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Pirañas

Asesinas







David Hamilton 2018.

PRÓLOGO

(DEL REPORTAJE DE MARK SHELDON).

Todo comenzó de un modo insignificante.

Nadie se hubiera imaginado jamás que aquello pudiera llegar tan lejos. Ni alcanzar tan alucinantes límites de horror y de muerte. Y si alguien llegó a pensarlo, no vivió lo suficiente para contarlo a nadie.

Lo cierto es que el principio fue oscuro, casi ignorado por quienes más tarde se verían enfrentados al terrorífico acontecimiento. Quizá porque la primera persona en sufrir sobre ella los efectos del horror no era precisamente famosa, ni tenía a nadie capaz de preocuparse por el modo en que murió.

En apariencia, fue una muerte como cualquier otra. El resultado de un accidente más o menos comprensible, pero que se trató de ocultar por todos los medios, para evitar reacciones histéricas.

Se pensó, quizá con cierta dosis de razón y de lógica, que valía más investigar en silencio, llegar al fondo de la cuestión de un modo minucioso y con rigor, siempre evitando los excesos de publicidad, tan perjudiciales para cierta clase de investigaciones.

Sí. Es posible que las intenciones de quienes así pensaron fueran excelentes, las mejores del mundo. Pero eso no cambió, después, las cosas. Por el contrario, hizo más difícil y también más tardío el esfuerzo común por desterrar la amenaza enloquecedora que se cernía sobre la Humanidad.

Porque cuando los hombres llegaron a saber lo que les acechaba, ya era tarde. Demasiado tarde para detenerlo…

Y yo, que pude haber cambiado el rumbo de los acontecimientos, no lo hice.

Ése fue mi error. Mi grande, mi terrible error…

Pero creo que, en el fondo, fui una víctima más de quienes pensaron que, silenciando lo sucedido un día, al parecer por puro accidente, evitarían un desastre. Lo cierto es que ellos lo provocaron.

Y yo, sin querer, fui su cómplice.

Ahora lo sé. Ahora echó la vista atrás y lamento no haber obrado de otro modo. Pero ya es tarde. Ya no tiene remedio.

Ningún remedio.

* * *

Conocí al profesor Maldonado en mi viaje a Brasil.

Era un hombre afable, cordial y vivaz. Muy inteligente y observador. Estudioso siempre, no se creía aún poseedor de cuanto necesitaba saber para desarrollar su labor científica. Creo que era un hombre ávido de conocimientos. Y que éstos constituían para él la única meta en su vida.

Como miembro fundador de la Asociación de Investigación de América del Centro y del Sur, había obtenido numerosos galardones internacionales, tanto por ensayos y trabajos literarios sobre temas científicos, como por sus propias obras en ese terreno, encaminadas siempre a descubrir nuevos horizontes de la ciencia.

Pero creo que, personalmente, los galardones y menciones honoríficas le tenían perfectamente sin cuidado. Ninguna popularidad o acto mundano le satisfacía realmente. Vivía sólo para su ciencia, y eran sus logros, sus resultados en esa tarea, los que le llenaban de orgullo, de felicidad o de íntima complacencia. Así era el profesor Joao Maldonado, también miembro de la Sociedad Brasileña de Ciencias Biológicas.

Cuando le conocí, estaba muy lejos de pensar lo que más tarde significaría ese paso, en mi vida, y en otras muchas cosas. Si alguien me hubiera dicho lo que iba a suceder sólo unas semanas más tarde, en un lugar tan alejado de las regiones amazónicas donde ahora me hallaba para entrevistar al profesor Maldonado, creo que me hubiera reído a mandíbula batiente, burlándome de quien tal cosa predijera.

Era imposible imaginar un futuro semejante. Y, sin embargo, estaba dando el primer paso para verme inmerso en aquel horror inmediato. Lo di, creo, cuando llamé al apartamento del profesor Maldonado, y entregué mi tarjeta a su secretaria, la señorita Amanda Lourenzo, una hermosa mestiza brasileña, de rara belleza y voluptuosa figura.

—Soy Mark Sheldon —dije, cortés—. Periodista norteamericano. De la revista Life and Science. Estoy citado con el profesor Maldonado para una entrevista…

—¡Oh, sí! —asintió ella, con una sonrisa deslumbrante—. Entre, por favor. El profesor me habló de su visita. Tendrá que esperar unos minutos. El profesor trabaja, ahora, en su gabinete, pero en breve saldrá a atenderle. De todos modos, se ha adelantado usted un poco a la hora prevista…

—Me gusta ser puntual —sonreí—. O llegar antes. Nunca después.

—¿Es una norma americana? —bromeó ella, mientras yo seguía su cimbreante figura de bronce viviente hasta una antesala confortable, con amplias vistas encristaladas que asomaban al hermoso paisaje de Santarem, la pequeña y pintoresca ciudad en la ribera del gigantesco Amazonas.

—No —negué—. Inglesa. Mis padres eran ingleses. Los americanos viven apresuradamente. Pero no siempre son puntuales.

Pareció divertida con mi irónico comentario, y luego se excusó, tras ofrecerme alguna bebida o cigarros, cosas que rechacé. Me dejó solo, con una serie de publicaciones ilustradas, casi todas ellas científicas, como única compañía.

Esperé. Cosa de un cuarto de hora más tarde, el profesor Maldonado me recibía en su gabinete de trabajo, en el apartamento arrendado que poseía en esos momentos en Santarem, virtualmente en los umbrales del Amazonas, preparando su expedición inmediata al interior de las junglas brasileñas.

Me sorprendió la sencillez de aquel gabinete, aunque, lógicamente, en un apartamento de tan reducidas dimensiones como el que arrendara, en forma de bungalow de una sola planta, aunque con una especie de terraza de madera que servía, a la vez, de embarcadero, en la planta inferior, a nivel del río, no se podían pedir milagros.

Yo, que estaba habituado a entrevistar a grandes hombres de ciencia, en sus complejos y amplios laboratorios o locales de trabajo, me quedé impresionado por la escasez de medios y de instalaciones en aquel gabinete asomado, como todo el edificio, a la anchura azul y grandiosa del Amazonas. Santarem, la población propiamente dicha, se hacinaba un poco a nuestra derecha, en las márgenes ribereñas, distanciada cosa de media milla de la edificación elegida por el profesor Joao Maldonado, de la Facultad de Ciencias Biológicas de Río de Janeiro, y miembro también del Instituto de Estudios Biológicos y Zoológicos de Sao Paulo.

—Bien venido, mi querido señor Sheldon —me saludó, cordial, estrechando mi mano—. Pase, se lo ruego. Me he retrasado algo en recibirle por causa de mi trabajo. Lo cierto es que estaba totalmente sumergido en él, y ya casi había olvidado que la señorita Lourenzo me anunció su llegada…

—No tiene que disculparse —sonreí, encogiéndome de hombros—. Sé lo que es su trabajo, y sé cómo se lo toma usted, profesor. Lo cierto es que soy yo quien debe presentarle disculpas por venir a molestarle en su tarea, pero mi publicación ha pensado que es mejor publicar, ahora, el reportaje, que esperar a hacerlo cuando regrese usted del interior de la selva amazónica.

—Sí, lo comprendo muy bien —asintió, distraído—. Lo cierto es que me halaga el interés de una revista como Life and Science, por mi humilde tarea de investigador. Pero dudo mucho que lo que actualmente estudio pueda interesar en exceso a sus lectores.

—Lo cierto es que nuestros lectores no siempre buscan lo científico, sino lo espectacular —suspiré—. Resulta lógico, porque la publicación trata de aunar lo periodístico con lo que tiene rigor científico. Quizá ahí radique el éxito de venta, con tiradas de millones de ejemplares… Pero, de todos modos, su labor siempre creo que será apasionante para el público.

—No esté tan seguro —sonrió afablemente—. ¿Cree usted, de veras, que a alguien le puede preocupar la vida de los peces… y su posible influencia futura en la vida del hombre, hasta el punto de constituir, para él, una amenaza mortal?

Fue la primera noticia que tuve. Y me dejó aturdido. Asombrado. E incrédulo también, debo admitirlo. Le miré como si me hubiera contado el último chiste conocido, y éste no tuviera ninguna gracia. Había dejado de sonreír el profesor. Su mirada era seria, su gesto también. Estuve seguro de que no bromeaba.

—Peces… —murmuré—. Un peligro…

—Eso es. Un peligro cercano. Inmediato, quizá.

—Profesor, ¿a qué se refiere? —quise saber.

—Si fuera capaz de explicárselo… —Sacudió la cabeza—. Por desgracia aún es pronto para sacar conclusiones. Ha sido sólo consecuencia de unos estudios, de una serie de informes y de análisis de circunstancias, de hechos sin conexión entre sí… Puede que esté en un tremendo error, y malgaste los fondos de la sociedad en esta tarea. Pero me dejo guiar de mis presentimientos muchas veces, señor Sheldon, aunque no sea un procedimiento demasiado científico ni riguroso. Rara vez me fallan mis corazonadas. Ésta, por desgracia, puede ser una de ellas.

—Sigo sin comprenderle, profesor.

—Lo creo. Le estoy hablando de cosas que ni siquiera se le ha ocurrido pensar. Ni a usted ni a nadie… Sólo se saben ciertas cosas. Que un tiburón, por ejemplo, es voraz y peligroso para el ser humano. Que un pulpo gigantesco o un calamar agresivo pueden matar a un buceador. Que hay peces capaces de provocar el desvanecimiento y muerte de un submarinista, con una descarga eléctrica. Y que existen peces de una voracidad increíble y estremecedora; capaces de devorar un cuerpo vivo en menos de un minuto, si se reúnen los suficientes individuos de la especie como para atacar y vencer al ser elegido para festín. Las pirañas, por ejemplo…

—Las pirañas… —repetí. Miré al exterior; al gran Amazonas—. Eso tiene algún sentido en estas latitudes, profesor. Las pirañas acostumbran a hallarse en este país, en ese río… Pero ¿qué sentido tendrían para el americano medio o para el europeo, distante miles y miles de millas de los bancos de pirañas carnívoras?

—Ninguno, lo sé. Sin embargo, no nos preocupamos de saber que la merluza, un exquisito pescado alimenticio, se alimenta muchas veces de cadáveres sumergidos, de cuerpos humanos en descomposición. Si los peces fuesen valientes, si no temieran al hombre, al intruso en su reino de las profundidades… serían los más terribles enemigos del hombre, no lo dude.

—Quizá. Pero su propio elemento les condiciona y limita: no pueden salir del agua.

—Por supuesto. Ni lo necesitan. Nosotros, sin embargo, entramos en sus dominios. Buscamos alimento, energía, riquezas, incluso placer y deporte, en el mar o en los ríos, en lagos y en lagunas… Imagine…, imagine que ellos tuvieran conciencia de eso, que supieran que, de un modo u otro, nosotros iríamos a su mundo, a su propio ambiente. Les bastaría esperar, agruparse, organizarse… y atacar. Nadie sobreviviría, esté seguro.

Respiró con fuerza, como si todas aquellas teorías fuesen posibles. Sonreí, sacudiendo la cabeza. Hice algunos apuntes en mi bloc. Pero estaba realmente decepcionado. Casi descorazonado.

—No creo que podamos ilustrar debidamente este artículo, profesor —comenté—. A menos que recurramos a las consabidas fotografías en color de cierta clase de peces…

—Espere —me dijo con alguna sequedad, como si se sintiera ofendido por el tono claramente escéptico de mis palabras—. Le daré algo para ilustrar lo que digo. No es un documento corriente. Puede quedarse con la copia. Poseo el negativo, señor Sheldon.

Abrió un armario metálico. Le vi remover unas carpetas o dossiers en la letra P. Extrajo algo que me entregó. Era una fotografía de un tamaño aproximado al doble de una postal, en papel mate y en excelente color.

Sentí un escalofrío, y casi escapó la fotografía de mis manos.

Era la visión alucinante de un cuerpo humano, con las ropas desgarradas, el cuerpo a medio comer, el rostro devorado, en parte, en su epidermis, pero aún con un ojo dilatado, sin párpados, lleno evidentemente de vida, y el otro convertido en un colgajo sanguinolento. Por entre jirones de su carne comida, picoteada horriblemente, se veían ya huesos y tendones de su esqueleto, lo mismo que se descubría ya casi un tercio de su calavera, en el cuero cabelludo, los pómulos y la boca descarnada…

En torno a aquel cuerpo, millares de cuerpecillos azulados, de plateado reflejo, se agitaban, haciendo hervir las aguas, en torno al desdichado. La fotografía era tan limpia, tan detallada, que causaba horror su contemplación.

—Cielos… —susurré—. ¿Qué significa…?

—Significa la muerte de un hombre, señor Sheldon. La más horrible muerte que se puede imaginar —suspiró el profesor Maldonado—. Es un banco de pirañas gigantes…

—¡Pirañas! —musité, estremecido.

—Exacto. El festín duró, según parece, menos de cuarenta segundos. Al final, sólo quedaba un esqueleto pelado, sin el más mínimo vestigio de carne encima…

—Pero…, pero quien hizo esta fotografía… ¡no utilizó teleobjetivo! —señalé su nitidez con un dedo que noté tembloroso—. Pudo…, pudo salvar a la víctima, en vez de fotografiarla, profesor…

—Exacto —me miró fijamente, con ojos ensombrecidos—. Usted ha llegado al punto clave que yo buscaba… Señor Sheldon, la persona que hizo esa fotografía, no sólo pudo salvar a la víctima, sino que NO QUISO hacerlo. En vez de ello, se dedicó a contemplar de cerca, a fotografiar la escena con increíble sangre fría.

—Es… igual que cometer un crimen, profesor.

—Por supuesto. Moralmente, quien permite algo así es culpable de homicidio voluntario. Pero no estamos examinando hechos legales, sino algo de lo que yo no tenía conocimiento. Algo de lo que he sido misteriosamente informado.

—¿Informado? ¿Por quién?

—No sé, señor Sheldon. Vea esto —me entregó algo, junto con la horrible fotografía. Era un sobre de papel manila, con su dirección en Río de Janeiro, escrita a máquina. Y una hoja de papel, con un negativo adherido, también mostraba algo escrito a máquina.

Lo leí, sintiendo que se erizaban mis cabellos en la nuca:

«La fotografía que adjunto la tomé yo. Fue un experimento. Ya ve usted los resultados. Creo conocerá esta especie de pirañas gigantes del Amazonas. Poseo un banco de ellas en un embalse propio, aislado y cercado. Hace años que las investigo. Desde que mataron a mi esposa y mis dos hijos, devorándolos ante mis ojos sin que yo pudiera evitarlo. Las odio. Y ellas me odian a mí.

»Sí, profesor. Porque acabo de descubrir que mis pirañas son inteligentes. Muy inteligentes. Y algo ocurre con ellas. Algo que me aterra y preocupa. Creo que están empezando a comunicarse de algún modo con sus semejantes del Amazonas y de otros ríos afluentes. Y las pirañas están infestando ya esta región desde hace semanas. Le ruego venga. En Santarem tendrá noticias mías, si acepta visitar el Amazonas en una expedición científica rigurosa. Le aseguro que no se arrepentirá.

»Creo que los peces empiezan a ser un peligro cierto. Sobre todo, según qué especies de peces. Necesito que lo confirme usted. No falte.

»S».

—Solamente una letra «S» como firma… —objeté—. No es mucho, profesor… Pudo ser, todo, una broma macabra…

—Pudo serlo. Pero debo confirmarlo. Nadie hizo, jamás, una fotografía así. Entre otras cosas, como habrá notado, porque la cámara estaba situada sin duda DEBAJO del agua… ¿Es posible que mi comunicante pueda sumergirse sin ser atacado?

—Eso significaría que logró domesticar a las pirañas —señaló, dubitativo.

—Los peces no son fáciles de domesticar. Pero ese hombre pudo hallar algún medio de controlarlos o dominarlos. En cuyo caso… pudo captar ese algo indefinible que le ha asustado. De todos modos, me temo que estemos ante un maníaco o un enfermo mental, obsesionado con los peces, en especial con unos peces tan peligrosos como las pirañas…, pero debo esperar aquí. Y ver si se comunica conmigo, señor Sheldon. Es mi trabajo, y debo saber, de una vez por todas, si realmente los peces voraces, carnívoros, son capaces de comunicarse entre sí, de formar una organización… y constituir un peligro real.

—¿Puedo…, puedo publicar, entonces, esta fotografía? —indagué, curioso.

—Sí, hágalo —suspiró—. Nadie me ha prohibido semejante cosa. Eso hará meditar un poco a sus lectores sobre lo que me ha traído al Amazonas…

—Me gustaría profundizar más en la vida de los peces, si usted está ahora ocupado en su investigación…

—Gustosamente le ayudaré con cuantos datos precise. Pero ahora tengo algo por hacer, y sería preferible vernos mañana de nuevo, a la misma hora. Entonces podrá completar su artículo, señor Sheldon.

No tuve más remedio que aceptar. Fue un error, pero entonces no lo sabía.

Al día siguiente, cuando acudí, el profesor Maldonado y su secretaria, la exuberante mulata Amanda Lourenzo, se habían ausentado de Santarem definitivamente. El bungalow estaba cerrado. Y su arrendatario me entregó un mensaje del profesor, cuando traté de saber lo que sucedía.

Era un mensaje muy breve:

««S» ha dado señales de vida, amigo Sheldon. Le ruego perdone. Debo ausentarme inmediatamente. La cosa es más urgente y grave de lo que creí. Nos veremos a mi regreso. Salimos ahora mismo hacia el interior del Amazonas. Si todo va bien, espero ofrecer al mundo una noticia enloquecedora. Pero, cuando menos, habremos llegado a tiempo de evitar algo peor.

»Un saludo afectuoso de su buen amigo,

»Profesor Maldonado.

»P. D. No olvide las pirañas, amigo mío. Ellas son el peligro».

Eso fue todo. Porque el profesor Maldonado jamás volvió de su viaje al interior de la selva amazónica, río arriba. Tampoco su hermosa secretaria regresó. Nadie supo nada de ambos. Ni tampoco del misterioso e inquietante personaje llamado «S».

Yo publiqué mi artículo incompleto, en el Life and Science, pero no tuvo demasiado éxito, exceptuando la prodigiosa y tremenda fotografía del festín de las pirañas. Creo que los científicos lo consideraron trivial y ridículo. Y el gran público no tomó en serio a los peces. Hicieron mal todos ellos. Pero yo no podía convencerles. Ni siquiera di mayor importancia al hecho. Unas semanas más tarde, lo había olvidado casi por completo.

* * *

Debo confesar mi propia culpa por no haber llegado a leer una noticia de agencia, fechada en Nueva Orleáns, cosa de cuatro o cinco meses más tarde.

Ahora sé que esa noticia existió. Y que su texto era tan breve como poco importante para muchos, en una época como la nuestra, en que los sucesos ofrecen víctimas por centenares:

«Nueva Orleáns, Louisiana, 27. En los embarcaderos de la zona sur de esta ciudad han aparecido los esqueletos de dos submarinistas, desaparecidos hace dos días mientras practicaban la pesca submarina en las proximidades del río, en su desembocadura en el golfo de México. Lo sorprendente es que, dada la brevedad del tiempo transcurrido entre su desaparición y su hallazgo —los esqueletos pudieron ser identificados sin lugar a dudas por la dentadura de uno y la lesión de rótula del otro—, no se explica el estado de sus cuerpos, totalmente carentes de tejidos humanos. Una teoría hace suponer que fueron pasto de alguna bandada de peces voraces, aunque jamás se dio un caso semejante en nuestras aguas».

Ésa era la noticia. Yo no la leí. Ni mucha gente lo hizo tampoco.

Y, sin embargo…, era el principio.

CAPÍTULO PRIMERO

SANGRE EN EL CLUB NÁUTICO

Hailey Stoddard era socio femenino del Club Náutico de Long Beach, California, desde hacía algún tiempo. Desde antes, incluso, de haber empezado a hacerse una cierta fama con aquella serie de televisión titulada Bellezas en acción.

Hailey había sido siempre una excelente deportista, especialmente en deportes náuticos. El mar era su gran pasión. Y cuando éste no estaba demasiado a mano, la piscina suplía a las olas del mar, y su joven cuerpo escultural, aquel mismo cuerpo que ella tan generosamente exhibía en los telefilmes de su serie, junto a las no menos atractivas compañeras de reparto, se sumergía en las limpias aguas azules, muchas veces teñidas para dar más bello efecto.

Hailey Stoddard hizo aquel día las mismas cosas que acostumbraba cuando tenía tiempo, entre rodaje y rodaje, de asistir al Club Náutico. Es decir: practicó la pesca submarina en las cercanías, se deslizó sobre los esquíes acuáticos, condujo una motora y terminó la jornada en el restaurante del club, almorzando, pletórica de sana energía.

Su cuerpo, bronceado, nunca tenía que recurrir a maquillajes, ya que el sol y el aire libre le daban aquella dorada tonalidad, que el color de las películas en televisión jamás era capaz de reproducir en su justo matiz. Pero que hacía un hermoso contraste con el rubio intenso y deslumbrante de su melena.

En suma, aquél fue un día feliz para Hailey Stoddard, aunque su actual amigo, el productor de la serie Bellezas en acción, Iván Goldman, no hubiera podido ir a reunirse con ella para el almuerzo, como era su idea. Una llamada desde Pasadena, donde se hallaba ocupado en la preparación de otra nueva serie, ésta de tipo educativo y cultural para los jóvenes, la avisó de que Goldman no acudiría al Club Náutico, aunque sí la esperaba esa misma noche en Ciro’s, para cenar y bailar.

Por lo tanto, Hailey tenía aún toda la tarde para sí. Y la aprovechó, descansando relajada en una silla extensible, con lectura, bebida fresca y el paisaje del litoral frente a sí, en la terraza del Club Náutico.

Solamente cuando caía la tarde, Hailey resolvió iniciar el regreso. Pero, naturalmente, no sin antes limpiar de salitre su cuerpo, en la piscina del club. No había nadie en la piscina especial, la más profunda y amplia, que era la que ella gustaba de frecuentar, cuando entró en su recinto, pisando, con los pies descalzos, las pequeñas baldosas multicolores que rodeaban la pileta. Ya habían encendido su iluminación azul, bellísima, puesto que la tarde caía con rapidez, y en pocos minutos sería totalmente de noche.

Se cruzó con un empleado que procedía de la pileta, y que la saludó, cortés. Ella le detuvo, formulando una pregunta:

—Por favor, ¿está limpia la piscina?

—Totalmente, señorita —afirmó el empleado, asintiendo con la cabeza—. A estas horas, ya apenas si se utiliza. Puede bañarse en ella con toda comodidad y confianza.

Hailey le dio las gracias, entrando en el recinto y despojándose de su corta bata de tela de toalla, anudada a la cintura. Un cuerpo espléndido, arrogante, de firme pecho, sinuosas caderas y carnosas nalgas, se irguió al borde de la piscina. Un momento después, se lanzaba a las azules aguas iluminadas, en ágil zambullida. Su cuerpo cortó el agua, sumergiéndose como una flecha.

Luego, evolucionó voluptuosamente, igual que si representara un fantástico ballet acuático. A su alrededor, la zona de la piscina se iba envolviendo en las sombras de la noche, y brillaban lejanas luces en el Club Náutico y en sus proximidades. Pero nadie había pensado en dar luz a los faroles de la zona de la piscina, y así, solamente el fantasmal resplandor de las aguas iluminadas, prestaba una claridad azulada al lugar.

Límpida como cristal, el agua envolvía el cuerpo de mujer, exuberante y magnífico, apenas cubiertos sus encantos por aquellas dos minúsculas piezas de su bikini. Hailey Stoddard emergió en la superficie de las aguas de la piscina, complaciéndose en bracear un poco para, después, adoptar una postura lánguida, perezosa, dejándose mecer por el suave vaivén de las aguas luminosas.

De repente, notó el dolor. Incisivo, brutal, súbito.

Lanzó un grito, preguntándose qué podía ser aquello que la hería en el muslo, junto a su nalga, con tan vivo dolor. Asombrada, contempló la sangre, cómo se diluía y elevaba en el agua, formando una mancha roja junto a su piel.

¡Tenía una herida de casi tres centímetros en el muslo!

Y sangraba abundantemente…

Era imposible herirse con nada, flotando en la piscina, lejos de todo posible cuerpo duro o con aristas.

Miró, sobresaltada, a las aguas. Le había parecido captar algo, un reflejo más azul, como de alguna cosa en movimiento, allá, bajo su cuerpo. Giró, en una evolución rápida, sumergiéndose en busca de aquella sensación de cosa viva en las aguas.

De repente, lo vio. Vio aquello y desorbitó sus ojos, atónitos y horrorizados. Otro desgarro súbito, en su costado, dejó fluir más sangre, espesa y roja, dibujando extraños arabescos en el agua.

Rápida, con un horror desconocido atenazando sus músculos, sus nervios y hasta sus sentidos, trató de elevarse con rapidez, de emerger, de acercarse a la orilla de la piscina, demasiado lejana ahora. Maldijo haber escogido aquella piscina tan amplia, tan profunda… Costaba tiempo llegar a la superficie. Y más aún, alcanzar el borde… Un tiempo en el que nunca pensó, que hasta ahora jamás tuvo la menor importancia.

El revoloteo en el agua, alrededor suyo, pareció, de pronto, un hervor. Un alarido escapó de labios de Hailey, cuando logró emerger su cabeza fuera del agua, y braceó desesperadamente hacia la orilla.

En dos, en cinco, en diez lugares de su cuerpo, algo penetraba, chirriante, mordiendo la carne, arrancando vorazmente trozos de su cuerpo, entre nubarrones crecientes de sangre mezclada con el agua.

Su intento de nadar era inútil. Alrededor suyo bullía el agua, agitada por cuerpos furibundos, increíbles… Una masa resbaladiza, húmeda, se agolpaba sobre ella, rozaba su cuerpo con un contacto huidizo y viscoso… Agudas púas como de acero penetraban en su carne, desgarrándola. Su pecho chorreaba sangre ahora, entre jirones del bikini desgarrado. Amplias zonas de su cuerpo ya no existían. Eran como boquetes, vomitando sangre. Su cuerpo volteó, entre horripilantes alaridos de dolor y de angustia. La carne era arrancada brutalmente de su cuerpo por mordeduras espantosas y torturantes. Ya toda la piscina era roja. Rojas aguas en torno a un cuerpo de mujer que pretendía, desesperadamente, llegar a alguna parte, alcanzar suelo firme, aferrarse a un punto sólido que no encontraba.

Su cuerpo se hundió en el agua, lacerado y maltrecho. Inmediatamente, notó que su rostro era atacado. Sus ojos… ¡sus ojos!… sufrieron el ataque masivo. Un espasmo, un gorgoteo siniestro, brotó de sus labios, cuando los párpados fueron rotos, cuando los globos oculares saltaron, absorbidos por el horror. Y así nariz, orejas, boca… Una hermosa mujer, triturada, desmembrada, devorada por algo turbulento que formaba burbujas y un caos de movimientos y aleteos en torno a ella…

El horror duró un minuto. Tal vez dos.

Al final, lentamente, las aguas se remansaron. La piscina sangrienta se quedó quieta. Y allá, entre sus aguas, fue visible una forma atroz, sumergiéndose pausadamente. Un cuerpo sin vida, de espantosa apariencia…

Porque era solamente… un esqueleto. El esqueleto de la que fuera una hermosa mujer. Un esqueleto con su cuero cabelludo, con su rubia melena ondeando, con jirones de tela de un bikini sobre sus huesos limpios, pelados, siniestramente descarnados…

* * *

—Un simple esqueleto… No, no es posible.

—Evidentemente, lo es, capitán Harris. El esqueleto de la que fue una hermosa mujer. La identificación parece positiva.

—¡Dios mío…! —El capitán Stuart Harris, de la División de Homicidios de la policía de Los Ángeles, se frotó el mentón, contemplando pensativo la forma envuelta en una manta, junto a la piscina todavía roja, siniestramente teñida por la sangre que brotó tumultuosa de un cuerpo devorado en escaso tiempo—. ¿No existe la posibilidad de que la señorita Stoddard desapareciese de aquí, y alguien dejara, en su lugar, un esqueleto, como macabro juego?

—Ni la más mínima, capitán —negó el médico forense, sacudiendo la cabeza—. Ese esqueleto es reciente. Fue despojado hasta del último vestigio de carne, no hace aún tres horas. Los restos del bikini han sido identificados por los empleados del Club Náutico como el perteneciente a Hailey Stoddard, socio de este club. Los cabellos parecen ser los de ella, tal como los he visto por televisión. Y el anillo de oro y el reloj sumergible que reposaban en el fondo de la piscina, tienen claramente grabadas sus iniciales: H. S. Por si fuera poco, el gerente del club acaba de informarnos de que en una ocasión, Hailey Stoddard sufrió la fractura de su tobillo derecho, en un choque de canoas a motor. Esa fractura es bien visible en el esqueleto, capitán.

Siguió un profundo silencio mientras el forense suspiraba, cerrando su maletín, y disponiéndose a marchar. Alrededor de la piscina, algunos expertos de la policía tomaban huellas y fotografías con flash. El capitán Harris paseó en torno al agua rojiza, contemplándola fijamente, sin saber a ciencia cierta qué pensar.

Un experto alzó la cabeza, mirándole. Estaba examinando con luz infrarroja y unas gafas especiales, el fondo de la piscina. Meneó la cabeza, negativo.

—No veo nada. No hay más que agua. Ni un animal, ni un cuerpo extraño, capitán —dijo.

Harris frunció el ceño. Estudió el agua sangrienta.

—¿Es agua de mar? —preguntó.

—No, señor. Es agua dulce, no salada. Hay dos piscinas de agua salada a poca distancia de aquí.

—De modo que un tiburón no podría haber sido lanzado a esta piscina.

—¿Un tiburón? —El experto se encogió de hombros—. La tintorera o la barracuda son la especie de tiburón que hubiera podido ser manejable en este caso, pero esos peces destrozan también el esqueleto, arrancan miembros completos, a bocados. Esto…, esto parece muy diferente.

—Sí, lo imagino —admitió, sordamente, el policía—. De todos modos, ¿cómo sacarían de este club un monstruo así? ¿Y cómo lo introducirían sin que nadie lo advirtiese? No tiene sentido alguno, olvídelo.

—No dijo usted ninguna tontería, capitán —replicó el experto, quitándose sus gafas especiales, y apagando la lámpara infrarroja—. Tuvo que ser algo así.

Harris le miró, muy fijo.

—¿Qué quiere decir? —Se inquietó.

—Que fue preciso traer algún monstruo hasta aquí, lanzarlo a las aguas… y recogerlo después, de alguna forma, una vez devorada la víctima. Sólo así se explica lo ocurrido.

—¿Está seguro de que eso sí tiene sentido? —dudó el oficial de Homicidios.

—Es lo único razonable, a fin de cuentas. Disparatado, lo sé. Aparentemente absurdo, pero… ¿qué otra cosa pudo suceder?

—Tal vez… un ácido —sugirió, bruscamente, Harris.

—Es lo primero que pensé. He tocado el agua. No posee ácido alguno. Y no se ha renovado aún, desde que se tiñó con la sangre de ella. Recuerde que no se utilizaba mucho esta piscina, ya de noche, y la señorita Stoddard era la única bañista que vino por aquí. Nadie pensó en hacer funcionar el sistema de renovación. Los conductos de agua y los de cloro y desinfectante, están cerrados, ahora. Y así debieron estar durante todo el suceso. De todos modos, analizaremos el agua, por si se halla alguna sustancia corrosiva que luego pudiera volatilizarse, pero dudo que exista ese compuesto químico.


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