo y a la colaboración de los testigos, se pudo mantener cualquier detalle bajo secreto, y ni tan solo los medios llegaron a saber qué ocurrió realmente.

»Tres días después se descubrió el cadáver de Barcelona —dice Candela mientras le muestra varias fotografías—. Esto ya no fue tan fácil, pero gracias a las pesquisas y la coordinación con la policía catalana, del grupo de testigos, que eran ciudadanos japoneses, pudieron requisarse todas las imágenes de teléfonos móviles y cámaras antes de que pudieran ser públicas. El consulado japonés entendió la delicada situación y facilitó mucho las cosas, y aunque alguna imagen llegó a filtrarse en la red, se pudo intervenir rápidamente para eliminarlas.

—Ya… —asiente Gonzalo con una sonrisa algo cínica.

—Hoy, como bien ha podido comprobar, los medios de comunicación se han hecho eco del tercer cadáver, esta vez en Santiago de Compostela. Ante la opinión pública, los tres casos no tienen vinculación aparente, mientras el laboratorio forense ya está trabajando en la identificación del último cuerpo para poder empezar con algo tangible. Ahora mismo, la vinculación con el clero nos lleva a pensar en una posible relación entre los tres casos, además de los evidentes signos de tortura pre mortem a la que fueron sometidas las víctimas, sin muestras aparentes de uso de arma de fuego, y por tanto, su muerte parece estar directamente relacionada con dichas torturas. Los tres cadáveres eran de avanzada edad y cada crimen se ha perpetrado con tres días de diferencia. Y ahí es donde necesitamos su experiencia y conocimiento de la materia, ya que al menos en principio, las muertes han podido ser perpetradas como parte de algún ritual. Además, la puesta en escena de cada caso tiene un elemento en común, como el uso de instrumentos y parafernalia que parecen sacados de la Edad Media.

Gonzalo, que ha permanecido atento a la exposición de la inspectora, se quita las gafas y deja las fotografías encima de la mesa de centro.

—Bien. ¿Y cómo puedo ayudarles? ¿Creen que yo puedo encontrar al culpable? —pregunta de forma algo incrédula.

—Para poder encontrar al culpable, o culpables, necesitamos saber cómo lo hizo, qué le empujó a hacerlo usando estos métodos de tortura de otras épocas, cómo escogió a sus víctimas, sabemos que habían sido miembros de la Iglesia católica, pero desconocemos si había otras vinculaciones entre ellos, y sobre todo, necesitamos saber cuál es el objetivo del asesino o asesinos con todo esto. Con ello, cabe recordar que estamos a escasas semanas de la visita del papa de Roma, por lo que comprenderá que han saltado las alarmas en todos los niveles.

Gonzalo se levanta del butacón, decidido.

—Mire, inspectora Santos. De verdad, aprecio su interés por mis conocimientos y mi trayectoria profesional, pero no veo de qué forma puedo ayudarles a encontrar a un asesino. Afortunadamente, nunca me he visto en la necesidad de relacionarme con estos temas, sobre todo porque creo que en la historia de la humanidad hemos vertido sangre hasta la saciedad, algunos por ideas, otros por obtención de poder, y otros por maldad, algo inherente en nuestra especie.

—Profesor, si me permite... —Candela se levanta del sillón, intentando argumentar su petición—. Entiendo que es un campo, mi campo, que no es plato de buen gusto para nadie, pero usted, todo un erudito en la Edad Media, una de las épocas más oscuras de la humanidad, ¿acaso no ha visto lugares, leído textos antiguos, incluso tocado algunos objetos que habían formado parte de crueles asesinatos y masacres que quedaron impunes, muchos de ellos olvidados en los siglos posteriores? ¿No le hubiera gustado intentar evitar muchos de ellos? ¿Que gracias a sus conocimientos las víctimas hubieran podido descansar en paz, sabiendo que finalmente sus vidas y nombres no se esfumarían como si nunca hubieran existido?

—Inspectora, soy historiador, y eso comporta aceptar e intentar explicar la historia tal y como sucedió, no buscar la forma de cambiarla, ni tergiversarla, como parece que se han apuntado unos cuantos anteponiendo sus ideas políticas a la verdad —argumenta Gonzalo algo malhumorado.

—Tiene toda la razón, tal vez no he escogido el mejor argumento para pedirle su colaboración. Hoy, ahora, se trata de evitar que mañana la historia vuelva a repetirse, y sus conocimientos pueden ayudarnos a encontrar al culpable o culpables. Sé que puede tomárselo como una gran responsabilidad por su parte, pero al final de la escala nosotros no somos los máximos responsables, sino que lo es el asesino. Nosotros solo estamos para aunar esfuerzos y compartir conocimientos para evitar que siga actuando.

Gonzalo, pensativo, va hacia la repisa de la chimenea, y recogiendo uno de los retratos de su hija Andrea en la playa cuando era solo una niña, se acerca a uno de los ventanales del salón desde los que se puede ver la fuerza del mar y parte de la bahía.

—¿Puedo hacerle una pregunta, inspectora?

—Llámeme Candela, por favor —responde mientras se acerca también al ventanal.

—Mi profesión como historiador e investigador me ha enseñado que si bien la justicia y la educación son una de las mejores vacunas para evitar que el virus de la intransigencia y el olvido vuelvan a adueñarse de una sociedad, remover ciertos momentos de nuestra historia, sobre todo, partes de ella que sobrepasan nuestro conocimiento y mente científica, puede dejar aflorar monstruos que desconocemos o que teníamos olvidados.

»Además, desconozco si estará usted al tanto de que tengo una hija de veinte años, enferma, con el síndrome de Batten, una enfermedad degenerativa, considerada «rara», que le fue diagnosticada cuando solo tenía cinco años. Es un trastorno hereditario del sistema nervioso que comienza en la niñez y acaba siendo mortal. Los primeros síntomas aparecen cuando un niño aparentemente normal comienza a presentar convulsiones o problemas de visión. En algunos casos los primeros signos son sutiles, manifestándose en cambios de personalidad y del comportamiento, lentitud en el aprendizaje o tropiezos al caminar.

»Con el paso del tiempo, los niños afectados padecen incapacidades mentales, convulsiones más severas y la pérdida progresiva de la vista y de las capacidades motrices. En muchos de los casos, los niños que padecen esta enfermedad quedan ciegos, postrados en una cama y con demencia, hasta llegar a los últimos años de la adolescencia y, con suerte, a la edad de veinte años, en la que finalmente mueren, sin más.

»Como usted comprenderá, inspectora Santos, deseo y necesito invertir todo mi tiempo libre para estar al lado de mi niña, mi hija Andrea —Gonzalo le enseña de frente la foto de su hija—, que por designios de la naturaleza, y con tan solo cinco años, fue condenada a una cadena perpetua injusta, viendo cómo poco a poco su vida se iría apagando, sin derecho a una niñez como hubiera podido ofrecerle, sin derecho a poder hacer su vida adulta, a formar su propia familia, a disfrutar de este regalo que se nos ha otorgado de ser conscientes de nuestra propia existencia y procurar dejar nuestro legado, por pequeño que sea. Así que no me pregunte si cambiaría la historia, por favor.

Candela se estremece mientras toca con los dedos un pequeño colgante que pende de su cuello.

—Entiendo su posición, profesor, y como habrá podido darse cuenta, mi origen está a miles de kilómetros de aquí. Verá, yo nací en Vietnam hace 35 años, mis padres biológicos colaboraron al lado de los americanos frente a la invasión de las fuerzas comunistas del norte. Cuando los americanos tuvieron que huir del país en 1975, todo era un caos. Muchos de los vietnamitas que colaboraron con el ejército de Estados Unidos tuvieron que quedarse porque no había suficientes helicópteros para huir, y por supuesto, primero eran los ciudadanos estadounidenses y los periodistas occidentales.

»Yo solo tenía unos tres meses, y mis padres, habiendo obtenido visado para entrar en los Estados Unidos, no pudieron subir a los helicópteros y prefirieron dejarme en brazos de un desconocido, uno de los pocos periodistas que aún quedaban, antes que condenarme a un final incierto ante la entrada inminente de las tropas comunistas en Saigón. Si hubiera sido consciente, hubiera dado mi vida para que mis padres hubieran podido salvarse, pero no fue así. Ellos sacrificaron sus vidas para que yo tuviera la mía, lejos de la muerte ante un pelotón de fusilamiento del Vietcong, como a ellos les sucedió.

»Yo no recuerdo nada de mis padres, ni de mi vida allí. Solo me queda una foto con ellos que me acompañará siempre… y este colgante —le enseña una vieja moneda dorada, agujereada por el centro, por donde pasa el cordel que pende de su cuello—, mi único tesoro. Y nunca podré agradecerles lo que hicieron por mí para que yo pudiera salvar mi vida.

»A partir de aquel momento, un periodista de origen español se convirtió en mi padre adoptivo. Cuando volvimos a Estados Unidos, lo trasladaron a Madrid y me trajo con él, oficialmente como su hija adoptiva, y aquí he podido construir mi vida.

Candela acaba intentando disimular sus emociones, recordando a sus padres.

—Disculpe, profesor. Solo intentaba apelar a su sentido de responsabilidad. Nuestras acciones, a veces, por ínfimas que parezcan, pueden llegar a determinar que una persona viva o muera. Por eso me hice policía, para defender la justicia y evitar que personas inocentes se conviertan en víctimas de monstruos que hacen daño por poder o por maldad.

Gonzalo se queda pensativo unos segundos, mirando por la ventana.

—Mire, Candela, entiendo las razones que la han traído hasta aquí, y admiro su fortaleza y espíritu de superación tras haber perdido a sus padres de forma tan trágica, pero yo solo soy un profesor de historia medieval que ha dedicado gran parte de su vida a su trabajo, pero que por designios del destino ahora tiene que ocuparse de lo que realmente importa y que pasa por encima de todo, incluida mi vida, que es mi hija Andrea. Como usted bien ha dicho, ahora toca sacrificarme por ella, y darle las mejores atenciones, para que su marcha sea lo más apacible posible. Lo entiende, ¿verdad?

Candela asiente con la cabeza, con resignación, por la respuesta de Gonzalo.

—Está bien, no voy a molestarle más —dice mientras saca de un bolsillo interior de su cazadora una tarjeta y se la ofrece—. Por favor, si cambia de parecer, llámeme. El tiempo puede estar corriendo en contra para otra víctima inocente. Y créame cuando le digo que le necesito para poner fin a este sinsentido —Gonzalo coge la tarjeta y hace ademán de acompañarla a la salida—. No se preocupe, conozco la salida. Que pase un buen día. ¡Ah!, despídame de su esposa y dígale que las pastas de té estaban muy ricas. Muchas gracias por su tiempo.

Candela abre las puertas del salón y sale de la casa. Cuando entra en su coche, mira instintivamente la fachada de la casa y se da cuenta de que la esposa de Gonzalo la está observando desde una ventana del piso de arriba, por lo que la saluda con la mano, a lo que es correspondida por Carmen, que también la saluda y acaba alejándose de la ventana para sentarse en un lado de la cama donde está postrada su hija Andrea, de veinte años. La habitación, muy luminosa, aún conserva la decoración de cuando era una niña, tal vez como signo inequívoco de la suspensión del tiempo para ella y para sus padres, cuando vieron cómo su hija poco a poco iba desapareciendo para convertirse en un cuerpo que no puede moverse, en alguien que ya no les conoce, ni atiende por su nombre, ni tan siquiera puede llamarles si necesita algo. Al otro lado de la cama hay una bombona y una mascarilla de oxígeno, para cuando tiene crisis respiratorias, cada vez más recurrentes debido a su precario estado de salud.

En solo un par de segundos, tras marchar Candela, llega un pequeño utilitario de color azul. De él se baja Berta, una enfermera de mediana edad, que atiende a Andrea a tiempo completo debido a su creciente minusvalía. Berta, que se ha dado cuenta de la visita, observa cómo se aleja el vehículo de la inspectora mientras acaricia con sus dedos una pequeña cruz cristiana de plata que lleva colgada del cuello.



11 de la mañana. Aula Profesor Schüller de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, Madrid



Los alumnos escuchan atentos y toman apuntes acerca de las explicaciones del catedrático que les imparte la asignatura de Psiquiatría Criminal y Forense, un hombre de mediana edad, con abundante cabello y barba canosa, mientras en la pantalla que tiene tras él las imágenes de los efectos en las víctimas de casos de violencia de género van sucediéndose una tras otra.

—Aquellos que puntualmente cometen un delito contra la libertad sexual, como quien violenta a su pareja en una fiesta, difícilmente reinciden. En cambio, los graves son quienes han hecho de la violación el eje de sus fantasías sexuales. En no pocos casos tienen episodios de impotencia, pero utilizan cualquier otro objeto para penetrar a su víctima. El caso es humillarlas. Si su pene no funciona, utilizarán un bate de béisbol. Ninguno tiene desórdenes psiquiátricos. Ni ellos ni los pedófilos. Simplemente el eje de su sexualidad se basa en la dominación y el sadismo —explica el profesor.

En ese preciso momento suena el timbre de cambio de clases.

—Recordad el trabajo estadístico sobre la reincidencia de los autores de delitos sexuales, para la semana que viene —advierte el catedrático a los asistentes, y mientras se despide de sus alumnos que van saliendo ordenadamente del aula aprovecha para guardar sus libros y apuntes en un viejo maletín de piel.

A la salida del aula aguarda un joven, atractivo y de apariencia atlética, de unos treinta y tantos, vestido con una cazadora de piel negra y unos vaqueros algo desgastados, mientras echa el ojo y sonríe a algunas estudiantes que le devuelven la sonrisa cuando pasan ante él.

En última instancia sale el profesor, que apaga las luces de la sala y se percata de la presencia del joven.

—Disculpe, ¿es usted el doctor Garmendia?, ¿Juan Miguel Garmendia? —pregunta el joven.

—Intuyo que no viene en calidad de alumno. ¿Y usted es? —pregunta el profesor mientras cierra la puerta tras de sí.


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