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Excerpt for Una Historia Hindú - Novela histórica de la antigua India by , available in its entirety at Smashwords

Una Historia Hindú

Novela histórica de la antigua India



Rabindranath Tagore



Copyright © 2018 Rabindranath Tagore

Copyright © 2018 Editorial Imagen.
Córdoba, Argentina

Editorialimagen.com
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Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida por cualquier medio (incluido electrónico, mecánico u otro, como ser fotocopia, grabación o cualquier sistema de almacenamiento o reproducción de información) sin el permiso escrito del autor, a excepción de porciones breves citadas con fines de revisión.

CATEGORÍA: Novela

Impreso en los Estados Unidos de América

ISBN-13: 978-1-64081-064-8

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Tabla de Contenidos



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Sobre esta obra



A Rabindranath Tagore se lo conocía como al poeta de la ternura y de los finos matices. Pero, ciertamente, como al novelista sagaz y observador, profundo analista de las costumbres de su India natal. Es lo que pone de relieve en “Una Historia Hindú”, que esta editorial se complace en ofrecer al público en la seguridad de presentar una faceta casi desconocida de Tagore.

Este relato, breve y denso en su síntesis, nos acerca las modalidades del país milenario, el viejo problema de las castas y las luchas de la mujer por alcanzar su liberación. Todo ello contado con esos innumerables matices que distinguen al ilustre poeta. Son cuatro voces, cuatro almas las que dialogan a lo largo de esta historia plena de hallazgos y de riqueza espiritual junto a observaciones de innegable interés documental.





PRIMERA PARTE

El Tío

I



La primera vez que encontré a Satish me pareció que brillaba como una constelación desde sus ojos luminosos, sus dedos esbeltos como llamas, y su rostro radiante de ardiente juventud. Me sorprendió descubrir que la mayoría de los estudiantes, sus camaradas, lo detestaban sólo porque se parecía en primer lugar a sí mismo. La mejor protección para el hombre como para el insecto es aún la de adoptar el color de aquello que lo rodea.

Los estudiantes del hotel donde yo vivía habían adivinado fácilmente mi respeto por Satish. Eso los ofuscaba no sé cómo y no perdían ninguna oportunidad de hablar mal de él delante de mí. ¿Tenéis polvo en un ojo? Es mejor no frotarlo. ¿Las palabras os hieren? Es mejor no contestar.

Hasta que un día la calumnia contra Satish me pareció tan grosera que no pude callar. Pero la dificultad consistía en que yo ignoraba todo acerca de él. Apenas habíamos cambiado unas pocas palabras, en tanto que ciertos estudiantes eran sus vecinos próximos, y otros sus parientes lejanos. Estos afirmaban con seguridad la verdad de lo que anticipaban, y yo afirmaba con mayor seguridad aún que la cosa no era creíble. Entonces, todos mis comensales indignados prorrumpieron en exclamaciones contra mi impertinencia. Esa noche lloré de contrariedad.

Al día siguiente, entre dos cursos, mientras Satish leía tirado cuan largo era en el jardín del Colegio, me acerqué a él y sin preámbulos le tartamudeé mi agitación, apenas consciente de lo que le decía. Satish cerró el libro y me miró al rostro, ¡Quien no haya visto sus ojos no podrá imaginar su mirada!

—Los que me denigran —dijo— no lo hacen por amor de la verdad, sino porque les gusta pensar mal de mí. Así que es inútil querer probarles que la calumnia no es verdadera.

—Pero —protesté— ¿no es necesario que los mentirosos...?

No son mentirosos —interrumpió Satish—. Yo tenía por vecino —continuó— a un pobre joven que sufría ataques de epilepsia. El invierno pasado le di una colcha. Mi criado vino a buscarme, furioso, y me dijo que la enfermedad de ese joven era fingida. Los estudiantes que me denigran se parecen a mi criado. Creen en lo que dicen. Quizá mi destino me ha otorgado una colcha de más, que ellos creen necesitar más que yo.

Arriesgué una pregunta:

—¿Es verdad que eres ateo, como dicen?

—Sí —contestó.

Tuve que bajar la cabeza. ¿No había yo afirmado con vehemencia la imposibilidad de que Satish fuera ateo? Desde el comienzo de mis breves relaciones con Satish había yo recibido dos choques bastante rudos. Lo había creído brahmán, pero resultó que pertenecía a una familia bania; y se suponía que yo despreciaba a todos los banias a causa de la sangre azul que corría por mis venas. En segundo lugar, tenía la arraigada convicción de que los ateos eran peores que asesinos, peores aún que los devoradores de bueyes. ¿Quién hubiera podido imaginar, ni en sueños, que habría yo de comer alguna vez en la misma mesa que un estudiante bania, o que mi celo fanático por el ateísmo llegaría a superar al de mi maestro? Y así fue, sin embargo.

Wilkins era nuestro profesor en la Universidad. Su ciencia era grande, y mediocre la opinión que tenía de sus alumnos. Consideraba servil la ocupación de enseñar literatura a estudiantes bengalíes. Por esa razón, aun en su clase sobre Shakespeare, nos daba por sinónimo de gato: "cuadrúpedo perteneciente a la especie de los felinos". Pero dispensaba a Satish de tomar esas notas. Le decía: "Le devolveré las horas perdidas en el curso cuando venga usted a mi casa".

Los otros estudiantes, menos favorecidos, atribuían esa parcialidad a la tez blanca de Satish y a su profesión de ateo. Los más dotados de prudencia mundana iban al gabinete de Wilkins y afectaban mucho entusiasmo, para pedirle luego algún libro sobre positivismo. Pero él se lo negaba, so pretexto de que esos libros superaban el alcance de su inteligencia. El saber que los juzgaba hasta incapaces de cultivar el ateísmo los exasperaba aún más contra Satish.



II



El tío de Satish era Jagamohan, un ateo notorio. No basta decir que Jagamohan no creía en Dios; antes creía en Nada de Dios.

En la marina de guerra la gran tarea de un capitán consiste más en hundir barcos que en dirigir bien el suyo. La gran tarea de Jagamohan era la de echar a pique el credo del Deísmo allí donde sacara la cabeza del agua.

Este era el orden de su argumentación:

"Si hay un Dios le debemos necesariamente nuestra inteligencia".

"Pero nuestra inteligencia nos dice claramente que no hay Dios".

"El mismo Dios, pues, nos dice que no hay Dios".

—Sin embargo —continuaba—, vosotros, hindúes, tenéis la desvergüenza de contradecir a Dios y afirmar que Él existe. A causa de ese pecado treinta y tres millones de dioses y diosas os tratan como lo merecéis, y os tiran de las orejas a causa de vuestra presunción.

Jagamohan se había casado muy niño. Antes de la muerte de su mujer había leído a Malthus. No volvió a casarse.

Su hermano menor, Harimohan, era el padre de Satish. Harimohan, por naturaleza, era exactamente opuesto a su hermano mayor, a tal punto que podría suponerse que lo inventó por necesidades del relato. Pero la ficción sola se halla siempre obligada a mantenerse en guardia para conservar la confianza de los lectores. Los hechos no son responsables, y se ríen de los incrédulos. Por eso, los ejemplos de dos hermanos tan poco parecidos como la mañana y la noche no hacen falta en este mundo.

Harimohan había sido muy enfermizo en su infancia. Sus padres se habían esforzado en preservarlo de toda clase de enfermedades detrás de una barricada de amuletos y encantamientos, del polvo de los santuarios venerados, y de bendiciones compradas a los brahamanes a precios enormes. Al crecer adquirió suficiente robustez, pero en su familia persistió la tradición de su escasa salud. Así que nadie reclamaba de él otra cosa que no fuera la de vivir. Y él llenaba todas las esperanzas con sumisión, aferrándose a la vida. Al mismo tiempo ostentaba su fragilidad superior a la del común de los mortales, y se las arreglaba de manera de absorber la atención exclusiva de su madre y de todas sus tías: le servían comidas preparadas especialmente, trabajaba menos y descansaba más que los otros miembros de la familia.

No se le permitía olvidar un solo instante que se hallaba no sólo bajo la protección particular de las susodichas madre y tías, sino también de la de los dioses y diosas que presidían las tres regiones de la tierra, los cielos y el firmamento. Así que terminó por adoptar una actitud de devota dependencia hacia todas las potencias del mundo, visibles e invisibles, desde los subinspectores de policía, los vecinos afortunados y los altos funcionarios, hasta las vacas sagradas y los brahamanes.

Las preocupaciones de Jagamohan seguían un curso completamente distinto. Se cuidaba de acercarse a los poderosos, por temor de que pudieran sospechar la menor adulación por parte de él. Sus rodillas eran demasiado rígidas para plegarse delante de quienes podía esperar algún favor.

Harimohan se hizo casar en tiempo formal, es decir, mucho antes de tiempo. Satish nació después de tres hermanos y tres hermanas. A todo el mundo le chocó su parecido con Jagamohan, y éste tomó posesión de él como si hubiera sido su propio hijo.

Al comienzo Harimohan se regocijó al pensar en las ventajas de ese arreglo para la educación de Satish, pues Jagamohan era considerado el erudito anglicista más famoso de la época. Vivía como en el interior de una concha de libros ingleses. Era fácil descubrir las habitaciones que ocupaba en la casa por las hileras de volúmenes acumulados a lo largo de las paredes, así como se reconoce el lecho de un torrente por el alineamiento de los guijarros.

Harimohan mimaba y halagaba a su hijo mayor con el corazón lleno de felicidad. Imaginaba que Purandar era demasiado delicado como para sobrevivir a la decepción si no se cedía a sus menores deseos.

La educación de Purandar, pues, fue descuidada. Lo casaron sin pérdida de tiempo; pero no bastó eso para retenerlo dentro de límites moderados. La nuera de Harimohan no dejaba de expresar con energía el descontento que le causaban las excursiones extraconyugales de su marido, pero Harimohan sólo se irritaba contra ella y atribuía a su falta de tacto y de encanto la conducta del esposo.

Jagamohan se encargó totalmente de Satish para ahorrarle esa solicitud paternal. Satish, niño aún, conocía a fondo la lengua inglesa, y las doctrinas inflamatorias de Mili y de Bentham le abrasaron tan bien el cerebro que se puso a arder como una antorcha viviente de ateísmo.

Jagamohan no trataba a Satish como pupilo, sino como camarada. Sostenía que la veneración es una superstición de la naturaleza humana cuya única finalidad es volver serviles a los hombres.

Un yerno de la familia le escribió un día una carta que comenzaba con la fórmula usual: A los pies graciosos de..., y Jagamohan le contestó e instruyó en estos términos:

"Mi querido Noren:

Ni usted ni yo sabemos la importancia especial atribuida a los pies, al tratarlos de graciosos. Por consecuencia, el epíteto es más que inútil, y es mejor renunciar a él. Además, arriesga usted causar un choque nervioso a su corresponsal al no dirigir la carta sino a sus pies, pretendiendo así ignorar totalmente a su poseedor.

Le ruego comprenda, por consiguiente, que mientras mis pies se hallen adheridos a mi cuerpo no debe usted disociarlos del conjunto. Además, recuerde que los pies humanos no tienen la ventaja de ser prensiles y que es un acto de pura locura ofrecerles algo, desdeñando así su función natural.

En fin, su empleo de la palabra pies en plural honorífico, en el lugar de la forma dual, indica quizá un respeto singular de su parte (porque siente usted una veneración particular por los animales de cuatro patas), pero considero un deber de mi parte desengañarlo de todo error acerca de mi identidad zoológica.

Muy suyo.

Jagamohan".

Jagamohan discutía con Satish los temas que las gentes bien educadas descartan generalmente de la conversación. Esa libertad de lenguaje con un niño era criticada, pero él respondía que se espanta a los zánganos destruyendo su nido, y que no se libera a ciertos temas de su carácter vergonzoso si no se destruye su envoltura de vergüenza.



III



Cuando Satish hubo terminado sus estudios en la Universidad, Harimohan hizo cuanto pudo para arrancarlo de la influencia de su tío. Pero una vez que el nudo corredizo se halla en torno del cuello el mejor modo de cerrarlo es tirar desde arriba. Harimohan concluyó por odiar tanto más a su hermano cuanto más recalcitrante se mostraba Satish. ¡Si el ateísmo de su hijo y de su hermano mayor se hubiera limitado a una cuestión privada Harimohan habría podido tolerarlo! Estaba dispuesto a dejar pasar platos de aves domésticas por curry de cabritos.1 Pero ahora la situación era tan desesperada que hasta las mentiras eran incapaces de limpiar a los culpables.

La crisis sobrevino en la siguiente ocasión: El lado positivo del ateísmo de Jagamohan consistía en hacer bien a los demás. Ponía en ello un orgullo especial, porque hacer el bien, para un ateo, es pura pérdida, ya que no existe el incentivo de méritos por adquirir, así como para desviarlo del mal no existe el temor del castigo en el más allá. Si se le preguntaba qué interés tenía en preparar "la mayor felicidad del mayor número", respondía que su mejor estímulo era no poder esperar nada en cambio. Le decía a Satish:

Baba,2 somos ateos, y el orgullo de serlo debe conservarnos sin tacha. Puesto que no respetamos a nadie superior a nosotros, tanto más necesario aun es respetarnos a nosotros mismos.

En el vecindario había algunos negocios de mercaderes de cuero, musulmanes. Tío y sobrino invirtieron mucho celo y dinero en hacer bien a esos mercaderes intocables. Harimohan estaba fuera de sí. Sabedor de que ninguna invocación a las Escrituras o a la tradición causaría efecto sobre ambos renegados, se quejó a su hermano de que derrochara así su patrimonio.

—¡Cuando mis desembolsos —le respondió su hermano— asciendan al total de lo que gastas con tus brahmanes saciados, estaremos a mano!

Un día la gente de Harimohan se sorprendió al ver que se preparaba un festín al lado de los apartamientos habitados por Jagamohan. Los cocineros y mozos eran todos musulmanes. Harimohan hizo venir a su hijo y le dijo:

—¿He comprendido bien, y vas a darle un banquete a tus amigos venerados, los mercaderes de cuero?

Satish replicó que era demasiado pobre para pensar en nada parecido. Los había invitado su tío.

El hermano mayor de Satish, Purandar, se hallaba en el colmo de la indignación y amenazaba con arrojar a la calle a esos huéspedes.

Harimohan expresó sus amonestaciones a su hermano. Este respondió:

—Nunca hice objeciones cuando ofreciste sacrificios a los ídolos. ¿Las harás tú cuando ofrezco alimentos a mis dioses?

—¿A tus dioses? —exclamó Harimohan.

—jSí, mis dioses! —replicó su hermano.

Te has vuelto repentinamente Deísta 3 —bromeó Harimohan.

—No —contestó su hermano—. Los Deístas adoran a un Dios que es invisible. Vosotros, idólatras, adoráis a dioses que son mudos y sordos. Los dioses a los cuales yo adoro pueden verse y oírse a la vez, y es imposible no creer en ellos.

—¿Quieres decir —exclamó Harimohan— que esos mercaderes de cuero son verdaderamente tus dioses?

—¡Claro que sí! —contestó Jagamohan—. Verás su potencia milagrosa una vez que haya puesto alimentos delante de ellos. Se los tragarán todos, y desafío a tus dioses a que lo hagan. Siento mi corazón lleno de regocijo al ver cómo cumplen mis dioses tan divinas maravillas. Y si no eres moralmente ciego, también tu corazón debe llenarse de regocijo.

Purandar vino a buscar a su tío, y juró, desde lo alto de su cabeza, que estaba dispuesto a los medios más extremos para evitar el escándalo. Jagamohan se burló de él.

—¡Intenta levantar la mano contra mis dioses, mono! ¡Descubrirás inmediatamente su fuerza! No tendré el trabajo de defenderlos.

Purandar era más cobarde aún que su padre. Se hacía el fanfarrón cuando estaba seguro de no encontrar resistencias. En el caso presente no pudo reunir el valor necesario para arriesgarle en una pelea con los vecinos musulmanes. Así que se fue a buscar a su hermano y descargó sobre él sus torrentes de furor. Satish lo contempló con sus ojos admirables, sin decir nada. El festín tuvo mucho éxito.



IV



Harimohan no pudo aceptar pasivamente ese insulto. Declaró la guerra. Los bienes con cuya renta subsistía la familia provenían de un templo. Harimohan promovió proceso contra su hermano y lo acusó de violar gravemente las conveniencias ortodoxas, lo que lo volvía indigno de beneficiarse por más tiempo de una fundación hindú. Harimohan hubiera encontrado sin esfuerzo todos los testigos que hubiese querido. Todo el vecindario hindú estaba dispuesto. Pero el mismo Jagamohan proclamó en pleno tribunal que no tenía fe ni en los dioses ni en los ídolos de ninguna clase, que todo alimento bueno para comer era para él un alimento comestible, que nunca se había devanado los sesos para descubrir de qué miembro particular de Brahma habían salido los musulmanes, y que en consecuencia no sentía la menor vacilación en comer junto con ellos.

El juez decretó que Jagamohan no tenía calidades para beneficiarse con los ingresos de un templo. Sus abogados le aseguraron que si apelaba, la sentencia sería revocada. Pero Jagamohan se negó. Dijo que no quería trampear, ni siquiera a los dioses, en los cuales no creía. Sólo podían tener conciencia de traicionarlos aquellos cuya inteligencia era capaz de creer en semejantes necedades.

Sus amigos le preguntaron: "¿Cómo vas a vivir?", y él les contestó:

—Cuando no me quede nada por llevarme a la boca, me contentaré con tragar mi último aliento.

En seguida se hizo la partición de la casa de familia. Se elevó una pared desde la planta baja hasta el último piso, que dividía a la casa en dos.

Harimohan tenía una gran fe en el prudente sentido común del egoísmo humano. Estaba convencido de que la vida fácil alejaría a Satish del nido vacío de Jagamohan. Pero Satish probó una vez más que no había heredado ni la conciencia de su padre, ni su sentido común. Se quedó con su tío. Jagamohan se había acostumbrado de tal manera a considerar que Satish era suyo, que le pareció muy natural que permaneciera a su lado después de la separación.

Pero Harimohan conocía el carácter de su hermano mayor. Se fue a explicar a las gentes, pues, que Jagamohan no se desprendía del hijo con el fin de lograr alguna cosa del padre, y que conservaba a Satish como una especie de rehén. Mientras expresaba sus quejas, Harimohan estaba a punto de llorar.

—¡Mi hermano se imagina, pues, que estoy dispuesto a dejarlo morir de hambre, ya que es capaz de combinar esa intriga diabólica contra mí! ¡Pero esperaré, y veremos quién de los dos se lo lleva!

Las insinuaciones de Harimohan, con la ayuda de algunos amigos comunes, llegaron a oídos de Jagamohan. Le sorprendió haber sido lo bastante ingenuo para no haber previsto la jugarreta que le hacía su hermano.

—¡Adiós, Satish! —dijo.

Satish estaba absolutamente seguro de que nada haría cambiar de opinión a Jagamohan. Así que debió irse, después de haber pasado los dieciocho años de su existencia en compañía de su tío. Cuando el coche que lo llevaba junto con sus libros y equipaje se hubo alejado, Jagamohan cerró la puerta de su habitación y se echó sobre el piso. Cayó la tarde; el viejo servidor vino a llamar a la puerta con la lámpara encendida, pero no recibió respuesta.

¡Ay, para la mayor dicha del mayor número! El número no es todo lo que cuenta en los asuntos humanos.

El hombre que gana uno puede superar toda aritmética, si el corazón hace el resto. Una vez que Satish hubo partido, se volvió infinito para Jagamohan.

Satish fue a compartir la habitación de un amigo estudiante. Harimohan derramó lágrimas, y meditó sobre el olvido de los deberes filiales en esta época abandonada de Dios. Harimohan tenía un corazón muy sensible.

Después de la división, Purandar consagró a los dioses de la familia una de las habitaciones del lado que le pertenecía. Le causaba un placer muy particular pensar que su tío lo maldecía día y noche, sin duda, por el ruido que hacían las caracolas sagradas y los gongs de oraciones.

Satish aceptó un puesto de preceptor para ganarse la vida. Jagamohan obtuvo un puesto de director en una escuela secundaria. Y desde entonces fue un deber religioso para Harimohan y Purandar convencer a padres y tutores que era preciso arrancar a sus niños de la influencia maligna del ateo Jagamohan.

Un día, después de un lapso bastante largo, Satish fue a ver a su tío. Ambos habían renunciado a la forma habitual de saludo entre los jóvenes y sus mayores.4 Jagamohan abrazó a Satis, le ofreció una silla y le preguntó qué novedades habían ocurrido.

No escaseaban:

Una joven llamada Nonibala había buscado albergue con su madre viuda en casa del hermano de ésta. Mientras la madre vivió las cosas anduvieron sin tropiezo. Pero la madre acababa de morir, y su hija se quedaba sola con un primo que era un tunante. Uno de los amigos del primo se llevó a la joven, pero al cabo de cierto tiempo sospechó que era infiel y le hizo la vida intolerable. Todo esto ocurría en la casa vecina de la que tenía a Satish por preceptor. Satish deseaba salvar a la desdichada de esa situación deplorable. Pero no tenía ni dinero, ni hogar. Así que venía a casa de su tío. La joven esperaba un niño.

Mientras Satish hablaba, Jagamohan bullía de indignación. No era hombre que calculara fríamente las consecuencias de sus actos, y le dijo en el acto a su sobrino:

—Tengo la habitación en la cual guardo mis libros. Puedo alojar allí a esa joven.

—Pero, ¿y tus libros? —preguntó Satish, sorprendido.

Parece que quedaban pocos. Mientras buscaba un puesto, Jagamohan los había ido vendiendo para atender a sus necesidades.

Jagamohan dijo:

—Tráeme a esa muchacha.

—La he traído; espera abajo.

Jagamohan bajó la escalera corriendo, y encontró a Nonibala acurrucada en un rincón, envuelta en su sari, parecida a un paquete de ropa. Le deseó la bienvenida con su voz de bajo profundo.

¡Vamos, madrecita!5 ¿Por qué te sientas en el polvo?

Nonibala se cubrió el rostro y rompió en sollozos.

Jagamohan no acostumbraba dejarse dominar por la emoción; pero tenía los ojos húmedos cuando se volvió a Satish y le dijo:

—El fardo que lleva esta pobre criatura es nuestro.

Después continuó, dirigiéndose a la joven:

—No seas tímida conmigo, madre. ¡Mis compañeros de aula me llamaban Jagamohan el loco, y sigo siendo la misma cabeza loca!

Tomó a Nonibala de ambas manos y la hizo levantar. Cayó el velo de la joven. Su rostro era fresco e infantil, sin trazas de durezas, ni vicio. La pureza íntima de su corazón no había sido mancillada; un grano de polvo no mancilla a una flor.

Jagamohan condujo a Noni a la habitación del piso alto y le habló en estos términos:

—¡Mira el estado de mi pieza, madre! El piso no está barrido. Todo está en desorden; en cuanto a mí, no tengo hora para bañarme, ni para comer. Ahora que estás en mi casa todo se pondrá en orden, y hasta el loco Jagamohan se volverá razonable.

Hasta ese día Nonibala no había sentido nunca, ni siquiera en vida de su madre, cuánto podía ser una persona para otra: porque su madre la había considerado menos su hija que una joven a quien había que cuidar.

Jagamohan tomó una sirvienta para ayudar a Nonibala. Al comienzo, Noni temía que él se negara a recibir los alimentos de su mano, a causa de su impureza. Pero Jagamohan, por el contrario, se negaba a comer si la comida no había sido preparada y servida por su madrecita.

Sabía él que una gran ola de calumnias iría a romper contra su cabeza. Noni también lo sentía inevitable, y no conocía paz interior. La cosa ocurrió uno o dos días después. La criada había supuesto primero que Noni era la hija de Jagamohan. Pero luego le dirigió palabras hirientes y se negó a servirla, con desprecio. Noni palideció de espanto, pensando en Jagamohan.

—Madrecita mía —le dijo él—; se ha levantado la luna llena en el horizonte de mi vida, así que llega la hora de la alta marea de insultos; pero, por fangosa que se vuelva el agua, no enturbiará jamás mi claro de luna.

Una tía de Jagamohan, que venía de los departamentos de Harimohan, murmuró:

—¡Qué vergüenza, Jagamohan, qué vergüenza! ¡Borra de tu casa esa muchacha de pecado!

A lo que respondió Jagamohan:

—Sois gentes piadosas, y ese sentimiento es digno de vosotros. Pero, si arrojo de mi casa a todo lo que queda del pecado, ¿qué será de la pecadora?

Vino a verlo una vieja abuela, y le dio este consejo:

—¡Envía a esa ramera al hospital! Harimohan está dispuesto a pagar todos los gastos.

—¡Pero es mi madre! —replicó Jagamohan-. ¿Porque otro está dispuesto a pagar los gastos debo despedir a mi madre y no ocuparme yo mismo de ella?

La abuela abrió los ojos desmesuradamente.

—¿A quién llamas madre? —preguntó, sorprendida.

Jagamohan replicó:

—A la que nutre la vida en su seno y arriesga su vida para dar a luz. No puedo llamar padre al otro padre del niño. Sólo sirve para causar tormentos, y refugiarse.

Todo el ser de Harimohan se contrajo de horror ante esta infamia abominable. ¡Pensar que una mujer caída había sido recogida del otro lado de la muralla! ¡En una casa consagrada a la memoria de generaciones de madres y abuelas! ¡La vergüenza era intolerable! Había supuesto en el acto que Satish participaba del asunto, y que el tío lo estimulaba en su conducta criminal. Estaba tan seguro que lo decía en todas partes. Jagamohan no dijo una sola palabra para contradecirlo.

—El único paraíso que nos espera por haber procedido bien —decía— es la calumnia.

Cuanto más deformaba sus actos el rumor público, más parecía regocijarse, y su risa se escuchaba muy alta bajo la bóveda de los cielos. ¡Harimohan y la gente respetable de su clase podían imaginar que el tío se permitía bromear libremente acerca de un asunto como ése y entregarse a bufonerías inconvenientes con su propio sobrino!

Aunque Purandar había evitado hasta entonces, con mucho cuidado, la parte de la casa donde habitaba su tío, juró que no se daría tregua hasta no haber echado a la joven de su refugio.



V



Cuando llegaba la hora de ir a la escuela, Jagamohan cerraba toda entrada que conducía a su departamento, y cuando tenía tiempo libre volvía para saber de Noni.

Una tarde, con ayuda de una escala de bambú, Purandar traspuso la separación del parapeto sobre el techo en terraza y saltó hacia la casa de Jagamohan, que quedaba del otro lado. Nonibala descansaba después del almuerzo. La puerta de su habitación estaba abierta. Cuando Purandar descendió de la terraza y vio la silueta de la durmiente se estremeció violentamente y exclamó:

—¿Cómo? ¿Eres tú?

Noni despertó y vio a Purandar delante de ella. Palideció como la muerte, sus miembros se volvieron rígidos, y fue incapaz de levantarse o de articular una palabra.

Purandar, temblando de rabia, le volvió a gritar:

—¡Noni!

En ese momento entraba Jagamohan, que venía de los fondos.

—Sal de esta casa —le ordenó a Purandar.

Éste se erizó como un gato furioso. Jagamohan reiteró su orden:

—¡Si no te retiras ahora mismo llamo a la policía!

Purandar lanzó una mirada terrible a Noni, y se fue. Noni se desvaneció.

Jagamohan comprendió entonces toda la situación. Interrogó y supo que Satish estaba enterado de que Noni había sido seducida por Purandar, pero que lo había ocultado a su tío, temeroso de una explosión de cólera por parte de éste.

Durante los días siguientes Noni no dejó de temblar como una hoja de bambú. Dio a luz un niño muerto.

Purandar había echado a Noni a puntapiés de su casa, en medio de la noche, en un acceso de celos. Desde entonces la había buscado en vano. Cuando volvió a encontrarla repentinamente en casa de su tío fue presa de una desesperada crisis de celos. Estaba seguro de que Satish se la había quitado para reservarla para sus propios placeres, y que la había instalado en esa casa para insultarlo. ¡Era más de lo que poda soportar un mortal!

Harimohan se enteró de todo. A decir verdad, Purandar no se cuidaba de ocultar sus movimientos, porque el padre consideraba las aberraciones morales de su hijo con una benevolencia muy indulgente. Pero le parecía contrario a todas las nociones de conveniencia el que Satish le hubiera soplado esa muchacha a Purandar, su hermano mayor, que se había dignado mirarla. Y deseaba sinceramente que Purandar lograra reconquistar su presa.

Había llegado la época de vacaciones de Navidad. Jagamohan cuidaba día y noche a la pobre mujer. Una noche en que le traducía en voz alta una novela de Walter Scott, Purandar irrumpió en la habitación en compañía de otro joven.


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