include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for Entre el Dolor y la Esperanza by , available in its entirety at Smashwords






ENTRE EL DOLOR Y LA ESPERANZA”

Novela

De Victor Hugo Balsas

****



Título Original: “Entre el Dolor y la Esperanza”

Edición Actualizada: 2018

Edición Impresa disponible

Smashwords Edition, Published by Victor Hugo Balsas

Copyright 2018 - Victor Hugo Balsas - República Argentina

ISBN: 9780463560396

Diseño y Fotografía de Portada: Balsas - Dunken

Todos los derechos Reservados. Este material no puede ser reproducido, en ningún tipo de soporte existente, sin la expresa autorización del autor.

****

Licencia de uso para esta Edición

La licencia de uso de este libro electrónico es para tu deleite personal. Por lo tanto, no puedes revenderlo ni regalarlo a otras personas. Si deseas compartirlo, se tan amable de adquirir una copia adicional para cada destinatario. Si lo estás leyendo y no lo compraste ni te fue obsequiado para tu uso exclusivo, haz el favor de dirigirte a Smashwords.com y descargar tu propia copia. Gracias por respetar el arduo trabajo del autor.

****



Tanto los personajes escogidos, así como los hechos, lugares y nombres descriptos en la obra no guardan, necesariamente, una relación precisa con la realidad.

Dedicado a todos los niños del mundo que mueren en las guerras a manos de la codicia de los adultos”.

Cuando creas que todo está perdido, recuerda que todavía nos queda el futuro”

B.G



"Un hombre, cualquier hombre, vale más que una bandera, cualquier bandera".

Eduardo Chillida

****



Tabla de Contenidos



Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Datos del Autor

Otras obras del Autor

Perfiles y Contactos

Prólogo



SON LAS OCHO DE LA MAÑANA y la quietud instalada en la cabaña es semejante a cualquiera de los tantos rincones inhóspitos de la Patagonia. Las ovejas pastan, indiferentes. El sol asoma todavía pálido desde el horizonte cubierto de estepa y se refleja hacia el oeste en tonos purpúreos, acentuando el blanco inmaculado de las cumbres cordilleranas.

Sebastián se levanta a oscuras, corre a tientas la cortina y mira a través de la ventana la interminable explanada. La luz ingresa en la vivienda trasluciendo la leña hecha cenizas. Un gorrión solitario higieniza sus plumas sostenido en la alambrada, cuya trayectoria se extiende hasta lo invisible. Sebastián descubre el horizonte por un momento y dibuja un gesto de placer. Gira sobre sí mismo y se acerca a la cuna donde el bebé sonríe dormido. Se inclina. Le da un beso. De improviso estremecido por la esperanza que ponía en esa vida le acomoda el muñeco de trapo, único testimonio palpable de su paso por aquella isla lejana. Retrocede sigilosamente hacia la cama, donde la joven de mirada amable, cabello oro y ojos color café, todavía duerme. Contemplándola, se siente dichoso. Su mirada se detiene en sus ojos cerrados y, al pensar en lo que ella había sufrido para tenerlo por siempre a su lado, sintió algo que verdaderamente debía ser amor.

Sin embargo, a casi un año de su regreso, anoche volvió a pasarle lo mismo que al principio. Volvió a despertarse de madrugada, sobresaltado, las sábanas húmedas pegadas al cuerpo, el rostro hundido en la almohada, los músculos tensos. Volvieron a despertar en sus retinas aquellas imágenes y a resonar en sus oídos la voz sumisa del niño. Y con la voz del niño volvieron los sonidos de la guerra; esos temibles sonidos.

Observa su diploma enmarcado, y echa un vistazo al uniforme que junta polvo dentro del ropero. El uniforme ahora es un recuerdo de fuego, alambres de púas, campos minados, dolor y muerte; un desagradable recuerdo que a veces se confunde con sus sueños.

Levantado o acostado es lo mismo; da igual. Eso lo persigue. Bastan segundos para descender a la profundidad acuosa de su mente y comprender que aunque cerrara las puertas de sus sentidos, esas vivencias retrocederían en sueños una y otra vez, como desquitándose del olvido a las que él intenta relegarlas.

No puede evitarlo.

De vez en cuando esos lapsos significativos que ocupan su vida irrumpen en su memoria como anuncios de neón.

Pero hay algo que lo reconforta y hace que su rostro de vez en cuando se ilumine con una sonrisa nostálgica: en aquella isla lejana descubrió que detrás del dolor existe una estela de luz, cual esperanza, que siempre lo acompaña; aun cuando esos recuerdos pretenden enredar su plácida existencia.

****





Capítulo 1



EL BOEING 747 LV10 DE “TOWER AIR” ESTABA POR PARTIR A UNA ISLA LEJANA, desconocida para los setenta Cascos Azules destacados en aquella Misión de Paz de la ONU.

—¡Qué macana! Pronto no estaré más en mi querido país —pensó en voz alta Sebastián Juárez.

La ansiedad le retorcía el estómago; sin embargo, no se podía volver atrás. Se había estado preparando mucho para esta misión y no era cuestión de acobardarse justo en este momento. Ya no se descubría como esa especie de héroe que esperaba, sino como un simple muchacho. De vez en cuando se daba ánimo: «Por ahí esto se convierte en una linda aventura».

Sonaban instrumentos de despedida en la tarde lluviosa y fría de julio. Mientras tanto, la multitud de familiares, conocidos y curiosos se congregaba cerca de las plataformas para el saludo final. Y entre el grupo de rostros tensos cuyos gestos ensayaban el mejor semblante para el adiós, el de Sebastián se destacaba por una engañosa firmeza. Naturalmente, para él no habría despedida; al menos de gente que lo conociera. No era un hecho casual. Lo sabía. Sus afectos habían quedado en la Patagonia, en un rincón hostigado por los rigores del clima de un sector cordillerano de la provincia de Santa Cruz.

Sebastián era oriundo de un lugar en el sur llamado El Chaltén, sinónimo de un caserío en medio de la nada. Allí, años atrás, un volcán chileno infortunadamente cercano lo había cubierto todo con una espesa capa de ceniza gris y se había llevado las últimas ovejas, entes sumisos y excluyentes protagonistas de la subsistencia. Sebastián se había planteado a menudo la decisión que lo llevó a emigrar buscando nuevos horizontes. ¿Pero qué posibilidades tendría en medio del aislamiento? Si el éxodo era cada vez mayor. Sin certezas laborales, jaqueado por la pobreza, no lo pensó mucho. No tenía demasiado que perder. Su madre había fallecido cuando él tenía tan sólo siete años y de su padre sólo supo mucho después que había sido alcohólico. Se lo podía imaginar, aunque nunca lo había visto.

Con todo, pese a que no lo admitiera, aún existían razones para volver. Allá vivía la tía Esther, la mujer que lo había criado cuando murió su madre. Y estaba Anabella, la joven de mirada amable, cabello oro y ojos color café. Pero sobre todo subsistía su pueblo; lo extrañaba como se extrañan las cosas que alguna vez se tuvieron y se sabe que ya no regresarán. En efecto, la partida le traía imprevistas añoranzas. Si hasta podía recordar con asombrosos detalles la casa donde pasó su infancia, las largas siestas y las eternas rondas de mate con fortuitos amigos.

Mientras bebía casi con compromiso una transpirada cerveza en la confitería del Aeropuerto, trataba de imaginarse cómo sería aquella perdida isla del Mediterráneo. Sobre todo se preguntaba si los seis meses en el exterior le cambiarían en algo la vida.

Ya no podría seguir deseando no estar allí.

Con el último dinero que llevaba encima, Sebastián se proveyó de suficientes cigarrillos, pagó la cuenta y bebió el último sorbo de cerveza. A partir de ese momento su dinero sería inservible: En la isla se manejarían con dólares o la moneda local.

Consultó la hora y enseguida comenzó a transitar el camino hacia la zona de embarque, mientras recorría con la mirada los rostros de sus compañeros buscando alguna cara conocida. En total, setenta hombres con uniformes camuflados, prolijamente lustrados y afeitados, de diferentes lugares del país. Aquellos rostros albergaban grandes expectativas. Aunque a ciencia cierta la motivación principal sería la económica. En efecto, en los seis meses que durara la comisión ganarían lo que en su país les llevaría un par de años. Además, era cierta la posibilidad de lograr algún punto para el ascenso y pasar por una atractiva experiencia. Teniendo en cuenta los antecedentes anteriores, la misión no presentaría mayores inconvenientes. Si hasta se decía que en las horas de franco podían disfrutar de las damas que se bronceaban en las playas del Mediterráneo.

Ahora Sebastián observaba nostálgico los distintos grupos en torno a los temporales emigrantes: familiares, amigos, compañeros… Aceleró un poco el paso y se acercó a Martínez, que acababa de despedir a los suyos. Enseguida se les unió Benítez (un morocho, petiso, ancho de espaldas), cuya emoción luego de haber logrado despegarse de su novia, era evidente. Los tres habían formado un buen equipo durante el entrenamiento previo.

Sebastián caminaba cabizbajo, en silencio. Por ahora lo único que podía hacer era seguir acercándose al avión sin prisa, mientras escuchaba latir con pujanza su corazón a la espera de que las ligaduras de su pasado se desgarraran por un tiempo.

El LV10 de “Tower Air”, despegó. Dieciocho horas y quince mil kilómetros separaban a aquellos hombres del comienzo de la misión.

Ignorando las recomendaciones y las medidas de seguridad que impartían en inglés los miembros de la tripulación, Sebastián, cómodamente sentado, se había dormido casi enseguida. Ni siquiera se percató de su compañero de asiento.

Ya, a nueve mil metros de altura, el inmenso pájaro de metal se encontraba sobre un espeso colchón de nubes. Fue el momento en que su compañero de asiento, Carlos Pérez, un hombre rollizo, mayor que él, interrumpió su sueño para ofrecerle caramelos, aunque la verdadera intención haya sido iniciar un diálogo.

Los vuelos me dan miedo —dijo Pérez, algo nervioso.

—Hay muchas cosas que dan miedo —contestó Sebastián.

—¿Es tu primera salida afuera? —preguntó Pérez, con evidentes intenciones de no profundizar.

—La primera —asintió Sebastián.

—Yo voy sólo por la plata. ¡Imaginate! Con seis chicos que comen como langostas no hay moneda que alcance. Apenas llego a fin de mes. ¿Vos para qué vas? ¡No me vas a decir que no vas por la plata! —dijo Pérez, mientras se quitaba el sudor con un pañuelo.

No tengo razones. Sólo sé que voy —dijo Sebastián.

—Vaaamos… ¡Decí la verdad! Mirá flaco, los turcos y los griegos se pueden matar entre ellos. A mí no me interesa. Yo tengo mis propios dramas y nadie me los va a solucionar —dijo Pérez gesticulando, mientras seguía masticando caramelos.

Tras media hora de charla Sebastián se formó una opinión muy concreta de Pérez: «Este tipo piensa que la vida sólo es un lugar incómodo para vivir». Bastante aburrido por el diálogo, asintió con la cabeza mirando a su compañero con cierta indiferencia y ni bien pudo cerró los ojos y se acomodó como para seguir durmiendo. Resultaba más interesante bucear en los propios pensamientos.

En un letargo entrecortado se le reveló Anabella; la joven que le había enseñado los contrastes del amor. Amarla lo había condenado a sufrir. No podía perdonarla por el hijo que no fue, por haber abortado ante el miedo insensato de convertirse en madre soltera. ¿Tendría en su corazón un lugar para ella? ¿Llegaría el tiempo de absolver culpas? Había que subsistir al rencor y tal cosa sólo se conseguía con el perdón. Esperaba que la distancia contribuyera a borrar heridas. Esperaba que el tiempo lo ayudara a disolver ese sentimiento devastador.

Pero ahora había que afrontar esta misión. Y la expectativa por saber qué iba a pasar con la misión hacía que todos los recuerdos de su pasado tuvieran algo de irreales.

****





Capítulo 2



AL NORTE DE EGIPTO, AL SUR DE TURQUÍA, aquella isla dividida por un conflicto ancestral entre turcos y griegos, esperaba. Chipre. Allí estaba la pequeña isla; casi inexistente en el mapa, apenas más extensa que su vecina Creta, encajada en el Mediterráneo al acecho de tres continentes. En aquel lugar la ONU destacaba representantes de diversos países desde tiempos remotos. Ciertamente, como el mundo gira, había conflicto entre las partes. Los de origen griego, procuraban unificar la isla; los turcos, en cambio, se negaban a abandonar el enclave del norte obtenido a fuerza de sangre propia y ajena. La historia contaba que a partir de los setenta, desde que los turcos habían invadido la isla en una guerra que causó miles de muertos, los mismos griegos se decían refugiados en su propia tierra. Según referían las crónicas, las constantes violaciones al cese de fuego impuesto por la ONU seguían produciendo informes y bajas en ambos bandos.

La Misión de Paz comenzó ni bien el avión se aferró a la pista chipriota y se oyeron los primeros gritos de júbilo. El sol ardiente y el cielo sin nubes, casi incoloro a fuerza de tanta luz, los envolvió en un clima decididamente vacacional.

Rumbo al noroeste, mientras los trasladaban en colectivos contratados, atravesaron paisajes desemejantes. De un lado el sector griego: un territorio comercial con rasgos occidentales y edificios recostados sobre las tibias aguas del Mediterráneo. Allí, el sol destacaba colores europeos sobre un fondo azul salpicado de veleros.

Del otro lado, el sector turco: pequeños caseríos, mezquitas, planicies solitarias alternando entre el verde y marrón, donde confluían granjeros con sus mujeres vestidas con velos de tul y largas túnicas que las cubrían hasta los pies. Sus hábitos las sentenciaban a taparse la cara ante la presencia de los extranjeros. De cuando en cuando, desde los pequeños caseríos, algunos niños andrajosos, más prestos y animados que el resto de la gente, suspendían sus precarios juegos para saludar con raro entusiasmo el paso de las tropas.

En rigor, la calma no se alteraría por la llegada de la nueva misión. Los pobladores, en su mayoría trabajadores rurales, los miraban con escaso interés. Sin embargo, para los soldados turcos probablemente no pasaban inadvertidos: en intervalos de pocos kilómetros aparecían ocultos y bien simulados cuarteles con intenso movimiento de tropas.

Eso le llamó la atención a Benítez que extrajo su cámara y pretendió tomar una fotografía.

—¡No, boludo! Eso está prohibido acá —lo increpó Pérez sujetándole la cámara.

Tras una hora de marcha, los Cascos Azules llegaron a la Base. Sus rostros cansados contrastaban con los del grupo que se aprestaba a volver. Luego de la formación de bienvenida y una abundante cena, los soldados conocieron su nuevo refugio: una pequeña ciudad cercada por alambradas de púas con estrechas callejuelas donde se sucedían pequeños cuartuchos que hacían las veces de alojamiento.

Sebastián pensó que había tenido bastante suerte: desde la ventana de su cuarto tenía muy buena vista del mar. Cuando las formalidades habían terminado, acomodó todas sus pertenencias con prisa, se dio una ducha y se entregó a un profundo sueño que duró hasta la madrugada. Después se quedó tendido en la oscuridad esperando que amaneciera. La expectativa por saber cómo sería su primer el día en esa tierra distante, ya no le permitió dormir.

****





Capítulo 3



EL PRIMER AMANECER QUE VIO EN LA ISLA, PARA SEBASTIÁN FUE IMPONENTE. Desde su ventana se veía la esfera rojiza que emergía desde el más indecible rincón del Mediterráneo y los primeros parches de claridad que se refractaban entre las nubes.

Ese día, como los demás, se inició el adiestramiento físico a cargo del mayor López, el jefe de la Compañía. Hombre corpulento, lucía una figura que le daba un aspecto temerario; no obstante, sus enormes ojos azules desmitificaban cualquier rasgo de crueldad. ¿Qué hacía un hombre de acción en esa isla? Supuestamente no había nada que pudiera seducirlo; sobre todo teniendo en cuenta que había frecuentado lugares mucho más ardientes… Kuwait, Irán, algunos países de África. Las anteriores misiones habían sido voluntarias, pero esta vez no hubo posibilidad de elegir. Sin espacio para la protesta, los últimos sucesos políticos y las decisiones de sus superiores lo habían depositado irremediablemente en la isla.

El adiestramiento comenzó con distintos ejercicios, y un trote por el camino principal que bordeaba la costa, hacia el sur. Los Cascos Azules, por primera vez disfrutaban de la cálida brisa del mar que apenas les oponía resistencia.

Ya en pleno trote, Sebastián buscó con la mirada a Pérez que, como lo delataba su físico, enseguida comenzó a retrasarse. Sebastián acortó el paso hasta colocarse a la par.

—¡Buen día, señor!

—¿Estás seguro de que es un buen día? —respondió Pérez.

—Esto es vida —dijo Sebastián con actitud arrogante.

Sí, ¡vida de mierda! —contestó Pérez, muy agitado.

López, que iba intercambiando palabras con sus hombres para ir conociéndolos, se puso a la par de Sebastián.

—¿Cómo anda, Juárez? —le preguntó.

—Diez puntos, señor —respondió sonriente.

Cuando le asigne la primera tarea espero diga lo mismo.

Sebastián sonrió, lo miró a los ojos y por alguna razón intuyó que con López, a pesar de suponerlo poco accesible, podría llegar a establecer una relación cordial.

A los pocos minutos el sol comenzaba a disipar la bruma que, suave como una gasa, se extendía hasta la orilla donde las rocas del acantilado deshacían las olas con serenos estrépitos. A Sebastián lo sorprendió el espectáculo. Era la primera vez que conocía el mar. Se respiraba un aroma agrio, el característico de las algas cubiertas de sal que con el calor suelen descomponerse en la costa cuando la marea se retira.

Después de que el camino dibujara la última curva, se encontraron con un monumento en cuyo mástil flameaba la bandera nacional de Turquía y la de la isla. Se detuvieron para mirar una placa de bronce, al pie del monumento, en la cual una extensa lista de nombres daba cuenta de los caídos durante la guerra de la ocupación.

De pronto, desde las humildes viviendas que bordeaban el otro lado del camino, un enjambre de niños los envolvió, anunciándose con una mezcla de inglés, castellano y turco. Les tironeaban de la ropa, los sacudían para pedirles limosna. Al rato, más sosegados, empezaron a contar historias de la isla. Y los Cascos Azules a contestar preguntas.

Sebastián comenzó a sentirse a gusto. Lo seducían las historias. En particular prestó atención a un relato que Martínez (el que mejor hablaba y entendía inglés) iba traduciendo: la existencia de un pueblo abandonado en donde, según los niños, todavía podían encontrarse restos humanos, bombas y minas sin estallar. “El Pueblo Fantasma”, lo denominaron ellos. Los niños contaron que durante la invasión, los pobladores griegos que no habían podido huir hacia el sur, habían sido asesinados y sepultados allí mismo, sin que nadie jamás se hubiese atrevido a ingresar. Quedaba al otro lado del camino, hacia lugares prohibidos para los miembros de la misión.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-16 show above.)