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Itinerarium



Sergio Gómez Moyano

www.sergiogomezmoyano.com



Itinerarium

Versión eBook



Copyright © Sergio Gómez Moyano, 2018



Edición y diseño de portada: Sergio Gómez Moyano



Más información: sergiogomezmoyano.com





Dedicatoria







A mi querida Míriam, mi esposa, y a mis hijas Judith, Clara, María y Anna; con toda mi ilusión; que puedan vivir en su vida un camino de búsqueda similar al de Querencio.

A mis alumnos, que su itinerario intelectual les conduzca en su vida a amplias, ricas y deleitosas tierras.

A todos aquellos que buscan. Ojalá este libro les muestre un camino que les ayude a encontrar.





Índice

INCONFORMIDAD

PARTIDA

NUMENIO

ANIMALES Y HUMANOS

NATURALEZA DESNUDA

EL ENVIADO

NO TAN DISTINTOS

LOS ESPÍRITUS DEL RÍO VIEJO

LO MÁS INESPERADO

EL CLARO

ARTE

LA SEGADORA IMPLACABLE

DESESPERACIÓN

EXTRAVAGANTE ENCUENTRO

AMOR POR LA SABIDURÍA

UN VISITANTE INESPERADO

LOS HABITANTES DEL VALLE

LOS HABITANTES DE LA MONTAÑA

LA DECISIÓN

NOTICIAS DEL VALLE

DILEMA

CIUDAD EN CONSTRUCCIÓN

COMO VIEJOS AMIGOS

INTERCAMBIO

UN NUEVO VIAJE





INCONFORMIDAD

En La Villa la vida transcurría tan plácidamente como el remanso de un gran río a pocos kilómetros de la desem­bocadura. Después de muchos años de historia había forjado una cultura y unas costumbres que impregnaban cada acto realizado por sus ciudadanos. En sus numerosas escuelas se instruía esmera­damente a sus hijos, y la academia era el orgullo de todos. En ella se formaban matemáticos, músicos, poetas… La elite del pueblo había estudiado en ella, y se impartían las más exquisitas disciplinas.

El gobernante se elegía democráticamente cada año. Su papel consistía en moderar las discusiones políticas, en las que todos los ciudadanos podían tomar parte. Abundantes templos adornaban las calles y plazas, donde los sacerdotes ofrecían sacrificios a los dioses en ostentoso afán por asegurarse su favor. La majestad de los monumentos excedía toda alabanza. Un arte refinado y cargado de símbolos recubría todos los edificios públicos, y muchos privados. La misma Villa había sido construida según un plan, con un orden funcional lógico en las calles, con mercados, fuentes y centros de enseñanza, entretenimiento y descanso estratégicamente repartidos por toda su extensión. Y este orden también regía las vidas. A todo recién nacido le esperaban al menos ocho años de escuela y dos o tres de servicio militar obligatorio, en función de la necesidad del momento. Aprenderían de sus poetas y sus mayores a ser auténticos ciudadanos de La Villa.

Querencio era un muchacho de buen aspecto, esbelto y de cabellos negros, que acababa de regresar de sus obligaciones militares. Coincidió su retorno a casa con los preparativos de las Fiestas Cíclicas. Estas celebraciones eran las más importantes de La Villa y se engalanaba toda ella con la misma solicitud de una novia el día de su alianza matrimonial. De los balcones colgaban guirnaldas de flores y lazos de fina seda de los más variados colores. Las mujeres se vestían con sus mejores túnicas y no dejaban ningún detalle al azar en sus tocados. Los hombres se aseaban convenientemente, se afeitaban sus barbas y bigotes o se los arreglaban al milímetro y se untaban los cabellos con ungüentos. Los templos abrían sus puertas desde las primeras horas de la mañana y no se cerraban hasta el anochecer. En ellos siempre había voluntarios rindiendo culto a las ancestrales deidades protectoras de la ciudad. Ante el palacio del pueblo, sobre las marmóreas losas del foro se organizaban competiciones deportivas y concursos de poesía y teatro durante el día, mientras que, al caer la tarde, una orquesta animaba a los jóvenes al baile. Las calles de pavimento blanco y bien nivelado se cubrían de pequeños carros con frutas, panecillos dulces, vino, miel y cerveza. Todo gratis, porque los festejos del Ciclo de la Vida se disfrutaban por todo lo alto, después de los agotadores trabajos de la cosecha de los cereales.

El padre de Querencio se acercó a él, para hablarle:

—Hijo, desde que has vuelto del ejército te encuentro muy pensativo, algo cabizbajo. ¿Es que has trabado combate? ¿Te has batido cuerpo a cuerpo en el campo de batalla? Si es así, entiendo tu tristeza. Pero ese es el precio que debemos pagar por nuestra seguridad y por la conservación de nuestras costumbres y de nuestra tierra, esta tierra que te ha alimentado y te ha visto crecer a ti, a mí y al resto de nuestros antepasados; y estas costumbres que te han convertido en un hombre civilizado y digno. Ojalá, te lo digo sinceramente, se pudieran evitar las guerras.

Querencio miraba distraídamente el movimiento de los labios de su padre, pero le costaba fijar la atención en sus palabras. Se dio media vuelta, suspiró y respondió así:

—Ciertamente he entrado en combate y el bautismo de acero no fue menos traumático para mí que para el resto de mis compañeros. Yo he regresado a casa ileso mientras que otros dejaron su vida en la frontera. Sí, tienes razón –continuó volteándose hacia su padre—, siento tristeza y amargura. Pero más que la lucha librada, es la vida misma la que me apesadumbra. Cuando contemplé el cuerpo inerte de Glauco… su cuello atravesado por una flecha, su casco abollado, el pecho salpicado de negra sangre… Crecimos juntos, habíamos jugado juntos, compartíamos proyectos de futuro: iríamos a estudiar bajo las órdenes del mismo sabio maestro y nos convertiríamos en grandes políticos, los mejores de la historia de nuestro pueblo, porque sabríamos gobernar con justicia. La gente sería feliz… —Hizo una pausa y agachó la cabeza—. Y toda aquella ilusión se vio rota en Glauco ese día. Y no únicamente en él. Solo los dioses conocen los ideales y los planes de futuro que desaparecieron con la muerte de tantos jóvenes de mi edad. Vidas sesgadas. Y yo me pregunto por qué. ¿Qué sentido tiene la vida, si en cualquier momento la puedes perder y todo aquello que era valioso para ti deja de existir? No le encuentro sentido. ¿Para qué estudiar y luchar por un puesto de gobierno? ¿Para qué las convenciones sociales, toda esa elaboración complicada de normas de comportamiento? ¿Para qué estas fiestas tan bien organizadas, que disfrutaba tanto de pequeño y ahora me parecen hueras? ¿Y por qué la gente se afana tanto en acumular riquezas? Ante Glauco muerto, no son nada.

Desde el balcón del primer piso de su espaciosa casa, tras la marmórea balaustrada, observaban cómo unas niñas bailaban brincando alegremente ante un buey blanco, de paso pesado, como abriéndole camino. Los largos cuernos del rumiante estaban adornados con ínfulas, cintas y flores. Sobre su lomo descansaba una bandeja cargada generosamente con frutas y repostería, de la que la gente se servía con gran fruición.

—La riqueza hace la vida más agradable, más segura, más… —explicó el padre.

—¡Basura, no es más que basura! ¿Para qué quieres nadar en riqueza, si no sabes por qué vives? Fachadas de oro, interiores huecos y miserables.

—Hijo, no seas tan duro, y no juzgues con tanta gratuidad.

—Pero, ¿es que no ves con qué superficialidad viven? –exclamó mientras apoyaba la mano izquierda en la barandilla del balcón y con la derecha señalaba una comparsa de malabaristas que lanzaban sus bolas y antorchas, cuyo fuego hendía el aire resoplando. Y continuó—: se rodean de lujo y diversión, se dedican a comilonas y placeres. Luego los ves en las ceremonias religiosas: ofrecen incienso y sacrifican a tal o cual deidad… la de moda, la que más convenga en el momento, la que proporcione más prestigio. ¿Cómo se debe llamar a una persona así si no superficial? ¿Qué llevan en lo profundo? ¿Qué sopesan en su corazón? ¿Qué es para ellos la vida? ¿Serán felices, se sentirán satisfechos y completos cuando les llegue el momento de la muerte? Dime, ¿qué les anima a seguir viviendo?

—Hijo, creo que te estás poniendo un poco dramático –replicó el padre de Querencio.

—Pues te lo diré con términos más inmediatos. Estos que ves por la calle, ¿se sentirán satisfechos cuando lleguen a sus casas después de la juerga desbocada que les espera esta noche?

—¿Y quién puede saberlo? Tú no te angusties –contestó el progenitor con un tono muy conciliador—, intégrate en la sociedad de los adultos, a la que ahora por derecho perteneces, y vive como vivimos todos. Busca que, cuando llegue el final de tus días, la ciudad sea mejor.

—Suena tentador… pero no. ¿Por qué? –preguntó el joven, como angustiado—. Dime por qué debo hacerlo.

—Pues, porque es lo mejor para ti y para todos. Si cada uno colabora para el bien de los demás, se logra el bien de todos.

El espíritu de Querencio se retorcía de inquietud y pesadumbre.

—¿Es bueno seguir unas normas que no sé de dónde vienen, que yo no he creado, sin saber lo más fundamental: por qué y para qué vivo? ¿O es que acaso somos como los demás seres, como las rocas o las plantas? Ellos se rigen por leyes naturales sin saber por qué, y nosotros, en cambio, por leyes impuestas, pero tampoco sabemos el porqué. ¿Es eso ser humano?

—Bueno, nosotros pensamos.

—Sí, un buen accesorio que no sirve para nada, si no es para buscar la verdad. He sido puesto en esta vida. El sentido de esta vida no está en mí. Antes existió el mundo, después de mi muerte seguirá sin mí. El mundo tenía sus leyes cuando yo llegué a él. Yo no las he creado. Debo encajar en ellas. ¿Qué hago en este mundo ajeno a mí? ¿Por qué venir a la existencia? Pero no una existencia cualquiera. Existo y soy consciente de ello. Deseo y soy consciente de ello. Amo y soy consciente. Sufro y me doy cuenta. ¿Por qué venir a existir de esta manera para luego desaparecer? ¿Es que no somos más que pasiones inútiles? ¿No somos más que manojos de deseos sin objeto real ni perdurable? La verdad, ¿dónde está la verdad? Porque eso es lo que en el fondo quiero: la verdad. No sé qué tipo de certeza me anima a afirmar esto, pero sé que conociendo la verdad sabré por qué vivir y todo cobrará sentido. Tampoco sé dónde voy a buscarla, ni si existe, pero debo ir tras ella.

—Pero, hijo mío carísimo, ¿qué hay más verdadero que esta tu ciudad? La verdad está delante de tus ojos. La verdad es que estamos hablando. La verdad es que existimos, que tú eres mi hijo, que hay un cielo y una tierra y necesitamos agua y comida para sobrevivir. ¿Qué verdad quieres? La tienes delante.

—No puedo negar nada de lo que me has dicho. Son evidencias. Evidencias que no son más que apariencias, fenómenos sensibles de la verdad, por decirlo así.

—Veo que has tenido mucho tiempo para pensar.

—Mira, es igual que un tribunal en que se juzga un asesinato. Lo que tiene sentido es lo que realmente ocurrió en el momento de suceder el crimen, es decir, lo que pasó de verdad. Los testigos no son más que piezas que ayudarán a los jueces y al jurado a descubrir el hecho del crimen y su sentido. De la misma manera tiene que haber una verdad que dé sentido al conjunto de los acontecimientos de la vida entera, de la existencia toda, ante la cual somos como el jurado o como el juez.

—La verdad del crimen es evidente que está allí y la manifiestan los testigos que deben hablar con verdad, pero de esa verdad que da sentido a todo no nos consta de nadie que nos haya hablado de ella. ¿Y si la vida, así en su conjunto, en su totalidad no tiene sentido?

—Pero todos pretendemos decir la verdad, nuestra intención es que aquellas palabras que salgan de nuestra boca sean tomadas en serio. La verdad hace de apoyo para que nos entendamos, es la base de todo aquello que consideramos inteligible. Las cosas que digo son verdad porque el hecho que mi lenguaje representa, se ha dado en la realidad como lo digo. La verdad impregna todo. ¿Por qué no buscar el hecho primigenio, originario? Nos daría la gran verdad, la verdad total.

—No sé qué decirte, hijo mío. Tus palabras abruman mi pobre mente.

—Partamos, padre. Dejemos nuestra tierra, porque las costumbres atenazan y paralizan nuestras mentes. Vamos a buscar la verdad. No puedo decir que aquí no la haya, porque la verdad ciertamente lo atraviesa todo, pero está tapada. Nuestra misma existencia humana al intentar dar sentido a la vida en medio de la naturaleza hostil, ha buscado formas de comprender el mundo que nos rodea. Nuestros antepasados crearon formas de convivencia y de relación con el medio. Buscaron significado a sus acciones y establecieron comportamientos aceptables dentro de la comunidad. Así se ha ido modelando el mundo humano. Ellos sabían la razón de tal o cual costumbre o forma de proceder. Ellos la crearon como respuesta a una situación. Esas costumbres tenían sentido. Hicieron por ello un mundo de sentido, distinto del natural, hicieron un mundo humano. Pero, ¿quién de nosotros conoce ahora el porqué del comportamiento social? La rutina de los años y las generaciones han ido ocultando los orígenes. Las tradiciones se han podrido por el camino, les hemos cortado el cordón umbilical que las unía al sentido. Y, aunque conociera el porqué de cada forma de comportamiento de nuestra sociedad, me quedarían dudas: estos comportamientos, ¿son solo conveniencias o están inscritos en nuestra naturaleza? ¿Cuál es la verdad sobre la que se basa nuestra vida? Si el mundo dejara de existir y todas las verdades evidentes de que me hablabas antes, como el hecho de que estamos aquí y que necesitamos agua y alimento para sobrevivir, ya no estuvieran delante, ¿seguiría en pie la verdad que busco? Creo que sí. Necesito la verdad en estado puro, romper estas estructuras, prescindir de ellas, volver a ese momento en el que es imperativo buscar sentido en el mundo hostil y anantropológico. ¡Marchemos, padre! Dejemos nuestra tierra y nuestras raíces, pues nos atan y nos impiden volar. Liberémonos de los prejuicios de nuestra ciudad y rompamos las fronteras en nuestra mente. Partamos, padre, a extender nuestro horizonte, a ampliar nuestra visión, a descubrir aquello que de verdad poseen los demás hombres.

—Pero, hijo mío, ¿qué esperas encontrar fuera de nuestra civilización?

—Acaso crees que no hay más mundo que el que nos rodea.

—Claro que existen otras tierras y otros pueblos.

Empezó a oírse, en medio de la algarabía, un ruido como de trompetas lejanas, cada vez más nítidas, cada vez más contundentes. A su alrededor aparecieron, como neblina auditiva los timbres musicales de una flauta, un címbalo y voces corales. Una lluvia de pétalos de rosa comenzó a caer desde los balcones de las viviendas hacia la calle.

—¡La procesión de Mina! Rápido, hijo, los pétalos.

La pequeña banda apareció marchando parsimonio­samente, escuchándose una melodía clara y bella y una armonía calculada y matemáticamente ejecutada. Tras los músicos doce doncellas avanzaban en dos filas. Su cabeza estaba cubierta con velos blancos translúcidos y sus cuerpos con túnicas encarnadas. Querencio ayudaba a su padre a desparramar los aterciopelados y fragantes pétalos sobre la comitiva. No tardó en pasar la carroza con la estatua de la diosa Mina, a cuyo paso todos inclinaban la cabeza. Junto a ella se sentaba inmutable la electa Reina de la Fiesta Cíclica, un honor deseado por todas las jóvenes de La Villa.

—¿Nuestros dioses –preguntó Querencio—son los únicos o los más poderosos de entre todos los pueblos?

—Claro –contestó su padre con la más absoluta certeza o la más grande de las indiferencias, y sin apartar la mirada del carruaje que se alejaba.

—¿Cómo lo sabes?

—Mira a tu alrededor: reina el orden y la ley, y somos educados, nuestro espíritu está cultivado, tendemos a lo excelso, al honor… y no a la barbarie. Sin duda nuestros dioses son los mejores.

—¿Y por qué la barbarie no es mejor? ¡Ah! Estoy harto de nuestra prepotencia, y del desprecio de los demás simplemente por ser diferentes.

—Entiendo… —replicó su padre mesándose la barba y mirando a su hijo a los ojos con fijeza—. El problema es que durante el servicio militar has conocido a algún bárbaro que te ha dado una buena impresión, ¿no es eso? Pero, fíjate bien, hijo, que las costumbres de esos pueblos que combatimos en la frontera son salvajes –su tono de voz iba aumentando paulatinamente—. Descuartizan a los prisioneros, despellejan a los viajeros, violando todas las sagradas normas de la hospitalidad, e incluso, escúchame bien, se comen a sus semejantes. Sí, hijo sí, son antropófagos. Y si en algún momento no dan esa impresión de animalidad –peroró solemnemente— es porque de alguna manera imitan nuestra cultura.

Querencio miró a su padre con ojos cansados y algo tristes. Por la calle corría una nube de niños pisoteando los restos de las rosas. La música se había diluido en el ambiente. Solo las trompetas se oían ya a cierta distancia.

—Lo siento, padre, pero ese es precisamente el problema. La Villa vive aislada. No, yo no he conocido a ningún bárbaro, a no ser muerto o en combate. Estoy convencido de que tú tampoco. No sabes cómo son, no tenemos ni idea de su forma de vivir.

—Pero nos atacan…

—A lo mejor no tienen otro remedio, a lo mejor ocupamos tierras que les pertenecen. Y si es así, ¿quién es el salvaje?

Su padre recordó en ese momento la conquista y saqueo de la Ciudadela Piramidal, en la que él mismo participó en su juventud, esa sangrienta y cruel victoria que significó el comienzo de la edad de oro de La Villa. Pareció querer decir una palabra que no llegó a articular, pero Querencio se le adelantó.

—¿Cómo podemos juzgarles sin conocerles? Es la más grande de las injusticias.

—Pero, hijo, ¿por qué insistes en defender a los extranjeros?

—No lo entiendes todavía. ¿Por qué somos nosotros los mejores? ¿Por qué no ellos? ¿Y si nos consideran basura? Según nuestros parámetros nosotros somos los mejores, según los suyos seguramente lo serán ellos. ¿Quién tiene razón? ¿Qué verdad puede justificarnos a nosotros o justificarlos a ellos?

En ese preciso instante sonaron bajos y vibrantes los cuernos del templo de Mina.

—¡Es la hora de la ceremonia del vino! –Exclamó el padre del joven desentendiéndose de él—¡Bajemos, rápido! ¡Eudora! La ceremonia del vino.

A Querencio le dio la sensación de que su profunda conversación, tan largamente pensada y ejecutada con tan grandes dificultades, había caído en el más profundo de los pozos de la más esquiva despreocupación. Sin mover ni un músculo asistía al repentino ataque de alborozo de su padre, con la certeza de que ya había olvidado todo lo hablado. Lo siguió sin convencimiento, dejándose llevar por la gente a través de las calles, como una rama por la corriente de un caudaloso río, hasta la gran plaza circular, en cuyo centro se hallaba el templo dedicado a la diosa Mina, la fértil, el motor del ciclo de la vida. Después de unas palabras del gobernador, llenas de cortesía, gozo y alta retórica, la Reina de las Fiestas Cíclicas alzó un cuerno lleno a rebosar de mosto recién pisado en un lagar situado frente al templo. Desde las márgenes de la plaza se dio una orden, que se repitió y a la tercera vez doscientos tambores comenzaron a sonar al unísono. Al principio el ritmo era tranquilo y uniforme. La Reina derramaba poco a poco el fruto de la vid sobre la diosa. Anochecía. El ambiente adquiría como por ósmosis el resplandor del fuego de las antorchas situadas en las paredes de la plaza y del templo. Los tambores se aceleraban y empezaron a perder la uniformidad. Sonaban cada vez más fuerte, más fuerte y el ritmo era cada vez más endiablado. Se derramó la última gota del mosto y la reina alzó los brazos. El gentío comenzó a rugir, el vino a fluir de las barricas, los golpes contundentes de los tambores y el alcohol empezaron a formar parte del pensar de los congregados, algunos se movían con una copa en la mano, y pronto estaban todos bailando con o sin sentido. En poco tiempo algunas personas comenzaron a destacarse por su danza convulsiva, como dormidos, pero aun así espasmódicamente activos, en trance. Querencio observaba todo como ausente, como un niño que contempla una pecera, y que es incapaz de comprender el comportamiento de los peces.

PARTIDA

Aunque ya había salido el sol, apenas se podían advertir signos de actividad en La Villa. Sus habitantes dormían abrumados por la resaca. Querencio, en cambio, sentado en su lecho, miraba a un infinito inexistente, pero que parecía residir en su habitación. A su izquierda, sobre las sábanas, yacía un bulto de ropa junto con unos pedazos de pan, frutos secos y una cantimplora con agua. Necesitaba concentrarse, recoger las fuerzas dispersas y lograr tener el valor suficiente para marchar, para alejarse de su hogar. Lo único que poseía era algo sin nombre, sin cara, sin voz: una sensación o quizá una intuición, pero que creía capaz de darle respuestas y de ofrecerle otra forma de afrontar la vida.

Legañoso y frotándose un ojo se asomó su padre a la habitación.

—¡Qué temprano te levantas hoy! –dijo bostezando—. Estamos en fiestas, vuelve a la cama.

—Me marcho.

Entonces el padre vio el escueto equipaje de su hijo sobre la cama.

—¿Que qué? –replicó el progenitor sin poder salir de su asombro.

—Me marcho de La Villa.

—¿Qué estás di…? ¿A dónde?

—No lo sé.

—¿De qué… cóm…? –Balbució el padre de Querencio—. Pero, ¿qué dices? Estoy soñando.

—¿No recuerdas de qué hablamos ayer en el balcón?

—Sí, claro, de tus experiencias en el servicio militar.

—No, padre, no. Me voy a buscar la Verdad, esa capaz de dar sentido a todo. Ven conmigo y busquémosla juntos. ¿No te acuerdas?

—Dijiste muchas cosas ayer y muy complicadas, Querencio mío. No puedo recordarlo todo, además la cabeza me va a estallar…

—No importa, iré solo.

—¿A dónde?

—Ya te lo he dicho.

—No hablas en serio.

Querencio agarró el bulto de ropa y metió las pocas vituallas que allí tenía. Suspiró, se puso en pie y pasó por delante de su padre sin desviar la vista para mirarle. Anduvo con paso extraño, como si nunca antes hubiera caminado, como si tuviera que ser consciente de cada uno de los movimientos que implica esta acción. Cruzó el patio. Echó mano a la llave del portón. Entonces se dio la vuelta. Allí estaba su padre, sin habla, desaseado y resacoso, incapaz de reaccionar. Querencio apretó los labios e inclinó un poco la cabeza, giró la gran llave metálica, abrió la puerta, y salió. Cuando la cerró, se mantuvo inmóvil unos segundos con el corazón rebotando a rabiar en su caja del pecho. El primer paso, el segundo… Tenía la sensación de que alguien le detendría, pero la puerta no se abrió tras de sí ni nadie le salió al encuentro para disuadirle. En unos segundos caminaba sobre las calles empedradas, y cubiertas de basura y despojos de la fiesta. En menos de una hora pasó la muralla y se incursionó en una de las aldeas circundantes de campesinos, entre chozas de paja y adobe, pisando polvo. En uno o dos días estaría en la frontera, en el límite de los dominios de La Villa. Y a partir de ahí, solo el destino podría saber a dónde se dirigiría.

A mediodía el sol quemaba con desprecio a los hombres. La torridez del ambiente casi no le dejaba respirar. La vereda que llevaba levantaba un polvo dorado sumamente fino, que añadían a la escena un aire de niebla calorífica. Se veía que se trataba de un camino frecuentado por carros, pues se distinguían claramente dos surcos y una línea de malas hierbas en el centro. En los lados había piedras formando pequeños muros que separaban los campos de cultivo. Esta era la campiña de La Villa, la despensa de sus habitantes. Campos de trigo aquí, viña allí, manzanas y peras más allá. De vez en cuando se divisaba un enorme granero y pequeñas aldeas. La garganta la notaba seca y apuró el último sorbo de su cantimplora.

—¡Maldita sea! –exclamó—. Con este calor no me puedo permitir estar sin agua.

Miró a su alrededor y vio a lo lejos un granero de color oscuro a su izquierda, a uno o dos kilómetros aproximadamente, y una edificación que no alcanzaba a distinguir en lo alto de una pequeña colina. Desconfiando de la posibilidad de encontrar agua en un granero, continuó por el camino hasta encontrar la forma adecuada para dirigirse al altozano. Poco a poco, la construcción indeterminada fue adquiriendo la forma de una aldea amurallada con empalizadas de madera, y coronada por un puesto de vigía y seguramente una guarnición del ejército. Y así era. Unos minutos más tarde Querencio apreció la bandera del ejército ondeando sobre la atalaya.

—¡Bien! No cabe duda de que me encuentro cerca de la frontera.

Los aldeanos se extrañaron de ver a aquel joven aristócrata vestido al estilo de la capital entre sus chozas. Aunque Querencio se dejó sus vestidos habituales en casa, había algo en la calidad de los tejidos y en las formas del joven que no le permitían ocultar su origen. Mientras buscaba dónde reabastecerse, oyó ese sonido al que él tanto se había habituado durante su servicio militar: el entrechocar acompasado del metal, cuando una patrulla se mueve a paso ligero. Los soldados venían de frente hacia él. Pero no podía ser que vinieran a su encuentro. ¿A dónde se dirigían, entonces? Intentó echarse a un lado para que no le pasaran por encima, pero se detuvieron ante él.

—¡Acompáñanos! –dijo un chaval imberbe, al que se le veía algún galón y que era más joven que Querencio.

—¿Por qué debería hacer tal cosa? Solo pretendo llenar mi cantimplora con agua y proseguir mi camino. ¿Qué ley quebranto, si es que puede saberse, para que deba acompañaros?

—Cumplo órdenes. Debo llevarte a la torre de vigía inmediatamente. Se me advirtió que quizá opondrías resistencia y se me ha autorizado el uso de los medios necesarios…

—¿Cómo? ¿Sabíais de mi llegada?

Querencio pensó que todo estaba perdido. Seguramente su padre había estirado alguno de sus hilos en las altas esferas, y había conseguido que algunos jinetes partiesen a alertar a las guarniciones de su posible presencia, a fin de que lo volvieran a traer a La Villa y se olvidase de su disparatado propósito.

—Debes acompañarnos ahora –insistió el oficial imberbe con una mueca desagradable.

—Vayamos –dijo entonces con dignidad, como quien sabe que recibirá afrentas por haber cumplido con su deber.

Los seis soldaditos escoltaron a Querencio hasta un terreno bordeado por una empalizada rectangular. Apareció un oficial con algún galón que otro, pero con muchos aires de grandeza y deseos de escalar puestos.

—Nombre –inquirió.

—¿Cómo que nombre?

—¿No tienes nombre, niñato?

—¿No lo sabes tú?

—¿Cómo iba saberlo? ¿Acaso lo llevas escrito en la frente?

Querencio se quedó un poco perplejo al constatar que su teoría sobre su padre y los jinetes se desmoronaba.

—Te estoy preguntando –insistió el oficial.

—¿Perdón?

—Haré que te azoten por desobediencia.

—¿Puedo saber por qué se me retiene contra mi voluntad?

—Las preguntas las haré yo: ¿cuál es tu nombre?

—No te importa. No tengo porque hablar contigo.

El oficial se acercó y le propinó un mojicón, haciéndole caer de rodillas. Entonces insistió con más furia:

—¿Cuál es tu nombre? –preguntó a voz en grito mascando cada una de las sílabas.

—¿Cuántas leyes de La Villa vas a quebrantar conmigo, si no te lo digo?

—Tú estás bajo mi mando y, mientras así sea, para ti la ley soy yo.

—Nadie está por encima de la ley.

—Veremos quién está por encima y quién por debajo.

Y diciendo esto le golpeó con una vara en el muslo y dos veces en la espalda. Querencio yacía en el suelo indefenso, boca abajo, con los brazos en cruz y los miembros doloridos. No comprendía la situación y la injusticia arbitraria de ese sujeto amargado. Si solo hubiera llevado su uniforme, se habría dado cuenta de que tenía más graduación que él. Quizá con decir su nombre e informar al oficial de que su padre era senador… Pero, ¿por qué debía doblegarse él ante la injusticia? Se puso en pie con esfuerzo y le miró desafiante.

—Tu nombre –repitió el oficial.

Querencio le mantuvo la mirada fieramente. Recibió otro garrotazo en el muslo y en el pecho. La escena se repitió varias veces, hasta que ya no se pudo levantar más y perdió el conocimiento.

NUMENIO

—¡Querencio! –una voz le urgía a volver de su estado inconsciente—. ¡Querencio! ¡Despierta!

—¡Ooh! –masculló el joven levantando ligeramente la cabeza—. Me duele todo el cuerpo. No puedo moverme.

—No te esfuerces, bebe un poco de agua.

Querencio sorbió el vital fluido con tanta avidez como ineficacia, pues lo derramaba prácticamente todo.

—Ya ha pasado, el lugarteniente ha sido puesto bajo custodia. Uno de mis caballeros está preparado para salir y dar noticias a tu padre de que..

—¡No!

—¿No?

—No aviséis a mi padre. Mejor… Es mejor… no.

—Bueno, como quieras.

—¿Es usted –preguntó articulando las palabras con dificultad—el capitán Numenio?

—El mismo, hijo, no hables, descansa.

Numenio había sido el adiestrador de Querencio en su puesto en la frontera. Al parecer acababan de enviarlo como jefe de guarnición. Al llegar hacía unas horas se encontró con que el lugarteniente Andrio tenía en su poder un prisionero. Se trataba, según él, de un desertor contumaz, a quien había descubierto en el flagrante delito, porque se negaba a facilitar el nombre. Lo explicaba todo con una retórica tal que obligaba al oyente o a darle un premio o a no creerle en lo más mínimo. Numenio quiso ver al supuesto traidor y, cuando constató que se trataba de su discípulo, que acababa de licenciarse con honores del servicio militar, ardió de cólera. En su llama casi quedó reducido a cenizas Andrio, si no fuera porque Numenio sí era respetuoso de la ley.

Pasaron unos días hasta que Querencio ya pudo incorporarse y caminar. Numenio se acercó a él y le dijo:

—Debes explicarme por qué no has querido que avisáramos a tu padre.

—Me despedí de él y no quiero que sufra por mí. Si acaso, en una de las comunicaciones habituales con la capital, da orden de decir que pasé por aquí y que todo va bien.

—Entonces, lo has hecho.

—Sí.

—Intenté que mi padre me acompañara.

—¡Je! –exclamó como distante.

—¿Te ríes?

—Sin duda. Lo que te propones requiere desarraigo. Bueno, ya lo ves, y estar sometido a la arbitrariedad de las circunstancias.

—Sí, este lugarteniente Andrio, ni siquiera tenía asimiladas las formas de La Villa. En La Villa reina el orden y la ley.

—Las leyes siempre pueden ser quebrantadas.

—¿Por qué Andrio no respetó la ley conmigo?

—Hay personas sin escrúpulos y sin principios.

—Pero, ¿me maltrató porque sí o con ello pretendía lograr algo?

—Andrio es un tipo ambicioso. La ambición le lleva a hacer esas cosas.

—¿La ambición?

—Sí, quería valoración por parte de sus superiores, y una forma de hacerlo era capturando un desertor. Y se empeñó en que tú eras uno.

—¡Ah! Anteponer el bien particular hasta el punto que se ofusca el bien general…

—Ya empiezas con tus elucubraciones.

—No, mira. Es más importante que se mantenga el orden que se ha establecido a que se capture un desertor injustamente. En cambio, para Andrio era más importante capturar un desertor, justa o injustamente, que mantener el respeto a la ley. Y tú me dices que es por la ambición.

—Sí, por la ambición, por escalar puestos, por ser más poderoso, más rico. Es un tipo ambicioso. No me gusta esa ralea.

—Ni a mí. En La Villa hay mucha gente así, pero son más sutiles en sus formas.

—¿Y así te vas por ahí a “buscar sentido”? Pues lo que me has dicho hace un momento para mí tiene mucho sentido.

—No lo dudo, pero busco un sentido más profundo. El que te he explicado no es más que la honradez ciudadana.

—Pues con eso basta, ¿no? Ser honrado es lo fundamental.

Las sencillas palabras del militar parecían decir que dispensaban a Querencio de continuar el argumento. Al contrario que la mayoría de los oficiales, Numenio no pertenecía a la nobleza, ni siquiera habia nacido en la capital. De hecho, nunca había residido allí. Su familia era humilde y se dedicaba desde hacía tres generaciones a moler grano en unos molinos pertenecientes a un terrateniente. Cuando tenía cinco años, y viendo su padre la robustez del muchacho, decidió que ingresase en un cuartel, donde con suerte sería mozo, escudero y quizá soldado. No se hubiera imaginado nunca que en la plenitud de su vida alcanzaría el grado de capitán, teniendo en cuenta que los grados de oficial eran acaparados por las familias acomodadas. La idea del bien de Numenio consistía en comportarse honradamente según las leyes del país y las normas del ejército, ser justo con los súbditos, ser uno con ellos y mostrarse honroso en la lucha. No se le podía pedir más a un hombre sin formación académica y cuya carne, huesos y mente era todo corazón. “El que arrima el hombro”, solía decir, “no solo ayuda, también recibe apoyo”. En esa frase se podía resumir su filosofía.

—¿Y a dónde marchas? –preguntó el capitán a su ex pupilo.

—No lo sé. Caminaré hacia el oeste hasta encontrar el puesto avanzado de Los Riscos y luego…

—Las montañas.

—Sí.

—No vayas por ahí. Dirígete hacia el noroeste. Descansa un día en la guarnición de la frontera y luego sigue el curso del río Gris. No te perderás. Ahora bien, sobre qué hallarás allí, no te puedo decir nada... Déjame que te escriba un salvoconducto. No tendrás ningún problema para moverte por La Villa ni por la guarnición.

—Se lo agradezco. Partiré mañana, antes de que salga el sol.

ANIMALES Y HUMANOS

Las sórdidas calles de la aldea permanecían en silencio. Sobre el horizonte verdeaba el crepúsculo y aún titilaban potentes las estrellas. Atravesó la empalizada y saludó con un gesto al soldado de guardia. Numenio había dado órdenes claras sobre Querencio, de manera que podía salir y entrar a su antojo de la población y del acuartelamiento. De nuevo se encontró solo ante la inmensidad del camino por recorrer y del horizonte sin límites. Antes de marcharse, como por la necesidad de sentir el calor humano de unas palabras, pues de sobra sabía la respuesta, preguntó al centinela.

—El capitán Numenio me dijo ayer que me dirigiera hacia el noroeste, hacia la guarnición de la frontera. ¿Cuál es el mejor camino?

—¿Te refieres al acuartelamiento de Los Álamos? Ese de ahí, el que rodea la colina.

—¿Cuánto camino tengo?

—A mediodía aproximadamente te encontrarás con unos fresnos y varios sauces un poco separados del camino… por este que te señalo, no lo dejes, hay que seguirlo… Allí hay un pozo. Del pozo salen tres… tres caminos. Uno es por el que llegas; otro va a una aldea situada a unas leguas y que cruza unos campos de maíz, remolacha o legumbres, depende del año. Te sirve el otro.

—¿Y desde allí queda mucho?

—Una jornada aproximadamente.

—¿Crees que podré llegar hoy por la noche?

—A paso muy rápido quizá llegues a medianoche. Hay que cruzar unas lomas rocosas y eso hace ralentizar la marcha.

—Veo que conoces bien el terreno.

—Estuve sirviendo allí.

—¿Te queda mucho?

—Apenas llevo seis meses.

Querencio lo miró solidariamente. Le puso la mano sobre el hombro y se lo apretó cariñosamente.

—Cuando acabes te espera toda una vida por vivir, pero lucha por lo que vale la pena.

Estas palabras tan sentidas, infundieron seguridad en el corazón del joven guardia y se vio con la confianza de decirle:

—Cuentan que eres hijo de un senador de la capital, y que te has escapado de casa.

—Lo de mi padre es cierto, no así lo otro.

—¿Es verdad que quieres ir más allá de las fronteras? ¿A tierra de bárbaros?

—Digamos que a otras tierras.

—De bárbaros.

—De otras personas.

—Los bárbaros no son personas.

—Claro que sí.

—Se nota que no los has visto.

Querencio empezaba a perder la paciencia y sentía que las sinrazones de aquel chaval no merecían ni siquiera una réplica. De la franca simpatía estaba pasando al hastío. Parecía cortado mecánica y acríticamente por el mismo patrón autocomplaciente de La Villa del que él intentaba deshacerse.

—Entonces intentaré tener los ojos bien abiertos. No te distraigo más de tus obligaciones. Gracias por la información. Debo irme. Adiós.

—Adiós –le contestó el centinela un poco perplejo por la salida del joven aristócrata.

“Como si tuvieran moldes” –pensaba Querencio, mientras comenzaba la curva del polvoriento camino que rodeaba la colina—. “Como si tuvieran moldes. Todos igualitos… y que somos los mejores… no, no los mejores, los únicos. Los demás ni siquiera son personas: son bárbaros. Se acabó el tema. No hay más que decir. Bárbaros. Esa es la negación más absoluta y tonta de la alteridad. Se fabrica una etiqueta a la que se le priva de todo derecho y luego esta se aplica a quien más convenga. Quien tenga la etiqueta de bárbaro, deja de ser alguien válido para cualquier ciudadano de La Villa. Ya no importa lo que pueda decir o hacer. Es despreciado sin conocer lo que pueda ofrecer. No, no es que no sean personas, es que nosotros les hemos quitado esa posibilidad”.

Estas cavilaciones le hicieron más llevaderos los primeros minutos del camino, hasta que sus piernas entraron en calor. A medida que amainaba su indignación, una oleada de sentimiento llegó a la orilla de su espíritu. Comenzaba a iluminarse el cielo, la bóveda celeste, esa gran semiesfera, oscura casi en su totalidad, a excepción de un lado, junto al horizonte oriental, como si se tratara de un gran párpado que cubría la tierra, para protegerla del sol. En este cielo, de luces tímidas, se distinguía aún, perforando la tiniebla con su punzante intensidad luminosa, a Venus, el lucero de la mañana.

No tardó en aparecer el rosado preludio del sol, y al poco despuntó el astro rey. Para entonces Querencio ya había recorrido varios kilómetros desde su partida de la aldea. No pudo resistirse a contemplar, sin detenerse, todos los pasos del amanecer. Fue consciente de la grandiosidad del cielo en aquellos llanos parajes. Todo lo que alcanzaba a ver, con la excepción del lejano horizonte, era cielo, todo cielo, como un techo inmenso, como una cúpula titánica, como una semiesfera inconmensurable, todo era cielo, como si él estuviera situado dentro de él, alzado por la tierra. La progresión de los colores, ahora rosado, ahora anaranjado, azul celeste en degradado hacia azul marino, paulatinamente más celeste, menos marino, menos marino. La pausada desaparición de las estrellas, como puntos de tiza borrados por una mano lenta. Venus mantuvo su luz, hasta que el sol reclamó para él toda la atención. Querencio observaba como si fuera la primera vez y se lleno de gran gozo. No sabía por qué. No lo entendía, pero se sentía feliz de que comenzara un nuevo día, aunque fuera como todos los demás desde que existe el mundo, porque cada día el sol nace de la misma y espectacular manera.

“¡Qué hermosa función” –se dijo—“nos presenta cada día la naturaleza! No hay nada más habitual que pasar de un día a otro. ¿No existe la expresión la vida ordinaria, para referirnos a ese tiempo en el que simplemente van pasando los días, en los que vivimos las actividades más o menos rutinarias a las que nos dedicamos? También solemos decir de algo que no tiene mucha importancia que es de ‘cada día’ o ‘de uso diario’, como, por ejemplo, la ropa ‘de uso diario’. Da la impresión de que lo ordinario, lo de cada día no es importante, o no le damos importancia y esperamos que pase cuanto antes para llegar a los días de fiesta, o simplemente a días en los que rompemos el tedio de la rutina. ¡Qué cosa tan diferente nos enseña la naturaleza! Cada día amanece como si fuera la última vez, cada día se prepara el cielo con todas sus galas y tonalidades para recibir al sol, con la misma ilusión del primer día”.

El frescor matinal en su rostro y cabellos le refrescaba también interiormente. Sus músculos respondían ante el ejercicio y se sentía en forma y lleno de energía. Y, por si fuera poco, sus pasos le dirigían hacia su sueño, hacia aquello que en lo más profundo sabía que era su deber. Querencio, en fin, se sentía entusiasmado, y en paz consigo mismo.

La temperatura iba aumentando y, de un fresco soportable, pasaba a un calor moderado. Se acercaba mediodía cuando divisó el conjunto de fresnos y sauces, del que le habló el soldado. No resultaba difícil distinguirlos, ya que prácticamente se trataba del único grupo de árboles que había visto en toda la mañana. A estas alturas del día, la sensación térmica se había vuelto casi insoportable. El sol parecía presionar sobre los hombros. Así que se sentó a la sombra de un sauce, después de satisfacer su sed en el pozo. En esto apareció un pastor precedido por su perro.

—¡Buenos días! –dijo el pastor con aire lacónico.

—Hola, buenos días. Para ir al campamento de Los Álamos, ¿qué camino debo seguir?

—Francamente, no lo sé.

—¿No es usted de esta región?

—Sí.

—¿Entonces?

—No conozco ese campamento que me dice.

—Es una guarnición fronteriza del ejército.

—¡Ah! –exclamó distraídamente. Se le marcaba mucho la quijada inferior al abrir la boca. Tenía una barba blanca de tres días muy descuidada que destacaba bastante sobre su piel morena, curtida por el sol, y surcada multidireccionalmente por arrugas—. Una guarnición militar, ¿dice usted?

—Sí, en la frontera.

—¿En la frontera?

—Sí.

—Pues no, no la conozco.

—¿Tan lejos está todavía la frontera que ni siquiera sabe usted dónde está?

—Es posible.

—Me han dicho que antes de llegar hay unas colinas muy rocosas que hay que atravesar. ¿Le suena de algo?

—Hombre.

—Hombre, ¿qué? –Querencio estaba perdiendo la paciencia ante la parsimonia de este anciano pastor—. ¿Conoce esas colinas o no?

—Hombre.

—¿Entonces?

—Por allí.

—¿Por dónde?

—Por allí, p’alante.

—¿Por este camino?

—Eso.

“Tanto le costaba decirlo a la primera”, pensó el joven.

—¿Tardaré mucho en llegar?

—Hombre…

Querencio le miró consternado. No sabía cómo reaccionar.

—Hombre, depende –continuó el pastor.

—Ya, claro, por supuesto. Depende de lo rápido que camine, ¿no?

—Hombre, sí, puede ser.

—No si ya veo que…

—Y puede que no.

—¡Cómo que no!

—Puede que no y puede que sí.

—Madre mía, no sé si hablamos el mismo idioma.

—Es usted un joven impaciente.

—Vaya, gracias, pero si me ayudan a impacientarme, mejoro.

—Tú no eres de aquí. Estás de viaje.

A Querencio se le escapó una carcajada. Fue una reacción absolutamente primaria ante esa perogrullada de su interlocutor.

—Usted es de familia aristocrática de la capital –continuó el pastor mirando hacia los campos—, y has partido de allí de forma extraña, hombre, a ver, o no habitual.

—Ah, vaya. –dijo Querencio, mientras pensaba que a lo mejor no era tan obtuso como parecía.

—¿Es posible que la familia de usted le haya desheredado? Porque, ¿qué busca un joven como usted en la frontera sin ser soldado?

—¿Y qué quiere que le diga? –contestó el joven evasivamente.

El pastor lanzó un agudo silbido y un perro, que descansaba tumbado bajo un fresno, salió corriendo, como si le persiguiera los mismos diablos, tras un grupito de ovejas que se alejaba del rebaño.

—Mira –dijo a Querencio señalándolas—. Estas también se quieren ir.

El perro empezó a maniobrar diestramente, ladrando y corriendo alrededor de los rumiantes hasta que volvió a agrupar el rebaño. Cuando las ovejas díscolas volvieron con sus compañeras comenzaron a pastar, como si nada hubiera pasado. Entonces el pastor se quedó mirando a Querencio con sus ojitos casi cerrados por el peso de los años y del trabajo.

—Yo no soy una oveja –replicó a la presionante mirada—. Simplemente es que espero más de la vida que estar en un rebaño.

—Hombre.

—Hombre, ¿qué?

—Sí.

—Sí, ¿qué? –replicó Querencio alzando un poco la voz, a punto de perder la poca paciencia que le quedaba.

—Nos parecemos mucho a los animales. Las ovejas están a gusto viviendo en el rebaño, pero de vez en cuando algunas sienten la necesidad de abandonarlo. Y se van, ya lo ha visto usted. Lo que pasa es que no saben que solas corren muchos peligros. Ellas no son conscientes, por ejemplo, de que allá por donde iban hay lobos. Por eso tengo que enviar al perro para que vuelvan. Yo no sé por qué se ha ido usted de La Villa. Habrá sentido que debía hacerlo, pero a lo mejor no sabe usted exactamente dónde se mete, y tampoco sé si tiene usted un perro pastor que le vaya a buscar cuando le sea necesario.

—No veo que sus palabras carezcan de sabiduría. Sin duda andaré con cuidado.

—Bueno, bueno, mozalbete. Quizá…

—No, no –dijo Querencio sacudiendo la cabeza—. No voy a volver. Estoy decidido.

—Hombre.

—Hombre, ¿qué! –le replicó bruscamente y a punto de perder definitivamente la compostura.

—Hombre, en ese caso, ese de ahí es el camino de la guarnición de la frontera, la de Los Álamos. Al poco tiempo verás las colinas rocosas, pero no llegarás hasta al cabo de varias horas. Con suerte comenzará a oscurecer cuando ya las hayas atravesado. En la parte más alta del camino verás La Aguja, un risco fino y puntiagudo que señala al cielo. Tras ella comienza un sendero. A menos de un kilómetro hay una choza. La construí yo y la uso cuando llevo por allí el rebaño. Te recomiendo que la uses para pasar allí la noche. No es bueno vagar por aquellos parajes a oscuras.

Querencio se lo quedó mirando, sin saber qué decir. La sorpresa se había apoderado de él. Sin duda aquel pastor, a pesar de su talante peculiar, rebosaba sabiduría. Así que se le ocurrió preguntar:

—¿Y en qué más se parecen los animales a los hombres?

—¿Y en qué no nos parecemos? –contestó el viejo, que diciendo esto llamó al perro y se marchó, alejándose tranquilamente por el camino. A su izquierda un campo de remolachas comenzaba a exigir la cosecha. En el campo de la derecha unas ovejas mordisqueaban restos de paja del trigo ya segado.

Querencio lo siguió con la mirada, hasta que un recodo se lo apartó de la vista. Entonces reanudó la marcha, porque tenía la sensación de que hubiera sido de mala educación ponerse en camino, mientras aún estuviera a la vista.

No tardó en divisar las colinas rocosas. Al menos pasarían tres o cuatro horas hasta llegar y el sol ya estaba en su cenit. Seguramente debería hacer caso al pastor y aceptar su hospitalidad. Cuando comenzó la ascensión hacia el paso que le llevaría a la zona fronteriza, la luz ya disminuía. Pudo distinguir la gran aguja de piedra que le mentó el lacónico anciano. Como suele ocurrir al subir una montaña, es fácil perder el sentido de la orientación a medio camino. Y, así fue. Al poco dejó de ver la aguja. Se apresuró. La noche caía pesada sobre la tierra y arrebataba paulatina e inexorablemente todo atisbo de luz, hasta tal punto que tuvo que detenerse. No conseguía ver nada en absoluto; solamente la pléyade de estrellas que pueblan el firmamento. Suponía que era un riesgo evidente caminar a ciegas por una montaña tan rocosa y llena de riscos. Permaneció un largo rato inmóvil, hasta que vio en el horizonte el rojizo despuntar de la luna, que estaba saliendo. Conforme se elevaba disminuía en tamaño y ganaba en luminosidad. Por fin, pudo distinguir un pequeño sendero. Lo siguió y le llevó directamente a la choza del pastor.

NATURALEZA DESNUDA

Por los entresijos de la contraventana de madera se colaban furtivos rayos solares, como láminas de pan de oro tan sutiles que se confundían con el aire, taraceadas con infinitas partículas de polvo. Querencio abrió los ojos y se desperezó. Se encontraba en una tosca cabaña construida a base de piedras apiñadas, con la fortuna de haber formado un círculo cerrado. Por techo no contaba más que con unos troncos que se apoyaban entre sí y montones de pajas amasadas con brea. Situada en el lado opuesto de la puerta había una pequeña zona habilitada para hacer fuego. Estaba claro que no se trataba de una construcción pensada para hacer vida en ella, sino más bien para refugio de pastores, en caso de que les fuera necesario pasar la noche en la montaña, o quisieran refugiarse en un día de lluvia.

Al salir, notó el frescor de la mañana. Había dormido estupendamente en un lecho de pajas muy rústico, pero suficientemente cómodo. Así que, repuesto de la fatiga, recorrió con nuevos ánimos el sendero de vuelta a La Aguja. Desde allí a poca distancia, se encontraba el paso de la montaña, donde pudo contemplar el paisaje en el que se aventuraba. Se encontraba Querencio en lo alto de lo que parecía una áspera arruga en un terreno llano. La fría y cruda roca se alzaba dominante y orgullosa sobre dos tierras antagónicas. Una, aquella de la que venía, se extendía ondulada, verde y feraz; mientras que la otra, en la que se adentraba, se mostraba llana, seca y yerma. Algunas encinas salpicaban irregularmente la planicie. Se trataba sin duda de la famosa Llanura Enthia, una extensión de tierra desconocida, que se abría ante él y que le sobrecogía y le llenaba de estupor. Ambas tierras transmitían respeto y belleza. El joven sol, todavía sin fuerzas, acariciaba las leves neblinas que aún se resistían a marchar; y tiznaba el terreno con sombras de diferente tamaño y forma. Alargada y estilizada, como la de los árboles, monstruosa y enorme, como la de la cordillera. Surgía de dentro de Querencio un deseo de poseer la naturaleza que le rodeaba, pero no físicamente, no económicamente, no a modo de dominación y control, sino asimilándola dentro de su ser. Un sentimiento de logro estético le embargaba. Como si el paisaje fuera una obra de arte que ahora contemplaba desde un ángulo privilegiado.

A unos pasos saltó una ardilla gris, de cabeza redonda y larga y esponjosa cola. La siguió con la vista y contempló cómo arrancaba una avellana de una rama, la sostenía entre sus fauces y, en vez de comérsela, descendió por el tronco hasta el suelo, escarbó en la tierra, introdujo el fruto en el agujero y, luego, lo tapó y lo apisonó con sus patas traseras. Querencio no podía salir de su asombro al ver aquel ejercicio tan sencillo y tan descarado de previsión.

“¿Quién ha enseñado a esta ardilla a comportarse así?”, se preguntaba. “Sin duda la naturaleza es sabia. Hay que aprender de ella. Enseña a vivir. Quizá esté en ella lo que busco, quizá me explique todo lo que necesito saber, aunque… realmente no sé qué es lo que debo preguntar.”

Intentó seguir a la ardilla para descubrir qué otras cosas hacía. Pero el roedor se dio cuenta y desapareció de su vista, saltando de árbol en árbol. Pensó entonces que debía quedarse allí, observando la naturaleza, para impregnarse de su arcana sabiduría.

En dos días su comida se había agotado y ya se había cansado de aquella actividad. Además, no le pareció que su aproximación a la naturaleza fuera la adecuada. Lo hacía sin orden y sin saber exactamente qué observar o como organizar lo que veía. Aquella noche se fue a dormir a la cabaña del pastor, pensando que marcharía al día siguiente. Sentía que había fracasado en su propósito y eso le entristecía, pero no podía dejar lugar al desaliento. Todavía tenía mucho que aprender.

En la mañana del día siguiente, cuando llegó a La Aguja, para encaminarse hacia la llanura Enthia, se encontró con un grupo de hombres deambulando por allí, cargados con cajas, mochilas y algunos utensilios que no supo identificar. Parecía que miraban con mucha atención el suelo y las plantas.

—¡Hola! –exclamó Querencio.

Uno de los hombres se dio la vuelta de golpe.

—¡Oh, chaval! ¡Qué susto! ¿De dónde has salido?

—Nada, de aquí, de una cabaña que…

El interlocutor de Querencio tendría unos cincuenta años, poco pelo y un bigote abundante. Su cara parecía un fotograma del despiste y el descuido. Algunos pelillos negros mal afeitados se destacaban sobre su blanca tez. En una mano sostenía una especie de lupa, y unos martillos muy pequeños en la otra.

—Veo que observáis la naturaleza muy minuciosamente –prosiguió Querencio.

—Así es –contestó aquel hombre, haciendo ademán de volver a su trabajo.

—La naturaleza es sabia –continuó Querencio, pretendiendo que le siguiera la conversación.

—Puede ser –dijo moviendo el bigote hacia un lado y abriendo mucho los ojos. Estaba claro que le molestaban las preguntas de Querencio. Pero este insistía:

—¿Sois personas que os dedicáis a aprender de la naturaleza?

—Digamos que sí.

—Eso es fascinante.

—Sí que lo es.

—¿Y qué os dice? ¿Os explica la verdad de las cosas?

—Sí –contestó el hombre, que parecía animarse con la conversación—, digamos que sí.

Querencio no podía salir de su asombro. ¿Acaso había encontrado ya lo que había salido a buscar? Parecía que estas personas eran la encarnación de sus anhelos más profundos. Así que entusiasmado y excitado se aventuró a hacer la gran pregunta.

—¿Y qué es la verdad?

El hombre se quedó atónito, el bigote torcido, en diagonal.

—¿La verdad? ¿Me preguntas, chaval, qué es la verdad?

—Sí, la verdad. Es lo que vosotros buscáis, ¿no?

—A ver, a ver, espera un momento. ¿De qué me estás hablando?

—De la verdad, ¿qué es la verdad? ¿Vosotros no la buscáis?

—Bueno… sí…—todavía no había enderezado el bigote, porque no podía salir de su asombro.

—Pues, ¿entonces?

—Mira –adquirió entonces un tono solemne, pausado y cadencioso aquel hombre de poblado bigote—. La verdad, chaval, no existe.

—Pero… cómo… entonces… vosotros…—replicó Querencio sin poder articular una frase coherente y señalando a los demás.

—La verdad, así, en general, no existe, chaval. Lo que sí existe es la verdad de cada una de las cosas concretas.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Mira, ¿ves esa piedra?

—¿Cuál? ¿Esa blanca que hay ahí?

—Eso. Cógela y dime: ¿cuál es la verdad de esta piedra?

—Creo que es cuarzo.

—Bien, sí, es cuarzo. Pero, ¿ya está?

—Supongo.

—Mira, se trata de un silicato, de la subclase de los tectosilicatos. Óxido de Silicio, en concreto, cuya fórmula es SiO2. Este ejemplar que tienes en tu mano es de una variedad blanca opaca. Se debe este aspecto a que tiene en su interior muchas inclusiones y huecos microscópicos. También existe el cuarzo transparente o el cuarzo amatista… en fin hay de muchos tipos, pero te cansaría describiéndote y explicándote la clasificación de las diferentes variedades.

—¿Esa es la verdad de esta piedra?

—Así es. No se puede saber nada más de ella. Su verdad es concreta, baja a los detalles más minuciosos. En cambio, ¿cómo podrías definir la verdad, así en general? ¿Cómo podrías clasificar y dar razón a TODO en su conjunto? ¿Cómo podrías descomponer el todo en elementos químicos y fórmulas y diseccionarlo para escudriñar la verdad, con mayúsculas? No se puede, chaval. La verdad tiene que ver con lo concreto, con lo que nos entra por los sentidos, con lo que se toca y se puede medir y clasificar. Y cada cosa tiene su propia verdad, no hay solo una.

Querencio se quedó mirando el pedazo de cuarzo blanco con asombro, pues ya conocía su verdad, y decidió conservarlo.

—¿Puedes explicarme, entonces, en qué consiste vuestro trabajo?

—Somos científicos de la Academia de La Villa. Nuestra labor consiste en observar, clasificar, teorizar y experimentar.

—Observáis la naturaleza, vamos.

—Bueno, nosotros sí, pero hay otros que se dedican a las ciencias humanas, a la naturaleza humana, para que me entiendas. Nosotros observamos las formaciones rocosas, las plantas, los animales, los insectos, y los clasificamos según sus especies. Para ser un buen científico hay que saber observar, clasificar y dar a cada cosa su sitio.

—Me gustaría ayudaros. Sois lo que siempre he deseado ser. ¿Puedo colaborar con vosotros?

—Bueno—contestó el científico arrugando el bigote, levantando las cejas y cerrando un poco los ojos—, no creo que a los demás les preocupe tener un ayudante. Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Eutheo.

Querencio dudó un momento.

—Querencio, me llamo Querencio.

—¿Qué nombre es Querencio?

—¿Y qué nombre es Eutheo?

—Bueno, bueno, chaval no te pongas así.

Eutheo llamó a sus compañeros y les presentó a Querencio. Se aplicó con pasión a las tareas que le asignaban los científicos. Durante los días que estuvo con ellos, aprendió que usaban instrumentos para observar la naturaleza, y que estos no eran un obstáculo entre ellos y su objeto de estudio. Se trataba más bien de una ayuda a los sentidos, no de un substituto. Nada que no entrara por los sentidos podía considerarse verdadero. Los datos que iban conociendo, los anotaban cuidadosa y rigurosamente en unos cuadernos. Luego al atardecer los pasaban a limpio en unos libros. La mayoría de ellos, sobre todo Eutheo, se pasaban un buen rato escribiendo y pensando. Querencio vio algunas de las anotaciones, fruto de sus reflexiones y estaban llenas de números y cálculos. Esto le confundía un poco. Le habían explicado que solo se podía considerar verdadero algo que se había contrastado con los sentidos, así que no entendía el porqué de todos esos cálculos matemáticos, tan abstractos y ausentes de la realidad.

—No, chaval, no –le decía Eutheo—. Las matemáticas no son abstractas.

—Claro, qué vas a decir tú. Tengo entendido que los entes matemáticos son imaginarios.

—Pues sí.

—Pues ahí está –replicó victorioso Querencio—. No tienen nada que ver con la realidad.

—No, no. Me estás enredando –contestó Eutheo con sus ojillos llenos de entusiasmo, y su bigotazo más móvil que nunca—. Mira el cielo, mira la tierra, mira las plantas, los animales, las estrellas nocturnas y el sol diurno. ¿No sabes que podemos predecir los solsticios y los plenilunios y el paso de los cometas? ¿No has visto que siempre llueve hacia abajo y que todo lo que sube acaba bajando? ¿No has visto que la estrella polar siempre apunta el norte y que la Osa Mayor nunca alcanza el horizonte?

—¿Y eso que tiene que ver? –preguntó Querencio confundido.

—¿No te da la impresión de que estamos en una gran máquina con sus mecanismos y sus normas de funcionamiento? Como si hubiera engranajes que encajando uno en otro, dieran movimiento a todo lo que vemos.

—Sigo sin entender a dónde quieres llegar.

—Pues que las normas que rigen los hechos de la naturaleza se pueden traducir todas en fórmulas matemáticas.

Querencio se quedó como petrificado ante aquella revelación.

Eutheo además redactaba, pero nadie sabía exactamente qué.

—Debe de ser una teoría muy buena –dijo un día un colega científico durante la comida.

—Tan buena que servirá de somnífero para quien la lea –replicó otro, provocando las risas de los presentes.

“¿Por qué se burlarán del trabajo de su compañero?”, pensó Querencio, “¿Acaso hay envidia entre los científicos? ¿Por qué estudian la naturaleza? ¿Por el bien de la ciencia y de la sabiduría o por bien del propio egoísmo y de la satisfacción personal?”

Una de las tareas que le encargaron a Querencio era anotar los datos que los científicos le iban diciendo, y aprendió a clasificar muchas cosas.


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