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UNA NOCHE DE AMOR.

Deliana Moreno



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SINOPSIS UNA NOCHE DE AMOR.



Rafael se siente muy satisfecho con su vida. Es un chef talentoso con un excelente trabajo, tiene una buena relación con su familia, se considera excelente amigo y tiene éxito con las mujeres. Nunca ha tenido una relación estable ni tampoco la deseaba. Hasta que una noche conoce a una mujer hermosa que lo impacta; bailan juntos, hablan y ella acepta acompañarlo a una habitación de hotel. Juntos allí tienen un encuentro sexual extraordinario. Cuando Rafael se despierta, se da cuenta que la mujer que lo había enamorado esa noche, no estaba a su lado. Él intenta encontrarla pero todo es en vano. Cuando ya se había dado por vencido, en el trabajo anuncia que tendrán nuevo gerente general que resulta ser Anabel. Desde ese momento, la vida de Rafael cambia drásticamente.





I

La jornada laboral ya había culminado. Era sábado, así que Rafael tenía muchos deseos de tomarse una copa y relajarse un rato; sin embargo, sabía que no iba a ser sencillo. Le había visto a Peter la mirada al leer un mensaje en su móvil, justo quince minutos antes de terminar el trabajo; esa mirada en la que se oculta la decepción y la frustración. Estaba seguro que aquella noche le tocaría escuchar de nuevo a su amigo.

Desde hacía ya varios meses, Peter tenía una relación bastante intensa con una mujer casada, varios años mayor que él. Al principio, Rafael notó que su amigo se estaba emocionado y animado, no parecía importarle en lo más mínimo el estado civil de la mujer que estaba viendo; al contrario, tal parecía que le sentaba muy bien a su deseo de no comprometerse demasiado en una relación.

Pero algunas semanas después, las cosas fueron cambiando. A Peter le comenzó a importar no poder verla siempre que quisiera, tener que salir a escondidas de su casa, no poder presentarle a sus amigos, e infinidad de situaciones más. Se dio cuenta tarde, que se había enamorado de una mujer ajena. Entonces, el único escape que tenía Peter era desahogarse con su mejor amigo, Rafael.

Peter no terminó de asear su estación de trabajo en aquella ocasión por volcar toda su atención a su móvil; Rafael no le llamó la atención, él mismo ordenó lo que hacía falta. Era una manera de ayudar a su amigo en aquel momento de dificultad. Sabía que esa noche tendría que dedicarla a interpretar su rol de mejor amigo de la manera más eficiente posible.

  • ¿Nos tomamos algo donde Marcos o en otro lugar? –le preguntó Rafael a su amigo, sabiendo que era justo lo que necesitaba.

  • Donde Marcos, seguramente nos dará algunos tragos de más. –le respondió Peter, sin dar detalles pues sabía que su amigo entendía lo que pasaba.

Rafael y Peter trabajan juntos en la cocina del restaurante de uno de los hoteles más grandes de la ciudad. Tenían una buena relación con Marcos, el bartender del bar del un local frente al mismo hotel; siempre que iban al lugar, sus vasos estaban más llenos que los del resto de los asistentes, por lo que iban seguido. Por supuesto que ellos tenían las mismas consideraciones con Marcos cuando decidía comer en el restaurante. Era una cuestión de solidaridad.

  • Marcos, ¿qué tal? Dos vodkas con limón por favor. –le dijo Rafael con una seña de saludo.

  • Cuenta con eso. –le dijo Marcos desde lejos.

  • ¿Y ahora qué pasó? –le preguntó Rafael a Peter.

  • Ya debes estar aburrido de mis cuentos de despecho.

  • Sí, lo estoy, pero para eso estamos los amigos, tío. Así que empieza a hablar. –le dijo Rafael junto con una palmada en el hombro de su amigo cabizbajo.

  • Lucía y yo habíamos quedado de vernos esta noche pero me canceló. Resulta que tiene un evento familiar importante, pensó que podría zafarse pero siempre no pudo. Yo había alquilado la mejor habitación de este hotel para nosotros dos. ¿Lo puedes creer? –le contó Peter.

  • ¿Qué?, ¿de verdad? –Rafael lo miró incrédulo.

  • De verdad. –Peter bebió su primer sorbo de vodka, mirando fijamente la rodaja de limón dentro de su vaso.

  • ¿Y qué harás con esa reservación?

  • Nada. No tengo opción.

  • Podrías por lo menos quedarte. –le sugirió Rafael.

  • Solo, es demasiado decepcionante.

  • Si quieres me quedo contigo.

  • Creo que eso es más decepcionante aún. –le expresó Peter y ambos rieron con mucha energía.

  • Lo lamento, tío.

  • Está bien. Es una estupidez de mi parte. Siempre supe cómo serían las cosas con ella. No debí ilusionarme de más.

  • Tal parece que eso no lo decide uno. –le dijo Rafael.

  • Así parece. –lo secundó Peter.

Durante varios minutos, los dos amigos conversaron de las decepciones del amor y Peter le habló de sus vagar ilusiones con Lucía, de la razón por la que le gustaba tanto y de lo seguro que estaba de que podría ser una pareja perfecta, si no fuera porque ella ya tenía una pareja.

Rafael lo escuchó con atención, lamentando la suerte de su amigo pero a la vez agradeciendo que él no estaba pasando por algo similar. Incluso, en silencio se advirtió a sí mismo no jugar nunca ese papel que le había tocado a Peter. De hecho, Rafael sentía que no le había ido demasiado mal en el amor y se sentía satisfecho por ello.

Estaba soltero, ciertamente; pero no tenía deseos de cambiar de situación. Había tenido algunas relaciones estables que había terminado con una serenidad envidiable y ahora se encontraba bastante cómodo en su situación. De vez en cuando conocía alguna chica con la que se iba a la cama y por mutuo acuerdo no se veían más de dos o tres veces más.

De hecho, Rafael no estaba seguro de que aquello que llamaban amor desenfrenado y frenético existiera. Y si existían él no lo había sentido y prefería que fuera de esa manera. No tenía intenciones de perder el control de sus emociones y de su vida. Pues su vida le gustaba bastante y quería mantenerla así.

Era el chef principal de un restaurante importante, había estudiado en las mejores escuelas de cocina del continente. Había ganado premios de reconocimiento a nivel mundial y le gustaba su trabajo. Vivía en un piso que le gustaba, tenía un coche que le gustaba y mantenía una relación cercana con sus padres y hermana. Todo parecía marchar demasiado bien.

  • Oye, ¿no crees que si conociendo a alguna chica te puedas sacar un poco a Lucía de la mente? –le dijo Rafael a su amigo.

  • No seas tarado, tío. ¡Qué va! No me apetece. Además, no sé qué me pasa. No siento deseos de estar con nadie más.

  • A ver, ¿ves aquellas chicas de allá?, ¿ninguna te parece atractiva? –le preguntó Rafael señalando a un grupo de diez o doce mujeres que ocupaban varias mesas a los lejos.

  • Pues, veo algunas muy guapas pero no me dan ánimos de intentar nada. –le dijo Peter después de observar al grupo.

  • ¿De verdad?, ¿ni siquiera con aquella del cabello largo y vestido blanco? –le preguntó Rafael.

  • Está muy bien pero no. ¿Te gusta? –le preguntó Peter.

  • Yo digo para ti. –aclaró Rafael.

  • Para mí no, pero ¿a ti te gusta? –insistió.

  • Pues sí, claro. –resaltó con obviedad.

  • Deberías ir.

  • No. Estoy contigo, no voy a ser de los que abandonan a sus amigos por ir detrás de una conquista de una noche.

  • Pues, ¿qué dices si vamos y lo intentas? Si tienes suerte usas la habitación que reservé.

  • ¿Es en serio?

  • ¿Crees que puedas? –le preguntó Peter con una sonrisa.

  • Yo creo que sí. ¿Es una apuesta?

  • Quizás. –Peter se levantó de la barra y caminó hacia el grupo, seguido de Rafael.

El grupo de chicas estaba celebrando la despedida de soltera de una de las presentes. Peter y Rafael caminaron hacia ellas y se unieron a la celebración sin problemas. Sin darse cuenta estaban brindando por los novios y bailando con todas las chicas, que estaban muy alegres. Sin embargo, a Peter no se le olvidó su situación con Lucía, terminó hablándole de sus penas amorosas a la futura esposa, quien lo escuchó con atención.

Mientras tanto, Rafael no podía quitarle los ojos de encima a la chica de vestido blanco, cuyo nombre ahora sabía que era Anabel. Él podría asegurar que aquella mujer tenía las mejores piernas de toda la ciudad. La falda del vestido que traía puesto le quedaba un poco más arriba de la rodilla, por lo que cuando se sentaba, la prenda se subía un poco y dejaba ver sus muslos torneados. Era obvio que se ejercitaba pero no de manera exagerada. Además, sus pantorrillas eran firmes y con una redondez pronunciada.

Él notó también el brillo de la piel de sus piernas. Tenía deseos de sentirlas pero intentaba no mostrar sus intenciones pues sabía que debía mantener la compostura si quería llegar lejos con ella. Y de esa manera lo hizo, con suavidad ya entrada la noche y con varias copas en el organismo de los dos, Rafael logró bailar con Anabel.

Él no podía escuchar la música que sonaba al fondo, los movimientos de ella era lo único que él podía percibir y que lo guiaban. Se sentía hipnotizado por las caderas y la danza del cabello de ella a su alrededor. La cercanía de sus cuerpos no le permitió esconder más el placer que le ocasionaba tenerla cerca.

Él estaba seguro que ella había notado la erección bajo sus pantalones, y aunque sintió un poco de vergüenza, creyó haberle visto a ella una leve sonrisa de satisfacción en los labios. Así que él no se separó y disfrutó del roce del cuerpo de ella en su pantalón abultado. Incluso en un momento inesperado, él sintió el roce de la mano de ella en su miembro por encima de la ropa.

No estaba seguro de si había sido accidental o no, pero tenía la certeza de que estaba a punto de perder el control de sus decisiones. El deseo que sentía por estar solamente con ella estaba completamente desbordado, entonces recordó la propuesta de su amigo. No estaba seguro de que ella quisiera acompañarlo pero bien valía la pena intentarlo. Sólo debía idear la manera de invitarla sin ser descortés.

Cuando regresaron a la mesa con el resto del grupo, Rafael se dirigió donde estaba su amigo hablando con la novia y le dijo algo al oído. Entonces Peter le entregó las llaves de la habitación de la manera menos obvia posible. Rafael fue por unas copas y regresó pronto.

  • Para ti. –le ofreció Rafael a Anabel, ella recibió la copa y le brindó una sonrisa.

  • Gracias. ¿Qué te dio tu amigo? –le preguntó ella con suspicacia.

  • Una llave. –le dijo él lamentando no haber podido disimular pero sin saber qué más decirle.

  • ¿De qué?

  • De mi habitación. –él mintió ligeramente.

  • ¿Estás hospedado por acá?

  • Sí. En la mejor habitación del mejor hotel. –le dijo él, sin intentar disimular el engreimiento.

  • ¿La mejor? –le preguntó ella.

  • Sí.

  • ¿Me la muestras?

  • Claro. –Rafael no salía de su sorpresa pero le extendió la mano a Anabel y caminaron en dirección al hotel.

A pesar de la hora había mucho movimiento en el hotel, se subieron en el ascensor con otras cuatro personas, dos de las cuales se bajaron en el mismo piso que ellos. El corazón de Rafael estaba acelerado, tenía la certeza de que se había ganado algún tipo de lotería y se sentía engrandecido.

  • Adelante. –le dijo él abriéndole la puerta de la habitación.

  • Es realmente hermosa. –le dijo ella después de pasear su mirada por el lugar.

Entonces ella se volteó hacia él, lo miró directamente a los ojos y se quitó el vestido con agilidad y delicadeza a la vez. Ella se quedó parada frente a él en ropa interior y tacones rojos. Él, intentando mantener su boca cerrada, paseó la mirada por el cuerpo de ella, era completamente espectacular. Nunca había observado algo tan perfecto en toda su vida. En su mente se dijo a sí mismo, “haz algo ya”. Entonces caminó suavemente en dirección a ella.

Cuando se la encontró a su paso, posó su mano en la cintura de Anabel y llevó su boca a los labios de ella. Los besos comenzaron apasionados inmediatamente. Ella colocó sus manos en el cuello de él y no cuidó de mantener espacio entre sus cuerpos. Él sintió los senos de ella amenazando su pecho, los muslos de ella tocando los suyos y su pubis envolviendo la erección que era cada vez mayor.

Ella comenzó a desvestirlo mientras él no podía quitarle las manos de encima. Recorriendo todo su cuerpo. Cuando ella desabotonó su pantalón entonces él reaccionó deshaciéndose de todo lo que aun tenía sobre su cuerpo. Desnudo frente a ella, sintió la mirada de Anabel recorriendo todo su cuerpo. Él estaba agitado, su respiración hacía que su pecho se moviera animosamente.

Él terminó la despojó de su ropa interior impecable, se sentó en la cama y la trajo hacia él para besar sus senos. Ella gemía de placer cuando la lengua de él atacaba sus pezones. Ella abrió las piernas levemente para invitarlo a que la tocara y él no esperó ni un segundo para aceptar su propuesta.

La mano de él se deslizó con suavidad en el interior de ella mientras que su boca no se despegaba de los senos de Anabel. Después de unos minutos ella se apartó para acostarse en la cama. Él se fue encima de ella con pasión, entonces ella lo abrazó con sus piernas. Él con su mano se dirigió dentro de ella en un solo movimiento, ella jadeó con fuerza.

Los movimientos de sus cuerpos eran rítmicos y lentos. Sus bocas y sus lenguas no dejaban de jugar. Una de las manos de él le apretaba los senos y la otra era su apoyo para impulsarse dentro de ella. Las manos de ella estaban en la espalda de él, aferrándose con fuerza para intensificar el placer que sentía.

Cuando lo movimiento se volvieron más frenéticos, ella lo apartó con su mano delicadamente. El se detuvo. Entonces ella se volteó, flexionó sus rodillas levantando su pelvis en ofrecimiento franco. Rafael no estaba seguro si aquello era el mejor sueño que había tenido en su vida o era la realidad. Le encantaba cómo se comportaba aquella mujer, era apasionada, sensual y provocativa.

Él no desaprovechó la oportunidad y volvió dentro de ella, tomando fuertemente las caderas de ella para guiar sus movimientos. La escuchaba gemir y el mismo no podía contener sus jadeos. Observaba con atención, su miembro balanceándose dentro de ella con mayor energía en cada movimiento.

Después de algunos minutos. Él sintió como todo el cuerpo de ella se estremecía de manera intensa y cuando creyó oportuno disminuyó el ritmo, pero ella le pidió que siguiera. En la tercera vez que Rafael sintió que ella alcanzaba otro orgasmo, no pudo sostenerlo más y se dejó ir.

Ambos terminaron completamente extenuados, tendidos en la cama. Él respiraba con violencia y la miraba de lado, acostada a su lado, recuperándose. Era la mujer más hermosa y segura que había visto en su vida. Luego miró al techo, aun tratando de decidir si aquello era real. Sin notarlo, se quedó dormido.

II

Cuando Rafael abrió los ojos, se sintió un poco desorientado. Le tomó unos segundos darse cuenta donde se encontraba y recordar los acontecimientos de la noche anterior. Entonces se volteó buscando a Anabel pero no la consiguió. Se sentó en la cama para buscarla con la mirada por la habitación, pero no estaba; ni ella, ni su ropa.

Él se sintió decepcionado pero no lo admitió. Conocía la situación y la aceptaba, pero normalmente él era quien se iba, y nunca lo hacía sin avisar. Sin embargo, se decía a sí mismo que era lo mejor, le había evitado la incómoda situación de tener que irse primero. Aunque al darse cuenta que no tenía cómo contactarla, sintió un sobresalto en su estómago; pero se dijo a sí mismo que no era nada.

Se duchó, se vistió y salió del hotel, tratando de no ser visto. Sin embargo, no era tarea fácil porque tenía que entregar la llave en recepción. A la recepcionista le extrañó verlo como cliente, pero como no tenían confianza no le dijo nada. Rafael se dirigió a su casa, tenía el día libre así que podía descansar un poco más. No había dormido suficientes horas.

Ya en su departamento, se preparaba el desayuno cuando la idea de buscar a aquella mujer por las redes sociales le asaltó la mente. Era complicado, solo sabía su nombre; ni siquiera tenía idea de su apellido. Entonces recordó que Peter se había quedado hablando con una de las amigas de ella. Quizás él podía contactarla y crear el enlace para ubicar a Anabel.

Tomó su móvil y le escribió un mensaje de saludo a su amigo. Esperaría que él le contestase. Pues no quería sentirse desesperado por contactarla. Quería estar relajado, incluso para él mismo. Se sentó a desayunar, sin poder alejar su mente de los recuerdos de los besos y las caricias de aquella mujer; ni mucho menos de la maravilla de su cuerpo.

Después de un rato, su amigo aún no le contestaba así que comenzó a sentirse inquieto. Tomó el móvil y decidió llamarlo. Escuchó que repicaba pero Peter no contestaba la llamada, hasta que se cortó. Entonces, Rafael lo volvió a intentar, después de cinco repiques más escuchó la voz de su amigo.

  • Aló.

  • Hey, Peter. Me tenías preocupado. ¿Todo bien? –le preguntó Rafael.

  • Sí, todo bien. ¿Por qué la preocupación?

  • Te escribí y no me contestaste, luego te llamé y nada. –le explicó Rafael.

  • No pasa nada. Sólo dormía.

  • Está bien. ¿Te dormiste muy tarde?

  • Sí, pero seguro no tanto como tú. ¿Cómo te fue? –le preguntó Peter con picardía.

  • Muy bien. Te llamaba por eso. Recuerdo que te quedaste hablando con una de las amigas de Anabel. ¿Te dejó su número o algo?

  • ¿Por qué la pregunta? –quiso saber Peter.

  • Cuando me desperté ella no estaba y quiero ubicarla.

  • ¿De verdad? –Peter no pudo disimular su sorpresa.

  • Sí.

  • ¿Y quieres contactarla? –le preguntó Peter.

  • Sí. –repitió Rafael.

  • ¿Por qué? No te escuché decir eso antes.

  • Porque sí.

  • Con que te gustó, ¿no? –a Peter le hacía gracia.

  • Creo que eso había quedado claro desde anoche.

  • Sí, pero no es lo usual que a la llamada siguiente aun te gusten.

  • Oye, tampoco soy así. ¿Me vas a ayudar o no?

  • Quisiera pero no puedo. –le dijo Peter.

  • ¿Por qué? –quiso saber Rafael.

  • No tengo el número de Carla, ni tampoco creo que quiera que la contacte.

  • ¿Por qué?, ¿qué pasó?

  • Mira, yo estaba algo bebido, y sabes que no me sentía bien. No sé cómo pasó pero terminé besándome con Carla. Y ella se espantó y se fue. Es comprensible. Está por casarse. Prefiero no intentarlo, no sería bueno para ninguno.

  • Increíble… -dijo Rafael decepcionado.

  • Búscala en la red. –le sugirió Peter.

  • Ya lo pensé pero no supe su apellido.

  • Lo lamento, tío.

  • Está bien. Hablamos después. –Rafael se despidió.

  • Vale.

A Rafael le quedó una sensación de decepción que no podía evitar. Estaba claro para él que no tenía ninguna oportunidad de volverse a encontrar de manera fortuita con aquella mujer y, por más cerca que la sintió la noche anterior, no había manera de saber cómo encontrarla sin siquiera un apellido, un lugar de trabajo, una zona residencial, nada.

Se sintió banal, tonto, vacío; no entendía cómo era posible que se fuera a la cama con una persona de la cual no sabía absolutamente nada. Era algo que le había funcionado por algún tiempo, eran las mujeres las que pedía su número después del contacto y él se dejaba encontrar para algunos encuentros más; pero nunca estuvo realmente interesado en mantener el acercamiento con alguien. Con aquella mujer fue distinto, pero en el momento no lo supo reconocer.

Por un instante, la certeza de que se iba a arrepentir por mucho tiempo de su actitud le llegó al pecho y sintió un poco de tristeza, pero sobre todo molestia consigo mismo por haber saboteado una oportunidad de tener algo real. Quiso ahogar aquella sensación así que encontró cualquier cosa por hacer. Encendió la televisión y la consola de videojuegos, estuvo frente al monitor algunas horas; sabía que aquel dispositivo era perfecto para abstraer la mente. Cuando sintió hambre y desprecio por la idea de comer solo, pensó en su hermana.

  • Aló. –él escuchó la voz de Liliana.

  • Aló, hermanita. –el la saludó con cariño.

  • Rafa, ¿cómo estás? –le preguntó ella con dulzura.

  • Bien Lili. Oye, ¿almorzamos juntos? –él la invitó.

  • Estoy haciéndole un almuerzo especial a Juanjo. Vienen sus padres. ¿Quieres venir? –le contó ella.

  • Ah, no sabía que tenías planes. No importa. Otro día. –le dijo él intentando disimular la decepción.

  • No, no. Por favor. Ven, que no pasa nada. –le pidió ella.

  • Están ocupados, no quiero…

  • Rafa, ven. Me harías un favor en realidad, la mirada de su madre me incomoda. Y contigo aquí me sentiría más rejalada. –le contó Liliana en voz baja.

  • Está bien. –le dijo él con un poco de gracia.

  • ¿Puedes venir ya?

  • Jajaja sí. Me ducho y salgo para allá. Te amo.

  • Te amo. –le dijo ella y cortó la llamada.

Rafael y Liliana eran lo más amigo que podían llegar a ser dos hermanos. Rafael era tan sólo dos años mayor que ella pero siempre se sintió responsable de cuidarla y de hacerle la vida menos complicada. No era de los hermanos que le ahuyentaba a los chicos, era de aquellos le escuchaba las anécdotas y le daba su opinión acerca de los pretendientes. Incluso, cuando ella quería salir con alguien y no quería que sus padres lo supieran, él encontraba la manera de ayudarla.

Cuando Liliana tenía 16 años se enamoró perdidamente del hermano de un amigo del instituto, el nombre de su amigo era Camilo y el de su hermano era Paúl. Camilo era un excelente estudiante y como Liliana era inteligente, siempre hacía grupo con él y estudiaban juntos cuando había exámenes importantes.

Un día Liliana fue a estudiar a la casa de Camilo y conoció al hermano. No lo había visto antes porque estaba de viaje, su había ido por algunos meses a probar suerte en otro país pero no le había ido bien. Tenía 20 años y parecía estar siempre de mal humor. Apenas la miró el día que Camilo los presentó, pero ella quedó completamente flechada.

Después de eso visitaba más seguido la casa de su compañero, siempre con la esperanza de ver a Paúl. Él ni siquiera la determinaba pero a ella le bastaba con verlo pasar. Su corazón saltaba y sentía como cada una de sus extremidades temblaban. Ella no se lo contaba a nadie, sabía que era imposible, que aquel chico no se fijaría jamás en ella.

Cierto día, Liliana y Rafael fueron a un pequeño concierto de una banda local. Estaban pasando una velada agradable con amigos y de pronto Liliana vio que a unos tres metros de donde se encontraba ella, estaba Paúl con unos amigos. Su actitud cambió, se sintió emocionada pero a la vez muy nerviosa.

  • ¿Qué pasa? –le preguntó su hermano al notar su extraña manera de actuar.

  • Nada.

  • Dime que no soy ningún imbécil.

  • Rafa, por favor. Quédate tranquilo. –le pidió ella.

  • Soy tu hermano, puedes contarme lo que sea. –él le insistió.

Con mucha vergüenza, Liliana le contó lo que le sucedía con Paúl y se lo señaló. Estaba sonrojada. No porque él fuera su hermano, sino porque aquello era algo que pensó que nunca se atrevería a decir en voz alta. Era una ilusión lejana, un enamoramiento tonto del que no saldría nada.

  • Vamos a hablarle. –le sugirió él.

  • No. –dijo ella sorprendida.

  • Que no pasa nada, yo voy contigo. Me lo presentas y vemos qué pasa.

  • Que no. –Rafael la haló por él brazo y no pudo hacer nada para resistirse.

  • Hola chicos. ¿Qué tal? Oye, tú eres el hermano de Camilo, ¿No? –dijo Rafael dirigiéndose a Paúl.

  • Sí, yo soy. ¿Y tú eres? –le preguntó Paúl extrañado.

  • El hermano de Liliana. –le dijo Rafael mirándola a su lado.

  • Ah, hola. ¿Qué tal? –le dijo él apenas notando que ella estaba allí.

  • Hola.

  • ¿Te gusta esta banda? –le preguntó Rafael.

  • Sí, el bajista es amigo.

  • ¿Sí? Oye que buen rollo.

Por un rato conversaron entre todos, acerca de la música, del evento, de otros grupos. Incluso Liliana pudo intervenir en la conversación y él intercambió con ella algunas palabras. Ella sentía que flotaba, estaba tan agradecida en ese instante con su hermano por haberle dado aquella oportunidad.

Todo iba excelente hasta que pasado un rato llegó una chica al grupo, saludó a cada uno de los chicos del grupo con mucha familiaridad pero cuando se acercó a saludar a Paúl el acercamiento fue distinto. Aquella chica se abalanzó a él y lo besó largamente la boca. Liliana quedó completamente impactada por la escena, pensó que se iba a desmaya y tuvo que sostenerse del brazo de su hermano.

  • Vámonos. –le pidió ella y él reaccionó inmediatamente.

Aquella noche Rafael se quedó junto a su hermana, consolándola. Ella lloró como lo que era, una adolescente de 16 años con el corazón destrozado. Él la escuchó con paciencia y le pidió disculpas por haberla obligado a acercarse. También le habló de las experiencias que la esperaban en la vida, que aquello pasaría pronto y no sería más que un recuerdo lejano.

Al siguiente día, Liliana aun se sentía mal pero estaba contenta de tener un hermano como el que tenía. Aquella noche había aprendido a quererlo aún más de lo que ya lo quería y se volvieron cada vez más cercanos. Fue un poco duro cuando él se fue a estudiar pero siempre estaban en contacto.

Ahora que ella estaba recién casada, seguía conversando con el por teléfono a diario. Y se veían por lo menos dos o tres veces por semana. Se contentaba de que su hermano y su esposo se la llevaran bien. Y ella, al igual que Rafael, sabía que tenían algo especial, que no mucho hermano lograban alcanzar.

  • Al fin llegaste. –fue el recibimiento que le dio Liliana al ver a su hermano a la puerta.

  • Hola, estoy bien ¿y tú? –le dijo él con sarcasmo y humor.

  • Ya los padres de Juanjo llegaron. Vamos. –ella lo haló a la sala donde se encontraban todos.

  • Hey Rafael, ¡qué bueno que viniste! –lo recibió Juanjo con un abrazo.

  • Hola, ¿qué tal? –Rafael lo saludó a él y a sus padres.

Durante algunos minutos, la atención de la conversación se centró en Rafael y en su trabajo. Liliana se sintió agradecida y aliviada. Cuando su suegra la visitaba siempre la hacía sentir observada y evaluada, y por supuesto que aquello le resultaba demasiado incómodo.

  • Si gustan, podemos pasar al comedor. –le comentó Liliana.

  • Sí, me parece bien. Desde hace un rato tengo hambre. –comentó Carola, la suegra de Liliana en tono de reproche.

Enseguida que se sentaron a la mesa, Rafael comenzó a adular la comida de su hermana y a decir lo mucho que había aprendido de él. Y como fue su intención, los padres de Juan José le siguieron la corriente. Liliana se dio cuenta de lo que hacía su hermano por ella y le hizo un poco de gracias.

Después del almuerzo, pasaron algún tiempo más conversando y los señores se retiraron. Liliana se sintió triunfante, había sido una de las pocas reuniones agradables con sus suegros. Juan José entendió que los hermanos querrían hablar un rato a solas, así que ideó una manera de ocuparse.

  • A ver, cuéntame. –le dijo Liliana a su hermano sirviéndole una copa de vino blanco.

  • ¿Qué te cuento?

  • Te conozco, sé que algo te traes. –le dijo ella.

  • ¿Acaso no te puedo visitar?, ¿no puedo ver a mi hermana en mi día libre? –le preguntó él.

  • Mira Rafael, yo te conozco. No es la visita. Tienes algo.

  • Ay Lili. Bueno… No sé si realmente es que lo notas o la has atinado. Sí me pasó algo y me gustaría hablar contigo. –le confesó él.

  • Te escucho. –tomó un sorbo de su copa.

  • No sé cómo contarte esto. A ver, trataré de resumirlo. Conocí a una mujer hermosa y agradable. Pasamos ratos agradables, o mucho más que agradables. Cuando desperté ella ya no estaba y fue cuando me di cuenta que no tenía su número de móvil o alguna manera de contactarla.

  • ¿Y su nombre? –le preguntó su hermana.

  • Anabel.

  • ¿Anabel qué? –insistió ella.

  • No lo sé.

  • Rafael… pero, ¿ni siquiera el apellido?

  • No surgió, no sé… -le dijo él confundido.

  • Ok, no lo entiendo pero sé que sucede. Y también sé que te ha sucedido bastante. Dime algo, ¿por qué en esta ocasión quieres contactar a la mujer en cuestión?

  • Es que… sentí algo… una conexión particular. Algo distinto. –le confesó él mirando atentamente su copa.

  • Increíble. La única que se te escapa de esa manera y es justamente la que te gusta. La vida tiene muchas ironías.

  • Parece que te divierte. –él levantó su ceja derecha en signo de reproche hacia Liliana.

  • No es que me divierta, es sólo que me parece una situación bastante inusual y desafortunada para ti. Pero quizás sea una pasada de factura del destino. ¿No te parece? –le comentó ella.

  • Mira no veo por qué tendría el destino que estarme pasando factura alguna. Yo no le debo nada a nadie. He salido con algunas mujeres, pero no ha pasado nada que ellas no quieras.

  • Pero tampoco te has interesado mucho por ninguna. ¿No?

  • Estás algo pesada hoy. –le dijo Rafael.

  • ¿Pesada? Las cosas como son hermanito. –ella terminó su copa de vino.

Después de un rato, Rafael se despidió de su hermana y cuñado. Él se dirigió de manera directa a su casa. Quería descansar, al día siguiente tenía que estar temprano en el trabajo, pues tenía varios proveedores que recibir y otros asuntos pendientes. Trató de nos pensar mucho más y tan sólo dormir.

III

Rafael se levantó aquella mañana con la mejor disposición que pudo conseguir en la gaveta de su habitación. Estaba decidido a pasar la página de lo ocurrido el fin de semana y continuar como si todo hubiese sido un sueño. Era lo mejor, se decía a sí mismo. Seguir pensando en aquello no tenía ninguna lógica o beneficio.

  • Buenos días señor Aguilera. –saludó Rafael al dueño del hotel al llegar.


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