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El Avivamiento de Hechos 2

La Obra del Espíritu de Dios en la Iglesia Primitiva:
Un Estudio de Hechos 2:42-47

F. Wayne Mac Leod



Distribuidora de libros “Light To My Path”
[Lumbrera a Mi Camino]
Sydney Mines, Nueva Escocia, B1V 1Y5

El Avivamiento de Hechos 2

Copyright © 2018 by F. Wayne Mac Leod

Publicado originalmente en inglés con el título: The Revival of Act 2

Traducido al español por Gisela Céspedes Peña, Doralkis Ramírez Ronda y David Gomero (Traducciones Nakar)

Publicado por la Distribuidora de libros Light To My Path (en español: “Lumbrera a mi camino”)

Edición Smashwords, Notas de la Licencia

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Las citas bíblicas, a menos que se indique otra versión, han sido tomadas de la Santa Biblia, Reina Valera 1960 (RVR60) Usado con autorización. Todos los derechos reservados.

Índice

1 - Introducción

2 - El Deseo del Espíritu

3 - La Devoción de los Creyentes

4 - La Doctrina de los Apóstoles

5 - La Comunión

6 - El Partimiento del Pan

7 - La Oración

8 - Temor

9 - Maravillas y Señales Milagrosas

10 - Todo en Común

11 - Unánimes

12 - La Salvación



1 - INTRODUCCIÓN

Aquellos eran días maravillosos y desafiantes para la iglesia primitiva. Los creyentes se adentraban en un territorio totalmente nuevo y no tenían el referente de años de experiencia. Su comprensión de la obra de Cristo y del propósito de Dios para esta nueva iglesia comenzaba a formarse tan sólo en sus mentes. No tenían seminarios para formar a sus pastores; no tenían templos ni programas y muchas veces eran incomprendidos por aquellos que los rodeaban.



Eran pocos en número: Hechos 2: 1 nos dice que estaban “todos” reunidos en un lugar en el día del Pentecostés judío. Los presentes ese día no estaban seguros de lo que iban a hacer después. Antes de irse, Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que hubieran sido “bautizados con el Espíritu Santo”.



4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:4-5).



Estos creyentes no tenían idea de lo que todo eso significaba, no obstante, esperaron.



La mayoría de ellos eran personas sencillas y muchos de sus líderes eran simples pescadores. Éstos habían pasado tres años con Jesús, pero todavía luchaban en su fe. Cuando Jesús fue arrestado, huyeron para salvar sus vidas y lo abandonaron (ver Mateo 26:31; Marcos 14:50). Pedro, que había sido el más atrevido de ellos, negó al Señor tres veces (véase Mateo 26:33-35). Tomás se negó a creer que Jesús había resucitado de entre los muertos y declaró que a menos que viera las marcas de los clavos en sus manos y pudiera meter sus dedos en el lugar de los clavos, no creería en absoluto (ver Juan 20:24-25). Santiago y Juan le pidieron a Jesús que les permitiera sentarse a su derecha e izquierda cuando fueran al cielo (ver Marcos 10:35-39). Esta solicitud de tal posición de honor con respecto a los demás discípulos no fue bien recibida. Mateo 20:24 nos dice que los demás estaban muy enojados cuando descubrieron que habían hecho tal petición.



La iglesia que se reunió en un solo lugar ese día carecía de entendimiento y madurez espiritual. Humanamente hablando, no estaban calificados para llevar adelante esta gran obra de Dios. Sin embargo, aquella iglesia se convertiría en un poderoso ejemplo para las generaciones futuras. Ellos fueron testigos de obras hechas por el Espíritu de Dios las cuales desearíamos ver en nuestros días. La iglesia se expandió y creció en número hasta tal punto que fue objeto de preocupación de los judíos de la época.



La clave del crecimiento fenomenal de la iglesia de Hechos es obviamente la obra del Espíritu de Dios. En Hechos 2 el Espíritu Santo descendió sobre la iglesia y derramó una enorme bendición. Los creyentes se llenaron de poder y audacia. El mensaje de salvación se extendió y cuando Pedro habló el día de Pentecostés, tres mil personas vinieron a la fe en el Señor Jesús (Hechos 2:41). Cada día se añadían nuevos convertidos a la iglesia (Hechos 2:47).



Estos primeros creyentes no tenían ningún programa o técnica especial. El crecimiento de la iglesia ocurrió por medio de simples creyentes sin educación que luchaban con su fe. Este crecimiento no fue el resultado de algo que habían planeado u organizado; más bien los tomó por sorpresa. Un día, había ciento veinte creyentes reunidos en una sola habitación. Al día siguiente había más de tres mil creyentes clamando por orientación y cuidado espiritual. Esta increíble obra de Dios se extendió desde Jerusalén hasta las regiones cercanas. Hombres y mujeres de tierras lejanas escucharían el mensaje de Cristo y le entregarían sus vidas.



Hechos 2: 42-47 es el relato de lo que estaba ocurriendo en aquellos días de despertar en Israel. En estos versículos, podemos vislumbrar lo que el Espíritu Santo estaba haciendo en las vidas de aquellos primeros creyentes y qué fue lo que preservó el movimiento del Espíritu de Dios en aquellos días. Mientras emprendemos este estudio, es mi deseo que veamos la maravillosa obra del Espíritu de Dios en la iglesia primitiva, pero también que veamos su aplicación para la iglesia de Cristo en nuestros días.



Hoy en día podemos hacer que la obra del reino de Dios sea demasiado complicada. Durante años enseñamos a nuestros pastores sobre la administración de la iglesia y las técnicas para su crecimiento. Aunque todo este entrenamiento puede ser beneficioso, hay algo muy reconfortante en la simplicidad de lo que ocurrió en Hechos 2. La gloria por aquello que ocurrió pertenece a Dios debido a que no era de origen humano. Personas sencillas fueron movidas por el poder del Espíritu de Dios para llevar a cabo una obra que tendría un efecto que llegaría incluso hasta nuestros días. Durante los próximos capítulos veremos lo que Dios estaba haciendo en la vida de Su pueblo y el impacto que esto tenía en su comunidad por el bien del reino de Dios.



2 - EL DESEO DEL ESPÍRITU

En la introducción vimos que estos primeros creyentes eran personas muy sencillas. Todo era nuevo para ellos. Su teología aún se estaba formando. Ninguno de ellos tenía mucha experiencia en esta nueva fe cristiana. Sus líderes estaban lejos de ser perfectos y luchaban por entender lo que Dios esperaba de ellos. Sin embargo, aquella iglesia primitiva ardía de pasión por la gloria de Dios. El Espíritu de Dios se movía de manera poderosa en aquellos días. La gente se conmovía por el mensaje del Evangelio y cada día venían a la fe en Cristo.



Aclaremos algo desde el principio de este estudio. Lo que estaba sucediendo en aquellos días era obra del Espíritu de Dios; y todo el mérito por el maravilloso crecimiento que estaba ocurriendo le pertenecía. Estos creyentes inexpertos no planificaron este crecimiento. Fueron tomados completamente por sorpresa. El Espíritu de Dios tenía una obra que hacer y se complacía mucho en hacerla.



Lo que acontecía en aquellos días no era algo que pudiera lograrse jamás con esfuerzo o planificación humanos. En un solo día, tres mil personas entregaron sus vidas al Señor Jesús. Recuerde que justo antes de esto, el Señor Jesús había sido crucificado por soldados romanos cumpliendo los deseos de los líderes religiosos. Esos líderes odiaban a Cristo y todo lo que Él representaba, y habrían hecho cualquier cosa para evitar que creciera aquella nueva fe. En los meses siguientes, la iglesia se encontraría con hombres como Saulo (Pablo) quien creía sinceramente que le hacía un favor a Dios al perseguir y asesinar a los creyentes en Jesucristo. Por eso fue tan sorprenderte que tantas personas abrieran sus corazones al Señor Jesús en aquellos días. Estos hombres y mujeres se apartaron de su fe judía y consagraron sus vidas al Señor Jesús que había sido crucificado en medio de ellos y al hacer esto arriesgaban tanto sus vidas como sus reputaciones.



En aquellos días también sucedían otras cosas. Los creyentes se llenaron de un sentido de asombro (Hechos 2:43). La obra de Dios era tan poderosa y asombrosa que los creyentes sólo podían maravillarse ante lo que estaban viendo. Nunca, ni en sus sueños más remotos, podían haber imaginado tan grande obra de Dios en medio de ellos. Los apóstoles fueron dotados con un poder milagroso (Hechos 2:43). La gente presenciaba cosas que sólo podían atribuirse a la presencia del Espíritu de Dios.



Los creyentes comenzaron a vender todo lo que tenían tratando de ayudar a los necesitados. Las prioridades cambiaron radicalmente y los corazones se sensibilizaban por quienes los rodeaban. Lo que vemos en esos días fue una ola del Espíritu de Dios que inundó toda la comunidad cristiana y produjo quebrantamiento y disposición de entregarlo todo.



La avidez por comunión y la enseñanza de la palabra de Dios era tan intensa que aquellos creyentes comenzaron a reunirse todos los días. Lo hacían en el templo o en casas donde celebraban lo que Jesús había hecho por ellos en la cruz y escuchaban la exposición de la Palabra de Dios. En esas reuniones, clamaban a Dios en oración pidiendo Su dirección y bendición y como respuesta a esas oraciones descendía poder del cielo. El Espíritu de Dios saciaba el hambre de sus corazones.



Los no creyentes a su alrededor notaban lo que sucedía. A pesar de que se trataba de una “nueva religión”, mal vista por los líderes religiosos del momento, el pueblo de Jerusalén y las áreas aledañas no tuvieron otra opción que ver la sinceridad y la devoción mutua de esos primeros creyentes y también para con toda su comunidad. Los primeros cristianos ganaron el favor del pueblo.



Esta era la obra del Espíritu de Dios en aquellos días y llevarla a cabo era un deleite para Él. A veces llegamos a creer que el Espíritu Santo está renuente a entregar sus bendiciones. Esto no es lo que vemos aquí en Hechos 2. Oswald Smith, en su libro “Enduement of Power” [La investidura del poder]” declara lo siguiente acerca de la disposición de Espíritu Santo para bendecir:



A menudo imagino al Espíritu Santo como un caudaloso río, pero que está represado o contenido por obstáculos de una u otra índole. Imagina un hombre parado frente al dique suplicándole al río, en oración, que fluya. ¡Qué absurdo! “¿Por qué?”- contestaría el río- “Eso es justo lo que quiero hacer. No te desgastes en esas repeticiones vanas. Fluir es algo natural en mí. Yo estoy más ansioso por fluir, que tú por que yo fluya”.



Oh, sí, ese es el secreto. Hay un dique en tu vida, un dique de pecado. Hay obstáculos en el camino, obstáculos de inflexibilidad. Se trata del pecado. ¿¡Me escuchas!?– ¡Pecado! Despeja el cauce del río y el agua fluirá perfectamente. Ni siquiera tendrás que pedir al Espíritu Santo que te llene. De hecho, no podrás dejarlo fuera. Él vendrá y te llenará de su propia voluntad. ¡Oh, cuán deseoso está de entrar! ¡Cuán ansioso está por tener el control! ¿Por qué no darle una oportunidad? (Smith, Oswald, Enduement of Power: Basingstoke, Marshall Morgan & Scott, 1983, pg.43.)



¿Creemos realmente que el Espíritu de Dios duda en llenarnos? ¿Creeremos que Él necesita que le supliquemos para que refresque y renueve nuestra tierra maldita por el pecado? ¿Acaso no es Su deseo que caigamos rendidos ante el Señor Jesús y andemos en obediencia y fidelidad a Su propósito? ¿No es Él realmente como un gran río que espera inundar nuestras tierras y naciones para la Gloria de Dios Padre? Esto es lo que sucede en Hechos 2.



Al igual que Oswald Smith, me inclino a creer que el Espíritu de Dios está más dispuesto a bendecir que nosotros a recibir esa bendición. El obstáculo para recibir la bendición soy yo mismo y son las barreras de pecado que he puesto en mi vida. La ilustración de Oswald Smith muestra a un hombre sentado sobre un dique de pecado, suplicando al Espíritu de Dios que fluya. No hay duda de que Espíritu Santo puede derribar ese dique. El mayor obstáculo no es el dique, sino el hecho de que el hombre no está dispuesto a permitir que el Espíritu de Dios lo derribe.



Lo que vemos en Hechos 2 es la obra poderosa del Espíritu de Dios en la ciudad de Jerusalén. Al observar mi vida y mi comunidad, veo la necesidad de que el Espíritu de Dios se derrame de la misma manera. Me motiva ver lo que Dios hace en el libro de Hechos. Sin embargo, me siento desafiado a preguntarme qué es lo que impide que obre en mi vida. ¿Qué debo rendir a Él? ¿Qué pecados debo dejar y confesar?



¿No se deleita Dios en transformar nuestras vidas y comunidades a la imagen de Cristo? ¿Qué es lo que impide que esto suceda? La respuesta se encuentra en 2 Crónicas 7:14:



14 si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.



En este versículo el Señor deja bien claro que si el pueblo de Dios quisiera este maravilloso derramamiento del Espíritu de Dios sobre su tierra, necesita humillarse y orar. Esta humillación tiene que ver con reconocer la culpabilidad, y la oración es una oración de humildad ante Dios, al confesar el pecado y admitir el fracaso. El pueblo de Dios también debía buscar Su rostro y convertirse de sus malos caminos; es decir, debían renunciar a su pecado y rendirse al Señor.



Hechos 2 nos da una idea de lo que el Espíritu de Dios quería hacer y estoy seguro que este sigue siendo Su deseo en la actualidad. Sin embargo, el negarnos a entregarle nuestro pecado es el gran obstáculo para esta obra maravillosa. En lugar de planificar e intentar organizar un movimiento del Espíritu de Dios, sería bueno si pasáramos tiempo limpiando el cauce del río y eliminando los diques. Esto comienza con nosotros en lo personal. A medida que avancemos en este estudio, pídale al Espíritu de Dios que le muestre qué es lo que obstaculiza que Él obre más en su vida.





Para reflexionar:

¿Qué estaba haciendo el Espíritu Santo en la iglesia primitiva? ¿Qué evidencia tenían de Su presencia?

¿Fue este movimiento de Dios algo que la iglesia primitiva había planeado y organizado? Explique.

¿Qué obstaculiza la obra del Espíritu en nuestros días? ¿Habremos tratado de organizar un movimiento del Espíritu de Dios sin tratar con nuestro pecado?

¿Será que Dios no quiere derramar sus bendiciones sobre nosotros? ¿Por qué no vemos más bendición y poder hoy en día?



Para orar:

Agradezcamos al Espíritu de Dios por su deseo de moverse en medio nuestro y transformarnos a la imagen de Cristo.

Pidamos al Señor que nos revele cualquier cosa que no hayamos rendido voluntariamente a Él.

Pidamos a Dios que se mueva en nosotros de una manera más profunda. Tomemos un momento para ofrecernos nuevamente a Él como instrumento suyo, sin importar el precio.



3 - LA DEVOCIÓN DE LOS CREYENTES

42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hechos 2:42).



Hemos visto en Hechos 2 que al Espíritu de Dios le plació moverse entre los primeros creyentes. Aunque el gran despertar que ocurrió en aquel tiempo fue puramente obra del Espíritu Santo, el pueblo de Dios también hizo su parte. El Espíritu Santo quiere obrar en corazones y vidas que estén dispuestos a recibir lo que Él está haciendo. Hechos 2:42 nos dice que los primeros creyentes estaban consagrados a cuatro principios. Estos principios los examinaremos con más detalle en los capítulos siguientes. Por ahora es importante que los mencionemos pues se relacionan con la obra que el Espíritu de Dios estaba haciendo en aquellos días. Durante esos días de avivamiento, los creyentes de Jerusalén perseveraban en los siguientes principios:



1. La doctrina de los Apóstoles.

2. Comunión

3. El partimiento del pan.

4. La oración.



Observe la palabra que se utiliza aquí en el versículo 42. La versión Reina Valera del 60 usa la palabra “perseveraban”. La palabra significa literalmente adherirse, dedicarse o persistir en algo. Esto es lo que estaba sucediendo en la iglesia primitiva. A medida que el Espíritu de Dios se movía entre ellos, el pueblo de Dios se mantuvo plenamente firme en la instrucción de la Palabra de Dios, la comunión y en recordar a Cristo en el partimiento del pan y las oraciones.



Tenemos que entender que Satanás no estaba contento con lo que estaba sucediendo en aquellos días. Puede estar seguro de que se estaba librando una batalla espiritual en Jerusalén en aquel momento. En la historia de los avivamientos, ha habido momentos en que la iglesia se ha distraído y extraviado. A veces las experiencias y los milagros tienen prioridad por encima de la clara enseñanza de la Palabra de Dios. A veces el enemigo pone a un creyente en contra de otro y causa división en el cuerpo de Cristo. El enemigo puede atacar de muchas maneras durante tiempos de gran despertar. ¿Qué protegía a la iglesia en aquellos días? Fue su perseverancia en los cuatro principios mencionados en el versículo 42.



Al perseverar en la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y la oración, aquellos hombres y mujeres se fortalecían en su fe y se conducían de la manera en que Dios quería que lo hicieran. Estos cuatro principios los mantenían en sintonía con Dios y les impedían que se apartaran de Su propósito.



La Escritura enseña que es muy posible que aflijamos al Espíritu Santo. Veamos lo que Pablo escribió en Efesios 4: 29-30:



29 Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. 30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.



Parece, al leer esto, que podemos entristecer a Dios y la obra de Su Espíritu en nuestras vidas al rendirnos a nuestra carne. Contristar al Espíritu de Dios es resistir la obra que El quiere hacer en nuestras vidas. Hay innumerables maneras en que podemos resistirnos a lo que Dios está haciendo.



Hay un pasaje muy desafiante en 2 Reyes 17: 16-20. El pasaje habla de las naciones de Israel y Judá y su rebelión contra Dios:



16 Dejaron todos los mandamientos de Jehová su Dios, y se hicieron imágenes fundidas de dos becerros, y también imágenes de Asera, y adoraron a todo el ejército de los cielos, y sirvieron a Baal; 17 e hicieron pasar a sus hijos y a sus hijas por fuego; y se dieron a adivinaciones y agüeros, y se entregaron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, provocándole a ira. 18 Jehová, por tanto, se airó en gran manera contra Israel, y los quitó de delante de su rostro; y no quedó sino sólo la tribu de Judá. 19 Mas ni aun Judá guardó los mandamientos de Jehová su Dios, sino que anduvieron en los estatutos de Israel, los cuales habían ellos hecho. 20 Y desechó Jehová a toda la descendencia de Israel, y los afligió, y los entregó en manos de saqueadores, hasta echarlos de su presencia.



Hay varios detalles que necesitamos analizar en estos versículos de 2do de Reyes. Veamos que a pesar de que Israel y Judá eran pueblo escogido de Dios, le dieron la espalda para ir en pos de otros dioses. Dios no los detuvo. Este pueblo de Dios se inclinó ante los ídolos y adoró las estrellas. Sacrificaron a sus hijos en altares establecidos en tierras de otros dioses. Eran culpables de practicar la brujería y otras artes demoníacas. El resultado fue devastador, Dios quitó Su presencia de ellos (versículo 18), los rechazó (versículo 19), los afligió y los entregó a sus enemigos (versículo 20), y finalmente, los expulsó de Su presencia (versículo 20).



Aquí hay una advertencia muy fuerte para nosotros. El Espíritu de Dios se deleita en moverse a nuestro alrededor. El hecho de que no estemos dispuestos a rendirnos a lo que Él está haciendo lo aflige. En 2do de Reyes 17, el Espíritu de Dios estaba tan contrito que se apartó de Su pueblo, le dio la espalda y los expulsó de Su presencia.



A medida que el Espíritu de Dios se movía en aquellos días, la iglesia se rendía a lo que éste estaba haciendo, perseverando en la enseñanza de la Palabra, la comunión, el partimiento del pan y la oración. Mediante estos cuatro principios, la iglesia fue capaz de apoyarse mutuamente, permanecer en la verdad y conocer la perfecta dirección y bendición de Dios.



Qué fácil habría sido para el enemigo distraer la iglesia primitiva. Eran hombres y mujeres inexpertos y sencillos. Muchos habían conocido la fe en Cristo recientemente y el entendimiento de Su voluntad y propósito era limitado. Sin embargo, al entregarse a Dios y dedicarse a estos principios espirituales fundamentales fueron fortalecidos y preparados para la maravillosa obra que el Espíritu de Dios estaba haciendo en aquellos días.



Durante los próximos capítulos estudiaremos estos cuatro principios más detalladamente. Al hacerlo, veremos que los mismos son vitales si queremos experimentar el Espíritu de Dios moviéndose con poder en nuestros días.





Para reflexionar:

¿Cuáles fueron los cuatro principios espirituales fundamentales a los que se dedicó la iglesia de Jerusalén en Hechos 2?

¿Podemos oponer resistencia al Espíritu de Dios? ¿Cuál es el resultado cuando lo hacemos?

¿Cómo pueden los cuatro principios mencionados en este pasaje mantenernos en sintonía con Dios y lo que Él quiere hacer en nuestras vidas?

Mire detenidamente los cuatro principios mencionados en Hechos 2:42. ¿Persevera usted en ellos?



Para orar:

¿Qué ha estado haciendo el Señor en su vida? Pídale que le dé la gracia para entregarse a la obra de Su Espíritu Santo mientras trata de transformarle a la imagen de Cristo.

Pídale a Dios que le ayude a perseverar más en Su palabra, al compañerismo con otros creyentes, a recordar a Cristo y a la oración.

Tome un momento para agradecer al Espíritu de Dios por Su deseo de obrar en usted.

4 - LA DOCTRINA DE LOS APÓSTOLES

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:42)



En los dos capítulos previos, examinamos el deseo del Espíritu Santo para la iglesia y la perseverancia de la iglesia en algunas disciplinas espirituales fundamentales. En esta sección, debemos dedicar tiempo para considerar cada una de ellas. La primera disciplina en la que la iglesia primitiva perseveraba era la doctrina de los apóstoles.



El primer detalle que debemos considerar es la palabra “perseverar”. Ésta, en el idioma original, se refiere a una adherencia estricta a algo. También puede referirse a constancia o a un cuidado incesante. Tomemos un momento para considerar esto de forma más detallada.



La iglesia primitiva perseveraba en la doctrina de los apóstoles, esto significa que estaba comprometida con la verdad de esa enseñanza y vivía en absoluta obediencia.



En primer lugar, la iglesia primitiva creía que lo que los apóstoles enseñaban era verdad. Estos creyentes entendían que aquéllos habían recibido esta enseñanza directamente del Señor Jesús. También comprendían que el Espíritu Santo había sido derramado sobre estos hombres para instruirlos en la verdad que Jesús había revelado (véase Juan 14: 25-26). La doctrina de los apóstoles no era de origen humano, fue dada por Jesús y afirmada por el Espíritu Santo y fue voluntad y propósito de Dios para la iglesia. La iglesia primitiva creía esto con todo su corazón.



En segundo lugar, la iglesia primitiva perseveró, se comprometió, en esa enseñanza al tomar una decisión consciente de caminar en absoluta obediencia a lo que los apóstoles enseñaron. Un marido no está comprometido con su esposa si no es fiel a ella. Es muy posible creer que la Escritura es verdadera y no vivir fielmente según su enseñanza. Perseverar en la doctrina de los apóstoles implicaba un compromiso por parte de la iglesia primitiva de vivir en obediencia a la verdad que ellos enseñaban.




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