Excerpt for Fempellec y otros relatos by , available in its entirety at Smashwords

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Comentarios acerca de Fempellec y otros relatos

«La lectura de “Fempellec y otros relatos” nos abre un universo narrativo donde el suspenso es inoculado con sutileza y de manera constante a lo largo de cada historia, donde el pasado y el presente se entrelazan narrativamente con maestría y naturalidad, generando en el lector la dopamina necesaria para, tras atenta lectura, arribar ansiosamente al final que suele traer un desenlace tan inesperado como trágico.


Un mérito adicional de “Fempellec y otros relatos” es dar vigencia narrativa a personajes legendarios de los mitos y leyendas milenarias de la costa y la selva, lo que supone, además de un serio trabajo de investigación, el mayor homenaje a nuestras tradiciones locales no colocándolas en el baúl de los recuerdos sino revitalizándolas al hacerlas partícipes o artífices en el desenlace de cada historia.»


—Luz del Alba Hidalgo, autora de Kawsaqi Wayra, Viento Amigo



«Los lectores de Ray Bradbury, Cortázar y Foster Wallace encontrarán en los cuentos de Karla finales sorpresivos e impactantes nada sobrecargados, sino muy bien calibrados. Porque las descripciones del narrador permiten navegar por cada rincón del relato, lo cual equilibra el peso de sus finales abiertos y aterradores. Aprovecha lo cotidiano con simpleza hasta que el lector se ve envuelto en un ambiente cargado de miedo hacia lo desconocido. La casa como escenario para lo terrorífico es un detalle sutil que provoca al lector a desconfiar de su refugio más seguro.


Por otro lado, la homosexualidad protagónica acosada por entes o presencias extrañas parece engarzar dobles mensajes en sus páginas. Como si las manifestaciones fantásticas no fueran otra cosa más que la concreción del maltrato social al que son sometidos por los sistemas de “valores oficiales”. De esta manera, no solo se pueden buscar ejercicios de poder en sus páginas para criticar a la sociedad a través de un texto fantástico, sino que convierte al terror y el miedo a “lo desconocido” como esencia de lo humano. Es a través del miedo desde donde se pueden establecer discursos que nos hermanen y reconcilien en momentos tan críticos para el país en el cual aún no se puede reconocer los derechos de todos a ser feliz.»


—Yared Medina, autor de John Titor



Fempellec y otros relatos

By Karla Baldeón

Copyright 2018 Karla Baldeón

Smashwords Edition

ISBN: 9780463957790


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Tabla de contenido

Prólogo

El demonio Raúl

El secreto de Moisés

Laura y las mañanas

En su interior

Shaara

Fempellec

La última batalla de Yanac

Notas al pie de página

Acerca de Karla Baldeón

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Vistazo a Es7aciones

Prólogo

Este conjunto de historias cortas es, más que nada, una recopilación de escritos realizados durante mis años de investigación universitaria y mi interés personal por la mitología de las sociedades peruanas de los tiempos precolombinos y las leyendas que nos han perseguido a la actualidad. Los saberes ancestrales de las diversas regiones del Perú se mezclan en tiempos, clases sociales y géneros diversos en cada uno de los relatos; todos bajo el influjo de una fatalidad inevitable y poderosa que surge del mundo paranormal donde cada mito o leyenda originaria está envuelto.

El lapso en que fueron creados e investigados a fondo transcurrió entre los pequeños descansos de lecturas, trabajos editoriales o viajes al interior del país en que ocupé mi tiempo mientras terminaba mis últimos años de bachillerato en la universidad y mis primeros trabajos en editoriales limeñas. Luego de los cuales fueron relegados a un rincón olvidado de mi computadora hasta que decidiera dar afuera con ellos y terminara de afinarlos en esta publicación.

La única advertencia verdadera que puedo poner antes de su lectura es contra cualquier tipo de homofobia o detonantes psicológicos creados por la descripción de escenas sangrientas, canibalismo, mutilaciones o violaciones. Las historias están escritas en un tono oscuro y pocas conllevan un desenlace favorecedor para sus protagonistas, quienes, a su vez, se tornan en los personajes de las nuevas leyendas que estas historias crean. La advertencia es válida para cada nuevo lector de este género de suspenso y terror, y para cada persona que todavía guarde algún tipo de prejuicio tradicional sobre los géneros o las relaciones homosexuales de hombres o de mujeres; a quienes recomiendo que cierren inmediatamente este archivo y busquen algo menos controversial para entretener su tiempo, de preferencia algún clásico de la literatura universal como La Ilíada (la «amistad» entre Aquiles y Patroclo es una de las mejor logradas en mi humilde opinión).

Sobre los mitos de origen y creación, como el del origen de las estrellas de la cultura jíbara, utilizado para La última batalla de Yanac, o leyendas urbanas como la del «entierro» costeño que sirve de premisa para El secreto de Moisés, puedo decir que fueron utilizados como base, contexto o interpretación histórica de los relatos correspondientes. Especialmente en la historia de Fempellec, último gobernante de la civilización Lambayeque, originaria de la cultura Mochica, cuyo camino a la destrucción es narrado de forma creativa en este relato. De esta manera, a modo de anotaciones al final del libro, agrego una lista de llamadas que estarán dispuestas a lo largo de los relatos y que explican algunos datos históricos o mitológicos que pueden estar fuera del alcance de personas ajenas a las realidades narradas en este libro, en especial el público fuera del territorio peruano.


A los jóvenes de mi país con el anhelo más profundo de dar otro paso hacia un país más comprensivo y sin prejuicios para ellos.

El demonio Raúl

Algunas veces, cuando tenía tiempo de regresar o una necesidad suprema lo obligaba a hacerlo como en aquella ocasión, al andar en círculos alrededor de las desordenadas calles en Barrios Altos, el demonio Raúl recordaba cómo era caminar por aquel laberinto de casas cuando todavía era humano.

En aquellos tiempos, casi cuatro siglos atrás, Lima era un conjunto de casas mal dispersas en un gran círculo, bien seguras tras una muralla de piedra y arcilla, y todas ellas malolientes y calurosas en verano. Barrios Altos se dividía en dos secciones, una parte que alcanzó a entrar bajo la protección elitista de la muralla y otra que no. En esta zona dividida de forma por demás inoportuna para Raúl y otros en su situación, vivían los criollos pobres, separados por piedad de los negros esclavos frente al río Rímac y los incomprensibles indios en los cerros, y era donde los padres de Raúl tenían su propiedad, la cual usaban como fachada de una panadería, su negocio familiar, justo en las afueras de la muralla.

Raúl Niebla era su nombre cuando todavía era humano, y por aquellos tiempos este era un joven de diecisiete años bastante despierto e inteligente, hijo de un panadero sin mayores ambiciones y de una mujer más dominante, la verdadera jefa en la familia. Tenía cuatro hermanos mayores, dos hombres y dos mujeres, estas dos últimas, junto a su madre, lo menospreciaban dentro de su banalidad por ser el último hijo varón y haber llegado para inclinar la balanza hacia la superioridad numérica masculina en la casa.

Por el lado de su padre y sus hermanos tampoco tenía gran suerte, pues todos ellos eran hombres adultos que no tenían por costumbre tomar su pequeña persona en cuenta para algo importante, y se desentendían de él en cuanto aparecía. Quizá era la suerte traída por quedar detrás del menor de sus hermanos tras trece años y el que sus hermanos mayores siempre estuvieran metidos en la panadería, ayudando a su padre, sin tiempo para jugar y mostrar afecto o compañerismo hacia un hermano tan joven; por lo que a Raúl no le quedaban más quehaceres familiares que ayudar en las compras a su madre, ir a la iglesia y educarse.

Fue por esta educación, la cual ciertamente no aprovecharon sus familiares con la misma avidez, que Raúl llegó a la conclusión de que su vida familiar era deprimente y que él era, por tanto, diferente a ellos.

Su familia era bulliciosa, gorgojeante de risa y tonta, simple; en otras palabras, se sentían felices y satisfechos con la vida que vivían, y no tenían más aspiraciones que preparar y repartir el pan, ganarse el sueldo usual y repetir este claustro día tras día.

Raúl hubiera terminado por estallar contra ellos, maldecirlos, negarlos y escapar de casa mucho más pronto de lo que planeaba, sino fuera porque todavía contaba con «la voz de la razón», como lo llamaba con sorna cuando estaba de buen humor, y podía aliviar todas sus frustraciones con Álvaro Recra, su amigo más entrañable.

El padre Álvaro, como su madre le había enseñado a llamarlo aun cuando este no había tenido ni la edad ni el cuello blanco que defendieran tal título, era uno de los monjes que habían sido designados a la iglesia de San Francisco, a la cual su madre acostumbraba ir a misa los domingos. Raúl y Álvaro se habían conocido en la pila de agua bendita cuando Raúl tenía catorce años.

El atardecer de su encuentro, su madre había salido con sus hermanas colgadas de ambos brazos y muy contentas de sí mismas después de haber rezado en voz muy alta y cuchicheado los chismes semanales con igual devoción en voz muy baja. Así que a Raúl le llegó como una sorpresa cuando esta giró el cuello y amonestó a su hijo menor por no haberse santiguado antes de abandonar el recinto santo y, molesta por esta actitud rebelde, le ordenó que regresara a remojar su cabeza en agua bendita.

La primera impresión que tuvo Raúl de Álvaro, fuera de su cabello rizado y castaño, sus ojos verdes y sonrientes, y las pecas en su rostro, fue que era un hombre que tenía una mirada parecida a la suya. Mientras lo observaba a pocos pasos de distancia, esperando a que llenara la pila con agua nueva que echaba de un jarrón en sus manos, trató de hacerse invisible y poder observar al otro hombre sin interrumpirlo.

La misa había llegado a su fin y los devotos salieron de la iglesia tan paulatinamente que ambos no se dieron por enterado de estar solos hasta que Álvaro no pudo escuchar nada más que el sonido del agua que seguía vertiendo en la pila y sus propios pensamientos, reconfortándolo en su interior. Por lo cual, al girar y tomar cuenta de Raúl, con los ojos negros y grandes clavados en él, no pudo hacer menos que lanzar un gemido que lo hizo abochornarse cuando notó la mal disimulada sonrisa que se formaba en el rostro del joven desconocido al escucharlo.

Álvaro, como cualquier seminarista, había leído lo que le parecían miles de libros que le revelaban las verdades del cielo y del infierno; así que, con seguridad, de haber visto un demonio, se figuraba que podría distinguirlo. Y parado en la oscuridad, con el rostro largo y serio, los ojos negros clavados en él y el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros, Raúl no le podía parecer más que el reflejo de un demonio que había venido a tentarlo.

Sin embargo, después de la impresión inicial, Álvaro se esforzó por disimular la calma, y armado de su mejor sonrisa trató de buscarle una explicación más terrenal al muchacho.

—Lo siento, ¿querías usar la pila? —la voz de Álvaro le pareció a Raúl ligera y armoniosa, en nada parecida a aquellas voces potentes y graves que entonaban los curas que oficiaban la misa y que hacían temblar a los feligreses pecadores. Seguramente, pensó Raúl esperanzado, alguien así no llegaría a ser sacerdote.

—Sí —le respondió a su vez, tratando de entonar su voz más inocente; lo cual, a una edad en la que estaba terminando de acomodar sus cuerdas vocales, no era demasiado difícil de lograr.

Álvaro no se movió ni un centímetro mientras Raúl subía los dos cortos escalones a la pila y mojaba sus dedos índice y medio con el agua bendita, antes de guiarlos parsimoniosamente y hacer la señal de la cruz en su frente.

Por supuesto, después de que el muchacho hubiera terminado con esta sencilla operación, Álvaro respiró aliviado, regañándose internamente por lo poco juiciosos e irreales de sus temores anteriores y tomando nota mental de no dejar desbocar su imaginación en el futuro.

Un segundo después, su nariz se topó con el aroma dulce de Raúl y su interés en el joven volvió a renacer.

—¿A qué es lo que hueles? —le preguntó con curiosidad. Sus ojos grandes y puros hicieron dudar al otro muchacho por un momento de que el hombre a su lado fuera mucho mayor que él.

Seguidamente, el joven interpelado estiró su camisa lo suficiente como para olfatearla, preguntándose qué era lo que le podía haber llamado la atención de su olor en particular.

—Supongo que a harina —le dijo al cabo, pero luego recordó que ese día habían estado preparando sanguito en el horno de la panadería, y que seguramente era el olor de la vainilla y la canela los que estaban siendo distinguidos por el joven seminarista—. Tenemos una panadería en casa —le explicó adicionalmente.

Álvaro lanzó un suspiro desalentador después de escucharlo, y como Raúl lo mirara con curiosidad a su vez, se acercó a susurrarle al oído su secreto.

Aquella mañana, al recibir sus tareas diarias en el monasterio, le habían encargado llenar todas las pilas de la iglesia con agua bendita antes de la misa. Pero con las prisas que había tenido después de pasarse de largo leyendo en la biblioteca, se había olvidado por completo de su misión y el hermano que estaba a su cargo lo había castigado sin cenar aquella noche por su atolondramiento.

Raúl rio con él al escuchar sus pesares y luego se presentó formalmente. Al estrechar su mano no volvió a sentir aquella sensación de similitud que lo había hecho fijarse en él en primer lugar, pero Álvaro se había presentado por su nombre de pila y Raúl inmediatamente sintió un compañerismo y afinidad que no había conocido antes con ningún chico de su edad.

Claro, segundos después había llegado su madre y los había presentado «como era debido»: el padre Álvaro, el niño Raúl. Pero el daño de su sellado compañerismo ya estaba hecho.

Esa noche, Raúl cenó poco y se retiró temprano de la mesa. Rogando a su padre el permiso para salir a la plaza a encontrarse con unos compañeros de escuela, mientras su madre le metía pan y sanguito por todos los bolsillos que encontró vacíos y le ordenaba que comiera algo más en el camino.

Dentro del patio de la iglesia de San Francisco se encontraban reunidos cinco o seis monjes cuchicheando extraños rezos mientras bendecían la puerta de la casa parroquial, a un extremo de la gran entrada al templo principal. Raúl se detuvo a observarlos al lado de unas cuantas señoras y algunos caballeros que veían con igual curiosidad aquella original ceremonia.

Sin embargo, Raúl no estaba demasiado interesado en los rezos de aquellos monjes, sino más bien en llamar la atención de uno de los sacerdotes más jóvenes que se encontraba guardando silencio a un lado de los otros curas mayores y miraba con paciencia el intercambio de sus discusiones.

Sus ojos lo encontraron en cuanto Raúl se separó de las demás personas y se puso a hacerle señas discretas para que se acercara. Álvaro tardó todavía unos minutos en cuchichearle una excusa al oído al cura más cercano y en obtener su permiso para acercarse hacia la pequeña congregación de personas frente a la puerta del patio de la iglesia.

—Padre, ¿qué ha ocurrido? —le preguntaban las señoras, mientras el joven seminarista hacía todo lo posible por apartarlas de ese lugar.

—No es nada de cuidado —les informó tratando de que su voz sonara un poco más fuerte y autoritaria, pero solo logrando que Raúl escondiera su risa tras su brazo al oírlo—, estamos haciendo una limpieza espiritual de rutina. En estos tiempos tan convulsos nunca están de más.

Si los espectadores nocturnos se lo habían creído, fue algo que ni Raúl ni Álvaro supieron nunca. Ambos se tomaron del brazo apenas lograron encontrarse separados del resto y salieron caminando hacia la plaza mayor aparentando tener todo el derecho y la madurez para dar tales paseos nocturnos solos.

Ya lejos de oídos indiscretos, Álvaro comenzó a reír contándole cómo el monje de guardia de esa noche había corrido alarmado tras los gritos aterrorizados de una celda, diciendo que un demonio había entrado a tentar a un hermano en sus sueños.

Raúl rio con él, por supuesto, muy lejos de creer que los demonios, así como los dioses, fueran entidades que eligieran presentarse de ordinario frente a los seres humanos.

—Demasiado tiempo ayunando, demasiado tiempo encerrado en penitencia —le comenzó a enumerar el joven seminarista sin parecer nunca del todo serio a los oídos de su novel amigo—; hay algunos hermanos que deberían aprender a descansar la mente más que el cuerpo, ¡y el estómago!, si después van a estar viendo demonios o súcubos en sus sueños.

Raúl lanzó una risotada al imaginarse a un demonio tentador metiéndose en la cama del viejo y enflaquecido cura de la misa dominical y, seguramente, acabando con él en el acto.

—Hombre que a ti te tienen en ayunas también —le dijo recordando el dilema que lo había sacado de su casa aquella noche en particular—, pero por aquí mi precavida madre habrá hecho algún milagro —le dijo rebuscando entre sus bolsillos y sacando un pedazo perfumado y apetitoso de sanguito.

Álvaro lo vio y sus ojos se hicieron como pelotas, pero cubrió con su mano la que le extendía Raúl con su futura cena, mientras miraba a todos lados para cerciorarse de que ningún peregrino hermano lo hubiera descubierto.

—Raúl —le dijo finalmente apoderándose del pedazo de pan y guardándolo discretamente debajo de una de las amplias mangas de su sotana—, ¿quieres confesarte?

El muchacho lo miró extrañado por unos segundos antes de que la sonrisa cómplice del otro joven le hiciera recobrar el buen humor que la presencia de Álvaro le comenzaba a inspirar.

—Porque en este momento soy capaz de absolverte cualquier pecado solo para que me des el otro pedazo de pan que veo que sale de tu bolsillo.

Raúl se rio, le dijo que no tenía mayores pecados por ese día, pero que se lo daba igual, como antelación a cualquier otro que fuera a cometer de ahí en adelante.

Después de ese primer encuentro habían pasado tres años, Álvaro se había vuelto su confidente, un poco psicólogo y cura. Solo con él, Raúl podía despotricar sobre todo lo que estaba mal con su vida y soñar con llegar a ser algo diferente. La única posibilidad —pensaba— era hacerse marinero, escaparse apenas cumplidos los veintiún años hacia el Callao y abordar el primer barco que lo sacara de América; de ser posible, con dirección a Europa, o de no serlo hacia África o Asia. Ya en otro lugar, alejado de sus raíces y todas las cosas conocidas, Raúl sería capaz de hacer algo por su propia cuenta, sin las ataduras de su familia y el depresivo futuro que le esperaba con ella.

Álvaro, por supuesto, le recomendaba con más lógica que antes de escaparse debería poner las cosas en orden en su casa, hablar de su situación inconforme y pedir la bendición de sus padres para la decidida empresa que tomaría. Raúl nunca estaba de acuerdo con él, y tomaba como una pérdida de tiempo tales acciones mientras que lamentaba el que Álvaro hubiera tomado sus votos religiosos y así perdido, para sí mismo, un aliado inteligente y agradable para sus viajes.

En su mente, sin embargo, no se detenía ante estos minúsculos contratiempos y seguía maquinando grandiosos planes para su futuro en su aflorada cabeza. Pensaba regresar al país hecho un millonario, solo para demostrar que lo había logrado, y luego desaparecer sin dar la posibilidad de que su gente tuviera el menor contacto con él en el futuro.

Mientras tanto había llegado el verano de 1673, el calor había sido más abrumador que el de los años previos y en los periódicos publicaban noticias alarmantes sobre los malos sistemas sanitarios de la ciudad, la propagación de las ratas y el brote de cólera que en realidad no había terminado de erradicarse desde su aparición anterior en 1672.

La familia de Raúl ahora tenía una nueva preocupación. Fuera de la enfermedad que parecía estar todavía alejada de ellos al otro lado del río, en las casuchas de esclavos, todos sus esfuerzos estaban aunados a repeler las enormes ratas que de un tiempo a esa parte habían comenzado a meterse en la panadería para roer los sacos de harina y los panes en las vitrinas, cada vez que despegaban de ellos un ojo.

En esos tiempos, los ciudadanos de Lima no tenían forma de saber que aquel calor abrasador que los venía a molestar cada par de años en esa estación se debía al calentamiento anormal de las aguas en su litoral, conocido unos siglos después como el fenómeno de El Niño, según había terminado por aprender Raúl por los informes meteorológicos del siglo XX. Lo único que podían hacer las personas en aquella época para luchar contra él, por tanto, era evitar exponerse al sol directamente, abrir todas las ventanas para airear las caldeadas casas y luchar contra los bichos, tan atormentados por el calor como ellos, que trataban de escabullirse dentro.

La única diversión con la que Raúl podía contar en esos desaventurados días era recorrer por la noche las doce calles de distancia hacia la iglesia de San Francisco y encontrarse con Álvaro en su celda, donde nunca le faltaba algo en qué entretenerse.

Debió haber sido por febrero de ese año cuando Raúl se convirtió en un demonio. No podía recordar el día con exactitud, aunque no había dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre ello tampoco, si era honesto consigo mismo. Lo que sí recordaba era que tres días antes de volverse un demonio, escuchó los gritos de su madre despertando a toda la casa desde la recámara de sus hermanas.

Cuando finalmente se pudo asomar por la puerta, después de que uno de sus hermanos despejara esta para salir corriendo hacia la calle —seguramente en busca de un médico—, le bastó una ojeada en el interior para darse cuenta de lo que había ocurrido. Una de sus hermanas estaba siendo atendida por su madre, empapando su rostro con el agua de una toalla mientras le abría la blusa y dejaba que todos vieran sus blancos pechos, chorreados por el sudor, y sus brazos sin fuerza, balanceándose como ramas muertas a ambos lados de su cuerpo.

Le estaba gritando algo a su padre, pero Raúl no la escuchaba, más ocupado en observar el cadáver de su otra hermana saliendo a medias de la cama, uno de sus brazos cayendo hacia el suelo. Su madre no la había movido cuando la descubriera esa mañana, más preocupada en socorrer a su otra hija que no paraba de gemir en su inconsciencia.

Raúl salió a vomitar después de verlas y un dolor extraño comenzó a martillear su cabeza, dejándolo pálido y débil. No podía ser, pensaba en su interior, su hermana muerta y él tan abatido. ¿Dónde había quedado todo su desprecio y molestia por los hermanos y padres tan poco dignos que había creído tener hasta ese momento? Su hermana estaba muerta, se repitió para terminar de creerlo, y el solo recuerdo le traía una comezón imperdonable a sus ojos y una fiebre estremecedora que debilitaba todo su cuerpo.

El doctor les había diagnosticado cólera al verlos, la primera casa en todo Barrios Altos, y luego de llamar a los serenos para encargarse del cadáver de su hermana y cercar la casa, los había puesto en cuarentena.

Al tercer día solo quedaban vivos el mayor de sus hermanos y él. Se habían llevado los cuerpos de su otra hermana y su padre, quienes habían sucumbido un día después; pero el de su madre y el de su segundo hermano todavía estaban tendidos sobre sus camas. Sus rostros estaban cubiertos por pañuelos que él mismo había tenido la valentía de poner sobre ellos con lo último que le quedaba de fuerzas. Su hermano mayor no podía siquiera moverse fuera del lecho.

Su corazón estaba acongojado por la muerte de su familia y, a la vez, abierto para dejar que el miedo a su propia muerte cercana batallara con aquella pena que no quería sentir, que no estaba preparado para asimilar como suya ni atender al remordimiento que la seguiría. No podía ser, pensaba una y otra vez, él tenía que hacerse a la mar, salir de América, encontrar oro en otro país y hacerse millonario.

Lo había planeado tantas veces en su cabeza que era casi ya algo realizado y completado en la vida real. Solo faltaban dos meses para que cumpliera los dieciocho años. ¿Iba a morir sin haber hecho nada?

¿Morir?, reflexionó un momento y le pareció algo tan atroz en alguien tan joven como él, en alguien con tanto futuro por delante, en alguien en quien él mismo había puesto todas sus esperanzas. ¿Por qué él?, pensaba con amargura. ¿Por qué ser hijo de una familia derrotada?, ¿por qué tener que correr la misma suerte de personas que nunca habían esperado más de la vida?

Vio otra vez el cadáver de su madre, quieto y rígido desde su cama, y miró con burlona ironía sus manos cruzadas sobre su pecho. La había estado escuchando orar hasta que no pudo hablar más, sus ojos se cerraron y sus manos quedaron quietas en esa actitud. Su hermano mayor le había dicho que había encontrado la paz en sus últimos momentos y luego se había echado a llorar. Raúl recordó a Álvaro y le dolió que ni siquiera él se atreviera a entrar en la casa para darles la extremaunción.

Todos habían rezado hacia el final, incluso su único hermano con vida, incapaz de hablar ya más, había elevado sus manos al cielo buscando consuelo, antes de dejarlas rendidas a los lados de su cuerpo.

Raúl no quería hacerlo. No quería morir. Ni mucho menos quería morir dentro de una cama, con todos los cuerpos de su familia a su alrededor. La casa que se había transformado en la urna familiar le parecía horrorosa y lo que menos deseaba era permanecer dentro de ella para morir ahí, como si él también fuera igual que ellos. Como si Dios se burlara de él y de sus grandes planes, y lo pusiera en el lugar que creía le correspondía.

Que se joda Dios, pensaba, yo no muero hoy. No muero aquí.

Pero sus pies no lo sostenían y tuvo que arrastrarse con lo poco que le quedaba de fuerza hacia la puerta, maldiciendo en su mente a todo lo que consideraba santo y rogando a sus miembros febriles que aguantaran lo suficiente como para sacarlo de ese lugar de pesadilla.

No obstante, la puerta todavía estaba lejos de su alcance cuando repentinamente todo se volvió negro ante sus ojos. Raúl comenzó a llorar asustado y desorientado hasta que sus manos sintieron el piso en el que continuaba tendido y entonces comprendió que todavía estaba vivo. Solo había dejado de ver porque todo se había oscurecido. No había muerto todavía. El piso frío estaba ahí, lo sentía en sus rodillas, en su pecho y en sus dedos. Si el piso seguía estando ahí, él todavía estaba vivo.

—Tengo que salir de aquí —se dijo en voz alta y el silencio le respondió.

Luego sintió algo tocando uno de sus hombros y se sobresaltó. Por un momento pensó que lo había imaginado, pero cuando pudo elevar una de sus manos con mucho trabajo hacia ese peso sobre él y lo tanteó, se dio cuenta que era una mano.

—¿Quién eres? —preguntó, y nuevamente el silencio fue su única respuesta.

Raúl volvió a tantear y recorrió un camino más largo esta vez, llegando a sentir el brazo del desconocido hasta el codo sin poder ir más lejos.

—¡¿Quién demonios eres?! —volvió a preguntar ya casi sin fuerzas y miserable. Estaba a punto de morir y esta persona ni siquiera se tomaba el trabajo de identificarse; ¿era el médico?, ¿era Álvaro? ¿Por qué nadie lo ayudaba?— ¿Por qué no me ayudas? —preguntó sintiendo que moría. Era el final.

—¿Quieres que un demonio te ayude? —escuchó claramente que le decía una voz, pero no provenía de la persona sobre él, sino que la había escuchado en su propia cabeza.

Raúl estaba a punto de morir, pero no quería hacerlo. Hubiera rogado a Dios de haber sentido la completa certeza de que él lo ayudaría. Pero Álvaro le hubiera dicho que estaba en los planes de Dios que él muriera ese día, así que no había rogado nada de él.

Su propia naturaleza le había hecho pedir la ayuda de un demonio, y este sí que había respondido.

—Quiero vivir —le susurró tratando de no sentirse tan asustado por su osadía. No era a la muerte a la que temía ahora, sino a su incontrolable deseo por sobrevivir. Había estado desvariando y había creído escuchar la voz de un demonio. Estaba a las puertas de la muerte y, sin lugar a duda, se dirigiría hacia el infierno. Una lágrima de pesar salió de sus ojos; no vería más a su familia, de eso estaba seguro.

Pero cuando quiso secarse la mejilla y olvidar que tal debilidad lo había sobrecogido no pudo mover el brazo, lo sintió aprisionado por aquella mano extraña una vez más y se sobresaltó al recordar que no estaba solo. ¿Quién lo estaba aprisionando contra el piso?

—¿Y qué darías a cambio de tu vida? —le llegó de pronto la voz anterior. Raúl estuvo más ávido en responder en esa siguiente ocasión.

—¡Todo! —gritó convencido, sintiendo un dolor muy agudo formándose como una mordida voraz en su estómago, carcomiéndolo por dentro en forma salvaje.

Se retorció y luchó contra este nuevo pesar mientras sentía en su boca la sangre, ¿su propia sangre?, viniendo a recordarle su triste realidad. Estaba muriendo y nadie lo salvaría. No había conjuros, ni pócimas secretas que pudieran ayudarlo en ese momento. Solo estaba él. El peso de la mano sobre su hombro. Y el demonio hablando en su cabeza.

—¡Todo! —repitió lanzando un aullido.

No iba a morir ese día. No iba a dejarse arrastrar por la muerte con tanta facilidad. Defendería su vida con uñas y dientes, mataría a todas las huestes que enviaran para recogerlo, pero no se iría. Su vida apenas empezaba.


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