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Genios de la Estrategia Militar Volumen XI



CREADORES DE LA ESTRATEGIA MODERNA


EL PENSAMIENTO MILITAR DESDE MAQUIAVELO A HITLER

TOMO II

SECCIÓN IV y V





Traducción de:

Makers of Modern Strategy

Military thought from Machiavelli to Hitler




www.luisvillamarin.com



Ediciones LAVP














Genios de la Estrategia Militar, Volumen XI

Creadores de la Estrategia Moderna, Tomo II, Secciones IV-V

© Edward Warner y otros

Primera Edición 1974

Imprenta y Publicaciones de las Fuerzas Militares de Colombia

Segunda Edición, 2018

© Ediciones LAVP

Cel 9082426010

New York-USA

ISBN: 9780463125434

Smashwords Inc.




Hecho el depósito legal en Colombia. Sin permiso escrito del editor, no se podrá publicar ni parcial ni totalmente esta obra, por medios físicos, electrónicos, de audio, video, o reprográficos. 




ÍNDICE

De la Primera a la Segunda Guerra Mundial

Churchill, Lloyd George, Clemenceau: La aparición del civil

Ludendorff: El concepto Alemán de la Guerra Total

Lenin, Trotsky y Stalin: Conceptos de Guerra Soviéticos

Maginot y Liddell Hart. La Doctrina de la Defensa

Haushofer: Los Geopolíticos

Guerra en el Mar y en el Aire

Mahan: Evangelista del Poder Naval

Doctrinas Continentales del Poder Naval

La Estrategia Naval Japonesa

Douhet, Mitchell, Seversky: Teorías de la Guerra Aérea

Epílogo Hitler: El Concepto Nazi de la Guerra







SECCIÓN IV

DE LA PRIMERA A LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

CAPITULO XII

CHURCHILL, LLOYD GEORGE, CLEMENCEAU: LA APARICIÓN DEL CIVIL

Por Harvey A. De Weerd

La forma democrática de gobierno y la filosofía de la vida, presentan problemas de responsabilidad, organización y control militar, que eran prácticamente inexistentes en la época de las monarquías. Para empezar, los mejores cerebros y los hombres más emprendedores de los Estados democráticos, rara vez se sienten atraídos por la profesión de las armas.

Tocqueville, escribiendo sobre los Estados Unidos y refiriéndose a un etapa inicial de nuestra historia, observó que "lo más caracterizado del país rehúye la profesión militar, porque esa profesión no es bien considerada, y la profesión no es bien considerada por que lo mejor del país ha dejado de tener interés en ella" .

Además, la separación de los poderes y el sistema de represión e igualdad tan importantes en impedir la posible aparición de un tirano, implicaban desventajas para la eficiente administración y exitosa conducción de la guerra que aumentaban a medida que las operaciones se tornaban más complejas.

Es así como mientras los elementos civiles de los Estados democráticos rehuían en su gran mayoría la vida militar y solo en forma reluctante se interesaban por los problemas militares, que toda guerra importante en que se vieron envueltos trajo consigo dificultades tan grandes, y reveló defectos tan manifiestos en su administración de guerra, que generalmente acompañaron o siguieran a esos esfuerzos militares reformas de carácter absoluto .

En una democracia, la responsabilidad fundamental del elemento civil en cuanto a supervisión de los asuntos militares, descansaba, como lo puntualizaron Madison y otros pensadores norteamericanos de épocas pasadas, en la obligación primordial del gobierno de proteger al Estado .

El "control" civil en los asuntos militares de una democracia no podía ser abdicado sin poner finalmente en peligro la soberanía del pueblo. La evolución gradual del "control" de la política militar de los Estados Unidos por el Congreso, que viene realizándose desde la ratificación de la Constitución hasta la aprobación de la Ley de Defensa Nacional de 1916, señala sin embargo, lo poco dispuesto que el gobierno nacional estuvo, para actuar con la autoridad y responsabilidad involucradas en la facultad constitucional de "crear y mantener ejércitos", acordada por el Congreso .

De tener los elementos civiles que controlar la política militar, esto implicaría una responsabilidad ineludible de tener que extenderse más allá del simple apoyo financiero y legislativo, para controlar o participar, en forma más o menos directa, en las operaciones militares mismas.

Así las cosas, el civil se inmiscuiría en la tradicional esfera de acción del soldado profesional y crearía de este modo un vasto campo de controversias y de fricción de carácter civil-militar. De no ser las consideraciones políticas, por sí mismas, lo suficientemente poderosas como para obligar una creciente participación civil en los asuntos militares, actuarían otros factores tales como la orientación técnica, capaces de lograr los mismos fines.

Oswald Spengler observó que la técnica de guerra seguía en forma vacilante el progreso de la habilidad de los artesanos hasta el comienzo de los tiempos modernos, cuando súbitamente obligó a, poner a su disposición todas las posibilidades mecánicas. Veía una estrecha relación en el hecho de que la pólvora y la imprenta entraran a emplearse casi al mismo tiempo; de que la reforma contemplara los primeros volantes y cañones de campaña; y de que la primera lluvia de folletos políticos tuviera lugar casi al mismo tiempo que la gran concentración de fuego de artillería en Valmy .

Una relación aún más íntima entre la guerra y los perfeccionamientos técnicos siguió a la revolución industrial, que hizo posible vestir, armar y aprovisionar las masas de los ejércitos inspirados por la revolución francesa. La fabricación de maquinarias hizo posible la existencia de esos ejércitos; el ferrocarril les dio movilidad en un grado hasta entonces inconcebible. Según un observador Su fomento produjo una revolución, pero muy grande, en la base física del manejo de los ejércitos: de un alcance no menor del que en el mar trajo aparejado, la substitución de la vela por el vapor" .

"Esta revolución mecánica se hizo sentir en la guerra de Italia del año 1859, pero indiscutiblemente se puso en evidencia en 1862, cuando tuvo lugar la hazaña de Haupt al ordenar el traslado por ferrocarril de dos cuerpos de ejército desde el Potomac hasta Nashville; traslado que se realizó en una semana. En el año 1870 los ferrocarriles permitieron al mayor de los Moltke desplegar 400.000 hombres sobre la frontera francesa en el término de 16 días, y al Moltke más joven, concentrar en 1914 cuatro veces ese número de tropas dentro del mismo espacio de tiempo .

Aunque la creciente relación de dependencia entre las funciones militares e indus-triales no se evidenció de inmediato, los siglos diecinueve y veinte fueron testigos de una creciente participación de los elementos civiles de la sociedad en la preparación y conducción de la guerra. Fue una previsión de este desenvolvimiento lo que llevó a Engels a preguntar: "¿Quién llevó al ejército las victorias de la revolución francesa? No fueron los generales; sino el poder civil" .

El profesor Wright ha dividido la historia de la guerra del siguiente modo, en una serie de períodos razonables: a) La adopción de las armas de fuego (1450-1648); b) El período de los ejércitos profesionales y de las guerras de dinastías (1648-1789); c) La capitalización de la guerra (1789-1914); d) La totalitarización de la guerra (1914-1942) .

Durante los dos últimos períodos hubo una orientación definida hacia la mecanización de la guerra, hacia el aumento en grandor de los ejércitos, hacia la militarización de la población, hacia la nacionalización del esfuerzo de guerra, y hacia la intensificación de las operaciones militares .

A pesar de que la conducción de la guerra en tiempos pasados fue principalmente incumbencia de almirantes y generales, el problema de orientar todos los recursos de una nación hacia un objetivo definido, era demasiado vasto para ser manejado eficientemente por una sola clase de líderes. Se había convertido en la responsabilidad de todo el pueblo y del gobierno .

Así todo, la falta de interés de los líderes civiles en cuanto a asuntos militares, juntamente con una amplia apreciación de que la paz constituía la situación permanente y normal de la sociedad, hicieron que los elementos civiles estuvieran mal preparados para asumir en la guerra el papel activo y creciente, que el progreso técnico e industrial hacían inevitable.

Dado que la capacidad de hacer la guerra está íntimamente ligada con la naturaleza misma del gobierno, era inevitable que los países democráticos, con métodos de control descuidados y una menor organización centralizada sufrieran desventajas cuando se veían incitados a luchar contra países más estrechamente organizados pero menos democráticos.

La filosofía de paz que propugnaban algunas de las democracias se opuso a la adopción de medidas que les hubiera permitido movilizar y orientar sus esfuerzos militares siguiendo el camino que señalaban la tecnología progresista y las condiciones modernas.

A eso se debe que mientras muchos Estados continentales europeos estructuraban sus organismos principales para dirigir la actividad militar siguiendo el modelo del Estado Mayor General prusiano-alemán, Gran Bretaña y los Estados Unidos retardaran hasta el siglo veinte la implantación de un sistema semejante de "control" y planificación militar.

El temor del establecimiento de un organismo así, que hacía probable comprometerlos en preparativos específicos de guerra ─de ahí que creyeran en la guerra─, influyó en impedir una más pronta adopción del sistema de Estado Mayor General a pesar de sus evidentes ventajas .

De este modo ni en Gran Bretaña ni en los Estados Unidos existía una organización que planificara y coordinara la acción militar y que gozara de algo parecido al prestigio de los antecedentes históricos o autoridad del Gran Estado Mayor General alemán.

En muchos aspectos, la Guerra de Secesión fue un anticipo de la Gran Guerra de 1914 a 1918. Vio el empleo de ejércitos en masa, de ferrocarriles, telégrafos, buques blindados, artillería sobre vías férreas, globos, cañones Gatling, fusiles de repetición, trincheras y defensas de alambradas de púa. En cierto sentido, la Guerra de Secesión fue la primera guerra moderna del material.

Las industrias del Norte superaron mucho en importancia y características militares a las del sur. Máquinas tales como la segadora mecánica que dejó libres para el servicio militar a los agricultores y al mismo tiempo permitían a Estados del Norte apoderarse de los mercados de granos de Europa, fueron factores de considerable importancia en el resultado final de la guerra.

El rápido desarrollo de la potencia de fuego de las armas modernas abrigaba la esperanza de llevar a los soldados a ocupar trincheras . A menos que se obtuvieran decisiones en las etapas iniciales de la guerra, se llegaría fatalmente a una lucha de agotamiento. Estas enseñanzas se vieron reforzadas por la Guerra de los Boers y la Guerra Ruso-Japonesa.

En 1914 los planes militares de los Estados Mayores Generales europeos contemplaban, sin embargo, una guerra de movimiento tradicional en la que la maniobra llevaría el conflicto a una decisión. Con la sola excepción de Lord Kitchener, los dirigentes profesionales compartían unánimemente en su creencia, la idea de que la guerra terminaría en una cuestión de meses. Este punto de vista persistió hasta después de la Batalla del Marne (septiembre 6 al 9 de 1914), a la que siguió en el Oeste el recurso de la guerra de trincheras. Para principios de 1915 la línea de trincheras se extendía desde el mar hasta Suiza. Esto llevó a los beligerantes a una situación en la que no existían flancos que pudieran girar de la manera convencional y en la que una guerra de movimiento resultaba imposible.

Las trincheras, protegidas por ametralladoras y artillería, fueron muy pronto rodeadas por franjas de alambradas de púa, que tenían que ser destruidas mediante un prolongado bombardeo de artillería, y eliminaban el factor sorpresa. Con la sorpresa y el movimiento eliminados en el Frente Occidental, se llegó a una guerra de posiciones en la que las únicas alternativas eran el desgaste y el costoso recurso del ataque frontal .

II

En 1915 el material pasó a ser el factor decisivo de la guerra. Las exigencias de la guerra de trincheras en toda clase de equipos y abastecimientos militares excedieron todas las expectativas anteriores. No tardó en resultar evidente que en semejante lucha los líderes militares profesionales no podían organizar y distribuir los recursos nacionales en forma eficiente . Se requería una cooperación entre los líderes tanto militares como civiles en un grado hasta entonces nunca alcanzado en la guerra. Por tratarse de una guerra de coaliciones que se desarrollaba en vastos teatros de operaciones, requería también para su dirección el concurso de la mente y de las energías civiles.

Con el riesgo de incurrir en una exagerada simplificación, puede decirse que la guerra de 1914 a 1918 presentó dos problemas de solución difícil. Uno consistió en cómo prepararse eficientemente para una guerra de material, El otro en cómo coordinar el esfuerzo militar en una guerra de colación moderna. Ambas a dos y por la naturaleza de las cosas, estas tareas podían ser cumplidas más eficaz y rápidamente, más bien por el elemento civil del Estado que por el militar.

Ni siquiera una monarquía como la del imperio alemán encontró que no podía hacer la guerra de 1914 a 1918 sin la ayuda de importantes elementos civiles. El Dr.

Walther Rathenau debe contarse entre los primeros civiles de Alemania que previeron todas las complicaciones que reportaría la guerra de trincheras y la lucha por el material que sobrevinieron.

Director de la Electrochemische Werke, de la Allgemeine Elektmzitáts-Gesettschaft y otras cien firmas, había intervenido en el establecimiento de grandes empresas en muchas partes del mundo. Su conocimiento de los procesos de fabricación y sus amplias relaciones con países y gente fuera de Alemania le proporcionaron una perspectiva infinitamente más amplia que la del oficial medio de Estado Mayor.

Se percató de que en su esencia la guerra era en realidad una gigantesca empresa de movilidad, de abastecimiento, de alimentación y de cuidado de una multitud de hombres dedicados a una obra más bien destructiva que constructiva. La guerra moderna desgastaba el material mucha más rápidamente que las guerras anteriores.

Cuando la Batalla del Mame echó por tierra las esperanzas de Alemania de obtener una rápida victoria en el oeste, Rathenau vio la necesidad de conservar y organizar sus materias primas para la lucha más larga en perspectiva. Como lo expresara el profesor Shotwell:

"En lugar de tropas en marcha y del choque de ejércitos en el campo de batalla, tuvo una visión de altas chimeneas despidiendo humo y de resplandecientes hornos de fundición iluminando el cielo todo a lo largo desde Berlín hasta el Rin. Esto tal como él lo veía, era el elemento vital en la guerra moderna" .

Rathenau no fue el único industrial o economista que alcanzó a ver las palabras bíblicas escritas en la pared. Se sabe que a principios de 1914, Arthur Dix envió a Moltke un memorándum insistiendo sobre la necesidad de disponer de un Estado Mayor General Económico. Se dice que Moltke le contestó: "No me moleste con la economía, estoy ocupado dirigiendo la guerra" .

Rathenau tuvo más éxito con el general Falkenhayn, quien era ministro de guerra en 1914 y pasó a ser sucesor de Moltke después de la derrota del Marne. Consiguió convencer a Falkenhayn de que una movilización total y un empleo sistemático de las materias primas alemanas eran requisitos previos para una feliz continuación de la guerra. A fines de 1914 estableció una organización denominada la Kriegsrohstoff-Abteilung con un primer directorio, integrado por tres personas, y la labor de su repartición se volvió tan importante que en 1918 era la mayor dependencia del ministerio de guerra . Su obra, juntamente con la del Dr. Fritz Haber, cuyo talento en química y en ingeniería permitió a Alemania poder hacer frente a sus necesidades en altos explosivos una vez cortadas las importaciones de nitratos chilenos por el bloqueo británico, fueron factores en extremo importantes en la resistencia contra una coalición suma -

mente superior en recursos y potencial humano, con que Alemania contó durante cuatro años. Así todo, la producción de la industria de Alemania entre 1914 y 1918 fue descorazonadora para Rathenau, y no pudo impedir el derrumbe de ese país.

La enseñanza evidente a ser deducida de la derrota alemana fue que para una futura guerra de revancha se requeriría un "control" más completo de todas las industrias y recursos, incluyendo el potencial humano.

La economía de guerra fue celosamente estudiada en la Alemania de posguerra, y aún antes de la terminación de la guerra Rathenau vio que eran inminentes grandes cambios en la estructura social económica de Alemania .

Estos cambios tendían hacia el socialismo en la paz y la autarquía militar en la guerra. Las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial fueron reunidas en el Estado Mayor General Económico creado y presidido por el general George Thomas, y fueron los verdaderos y principales motivos del famoso Plan de los Cuatro Años de Göering .

En Gran Bretaña ciertos hombres como sir David Lloyd George y Winston Churchill lucharon por resolver los problemas militares, industriales y políticos que involucraba la guerra de material de 1914 a 1918.

Actuaban en una democracia parlamentaria, sometida a las restricciones y desventajas inherentes a ese sistema de administración de guerra. En consecuencia, su contribución al pensamiento y conducción de la guerra merece ser tratada con un detalle algo mayor que la de Rathenau.

En cuanto a guerra, Lloyd George carecía de ilustración y experiencia: su vida había sido dedicada enteramente a los problemas sociales, legales y políticos. Mr. Churchill había pasado por un breve período de adiestramiento en Sandhurst y había prestado servicios en la India; y eso lo condujo a abrazar la profesión de corresponsal de guerra, historiador y político.

Durante la Guerra con los Boers, Lloyd George se había destacado como crítico del imperialismo, y después de esa guerra su pasión por la legislación social lo llevó a oponerse a todo presupuesto militar y naval abultado .

Churchill, por el contrario, se vio directamente relacionado con los asuntos navales después de 1911 y se sintió con títulos suficientes para escribir un memorándum que dirigido al Consejo de Defensa Imperial, trataba el probable desarrollo de una invasión alemana a Francia en el momento de la crisis de Agadir .

Ambos hombres se vieron envueltos en los acontecimientos de 1914 a 1918 a través de sus cargos oficiales. En 1914, Lloyd George fue Canciller del Exchequer (Ministro de Hacienda) y Churchill Primer Lord del Almirantazgo.

Cuando en 1914 estalló la guerra, Churchill interpretó sus funciones de Primer Lord del Almirantazgo en la forma más amplia posible. Escribió al respecto: "Acepté toda la responsabilidad en cuanto a lograr resultados exitosos, y en tal sentido ejercí una atenta supervisión general sobre todo lo que se hacía o se proponía hacer. Más aún, reclamé y ejercí un poder ilimitado de sugestión e iniciativa de todo orden, sujeto únicamente a la aprobación y acuerdo del Primer Lord del Mar en lo concerniente a toda orden operativa" .

La disposición de Churchill para aceptar responsabilidades, su rapidez de percepción, y su brillante oratoria, lo hacía moverse entre sus más calmosos colegas de gabinete, "como una pantera entre focas". Su cargo lo puso enseguida en contacto íntimo con todas las fases de la guerra. No satisfecho con "controlar" los mares, se aventuró también en los dominios de la estrategia militar.

El 5 de septiembre de 1914, envió un memorándum a Lord Kitchener sugiriéndole el traslado de dos cuerpos de ejército ruso de Arcángel a Ostende para atacar las comunicaciones alemanas . Tomó parte personalmente en la defensa de Amberes y urgió la necesidad de un plan para conseguir países aliados en los Balcanes . De ese modo, un civil emprendedor, jefe de uno de los ministerios del gobierno, pasó a ser en cierto sentido, un Estado Mayor General voluntario.

Tanto Churchill como Lloyd George reconocieron el significado del estancamiento en las trincheras de Francia de 1915, pero dedujeron de ello conclusiones ligeramente divergentes. Para Churchill el problema se resolvería por sí mismo mediante el restablecimiento de la maniobra. La ametralladora atrincherada presentaba un problema mecánico frente al cual las doctrinas militares existentes resultaban anticuadas. En tal sentido, escribió:

"Las batallas se ganan con la matanza y la maniobra. Cuanto más hábil es el general, tanto más contribuye en el éxito de la maniobra, y tanto menos exige en matanzas. La teoría que ha exaltado llevando al primer plano a la Battaille d'usure o sea "La batalla de agotamiento", es contradicha por la historia y sería rechazada por los grandes capitanes del pasado.

Casi todas las batallas que son consideradas como obras maestras en el arte militar y de las cuales han derivado la formación de Estados y la fama de los comandantes, han sido batallas da maniobras en las que el enemigo muv a menudo se ha sentido vencido por algún novel recurso o invento, o por alguna embestida o estratagema extraña, rápida e inesperada.

En muchas de tales batallas, fas pérdidas de los vencedores han sido pequeñas. Para la formación de un gran comandante se requiere no solamente un sólido sentido común y poder de raciocinio, no solamente imaginación, sino también un elemento de prestidigitación; un golpe original y siniestro que deje al enemigo tanto perplejo, como vencido. La razón por la cual la profesión militar está tan bien considerada es debido a que se atribuye a sus líderes militares la posesión de esos dones que les permiten asegurar la victoria y salvar vidas. De no ser su arte más que un procedimiento pesado de lucha de vida y de recuento de sobrevivientes al final, ocuparían los militares un lugar mucho más bajo dentro de la estimación humana...

"El peligro mecánico (el torpedo y la ametralladora) debe ser vencido por un medio mecánico. Una vez logrado, tanto la flota más poderosa como los ejércitos más poderosos, recuperarán sus propiedades ofensivas normales. Hasta tanto eso ocurra, ambos lucharán en vano y todos padecerán" .

Churchill arribó a la conclusión de que la solución del problema residía en interponer una delgada protección de acero entre el buque y el torpedo y entre el pecho del soldado y el proyectil de la ametralladora. Buscó salir del punto muerto existente en Francia, estableciendo nuevos teatros de operaciones en el cercano Oriente y en los Balcanes. Lloyd George no se preocupó por los aspectos militares de la guerra hasta que hubo terminado con las medidas financieras requeridas por la transición del estado de paz al de guerra. Recién entonces su mente activa comenzó a explorar en la organización militar y en el programa que su ministerio estaba financiando. Lo que descubrió lo llevó a tomar una parte cada vez más directa en la preparación y finalmente en la dirección de la guerra misma.

La guerra se le presentó como una lucha por el material, y a su entender el sistema de abastecimiento del ministerio de guerra se veía obstruido por los tradicionales métodos reaccionarios. Al estallar la guerra se encontró con que toda cuestión de abastecimiento del ejército británico, hasta llegar a los contratos de sastrería, estaban "celosamente llevados por el ministerio de guerra" .

Lord Frech, el primer comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica, y Haig, su sucesor, eran oficiales de caballería: Kitchener era un oficial de ingenieros. Tuvo la sensación de que ninguno de estos generales o muy pocos en Europa, habían previsto por análogas razones, la magnitud de las necesidades en abastecimientos que exigía la guerra de trincheras . Tardaron en reconocer los cambios que las nuevas armas y los nuevos métodos hicieron inevitables. Al principio rechazaron los pedidos de granadas de alto explosivo a cambio de las granadas comunes shrapnel.

Lloyd George no culpó al ministerio de guerra por carecer de la adecuada previsión en cuanto a munición y equipo para las numerosas fuerzas que se vio eran necesarias para seguir la guerra, pero sí lo acusó de "torpeza mental por no estar al día con los adelantos modernos en materia de munición y de maquinarias para la producción de municiones .

Lo hizo responsable de no haberse dado cuenta de que la guerra en el siglo veinte sería en gran parte una lucha entre químicos y fabricantes. Cuando en octubre de 1914 insistió en que debía aumentarse la capacidad de producción de las fábricas de armamentos existentes, el director general de armamentos rehusó emplear los fondos a su disposición, basándose en que las firmas en cuestión no habían solicitado ayuda .

El ministerio de guerra conservaba su creencia de la época de preguerra: que solo los arsenales y unas cuantas firmas con experiencia eran capaces de producir buenos equipos militares.

En un memorándum de fecha 22 de febrero de 1915, Lloyd George hizo notar que la gran esperanza de la causa aliada tenía por base su superioridad en recursos industriales . De ser esos recursos rápida y totalmente empleados y llevados a coordinar el esfuerzo militar de los aliados, la victoria sobre las potencias centrales estaba asegurada. Hizo resaltar repetidamente la necesidad de movilizar todos los recursos industriales para la producción de" guerra.

A todas sus sugestiones tendientes a mejorar el problema de las municiones se le opusieron un sin fin de objeciones y obstáculos militares. Ese estado de cosas continuó hasta que la controversia de los Dardanelos produjo en 1915.un sacudimiento político cuyo resultado fue la creación de un ministerio de municiones con Lloyd George a su cabeza.

Las ideas de Churchill sobre el estancamiento de la guerra de trincheras y la falta de coordinación entre los aliados, fueron condensadas en un memorándum al primer ministro, de fecha 24 de diciembre de 1914. Escribió, así:

"... Creo es bastante posible de que en el teatro de operaciones occidental ninguno de los bandos dispondrá de la fuerza suficiente para penetrar en las líneas del otro... Sin pretender que esto pueda crear una realidad, mi impresión es que la posición de ambos ejércitos no es probable que experimente un cambio decisivo cualquiera, aunque no hay duda de que varios cientos de miles de hombres serán sacrificados para satisfacer en este asunto el punto precisamente militar”

"En el supuesto de que estas apreciaciones sean correctas, surge el interrogante de ¿cómo deberemos nosotros emplear nuestro creciente poderío militar? ¿No hay otras alternativas que las de enviar nuestros ejércitos a roer alambradas en Flandes? Además, ¿no puede llevarse el poder de la marina de guerra a presionar más directamente sobre el enemigo? De ser imposible o por demás costoso atravesar las líneas alemanas en los frentes actuales, ¿no debiéramos atacarlo en nuevas fronteras a medida que fuéramos disponiendo de nuevas fuerzas, y permitir que los rusos hicieran otro tanto?

"... Los aliados actúan casi independientemente. Se podría ahora trazar planes, para ser ejecutados en abril y mayo, que ofrecerían buenas perspectivas de llevar a la guerra a una etapa decisiva tanto en tierra como en el mar. No debiéramos dejarnos estar”

“Debiéramos considerar ahora, mientras hay tiempo, el alcance y carácter que deseamos dar a la guerra para principios del verano. Debiéramos concertar nuestra acción con nuestros aliados, y particularmente con Rusia. Debiéramos trazar un plan para una ofensiva continuada y progresiva, y estar preparados para esta nueva alternativa cuando los ataques frontales directos contra las líneas alemanas en Francia y Bélgica hayan fracasado si es que tal cosa ocurre, lo que creo sucederá...." .

Cuando ninguna otra alternativa inmediata parecía existir cerca, Churchill encomendó a la marina de guerra la realización de un ataque a los Dardanelos, que el 18 de marzo de 1915 condujo a un costoso revés naval, y finalmente a una sangrienta e infructuosa tentativa por parte del ejército de apoderarse de la península de Calípoli. Este fracaso dio pie a una acalorada controversia acerca de la dependencia de relaciones entre el Primer Lord del almirantazgo y su asesor profesional. El cargo en general consistía en que Churchill había hecho caso omiso de la opinión del almirante Lord John Fischer, Primer Lord del Mar, quien renunció a su cargo en protesta por las pérdidas sufridas en los Dardanelos.

Todo el problema de cómo introducir el pensamiento civil en la esfera militar quedó circunscrito a las relaciones entre dirigentes civiles del gobierno y sus asesores militares profesionales. El sistema de la responsabilidad de los civiles con pleno "control" militar de las operaciones en los resultados militares a que en estas se llegara, obraba solamente cuando los asesores militares eran técnicamente competentes y estaban al día con los conocimientos de la época.

El sistema fallaba y era seguido de serias controversias cuando estos asesores, basándose en estrechos razonamientos profesionales, se negaban a reconocer las enormes potencialidades de la ciencia y de la industria, y se aferraban a un programa estratégico que eran incapaces de defender en debates con los políticos más avezados .

III

El desastre de los Dardanelos le costó a Churchill su posición de Primer Lord del Al-

mirantazgo, y durante un tiempo quedó relegado a un puesto sinecura, el de Canciller del Ducado de Lancaster. Así todo antes de dejar el Almirantazgo tuvo que poner en ejecución un proyecto que había de producir la innovación táctica más importante de la guerra: la creación del tanque.

Mediante fondos del almirantazgo, había ordenado la construcción de un tractor oruga, con coraza, armado con ametralladoras y destinado a atravesar el terreno quebrado del campo de batalla. En un memorándum dirigido a Lord French el 3 de diciembre de 1915, trató el empleo de dicho vehículo . El primer tanque tuvo todos los inconvenientes de una nueva invención, pero con el tiempo produjo una revolución en la táctica.

De ahí que a pesar de la importancia de los servicios prestados por Churchill como ministro de municiones de 1916 a 1918, el tanque y todo lo que de él resultó, debe ser considerado como su mayor contribución a la historia militar de ese período.

Mucha gente intervino en el perfeccionamiento del tanque; pero es evidente que el principal motivo para el empleo de esa máquina, que en este caso es el motor a combustión interna y estuvo llamado a vencer los impedimentos del terreno en los campos de batalla de 1914 a 1918, provino de la mente de un civil.

Durante los años de la guerra, Churchill escribió a los líderes militares y políticos de Gran Bretaña innumerables memorándums en los que demostraba poseer una comprensión poco común de los problemas estratégicos y una notable visión en cuanto a los futuros acontecimientos. En 1917, por ejemplo, hizo una apreciación sobre las limitaciones y posibilidades de los aviones militares demasiado extensa para -ser citada aquí, que puso de manifiesto una visión profética del empleo futuro de esa arma .

Años más tarde y con mirada retrospectiva, Churchill, desde la destacada posición de 10 Downing Street (Ministerio de Relaciones Exteriores) y en medio de una guerra más llena de sorpresas militares y de problemas que la del 1914 a 1918, recapituló su experiencia en el campo de la administración militar con las siguientes palabras: "La guerra moderna es total, y para su conducción es necesario que las autoridades técnicas y profesionales sean apoyadas, y si es necesario, dirigidas por los jefes del gobierno, quienes tienen la capacidad de poder abarcar no solamente a las fuerzas militares, sino también a las políticas y económicas en acción, y quienes tienen además el poder que permite concentrarlas para la obtención del fin perseguido" .

Una vez tomada la decisión de atacar a los Dardanelos en 1915, Lloyd George lo apoyó con toda su energía, y no porque pensara que era la región más promisoria para una acción militar aliada, sino porque evitaba se cometiera el error de atacar al enemigo en su punto más fuerte. Se opuso a las ofensivas en el Frente Occidental basado en que los aliados no disponían de poder suficiente para tener éxito en tales acciones. El fracaso aliado de so correr a Serbia en 1915, aumentó sus dudas acerca de la capacidad de Kitchener en la esfera estratégica.

Como ministro de municiones en 1915, tuvo la sensación de que los planes elaborados en el ministerio de guerra para la organización y armamento de las nuevas divisiones eran totalmente inadecuados. En consecuencia, se abocó a la tarea de proveer cañones en la proporción de un 25 por ciento mayor que lo estimado por el ministerio de guerra, y proyectó que con esa mayor proporción de equipo fueran armadas 100 divisiones en lugar de las 70 que figuraban en el programa del ministerio de guerra .

Cuando Lord Kitchener estableció que el número de ametralladoras requeridas por cada batallón era de 2, Lloyd George le dijo a Geddes: “eleve ase número al cuadrado, multiplique el resultado por dos y cuando tenga eso a la vista, duplíquelo para que tengamos buena suerte” . También intervino en la práctica normal de la adopción de un tipo de armas para el ejército, ordenando la provisión de 1000 morteros Stokes, a pesar de la oposición del ministerio de guerra.

Vemos así como dos líderes civiles, tanto Churchill como Lloyd George, presionando sobre una institución militar recalcitrante la obligaron a modificar su sistema doctrinario mediante una verdadera afluencia de armas nuevas. Lloyd George insistió repetidas veces en la necesidad de coordinar la acción militar interaliada. A este respecto escribió después de la guerra: "La verdadera debilidad de la estrategia aliada residió en que esta nunca existió. En lugar de una gran guerra con un frente unido, existieron por lo menos seis guerras separadas y distintas, cada una de ellas con una estrategia distinta e independiente.

Hubo cierta intención en regular el tiempo para asestar los golpes desesperados con una simultaneidad más bien aproximativa. El calendario constituyó la única base en la estrategia interaliada... No existía una verdadera unidad de concepción, de coordinación de esfuerzo o de agrupación de recursos, realizada de manera tal que permitiera asestar al enemigo los golpes más fuertes en su punto más débil.

Para ello había que dirigir tantos ejércitos de distintas nacionalidades, cada uno de ellos con su propia estrategia y sus propios recursos. No existía noción en cuanto a la distribución de hombres, cañones o munición en forma tal de que produjeran el mayor de los resultados con los recursos aliados disponibles tomados en conjunto.

No se realizó un verdadero esfuerzo para juntar los cerebros con miras a estudiar la situación en todos los vastos campos de batalla y decidir dónde y cómo podían asestarse al enemigo los golpes de mayor efecto. Antes de 1917, ningún general que actuaba en el Frente Este había tomado contacto siquiera una vez, con un líder militar importante del Oeste. Las conferencias de dos días de duración de los grandes Generales que tuvieron lugar hacia fines de cada otoño para determinar la campaña a seguir el año siguiente, resultaban ser reuniones de apretones de manos y nada más.

Todos ellos concurrían a la conferencia con sus planes en el bolsillo. Nada había para discutir. Era imprescindible crear un organismo que estableciera un pensamiento común...” .

Los esfuerzos realizados para unificar el comando o colocar los comandos británicos bajo el "control" francés para las operaciones específicas, tuvieron que hacer frente, así todo, a la decidida oposición del Jefe del Estado Mayor General Imperial y del Comandante en Jefe británico en Francia. Esta controversia, que corría paralelamente con la disputa Lloyd George-Haig-Robertson respecto del "control" estratégico de la guerra imperial, empeoro aún más las relaciones entre el primer ministro y el alto comando. Los Generales consideraban que cualquier tentativa de establecer un comando único era una maniobra oculta para disminuir su propia autoridad.

Pudieron impedir su implantación apelando a los sentimientos nacionales y aún a fundamentos constitucionales. Finalmente, el desastre de marzo de 1918 obligó a la adopción del comando único en Francia Los líderes profesionales militares se opusieron a muchas de las sugestiones de Lloyd George con el argumento aplastante de que lo que proponía era técnicamente imposible. La adopción del sistema de convoyes para la protección antisubmarina fue un ejemplo. A ese respecto escribió:

"Las dificultades experimentadas por el gabinete de guerra en abordar este problema son inherentes a todas las operaciones de guerra, cuando la opinión de los civiles choca con la de los expertos. La ciencia y estrategia navales son asuntos muy fuera del alcance de los profanos y la aureola de autoridad resplandecía sobre los dirigentes del Alto Comando Naval. Cada vez que yo insistía en la adopción del sistema de convoyes, me encontraba, como lo he expresado, con el indiscutible razonamiento de que los expertos del Almirantazgo sabían por razones técnicas que ello era imposible. Eso, por supuesto, era un argumento muy difícil de rebatir.

"Una insistencia por su parte de unas pocas semanas más en su negativa de escuchar el consejo de los de afuera, habría significado una ruina irreparable para los aliados... No fue la primera vez en esta guerra que se aprendía la lección forzadamenteque ninguna gran empresa nacional puede ser cumplida con éxito en la paz o en la guerra, si no es mediante una cooperación desinteresada y leal entre el experto y el profano ofrecida libremente por ambos, y aceptada cordialmente por ambos" .

A medida que la guerra transcurría se hizo notar una tendencia, observada hasta por los soldados, de que los organismos directores profesionales militares, no solamente se consideraban libres de interferencias por parte de los organismos civiles con quienes tenían que cooperar para alcanzar el éxito, sino que en cierto sentido también se creían por sobre la nación misma. El capitán Peter Wright escribió:

"Este gran engaño, al final emancipa de todo "control" a todos los Estados Mayores Generales. Ellos ya no viven más para la nación; la navegación vive o más bien muere por ellos.... Lo que les interesa a estas organizaciones semi-soberanas es saber si el querido viejo Willie o el pobre viejo Harry los dirigirá o si el partido de Chantilly prevalecerá sobre el del Boulevard des Invalides... Dos ramas de un Estado Mayor pueden volverse más hostiles entre sí que para con el enemigo..." . Cuando Lloyd George hizo en 1917 la apreciación total de la situación aliada concluyó diciendo:

"El error fundamental de la estrategia aliada hasta el presente ha sido la negativa, por parte de su dirección de guerra, de aceptar el hecho de que el campo de batalla europeo es uno e indivisible. Un corolario de este error ha sido la concentración de los ejércitos más poderosos para el ataque de los frentes más poderosamente defendidos, mientras los frentes más débiles eran dejados a cargo de los ejércitos menos bien equipados" .

Sir William Robertson, que de 1916 a 1918 fue Jefe del Estado Mayor General Imperial, representaba el pensamiento militar de la escuela del Frente Occidental. En todos sus ataques con Lloyd George, él y Haig, cuyos puntos de vista eran similares, fueron apoyados por el Estado Mayor General francés, que veía gustoso que Francia siguiera considerándose como el principal teatro de la guerra.

Los miembros del Estado Mayor francés tenían muy poco interés en la importancia o en la comprensión del poder naval. Su respuesta universal a todas las sugestiones para la apertura de otro frente en cualquiera otra parte era: “C'est toujours une question de tonnage”. (Siempre es una cuestión de tonelaje).

Difícilmente pueden concebirse dos personas de ideas más divergentes que Robertson y Lloyd George. "Willy Robertson era un hombre rudo, corpulento y metódico, que a puro mérito y tenacidad había surgido desde las filas. En su larga y honrosa carrera había enfrentado todos los problemas con suma energía, aplicándola en la forma más directa sobre el objetivo a ser logrado o el obstáculo a ser vencido.

Al encontrarse frente a frente con el sistema de trincheras alemán en Francia, su reacción operativa fue característica.

Concentraría el esfuerzo militar británico en Francia. Haría eso bajo la convicción de que se ganaba la guerra si el ejército alemán en Francia era destruido. Habiendo decidido su teatro de operaciones, resistió sabia y porfiadamente toda tentativa de desviar los recursos británicos a otros frentes.

En el último punto, al menos, estuvo acertado. Como violatorios del principio fundamental de la concentración en el punto decisivo rechazó todos los esfuerzos de Lloyd George para convencerle de que la victoria podía ser alcanzada en otra parte a un menor costo. Calmoso para hablar, su mentalidad era aguda e inflexible. De disponer de tiempo, era capaz de producir sólidos y lógicos informes.

Solía tener tremendos arrebatos de cólera en los que "su cara se volvía color caoba, sus ojos se redondeaban por completo y sus cejas se proyectaban hacia afuera, como un bosque de bayonetas en una carga". Era capaz de aterrorizar a sus subordinados pero no pudo convencer al primer ministro de que el único camino para ganar la guerra consistía en armar a todo hombre y jovenzuelo y ver de que todos ellos se dedicaran a "matar alemanes" en el Frente Occidental.

Su contraparte en Francia, Sir Douglas Haig, "era bien versado en su profesión, con

una clara visión sobre un campo limitado, pero adolecía de la desventaja inherente a los hombres que saben lo que quieren y a dónde van, pero que reconocen carecen del don de la persuasión.

En sus escritos se expresaba clara mente y con énfasis. Un discurso vacilante, terminando en silencios acompañados de un movimiento hacia adelante de la mandíbula, que daba la impresión de que la terquedad más bien que la razón dictaban sus decisiones, lo colocaban en una situación pobre cuando debía enfrentarse con ministros" .

Ambos hombres dieron mucha importancia al concepto militar de la lealtad, aunque la interpretación que ellos le daban ha estado repetidas veces sujeta a críticas . Los dos hallaron molesta la personalidad y mentalidad de Lloyd George y tuvieron la sensación de que sus métodos de conducir la guerra ponían en peligro a la nación.

No podían negar su energía y determinación. En realidad nadie podía hacerlo. Como escribiera el capitán Wright: "A pesar de sus (los de Lloyd George) métodos tortuosos y subterráneos; de su inveterada atracción por los hombres bajos y sin escrúpulos; de la desconfianza que inspiraba a sus favoritos, aún en la cúspide de su favoritismo; de su mentalidad superficial, intrigante y apresurada ; esta definición del carácter, sin esfuerzo alguno de su parte, lo convirtió en el líder de la Alianza .

Así fueron los hombres que personificaron la lucha entre los elementos civiles y militares del Estado en Gran Bretaña durante los años 1916 a 1918. Tanto Lloyd George, como los generales trabajaron para la victoria con todas sus fuerzas y entendimiento, pero cada una de las partes estaba convencida de que la otra estaba equivocada, y un lenguaje inadecuado impidió a los militares llevar su caso a la mayor ventaja.

Las complicaciones vitales de la controversia Lloyd George-Robertson-Haig, se fundaron en el hecho de que el dirigente civil de la democracia británica se encontró el mismo incapaz de imponer su voluntad a los generales. En cierta medida esto obedeció a causas políticas, pero como otro tanto ocurría en otros países, particularmente en Francia en la misma época, la falla parece ser inherente al sistema.

Lloyd George se opuso con toda energía a la estéril ofensiva de 1917 en Passchendeaele; pero no fue capaz de pararla y tampoco lo suficientemente fuerte para arriesgarse a obtener el relevo de Haig y Robertson.

Debido a que los comunicados oficiales y diarios tendían a enaltecer a los militares en las mentes del ciudadano común, Haig y Robertson se hallaban demasiado apoyados por la opinión popular para poder ser relevados.

De ahí que Lloyd George se viera obligado a formar parte en un programa que por anticipado sabía había de fracasar. No fue sino después del desastre que forzó a los aliados a mejorar su maquinaria para hacer una guerra de coalición coordinada, que los hombres de Estado de Gran Bretaña y Francia se sintieron capacitados para lograr una implantación militar completa de sus sistemas.

La desgraciada ofensiva del general Nivelle ocurrida en Francia en 1917, ilustra todo

el complejo e increíble sistema de presiones que operan en un Estado democrático en guerra. Todos sus choques concomitantes de las autoridades civiles y militares están revelados en el brillante libro del general Spears: "Prelude to Victory" (Preludio de la Victoria).

Refiriéndose a la conferencia de Compiégne, que fue la única de las muchas necesarias para poner en ejecución el desgraciado plan Nivelle, escribió Spears: "La conferencia de Compiégne aparece cerno un monumento de la ineficacia de la democracia en guerra, de la impotencia de los ministros frente a los técnicos, y de su incapacidad para tomar una decisión ante las distintas opiniones profesionales...

El Primer Ministro y Painlevé controlaban al Gabinete de Guerra. Painlevé gobernaba al ejército. Tenían poderes para pasar por sobre el Comandante en Jefe en cuyo plan no tenían fe alguna; así todo fueron incapaces de señalar las fallas de ese plan o de sugerir alternativas e impotentes hasta para pedir que no se realizara.

El gabinete era supremo. Se veía en dificultades por su falta de conocimientos técnicos y encadenado a la opinión pública, la que conociendo su ignorancia en asuntos militares, se habría mostrado intolerante a toda intromisión civil en la esfera militar.

El 6 de abril de 1917, resume la terrible falta de capacidad de las democracias, que aun peleando por su existencia, son incapaces de liberarse así mismas" . Los desastres de 1918 obligaron finalmente a los aliados a aceptar una forma de unidad de comando que estuvo a cargo de Foch; y Robertson fue reemplazado por el General Wilson, que era más accesible al poder de persuasión de Lloyd George. En Versalles se comenzó a organizar una maquinaria en movimiento para la dirección de la guerra, pero esta terminó antes de que esto hiciera sentir su peso en los distintos aspectos de la decisión militar.

La victoria aliada de 1918 fue causa de que se olvidaran las fallas de la maquinaria militar aliada. Los problemas básicos que empeoraron todas las relaciones de Lloyd George con el Alto Comando británico en los años 1916 a 1918 quedaron sin solución. ¿Cuándo y en qué circunstancias debe el dirigente civil de un Estado hacer caso omiso de los líderes profesionales militares? ¿Qué camino debe tomarse cuando los líderes militares y civiles están en absoluto desacuerdo con respecto al procedimiento a adoptar? ¿Qué rumbo deben tomar los dirigentes civiles del Estado cuando los militares profesionales están en desacuerdo con ellos?

En el último volumen de su "War Memoirs" (Memorias de Guerra) Lloyd George demuestra que esas preguntas lo tenían perplejo aún después de la guerra:

"¿Debíamos intervenir en el dominio de la estrategia? Este es uno de los más intrincados interrogantes del gobierno de una nación en guerra. Los civiles carecen de preparación, de adiestramiento y de experiencia en los principios de guerra, y en tal sentido son aficionados en los métodos de hacer la guerra. Es ocioso, sin embrago, alegar que hombres inteligentes cuyos cerebros están concentrados durante años en una única tarea, no sean capaces de aprender algo acerca de ella, mediante el contacto diario con sus dificultades y los medios para resolverlas... Pero la estrategia no es enteramente un problema militar. Hay en ella un elemento importante de alta política...

"Hablando en términos generales, el argumento que los Altos Comandos de Guerra esgrimieron para reclamar ser ellos los únicos jueces de la política militar fue llevado demasiado arriba por ellos y por sus partidarios. La guerra no es una ciencia exacta como la química o las matemáticas en las que sería presuntuoso por parte de cualquier persona que ignore sus primeros rudimentos, el expresar una opinión contraria a la de aquellos que están completamente familiarizados con sus principios.

La guerra es un arte cuyo progreso depende más de la experiencia que del estudio... y más de las aptitudes naturales y del criterio que de cualquiera de ellos..."Echando una mirada retrospectiva a esta devastadora guerra y estudiando el desempeño que en ella tuvieron los estadistas y los militares cada uno en sus respectiva actividad, he llegado a la conclusión definitiva de que los primeros demostraron demasiada prudencia en ejercer su autoridad sobre los líderes militares" .

IV

La legislatura francesa ejerció sobre el ejército en guerra un "control" mucho mayor que su contraparte británico. Tanto la Cámara de Diputados como el Senado disponían de comisiones militares, y para el año 1916 algunas de estas se habían transformado en comisiones de inspectores o de delegados parlamentarios en el ejército. Esto en cierto modo, no fue más que una resurrección de la práctica revolucionaria de enviar comisionados con la misión de constatar si se cumplían los anhelos del gobierno.

Las relaciones entre los' elementos civiles y militares del Estado fueron establecidas por el decreto del 28 de octubre de 1913, que reza así: "El gobierno, que es responsable de los intereses vitales del país, es la única autoridad competente para fijar los objetivos positivos de la guerra. Si las operaciones se extienden en más de un frente, designa cuál es el adversario principal contra el cual ha de concentrarse la mayor parte del poderío nacional.

Según sea el caso, distribuye los medios de acción y los recursos de todas clases, y los coloca bajo el "control" absoluto de los generales comandantes en jefe de los distintos teatros de operaciones". Este decreto convirtió al ministro de guerra en un generalísimo "de jure" de todas las fuerzas francesas, pero esta fórmula no resultó en la práctica .

Además de las comisiones de las cámaras del senado y de diputados, se estableció en 1906 un Consejo Supremo de Defensa Nacional integrado por los ministros de guerra, de marina, de colonias, de relaciones exteriores y de hacienda. Los poderes originales de este cuerpo fueron ampliados por decreto del 28 de julio de 1911, que organizó lo que llegaron a ser los comités de investigaciones del Consejo de Defensa Nacional destinados a complementar las comisiones parlamentarias .

Desde la iniciación misma de la guerra, las zonas bajo jurisdicción del ejército y del

gobierno civil fueron causas de conflicto. Se promovieron cuestiones sobre la autoridad del ministro de guerra para proceder en asuntos relacionados con la movilización, con el desalojo de la franja de 10 kilómetros a contar de frontera, y con la defensa de Dijón y París . El ministro de guerra Messymy, renunció el 27 de agosto de 1914. Le sucedió Millerand que dio carta blanca al general Joffre, a quien a veces le hizo indicaciones, pero nunca le dio una orden .

Las relaciones entre el ministro de guerra y el comandante en Jefe sufrieron un profundo cambio cuando el general Galliéni fue nombrado ministro de guerra el 29 de octubre de 1915. Por ese entonces un militar como ministro de guerra tenía que enfrentar a un militar con el cargo de Comandante en Jefe. Las relaciones tirantes se agravaron con el débil elogio dado a la actuación de Galliéni como gobernador militar de París en la victoria del Marne, aparecido en el informe de Joffre. A pesar de que el primer ministro Briand encontró fastidiosa la dictadura de Joffre, indicó con todo buen sentido que uno de los dos, ya se tratara de Galliéni o de Joffre, tenían que mandar, pero que Galliéni por tener que responder en la Cámara de Diputados a preguntas sobre pasadas o futuras operaciones, no podía ocuparse a tiempo del ejército .

Por decreto del 2 de diciembre de 1915 Joffre se vio aumentado en sus poderes, que le dieron el "control" de todos los ejércitos en Francia. Cuando Galliéni protestó contra la dirección ejercida por Joffre en la Batalla de Verdún, no fue apoyado por las Cámaras y presentó su renuncia . Su sucesor el general Roques (marzo 17 a diciembre 9 de 1915), un hombre "conciliador, amistoso y afable" era incapaz de imponerse a persona alguna . En consecuencia, Joffre no encontró oposición hasta su remoción del cargo tan importante producida el 26 de diciembre de 1916.

Bajo la mano de hierro del general Lyautey, que fue ministro de guerra hasta el 15 de marzo de 1917, el ministerio de guerra y el parlamento establecieron lo que Bugnet llama "una dictadura parlamentaria". Este período coincidió con los preparativos para la ofensiva de primavera del general Nivelle. La renuncia de Lyautey presentada el 15 de marzo de 1917 después de una discusión en la Cámara, dejó la situación militar sumamente confusa y Painlevé, su sucesor, tuvo que enfrentar la poca envidiable tarea de tener que apoyar a un general cuyos planes no aprobaba.

El fracaso de la ofensiva de Nivelle en la primavera de 1917 condujo al amotinamiento de muchas divisiones francesas. La moral y la disciplina fueron restablecidas por el general Petain, y el movimiento derrotista en los círculos políticos fue aplastado por Clemenceau.

Al asumir la cartera de ministro de guerra, aparte de su cargo de primer ministro, Clemenceau no sólo fortaleció el frente interno en las horas más sombrías de la guerra, sino que fue capaz de encontrar para con el comando del ejército una solución más efectiva que las logradas por sus predecesores.

Las relaciones de Clemenceau, petrel de tormenta de la política francesa, con el gobierno francés, se remontaban a la derrota de 1871. Político, orador, director de periódicos y filósofo, se abocó a la tarea de salvar a Francia con el apoyo de todos los partidos de la Cámara, excepto los socialistas .

En la persona de su edecán militar, el general Mordacq, Clemenceau tuvo un asesor que había estudiado la relación entre los elementos civiles y militares en otras guerras, particularmente en la Guerra de Secesión . Clemenceau reemplazó la dictadura del parlamento por una supervisión personal de los asuntos militares que incluyó no solamente cuestiones amplias de política, sino hasta los detalles de las disposiciones de defensa . No todas las críticas francesas concuerdan en que la intervención directa de Clemenceau en las operaciones militares fue siempre provechosa.

Escribiendo bajo la protección del anónimo, un oficial francés, afirma que muchas de las proposiciones de Clemenceau fueron perjudiciales y que Petain simplemente simulaba cumplir aquellas directivas que él consideraba eran imprudentes .

En particular, ese oficial sostuvo que la insistencia de Clemenceau en que la parte principal del ejército francés empleara su tiempo en cavar trincheras, interfirió con el programa de Petain de relevos y licencias, resultante en una decadencia en la moral de las tropas, y que además su insistencia en la defensiva dejó al ejército francés mal preparado para las acciones ofensivas de 1918 .

Las grandes ofensivas alemanas de 1918 pusieron al descubierto las debilidades de la maquinaria interaliada para coordinar los ejércitos en Francia. Cuando el desastre recayó en el quinto ejército británico, Petain estaba preparado para romper el contacto con los británicos en el norte y retirarse para establecer una defensa de París.

Clemenceau tuvo una actuación dirigente en el largo y complicado asunto de la formación del comando único a las órdenes de Foch. Convencido desde largo tiempo atrás de que la guerra era una cuestión demasiado importante para estar únicamente a cargo de los generales, apreció por ese entonces que si Petain y Haig actuaban cada uno a su manera, la derrota de la Entente estaba sellada.

La alta estima que en ese tiempo tenían los británicos de la capacidad de Clemenceau en dirigir operaciones militares así como también asuntos civiles, quedó demostrada en la propuesta de Lord Miller del 25 de marzo de 1918, que pedía nombrarlo generalísimo .

Esta disposición era imposible, pues en esa posición Clemenceau se habría sentido atormentado por las demandas y los puntos de vista de Petain y Foch, ambos oficiales del ejército francés. Clemenceau que había elegido a Foch para el supremo comando lo apoyó lealmente durante el período del desastre de Chemin des Dames.

Cuando el giro tomado por la guerra resultó desfavorable para los alemanes, Clemenceau juntamente con Haig, vieron la conveniencia de coordinar la ofensiva aliada de acuerdo con un plan estratégico establecido. Quiso más bien atacar las líneas de comunicaciones alemanas que rechazar simultáneamente al enemigo a lo largo de todo el frente .

Fue durante dicho período que se rompieron las buenas relaciones existentes entre Clemenceau y Foch. La hostilidad entre estos hombres, que más tarde adquirió caracteres de seria controversia provocó muchos incidentes irritantes . Estas desavenencias tenían su origen en la vieja cuestión de la supremacía militar o civil, y aunque parezca una ironía, Clemenceau, por lo menos en uno de los desacuerdos, estuvo intentando aumentar en forma indirecta la autoridad de Foch.

Un factor de confusión adicional lo constituyó el presidente de la República Poincaré, de quien normalmente podía esperarse que abogara por la supremacía del elemento civil sobre el militar, pero que llevó su contienda política con Clemenceau hasta el punto de apoyar a Foch en sus desavenencias con el primer ministro .

Clemenceau ansioso de restarle a Francia nuevos derramamientos de sangre, no encontró conveniente el proyecto de Pershing de contar con un ejército norteamericano independiente. Criticó muchísimo la labor del Estado Mayor norteamericano en las ofensivas de St. Mihiel y Argonne.

Cuando el progreso de las divisiones norteamericanas en las trincheras pareció ser excesivamente lento, pidió por escrito a Foch, en carta del 21 de octubre de 1918, que ordenara a Pirshing enviar sus tropas a la acción. Foch sabiamente se negó a hacerlo, siendo apoyado en su actitud por Poincaré, quien promovió el curioso argumento constitucional de que el puesto de Foch de Generalísimo lo eximía de la clase de "control" que Wilson y Lloyd George ejercían sobre las tropas de su nacionalidad .

Después de muchas otras pequeñas controversias, las relaciones entre Foch y Clemenceau alcanzaron un nuevo punto crítico el 17 de abril de 1919, cuando Foch se negó a enviar un telegrama a la delegación de paz alemana informando oficialmente que sería recibida en Versalles.

Fundó su negativa en el hecho de que había sido privado de una oportunidad prometida para hacer conocer al consejo de ministros sus puntos de vista con respecto a la paz .

Según Clemenceau, Foch debió abandonar esa postura más bien ridícula, cuando se hicieron preparativos para relevarlo, y cuando Wilson declaró que ya no confiaría más el

"control" del ejército norteamericano a un general que no obedecía su propio gobierno .

La contribución de Clemenceau a la victoria de 1818, fue tan destacada, que la frase usada en Francia para describirlo era "l'animateur de la victoire". En la opinión de su íntimo colaborador, el general Mordacq; la obra de Clemenceau en la esfera militar comprendía la reorganización del ministerio de guerra, la abolición de muchas prebendas militares y nombramientos inútiles, la elección de líderes nuevos y enérgicos, la reorganización del Estado Mayor sobre una base lógica, una gran expansión en el programa de tanques y autos blindados para el ejército francés, una reorganización y rejuvenecimiento de los altos mandos franceses en Italia y en Salónica, y contribuciones de carácter personal para la gran ofensiva estratégica del 18 de julio al 11 de noviembre de 1918 .

Así como Lloyd George en los años 1916 a 1918 y Churchill en 1940 a 1943, Clemenceau representó al administrador civil en las funciones que la guerra moderna impone a los dirigentes de todo Estado. En la actual época de una guerra compleja y omnímoda solamente ellos poseen la información, amplitud de miras, independencia y poder necesario para la exitosa conducción de la guerra.

Si consiguen establecer bases firmes de cooperación con los líderes militares profesionales, su labor se ve muy facilitada. Si fracasan pueden esperarse entonces ásperos rozamientos, pérdidas de eficiencia, y aún el desastre.



CAPITULO XIII

LUDENDORFF EL CONCEPTO ALEMÁN

DE LA GUERRA TOTAL

Por: Hans Speier

La contribución de Erich Ludendorff al desarrollo del pensamiento militar es la de un general que perdió una guerra. Se inició como escritor casi inmediatamente después de la derrota de los ejércitos alemanes ocurrida en 1918. Aunque sus libros son producto de una experiencia rica en estrategia y en organización, están llenos de vanidades y resentimientos y son apologéticos en su carácter. Procuran demostrar que Alemania, en un sentido militar, no perdió la Primera Guerra Mundial.

De considerarse la vital importancia de esta opinión, conocida en la política interna alemana del tiempo de la república de Weimar bajo el mote de "la puñalada por la espalda", está justificado considerar la actividad literaria de Ludendorff como una actitud folletista política.


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