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Atrévete a quererme

Norah Carter



Atrévete a quererme

©2016 , Norah Carter



Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.






















A Duna, Layla y Kuka, gracias por formar parte de mi vida.

A Xavi, por dejar en mi corazón una gran huella. A José Luis, por ser mi otra mitad.

A Daniel, por ser lo que más amo.


Hacía frío, era una mañana invernal. Me sentía un poco mal, tenía un resfriado de estos que te dejan mal cuerpo, pero yo, cabezona como la vida misma, tenía claro que en la cama no me quedaba, así que ahí estaba, café en mano mientras mordisqueaba la tostada y con una mañana laboral muy ajetreada. Mi trabajo en las oficinas de mi padre eran caóticas, demasiado personal, menos mal que yo me encerraba en mi oficina y me alejaba del mundo.

Me gustaba mi trabajo en las oficinas de nuestras Bodegas, mi departamento era la parte comercial, siempre lo tuve claro. Nuestra empresa producía vino y lo distribuía, la verdad que funcionaba muy bien.

Yo, a mis treinta y nueve años, estaba cómoda, vivía sola y de vez en cuando tenía alguna relación, pero no me solían durar. Era muy presumida, me encantaba arreglarme a diario, mi media melena rubia siempre iba intacta, tener el pelo liso me lo facilitaba bastante. Al medir un metro sesenta tenía que recurrir mucho a los tacones para verme más esbelta.

Tenía que recuperarme rápido, me iba el fin de semana a Marruecos con mi amiga Lucía, solíamos ir un finde semana al mes. Desconectábamos y además nos lo pasábamos pipa de compras por allí.

Lucía era una morena muy guapa, su larga melena negra la hacía muy sensual. Ella era más joven que yo, tenía treinta y unos años. Era muy fácil llevarse bien con ella, tenía mucho sentido del humor, éramos inseparables. Ella vivía también sola y de vez en cuando nos quedábamos juntas en alguna de las dos casas.

Me pasé la semana congestionada, el viernes parecía nueva. Así que partimos temprano en barco a Tánger y allí cogimos un taxi a Chaouen, nuestro pueblo favorito. Nos conocían de sobra allí, nos trataban muy bien; el pueblo era pequeño, en una montaña, las calles de la Medina estaban pintadas de azul. Pasear por aquellas calles era respirar paz, volver cincuenta años atrás, pero había una energía tan positiva que invitaba a enamorarse de ese lugar enclavado en las montañas del Rif.

Al llegar a Chaouen fuimos directamente a la casa; yo me la compré hacía varios años, me costó muy barata, y la quería tener como lugar al que ir siempre para desconectar. Además, solía descansar en Septiembre todo el mes. Siempre soñé con tirarme un año sabático e irme a vivir allí. Algún día lo haría.

Lo bueno de tener la casa era que no cargaba con nada, allí tenía ropa suficiente y todo lo necesario, de vez en cuando llevaba algo nuevo para renovar armario. Tenía una chica de confianza que me cuidaba la casa, Layla: tenía cuarenta años, era madre de dos pequeñajos y su marido trabajaba en el campo. Me la limpiaba y, cuando yo iba, también me cocinaba.

Llegamos y ya olía a comida al entrar en la casa, Layla estaba cocinando los platos típicos para agasajarnos a placeres, era impresionante cocinando.

Nos dio un fuerte abrazo y empezó a ponernos al día de los chismorreos del barrio.

Por cierto, había vuelto la familia más rica del pueblo, tenían una preciosa mansión a las afueras. Siempre me contaron su historia, pero nunca los conocí.

La gente de allí los respetaba mucho por todo lo que habían hecho siempre por los demás. Era un matrimonio ejemplar de sesenta años y tenían dos hijos: uno de cuarenta años llamado Abdul y otro de treinta y cinco llamado Naser. Decían que eran muy guapos y educados. Que era un placer hablar con ellos, no les gustaba destacar.

Tenía curiosidad por conocerlos. Lucía bromeó diciendo que Abdul para mí y Naser para ella.

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Layla agachaba la cabeza riéndose, se cortaba con nuestras cosas, pero se lo pasaba bomba, ya estaba acostumbrada a nosotras.

Comimos un tajine de ternera con ciruelas y patatas fritas que estaba de muerte. ¡Cuánto me gustaba! Luego salimos a dar una vuelta a tomar un té a la plaza Outa el Hammam de la Medina de Chaouen, nosotros estábamos a cien metros de ella.

Nos sentamos en una terracita, mirando el ir y venir de la gente; nos encantaba, parecíamos las reinas. ¡Qué de veces saludábamos!

A lo lejos vi a dos chicos desconocidos, eran monísimos.

—Tienen un rollito que llama la atención— le dije rápido a Lucía—. ¿A que son Abdul y Naser? —me puse las manos en la cabeza, alucinada.

—Pinta que sí, Natalia —dijo muerta de risa.

De repente venían para donde estábamos, nos miramos y quisimos disimular.

Se sentaron en la mesa de al lado, giré mi cabeza y me encontré con sus ojos. Mirándome. Mantuvimos la mirada varios segundos, parecía que me hablaba; ya tuve que retirar la mirada, me quedé nerviosa.

Lucía bromeó conmigo, creo que me intentó quitar la cara de gilipollas que se me había quedado. Pero yo estaba en estado de shock, esa mirada me había dejado impactada.

Encendí un cigarro y lo volví a mirar, me estaba observando. Se encendió un cigarro, se le notaba que estaba deseando decirme algo. Yo también, quería saber si era Abdul.

Empecé a charlar con Lucía, quería quitarlo de mi cabeza, me costaba concentrarme.

De repente vino el camarero y nos plantó un plato de dulces típicos mientras señalaba a él y decía que el señor Abdul y Naser nos invitaba.

Nos quedamos sorprendidas y los miramos agradeciendo el gesto. Empezamos a charlar en la distancia, hasta que nos invitaron a sentarnos con ellos. Ni dos minutos y ya éramos dos coloquios diferentes: Lucía y Naser charlando por un lado y Abdul conmigo por otro. Las teteras volaban. Abdul me contó que pasaron unos años en Marrakech pero que todos añoraban la paz de Chaouen y decidieron volver.

A Abdul y a su familia no les hacía falta trabajar, habían heredado muchas tierras y dinero, pero sus padres siempre se preocupaban en proyectos para los más desfavorecidos y pasaban, diariamente, horas dedicadas a ello. Abdul era profesor en un instituto en Marrakech, ahora se incorporaría en el próximo curso a un instituto de Tetuán, era la ciudad más cercana a Chaouen, podía ir y volver sin problemas en el día. Su hermano era médico, también se incorporaría inmediatamente en Tetuán en un hospital. Su acomodada clase les permitía elegir destino.

Escuché cómo Lucía le contaba a Naser que ella trabajaba en una tienda de moda de encargada. Vamos, la tienda era de ella. Pero le iba tan bien que tenía varias empleadas y se podía permitir desaparecer cuando quisiera.

Me preguntó si tenía pareja, me reí negando con la cabeza.

—Me parece extraño que una chica con tu simpatía y belleza que no tenga marido.

Le di las gracias y le solté:

—¡No hay hombre que me aguante!

—No me lo creo —sonrió.

—Y tú, ¿estás casado o con pareja?

—No hay nadie que me aguante —me dijo sonriendo.

Nos echamos a reír.

Las teteras seguían volando, el té estaba delicioso y hablar con él hacía que el tiempo volase.

Nos invitaron a cenar en la terraza de arriba de un precioso Riadal que Lucía y yo solíamos ir.

Nos reímos tela, nos contaron mil aventuras en Marrakech, pero se veían muy nobles.

Al lado nuestro habían puesto dos estufas de esas largas, se estaba de muerte.

—Os venís mañana a mi casa a comer —dijo Abdul, confirmando.

Lucía aceptó rápidamente, yo encogí los hombros. Seguidamente nos dijo que a la una nos recogerían.

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Hablábamos de nuestras vidas. Los invitamos a que fueran a Cádiz.

—Gracias, aceptamos ir —dijo mirando a Naser, que afirmaba también con la cabeza.

Intercambiamos teléfonos y nos agregamos al Facebook. Él se puso a chismorrear mi muro, de vez en cuando fruncía las cejas y me miraba a modo de regaño por algunas fotos en bikini. Yo me reía y le decía que era española. Él sonreía negando con la cabeza a modo de broma.

Nos acompañaron hasta la puerta de la casa. Abrió Layla, su cara de impacto era para fotografiarla.

—Buenas noches — consiguió decir en voz baja.

Abdul y Naser respondieron amablemente al saludo. Seguidamente se fueron.

Al entrar Layla cerró rápidamente la puerta, muerta de risa, exigiendo saber qué fue eso.

Se lo conté de manera graciosa incluyendo la invitación a su caserón.

Layla estaba flipando. Se fue a su casa en estado emocional grave, no se quitaba las manos de la boca. Fue muy divertido.


Por la mañana despertamos a las diez. Ya Layla nos tenía preparado ese fabuloso desayuno con té, café, zumo de naranjas

y tostadas.

Nos pusimos a hablar de Abdul y Naser, de cómo tenía que ser la casa. Sabíamos que no estarían sus padres porque nos lo dijeron, sólo el personal de servicio.

—¿Y si nos violan? —dijo Lucía bromeando.

—Pues te relajas y disfrutas —le dije riendo mientras le daba una tostada que le había untado.

Layla seguía limpiando y riendo por semejante burrada mientras soltaba que nos veía con un velo a cada una.

—¡Apañados van! —dije en tono descojonante.

Esperamos preparándonos a que dieran la una, justo la hora en que sonó la puerta.

Madre mía, ¡qué atractivo venía! Nos saludamos y les seguimos andando hasta el taxi que nos llevaría a su casa.

En el camino hablaban con nosotras pero muy serenos, no les gustaba ni hacerse los graciosos ni destacar. Abdul era muy atento. Para la cultura en la que se habían criado, se les veía muy occidentales, cosa que molaba.

Al llegar a la puerta de su casa la miré impactada, la verdad que impresionaba bastante.

—Adelante —dijo Naser.

La casa se veía que era antigua y totalmente restaurada, respetando los habitáculos anteriores, pero dejando detalles de su vida anterior. Era una pura casa árabe a lo más tradicional pero todo muy original y llamativo. Tenía un sótano del tamaño de toda la vivienda, parecía una cueva ya que todas sus paredes eran de piedra.

Nos habían preparado la mesa llena de especialidades de Marruecos: como mi sopa preferida llamada Harira, cuscús y un tajine de cordero. Se respiraba respeto y un trato muy familiar con sus empleados. Me gustaba esa sensación tan cercana y cariñosa con la que se trataban. Pasamos una tarde preciosa, entre risas y contando un poco de nuestras vidas. Entre Abdul y yo había mucha complicidad, hablábamos con la mirada, ¡Era tan sensual!

Abdul medía un metro y setenta y seis centímetros, de tez morena pero no muy acentuada, media melena que le quedaba de muerte, delgado pero con buen físico. Tenía un aire muy bohemio y transmitía mucha paz, era un tipo culto, interesante y muy respetuoso. A mí se me caía la baba con él.

Lucía y Naser dijeron que se iban a Tetuán a pasear por el Gran Caos, yo preferí quedarme en el pueblo con Abdul y disfrutar de la tranquilidad.

Nos sentamos en una terraza de la plaza. Las mujeres marroquíes pasaban con sus chilabas y velos. De repente pasó una chica con unos vaqueros y una camisa muy bonita, llevaba velo pero no vestía tradicionalmente. Abdul la miró y, al comprobar que yo la estaba mirando, soltó una broma:

—Así iras tú muy pronto.

Lo miré desafiante y le dije que le deseaba suerte.

—¿Quieres ver que en poco te pondrás el primer velo?— soltó de forma seductora y relajada.

—Tienes mucha fe, Abdul —le respondí mientras encendía un cigarro a modo de rebeldía.

—No deberías fumar, Natalia, es cuestión de salud.

—Tú fumas le reproche irónicamente—. Ni tú deberías estar aquí sentado con una occidental y encima liberal como la vida misma— le dije mientras le guiñaba el ojo.

Le entró una suave risa que me ponía cardíaca, me subía la

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temperatura con sus gestos. Madre mía… cómo babeaba. Y lo peor es que no sabía disimular.

Me dijo que el fin de semana siguiente lo quería pasar conmigo a solas, yo me quedé impactada por su confesión.

—Vente a Cádiz —le dije riendo.

—Claro, cómo no —levantó el té y lo chocó contra mi vaso, a modo de de aceptar lo que le había sugerido.

Me dijo que cogería un hotel, le dije que se podía quedar en mi casa pero me respondió que quería ir poco a poco.

—¿Poco a poco, Abdul? ¡Ni que te estuviera pidiendo matrimonio o algo serio! —le pregunté y exclamé en modo riña.

Él se reía y se echaba las manos a la cabeza.

—Natalia, no, matrimonio no, que me cargo a mi familia si le digo que me caso ya con una occidental y que he conocido ahora— bromeaba con esa mezcla de acento que le producía el castellano.

—Bueno, si es cuestión de cargarse a la suegra déjalo en mis manos que me dura dos telediarios —seguidamente le choqué yo el té contra su vaso.

—¡No puedes hacer eso, Natalia! —dijo tapándose la cara con la mano.

—Pues espero que tu madre sepa entender que nos amamos, queremos casarnos y tener hijos pronto, al que por supuesto inculcaremos una fe cristiana —dije seria y convencida de que de esta me lo cargaba y no vendría a Cádiz a verme. Evité reír.

—Claro, eso que le quede claro a la mía. Y a la tuya que a partir de ahora te verá con un velo, una chilaba y obedeciendo la voluntad de tu esposo —sonrió irónicamente.

Ya nos entró una risa a los dos difícil de parar, no sé quién de los dos dijo el disparate más gordo, pero vamos, que tuvimos todo el arte.

—Natalia, si te enamoras de alguien, no debes cambiarla, puesto que si no deja de ser aquella persona que te cautivó. Todos tenemos nuestras formas, modales y creencias. Respétame y te respetaré, no hace falta cambiar lo que admiras.

Este Abdul me tenía impresionada, algún fallo tenía que tener. Estaba claro que no estábamos enamorados, pero sí tuvimos mucho feeling desde el minuto uno y estábamos cómodos juntos.

—¿Qué te apetece ahora, Natalia?

—¡Una cerveza! —le solté para ver su cara.

—Vamos, sígueme.

Me levanté mientras él iba a pagar, pero dudaba que un hombre así me fuera a llevar a mí a tomar alcohol.

Llamó por teléfono, y antes de salir de la plaza ya tenía un coche con conductor esperándonos. Le dijo algo en árabe. Yo iba callada mirando el atardecer por mi ventana, ellos iban hablando, parecía que chillaban pero es que allí hablaban así; me parecía tan bonito escuchar con qué profundidad lo hacían, era un idioma con mucha personalidad.

Me llevó a un hotel a las afueras de Tetuán, tenía una preciosa terraza cerrada de cristales y una música ambiente marroquí que te dejaba relajadísima… Se acercó el camarero y Abdul pidió algo para los dos. Bromeó diciendo que todo lo que pidiera y estuviera en sus manos, sería un placer poder concedérmelo. Seguidamente el camarero apareció con una cerveza y una copa de vino.

—¿Bebes alcohol? —pregunté impresionada.

Cogió la copa y se acercó a mi oído.

—Cuando la ocasión lo requiere, pero no se lo digas a nadie.

Volvió hacia atrás lentamente con sus pupilas clavadas en las mías, me dejó helada, ¡me ponía cardíaca!

—¿De verdad vendrás a Cádiz? —pregunté porque ya no sabía cuando me hablaba en broma o no.

—Claro, está a un paso, en cuarenta y cinco minutos de ferry ya estoy allí. No puedo perderme pasar el fin de semana con una española que para colmo tiene unas bodegas, es graciosa y a la que quiero enamorar.

—Uy, Abdul, creo que va a ser el trabajo más duro que hayas hecho, que no lo vas a tener fácil, vamos —dije con una sonrisa y un descaro desproporcionado.

—Ya veremos, Natalia.

—Ya veremos, Abdul —respondí, chocando esta vez las copas.

Cenamos una ensalada marroquí en ese lugar tan bonito que yo no conocía, luego nos trajeron un cordero que me haría volver

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más veces a ese lugar. Abdul comía con cubierto, imagino para hacerme sentir más cómoda y yo bromeaba haciendo pinzas con las manos y comiendo con ellas.

Se reía mucho, me decía que era una niña muy rebelde y yo le contestaba que niña cuando quería y mujer cuando lo deseaba.

Negó con la cabeza en señal de estar alucinando con mis respuestas.

Volvimos a Chaouen y en la plaza nos encontramos con Lucía y Naser, quedaron en llevarnos a Tánger al día siguiente para despedirse de nosotras.

Por la noche nos dieron las tantas a Lucía y a mí contando nuestras impresiones, creo que las dos volvíamos con el gusanillo de que pasaría con ellos.

Por la mañana desayunamos en la plaza con Abdul y Naser y luego nos dirigimos hacia Tánger. Por el camino estuvimos muy graciosos todos y hablando de que nos querían llevar al desierto de Merzouga en las próximas vacaciones y que haríamos el trayecto en 4x4.

En Tánger nos despedimos y quedamos en vernos el viernes en Tarifa a las cinco, yo los recogería.

El barco salió de retorno para España y rápidamente sentí que era una vuelta diferente a las demás, que esta marcaría un antes y un después en mi vida.


Empecé la semana sin sacarme de la mente a Abdul, estaba deseando que llegase el viernes para volverlo a ver. Había algo de él que me atraía mucho. Llegué a las bodegas y me encontré con mi compañera Bea, era de estas chicas que siempre tenían una sonrisa en la boca. Le conté que había conocido a un marroquí, se vino corriendo a mi despacho a tomar un café para que le contara, estaba impactada y alucinando por la visita que me haría el fin de semana. De repente me entró un WhatsApp al móvil, era de Abdul. Las dos nos miramos sorprendidas.

Buen comienzo de semana, Natalia, espero que hayas ido a trabajar con velo en señal de respeto a tu futuro marido”.

Lo leímos varias veces, nos reímos tela, ya le había contado lo que nos picamos con esas cosas en broma.

Seguidamente le respondí:

Claro, tráeme alguno bonito para tener para cambiarme”.

Le di a enviar y no hacíamos más que reír. Su respuesta fue automática:

Te compraré los velos, sé buena y sobre todo cuídate”. Respondí con más ironía si cabe:

Igualmente, sé bueno y cuídate. De paso una chilaba bonita tampoco me importaría”.

Me encantó que se hubiera acordado de mí y me escribiera. Me quedé sola en el despacho viendo las cuatro fotos que me hice con Abdul. ¡Babeaba!

Toda la semana me la pasé de peluquería, estética, comprando ropa y me hice las uñas de gel a la francesa. Quería estar lo más guapa posible para mi Abdul, ya me tenía ganada, hacía tiempo que no sentía esa sensación de tanto interés por alguien, me tenía seducida; me imaginaba dándonos un revolcón y algo me decía que debía ser toda una bomba sexual, me ponía a mil solo con la mirada tan intensa que tenía.

El jueves me llegó un nuevo WhatsApp de él:

Hola, preciosa, recuerda mañanatraer tu maleta de fin de semana, hasta el domingo no vuelves a casa”.

¿Pero él no me dijo que se iba a un hotel para no ir tan deprisa? Reí de pensar que sería capaz de haber reservado dos habitaciones.

Tenía que salir de dudas.

Abdul, ¿me has reservado otra habitación para mí?” Esperé sin quitar la vista de la pantalla.

No, tú duermes en el garaje del hotel, dentro del coche”.

Me encantaba su humor, me encantaba todo de él. Estaba deseando verle. No le contesté más para no hacerme pesada.

Salí a dar una vuelta, entré en una tienda y me compre un pañuelo para echármelo por la cabeza, en plan broma, a su llegada. Era precioso: rosa fucsia, llamativo. Encima de mi pelo rubio resaltaría.

Reí de pensarlo.

Por fin acababa de terminar mi jornada laboral, hasta el lunes; salí de los despachos y me fui a una terraza a comer sola. Ya tenía todo listo en el coche, salí hacía Tarifa. Al aparcar para darle el encuentro, saqué el pañuelo y me lo dejé caer por la cabeza, echando para atrás una de las puntas. Sonreí al verme frente al espejo. Y ahí bajé, con mis vaqueros pitillos, una camisa vaquera metida por dentro, unos taconazos y mi velo. Me sentía guapa. Lo vi aparecer de lejos, ya me estaba mirando muerto de risa, negando con la cabeza y directo hacia mí.

—Estás preciosa —dijo mientras me daba un cálido abrazo.

—Gracias —respondí sonriendo.

—Sabía que lo harías antes de que te lo pidiese— dijo bromeando, señalando al velo.

—¡Soy muy fácil! — dije medio chillando a modo de de broma. —No me viene mal saberlo. ¿Puedo preguntarte algo?

—Adelante, caballero.

—¿Estás segura de pasar cuarenta y ocho horas con este extraño? —dijo de manera seductora.

—¡Claro! Llevo un chip y tengo avisada a la policía, los Geos y a todos los cuarteles militares de la zona. Más vale que seas bueno ya que nos tienen vigilados.

—No me asustan, créeme —me dijo con tono suave y casi intimidante, hasta se me pasó por la cabeza qué hacía allí. Pronto me entró la risa—. Por cierto, ya puedes quitarte el velo, ya te lo pondrás cuando sea necesario.

—¡No te lo crees ni tú! —chillé para dejarle claro que nunca sería necesario.

Seguidamente nos reímos.

Me pidió las llaves de mi coche y me mandó con el dedo a la otra puerta, de copiloto.

Conocía muy bien la zona, así que empezó a conducir y me llevó a la zona de Costa Ballena, en Rota. Tenía reservado un hotel precioso tipo caribeño, yo ya había estado en él varias veces.

La habitación era preciosa, con una terraza impresionante mirando al mar, había dos camas enormes de matrimonio. ¡Eran gigantes!

Colocamos las cosas y bajamos a tomar algo, pedimos dos Gin Tonics. Yo estaba en una nube, sus miradas eran penetrantemente seductoras, me moría por darle un beso, pero jamás daría ese primer paso y menos con él, que con su cultura me imponía más.

—¿Qué piensas sobre la vida europea, Abdul? —dije mientras sacaba un cigarrillo y le ponía los ojos en blanco, esperando su respuesta.

Me miró impactado por tal pregunta.

—No le veo diferencia con ninguna otra.

—¿Cómo que no, Abdul? —dije asombrada por su respuesta.

—Natalia, ya irás descubriendo cómo soy, cómo veo la vida y cómo actúo. No quieras sacar conclusiones de anécdotas o algunas vivencias en mi país ocasionales. Conoce a la persona desde dentro. Y no te hagas ideas inequívocas.

—En tu país solo he conocido personas magníficas que me respetan y siempre se ofrecen de alguna manera u otra, pero la cultura es muy diferente.

—La cultura es una definición muy amplia, pero no tiene que ver con la personalidad ni con los sentimientos de las personas. Anda no te ralles más, es más sencillo, quizás, si te dejas llevar.

Sigue a tu corazón y descubre tus inquietudes.

—Vale —afirmé mientras reía cortada.

Se nos pasó la noche charlando, descubrí muchas cosas de él. Era una persona cercana pero no terminaba de contar toda su vida, algunas anécdotas pero muy cuidadas. Algo me decía que había temas que evadía, pensé que quizás no se fiaba de mí en tan poco tiempo y yo, que era muy preguntona, fijo que lo frené.

Subimos a la habitación un poco achispados, pero él nunca perdía la compostura, era muy atento.

Una vez en la habitación agarré mi pijama y fui al baño a cambiarme, mientras pasaba por su lado se acerco a mi oído y me dijo suavemente que estuviera tranquila, no pensaba mirar. Me entró un ataque de risa y se lo dije mientras me iba, que por soso ya no le hacía el striptease, a lo que soltó un sonrisa acompañada por una negación como diciendo que yo no tenía remedio.

Cuando salí, estaba ya metido en la cama con una camiseta blanca de manga corta. ¡Estaba para comérselo!

Me metí en mi lado y me senté. Como él bajó las sábanas, nos miramos y me dijo:

—Ha sido muy bonito el día contigo —yo estaba flotando de escucharlo, prosiguió—. Me siento atraído por ti, conocerte fue algo imprevisto pero afortunado. Aquí estoy, no séqué pasará mañana, pero aquí estoy.

—Yo también, Abdul —dije muy suave.

Entonces agarró mi mano y la puso entre las suyas, las acercó lentamente a sus labios y las besó con mucho cariño.

—Descansa. Buenas noches, Natalia.

—Igualmente, Abdul.

Apagó la luz y se volvió para la pared.

Yo estaba flipando, me dice que le gusto, se viene a mi país a verme, me mete en su habitación y… ¡Ahora me dice buenas noches!

No me lo podía creer. Ni un beso, ni una caricia, ni un gesto de deseo… Nada de nada. No pedía un polvo, pero algo más de romanticismo no me importaba. Sonreí de pensarlo.

Por la mañana despertamos a la vez, parecía que estábamos sincronizados. Su teléfono sonó, él miró quién era y lo silenció rápidamente.

—Cógelo si quieres, voy al baño. Buenos días.

—Buenos días. Puede esperar la llamada.

Me duché pensando que esa llamada le había cambiado el semblante, podía ser cosa mía, pero me daba esa sensación.

Fuimos a desayunar, yo estaba babeando, me parecía tan guapo y seductor que me tenía encandilada.

—Abdul, ¿no has tenido ninguna relación sería?

—Sí, pero prefiero no hablar de ello.

—Perdón, no pensé que tuvieras una historia que aún te causara recordar.

—No pasa nada. De todas formas no tengo sentimientos agradables, es por eso.

—Vale, no te preocupes, Abdul.

Empecé a comer la tostada, me quedé sin palabras, cada vez tenía la sensación de que tenía algunos temas en su vida que iban a ser difícil de descubrir y me di cuenta de que le había incomodado la pregunta.

—Natalia, ¿cuándo piensas volver a Chaouen?

—Voy el fin de semana que viene, se casa la hermana de Layla y no puedo fallarles, además me hace mucha ilusión. Voy el jueves y me están haciendo una chilaba para la ocasión. Por cierto, me tengo que hacer la prueba para que me la entreguen el viernes por la mañana.

—Me encantará verte vestida para la ocasión.

—¡Vale! —contesté encantada.

—¿Por qué te gusta la gente marroquí y mi país, Natalia?

—Desde que descubrí Marruecos, me di cuenta de que la gente de allí era muy hospitalaria, fue lo primero que percibí. Un país con mucha cultura y civilización. La mezcla de etnia árabe y bereber me pareció muy sorprendente. Un lugar lleno de contrastes, olores, colores y con mucha historia. Me enganché a Marruecos desde el minuto uno.

—Me gusta que definas así a mi país.

—Abdul, ¿te ocasionaría problemas tener una relación con alguien de otra cultura?

—Creo que me estás tanteando — dijo mientras sonreía—. Mi familia se basa en el respeto y en el amor, con ese concepto nos educaron. Mientras se respete eso, no hay problema por abrir el corazón, sea musulmana o no. De todas formas siempre te puedes convertir al islam —soltó como el que no quiere la cosa.

Sonreí. La verdad que me dejaba sin palabras.

Echamos un día estupendo, hicimos planes para que me recogiera en Tánger el jueves.

Estuvimos en el bar del hotel hasta las tantas, le conté algunas relaciones que había tenido esporádicas, me llamaba “bad girl” (chica mala). Yo me reía y decía que era española, él se echaba las manos a la cara.

Nos fuimos a dormir y esta vez me echó sobre su pecho, nos dormimos charlando mientras acariciaba mi pelo. Yo estaba en la gloria, me sentía muy segura en sus brazos.

Al despertar seguía echada sobre él, me dio los buenos días besando muy cariñosamente mi frente. Sus miradas lo decían todo.

Nos fuimos hacia Tarifa, comimos en un kebab antes de que cogiera el ferry, recibió una llamada y se salió del bar a hablar.

Entró muy serio.

—¿Te pasa algo, Abdul?

—Nada, cosas de trabajo.

—Vale —dije sin quedar conforme, pero sin darlo a entender.

Él no empezaba en Tetuán de profesor hasta el próximo curso. ¿Sería otro trabajo? Estaba claro que me cortó rápido, así que lo mejor era no seguir preguntando.

Nos dirigimos al puerto y esperamos a que se montara en el barco.

Me pidió que no lo olvidara y me recordó que el jueves estaría

ya aquí y eso le haría pasar unos días con expectante ilusión.

Nos despedimos con un afectuoso abrazo.

Me pasé todo el camino pensando en él, sobre todo con el respeto que me había tratado. Era un hombre misterioso, pero estaba segura que tenía un gran corazón


El lunes me llamó Lucía a primera hora para que le contara el fin de semana con Abdul, quedamos para comer, así que estuve toda la mañana trabajando sin tregua porque el miércoles sería mi último día de trabajo de esa semana.

Lucía apareció feliz, me contó que Naser le escribía a menudo. Ese fin de semana no me acompañaría a Marruecos porque tenía compromisos laborales. Bromeó diciendo que nos veía atravesando el charco todos los fines de semana. Nos entró la risa.

Se quedó asombrada cuando le conté que Abdul no me había puesto una mano encima.

Hablamos sobre el misterio que rodeaba estos hermanos y que lo mismo se marcharon por otros motivos a Marrakech durante tantos años; nos reímos de la película que nos estábamos montando.

De repente sonó un WhatsApp de él:

Hola, Natalia. ¿Porqué no te vienes el miércoles por la tarde y así aprovechamos para pasar la noche en un precioso Riad de Tánger?”

Me lo comía, esos mensajes me dejaban sintiéndome especial. Respondí inmediatamente:

Vale, a las cinco de la tarde, hora marroquí, estaré en el puerto de Tánger”.

Lucía estaba como una niña chica viviendo lo mío por un lado y su historia por la otra.

Volvió a entrar otro mensaje.

Gracias, Natalia, sabía que aceptarías. El miércoles nos vemos. Un abrazo”.

Era súper educado en sus mensajes, bromeé diciendo a mi amiga que a ver cuándo me enviaba uno diciendo que me iba a violar. —Creo que tienes para largo —dijo riendo.

—Tú igual, Lucía, creo que los dos están cortados por el mismo patrón.

Nos entró nuestro ataque de risa. Lucía y yo parecíamos hermanas. De repente sonó el teléfono y era Bea, la invitamos a venir a casa.

Pasamos la tarde bromeando sobre los hermanos; Bea nos dijo que se veía viajando a Marruecos a estar en nuestras bodas. Le dijimos que ni de broma.

—¿O sí? —pregunté irónicamente.

En el fondo, con Abdul, no estaba segura de no cometer ninguna locura, me gustaba tanto que cualquier cosa me la plantearía, dije muerta de risa.

Nos dieron las tantas hablando como cotorras, pedimos pizza para cenar.

El martes pasó volando, la mañana del miércoles también. Y cuando me di cuenta, ya estaba en el barco rumbo a Tánger.

Llegué al puerto y pasé el control, pude observar cómo Abdul se acercaba a mí. Me dio un abrazo y agarró mi pequeña maleta.

Fuimos hacia su coche y nos dirigimos a La Riad, era una de las calles de la zona de arriba de la Medina. El lugar era impresionante. La Riad se componía de casas típicas que habían sido rehabilitadas para recibir huéspedes. Solían tener un patio interior con alguna fuente. Esta estaba cuidada al más mínimo detalle. En la tercera y última planta había una gran terraza para desayunar o comer con unas vistas increíbles a la parte antigua de la ciudad.

Dejamos las cosas en la habitación y nos fuimos a perdernos en el bullicio de la Medina de Tánger, uno de los atractivos turísticos de la ciudad. Paseamos por las murallas de la Medina sintiendo toda la historia que había dentro de ella. Andar por el Gran Zoco junto a él fue muy divertido, al tener aspecto de allí no nos molestaban tanto. Cenamos en un lugar precioso, era muy acogedor e íntimo y Abdul estaba muy charlatán ese día, se le notaba relajado.

—Natalia, el sábado quiero que comas con mis padres —lo miré asustada por su petición—. No te preocupes, les hablé de ti y me pidieron conocerte. No les he dicho que estuviéramos comprometidos ni que lo fuéramos a estar— sonrió tocando mi nariz.

—Abdul, yo soy muy diferente. Con Layla sé cómo comportarme, pero tu madre me da respeto.

—No te preocupes, sabes estar. Y comportarte te será muy fácil.

Solo te pido que no fumes delante de ellos, por respeto.

—Vale.

—Es broma, Natalia, puedes fumar. Que lo hagas no significa que le estés faltando al respeto a nadie. Mi mamá también fuma, aunque solo en mi casa, por respeto a nuestra cultura no lo hace a vistas de nadie.

Me quedé sorprendida por su revelación.

—¿Será necesario el velo? —dije bromeando.

—Claro, pero no te obligaría, lo dejo a tu elección.

Puse ojos en blanco.

Dormimos abrazados, esta vez su beso de buenas noches fue en la mejilla, con un intenso abrazo. Yo me moría por dentro porque me diese un beso en los labios que durara una eternidad, pero me temía que iba a tener que esperar.

Por la mañana desayunamos en la terraza, era espectacular esa estampa. Fuimos tranquilos hacia el pueblo, una vez pasamos Tetuán paramos en un bar que tenía unas vistas a unos embalses naturales dentro de la montaña. Me encantaba parar allí cada vez que iba a Chaouen, tomar un té en ese lugar me hacía sentir en el paraíso. Hay sitios que no hay lujo que lo consiga superar, y ese era uno de ellos.

Llegamos a mi casa y soltamos las cosas.

Layla me dejó una nota y un cargamento de comida lista en el frigorífico. Nos veríamos al día siguiente en la boda. Yo solo asistiría al almuerzo, eso puse de condición desde primera hora, aún no controlaba mucho el idioma y en esa boda la única que hablaba español era Layla, aunque la familia se volvía loca de contenta cuando me veían, me constaba que me adoraban.

Me fui con Abdul a la prueba del traje, entré al probador; cuando salí con él puesto, Abdul me miró asombrado.

—Estás preciosa, el color rosa te sienta genial. Estoy gratamente sorprendido. Vas a destacar, Natalia.

La verdad que cogí un rosa chillón con adornos dorados, pero muy discreto, nada de adornos llamativos. La chilaba quedó preciosa y me quedaba a la perfección, me la llevé al momento.

Fuimos a dejarla en casa. Luego le invité a que me ayudará a decorar toda la cena que me dejó Layla preparada.

Cenamos en el salón, mi casa estaba decorada tipo árabe, con sus sofás bordeando todo la estancia y una gran mesa de madera.

Nos dieron las tantas charlando hasta que se fue.

Quedamos en vernos después del almuerzo de la boda. Se quedaría en mi casa a dormir y comería con él en su casa el sábado. Temía conocer a la madre, eso me tenía en tensión, me imponía mucho.

Fui a la boda nerviosa, me recogió Layla. Se sorprendió cuando me vio, no me dejó de decir lo guapa que estaba durante todo el tiempo. Ella estaba radiante también. Disfruté de la comida, las mujeres lo hicimos separadas de los hombres, se veían muy animadas y bromistas. Yo me enteraba una cuarta parte y a veces ni eso, me limitaba a sonreír y Layla me traducía la mayoría de las veces.

Me fui de la boda, Abdul me estaba esperando en la puerta, habíamos hablado por mensajes. Paró a un chico para que nos hiciera una foto con su móvil.

—Quiero tener esta foto para recordar este día en que brillas con luz propia, Natalia.

—¡Gracias! —le dije emocionada.

La foto quedó genial, luego me la pasó por WhatsApp.

Fuimos a que me cambiase y luego nos marchamos a perdernos por la Medina del pueblo y a tomar té.

—Tengo muchas ganas de que conozcas mis padres, eso marcará un antes y un después.

—¿Por qué dices eso?

—El tiempo te contestará.

—No, no me contestará el tiempo, ya te contestaré yo mejor— dije en tono chulesco.

—Ya veremos, Natalia.

Me ponía mala ese dejar entrever que tenía de las cosas, un control que me gustaba pero que a la vez me hacía sentir insegura, pero yo la verdad que no quería que nunca acabase esas ganas que demostraba de verme. Me sentía cómoda, feliz e ilusionada a su lado. Estaba deseando que algo pasara entre nosotros, pero parecía que eso estaba muy lejos de suceder.

Acabamos cenando en mi casa, luego nos acostamos viendo un documental en mi tablet. Yo caí rendida. Cuando me levanté, Abdul ya había preparado el desayuno.

—Buenos días. Si te ve tu madre haciendo el desayuno a una occidental, te va a matar.

—Buenos días, mal pensada. Quizás es lo que me ha inculcado ella, tratar con igualdad y cariño a las personas.

—Al final me hago fan de tu madre —le guiñe seguidamente un ojo.

Nos duchamos y me puse unos vaqueros con unas botas altas al estilo camperas y una camisa por fuera con un jersey encima, salí del baño con el velo rosa dejado caer, sin tapar todo el pelo, pero adaptándome un poco a las circunstancias. —Gracias, preciosa, te lo agradezco.

Salimos hacia su casa. Al llegar salió la madre al jardín a recibirnos, me saludó efusivamente.

—No sabía que usabas velo —me dijo mientras acariciaba mis hombros.

—Lo puse en señal de respeto por venir a su casa.

—Pero si ni yo lo llevo aquí en casa. Si hubiera tenido una hija nunca le hubiera exigido que lo usara. Quítatelo, por favor.

Mire Abdul y comprobé que estaba muerto de risa, la madre se dio cuenta y dijo:

—Abdul, esto es cosa tuya, ¿verdad?

—Sí, mamá. Ella es muy bromista y quise hacerle entender que aquí también nos la gastamos. Le dije que sería bueno pero que no la obligaría y sabía que ella así se lo pondría, cayó en la broma.

Me dieron ganas de matarlo, había caído como una tonta. La madre me lo quitó y se fue para él dándole guantazos en broma con el velo. Yo no paraba de reír. ¡Qué tonta fui!

La comida se hizo amena, sus padres eran respetuosos y muy simpáticos, hablaban perfectamente el español. El padre le hizo varias amenazas en plan bromas a Abdul, diciéndole que procurase cuidarme, que no volvería a tener tanta suerte.

Pasamos toda la tarde allí, su madre me contó muchas cosas de Abdul, creo que cuando la pillase a solas se lo iba a recriminar. Abdul, por lo visto, tenía una mente brillante y varios premios destacados de investigación.

La madre me hizo prometer que cada vez que fuera al pueblo la visitaría. Se notaba que habíamos conectado genial. Fuimos a mi casa y Abdul me agradeció el día familiar.

—Sabía que estarías a la altura.

—Ha sido fácil. Son personas admirables.

—Están encantados de haberte conocido, se lo vi en el brillo de sus ojos y con lo cómodos que estaban.

—Me alegro mucho, Abdul.

Nos acostamos charlando sobre el próximo fin de semana. Yo volvería a Chaouen con Lucía, eso hacía feliz a Abdul.

Me llevó a Tánger después de desayunar, nos despedimos y vi que su mirada me hablaba, sabía que estaba triste porque me iba pero feliz de que en cuatro días volvería. Nos fundimos en un bonito abrazo y me monté en el ferry. Subí a la terraza del barco mientras zarpaba y vi como Abdul seguía abajo y empezó a despedirse con la mano. Me salieron unas lágrimas, me dolía despedirme de él.

a mañana del Lunes fue rara, vi a Bea muy inquieta por los despachos de la bodega, a media mañana me propuso ir a comer juntas.

—Claro, Bea. ¿Te pasa algo?

—Sí, Nati, estoy súper agobiada, luego te cuento en la comida. —Vale, si te puedo ayudar en algo no dudes en decírmelo.

—Lo sé, luego te explico y verás que no puedo ayudarme ni yo — soltó una sonrisa floja.

—Me estás asustando, Bea.

—Anda ya, Nati, no es nada grave, pero es que… ¡Me pasa cada cosa!

—Cierra la puerta y siéntate que hago dos cafés — dije mientras encendía la cafetera y preparaba las cápsulas.

—Nati, ¿te acuerdas de los tres chicos que hemos visto varias veces juntos?

—Claro, me los he seguido cruzando por muchas partes— dije mientras echaba los cafés.

—El sábado conocí a uno de ellos, el más alto. —¿Te has liado con ese?

—Sí. Y el domingo también pasé el día con él.

—¡Me muero! Ahora espero que hayas averiguado por qué siempre van juntos y qué relación tiene ese trío —dije asombrada.

—Eso te lo cuento en la comida.

—¡No! Eso me lo cuentas ahora —dije muerta de risa.

—Son de la secreta, anti drogas.

—¡Qué dices!

—Sí, hija, sí. Pero dice que ya lo sabe mucha gente de aquí.

—Estoy flipando, Bea, para mí que eran profesores —dije riendo—. Se nota que te has quedado pillada.

—Sigo en shock desde el sábado, estando con él no era yo, me cortaba, tardaba en reaccionar, me siento rara, pero no puedo estar sin él —dijo mientras se echaba las manos en la cara.

—Estamos infectadas por un virus, yo con Abdul, Lucía con Naser y tú con…¿Cómo se llama?

—Nesta.

—¿Nesta, como Bob Marley?

—No sabía que Bob Marley se llamara Nesta. Pero vamos que yo también me quedé loca cuando me dijo el nombre.

—Sí, Bob Marley era Robert Nesta Marley, ese era su nombre real.

—Pues estoy agobiada, me gusta mucho, pero lo de su trabajo no me hace gracia y sé que no podría estar con alguien así.

—¿Pero qué de malo tiene que vaya detrás del delito? —dije en tono payasita.

—No me gusta, lo veo mucho riesgo para llevar una vida tranquila y eso es exactamente lo que yo necesito, tranquilidad. De todas formas lo pueden ir moviendo por toda España porque si ya saben por aquí mucha gente qué es lo que es, lo tendrán que mover…Vamos, digo yo.

—No deberías darle muchas vueltas, mira yo, con un marroquí que me trae loquita, encima de otra cultura, otro país y aquí estoy dispuesta a enfrentarme a un mundo diferente. Si continúa esto, claro.

—¿No te da miedo, Nati?

—¡Para nada! Respeto… mucho. Miedo… nada. Todos somos iguales pero con diferentes costumbres. Quien es buena persona es buena aquí o en cualquier lugar del mundo, al igual con quien es mala.

—Ya, Nati, pues a mí Nesta me tiene rallada, pero me encanta y tengo ganas de estar con él.

—Pues no seas tonta, déjate llevar y disfruta el momento.

—Lo intentaré, pero ya me conoces, soy muy simplona.

—Sí, una pija muy indecisa —reí mientras se lo decía.

—Bueno, vamos a trabajar un poco y ahora a las dos nos vamos a comer.

—Vale, nos vemos luego.

Miré el móvil que lo tenía silenciado y tenía un WhatsApp de Abdul:

Pensé que me echarías de menos, pero no te acordaste de mí.

¿Debo preocuparme por algo?”

Su mensaje parecía serio, pero por lo poco que lo conocía seguro que era en plan seductor. Respondí inmediatamente:

Claro que me he acordado. Cuento las horas para que sea jueves por la tarde”. Vi como escribía:

Con eso no me vale”.

Me chocó su respuesta, ya no sabía si iba en broma o en serio, pero tenía que salir de dudas:

No te entiendo… ¿Me estás imponiendo o me estás reclamando que necesitas más atención?”

No entendía nada, pero necesitaba saber en qué estado se encontraba.

Contestó:

Estoy diciendo que me hubiera gustado que me hubieses mandado algún mensaje en señal de que te acuerdas de mí”.

Tenía razón. Él siempre me escribía y yo le contestaba, pero me daba pudor escribir yo primera para no parecer pesada. . . Le respondí:

Tienes razón, Abdul, no lo hice para no molestar ni agobiarte. Lo haré a partir de ahora, pero luego no me mandes lejos por pesada”.

Su respuesta no se hizo de esperar:

Gracias por entender las cosas. Buen día, Natalia”.

¡Qué serio! Su forma correcta de hablar y escribir a veces me sacaba de quicio. Se supone que había algo, el trato debería ser diferente. Pues nada, me decidí a responder correctamente también:

Gracias, Abdul. Que tengas un buen día”.

Terminé mi jornada laboral y salí al encuentro de Bea, nos fuimos a comer al centro del Puerto de Santa María, había un sitio de carnes espectacular.

—Natalia me ha puesto un WhatsApp. Nesta me dice que esta tarde me invita a merendar. Por supuesto he aceptado. Me encanta cómo me trata y me pone a mil, todo hay que decirlo, en la cama ni te cuento —reímos las dos.

—No me esperaba que te lo fueras a tirar la primera noche—dije mientras reía.

—Ni yo, pero es que fue todo muy rápido y sensual, me dejé llevar y las copas me ayudaron —dijo poniendo cara de pena.

Nos echamos a reír.

—¿Y tú con Abdul qué tal?

—Pues yo, ¡deseando que me dé una noche de lujuria! —dije riendo pero con cara de desesperación.

—Lo mismo está esperando que os caséis para consumar el acto —dijo con ironía.

—Eso he pensado yo, pero un mes más así y… ¡lo violo! Y luego ya veré si me planteo una boda —dije riendo—. Me habla de forma que veces no lo entiendo, bromea tan serio que me lo creo todo, pero es tan educado y respetuoso que me gana en cualquiera de sus formas.

—Al final es verdad que esto es una epidemia, Natalia.

Nos hicimos un selfie y lo subimos a Facebook.

Más tarde nos despedimos y me fui para mi casa a ducharme y descansar.

Una vez relajada y tirada en el sofá mientras me comía un sándwich, agarré la tablet para revisar Facebook. Tenía un me gusta de Abdul sobre la foto y un comentario:

¿Cuándo me llevarás a mí, Natalia? Se ve acogedor el lugar”. Le di un me gusta a su comentario y le respondí:

Ven a verme y yo te llevo”.

Volvió a llegar una notificación de un comentario de Abdul: “Tú lo has querido”.

No lo entendí bien pero di me gusta y lo dejé ahí, quizás quiso decirme bromeando que la próxima vez que viniera lo llevaría porque así lo he querido. Reí del cacao que me estaba montando en la cabeza.

Desperté con el timbre del despertador, me había quedado dormida en el sofá.

Por fin martes, ya quedaba menos para el jueves, me fui a trabajar y a media mañana escribí a Abdul:

En dos días me tienes allí revolucionando tu vida”.

Me reí de pensar que ni un Hola le había puesto.

Esperé todo el tiempo a que me respondiera, pero no lo hacía, y sí que lo había leído.

A las dos salí para coger el coche y, justo cuando atravesaba la puerta, allí me encontré a Abdul, apoyado sobre su coche. Me quedé helada. ¿Qué hacía en Cádiz? Me acerqué a él mientras me miraba de forma muy seductora.

—¿Qué haces aquí, Abdul? —pregunté mientras le abrazaba.

—Quiero que me lleves a ese restaurante. Tú me dijiste que viniera y me llevarías y yo te dije que tú lo habías querido. Aquí estoy. Deja tu coche aquí y nos vamos en el mío.

—Vale —dije negando con la cabeza por la sorpresa que me había dado.

—¿Hasta cuándo te quedas? —pregunté ante la falta de información que tenía sobre sus planes.

—No tengo prisa, puedo irme esta tarde, mañana o el jueves y hago la vuelta con ustedes.

—Perfecto, te quedas en mi casa, por favor.

—Vale, tú fuiste a la mía y ya puedo aceptar ir a la tuya. —Bueno, la otra vez también te pudiste quedar, Abdul —Ya, pero tengo una forma de ser y preferí que fuese así.

—Vale, Señor Raro, pues me alegra tenerte aquí, que lo sepas.

—Me alegro de que así sea.

En el restaurante parecía otro, estaba más cariñoso, me agarraba la mano sobre la mesa y me la acariciaba mientras me hablaba. —Quiero que formes parte de mi vida, Natalia.

Me quedé muerta. Me costó unos segundos de silencio antes de comenzar a contestar.

—Creo que estamos comenzando algo, no sé lo que es, sé qué es lo que me gustaría que pasase, pero no sé adónde llegará esto. Pero aquí estoy, dispuesta a ver qué sale de esta atracción que creo que es mutua.

—No vengo a cambiar tu vida ni tus ideas, pero me gustaría que los dos nos facilitáramos las cosas para llegar a un punto medio. Quiero tener contigo algo serio, formal, construir un futuro, no te pido que nos casemos mañana, pero sí que esté en nuestros planes. No quiero comenzar algo con alguien de la que no esté seguro que se volcará como yo. Tú decides, me encantaría que aceptaras.

—Abdul, no puedo decir otra cosa aparte de que siento una gran atracción por ti, no quiero correr, estoy acostumbrada a vivir sola, ser independiente. Pero has entrado en mi vida y no quiero que salgas de ella, quiero conocerte y si todo va bien no me importaría hacer planes de futuro. Pero creo que necesitamos tiempo.

—Tienes todo el tiempo del mundo, solo quiero que me respetes como pareja.

—Vale, pero tu haz lo mismo —dije riendo.

—Por supuesto —dijo mientras besaba mi mano.

Nos fuimos después de comer a mi casa, nos apetecía estar allí cómodos y tranquilos.

Nos duchamos y nos tiramos en el sofá a comer unos dulces que habíamos comprado y tomar un café.

Le conté la historia de cómo me compré la casa en Chaouen y que soñaba con irme un año allí.

—¿Y tus padres volvieron ya?

—Llegan el lunes, ahora vendrán con la pena de volver, les encanta el norte, por eso se compraron la casa en Cantabria, para ir un mes cada seis meses.

—¿Tú nunca vas?

—Yo sí, siempre voy unos días en Navidades, solemos pasarla allí. Cuando mi padre se jubile, que será en pocos años, dicen que se van allí seis meses y otros seis lo pasarán aquí. Yo sin embargo siempre escapo a Chaouen, allí encuentro la paz que necesito.

—¿Y tu hermano es el gerente de las bodegas?

—Sí, él tiene mucha responsabilidad, será quien las lleve en un futuro, yo no quiero esa tensión. Tenemos hablado que cuando mi padre se jubile, yo le venderé mi parte y me quedaré como una trabajadora del departamento en elque estoy, vamos como ahora. Mi hermano Alex es más guerrero, yo prefiero más relax.

—Nada, pues en vez de trabajar, te retiras con tu parte a vivir conmigo en Marruecos, ya trabajo yo por los dos.

Reí con su proposición.

—Quién sabe… —dije guiñando el ojo.

Se me quedó mirando fijamente, luego bajó su mirada hacia mis labios, se me empezó a acelerar la respiración, él se acercó suavemente, sentí el rubor en mis mejillas, me ponía nerviosa. Sus labios se rozaron por fin con los míos, se me erizó la piel. El beso era impecable, me hacía arder en deseos. Siguió mordisqueando mis labios para luego separarse con un fuerte pero delicado beso.

Nos quedamos unos segundos en silencio mientras no mirábamos.

Luego me dio un abrazo y me dijo:

—Espero que no te haya incomodado.

Me acerqué a él y le devolví el beso.

Esa noche nos dimos mil besos y abrazos, pero no pasó de ahí la cosa, me quedé dormida con todas las ganas de que hubiera llegado más lejos pero preferí seguir sus pautas.

El miércoles me llevó a trabajar y luego me recogería a las dos en las bodegas. Invité a un café a mi despacho a Bea y la puse al día en todo, ella estaba flipando, me dijo que tuviera cuidado por si este pensaba volverme a su forma. Le dije que se despreocupara, que a mí no me cambiaba ni dios.

Ella estaba bien con Nesta, se veían a diario desde el sábado, la veía esta mañana más relajada y feliz.

El jueves me pedí también la mañana libre para pasarla con Abdul hasta el medio día que recogiera a Daniela, así que al salir le dije a Abdul que fuéramos para mi casa y así ya me llevaba mi coche. Paseamos por Cádiz toda la tarde, entre la Plaza Mina y la Caleta. Cenamos en la freiduría Las Flores, muy conocida por tener un pescado frito de mucha calidad.

Por la mañana me lo llevé a desayunar churros al mercado.

Hicimos tiempo hasta que llegó Lucía y nos fuimos en los dos coches para Tarifa, allí dejaría el mío.



El trayecto en ferry fue muy divertido, Lucía se pasó todo el camino interrogando a Abdul sobre Naser. Le preguntó muchas barbaridades que mi chico respondía esquivando con mucho temple.

Cuando llegamos a Chaouen, ya nos estaba esperando Naser en la puerta de mi casa, llamé y abrió Layla, ya sabía que llegábamos los cuatro. Nos había preparado un té y unos pasteles que estaban de miedo.

Layla estaba cocinando para todos, íbamos a quedarnos allí a cenar.

Abdul recibió un mensaje.

—Perdonad, tengo que ir a arreglar un asunto familiar, vuelvo para la cena.

Naser se levantó y le dijo que lo acompañaba.

—¿Todo bien? —pregunté preocupada.

—Claro, simple papeleo que van a recoger en un rato y quiero revisar.

—Vale, nos duchamos y os esperamos.

Terminaron el té y se marcharon.

Lucía y yo nos preparamos para ducharnos, intercambiamos opinión sobre esa ida tan rápida e inesperada.

—De todas formas Abdul había estado dos días en Cádiz y seguro que dejó algo sin hacer, no había que dar mayor importancia.

—Natalia, no han dicho nada de quedarse a dormir con nosotras.

—Ya, he pensado lo mismo, estos nos van a tener a dos velas hasta que nos pongan el velo —dije bromeando.

—¿No crees que no estamos pensando las cosas?

—Si lo pensáramos no tendríamos la oportunidad de descubrir qué hubiera pasado, yo siento a veces que no sé cómo actuar por su cultura, solo me pasa con él, porque yo en Marruecos siempre he sido natural y respetuosa con todo el mundo, pero a veces con Abdul no sé si debo actuar de una forma u otra. Luego lo pienso y actuó con normalidad, cuando le moleste algo ya me lo dirá y ya veré yo si tiene o no razón —solté en plan gracioso.

—La verdad que cuando conocí a sus padres me dieron muy buena sensación.

—Yo estoy encantada, pero hay algo que me descuadra. No me preguntes qué es, no lo sé, pero algo me dice que hay mucho misterio en ellos. Ya veremos dónde nos estamos metiendo, Nati — dijo bromeando pero con un toque de preocupación.

—Yo veo a Abdul un tipo serio pero con una mentalidad más acorde con la actualidad, creo que puede llevar una relación respetando mi forma de vida, siempre que se base en el respeto. Si intenta imponer algo más allá de lo que yo no esté dispuesta, pues pondré un punto y final aunque me duela. Me gusta mucho, no sé si estoy enamorada, pero me siento bien a su lado.

—Nada, que ya nos hemos tirado a la piscina, Nati —dijo a modo de gracia.

—¡Claro! Esperemos que no esté vacía.

—Mañana creo que iremos a comer con sus padres, algo me dijo Naser.

—Puede ser, no me ha dicho nada Abdul, pero me recordó que le prometí a su madre que cuando viniera a Chaouen pasaría a saludarla.

Nos fuimos al salón tras ducharnos. Layla se despidió hasta por la mañana, nos había dejado ya la mesa preparada.

Pronto aparecieron Abdul y Naser. Nos sentamos a cenar.

—Mañana mi madre ha preparado una comida en casa con amigos y familiares, os pide que asistáis —dijo Abdul.

—¡Qué vergüenza, por dios!¿Y cómo irán vestidos?— Lucía estaba impactada, llena de dudas y temor.

Yo me reí y pregunté que si iban con velos y que esta vez no me engañaran.

—La mayoría sí, pero sin chilaba, menos algunas que son más tradicionales. Pero ustedes no tenéis que ponéroslo —dijo Naser seriamente.

—Pues yo me lo voy a poner, dejado caer. A mí me está gustando usarlo —dije guiñando un ojo a Abdul—. Mañana me compro uno bonito.

Lucía me miraba alucinando. Creo que se le pasaron las ganas de cenar, estaba descompuesta.

—Yo me voy a comprar dos, para que me cubra bien y no me reconozca nadie —dijo Lucía sin soltar ni la más leve sonrisa.

—No tienes que ponértelo, Lucía —dijo Naser.

—¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? —le pregunté bromeando.

Todos reímos.

—Creo que tenéis un mal criterio de nosotros, deberíais disfrutar más y pensar o especular menos.

Bebí de mi copa de vino y brindé por mañana. Todos reímos. Quise acabar la conversación y transmitir que me gustaba la idea.

—El próximo finde semana comienza la Semana Santa, por fin una semana libre —dijo Lucía.

—Podemos venir el viernes y quedarnos hasta el otro domingo, serían unas buenas vacaciones.

—Acepto —dijo Lucía aplaudiendo.

—Podemos ir el viernes al desierto de Merzouga, hacemos una ruta y pasamos tres noches en el desierto— propuso Abdul.

—¡Sí!—chillé yo.

—¡Me encanta la idea! —dijo emocionada Lucía.

Nos reímos los cuatro.

—Vale, Naser y yo nos encargamos de todo. El viernes os recogemos en Tánger y salimos directo a hacer la ruta hasta el sur de Marruecos. La primera parada será en Meknes, donde haremos noche.

Estuvimos charlando hasta la una. Hablando de ese viaje. Se despidieron y quedaron en recogernos a la una. Nos quedamos con la cara partida, creíamos que se quedarían a dormir, yo no me atreví a pedirlo.

—¿De verdad te vas a comprar el velo, Nati?

—Claro, me encanta, luego quedan las fotos muy bonitas —le guiñé el ojo.

—Pues yo también, mañana vamos a comprarlo —dijo convencida.

—Lo que no sé cómo nos presentarán: si como amigas, primas, tías, novias.

—A mí que no me presenten a mucha gente. Que me dejen en una esquinita con un té.

—Sí, claro, y que te pongan cacahuetes y parezcas un mono.

Anda que tú…

—Tú verás, que nos vamos ocho días de viaje con estos y volvemos intactas —reía mientras me lo decía.

—¡Me voy a tener que hacer más manoletas que cuando no tenía a nadie!

—Lo peor es que nos tengamos que buscar un querido.

—Pues como nos pillen, a ver quién es la bonita que vuelve a Marruecos.

Nos dimos un lote de reír. Seguimos charlando hasta quedarnos dormidas.


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