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Excerpt for Save As Draft (Wilfred/Alfred) by , available in its entirety at Smashwords


SAVE AS DRAFT
(WILFRED/ALFRED)






Ken Lee

ÍNDICE

Sinopsis (pág. 4)
Agradecimientos (pág. 5)

Lunes 11 de Septiembre – 4:31 (pág. 6)

Viernes 8 de Septiembre – 11:18 (pág. 10)

Lunes 11 de Septiembre – 7:38 (pág. 14)

Lunes 11 de Septiembre – 9:00 (pág. 15)

Lunes 11 de Septiembre – 15:07 (pág. 20)

Lunes 11 de Septiembre – 16:23 (pág. 28)

Martes 12 de Septiembre – 8:59 (pág. 38)

Martes 12 de Septiembre – 10:05 (pág. 45)

Martes 12 de Septiembre – 10:31 (pág. 54)

Miércoles 13 de Septiembre – 9:05 (pág. 61)

Jueves 14 de Septiembre – 9:05 (pág. 66)

Viernes 15 de Septiembre – 9:05 (pág. 67)

Lunes 18 de Septiembre – 9:15 (pág. 68)

Martes 19 de Septiembre – 9:05 (pág. 69)

Miércoles 20 de Septiembre – 9:10 (pág. 70)

Viernes 22 de Septiembre – 9:38 (pág. 71)

Sábado 23 de Septiembre – 9:06 (pág. 73)

Sábado 23 de Septiembre – 20:58 (pág. 83)

Sábado 23 de Septiembre – 21:29 (pág. 90)

Sábado 23 de Septiembre – 21:53 (pág. 96)

Sábado 23 de Septiembre – 22:19 (pág. 106)

Sábado 23 de Septiembre – 23:46 (pág. 113)

Domingo 24 de Septiembre – 00:00 (pág. 120)

Domingo 24 de Septiembre – 5:53 (pág. 128)

Domingo 24 de Septiembre – 9:21 (pág. 137)

Domingo 24 de Septiembre – 11:23 (pág. 144)

Lunes 25 de Septiembre – 00:08 (pág. 154)

Lunes 25 de Septiembre – 5:45 (pág. 164)

Lunes 25 de Septiembre – 7:18 (pág. 178)

Lunes 25 de Septiembre – 7:14 (pág. 184)

Lunes 25 de Septiembre – 7:34 (pág. 195)

Lunes 25 de Septiembre – 8:05 (pág. 202)

Lunes 25 de Septiembre – 8:08 (pág. 213)

* Epílogo 1 * Martes 26 de Septiembre – 00:00 (pág. 220)

* Epílogo Final * Dos años después... (pág. 223)

Final (pág. 235)


SINOPSIS


Alfred, un chico aburrido con una vida anodina, escribe una madrugada una historia ficticia en una plataforma de escritura online.


El protagonista es Wilfred, una versión antagónica de él mismo, el chico que siempre soñó ser...


Ahora Alfred es Wilfred:


Más guapo,

más popular,

más rico,

con más sexo,

conquistando el corazón de Gal Gadot, la actriz que interpreta a Wonder Woman y su crush de toda la vida,

luchando contra zombis,

perseguido por espías,

buscando su propia identidad.


Todo lo que escriba en su propia fan-fic se volverá realidad.


Pero a veces lo deseado no llega a ser siempre lo mejor para uno mismo.



"I Write it, erase it, repeat it


But what good will it do to


reopen the wound?


So I take a deep breath and I


Save as a draft"


(Katy Perry)

AGRADECIMIENTOS


A todas las personas que han creado cosas maravillosas (canciones, películas, series, libros, objetos, etcétera) que me han inspirado y que he homenajeado en este libro;

A las plataformas de escritura y lectura Wattpad y Sweek;

A mi lector beta de esta historia, Rafel;

A todo el mundo que pierda su valioso tiempo libre leyendo esto.

Lo valoro mucho.

Gracias.


Lunes 11 de Septiembre – 4:31■


Wilfred era un tipo cualquiera, con una apariencia que no llamaba la atención. Él no llamaba la atención. Podía girar la cabeza 180 grados en un bus atestado de gente que seguiría sin captar la atención de quien estuviera a su alrededor. Era un tipo que paseaba por la calle sin ser visto. Paseaba por el mundo sin ser recordado. Era, en definitiva, un don nadie. Era...

«Wilfred soy yo», pensó Alfred dejando de pulsar las teclas del móvil. Se quedó observando la pantalla, sucia, llena de motas secas, resquebrajada por todas partes, que proyectaba la única mortecina luz que podía distinguirse en un cuarto oscuro y melancólico, con los párpados medio cerrados. «¿A quién voy a engañar?».

Pues a millones de usuarios de Internet, por ejemplo. Alfred se había registrado en una plataforma de escritura online llamada TextBoard. Se la había recomendado su único amigo en la vida virtual, que en realidad también era su único amigo en la vida real, @argosexyhoof03 (el 01 y 02 estaban sorprendentemente cogidos). Era un aficionado a las pezuñas de caballos y (se imaginó comentándolo con un tono almibarado y plagado de orgullo) decía que él mismo escribía en dicho portal ~spamfic NC~ con animales, especialmente perisodáctilos.

Argo tenía sus rarezas, pero era su amigo, y se pasaba la mayor parte del tiempo jugando al "WoW" con él, y con eso le bastaba para ocupar las horas de los días de su vida.

Así que ahí estaba Alfred, estirado en su cama, que no había hecho en semanas, con las sábanas desprendiendo diferentes tipos de aromas, entre ellos el inconfundible olor a semen seco. Y también el de croquetas, las que preparaba su madre y se comía en la cama sin pudor a llenarla de migas. En la parte de arriba de la litera, la típica Svärta del IKEA, dormía a pierna suelta su repelente hermano pequeño Rocky, al que odiaba tanto como a Tom Hiddleston. Odiaba a ese tipo a muerte.

Afuera estaba tronando y lloviendo intensamente. El fuerte viento repiqueteaba las ventanas queriendo entrar a la fuerza para invadir la casa.

«Menuda tontería. ¿A quién le va a importar esta historia?», dijo su voz interior.

«¿A quién le importas tú?», replicó una segunda voz en su cabeza, con un tono más firme y seguro.

‒A nadie ‒se respondió a viva voz susurrándole a Gal Gadot, que lo miraba fijamente en su fondo de pantalla. ‒Ni siquiera a ti, Wonder Woman. Y eso que tu trabajo es preocuparte por los demás.

Alfred pulsó con energía el botón de BACKSPACE de su Blackberry KEYOne hasta borrar todo lo que había escrito en su entrada de texto. Todo menos el nombre de Wilfred.

Wilfred... era el chico más popular del instituto.  Era alto, fuerte, musculado y bronceado, y las chicas se derretían cuando lo veían moviendo sus portentosas caderas por el pasillo. Tenía los ojos azules...

Borró la última palabra.

Tenía los ojos MÁS azules que nadie podía imaginar. Su sola mirada te hacía sumergir en un océano de aguas cristalinas que enamoraban a todos los que se atrevían a nadar en él.

Y la polla más grande que una barra de pan. Casi se diría que tenía Priapismo, pero del modo que no rozaba la monstruosidad si no que provocaba la más absoluta veneración femenina...

Alfred dibujó una sonrisa bobalicona mientras lo escribía. Obviamente, pensó, «esto irá a BORRADORES» y editaría esa parte si alguna vez llegara a publicarlo (que no lo creía), sustituyéndolo por algo más refinado... pero que significase básicamente lo mismo, vaya.

Wilfred era el chico más deseado en la calle. Y el niño de mamá en su casa. 

Alfred caviló, rascándose la mejilla. Miró hacia el techo de la litera que crujía con los incesantes movimientos durmientes de Rocky.

De hecho, era el único hombre de su casa. Puesto que, por suerte, no tenía ningún hermano.

Alfred sopló por las fosas nasales y sonreía autoafirmándose ladeando la cabeza hacia arriba y hacia abajo.

Un trueno retumbó y lo devolvió a la realidad.

Alfred miró la hora en la pantalla de su móvil: eran las 4:43 de la mañana. Debería hacer bondad e irse a dormir. Ya era lunes y comenzaba otra horrorosa semana en el insti.

Alfred subió la pantalla del navegador hasta donde se situaban las cajas que rezaban PUBLICAR/GUARDAR/VISTA PREVIA

Cuando quiso darle al botón de GUARDAR, un trueno distinto al anterior volvió a aguijonear el cielo y Alfred se sobresaltó.

Consecuentemente, había pulsado el botón de PUBLICAR sin querer y también sin darse cuenta.

A continuación, Alfred bloqueó el móvil y lo dejó encima de la mesilla de noche.

Cerró los ojos y fue entrando en un ligero sueño poco a poco mientras escuchaba el incesante ruido de la lluvia de fondo.

Mañana sería otro día. Como cualquier otro día. Y como todos los días que seguirán.

Eso pensó Alfred.

Hasta que se despertó a la mañana siguiente con el ruido de la puerta siendo golpeada y la voz de su madre al otro lado gritándole:

‒¡Wilfred!. A levantarse. Ya tienes el desayuno preparado. Llegarás tarde al instituto.

«¿Cómo que... Wilfred?».

Alfred se levantó sobresaltado. Se dirigió plúmbeo al lavabo que compartían su hermano y él entrando por una puerta a la izquierda de su habitación.

Con las legañas en los ojos impidiendo su visión total como las gotas de lluvia en el retrovisor de un coche, abrió el grifo y dejó correr el agua. Cogió el cepillo verde del vaso de Nutella que estaba sobre la encimera del lavamanos y se miró en el espejo empotrado.

El espejo le devolvió la mirada de unos ojos extraños que le observaban y eran tan azules que parecía que se estaba ahogando.

Alfred soltó un chillido que luego asfixió con sus dos manos.

¿Quién coño era ese tipo que veía reflejado en su espejo?.

Desde luego no podía ser él.

Se frotó fuertemente los ojos, como si eso hiciera desaparecer el color de su iris. Se tocó la inmaculada cara, sin granos ni puntos negros ni fisuras. Se tocó los pulposos labios. Bajó las manos hacia sus tersos pechos para acabar frotándose los duros abdominales que se asomaban en su estómago.

Técnicamente, era él. Estaba ahí, se estaba tocando, se estaba sintiendo, las moléculas que formaban su ser eran tangibles y se comunicaban con su cerebro, el cual ahora mismo estaba pensando lo alucinante que era todo.

¿Entonces, por qué le colgaba entre sus caderas de forma tan aparatosa ese gigantesco apéndice rosado?.

Alfred abrió la boca hasta que le dolió el mentón.

«Mira, al menos ya no tendré que ir al dentista», pensó ingenuamente admirando su perfecta y alienada dentadura.

‒¡Wilfred!. ¡Es para hoy! ‒se desgañitó su madre desde el piso de abajo.

‒¡Voy! ‒replicó Alfred.

Solo que no era Alfred. Era Wilfred.

Y aún no se lo podía creer.■Viernes 8 de Septiembre – 8:11■


«¿Cómo he acabado aquí?».

Con aquí, Alfred se refería a metido en un contenedor de basura, con una cáscara de plátano colgando de un hombro y un plato de plástico con spaguetti a la boloñesa encima de su cabeza.

Tampoco es que estudiando su trayectoria uno pudiera certificar que habría acabado zambullido en las áureas montañas de millones de monedas de oro de la piscina del Tío Gilito.

Tenía todas las papeletas para acabar teniendo salsa de queso cheddar con jalapeños debajo de sus pantalones.

Era un chico muy tímido, retraído, invisible, casi no tenía que utilizar su laringe estando en el Instituto David Goldman del Condado de Wintweker, Virginia.

Seguramente era la persona más desgraciada de los 19.892 habitantes de ese pueblucho. Qué demonios, de todo el Estado. Bueno, al menos así se sentía él. No creo que estuviera en peor situación que Willie, el viejo politoxicómano que vagaba cada día entre las calles Jackson y Michigan tocando canciones de Willie Nelson con su desvencijada guitarra. Él al menos tenía una familia que lo quería: su hija adolescente Jenny, la camarera del Tommy Seal's, y madre soltera de sus cuatro nietos. 

Alfred tenía una familia que, bajo su opinión, eran los Luthor: su madre, Beth, de 54 años, lo odiaba por no ordenar su habitación, por no lavar los platos que ensuciaba o por suspender casi todas las asignaturas y su hermano pequeño Rocky, un año menor que él, lo odiaba por ser tan friki, por no dejarle jugar con la Play o porque su mala reputación en el insti le acababa repercutiendo en la suya propia (y era una muy buena). Y su padre, Edward, fallecido hace 4 años, lo odiaba desde el cielo por no convertirse en el capitán del equipo de fútbol tal como había soñado antes de ser atropellado por un coche de caballos en una feria medieval.

Pero quien más odiaba a Alfred era el propio Alfred.

Lo odiaba tanto que quería que se muriese.

Sus compañeros de instituto parecía que lo odiaban tanto como todos los demás.

Al salir por la puerta de ingreso del edificio principal del instituto que daba a la explanada donde se situaba el aparcamiento de bicicletas o los contenedores de basura, entre otras insignificantes cosas (incluyendo a los propios adolescentes), le estaban esperando un nutrido grupo de chicos de su clase. Se trataban de Kurt O'Brien, el cabecilla, y sus "Minions".

¿Qué por qué lo esperaban ahí?.

La razón era tan fútil como unas armas de destrucción masiva inexistentes.

Hace unas horas, antes de comenzar Español, en el aula, a Alfred no se le ocurrió otra cosa que sacar el móvil y ver vídeos. Es lo que hacía siempre puesto que no hablaba con nadie salvo con Siri, su mejor amiga. Siempre se ponía en un rincón al lado de la ventana y no molestaba a nadie, como un perro obediente. Pero ese día la conexión WiFi del despacho de la profesora Diana Redbone a la que siempre robaba los datos (su contraseña era tan obvia como sus ganas de tirarse al Profesor de Gimnasia: _C_O_N_R_A_D) se desvanecía como una señal de radio en lo alto del Monte Everest. Así que se movió para captar la intensidad de la señal, se movió cada vez más, hasta que se sentó en un pupitre donde la señal era perfecta. La mala suerte hizo que ese pupitre fuera propiedad de Kurt O'Brien. Y, de nuevo la fatalidad cobijándose en su regazo, hizo que Kurt se postrara de pie a las espaldas de Alfred y ojeara lo que Alfred estaba viendo ensimismado en la pantallita del móvil.

Que no era otra cosa que un vídeo de YouTube en el que Gal Gadot disfrazada como una "Sirenita" de gala baila y canta y destroza un número musical, en una actuación de cuando concursó en Miss Universo en el 2004.

Kurt estalló en carcajadas cuando lo vio. Asimismo, Alfred estalló en mil pedazos cuando lo oyó.

‒JAJAJAJA. Oh Dios mío, mirad lo que está viendo "el margi" ‒anunció a sus compañeros atrayéndolos con las manos. ‒Es un vídeo de mariquitas ‒dijo con un tono impostado subrayando lo de "mariquitas".

Un grupo se arremolinó alrededor de Alfred, que se quitó los auriculares de las orejas y miró en derredor avergonzado.

‒Sale una pava disfrazada de princesita y bailando ‒describió uno con simpleza.

‒¿Te vas a inspirar en ella para tu vestido del Baile de Invierno? ‒se burló otro.

Eran tan simples que no sabían que Alfred se había escurrido tantas veces la verga con ese vídeo que podría llenarse el tanque de la piscina municipal.

Da igual, ellos solo veían lo que querían ver, ponían la cámara delante de cualquier cosa, y si se movía, daban por iniciado el espectáculo.

Una vez, hace unos meses, Alfred escribió en el perfil oficial de Gal Gadot en Twitter (@GalGadot) lo siguiente: "Ojalá fueses mi cita en el Baile de Invierno y pudiéramos bailar juntos la canción #ParteDeTuMundo . Quiero que me azotes con el Lazo de la Verdad :)))) #kiddingnotkidding #wonderwoman #kissmeplease". No sé qué pensaría Alfred escribiendo eso a una persona real. ¿Qué le iba a contestar?. ¿Qué le iba a decir que sí al baile, sí a los azotes en el culo con el látigo, sì alla vita?. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que escribe algo tan carente de educación en una red social?.

Para Alfred solo era un aliciente en su mente para su sesión manual del día.

La campana de inicio de clase sonó y la profesora Diana entró en clase. Así que se podría decir que fue salvado por la campana y también fue salvado por Diana (no la que le gustaría, Diana Prince).

Alfred creía que el nivel de atención de su generación era inferior al de un pez, y que cuando han visto algo, al cabo de un minuto se les ha olvidado y tenían que pasar a otra cosa para no aburrirse. Desde luego, el negocio de las visitas de los YouTubers se basa en esa regla esencial del comportamiento de los centennials.

No se aplicó al caso de Kurt y su pandilla. 

Lo esperaron al salir del instituto y entre carcajadas y patadas y escupitajos y profiriéndole insultos homófobos de poca inventiva, lo lanzaron al interior del cubo de basura.

De donde sumergió como Naomi Watts en la mítica escena de "Lo Imposible", escupiendo de la boca un condón usado.

Ahora sí que tendría que leer los folletos que repartía la Profesora Helen sobre la "Prevención, Vigilancia y Control de Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS)". A Alfred le hacía gracia el preservativo con ojos y boca que hablaba y les decía a todos "Te amo, pero me amo más a mí mismo". Ahora no le hacía ni puta gracia que le hubiese amado justo en su boca.

¿Qué cómo había acabado aquí?.

Siendo un ser patético, llevando una vida miserable.■Lunes 11 de Septiembre – 7:38■


¿Y cómo había acabado así?.

Embutido en unos skinny jeans que resaltaban su bulboso trasero y apretaban su bulto genital, una camiseta blanca de imperio que marcaba sus cincelados músculos y dejaba al descubierto sus hercúleos brazos. Un largo y sedoso pelo rubio que hacía juego con sus ojos de un azul intenso y su luminosa sonrisa. Y llevando una mochila de gimnasio con su uniforme de Capitán del equipo de fútbol americano de su instituto.

Guiñándose en el espejo, sacando morritos y haciéndose fotos desde todos los ángulos posibles. Y dando las gracias a todos los Dioses por su milagro.

Es una casualidad que justo escribiera esas palabras en esa plataforma de escritura online y se despertara haciéndolas realidad. Debería averiguarlo...

Pero primero, TENÍA que ir al instituto. Por primera vez en su vida académica TENÍA GANAS de ir al instituto. Y no podía desaprovechar la oportunidad del aspecto que -no sabía cómo, ni quién ni por qué- le habían regalado. Pero se lo habían regalado a él.

A Wilfred.









Lunes 11 de Septiembre – 9:00■


Ahí se encontraba él, de pie, frente a la puerta principal de entrada al Instituto David Goldman. Donde siempre se había sentido como Dante delante de las Puertas del Infierno. Pero intuía que ahora sería diferente. Ahora entraría como Wilfred y no como Alfred, y eso es un cambio bastante sustancial, en apariencia al menos.

Alfred agarró la mochila y se la colocó encima de un solo hombro (como había aprendido observando a los alumnos que jugaban en el equipo local y se paseaban por ahí cada mañana como auténticos machos alfa) e inspirando hondo se adentró al lugar que siempre había estado presente en sus pesadillas.

Mientras cruzaba el pasillo donde se encontraban las enormes taquillas de los alumnos, ya notó el primer cambio respecto a su vida anterior. La gente ya no se apartaba de él a su paso como si tuviera la peste bubónica. Muchas veces se preguntaba cuántas veces más se tendría que duchar al día para que dejaran de hacer eso. Ahora la gente lo saludaba a su paso, le daban la mano, le palmeaban la espalda, lo miraban con admiración, con fervor, con envidia y con lujuria, con pasión y con alevosía. Con todos los adjetivos que podría usar una autora de libros de romance erótico en sus novelas.

Ahora entraba al instituto sintiéndose Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos, en medio de una multitud que lo aclamaba. Solo faltaba que le ofreciesen a sus bebés para que les diera un beso en las mejillas y abrazase a las ancianitas, en plan un político en campaña.

Incluso el imbécil de Kurt O'Brien le dijo: «Eh, Wilfred, ¿qué pasa, tío?» y lo saludó chocando los puños. Alfred pensó que podía meterse su puño por otro sitio, pero fingió que le caía bien sonriéndole como si fuera su colega.

Anna Hudson, que estaba apoyada en las taquillas charlando con su squad de amigas abusonas, interrumpió su disertación de temas superficiales para levantar la cabeza hacia donde estaba Alfred y le sonrió, con una sonrisa que ninguna chica le había dedicado en su vida. Al menos que ella supiese que estuviera dirigiéndola hacia él. Gal Gadot le había sonreído miles de veces, tanto desde su fondo de pantalla, hasta en los vídeos de YouTube como en sus fantasías, pero ella no sabía que le estaba sonriendo concretamente a él. Anna Hudson sabía perfectamente a quién le estaba sonriendo, de forma coqueta, claramente intencionada. A él. Bueno, a Wilfred.

A Alfred el único gesto que le había dedicado Anna Hudson en su vida fue el de profundo asco.

Una vez le tocó sentarse al lado de ella en una clase de Ciencias. La tarea era diseccionar una rana, reunir sus órganos internos y estudiarlos detalladamente. Pues le dio más asco estar sentado al lado de Alfred que la vivisección del viscoso bicho.

‒Me llamo Alfred ‒se atrevió a reunir todas las fuerzas que tenía acumuladas para superar todas las barreras de su vergüenza y presentarse a su amor platónico del instituto.

‒Y yo me llamo Olvídame ‒le respondió tajantemente Anna sin tan siquiera mirarlo a la cara, insertando las pinzas en el estómago de la rana muerta como quien pincha un pavo relleno en el horno en Acción de Gracias.

Después de ese día, Alfred tardó cuatro meses en poder decir otra oración simple en voz alta en el instituto, y fue "En los huevos no", cuando Kurt y su pandilla le estaban dando una paliza en el patio trasero donde se aparcaban los coches y se jugaba a Lucha Libre con él.

Alfred siguió recorriendo el pasillo triunfante. Hasta que alguien le golpeó el hombro con fuerza. «Vaya, pues sí que ha durado poco la broma», pensó en ese instante decepcionado. Se giró, y vio que era Anna. Seguramente volvía a ser el Alfred de siempre y le iba a decir que no volviera a mirarla con ojos de psicópata o le denunciaría al Consejo de Alumnos por "violación visual".

‒¡Wil!. ¿Qué coño haces? ¡Te estaba llamando todo el puto tiempo! ‒le abroncó Anna.

‒¿A mí? ‒respondió Alfred aún incrédulo, señalándose a sí mismo con el dedo y mirando a todas partes confundido. Parecía Taylor Swift ganando un premio.

‒¿Me tomas el puto pelo?  ‒Anna estaba pasando por la "fase Tarantino" de todo adolescente donde insertaba un "jodido" o "puto" en cada frase como si eso le hiciese más madura e interesante.

‒No-no te había oído ‒fingió completando su perfecta imitación de Taylor.

Anna lo cogió de la nuca y lo acercó a ella y poniéndose de puntillas le plantó un morreo utilizando su lengua como un yanqui con una perforadora de petróleo en un yacimiento del Medio Oeste. A Alfred le cogió por sorpresa. Anna le cogió por sorpresa también el paquete con la otra mano libre y se lo estrujó como masa madre.

‒¿Q-Q-QUÉ?... ‒balbuceó Alfred sin poder considerar lo que le estaban haciendo ahí abajo.

Alfred notó cómo le crecía la curvatura del pene tan rápido como en una de esas gráficas de la evolución del precio de la vivienda durante la burbuja inmobiliaria. Alarmado porque Anna lo notase, la apartó con un empellón.

‒¿Pero qué coño...? ‒bramó Anna estupefacta.

‒L-lo siento, no era mi intención, ha sido totalmente involuntario ‒se disculpó agachando la cabeza y tapándose con las manos la visible erección.

‒¿Así que te has empalmado pero no querías, es eso lo que estás diciendo? ‒Anna se cruzó de brazos visiblemente enfadada.

‒No quería ofenderte ‒le explicó abochornado.

‒¿Pero qué gilipolleces dices?. ¿Tampoco querías ofenderme ayer cuando me dejaste el coño más escocido que la cara de Sarah "Sushi"? ‒arguyó sarcásticamente Anna.

‒Es... tiene acné severo.

‒¿Qué?.

‒Sarah... Farray. Sushi ‒aclaró él.

‒Y yo el coño como su cara. He tenido que ponerme la crema para la "dermatitis del pañal" de mi hermano de cinco meses. Tu polla es un puto cíclope fuera de control ‒le explicó gráficamente.

Alfred se quedó sin palabras. ¿Qué debería decir?. ¿Cómo debería actuar?. ¿Se supone que ahora Anna Hudson y él estaban saliendo?. O al menos se dedicaban al fornicio con intensidad. Ya le valía. Alfred empezó a reírse como un bobo. Lo que confundió aún más, si cabe, a su interlocutora.

‒¿Y ahora de qué coño te ríes?. Wil, ¿qué te pasa?. Estás raro. ¿Es porque no quiero que me des por el culo?. Ya sabes que me da mucha cosa. Podría acabar ensartada como un espeto. Pero... si es tan importante para ti...

Nunca había imaginado algo así. Nunca había pensado que tuviera la más mínima oportunidad de rozar con la uña meñique a Anna Hudson. ¿Y ahora ella se estaba planteando el sexo anal con él?. La verdad es que tampoco se imaginó que Anna Hudson fuese realmente así, con ese vocabulario que estaba mostrando ahora, como si fuera a participar en la nueva temporada de "Jersey Shore". Ahora se la estaba imaginando como a Snooki y volvió a reírse con incontinencia.

Sonó la primera campana del día.

Anna le agarró la mandíbula con la mano y le apretó los costados. Casi podía ver como sus kilométricas uñas de gel le iban a arrancar el glóbulo ocular. Se acordó de la escena de la película que le pusieron el otro día en Clase de Cine, "Un Perro Andaluz" de un tal "Luis Buñuelo". Después le zarandeó la cara afectuosamente.

‒De verdad, no puedo enfadarme contigo con esos ojos que tienes. Hablamos después de las clases, ¿vale?.

Alfred afirmó con la cabeza aún con los labios de pato formados por la presión que le ejercía la mano de bruja con uñas largas de su ¿novia?.

‒Te quiero. Bye ‒le soltó amorosa Anna mientras le lanzaba un beso al aire y se fue caminando por el pasillo moviendo las caderas exageradamente, como si fuera una modelo de Victoria's Secret.

Y mientras resonaban los tacones de fondo y todo el mundo se dispersaba y el pasillo iba quedando abandonado, Alfred se puso por fin a reflexionar en la soledad sobre todo lo que le estaba pasando.

Ahora era el chico más popular del instituto. Tenía sexo salvaje con la chica más popular del instituto. Y su madre le había preparado para almorzar un táper con croquetas, su comida más favorita del mundo, que le entregó esta mañana mientras lo colmaba de afectuosos besos, le reconocía que solo tenía ojos para él, le daba un billete de 10 dólares por si se quedaba con hambre y le prestaba su coche para llegar al insti. Ella jamás había hecho ninguna de estas cosas y menos todas seguidas.

Y lo mejor de todo es que ahora realmente pensaba que no acabaría el día saliendo de un cubo de basura.

De hecho, Alfred pensó con suspicacia, que el día tendría que acabar con Kurt O'Brien saliendo de un cubo de basura.

Y con una sonrisa pícara dibujada en su rostro apolíneo empezó a caminar con chulería por el pasillo que era la antesala de su nueva mejor vida.






Lunes 11 de Septiembre – 15:07■


Alfred llegó a su casa exaltado y con la camiseta empapada en sudor (aunque por fortuna ahora eso le otorgaba el aspecto de Zac Efron en una de sus películas y no el de Ed Sheeran en uno de sus conciertos). 

Lanzó las llaves en una taza con el blasón de la casa Stark que tenían en la mesita del recibidor y apoyándose en la puerta de entrada se fue agachando poco a poco hasta quedarse sentado en el suelo con las piernas flexionadas, temblando. Respiraba entrecortadamente y notaba como si se estuviera ahogando, el corazón le iba a mil pulsaciones por minuto y aún estaba sudando copiosamente. Alfred alzó la mirada en dirección a la mesita de noche pensando que la taza de "Juego de Tronos" era lo más cercano que tenía para arrojar su vómito si no cesaban las náuseas que le estaban sobreviniendo.

Estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Lo sabía perfectamente puesto que los sufría a menudo cuando era Alfred. Pero por motivos DIAMETRALMENTE opuestos. Antes nadie le hacía caso y cuando lo hacían, era para recibir insultos y amenazas. Ahora lo estaba sufriendo porque se había sentido DEMASIADO colmado de tanta atención, popularidad y adulación y eso también le sofocaba.

Se había sentido tan agobiado que tuvo que marcharse antes de terminar las clases. Así se debía sentir Gal Gadot en una ComicCon y ahora se arrepentía de haberla perseguido por toda la convención aquel año para pedirle un autógrafo, incluso cuando entró al lavabo.

Al empezar las clases, todos el mundo lo saludaba. Y él se sentía obligado a devolverles el saludo. Saludaba con la mano, con el puño, con una enrevesada coreografía de manos y puños, con los ojos, con la ceja levantada, con un sutil movimiento con la cabeza, con el pecho, con el pompis, con la boca e incluso con la lengua como Miley Cyrus. Por cada persona que le daba los "Buenos Días" y le sonreía, él también lo hacía y sonreía de vuelta, aunque no le apeteciera en ese momento. Todos le preguntaban cómo estaba, qué había hecho el día anterior, con quién había estado y por qué, qué series había visto, qué canciones había escuchado en Spotify, qué opinaba sobre cualquier cosa, si existía vida extraterrestre más allá de nuestra Galaxia...

Todos eran amables con él, los profesores lo trataban como a un hijo. La Profesora Diana ni siquiera lo castigó por reírle en alto un chiste a Espinoza en clase (copiado de Twitter, por cierto). El Director Clinton lo felicitó por su partido de la semana pasada (que él ni recordaba haber jugado, por suerte, le agotaba solo pensarlo) y cuando vio por el pasillo al Entrenador Wallace se alegró tanto de verlo que parecía que acababa de ganar la Superbowl.

Incluso se vio en la portada de la Gaceta del instituto tratado con la misma importancia que Kanye West en la de la Rolling Stone. "Héroe local", rezaba el titular sin ninguna consideración para los verdaderos héroes de Wintweker, como el bombero que salvó a una familia entera y a su gato de su casa ardiendo el martes pasado.

Y lo peor de todo es que esto es justo lo que siempre había soñado.

«Bueno, el cambio ha sido muy brusco, necesito un tiempo para acomodarme», se persuadió.

Le había pasado a Peter Parker después de haber sido picado por una araña radioactiva y convertirse en Spider-Man. Le había pasado a Hannah Montana. Y a Shawn Mendes. A todas las personas relevantes de este país que habían pasado de la noche a la mañana a ser los más populares.

Es normal sentir esta presión, este agobio. Chris Pratt no pasó de vivir en una furgoneta y servir gambas fritas en el Bubba Gump a ser el actor más deseado sin atravesar una etapa de adaptación en la que se sintió angustiado y destrozado por dentro.

Alfred empezó a tranquilizarse. Inhalaba y exhalaba por la nariz lentamente. Su mente se clareó, las nubes se desvanecieron.

Dio una palmada y se dispuso a levantarse. Al verse en esa postura, con las piernas juntas flexionadas pensó en hacer algo que antes nunca se le hubiese ocurrido hacer por su propia voluntad. Colocó sus piernas en una posición de 90 grados y las elevó, contrayendo el abdomen. Es increíble, estaba haciendo abdominales. Y no se cansó. Alfred se recreó estudiando sus abdominales acentuados por el ejercicio. Se tocó el estómago y sintió sus músculos con las yemas de los dedos, admirándose. Lloró de felicidad. «Soy Chris Pratt de verdad. El de después de "Jurassic World", claro».

Alfred se levantó con un salto ligero hacia adelante, se secó las lágrimas que se habían entremezclado con las gotas de sudor y se sacudió el pantalón por la parte de las pantorrillas y el trasero. Respiró hondo una última vez (últimamente estaba haciendo mucho yoga involuntario). Y se sacó el móvil del bolsillo trasero del tejano.

Comprobó en la pantalla de bloqueo que tenía 896 Whatsapps, 117 notificaciones de Redes Sociales y 11 llamadas perdidas. El móvil del Presidente de los Estados Unidos recibía menos avisos después de una nueva prueba nuclear con misiles de Corea del Norte.

Se había despedido de Anna bruscamente, después de la quinta clase, diciendo que se sentía realmente indispuesto hoy y quería irse a casa y descansar, que no intentase contactar con él porque seguramente estaría durmiendo todo el día y que le respetase su espacio (siempre había querido decir esto en una relación, aunque primero tenía que haber estado en una relación, y por fin parecía que lo estaba). A Anna casi ni le dio tiempo a darle un beso de tornillo de despedida y mientras se iba corriendo vio cómo fruncía los labios y le lanzaba improperios. De los demás no se despidió, si tuviera que despedirse de todos tal como los había saludado a cada uno de ellos antes, se moriría antes de viejo, así que se lanzó corriendo por el pasillo como para hacer un Touchdown con el pulgar hacia arriba y la otra mano tapándose la boca inflada.

Ahora se arrepentía un poco, pensaba que por una vez que podía decir que había tenido sexo con una mujer (real) no se acordaba de haberlo hecho, cuando si le hubiese ocurrido a Alfred, lo tendría grabado a fuego en su memoria como un trofeo que siempre había perseguido y soñado y al conseguirlo nunca jamás lo dejaría escapar, como Leonardo DiCaprio con su Oscar al Mejor Actor. Así que tenía que revivirlo, tener sexo -presente y palpable- con Anna Hudson y celebrarlo luego llorando y jugando al "WoW" con Argo.

Vaya, no había pensado en Argo en todo el día. Es verdad, tenía que contárselo todo a Argo, con todo lujo de detalles, lo del sexo reminiscente y el sexo venidero, mientras comían Cheetos y entraban juntos (figurativamente) a una mazmorra de Azeroth. Aunque ahora necesitaba descansar, de verdad. Vaciar su mente y prepararse psicológicamente para mañana y para todos los días del resto de su mejorada vida. Ya le daría un toque mañana, cuando estuviera más acomodado a su nueva existencia.

Alfred entró al comedor y se sobresaltó.

‒¿Qué estás haciendo aquí, mamá? ‒preguntó.

Su madre estaba sentada en una silla en la mesa del comedor. La había pillado llorando. Estaba sujetando con una mano una hoja de papel con el codo del otro brazo apoyado al cristal de la mesa y el puño en la frente. Cuando Beth lo vio, de inmediato deshizo su posición corporal y dejó el folio encima de la mesa dándole la vuelta poniendo de manera visible su cara en blanco.

‒Wil, querido ‒dijo con un tono de fingida tranquilidad. ‒¿Qué... qué haces TÚ aquí? ‒le preguntó desviando así el centro de atención.

‒Oh. Estaba... me encontraba mal y he salido antes del instituto. 

‒Vaya, ¿qué te ocurre?. ¿Tienes fiebre?‒ se preocupó de forma instintiva su madre, levantándose automáticamente de la silla y dirigiéndose hacia él para palparle la frente con el dorso de la mano.

‒No, no. Es solo... un mareo. Necesito descansar ‒contestó, agarrándola de los hombros y tranquilizándola.

‒De acuerdo. Pues descansa, hijo. No pasa nada porque un día te pierdas las clases ‒«mi madre de antes me hubiera lanzado una chancla por faltar un día a clase y también me hubiera castigado sin WiFi una semana», comparó mentalmente.

‒Mamá... ¿qué... por qué estabas llorando? ‒retomó Alfred preocupado.

‒Oh, no es nada tampoco ‒fingió indiferente.

‒¿Es... por Rocky?. ¿Dónde está Rocky?. ¿Qué ha hecho esta vez? ‒preguntó súbitamente. Giró la cabeza hacia las escaleras y prestó atención por si escuchaba la ruidosa música de Twenty One Pilots, pues es lo que solía hacer Rocky cuando se enfadaba con mamá y se encerraba en el cuarto.

‒¿Quién? ¿Quién es Rocky, cariño? ‒preguntó su madre extrañada.

«¿Cómo que quién es Rocky?... Tu hijo favorito hasta hace un día...». Y se acordó:

(…)

De hecho, era el único hombre de su casa. Puesto que, por suerte, no tenía ningún hermano.

Esas eran sus palabras textuales. Lo había escrito también en el borrador de su Obra en TextBoard aquella noche.

¿Por qué escribió eso?. No es que no estuviese tranquilo sin él (la casa estaba más en paz), pero al saber que había borrado de un plumazo la vida de un ser humano se sintió un asesino psicópata, como Charles Manson. No, ese sería Alfred. Ahora sería un asesino psicópata como Evan Peters en "American Horror Story".

‒Nadie. ‒«¿Nadie?». ‒¿Qué te pasa? ‒le volvió a cuestionar.

‒Nada, son tonterías. ¿Tienes hambre?. Voy a prepararte algo ‒anunció Beth escurriendo el bulto.

Alfred se dirigió veloz hacia la mesa del comedor y antes de que su madre pudiera alcanzarlo, agarró el papel que había encima de la mesa y la rodeó hasta posicionarse en frente de su madre, separados por un rectángulo de cristal.

‒Wilfred, dame eso ‒aseveró su madre.

‒¿Qué es?.

‒Nada, dámelo, por favor ‒le repitió. Y cuando una madre repite dos veces algo se convierte en una sentencia.

Alfred le alargó la hoja para que su madre la agarrase pero antes le echó un rápido vistazo. Lo que leyó le golpeó en el estómago e hizo que volviesen las borrascas a su cerebro. En el encabezamiento de la hoja ponía con letras mayúsculas y en negrita lo siguiente:

[ NOTIFICACIÓN DE DESAHUCIO ]

AVISO DE 3 DÍAS PARA PAGAR O ABANDONAR.

Alfred se quedó inmóvil, sujetando la hoja en alto. Su madre la atrapó y la arrugó con las manos con rabia formando una bola. 

‒¿Lo has leído, verdad? ‒le preguntó Beth sabiendo cuál era la respuesta.

‒¿Qué significa? ‒la inquirió Alfred anonadado.

‒Cariño, saldremos de esta. Ya pensaré en algo ‒le susurró su madre con un tono esperanzador.

Alfred seguía inerte como una estatua.

‒Saldremos de esta, te lo prometo, Wilfred ‒le reiteró su madre tocándole la cara con cariño y apartándole un mechón rubio de pelo de los ojos.

‒¡Me llamo Alfred! ‒reaccionó por fin.

Alfred se liberó del cemento que lo petrificaba y salió corriendo hacia las escaleras. Las subió en un tiempo récord y Beth oyó el ruido de la puerta de su habitación estrellándose contra el umbral.

Beth entendía perfectamente la reacción de su hijo. Así que suspiró, lanzó la bola de papel arrugada al suelo y por fin pudo permitirse adoptar una clara expresión de preocupación. A continuación, se sentó de nuevo en la silla y rezó.

Alfred puso el pestillo de la puerta. Aunque sabía que su madre no lo molestaría ahora, lo respetaría en ese momento. Seguramente primero rece y luego le prepare unas croquetas que le subirá más tarde para animarle. El teléfono no paraba de sonar y pitar, y eso lo irritó. No pensaba hablar con nadie, así que lo silenció. Cuando lo hizo, vio un icono en el escritorio de su móvil que hizo que se parara a pensar. Era la app de TextBoard que se descargó gratis de su Play Store.

«¿Y si...?».

No llegó a acabar su pensamiento cuando ya clicó sobre el icono de la app, abriendo la pantalla de inicio de la aplicación, que era roja, naranja y con hojas otoñales de adorno.

«¿Y si esto tuviese una solución?. ¿Y si fuese, además, inmediata?», finalizó su razonamiento, como un Platón reencarnado.

Alfred convivía con mundos mágicos digitales todos los días. Y con lo mundos de fantasía de su cabeza también. En su imaginación estaba casado con Gal Gadot, para qué contar más.

Pero nada de eso hacía que creyera DE VERDAD en la magia. Ni siquiera creía en Dios. Su religión era el Dodecateísmo (supo que era al buscarlo en la Wikipedia) y porque tenía una enfermiza obsesión con "Xena" (que le había inculcado Argo, que a su vez es el nombre del caballo de la Princesa Guerrera).

Pero lo que le había ocurrido... ¿cómo podía calificar lo que le estaba pasando?. Si no "pura magia".

Había escrito cuatro tonterías en una plataforma online y sin mediar explicación al día siguiente se levantó cumpliendo al pie de la letra en su vida real con todas las palabras que había escrito. Era otra persona diferente, la persona que había descrito en la Red. Con la vida que le designó en su ficción.

Todo efecto tiene su causa.

Y su causa parecía ser esa aplicación que se había bajado hace un día con la simple aspiración de desfogar sus inquietudes personales.

Abrió su perfil de TextBoard y entró en la sección MIS OBRAS.

Ahí estaba: OBRA SIN TÍTULO - PARTE 1 (PUBLICADO)

«Mierda, no lo guardé como borrador. Lo publiqué sin querer», pensó avergonzado.

Pensó en la probabilidad de poder cambiar otra vez su vida. De eliminar lo negativo. De hacer que su madre dejase de llorar. De joder a los cerdos burócratas que le habían jodido a él y a su família.

Se sentía como un superhéroe, con todo el poder del Universo en sus manos. Como uno de la Marvel, claro («lo siento, Wonder Woman»). Era capaz de cambiar el destino, de mejorar las cosas, de acabar con las injusticias que le rodeaban, de devolver amor al mundo y todas esas chorradas a lo "Sailor Moon". Todo lo que necesitaba era escribirlo. Y un cameo de Stan Lee en su obra.

Pulsó sobre la OBRA SIN TÍTULO. Y a continuación sobre la PARTE 1. Pero ocurrió algo extraño... podía leer el capítulo, pero no podía editarlo. No le dejaba.  Además, se fijó, en su publicación no constaba ningún "Like" y solo 1 "Leído" (que sería él mismo, lo más seguro). Pero pensó que eso era lo más normal que había visto en 24 horas.

«Bueno, pues escribiré un nuevo capítulo. Que además, queda más metafórico así».

Y creó la PARTE 2 de su OBRA SIN TÍTULO. ■Lunes 11 de Septiembre – 16:23■


Wilfred no pudo levantarse con una mejor noticia que la transmitida a gritos con gran entusiasmo por su madre, que entró en su habitación y lo empezó a sacudir de forma histérica para despertarlo.

Al parecer, ahora eran MILLONARIOS. Que digo millonarios... billonarios. Lo que sea que signifique que la cuenta bancaria de su madre ahora tendría 9 cifras.

En efecto, según le relató su madre llorando de felicidad, el sábado por la tarde se acercó al estanco de Penny Wise, donde cada día se compraba una cajetilla de cigarrillos Marlboro Light. Tenía guardado, por si surgía una emergencia, un billete de $10 escondido en su cajón de la ropa interior. Así que solo le quedaban 8 dólares en billetes replegados en su pequeño monedero rojo de Heng Sheng que se compró por Aliexpress. De hecho, era todo lo que le quedaba para el resto de la semana (sin contar el Hamilton que custodiaban sus bragas). El paquete de cigarrillos le costó $4.55. Se compró también un paquete de Skittles de sabor a frutas del bosque (para el aliento de después de fumar). Ahora solo le sobraban 2 dólares y unos cuantos centavos. «¿Qué le iban a solucionar dos míseros dólares?», pensó. «A la mierda». Así que la providencia hizo que rellenara una papeleta de la PowerBall. 

Casi nunca jugaba a la lotería, pensaba que era un timo, que nunca tocaba, y que todos los que ganaban eran actores pagados por la AMEL* (*Asociación Multi-Estatal de Lotería) y una farsa inventada por el Gobierno para manipularnos el cerebro y que nos gastáramos el dinero en vicio y así el capital público revertía en manos de los trajeados del Capitolio. Escogió 5 pelotas blancas: el 9 (por el día del sorteo), el 17 (por la edad de Wilfred), el 54 (por la edad que tenía ella ahora), el 55 (por la edad a la que murió su marido) y el 59 (por la edad a la que quería ser abuela). Y la pelota roja fue el 16 (por la edad de... nadie, porque sí).

Esta mañana cuando leyó el periódico local, se fijó en una noticia que le llamó inmediatamente la atención. De hecho, le llamó tanto la atención que se cayó de culo literalmente al suelo.

"EL MAYOR PREMIO DE LA HISTORIA DE LA LOTERÍA EN ESTADOS UNIDOS CAE EN NUESTRO AMADO CONDADO DE WINTWEKER.

EL GANADOR DE 780 MILLONES SE ENCUENTRA AÚN EN EL ANONIMATO, PERO PODEMOS CONFIRMAR QUE SELLÓ EL BOLETO EN EL ESTANCO PENNY'S & CO."

Ruth (*que así se llamaba ahora en vez de Beth, no se sabe por qué, pero hay que respetar la coherencia interna existente en esta nueva realidad) fue corriendo a su habitación, abrió ansiosamente el armario y sacó su monedero. Lo abrió a toda prisa y sacó el boleto de la PowerBall que había comprado en el estanco de Penny. Con el periódico en la otra mano, confirmó la combinación ganadora:

9 - 17 - 54 - 55 - 59 / 16

Sus números.

Su salvación. Su futuro. Su sueño. Su destino. Su regalo de Dios. Su regalo a su hijo. Su alegría infinita. Su tiquet a una vida sin preocupaciones ni obstáculos.

Alfred repasó el estilo y la ortografía del escrito. Luego pensó en la tontería que suponía aquello en esa situación. ¿Dejaría de funcionar porque escribiese "ecsitado"?. Estaba añadiendo demasiadas florituras. ¿Quién se pensaba que era, Stephen King?. Además, que no lo iba a leer nadie. Resopló.

Cuando iba a apretar el botón de PUBLICAR se detuvo. Torció el labio meditando. Volvió a meterse dentro de la caja de escritura. Y toqueteó el teclado de nuevo con renovadas energías:

Además, pasó algo muy curioso, independientemente de todo esto.

Sus padres tenían su cuenta bancaria conjunta en el Bank Of America, en la sucursal de Fairfax (de donde eran oriundos) y ahí solicitaron a su director hace 20 años un préstamo hipotecario para comprarse la casa donde actualmente vivían. Y de ahí surgió la maldita orden ejecutiva de embargarles la casa. El director de la sucursal, George Trump, siempre había sido amable con sus padres, mientras pudieron pagar. Después de la muerte del padre de Wilfred, su madre tuvo que apañárselas para poder seguir pagando la hipoteca mes a mes, y cada vez le costaba más. Trabajaba muy duro. Era muy injusto. Y al señor Trump eso le importaba una mierda.

Pues bien, ese mismo día, y por avatares de la vida, a la misma hora que Wilfred y su madre saltaban de alegría en la habitación de su casa en Wintweker, agentes del FBI del Departamento de Asuntos Fiscales hicieron una redada en la mansión que tenía el señor Trump en el Condado de Henrico, en Richmond. Ahí encontraron más de 10 millones de dólares en efectivo en bolsas de basura más otros 8 millones en diamantes, además de a 6 prostitutas de lujo con las que en ese momento estaba montándose una orgía en el jacuzzi del jardín. Por aquello le podían caer 20 años, y eso con el mejor abogado del Estado...

Alfred no entendía de leyes, así que 20 años le pareció una cifra razonable como la condena más injustamente baja que podía recibir un millonario poderoso en este país. Aún así, aún si fuera cadena perpetua... no se sentía satisfecho. No se sentiría satisfecho con nada. Ese señor le había arruinado la vida y su castigo le parecía pueril. Alfred volvió a recordar a su madre llorando de impotencia, lo mal que eso le había hecho sentir. Se mordió los labios y se llenó de odio y de rencor.

Seleccionó el último párrafo y lo eliminó. Con una gélida mirada y un impasible pulso, volvió a reescribir:

Pues bien, ese mismo día, y por avatares de la vida, a esa misma hora (...) George Trump se encontraba en el jacuzzi del jardín de su mansión en Richmond, sus fofas carnes sobresalían del agua burbujeante, y las asqueadas prostitutas estaban haciendo su trabajo como buenamente podían, y mientras una de ellas le restregaba las tetas por la cara, otras jugueteaban debajo del agua con su diminuto micro-pene y la menos afortunada le introducía un dildo de 28 centímetros por el recto. Pero el cerdo banquero de 69 años ya no controlaba su esfínter como antes, así que desafortunadamente para cualquiera que esté leyendo esto, su ano explotó en una catarata incontrolada de heces. Las prostitutas salieron inmediatamente del jacuzzi repugnadas. Bañarse en aguas fecales no entraba dentro de su sueldo. Huyeron despavoridas de esa casa. Así que el viejo cochino se quedó solo en el jacuzzi, flotando entre los restos de su propio organismo, maldiciendo su mala suerte, sin saber que el verdadero significado de la mala suerte lo comprobaría segundos después, cuando levantó la cabeza y mirando al cielo, acabó de liberar todos los fluidos que le quedaban dentro del cuerpo del susto que le entró al verlo...

UN METEORITO BAJABA FOGOSAMENTE POR EL CIELO e IMPACTÓ justo en el jacuzzi donde se encontraba el condenado capitalista sinvergüenza DESTRUYENDO su casa, su vida, su patrimonio y sus tripas para siempre.

No se conocieron más víctimas del extraño suceso aparte del malnacido y mal finado de George Trump.

¿Se pasó de creativo?.

Había pasado demasiado tiempo viendo porno y gore y en algo se tenía que notar. Y que una de sus películas de cabecera fuera "Destino Final" tampoco ayudaba mucho.

Bueno, da igual, qué más daría. Lo iba a dejar así, ¿quién le iba a criticar la pretenciosidad literaria, la vulgaridad de su estilo y la falta de rigor científico de su historia?. Si nadie lo leía. Y nadie sabía lo que su texto podía causar.

Eso sí, Alfred opinaba que no iba a convertirse en el próximo Light Yagami, escribiendo nombres de personas corruptas y amorales y provocando su muerte accidental en pos del bien de la Humanidad.

Esto no era "Death Note". Era la Vida de Alfred. No quería esos malos rollos y esas complicaciones. Quería que su vida fuese sencilla.

Solo quería ser popular, guapo, follador, millonario y el feliz marido de Gal Gadot, no pretendía convertirse en un asesino en serie, aunque fuese de los buenos.

«Oh». Ahora que su mente lo había mencionado, se había olvidado de una cosa.

Añadió una acotación al texto:

Después de echar un polvo con Anna Hudson en el cuarto de la limpieza en el instituto (algo que siempre recordaría de forma vívida), cuando ella se fue a clase, Wilfred recibió una llamada de móvil con un número oculto. 

Era Gal Gadot. Y le dijo que lo amaba, que quería conocerlo y casarse con él.

Alfred puso cara de memo y se rio solo.

Pues bien, más o menos lo tenía todo, ya se había desfogado y estaba satisfecho con sus demandas. Alfred hizo una mueca de aprobación con la boca y ahora sí, sin pensarlo más veces, pulsó PUBLICAR.

Alfred observó su habitación, como despidiéndose simbólicamente de su anterior nueva vida. Supongo que pensaba que el cambio sería inmediato y de repente su cuarto cambiaría a un aspecto más lujoso y al tamaño de, como mínimo, del vestidor de Mariah Carey. Así que esperó. Y esperó. Pasaron varios minutos cuando Alfred frunció el ceño y comprobó su móvil indignado.

La casilla de PUBLICAR se había vuelto gris y ahora parpadeaba anunciando el mensaje PUBLICANDO... pero así continuaba. Todo el rato.

Alfred se extrañó. Pero no le dio importancia. Así que aparcó el móvil en la mesilla de noche, cogió un cómic de "New X-Men" de la estantería y se tumbó en la cama, que ahora era individual, aunque seguía siendo de IKEA (hay cosas que nunca cambian).

Cuando terminó de leer el número entero (se apuntó mentalmente que debía de comentar su teoría sobre el twist final de la última viñeta en Reddit) volvió a coger el móvil y lo desbloqueó.

Pero aún seguía igual:

PUBLICANDO...

Ahora sí que estaba oficialmente extrañado.

Cerró su sesión de TextBoard. Volvió a poner su Usuario y Contraseña en la app.

Entró en su cuenta... y le volvía a aparecer el mismo mensaje: PUBLICANDO...

Intentó loguearse desde la versión Web en el Chrome. Pero también pasaba lo mismo.

Apagó y encendió el móvil. Lo reinició. Sacó la batería. Probó de todo, solo le faltaba tomar un sorbo de vino con su sangre e invocar al Dios Manon.

«Bueno, pues nada, esperaré. Qué remedio», pensó Alfred, resignado.

Decidió que era buen momento para hablar con Argo y ponerle al día sobre su nueva situación. ¿Lo creería?. Seguramente no, era un obsesionado de las conspiraciones y no se fiaba ni de su propia sombra, por eso vivía en un búnker (literalmente) y encriptaba todos sus mensajes.

Se sentó en la silla giratoria del escritorio y encendió el ordenador. Entró en "World of Warcraft". Vio que Argo estaba en línea y le abrió un chat escribiendo el comando: "/w [ @argosexyhoof03 ]".

"q pasa tío?" ‒era su "Yo" ortográficamente descuidado del mundo del chat.

(...) Silencio virtual.

"te interrumpo?estás cascándotela? x'D" ‒escribió.

"kien eres? k pollas kieres?" ‒le contestó al fin.

"jjjj... lávate las manos y atiende. Te voy a contar 1 cosa q vas a flipar".

"Repito. Quién eres??? Te voy a meter un BLOQ k te cagas"  ‒le advirtió Argo.

"Tío, q te pasa hoy? Hola? Soy Alfred? A su servicio?".

"No me haces gracia, tío. No sé quién eres. Si quieres unirte a mi Horda, ni lo pienses. BYE FELICIA"  ‒sentenció Argo. Y se desconectó. «¿"Bye Felicia"?».

Alfred miró fijamente a la pantalla del ordenador, y de paso admiró todo el polvo que se acumulaba.

¿Es posible que Argo no lo conociera?. «No me jodas». Se conocían desde hace 8 años. Y ahora ni siquiera le hacían gracia sus chistes onanistas. Si era la mayor parte de su repertorio en común.

Así que Argo está fuera de la ecuación. Al convertirse Alfred en la persona más popular de su instituto, también había dejado de lado otros aspectos de su anterior vida, entre ellos su amistad virtual con el mayor friki de Virginia Occidental.

¿Y ahora a quién le contaría cada día en privado su vida de mierda, sus depresivos pensamientos suicidas y sus ralladas mentales que no le importaban a nadie?. «Vaya... ahora mi vida no es una mierda. Mi vida es una pasada. Puedo exponer mi felicidad públicamente y la sociedad ya no me juzgará por ello», pensó. «Me tengo que abrir una cuenta en Instagram».

Cogió el anuario del instituto que vio junto a la caja de Kleenex y lo abrió. Se levantó mientras lo repasaba. Estaba firmado, por todas partes, por todas las páginas, por todo el mundo. Tenía más firmas que un Change.org para que volvieran a juntarse los One Direction. Alfred sonrió y tiró el anuario al suelo. El anuario del Alfred de hace dos días consistía en una dedicatoria de Rocky (obligado por su madre) que en realidad escondía un acrónimo que decía "CAPULLO" («al menos se lo curró») y otra de la Profesora Helen, animándolo a donar sangre. El anuario era lo que menos le importaba.

Alfred cogió la tablet del cajón de la mesilla y entró en Netflix (con la contraseña que compartía con Argo, por suerte fue invención suya y no la había cambiado: "HERRADURA", en mayúsculas). Para matar el tiempo se pondría a ver alguna de las mil series coreanas que hubiera en el catálogo.

Alfred escogió de entre muchos doramas uno titulado "Hello, My Twenties". La portada le llamó la atención, queriendo eso decir que eran 5 jovencitas coreanas en una misma cama y leyó la sinopsis: "Cinco estudiantes universitarias viven juntas en la residencia femenina..."Stop. Ya le habían convencido. Así que empezó con el binge-watching.

Alfred se despertó a las 00:53 sobresaltado. Se había dormido viendo series coreanas. 

Agarró el móvil, lo desbloqueó y entró en su perfil de TextBoard.

"OBRA SIN TÍTULO - PARTE 2 (PUBLICADO a las 00:00 – 09/12/17)"

Era lo más bonito que había leído nunca. Bueno, nunca confesaría a nadie que lloró con el final de "Crepúsculo".

Miró alrededor intentando notar algún cambio. Aún seguía en su cochambrosa habitación.

La única novedad era una bandeja gris en el suelo, con un plato con seis croquetas, un plátano y un vaso de zumo natural exprimido, cortesía de su madre. No era precisamente la imagen misma del lujo que esperaba.

Alfred cogió la bandeja y empezó a devorar las croquetas sentado encima de la cama.

Mientras comía, Alfred dedujo un par o dos de conclusiones sobre el asunto que tenía entre manos y su (aparente) funcionamiento. Si no se equivocaba, podía llegar a enunciar, sin riesgo de equivocarse, que:

  1. Lo que escribía en TextBoard PARECÍA publicarse siempre a partir de la medianoche, por lo que si redactaba algo e intentaba publicarlo antes, se mantenía en espera hasta que técnicamente fuera el día siguiente. Esto, suponía, evitaba que se solapasen los días en cada capítulo.

  2. Debía de esperar el curso natural del tiempo y dejar discurrir la lógica narrativa. Si decía que le tocaba la lotería, no iba a cagar billetes de 50 ya mismo. Todo a su debido tiempo y siguiendo un transcurso temporal lineal y congruente.

  3. No podía editar una entrada anterior. Eso era un fastidio, la verdad. Lo que estaba hecho, no se podía deshacer
    Lo que escribía tenía consecuencias ulteriores más allá del campo textual determinado. Como que Argo no lo conociese o que su madre ahora estuviese más gorda y su nombre fuese más feo.

Y, de momento, no se le ocurrieron más cosas. Dejó la bandeja en el suelo. «En fin, mañana será otro día. Y será mejor todavía, seguro», pensó colmado de emoción y felicidad mientras cerraba de nuevo los ojos y se durmió al instante plácidamente, como nunca antes había dormido, despojado de preocupaciones.

«¿Porque todo aquello no sería un sueño, verdad?», pensó de repente abriendo un ojo.

No, sería demasiado casposo. Es el peor final de todos. El sueño es el cáncer de las historias.  Como el final de "Lost" .

No, era real. Su vida era real. Wilfred era real. Y mañana sería millonario. Real.

«Buenas noches», le dijo a Gal Gadot, dándole un beso a la pantalla.

«Pronto te lo daré de verdad».

Y Alfred se durmió. Y ahora sí, de un tirón.■Martes 12 de Septiembre – 8:59■


Pues sí, cumpliendo con su palabra (literalmente), eran millonarios. Les había tocado la lotería. 

El mayor premio que se había dado en la historia de la PowerBall hasta el momento: 780 millones de dólares. Su madre podría pagar la casa y Alfred podría pasearse excelso por el instituto en plan videoclip de rapero: con fundas de oro y diamantes en los dientes, en la cabeza una corona de oro adornada con piedras preciosas y rematada por un orbe cruzado encima, un abrigo de visón de Fendi confeccionado con piel de marta, unas Adidas Yeezy Boost 350, un cetro de cristal y joyas incrustadas en una mano y en la otra el nuevo iPhone X (que sería lo más caro del conjunto).

Craso error.

Lo que no sabía Alfred es que cuando ganas 780 millones de dólares no los cobras al día siguiente. Como todo, tenía un proceso, y el cobro de la lotería era uno que Alfred desconocía. Debería haberse documentado antes, como hacía un escritor de verdad, y no escribir lo primero que se le venía a la cabeza sin pensar, como Donald Trump en el Twitter. Si lo llega a saber hubiese escrito que se encontraba una mochila llena de dinero olvidada de un atraco a un banco o que pertenecía a un congresista o algo así más inmediato.


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