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Las vidas de Pedro Antonio Marín

Manuel Marulanda Vélez Tirofijo



Arturo Alape

Las vidas de Pedro Antonio Marín, Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo

© Arturo Alape

Primera edición

©Ediciones Abejón Mono

Junio de 1989

Bogotá Colombia

ISBN: 9780463424582

Smashwords Inc


Todos los derechos reservados. Sin autorización escrita del editor, no se podrá reproducir ni total ni parcialmente esta obra, por ningún medio escrito, gráfico de comics reprográfico, físico, electromecánico, magnético, electrónico, de video o de audio.



INDICE

Breve biografía del autor

Introducción

Los correteos iniciales

Los primos eran catorce

La Operación Marquetalia, la guerra que aún no ha terminado

Fuentes

Bibliografía






Breve biografía del autor


Arturo Alape: Cali, 1938 – 2006. Integrante de las guerrillas comunistas que antecedieron a las Farc, acérrimo militante comunista y propagandista de las Farc, en su tarea como investigador, escritor y periodista. Realizó estudios de pintura en el Instituto de Cultura Popular. Ganador de varios concursos nacionales de cuento, algunos de sus textos fueron traducidos al francés, alemán y japonés. Autor de: La bola del monte (cuentos, Premio Casa de las Américas, 1970), Las Muertes de Tirofijo (cuentos, 1972), El diario de un guerrillero (1973), El cadáver de los hombres invisibles (cuentos), Guadalupe años cincuenta (coautor, Premio de teatro Casa de las Américas, 1976), Un día de septiembre (testimonio sobre el paro cívico de 1977), El Bogotazo, memorias del olvido (1983); reedición Planeta 1987); Noche de pájaros (Novela Planeta, 1984), La paz, la violencia: testigos de excepción (Planeta 1985). Este libro: Las vidas de Tirofijo fue publicado en 1989





INTRODUCCIÓN

Aspiro a que no se haya quedado una voz perdida Desde el Alto del Indio, al borde de la carretera, habíamos visto a Gaitania en la profundidad de un hueco encajonado; dos cortes de montaña entre el cañón del río Atá, bien cimentada en la hondonada de tierra, la vimos por los techos de sus casas y de verdad que nos alegramos. El viejo baquiano, encorvado por el peso de los años, nos había dicho:

─Ahora, muchachos, es bajando corriendito a pie y bajando le rinde a cualquier hombre por flojo que sea. Lo hicimos con la inexperiencia de dos hombres de la ciudad, sosteniendo los pasos sobre los talones y doblando las rodillas a cada instante como si estuviéramos soportando un temblor en las corvas─

Al llegar en la noche, lo más aconsejable por seguridad, vimos un cuadrado de casas que conformaban el marco de la plaza, ya desierto. Estábamos en Gaitania, antigua colonia de presos políticos liberales, durante la hegemonía conservadora. De inmediato el viejo baquiano nos dejó en la casa del contacto. Nos abrió la puerta un hombre delgado de abundantes bigotes y cejas pobladas, y como saludo nos dijo:

─Camaradas, los estamos esperando desde hace dos días. Evidentemente debimos llegar hace dos días, pero el regional del partido en Neiva había tenido problemas para encontrar a un baquiano de confianza que nos condujera hasta Gaitania. Y nos confió a un viejo conservador de ojillos vivos brillantes que evitó de camino hacernos ningún tipo de preguntas indiscretas. Un hombre de conocimientos en el necesario equilibrio del saber vivir en una zona de complicada situación política. Con él nos metimos en un bus, yo viajé al lado de Omar y el viejo baquiano se sentó detrás de nosotros, haciendo que leía un periódico, pero lo cierto es que durmió plácidamente en el viaje de cuatro o cinco horas por una carretera destapada.

El contacto en mangas de camisa, flaco, de huesos salientes por todo su cuerpo, resultó ser el odontólogo-tegua del pueblo, que nos invitó a pasar a su casa, nos ofreció comida y luego en tono solemne nos dijo:

─Aprovechando la llegada de ustedes que vienen por el central, he organizado esta noche una reunión, para que nos regalen algo de sus experiencias.

Rostros en la penumbra de hombres sentados en hileras, quietos sobre bancas de madera.

Hablamos Omar y yo de la actualidad política, de las posibilidades de la alianza del partido y el M.R.L., de las ricas experiencias que nos brindaba la revolución cubana, de las tareas de crecimiento del partido en lo orgánico y de su política de masas. Entre ellos pululaba el silencio, al escuchar palabras que les “regalábamos” como experiencias, que en verdad no era muchas. Promediando la reunión, escuché la voz pausada del odontólogo preguntar con ansiedad:

-Para nosotros, campesinos, es muy importante que nos expliquen ustedes, hombres de universidad, la teoría del camarada Stalin sobre el problema de las nacionalidades.

Entre los dos respondimos a su pregunta con la información que teníamos a mano. Le hablamos de cómo Lenin había planteado la solución del problema de las nacionalidades y cómo en realidad se había resuelto la cuestión en un país de diversas repúblicas como la Unión Soviética. En fin, les respondimos. Por el silencio, uno suponía que estaban satisfechos.

Lo que no entendíamos era la importancia que para ellos tenía ese problema. Hombres alerta en el silencio de sus pensamientos. Elementales, con la convivencia del rigor de lo cotidiano. Al finalizar, los veinte hombres agrupados en la oscuridad se levantaron y uno a uno nos dieron la mano, en un apretón sin fuerza, pero cálido, y dijeron “¡gracias camaradas!”.

Esa noche dormí con la idea fija ─constante martilleo en la cabeza─, de que seguramente, al día siguiente, estaríamos en camino hacia Marquetalia. Me adormilaba con la ilusión de lo posible. En reunión reciente del Central de la Juventud Comunista, se acordó que una serie de cuadros de la organización, visitaran diversas zonas campesinas, que afrontaron y desarrollaron la resistencia guerrillera en la década de los cincuenta, para así conocer de cerca esa vivencia. Para nosotros era palpar otras paredes, sentir otros alientos. A Omar Bernal y a mí nos tocó por suerte viajar a Marquetalia, la ensoñación, el penetrar en lo que era en ese entonces o sería un mito en el transcurrir de los años. Otros compañeros fueron al Pato, Guayabero, Riochiquito, Sumapaz.

Nosotros, a finales de los años sesenta, éramos la generación que despierta no de cualquier sueño, sino de la más brutal de las pesadillas, que directa o indirectamente habíamos vivido y ahora se convertía en un tabú impregnado por un miedo patológico.

Queríamos con esa visita, desmontar la intensidad de esa realidad, beber en sus fuentes, ver el otro rostro descrito en otras palabras para nosotros las verdaderas y por ello, la buscábamos en la sabiduría sembrada en la tierra. La idea colmaba los límites de la ambición en esos años juveniles. Omar Bernal como estudiante de derecho en la Libre, en

Bogotá; yo simplemente debatiéndome entre la agitación política y la más amplia gama de amarillos girasoles, sombra vangoghniana, los dos balbuceábamos la nueva pasión.

Después del desayuno hablé, indagué con largueza al odontólogo sobre la situación de la zona. Él, enseñado a vivir entre el breñal de la zozobra sólo dijo:

─Muy berraca la situación. Hace un año se nos complicó con el asesinato del camarada Charro. Pero, ahora parece que se mejora. Uno no sabe al final qué pasará. La gente de arriba sí lo sabe.

Me contó que al cerrarse definitivamente la colonia penal de Gaitania, en los años 30, “los presos enamorados de estas tierras, se quedaron y descuajaron montañas, y preñaron a muchas mujeres y ya como colonos, formalizaron sus familias...”. Me dijo que saldríamos al mediodía con un compañero del Movimiento que estaba haciendo mercado. Le pregunté por Omar.

─Está en la plaza jugando fútbol.

─Fútbol, ¿con quién...?

─Con los soldados del puesto.

Entreabrí un poco la puerta; Omar, un civil sudoroso y colorado pateaba la pelota, sin remordimiento, incluso con frenesí desenfadado. Un soldado con la cabeza rapada, de excelentes condiciones se alistaba como portero para atraparla. Era el cobro de un tiro directo, una falta. Lo hice llamar y le pedí explicaciones. Él había incurrido en un acto de indisciplina, al mostrarse en público en el pueblo, olvidando las normas de seguridad.

El odontólogo, alisándose con inaudita paciencia su bigote, un mostacho que le cubría los labios, escuchaba la discusión y dijo para zanjarla, en términos de alguien que tiene dominio sobre lo que gira a su alrededor:

─No se preocupe camarada, las cosas están tranquilas por aquí....

Llegó una anciana quemada por el sol y los años, vestida con un vestido negro que le llegaba más abajo de las rodillas, conocida como Pajarita; nos miró con complicidad y nos detalló, y el odontólogo le dijo:

─Ellos son los compañeros que van hasta arriba.

A nosotros nos dijo, ahora chupando su mostacho: “Ella los llevará sin problemas”. Se empacó nuestro equipaje en costales, se amarró sobre una mula y salimos. El pueblo a plena luz bajo una supuesta normalidad que detectan los ojos. La anciana muy callada iba adelante arriando a las bestias; luego Omar y yo, siguiendo sus pasos sin presentimientos.

No eran necesarias las explicaciones. La confianza se deposita en la confianza de otros hombres. Al voltear la casa del odontólogo ─casa esquinera─, al caminar unos veinte pasos en dirección al camino de salida, aparecieron algunos soldados que saludaron afectuosamente a Omar, un saludo futbolístico. Luego un hombre vestido de militar, joven pero adusto en su ceño se nos quedó observando como si estuviéramos metidos dentro de una vitrina, en actitud de autoridad y por la espalda nos sorprendió con su voz de mando:

─Ustedes, ¿para dónde van...?

Nos detuvimos, era lo lógico, lo natural o lo debido. Nos detuvimos contra nuestra propia sorpresa.

─¿Nosotros...?

─Si, ustedes...

Entramos en explicaciones. Le dijimos que veníamos de Bogotá con deseos de comprar una finca por los lados de El Puerto, a una hora de Gaitania. Que teníamos información de que eran tierras buenas para la ganadería. Eso contestamos, eso nos dijo que dijéramos el odontólogo.

¿Una finca...? ¿Son ilusos ustedes o se están haciendo los ingenuos?

─Ingenuos, ¿por qué...? -pregunté aún más ingenuo.

─Porque... ¡sus papeles...!

─Le entregamos la cédula.

─¡Todos los papeles! Lo que tengan en los bolsillos. ¡Detengan las bestias! -Tres soldados obedecieron deteniendo a las bestias por las bridas. Los bolsillos en el aire como lenguas blancas sobre los pantalones. El hombre vestido de militar revisó con minucia nuestros papeles y nos volvió a mirar escrutándonos con dominio en su franqueza.

─Ah, con que correos los jovencitos. Yo me cimbré cuando vi que Omar había entregado una carta, además de sus papeles de identidad. El teniente, luego supimos que era un teniente, nos hizo pasar a una especie de oficina grande, desprovista de cuadros en las paredes; a la izquierda, sobre un escritorio, una máquina de escribir y sobre el mueble, montones de papeles. El teniente, alardea, vivaces los ojos, al ventearse el rostro con la carta. Aires victoriosos.

-Compradores de fincas... ¿y esta carta...? Acaso no conocen al sujeto que va dirigida...?

Omar muy sincero respondió que no lo sabía, que un señor -el odontólogo- se la había dado para entregársela a otro señor cuando llegáramos al Puerto a ver la finca que nos interesaba para comprar. El teniente no pudo contener la carcajada. Sus dientes eran parejos, blancos y muy cuidados.

─Voy a abrirla.

Como un reflejo condicionado recordé la Constitución. Le dije que abrir y leer el contenido de una carta ajena, era una cuestión anticonstitucional. Cosas que uno podía decir en la época. El teniente dudó, sí, dudó un instante, manteniendo en vilo la carta.

Entonces yo seguí con mi ardorosa argumentación constitucional en cuanto a la libertad de comunicación, que debía respetarse en un país que se ufanara de ser un país de libertades públicas. En fin, recordé, las fibras íntimas del recuerdo culposo, que en el bolsillo de la relojera, llevaba la credencial del Comité Central del partido.

El teniente habla por radio con Neiva, me supongo, el puesto debe estar adscrito a esa brigada. Dice que por el puesto de Gaitania pasan dos sujetos desconocidos de la ciudad, llevando una carta sospechosa y que ha tomado la decisión de abrirla para leer su contenido. Yo estoy haciendo una borona, no mental sino real con el papel de la credencial. El teniente sigue en la conversación.

Ya con el pequeño envoltorio de la credencial, pongo mis dedos a apuntar para lanzar el papel lo más lejos posible y el papel cae sobre un botiquín que está sobre un estante que cuelga de la pared. Por la radio se escucha una voz de trueno, la voz de un superior que no ordena, grita:

Cabrón, abra la carta...Se le olvidó que está en una zona de guerra!”

Felicidad de niño la del teniente al abrir la carta; va leyendo el contenido sin dejar de traslucir ningún tipo de emoción en su rostro.

─Con que compradores de fincas...los muchachos...

Omar con palidez de esperma, yo al trasluz con mi angustia porque la memoria se me remueve por segunda vez y recuerdo que en uno de los bolsillos de atrás del pantalón, llevo una fotografía de Fidel. Además recordé que en otro bolsillo tenía un pedazo de panela.

Entonces como pude y mientras el teniente releía la carta con cierto deleite, comí panela y metí el retrato de Fidel a la boca, lo mastiqué afanado y lo engullí, lo devoré y precipité la digestión y olvidé a Fidel en mi estómago en una de sus poses características en la Sierra Maestra. El teniente seguía saboreando el contenido de la carta.

Volví, insistiendo con mis puntos de vista constitucionales. Le dije que teníamos derecho a conocer el contenido de la carta, que ésta se la habían entregado a mi compañero y que él simplemente quería hacer el favor de llevarla. Le argüí que si estuviéramos ocultando algo, mi compañero no habría jugado un partido de fútbol con los soldados.

El teniente llamó al ordenanza y le dijo que sacara copia de la carta. El hombre comenzó a teclear en la máquina. El teniente como escuchando el sonido de las palabras se fue hacia el botiquín y maquinalmente sin escoger ningún frasco, los fue levantando para leer acuciosamente su contenido en las etiquetas. Yo pensaba en la credencial. El teniente hace sonar como un sonajero otro frasco que tiene en las manos. Deja de teclear la máquina, el ordenanza lee mentalmente copia y original, luego saca de un tirón la hoja, se levanta y despacio va hacia donde el teniente: “listo mi teniente...”.

Él, después de pensarlo unos minutos, resolvió entregarnos copia del original de la carta y nos recomendó ─la época─, que tuviéramos cuidado con la gente de arriba, que se habían aprovechado de nuestra ingenuidad y nos despidió cordialmente.

En el pueblo se hablaba de la injusta detención. Labor del odontólogo. Al salir, un hombre que nos esperaba nos dijo:

─Tenemos que andar rápido y pasar esta noche de El Puerto. Si se comieron el cuento, de pronto se dan cuenta quiénes son ustedes...

No andaba, corría en su agilidad el hombre de tez amarillenta; no fumaba su tabaco lo mascaba y sudaba copiosamente como un caballo. Al trote nos fue hablando de las diferencias que existen en la Biblia sobre el Dios omnipresente. Deteniéndose un poco, sin resollar dijo:

─El Dios pacífico es el Dios de la resignación del hombre ante las fuerzas divinas. El Dios que hace que el hombre siempre esté dispuesto a todos los sacrificios por su fe...

Y corriendo a grandes zancadas, como desgranando maíz con sus dientes:

─Y el otro, el Dios guerrero que no da descanso a su deseo de hacer la guerra. El Dios de las siete plagas, el Dios del exterminio de los hombres no creyentes...

Descansando, sentados los tres y él raspando panela con su peinilla, echándola a una olla con agua y revolviéndola con un palo, dijo:

─Yo me acojo a uno de los dos y eso depende de la situación que esté soportando. Cuando hay guerra, yo le pongo fe al Dios de la guerra, y cuando hay paz, pues me arrodillo frente al Dios pacífico.

Esa noche terminamos durmiendo en el zarzo de una casa, sobre unos bultos de maíz. Allí encontramos nuestros equipajes. Antes de estirar las piernas, con Omar que sostenía la luz de la linterna, volvimos a leer la carta que nos había entregado el teniente.

Camarada Isauro Yosa:

Con la presente reciba nuestro saludo revolucionario.

Queremos recordarle al Comité de Zona de Marquetalia, que tienen un retraso de tres meses en el pago de los porcentajes de las cuotas estatutarias y en la recogida de las cuotas asignadas a ustedes, que están previstas en la Campaña Nacional de Finanzas. Esperamos que pronto se pongan al día en sus cuentas financieras con el Regional.

No hay que olvidar camaradas en este sentido, las enseñanzas de Lenin: “Sin finanzas no hay partido y sin partido no hay revolución”

Fraternalmente, Secretario Regional de Finanzas.”

El compañero evangelista nos despertó de un sueño profundo; a la madrugada nos sirvió café y de camino enmudeció inexplicablemente y a trote al mediodía nos entregó a un grupo de hombres armados, que nos esperaban. Un guerrillero alto y fornido, desdentado pero risueño, con un casco de guerra en la cabeza, que lo llamaban Patas, nos preguntó con sorna:

─¿Cómo les fue con el susto? Veníamos por ustedes.

Tomamos la trocha hacia Marquetalia, por la margen izquierda del cañón del río Atá, maraña uniforme de troncos y bejucos, densa vegetación de difícil acceso. Abajo, un espejo curvilíneo yéndose despreocupadamente con sus aguas.

Marquetalia, para nuestra sorpresa -en la imaginación un fortín de centenares de hombres armados, reptando o parapetándose en trincheras circulares-, era una pequeña explanada de potreros crecidos, rodeada de cerros, con tres casas donde vivían Isauro Yosa y su familia, Marulanda y su familia y la casa de madera que habitó Jacobo Prías Alape, Charro Negro. Allí nos alojamos Omar y yo, mientras esperábamos a Manuel Marulanda Vélez.

Isauro Yosa, un legendario líder campesino del Sur del Tolima, bajo de estatura y fornido de cuerpo, ojos rasgados y rostro ovalado, más bien lampiño, nos dijo que Manuel estaba más arriba en la montaña, haciendo prácticas de tiro. Que posiblemente en la tarde o mañana regresaría.

Él es el camarada Manuel”, dijo la compañera al girar su cuerpo, cuando nos servía dos tazas de café, y señalar al hombre que se enmarcó en la entrada de la puerta, escudriñando, desconfiado mirando hacia adentro. Sin darnos tiempo para el asombro, se sentó cerca del fogón, se quitó el chacó de la cabeza, saludó de mano y clavó sus ojos en nosotros. Portaba una carabina M-1, la puso entre sus rodillas sin soltarla y en un tono paisa preguntó:

─Vea hombre, ¿cómo sabe Fidel con panela...? Comenzó a reírse como si le hubiera dado un ataque de tos. Yo traté de explicarle y él seguía riéndose sin parar, tapándose la boca con la toalla que le colgaba del cuello. Nos miraba. Sus ojos carmelitas, sesgados, vivos del curiosidad, escrutando por entre el humo, sus manos amarradas a la boquilla del arma, sus codos sostenidos sobre las rodillas, especie rara de observador de hombres que desnuda o descubre cada gesto de uno, al captar detenidamente sus movimientos como midiéndole el cuerpo y haciendo sus cálculos mentales sobre la altura del esqueleto, como metiéndose por los ojos de uno como la luz de una linterna para detectar los pensamientos, viendo sin apagar la mirada, pupilas fijas, directas. Después de prender un cigarrillo y escuchar en detalle la historia, previniéndonos nos dijo:

─Hay que estar alerta, de pronto se nos meten los mariachis. Mañana les explicamos las medidas de seguridad que deben tener en cuenta, en caso de cualquier sorpresa. –Nos aguijoneó con la noticia.

En la noche volvimos a hablar con Marulanda. La emoción palpitaba en nosotros. El nombre de Marulanda o Tirofijo rasgaba de recuerdos y admiración la memoria.

Nosotros, muchachos de la ciudad, apenas nos asomábamos a ese mundo distinto, enclavado entre montañas, que había despertado un sueño ya convertido en una ilusión posible. Era el deshielo de la otra realidad. Y esa noche, tomando café en la cocina de su casa, él la fue descubriendo.

─Ya son muchos los años que llevamos gateando en esta lucha. Muchas las carreras a lo verriondazos. Nos habló de las dificultades. El hombre está hecho para las dificultades.

Bueno, muchos han sido los golpes, las experiencias, como también muchos los éxitos.

Pero yo creo que hemos tenido un enemigo, el peor de todos los enemigos. ¿Saben cuál ha sido...? No hablo del ejército, no hablo de los pájaros, ni hablo de los liberales limpios.

Hablo del aislamiento de esta lucha, que es peor que aguantar hambre por una semana seguida. Entre ustedes, los de la ciudad y nosotros los que hemos estado enmontados, hay de por medio una gran montaña. Las voces de ustedes, las voces de nosotros no se escuchan, pocas veces se hablan. No es una distancia de tierras y de ríos, de obstáculos naturales, no, es la montaña atravesada... De nosotros es poco lo que se sabe entre ustedes, de ustedes es poca la historia que conocemos por aquí...

Iniciamos el curso político con Omar sobre la primera Ley de Reforma Agraria promulgada por la Revolución Cubana. Hablaba él o hablaba yo, luego abríamos el compás de un tiempo largo para las preguntas, las inquietudes, la discusión. Allí estaban

Marulanda, Isauro Yosa, Jaime Guaracas, Isaías Pardo, Darío Lozano, un grupo de compañeros seleccionados para asistir. Más que hablar, escuchábamos esos silencios que de pronto se producen en el campo, cuando uno tiene ante sí la experiencia de hombres que con su acción están construyendo el discurso que luego tomará la forma de las palabras.

La fantasía es la acción, para ellos no existen otros artilugios. En la noche, por insistencia nuestra, Marulanda paralizó en el tiempo la imagen del aislamiento, se quedó por mucho rato pensativo, carraspeó y nos miró intensamente con la suspicacia de su mirada.

─¿Ustedes, alguna vez han estado metidos dentro de un cacho? En cambio nosotros sí, por muchos años estuvimos metidos dentro de un cacho. Cuando iniciamos la lucha, nunca nos llegó el rumor ni la voz de los dirigentes liberales, el más simple respiro de un golpecito en las espaldas; luego en el Sur del Tolima no hicimos sino pelear con los liberales limpios; salimos de El Davis a las huyendas y duramos casi dos años solitarios con el Charro, vagando por la montaña, sin el menor contacto con el partido. Esos fueron años en que estuvimos metidos dentro de un cacho y encima teníamos otro bien engargolado. No había espacio para sacar la cabeza. La hondura del cacho es una cueva oscura, donde sólo se escucha el burbujear de las aguas subterráneas. Un cielo con venda para los hombres.

Imaginé por dentro el cacho curvo de un gigantesco toro, agudo en sus puntas, de superficies lisas, lleno de hombres como amarrados a sus brazos, friolentos y ansiosos queriendo salir por un instante de ese encierro histórico en el que habían sido sometidos por tanto tiempo. Marulanda suspicaz pareció adivinar mis pensamientos:

─Uno se siente como asfixiado metido dentro de ese cacho. Pero el cacho no es el problema, tampoco el cacho que se tiene encima. Lo grave es la montaña que existe entre los de la ciudad y nosotros, los del campo. Después de diez años, volvimos a comprobar la existencia de la luz eléctrica. La vimos de nuevo enjaulada en un bombillo, cuando salimos a los pueblos como hombres legales, en la pacificación de Lleras Camargo. Fue como volver a visualizar el día.

La ilusión era derribar, quizá en nuestro caso porque lo hablamos con Omar hasta altas horas de la noche, esa montaña con la frescura de la imaginación y con la acción de las palabras.

Antes de despedirnos, Marulanda nos preguntó:

─En caso de que se nos metan los mariachistas ¿ustedes saben disparar un arma?

Un gesto mutuo negativo de Omar y yo.

─Pues tendremos que enseñarles un poco de cómo se defiende la vida en esos casos -lo dijo en tono burlón. Y aprendimos el manejo de un fusil en la tarde del otro día.

Faltan tres días para salir de la zona. Se había acordado que saldríamos por la trocha del Nevado del Huila hasta llegar a Belalcázar, Cauca. El propio Marulanda dijo que era peligroso el regreso por Gaitania: “La información es que el ejército está guatineando por los caminos...De pronto al teniente le dio la corazonada y fue a buscar otra vez en el botiquín y encontró la credencial...”

De inmediato no precisé si estaba atenazado por una terrible pesadilla, esa madrugada del 25 de diciembre de 1960. Anoche habíamos estado con los compañeros en una hermosa fiesta, al bailar cada uno con su pareja el arma les colgaba del hombro. El sobresalto que despierta o lo deja a uno como soñando. La oscuridad del cuarto era absoluta. Con Omar dormíamos en una habitación, en el segundo piso de la casa de Charro Negro. Escuché la voz de Omar: “¿Qué pasa, tigre...? El techo a pocos metros de la cabeza se cimbroneaba.

No sé...”, contesté a Omar. Un segundo y nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo. Omar dijo: “Se nos metieron, nos asaltaron...”. Un tiroteo cerrado que amansaba los oídos con sus silbidos. Una tempestad de granizo de plomo. Yo me puse los zapatos, cuando vi que Omar sin mediación alguna con el espacio, abrió la ventana y no supe cómo se lanzó por ella. Lo último que vi de él, imagen del filtro de la luz que madruga, fueron los pies o los zapatos o quizá su cabeza o las manos despidiéndose al soltarse del marco de la ventana.

Yo abrí la puerta y me lancé como pude por las gradas y la verdad es que no llegué caminando sino dando vueltas a la trinchera que rodeaba la casa. Trinchera y miadero. Como bulto me zambullí allí en el hueco como escondiendo la vida. Una voz, la reconocí, me sacó de la confusión Era El Patas: “Agáchese camarada, que se nos metieron los mariachistas. Quédese quieto y no dé papaya...”.

Los madrazos nocturnos interrumpieron la frialdad del alba...”Mariachistas hijueputas, vengan que los esperamos...”. “Hijueputas comunistas, ya vamos...”. Disparos verbales en busca de oídos perfectos. La balacera cruzada. Y comencé a sentir, después me dieron las explicaciones, la fiebre blanca. Tiritando hasta el alma, mi cuerpo traquetiaba como si la piel tuviera dientes, la respiración en corrientes frías de los pies a la cabeza, haciéndose nudos en las rodillas. Los madrazos, los tiros y el amanecer impávido sin correr en sus horas.

El Patas preguntó afanado: “El otro camarada...”; entre el traquear de dientes le dije que se había tirado por la ventana y seguramente andaría perdido en la montaña. “No se preocupe, ya deben estar buscándolo...”.

Luego el silencio que se podía cortar a navajazos. La fiebre la tenía en los pies, yertos. El silencio nuevamente penetrado por tiros de fusil. Vislumbro que comienza a clarear. El Patas sin dar el rostro: “Comunican que se está organizando una comisión que los va a sacar de la zona...”.Otro silencio enterrado bajo tres metros de tierra.

Y de pronto, las carcajadas como si la tierra vomitara la risa de miles de hombres, escondida en sus entrañas por milenios. El Patas riéndose, sumiendo el estómago, los tres compañeros que disparaban junto a él en la trinchera, riéndose con las armas entrepiernadas. La confusión era mayor.

El día se hizo día y apareció Manuel Marulanda Vélez vivo y muerto de la risa, carcajeándose y estornudando y su carcajada continuaba el ritmo endemoniado de los cerros que rodeaban a Marquetalia. Seguía lloroso por la risa.

Arrastró las palabras:

─Camaradas, antes de que se fueran para la ciudad, queríamos enseñarles cómo es un asalto nocturno. Un intercambio de experiencias, un curso político por un asalto.

Subimos hacia el Nevado del Huila, caracol interminable de trocha a medio abrir; las espaldas y los hombros de Nicolás, nuestro baquiano, indígena corpulento, habían crecido desmesuradamente por su equipo, el de Omar y el mío. Nicolás era como la fuerza conjunta de tres hombres y la comprensión de un hombre sencillo que se da cuenta que va acompañado de dos novatos de la ciudad. Para cargar, para andar. Dos días para llegar hasta el filo de una culebra de nieve eterna, brillante en su lomo, que no miramos porque debíamos seguir bajando, mejor rodando en busca de las márgenes del río Símbola.

Bajamos con la sensación de estar perdiendo el cuerpo en el vacío. Esa noche, una corpulenta ceiba, dormidero de viajeros, nos abrió su intimidad de corteza seca para albergar el frío. Nicolás prendió candela sobre los raiceros, improvisando un fogón, cocinó y comimos arroz y papas y bebimos aguapanela. Los tres nos metimos enroscados muy adentro del tronco, cama tibia para pasar muchas noches, muchos años.

Madrugamos. A la inversa del río, viene al trote un hombre montado sobre un hermoso caballo. Nosotros caminamos, luego corremos a su encuentro. Es Laurentino Perdomo, dirigente agrario de Río Chiquito. Él se bajó del caballo y mostró sus dientes de indígena y le dijo a Nicolás que se encargaría de sacarnos hasta Belalcázar. Nos abrazamos a la corpulencia de Nicolás, con deseos de volverlo a ver algún día. Él dio la vuelta y comenzó a subir despacio hacia la culebra de la nieve eterna, sin dársele nada. Esa noche dormimos en casa de Laurentino. Su madre, una anciana de setenta años nos dijo que tendríamos que madrugar, que ella nos llevaría hasta la carretera.

Al montarnos en el bus, recapitulé esos quince días. Miré a Omar, su rostro chapeado por el frío de Bogotá, un año después moriría en un absurdo accidente de aviación entre Pekín y Moscú. Recordé a Nicolás, él moriría en otro absurdo accidente cuando la Operación Marquetalia. Se echó al hombro más de cuatro arrobas de maíz, corría y se enredó en unos bejucos y se desnucó. Miré por la ventanilla del bus y tuve un pálpito.

Entonces penetré en ese inmenso cacho de que nos hablara Marulanda y descifré el sonido de las voces que allí se encontraban agolpadas. Hablé con ellas y las páginas en blanco fueron escribiéndose. Aspiro a que en el fondo del cacho no se haya quedado una voz perdida. Claro que sí, no voy a negarlo, aún sigo escuchando la carcajada de Marulanda. En la guerra los hombres también tienen tiempo para reírse.


LOS CORRETEOS INICIALES

Historias de espanto contadas por Manuel

Ustedes han oído la historia del duende, ¿sí o no? El duende, según los viejos, es una posible persona del tamaño de un metro, pelo largo como crin de caballo, una nariz puntiaguda y los ojos bien adentro para esconder la mirada, que por naturaleza hace infinidades de maldades y crea todo género de dificultades en todo el mundo.

Mucha la destreza en su imaginación para hacer picardías. Resulta que en esa época, porque yo no creo en espantos, cada hombre crea sus espantos, se dice que emproblemaba a los aserradores perdiéndoles la madera lista que tenían para embarcar por el río; a los campesinos les escondía el machete en el momento de estar rozando la maleza, a otros el canasto en que recogían el café, a otros el hacha cuando la necesitaban para partir la leña, a otros les embolataba el sombrero que finalmente encontraban en cabeza del prójimo desconocido, a otros el guarniel en el instante de pagar la cuenta, a otros los zapatos cuando se disponían a coger camino, a otros les perdía sus vacas que resultaban ordeñadas por manos invisibles, a otros el caballo que amanecía amarrado de su cola a una cerca con nudo difícil de encontrar sus puntas con las manos. Bueno, el duende hecho un carambas, haciendo diabluras para divertirse. Las gentes dicen que su existencia era un fenómeno real. Cuando algo se perdía de fijo se decía, fue el duende que anduvo por ahí.

Entonces las gentes antiguas daban la manera o fórmula de cómo atrapar al duende. Así está escrito en mi memoria. Se hace una chipa de bejuco y luego se le saca una cruz.

Entonces para quitarse el duende de encima y para que entregue el artículo perdido, uno se mete la chipa por la cabeza y la deja caer lentamente por todo el cuerpo hasta los pies y saca los pies de la chipa y da tres pasos hacia delante. El duende clava su vista en la chipa y va rodeando el círculo con su mirada hasta cansarse, dado que él es malo por naturaleza, se hipnotiza solo, solito de tanto girar su cabeza en las vueltas del círculo y se olvida de la prenda. Uno regresa y encuentra lo perdido.

Pero ocurrió que el duende fue a una casa donde nadie lo aguataba. Volteaba de espaldas los espejos y nadie se veía en persona; a los cuadros de las almas del purgatorio los puso patas arriba y olvidaron sus dominios en los milagros; el fogón dejó de prender candela porque le dio por esconder el humo. Hasta que los dueños de la casa se aburrieron y dijeron en reunión de familia: lo mejor es irnos para que el duende haga lo que quiera de esa casa. Dejémosle la casa por su cuenta y nos vamos.

De seguro sentirá alegría en su soledad. Comienza el trasteo y a tres horas de camino, el dueño de la casa se percata de que le faltaba el pilón para moler el maíz y decidió que debía regresar. De camino se encontró con el dicho duende, y le preguntó el dueño de la casa al dicho duende:

─¿Usted para dónde va con el pilón?

El duende respondió: “Luego, ¿para dónde es que nos vamos? Yo voy con el pilón para allá...”

Génova, parecía la cola larga de un gurre...”

Una inmensa duda vive Pedro Antonio Marín, duda que en los años de trajinador incansable de terrenos abruptos, aún no ha resuelto. Se necesita la constancia de la iglesia de su pueblo, es decir, los datos en letra menuda de un apacible y adiposo sacerdote de sotana raída, escrita con tinta negra en la partida de bautismo. Así se desentrañaría la cuestión:

“Mire, yo nací no sé propiamente la fecha, el mes si lo sé, mayo de 1930, en ese mes yo nací”. Su padre, Pedro Pablo Marín Quiceno, por razón de sangre, dice que su hijo Pedro Antonio Marín, nació el 12 de mayo de 1928 en Génova, Quindío. Pedro Antonio Marín a pesar de la constancia paterna sigue incrédulo, porque “yo soy del año 30, o sea cuando el mandato de Olaya Herrera, en esa fecha nací, y por eso entonces digo yo que existe confusión de dos años, entre 1928 y 1930”.

Navegando en la incertidumbre sobre el día originario, el Pedro Antonio Marín de hoy, que por cierto lleva otro nombre como piel antigua sobre su cuerpo ─conocido por Manuel Marulanda Vélez, circunstancias de guerra y de historia─, tendría hoy 56 años si nos atenemos a sus indicios y si rastreamos la seguridad paterna, andaría por los 58. (en 1988) Setecientos y más días de diferencia en la fecha de un nacimiento, olvido o confusión con olor a incienso.

“Dentro de esa oída de niño, escuchador que era uno” -entrañables recuerdos guardados con celo profundo en la memoria como huellas-, le impresionaban a él y a sus hermanos, las historias contadas por sus padres y sus tíos sobre brujas y espantos, de patasolas, candilejas y duendes, que los mantenían pendientes al hilo de la noche; una historia enlazaba al sueño, la noche se hacía más larga con las palabras de suspenso, creadoras del miedo a la oscuridad en una habitación de paredes de barro embutido en guaduas y techo de zinc. Ellos acostados en la cama sin dormir, imaginando. Era la ensoñación infantil, la proximidad de una realidad fantasmal, inexistente.

De niño fue un experto, lo confiesa con rubor -aunque no le dedicara mucho tiempo en los meses del viento, julio y agosto-, en manejar la piola de su cometa para que en diestras maniobras se elevara a mayores alturas y en la quietud de un cielo azul dominado, ante sus ojos y la fuerza de sus manos dejara de cabecear y de colear. El vuelo de la cometa le permitía equilibrar sus emociones de niñez en la tierra.

Le gustaba dormir su trompo sedita en las manos, contemplarlo en su ronroneo, sentir su cosquilleo siguiendo los rastros de las líneas de la vida. Con precisión lanzaba las bolas de cristal hasta meterlas a un hoyito que contenía un número determinado. Buena la puntería con sus dedos. Jugaba con los muchachos a los toros y a los encostalados corriendo sin tropezarse, a quien llegara primero a la meta: juegos “muy visibles en la época”.

Y como siempre acontece, se reunía con los Reyna ─Evelio Reyna, su más amigo─, y vecinos de dos o tres casas. “tres familias de muchachos y nos encontrábamos en la plaza de Ceilán y nos poníamos a jugar en el parque o nos íbamos de paseo para el río...”. Así entretejían sus voces y la pasaban sufriendo o gozando los percances naturales de la edad.

La nostalgia cumple su destino en Pedro Antonio Marín o Manuel Marulanda Vélez, al evocar los finales de año, cuando sus familiares se reunían, a pesar de las distancias en que vivieran -costumbre casi religiosa- , a compartir juntos las fiestas, desde el 24 de diciembre hasta el 6 de enero. Embelesado, instinto de su carácter de observación, escuchaba a sus tíos sobre las “cosas del pasado” que tanto enseñan”. Hablaban de Inglaterra, de Francia, de Japón, de la China, de Rusia.

Hablaban con detalles de viajeros experimentados en costumbres de otros pueblos. Sus tíos no iban más allá del rancho al descumbre en la montaña y alistaban maletas para ir de visita a uno que otro pueblo vecino. Pero, en cualquier atardecer, lelos, se metían por los recovecos de la imaginación para lanzar al aire una moneda con los deseos sin cumplirse. Entonces, los deseos se transformaban en historias al abrir las páginas de un libro y así, vivían al tanto ─rodeados de colonos asentados, de flores, cafetales y matas de monte─, de cómo la política transcurría en esos territorios.

En esos días de divertimiento y regocijo salía a relucir la guerra de los Mil Días, que había culminado por moldear al país en los finales de siglo y en los comienzos de éste. Una guerra de hombres para hombres, en la cual la brutalidad humana no tuvo límites. Las treguas en los combates por acuerdo mutuo de los bandos para recoger a los muertos, se convertían en las batallas del despojo.

Los buscadores de bolsillos, dientes de oro y prendas de valor, gateando desnudaban a los cuerpos inermes, les daban vueltas sobre la tierra, no para enterrarlos, sino para robarles hasta el sudor. Desolados campos de batallas, hombres felices deambulando cargados con el botín conseguido entre la muerte, de regreso a sus bandos.

El abuelo paterno era una persona de lo más grande; más o menos bien formada, por ahí de un metro ochenta y pico de alto, blanco y bien musculado, nombrado Ángel Marín; él hablaba con dominio de autoridad familiar de historias de la Guerra de los Mil Días. La cosa no era con uno de muchacho. La cosa era entre personas adultas de gran respetabilidad que se reunían para hablar. Si uno osaba preguntar, se ganaba una paliza, pero uno les oía contar esas historias de guerras. El abuelo fue corneta de las filas liberales. Yo lo imaginaba sacando fuertes aires de sus pulmones, anunciando el comienzo de la contienda...”.

El abuelo hablaba acompañado del silencio para sus palabras. El hambre que produce la guerra desafora la boca del hombre, enflaquece el estómago, debilita las corvas, vuelve los ojos “surumbáticos, la mirada que ve a una mujer y de inmediato la cuelga en un garfio como si fuera un pedazo de carne...La voz del abuelo Ángel Marín decía que al llegar la soldadesca liberal a una hacienda, donde había veinte o treinta camas con tendidos de cuero, se despejaban las camas luego los cueros se los pasaban al ecónomo y el ecónomo repartía en partes iguales al cuero para que los soldados hicieran caldo ‘peligroso’. Eso le oí decir yo. ‘Caldo peligroso’ para la tropa. Genuina sustancia para espantar adecuadamente el hambre...”.

El abuelo, un corpulento antioqueño, simpático y amable “-hasta donde uno veía-, con las personas que se encontraba o con las cuales departía tomando sus tragos, o en las visitas familiares, contaba muy a gusto, sobre las tácticas usadas en la guerra. El abuelo refería y uno escuchaba, aunque él no hablara para uno de muchacho”. Las tácticas de penetración en la noche, evitando que el enemigo conociera el desliz de la sorpresa.

Y las consignas para el asalto: no ponerse la camisa, quitarse el chacó, cortarse las mangas de la camisa, entrarle sin pantalones y caerle al cuartel enemigo en la noche más oscura creando la confusión en los durmientes. Los asaltantes queriendo la vida de los hombres sorprendidos en el vuelo de sus sueños; los machetes blandiendo en el aire en un corte brutal que de por sí, aseguraba la muerte.

Ellos acordaban las señales: dónde ubicarse en el combate, cómo localizarse en casos extremos; ellos acordaban las consignas para que la retirada fuera en orden y evitar así, el desastre fatal de una desbandada. “Detalles que el abuelo refería y uno escuchaba de la Guerra de los Mil Días...”Feroces las tropas de macheteros que habían asimilado sus ojos a la noche. Los liberales tenían sus tropas de macheteros bien adiestrados, los conservadores también las poseían...

El abuelo Ángel murió a los 90 años y en esa edad parecía un muchacho por el vigor de sus palabras, por el vigor que hacía sentir con el andar pausado o ligero de su cuerpo; murió por un “derrame al hígado; murió tranquilo en la casa de la tía Ana Francisca, en Génova”. En vida se escalofriaba al contar en detalle, sobre el Novenario que les aplicaban sin compasión a los desertores de las filas del liberalismo o de los ejércitos conservadores. Un castigo de guerra.

El abuelo Ángel secaba el sudor de las manos al sobarlas con insistencia sobre los pantalones y refería la historia muy bien sentado, con algo de preocupación en el semblante y en su ayuda de inmediato llamaba al silencio.

El Novenario consistía en darle al desertor en la espalda, novecientos palos, cada día cien palos a la misma hora del día y, el palo que se utilizaba tenía que ser indispensablemente de rosa, con espinas. Un varejón de rosa que no parte con facilidad, tal vez aguanta más por ser más flexible...”.

El desertor sin camisa y amarrado de las manos a un tronco, recibía los cien palos, su espalda comenzaba a ser un amplio moretón, luego un entrecruces de trochas sanguinolentas y el palo de rosa en cambio de color penetrado de cuerpo de hombre. El desertor al escuchar el número cien, descansaba hasta el día siguiente, abrazado a su dolor, su alma era un volcán de llanto.

Alguien por compasión lo rociaba de agua o le hacía cualquier curación y el hombre acostado de lado, intentaba infructuosamente dormir. Como el castigo se hacía en plaza pública, las voces de los impávidos concurrentes iban contando sin ningún afán, el ritmo de la golpiza.

Se veía como algo muy natural, algo que debía hacerse. El hombre que golpeaba al desertor, un duro de oficio, procuraba que el golpe de la vara fuera creando surcos sobre las costillas, sanguificando la piel, haciéndola un criadero de sangre.

Había cierto instinto de exhibicionismo en él, demostración de obediencia al cumplir las órdenes para que el acontecimiento sirviera de escarnio. “Al cuarto o quinto día, su espalda era como esperma derretida, luego aparecía la piel viva en pálpitos..., en saltos nerviosos. Al final del Novenario el hombre caía muerto bañado en su sangre o también caía vivo bañado en su sangre, balbuceando agradecimientos porque no lo habían fusilado... El abuelo se nerviosaba al recordar el Novenario, “cosas de la guerra...”, terminaba el abuelo Ángel.

Él había sido desertor de las filas del ejército liberal. Entonces huyendo se metió en lo más profundo de la montaña para esconder su presencia y su semblante. Allí lo pasó por meses con la tranquilidad que siempre lo acompañaba. Cualquier día le llegaron a su escondite, muchos desertores de las filas del ejército conservador.

Y entre desertores, en común acuerdo para hacer una vida distinta a la vida de la guerra, fundaron una buena compañía para aserrar madera. En medio de la guerra, ya como bando de aserradores, recibieron un contrato de un gran corte de madera, no sé si para el hospital o fue para el matadero de Pereira...”.

El abuelo no creía en cosas que no fueran de la razón del hombre. “Muy material en su pensar. Todo lo quería coger con las manos”. Un hombre de montaña, que sentía inmenso gusto al derribar la arbolada, sembrar y construir viviendas. “Un guatiniador de borugos, atento y muy avispados los oídos para cazar la presa; era un afiebrado por la cacería de venado...”.

El abuelo refunfuñaba: por tantos bosques que he transitado, por tantos ríos que he cruzado y vadeado, pasado por muchas veredas y nunca he escuchado los pasos de los espantos que tienen endiablada la cabeza de los prójimos. Cuando voy a la montaña escucho con sumo cuidado, los vientos de mis pasos y tanto que he andado. Y reía el abuelo, porque también era un hombre reidor de ganas y con ganas. Volvía a repetir: he alumbrado mis caminos en todas las horas del hombre: en la madrugada, en el día, en la noche...., y sólo he escuchado el pálpito de mi corazón.

Doce fueron los tíos, cuatro los más cercanos, tres ejercieron influencia decisiva sobre Pedro Antonio Marín. El tío Ángel Marín, “blanco, alto y muy delgado, de ojos no muy negros, pero hombre amable, alegre y festivo”, un político de talla “digamos veredal, muy convencido de sus verdades...”.

Persona relativamente culta, de ciertos conocimientos y “hablaba hasta saciarse de sus ideas liberales, en acaloradas discusiones con los campesinos y al final les sacaba brillo en los ojos -ya persuadidos...”. Los inducía a apoyar al liberalismo en sus campañas para concejos, asambleas y parlamento; describía acelerado la personalidad y cualidades de los candidatos de su partido a la presidencia de la república en los años 46.

Un hombre muy interesado en las contiendas políticas, sin ser agresivo en los lances verbales que tuviera con los conservadores. “Un hombre respetuoso, pero de impulsos. Furibundo gaitanista, de sangre hirviendo mi tío Ángel Marín, en su habla al defender a su líder...”.

Al otro tío que querían y admiraban Pedro Antonio Marín y sus hermanos, era a José de Jesús Marín, “más grueso de cuerpo y menos alto que el tío Ángel, pero reconcentrado en su pensar y silencioso en su voz”, por la ductilidad y la ternura en manejar las relaciones con sus sobrinos.

Les enseñó diversidad de juegos, en especial el arte de la esgrima. Les daba clases con un palo, filigranas volátiles en sus manos; luego con la peinilla, destellos imperceptibles, en las tardes y en las noches de luna. Figuras entrecortadas de un hombre adulto, ágil y ligero como ninguno en sus movimientos y niños girando a su alrededor y el sonido constante de palos al chocar en el aire.

Les habló de los artilugios de la defensa personal: “Confianza en la destreza de cada hombre, controlar el miedo como se controla la respiración; un hombre defiende su vida y no la vida de otro hombre...”. Los alertó sobre la seguridad y la concentración frente al enemigo: “al hombre hay que mirarlo y medirlo como se mide y se mira la montaña, de cuerpo entero...”. Les definió la velocidad del brazo dirigido por el cerebro, en el lance certero y definitivo:

las piernas tensionadas como árbol enraizado, músculos de roca joven y el golpe inesperado pero pensado y medido de antemano, luego no importa la sangre, no importa la agonía, esa es señal de muerte ajena de alguien que quería meter a la fuerza la muerte en nuestra vida y uno como hombre sólo quiere seguir andando con sus pies y no con pies prestados. Nada más quiere, lo ven, defenderse...”.

Terminábamos, el tío José de Jesús con la espalda vuelta un río de sudor, y nosotros, con el cansancio como astilla entre los ojos y los deseos de un sueño sin azozobrarse....A ese par de tíos los teníamos muy en cuenta. Al uno por la cuestión política, al otro por la cosa de la esgrima y por los muchos juegos que nos fue enseñando a mí y a mis hermanos”. Los otros tíos más cercanos a la altura de sus años, fueron Manuel y Lucila.

Sus padres, Rosa Delia Marín Gallego y Pedro Pablo Marín Quiceno, desde tempranas horas de la madrugada estaban de pie, cumpliendo como una promesa sin falta, laborando los dos con fervor la tierra.

Escucha aún el sonido de las palabras de los dos, alumbradas de consejos que le dijeron de lo obligatorio y necesario para el hombre y la mujer del quehacer diario en el trabajo, como medio de subsistencia y de reafirmación en la formación de ser un hombre cabal frente a los compromisos de la vida. Los deberes a cumplirse inexorablemente.

La moral inculcada por ellos se definía en que “debíamos ser gente honorable, gente tratable y gente sin costumbres dañinas. Cosas que siempre le hacen recordar a uno, el tiempo que vivió en junta de ellos, los viejos...”.

Una familia grande, cinco hermanos de padre y madre. Con Rosa Delia, su madre, el padre hizo vida común en una finca “de un poco más de veinte hectáreas en su conjunto, cultivas en café, yuca, plátanos. Clima cafetero, donde la siembra del plátano se hacía para que durara diez, quince o treinta años. Tierra de plátanos. La yuca muy buena, lo mismo el fríjol, el café, la caña. Tierras buenas...”.

Mi padre era el más pobre de la familia...”. Los tíos en cambio poseían fincas de cien, ciento cincuenta, doscientas hectáreas, cafeteras; cultivadas en pasto, caña. “Mi padre no era un hombre de negocios, no le gustaba deberle a nadie cinco centavos. Al acabársele los recursos de cosecha a cosecha prefería arañar el tiempo con lo que pudiera, pero no se iba al pueblo a buscar crédito de ninguna especie. Los tíos al contrario querían quedar debiendo hasta el saludo. Al iniciar cualquier negocio, lo primero que indagaban: “¿Cuánto va a ser el plazo que me va a dar...? Negociantes…”.

La finca, situada en la vereda de El Rosario, cerca de Ceilán, en el Valle, con el trabajo familiar invertido daba para el sostenimiento de la familia y “sobraban unas pocas monedas para los gastos extras”.

Pedro Antonio Marín fue el mayor de los cinco hermanos. De mayor a menor, él, Rosa Helena, Jesús Antonio, Obdulia y Rosa María. Al resto de sus hermanos no alcanzó a conocerlos en su crecimiento. Desde los doce años, él quería ya ser un hombre independiente, conocer otras distancias, vivir otras honduras.

Génova fue una región de progreso rápido, por la actitud de sus pobladores hacia el trabajo, impulsados por la aspiración de cada quien a conseguir y acumular un patrimonio considerable. La ambición de colonos. Ese cerrado y pequeño mundo recién descubierto en sus montañas a comienzo de siglo, se movía febril y aceleradamente. Producía café, fríjol; al final tomó fuerza y vuelo económico el cultivo de café y todo culminó siendo una zona cafetera por excelencia.

A Génova lo fundaron en la playa del río San Juan, sobre una vega, que según la ubicación geográfica que nunca falla en Manuel Marulanda Vélez, “parecía la cola larga de un gurre, un armadillo en camino plano, en la mitad del río, porque no tenía para donde extenderse. Loma a lado y lado, que crecieron en cafetales… El abuelo fue colono fundador y llegó a poseer grandes propiedades...”.

En los tiempos de cosecha se utilizaba mucha mano de obra, lo que influyó en el caserío hasta hacerse un pueblo, con rostro definido y planeadas calles, su iglesia y parque y la organización de un municipio con ciertos elementos de cultura: colegios, teatros, hospital, caja agraria: “Había un poquito de todo en ese lugar, n era un pueblo bonito, pero sí digamos, cómodo. Además con recuerdos hondos, pues, ahí vino uno al mundo”.

En Génova se andaba de día y de noche y toda persona que se encontraba de camino era amiga y se iniciaba con ella, sin complicaciones ni preámbulos, la palabra continuada. A la casa que se llegara, a la vecindad que se llegara era bien atendido, aunque la persona fuera extraña de “cara”; se le preguntaba simplemente de dónde venía, se le indagaba sin apresuramientos mientras comía -antes se le había ofrecido cama para su sueño-, sobre sus intenciones por esas tierras y todo con el fin de ayudarla en los problemas que trajera “dentro de su temperamento. Nunca se poblaba el aire con la desconfianza; no se conocían cosas raras ni se presagiaba en la mente de uno, que un día esas cosas llegarían de sopetón y entrarían sin llamar ni tocar puertas en el pueblo. Así era Génova, llano en el pensamiento. Nada oscuro habitaba a sus gentes por dentro, tampoco por fuera...”.

En un punto conocido como el Alto del Rosario, hizo dos años de primaria; terminó tercero, cuarto y quinto en Ceilán, en un colegio con profesores “que me enseñaron bien y uno aprendía rápido...Yo creo que ese estudio no me llevó los tres años largos, pues inclusive para darme paso a la aprobación de cada año lectivo, entonces me tocaba ayudar al profesor o a la profesora. Al terminar lo mío, le enseñaba a los muchachos de segundo, después a los de tercero, a los de cuarto y luego a los de quinto. Como no podían darme el paso rápido, me tocó quedarme a la espera para que los otros niños me alcanzaran... Eran tiempos que cuando uno terminaba la primaria, tenía los conocimientos, digamos de un bachiller de hoy...”. Sentía gusto por todas las materias, menos el dibujo: “Mis manos no se facilitan para trazar líneas y dibujos...”.

Su hermana Rosa Helena sondea y exprime la memoria:

Volviendo a la época de la escuela, yo recuerdo que él era buen estudiante. Le iba bien en todas las materias, pero especialmente en matemáticas. Los otros muchachos le buscaban mucho la pelea quizá por envidia porque él sobresalía, y entonces mi hermano les daba sus buenas coscorroneras”.

Ella reconstruye la imagen de niño:

“Cuando hacíamos algunas travesuras en la escuela, al otro día no íbamos por temor al castigo que consistía en arrodillarlo a uno en granos de maíz. Entonces Pedro Antonio Marín y yo nos quedábamos emboscados a la orilla del camino esperando a que saliera los muchachos para que nos dejaran copiar las tareas y después decíamos en la casa que habíamos ido a la escuela. Yo me quedaba en el camino y él se subía a los árboles a esperar a que pasaran los muchachos...”

No recuerdo los nombres de los profesores. Pero si recuerdo que los profesores eran muy severos en ese entonces y hasta un poco bárbaros. Daban madera a los alumnos sin compasión ni complejos, además de los castigos de dejarlo a uno encerrado, arrodillado, llorando el infortunio. De vez en cuando recibía uno, terribles mamonazos, con unas reglas grandes que parecían palos. Al regresar a casa llevando el informe al papá o la mamá, de que le habían pegado, a ellos eso les caía muy bien. Porque exclamaban que algo malo de estar haciendo en la escuela, hijo...”.

En los ratos libres, después de los estudios y el intenso trabajo de desyerbe, recolección de café y la poda de los platanales y los yucales, sentado sobre una banca, silencioso, transcurría el tiempo inventando todo tipo de pistolas y de escopetas. Las construía con tubos de paraguas, les colocaba un gatillo hechizo; en el disparador les ponía fósforos y caucho y con calma, al entrecerrar el ojo derecho precisaba la puntería y disparaba. Lo recuerda su hermana. Soñaba que a los dieciséis años iría a pagar el servicio militar.

Quizá fueron las historias que escuchó de sus tíos sobre la guerra de los Mil Días las que influyeron en ese sueño nunca realizado. Era el deseo del conocimiento, dominio y manejo de las armas que atrae la mente de todo niño, en los juegos infantiles. Un niño cae muerto al sentir el disparo y luego se levanta con vida y corre; el niño que dispara se emociona cuando ve que el contrincante muere y se sorprende cuando el muerto entre risas le regresa el disparo. Inocentemente en el campo se jugaba a la muerte de mentiras.

A temprana edad, les dijo a los padres, “que quería retirarme de la casa para formar mi propio patrimonio, porque recuerdo que yo tenía dominio total en la casa. Conseguía los trabajadores para la recolección del café, para la siembra del maíz, la recolección del maíz, la siembra del fríjol, la recolección del cultivo de la yuca. Todo controlado prácticamente por mi cuenta, bajo mis pensamientos. Ese es el dominio. O sea que a mí me daban el visto bueno los padres por lo que yo hacía. Eran mis argumentos. Y cuando me di cuenta que estaba echando todo por delante dije: ‘y después...’. Es cuando me surge la idea de irme, de abrirme paso, y para no tener problemas en el futuro con los hermanos, entonces mejor me voy, pensé. Lo dije a mis padres. Yo creo que tenía que estar entre doce y medio, trece años. Entonces dejé los recuerdos vividos. Les volví momentáneamente la espalda, sin remordimiento...”.

Hizo muchos ensayos y solamente a los 16 años sintió que podría hacerlo. Quería conseguir algún capital que le permitiera tener su casa, su finca, sus animales, y así encausar sus inquietudes. Se fue para el Valle, por los lados de La Tulia, Moralia, Betania, en la Cordillera Occidental y organizó los primeros tanteos, cerca de El Águila. Fue expendedor de carne, trabajó como panadero, fue vendedor de dulces, “cosas así, que le dan a uno para pasar los días y sobrevivir, pero no digamos para poder conseguir un patrimonio estable aunque uno fuera un muchacho con ideas de ganador...”.

Intentó hacerlo todo, que un contrato para construir varios kilómetros de camino, que la construcción de un puente, que un contrato en grande escala para cortes de madera, que el montaje de un galpón para alimentar arrieros y aserradores, que la organización de una tienda y ahí estaba él más que seguro haciendo la propuesta. Se encarrilaba ya en sus asuntos.


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