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TODOS LOS HOMBRES SOBRAN


Ezequiel Tambornini


* * * * * *


Todos Los Hombres Sobran


Copyright © 2018 Ezequiel Tambornini



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* * * * * *



I


No tenía fuerzas suficientes para reaccionar y, aunque las hubiese tenido, no podría haber hecho nada. Todas las extremidades del ejemplar estaban inmovilizadas.

A través de una pequeña cánula, introducida en una de las venas centrales del antebrazo izquierdo, se le administraba de manera regular la dosis exacta de una sustancia que mantenía al R. en un estado de somnolencia constante. Así lo requerían las usuarias del servicio. No resultaba satisfactorio que el ejemplar estuviese completamente dormido: debía mostrar signos vitales. Pero tampoco se consideraba apropiado que estuviese lúcido.

En el antebrazo derecho otra cánula introducía en el torrente sanguíneo del ejemplar una droga que contribuía a provocar erecciones firmes que podían llegar a extenderse durante varias horas seguidas. Si bien las administradoras del lupanar solían emplear todos los recursos necesarios para intentar alargar la vida útil de los ejemplares ofrecidos, el exceso de demanda ejercido sobre determinados individuos en muchas oportunidades terminaba con ellos en apenas unos pocos días: su corazón finalmente estallaba.

R.154, desafortunadamente, era uno de los más solicitados. Bastaba que alguna funcionaria de alto rango usuaria del servicio dijera algunas palabras a favor de alguno de los ejemplares para que la demanda se concentrara sobre determinados machos en desmedro de otros. Supuestamente había un reglamento vigente con horas de descanso por cumplir y demás formalidades. Pero en los hechos era difícil que una administradora se negara a rechazar el pedido urgente de una funcionaria; además, después de todo, se trataba de material considerado desechable.

R.154 podía sentir su pene extenuado y erguido contra su voluntad, los movimientos torpes de una anciana cabalgándolo, friccionando su miembro, dolorido, el jadeo de una mujer cuyos rasgos no alcanzaba a percibir, pero que lo doblaba en edad, y cuya blanquecina flaccidez celulítica contrastaba con la voluminosa musculatura color caoba del ejemplar.

Al finalizar cada servicio era debidamente higienizado por medio de un sistema de aspersores y secadores automáticos, que también se activaban luego de que el individuo terminara de orinar o defecar. El nivel de hidratación era monitoreado de manera permanente, pero no así la alimentación, que se restringía al máximo posible para evitar contratiempos incómodos durante el servicio.

Buena parte del descarte de las reservas tenía como destino los lupanares, antros subterráneos a los que sólo tenían acceso las funcionarias de determinado rango, quienes, invariablemente, contaban ya con una edad avanzada y la experiencia suficiente para poder mantener la boca cerrada sobre aquella actividad que se encontraba ajena al marco legal vigente.

R.154 hubiese deseado tener las energías necesarias para poder emitir algún sonido que expresase su deseo de fallecer. Movía sus labios o al menos creía que los movía. Pero no lograba escuchar su voz. Quizás la música estaba demasiado fuerte. Quizás ya había comenzado a morir.


II


Ni siquiera esperaron a que la mujer acabara. La quitaron de encima del ejemplar y, a pesar de las quejas de la funcionaria, que gritaba de manera histérica, las operadoras realizaron su tarea como si ella no estuviese presente en el lugar. Se necesitaron cuatro mujeres para poder acomodar al ejemplar en la camilla, mientras una médica veterinaria, también con extrema frialdad, se ocupaba de medir los signos vitales de R.154 para finalmente determinar que la probabilidad de sobrevida era lo suficientemente elevada como para decidir su traslado. Una inyección logró desinflar la erección involuntaria del R., quien, aún adormecido, no dejaba de percibir un dolor insoportable en su enrojecido miembro generado por el uso excesivo realizado por las funcionarias.

Una vez trasladado, R.154 fue mantenido en suspensión en el ámbito de una habitación aislada localizada en un edificio público que no estaba identificado como tal porque era empleado por integrantes de alto rango de fuerzas de seguridad con propósitos confidenciales. Alexia solamente pudo observarlo, a través de un ventanal, desde la habitación contigua. No permitieron que se acercara al ejemplar.

Alexia escuchaba a la funcionaria sin prestar atención a lo que ella proponía pues sabía que la única alternativa que tenía era acatar las órdenes impartidas, aun si las mismas venían envueltas en supuestas proposiciones. Mientras acariciaba a su hijo o hija, todavía imperceptible, a través de su panza, experimentaba una extraña confianza en el futuro, a pesar de que el mismo, insólitamente, nunca había sido más incierto para ella. El único signo vital presente en R.154 era una respiración agitada, que ni siquiera podía escucharse, pues el ventanal que separaba a ambas habitaciones impedía el traspaso de cualquier sonido entre una y otra. Pero en esa respiración –creyó advertir Alexia– había tantos deseos de vivir como en el ser viviente que se estaba formando en su útero.

Alexia parecía estar alimentándose de aquella energía vital. Probablemente recordó su anterior rutina, cuando todo estaba organizado de manera más o menos predecible, y se imaginó envejeciendo, año tras año, regocijándose en las costumbres adquiridas, en los hábitos incorporizados, hasta finalmente desaparecer sin haber añadido o quitado nada sustancial al mundo, siendo pronto reemplazada por otra funcionaria con un perfil equivalente al de ella, que no tardaría en repetir el ciclo.

Sabía que estaba en peligro. Pero se sentía completa al estar tan cerca de dos seres amados. Se trataba de una experiencia inusual, quizás primeriza, para ella, quien apenas podía describir aquello que sentía, a pesar de la agudeza que en su anterior vida, antes de despertar, había mostrado para comunicar de manera simple cuestiones verdaderamente complejas.

Ella, al igual que R.154, estaban oficialmente fallecidos. Pero seguían con vida por alguna razón que Alexia no llegaba a descifrar. Le hablaban de una misión en una zona de exclusión, completamente incomunicada, pero sin mencionar mayores detalles. Recibía una alimentación adecuada para su estado. Y las agentes que trataban con ella eran bien educadas y se esforzaban por evitar incomodarla con comentarios impertinentes ni actitudes violentas. Le llevó un buen tiempo entender qué querían de ella.


III


Cuando pasaba por enfrente de ese templo antiguo no dejaba de preguntarse qué debía preguntarse al respecto que no se estaba cuestionando. No era, por cierto, la estatua de un macho barbudo colocado en la parte superior de la entrada de aquel edificio, la cual estaba acompaña por dos figuras femeninas, más pequeñas, que supuestamente oficiaban de ángeles y que mostraban una actitud sumisa y obediente frente al macho, quien, ante semejante devoción, parecía satisfecho. Toda iconografía relativa a los machos, sin importar su valor histórico, había sido suprimida en las zonas centrales; probablemente habían sido destruidas o erradicadas para ocultarlas en el sótano de museos o depósitos de acceso restringido. Alexia no lo sabía. Pero en esa zona periférica a la cual había sido asignada, todo lo relativo al viejo orden había sido conservado, incluso aquella representación de dos figuras femeninas periféricas mostrando subordinación ante la imagen de un macho dominante. Probablemente, pensaba Alexia, no se trataba de una política expresamente conservacionista, sino del abandono al había sido expuesto aquella zona, en la cual residían las parias que no se habían podido adaptar al orden prevaleciente, además de aquellas que, habiendo nacido allí, se consideraban perdidas, a menos que mostrasen una habilidad extraordinaria que justificase el costo de la readaptación necesario para poder ser transferidas.

Alexia sólo logró encontrar la pregunta que sabía que estaba buscando, pero no lograba hallar, gracias a la ayuda de Sofía, una mujer canosa, de unos sesenta años de edad, quien compartía, según designación de la autoridad, un departamento vetusto que, debido al esfuerzo realizado por Sofía en los años en los que residió sola en el mismo, lucía entrañablemente confortable.

– Siempre que pasamos por aquí, puedo ver la expresión de asombro en tu rostro– indicó Sofía mientras señalaba a la antigua iglesia, durante una de las tantas recorridas diarias que ambas emprendían por la zona, ya sea para conversar, comprar víveres o dirigirse al banco a buscar el dinero en papel correspondiente a la jubilación de Sofía; dinero que Alexia jamás había visto en su anterior vida, en la cual todas las transacciones se encontraban digitalizadas.

– La primera vez que observé a esa estatua, la juzgué impertinentemente obscena; pero ahora no sé qué pensar –respondió Alexia.

– No se trata solamente de la estatua, sino de todo el edificio en su conjunto. Tantos detalles intrincados, tantos vitrales, columnas, ¿para qué? Para construir recuerdos. Cuando yo era niña, hace mucho tiempo, por cierto, la gente aún podía ingresar ahí para ver cuán majestuoso era el interior, aunque luego fue clausurado para evitar que las vándalas terminaran de sustraer los objetos históricos que aún conservaba esto, que alguna vez fue un templo religioso.

– Qué interesante manera de verlo –contestó Alexia–. Es muy probable que, si todo el diseño urbanístico fuese homogéneo, sería bastante más difícil generar recuerdos vívidos de aquello que fuimos en algún momento.

– Además, nosotros crecemos, envejecemos y estos edificios, si bien se deterioran, permanecen, nos muestran, impunemente, que fueron creados antes que nosotros y que seguirán existiendo luego de que ya no estemos más aquí. Es un promotor de recuerdos del pasado, correcto, pero también es un constructor de la cotidianeidad del presente y un recuerdo del futuro que no veremos, aunque podamos ser parte del mismo en caso de que podamos edificar algo duradero.

Alexia, con su embarazo de tres meses, podía percibir que Sofía, al igual que la mayor parte de las habitantes de aquella zona periférica, vivían satisfechas. No mostraban mayores deseos que los de trabajar, en caso de estar aún activas, procurarse alimentos, compañía y entretenimiento. Durante las primeras semanas de residencia, recordaba haber experimentado nauseas ante lo que juzgaba, según su experiencia anterior, una visión limitada de la existencia, sin mayores desafíos que los de sobrevivir con escasos recursos disponibles. Ahora eso había cambiado, quizás, quien sabe, por las alteraciones hormonales que estaban ocurriendo en el organismo de Alexia. La cuestión, más allá de cuál sean las causas, era que ella estaba aprendiendo espontáneamente a disfrutar de los pequeños rituales corrientes emprendidos por Sofía.

Aquella tarde, por ejemplo, Sofía se dirigió a lo que ella denominaba una “verdulería”, para, luego de esperar su turno –pues había otras tres personas antes que ella para ser atendidas por la encargada del lugar– dedicar el tiempo necesario para elegir tomates, cebollas y orégano fresco, los cuales por la noche serían empleados para elaborar una salsa destinada a acompañar dos platos de pastas, que, como repetía siempre Sofía con una sonrisa espléndida, habían sido preparados para tres comensales.

En la zona periférica las mujeres vivían como habían vivido los hombres en la antigüedad. En aquella intemperie tecnológica, Alexia descubrió personas no videntes que caminaban por la vereda ayudadas por un bastón blanco y eventualmente por algún transeúnte al momento de cruzar una calle; automóviles que eran conducidos por personas, las cuales se exponían, además de exponer a otras, a experimentar accidentes; pantallas unidireccionales con unos pocos canales de noticias, entretenimientos pueriles y películas; indigentas sin hogar que deambulaban solicitando dinero en papel; ambientes, como la denominada “verdulería”, donde se ofrecían alimentos con mínimos cuidados sanitarios, razón por la cual Alexia, con el consentimiento de Sofía, se negaba a probar hortalizas y verduras crudas, por más bien lavadas que estuviesen.


IV


La mayor parte tenía cuerpos deformes. Y no parecían tener reparo alguno en mostrarlos. Alexia se preguntaba cómo era posible que aquella mujer saliese a la calle con calzas negras ajustadas cuando sus piernas regordetas, con rodillas que parecían atraídas una a la otra por un imán, resultaban abominables a la vista. Esa barrigona, con rollos que sobresalían impunemente de una remera escasamente holgada, caminaba despreocupadamente, sin culpa, por la calle, paseando un perro pequeño, con pelos blancos enrulados, que Alexia jamás había visto, pero que seguramente era mucho más proporcionado en sus formas que su propietaria, aunque los pelos cubriesen sus ojos para dificultarle la visión de una manera absurda. Para qué dejarse el cabello largo, reflexionaba Alexia, si apenas se lo cuidaban; era perfectamente visible que carecían de productos de tratamiento adecuados para tales cuestiones, pues, aunque limpias, las cabelleras tenían mal aspecto, especialmente aquellas estropeadas por tinturas artificiales. Tampoco mostraban especial atención en las vestimentas que empleaban para mostrarse en público, algo que, si bien era esperable en aquella zona, afectaba particularmente a Alexia, quien no estaba acostumbrada a observar personas con atuendos tan poco agraciados como diversos en su composición y diseño. Estaba claro que la mayor parte de las mujeres consideraba esencial vestirse de manera diferente a otras para emplear ese artilugio como una parte constitutiva de su identidad; lo mismo podía decirse de su cabellera y, quizás, hasta de la conformación irregular de sus figuras.

Alexia no pudo comprender el origen, si es que había alguno, de ese caos de cuerpos y disfraces en la vía pública, hasta que una tarde decidió acompañar a Sofía al supermercado al que habitualmente concurría su compañera de departamento. Alexia, sorprendida, descubrió que en el mismo había muchos más alimentos que los presentes en un comercio de una zona central. Muchísimos más. Pero muchos no habían sido diseñados para nutrirse, sino para enfermarse, pues tenían altos niveles de carbohidratos simples, como azúcares refinados, y carbohidratos complejos, como harinas de diferentes fuentes. Dos góndolas extensas completas estaban ocupadas solo con galletitas: de un lado endulzadas y del otro saladas. Alexia intentó imaginar la cantidad de azúcar contenida en los diferentes productos –porque no había uno solo por rubro, sino varios con distintas identidades comerciales– de alfajores, galletitas, chocolates, confites, caramelos, bebidas y postres lácteos, entre otras alternativas. Llegó a experimentar arcadas. Una mujer se acercó hacia ella al observar que estaba a punto de vomitar, pensando, seguramente, que se trataba de un síntoma propio del embarazo, cuando en realidad estaba imaginando la montaña de azúcar que habitaba en ese supermercado. Afortunadamente pudo contener el asco en su propio cuerpo, sin expulsarlo. Todo aquello parecía hecho adrede para acortar el tiempo de vida de aquella gente, que no se caracterizaba, precisamente, por tener acceso a servicios de medicina avanzada. O quizás solamente se trataba de un instrumento de evasión, pues es sabido que los carbohidratos son tan adictivos como otros bio y quimioestimulantes de gran poder, aunque sin efectos de alteración de conciencia y con daños progresivos, de largo plazo, sobre la salud de los cuerpos femeninos.

Sofía solía adquirir unos alfajores enormes, rellenos con dulce de leche, que consumía por las noches, luego de la cena.

– No puedo verte comiendo eso todos los días –se animó a decirle Alexia una noche, mientras observaban juntas una película en la pantalla localizada en el living del departamento.

– ¡Qué! –exclamó la mujer casi atragantándose con un trozo de alfajor–. ¡No sabés lo que te perdés!.

– Lo único que perdería es salud consumiéndolo de manera crónica. Y aun si no lo hiciera regularmente, correría el riesgo de que se tornase en un hábito, que luego sería difícil abandonar.

Sofía, luego de asegurarse que había tragado todo lo que conservaba en la boca, rió hasta agotar todo el oxígeno contenido en sus pulmones, sin advertir que eso la llevaría a toser violentamente, tanto que, por unos instantes, llegó a generar cierta preocupación en Alexia.

– No entiendo qué puede ser tan divertido.

– Me hacés reír. En serio. ¿Acaso pensás que me gustaría vivir como un robot? De qué va a servirte vivir tanto si renunciaste al placer de empacharte con estos –indicó Sofía señalado el envase, ahora vacío, del alfajor que acababa de comer.

– Me alegra saber que te hago reír. Eso es bueno. Pero, ¿acaso no pensaste que quizás podés haber dejado hace tiempo la línea del placer para atravesar al terreno de la adicción? –preguntó Alexia para provocar un nuevo ataque de risa en su compañera.

– No hace falta que lo piense, querida, estoy absolutamente convencida de que soy una completa adicta a esta porquería. No puedo creer que, siendo tan joven, me hagas recordar a una de mis madres. Parece mentira.

– No quiero incomodarte. Sólo me preocupo por vos.

– Yo también me preocupo por vos, por eso me parece insólito que razones como si aún estuvieses allá, cuando estás aquí, aquí –dijo la mujer con una expresión estudiadamente adusta, por medio de la cual intentaba comunicar que estaba hablando en serio–. Seguís pensando que descendiste varios escalones para llegar hasta donde te encontrás en la actualidad, pero yo te aseguro que estás en el mismo plano, sólo que habitando un lugar con una cultura diferente, con menos, en algunos aspectos, de lo que estabas acostumbrada, aunque con más en muchas otras cosas. No puedo ayudarte con lo que falta, pero sí puedo rogarte que aprendas a disfrutar lo que tenemos aquí que allá no existe ni existirá.

Alexia no supo qué responder. Volvió a fijar su vista en la película, cuyo argumento, si es que tenía alguno, había perdido por completo.


V


La única vez que Alexia había visto una persona con síndrome de Down fue en un texto ilustrado que había consultado durante su época de estudiante. Ahora pudo observar a uno en aquel lugar. Se trataba de la hija de una residente del edificio. Debía tener unos siete u ocho años de edad. Era rubia, muy rubia, así como también muy blanca, con una sonrisa espléndida, luminosa, que apenas si logró ablandar a Alexia la primera vez que se encontró con ella y con sus dos madres en el ascensor del edificio. Las mujeres advirtieron que algo no estaba bien con Alexia y mostraron recelo frente a la mirada atónita de la extraña. Posteriormente Sofía explicó a las vecinas la circunstancia de Alexia, que se trataba de ciudadana de zona central transferida, y las mujeres comprendieron el origen del asombro mostrado por Alexia ante una persona con capacidades diferentes.

Julieta era su nombre. Apenas lograba pronunciar unas pocas palabras comprensibles. Pero, a pesar de esa limitación, comprendía casi todo lo que una adulta expresaba, además de hacerse comprender, cuando no podía recurrir a las palabras, por medio de gesticulaciones tan creativas como divertidas.

Sofía propuso a sus madres invitar a Julieta a merendar a su departamento para que tomase contacto con Alexia. Ellas aceptaron. Así como fue esa tarde la niña estaba tomando leche chocolatada –a pesar de la insistencia de Alexia de ofrecer sólo leche sin ningún aditamento– con vainillas. Julieta intentó realizar una propuesta a Alexia, la cual no fue comprendida por ella, de manera tal que la misma fue traducida por Sofía.

– Dice que quiere bailar.

– ¿Bailar? ¿Conmigo?

– Bailar, sí. Ella tiene cargada música en su pantalla portátil, así que ella elige la música y, después, ¡a bailar! – gritó Sofía para luego reírse de aquella situación.

Julieta tomó de una mano a Alexia, mientras con la otra la invitaba a caminar hasta el centro del living, designado por ella como el lugar dónde debía suceder el baile al ritmo de una canción pegadiza que comenzaba diciendo con vos juego esta noche, juego a la bomba loca, yo te enciendo tocando, y bailando me brota este amor, Alexia comenzó a reír, mientras intentaba bailar siguiendo los pasos de Julieta, al advertir el contenido sexual de la letra de aquella canción, el cual, seguramente, pasaba completamente inadvertido para la niña, si no te encuentro me voy a morir, y si te encuentro quiero resucitar, esta noche te quiero conmigo loca, dejé mi sangre muy lejos de aquí, y casi ya no me queda vigor, acercate así mi guitarra toca por vos, con vos juego esta noche, juego a la bomba loca, cómo puede ser, es la voz de un hombre, la voz de un hombre dijo Alexia interrogando con la mirada a Sofía.

– Sí, es la voz de un hombre, efectivamente –respondió Sofía–. Es una canción antigua. Pero preciosa.

Por la noche, Sofía explicó a Alexia, una vez más, que al tratarse de una zona periférica, los controles oficiales eran laxos, a veces incluso inexistentes, por lo que era posible conservar muchos objetos, registros e informaciones que habían sido vedados, por cuestiones de seguridad, en las zonas centrales. Alexia no terminaba de acostumbrarse a esa situación, que para ella, aún después de varios meses de residir allí, seguía pareciéndole anómala.


VI


Dos mujeres jóvenes, ambas con un rodete en el cabello, una con vestido celeste, la otra con uno amarillo, quizás marrón muy clarito, ambos vestidos con una cinta marrón colocada, extrañamente, bien por arriba de la cintura, casi a la altura de los senos, que no pueden verse, por cierto, porque están de espaldas, la cinta marrón está atada con un moño enorme, aparentemente van cargando cestos con flores, probablemente rosas, ellas tienen la mirada fija en algo que está sucediendo a pocos metros, dos jinetes, una mujer, también joven, sobre un caballo blanco, acompañada por un hombre montado en un caballo marrón, ambos están conversando, podrían ser familiares, tal vez hermanos, pero por la manera en la que los observan las mujeres de espalda, quizás sean amantes, o estén pronto por serlo, quien sabe, el paisaje es bucólico, algo de vegetación con sierras por detrás, parece que está nublado, esto está sucediendo por la tarde, es lo más seguro, poco antes de la hora de la cena, casi se me pasa desapercibida la mujer que está detrás de las dos mujeres de espalda, tiene un vestido similar al de las otras, pero de un color azul oscuro, y no mira a los jinetes, no mira nada en particular, parece ausente, como si estuviese atravesando las fronteras del tiempo, sentada donde está, con el lazo que sostiene en una de sus manos, está lejos, muy lejos, sin que nadie en aquella escena sospeche que acaso algo así sea posible a pocos metros de dónde transcurre la cotidianeidad de los acontecimientos.

– ¿No es precioso? –quiso saber Sofía.

– Sí, lo es –respondió Alexia sin quitar la vista de uno de los tantos vitrales presentes en aquella confitería. Parecía increíble que algo tan antiguo lograse estar tan bien conservado.

– ¿Crees que logremos comer todo esto? –consultó Sofía mientras señalaba la mesa cubierta por porciones de tortas, masitas y sandwiches triples de miga, los cuales estaban acompañados por dos tazas de té.

– No lo sé; en cualquier caso, esto será, además de la merienda, nuestra cena.

Sofía, si bien era jubilada, se hacía un dinero extra yendo a buscar a una niña de cuatro años de edad a un jardín de infantes, para luego llevarla a su casa, localizada a unas cinco cuadras del colegio, y esperar ahí a una de sus madres, quien, por cuestiones laborales, no lograba llegar a tiempo a retirar a su hija de la institución educativa. En algunas ocasiones preparaba el almuerzo a la niña, aunque eso no estaba comprendido en sus responsabilidades remuneradas, pero, de todas maneras, lo hacía porque Sofía no toleraba ver a una infanta hambrienta en ninguna circunstancia.

Esa tarea, que había comenzado el año pasado, cuando la niña tenía tres años de edad y recién comenzaba el jardín de infantes, ahora se repetía en un nuevo ciclo lectivo, pero con un cambio que, según relató aquella tarde Sofía a Alexia, resultó llamativo. El año pasado, todos los mediodías, Sofía era recibida por una maestra delgada y siempre sonriente, una de esas personas que parecen festejar la existencia con cada una de las acciones que llevan adelante, pero no de manera forzada, sino espontáneamente. A Sofía le agradaba estar en presencia de esa mujer, aunque sea por unos pocos minutos, los necesarios para retirar a la niña del colegio. Pero este año esa maestra ya no estaba: había sido reemplazada por otra mujer con una expresión en su rostro, de por sí poco agraciado, que variaba desde el desgano producido por un trabajo no deseado hasta el enfado generado por el hastío de una rutina mediocre. Sofía no podía dejar de advertir un cambio tan drástico. Intentó averiguar qué había pasado con la docente luminosa y, luego de mucho buscar, finalmente logró dar con la persona que contaba con la información requerida. La mujer había sido descubierta en uno de los baños manteniendo una relación sexual con una funcionaria institucional del colegio, la cual, al descubrirse el hecho, fue despedida de manera inmediata. A la docente, como su hija concurría al colegio, dejaron que permaneciese hasta finalizar el ciclo lectivo, para que tuviese tiempo de buscar otro trabajo y también otro colegio para su hija, pues, por más esfuerzos que se hicieran para que el suceso no llegue a los oídos de ella, tarde o temprano el chisme sería compartido por alguna alumna, que nunca falta, con deseos de provocar daños a alguna de sus compañeras. El suceso, relató Sofía, inicialmente fue descubierto por una alumna de siete años de edad, quien, sin observar nada, sólo al escuchar ruidos extraños provenientes de uno de los compartimentos del baño, corrió a llamar a una de las maestras para informar del asunto; así fue como la maestra concurrió para descubrirlas y luego denunciarlas. Quizás, si no lo hubiese hecho, la docente con una sonrisa luminosa podría estar aún recibiendo a quienes vienen a buscar a los niños al colegio, en lugar de observar el fastidio estampado en el rostro de la nada misma de aquella otra mujer. Pero no. Seguramente, quien descubrió el hecho fue una mujer oscura, quizás la misma que ahora viene a recibirnos todos los mediodías, quien, lejos de pensar en la suerte de aquellas dos buscadoras de orgasmos, de sus hijas, de las alumnas, de las que vamos a buscar a las niñas, lejos de pensar en todas ellas, probablemente creyó que había llegado la oportunidad, indesaprovechable, de equilibrar fuerzas en aquel lugar horrendo, en el cual una sonrisa espontánea estaba fuera de lugar, no sólo por disfrutar de su trabajo, sino también por la búsqueda de placer en los tugurios de aquel templo de la vulgaridad, ahora que lo recuerdo, la mujer luminosa estaba embarazada, como Alexia, con una pancita casi imperceptible, lo que hacía aún más dulce la venganza contra la incandescencia vital proveniente de ese baño, probablemente oloroso, pero maravilloso, en el cual dos rebeldas estaban, de alguna manera, indicando que había otro camino posible para transitar por este mundo.

– Tenés que prometerme que mañana vas a acompañarme para realizar una caminata de varios kilómetros para ayudarme a quemar todo el exceso de calorías que estamos consumiendo aquí –propuso Alexia.

– Estás hablando con una mujer mayor. Una caminata, seguro, aunque no sé si será de varios kilómetros. Además, las calorías, te recuerdo, no son sólo para vos –respondió Sofía.

Uno de las mozas de la confitería se acercó a la mesa que ocupaban Alexia y Sofía para preguntar si necesitaban algo más. Estaba vestida, como todas las mozas del lugar, con un pantalón y zapatos negros, saco blanco, impecablemente blanco, y un corbatín también negro. Al igual que los vitrales, aquella vestimenta era un vestigio de una época antiquísima, donde las mozas eran probablemente mayoritariamente mozos, una época bastante anterior al colapso de la civilización, cuando, si bien eran perceptibles los primeros síntomas de la descomposición, todavía no era imaginable el desenlace final.

Sofía indicó que, por el momento, nada más era necesario en aquella mesa en la cual sobreabundaban los alimentos y aún quedaba algo de agua caliente en la tetera portátil. Pero la moza no había venido a preguntar eso realmente, pues seguía dando charla, sin animarse a preguntar lo que deseaba saber. La situación estaba comenzando a incomodar a Alexia, pero Sofía comprendió en seguida cuál era el motivo que impulsaba la curiosidad impertinente de aquella moza.

– ¿Qué es lo que realmente querés saber? –preguntó, desafiante, Sofía.

– Es que usted, una clienta habitual, en los últimos tiempos comenzó a venir acompañada por esta dama, tan distinguida, que…

– Si querés saber si esta mujer tan distinguida fue transferida del otro lado para preguntarle cómo son las cosas allá, yo te ahorro la molestia: las cosas allá son una auténtica cagada, una verdadera mierda de plástico caro pero insulso, así que, no sé qué es lo que te habrás imaginado al respecto, pero seguramente no es así.

La moza empalideció. Y se apuró por abandonar la conversación sin acotar una sola palabra más a la misma. Alexia y Sofía contuvieron la risa, se apresuraron a pagar la cuenta y, luego de caminar una pocos metros, cuando ya se encontraban fuera del campo de alcance visual de cualquier empleado de la confitería, comenzaron a reírse a carcajadas sin importar la extrañeza de las miradas de las personas que pasaban por el lugar.


VII


Durante la mayor parte de ese día Alexia estuvo triste. El día nublado, la lluvia golpeando sobre la ventana, una ventisca furiosa, la convulsión hormonal generada por la individua que se estaba formando en su útero, lejos de morigerar la angustia, la agravaba, provocando el llanto al recordar, una y otra vez, la noticia que había tenido la desgracia de leer esa mañana en una pantalla portátil, estando sola, pues Sofía aún no regresaba de su tarea con la niña que salía del jardín de infantes, la noticia, decía, se trataba de una madre que iba conduciendo, pues aquí los autos son conducidos por humanos, con sus propias manos en un dispositivo llamado volante, con el cual se mantiene el rumbo o bien se puede girar a la derecha o la izquierda, y una serie de pedales, por medio de los cuales se acelera el vehículo y se lo frena utilizando ambos pies, la madre iba conduciendo por una zona rural periférica y, aparentemente, se quedó dormida, sin percibir que el automóvil se salió de la ruta para dar varios vuelcos, en uno de los cuales su hija de tres años de edad salió despedida para quedar muy mal herida, su madre, desesperada, caminó unos tres kilómetros con su hija desfalleciente en brazos, buscando alguien que pudiese ayudarla, pues el hecho ocurrió de noche en un paraje desolado, finalmente llegó a un pueblo, donde una ambulancia se acercó para ayudarlos, pero para la niña ya era demasiado tarde. Alexia, aun no deseándolo, no podía dejar de imaginar cada uno de los pasos dados en la más completa oscuridad por aquella mujer, casi podía percibir su respiración, agitada, sus gritos, lágrimas, culpa, miedo y desconsuelo.


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