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Aquellas niñas que reconocimos en fotos


Finalista del Premio Nadal 2018



Raúl Quirós Molina





www.raulquirosmolina.es



































Copyright © 2018 Raúl Quirós Molina

Todos los derechos reservados.

ISBN: 9781980910534


Fotografía de la portada: Ruocaled

https://www.flickr.com/photos/ruocaled/8600015480/


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Los labios impacientes de la noche te sanan mientras abren

el olor de la piedra.


Blanca Andreu










En la ciudad de Adela









I

El cadáver de la madre de Adela reposaba extrañamente dentro del ataúd abierto con un rictus relajado, como si minutos antes de fallecer hubiese decidido pasar a la memoria de todos los presentes en el funeral con un semblante amable. La sencilla ceremonia atrajo a poca gente del entorno de la familia: apenas alguna antigua amiga con la que se encontraba antes de que la enfermedad la enclaustrara, un primo lejano que Adela recordaba a duras penas y que se marchó sin decir nada en cuanto el cura terminó la misma; y un par de viejas de las que acuden a cualquier entierro, y que miraban fascinadas la teatralidad de la obra que un día les tocaría representar a ellas como protagonistas. La madre de Adela, Angustias, no había sido una buena mujer en vida, y quizá por ello las palabras que se le dedicaron en su funeral sonaban distanciadas y en exceso sobrias, incluidas las del párroco, que tanto se daba al adjetivo bíblico y adulador.

—Una mujer afable, que transcurrió por esta tierra queriendo lo mejor para los suyos, y que se dio a ellos, como buena cristiana que era —dijo, y alguno de los asistentes giraba la cabeza, no se sabe si conteniendo una mueca de ironía o de repugnancia.

No así Adela, a pesar de que había sido la cuidadora de su madre durante sus dos últimos años de vida y había sufrido sus demonios. Dos años durante los cuales, diariamente, tras terminar su jornada laboral como contable en una oficina de venta de telas al por mayor, conducía hasta el apartamento de su madre, la sacaba de la cama, la limpiaba, la bañaba y le daba de cenar. Eran horas en las que Adela la medicaba, le cambiaba los pañales, le untaba cremas en las piernas hinchadas para aliviar las rozaduras que le ocasionaba yacer siempre en la misma postura; horas en las que Angustias escupía la comida, en las que se asqueaba de los estofados, del arroz hervido, de la sopa de pollo, de las verduras cocidas; horas en las que la mujer se cagaba, se orinaba, se hurgaba la nariz hasta sangrar; horas en las que regaba de insultos a las cuidadoras que Adela pagaba para que pasaran las mañanas y las tardes con su madre y que nunca duraban en el puesto más allá del segundo o tercer mes.

—El dinero no basta —decían—. Esto es una humillación diaria.

Y las cuidadoras se deshacían en disculpas y lo lamentaban y Adela las creía, porque pagaba bien, porque conocía a su madre, porque sabía de lo imposible del trabajo. Colgar carteles en la biblioteca buscando asistentas, rusas, rumanas, peruanas recién llegadas a la ciudad se convirtió en una tarea más, como lo era llevar a Angustias al médico cada semana. Las asistentas rusas, rumanas, peruanas contenían el aliento cuando Adela les decía el precio por hora que iba a pagarles, y les advertía que Angustias era complicada, pero para ese entonces las asistentas rusas, rumanas, peruanas imaginaban lo sencilla que sería la vida con ese dinero, que ya no sería sin más un flotador que se infla a medias, día a día, en el océano del desempleo, sino un barco verdaderamente sólido, un dinero con el que pensar en algo que se asemejara a una vida.

Teresa, la amiga íntima de Adela, aún no había llegado al funeral. Adela se acordó de ella frente al ataúd. Al comienzo de la convalecencia Teresa había amagado con echarle una mano, pero, desde luego, no acudiría cada tarde a darle sopas a Angustias, no, no, esa no sería Teresa. Su amiga ofrecería el tipo de ayuda que uno da cuando visita a un enfermo en un hospital, o conoce al bebé de unos amigos lejanos: una hora, dos máximo, para calentar la autoestima, el tiempo justo para decirse que uno después de todo, no es tan malo. Que uno, después de todo, tiene corazón para los enfermos y los padres primerizos. Si Teresa llegaba a tiempo, sería la primera vez que vería lo que quedaba de Angustias después de un año y medio. A Teresa le bastó acudir una sola vez a la vivienda de Angustias para saber que no querría volver a verla hasta que la tierra se la llevara. En aquella ocasión, cuando Teresa entró por la puerta del cuarto, Angustias se ajustó pesadamente las gafas, levantó la cabeza hacia ella y preguntó:

—¿Y esta quién es?

—Es Teresa, mi amiga, ¿te acuerdas de ella?

Y Angustias gruñía y seguía con la cabeza los movimientos de Teresa.

—¿Se acuerda de mí? —preguntó Teresa—. ¿Se acuerda de mí, doña Angustias? —repitió, por si no la había escuchado.

Y Angustias permaneció impasible, la miraba de arriba abajo sin decir nada. Finalmente dijo:

—¿Ese perfume es tuyo?

—Sí.

—Hueles a fulana.

Y Angustias dejó que el cuerpo se venciera en el sofá y a Teresa con la palabra en la boca. No dijo nada más en toda la tarde, se sumergió en la televisión durante la hora que estuvo allí la amiga de su hija, satisfecha de la humillación que había causado a todos los presentes, y con la seguridad de que jamás volvería a verla. Los días siguientes Teresa quiso ayudar a Adela, esta vez en su territorio, sin representaciones que implicaran entrar en casas oscuras y habitaciones iluminadas por televisores y olor a pomada. Esta vez la ayudaría, vestida con faldas y sandalias, en una terraza al sol o en un café, y le diría:

—¿Cómo es posible que tu madre esté en su casa? —le diría—. Tu madre tendría que estar en una residencia, tendría que ser cuidada por cualquiera que no fueras tú.

Y Adela no respondía, o asentía con poco convencimiento y después sorbía de su refresco o se fijaba en las palomas que merodeaban alrededor de las sillas. Y Teresa insistía e insistía en que «esa» mujer tendría que estar en una residencia (y cada vez que utilizaba el demostrativo «esa», Adela sabía que la palabra traía una historia de rencor que comenzaba en el momento en que su madre la comparó con una prostituta), y que cada minuto que no estaba allí era un minuto que le robaba a Adela de su energía, de su juventud, de su vida.

Una tarde Angustias sufrió una parada cardiorrespiratoria y murió. Adela salía a hacer la compra, como todos los días, y un vecino del barrio la distrajo. Fue una de las pocas veces en las que Adela se saltaba una rutina a la que ya se había adaptado como un pie que se deforma en un zapato demasiado pequeño. Se encontró con un vecino viudo, Ernesto, quien, como todas las amistades de Angustias, se cansó de interesarse por la salud de Angustias.

—Ese anda con putas, qué te crees, que le pegó un bicho a su mujer y por eso nunca han tenido hijos —decía Angustias de Ernesto.

Adela había olvidado una crema fungicida, y se cruzó con Ernesto en el portal y este se ofreció a acompañarla a la farmacia con palabras suaves. Y después, como si supiera que de dilatar la vuelta a casa no vería morir a su madre, Adela quiso invitar a Ernesto a una cerveza. En la bodega, mientras Ernesto le contaba un chiste terrible y Adela se esforzaba por reír una y otra vez, y se asustaba porque creía haber olvidado qué era eso de reírse por tonterías, en ese preciso instante, moría Angustias. La madre de Adela notó un peso repentino en el pecho: el esternón, las costillas, los órganos, la sangre se volvieron roca. Quiso avisar a la cuidadora, que miraba absorta un programa de confesiones en la televisión: un tipo que negaba la paternidad de un niño, una joven que protestaba porque su madre quería echarla de casa. Pero el cuerpo no le respondía, se rebelaba contra la vida, se había cansado de respirar, de moverse, de estar allí, la carne le decía que, si el resto de su ser quería luchar por otra bocanada de tiempo, ella se rendía porque había sido una lucha que había durado ya demasiado tiempo. El corazón se paró, las pupilas se dilataron y el terror le tensó todos los músculos. La muerte llegaba por debajo de la puerta y la esperaba mientras una mujer boliviana seguía aburrida los anuncios en la televisión. Por fin el cuerpo de Angustias se relajó, y se orinó encima. Un estertor hizo borbotear la saliva que se le había acumulado en los labios y el gorgoteo alertó a la cuidadora. Durante unos segundos agitó con un brazo a la anciana y al comprobar que no respondía, intentó unas vagas maniobras de resurrección. Después cubrió con parsimonia la cara de Angustias con una sábana, sin cerrarle los párpados. Angustias aún guardaba algo de consciencia bajo la tela, en esos momentos en los que uno es incapaz de decir un adiós, o de pronunciar unas palabras de agradecimiento. Su visión se fue extinguiendo bajo una sábana raída que no podría quitarse por sí misma del rostro y al tiempo que sentía como la cuidadora volvía a su sillón y cambiaba de canal, la vida se le extinguía; y con ella, todo el padecimiento que había arrastrado a lo largo de la misma.

Adela había retrasado la vuelta a casa porque la risa y la cerveza la habían animado y tenía ganas de contárselo a alguien antes de sumergirse de nuevo en lo que había sido su vida esos dos últimos años: cenas pobres, bolsas de basura repletas de sobres de papilla, una máquina de oxígeno que era un alarido las veinticuatro horas del día. Llamó a Teresa, porque no podía llamar a nadie más, porque su propio teléfono móvil solo contenía nombres a los que solo se se podía llamar en horario de oficina y Teresa le dijo:

—He conocido a un chico que es dueño de varios gimnasios, y es una bestia, me sube, me baja, me empuja, me trae, es un animal, un oso, tiene las manos grandes, me hace cardenales —y Adela se reía porque se imaginaba al dueño de los gimnasios saltando sobre Teresa y a Teresa soltando grititos.

Esta vez se reía de verdad, descaradamente, y aún hablaba por teléfono cuando abrió la puerta y vio que la asistenta la esperaba. Adela bajó el teléfono y la asistenta dijo muy secamente:

—Su madre ha muerto, lo siento —se giró y la condujo hasta el cadáver—. Lo siento. Lo siento mucho.

Adela descubrió a su madre: la boca abierta y la baba goteando, los ojos hundidos y abiertos como los de una culebra, la tez amoratada, el olor a orines. La biología de la desaparición tenía prisa convertir la carne de Angustias en carroña, en un cadáver. Un cadáver, nada más. Adela se inclinó, la besó en la frente y la volvió a tapar. La asistenta preguntó qué hacer y Adela respondió que tendrían que llamar a varias personas. Vio a la asistenta con una lágrima en la mejilla y eso la contrarió. Se encerró en el baño y se sentó en la taza para orinar, allí comprobó que tenía las bragas húmedas. Las palpó y las sintió impregnadas de un flujo transparente. Se llevó la mano a la entrepierna y notó que estaba totalmente lubricada. Sintió una gran vergüenza, orinó y se limpió furiosamente en el bidé. Salió del baño y despidió a la asistenta. Le pagó un extra, que aceptó sin decir palabra alguna. Después, sola en casa, frente al cadáver de su madre, pensó en Ernesto y en la cerveza, en la cabeza torcida de su madre, en el amante de Teresa, en las bragas empapadas y se echó a reír, en voz baja, tratando de no molestar a nadie, mientras en la televisión dos abuelos hablaban de su amor, que duraba ya más de cincuenta años.

El cadáver de la madre de Adela reposaba extrañamente dentro del ataúd abierto. Adela pensó en las horas que los trabajadores de la funeraria debían de haber invertido para hacer que la expresión de su madre albergara al menos un ápice de alegría antes de darle tierra. La cohorte funeraria era parca y triste, ni Ernesto ni Teresa habían llegado aún, el cura arrastraba las palabras del sermón con desidia, y el resto de la comitiva se agitaba deseando que acabara cuanto antes el ritual, cerraran el ataúd, cenizas a las cenizas. Uno a uno, los asistentes dieron el pésame, el lugar estaba inundando por el olor a olíbano y mirra. Adela no podía dejar de pensar en unas palabras que Teresa pronunció por teléfono segundos antes de que Adela abriera la puerta del piso y encontrara que la muerte se había llevado a su madre.

—Necesitas a alguien.

«Necesitas a alguien», expresado con el aplomo y la gravedad de quien diagnostica un cáncer terminal, de quien te amenaza con el despido.

—Necesitas a alguien, Adela —y rieron un poco más antes de que Adela colgara.

Teresa se asomó por la puerta de la parroquia, esperó a que los pésames fueran dados y la muerte espantada, y se acercó a su amiga. Le pasó una mano por encima y dejó caer un «lo siento, cariño», que Adela sintió honesto. Y Adela quiso preguntarle:

—¿Qué querías decir el otro día, qué quiere decir que necesitamos a alguien, de dónde surge esa necesidad, cómo sé lo que necesito o a quién necesito?

El cura se acercó a ella y la bendijo con unas palabras.

—En estos momentos de tristeza deja que Cristo…

Etcétera, etcétera, palabras aprendidas en años de seminario y repetición interminable de PadreNuestro o DiosTeSalveMaría, palabras que ella misma había dicho, en su infancia, GloriaAlPadre, etcétera, en esa misma parroquia y que aún recordaba. Sin quitar la mano del hombro de su amiga, Teresa estudió al cura y esbozó una sonrisa sardónica: quería dar entender que tras aquel gesto no había tan solo una amistad sino un lugar al que él, por sus votos, no podría acceder jamás.

—Vamos —le dijo Teresa a su amiga.

El cura las bendijo y se volvió a sus quehaceres.

—Vámonos, es mejor que termines con esto.

Pero Adela quiso un momento de soledad frente al féretro. Miró el rostro del cadáver de Angustias. Tenía una cara tan pacífica ahora, tan alejado de la mujer que escupía la comida e insultaba a las asistentas, pensó que tal vez hubiera sido diferente si hubiese muerto rodeada de otros viejos en una residencia y según pensaba esto le pasaba la mano por la cara, dándole las buenas noches para siempre a una mujer que nunca dormía, que nunca se agotaba de ser un demonio, que solo se moría por capítulos y, cada vez que despertaba, era para castigar al mundo. Le pasaba la mano por la cara, como si aún estuviera viva y le dijera «buenas noches», a pesar de que ella nunca dio las buenas noches cuando vivía. Teresa sorprendió a Adela unos momentos más tarde, Adela no se era consciente del tiempo que había pasado allí hasta que su amiga le tocó la espalda.

—Vámonos, aquí ya no hay nada que hacer.

Adela se giró y sonrió.

—Ya voy.

Y se dio cuenta de que la caricia que había comenzado en la mejilla de la muerta, había ido deslizándose hasta el cuello, y lo apretaba con firmeza, queriéndola matar aún más, castigándola doblemente en una muerte que la había dejado muda e indefensa.

En las puertas de la parroquia, Teresa le preguntó en voz baja.

—¿Cómo estás?

—Bien —esperó unos segundos y dijo—: Bien, bien —reafirmándose en la débil convicción de que a partir de entonces la vida podía ser más ligera.

Se cruzaron con Ernesto, el de las putas, el que había dejado a su mujer estéril, que la abrazó con tibieza. Su cuerpo olía a viejo y temblaba bajo la americana pasada de moda y la camisa pulcramente planchada.

—Pásate más a menudo por el barrio —dijo, pensando que la muerte de su madre ocasionaría que la joven Adela huyera de aquel agujero de edificios altos y apartamentos pequeños—. Pásate hija —dijo, y se fue dando pequeños pasos, como si tuviera clavos en los calcetines.

Teresa y Adela se sentaron al sol de una terraza, Teresa se quitó la chaqueta y dejó descubrir la piel morena, los bucles de cabello bailaron de un lado a otro de la cabeza, se peinó con los dedos, sin reparar en Adela. No tenía por qué aconsejarla, no tenía que hablar de «esa» mujer, de si Adela estaba perdiendo el tiempo de su juventud, de su vida, de si necesitaba a alguien, solo se sentarían allí con vestidos de flores, con las piernas depiladas, con las gafas de sol puestas para hablar de las cosas de las que han de hablar las amigas.

—¿Qué tal estás? —preguntó por fin, una vez más, Teresa.

—Bien.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. —Y anticipándose a otra pregunta de compromiso, Adela añadió—: ¿Qué tal te va con el gimnasta?

Teresa la miró sorprendida. Al principio no sabía qué estaba diciendo, de quién hablaba, Adela se interesaba por David, el dueño de los gimnasios, y el interés surgía de ella misma, cosa que no sucedía con frecuencia. Ha roto un tabú, su amiga quiere charlar sobre relaciones, de amor, de deseo; no es que nunca tratara de estas veleidades, es que la muerte a cámara lenta de su madre fue un agujero negro que la arrastraba y del que le era imposible escapar. Ahora quiere hablar de David, la historia con David, el dueño de tres gimnasios, el animal salvaje.

—Ahora quieres hablar de David.

—Sí, porque ahora que mi madre ha muerto, es hora de que rehaga mi vida y me gustaría conocer a alguien.

—¿Y qué tiene que ver David con todo eso, Adela? ¡Qué cosas tienes!

—Quiero saber cómo os conocisteis, como salisteis la primera vez, todo, qué es eso de necesitar a alguien.

Teresa vaciló y por fin dijo:

—Adela, eres una tía muy rara, lo sabes, ¿no?

—Háblame de David.

—Vale, te hablaré de David.










II

Adela subió de un tirón las persianas de la habitación y mil motas de polvo se agitaron atravesadas por los rayos de sol. Había pasado una semana desde la muerte de su madre y nadie había entrado en el apartamento en todo ese tiempo. El lugar tenía algo de museo escatológico: restos de comida, blísteres, bolsas de pañales.

—¡Qué olor! —exclamó Teresa.

—¿Por dónde empiezo? —preguntó Teresa con un gesto de asco.

—Mete en la bolsa todo lo que veas que se puede tirar, pañales, toallas…

—¿Estos medicamentos?

—Sí, sí, los medicamentos también.

Adela recorrió la casa y comprobó una a una las habitaciones, abrió las ventanas en cada una de ellas y la corriente hizo de las cortinas blancas banderas. Al lado de la cama de su madre encontró la máquina de oxígeno que Angustias comenzó a utilizar cuando la diagnosticaron EPOC, y que fue lo que finalmente la encerró en casa y abortó la idea de trasladarla a una residencia. A pesar de las críticas de Teresa, Adela lo había discutido con su madre durante largo tiempo.

—En una residencia estarías mejor atendida, allí estarías con otra gente.

Angustias no respondía, solo le devolvía la mirada a su hija, a punto de dejar escapar algo tras los labios temblorosos y volvía a la televisión o al misalito que estuviera leyendo.

—No digas tonterías, ¡cómo me vas a llevar a una residencia! ¡A morirme con los viejos, eso es lo que quieres! —decía al fin.

Pero más allá de la conveniencia o no, la economía de la madre y la hija no lo permitía.

—Podemos usar el dinero de tu pensión y a poco que yo añada algo…

—No nos llegaría con la pensión de viudedad.

—Algo tendrás ahorrado.

—Nada hija, no tengo nada.

Adela cayó en la cuenta de que a pesar de que Angustias había muerto, no había desaparecido de sus vidas. Adela aún tenía que encargarse de dar a conocer la noticia a los bancos, al Estado, reclamar testamentos y herencias, cancelar cuentas. Hay algo muy melancólico en abrir el buzón y recibir la factura de la luz o del gas dirigida a un muerto y que mientras la compañía vaya recibiendo el dinero, esa persona siga viva a efectos de la empresa.

Retiró la pesada máquina de oxígeno para deshacer la cama. Tiró con fuerza de las sábanas y el colchón quedó al descubierto. Unas marcas salinas dibujaban un contorno humano que se hundía en la tela ennegrecida por el sudor.

—Esto habrá que tirarlo, porque no creo que ningún vecino lo quiera —gritó Adela—. Lo dejaremos junto a los contenedores de basuras, se lo llevará algún paki o algún gitano para la chatarra.

Levantó con las dos manos el colchón y lo apoyó contra la pared, el somier de muelles a medio oxidar dejó traslucir la mugre que se había acumulado durante meses bajo la cama de su madre. Pasó la fregona con vehemencia arrastrando cabellos, restos de envases de medicamentos, el capuchón de un bolígrafo, monedas.

—¿Qué quieres hacer con todos estos? —entró Teresa ojeando un libro pequeño.

Adela se acercó.

—Es el libro de Domingo Savio.

Teresa la dejó sola. Años atrás, cuando Angustias aún no estaba convaleciente, cuando Angustias aún quería ejercer como madre y educadora, le leía historias de este libro en cualquier momento del día, en la comida, después de la cena, cuando volvía del colegio; con el tiempo Adela aprendió a no escuchar, a estar allí y no estar, a no contrariar a su madre, que la llamaba desagradecida si descubría que no prestaba atención. Domingo Savio es llamado por sus amigos para mostrarle unos libros o revistas, y el santo descubre que son revistas impuras y lo rompe todo en sus propias narices y después dice algo muy sabio, como que no desea que sus compañeros lean cosas que no agraden al Señor.

Salvo alguna visita ocasional de Ernesto, que se resistía a abandonar a su vecina, solo otro hombre había convivido con ellas. Adela pensó que puesto que las mujeres que la cuidaban no aguantaban el mal carácter de su madre, un hombre, un hombre robusto y firme podría soportar mejor los insultos y los quejidos que una mujer; por ello contrató a un tal Edmundo, de piel cetrina, y cabello muy negro, que cogía a su madre en brazos y la llevaba de un lado a otro sin necesidad de utilizar la silla de ruedas.

—¡Me vas a matar, me vas a matar! —se escandalizaba la madre.

Sin embargo, Edmundo no se inmutaba. Los ojos entornados nunca miraban cuando se le hablaba. Solo se fijaba en las manos, o en objetos inertes de la casa.

—Te mira el culo y las tetas cuando estás aquí —se quejaba Angustias, y Adela no decía nada—. Porque ellos son así, así tratan a sus mujeres, solo hay que ver cómo te mira.

Edmundo también terminó cansándose, o halló algún trabajo mejor.

—Señorita Adela —dijo—, ¿querría tomar algún día un café conmigo?

Y Adela se mostró perpleja, un café, con este hombre que entorna los ojos, que ha bañado a mi madre desnuda y le ha puesto supositorios, este hombre que viene de otro mundo quiere tomar un café conmigo, y le dio la razón a su madre, «seguro que me mira las tetas y el culo, y resopla cuando se va de casa, y me imagina desnuda».

—Gracias, Edmundo, muy amable, pero estoy muy ocupada —dejó caer el dinero en su mano y cerró la puerta en sus narices. Cuando volvió a la habitación de Angustias, ella sonreía dándose la razón, ya no gemía lastimosamente. Solo sonreía y sonreía satisfecha.


Una vez terminó de repasar la habitación, quiso encargarse del cuarto de baño, pero Teresa la interrumpió.

—¿Hacemos un descanso?

Salieron de la casa y arrojaron a los contenedores varias bolsas de basura; el colchón lo bajarían más adelante. Fueron a la bodega en la que Ernesto y ella habían compartido una cerveza, y bebieron en silencio tratando de despejarse de la atmósfera mórbida del apartamento de Angustias.

—¿Cómo lo haces? —preguntó súbitamente Adela.

—¿Cómo hago el qué? —respondió su amiga con el vaso de cerveza a punto de tocarle los labios.

—¿Cómo haces para conocer a tantos hombres?

Teresa abrió la boca y estuvo a punto de responder algo, después dio un trago a su cerveza y torció el gesto.

—No sé a qué viene esa pregunta ahora, me dejas flipada.

—Es que quiero saber cómo conocer hombres.

—Bueno, en primer lugar yo no salgo a conocer hombres, yo salgo a pasármelo bien.

Adela notó la hostilidad de su amiga.

—Perdona, no quería ofenderte.

—Pues a veces lo consigues.

Avergonzada, Adela no dijo una sola palabra más. Volvieron a la casa y Adela estuvo un rato mirándose al espejo, el pelo liso y corto, la blusa demasiado formal, las primeras arrugas que se apilaban bajo los ojos y en las comisuras de la boca. «Soy una secretaria», pensó mientras estiraba la falda hacia las rodillas. En la bañera retiró una banqueta de plástico donde sentaba a su madre para asearla un par de veces por semana. Tuvo pena la primera vez que la vio desnuda frente a ella, con las carnes amoratadas y escurridas en pliegues blancuzcos como saliva espesa, la postura jorobada y los dedos huesudos clavados en la manos hinchadas, el movimiento a trompicones, temiendo resbalar y partirse en fragmentos que se esparcirían por el suelo de terrazo. Al principio la lavaba con mimo; meses después, cuando la ristra de quejas e insultos se fue acumulando, el baño se convirtió en un ritual de carnicería de barrio: levantarle un brazo, enjabonarlo, levantar el otro, «toma la esponja, límpiate ahí abajo», y después enjuagarla, ahogar los ayes y las protestas por la temperatura del agua, secar lo que quedaba de ella con la toalla, «ves qué bien, así estás fresquita», y devolverla a la cama o al sillón frente al televisor, Adela haciendo de madre, Angustias haciendo de hija.

El instituto y la universidad se llevaron de la vida de Adela las misas y las catequesis, las ilustraciones de unos libros que referían un mundo extraño y polvoriento donde los niños vestían con pantalón corto y corbata, y las niñas vestidos de volantes y lazos en el cabello, «así podría ser la novia de Domingo Savio» pensaba frente al espejo. Metió el libro en una bolsa de basura, junto a todos los demás que cogían polvo en las estanterías de la habitación, pero Teresa la paró.

—Espera, espera, estos son diarios, ¿estás segura de que quieres tirarlos?

—No son diarios, mi madre transcribía poemas y frases de la Biblia aquí.

—Es una lástima que se pierdan, tiene la letra muy bonita. Quizá deberías conservarlos —dijo pasando rápidamente las páginas de uno de ellos.

Salvó dos del escrutinio y se los guardó en el bolsillo, recogió en una carpeta todos los papeles que necesitaría para aclarar asuntos con las administraciones y los bancos.

—Vámonos, vámonos, que me estoy poniendo mala.

En el coche de Teresa, ninguna de las dos amigas se dirigió la palabra durante un buen rato. Adela suponía que Teresa aún estaba molesta por aquello que había dicho mientras descansaban y había decidido dejarlo correr hasta que Teresa la perdonara. Ella siempre le perdonaba estos exabruptos, pero en esta ocasión, le pareció que iba perdiendo algo por cada semáforo que cruzaban. Por primera vez se le hizo muy presente todo lo que había echado de menos en los dos últimos años, sometida como lo había estado a un régimen marcial: oficina, madre, oficina, madre, con algún café fugaz entre semana con su amiga para que la pusiera al tanto de sus escarceos, de los hombres que se cruzaba en la calle, en el gimnasio, en la oficina. Historias que terminaban a las tres de la mañana en el apartamento de Teresa y que fascinaban a Adela. Y ahora que había desaparecido Angustias, cuando sus horarios dejaban en el calendario huecos en los que no tendría que navegar por los estantes del supermercado hallando potitos, sueros, jabones suaves, temió subir a su propio apartamento, abrir la puerta y no saber qué hacer, no tener otro propósito más que dormir y al día siguiente ir a trabajar, y así seguidamente, semanas, meses. No tener que cuidar a nadie, no pensar con días de antelación qué médico le toca y a qué hora, colgar anuncios en la biblioteca para encontrar rumanas, rusas, bolivianas que quisieran ocuparse de su madre. Giró la cabeza hacia su amiga, que conducía y esta preguntó alarmada.

—¿Qué, qué pasa? —Adela al principio no dijo nada pero luego dejó escapar con una voz a punto de romperse.

—¿Qué tal con David?

—¿Qué dices, Adela, qué David? —y su amiga estalló a reír—. Ahora me preguntas por David.

—No quise molestarte antes, por eso te pregunto.

—Eres de lo que no hay.

—Tal vez podríamos salir un día los tres, a divertirnos.

—Tal vez.

La conversación dejó a Teresa con una media sonrisa el resto del trayecto, pero Adela no podía abandonar esa imagen de sí misma entrando sola a su casa y preguntó.

—¿Te vendrías a dormir a mi casa esta noche?

Teresa vaciló.

—No quiero dormir sola esta noche, solo hoy.

Su amiga aceptó y condujo hasta el barrio de Adela.

Una vez en casa, se ducharon, cenaron algo ligero y se metieron en la cama. Teresa tardó poco en encontrar el sueño. Adela, en cambio, se agitaba a su lado y veía con envidia como el pecho de su amiga subía y bajaba rítmicamente con un leve ronquido. No se atrevía a moverse demasiado para no turbar el reposo de Teresa. El insomnio la inundó de ideas recurrentes acerca de su madre y anécdotas banales que en la mitad de la noche se agigantaban, monstruos que se alimentan de la inútil energía que se dedica a pensar en ellos. Esa breve confrontación por la mañana con Teresa, ¿cómo había dicho?, que cómo hacía para conocer a tantos hombres, no, no, no era así, ¿cómo lo haces para conocer a hombres?, no, tampoco, ¿qué había dicho?, ¿qué tono había utilizado?, ¡qué horror, qué forma tan brutal de decirlo, como si su amiga fuese una cualquiera, una buscona, una fulana, como decía su madre! No lo dijo con malas intenciones, no lo espetó con segundas, ocurre que en ocasiones un deseo, un pensamiento, una emoción han de salir del pecho cuanto antes, a borbotones y las palabras se amontonan en la boca unas contra las otras, sin mesura, esas palabras que entran en nuestra vida a la fuerza, torpemente, sin querer causar daño, y no obstante, lo causan. También el que escucha debería de tener paciencia, cultivar el oído y evitar que las palabras que hieren con sus aristas descuidadas le hieran, porque si no es el fin, es el desencuentro que precede a la destrucción de la amistad. Adela quiso creer por un momento que bajo ese desliz que cometió había un rencor enterrado hacia su amiga, la pincelada de un resentimiento por la facilidad pizpireta con la que se movía por la vida. Qué fortuna ser capaz forjar amistadas con hombres, con mujeres, con ancianos, qué facilidad para convertir el mundo en un espirógrafo que dibuja mosaicos de deseo y amor a su alrededor, cómo no iba a envidiarla, ¿quién no la envidiaría?, si Teresa era grácil en cada gesto. La conoció en una clase de yoga: descubrir el chi, el puente, el saludo al sol, olvidarse por una hora del quejido continuo de su madre, encontrar un equilibrio en la cuerda floja de su vida. Y solo aguantó esa hora y ninguna más, porque se sentía patosa, oxidada, vieja y culpable por no estar al lado de Angustias, a quien además habían diagnosticado EPOC y la necesitaba a todas horas, como si ella se llevara el oxígeno que precisaba para vivir cada minuto que pasaba fuera de casa. Esa noche de insomnio recordaba a su amiga anticipándose grácilmente a las instrucciones de la profesora, porque ella podía acudir allí seis días a la semana, porque estaba fresca, tenía tiempo, le gustaba cuidarse. Adela sintió crecer la rabia en su interior. Su amiga tampoco tuvo esa mañana el cariño o la paciencia para entender que la situación no era la más adecuada para que Adela se pusiera a hacer horticultura de las palabras. Habían desmantelado los dos últimos años de la vida de Angustias, los habían metido en bolsas de plástico y arrojado a un cubo de basura, sin ritual, sin velas ni cura, el cuerpo ya llevaba una semana pudriéndose en su ataúd pero la casa, los misalitos, los poemas que escribía en cuadernos con una caligrafía minuciosa aún sobrevivían y para ellos no hay Dios, no hay óleo ni sacramento, había que hacerlos desaparecer. Teresa, tan altiva, tan estilizada, tan llena de asertividad, ni siquiera había acudido a ayudarla con una intención genuina, no, porque siempre hablaba de su propia vida y cada gesto era solo una forma de fijar la atención en ella. Siempre tan llena de sí misma que no dejaba ni un milímetro de margen a que Adela se equivocara. ¿Qué había dicho, después de todo? Que conocía a muchos hombres, ¿es que acaso no era verdad? Y ella, desde su sanción verbal corregía las pequeñas imperfecciones que Adela cometía en su presencia. Sí, Teresa abría una puerta a su corazón, pero la puerta era estrecha y nadie podía entrar por ahí sin sacrificar su forma, para encajar por esa puerta y ser por fin querida por su amiga.

Y, sin embargo, era su amiga la que dormía ahora junto a ella, porque se lo había pedido, así, sin más.

Este pensamiento sumió a Adela en una desesperación silenciosa. ¿Cómo era capaz de pensar que su amiga, que había cambiado todos sus planes para venir a dormir aquí, junto a ella, en la misma cama, como chicas de quince años, lo iba a hacer por autocomplacencia, como iba a ser solo una seña hueca y amable para apaciguar cualquier disidencia? «Yo he estado allí, incluso fui a dormir a tu casa cuando me lo pediste», diría. ¿Cómo podía pensar que Teresa le daba una miguita de pan cuando estaba a punto de morir de hambre, cómo sería posible que Teresa hiciera una cosa así? Quizá su explosividad disimula su lado perverso, quizá su encanto reside en hacerse desear en todo momento. Adela se removió en la cama y Teresa abrió los ojos.

—¿Estás bien? ¿No puedes dormir? —preguntó.

—Teresa —dijo tras unos segundos—. Te quiero mucho.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Yo también te quiero mucho. Anda, duerme.

Cerró los ojos y a los pocos minutos volvió a roncar plácidamente en un sueño profundo. Adela se levantó y se deslizó en silencio por la habitación hacia el comedor. La quietud del lugar la asustaba un poco, los minúsculos ruidos de la noche eran códigos que los objetos se intercambiaban mientras la observaban. Encendió el ordenador y se sentó frente a la pantalla, cansada y aburrida, y buscó «Domingo Savio». Repasó algunas de las láminas que el buscador le devolvió: Domingo Savio dice «prefiero morir antes que pecar». Es una lámina en la que el santo italiano mira hacia los cielos, el flequillo cruzado, el cuello fino de una camisa blanca, una corbata. El trazo elegante de los lápices del dibujante rememora un estilo antiguo, cuidadoso. Encuentra una historia en la que Domingo Savio se topa con unos amigos y estos le conducen a un lugar apartado y le muestran unos libros en los que hay material erótico. Domingo, indignado, agarra el libro con las manos y lo rasga delante de sus narices. Los compañeros, enfadados, levantan el puño para castigarle pero Domingo Savio, con un simple gesto de mano los congela en el aire y acto seguido dice que los periódicos y revistas pornográficos hacen inmenso mal al alma de los que los miran. Adela buscó «porno» en el navegador y pinchó en el primer enlace que encontró. Un mosaico de imágenes desnortadas aparecieron, al tiempo que cinco o seis ventanas nuevas saltaron a la pantalla del ordenador. Durante unos segundos pensó en visionar alguno de los vídeos, nunca había visto uno en soledad, aunque la colección de imágenes la atraía de la misma manera que un accidente de tráfico hace que levantemos el pie de acelerador cuando pasamos a su lado.

Cuando era adolescente, alguien de su clase se dedicó durante un tiempo a dejar fotografías pornográficas en los pupitres de las alumnas, así, con los bordes troceados, sin mensaje ni nada, el puro retrato de la carne en las cajoneras, entre las páginas del libro de latín o ciencias sociales. Una bomba de tiempo que explotaba en mitad de una clase con gritos escandalizados y divertidos, y que obligaba al profesor a retirar la fotografía impostora del libro de la chica como si se tratara de un pájaro muerto o un insecto que se hubiera colado en el aula. Adela nunca había prestado más de un segundo de atención a aquel gamberro: tan pronto como se topaba con alguna de las fotografías la arrugaba sin aspavientos, la escondía discretamente en el bolsillo y la hacía desaparecer en alguna papelera fuera del colegio. Otras alumnas se lo tomaron como una oportunidad divertida de llevar a cabo una investigación: coleccionaron cada una de las fotografías y las pegaron en un cuaderno, trataron de hallar en qué momentos del día la clase se quedaba a solas, en las que el pervertido aprovechaba para plantar su mensaje secreto. Por turnos, las investigadoras se fueron ocultando en un armario donde se guardaba el equipo de música, un día tras otro, espiando por la abertura. ¿Quién sería el culpable? Al final apareció una chica de un curso inferior, gafas de culo de vaso, coletas: una mosquita muerta, que accedía parsimoniosa a la clase y buscaba el nombre en los libros y si era de chica, dejaba allí una de sus fotografías. El grupo de investigación la acorraló un día y la dijeron que era una guarra y una puta y que si leía revistas pornográficas era porque ella también quería aparecer en ellas. La niña no respondió nada y las miraba una a una haciendo pucheros, no volvió a clase desde entonces. Domingo rasgaba los periódicos pornográficos en una época en que el erotismo era imaginado a través de descripciones, de dibujos acertados, de literatura.

Una de las páginas decía: «Conoce a gente como tú». Era una web de citas, de imágenes pomposas, alejada de la brutalidad de las páginas porno. Presenta a una pareja bailando. Ella lleva un vestido de lentejuelas azul eléctrico. Una cascada de cabello le cae por los hombros y sobre los pechos que apenas se adivinan detrás del escote. Tiene el cuerpo inclinado hacia atrás, los hombros encogidos y parece chasquear los dedos al son de la música. No es una adolescente, los surcos de la boca y las bolsas bajo los ojos delatan la treintena; la forma ovalada de la cara y la nariz fina la rejuvenecen. En la foto no se aprecia el color de los ojos, las sombras sobre las cuencas oscurecen su mirada. No presta ninguna atención a su pareja, que queda en segundo plano. Podría decirse que ni siquiera es su pareja, sino alguien que baila en la misma pista que ella y que se ha acercado para saludarla. Lleva la barba recortada y tiene los ojos cerrados, se carcajea de la situación. El corte de pelo es extraño, a tazón, corto por la nuca, largo en la frente. La mira a ella. No es guapo. La nariz aguileña y los labios finos le da un aire inmaduro, la camiseta de algodón que viste es del mismo color que el vestido de ella y eso le parece muy divertido y será lo primero que diga en cuanto ella se gire. Hay algo más. Los brazos de ella se superponen al cuerpo de él, y un halo blanco los separa. El cuerpo de ella no proyecta ninguna sombra sobre la camiseta del chico, pero sí sobre su propio vestido, luego las imágenes están superpuestas y no estaban juntos en el momento de hacer la fotografía. A Adela no le sorprendió el descubrimiento, pero le entristeció pensar en cada uno de los dos modelos en una sala distinta, simulando un baile mientras el fotógrafo les ordenaba que sonrieran más, que imaginaran estar en una discoteca, y a punto de conocer a la persona que les acompañaría el resto de su vida. Adela introdujo sus datos personales en la página y siguió concienzudamente las recomendaciones: subir fotografías recientes, de cara y cuerpo entero, rellenar tantos apartados de aficiones y gustos como fuera posible, describir a su pareja perfecta.

A los pocos segundos de cargar la fotografía de su perfil, recibió su primer mensaje. «Hola». Lo mandaba un hombre rubio, con una camisa de rayas y un reloj plateado que asomaba tras el puño abotonado. Leyó con atención el perfil, era divorciado, le gustaba el deporte, era empresario, rezaba «estoy cansado de princesas que buscan un papá». Adela contestó «hola» y antes de que pudiera recibir la respuesta, un nuevo mensaje apareció en su buzón, «que vivan las mujeres guapas», andaluz, lleva cinco años en la ciudad, se vino por amor, soltero, en las fotografías aparece en una fiesta con una caravana de amigos con ojos etílicos, «perdón», contesta, «hola buenas noches», un hombre joven, informático, sobrepeso, le gustan los dibujos animados japoneses, dice hablar klingon; «buenas señorita qué le trae por aquí», Adela solo puede contestar a este mensaje, «me acabo de hacer un perfil», «Olaaaaa», escribe otro, «do you speak English ;)», dice Piotr, Maseratti en la portada, fotografías en la Plaza Roja de Moscú. Adela se aleja unos centímetros de la pantalla del ordenador y la lista de los mensajes sin contestar crece rápidamente, los usuarios se impacientan, «no contestas», «te ha comido la lengua el gato», «hablamos por whatsapp», «cam?», «hablando con otros tíos o qué», «holaaaa», la inundación la alcanza, alguno le manda fotos desnudo y le pide otras a cambio, «te gusta lo que ves», «por qué no contestas», «esto es para ti esta noche, si quieres», y en breve, la página se puebla de penes erectos que apuntan a Adela, que cierra el portátil espantada.










III

El lugar olía a barniz viejo y a nogal, una mesa ovalada con un brillo apagado se alineaba sobre una alfombra despeluzada. La lámpara de latón, el tintero de postín y los bolígrafos parecían ridículos frente a la presencia desproporcionada del ordenador de diseño del abogado. Lo dijo sin carraspear.

—Hay propiedades de su madre que tenemos que tasar.

—¿Qué propiedades? Mi madre no tenía ninguna propiedad —dijo Adela.

—El catastro dice lo contrario.

—No es posible.

El hombre se ajustó las gafas y le enseñó un papel.

—Esto es solo aquí.

La hoja del papel temblaba entre los dedos de Adela.

—Hasta que no sepamos cuántas propiedades tenía su madre…

—¿Está diciendo que mi madre tenía propiedades y no me lo dijo nunca?

—Sí, pero el testamento no se puede liberar hasta que no hagamos la contabilidad de todo, puede que sea algo más.

Adela posó el papel en la mesa y escuchó con atención la cascada de nombres de casas y tierras en pueblos desconocidos; el valor nominativo, con decimales incluidos. De cuando en cuando el abogado levantaba la mirada para comprobar si Adela aún respiraba, y continuaba sin variar el tono burócrata.

—¿Puede ser…? —interrumpió Adela—. ¿Puede ser que mi madre no supiera que tenía esas propiedades?

—Podría ser. Podría ser que las hubiera heredado, que fueran de sus hermanos, de sus padres, es lo que tratamos de hallar, pero llevará tiempo, lo único que digo es que ahí está, es dinero y ese dinero es suyo.

Adela salió mareada del lugar, invadida por la idea nueva sobre dinero: la antigua apreciación del dinero, la que nunca se mencionaba en casa pero se sentía, se iba desvaneciendo a cada paso que Adela se alejaba de la notaría, un lastre que se perdía en el mar y desgarraban las gaviotas. Las reprobaciones por un tebeo comprado fuera de presupuesto, los paseos de la mano sudorosa de Angustias en el mercado bajo su casa tratando de encontrar el kilo más barato de cualquier cosa, carne de pollo, carne picada, sopas de picadillo, patatas cocidas; remiendos en los leotardos, los zapatos de charol dos tallas más pequeños. Acabaría cuando comenzó a trabajar y a ganar un sueldo y ya no tendría que rondar a su madre para que la dejase unas monedas para un cuaderno o unas medias o compresas.

—¿Otro más, hija mía? ¿Te crees que soy el banco?

Cuando llegó su dinero, el dinero de Adela, el dinero de su trabajo y se compraba una nadería, Angustias se percataba al instante y decía:

—Esos pendientes son de fulana. Ese vestido es de fulana.

El universo de Angustias se dividía entre las prostitutas y las que no lo eran. Y lo que definía a la prostituta era el exceso, el lujo, incluso los caprichos medidos, y día tras día, semana tras semana, aquellos céntimos que trazaban la línea entre las mujeres honestas y las deshonestas, aquella cifra astringente que hacía que Adela caminara desde el colegio hasta casa incluso cuando nevaba para ahorrar el billete de autobús, aquellos números que no se sumaban a la factura de la luz porque la calefacción se apagaba a las seis de la tarde y la tarde se convertía en un puzle de mantas que cubrían la casa, aquel dinero iba acumulando intereses en una cuenta de Angustias, ajeno a la grisácea austeridad que vivían en aquel apartamento, dinero que engordaba feliz con cada dígito del calendario y de cuya existencia solo conocían Angustias y los mercados de valores que lo mandaban de un lugar a otro del planeta para que creciera. Adela se precipitó sobre el apartamento de su madre, los tacones resonaban por las habitaciones huecas. ¿Dónde estaban las pruebas, los rastros de ese dinero, de las propiedades, las cuentas, los balances, ocultas entre las hojas de algún misalito de Domingo Savio, que del dinero solo decía «si el dinero hace mucho, la oración lo obtiene todo»? Lo recordaba perfectamente pues Angustias lo recitaba una y otra vez, «¿quieres llevar el dinero contigo a la eternidad? Da limosna a los pobres». Angustias había muerto, se había llevado el dinero consigo a la eternidad y Adela había vivido pobre. Los misalitos, los diarios, los libros, calendarios, cartas se pudrían en un vertedero a las afueras: las gaviotas despojaban los números de la cartilla y los tragaban junto a cáscaras de plátano ennegrecidas y pañales usados, ignoraban el oro que se podía extraer de los mismos. Justo como la historia del niño al que le ofrecen un juguete y el doble del valor del juguete en dinero, el niño por supuesto escoge el juguete, porque no sabe qué hacer con el dinero, porque no ha aprendido a utilizarlo. Adela se dirigió al banco con el certificado de defunción de su madre y extrajo todo el dinero que allí guardaba, no era mucho, nunca fue suficiente, lo metió en una bolsa y lo escondió en su apartamento, temía que alguien la descubriera robando a un muerto, aunque a quién le iba a importar, si tal vez ella había sido la robada durante todos estos años. «Pedid y se os dará. Todo el que pide, recibe».

Una hora más tarde, Teresa la llama por teléfono, Adela contesta mientras se aplica cera en las piernas. Teresa le cuenta que le gustaría montarse un negocio, que está harta de su trabajo. Adela arranca con fuerza una de las tiras y Teresa le explica que una de sus amigas se hizo autónoma dos años atrás y le iba muy bien, que se había llevado algunos clientes de su antiguo jefe. Adela asiente en silencio, como si su amiga pudiera leer su gesto a través del teléfono, Teresa le pide su opinión.

—Tal vez no sea mala idea, tú eres inteligente y tienes buen tino para los negocios —dice, y lo dice honestamente mientras se pellizca la piel para eliminar los restos de cera que se esparcen a lo largo de sus muslos—. Podrías empezar con poco, y aunque al principio trabajarás más, a la larga estarás más contenta.

Aunque sabe que Teresa no abandonará su empleo de un día para otro, puesto que esta conversación se viene repitiendo desde hace dos años, palabra por palabra, con distintos protagonistas y distintas líneas argumentales. Con todo, Adela entiende que esta es la forma de estar en el mundo de su amiga, que alivia su angustia maldiciendo su situación laboral. Una vez ha terminado de eliminar los pegotes de cera, se extiende un chorro de crema hidratante a lo largo de las piernas y se masajea con vigor.

—¿Qué me pongo para esta noche? —pregunta con vergüenza.

Hace años que no sale y ha olvidado los códigos de las discotecas, la manera de ser después de la hora de cenar; no había compartido una copa o una cerveza un viernes, un sábado, los días que se quedaba a dormir en casa de su madre. Adela se prueba el vestido horas antes de salir, «ridícula», dice en voz alta. Se veía extraña en el espejo, ajustada en una tela extranjera a su propio cuerpo, una piel tan tirante que impide un movimiento cómodo, pero que, según Teresa, estiliza. Así vestida, Adela abre el portátil y el perfil de la página de citas se asoma en la pantalla. Ya no contesta casi nunca y hace desaparecer los mensajes que menos le gustan, bloquea y espanta a otros candidatos como si fuesen palomas en un parque. Intercambia, sí, una frase o dos con algún hombre paciente, pero últimamente ha conversado durante más tiempo con alguien llamado Honduras y, en estos días, cada vez que abre la página, espera un nuevo mensaje suyo. Apareció una noche en la que no podía dormir, solo dijo, «mi nombre es Honduras», secamente, como un niño serio. En la página personal, la fotografía de un hombre de ojos achinados, piel oscura, nariz gruesa, vestido demasiado elegantemente para una web de citas, que mira a la cámara frontalmente con una sonrisa sobria e inquietante. No compartía fotos de buena calidad, casi todas en interiores y con flash que se reflejaba en el lustre de las puertas y en el metal de los portarretratos. Las que no eran fotos de perfil, lo eran de recuerdos con amigos y la familia, escaneadas tan solo para rellenar: preparando un plato típico de su tierra con una señora mayor, abrazando a sus amigos en un bar sin gracia, jugando al billar en Año Nuevo mientras chupaba un puro gigantesco. Escribía con pulcritud y minuciosidad, como pidiendo perdón por estar allí; escribía calmadamente, sin la urgencia que reclamaba la web, «buenas noches, ¿cómo se encuentra usted hoy?» Todo era de un formalismo de fotomatón del tercer mundo, pero a Adela le tranquilizaba y respondía con cortesía.


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