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Agustín Villacis Paz


Anaber



Smashwords 2018


Anaber

Agustín Villacis Paz

Dirección Editorial: Agustín Villacis Paz

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Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio electrónico o mecánico, foto óptico, o cualquier otro sin la autorización escrita del autor.

Todos los derechos reservados.

Anaber es una historia de ficción. Ningún personaje es real, y ningún incidente ocurrido o descrito en las páginas de este libro es real y solo existe en las páginas de este libro y no fuera de él. Anaber es una novela, una historia de ficción. Dirección Editorial: Agustín Villacis Paz

Anaber

Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios”.

I Pedro 3: 3- 4

Cuenta la leyenda que el presidente de una de las repúblicas de América Latina, a quien le gustaba beber, llega acompañado de una prostituta a una fiesta de la alta sociedad. Al acercarse a la entrada, el guardia de seguridad le pregunta:

Señor presidente, ¿cómo pretende usted entrar a esta fiesta, con esta señora de dudosa reputación, sabiendo que aquí están altos miembros de la sociedad acompañados de sus esposas? ¿Qué van a pensar de usted?

El presidente lo mira, ríe a carcajadas y medio borracho le responde:

Señor, las de dudosa reputación son las que están allá adentro, mi acompañante sabe lo que es.

Esta es la historia mágica de mi vida, en la que el principio y el fin son dos eslabones que se juntaron para marcar un nuevo punto, un nuevo principio, un nuevo camino.



Soy Anaber, y esta es mi historia.

Índice

La partida

Padre López

Cascabel

La Cangrejera

Kleavon Bishop

Dos días

Iguazú

La noticia

Decisiones

El MVA

En el parque me senté y lloré

Reflexiones

Bernina Express

El accidente

Runa Mula

El amor de Fermín

Recuerdos del Paraguay

Opciones

Sin ataduras

La parada de autobús

La Ciguapa y las lluvias de mayo

USA

Escape

Amor y respeto

¿Quién eres?

El pajarillo y el sueño

La partida

En una cálida tarde veraniega, llena de encanto, mi padre nos comunica que emigrará a los Estados Unidos. Mi madre lo escucha sin pronunciar palabra, tiene su mirada fija en los afiches pegados sobre la madera vieja y agrietada de las paredes de la glorieta, que anuncian un circo que visitará la ciudad en las fiestas navideñas. Se siente una atmósfera de incertidumbre y de miedo. El viento acaricia las hojas de los árboles, y el cabello de decenas de niños que juegan en el parque se alborota. Permanezco en silencio, pues no entiendo lo que está sucediendo ni el impacto que eso traerá a mi vida. Se levanta, se arrodilla frente a mí; me abraza y me besa, lo miro a sus ojos y corro sin dejar que vea mis lágrimas.

Me subo en una resbaladera y veo cómo se marcha, veo su silueta virar la esquina en la iglesia, a un lado de una mata de coco donde siempre hay un vendedor de helado a quien le compramos todos los domingos. Mi madre permanece mirándome durante varias horas mientras yo juego a la rayuela una y otra vez, sin cansarme, tratando de repetir el juego cientos de veces, obligándome a reprimir mi pena, engañando mi corazón, tirando la piedra sobre los cuadrados de la figura que habíamos diseñado con tiza sobre el concreto del parque; cada vez con más fuerza. Al final los niños se van, y me quedo jugando mientras mi madre permanece sentada sin moverse. Yo no hago nada, solo espero, hasta que ella se levanta, toma mi mano, y caminamos de regreso a casa. Pasamos al lado del heladero y la mata de coco y por primera vez no le compramos, seguimos caminando lentamente por la calle sin hablar. Un gato negro se cruza delante de nosotros y se mete en uno de los negocios que comienzan a cerrar sus puertas, una sombra cubre la calle tapando la luz del sol, y las casas multicolores toman tonalidades oscuras que se mezclan con el gris de las piedras del camino. A lo lejos escucho el ladrido de un perro que viene y se va, a medida que nos acercamos puedo notar que es música a todo volumen, que sale de la casa de mi amigo, López, quien escucha el merengue “El baile del perrito”, de Wilfrido Vargas. Me detengo frente a su casa por unos minutos, mi madre no se percata y sigue su camino, veo a López bailar mientras se observa en un espejo; se mueve muy bien con un ritmo que me contagia, y empiezo a bailar al compás de la música.

Me emociona mucho la parte de la canción que dice: “y las muchachas lo bailan. Guau… guau… guau”. Mi madre me grita que me apresure, tengo que abandonar el baile y correr hacia la casa por una ruta corta evitando la carretera principal. Asciendo por una pequeña ladera llena de árboles de banano y luego bajo la pendiente por el otro lado. Mi mente está entrenada en oler a las serpientes, y siempre logro evadirlas. Entro y veo a mi madre, que se acerca a la imagen de la Virgen de Lourdes ubicada en una pequeña gruta, construida en la esquina de la sala, adornada con flores y velas aromáticas. Retira la imagen y la observa sobre sus manos por varios minutos, en silencio; guarda muchos secretos de su vida. Mi madre derrama lágrimas y susurra: “Esta Virgen me la regaló Jean Pierre, el padre de tus hermanos, la última vez que lo vi, cuando prometió volver por mí”. Mis hermanos viajaron a Francia hace dos años, su padre se los llevó a vivir con él y su nueva familia. Eugene tiene 17 años y siempre nos vemos por Facetime; me dice que ya habla bastante el francés y que tiene una novia que conoció en Vezelay, el pequeño pueblo donde vive en la zona de Borgoña. Se parece mucho a mi madre, mulato, espigado, bien parecido, con ojos negros y grandes; de su padre heredó la altura, pues es muy alto. Miguel Ángel tiene 15 años y sacó los genes de ambos, pues tiene un poco de cada uno, es algo regordete y bajo, su pelo es rizado y encrespado, y tiene tez blanca y ojos verdes como su padre. Mis hermanos y yo vivimos juntos por largo tiempo, ellos cuidaban de mí cuando mis padres no estaban. Yo nací cuando Miguel Ángel tenía tres años, y mi madre se juntó a mi padre al ver que el amor de su vida no regresó nunca de Francia. Mi madre pasa sentada frente a su vieja máquina de coser dedicada a confeccionar carteras de todo tipo de materiales, ella ve las revistas de moda en Internet y copia las carteras de los mejores diseñadores, les añade un toque tropical y en su máquina se pasa horas confeccionándolas; en cuero, tejidas a mano, de retazos de tela que compra en los remates de las ferias de Santo Tomás de la Ensenada, donde vivimos. Es muy buena comerciante, pues tiene órdenes que incluso vienen de turistas que le compraron sus carteras y luego las mandan a pedir desde distintos lugares de Europa. Mi bizcochito, así la llamamos a mi madre, en el barrio le pusieron el apodo por ser una mujer de buenos sentimientos. Mi padre hace de todo un poco, sobre todo coquetear con todas las mujeres que puede, él consigue trabajo en los hoteles solo por estar cerca de turistas viejas que vienen a la isla en busca de aventuras de amor y de sexo. Es muy común verlo salir los viernes por la tarde diciendo que se va a trabajar a la capital por un contrato de fin de semana y regresar el domingo por la noche con regalos y dinero para nosotros.

Mi casa queda en las periferias de la ciudad, situada en la ladera de una pequeña cima y rodeada de árboles de banano. La hemos pintado de azul, rosado y naranja. El pequeño techo en la parte delantera está pintado color naranja, las paredes tienen rayas en donde los colores azul y rosado se van intercambiando como si se estuviera viendo el traje de un prisionero alegre. El techo es de zinc y cuando llueve, las gotas de agua interpretan todo tipo de música al caer sobre el techo de la casa, e impiden que podamos dormir. A un lado de la casa tenemos un pequeño huerto y un gallinero, y todo lo que producimos no los comemos. Un cable largo enredado entre los árboles nos trae la energía eléctrica desde el carretero que pasa a dos cuadras de nuestra casa.

Tenemos dos vecinos que viven muy cerca de nosotros y con ellos celebramos las fiestas. Los días domingo de vez en cuando viene un cura en su peregrinaje a darnos una misa a los pobladores del barrio. A mi amigo López le encantan las misas, a veces jugamos a que él es el sacerdote, armamos pequeñas iglesias, con piedras y palos, y confesamos a todos los niños del barrio. Nos reímos mucho, pues siempre sacamos chismes e historias de sus casas, pues los obligamos a contarnos todo de tal forma que López y yo conocemos todos los secretos del vecindario. Incluso cuando alguna de mis vecinas, cuando su marido no está, se acuesta con algún turista europeo, que ha venido en busca de aventuras exóticas y que por ahorrarse dinero se queda a dormir en casas locales, sus hijos nos los cuentan todo. Ellas les dan dinero y así mantienen sus bocas cerradas. En mi interior aún tengo la imagen de mi padre marchándose y abandonándonos, siento odio más que pena, pues veo que mi madre está sufriendo mucho. Ella oculta su llanto delante de mí, pero ya ha sufrido dos abandonos en su vida; Jean Pierre y ahora mi padre. Parece que no importa lo que ella haga por satisfacer a su pareja, nada le funciona. Yo no permitiré jamás que ningún hombre me haga daño o me abandone, y viviré para proteger a mi madre y seré rica y poderosa, como aquellas mujeres de las series de televisión americana o las turistas que veo pasear por el pueblo o quienes compran las carteras de mi madre.

Abro la jaula para darle de comer a mi gorrión, se escapa de mis manos y comienza a dar vueltas por la casa, trato de agarrarlo, pero él logra escaparse por una ventana que está abierta. Salgo rápidamente pero no lo encuentro. “¡Diablos!”. Se marchó el condenado gorrión.

Me recuesto en mi cama mirando el techo, dejo que mi mente vuele mientras la noche trae el silencio.

Padre López

Me subo en la motora de López y vamos por la ruta de la montaña hacia el río que se encuentra relativamente cerca de la casa. Los domingos solemos ir a jugar allí durante nuestra niñez. El viento golpea mi rostro, yo lo oculto, juntando mi cara a la espalda fuerte y musculosa de mi amigo. Él detesta que yo le acerque mi pecho a su espalda, pues dice que el diablo lo está tentando. López acaba de llegar de incorporarse de sacerdote y se ha convertido en el clérigo más joven con sus apenas 21 años. Ha llovido por varios días, y el río ha crecido un poco, yo abrazo a López y froto su pecho sabiendo que él no puede hacer nada, lo hago jugando, pues sé cómo le molesta. Le pido que vayamos al sitio que de niños siempre explorábamos y que está al otro lado de donde la gente se reúne a nadar. Dejamos la motora amarrada y escondida en medio de los árboles, la tapamos con ramas y hojas y empezamos a caminar entre los matorrales en el bosque por un camino que va por la ladera y que permite divisar la silueta del río. Yo voy adelante, pues soy la que conoce la ruta, hace mucho calor y hay humedad, camino muy rápido, y López no puede con mi ritmo, se queda retrasado, me toca esperarlo, me detengo a disfrutar del paisaje. Me quito la blusa y me quedo vestida con un pequeño sujetador blanco que aprieta mis senos y apenas puede con ellos, pues la gravedad los empuja forzosamente hacia el suelo, el resto de mi ropa la dejo encima de las ramas de un árbol para recogerla a mi regreso. Me gusta viajar con nada, me gusta la libertad. Finalmente, López llega, me mira fijamente y trata de ocultar su curiosidad sobre mi cuerpo. Le digo que se quite su sotana y que la deje guindada en el árbol. Seguimos nuestro camino y llegamos a la pequeña cascada, que solo él y yo conocemos, y que mantuvimos como nuestro secreto por varios años. Me desprendo de mis pantalones rápidamente y me lanzo al agua, nado hacia la pequeña caída del agua fresca y transparente, dejo que masajee mi rostro por varios minutos. López sigue observándome sin meterse al agua, creo que tiene miedo. Le pido que se meta, que no tema, que no muerdo como serpiente. Se saca la ropa y queda solamente cubierto por su pequeño pantalón corto dejando a la vista su cuerpo musculoso, producto de los años en los que se dedicó a bailar merengue y correr entre los matorrales. Juego con él como siempre lo he hecho, me le subo encima y trato de sumergirlo en el agua mientras nuestros cuerpos se tocan mutuamente y el calor se transmite de uno al otro.

Él trata de huir y evita tocarme, pero no puede contener su risa y el encanto de poder vivir nuevamente nuestra aventura de niños en el mismo sitio donde estuvimos tantas veces. Yo siento una llamarada de deseo que consume mi cuerpo, varias veces he apagado mi pasión imaginando a López cuidando mi virginidad, y hoy una extraña idea me excita mucho. Él representa la pureza, y quizás yo tenga el poder de tentarlo y poner a prueba su vocación, eso me atrae muchísimo más, es un hombre al fin y al cabo, y todos solo piensan en lo mismo, hasta los curas. Mi mente trae las imágenes que López y yo vimos en las casas de nuestros amigos, quienes nos dejaban saber cuándo sus madres entraban en pecado; corríamos a escondidas a observar. A ellos no les importaba, pues habían perdido el respeto por sus padres; el sexo y la infidelidad eran pan de todos los días. Nos escondíamos afuera de sus casas y esperábamos la señal, nos avisaban cuando veían a sus madres entrar en el cuarto, y justo allí nosotros íbamos a espiar. Al principio escuchábamos solo sus risas, su conversación se entendía parcialmente, pues los turistas hablaban distintos idiomas, pero los quejidos y gritos eran en un solo idioma. Veía cada uno de sus movimientos, y eso alimentaba mi curiosidad y mi deseo, hasta que tenía que huir cuando veía que sus cuerpos explotaban. El fuego crece entre mis piernas mientras me aferro a la espalda de López y nos sumergimos en la caída de agua. Me quito la ropa sin que se dé cuenta y dejo que las pequeñas prendas blancas floten sobre la pequeña laguna que se forma alrededor de la cascada. Nado hacia la orilla y me recuesto al filo de la misma dejando que mis pechos miren al sol y calienten mis pezones que ya no son dos manchones rosados sino dos hermosos ejemplares duros y negros que se impregnan en la piel abultada de mi torso. Recojo tierra y froto mis pechos mientras hago que solo la mitad de mi cuerpo esté visible y la otra mitad permanezca oculta bajo el agua. López me mira desde la cascada mientras su cuerpo empieza a dar rienda suelta a la adrenalina que corre por él y que ni su sotana puede contener. Me doy la vuelta y me empujo un poco arriba de la ladera dejando que el calor del sol cobije mi piel dorada, quiero que mi espalda y mi desnudez se incrusten en la naturaleza como una hoja más de algún árbol empujada por el viento, o un animal salvaje que duerme plácidamente sin miedo al peligro o quizás un pajarillo en celo. Siento sus manos acariciar el perfil de mi cuerpo lentamente, sus dedos se mueven por mi cuello y se deslizan por mi espalda hasta llegar a tocarme toda. Me doy vuelta y los rayos del sol nublan mis ojos, me toca y explora cada espacio de mi ser. Dejo que el agua limpie mi cuerpo, que las gotas caigan sobre mí y calmen la sed de mi piel. Sus labios me acarician mientras su voz susurra que no debe hacerlo, que romperá su promesa, que su fidelidad será manchada si rompe su voto de castidad. Sus palabras y su respiración agitada se confunden con su pasión que poco a poco crece dejando que sus manos me aprieten fuertemente y que no exista cortesía y buen trato sino la fuerza de una pasión incontenible. Pone su cuerpo sobre mi cuerpo mientras susurra a mis oídos y mi cuello, yo me dejo llevar sin pronunciar palabra. Por momentos su conciencia le habla, y él trata de respirar y meditar lo que está sucediendo, pero su sangre lo invita a traicionar sus metas, sus objetivos, sus ideales.

Así continuamos nuestro viaje de pasión por varias horas.

Cascabel

Las gotas de sudor corren por mis mejillas, camino en medio de la gente. La belleza del mar se mezcla con coloridas hileras de sombrillas mientras el sol calienta. Las olas del mar revientan contra el cuerpo de los bañistas, quienes prefieren permanecer en el agua para soportar el intenso calor que abraza este domingo; algunos nadan con la misma ropa con la que trabajan y duermen. Continúo mi camino tratando de salir de ese tumulto que marea y causa rabia. Me dirijo hacia la zona protegida para los turistas europeos y americanos hasta que un gran rompeolas, que tiene una muralla, me impide seguir. En este lugar la playa se corta, y una gran pared construida sobre las piedras impide que vendedores y bañistas se pasen a los hoteles y a los resorts.

Me subo a las piedras y camino adentrándome hacia el mar, tratando de no caer, hay miles de cangrejos que se esconden entre las rocas mientras el agua se filtra por cualquier espacio que encuentra. Llego al sitio donde solo hay piedra, mar y olas que revientan y cambian su curso. Observo el otro lado la arena blanca acariciar la playa y el agua llegar lentamente con pequeñas olas hacia la orilla de los grandes hoteles que uno tras otro dibujan el horizonte. Miro a la izquierda y veo centenares de bañistas locales disfrutar de la arena y del sol, miro a la derecha, y decenas de hoteles se alinean frente al mar hasta perderse en las montañas que están al final de la bahía. Llamo por mi teléfono a Cascabel, mi amigo que trabaja en los hoteles, y le pido que me permita entrar. Trato en forma apresurada de saltar entre las piedras, en el otro lado de la pared, y así logro llegar al primer hotel, donde Cascabel me espera. Pedro Rosario o Cascabel, un mulato con cabello rizado y sonrisa pícara. Sus grandes dientes blancos se ven cuando él habla, la verdad no es nada atractivo, más bien es feo, pero muy agradable al hablar, y sabe usar sus encantos para conquistar mujeres. De niño, nunca traía comida a la escuela y siempre negociaba e intercambiaba algo por su alimento. Yo lo usaba para que me hiciera las tareas escolares, a cambio compartía con él cualquier cosa que mi madre me enviaba. Es un hombre muy inteligente que aprendió a sobrevivir a toda costa y a cualquier precio. Los amigos le pusieron el apodo de Cascabel por su actitud parecida a la serpiente, siempre acechando hasta que puede picar e insertar su veneno y conseguir lo que quiere a cualquier precio.

Me cambio rápidamente de ropa, y él me entrega una credencial del hotel donde trabaja por si alguien de seguridad me llega a preguntar quién soy. Camino hacia la piscina y me sumerjo dejando que mi diminuto traje se moje y la transparencia devele mis secretos. Me acerco al bar y pido una mamajuana. Me quedo observando cómo preparan mi bebida: un poco de mariscos, miembro del carey, ginebra, ron, miel de abeja y pasas. Mis labios y mi lengua lamen el filo del vaso de cristal, aparento beber, pero solo saboreo el filo de la copa, me parece asquerosa esta famosa bebida conocida como el viagra caribeño. Varios hombres me miran tratando de que sus mujeres no los vean, algunos me sonríen, pues creo que mi sensualidad hace más efecto que la mamajuana en ellos. Dejo mi elixir a un lado y pido un ron con gaseosa. Me doy cuenta de que no veo niños, y solo hay muchas parejas que disfrutan de la playa.

El bar está sumergido en una piscina gigante en forma de guitarra que se une a otra que tiene una cascada; como aquella donde perdí mi virginidad con López y en donde practiqué el arte del amor con muchos otros. Más allá está la playa privada del hotel donde mi amigo Cascabel sirve a los turistas y se engancha con viejas ricas que buscan placer y sexo. De vez en cuando lo veo pasar con alguna de ellas hacia sus habitaciones y sale forrado de dinero. Ahora comprendo el verdadero trabajo de mi padre en estos hoteles, por eso se perdía los fines de semana y regresaba con regalos y dinero para nosotros. Entiendo que una vez que envejeció, hombres jóvenes como Cascabel reemplazaron su territorio y tuvo que huir lejos. Se acerca a mí un turista mayor, de unos cuarenta y cinco años, y me pregunta si estoy sola y si quiero hacerle compañía. Dejo que se siente y veo que toma su mamajuana. Sonrío, le digo mi nombre y me dice que le preguntó a uno de los meseros cómo podría conocer una mujer joven que quisiera pasar un momento con él. Me puedo dar cuenta de que Cascabel lo ha enviado a hablar conmigo. Sin pensarlo dos veces le digo mi precio, mueve su cabeza en aceptación, se levanta y camina hacia su cuarto. Yo espero un momento y luego lo sigo tratando de que nadie se dé cuenta de nuestro arreglo. Cruzo el umbral de lo ético y lo moral y me entrego al placer del momento, el hombre lleva bebiendo mamajuana varios días y se pasa la tarde echando polvos conmigo. Me despido y camino de regreso por la cálida arena, le entrego a Cascabel su comisión y me alejo por la playa de regreso a casa. Es curioso, pues no siento ningún remordimiento por lo que he hecho, al fin y al cabo, lo aprendí de mi padre y de todas las madres de mi vecindario que hacían lo mismo con los turistas. Me voy a ver a López y le confieso los pecados, en realidad no lo hago por remordimiento sino porque sé que a López le encanta escuchar mis aventuras sexuales con otros hombres y le fascina que luego de mis encuentros venga a contarle los detalles pretendiendo que era una confesión. El padre López es mi confesor y confidente, nunca más volví a tener sexo con él, pues quería guardar en mi memoria el instante, en la cascada donde me entregué a la pasión por primera vez y descubrí el amor sabiendo que nunca más sentiría lo mismo.

La Cangrejera

Camino con Bizcochito en medio de vendedores ambulantes, y un aroma de Cuaresma que tiene algo de azúcar, batatas y leche combinada con galletitas dulces y pasas nos despierta el deseo de seguir este incienso de una buena comida. Lo vemos enseguida, en medio de frutas, verduras, carnes, todas puestas en cajas plásticas sobre el suelo, hay una mesa larga con recipientes plásticos pegados entre sí que contienen chancho, arroz, sancocho, yuca. Al final, las deliciosas habichuelas dulces adornadas con pasas y pequeñas galletas que flotan sobre ella. Nos acercamos, y reconozco a mi amiga del tercer grado, Altagracia Peña, que abandonó la escuela por la pobreza en que vivía. Nos produce gran alegría el vernos y nos abrazamos fuertemente, ella y su pareja son las que atienden este pequeño negocio. Al fondo veo dos carajitos durmiendo sobre una manta acomodada en una esquina sobre el suelo. Me acerco a ella y le pregunto sobre su vida. Me cuenta su historia rápidamente, tiene tres hijos: uno de ellos va a la escuela, y los dos aún pequeños duermen sobre el piso. Cada uno de sus hijos es de distinto padre, no lo puedo creer, ella llora al contarme un poco de su historia. Su marido de turno se da la vuelta y le pide que se apure, que deje la conversación, que tiene que ayudar a atender a los clientes: “Apúrate, Cangrejera”, le grita con fuerza, y ella no tiene más remedio que levantarse y dejar la conversación. Quedamos en vernos al día siguiente para conversar. Mi madre y yo compramos las habichuelas y nos marchamos, mi mente no puede quitarse la imagen que acaba de observar. Puedo darme cuenta de que está sometida a su pobreza y a la voluntad de cualquiera que quiera hacerse cargo de ella y de sus hijos. No puede protestar, ni progresa ni el que se junta con ella progresa. Su vida, sus proyectos y sus pensamientos se aproximan a cero en números negativos, pero de manera estática, por eso la llaman la Cangrejera. Así se apoda a todas las mujeres que siguen este camino. Veo a mi madre, le sonríe y creo que tiene algo de cangrejera mi Bizcochito.Me encuentro con Altagracia, en la glorieta de dos pisos ubicada en el parque central de Santo Tomás de la Ensenada. El color blanco de sus columnas se confunde con las luces que la iluminan y cientos de flores, matas y una pileta. Me gusta sentarme en el segundo piso a observar el lado lateral de la iglesia y ver sus dos campanarios levantarse sobre la ciudad. Hay decenas de personas caminando por las diversas rutas diseñadas en el parque, donde todas terminan en alguna de las cuatro calles que lo rodean.

—Hola, amiga —le digo y la abrazo fuertemente.

—Hola, Anaber. ¿Cómo has estado? Son tantos años sin verte —responde mientras acomoda a sus hijos, que están dormidos, en un pequeño coche para dos niños.

—Cuéntame de tu vida, te vi ayer vendiendo en el mercado junto a tu esposo y me dio lástima ver cómo te trató llamándote despectivamente Cangrejera.

—No es mi esposo —responde—. Es mi pareja en este momento. ¿Sabes?, quedé embarazada a muy temprana edad, mi novio no quiso hacerse cargo de nosotros. Luego conocí a un turista inglés por medio de Cascabel, nuestro amigo de la escuela, que ahora es chulo, quien recibió dinero del extranjero por presentarle a una muchacha joven de la región. Tuvimos una aventura de amor que duró casi un año, y salí embarazada de mi segundo niño. El turista, Peter, me prometió que volvería por mí y por mis hijos y nunca la hizo. En ese momento y con dos hijos no tuve otro remedio que continuar con mi vida de otorgar favores sexuales a cambio de dinero y así poder alimentar mis hijos. Siempre fui bien estúpida y nunca me cuidé, parecía que veía el mundo sin temores y confundía ser lanzada y agresiva en la vida con mi pensamiento de que nada me afectaría. Tuve suerte de no salir contagiada de alguna enfermedad. Hace un par de años, Cascabel me presentó un hombre mayor que nos llevó a un pequeño viaje por otras islas del Caribe, viví un romance con él por unos tres meses. Él pagaba por una chopa que cuidaba a mis hijos mientras él y yo nos divertíamos en fiestas, fumando marihuana, y teniendo todo tipo de aventuras sexuales que él pagaba para satisfacer sus deseos y sus impulsos. Allí, en medio de esa vorágine desenfrenada, quedé embarazada de mi pequeño hijo y ni siquiera sé quién es el padre. Participé de muchas orgías, y estas fueron las consecuencias.

—Amiga, no llores, todo estará bien —le digo y la abrazo.

Conversamos por dos horas, y me dice que la mejor forma de salir de la pobreza es evitar embarazarse y enganchar algún turista que esté dispuesto a casarse y sacarte del país. Me da la tarjeta de una agencia que ayuda a muchachas jóvenes a emigrar a Europa o a los Estados Unidos casadas legalmente y con sus visas de residentes legales. Le doy un fuerte abrazo y me despido de ella, camino reflexionando sobre la opción de ir a la agencia y empezar un proceso para conseguir un marido que me saque de este pueblo. Yo no soy tan estúpida como Altagracia, salir embarazada no está en mis planes. Sé que ya estoy metida en el negocio de los favores sexuales por dinero con mi amigo el chulo Cascabel, pero también sé cuidarme. Estoy pensando que ese dinero extra que me hago durante los fines de semana no es suficiente para la vida de placer y de riqueza a la que yo aspiro. Debo salir de Santo Tomás de la Ensenada lo más pronto posible, mientras tenga la juventud exótica que atrae a los hombres. Es ahora cuando debo conseguir un marido que me saque y me dé las riquezas que busco. Quiero emigrar a los Estados Unidos.

Kleavon Bishop

Salgo de la agencia luego de haber actualizado mis datos, tengo un par de meses de haber abierto mi perfil en su página web y no recibía mensajes porque no había completado el proceso. Solo me toca esperar que algún hombre solitario en el mundo me mande un mensaje. Consigo un teléfono celular más moderno y descargo la aplicación de la agencia para poder recibir los mensajes directamente. No han pasado ni dos horas, y empiezo a recibir decenas de mensajes con fotos y con promesas de amor y vida eterna de distintas partes del mundo. Recibo cada uno de los mensajes y los pongo en distintas categorías; por edades, etnicidad, lugar, presencia física, altura, peso, etc. Trato de establecer un mapa que me ayude a tomar la decisión correcta. Tengo escrito sobre mi cuaderno mi verdadero objetivo: salir de Santo Tomás de la Ensenada y ser rica. No importa cómo, solo salir, de tal forma que decido que la categoría más importante para mi selección es aquella que incluye los hombres más vulnerables y fáciles de convencer. Entra una llamada telefónica de Cascabel, me pide que vaya al hotel porque tiene un cliente para mí. Llego al hotel y, como es mi costumbre, me acerco al bar de la piscina; el bartender ya me conoce, y siempre le doy una comisión para que mantenga cerrada su boca. Todo se consigue con un poco de dinero. El lugar, la apariencia, las reglas son solo para venderle al mundo la idea de que en este sitio todo queda guardado entre cuatro paredes, y los secretos nunca salen, pero esa misma privacidad va acompañada de los placeres que turistas, hombres y mujeres, vienen a buscar a la isla. Se acerca a mí un hombre joven de unos treinta y cinco años y se sienta junto a mí. Me mira y me dice:

—Anaber, me habían hablado de tu belleza, pero es nada comparada con mirarte, tu rostro es esplendoroso como una luna llena. Soy César —me dice extendiendo su mano.

A los pocos minutos y luego de un par de rones, nos dirigimos a su habitación.

—¿A qué te dedicas? —le pregunto mientras me desvisto y quedo completamente desnuda.

—Soy ingeniero de puentes y estoy participando de una convención aquí, en Santo Tomás, con empresas de todo el mundo, sobre todo de Europa —responde mientras mira lentamente mi cuerpo.

Toma mi cuerpo y me posee de forma apresurada, dura apenas un minuto… rápido como conejo… Se levanta y se viste con prisa, me dice que quiere volver a verme, que ese día estaba muy excitado con la sola idea que había ido guardando desde mucho antes de iniciar su viaje. En su mente, había vivido la aventura con una exótica mujer de esta isla tantas veces, que cuando llegó el momento, no pudo contener su deseo. Trata de explicarme por qué todo fue tan rápido diciendo que si nos volviéramos a ver, sería mucho mejor. ¡Si supiera que a mí no me importa!, pues estaba allí por el dinero.

Abro mi celular y veo el mensaje del hombre en los Estados Unidos, Kleavon Bishop, uno de los pocos contactos iniciales, a quien le respondí indicándole que quería conocerlo y que me gustaba mucho. Nos escribimos por algunas semanas, hasta que llega el día en que él viaja a la isla para conocerme. A mi madre le digo que conocí un novio por Internet que venía a visitarnos, le consigo un buen descuento en el hotel con Cascabel y le pido que me ayude a aparentar que soy una muchacha débil y desprotegida que busca el amor de su vida. Le pago a Cascabel por su silencio, pues debe mantenerme en el hotel, conseguir lo mejor para mi novio virtual y evitar que él conozca mis actividades ilícitas.

Mi madre y yo lo fuimos a recibir al aeropuerto, tomamos un taxi y lo llevamos al hotel. Pasamos esa tarde conversando y cenamos junto a una de las piscinas. Por la noche, nos encontramos en la discoteca, le pido a mi madre que me acompañe, y ella acepta, pues no quiere que yo corra ningún peligro. Al mismo tiempo está contenta de que yo haya conocido a alguien y tenga la oportunidad de emigrar. Esa noche bailo con él y le digo que estoy enamorada de él, que yo estoy sola, que mi novio me ha abandonado y que vivo con mi madre. Es un hombre alto, un poco gordo, casi sin cabello y de unos cuarenta años. Me cuenta que acaba de terminar de divorciarse y que sus dos hijos fueron a vivir a otro estado al otro lado del país y que no puede verlos a menudo. Eso le causa mucha depresión, pues aún no entiende qué hizo mal para que su matrimonio haya fracasado luego de quince años. Le tomo sus manos y le digo que yo le haré olvidar su pena. Esa noche mi madre y yo lo dejamos en una de las cabañas del hotel y nos despedimos.

La primera luz del día sale acompañada del canto de un gallo de mi vecina, a quien ella cuidaba mucho. Dice que es su mascota y que nadie nunca se comería al gallo. Ella siempre amanece temprano y se acuesta en una hamaca amarrada a dos matas de coco, allí sueña con el día en que algún príncipe azul la saque de su pobreza y la lleve a viajar por Europa y por el mundo. Ella ha recibido muchos extranjeros en su casa, que venían por el turismo exótico, o mejor dicho por el turismo sexual, y ella les brindaba el placer que buscaban. Ya está un poco vieja, gorda, y los turistas que vienen son viejos europeos que prefieren a mujeres mayores antes que las jovencitas, quienes los obligan a ir a las discotecas y les sacan toda su energía. Con mi vecina todo es al grano y concreto.

Me empiezo a vestir usando las faldas de mi uniforme escolar, que aún conservo algunos años luego de haber salido del colegio, y una blusa muy ligera, no me pongo nada que cubra mis senos, de tal forma que mis pezones se puedan ver a través de mi blusa. Uso medias blancas y zapatos tenis. Recojo mi cabello y le hago una cola de caballo a fin de parecer una universitaria recién salida de un colegio de monjas. Me despido de mi madre, quien me mira sin pronunciar palabra, quizás pensando que me estoy metiendo en algún problema. Al mismo tiempo sabe que si yo sigo en esta tierra, mi futuro es incierto y jamás lograré salir de mi pobreza; a diferencia de mis hermanos yo soy más vulnerable a quedarme rezagada en la isla sin poder salir. Salgo y hago parar una motora taxi, le pido que me lleve rápidamente al hotel donde está mi futuro marido. Al llegar veo a Cascabel, quien me llama hacia una esquina evitando que la gente nos vea y me dice:

—El paraguayo, el ingeniero que conociste el otro día, insiste que quiere hablar, verte, estuvo toda la noche llamándome.

—Tú sabes que no puedo, tengo a Bishop esperándome —le respondo, tratando de mirar a todos los lados para evitar que Kleavon me vea conversando con Cascabel.

—Debes ir, por un momento, yo voy a donde está Bishop y le digo que llamaste y dejaste un recado: que vas a llegar un poco tarde y que quieres encontrarte con él a desayunar a las diez en la cafetería del otro resort —me contesta.

—Está bien —le digo—, asegúrate de llevarlo al resort a las diez. Allí estaré.

Llego a la habitación de César y lo encuentro leyendo el periódico, El Ciudadano Libre. Una botella de ron casi vacía virada sobre la mesa, varias copas sucias y el humo del tabaco que quedó impregnado en la habitación me hacen pensar que tuvo una gran fiesta solitaria anoche.

—Hola, César, ¿cómo estás? —le pregunto, mientras le doy un beso en su mejilla y me siento a su lado.

—Estoy con una resaca infernal, me quema todo el cuerpo —me responde, mientras mira mi cuerpo con deseo.

—He venido a consolarte —le respondo, mientras lentamente quito mi blusa y dejo al descubierto mi torso.

Me dejo caer lentamente sobre el sofá, donde mi cuerpo semidesnudo se confunde con el color de la tela y mi falda escolar apenas cubre parte de mis piernas. Se desviste rápidamente y se lanza sobre mí apasionadamente mordiendo mi cuello, jalando mi cabello con fuerza, no me desviste completamente, sino que me posee retirando cualquier prenda sin sacarla, solo retirándola a un lado para permitir que sus movimientos bruscos y salvajes hagan de mi cuerpo un instrumento que él pueda usar a su antojo. Me dejo llevar por la pasión y disfruto cada momento, me encanta dar candela y poder sentir el calor que los hombres sienten por mí. Recorre mi cuerpo una y otra vez, me sacude con fuerza mientras transpira, y su sudor se mezcla con mi cuerpo haciendo que mis pechos se deslicen sobre su húmeda piel. Me ama por varios minutos, esta vez dura más que la primera vez, el alcohol ha hecho que le cueste llegar al clímax y trata desesperadamente de hacerlo mientras yo experimento orgasmos múltiples, siempre hago el amor a la brigandina, pero lo disfruto plenamente. Paso con el todo el día y la noche.

—Vente conmigo a mi país —susurra a mi oído con una voz a la que le falta el aire, mientras aún puedo sentir su corazón latir rápidamente.

—¿Cuál es tu país? —le respondo, mientras miro mi falda toda arrugada y el reloj que marca las 9:30 de la mañana.


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