Excerpt for Esclavos De la Furia by , available in its entirety at Smashwords







Si no hay enemigo dentro de nosotros, el enemigo de

afuera no puede hacernos daño.”

Proverbio Africano















Esclavos de

la Furia


El Exilio









Jorge Objio


Segunda Edición: Abril 2018






ESCLAVOS DE LA FURIA

Copyright © 2018 by Jorge Objio.

Todos los derechos reservados. Impreso en República Dominicana. Ninguna parte de este libro puede ser usado o reproducirse de ninguna manera en ningún momento sin la aprobación escrita del autor con la excepción de cita breve dentro del cuerpo de algún artículo o revisión.

Este libro es una obra de ficción. Nombres, personajes, negocios, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o usado de manera ficticia. Algún parecido con alguna persona real, viva o muerta, es pura coincidencia.


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Andres Jaramillo - @tukuman_tattoo. Fwankie Design

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Prologo

El delirio del ultimo soldado

Debo ir más rápido. El calor abrazador arropa las hileras de casas a los lados del camino. En la conmoción del momento, mis acele- rados pasos parecen las agigantadas zancadas de los antiguos me- dallistas olímpicos, pero mi objetivo es diferente; necesito llegar a la capitana y recibir instrucciones. El sudor de mi frente nubla por momentos mi visión y lo limpio con rápidos y descontrolados par- padeos mientras continúo corriendo sin cesar. Estoy desesperado. Todos los protocolos de seguridad… Todos los procedimientos y prácticas resultaron obsoletos. Esto no puede estar pasando. Pero… Tal vez… Solo tengo que llegar a… Freno bruscamente y mis pies se entierran ligeramente en la tierra por la presión. Ahí están sus ojos desamparados, abiertos en desesperación e incredulidad. La expre- sión de quien no tiene más que aceptar que su destino es precisa- mente lo que quiere evitar. Quien quiere escapar, pero sabe que no puede. Es mi capitana. Anonadado veo como las palabras burbujean en una garganta inundada de sangre, de la que apenas logran salir.

—Ayuda. Por favor.

Mientras lo increíble de la imagen me aprieta le cuello, veo cómo el filo de una enorme oz atraviesa el pecho del último pedazo de esperanza que mi cerebro llega a contemplar. Con torpeza y decep- ción miro a mi alrededor y veo solo más de lo mismo: Mutilaciones,


muertes, empaladas, desmembramientos, fuego y confusión.

Empiezo a ver borroso. Me siento muy mareado. La firmeza de soldado con la que fui entrenado se ha desvanecido y solo queda el caparazón del ser humano que no quiere morir.

La figura sombría voltea su mirada sobre mí con una perturba- dora sonrisa. Ni el más rígido de los entrenamientos me ha prepa- rado para recibir el miedo que siento. La desesperación ha explo- tado en un inesperado giro de eventos. Una tarde de rutina se tornó en una avalancha del infortunio más aterrador que jamás imaginé. Siendo invadido por una desesperación incontrolable, mi cuerpo no sabe hacer otra cosa que correr en dirección contraria. Esqui- vando un asfixiante vórtice de sombras, corro hacia la salida visible más cercana, pero siento mis piernas desmayar. Un pensamiento me ataca de repente:

«No lo lograré.»

Mi respiración aumenta su intensidad a cada segundo. No sé si es el humo que me cubre, no sé si es esta neblina negra proveniente del Domus, pero mis pulmones duelen con cada exhalación. Casi como si mi corazón crujiera.

Cruzo la calle central de la ciudad y torno hacia la izquierda en la esquina del Domus solo para encontrarme con una muralla de Varis. Los malditos engendros deformes que nos han atormentado por años me bloquean el paso. Sabiendo que no cuento con tiempo, me armo de valor y cargo, blandiendo mi espada tan agresivamente como puedo.

No funciona. Recibo un contraataque en el cual mi brazo iz- quierdo es gravemente lacerado. Sangrante y adolorido, sigo co- rriendo como puedo. Ya no escucho los gritos que ambientaban esta pesadilla. Todos han sido asesinados.

Estoy solo.

Necesito salir de la ciudad antes de que él me encuentre, pero sé


que mis intentos son en vano; siento sus pasos acercarse despacio, como si mi prisa no significara nada, como si ya estuviera muerto. La oleada de pensamientos ocasiona en mí una migraña permanente que con cada desesperada zancada se eleva a un pico que casi nu- blaba mi vista.

No tengo el control.

Los horrores de los que soy testigo no justifican este funesto intento de luchar por mi vida, pero, aun así, algo en mí se aferra a la esperanza de que, si pudiese lograrlo, si mi voz llegase a ellos, po- dría advertirles, pero la demencia que respiro pronto me hará caer. Su serpentino caminar resuena en mis oídos como sus macabras y ocultas intenciones.

«Mi visión se empaña. No puedo continuar.»

El fuego sofocante aumenta la temperatura de mi armadura, casi quemando la piel que está supuesta a proteger.

Me lamento por mis actos. Este mundo sumido en sombras no recompensa a los cobardes, por mucho que haya intentado cumplir con mis órdenes. Solo recordarán al incapaz, el que huyó… pero yo no seré el que se rindió. Una frase viene a mi mente agitando mi concentración.

«La sangre de mi rey vive en mí.»

La mismísima razón de ser yo. Lo que soy… lo soy por su ma- jestad… por mi rey. No me rendiré.

Bruscamente me detengo en medio de la incesante persecución, con las llamas iluminando mis miedos. Es momento de encontrar mi redención. Las siluetas de maldad me rodean y no puedo hacer más que apretar mis dientes y prepararme para dar lo mejor de mí, aunque ello signifique mi muerte. Su energía hace que mi cabeza se levante y mis ojos se fijan en aquella figura tenebrosa que reposa encima del campanario, haciendo contraste con la luz fosforescente del fuego que lo está consumiendo todo. El caos nos rodea. Busco


reconocer su rostro cubierto en oscuridad, pero al encontrar su pe- netrante mirada, escucho el silencio más ensordecedor, como si mi sentido de la escucha fuese anulado lentamente.

Mientras mi brazo izquierdo continúa sangrando, disminuye mi presión arterial. Cada segundo esta horrorosa escena hace más té- trica su presencia. La silueta lleva en su mano derecha unos perga- minos que al parecer ya no necesita, pues al verme los suelta, y los mismos son consumidos por el fuego. Clava su mirada más allá de mis ojos y penetra en mi alma.

Siempre imaginé como sería el día de mi muerte. Pero esta vez la puedo sentir; como si mi corazón se hubiese detenido.

«¿Por qué el no parpadea?»

La siniestra figura encorva sus dedos en señal de rabia y su silueta humanoide se deforma ferozmente. Se abalanza con velocidad hacia mí y mientras recorre la distancia, siento cómo el tiempo disminuye su fluidez y mis pensamientos se enredan. Por un segundo, siento la eternidad. Y justo ahí la voz de mi conciencia se manifiesta:

«Salieron de la oscuridad como las sombras que son. Nos prepa- raron una trampa y así nos destruyeron. Puede ser, que cada historia que nos han contado sea mentira. Puede ser… que nuestro ego, al sentirnos superiores, fue el anzuelo que nos llevó a nuestra perdición. Dejaron de actuar como las frías creaturas que pensamos que eran y creció su pensar… han evolucionado. Ya no somos superiores.»

Con el único brazo funcional con el que cuento, desenvaino mi espada y asumo posición de batalla. El filo infinito brilla en los bordes de mi arma mientras acojo mi funesto porvenir. Inhalo pro- fundo. Me preparo para asestar mi último golpe. Frunzo el ceño y canalizo toda la energía que me queda. El destino me verá respirar mi último aliento en nombre de mi rey, en nombre de la justicia, en nombre de la humanidad. Me verá haciendo lo correcto.

Juraría que mis oídos fueron despojados de sus funciones. Una sordera implacable se apoderó de ellos ya hace varios minutos…


¿Qué es esto? Es…Una… Una canción de cuna. Un xilófono suena muy tenue al ritmo de una canción familiar. De repente la tensión en mis músculos desaparece y la relajación se apodera de mi cuerpo.

A medida que la muerte me corona, siento cómo dejo de ser yo y me entrego a lo que me espera del otro lado.















1

Inicio


El reloj marcaba la una de la tarde en la vieja torre del centro de la ciudad, pero no hubo campanadas ni personas apresurándose por llegar a su destino por las calles. Aquel aparato mecánico se había descompuesto hace mucho tiempo. Años. De hecho, cientos. Un elemento reinaba con inquietante persistencia: El silencio. El sol del atardecer brillaba con un rojizo anaranjado en el horizonte; pronto empezaría a oscurecer.

El sonido de un viento sin rumbo resonaba en los imponentes edificios huecos de los que la ciudad yacía abarrotada, sin embargo, la pintura que les cubría perdió su vibra y se descascaraba con fa- cilidad. Lucían apagados y sucios. El abrazo de la naturaleza cubrió el cascarón vacío, llenándolos de enredaderas que llegaban hasta las alturas de los techos. El tiempo, el clima y una devastación descono- cida convirtieron a este lugar en un cascarón sin vida.

Los restos de la civilización de “los antiguos humanos” yacía es- parcida hasta donde la vista alcanzara. Sus calles llenas de automó- viles abandonados, estaban agrietadas y agujereadas. La vida humana había hace mucho tiempo sido exterminada de este lugar, sin em- bargo, la misma volvía de vez en cuando en forma de exploradores que revisaban los escombros en busca de utilidades.


Un gran agujero en el centro de la calle principal sugería que un enorme impacto derrumbó los cimientos de esta avenida. En el fondo del mismo, el agua posada formó un estanque nacido na- turalmente de las lluvias de la zona. En él, los restos de la calle de más arriba se esparcían por toda la cavidad en forma de pedazos gigantescos de pavimento. Encima de uno de ellos, se encontraba en cuclillas una chica de tez morena que vestía un ropaje apretado con rígidos accesorios como si estuviera preparada para todo. Envuelta en su cuello y cubriendo la parte superior de sus hombros y pecho llevaba la distintiva capa marrón con el símbolo de la cabeza de un león. Su color afirmaba su título de exploradora. Llevaba vestimenta manga larga que acababa en guantes castaños de cuero. Un cinturón cruzaba su pecho y dividía sus pequeños senos. Las botas casi le lle- gaban a las rodillas, que yacían cubiertas por una placa metálica cada una, para maniobras evasivas complicadas.

Con agilidad militar, sus ojos cruzaron toda la cavidad mientras buscaba algo útil qué llevar consigo. Aunque este lugar había sido hace mucho purgado de vida alguna, su alerta era costumbre; bajar la guardia podría significar la muerte. Negó con la cabeza y luego de un profundo suspiro se dijo a sí misma:

─Ya había estado aquí antes. ¿Por qué me mandarían aquí de

nuevo? ─Miró el cielo y notó la transición en sus colores. Murmuró:

─Se hace de noche, debería volver.

Un repentino cruce de una bandada de aves negras le indicó pe- ligro. Sin pensarlo, saltó dos veces para alcanzar la superficie. En alerta máxima, giraba su cabeza con rapidez en todas direcciones buscando a sus enemigos. Hasta que los vio. Tres figuras con as- pecto siniestro se apersonaron en su presencia. No tuvo tiempo de reconocer con precisión las formas que a ella se dirigían a paso lento; pero atacó con certeza. Sacó sus cuchillas con “filo infinito” de su cinturón y corrió hacia las dos primeras figuras para eliminarle. Arremetió contra las dos primeras masas negras clavando sus armas y desvaneciéndolas casi al instante.

Al fijar su mirada en su ultima victima notó algo particular mien-


tras corría a darle muerte. Parecía una persona cabizbaja y cubierta en sangre que se tambaleaba en su dirección con torpeza y lentitud. Parecía que quería articular una palabra, pero solo se escuchó una rasgada vocal. Ella lo entendió. Estando a dos metros de distancia, aunque sonó a muy bajos decibeles, ella lo escuchó claro.

─No me mates.

La sorpresa le impactó. Detuvo su velocidad en un segundo mientras sus pies se clavaban en el suelo por el impulso. Reflexionó con rapidez y supo de inmediato que no era un enemigo. Continuó caminando y le sujetó sutilmente para que no cayera; sus fuerzas parecían haberse agotado. Ella le intentó alentar.

─Oye, estarás bien. Tranquilo.

─No me mates.

─Está bien, no lo haré. Sé que eres un…

─No me mates.

A ella le extrañó que el sujeto no entendiese y solo repitiera la misma oración. Sin embargo, una soldado experimentada como ella sabía que este escenario no era tan aislado en sobrevivientes a un ataque. Algo aún más familiar le impactó: El ropaje del individuo era particular de un soldado de la Guardia del Monarca Greisson.

─Toma, bebe un poco de agua.

Con mano temblorosa el tartamudeante soldado tomó el frasco con agua. Intentó levantarlo para beber de él, pero no pudo. Lo dejó caer en el suelo y rompió en llanto.

─No me mates… No… me… mates…

─Estarás bien. Soy de un reino aliado, no tienes por qué… Oye…

¡Oye!

El soldado parecía haber entrado en un profundo sueño. Ella


puso su mano derecha en el cuello del moribundo hombre y se dio cuenta. Acababa de morir. Una mueca de inconformidad se dibujó en la cara de la exploradora. Entendiendo que de nada servirá lle- varlo a algún lugar, lo dejó caer en el suelo. Cuando impactó el as- falto, un objeto llamativo rodó desde la mano del hombre. Ella lo notó y lo recogió. Sus ojos se abrieron como si hubiese presenciado lo imposible. Su corazón se aceleró. Con velocidad apresurada y una preocupación errante en el pecho, corrió fuera de la ciudad. Sabía que debía dejar todo lo que había planeado y entregarle tal objeto a su rey.

E S C L A V O S D E L A F U R I A















































23














2

La melancolia de la cazadora


En las lejanías del sur del plano, un oscuro cielo violeta sostenía estrellas titilantes. Descansaban en el firmamento silente espar- ciendo su luz sobre un hogar que había encontrado la muerte. El único cuerpo sobreviviente perdía el alma con el pasar de los días. En una solitaria cabaña intencionalmente alejada de cualquier ser viviente, el filo de los tenues rayos de luz atravesaba la penumbra; iluminando muy ligeramente la oscura sala donde la más solitaria de las cazadoras se sumía en su pena. Las casi gastadas velas que le rodeaban eran sus únicas compañeras, aunque su tenue brillar es- taba destinado a morir como todo lo que a ella le importó alguna vez. El pasar tiempo dejó de ser un factor y el bienestar físico no era más parte de su instinto. Pasó hambre durante días, pero no la sintió. La polidipsia se apoderó de su garganta, pero no le importó. Se mantenía viendo las lunas y los soles nacer y morir en el hori- zonte a través de una ventana rota. Su corazón desgarrado latía a medias, como si se esforzara por no morir. Su esperanza de recobrar la alegría sucumbió ante la cruda verdad: De la muerte nadie vuelve. Como cristales afilados enterrados en su piel, los recuerdos de su esposo e hija tirados en el suelo le cortaban con cada respiro. Los cuerpos vacíos de su más preciado tesoro colgaban en su memoria. Su cuerpo se secaba mientras sus ojos se convertían en ríos de una incesante corriente de lágrimas.


Esta peculiar noche donde la luna se ocultaba a lo lejos y el viento golpeaba las paredes de madera, la puerta de su casa se abrió y una ráfaga sacudió en el aire su largo pelo plateado. Una figura miste- riosa se acercó a tres metros de su espalda y le contempló durante unos minutos. Observó a una mujer que había perdido el sentido de todo y yacía sumergida por completo en una melancolía indescrip- tible. Se encontraba sentada en una silla de caoba con el espaldar de frente. Con los brazos extendidos hacia adelante, se mantenía en silencio viendo fijo el horizonte. Su ropaje estaba rasgado, sucio y descuidado. Colores desaturados inundaban la escena como la tris- teza ahogaba el corazón de la cazadora retirada.

─No me importa quién seas ─se escuchó la voz ronca y rasgada de la mujer triste─ no eres Labi. Lárgate.

─Lamentablemente ─le respondió una voz masculina─ no llegué

hasta aquí solo para regresar por donde vine.

─No tengo negocios con nadie. No tienes motivos para estar aquí ─mientras recuperaba el tono natural de su voz poco a poco.

─La mayor de las explicaciones no bastaría para hacerte entender

las razones de mi presencia.

─Y tú no entenderías jamás mi dolor. ─dijo mientras rotaba lige- ramente su cabeza para mirar al intruso─ me confiné aquí para estar sola. No tientes con romper mi tranquilidad.

Su mirada revelaba un azul brillante en ojos llorosos que res- plandecían en la oscuridad presente. Parecían perlas atrayentes con un azul marino que pintaban olas de océano en sus pupilas fluores- centes. El intruso no invitado no pareció conmovido.

─Precisamente por tu dolor es que estoy aquí ─respondió.

─ ¿Qué?

─El inmenso tamaño de tu sentir me atrajo hasta aquí como el

olor de la sangre atrae un depredador a su presa agonizante.


  • Entonces… ¿Estás aquí para matarme? ¿Me harías ese favor?

─Te haré un favor aún mayor.

  • ¡Esta vida no me complace! ─gritó como si su corazón sintiera una punzada─. Entiéndelo y vete.

─Más bien, esta vida no te complace… Sin ellos.

  • ¡No tienes el derecho, ni la libertad de mencionarlos!

La mujer se tornó agresiva y se levantó bruscamente de su asiento. Se paró amenazante en un movimiento violento con el cual tomó la silla con su mano izquierda y mientras rotaba para darle frente a su oponente, la lanzó a toda velocidad. La misma atravesó la siniestra figura como si se tratara de un espejismo creado por su mente. La silla se pulverizó al chocar con la pared de madera. La cazadora de- mostró ser portadora de una fuerza abominable. Su rostro cambió y su dolor pasó a ser furia. Los músculos de su cara se tensaron y se sintió una enorme fricción en el aire. Una fuerza invisible generada desde la enfurecida mujer distorsionó la continuidad de las llamas en las velas a su alrededor. Eran sopladas por la energía que producía el intenso palpitar de su corazón. Fuerte. Despacio. La creciente fric- ción del momento se sintió en el crujir de sus dientes. Su instinto de cazadora se desoxidaba con cada inhalación acentuada. Sus empol- vadas ganas de cazar volvían a controlar su temperamento.

  • ¡Irrumpes en mi casa! ¡Perturbas el silencio de mi dolor! ¿¡De- seas observar el descontrol de un alma atormentada!?

La figura sombría sonrió al ver el despliegue de su fortaleza y no

dudó en proseguir.

─Jamás podrías olvidar sus nombres, ¿no?

─ ¡No te atrevas!

─Melio y Agatha.

El celaje del brillante pelo plateado y los ojos azul marino atrave-


saron el espacio de la sala en un segundo mientras todas las velas se apagaron simultáneamente. Aquella arremetida dirigía un puñetazo que atravesó a su oponente como si se tratara de una figura ilusoria, producto de su psiquis atormentada e inestable. La luz de la noche resplandecía por aquella ventana iluminando la escena.

─Sus nombres son sagrados, maldito engendro.

─Me alegra saber que, a pesar de todo este tiempo, estás en forma.

─Te voy a… ─la agresora giró sobre sí misma y se preparó para

atacar nuevamente.

─Esto fue lo único que pudimos recuperar ─le respondió la fi- gura mientras soltaba una bufanda en el suelo.

Brilló un zafiro incandescente proveniente de los ojos de la asom- brada mujer. Su integridad se quebrantó. «No puede ser» pensó, pero aquella bufanda era inconfundible. Su particular forma de bri- llar bajo la luna, su olor que revivía remembranzas de una época dorada, y esa sensación que le hacía sentir que ya no estaba sola. Sus ojos se empezaron a empapar mientras la tensión disminuía. Su ritmo cardíaco descendió con lentitud a un latido cada cuatro segundos. Su expresión molesta se convirtió nuevamente en tristeza. Miró esa prenda como si volviera a sí un pedazo de su roto corazón. Más lágrimas corrieron en un suave riachuelo de cobalto que reco- rría sus pálidas mejillas. Su voz se volvió suave y quebradiza, como si hubiera perdido toda voluntad de luchar.

  • ¿Planeas chantajear a una cazadora retirada con fragmentos de

su pasado? No tienes alma.

─No la necesito para mi propósito. Ni tú para el tuyo.

  • Habla de una vez ¿Qué es lo que quieres? ─preguntó, alzando

la mirada al individuo.

─Nuestra organización entiende que te podría interesar colaborar

en nuestro próximo objetivo. La próxima luna llena en el Santuario


del Olvido. Ahí entenderás ─le explicó antes de desaparecer con la

agilidad con la que apareció.

La angustiada mujer retornó la mirada a la bufanda que yacía en el suelo a su alcance. Un centenar de imágenes volvieron a su mente. Violencia y ternura. Casería y reposo. Amor y una familia que jamás volvería a ver, pero igual anhelaba poder abrazar. En nombre de lo que este gesto representaba para su propia paz, tomó una decisión.

─Tal vez… Sí sea hora de volver.















3

Noticias

La reluciente luna llena pintaba de un rocío de luz nocturnal las verdes hojas de los árboles del frondoso bosque. La tranquilidad se escuchaba en sinfonía con los grillos que descasaban en sus sincro- nizados chillidos. Aquella noche relucía con un esplendor particular, el brillo de las estrellas se esparcía cubriendo hasta donde alcanzaba la vista. Un panorama pacífico que no dejaba de ser tan asombroso como apreciable. Pero entre la calma se movía una veloz silueta zig- zagueando entre la densidad de los árboles.

«No hay tiempo.»

Tan sigilosa que el cantar de los insectos se mantenía ininterrum- pido, tan rápida que solo se veía un ligero rastro de polvo esparcido a su paso; casi imperceptible. Aunque su meticulosa precisión le hacía sentir segura, un fallo en su cálculo causó que pisara un pedazo de rama creando un sonido que resonó como echo en una noche si- lente. Se detuvo en seco y miró de reojo a los lados. Su presión arte- rial se aceleraba a medida que su corazón palpitaba con más fuerza. Sabía que un sonido así podría desatar cosas muy malas. Y luego de un suspiro silencioso, se dio cuenta que no estaba en lo incorrecto. Empezó a sentir esa perturbación maldita a la que todos le temían y emprendió su carrera nuevamente. En una noche solitaria lo último que quería era la confrontación, pero no la pudo evitar. Divisó entre


la omnipresente densidad de la oscuridad un maligno ser amorfo parecido a una masa negra que se interponía en su camino. Allí ella entendió que, sin tiempo para maniobras evasivas, tendría que acercarse peligrosamente para eliminar la amenaza. Aceleró con de- terminación y en su marcha sacó ambas cuchillas con filo infinito que brillaban como si estuviesen iluminadas desde dentro. Rebanó con facilidad a su enemigo, sin embargo, mientras más corría más enemigos sentía acercarse.

«El Match es mi única salida» ─Pensó.

Increíblemente rápido atravesó la distancia y aun pareciendo un relámpago sobre tierra, aumentó su velocidad al divisar los altos muros de su objetivo. Cresta del León: La Ciudad Blanca.

Muros de concreto sólido que se elevaban hasta donde la vista alcanzaba, adornados con estandartes rojos, otorgaban una primera vista impresionante del imponente reino de la Cresta del León. En el centro de la amurallada ciudad se encontraba el gran castillo Vais que levantaba cuatro torres con un tope curvo, dando la impresión de estar siempre a la vigía. Desde la cima de los gruesos muros que recubrían la ciudad, una docena de soldados distribuidos equitativa- mente por toda su superficie escudriñaban el horizonte sin dejar es- pacio descubierto, en busca de anomalías que pudiesen representar una amenaza para los habitantes de la Ciudad Blanca. Sus ojos en- tornaron fijamente en un punto zigzagueante que brillaba con pe- culiaridad entre la frondosidad del bosque que se encontraba en los pies del muro y cuya extensión cubría varios kilómetros en todas direcciones.

─No hay duda. Es ella.

Dos de los vigías se miraron entre sí y asintieron con la cabeza.

─ ¡Es Bellish! ─gritaron al unísono.

Con cada apresurado paso, su brillante pelo dejaba un celaje pla- tino a sus espaldas. Bellish Velanova poseía una blanca cabellera corta y brillantes ojos verdes inusuales. Era lo único que se podía


distinguir mientras esta alcanzaba grandes velocidades en dirección a las enormes puertas de la entrada a la ciudad.

─ ¡Puertas en Vela! ─comandó uno de los soldados en el tope

del muro.

Una maniobra de entrada que exigía que las enormes puertas solo se abrieran ligeramente para impedir que más de un individuo en- trara. Rápidamente Bellish aceleró vertiginosamente. Entre jadeos poco frecuentes y una mirada determinada hacia las puertas que se abrirían solo a unos metros de su distancia y solo por unos se- gundos. Una movida aparentemente difícil, pero en realidad simple para una miembro del equipo de exploración del reino, quien habría hecho esta entrada decenas de veces. En un soplido del viento, la ex- ploradora cruzó las puertas que se cerraron a centímetros detrás de sí. Con un sigilo felino y velocidad sónica, atravesó las calles donde residía la dormida población. Una ciudad poco común, no por sus altas murallas o su gran concentración de personas, sino por ser el reino con más recursos asignados a la lucha en contra de “las sombras”.

«Puede que no sea demasiado tarde.»

Jadeante, se detuvo en silencio frente a las doradas puertas que resguardaban el salón real. Del doble de su estatura, las puertas re- presentaban una parte importante del mensaje que el rey quería en- viar a todo el que entrase en su presencia. Yacían adornadas en líneas doradas que marcaban no solo el símbolo de la ciudad, sino también el símbolo de las demás ciudades, en un tamaño más pequeño. Las puertas de todos los reyes monárquicos portaban un estilo similar, para mantener un importante mensaje muy claro:

“Si bien todos los reinos son autónomos, todos somos una misma humanidad.”

Una inscripción que adquirió un significado invaluable. Era el sentir común que, por la división de los reinos, los antiguos hu- manos sucumbieron a la maldad en su interior.


Y allí se encontraba ella. En su cintura portaba, bien protegido, un rollo de papel que resguardaba como si su vida dependiera de ello.

─Puedes pasar ─resonó una amable pero firme voz desde dentro─ te estaba esperando.

Las puertas se abrieron. Bellish apretó uno de sus puños y tragó un seco sorbo de saliva como si fuese a encontrarse con una situación que no pudiese resolver. Con pasos firmes, pero ligeramente inse- guros, se adentró a la majestuosa sala real. Una habitación con forma pentagonal que conducía con un gran telón rojo y blanco a quienes entrasen desde las puertas hacia el impecable y reluciente trono del rey; ahí yacía su eminencia: Zeru Lionson, el monarca. Vistiendo una armadura de un reluciente material dorado, su presencia exigía respeto. Con una inusual corona en forma de melena que apuntaba hacia atrás y cubría la parte superior de su rostro; como un antifaz con pequeñas aberturas para sus ojos y orejas. A menudo apodado el León de Oro, era más que un rey. A su alrededor orbitaban rumores y leyendas de inmortalidad y omnipresencia. Un semidiós ante los humanos, decían. Ese día se encontraba ante Bellish quien luego de su largo viaje volvía a él.

─He esperado saber los resultados de tus búsquedas, Bellish

─inició el rey con voz calmada mientras se levantaba con serenidad de su impresionante trono─ adelante ─le ordenó.

─Mi señor… ─murmuró Bellish mientras caminaba en dirección a su rey─ esto...

La rigidez de soldado abandonó su cuerpo y entregó la documen- tación al monarca con cierto nerviosismo. Al leerlo, el semblante del comandante imperial cambió. Sembró una mirada fría y silenciosa directo a los ojos de la exploradora. No expresaba ni alegría ni tris- teza, solo una seriedad que preocupó a Bellish. Empezó a perder el control.

«Mis pulmones… No puedo…»


─Gracias Bellish. ─dijo el monarca, aun mirando directo a los verdes y desesperados ojos de la joven─ es hora de que descanses.















4

El segundo encuentro

La siguiente luna llena llegó, iluminando las entrañas del San- tuario del Olvido. A la altura de las colinas, otorgaba cierta visibilidad sobre las planicies de bosques en todas direcciones. Se encontraba ubicado muy dentro de la frondosidad forestal, con la exclusiva in- tención de mantenerlo alejado de un posible ataque de Sombras. Las leyendas hablaban sobre un santuario con otro nombre que usaron los antiguos humanos como refugio. Sin embargo, eventos descono- cidos habían cobrado su techo y parte de sus paredes. Solo quedó una estructura en ruinas olvidada y de ahí su nombre. Semejante a una habitación sin techo, se encontraba en una base plana tallada en piedra de unos diez metros cuadrados en el claro más elevado del área. Bañada en el trinar de los grillos, cinco columnas emergían hacia el cielo a diferentes niveles. La del centro era la más alta con tres metros, seguida por ambas columnas adyacentes medio metro más bajas, que a su vez tenían una más baja a cada lado. La parte frontal del Santuario yacía destruida, como si una explosión hubiese volado sus puertas y pared delantera.

Esperando en la oscuridad, una figura oscura masculina reposaba en cuclillas en el pilar centrar. Observaba cómo las ramas de los ár- boles se agitaban con la brisa, haciendo que sus hojas marcaran un sonido apacible que se extendía por la superficie del bosque. En un


parpadeo, una silueta apareció de repente en el santuario. A diez me- tros del misterioso anfitrión, el viento jugó con la plateada cabellera de la recién llegada mercenaria. Alrededor de su cuello, una parti- cular bufanda ondeaba levemente. Levantó la mirada y en sus ojos blanquecinos, el resplandor lunar brilló con intensidad. Hicieron contacto visual.

─Bienvenida ─le recibió el hombre figura en lo alto de la co- lumna central─ adelante.

Sin interrumpir esa mirada, ella se adentró a las ruinas del san- tuario. Cruzó los escombros y se colocó a cuatro metros del pilar. Esperó por un minuto, hasta que el hombre habló nuevamente.

─Me disculpo por la abrupta manera en que nos conocimos

─aperturó─ en ocasiones, saltarse el protocolo es necesario.

─Entiendo.

─Nuestra organización es transparente con sus colaboradores.

Represento a los hijos de la Furia.

Ella quedó viendo con la misma mirada llena de seriedad y con- centración, casi como esperando que su anfitrión continuara ha- blando. Aprovechó la pausa para una revisión rápida del escenario. Con peculiares vestimentas, el hombre se irguió frente a la merce- naria. Su silueta no reflejaba el brillo lunar, como si su vestir absor- biera la luz. Llevaba una gabardina negra con una gruesa línea gris que cruzaba su torso desde su hombro izquierdo hasta su pierna derecha. En la misma se interconectaban tres robustos broches de un rojo metálico. Ella entendió que la oscura tonalidad de su ro- paje constituía una función primordial en esta noche: el camuflaje. Y aunque su cara estuviese parcialmente cubierta por una capucha, se podían visualizar a lo lejos tres círculos de un rojo oscuro que brillaban y se apagaban en su frente; casi al ritmo de su respiración. Un septum parecía estar colgado de su nariz. La cazadora necesitaba entender sus intenciones, así que continuó la conversación.

─Raseri, es mi nombre. Probablemente ya sabes eso.


─Correcto, “Raseri”.

─Al punto ─reclamó ella, algo impaciente.

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en lo poco que se podía divisar del rostro del anfitrión. Empezó a entender que su elección había sido la correcta. Convencido de la asertividad de su invitada, continuó su explicación.

─Hoy portas un invaluable recuerdo de tu familia. Lo único que pudimos rescatar del incidente. Estoy seguro que ciertos detalles no escaparon a la experticia de tu oficio como cazadora. No solo es un accesorio, la hemos convertido en un arma semi autónoma que sin duda necesitarás. En honor a su antigua portadora le hemos puesto su nombre: Agatha. Cada vez que quieras accionarla solo llama su nombre.

Raseri cerró sus ojos, interrumpiendo aquella fija mirada. Inclinó su cabeza ligeramente hacia su derecha e hizo una mueca de incon- formidad con la boca. Intentó contener la avalancha de emociones que sintió al recordar ese nombre. Respiró profundo y entendió que, en pos de cuidar su tranquilidad en los eventos futuros, debía aceptar su destino. Sin embargo, no pudo contener el recordarla con amor.

«Mi hija, Agatha.»

La voz del hombre interrumpió sus pensamientos.

─Aceptar este regalo bondadoso, es aceptar el encargo de los

Hijos de la Furia.

─Sé a lo que me enfrento, “Hijo de la Furia” ─dijo ella, enten- diendo que esto sería como cualquier otra misión─. Mataré a una creatura y pondré su cabeza ante ti.

─Nadie te ha dado esas instrucciones ─se escuchó una voz adi- cional─. La asunción debería ser un pecado capital. Estúpida.

El asombro impactó a Raseri cuando una nueva figura apareció

encima de la columna a la derecha. Su vestimenta era idéntica a la an-


terior. Su pelo azul oscuro salía por la parte delantera de la capucha y brillaban dos grandes cristales frente a sus ojos.

─Su muerte no nos complacería ─dijo una tercera figura que apa- reció en la columna a la izquierda. De una estatura mucho menor, esta niña también llevaba el uniforme siniestro.

─Su captura es lo que precisamos ─pronunció una cuarta per- sona. De la columna más a la derecha, se materializó en su tope, la voz que portaba un cuerpo robusto. Más alto y fornido que los demás; portando el mismo uniforme

─Y apreciamos la prontitud a cumplir con este desafío.

Una última figura apareció en la columna más a la izquierda. En la presencia de los cinco, la mercenaria notó cómo los tres círculos que a todos les brillaban en la frente, parpadeaban simultáneamente. Algo le parecía extremadamente familiar, pero sus recuerdos aún no habían emergido ante sí.

«Así que estos son los Hijos de la Sombra» pensó Raseri.

─Sigo sin entender cómo esto podría significar que tengamos un objetivo en común ─dijo ella algo confundida ─yo no deseo cazar a ninguna creatura. Me retiré hace mucho tiempo y eso también lo saben.

El hombre del septum en la columna central dio un salto hacia adelante. Raseri se preparó para lo peor pero no retrocedió ni un centímetro. Llevaba el porte de quien no tiene nada que perder. El hombre cayó dos metros frente a ella y reanudó la conversación.

─El cuatro de mayo. Hace tres años, tu objetivo hizo algo de lo

que no has podido escapar.

La fecha que el hombre pronunció empezó a acelerar el corazón de la cazadora. Sabía a lo que se refería, aunque temía un poco que describiese con detalle lo sucedido. Para ella era suficiente la claridad con la que se proyectaban en su memoria los cuerpos muertos de


las únicas personas que conformaron su familia. Luego de conocer la muerte de sus emociones todos los días, no podía más que sen- tirse agradecida por vivir un preciado recuerdo; sus intenciones se inclinaron a colaborar, mientras contemplaba la posibilidad de hacer justicia. El fuego de la decisión se encendió en su interior. El anfi- trión continuó.

─No es el deseo de cazar lo que vas a satisfacer. Es el deseo de

venganza.

Ablandada por los golpes que sus propios recuerdos le propi- ciaron, Raseri perdió la noción de sensatez. Conducida por la rabia, dentro de sí ya había aceptado lo que continuaba. Conteniendo sus emociones, pronunció entre dientes:

─Denme el nombre.

Respondieron al unísono: Dorian Jhalawar.

E S C L A V O S D E L A F U R I A














































39
















5

El Lakisharai

El sol empezó a salir en el horizonte. Sus dorados rayos pene- traron en la oscura habitación donde un soldado esperaba la hora. Arropado a medio cuerpo, estaba boca arriba en su cama. Con la mi- rada perdida en pensamientos, casi por instinto lanzaba una pelota de papel con su mano derecha hacia arriba, la atrapaba y repetía este movimiento continuamente. Una inamovible sensación de ansiedad le mantenía despierto. Mientras la habitación se iluminaba, hizo una mueca de insatisfacción con la boca. Detuvo su jugueteo con la pe- lota, arrojándola a una esquina de la habitación. Inhaló un suspiro, cerrando sus ojos.

Dorian Jhalawar una vez más agradeció que la oscuridad de la noche se fuera y con ella sus ganas de dormir. Vivía solo en una humilde habitación que le fue otorgada por el reino. A pesar de ha- bérsele ofrecido la oportunidad de algo mucho más grande y lujoso, para él no era más que un estorbo. Se conformó con una pequeña habitación oscura en el tercer piso de un edificio a unas cuantas cua- dras del castillo blanco.

Esa mañana se incorporó despacio encima de la cama y aun sen- tado colocó sus pies en el frío suelo del lado derecho de la cama; suspiró de nuevo. Cerró sus ojos y permaneció allí unos segundos. Los volvió a abrir con lentitud; al percatarse que seguía en el mismo


lugar, se dijo a sí mismo con voz tenue:

─Esto es real.

Giró su cabeza a la derecha y miró una vez más el regalo de su amigo, Miura, sobre la mesa de noche. Un edificio de varios niveles hecho con materiales reciclables de unos centímetros de altura. A su lado, una nota que leía todos los días:

“Mi primera obra maestra. Espera y verás. Seré el mejor arqui- tecto del Nuevo Mundo”


***Miura ***

Como cada vez al recordar a su amigo, sonrió. Tocó su pecho y sintió su corazón crujir. Una mueca de inconformidad se dibujó en su rostro. Se paró de la cama para dirigirse al baño donde un espejo le esperaba. En él vio un hombre con físico mesoformo de seis pies de altura y cabello corto castaño. Su piel blanca hacía más notorio su ligero inicio de ojeras. En su torso descansaba la marca de una herida que se expandía en varias direcciones desde el centro de su pecho. Aunque habían pasado años desde que la adquirió, aun pa- recía fresca, como si no pudiese cicatrizar. Su textura dura y color negro intenso pudiese llamar la atención, por ello siempre la man- tenía oculta.

Se colocó una camisa de manga corta negra que usaría por de- bajo del peto de su armadura. Vendó sus manos, ocultando desde sus dedos hasta sus codos una extraña mancha que ennegrecía sus antebrazos. Recordaba lo que muchos decían: “Se hizo esos tatuajes para parecer más rudo”, sin embargo, ni él mismo entendía su pro- cedencia. Colocó sus acostumbrados guanteletes de metal, se ajustó las grebas y los escarpines. Tomó su lanza doble y la ajustó en su espalda.

Antes de salir de su habitación dio un último vistazo a su reflejo. Cerró sus ojos. Suspiró. Los abrió y encogió sus labios, algo decep- cionado. Mientras salía pensó:


«Necesito despertar.»

Caminó en silencio por las calles de la ciudad hacia un cuartel al oeste. Dos soldados custodiaban la entrada al mismo. Abrió la puerta de madera y un paisaje familiar aterrizó en sus ojos:

Dentro de la extensión del plantel había soldados de diferentes rangos. A la izquierda, algunos ajustaban sus armaduras y prepa- raban sus armas. En el centro había unas largas mesas de madera donde se sentaban a comer, beber, y compartir los detalles de sus últimas experiencias en batalla. A la derecha, dos grandes escaleras que llevaban al segundo piso, donde la imagen era bastante pare- cida. Una continuo y apacible sonido de conversación se sentía en el ambiente.

Uno de los soldados que comían en el centro se percató de quién había entrado por la puerta y escupió su comida. Se paró brusca- mente y se irguió en la acostumbrada “parada de atención”:

De abajo hacia arriba, talones unidos, puntas de los pies sepa- rados formando un ángulo aproximadamente de 45 grados, piernas rectas, pero sin rigidez, abdomen hundido, pecho erguido, hombros a un mismo nivel, brazos dejados caer con naturalidad, dedo índice y pulgar unidos, los demás semi recogidos rozando ligeramente la cos- tura de su pantalón, embarbillado, vista hacia al frente, pero lo más importante y sobre todo, tener la mente en atención para ejecutar cualquier mando de un superior señor.

Sin apartar la vista de Dorian, el soldado gritó con todas sus fuerzas:

─ ¡Lakisharai en el cuartel!

De inmediato todo el mundo dejó sus quehaceres y se pararon en atención; algunos aun con comida en la boca. Dorian cerró los ojos y negó ligeramente con la cabeza en señal de decepción.

«No me voy a acostumbrar a esto.» Pensó.


─¡Descansen! ─les ordenó.

Todos retomaron sus habituales labores. Dorian caminó hacia una de las mesas con algunas miradas posadas sobre sí. Allí le espe- raban dos soldados con grandes sonrisas.

─¡Un gusto verte! ─exclamó uno de ellos─ tienes que avisar

cuando te vayas así. ¿Cuántos meses pasaron?

─Oye, no lo presiones ─dijo el otro─ las pruebas para ascender

a Lakisharai son lo más difíciles de Cresta del León.

─Tranquilos, chicos ─respondió Dorian mientras chocaba sus antebrazos en señal de salud entre militares─ no es la gran cosa.

─Sí, claro, ostentar uno de los rangos más altos del ejército no es

la gran cosa. Mataría por ese puesto, hermano.

─Lo único que tienes que matar son mis ganas de saber qué hay

de nuevo. ¿Alguna novedad importante?

Los soldados circundantes que escucharon esa pregunta se detu- vieron en sorpresa. Algunos dejaron de comer de golpe, otros sim- plemente voltearon sus miradas, sumidos en silencio.

─¿De veras no sabes lo que ha estado sucediendo estas últimas semanas? ─le preguntaron con voz baja y casi desvanecida─. Los Vari… están… desapareciendo.

Una extraña mezcla de sensaciones inundó las venas del recién promovido Lakisharai. Sin duda su inmediata sonrisa de alegría no se podía esconder. Sin embargo, su pecho se empezó a sentir muy raro. La cicatriz que allí reposaba empezó a sentirse muy caliente; algo sobre esta noticia parecía demasiado bueno para ser verdad.

─¡Así es chicos! ─gritó un barbudo soldado en una mesa adya- cente. Alzó una jarra de cerveza y con una inmensa sonrisa continuó su discurso─. Desde que tenemos memoria, los Vari han poseído a nuestra gente. ─con cada acertada oración, la muchedumbre de sol- dados expresaba su incontrolable emoción, gritando repetidas veces:


¡Cresta del León!─. Por primera vez en siglos, la amenaza de esas malditas sombras se está evaporando. ¡La humanidad será victoriosa, en nombre de nuestro sagrado rey!

Todos gritaron al unísono: ¡Porque la sangre del León vive en

nosotros!

La muchedumbre se conmocionó y no dejaba de soltar sonidos empapados de sed de triunfo. Mientras el frenesí incrementaba, Do- rian permaneció tranquilo. Colocó sus manos en los hombros de sus dos compañeros en símbolo de retirada y cruzó la puerta para salir.

Dejando detrás el ruido de soldados emocionados, caminó hacia el castillo Vais. Pensó en tantas cosas. El entrenamiento de su primer día como Lakisharai. Se preguntó si se habría de encontrar alguna cura para los infectados. Se preguntó cómo estarían resistiendo las monarquías más lejanas de este castillo. Le quedó confiar en lo que este día traería. A unos metros de distancia, visualizó las inmensas puertas de la estructura que guardaba el castillo real; eran impo- nentes. Dos soldados en robustas armaduras controlaban el paso de las personas que entraban, se aseguraban que eran personal autori- zado. Se detuvo a algunos metros de la entrada y se sintió observado desde la distancia. Supo reconocer esta inconfundible sensación. Miró hacia el techo del edificio escolar más cercano al reino y se fijó que allí estaba él.















6

Miura

Encima de aquel techo, un viejo amigo le sonreía. Miura aun lle- vaba el uniforme escolar puesto. Su piel era ligeramente pálida y llevaba una camisa blanca manga corta que hacía juego con su pelo blanquecino. Pantalones cafés y zapatos negros completaban la ves- timenta del estudiante de arquitectura de 24 años. Era amante de los lugares altos para apreciar mejor todo lo demás. Generalmente usaba la azotea del edificio de seis pisos por su aventajada posición para apreciar el resto de la ciudad.

─Un día te vas a caer de ahí y luego me culparán a mí.

«¿Cómo rayos subió aquí sin que me diera cuenta’» Pensó Miura.

─Eso nunca pasará ─le respondió─ a menos que me empujes…

hermano.

Su hermano mayor sintió un tono desafiante viniendo del menor de la familia. Pero entendió que lo más probable era que seguía re- sentido por ser el favorito de la casa. Encogió los brazos y suspiró

Llevaba ropas oscuras y apretadas. Un negro pelo largo semi ri- zado cubría parcialmente sus lentes de sol que parecía nunca qui- tarse. Con sus 36 años parecía más joven que la mayoría.


─Al menos dime que esta vez te está yendo bien en las asigna- turas del instituto. Has repetido el mismo año cientos de…

─ ¡Calla! Ya te he dicho, estos profesores de pacotilla no en- tienden, hermano. ─Miura se dio la vuelta y empezó a contemplar el reino una vez más.

─Mira... solo digo que…

─El castillo Vais es una de las obras arquitectónicas más fla- mantes y extraordinarias de todo el plano, hermano. ─Le lanzó una mirada por encima del hombro y continuó a un ritmo casi poetico─. A una elevación de 2325 metros sobre el nivel del mar, posee una ostentosa entrada con hermosas columnas de arquitectura Mesopo- támica, cada una tallada de historias al puro estilo románico, con de- talles en oro y plata; resaltando así la perpetuidad de la línea grafica del diseño de nuestro rey, “El León de Oro”. Detrás de este lujoso recibidor se abrían paso filas de torres que le daban un impetuoso aspecto de grandeza, dando forma a la melena de un gran felino, de ahí el nombre de la ciudad. Su cualidad más peculiar era el extraño brillo que producía toda la estructura. Fue construida con el material más valioso conocido en todo el plano; uno que solo se empezó a construir luego de la aparición de los Vari: el mármol de los cinco minerales. Este material reacciona a la luz del sol y de la luna de una manera cautivante. En el día, dependiendo la posición del sol, podía parecer Cobalto, Cuarzo, Esmeralda, o Rubí, pero el más hermoso, era el que le daba la luz de la luna, “Crista”, lo que hace que este reino también sea conocido como el Reino Blanco, hermano. La ciudad se despliega en todo el alrededor del castillo, formando una especie de espiral ascendente hasta llegar a los majestuosos jardines reales; donde solo los Lakisharai, el rey y sus invitados pueden estar.

Su hermano quiso hacerle entender que era suficiente.

─Oye, creo que ya enten…

  • ¡NO! ─gritó Miura y saltó al borde del edificio. ─ Los agigan- tados muros que nos “protegen” de las sombras se construyeron mucho antes de decidir la cantidad de habitantes, convirtiendo la lo-


gística de construcción de las edificaciones en una ineficientemente compacta ciudad. Error de principiante talvez, hermano. Aunque la peculiaridad de su esencia es impresionante. No solamente su altura sobrepasa la capacidad de construcción de cualquier otro reino, sino que la misteriosa composición de sus materiales le hacen una forta- leza impenetrable.

─Oye, ya entendí.

─Ellos no entienden, hermano. Me convertiré en el mejor arqui- tecto de todos. ¡El mejor por mucho más, hermano!

─Sí, claro. ─se dio la vuelta y se dirigió a la salida─ Solo procura pasar tus materias este año, ¿vale? Le vas a romper el corazón a mamá por ciento-quincuagésima vez.

Miura miró cómo el portador de la cabellera negra se alejaba ca- minando tranquilamente. Pero antes de perderle de vista le preguntó:

─¿Cómo llegaste hasta aquí, hermano? Ni siquiera estudias aquí.

El hombre se detuvo y volvió a suspirar. Estaba listo para ense- ñarle algo nuevo a su curioso hermano.

─Dime, Miura, ¿qué es lo más importante para hacer algo bien la

primera vez que lo haces?

─Eso es algo poco probable. Es difícil, por no decir imposible, que hagas algo bien que nunca has hecho antes. Te pones nervioso, tienes miedo a fallar…

─Eso no es correcto, pequeño “arquitecto”.

  • ¿Qué? Entonces me rindo.

─Me decepcionas. Lo que me estás diciendo es que tu primer edificio… ¡será un disparate!

  • ¡Claro que no! ─Miura se tornó agresivo, se despegó del borde, avanzó con agresividad hacia su hermano y le gritó casi en la cara: ─


¡Yo voy a ser el mejor arquitecto del mundo!

  • ¿Y cómo vas a lograr eso... precisamente?

─Pues… pues… voy a estudiar mucho y… y… voy a practicar

mucho todo lo que sé antes de hacer mi primera construcción.

─Y cuando haces esas dos cosas … ¿Cómo se llama lo que estás

haciendo?

─Preparándome. ─Abrió los ojos como quien descubre una

nueva ley de la física.

─Ese es mi hermanito. ─Dijo mientras le des-alborotaba la blanca cabellera─. De cada situación de la vida espera lo mejor, pero prepárate para todo lo demás.

E S C L A V O S D E L A F U R I A















































49















7

Rhina Desterio

Dorian continuó caminando hacia la entrada del Castillo Vais. Así como él, más soldados entraron por las imponentes puertas; era día de entrenamiento grupal. Los soldados de todas las divisiones del ejército se reunían a no solo compartir conocimiento de combate, sino también era la oportunidad perfecta para presumir nuevas téc- nicas o métodos de pelea.

Una figura femenina recibió a Dorian fuera del castillo. Él reco- noció a una de exploradoras más rápidas del reino. Como de cos- tumbre, sonrió al recordar su nombre.

«Rhina.»

Ella era una mujer de tez morena con una larga cola de caballo azul que desembocaba a la altura de sus rodillas con un amuleto blanco para sujetar el final de su cabello. Ligeramente más alta que la mayoría de los hombres, y con grandes piernas fornidas que de- notaban su gran agilidad al moverse. Portaba un antifaz color ámbar que estaba especialmente diseñado para no solo cubrir parte de su cara, sino también cubría en totalidad sus ojos. Creaba la ilusión de que no veía nada a través del mismo. Portaba una vestimenta ajus- tada, propia de su división. Brazos y hombros descubiertos, a ex- cepción de los guantes y avambrazos que cubrían sus antebrazos. La


armadura flexible que llevaba en el torso se ajustaba a la perfección. Tenía varios cinturones y amarraduras que aseguraban potencia adi- cional al utilizar sus piernas para moverse y botas largas que llegaban hasta las rodilleras.

Dorian y Rhina chocaron los antebrazos como saludo y se pu- sieron en marcha. Su estrecha amistad omitía los modales innecesa- rios. Caminaron al mismo ritmo por los pasillos reales que llevaban al patio de entrenamiento. Las columnas que sostenían el techo se forraban de un plateado brillante del particular material de los cinco minerales. El sol empezaba a entrar por debajo del arco entre las columnas, otorgando una especial sensación de divinidad.

Mientras, a su alrededor algunos soldados murmuraban y les mi- raban extrañados.

─ ¿Qué hace un Lakisharai aquí?

─Espero que no se vuelva a salir de control.

─Debemos confiar en la voluntad de nuestro rey, pero… ¿Este

tipo?

─¿Es que no le ven los tatuajes? No parece militar.

Ni Rhina ni Dorian hicieron caso a las palabras necias que flo- taban a su alrededor. Su sereno caminar expresaba su inamovible concentración. Sus miradas no se apartaban del final del pasillo. Sus mentes estaban bien enfocadas en lo que habría de suceder una vez llegasen a su destino. Sabían bien que la práctica de hoy se salía bastante de lo regular. Al regresar Dorian de sus pruebas para Laki- sharai, debían continuar el reforzamiento de una maniobra de com- bate de la cual esta exploradora era la especialista: Detección Ciné- tica. Si bien era crucial manipularla con versatilidad, Dorian llevaba consigo cierto impedimento que hacía dicha técnica anormalmente abrumadora. Un secreto que le condenaba a que esta maniobra le fuese casi imposible de ejecutar eficientemente.

A unos cuantos metros antes de atravesar el arco que dividía el


pasillo del terreno de entrenamiento, ella rompió el silencio.

─Oye, Dorian…

─Rhina ─le interrumpió el Lakisharai. Se detuvieron de golpe y los demás soldados le rodearon mientras seguían su camino; pa- recía el flujo de un riachuelo cuando se encuentra con una piedra inmóvil─. Lo sé ─ella suspiró y continuó.

─Por favor dime que no has olvidado nuestra promesa. Aquella

promesa.

─Sé qué hace mucho tiempo tomamos caminos diferentes y pa- saron muchas cosas. Lo sé. ─Él también suspiró.

─Anda. Repíteme lo que sabes. ─Dijo ella mientras asentaba con

la cabeza.

─Mira, ─cerró los ojos y apretó su puño derecho─ sé que tardé

mucho en las pruebas para ser Lakisharai.

─Fue una maldita eternidad para mí. ─Sus palabras entre dientes se oían con dificultad.─ Tú sabes la importancia de esto. Tú sabes lo que nos prometimos. Dilo.

─“Jamás nos volveremos a separar. Juntos venceremos. Porque ambos confiamos en que solo creyendo que puedes lograr algo es cuando ese algo se hace posible.”

─Mientras más tiempo estés lejos de mí, menos capaz seré de

protegerte.

─Mantendré mi promesa, pero ya debes de dejar de pensar que me debes un favor. Puedo cuidarme solo. ─Dorian empezó a ca- minar hacia adelante. Para él no había nada más qué decir al respecto. Rhina le siguió y cruzaron el arco hacia el patio de entrenamiento.

La luz del sol hacía brillar la arena. La vista cruzaba horizontal- mente el lugar, reconociendo caras familiares, sonrisas de bienve- nida, miradas de envidia y un par de lentes atentos entre el público


que no se perdía una sesión de práctica. Uno de los científicos del reino más atentos y minuciosos. Alguien que tenía un particular in- terés por el conocimiento manipulaba información del evento como un espectador ansioso.

J O R G E O B J I O















































54















8

Mir

Los ojos más observadores del ejército se posaron sobre el campo de entrenamiento. Siendo un renombrado científico del reino, para Mir el escudriño de todo era un pasatiempo agradable a su vista. Ob- servación. Inducción. Hipótesis. Experimentación. Demostración. Tesis o teoría científica. Los pasos del método científico le quedaban bastante claros y antes de generar cualquier teoría, tendría muy en cuenta el primer principio y la principal razón de su presencia hoy: observación.

Con corte de pelo estilo hongo ligeramente más alborotado de lo que se esperaría de un obsesivo compulsivo. Portaba consigo unos anteojos en forma de media luna, normales a simple vista, pero la única varilla que tenía, no terminaba en su oreja. La terminal se en- contraba conectada con un pequeño circuito de conexiones debajo de su cabellera en la parte de atrás de su cabeza. Podía utilizar estos anteojos con múltiples propósitos, controlados con señales cere- brales. Tenía una modesta gabardina azul con el símbolo de la cresta del león en el pecho. Sus mangas largas llegaban a unos guantes blancos que nunca se quitaba. Su temple calmado y su apariencia sencilla hacían juego con su expresión de enojado todo el tiempo; aunque solo estuviera concentrado analizando los hechos. Todos los hechos.


«La cantidad de participantes el día de hoy es irregular. De hecho, haciendo una cuenta del historial de reuniones estamos alrededor de un 20% por debajo de la capacidad óptima del terreno de pragma- tismo» pensó mientras ojeaba un reporte de asistencia. Lo comparó con los datos de eventos anteriores en otra hoja del mismo informe. Haciendo una revisión visual del lugar, empezó a escribir en una libreta azul con bordes dorados que siempre llevaba consigo. «Una considerable representación de cada una de las tres divisiones prin- cipales del ejercito están aquí. La rama de Soporte se ve algo tímida; no se requiere mucho para blandir una espada, pero si se trata de estudiar para ser un médico, todo el mudo se queja; por eso siempre estaremos por debajo del mínimo recomendado. La rama de Explo- ración muestra unos números saludables. Calidad y cantidad en mé- tricas. Ahora bien, la sobrepoblada rama de combate fluctúa, como siempre. Usualmente un tercio muere en combate y es remplazado con un tercio de nuevos ingresos. Se ha vuelto una costum… Un momento. ¿Qué hace un Lakisharai en estas filas? Esto va a alterar los resultados de…»

─Disculpe, señor ─le interrumpió una joven voz femenina─. Es

usted Mi… Mir de Lafar.

El científico intentó evitar sentirse ofendido por tal pregunta. Giró sus ojos hacia la derecha sin mover su cabeza. Vio a una ado- lescente con la armadura mal colocada y bañada en sudor frío.

─Suri Bligart ─dijo sin dejar de mirarla─ eres nueva aquí. Lo más probable es que te hayan encargado alguna tarea sencilla para que conozcas a las personas con las que vas a trabajar.

─Sí... Sí... Señor… ¿Cómo supo que…? ─no pudo evitar el tem- blor en su voz.

─Mi trabajo es saber cosas. Ahora al punto. Hay algo que te han

enviado a entregarme. ¿No es así?

─Sí, señor. Un mensaje o algo así. Me dijeron que hiciera esto y que usted entendería. ─La joven le mostró la palma de la mano abierta luego encogió sus dedos hasta cerrar su puño por completo.


─Gracias. ─Retornó la mirada a sus reportes y continuó sacando conclusiones en su mente. Sin embargo, la joven no se iba. Así que prosiguió a indagar más.─ Estoy seguro de que quedó claro que tu misión ha terminado. Felicitaciones. Tu primera misión dentro del ejército. Ahora puedes ir a completar tu segunda y dejar de mirarme así.

─Perdone usted, pero es que tengo una pregunta. Antes de venir aquí escuché rumores sobre usted. El más frecuente era su obsesión con el trabajo. Y solo quería saber si había alguna recompensa por trabajar doble turnos o algo así.

Mir no pudo evitar soltar una ligera sonrisa al sentir la ingenuidad de la novata. Así que decidió ser un poco más amable y explicarle.

─Mira niña, ser un científico al servicio del reino no tiene por qué ser un trabajo agotador, pero me lo tomo muy en serio. Mis am- biciones personales hacen de mi trabajo, un pasatiempo que nunca empieza ni termina. No hago esto por dinero o alguna recompensa que el rey pueda otorgarme. Es mi placer.

─ ¡Ah! Por eso. Tiene sentido. Sí. ─Hizo un intento mediocre por hacerse la que entendió, aunque era obvio para Mir que no.─ Bueno. Ya me retiro, señor. Disculpe usted.


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