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INTERÉS DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA EN EL PODERÍO MARÍTIMO:



Capitán

Alfred Thayer Mahan

Marina de Estados Unidos de América

















Interés de Estados Unidos de América en el poderío marítimo:

Presente y futuro

The Interest of America in Sea Power, Present and Future

Alfred Thayer Mahan, US NAVY, 1897

Traducido a idioma español por Universidad Nacional de Colombia

Diagramación y diseño

© www.luisvillamarin.com

Tel 9082426010

ISBN: 9781370468874

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Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley. Sin autorización escrita del editor, no se puede reproducir esta obra por ninguna de las formas de comercialización de libros.










INDICE

Breve biografía del autor

Prefacio

Visión de Estados Unidos hacia el exterior

Hawai y nuestro poderío marítimo en el futuro

El istmo y el poderío marítimo

Posibilidades de una nueva unión anglo-americana

El futuro en relación con el poderío naval estadounidense

Estado de preparación para la guerra naval

Perspectiva del siglo XX

Características estratégicas del Golfo de México y del Mar Caribe







BREVE BIOGRAFIA DEL AUTOR

El historiador y estratega naval estadounidense Alfred Thayer Mahan, nació el 27 de septiembre de 1840 y falleció el 1 de diciembre de 1914. Sirvió en la Marina durante la Guerra de Secesión, y luego fue presi dente del Colegio de Guerra Naval de Newport en Rhode Island. En 1902, ocupó la presidencia de la American Historical Association, y se retiró como Contraalmirante en 1906.

Mahan fue quien utilizó por primera vez el término Medio Oriente, en un artículo de septiembre de 1902 titulado "The Persian Gulf and International Relations", publicado en la National Review de Londres.

En sus escritos Mahan sostenía que el prestigio y la fortaleza del imperio británico, se derivaba de la supremacía marítima, gracias a la cual obtuvo (1) Prosperidad comercio exterior, (2) Eficiente marina mercante para apoyar el comercio (3) Potente marina de guerra para defender los barcos comerciales (4) Posesión de bases marítimas donde los navíos podían reabastecerse o ser reparados, y, (5) territorios coloniales que proporcionaban las materias primas que necesitaba la industria de la metrópoli, para satisfacer las necesidades de los mercados de consumo

Según Mahan estos cinco elementos a la vez eran interdependientes e indispensables para asegurar la prosperidad y la supremacía, ya que sin ellos o sin algunos de ellos, una nación quedaría en inferioridad de condiciones, y sin posibilidades de lograr sus objetivos.

Mahan comprendió que en su época, era imposible rivalizar y competir con los británicos de igual a igual, y que para reafirmar el poder mundial su país debería controlar territorios o colonias.

En primer lugar, el gobierno norteamericano debía preocuparse por establecer una flota de guerra capaz de controlar los océanos en el entorno del territorio propio. Acto seguido, impedir el acceso a sitios estratégicos cercanos a las zonas a defender, de todo potencial enemigo o competidor.

Y luego, demarcar presencia militar y comercial en las principales rutas marítimas del globo, sin importar la distancia que ellas estuvieran del territorio americano.

Mahan no recomendaba anexar territorios, sino que era selectivo. No era partidario de la adquisición de Guam, ni de Filipinas, ni de ninguna otra isla al occidente de Hawái; y en el Caribe:

Estuvo poco interesado en Cuba, Haití, o Puerto Rico por ser estas islas muy pobladas. Prefería el control de la zona de un canal transoceánico, y el alquiler de por lo menos un buen puerto en América Central o América del Sur.

Casi todas sus propuestas fueron aceptadas y Estados Unidos se convirtió en poco tiempo en la potencia naval que desplazó la larga supremacía británica sobre mares y océanos.

Y Colombia no fue la excepción de los países que quedaron atrapados en esa esfera geopolítica y geoestratégica, con la pérdida de Panamá, la Mosquitia y parte de la soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia.




PREFACIO

Cualquier interés que pueda tener una colección de escritos in-dependientes, publicados a intervalos considerables en un período de varios años, y escritos sin especial referencia entre uno y otro, o al menos con alguna intención de publicarlos pronto, depende tanto de la fecha en que fueron compuestos, y de las condiciones de ese momento, como de la unidad esencial de tratamiento.

Si por casualidad se encontrase en ellos tal unidad, no será porque haya existido un propósito preconcebido, sino por el hecho de que ellos comprenden el pensamiento de un individuo, consecuente en la línea de sus principales conceptos, pero continuamente ajustado el mismo a las condiciones cambiantes que ocasiona el progreso de los acontecimientos.

El autor, por tanto, no ha aspirado a que estos escritos perduraran hasta el presente; a reconciliar contradicciones aparentes, si es que las hay; a suprimir repeticiones, o a integrar en un todo consistente las diferentes partes que fueron independientes en su origen.

Los cambios que se han realizado, involucran sólo la fraseología, con modificaciones ocasionales de alguna expresión que parecía errada por defecto o por exceso. Las fechas que acompañan el encabezamiento de cada artículo indican cuando fueron escritos, no cuándo fueron publicados.

El autor expresa sus agradecimientos a los propietarios de Atlantic Monthly, Forum, North American Review y Harper's New Monthly Magazine, quienes amablemente han permitido la nueva publicación de los artículos que originalmente contribuyeron a sus páginas.


Noviembre de 1897

Capitán Alfred Thayer Mahan




CAPÍTULO I

Visión de Estados Unidos hacia el exterior

Agosto de 1890.

Todo parece indicar que próximamente habrá un cambio en la filosofía y política de los estadounidenses en lo concerniente a sus relaciones con el mundo más allá de sus fronteras. Durante los últimos veinticinco años, la idea predominante, que se ha impuesto con éxito en los escrutinios y que ha determinado el curso del gobierno, ha sido la de preservar el mercado interno para la industria nacional.

Tanto al empleador como al trabajador se les ha enseñado a mirar desde este punto de vista las medidas económicas que se proponen, a considerar con hostilidad cualquier medida que favorezca la intromisión de productores extranjeros en sus propios dominios, y preferiblemente a exigir medidas de exclusión cada vez más rigurosas antes de ceder en cualquier punto de la cadena que los une con el consumidor.

Como en todos los casos en que la mente o la vista apuntan exclusivamente en una dirección, ha sobrevenido la consecuencia inevitable de que se pase por alto el peligro de pérdida o la perspectiva de estar en ventaja; y aunque los abundantes recursos del país han mantenido altas las cifras de exportación, este halagador resultado se ha debido más a la bondad de la naturaleza que a la demanda que otras naciones hacen de los productos favorecidos por nuestro régimen aduanero.

Durante casi toda una generación, se ha protegido de esta manera a las industrias estadounidenses, hasta el punto de que la práctica ha adquirido la fuerza de una costumbre bajo la égida del conservatismo. En sus relaciones mutuas, estas industrias semejan las actividades de un acorazado moderno, con armadura pesada pero con motores y artillería de calidad inferior: fuertes para la defensa pero débiles en el ataque.

En el interior, el mercado nacional está asegurado, pero en el exterior, allende los mares, están los mercados del mundo que sólo pueden ser penetrados y controlados por una competencia vigorosa, a la cual no se llega mediante la práctica de confiar en la protección que brindan los estatutos.

En el fondo, sin embargo, el carácter del pueblo estadounidense es, en esencia ajeno a una actitud tan indolente. Independientemente de todos los prejuicios a favor o en contra de la protección, se puede predecir sin temor a equivocarse que cuando se comprendan las oportunidades de obtener ganancias en el exterior, las empresas estadounidenses forjarán un camino adecuado para aprovecharlas.

Desde una perspectiva global, es muy grato y además significativo que un defensor prominente e influyente de la protección, un líder del grupo dedicado a apoyarla, un entusiasta intérprete de los signos de los tiempos y de los vaivenes de la opinión, se haya identificado con una línea política que se ocupa nada menos que de las modificaciones del arancel que puedan expandir el comercio de Estados Unidos a todos los lugares del globo. Hombres de todas las facciones pueden unirse orientados por las palabras del señor Blaine, citadas en un discurso reciente:

─No es un destino ambicioso para un país tan grande como el nuestro fabricar sólo lo que podemos consumir o producir sólo lo que podemos comer─

A la luz de este pronunciamiento de un hombre público tan perspicaz y competente, aun el carácter extremo del arancel reciente parece sólo un signo del cambio venidero, y trae a la mente aquel famoso Sistema Continental, del cual es análogo el nuestro, al que Napoleón adicionó legión por legión y empresa por empresa hasta que la estructura del imperio cedió bajo su peso.

La característica interesante y significativa de esta actitud cambiante es el volver la mirada hacia el exterior y no sólo hacia el interior, en busca del bienestar del país. Reafirmar la importancia de mercados distantes y su relación con nuestra inmensa capacidad de producción, implica lógicamente el reconocimiento del enlace que une los productos y los mercados, esto es, el transporte comercial.

Los tres puntos constituyen la cadena de poderío marítimo al que Gran Bretaña debe su riqueza y su grandeza. Más aún, ¿sería demasiado decir que ya que dos de tales eslabones, el embarque y el mercado, están fuera de nuestras fronteras, su reconocimiento conlleva una perspectiva de las relaciones de Estados Unidos con el mundo radicalmente distinta de la simple idea de autosuficiencia?

No llegaremos muy lejos en esta línea de pensamiento antes de que descubramos la posición única de Norteamérica frente a los viejos mundos de Oriente y Occidente, consistente en el hecho e que las costas de este continente están bañadas por los océanos que tocan al uno y al otro, pero que le son comunes sólo a ella. Coincidente con estos síntomas de cambio en nuestra propia política, existe una inquietud en el mundo entero que resulta significativa si no ominosa. No es de nuestro interés extendernos sobre la situación interna de Europa, donde si surgen alteraciones sólo nos afectarán parcial e indirectamente.

Pero allí las grandes potencias marítimas no sólo se mantienen en guardia contra sus rivales continentales; también acarician aspiraciones por la extensión comercial, por las colonias, y por la influencia en regiones distantes. Lo anterior les puede causar, y ya les ha causado —incluso bajo la política que han acordado con nosotros en el presente— pugnas con nuestro país.

El incidente de las islas Samoa, aparentemente trivial, fue no obstante muy indicativo de las ambiciones europeas. Fue entonces cuando Estados Unidos despertó de su letargo en lo concerniente a intereses estrechamente relacionados con su futuro. En el momento hay problemas internos inminentes en las Islas Sandwich, en las que debería ser nuestra firme intención no permitir ninguna influencia extranjera que iguale a la nuestra.

En el mundo entero el empuje comercial y colonial de los alemanes está creando choques con otras naciones: de ello dan testimonio el episodio con España en las Islas Carolinas; la ruptura de Nueva Guinea con Inglaterra; la aún más reciente negociación entre estas dos potencias, relacionada con su participación en África, y que Francia ve con profunda desconfianza y resentimiento; el episodio de Samoa; el conflicto entre el control alemán y los intereses estadounidenses en las islas del Pacífico occidental; y el supuesto avance de la influencia alemana en Centro y Suramérica.

Cabe anotar que mientras estas variadas contiendas se apoyan en el espíritu militar agresivo característico del imperio alemán, es de creer que surgen más del carácter nacional que de la política deliberada del gobierno, que en esta materia no guía sino que sigue el sentimiento de su gente, lo que resulta mucho más impresionante.

No existe fundamento sólido para creer que el mundo ha entrado en un período de paz verdadera al exterior de Europa. Cuando condiciones políticas alteradas tales como las existentes en Haití, América Central y muchas de las islas del Pacífico, especialmente el grupo hawaiano, se aúnan a una gran preponderancia militar o comercial, como es el caso en la mayoría de estos lugares, involucran, ahora como siempre, brotes peligrosos dependencia, en contra de los cuales es prudente estar al menos preparados. En general, es indudable que la actitud de las naciones es más contraria a la guerra de lo que solía ser.

Aunque seamos menos egoístas y acaparadores que nuestros predecesores, nosotros sentimos más aversión por las incomodidades y sufrimientos que se presentan cuando se quebranta la paz; pero el retener tan apreciado reposo y el disfrute incólume de los rendimientos del comercio hacen necesaria una discusión con el adversario, realizada en términos de un cierto grado de igualdad de fortaleza. Es la preparación del enemigo y no la conformidad con el estado de cosas existente lo que ahora detiene a los ejércitos de Europa.

Por otra parte, no se puede depender de las sanciones del derecho internacional ni de la justicia de una causa para lograr una justa conciliación de diferencias, cuando éstas entran en conflicto con una fuerte necesidad política de una de las partes y una comparativa debilidad de la otra.

En nuestra disputa aún pendiente sobre la caza de focas en el Mar de Bering —piénsese lo que se piense de la solidez de nuestras razones, y a la luz de los principios generalmente aceptados por el derecho internacional— no cabe duda de que nuestro punto de vista es razonable, justo y de interés para todo el mundo.

Pero en nuestro intento por hacerlo valer hemos chocado no sólo con susceptibilidades nacionales en lo que respecta a hacer honores a la bandera, sentimiento que compartimos profundamente, sino también con un Estado gobernado por una gran necesidad, y extremadamente fuerte en puntos en los que nosotros estamos particularmente débiles y expuestos.

No se trata sólo de que Gran Bretaña tenga una armada poderosa y nosotros un litoral largo e indefenso, sino que es una gran ventaja comercial y política para ella el que sus colonias, sobre todo Canadá, sientan que el vigor de la madre patria es algo que ellas necesitan y con lo que pueden contar.

La disputa es entre Estados Unidos y Canadá, no entre Estados Unidos y Gran Bretaña, pero ha sido hábilmente usada por ésta para pro-mover solidaridad con su colonia.

Con la madre patria sola se podría lograr fácilmente un arreglo equitativo, conducente a intereses mutuos bien comprendidos; pero los deseos peculiarmente egoístas y puramente locales de los pescadores canadienses definen la política de Gran Bretaña, por ser Canadá su más importante lazo de unión con sus colonias e intereses marítimos en el Pacífico.

En caso de una guerra europea, es posible que la armada británica no sea capaz de mantener abierta la ruta que atraviesa el Mediterráneo hacia el Oriente; pero por el hecho de tener una fuerte base naval en Halifax, y otra en Esquimalt, en el Pacífico, conectadas las dos por el Ferrocarril Pacífico Canadiense, Inglaterra posee una línea alterna de comunicación mucho menos expuesta a la agresión marítima que la ya mencionada, o que la tercera ruta por el Cabo de la Buena Esperanza, así como dos bases esenciales para el servicio de su comercio u otras operaciones navales en el Atlántico Norte y en el Pacífico.

Independientemente de cualquier arreglo que se logre sobre esta cuestión, la actitud de Lord Salisbury no puede dejar de fortalecer los sentimientos de adhesión y confianza hacia la madre patria, no sólo en Canadá, sino en las demás colonias grandes.

Estos sentimientos de adhesión y dependencia mutua nutren el espíritu viviente, sin el cual los esquemas nacientes a favor de la federación imperial son sólo artificios mecánicos muertos. Tampoco dejan de ejercer influencia sobre consideraciones tan poco sentimentales como lo son el vender y comprar y el curso del comercio.

Esta disputa, en apariencia mezquina pero en realidad seria, precipitada en su aspecto y cuyo resultado depende de consideraciones diferentes de sus propios méritos, puede servir para convencernos de muchos peligros latentes y aún imprevistos, que amenazan la paz del hemisferio occidental y que son concomitantes con la apertura de un canal que atraviese el istmo centroamericano.

En forma general, es muy evidente que este canal, al modificar la dirección de las rutas comerciales, ocasionará una gran actividad comercial y una gran corriente de comercio en todo el Mar Caribe. También es evidente que este rincón del océano, ahora comparativamente desierto, se convertirá, como el Mar Rojo, en una gran vía para la navegación, y atraerá, como nunca hasta ahora, el interés y la ambición de las naciones marítimas.

Cada posición en ese mar poseerá un valor comercial y militar destacados y el canal mismo llegará a ser un centro estratégico de la más vital importancia. Al igual que el Ferrocarril Pacífico Canadiense, será un lazo de unión entre los dos océanos; pero a diferencia de éste, su uso, a menos que se lo proteja en forma cuidadosa por medio de tratados, pertenecerá por completo al beligerante que controle el mar con su poderío naval.

En caso de guerra, Estados Unidos sin duda controlará el ferrocarril canadiense, pese a la fuerza disuasiva de las operaciones de la armada hostil sobre nuestro litoral; pero igualmente incuestionable será su impotencia para controlar el canal centroamericano frente a las potencias marítimas. Militarmente hablando, y con referencia sólo a las complicaciones europeas, el abrirse paso a través del istmo no es otra cosa que un desastre para Estados Unidos en su presente estado de preparación naval y militar. Lo anterior es especialmente peligroso para la costa Pacífica, pero la creciente vulnerabilidad de una parte de nuestro litoral causa una reacción desfavorable hacia nuestra situación militar en general.

A pesar de cierta gran superioridad original conferida por nuestra proximidad geográfica y nuestros inmensos recursos —debidos en otras palabras a nuestras ventajas naturales y no a inteligentes preparativos— Estados Unidos está deplorablemente desprevenido, no sólo de hecho sino en su propósito, para hacer valer en el Caribe y Centroamérica el peso de una influencia proporcionada al alcance de sus intereses.

No tenemos una armada que pese seriamente en cualquier disputa con aquellas naciones cuyos intereses puedan crear conflicto con los nuestros, y lo que es peor, no estamos deseosos de tenerla. No tenemos y no estamos ansiosos por crearla, una defensa del litoral que deje a la armada en libertad para su acción en el mar.

Carecemos de posiciones en el interior y en los límites del Cari-be, pero otras naciones no sólo disfrutan de grandes ventajas naturales para el control de ese mar, sino que han recibido y están recibiendo el poder artificial de fortificación y armamento que los harán prácticamente inexpugnables. Por otra parte, no tenemos en el Golfo de México ni siquiera el inicio de un arsenal naval que pueda servir como base para nuestras operaciones. Que no se me malinterprete.

No lamento que no tengamos los medios para enfrentarnos en condiciones de igualdad a las grandes armadas del Viejo Mundo. Reconozco algo que dicen muy pocos, que a pesar de su gran excedente de ingresos, este país es pobre en proporción a la longitud de su litoral y a sus puntos vulnerables.

Lo que deploro, y que causa preocupación grave, justa y razonable a nivel nacional, es que el país ni tiene ni está interesado en tener su frontera marítima protegida; tampoco está interesado en una armada fuerte que, habida cuenta de las ventajas de nuestra posición, cuente con el suficiente peso cuando surjan discusiones inevitables, tales como las que hemos tenido recientemente sobre Samoa y el Mar de Bering, y las que pueden surgir en cualquier momento sobre el Mar Caribe o sobre el canal.

¿Está Estados Unidos, por ejemplo, dispuesto a permitir que Alemania adquiera la fortaleza holandesa de Curazao, frente a la desembocadura en el Atlántico de los dos canales propuestos en Panamá y Nicaragua? ¿Está dispuesto a aceptar que cualquier potencia extranjera le compre a Haití una base naval en el Paso del Viento, a través del cual pasan nuestras rutas de vapores hacia el istmo?

¿Aceptaría un protectorado extranjero en las Islas Sandwich, esa gran base central del Pacífico, equidistante de San Francisco, Samoa y las Marquesas, e importante punto en nuestras líneas de comunicación tanto con Australia como con China?

¿O sostendrá que cualquiera de estos problemas, suponiendo que surgiera, es tan unilateral, con argumentos de política y derecho tan exclusivamente de nuestro lado, que la contraparte declinará rápidamente sus pretensiones y se retirará con elegancia? ¿Fue esto lo que ocurrió en Samoa? ¿Ocurre así en el Mar de Bering? El lema visto con tanta frecuencia en los cañones antiguos Ultima ratio regum, (argumento final de los reyes), no deja de ser una lección para las repúblicas.

Al sopesar nuestras necesidades de preparación militar resulta perfectamente razonable y legítimo tener en cuenta la distancia de nuestras costas de las principales potencias navales y militares, y la consiguiente dificultad para mantener operaciones a tales distancias.

Al formular nuestra política, es igualmente apropiado considerar los celos de la familia de estados europeos y su consiguiente indisposición a incurrir en enemistad con un pueblo tan fuerte como el nuestro; su temor por nuestra venganza en el futuro, y su incapacidad para destacar algo más que una parte de sus fuerzas en nuestras costas, sin perder mucho de su peso en las asambleas europeas.

En realidad, un cuidadoso cálculo de la fuerza que Gran Bretaña o Francia puedan destacar para operaciones en nuestras costas, si éstas estuvieran adecuadamente protegidas, sin debilitar su posición europea o sin exponer excesivamente sus colonias y comercio, sería el punto de partida que permitiría calcular la fortaleza de nuestra propia armada.

Si ésta es superior a la que puede ser enviada contra ella, y si la costa está defendida de manera que la armada quede libre para atacar donde lo desee, podremos mantener nuestros derechos; no sólo los que concede el derecho internacional, que en el presente se apoyan en el sentido moral de las naciones, sino también aquellos derechos igualmente reales, que, aunque no conferidos por la ley, dependen de una clara preponderancia de interés, y se refieren a políticas obviamente necesarias sobre la autopreservación, ya sea total o parcial.

Si tal fuera nuestra presente posición en cuanto a poderío militar, podríamos asegurar nuestra justa exigencia al derecho a la caza de focas, no capturando barcos extranjeros en mar abierto, sino por el hecho evidente de tener nuestras ciudades protegidas de los ataques marítimos y por nuestra ubicación y superior número de población sobre el Pacífico canadiense, así como por la frontera del Dominion (Dominio de la Comunidad Británica de Naciones). Podríamos hacer lo que deseáramos. Los diplomáticos no esgrimen verdades tan desagradables uno frente a otro; su tarea consiste en lograr acuerdos.

Por tanto, si bien es cierto que las ventajas de nuestra propia posición en el hemisferio occidental y las desventajas bajo las cuales actuaría un Estado europeo son elementos innegables y justos en los cálculos de un estadista, es insensato considerarlas suficientes para nuestra seguridad. Se requiere sopesar mucho más para que la balanza pueda inclinarse a favor de nuestro poderío.

Nuestras ventajas y las desventajas europeas apenas son factores defensivos; es más, son parciales. Aunque distantes, nuestras costas pueden ser alcanzadas, y por estar indefensas pueden detener sólo por corto tiempo una fuerza bélica enviada contra ellas.

Dada una probabilidad de tres meses de paz en Europa, ninguna potencia marítima tendría temor de apoyar sus requerimientos con un número de barcos que de hecho se sentiría renuente a tener alejados durante un año. Aun así, si nuestras fronteras marítimas fueran tan fuertes como débiles son ahora, la defensiva pasiva ya fuera en el comercio o en la guerra sería sólo un plan pobre mientras este mundo continuara siendo un mundo de lucha y vicisitudes.

En el presente todo a nuestro alrededor es una contienda; "la lucha por la vida", "la competencia por la vida" son frases tan familiares que no sentimos su significado hasta que nos detenemos a pensar en ellas. En todas partes las naciones se organizan contra otras naciones, y la nuestra no lo hace menos que las demás.

¿Qué es nuestro sistema de protección si no una operación militar organizada? Es cierto que para llevarla a efecto sólo hemos de poner en práctica algunos procedimientos que en el momento son concebidos por todos los estados como ejercicios legales de poderío nacional, así resulten perjudiciales para ellos mismos. Es legal, dicen ellos, hacer lo que nos place con los nuestros. Sin embargo, ¿es nuestro pueblo tan poco enérgico como para no desear las cosas a su manera, en asuntos en los que sus intereses giran sobre puntos cuyo derecho está en disputa, o tan poco sensible como para someterse calladamente a que otros usurpen sus derechos en terrenos en los que por largo tiempo han considerado que su propia influencia debería prevalecer?

El aislamiento autoimpuesto en materia de mercados y el deterioro de nuestros intereses de embarque en los últimos treinta años han coincidido, de manera singular, con un distanciamiento real de este continente de la vida del resto del mundo. Este escritor tiene ante sí un mapa de los océanos Atlántico norte y sur, que muestra la dirección de las principales rutas de comercio y la proporción de tonelaje que pasa por cada una de ellas. Resulta curioso anotar qué tan desiertas son, comparativamente, las regiones del Golfo de México, el Mar Caribe y los países e islas colindantes. Una amplia franja se extiende desde nuestras costas del Atlántico Norte hasta el Canal Inglés; otra tiene una extensión que va desde las Islas Británicas hasta el oriente a través del Mediterráneo y el Mar Rojo, rebasando los límites de este último y manifestando así el volumen de su comercio

Alrededor de ambos cabos, el de la Buena Esperanza y el de Hornos, pasan franjas de aproximadamente un cuarto de esta amplitud, que se unen cerca del ecuador, a mitad de camino entre África y Suramérica. De las Antillas sale una conexión que indica el comercio presente de Gran Bretaña con una región que, alguna vez, durante las guerras napoleónicas, abarcó un cuarto del comercio total del imperio. La significación es inequívoca: Europa tiene ahora poco interés mercantil en el Mar Caribe.

Cuando se atraviese el istmo desaparecerá este aislamiento y con él la indiferencia de las naciones extranjeras. Independientemente de su procedencia y su destino, todos los barcos que usen el canal pasarán a través del Caribe. Cualquiera que sea el efecto producido por las miles de necesidades causadas por la actividad marítima a la prosperidad del continente y las islas adyacentes, alrededor de un foco tal de comercio se centrarán grandes intereses comerciales y políticos.

Para proteger y desarrollar los suyos, cada nación buscará puntos de apoyo y maneras de ejercer influencia en un campo en el que Estados Unidos siempre ha sido celosamente sensible en lo que concierne a la intromisión de las potencias europeas.

La mayoría de los estadounidenses entiende muy vagamente el valor de la Doctrina Monroe, pero el efecto de la misma se ha visto en el desarrollo de una sensibilidad nacional, causa más frecuente de guerras que los intereses materiales. Sobre las disputas causadas por tales sentimientos no prevalecerá en absoluto la influencia que emana de la autoridad moral del derecho internacional con sus reconocidos principios, ya que los puntos de disputa serán de sistema, de interés, y no de derecho concedido.

Ya Francia e Inglaterra están dando a los puertos que controlan un grado de fortaleza artificial, innecesario si se considera su importancia presente.

Ellos tienen visión del futuro inmediato. Entre las islas y el territorio continental existen muchas posiciones de gran importancia controla-das en el momento por estados débiles e inestables. ¿Está Estados Unidos deseoso de verlas vendidas a una potencia rival? ¿Pero qué derecho invocará el país contra tal transferencia? Sólo puede alegar uno, el de una política razonable respaldada por su poderío.

Quiéranlo o no, los estadounidenses deben mirar ahora hacia el exterior; la creciente producción del país así lo requiere, y un volumen en aumento del sentir del pueblo así lo reclama. La ubicación de Estados Unidos entre dos viejos mundos y dos grandes océanos hace la misma exigencia, exigencia que se fortalecerá pronto con la creación de la nueva conexión entre el Atlántico y el Pacífico.


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