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Excerpt for Los contratados y otros cuentos by , available in its entirety at Smashwords

Los Contratados

y otros cuentos

por

Pedro López Ganvini



Smashwords Edition

Copyright © 2018 Pedro López Ganvini

ISBN:



Smashwords Edition, Notas de licencia

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Yo vi quebrarse el huarango



¡No! No podía creerlo. Era difícil creerlo. Allí estaba, en la cama, tullido y con los ojos hundidos en recuerdos, en resquicios de ilusión y esperanza confusa y, creo, perdida. Inundaba el ambiente, cual almizcle, el olor a medicinas. Vestido de bata color blanco sucio, por las tantas veces que se había lavado en el hospital, de seguro; como si de ver la muerte próxima estuvieran pálida. Pero sus ojos —subconscientemente— destellaban muerte como en otras personas he visto, en los que el carcinoma avanzado y terminal es propietario de ese terreno, en danza macabra y discreta a los ojos del mundo está, ¡siempre presente!

Lo miré. Él respondió. Me miró cuando ingresé al cuarto. Fue una ceremonia de miradas y segundos de silencios que decían millones de cosas que guardaban broncas y resentimientos, llevaban afectos y cariño tontamente guardado y reprimido. Un mundo se remeció en él, era cierto, físicamente era otro. Su fortaleza muscular era un angustiante recuerdo, de solo ver que había que darle de comer y asistirlo en sus necesidades fisiológicas: y todo se convirtió en necesidades. En sus ojos, tenuemente y ahora sumisos, avizoraban indulgencias, tristezas y resignación. El viaje en esta vida había llegado al paradero final, escuchaba la campana anunciando que el tren arribaba a la terminal. Sentí el remezón del piso al paso del inmenso furgón existencial.

Tomé sus manos que me traían sus últimos veranos con las energías guardadas para mí y con alguna fiesta de carnaval que recordaba. Besé su frente amplia y generosa, ahora tibia como el tiempo en la calle. Musitó mi nombre y dibujó en su rostro su más cálida y tierna sonrisa —para el engreído, a su manera—. Intentó hilar, en su quebrada voz, un diálogo breve, final y solo de relleno afectuoso en nuestras vidas y antes que nada, como dos seres humanos que se sentían inteligentes. Teníamos compañía en aquel mundillo del hospital. No imaginé, sin embargo, como suele suceder en estas circunstancias, el responso en el que don Eugenio elogió su labor de artesano y como persona, su jovialidad y picardía. El velorio, que algunos de sus hijos, no quisieron una vigilia católica con el coro, solemne y lacrimógeno y al que no pagaron, pero fingieron generosidad de última hora ante los ojos de los amigos y conocidos.

El roble y el huarango también se quiebran y arden en la hoguera de la vida y dan luz a plenitud. La memoria guarda sus altos y bajos y, a veces, eternamente los más tristes y amargos. Los buenos momentos son efímeros y, de allí, que hay que vivirlos intensamente. Si la otra vida existe, no lo sé, aunque él tercamente lo discutía y defendía estos últimos años; como cuando coincidíamos sobre la existencia de seres extraterrestres y nos enfrascábamos en conversaciones apasionadas, ante la creciente atención de algún acompañante circunstancial que absorto alucinaba a los alienígenas. Pero la vida y sus duros caminos fueron reiterado tema de conversa, conmigo o con los viejos amigos que lo visitaban al taller cada día o cada viernes: en verano, en otoño, en primavera o en las lindas lluvias invernales, con un Ducal en los labios —con las piernas cruzadas, con la elegancia de los señores viendo repicar las gotas en plena calle—.

Ante mi impotencia veía a mi padrastro maltratando a mi madre, cada vez que se le ocurría o cuando llegaba borracho. Yo le preguntaba a mi madre por qué aguantaba. Ella se resignaba y callaba o no me convencía con su argumento que tenían aires de sumisión, propio de machistas y tradicionales, arraigadas tras generaciones. A veces, hasta a mis hermanas que salían a defenderla, también las sonaba. A mi madre le daba como a hombre, hasta le reventó la cara ¡carajo! Estaba entonces con el rostro negro esos días y no salía de casa. Hacía pausa, respiraba profundamente conteniendo emociones revividas. A mí también me golpeó como a un hombre adulto, yo aún era niño, hasta con la reata del burro me chicoteó. ¡Nos sacaba la mierda!, enfatizaba si estaba con unos tragos encima. Descargaba cóleras con nosotros. Me fui guardando mi cólera y mi odio y cada día que no me vieran, golpeaba a puñetes y patadas los sacos de harina, granos y las pacas de chancaca que colgaban de los travesaños en la casa. Teníamos una tiendita y atrás se almacenaban cosas en las que yo practicaba mis golpes —entonces brillaban sus ojos, algo jalados, y daba un sonoro puñete en la palma de la otra mano. Así descargaba algo de cólera. Un día seré grande y ese desgraciado me las pagará, lo dije ante mi madre y mis hermanas; y frente a mi padrastro borracho después de la última y brutal golpiza que le propinara a mi mamá. Muchas veces lloré en silencio de impotencia. Eso es lo que más recordaba, me lo contó reiteradamente desde su niñez, muchas veces en tragos y con un ¡salud! y unas lágrimas que brotaban de lo más profundo de la tierra. Él se perdía en sus recuerdos y hablaba y hablaba. Yo escuchaba y escuchaba. Cada año la historia con una variación, extraviado en los vericuetos de la iniciada demencia senil, así lo llamaban los matasanos, según el toque emocionado.


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