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Excerpt for El ultimátum de la Tierra by , available in its entirety at Smashwords



EL ULTIMÁTUM DE LA TIERRA




JORGE ZARAGOZA GÓMEZ



Copyright © Edición Original 2017 por Jorge Zaragoza Gómez

Registro de la Propiedad Intelectual

Todos los derechos están reservados

También disponible en papel. Segunda edición Febrero 2018

www.ultimatumTierra.com





















A mi mujer y mis dos hijos, sin su apoyo no hubiera sido posible escribir este libro.


También a todos aquellos que me han hecho llegar sugerencias y correcciones.


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Cuenta la leyenda que cada vez que alguien, armado de valor, empuñaba una pluma y empezaba a trazar letras, una melodía, mezcla de lamento y agonía comenzaba a retumbar por el poblado. Se extendía como el agua embalsada al abrirse la compuerta e inundaba cada rincón, cada esquina, cada habitante. Entonces el miedo se apoderaba de todos ellos y ocurría de nuevo: poco a poco las letras recién escritas empezaban a elevarse, formaban una fila y abandonaban el papel al ritmo de la melodía”





En 10 años ya no podremos invertir el calentamiento global.


AL GORE - 2006


No hay una amenaza mayor al planeta que el cambio climático.


BARACK OBAMA - 2015











Lo que vais a leer ahora es una historia mágica. No ha sido tarea fácil trasladar al papel esos momentos que marcaron, no tan sólo mi vida, sino también el destino de la humanidad. Por fortuna, he contado con la ayuda del Dragón, sin el que nada de esto hubiera sido posible. Gracias a su conocimiento de los protagonistas y los acontecimientos he podido reconstruir la realidad, sin olvidar ningún detalle que aporte solidez a la historia. Cuando todo empezó no conocía a Rodrigo o al Chapas. Ni siquiera podía sospechar cómo se iban a entrelazar nuestras vidas y el desenlace final al que nos tuvimos que enfrentar. ¿Un chico a punto de cumplir los quince años, junto a un Capitán de Operaciones Especiales y un cabecilla de una banda criminal? Quizá penséis que exagero, que parte de la historia es inventada o fruto de la desorbitada imaginación de un adolescente ávido de experiencias extraordinarias. A veces, yo mismo me sorprendo. Soy muy consciente que tenéis curiosidad por conocer el desenlace de este misterio, sacar a la luz la historia que contiene el libro y de esa forma poder saber si soy un farsante o no. Algo me impulsa a deciros a toda velocidad la verdad, pero no debo adelantar acontecimientos. Como decía mi abuela las cosas se deben contar poco a poco, como el goteo de un grifo o el tic—tac de un reloj. Las prisas se deben dejar de lado. Cuando uno va a narrar una historia debe abandonar la tentación de empezar a contarla por el final y comenzar por el principio, algo que por obvio a menudo olvidamos. Y eso es lo que voy a hacer. Contaros las cosas como ocurrieron sin dejarme nada en el tintero. No me queda ya más que desaparecer y que los hechos hablen por sí solos.



Junio 2010

Alicante, España.

María salió cerca del mediodía como todos los sábados desde hacía unos meses para ir a comer a casa de su hija. Como tenía tiempo, empezó a andar dirección sur, al contrario de su recorrido habitual. A pesar de sus setenta y dos años era una mujer curiosa y activa. Acostumbraba a pasear todos los días, y, en cuanto podía, se aventuraba en una nueva tienda o bazar para investigar el género, las calidades o los precios.

Llevaba un rato caminando cuando vio una tienda con una Gran Muralla China en relieve, encajonada entre un locutorio de llamadas internacionales y un supermercado especializado en productos de Europa del Este. Presentaba una fachada llamativa, con grandes letras chinas de color burdeos y el colorido de los artículos del escaparate contrastaba con los tonos grisáceos de la hilera de edificios. La Pequeña China parecía poder ofrecer algo interesante. Decidió entrar impulsada por la curiosidad.

Tras el mostrador había un hombre oriental, tal vez algo mayor que ella, que con cuidado analizaba la tapa de un libro sobre la mesa. La tienda era pequeña, pero la falta de espacio no impedía que multitud de pequeños elementos decorativos se amontonaran por el suelo: budas tallados en madera de todos los tamaños, guerreros de Terracota, dragones de jade verde conviviendo con geishas.

—Buenos días

—Buenos días —respondió el hombre con marcado acento oriental.

—Hoy es un día especial. Necesito algo que pueda sorprender a mi nieto —afirmó con rotundidad.

Sin levantar la vista del libro, el pequeño hombre oriental le indicó con la mano que se dirigiera al fondo de la estantería.

—Al final, al final —su mano, adornada con anillos de jade, se movía con pequeños intervalos.

El polvo se acumulaba sobre los anaqueles. María llegó hasta al final de la sala, donde los objetos estaban colocados al azar, sin orden ni concierto, apilados unos encima de otros. Entre el amasijo de cosas, un gong color oro llamó su atención. Tomó la maza para golpearlo y poder escuchar su sonido, pero sin querer tiró un jarrón de porcelana china. Lo que por el paso de los años había perdido en agilidad lo compensaba con carácter, y con la rapidez de una esgrimista, alcanzó a agarrarlo por la base. Pero la maza inició un vuelo en espiral hacia la estantería y golpeó una caja de cristal con remates de nácar que al chocar contra el suelo se quebró en mil pedazos. Una pequeña nube de partículas de polvo se elevó al trasluz de los rayos de sol que se deslizaban a través de la ventana.

—¿Ocurre algo señora? —preguntó el pequeño hombre.

—No pasa nada, no se preocupe —replicó María con total naturalidad desde el fondo de la tienda.

Del interior de la caja apareció un libro encuadernado en piel marrón envejecida. Por un momento algo la deslumbró. Fue un brillo fugaz, inquietante, era como si el libro ardiera. Lo cogió y sintió como un calor vaporoso impregnaba sus manos. El tomo debía tener unas pocas páginas pero le pareció que pesaba como un gran volumen enciclopédico. Con la ayuda de un trozo de su blusa blanca de algodón consiguió limpiar la suciedad que lo envolvía. Se sorprendió al comprobar que carecía de título. El único rasgo distintivo era la cabeza de un pequeño dragón tallado en madera pegado sobre la tapa. Aquel dragón centelleó de nuevo y un halo de luz roja se reflejó sobre el medallón de cobre que colgaba sobre su pecho.

—¡Qué curioso! —expresó en voz alta—. Parece una señal del destino.

Lo abrió y unos dibujos a plumilla de formas geométricas hechizantes hicieron que sintiera primero una gran curiosidad y después una creciente inquietud. Lo agarró con fuerza y se dirigió hacia el mostrador donde el pequeño anciano oriental se acariciaba el bigote, sonriente.



Marsella, Francia

Un calor bochornoso caía por los muelles del puerto de Marsella. El aire era denso y los olores a aceite y petróleo se diluían entre los grandes contenedores de carga. De los millones de toneladas de mercancías legales que se descargaban anualmente, siempre quedaba hueco para el tráfico ilegal. El Lobo llevaba años usando ese puerto para parte de sus negocios. No acostumbraba a acudir en persona, salvo en ocasiones como aquella, donde el valor de la mercancía requería una atención especial. Había gastado más de quince minutos analizando la mirada de aquel hombre, y a pesar de sus treinta años en el mundo de la guerra y los negocios ilegales, no conseguía leer esos ojos.

—Señor Lobo, un placer contar con su presencia —comentó el hombre de mirada gélida y marcado acento ruso.

—El volumen de la operación es importante, Sergei —intentaba escudriñar si podía confiar en aquel hombre, mientras apuraba el habano que tenía entre sus labios.

El diálogo era contemplado por cuatro hombres. Marco era un Siciliano al cual el Lobo había salvado de una muerte horrorosa años atrás y éste, como recompensa, le rendía una devoción y fidelidad a prueba de bombas. Era corpulento, sólido, más ancho que alto, con una cicatriz en la mejilla izquierda y unos manos enormes que parecían mazas. A su lado estaba el Chapas, un chico de la calle que por su astucia e inteligencia había conseguido ascender en una de las mayores organizaciones criminales del levante español. Se había convertido en la mano derecha de el Lobo, un nuevo oráculo de los tiempos modernos al que el rey del hampa acudía en busca de consejo antes de aventurarse en cualquier operación. Los otros eran dos gigantones del Este de Europa que acompañaban a Sergei. Hombres de pocas palabras, cargados de anabolizantes y tatuajes. Rodeado de aquellos hombres hercúleos, la complexión enjuta del Chapas le hacía parecer todavía más pequeño.

—Siempre había hecho negocios con Vladimir —las gotas de sudor resbalaban por las sienes de el Lobo y quedaban ancladas en sus grasientas mejillas.

—El mundo se mueve, las cosas cambian, los negocios evolucionan. Vladimir no supo adaptarse, ya sabes, debes fluir como el agua, no chocar —respondió Sergei sin abandonar esa sonrisa que tanto desquiciaba a el Lobo.

El Chapas dibujó una sonrisa lobuna, estaba acostumbrado a ese tipo de energúmenos. Por desgracia y a pesar de su juventud eran demasiados años tratando con personajes de toda calaña.

—No sabía que fueras filósofo —dijo sin alterar su tono de voz.

Sergei le devolvió una mirada de odio. El Lobo suspiró, aburrido, no quería problemas así que tomó el camino directo para cerrar la operación.

—En nuestros negocios la confianza es la base. Tal vez Vladimir no fluía como el agua, pero era un hombre de palabra —El Lobo alzó la mano y el Chapas se acercó—. Son seis millones de euros. Dime las cuentas y se transferirán ahora mismo.

Un chasquido de los dedos y el más grande de los culturistas le acercó una hoja con los números de las cuentas garabateados a mano. El Chapas extrajo del maletín su ordenador portátil con conexión a Internet. Sus dedos empezaron a volar sobre la pantalla. Marcaba las cantidades que se abonarían en diversas entidades bancarias con sede en paraísos fiscales.

—No tardarás en recibir la confirmación —espetó el Lobo—. Como ya podrás imaginar, la transferencia se hará efectiva tan sólo en el momento en que comprobemos que la mercancía está correcta.

—Me fío —confesó Sergei—. En este sobre está la ubicación exacta de los contenedores. Contienen suficientes kalashnikov y munición como para acabar con el jodido ejército de los Estados Unidos de América. El nuevo AK9 es más ligero, tiene silenciador y puede atravesar un chaleco antibalas con la misma facilidad que un cuchillo corta la mantequilla —Sergei seguía sin abandonar esa mueca que le adornaba la boca y que tanto desquiciaba al Chapas—. Están diseñados para la muerte, no la vida.

—Lo dicho, un filósofo —confirmó el Chapas.

—Vete a la mierda —respondió, al tiempo que sus músculos se tensaban para saltar.

—Volveremos a vernos —intervino el Lobo, que tras una larga calada dio por finalizada la conversación.

El hecho de que se volvieran o no a ver, estaba en esos momentos en sus manos. La idea de haber quedado a mediodía, a plena luz del sol, en medio de aquellos contenedores había sido del Chapas. Era un amante del cine negro, y, en particular, un forofo incondicional de Alfred Hitchcock. Por eso había escogido ese lugar, en honor a la película “Con la muerte en los talones”. Cuando se va a asesinar a una persona, lo lógico es quedar a medianoche, en un lúgubre callejón, donde nadie te pueda ver. No a las doce del mediodía, a plena luz del sol, en medio de unos contenedores de carga en el muelle del puerto. No estaba al nivel de la persecución de la avioneta sobre Cary Grant por los campos de maíz, pero la idea del Chapas había convencido a el Lobo. Cuando se disponía a alzar la mano para dar la instrucción al francotirador de abrir fuego, una fugaz imagen de un dragón por su cabeza le detuvo.



Herat, Afganistán

Sobre el desierto del Karakum, un pastor nómada Uzbeko observaba la nube de arena arcillosa elevarse a lo lejos. La hilera de vehículos de la Patrulla Delta había enfilado el estrecho camino color rojizo que les debía conducir hasta el poblado. Caía un sol abrasador. El Capitán Rodrigo de los Grupos de Operaciones Especiales se limpió la mezcla de sudor y barro de la cara con su manga. Cumplía con una misión rutinaria de vigilancia de la zona. Se trataba una vez más de ayudar. Los antiguos Balcanes, Colombia, Somalia, el continente helado y un sinfín de lugares recónditos del planeta adornaban su currículum. Sus años de experiencia le habían enseñado a estar siempre atento y no bajar nunca la guardia. Había aprendido, por desgracia, que el peligro suele acechar, escondido, para saltar cuando uno menos se lo espera.

Cuando entraron en el poblado, un gentío se arremolinó a su alrededor. Rodrigo fue el primero en saltar del jeep. Se quitó el casco y ofreció su mejor sonrisa.

—Hola Rrrrrodirgo —dijo un niño que no tendría más de seis años y ya chapurreaba el español.

Se agachó y lo tomó entre sus brazos. El pequeño desapareció bajo su cuerpo.

—¿Cómo está el pequeño Emir?

—Bien —alcanzó a decir.

—¿Has sido bueno con tu madre?

Emir le devolvió una sonrisa pícara. Rodrigo tenía la impresión de que aquel niño era capaz de leer su rostro sin necesidad de decir una palabra.

—¿Seguro?

—Sí —respondió sin vacilar.

Le dejó a un lado. El convoy seguía rodeado por la muchedumbre que esperaba alimentos y objetos recolectados por diversas ONGs. Echó mano a la caja que había llevado a su lado desde que habían salido de la base. La abrió y sacó un patinete rojo eléctrico.

—Si lo quieres algo me tendrás que dar.

Emir le estiró de la chaqueta para que se agachara. Cuando tuvo la cara a su altura, le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Gracias.

Rodrigo sonrió y empezó a repartir alimentos mientras observaba alejarse a Emir. El niño patinaba, emocionado, con su nuevo juguete dirigiéndose hacia su madre.

Cuando terminaron el reparto, el gentío desapareció. Rodrigo se subió al jeep y ordenó que uno de los vehículos blindados abriera el convoy. Su jeep iría en segunda posición. Arrancaron y cogieron la calle principal en dirección al siguiente poblado. Pudo ver a lo lejos como Emir le saludaba desde la ventana de su casa, hasta que su madre le retiró de forma violenta. En el horizonte, por encima de las montañas, las nubes se amontonaban como algodón de azúcar.

—Adelante. ¡Estad atentos! —ordenó.

Llevaban andados unos metros, cuando al paso del todoterreno una mujer cubierta con su velo cerró la contraventana de su casa. Fue un pequeño gesto que despertó su sexto sentido.

—Maldición —murmuró.

Sin tiempo para nada más un obús explosionó unos metros delante del vehículo. La onda expansiva con tierra y metralla impactó de lleno sobre el mismo y catapultó fuera a varios de sus ocupantes. Rodrigo sintió como una masa de aire comprimido ardiendo le golpeaba el rostro. El olor a azufre quemado le impregnó hasta la entrañas. Las balas empezaron a silbar por el aire. Rebotaban, golpeaban sobre el suelo y en el metal del blindado. Ordenó retroceder pero un coche en llamas explotó. La salida de la calle por la parte posterior quedó bloqueada. Era una emboscada. Los sucesos acontecían muy rápido: otro gran estruendo, una luz rojiza, metralla despedida. Uno de los tres blindados que componían el convoy fue alcanzado por un obús. La cabina se llenó de llamas rojas y de un espeso humo negro. Los gritos de dolor y rabia sonaban como gemidos infernales: el horror se repetía de nuevo para Rodrigo. Salió del vehículo por la ventana y agarró a un soldado malherido del cuello para colocarle en un lugar más seguro, a cubierto del fuego enemigo.

Rodrigo sintió ese momento de calma que le invadía siempre antes de participar en un tiroteo. El miedo desapareció y dio paso a una oleada de frío en el cerebro. Respiró hondo para mantener la calma y quitar el seguro de su fusil de asalto. Estaba seguro de haber visto desde dónde se lanzaba el fuego de mortero. Apoyó con serenidad el fusil contra el hombro y apuntó con el visor. El índice se contrajo contra el gatillo. Pudo comprobar que había hecho blanco, lo que le sumió en un mal sueño. El resto de unidades repelían el ataque. Ráfagas de disparos, fuego de artillería; un infierno de llamas rojas se apoderó del lugar. La peor parte se la llevaban las ya de por sí maltrechas casas; el poblado se destruía, incendiado, con columnas de humo negro que se elevaban hacia el infinito. En todos los conflictos que había participado los civiles pagaban la ambición de sus líderes: dinero y poder eran la droga que movía al ser humano. Los gritos de la operadora de radio despertaron a Rodrigo.

—Delta Uno, ¡necesitamos cobertura área! —vociferaba sin parar.

—¿Cuándo llegarán los helicópteros? —preguntó Rodrigo.

—Mi Capitán, tenemos problemas con la radio —tenía la cabeza recostada sobre la arena, no quería ofrecer un blanco fácil.— Parece que una tormenta viene a toda velocidad e impide que …

Antes de que pudiera acabar la frase otro obús estalló cercano. Rodrigo sintió como una ráfaga de trozos de metal y piedra le pasaban rozando cerca del cuerpo. Fue entonces cuando la soldado Martínez sintió un dolor intenso que le punzaba con fuerza en el costado, a la altura de las costillas. De forma instintiva se retorció sobre la herida con un grito ahogado. Rodrigo la cogió en sus brazos y la arrastró tras un muro semiderruido al abrigo del fuego enemigo. La soldado gemía de dolor entre los silbidos metálicos de las balas. En medio de aquella locura Rodrigo sacó su cuchillo de supervivencia y le rasgó la chaqueta por encima de la herida. Tenía un trozo de metralla del tamaño de un puño incrustado. Cogió un trozo de la manga de su camisa, lo cortó y lo usó como un torniquete para intentar parar la sangre que fluía como un torrente en la montaña tras el deshielo.


Playa del Postiguet, Alicante, España.

Pasaban las doce del mediodía y el sol había barrido de las calles a los transeúntes que preferían agolparse cerca del mar. Juan estaba sentado sobre la arena húmeda donde la espuma de las olas rotas le acariciaba las piernas.

Para un chico de catorce años el peregrinaje de ciudad en ciudad no era una actividad agradable, aunque al menos en esta ocasión el poder coincidir con su abuela María había sido un golpe de fortuna.

Aprovechaba todos los sábados por la mañana para acercarse a la playa del Postiguet y darse un baño en una pequeña ensenada que quedaba al abrigo de la olas gracias a un espigón. El mar siempre le había atraído como un hechizo. Desde que había llegado a Alicante pasaba horas en el agua, jugando con su tabla de surf o simplemente sentado en la orilla con la vista perdida en el horizonte y el relajante sonido de las olas de fondo.

Esa mañana, aunque no le habían invitado, sabía que sus compañeros de clase estarían dándose un baño. Generalmente la timidez le vencía aunque en esa ocasión decidió que tal vez era el momento de armarse de valor.

Se levantó, se sacudió la arena de las piernas y el bañador y cogió su tabla de surf. Llevaba caminados unos cuantos metros cuando pudo verles al lado de la orilla. Eran ocho. Se daban palmadas y empujones y se reían con bromas que no llegaban a sus oídos. La tentación de darse media vuelta llegó como un tren de alta velocidad, pero valoró los pros y los contras: ¿pasar el resto del día lamentándose o, de una vez por todas, intentar ser uno más? Se decantó, sin tener claro cuál había sido el verdadero detonante, por continuar la marcha. Al llegar a su altura, nadie se dió cuenta de su presencia. Tuvo que pararse y dar un golpe en la espalda de Carlos, el único con el que había entablado algo de amistad, más que nada, porque le había tocado ser su compañero de prácticas en Física.

—Juan, ¿qué haces aquí? —no pudo disimular una expresión de sorpresa.

—He venido a darme un baño con la tabla.

—¡Una tabla de surf! —gritó Nacho, que se contorneaba como un pavo real, hinchando músculos delante de las chicas—. Como mola —se la arrancó de las manos sin que Juan tuviera tiempo de pronunciar palabra.

La clavó en la arena violentamente. Se alejó unos metros y empezó a correr. Tras un formidable salto, con media voltereta incluida, la sorteó como un artista circense. Todos vitorearon la pirueta. Las chicas, que reían sin parar, parecían no haber reparado en la presencia de Juan.

—¡Venga, vamos al agua! —gritó mientras agitaba los brazos.

Nacho iba a la cabeza. Pasaba de salto en salto las olas, hasta que dio una mortal y se puso a nadar a toda velocidad. El resto le siguieron.

Juan se quedó solo. No era, en absoluto, una sensación nueva para él. Permaneció en silencio. Sacó la tabla de la arena y regresó a su pequeño rincón, ensimismado en sus pensamientos. Esa tabla había sido un obsequio de su abuela. A pesar de su escueta pensión de viudedad se las arreglaba para ahorrar lo suficiente y poder comprar de vez en cuando algún capricho a su nieto. Todavía se sorprendía cuando le contó cómo la había conseguido en una página de compra-venta por Internet.

—Señora, la tabla se vende por ciento veinticinco euros —le dijo el más atrevido de todos, con una melena rubia y una piel bronceada sobre la que destacaba un tatuaje maorí que le cubría desde el hombro hasta el codo.

—Esta tabla está más vieja que yo, y tú lo sabes, rubiales —tragó saliva, y se volvió a colocar las gafas, mientras acariciaba el canto que estaba más defectuoso—. Tendrás suerte si alguien te hace una oferta similar.

El chico la observaba como si se tratara de una anciana con un punto perverso. No tenía ni idea donde clasificar semejante espécimen. Intentó apostar fuerte, no sabía hasta dónde podía llegar aquella mujer.

—De cien euros no bajo —respondió al tiempo que cruzaba los dos brazos sobre el pecho.

—Escucha, estoy viendo ahí detrás la tabla nueva que ya te has comprado —aprovechó para hacerle un guiño con el ojo —, tú ya tienes una mejor y yo la necesito para mi nieto —volvió a sonreír—. Piensa que estás haciendo una buena acción —en ese momento le cogió la mano y le puso los billetes recién sacados del cajero—. Coges los setenta y cinco euros y esta noche lo pasas a lo grande con tus amigos —sus colegas miraron asombrados a aquella anciana cuya melena plateada le resbalaba sobre la túnica blanca.


Unas extrañas nubes que se formaban sobre el mar arrancaron a Juan de sus pensamientos y le devolvieron a la realidad. Se movían rápido. Antes de que se diera cuenta el cielo se tiñó de color plomo. No tardaron en caer pequeñas gotas que dibujaron unas curiosas formas geométricas sobre la fina arena. Parecían señales. Inhaló profundamente, le encantaba el olor a tierra mojada de lluvia. Decidió incorporarse, cuando un frío intenso le recorrió el cuerpo entero: nacía en su estómago y subía por la espina dorsal para extenderse a una velocidad de vértigo por todos sus miembros. Juan quedó paralizado. Un fuerte centelleo le cegó la vista y una sucesión de imágenes empezó a circular por su mente: un poblado en medio de unas montañas impresionantes, una bestia negruzca, una chica pelirroja con una larga melena recogida en una coleta.

Eran escenas que sentía muy vivas, como reales, un dejà vu difícil de explicar. Antes de recobrar la conciencia, pudo ver con claridad un dragón tallado en madera que le hacía un guiño con el ojo y lanzaba una llama roja.



Herat, Afganistán.

El intercambio de disparos y los lanzagranadas había cesado. Habitualmente los atacantes se daban a la fuga tras descargar por sorpresa unas ráfagas, pero Rodrigo desconfiaba. Parapetados tras un muro, apretaba con fuerza sobre la herida de la soldado Martínez. Hacía tiempo que había dejado de quejarse, recostada sobre el improvisado camastro que Rodrigo había construido. Le iba dando sorbos de agua de la cantimplora. Tras el último trago la soldado hizo un esfuerzo para incorporarse.

—Capitán, si no vuelvo quiero que le diga a mi marido que debe ser fuerte… —antes de que pudiera continuar, la interrumpió.

—Tranquila, volverás a verle —le reconfortó Rodrigo mientras apretaba el hombro de la soldado.

—No, escúcheme —respiraba de forma entrecortada—. En caso de que me ocurriera cualquier cosa, quiero que vaya a visitarlo, a él y a mi hija de quince meses —un velo de lágrimas le cubrió los ojos—. Quiero que les diga que siempre les tendré en el corazón, y, que pase lo que pase, sean fuertes y rehagan sus vidas. Tienen derecho a tener una vida completa y ser felices.

—Mírame a la cara —Rodrigo buscó sus ojos y la abrazó—. Vas a volver a casa con tu familia. Puedes estar segura —una repentina brisa cálida le sorprendió. Levantó la vista y vio acercarse unas nubes color rojizo—. Cuando pase la tormenta vendrán los helicópteros y nos sacarán de aquí. Esas heridas se van a curar —le acarició con suavidad el rostro—. En poco tiempo estarás rumbo a España. Te aseguro que en unos días estarás abrazando a tu hija y marido.

No pudo evitar que esos ojos negros le trasladaran a la selva Colombiana. Habían pasado muchos años pero hay heridas que el paso del tiempo no puede cicatrizar y de forma recurrente se reabren en la mente de las personas. En aquella época Rodrigo era un joven militar español, obstinado y cabezota, como lo definía su madre, que había pedido ser voluntario en una misión de ayuda al ejército Colombiano en combate de tácticas de guerrilla. La misión era secreta y nadie en España conocía su paradero. Los cárteles de la droga estaban contraatacando a escala militar y el ejército Colombiano había solicitado ayuda a sus aliados para formar a sus tropas. Un reducido grupo de expertos militares del ejército español fue enviado para colaborar en esa guerra de los tiempos modernos. Rodrigo siempre había acatado las órdenes de manera estricta, su carácter y rectitud así lo requerían.


En esa misión tuvo un descuido que jamás olvidaría. Tenía instrucciones claras de no relacionarse con la población civil, ya que la pondría en riesgo. Pero los designios del corazón son inciertos y difíciles de predecir. El poco tiempo libre lo aprovechaba para pasear por el pueblo en el que se hospedaba los días que no debía pernoctar en la base. Una mañana, por las casualidades del destino, fue a parar a una tasca donde una hermosa joven color aceituna, pelo rizado y sonrisa angelical preparaba café. Rodrigo quedó atrapado de inmediato por aquella dulzura, hechizado por unos ojos color caramelo donde sus temores se sumergían sin pensarlo. Luchó con fuerza para seguir las órdenes. Durante múltiples noches no consiguió conciliar el sueño. Se debatía entre lo que era correcto o no, pero sus acciones eran contrarias a lo que su mente ambicionaba y la frecuencia de las visitas a la tasca fue en aumento. Para cuando quiso darse cuenta ya era demasiado tarde y, aunque el simple pensamiento de esa palabra le provocaba vergüenza y jamás la pronunció, estaba enamorado. Fueron, sin el menor atisbo de duda los días más felices de su existencia y dónde dió por primera vez rienda suelta a sus emociones.


Tras una semana de intenso entrenamiento, con las lluvias torrenciales como inseparables compañeras, regresó a la base. Había tomado una decisión: iba a solicitar volver a España y ya tenía en mente que no sería solo, pensaba pedir matrimonio a aquella criatura angelical. Pero el destino es caprichoso y el camino marcado a veces se tuerce con suma facilidad. Alguien había dado el soplo. Las mafias de la droga eran implacables en esos casos que utilizaban para adoctrinar a las personas bajo la vara del terror. Cuando descubrió cómo la habían asesinado, se volvió loco. Cayó al suelo y lanzó unos gemidos de dolor que paralizaron a los allí presentes, entre los que se encontraba la madre de aquella criatura, que a viva voz, le señalaba como culpable del asesinato. Rodrigo desapareció una semana completa en la selva. Esa semana descubrió que era infinitamente más difícil recomponerse que hundirse. No dio señales de vida ni mantuvo contacto con nadie. Jamás contó qué hizo, pero a su regreso parecía un animal, una fiera peligrosa fuera de control repleta de barro y sangre, con los ojos iluminados por el diablo. Su simple visión producía escalofríos.



Casa de Juan, Alicante, España.

María tardó menos de lo esperado en llegar. Luz, su hija, abrió la puerta con un pañuelo que le anudaba el pelo en una coleta, un traje de tirantes azul, grandes pulseras de colores en las muñecas y descalza.

—¡Hola mamá!

—Hola —le respondió, cogiéndola por las hombros y con un sonoro beso en la mejilla.

—Venga pasa y toma asiento en el sofá. Ya sabes, es la parte más fresca de la casa y además —con una mueca en la cara como quien regaña a un niño—, te prohíbo, repito, te prohíbo que hagas nada.

—¿Y Juan?

—No ha llegado todavía. Le encanta estar en el mar con la tabla de surf que le regalaste. No se separa de ella.

—Pero si he venido por el paseo y, sabes —María abrió sus ojos como acostumbraba a hacer al mostrar sorpresa—, no hay olas.

—Ya —le interrumpió Luz antes de pudiera acabar—. Tú le conoces bien. Cuando se obsesiona con algo no hay quien se lo quite de la cabeza.

Sí que lo conocía bien. Juan era especial. Para su abuela, ser especial le convertía en alguien único, una especie de don celestial, aunque ese pensamiento no parecía ser compartido por el resto de la humanidad: sus compañeros de clase, vecinos u cualquier otra persona que se cruzara en su vida.

Estaba harta de las conjeturas de la gente. Incluída aquella psicóloga infantil que había pagado de su propio bolsillo y no había dicho más que una sarta de memeces a su modo de ver. Para ella Juan era único. La persona más importante en la faz de la tierra. Alguien que cuando llegara el momento haría grandes cosas y acallaría todas las bocas. Hacía poco tiempo que su hija y nieto habían llegado a Alicante, así que albergaba en secreto la esperanza de que esta vez fuera diferente y por fin, tras tantos cambios de ciudad, pudiera tener unos amigos de verdad.

—Le he traído algo de los chinos —dijo, introduciendo la mano en el bolso.

—Mamá —otra vez la mueca de castigo—, te tengo dicho que no debes comprarle más cosas. ¡Mira cómo tiene la habitación!

—Esta vez es algo especial.

—Como siempre mamá, como siempre.

María sonrió y, libro en mano, se fue directa a sentarse en el sillón. Hubiera estado feliz de contradecir, como por costumbre tenía, a su hija y haber dirigido la paella. Remover el caldo, comprobar el punto sal, y revisar todos los pequeños detalles en los que consideraba que sus artes culinarias eran superiores. Pero ese libro había despertado un interés especial en ella. Un interés incluso mayor al de dar los últimos toques al arroz. No preguntó por Julián, prefería guardar la habitual discusión para otro momento. Se reclinó sobre el respaldo y pudo comprobar con inmensa satisfacción que la brisa marina aliviaba el calor que momentos antes había sufrido en la calle.

Las hojas, arrugadas y descoloridas, estaban escritas a mano. Aquellos misteriosos dibujos a plumilla volvieron a captar su atención, hasta que sin más distracciones, emocionada, empezó su lectura:



EL REINO DEL DRAGÓN

La historia se desarrolla en Kaldivia, un pequeño poblado de un lejano reino, con montañas altas hasta el cielo y nieve perpetua. Yodan, nuestra protagonista, que en la lengua de su pueblo quiere decir la Valerosa, es la hija del maestro del poblado. Es un pueblo humilde, donde la tierra y la ganadería dan para vivir en una época donde los niños desde pequeños además de acudir a la escuela, deben ayudar a sus padres para poder comer. Sin embargo, un hecho hace muy especial el poblado, algo que despierta el más intenso de los miedos entre sus habitantes: no existen los libros. No es que no existan los libros, es que no existe ningún papel, cartel o documento escrito. Cuenta la leyenda que cada vez que alguien, armado de valor, empuñaba una pluma y empezaba a trazar letras, una melodía, mezcla de lamento y agonía comenzaba a retumbar por el poblado. Se extendía como el agua embalsada al abrirse la compuerta e inundaba cada rincón, cada esquina, cada habitante. Entonces el miedo se apoderaba de todos ellos y ocurría de nuevo: poco a poco las letras recién escritas empezaban a elevarse, formaban una fila y abandonaban el papel moviéndose al ritmo de la melodía. Se contorneaban, giraban en forma de remolino y comenzaban su peregrinación hacia las montañas. Si se intentaba detenerlas, atraparlas en su huida, entonces daban un giro brusco, rápido y preciso, para continuar su camino. Llegaba un momento en que las letras eran arrancadas del papel casi antes de que fueran pensadas y entonces era cuando los pensamientos dejaban de tomar forma en la cabeza del escritor y volaban a continuación de la última letra escrita para llevar al escritor a un estado de absoluto agotamiento. Cuando este hecho tan extraordinario empezó a suceder se formó un grupo dispuesto a seguir a las letras hacia las montañas para averiguar lo que ocurría. Tuvieron que andar durante días hasta la cima de la más alta cumbre. Sortearon toda clase de peligros bajo un frío glacial. Al final, exhaustos y agotados, llegaron hasta la entrada de una caverna de donde emanaba la melodía y las letras se perdían en su interior. No habían hecho tan largo viaje para permanecer allí a la espera de que alguien o algo saliera a su encuentro. Así que se armaron de valor y decidieron entrar por el angosto paso horadado sobre la roca. A los pocos metros la luz del exterior languideció. Quedaron rodeados por una penumbra que apenas permitía distinguir las formas. Sin embargo lo pudieron ver. Nadie pudo decir con claridad si era bestia o humano, hembra o macho, pero cuando esa cosa detectó la presencia de extraños se alzó. Al parecer debía medir unos tres metros y un pelaje negruzco, mezcla de grasa y pelo duro como el de un puercoespín, le recubría todo el cuerpo. Antes de que aquel ser pudiera realizar un solo movimiento, una lluvia de lanzas cayó sobre su cuerpo. Entonces empezó a emitir unos sonidos sobrehumanos, guturales, que parecían arrancados por el dolor. Los aullidos volaron sobre las paredes de la cueva. Rebotaban contra la roca y se multiplicaban hasta el infinito. Alcanzaron tal intensidad que la expedición debió salir al exterior para no quedar con los tímpanos destrozados. Aún afuera, el estruendo era tan desgarrador que cuando el primero empezó a correr de vuelta hacia el poblado el resto le siguió sin ánimos de girar la cabeza hacia atrás. Cuando por fin regresaron, los habitantes estaban escondidos en sus casas. Temían lo peor ya que durante tres días y tres noches habían tenido que convivir con aquel llanto desesperado. La expedición les contó en detalle su encuentro con aquel ser y cómo habían acabado con su inmunda y desgraciada vida. Hubo una gran fiesta y a la finalización de la misma todo el pueblo se congregó alrededor del maestro que se disponía a dejar por escrito el fin de los tiempos sin letras. Con aspecto solemne alzó la pluma y empezó a plasmar lo acontecido por aquel grupo de expedicionarios. A los pocos segundos unos sonidos, al principio tan sólo desagradables, empezaron a oírse en el poblado. El maestro, arrastrado por la ira al ver que la pesadilla de las letras no había acabado, empezó a escribir a más velocidad de modo que los aullidos fueron subiendo de intensidad, hasta que alcanzaron tal sonoridad que algunos de los presentes se arrodillaron suplicando piedad. El maestro, lejos de detenerse, escribía cada vez más rápido. Parecía poseído por el demonio, hasta que bajo ese frenesí cayó desplomado delante de la multitud. En ese instante, los gritos profundos e ininteligibles acallaron. Permaneció dos días inconsciente y al despertar desveló que había podido ver aquella bestia, desgarrada por el dolor y que emanaba unos sonidos que nada sobre la faz de la tierra podría emular. Se dictó una orden para que a partir de ese momento nadie en el poblado pudiera volver a escribir bajo riesgo de ser encarcelado. Esta historia fue pasada de forma oral de abuelos a padres, de padres a hijos y poco a poco aquella bestia se convirtió en un ser cruel capaz de engullir niños de un solo bocado, de destrozar aldeas y arrasar las cosechas con su sola presencia. La verdadera historia se fue desvirtuando con el paso del tiempo, ya que cada generación aportaba su grano de arena, cada cual más exagerado, sanguinario y monstruoso, que colocaba a aquel ser en el podio de los temores de los habitantes de Kaldivia.

Yodan había sido testigo de la narración de la maldición de Kaldivia infinidad de veces. Su padre la contaba y la adornaba en sus clases de tal forma que un miedo intenso se cobijaba en lo más profundo de los niños. Sin embargo Yodan, la Valerosa, pensaba que alguien debía tomar la determinación de volver a aquella gruta. Había que comprobar si aquella bestia era en realidad ese ser tan desalmado, y lo que era más importante, por qué robaba las letras escritas.

Un sábado de verano por la mañana, el día de descanso en Kaldivia, decidió coger un zurrón y con mucha precaución para no ser descubierta puso varias pelotas de crins, una mezcla de harina de trigo con agua, sal y grasa de cerdo. También un pequeño tarro de miel que le daría energía para las largas marchas que presagiaba debería realizar. Luego, se anudó una manta a la espalda, que le permitiría superar los rigores de las cumbres, y se armó con el bastón preferido de su padre: un trozo de roble grueso que le ayudaría a vencer obstáculos pero que también podría ser utilizado como arma en caso de necesidad. Por último, en una pequeña bolsa anudada a la cintura puso unos pergaminos, tinta y la pluma que su padre guardaba en una caja bajo llave.

Cuando estuvo lo suficientemente alejada del poblado, a medio camino de la cima más alta, su objetivo, se detuvo en un prado bajo un cielo resplandeciente como nunca había visto con anterioridad. Parecía un momento propicio, así que con sumo cuidado empezó a escribir para preguntar a aquel ser el motivo de robar las letras. Como cabía esperar las letras empezaron a alzar su vuelo, pero para su sorpresa en lugar de sonidos desagradables pudo escuchar un canto de cadencia relajada, provisto de cierta armonía. Se armó de valor y siguió el vuelo de las letras. Superó pasos escarpados, nieves y otros peligros hasta alcanzar la gruta. La famosa gruta que tantas veces había escuchado, la gruta donde moraba ese demoníaco ser capaz arrancar la cabeza de su adversario con un único zarpazo. Asió el bastón de su padre con una mano mientras con la otra apretaba con fuerza el dragón tallado en madera que colgaba de su cuello. Su abuela se lo había dado de muy niña ya que era el amuleto preferido de su madre a la que no pudo llegar a conocer. A pesar de que la apodaban la Valerosa, sentía que el corazón quería escapar de su pecho y golpeaba con una fuerza como nunca lo había lo hecho antes. Un nudo en el estómago le impedía coordinar sus pensamientos. Su cabeza le ordenaba abandonar aquella cueva pero sus piernas iban en dirección contraria, y, antes de poder recuperar el control de su cuerpo, se encontró delante de aquel ser. Era alto, inmenso como una torre y al alzarse cuando detectó su presencia el miedo se apoderó de Yodan la Valerosa con tal fuerza que las piernas le flaquearon. Cayó desvanecida e indefensa contra la fría roca.”



Playa del Postiguet, Alicante, España.

Juan tenía en su mente esas extrañas imágenes cuando el cielo plomizo dio paso a unas nubes rojas que llegaron a gran velocidad y lo cubrieron todo. Un lienzo de fuego emergió sobre el mar como por obra divina. No lo olvidaría jamás. Llegó de repente, como a menudo lo hacen las cosas importantes de la vida, sin avisar. Un fuerte temblor comenzó bajo sus pies y se extendió por su cuerpo. La primera sensación fue de miedo: un miedo profundo e irracional provocado por la inmensidad de la naturaleza. Permaneció quieto, con los músculos colapsados. Pensó que se trataba de un terremoto, de hecho, el primero que experimentaba en toda su vida, pero unos extraños sonidos que retumbaban como un eco golpeando las paredes de una gruta le hicieron dudar. No parecía de mucha intensidad (difícil de juzgar en cualquier caso por alguien que se enfrenta a su primer terremoto), sin embargo, cada segundo se transformaba en una eternidad y parecía no querer detenerse.

Empezó a ver transcurrir la escena a cámara lenta, como en una vieja película en blanco y negro. A su lado reposaba una pareja. La mujer, entrada en años y carnes, se levantó sobresaltada. Su marido, un hombre obeso que rondaría los cincuenta y blanco como la cal, asistía impasible a la escena. Juan adivinó que debían gritar, por cómo movían los labios y gesticulaban con sus brazos, pero no era capaz de escuchar nada. Parecía que el tiempo se hubiera detenido para él. Se sumió en un trance que le hacía vagar entre la realidad y la ficción, un mundo desconocido hasta la fecha. Observaba con curiosidad lo que ocurría a su alrededor: unos niños que corrían despavoridos presa del pánico hacia el paseo, un matrimonio de jubilados extranjeros que arrastraban la sombrilla y las sillas como si de un preciado tesoro se tratara, un joven culturista con el pecho hinchado y la cara desencajada. Sintió cómo un aire húmedo y cálido le acariciaba el rostro y envolvía todo su cuerpo. El miedo inicial le había abandonado y sentía una confianza en sí mismo que jamás había experimentado con anterioridad. Tuvo la sensación de estar sufriendo una metamorfosis hacia un nuevo y desconocido ser. Más poderoso. Más valiente. Bajo aquel escenario de pánico generalizado se mantenía sereno y con la claridad mental necesaria para ayudar en lugar de permanecer bloqueado, como tantas otras veces le había ocurrido.

Quería disfrutar de esa impresión de controlar la situación, de no tener que esconderse o que el miedo le agarrotara como cuando sus compañeros de clase se burlaban de él y, en lugar de defenderse o reaccionar, permanecía callado. Se sentía con fuerzas, y deseó, por absurdo y estúpido que pudiera parecer, que ese temblor no acabara nunca. No podía imaginarse que en ese mismo instante millones de personas en todo el planeta, contemplaban, hipnotizadas, un horror nunca presenciado. Un horror que siempre recordarían.

Y, entonces, ocurrió por segunda vez. Un fuerte centelleo le nubló la vista y empezó a ver imágenes de personas y lugares en los que no recordaba haber estado jamás pero que sentía vivos en su interior. Mezclaba de nuevo realidad y ficción, hasta que todo se fusionó en negro y perdió la consciencia.



Herat, Afganistán.

El cielo, teñido de rojo, parecía querer llorar lágrimas de sangre. Veinte años de misiones por los cinco continentes y jamás había visto nada igual. El aire escaseaba. Rodrigo tenía la sensación que no le llegaba suficiente oxígeno a los pulmones. Por un momento temió desmayarse, pero el sexto sentido que le había acompañado toda su vida hizo que se tensara como un felino y abrazara a la soldado Martínez que yacía a su lado.

Llegó de repente. Los terremotos no eran desconocidos para él, ya había vivido en sus propias carnes varios de ellos. Sin embargo, éste era especial. Un misterioso ruido parecía emanar bajo la tierra y la cantimplora se agitaba con viveza. Hubiera deseado poder llevar a un sitio más seguro a la soldado Martínez, pero temía que todavía pudiera permanecer algún francotirador parapetado en alguna vivienda, a la espera de un blanco en el que fijar la mira. Conocía bien el juego. Otras veces los papeles se habían invertido y era él, quien, camuflado en un buen escondite, respiraba con suavidad con el dedo apoyado sobre el gatillo.

—Tranquila —le susurró al oído, pasará en breve.

La soldado Martínez apenas tenía fuerza para responder. El temblor parecía durar más de lo habitual así que decidió coger de nuevo la radio.

—Aquí Patrulla Delta, ¿me reciben?

La radio emitió tan sólo un chisporroteo metálico.

—Aquí la Patrulla Delta, ¿me reciben?

Tras varios intentos fallidos, y unos segundos eternos, cuando el temblor cesó, la comunicación se restableció.

—Aquí Aguila 1, le recibo. Nos aproximamos al punto de rescate —la voz sonaba entrecortada, eléctrica.

El cielo retomó su color habitual. Rodrigo retiró levemente el trozo de tela de la herida y vio que la sangre, mucho más espesa, seguía brotando aunque con menos fuerza. Cogió de nuevo el cuchillo, cortó otra trozo de tela y apretó con fuerza. La soldado apenas gimió. Rodrigo sabía que el tiempo se le acababa. Por fin, tras las nubes, un helicóptero de transporte de doble rotor flanqueado por otro de ataque dibujaron un arco y enfilaron la aldea. El aparato aterrizó a unos cincuenta metros de donde se encontraban y cinco hombres de las fuerzas especiales junto con dos sanitarios descendieron. Se movían a gran velocidad. Avanzaban de dos en dos mientras los otros cubrían el recorrido con el apoyo de los fusiles de asalto. Antes de lo esperado, un soldado clavaba las rodillas justo al lado de Rodrigo.

—¡Capitán! —gritó.

—Daros prisa, ha perdido mucha sangre —respondió Rodrigo mientras acariciaba el pelo de la soldado Martínez.

—No se preocupe, los sanitarios llevan el equipo médico en el helicóptero —el soldado tragó saliva.—Capitán, debe acompañarnos.

—¿Por qué?

—Acabamos de recibir órdenes. Nos encontramos en nivel de alerta cero. Venga con nosotros.

¿Ha ocurrido algo?

—No sabemos. Órdenes de arriba, acaban de llegar. Parece algo serio.

El final de aquellas palabras coincidió con la última exhalación de la soldado Martínez. Rodrigo cerró los párpados, entreabiertos, sobre esos ojos negros que habían perdido el brillo que tan solo unos minutos atrás transmitían. Sabía que la frontera entre la vida y la muerte era muy sutil y por desgracia estaba acostumbrado a ver como se franqueaba con más frecuencia de lo que hubiera deseado. La muerte podía llegar de innumerables formas a aquel árido y desangelado lugar, feudo de talibanes, mercenarios y traficantes de opio.

A medida que el helicóptero ganaba altura, el viento, que entraba a ráfagas por la puerta abierta de estribor golpeaba el rostro de Rodrigo cuyos pensamientos estaban sumidos en la visita que debería rendir a los familiares de la soldado Martínez. No podía, ni debía, negarse a los últimos deseos de aquella mujer.



Marsella, Francia.

Sobre la zona de descarga del puerto las grúas de los estibadores oscilaban de lado a lado con asombrosa meticulosidad. Tomaban con precisión en sus ganchos los grandes contenedores para luego depositarlos sobre los camiones. Todos los movimientos parecían seguir una melodía orquestados por la mano de un director invisible cuando el cielo se tiñó de color rojizo y un temblor se empezó a sentir con tal intensidad que los estibadores se detuvieron. Las grúas quedaron como improvisados péndulos sobre un óleo de fuego.

El Lobo no levantó la mano izquierda. Ese simple gesto hubiera supuesto la eliminación de tres personas. En su lugar un extraño zumbido le retumbó en la cabeza al tiempo que el suelo vibraba bajo sus pies. Los rusos detuvieron su marcha, extrañados también por el temblor. El Chapas, capaz de mantener la calma en las situaciones donde al resto de la gente el corazón se le acelera y el control de la decisiones pasa a la amígdala cerebral, espetó:

—Jefe, o da la orden ya o será demasiado tarde.

—No —respondió—. He tenido una sensación rara, como una señal. Que se vayan.

Coincidiendo con el temblor un extraño ruido empezó a emanar bajo tierra. Por primera vez en muchos años la sangre fría del Chapas hizo atisbo de venirse abajo, pero aún cuando los dos guardaespaldas rusos corrían como niños a protegerse, mantuvo la calma.


Si algo odiaba el Chapas eran esos cambios emocionales de última hora. El Chapas era ordenado, metódico, implacable y sabía que en ese mundo en el que se movía había una reglas. Todo era cuestión de reputación y respeto, y al igual que los depredadores, si flojeabas, olerían el miedo y vendrían a devorarte. Tenía clara una cosa: tarde o temprano tendría que acabar con el Lobo. Sabía que con la organización bajo su mando los beneficios se multiplicarían por cien. Su última y recurrente obsesión consistía en idear un plan de modo que él no se viera implicado y poder pasar a tener el control de la red. De esa manera podría, poco a poco, alejarse del camino de la sangre y la violencia que llevaba andando tantos años. Los negocios legales para blanquear el dinero eran más rentables de lo esperado. La transformación no sería sencilla. El principal escollo era acabar con el Lobo y Marco, ese maldito siciliano incapaz de articular más de tres palabras seguidas pero con una fuerza y violencia sobrehumanas.


No tenía prisa. La vida le había enseñado a ser paciente. Lejos quedaban sus años del colegio e instituto, cuando su cuerpo enjuto y delicado le hacían con frecuencia ser el blanco de las burlas de sus compañeros de clase. Esa inferioridad física era compensada por una dialéctica vivaz, sus palabras eran puñales. A menudo recordaba esos momentos marcados a sangre y fuego en su memoria, y entonces una enorme rabia interior conducía su mente a la más cruel de las venganzas. Se recreaba imaginando la más que probable anodina y vulgar actual vida de todos ellos: un trabajo tedioso y monótono, con horarios fijos, un hogar, hijos con los que salir a pasear los domingos por la mañana... Él había llegado a la cima de lo que cualquier hombre puede desear: dinero, mucho dinero, más de lo que incluso podía gastar. Y en el fondo, el dinero sucio valía lo mismo que el limpio. Además, le proporcionaba lujo, mujeres y caprichos que jamás había llegado a imaginar. Se ensimismaba pensando como haría una visita a cada uno de ellos, acompañado por algún sicario y les devolvería esas burlas e insultos multiplicados por mil. Saboreaba los detalles como pasteles. Les atarían de pies y manos con alambre para a continuación quedarse solo con ellos, observando sus rostros, mezcla de perplejidad y terror. No necesitaría hablar. Tomaría asiento junto a ellos, y a partir de ahí, el alma del Chapas se arrastraria lenta e inexorablemente al corazón de los más oscuros horrores.


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