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PASIONES PERVERSAS”

Novela

De Victor Hugo Balsas

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Título Original: “Pasiones Perversas”

Edición Actualizada: 2018

Edición Impresa disponible

Smashwords Edition, Published by

Copyright 2018 - Victor Hugo Balsas - República Argentina

ISBN: 9780463909584

Diseño y Fotografía de Portada: Balsas - Dunken

Todos los derechos Reservados. Este material no puede ser reproducido, en ningún tipo de soporte existente, sin la expresa autorización del autor.

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Tanto los personajes escogidos, así como los hechos, lugares y nombres descriptos en la obra no guardan, necesariamente, una relación precisa con la realidad.

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TRES COMENTARIOS DE LA OBRA

Si se sigue esta narración como una secuencia de hechos, es una historia apasionada, que atrapa al lector por su dramatismo, la tragedia y la salvación. Pero si aceptamos la invitación del autor al compromiso, es una obra que nos muestra cómo los hombres, podemos ser llevados a transgredir, a traspasar lo prohibido, con la ilusión de hacer de este mundo un posible paraíso. Esta historia despliega la posibilidad de comprender los oscuros abismos de la existencia para, tal vez, retornar a la inocencia.

Dr. Alberto Casals - Psicoterapeuta



Pasiones Perversas”, se convierte en un viaje perturbador hacia las zonas más oscuras del ser humano. Una obra bella y brutal, donde los personajes, a través de sus pasiones, podrían encaminarse hacia un trágico destino.

Gabriel Seisdedos – Periodista y Escritor



Cada personaje alberga intensamente una ilusión y vive de acuerdo a ella. Dejan de lado sus principios, vulneran reglas impuestas por la sociedad y terminar entregándose totalmente a sus pasiones. A cualquier costo. Todo por amor. Pensemos, cada uno de nosotros, cuál es el costo de nuestra felicidad. Repasemos, también, cuántos secretos están guardados en nuestras familias y de qué manera esos secretos repercuten en las relaciones presentes y marcan las relaciones futuras.

César Melis - Periodista y Escritor



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Sólo vives por esa partícula de ensueño

que te sobrepone a lo real”.

JOSÉ INGENIEROS

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Tabla de Contenidos

Prólogo

Capítulo 1 - "Volver a Empezar"

Capítulo 2 - “Intentar el reencuentro”

Capítulo 3 - “Maravillosa amistad”

Capítulo 4 - “Relaciones Sanadoras”

Capítulo 5 - “Conociéndonos”

Capítulo 6 - “Relaciones Inesperadas”

Capítulo 7 - “¿La Gran Noticia?”

Capítulo 8 - “El Abismo”

Epílogo

Créditos

Agradecimientos

Notas del Autor

Datos del Autor

Otras Obras Publicadas

Perfiles y Contactos

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Prólogo



DESPUÉS DE AÑOS DE SILENCIO, de palabras guardadas, mi bisabuela Emma, la anciana que me crio desde que nací, por fin reveló sus secretos. Días atrás, cuando cumplí dieciocho, me dijo que yo tenía derecho a saber quiénes fueron mis padres y enterarme de cómo se gestó mi existencia. Entonces me entregó la carta que dejó mi madre antes de irse para siempre y las fotos que había guardado durante años en la baulera del departamento, dentro de una caja de zapatos prolijamente encintada.

Fotos que parecen ruinas de una civilización lejana, que me interpelan y me devuelven retazos de imágenes sin editar, hilachas en las que debo forjar la trama de un relato que se deshace en la memoria cuando lo quiero fijar con palabras.

Descubro a mi padre y casi no lo puedo creer: demasiado joven. Será por eso que me cuesta reconocerlo como tal. ¿Ése era mi abuelo? Me cuesta decirle “Abuelo” a ese tipo con los ojos llenos de vida. Lo veo junto a mi padre en un imponente atardecer. Pero la foto que más me gusta es donde papá y mamá están juntos con el fondo de una cascada.

Cierto. Es como que no vengo de ningún lado. Porque acaso no exista impacto más profundo que el hallazgo de un pasado ignorado. Me cuesta, y me costará asomarme a ese pasado. Pero es justo allí donde rescato una parte mía, como si me viera al espejo por primera vez.

No tuve oportunidad de conocer a mi madre. Emma, me consuela: «No la juzgues. En ese momento ella pensó que era lo mejor para vos». Lo cierto es que mamá nunca escribió, ni llamó… ni volvió. Daría todo por verla. ¿Por qué me dejó? ¿Por qué nunca quiso verme? A pesar de todo la quiero y mantengo la esperanza de encontrarme con ella algún día. Sé que vive en algún lugar de España, por el giro que Emma cobra religiosamente todos los meses.

Después de leer la carta, aún me cuesta comprender cómo vine al mundo. Intento reconstruir esta historia y me pregunto si acaso no haya sido el horror mismo el que generó más horror; así como una epidemia contagiosa, como si lo malo generara deliberadamente algo peor.

Quizá no haya una explicación lógica para todo lo ocurrido. Emma me dijo que todo lo que le sucedió a esta familia se inició en una ruta solitaria, que fue precisamente allí donde comenzaron a encadenarse los sucesos que llegarían después: «¿Sabés? En la vida nada es seguro. El límite que nos separa de la vida es chiquito. Todo es muy frágil; hasta lo que tanto nos costó construir, se puede derrumbar en un instante».

Durante muchos años llevé el peso de la mochila que a partir de ahora intentaré sacarme de encima. Pero hay cosas que jamás entenderé; tendré que imaginármelos hasta encontrarme con mi madre. Lo necesito. Lo necesito tanto como saber de qué manera llegué a este mundo.

Jonathan González – 18 años después de la tragedia.

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CAPÍTULO 1

VOLVER A EMPEZAR”

I

MIRANDO SIN MIRAR el incipiente amanecer en la tediosa monotonía del paisaje, Pablo González jamás pudo haber imaginado que en esa ruta solitaria iba a ocurrir el desagraciado suceso que le cambiaría para siempre su existencia. Y todo pasó justo cuando creía recorrer el mejor momento de su matrimonio. De haber tenido siquiera una mínima sospecha o un aventurado presagio, quizá se hubiera dejado convencer por Patricia, su mujer, y finalmente hubiese destinado el dinero del viaje para reemplazar la vieja heladera.

Por cierto, Pablo González jamás pudo haberlo imaginado.

Mientras calculaba los kilómetros que faltaban para llegar a Buenos Aires, Pablo echó un vistazo a Patricia en busca de conversación. Pero ella se había dormido después de reanudar viaje tras una parada en una estación de servicio para repostar combustible y cargar el termo con agua caliente.

El automóvil avanzaba sin pausa. Los aguaciles pegaban contra el parabrisas con el mismo vértigo que los borrosos montes bajos de chañar iban quedando atrás. La línea blanca de la ruta se desdibujaba justo donde se desvanecía el haz de los faros, cuyos resplandores iluminaban cada tanto carteles de precaución. Hacia el este, en el vasto horizonte, el cielo rosáceo marcaba el final de una noche calurosa, poblada de estrellas y de insectos en la quietud del aire.

Las luces de un vehículo, uno de los pocos que había cruzado durante la noche, se veían a lo lejos. Pablo, casi adormecido, tomaba con escasa firmeza el volante. El acelerador, pisado casi a fondo. Había que llegar lo antes posible, organizar la semana de clases, descansar algunas horas y reiniciar la rutina.

Decidido a hacer algo que le sacudiera la modorra, Pablo encendió la luz de lectura, se estiró, y abrió la guantera en busca de un CD para escuchar; se entretuvo varios segundos buscando su preferido. Cuando su atención regresó a la ruta las luces del vehículo lo enceguecieron de lleno: ¿Un ómnibus o un camión? Una horrible certeza lo sacudió cuando advirtió que esa mole gigante, indescifrable, se le venía literalmente encima.

Unos pocos segundos a ciegas marcaron el lapso fatal.

La carretera, iluminada. Alrededor, oscuridad. No hubo tiempo para pensar. Prevaleció el instinto de supervivencia. Y en un acto de defensa acaso inútil, clavó los frenos y se tiró a la banquina para evitar el impacto. Pero no había posibilidad para nada… El camión fue un rayo de luz impiadoso; el camión se hizo trueno en el impacto y el auto de Pablo fue el chirrido estridente de los neumáticos. Luego, el silencio. Nada reveló lo sucedido. Sólo los grillos ocultos entre los espinillos interrumpieron por un momento su canto tembloroso.

Enseguida el fuego y el humo; al principio blanco, después negruzco. Atrapado en una masa informe de hierros, Pablo intentó liberarse. Un líquido espeso y tibio, negro en la penumbra, comenzó a teñir su ropa. Desesperado, procuró zafarse de la butaca, pero sus piernas estaban aprisionadas y las fuerzas lo abandonaban.

Giró su cabeza apenas, buscando a su mujer. En la penumbra rojiza no veía en ella signos de vida. En cambio vio su rostro desfigurado, entre cristales astillados y hebras de sangre. ¿Quedaba algún rasgo de vida en aquel cuerpo desarticulado, menos visible que una sombra? Alrededor el fuego sí tenía vida.

Una imagen brotó de improviso en su mente: su hijo, Joel. Por suerte había quedado en casa de la abuela. ¿Pero qué sería de Joel si todo se acabara allí?

En su abatimiento Pablo sentía que su vida no debía terminar así; no en ese lugar ni de esa manera, con tantos proyectos por delante. Estaba convencido de que no había tenido una familia demasiado normal, aunque pese a ello había logrado formar una. Sus padres, ya difuntos, se habían separado pronto y su único hermano había emigrado a Canadá.

Súbitamente recordó cuando su mujer le confesó que estaba embarazada. Ocurrió durante la cena, ya en Bariloche, cuando levantaron las copas para brindar por un nuevo aniversario de casados. Joel todavía no lo sabía. ¿Quién se lo diría? ¿Cómo lo tomaría? Quizá sentiría celos; la idea de que se agrandase la familia podría no caerle del todo bien.

El calor ya era insoportable; las gotas de sudor chorreaban sin cesar, le turbaban la vista, se mezclaban con la sangre, el humo, el fuego… Era el fin. El fin de los elaborados planes; el fin de una vida de inquietudes y fugaces lapsos de felicidad.

La agonía de la noche, ya caída en la luz; la juventud del día que palpitaba afuera parecía decirle que no cediera. Pero la voluntad disminuía imperceptible y tenía ya la sensación del final; salvo por su corazón agitado, único signo de vida en su cuerpo casi exánime. Gradualmente, lo invadió un estado letárgico, un sensual abandono. Sabía que no podía salir de esa trampa sin ayuda. «¡Por favor, que termine pronto! Por favor».

La vida yacía en ese campo amarillento que en poco tiempo configuraría un paisaje milagrosamente armonioso; la vida estaba en el brillo sosegado de las últimas estrellas y en la luna, cuya figura, pronto comenzaría a desaparecer.

Con sus músculos ya flojos, permanecía en absoluto inerte. ¿Acaso eso significaba la muerte, que parecía deslizarse en oleadas lentas? Los últimos jirones de su existencia lo abandonaban, en un lento fluir a la nada. Para entonces, sus cuerpos eran sombras fundidas en el crepúsculo, proyectados por el resplandor del fuego.

Emitió un gemido inaudible y vio dos puntos luminosos que oscilaban en varias direcciones. Escuchó voces. Soltó un fugaz lamento. Pensó en su familia y se dio cuenta cuánto los amaba. Inmediatamente después, su mundo se volvió negro de verdad.



II

LA CASA SE UBICABA EN CASTELAR NORTE, en la zona oeste, a pocas cuadras de la estación de ferrocarril y a media hora del centro de Buenos Aires en caso de que se decidiera tomar por la autopista. La construcción, si bien sobria, se ubicaba entre más las austeras de la zona. La habían comprado cuando Joel nació, con un crédito hipotecario ya cancelado. El barrio era de clase media; casas bajas entremezcladas con costosos chalets.

El grito invadió cada rincón de la habitación y lo sobresaltó, arrancándolo de su pesadilla. Faltaba poco para que amaneciera. La luz provenía de la calle y quebrantaba la oscuridad del dormitorio, plasmándose en retratos familiares que colgaban de la pared, como rectángulos eléctricos seccionados por las rejas de la ventana.

El joven se levantó de un salto, se abalanzó sobre la otra cama y sacudió a Pablo, tomándolo de los hombros.

—¡Papá, despertate! Estás soñando —dijo, y miró su propia mano, húmeda por el sudor de Pablo.

—¡Dale, despertate! ¡Mirame! —insistió el joven.

Pablo apenas balbuceó y metió la cabeza bajo la almohada.

—¡Joel! ¿Sos vos? — dijo, refregándose los ojos.

—¿Quién va ser?

—Linda manera de despertar a tu padre ¿eh?

—Bueno, gritaste tan fuerte que hasta los vecinos te habrán escuchado. ¿Tuviste una pesadilla?

—Sí. Una pesadilla fea, hijo, demasiado fea —dijo Pablo, secándose el sudor—. Soñé otra vez con el accidente.

Permaneció en silencio, tratando de articular sus ideas.

—Pude ver todo muy claro, como si hubiese pasado por segunda vez. Fue muy vivido, casi igual que aquel día. No sé… todavía me pregunto por qué no pude sacar a tu madre de ahí.

No podías hacer nada. Tuviste suerte de que te hayan salvado a vos. Por ahí mamá ya estaba muerta. Capaz que no sufrió —agregó Joel, con la mirada perdida.

—Había tanto fuego… tanto calor, y yo no me podía mover. Fue lo más… pensé que nunca saldría de ahí.

Pablo hizo un esfuerzo para iluminar su semblante.

—Bueno, no hablemos más de esas cosas. ¿Vamos a practicar un rato? Un poco de gimnasia vendrá bien. El médico me dijo que empezara a ejercitar la pierna.

—¡Dale! En un rato estoy listo —contestó el muchacho con entusiasmo y se perdió por el pasillo.

Pablo se quedó mirando el vacío. Su hijo. La continuación de ella. Recordó uno de los momentos más felices: el día que Joel nació. El calco de Patricia. Había heredado su carácter, su labrada delgadez y unos ojos verdes que contrastaban atractivamente con la tez morena de su piel. Pero el tiempo había pasado y ahora a Pablo le costaba asumir lo bien constituido que su hijo estaba para su edad. Cierto. Había muchos cambios en él que Pablo recién advertía. Su voz, grave y desafinada como un gemido nasal, sentenciaba el inicio de la adolescencia. Y con la adolescencia vinieron los cambios. Patricia solía decir que los jóvenes a esa edad no definían su lugar, que se encontraban en una especie de cornisa y cierta rebeldía quizá había que tomarla como normal. A ella no le parecía mal que el joven se pasara horas encerrado en su cuarto o que a veces se negara a compartir la mesa familiar. Pablo se inclinaba por el rigor y tildaba a Patricia de ser demasiado permisiva. De todas formas, ambos coincidían que Joel era especial. Porque a Joel no se le conocían amigos. Porque a Joel nadie lo había visto llorar. Ni siquiera durante el velatorio de su propia madre.

Pero el joven se hacía notar. De hecho, Pablo había recibido la citación de la escuela por un insulto a la profesora de historia. No era la primera vez. Entonces lo castigó, dejándolo sin salidas por un tiempo. Pero cuando el muchacho arrojó el gato de la abuela Emma a través el hueco del ascensor, decidió consultar con un psicólogo.

Su hijo vivía, estaba ahí, y lo necesitaba casi tanto como necesitaba sobreponerse: «¿Te pusiste a pensar en todo este tiempo el dolor que había sentido tu hijo?».«¿O es que te refugiaste sólo en lo que vos sentías, observando tu vacío?»

Modificar, modificarse… palabras que aleteaban dentro suyo en tiempos de tragedia, duelo y reflexión. Lo sabía. Era lo mejor que podía hacer por la memoria de Patricia.



III

SETENTA Y SEIS FUERON LOS DÍAS que Pablo había permanecido internado, reponiéndose de las cirugías. La pierna fracturada apuntaba a convertirse en una gran cicatriz y un desagradable recuerdo. Los médicos habían pronosticado una pronta recuperación. Pero la reparación mental sería mucho más lenta. Estrés postraumático, era la nueva palabra en su vocabulario. El equipo médico del Consejo Escolar seguía su tratamiento, aunque las imágenes del accidente no desaparecían; afloraban en sueños recurrentes que casi siempre se interrumpían con una sensación de ahogo. Una y otra vez volvía la secuencia de la tragedia: la súbita llegada del impacto y el chirrido de los neumáticos descomponiéndose en el asfalto.

Las causas del accidente poco importaban, aunque sabía que existía una demanda de por medio iniciada por la compañía de seguros y un proceso judicial que se podía prolongar más allá de lo razonable. El escueto parte policial decía: “El conductor del camión, por causas que se investigan, pierde el control y la maniobrabilidad del móvil, traspasando el eje de la calzada con parte de su estructura, produciéndose la colisión que ocasiona que el vehículo menor termine en la banquina consumido en su totalidad por el fuego”. Con todo, jamás le interesó conocer al chofer del Scania con acoplado que le había salvado la vida antes de que el auto se incendiara por completo.

Durante su recuperación se la pasó mirando fotos familiares, como si buscara armar un rompecabezas de su pasado. Unía fragmentos, enlazabas hechos, atrapaba anécdotas. Se asomaba a cualquier cosa buscando consuelo. Y estaba el recuerdo: en todos los rincones de la casa. Había vacíos que ocupar, sueños despojados, un pasado proyectado a un futuro que aún tenía vigencia. No podía dejar de mirar el álbum familiar ni finalizarlo sin que lo envolviera la desesperanza. «Querida: te extraño y me extraño a mi mismo. Me arrepiento por mis ausencias».

Muchas horas dando clase, regresar de noche, compartir alguna charla en la cena, corregir exámenes y volver a empezar. Largos momentos de silencio hueco, de palabras guardadas. Y así la rutina había ganado espacio también en silencio. El hijo que venía en camino podía ser el remedio que sacudiría esa especie de costumbre en que se había convertido la relación.

No podía imaginar cómo resultaría todo de allí en más. No era cuestión de tirar una moneda al aire y que cayera con la cara de la suerte. «González: Usted está atravesando la etapa del duelo. Adaptarse a la muerte de un ser querido es como perder parte de uno: tarda uno en recuperarse. Tiempo, González; hay que dejar que transcurra y el dolor se irá. Todos llevamos una mochila en la vida», le había dicho su terapeuta.

¿Podría reiniciar su vida normalmente? ¿Qué secuelas dejarían en Joel la falta de su madre? Preguntas… tan sólo interrogantes sin respuestas por el momento. La familia que había proyectado se había quebrado. Sin embargo, la vida estaba ahí y, desde luego, había que vivirla. Más allá de la tragedia, más allá del dolor, el mundo seguía su curso.



IV

JOEL VOLVÍA DE OTRA ACCIDENTADA SESIÓN CON EL TERAPEUTA. Andar desacoplado, manos en los bolsillos; las Topper blancas desatadas (pero impecables), el gorro con la visera hacia atrás y la mirada perdida en el piso.

Abrió de una patada el portón, cruzó el jardín y entró en la casa como una fiera, dispuesto a gritar que ya no soportaba contarle cosas de su vida al estúpido viejo (el doctor Taborda) ni mucho menos escuchar sus devoluciones inentendibles.

—¡Papá!… Estoy podrido —dijo Joel, desafiante.

Desde su sillón, Pablo fumaba el último cigarrillo del paquete. Exhalaba el humo con lentitud, mientras contemplaba el jardín a través de la ventana: una antigua galería que Patricia se había encargado de reciclar con pasadizos de cerámica que surcaban un límpido césped y una gran variedad de flores y plantas. Nada había nacido porque sí. Patricia lo había planificado cuidadosamente. Una composición perfecta. Pablo pensó que había sido injusto: no estaba seguro de haberle dado el debido valor en su momento.

—¡Papá, te estoy hablando —insistió Joel y se situó delante.

—Te faltan dos botones de la camisa —señaló Pablo.

Joel se miró, hizo un gesto antipático y no contestó. Había reparado en ese detalle mucho antes, pero no le importó demasiado. De hecho, ninguno de los dos jamás había pegado un botón. Ya no estaba su madre, por supuesto, para controlar por él que su ropa se encontrara en buenas condiciones.

—Bueno… ¿Falta o no falta ese botón? ¿Entonces por qué no lo pegás? No me gusta verte mal vestido.

Está bien, lo voy a coser. Pero ahora cortala con eso. Quiero hablar con vos sobre otra cosa.

—¿Qué te pasa?

—Estoy podrido. No quiero ir más a lo de ese viejo.

—Bueno, quedate tranquilo. No vas a ir más —le dijo y lo tomó de los hombros—. Tengo una propuesta mejor para vos.

Pablo condujo al joven hacia el living y le mostró un sobre blanco con el logo de una empresa de turismo.

—¿Cuál es la propuesta? —preguntó Joel, incrédulo.

—¿Sabés? Hoy cobré parte del seguro de vida de tu madre. Nuestros abogados se movieron rápido. No es mucho, pero lo voy a usar para nuestras vacaciones. ¡Basta de médicos y abogados! Vos y yo nos merecemos algo mejor, ¿no te parece?

—¿En serio lo decís?

—¿Qué? ¿Acaso no me crees? ¡Mirá! —Pablo tomó el sobre y descubrió el contenido del tour: los tickets de avión, la reserva de la cabaña y la renta de una 4x4.

—No lo puedo creer. ¿Adónde nos vamos?

Joel le arrebató los papeles y los desparramó sobre el sillón.

—Alquilé una cabaña en el sur. ¿Adivina dónde?

Joel se echó el pelo hacia atrás y trazó un gesto nervioso.

—¿Qué sé yo? No sé, papá, no sé.

—Es un lugar donde siempre íbamos con tu madre. Solíamos ir antes de casarnos y seguimos yendo después.

Joel sonrió apenas y Pablo supo que era la primera sonrisa que le había notado en mucho tiempo.

—¿La última vez, fueron ahí con mamá?

—No. La última vez paramos en un hotel, porque estuvimos sólo un fin de semana. Hacé memoria. Vos eras chico.

—¡Ya sé! —exclamó Joel—. La cabaña del lago. Por las fotos del álbum me di cuenta. ¿Cuántas veces fueron ahí?

—Tres veces. En la luna de miel, cuando eras un bebé y la última vez, cuando vos tenías… ocho años, creo. En esa misma cabaña te fabricamos a vos.

Pablo contó algunas anécdotas de los viajes.

—¿Te gusta hablar de eso?

—Sí, fueron lindas épocas. Los momentos buenos duran poquito, pero se recuerdan siempre, ¿sabés?

—Papá, y los recuerdos malos, ¿se pueden olvidar?

—Supongo que dependerá de cada uno, hijo; de la voluntad y el esfuerzo que pongamos para transformarlos.

—¿Sabés por qué te pregunto?

Joel permanecía sentado en el sillón, con los codos apoyados en sus rodillas, sosteniéndose el mentón con las manos.

—Te lo pregunto por mamá. No me puedo olvidar de ella.

Pablo notó que su voz desafinada comenzaba a sonar terrosa, como si una gran fuerza interior no le permitiera soltar las palabras. A los catorce años, la adusta marca de una persona que había sido profundamente herida ya aparecía en sus ojos.

—Yo tampoco puedo olvidarla. Y eso no está mal, porque la mejor forma de mantenerla con vida es recordarla siempre y nunca dejar de amarla. Cada uno a su manera.

—Pero vos no pasaste lo que yo pasé. Lo peor fue el velatorio… no puedo olvidar. La primera vez que fui a un velatorio me encontré velando a mi propia madre. Nunca se me va a borrar de la cabeza. Estaba el cajón cerrado. Yo quería verla por última vez, pero me decían que en ese cajón había huesos quemados; que ella estaba en el cielo y otras estupideces. No me puedo olvidar del entierro: llovía… no paró de llover ese maldito día. Vos estabas internado y venía a saludarme gente que nunca había visto. Aparte de la abuela, la tía Susana y algunos vecinos, no conocía a nadie. Me besaban, decían pavadas y yo no soportaba, no soportaba; sólo quería estar con mamá. ¿Sabés? Me dio asco ver tanta gente careta.

Joel ya no pudo seguir hablando. Se ocultó la cara con las manos y lloró como un niño. Pablo se levantó y lo abrazó. Hizo un esfuerzo para mantenerse cuerdo.

—Llorá hijo, te hace falta.

—No aguanto más. ¡No aguanto más!

Lo dejó llorar unos minutos. Luego lo separó y lo miró fijo:

—¡Joel, escuchame! Vamos a salir de ésta, ¿sabés? A mamá no la podemos resucitar, pero nosotros sí podemos. Tenemos que seguir. Vos tenés un largo camino por delante. Vas a estudiar, algún día formarás tu propia familia. Tu mamá siempre se lo imaginaba. No le podés fallar, ¿entendés?

El joven balbuceó algo y Pablo lo palmeó varias veces, como si ese acto contribuyera a levantarle el ánimo.

—Yo creo que ella no querría vernos así, ¿de acuerdo?

—Es verdad —murmuró Joel y se secó las lágrimas.

—Andá a lavarte, te cambiás, y vamos a comer pizza, ¿si?

—Está bien papá —dijo con voz trémula y se alejó abatido.

Pablo permaneció otra vez solo con sus pensamientos. Quizá recién estaba descubriendo a su hijo. Por cierto, era la primera vez que le había confesado su dolor. La primera vez que lograba distraerlo del suyo, del propio. Sin embargo, de momento no se sentía con fuerzas como para ayudarlo.

Animarse a proyectar una nueva vida, era la idea. Pero sus desdibujadas fantasías lo acechaban en sus sueños. Precisamente, la última noche había soñado algo terrible que bien no recordaba. La pesadilla había divagado en una especie de contorno surrealista, aunque no estaba relacionado con Patricia. Tampoco con el accidente. Se relacionaba con su hijo. Entonces había despertado de golpe, bañado en sudor, con la urgente necesidad de encender la luz.

Esas oscuras manifestaciones de su mente se prolongaban demasiado, como si el inconsciente intentara desenterrar alguna cosa que se resistía a emerger. Visiones, sueños y realidad formaban parte de una misma cosa. Comenzaba a dudar: ¿Qué había de ficticio? ¿Cuál era la realidad? De ninguna manera hablaría de esto con su terapeuta. Intentaría encontrar sus propias explicaciones una vez que estuviera lejos de todo. Para eso había madurado el viaje; suponía que podría traerle algo de alivio. Una especie de reparación y un refugio a su desdicha. Pensar en el viaje hacía que las pesadillas y los malos recuerdos pasaran a segundo plano. Pensar en el viaje le concedía la esperanza de lograr el esperado reencuentro con su hijo.

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CAPÍTULO 2

INTENTAR EL REENCUENTRO”

I

DURANTE EL VUELO CUALQUIERA LOS HUBIERA IMAGINADO EXTRAÑOS. Padre e hijo tan sólo habían cruzado un par de palabras. Pablo se la pasó leyendo. Joel se dedicó a leer las instrucciones para utilizar la Nikon que la abuela Emma le había regalado en la despedida. Se animaron a la charla recién cuando abordaron la 4x4 rentada que Pablo retiró de la agencia en el estacionamiento del aeropuerto.

Ansioso por llegar a destino, Pablo postergó la recorrida por la ciudad para otro día. Tomó el acceso a la ruta principal y en media hora ya estaba transitando el camino que conducía a la cabaña: un enripiado sinuoso abierto entre la boscosa falda de los cerros. Alrededor, bosque tupido, bien verde, con enormes árboles en algunos tramos cubiertos por arbustos y enredaderas. La sensación de que cada kilómetro recorrido lo adentraba más en el bosque y lo alejaba de todo el contorno que lo retrotraía al accidente, le producía cierta exaltación.

A su lado, con la cabeza recostada en el asiento, Joel estaba en silencio. Miraba con cierta indiferencia el paisaje y cerraba los ojos cuando las intermitentes ráfagas de sol que asomaban entre la vegetación le daban en la cara. En el margen derecho, el inmenso lago azul que los había acompañado gran parte del trayecto comenzaba a verse a intervalos.

Cuando el vehículo realizó la última curva y descubrió una senda casi irreconocible con un cartel: “Prohibida la Entrada. Propiedad Privada”, Pablo obtuvo el punto de referencia que indicaba el acceso a la cabaña. «¡Es acá, a la derecha!».

—¿Estás seguro? —preguntó Joel, mientras masticaba las últimas papas fritas del paquete.

Pablo tomó el sendero de tierra, bastante cubierto por vegetación. El vehículo se abrió paso entre ramas entrelazadas y hierbas crecidas que rozaban la parte baja de la carrocería.

Mientras tanto, a Joel lo empezó a sorprender el recuerdo. Ahora estudiaba con curiosidad todo el contorno. Hacía un esfuerzo para recordar algo que por el momento era difuso.

—Sí, acá estuvimos con mamá —dijo el joven. Tomó un sorbo de gaseosa y sacudió nervioso los restos de papas que cubrían el mapa apoyado sobre sus piernas.

De pronto, el sendero se abrió y la vivienda se presentó ante sus vistas como una pausa en la magnitud del bosque.

La cabaña, casi perdida por la sombra de los gigantescos árboles, estaba construida con troncos de algarrobo y techo de tejas. Pablo notó que le habían hecho algunas modificaciones respecto a la última vez. Ahora había una alarma electrónica. Pero la principal novedad era la altísima torre con una antena parabólica que recepcionaba señales de celular, radio y TV satelital. Un jardín de tulipanes cercaba el acceso, enmarcado por arbustos de rosa mosqueta. Detrás, un terreno con el césped recién cortado seguía por un barranco de piedras que tapizaban la orilla del lago. Del otro lado se erguían cerros salpicados de nieve con una espesa vegetación, en cuyas laderas se amontonaban los cipreses. A lo lejos yacían las cumbres que formaban la cordillera. Hacia ambos lados la propiedad lindaba con el bosque.

Pablo estacionó frente al garaje, descendió y se deleitó al percibir la brisa lacustre de la tarde. Volver a la vida después de tanta oscuridad y recuperar el fantástico acontecer de otros tiempos junto a Patricia.

—¡Mirá! En ese banco nos sentábamos siempre con tu madre a tomar mate y mirar el lago —le dijo a Joel, señalando los asientos de tronco en la parte trasera de la cabaña.

Poco después, tomó el sobre que contenía las llaves y abrió la puerta. La entrada daba a un living con dos grandes ventanales que capturaban el reflejo del lago hacia todos los rincones. Lo primero que sintió fue el tictac del antiguo reloj inglés que colgaba de la pared de la chimenea, debajo de una enorme asta de ciervo. Un gran mural con un paisaje patagónico dominaba el ambiente que continuaba por un pasillo alfombrado hacia la cocina-comedor, un lujoso baño y dos dormitorios. Las instrucciones que había dejado el dueño para operar el generador de luz y la caldera a leña estaban sobre la mesada de la cocina. Anexado a la cabaña había un cuarto donde se apilaba leña recién cortada como para pasar el invierno. En ese lugar, había varios bidones con combustible: “Usar para encender la leña”, decían las etiquetas. Parecía estar todo en orden para disfrutar de las vacaciones sanadoras.

Desempacaron, acomodaron sus cosas y cambiaron algunos objetos de lugar. Pablo preparó dos medidas de whisky con hielo, prendió el primer cigarrillo del día y se acomodó en una de las reposeras de la galería, bajo los últimos rayos de sol.

—¡Joel! Traé la cámara que te regaló la abuela. Acá vas a sacar tus mejores fotos —le indicó a su hijo, entusiasmado.

Joel sacó varias fotos. Después programó la cámara, la afirmó en un tronco y se retrató por primera vez junto a Pablo.

—Vení, vamos para adentro —le dijo Pablo y lo tomó del hombro—. Tengo un regalo para vos.

—¿Qué es? —preguntó Joel extrañado.

Pablo no contestó. Lo condujo hacia su habitación y le mostró una caja de madera rectangular.

—Es para vos. ¡Abrila!

—¡Gracias, papá! Es muy grande: ¿Qué es? Está pesada —dijo el joven, mientras quitaba la cinta del embalaje—. ¡Una carabina! ¡Una 22! —Exclamó Joel, atónito.

Ciertamente, una Winchester 22 LR… y de las caras, con mira telescópica y una vistosa culata de nogal lustrada.

—¡Sorpresa! Yo sé que te gusta la caza. Pero prometeme que la vas a usar sólo cuando estés conmigo, ¿estamos? Primero voy a enseñarte a tirar. Te la pensaba regalar dentro de unos días, para tu cumpleaños, pero no pude esperar.

—¡Genial, papá! Gracias, pero, ¿por qué? —preguntó sin dejar de admirar su regalo.

—Lo merecés. Te bancaste solo el tema de mamá y ayudaste mientras yo estaba internado. Pero a la abuela no hay que contarle nada del regalo, eh. ¡Vos sabés cómo es ella!

Pablo hizo una pausa.

—¿Sabés? No quiero que nos sigamos perdiendo cosas.

—¿Qué querés decir, pá?

—Quiero que a partir de ahora hagamos juntos las cosas que siempre hicimos por separado.

—Sólo espero que confíes en mí —finalizó Pablo.

El muchacho asintió pensativo, lo miró por un momento y le brillaron los ojos. Pero su atención se centró al instante en la carabina. Deslizó su mano suavemente por la culata lustrada, hizo puntería, la probó en falso… un niño con juguete nuevo.

—Mañana te compro la munición —agregó Pablo.

Joel tuvo dos certezas respecto a su padre: que ya lo estaba empezando a reconocer como un adulto y que por alguna razón sabía de su afición por la caza y la pesca.



II

LA NOCHE INSTALÓ EN EL BOSQUE una quietud que sólo en lapsos interrumpía el sonido de algún pájaro nocturno. Las nubes ocultaban las estrellas. En la lejanía, las luces de la cabaña parecían destellos inmóviles envueltos por las sombras. El humo blancuzco que escapaba de la chimenea de ladrillos, contrastaba en la oscuridad.

Recluido ya en su habitación, Joel acomodó el retrato de su madre y su gastado osito de peluche en la mesa de luz. De vez en cuando miraba la gaveta donde había guardado su mejor regalo: la carabina. Planeaba estrenarla cuanto antes.

Pablo permaneció en la galería, armando su caña de pescar. De pronto Joel lo interrumpió.

—¿Qué vamos a comer? No está la abuela Emma para cocinar. Tampoco podemos pedir comida hecha.

—No te preocupes, Joel. Son las contras de vivir en medio de la naturaleza, pero te aseguro que son mayores los beneficios. Veo lo que hay y preparo algo, ¿de acuerdo?

Pablo inspeccionó la cocina y pronto encontró la solución: Salchichas y huevos revueltos con jamón. Para el postre echaron mano a la canasta de frutos rojos que el dueño les había dejado con la nota de bienvenida.

—Papá: ¿A qué hora nos levantamos mañana?

—Temprano. Quiero comenzar con mis ejercicios, ¿sabés? ¿Me vas a acompañar a correr?

—¿A correr? Bueno, ¿a qué hora? —preguntó Joel.

—A eso de las siete, ¿te parece?

—Muy temprano… —dijo sumiso—. Buenas noches papá.

Joel pensaba preguntarle algo más, pero desistió. Caminó perezosamente a su cuarto, se cambió de ropa y se acostó.

La noche murmuraba con la brisa. Las nubes se desplazaban y dejaban ver cada tanto la luna, cuya pálida luz penetraba en el dormitorio de Pablo y hacía traslucir el humo de su cigarrillo. Tras la última pitada, apagó la luz y se quedó apoyado en el respaldar, cavilando, tomando conciencia de su respiración.

Cuando se disponía a dormir sintió pasos lentos y vacilantes que hicieron crujir la madera del piso. La figura esbelta de Joel se veía obscura y se apreció desde la mismísima penumbra. Su sombra se deslizó por la pared y cuando se detuvo frente a la cama, el reflejo de la luna se instaló en su rostro. Sus ojos brillaban turbiamente y su mirada lucía extraviada. Pablo lo desconoció, como si esa presencia no le resultara familiar.

—¡Papá! —increpó Joel, ofuscado—. ¿Por qué fumás acá?

—Bueno, no sé. Es sólo un cigarrillo. Y ya lo apagué.

—Mamá no quería que fumaras en el dormitorio. Ella decía que el olor no se iba más, que percudía las cortinas, los muebles.

—¡Pará un poco! ¿Entraste a mi cuarto para decirme eso? —interrumpió Pablo con una sonrisa nerviosa.

—Bueno, no —dijo Joel—. No vine para decirte eso.

Mirada desorientada. Profundo silencio.

—¡Hablá! ¿Qué te pasa?

—Nada. Quería darte las gracias por el regalo.

—No me agradezcas nada, ya te dije que te lo merecías. Además, es el regalo adelantado de tu cumpleaños.

Joel modificó de golpe su semblante.

—¿Algo más? —preguntó Pablo.

—Sí, bueno… No, no tengo más nada para decirte —hizo una pausa—. Vas a tener frío con la ventana abierta.

—Despreocupate por mi ventana.

—Buenas noches —dijo volviendo sobre sí mismo.

—¡Joel, vení! Yo sé lo que te pasa a vos: No querés estar solo. Vení acá, maricón —le dijo, haciendo un lugar—. Pero sólo por esta noche, eh.

Joel no esperaba que su padre le hiciera ese ofrecimiento. No le dijo nada, pero se acostó en su cama muy complacido.

—Era eso, tenés miedo de estar solo —dijo Pablo riendo.

—No. Porque yo sé que no estoy solo. Mamá está siempre conmigo. Es como si un ángel me acompañara.

Pablo no le contestó, no se le ocurrió nada para decir. En realidad se quedó algo desconcertado. Y no habían sido las palabras en sí mismas, sino su tono de voz el que logró perturbarlo. Sin embargo, pensó que si ese convencimiento lo consolaba o contribuía a sobrellevar su pérdida, estaba bien. Aunque lo había notado en otras oportunidades nunca se le ocurrió consultar el hecho con el terapeuta: «Quedará pendiente para la vuelta». De algo estuvo seguro: no volvería a prender un cigarrillo en el dormitorio. «Si eso le molesta tanto…».

Resolvió no darle más importancia al tema. Prefirió pensar en el viaje, en todas las cosas que podría inventar para arrinconar los últimos sucesos. Ya podía sentir que el cambio de aire estaba haciendo efectos en él. Por cierto, era el primer día que no se le cruzaba por la cabeza el desgraciado accidente. El primer día después de varios meses. Y eso era bueno, muy bueno. «Pero… ¡cuánto te extraño querida!». Contempló el porta retrato de Patricia que yacía sobre la mesita, junto al velador, apenas visible en la luz incierta. Miró a su lado. Joel estaba de costado, dándole la espalda. «Es mi hijo; es tu hijo querida», pensó mientras lo miraba inmóvil. Quizá era la ocasión para decirle que cuando su madre murió le iba a dar… «Una hermanita». ¿Cómo lo tomaría Joel? ¿Decirle o no? ¿Por qué ocultarlo? «¡Vamos! Animate de una vez», se alentó.

La luna se perdió otra vez tras las nubes. Los árboles ahorra susurraban inquietos. El graznido lúgubre de las lechuzas se mezcló con la respiración sosegada del joven. Joel ya dormía.

La sensación de soledad era algo diferente allí. Entonces Pablo supuso que el primer día del reencuentro había resultado bien, después de todo.



III

AL DÍA SIGUIENTE, CON LAS PRIMERAS LUCES, se vistieron con ropa deportiva y comenzaron a trotar por el bosque. Confundidos entre la maleza fresca cubierta de rocío, podían ver sus sombras intermitentes y alargadas, proyectándose delante de ellos. Aparecían tan pronto como desaparecían. Entre las ramas de los inmensos árboles, la multitud de pájaros, indiferentes a sus presencias, acompañaban con un coro discorde. Las ropas se adherían a sus cuerpos pegajosos y se empapaban con el sudor que enfriaba el viento. Tres, cuatro kilómetros, tal vez… poco importaba. Ellos corrían, mientras su propio aliento se perdía en el aire frío; corrían, como escapando de angustias y temores.

Pablo enseguida sintió las molestias en la pierna operada y la cicatriz en el vientre. Cuando entró en calor el dolor disminuyó. Pero el dolor estaba ahí (siempre molestaría según los médicos) y no había forma de hacerlo desaparecer. De todas formas, cuando apuraba su andar Joel no podía seguir el ritmo.

—¡Vamos tierno! No respires por la boca que te cansás más. Vamos… ¡Qué pronto te rendís, viejo! —desafió Pablo.

Joel no dijo nada y continuó su irregular marcha. En ocasiones lo alcanzaba. Al cabo, no habían hecho un kilómetro más cuando lo alertó con un chiflido.

—Pará, pará un poco —dijo Joel jadeando.

Pablo disminuyó el ritmo hasta detenerse por completo. Joel suspiró aliviado. Realizaron unos minutos de estiramiento y se quedaron apoyados en un alerce gigante, cuyas ramas reproducían en la tierra la sombra más alargada. Joel miró hacia arriba buscando el punto más alto del inmenso árbol. Y se dio cuenta de que no estaban solos: un ave de gran tamaño, de cabeza blanca y un impactante plumaje negro azulado, los vigilaba.

—¡Mirá eso! —le dijo sorprendido.

—Sí, miralo bien, porque no sé si lo verás otra vez. Es un cóndor, hijo. Hay muy pocos y es raro que se muestren. Parece que nosotros le caímos bien.

Pero el gigante pájaro, como si percibiera que hablaban de él, de pronto levantó vuelo y se perdió en la espesura.

—Bueno, parece que lo quemé —dijo Pablo desencantado.

—¿Viste? Te escuchó a vos y se fue —dijo Joel sonriendo.

—No jodás que ahora tenemos que volver al mismo ritmo.

—¿Qué? ¡No! Yo vuelvo caminando —contestó Joel.

—¿Sabés lo que sos? Un marica… —provocó Pablo.

—No me digas eso —Joel se incorporó y se echó sobre él.

Realizaron un simulacro de lucha. Rodaron sobre las hojas secas hasta que Pablo, aprisionado, fingió ser el vencido. Cuando quiso ponerse de pie, no podía flexionar su rodilla.

—¿Te pasa algo?

—Es la pierna —añadió, como si le costara admitirlo—. Ya pasará… se me fue la mano con el ejercicio. Maldito accidente.

Mientras Pablo pretendía recuperarse, Joel se acostó a la par. Pasaron unos minutos y repentinamente el joven profirió una expresión de desconfianza:

—Papá, vos nunca me fuiste a buscar a la escuela cuando yo era chico, ¿no?

—Bueno… no me acuerdo —contestó Pablo, sorprendido.

—Tampoco yo; por eso te lo pregunto. Sé que a veces, cuando mamá no podía ir, me buscaba la abuela.

—Yo trabajaba todo el día. Era mamá la que estaba en casa. No pienses que fue por falta de ganas. Me lo perdí por trabajar. ¿Por qué querés saber esto ahora?

—Por nada.

Se quedaron un tiempo en silencio y Joel volvió preguntar:

—¿Cómo la conociste a mamá?

—En la secundaria —contestó sonriente.

—Pero contame cómo.

—Es una larga historia. Nos gustábamos desde primer año, pero ninguno se atrevía a decirle nada al otro. Pasaron cinco años hasta que un día la invité a salir y me declaré. Y bueno, a partir de ahí fuimos novios. Me acuerdo aquella noche…

—¿Qué noche?

—Cuando me declaré… Esa noche yo estaba muy nervioso y mientras caminaba para encontrarme con ella pasé por una florería y le compré una docena de claveles. Tiempo después de casados me confesó que los claveles eran las únicas flores que no le gustaban, porque le hacían acordar a los cementerios. Pero ese día mintió piadosamente: me dijo con una sonrisa y un gesto que me tranquilizó, que eran sus flores preferidas.

—¿A todas las mujeres les gusta que les lleven flores?

—No. Supongo que a la mayoría. No hay mujer igual a otra.

Poco después volvieron caminando a paso lento, conversando y también jugando como chicos. Cerca del mediodía, tras una ducha, decidieron almorzar en la ciudad.



IV

EL CICLISTA PEDALEABA LENTAMENTE por el largo y desparejo camino de ripio que surcaba el bosque en dirección a la ruta nacional. Dos vehículos que iban en sentido contrario, hacia la hostería del volcán, levantaron una estela de polvo que lo hizo desaparecer por un momento. Igual, siguió avanzando con cierta dificultad, esquivando las piedras de mayor tamaño. Su presencia podría haber pasado desapercibida de no ser por su indumentaria fluorescente, y un llamativo walkman.

Pablo y Joel, que seguían al ciclista desde la 4x4, observaban divertidos. Casi llegando a la ruta Pablo decidió sobrepasarlo. Pero el ciclista se cruzó hacia el centro del camino. Pablo reaccionó rápido y alcanzó a esquivarlo, aunque no pudo evitar un roce. El ciclista perdió el equilibrio y cayó.

—¡No puede ser, otro accidente más! ¡No puede ser! —dijo Pablo estremecido, mirando a Joel—. ¡Boludo de mierda! ¿Viste? Tiene auriculares… Venía escuchando música.

Pablo detuvo su vehículo y bajó para auxiliar al ciclista, que se incorporó y alzó su rostro hacia ellos. Respiraron aliviados cuando comprobaron que nada grave había pasado. Entonces se reveló un suceso que lo sorprendió más que el propio incidente.

—¡Una mujer! ¡No puede ser! ¡Una mujer! —exclamó Pablo, con los ojos desorbitados.

—¿Acaso nunca viste una? ¡Estúpido!

Joven, delgada, rubia y de grandes ojos marrones. Su voz chillona y su rostro de niña malcriada lleno de pecas le daban cierto aire enigmático. Hacía un esfuerzo para enderezar la bicicleta, pero no precisaba esforzarse para maldecir.

—¿Estás loca querida? ¿Cómo te largás en bicicleta con ese aparato en tus oídos? Pudiste haberte matado…

—Mi papá tiene razón. ¡Vos estás loca! —intervino Joel.

—¿Y vos quién sos? ¡Mocoso mal educado! —increpó ella, mirando a Joel encolerizada.

Joel la podía haber tratado como a su profesora de historia, profiriéndole un insulto mucho más grosero. Sin embargo, se contuvo. Giró su vista hacia Pablo, como esperando respuestas.

—Vos debés ser el padre, ¿no? ¿Ésa es la educación que le das a tu hijo? —inquirió la muchacha.

Pablo la miró con sorpresiva gracia.

—¿Y a vos qué te importa la educación que le doy a mi hijo? Más vale preocúpate por no estrellarte contra los autos. Si venía más rápido te pasaba por encima.

—¿Quién es en realidad el distraído? ¿Cómo me voy a imaginar que alguien me va atropellar en un camino desolado?

A Pablo se le cruzó por la cabeza su accidente y recordó que el camión era una mole compacta, demasiado grande comparada con su auto. Entonces sintió compasión.

—Está bien, tenés razón. Ahora decime, ¿te lastimaste? —preguntó, Pablo con mueca arrepentida.

—No, en realidad, no —contestó ella sacudiéndose la tierra.

Pablo enseguida le prestó asistencia. Le ayudó a sacudirse el polvo y enderezó el manubrio de la bicicleta. Cuando ella se quitó el casco, tuvo oportunidad de contemplarla con más detenimiento. «Gracias», dijo ella con un delgado hilo de voz.

—¿Te llevamos hasta tu casa?

—No, está bien, no hace falta.

—Mirá que la bicicleta entra bien en la camioneta, eh.

—Prefiero seguir andando en bici.

—¡Pero papá! Ella te insultó —le reclamó Joel.

—Bueno, Joel, ya está. Son broncas del momento. Además a una señorita siempre se la trata bien. ¿Vivís lejos?

No soy de acá. Estoy alojada en una hostería que está casi llegando al Tronador. ¿Conocés?

—¿Allá arriba, donde está el volcán? Hasta ahí no llegué.

—Está a unos… siete, ocho kilómetros. Bueno. Me voy —le dijo y se colocó el casco.

—¿En serio no querés que te lleve?

—No, está bien. ¡Chau!

La joven montó su bicicleta y se alejó rápidamente.

Pablo se quedó mirándola con sus manos en la cintura, hasta que la bicicleta se convirtió en un punto. Después se encogió de hombros y arrulló la nuca de Joel, que se lo veía disgustado.

—¡Vamos! ¿Qué te pasa?

—Esa chica te insultó. No tenías por qué ayudarla.

—Joel, el hombre no va ser más hombre porque se pelea o trata mal a la gente. Ya te lo dije, a las mujeres se las trata bien.

Joel hizo un gesto de desagrado.

—Con ese concepto nunca vas a tener novia.

—No me interesa tener novia.

—¿Nunca tuviste novia?

El joven negó con la cabeza.

—Bueno…. Me gustaba una chica en la escuela, pero nunca le dije nada. Qué se yo… me daba vergüenza.

—¡No te digo! Estás demasiado verde. Vamos hijo, son muchas las cosas que tenés que aprender —dijo y lo palmeó.

Revisaron el vehículo y al cabo reanudaron la marcha hacia la ciudad, comentando el incidente con expresiones jocosas.

—La verdad, esa mina estaba buena, eh —dijo Pablo.

El joven sonrió y movió la cabeza con reprobación.

—Te digo algo; se veía muy linda así enojada —dijo Pablo.

—¡Papá! ni siquiera preguntaste las cosas más importantes.

—¿Cuáles son las cosas más importantes para vos?

—Nombre, domicilio, edad. ¿Y vos me querés enseñar?

—Y bueno… simplemente se me pasó, pero ¿quién te dice? En una de esas hay otra oportunidad.

—¿Qué? ¿Pensás atropellarla otra vez?

—No boludo, quiero decir que en la vida nunca se sabe. Cuando menos lo esperás, te la volvés a encontrar.

Joel llevó su mano a la boca y miró hacia la ventanilla para ocultar una sonrisa que enseguida cesó para dirigirle a su padre una mirada cargada de dudas.

—Papá… hay algo que quiero preguntarte. Es sobre mamá. ¿Ella quería hacer el último viaje a Bariloche?

Esa pregunta fue como una daga que literalmente lo atravesó en dos. Pablo se quedó absorto y de pronto se le hizo un nudo en el estómago. La culpa y el arrepentimiento reaparecían. Por un momento sólo se escuchó el rugido del motor y el murmullo del viento a través de las ventanillas.

—¡Contestame! ¿Mamá quiso hacer ese viaje? —insistió.

—Hijo, era nuestro aniversario de casados. Aproveché ese fin de semana largo para salir con ella. Quise hacerla feliz. ¿Por qué me hacés esa pregunta ahora?

—Por nada, cosas que mamá me contaba —contestó Joel con la mirada fija en la carretera.

—¿Cómo que mamá te contaba? ¿Qué te dijo mamá, Joel?

—Mamá no quería hacer ese viaje porque prefería guardar el dinero para comprar una heladera nueva. Decía que no valía la pena ir tan lejos y gastar tanta plata por pocos días. Pero vos insististe tanto que… al final tuvo que ir.

—¿Mamá te dijo eso? ¿Cuándo te lo dijo?

—Un día. También me dijo que le hubiese gustado conocer otros lugares, como el mar, pero que vos nunca la llevaste.

Pablo tragó saliva y suspiró acongojado.

—Mamá siempre me contaba cosas —continuó Joel—. Y me las sigue contando, eh.

—¿Pero qué es lo que te sigue contando?

—Son cosas nuestras, papá.

—¿Cosas de quién?

—Secretos míos y de mamá.

—¿Así que vos tenías secretos con tu mamá? ¡Escuchame! Mamá se fue. Ya no está y tenés que aceptarlo. Los dos la quisimos mucho, cada uno a su manera. No podemos considerar a las personas que amamos como si fuesen nuestra propiedad. Ella era tan humana como nosotros y Dios decidió que se fuera antes. Tratá de comprenderlo, por favor.

La mirada vidriosa de Joel se hundió de nuevo en el horizonte asfáltico. Pablo apoyó su mano sobre el hombro, pero Joel se la quitó con un movimiento rápido.

—Joel, debemos aceptarlo.

—Si, claro —asintió incrédulo.

Inquieto por la actitud de Joel, un pensamiento muy contrario a sus convicciones tomó forma en la mente de Pablo: consultaría al doctor Taborda de inmediato. Ya no tenía dudas. ¡Qué contrariedad! Justo él que estaba convencido de que el Psicólogo ayudaba poco, que sólo le sacaba dinero, que los problemas del terapeuta podían ser peores a los suyos.

Cuando se detuvo ante el primer semáforo de la ciudad, buscó entre sus documentos la tarjeta de Taborda. La encontró, en medio de papeles mal doblados. La enderezó y guardó en el bolsillo de la camisa. La había guardado de casualidad. En realidad todavía la conservaba de puro compromiso. Aún no había tenido la oportunidad de arrojarla a la basura.



V

CONCLUIDO EL ALMUERZO y a punto de pedir el postre, Pablo decidió a llamar. Eran las tres de la tarde, hora en que el doctor Taborda iniciaba las sesiones en su consultorio.

—Joel, ¿vas a pedir postre?

—Qué se yo...

—Cambiá esa cara. Flan con crema y dulce de leche, ¿no?

—Es el postre que más me gusta: ¿Cómo sabés?

—Secretos que teníamos con mamá —le dijo irónicamente.

—¡Ahh! —exclamó Joel con una sonrisa.

—Nosotros también teníamos nuestros secretos. ¿Querés que te confiese el secreto esencial que teníamos con tu madre?

—¿Cuál, papá?

—Joel… no sé cómo lo vas a tomar, pero cuando tu madre murió, iba a tener… mejor dicho, estaba…

—¿Embarazada? —dijo Joel con absoluta naturalidad.

—¡Sí! ¿Qué? ¿Vos lo sabías?

—Claro, ése no es un secreto para mí, papá.

—¿Cómo lo sabías? ¿Cuándo te lo dijo mamá? —le preguntó Pablo, sobresaltado.

—Uh, hace mucho. Antes de que ustedes se fueran de viaje.

Pablo ya no pudo seguir la conversación. Entre nervioso y aturdido, miró la hora, pidió el postre para Joel y se levantó.

—Tengo que hacer una llamada. ¿Me esperás un minuto?

—¿Vas a llamar a la abuela?

—A la compañía de seguros, por el accidente, ¿sabés? A la abuela después la llamás vos, ¿te parece?

Pablo se dirigió raudamente hacia la cabina. Entró y cerró de un golpe la puerta de vidrio. Cuando estuvo frente al teléfono tuvo que hacer demasiado esfuerzo para marcar los números. Era como revivir angustias recientes. Se escucharon los tonos de la llamada y a continuación, se oyó la voz ronca.

—Sí, ¿quién habla?

—El señor Pablo González, doctor.

—¡Ahhh! González. Sí, si. El yerno de la señora Emma. ¿Cómo le va? ¿Cómo van esas vacaciones?

—Bien, bien. Pero hay algo que necesitaba consultarle.

—Sí, hombre, diga, ¿de qué se trata?

—Se trata de mi hijo.

—¿Cómo está él?

—Bien, pero su comportamiento, a veces, me desconcierta.

—No se preocupe por eso. Los adolescentes siempre nos desconciertan.

—En realidad me refería a ciertas actitudes que tiene.


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