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SEDUCCIÓN

Trilogía McRay


Norah Carter



























Título: Seducción

©Norah Carter

Primera edición: febrero, 2017

©Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
























Capítulo 1


No sé si aquello era la felicidad.


Ahora, después de todo este tiempo, da miedo pensarlo, da miedo aceptar que mi hermano y yo éramos felices con aquel tipo de vida. ¿Éramos los culpables? Ya no importa si lo éramos o no.


¿Cómo puedo empezar esta historia? No es fácil. No es un mero cuento de hadas todo lo que aconteció. Tampoco puedo resignarme a la idea de que una mera novela romántica explique cada una de esas vivencias. Pero haré todo lo que esté en mi mano por aclarar todo, por demostrarme a mí misma de que soy capaz de hacer una confesión de este calibre.

Mi hermano y yo lo teníamos todo.


Con el tiempo, me di cuenta de que no teníamos nada, pero ya llegará esa conclusión a su debido momento. Así lo espero y es lo que me mueve a no dejar de escribir por ahora. Para empezar, diré eso: efectivamente lo teníamos todo.


Mi padre había conseguido fundar una de las empresas más importantes de material informático a nivel internacional. La venta de algunas patentes nos había convertido en una de las familias más adineradas de Nueva York. Y en muy poco tiempo.


Creo que aquel golpe de suerte no fue positivo para la evolución de esta familia que pasó de ser una más de las muchas que viven en esta ciudad, ganándose el pan con el sudor de su frente, a ser otra bien distinta, que vivía, no holgadamente, sino con toda clase de lujos.


James era un triunfador y yo también lo era. Mis padres habían tenido a la parejita que tanto deseaban, un logro más en esa vida llena de éxitos y popularidad que, con tanta rapidez, habían cosechado.


Pero hay que decir que yo no era James. La diferencia es que mi hermano se aprovechaba de esa cualidad, la de triunfador, para buscar su propia destrucción, mientras que yo prefería dedicarme a la moda, a las joyas y a toda aquella industria que se generaba alrededor de la fortuna que habían amasado mis padres.


Mi hermano James vivía al límite; coches caros y veloces para poner en riesgo su vida constantemente y la de esas chicas siliconadas que se le pegaban como moscas con solo chasquear los dedos.


James estaba fuera del mundo. El dinero de mis padres lo había convertido en un títere de sí mismo y solamente pensaba en cometer una locura tras otra.


Creo que aquella fe ciega en que su vida estaba económicamente resuelta para varias generaciones lo había convertido en una especie de ser inmortal. Al menos, eso se creía él y es que no tenía otra aspiración que la de parecerse a una clase de semidiós en el que muchos jóvenes de Nueva York se sentían reflejados.


Muchos de aquellos muchachos que caminaban cabizbajos por las aceras, humillados en sus trabajos de mierda, con unos sueldos ridículos, veían en mi hermano, el conocido y afortunado James McRay, al hombre al que debían aspirar. Pensaban que el trabajo duro y el esfuerzo serían suficientes.


Pero no es así. Lo que hizo que James McRay, mi queridísimo hermano, viviese como un auténtico faraón del antiguo Egipto, fue el golpe de suerte de mi padre, porque James no tenía ninguna clase de talento y su carrera de Derecho había sido una falsa conquista. Mi padre se había encargado de comprar cada uno de los sobresalientes de las diferentes asignaturas de las que constaban los cursos.


Me he equivocado antes.

Debía haber escrito que mi hermano no era un triunfador, vivía como un triunfador, porque él no había hecho nada por propia iniciativa que demostrara que fuese un joven emprendedor con la suficiente inteligencia para continuar con el legado de mi padre. No, nada de eso.


La inteligencia que poseía James la utilizaba para buscar el placer en su propia existencia, el placer extremo. Si alguna vez mostró algo de prudencia o de madurez, fue gracias a que me tuvo a mí a su lado. Siempre. A veces cruzábamos el océano hasta París para comprar ropa. Éramos capaces de eso y más. No voy a ocultar esos excesos y esos caprichos que ahora me parecen verdaderamente enfermizos.


Lo peor de James es que, a diferencia de mis acciones, las suyas estaban inspiradas en el peligro como he escrito antes. No negaré que yo era una compradora compulsiva, pero, para James, eso era algo secundario.


Lo que hacía con su dinero, mejor dicho, con el dinero de nuestro padre, era gastarlo en orgías, en coches nuevos cada semana, en toda clase de drogas de diseño y en fiestas a cualquier hora del día y en cualquier lugar del mundo.


Y esto solamente era la punta del iceberg. Mis padres lo dieron por perdido cuando cumplió los dieciocho y decidió abandonar nuestra casa e irse a vivir a Moscú con una bailarina rusa que, según él, era un vendaval en la cama.


Aquello fue el inicio de un descenso hacia el infierno al que mis padres no se opusieron porque sencillamente no querían problemas, no querían que nadie les molestase, porque nosotros no éramos más que otros dos objetos que ellos habían incluido en ese afán coleccionista por comprar y acumular cosas en una mansión que parecía un museo de Historia Antigua, no la casa donde vive una verdadera familia.


A la vuelta de Moscú, con el corazón destrozado y sin dinero, James decidió vivir conmigo en uno de los apartamentos de los muchos edificios que mi padre había comprado tras vender a Microsoft modelos de antivirus y aplicaciones a móviles; aplicaciones de las que ahora mismo todos disponemos y que nos resultan indispensables.

Aunque vivíamos en el mismo edificio, no resultaba fácil quedar con él. Yo intentaba desayunar con James siempre que no hubiese desaparecido de Nueva York con alguna chica o con alguno de esos harenes de prostitutas de lujo que contrataba para negar la evidencia.


¿Qué evidencia?


James era cosa perdida y, ante la soledad y su destrucción progresiva a causa del alcohol, el insomnio y las drogas, no le quedaba otra que disfrutar a su manera que, por entonces, a mí no me parecía ni correcta ni incorrecta. Era la forma que James había elegido para pasárselo bien y, mientras su mierda no me salpicara, él podía hacer lo que le diera la gana.

Puede parecer que estoy criticando duramente a mi hermano, que estoy describiendo al mismísimo demonio cuando me refiero a James. Y es cierto. Cada día que pasaba, su apariencia recordaba más a Lucifer, pero era mi hermano y lo quería con locura. Porque, en aquella balsa de náufragos en la que mis padres habían convertido su vida, también estaba yo, remando con mis manos rumbo a ninguna parte.


En aquella soledad, colmada de dinero y de toda clase de deleites, también estaba yo.

Pendiente de mis uñas, de mis arrugas, de mis tetas operadas cada dos años para que no perdieran ni un solo ápice de su vigor, enfundada en trajes y vestidos de Chanel y Versace, mi vida transcurría delante del espejo o a solas en hoteles de Europa, o con alguna amiga, falsa amiga. Y así yo veía pasar la vida. Entendedlo. No necesitaba trabajar. No necesitaba estudiar. No necesitaba nada. Lo tenía todo. Y eso era un problema y una enfermedad.


Imaginadlo por un momento. No había objetivos en mi vida. Podía comprar cualquier cosa, amigos, amigas, amantes, tiendas enteras, restaurantes por una noche, por dos y por tres, si era necesario.


No follaba con nadie. No era James. No tenía como adicción ni el sexo ni las drogas. Yo era mi propia adicción. Mi propio cuerpo era lo que amaba y eso significaba que, aparte de mí, no existía nadie. El vino, un buen cava, un collar de perlas y un paseo en Maserati pueden darte orgasmos que ningún hombre, ni siquiera el mejor, lograría por mucho que lo intentara.

Cuando James y yo quedábamos para comer en alguno de nuestros restaurantes favoritos, muchos creían que éramos un matrimonio. Y a veces jugábamos a eso, a mostrarnos un afecto en público para dar lugar a la confusión y, detrás de aquella interpretación, no había otra cosa que la soledad, la soledad que produce el dinero.


Si me preguntáis por qué soy tan sincera, solamente puedo deciros que lo soy porque no me queda otra que confesar lo duro que fue todo. Ahora soy consciente del daño. Por entonces, no lo era. Por entonces, solamente pensaba en el presente y en Dior, y en algún tratamiento nuevo de queratina para mi pelo. El resto del mundo debía joderse. El resto del mundo, para James y para mí, no importaba. El glamour era nuestra filosofía. Y no importaba que estuviese vacía, la llenábamos con dinero.


Más de una vez grabé a James liándose un cigarro con billetes de cien dólares para luego escupir su ceniza, porque aquel aroma y sabor eran insoportables. Para que podáis comprobar a los niveles de exceso y locura a los que yo llegué también en algún momento, os diré que, en una habitación de Berlín, James volcó sin querer, mientras reíamos a propósito de unas prostitutas que había encerrado en el armario de su cuarto una noche, un vaso de whisky y yo agarré mi abrigo de piel para limpiar el suelo, y eso hice, y luego lo arrojé junto al resto de toallas sucias que se amontonaban al pie de la cama.


La mirada de James era también mi mirada. Y lo que no ayudó nada a este tipo de conducta fue nuestra belleza. Mi hermano era un joven apuesto, tan atractivo como cualquier actor de cine de aquel momento, con el mismo magnetismo que cualquier estrella de la música. Mi hermano también había pasado por el quirófano para acentuar la dureza de su mandíbula y para engrosar sus labios. Siempre me quedó la duda de si fue capaz de hacer algo con lo que, con frecuencia, amenazaba: un alargamiento de pene.


Yo creo que sí lo hizo. Un tipo que es capaz de montar en el coche a cuatro mujeres completamente desnudas y conducir en dirección contraria por la autopista construida con el dinero de nuestro padre es capaz de alargarse el pene.


No estoy orgullosa de todo esto, pero debo ser clara y sincera desde el principio de esta historia. Había momentos que yo no diferenciaba entre una ciudad y otra. Ni siquiera sabía el día en que me encontraba. No tenía necesidad de saberlo. Era feliz en esa ignorancia. ¿Qué importaba si era París o Manhattan? ¿Qué importaba si era invierno o verano? Yo era mi propio destino y el futuro podía planificarlo con solo que mi padre cargara a mi cuenta cientos de miles de dólares.


James y yo estábamos unidos en aquel celo de irresponsabilidad, en aquella necesidad de distanciarnos del resto de gente gracias al lujo del que hacíamos gala.

El orgullo no era la empresa de mi padre. El orgullo no era saber que los programas informáticos de nuestra empresa estaban transformando el mundo a todos los niveles. No. El orgullo, como hablamos más de una vez James y yo, es que todo aquello nos importaba una mierda.


Nuestro orgullo era reírnos de los avances de la empresa, porque nadie había contado con nosotros, porque éramos unos niños malcriados y el dinero por sí solo no educa jamás a nadie, porque tanto mi padre como mi madre habían hecho de nuestras vidas una caricatura de lo que debían ser unos verdaderos hijos, responsables, sensibles y, en ocasiones, temerosos.

Pero no fue así. Éramos la basura de Manhattan, los bastardos de Nueva York, dos vagabundos más, y hablo en serio. La única diferencia es que yo desayunaba con cubiertos de plata y James bebía su té en tazas de porcelana china mientras una actriz de serie B le hacía una mamada apoteósica.


Es triste escribir algo así. Es triste darse cuenta de que yo amaba a James porque, no solo era mi hermano, sino también porque era un ser desvalido que necesitaba que alguien como yo lo mirase de vez en cuando y le dijera.


“No te pases, James. No te pases. Estás siempre jugando con fuego”.










Capítulo 2


No sirve de nada apuntar cuándo empezó todo. Podría haber sido cualquier día. Para nosotros, para unos niños mimados a los que no les hacía falta ni estudiar ni trabajar, no existía el tiempo ni nada que se pareciera a algo que significara poner orden y control a nuestras vidas.

Estaba aquella mañana en mi dormitorio. Mi asistenta, como cada día, había limpiado mi apartamento y ya se había marchado. Tenía absolutamente prohibido entrar en mi dormitorio si yo estaba durmiendo.


Me encantaba levantarme tarde. A veces no trasnochaba, sino que simplemente me metía en la cama temprano, sin ganas de hacer otra cosa que acabarme alguna botella de vodka o de un buen vino francés mientras veía alguna película o simplemente uno de esos concursos absurdos donde la gente se mata por un puñado de dólares, realizando pruebas absurdas o respondiendo a preguntas tan estúpidas como el presentador que las formula y las azafatas que lo acompañan.


A mí me habría gustado ser una de esas azafatas que salen por televisión, en shorts y con un top tan ajustado a su cuerpo que parece una segunda piel; una de esas azafatas que no abren la boca, que solamente sonríen a los concursantes, al presentador, a las cámaras, a ese mundo de pobres y desgraciados que hay más allá del objetivo.


Pero yo, al igual que mi hermano, no sabíamos sonreír de verdad. Cuando lo hacíamos, era porque perseguíamos algún interés.


Yo no podía ser azafata, por mucho que me gustara. No sabía sonreír y no estaba dispuesta a trabajar. Ni a madrugar. Ni a dejar que toda Nueva York babeara al ver mi cuerpo perfectamente cuidado. Sí. Mi cuerpo. No había otra cosa que quisiera más. A veces pensaba que lo quería más que a mi propio hermano. Mi cuerpo, entonces, estaba por encima de todo.


Como no quiero desviarme del tema, os diré que aquella mañana tocaron al timbre. A causa del vodka, tenía un dolor de cabeza impresionante. El dolor martilleaba mis sienes con fuerza bruta.


Alguien llamaba a mi puerta con desesperación, porque, al sonido del timbre, se unió el de unos golpes. Aquello me intranquilizó. A punto estuve de llamar a la policía o a la seguridad de nuestro edificio donde James y yo vivíamos.


Me levanté y me puse una bata por encima. Debo decir que dormía desnuda. Siempre lo hacía, porque me gustaba sentir el tacto de las sábanas de seda sobre mi piel blanca y suave.

Los golpes resonaban y una voz familiar acompañaba a los timbrazos después de cada aldabonazo.


—¡Abre, maldita sea! ¡Abre de una puta vez!


En efecto, era James y no tardé nada en abrir la puerta cuando reconocí de quién se trataba.

No estaba solo. Lo custodiaban dos agentes de policía. No me fijé en sus caras, sino en la cara de James, pálida, arrugada, sudada, como si hubiese visto un fantasma. Yo sabía la verdadera razón de aquel rostro. No era necesario que los agentes me lo aclararan.

—Señorita, lo hemos encontrado cerca de aquí. Estaba tirado en la acera. No se podía mover ― informó uno de aquellos policías con voz seria.


—No se preocupe, agente. Ya me encargo yo. Siento que haya podido causarles algún problema ― respondí yo con un tono suave.



—Nos ha dicho que vivía aquí. Está claro que, por su estado de salud, debemos realizarle el test de detección de drogas. Pero, tratándose de quien es, preferimos hacer la vista gorda ― intervino el otro agente buscando mi complicidad al mismo tiempo que sonreía resignado.


—Son ustedes muy amables. No va a volver a pasar. Por favor, no lo sometan a ningún test. Le darían un gran disgusto a mi padre.

—Lo sabemos. Pero, si lo volvemos a encontrar de nuevo en este estado, no nos quedará más remedio.


—Esperen un momento, por favor ― les ordené apresurada.


Mientras James entraba a mi apartamento, sin abrir la boca, arrastrando los pies hasta llegar al sofá de mi comedor, yo metí la mano en uno de los bolsos que colgaban de un perchero de mi vestíbulo.


Encontré enseguida lo que buscaba.


—No tiene por qué hacerlo, señorita. No tiene por qué hacerlo ― repitió el agente que habló en primer lugar.


—Por favor, insisto. Cerca de aquí, hay una juguetería estupenda. Compren algo para sus hijos ― mi voz sonó triste y agradecida al mismo tiempo.


—Gracias, señorita. Es usted muy amable ― dijo uno de ellos que ahora no recuerdo.


Cerré la puerta poco después de que los agentes cogieran el puñado de billetes arrugados que les había dado. Un reguero de pasos sordos se perdía por el pasillo que llegaba hasta el ascensor. Respiré aliviada.


Lo bueno que tiene ser rica es que te das cuenta de que todo el mundo tiene un precio. Y cualquier agente de policía también lo tenía, pues no era la primera vez ni sería la última que traían a James a casa después de recogerlo de la calle, hecho una piltrafa.


Me acerqué lentamente hasta donde estaba lo que quedaba de mi hermano, pensando bien en lo que iba a decirle, pero fue él quien se adelantó con su habitual chulería.

—¿Se han ido ya esos dos gilipollas? ― preguntó con desprecio.


—No digas eso, James. Te has librado de una buena.


—¿De qué me he librado? Habría acabado en comisaría y papá o tú me habríais sacado enseguida.


—Eso no es una justificación. Han sido demasiado generosos contigo al encontrarte y traerte hasta aquí. Se la han jugado ― dije yo con vehemencia.


—No defiendas a esos perdedores. Ahora lo que necesito es dormir.


—No, lo que necesitas es decirme qué demonios hacías tirado en la acera, en pleno Manhattan, a la vista de todo el mundo.


—Me dormí, hermanita.

De repente, James se puso a reír, como si le importase una mierda su vida, la mía y la de todos. Y era cierto que no le importaba casi nada. La única a la que escuchaba era a mí, pero mi influencia sobre él era mínima.

—No puedes seguir así, James.


—Ahora vas a ponerte maternal, pija, pija, que eres una pija ― repuso con un tono desafiante.


—No me insultes. Que me compre bolsos de Jimmy Choo no significa que no me preocupe por ti, sobre todo si la policía aparece en mi casa de repente.

James se incorporó y me miró a los ojos. Seguía sudando. Temblaba y, cuando hablaba, un hilo de saliva blanca caía de su boca. James no era James.

—¿Sabes cuál es tu problema, hermanita?


—Dime, ¿cuál es mi problema?

—Que no sabes divertirte. Eso es lo que te pasa. Y te jode que yo me divierta.


Seguía retándome. Olía mal y su traje estaba completamente arrugado. Sus ojos inyectados de sangre no miraban ya a los míos, sino al vacío.

—Mi problema, James, es que no sé divertirme, ¿verdad? Te voy a dar la razón, pero el tuyo es un problema peor que el mío.


—¿Qué problema tengo yo, hermanita?


—Tu problema se llama cocaína ― sentencié.

James no sabía cómo reaccionar. Se quedó pensativo, si es que, en ese estado, se puede uno poner a pensar. Pero lo que yo le había dicho era cierto. Su problema, entre otros muchos, era su adicción a la coca.


Por esa razón, hacía muchos años que James no era aquel hermano con el que yo compartí momentos de soledad, momentos de juego, momentos en los que nos mirábamos aburridos de no tener cerca a nuestros padres, de saber que nuestras vidas, colmadas con toda clase de riquezas y lujos, estaban abocadas a la perdición. Aquella perdición no era otra cosa que el hecho de tenerlo todo y no ser capaces de hacer nada por nosotros mismos.


—Voy a prepararte un café. Date una ducha. Hay ropa para ti en la habitación de invitados ― dije con autoridad.


—Te quiero, hermanita. ¿Qué haría yo sin ti?


—Déjate de bromas. Háblame en serio de una puta vez.


—No te enfades conmigo. Sé que me quieres. De hecho, sé que soy la única persona a la que quieres.



—Tú no sabes lo que yo siento, James. Es mejor que no sepas lo que siento en este instante.


—¿Asco? ¿Te doy asco? Dímelo y me marcho.



—No me amenaces con marcharte. Si me dieras asco, no te habría abierto la puerta. Piensa bien las cosas antes de hablar. Tus estupideces me hacen infeliz. No te voy a decir más.


—Para lo pija que eres, te manejas bien con el lenguaje.

De repente, sin que acabara la frase, se puso a toser y, a continuación, vomitó sobre mi tarima.

—¿Te encuentras bien, James?


—Sí, es que anoche no me sentó bien la cena, maldita sea. Perdona, no sé qué me ha pasado.


—Ve a la ducha. Mandaré que limpien esto ahora mismo ― dije yo con determinación.

James me hizo caso. Me aseguré que llegaba hasta el cuarto de baño y, a continuación, llamé a un servicio de limpieza para que quitara el vómito del comedor.


En la cocina, un poco más tranquila, preparé dos cafés y esperé a que James apareciera. Era triste verlo así. Era triste no poder hacer nada por remediar aquella espiral de violencia contra su propio cuerpo y contra su propia imagen que había iniciado desde hacía algún tiempo.


Tocaron a la puerta. Abrí. Dos mujeres y un carrito de la limpieza. No tardaron en acabar su tarea. Les pagué.


La ducha de James había terminado en el mismo instante en que ellas se marcharon. Yo seguía desnuda debajo de mi bata. Yo seguía mirando por la ventana hacia aquella ciudad que hervía de vida. Un cielo plomizo amenazaba lluvia.


—¿En qué piensas, hermanita? ― preguntó James.


—En nada. Simplemente miraba. Lo hago muchas veces. No tengo nada en que pensar ― mentí.



Mentí porque pensaba en él, porque, dentro de mi frívola manera de ver el mundo, sentía que estaba perdiendo a James y mi hermano era la única familia que tenía, porque, de mis padres, no sabía nada desde hacía mucho tiempo. Que James cometiera aquella clase de locuras me preocupaba, pues sabía que tarde o temprano desaparecería de mi vida si no era capaz de cambiar muchos de sus hábitos.


—Tengo miedo ― confesé mientras me giraba para mirarlo a los ojos.


—¿De qué tienes miedo, Susan?



—Hacía mucho que no me llamabas por mi nombre.


—No siempre te voy a llamar “pija” o “hermanita”, aunque Susan nunca me ha gustado como nombre para ti.



—Estás loco, James ― ironicé.


Fuimos a la cocina y nos sentamos. Durante un buen rato, estuvimos en silencio. Ahora que James se había duchado y se había cambiado de ropa, me parecía un hombre demasiado guapo para verlo envejecer.


—No me has dicho de qué tienes miedo, Susan.


—De perderte ― me sinceré mientras sorbía de mi café.



—No me voy a ir a ningún sitio, hermanita.


—Eso espero.


James sabía perfectamente a qué me refería yo con “perderte”. No era precisamente a que se mudara de ciudad o se fuese a vivir a otro país. Ojalá fuera eso. Tenía miedo de que dos agentes, como había ocurrido aquella mañana, se presentaran en casa con la fatídica noticia de su muerte.

—¿Hace mucho que no hablas con papá? ― preguntó mi hermano con un tono grave.


—Mucho. Pero en mis cuentas no falta nunca el dinero.



—En las mías, tampoco, Susan.


—¿Quieres un poco más de café?


James miró hacia la ventana de la cocina y me respondió con otra pregunta.


—¿Hace mucho que no hablas con mamá?


—Mucho. Hace semanas que no sé nada de ella, James. ¿Por qué me preguntas por ellos? Nunca nos han importado y nosotros a ellos, tampoco. ¿Por qué, James, esa necesidad tan repentina de saber si he hablado con ellos?


—No, por nada, Susan. Por iniciar una conversación ― mintió.

Mientras llenaba mi taza, pude verlo claramente. Una lágrima resbalaba por una de sus mejillas, una lágrima que fingí no ver.


—Siempre me gustó para ti el nombre de Alicia, pero, en la vida, no todo se puede conseguir, ¿verdad?


Yo me callé y me refugié en la esperanza de no verlo vomitar otra vez en la tarima de mi salón.
















Capítulo 3


—Papá, no preguntes por James. No lo quieres. Y a mí tampoco.


—No sé por qué pones en mi boca cosas que yo nunca he dicho, Susan.


—Lo puedo leer en tus ojos. En los de mamá, también.


—No estorbes, hija. No estorbes. No estorbes…


Esta clase de conversaciones se repetían en mis sueños y, de repente, despertaba en mitad de la noche y me levantaba, y me dirigía al salón, y, aunque no os lo vais a creer, me ponía a llorar como una niña pequeña.


Porque odiaba que sucediera eso.


Porque odiaba soñar con mi padre. Y con mi madre. Pero su dinero era mi forma de vida, mi lujosa y exquisita forma de vida. Podía odiarlos, podía odiar soñar con ellos, pero, al igual que James, no podía deshacerme de lo que más quería, después de mi cuerpo y de mi hermano, y no era otra cosa que el sucio dinero que ingresaban en nuestras cuentas cada viernes.


Lloraba como una niña pequeña, porque, en el fondo, no era más que una niña que pensaba que el amor de los padres también se puede comprar y, aunque, en esos momentos, parecía imposible, sé que algún día James y yo lo lograríamos.

James y yo compraríamos el amor de nuestros padres.


Si tengo que hablar de mí, diré que, en las tardes de soledad, frente a una de las mejores vistas de Manhattan, me pasaba largas horas leyendo revistas y libros sobre pájaros. Me encantaba leer sobre toda clase de aves, sobre sus costumbres, sobre su hábitat, sobre sus migraciones.


Creo que era esto último lo que más me atraía de esta clase de animales; su capacidad para desaparecer, su capacidad para volar de un continente a otro. Yo quería hacer algo parecido con mi existencia.


Podía viajar a cualquier país del mundo y así lo había hecho durante esos últimos años, a solas o acompañando al loco de James. Pero no había servido de nada. No había servido de nada porque yo lo que quería era ser otra mujer, desaparecer de Manhattan, convertirme en otra persona que no dependiera del dinero de papá y de mamá. Eso era fácil decirlo en aquel momento, en los que contemplaba la belleza de esas aves. Desearlo era fácil. Pero, en el fondo, no quería desprenderme de mis abrigos de visón, de mis joyas, de mi colchón de agua, de mi asistenta y de los restaurantes caros.


Cerraba el libro de pájaros con la sensación de haber perdido la batalla contra mi propio destino. Mi destino estaba marcado por esa vida de placeres continuos y no iba a renunciar a ella, como tampoco lo iba a hacer James.


Recuerdo una de mis conversaciones con mi hermano en pleno vuelo hacia Viena. Un miércoles por la tarde, decidimos que desayunaríamos en Europa y, sin pensarlo dos veces, hicimos rápidamente las maletas y, en primera clase, gracias a un contacto en el aeropuerto, enseguida dimos con dos plazas en un último vuelo.


Reíamos y nos mirábamos como si, en aquel capricho, existiese una clase de rebeldía contra nuestros padres, como si nuestro propósito en la vida no fuese otra cosa que agotar el dinero de aquellos que debían habernos cuidado de otra manera. Pero, por mucho que nos esforzáramos, ni nosotros ni nuestros hijos serían capaces de consumir los beneficios que aquel monopolio informático generaba cada segundo a nivel mundial.


—Estamos locos al hacer esto, ¿verdad?


—Susan, tú no sabes lo que son locuras. Te podría contar auténticas barbaridades que he hecho con el dinero de papá. Lo que hacemos es sencillamente viajar.



—Sí, pero tú y yo sabemos que Europa nos importa una mierda. Que lo que queremos es demostrar que somos capaces hacer el gilipolla siempre que nos plazca.


—Eres una niña traviesa. Veo que, en esa cabeza, además de una pija hay alguien que piensa.



—Eres un engreído, James.


—Te encanta que sea así, hermanita. Si no fuera así, no estarías aquí conmigo.



—Tienes razón. Sabes que te quiero, ¿verdad?


Era cierto que me gustaba estar con James. Era mi hermano. Pero hay una parte que yo ocultaba y era precisamente que yo no tenía a nadie más a mi lado. Mi hermano era la única persona con la que podía hablar, con la que podía compartir mis inquietudes, con la que podía realizar estos viajes caros a cualquier lugar del mundo tirando de la American Express.


Cuando yo había intentado relacionarme con alguien, la había jodido. Los novios que pasaron por mi cama siempre me parecieron poca cosa, comparados con la belleza de mi cuerpo y con el nivel de vida que yo llevaba. Debo decir que, cuando me apetecía un polvo, los hombres que dejaba que me tocasen los utilizaba como toallitas desmaquilladoras, hombres de usar y tirar. Pero eso fue al principio, a los pocos meses de regresar de la universidad con una absurda titulación de historiadora del Arte que no me iba a servir para nada.


Con el tiempo, abandoné el sexo con los hombres. Había optado por prescindir de ellos. Había encontrado en una rica gama de consoladores una forma de aliviar mi apetito sexual, librándome de la pereza que me daba compartir mi cama, mi templo, con cuerpos sudorosos.


Al final, todos los hombres que buscaba, bombones de chocolate, cuerpos atléticos y depilados, yogurines que aparecían en revistas de moda, resultaron ser el mismo, el mismo maniquí, el mismo hombre aburrido, el mismo hombre que sabía que conmigo no iban a ninguna parte. Mordían de la fruta prohibida para, a los pocos instantes, volver a su miserable vida, porque yo no iba a compartir ni un solo minuto de mi existencia con nadie.


Entiendo que cualquiera que lea cada uno de estos párrafos, empiece a odiarme. Pero esto es tan solo el punto de partida de una historia, la mía, con un desenlace inimaginable. Porque lo mejor o lo peor, según se mire, estaba por venir.


Quiero volver a mi hermano y a aquella mañana en la que apareció custodiado por dos policías. Sus lágrimas en la cocina hicieron que me diera cuenta de que todo estaba empeorando en su interior, de que él estaba llegando a un callejón sin salida y mi existencia estaba unida a él. Si James caía, yo también lo haría irremediablemente. Yo no tenía a nadie en el mundo.


Mis amigas habían sido un fraude. Mis amigas de la universidad solo querían mi dinero. Por esa razón, me acompañaban a las fiestas del campus. Por esa razón, no cesaban de halagarme y de piropearme cuando cambiaba de modelito. Mis amigas no querían nada de mí, salvo el dinero que ingresaba mi padre en mi cuenta.


Mis amigas no querían nada de mí en realidad, porque yo era una mujer insoportable, una pija que no sabía hablar de nada que no fuese la vida de las Kardashian o los tratamientos de belleza a los que se habían sometido muchas actrices. No hacía falta que ellas me lo dijeran abiertamente. Lo veía en sus rostros, en sus ojos, en su forma de evitarme cuando me ignoraban por completo una vez que descubrían que me había quedado sin dinero hasta el viernes siguiente.


No sé si era consciente de la falsedad que me rodeaba. Creo que no. Yo había encontrado en mis compras semanales y en mis operaciones de cirugía una forma de huir de esa hipocresía, una forma de volar como lo hacían esas aves sobre las que leía a solas, siempre a solas.


James, sin embargo, sí se había dado cuenta de que, a nuestro alrededor, no podía existir nada auténtico o verdadero. Quizá ese hecho explicaba la conducta de mi hermano.


Después de aquel día, me encargué de que James no saliera demasiado de casa durante un tiempo y, a lo largo de dos semanas, conseguí que desayunáramos juntos y evité que cometiera nuevamente aquellas locuras a las que se había acostumbrado. Comíamos fuera y, por la noche, él venía a mi apartamento o yo iba al suyo.


Aún recuerdo la última noche, antes del terrible acontecimiento que relataré más adelante. Recuerdo aquella noche en mi casa, porque fue una de las pocas veces en que James se mostró tal y como era en realidad, lejos de esa máscara y de ese disfraz con los que intentaba ocultar lo que tanto miedo le daba. Yo también le dije lo que pensaba sobre nuestra patética vida a lo largo de estos últimos tiempos.


—¿Has visto a papá?


—Ya te dije, James, que no. No he visto a papá ni a mamá desde hace bastante tiempo. ¿Por qué vuelves a preguntarme por ellos?



—Por algo que no te vas a creer, Susan.


—Escúpelo de una vez.



—Los echo de menos, hermanita. Echo de menos a esos cabrones.


—Bonita forma de decirlo, James.



—Sí, son unos cabrones, pero los echo de menos, ¿sabes?


—Siempre los hemos echado de menos, hermanito.



—Nunca nos hemos atrevido a decirlo, Susan.


—Porque nos da miedo reconocerlo.



—O vergüenza, quizá.


Dejé mi tenedor sobre la mesa y lo miré fijamente. Los ojos de James brillaban de una forma especial.


—¿Te da vergüenza reconocer que los echas de menos, James? A mí, no. A mí me da miedo.


—Miedo. ¿Por qué?


—Porque no quiero estar atado a ellos y, con su dinero, lo estamos. ¿O no te das cuenta? No podemos hacer nada. No sabemos hacer nada. Somos unos inútiles. Y ellos son los responsables de que no sepamos hacer nada. Solo sabemos comer en restaurantes caros y comprar compulsivamente. Al menos eso es lo que hago yo, James. Pero, bueno, miedo o vergüenza, da lo mismo. Somos dos putas mascotas.


—La verdad es que esa naricita que tienes me recuerda a la de un hámster.



—No bromeo. No sé por qué tienes que echar de menos a nuestros padres. Hemos vivido como dos huérfanos, como si fuésemos Hansel y Gretel en una puta casa de chocolate.


—Tus palabras desprenden odio, Susan.



—¿Qué quieres que te diga? Que he tenido una familia maravillosa. No he tenido nada. Solo te he tenido a ti, James.


—Y el dinero. Has tenido el dinero de papá, como lo he tenido yo.



—¿Me lo vas a echar en cara?


—No voy a echarte en cara nada. Pero somos unos hipócritas, hermanita. Odias a tus padres y, sin embargo, son los que te permiten vivir como una princesa de cuento.



—Una mierda, James. Mi vida es la de una princesa encerrada en una jaula de oro. Y la tuya, también. Por esa razón, te recogió la policía de la calle.


—No te entiendo, Susan.


—Tú vives en la misma jaula de oro que yo. Yo no trato de huir, pero tú sí lo haces, pero nadie puede escapar.


—Qué poética te has vuelto.


Me crucé de brazos y dejé de mirarlo. La noche sobre Manhattan era un telón oscuro que daba paso a un espectáculo de luces y sonidos incesantes. El tráfico no se detenía. Miles de almas deambulaban por aquellas calles siguiendo el ritmo que el estrés y el cansancio inyectaban en su sangre.


—No te burles, James. No me gusta coger el dinero de papá. Pero no estoy dispuesta a renunciar a él. Es la única cosa que ha hecho buena. Y mamá ha sido su cómplice.


—Me jode pensar que hemos sido un estorbo para ellos.



—No hemos sido un estorbo para ellos. Hemos sido algo peor.


—¿A qué te refieres, Susan?


—Hemos sido un trofeo, una pieza de colección y una necesidad.

Tragué saliva. No quería seguir hablando.


—¿Una necesidad?


—Sí, James. Gracias a nosotros, papá ha demostrado a todos que es un ser superior, que solamente él es capaz de administrar su empresa. Se ha permitido el lujo de tener dos hijos para convertirlos en dos inútiles, dos hijos a los que jamás va a enseñar cómo hacer negocios, cómo continuar con su legado. Eso es una forma de ser superior. Ni siquiera tu mierda de carrera de Derecho te va a valer para pisar una de sus oficinas.


No dijo nada. Mi hermano no dijo nada. Se calló durante unos segundos. Sorbió de la copa de vino. Nuestra animada conversación no terminó por esa noche.


—Hoy me he acordado, hermanita.


—¿De qué? ― pregunté haciéndome la tonta, aunque yo sabía a qué se refería.


—De nuestro secreto.


—No voy a hablar de eso, ¿me oyes? Olvídalo.


—No puedo, hermanita.


—Yo, tampoco, James. Pero vivo con ello. Y tú debes hacer lo mismo, joder.





Capítulo 4


Desperté. Me quedé un rato tirada en la cama. Estaba aborreciendo todo, la facilidad con la que mis padres nos apartaban de sus vidas. Le importábamos nada, solo era postín y una serie de circunstancias que no eran lógicas en la vida de cualquier persona. Lo que nunca pude imaginar es hasta qué punto algo así puede afectar a la vida cada uno de nosotros. Por entonces, pensaba que aquel rechazo, aquella indiferencia y aquel abandono no eran más que eso, un mero distanciamiento que se había creado entre padres e hijos, sin que nada de aquello pudiera hacer mella en la conducta de James o en la mía.


Pero estaba equivocada. Aquello era el principio de una erosión que lentamente iba corroyendo nuestro interior sin que nos diésemos cuenta. Pensaba, como James, que el dinero era capaz de comprar todo, de encontrar soluciones a toda clase de problemas o conflictos personales.


Me equivoqué y lo que lamento ahora esa equivocación, y que no me percatara de lo que estaba sucediendo a mi alrededor.


Llené la bañera. Y elegí entre diversas sales de baño que tenía en mi armario lacado. Elegí las sales del Himalaya, las más caras que existen, las que producían en mi piel u efecto sedoso y aromático que nada tenía que ver con esas sales de baño aromatizadas con fragancias a fruta y que usaba la clase media.

Me tiré un rato después de aquella relajante inmersión. Intenté no pensar en nada y, en mi caso, no me costaba ningún esfuerzo, salvo que a veces la sombra de James irrumpía en esa serenidad que alcanzaba con solo proponérmelo.


Mientras tomaba un café y un cigarrillo, decidí que iba a empezar a cambiar mi vida. Estaba harta de ser ese pájaro enjaulado del que le había hablado a mi hermano. Necesitaba sentirme realizada. No era la primera vez que surgía en mí pensamientos de esta clase. Pero parecía que, en esta ocasión, iba en serio. Estaba claro que no iba a renunciar a nada, pero sí que quería tomar ciertas obligaciones. Quería acostumbrarme a un ritmo diario, a una rutina, que me hiciese sentir de diferente manera a la que me sentía.


No era la primera mujer rica que había emprendido un negocio para saber que podía demostrarse a sí misma que realmente era una mujer independiente. De mis últimas conversaciones con James, yo misma había dicho que mi padre, con el silencio cómplice de mi madre, había tratado de convertir a sus propios hijos en dos seres inútiles, radiantes a los ojos de los demás, pero completamente inútiles.


Comencé a pensar en los infiernos que me había visto envuelta por culpa del abandono sentimental al que nos habían sometidos nuestros propio progenitores y eso conllevó muchas cosas malas, sobre todo ese gran secreto que teníamos mi hermano y yo, ese que en el fondo me estaba matando y que pensaba llevar a la tumba.


Sí. James y yo teníamos un secreto. Aquel abandono sentimental había desembocado en que, por ejemplo, mi hermano se comportase de esa manera tan suicida y que me impedía a mí relajarme como hacía tiempo atrás, antes de que sucediera todo, antes de que no me diese cuenta de nada. Pese a mi inmadurez, pese a mi compulsiva forma de gastar y mi despreocupación por formar una familia o trabajar, había algo que me tenía intranquila, algo que, por desgracia, estaba relacionado con el hecho de que más de una vez James apareciera destrozado, acompañado unas veces por la policía y otras veces, solo, como un lobo estepario que busca alimento y refugio desesperadamente.


Todo lo conseguía el dinero. ¿Y qué me mantenía tan intranquila? ¿Y qué era ese secreto que James y yo nos llevaríamos a la tumba? Un secreto que ocultaba una información terrible.

Hubo una vez que mi hermano apareció por mi apartamento en el mismo estado lamentable que hizo la última vez, pero no iba custodiado por la policía. Había arrollado a un hombre con su Porsche en una carretera secundaria y se había dado la fuga.


Supimos por las noticias locales que el hombre había muerto. Y, cuando James me lo confesó, juramos no hablar del tema nunca. Desafortunadamente, aquella muerte no sirvió para que James cambiara. Al contrario, se volvió más alocado y temerario.


Cuando lo vi aparecer con la policía, pensé que otra vez se había vuelto a repetir aquel accidente. ¿O debo llamarlo asesinato?


Sé que las lágrimas de James debo interpretarlas como un mecanismo de defensa contra esa existencia de mierda en la que había convertido su día a día. No teníamos padres y los dos nos habíamos acostumbrado a vivir con aquel terrible secreto, la muerte de un hombre. ¿Se puede vivir así? Sí, se puede. Se puede volver a conducir en sentido contrario, como hacía James, y con coca hasta las cejas y se pueden tomar baños con sales carísimas para relajarse mientras se pague el silencio de una familia, que fue lo que hicimos.


¿Qué clase de vida era la nuestra? ¿Qué mierda de existencia era la que soportábamos? ¿Cómo podíamos dormir tan tranquilos? No lo hacíamos, debo confesarlo. Pero el dinero tapa todo y las píldoras, y los somníferos, y un buen masaje, y un bonito color de uñas, y la coca, y una sirvienta que ordena y limpia todo lo que James y yo éramos capaces de ensuciar.


Me estaba machacando recordando el accidente que tuvo mi hermano embriagado. Joder, se llevó la vida de un hombre por delante y nosotros hacíamos como si nada hubiese sucedido. Pero el dolor estaba ahí, ahora que lo miro desde la distancia. Porque, pese a que éramos unos ricos malcriados, no éramos unos monstruos.


Mis padres nunca se enteraron, pues conseguimos tapar el juicio para que no saliese a la luz, pagó una cantidad muy elevada de dinero a la familia y, con un buen equipo de abogados, salió impune de ese caso que martirizaría mi cabeza para siempre. Comprar a algunos periodistas fue lo más fácil. Porque, como ya escribí, todo el mundo tiene un precio.


Y, sin embargo, estaba muy tocada esa mañana, como, si por primera vez y sin saber por qué, no pudiera con el peso de conciencia de todo lo que conllevaba mi vida. Me vestí con ropa cómoda. Necesitaba salir a la calle, respirar aire puro y sobre todo empezar a ordenar mi vida.


No podía seguir siendo la chica de treinta años que era. Era todo un desorden debido precisamente a esos excesos que el dinero me permitía. Pero no era sano seguir en ese declive.

Porque ya empezaba a intuir que, detrás de aquellos lujos y placeres, no había otra cosa que una caída en picado. Necesitaba tener relaciones sociales con otras personas, tener algo que hacer diariamente, aparte de ir a quemar tarjeta por todas las tiendas de New York.


Ni siquiera cogí mi coche. Me fui a caminar. Estaba triste y, por primera vez, estaba llena de remordimientos que impedían la paz interior que cualquier ser humano necesita para seguir con su vida. Porque, aunque por entonces no sabía cómo se denomina a esa clase de insatisfacción en la que se mezcla el dolor con la angustia, mi corazón sentía repulsión hacia mí misma. En efecto, ahora lo sé: eran remordimientos.


—Perdone, se le ha caído esto ― dijo una voz masculina tras de mí, agarrándome el brazo.


Me giré y pude ver a un chico con una preciosa sonrisa. Sujetaba en sus manos la funda de mis gafas. Al meterla en el bolso seguro que se me había caído.


Tardé unos instantes en reaccionar. Sus ojos grises me estaban hipnotizando a la vez que su sonrisa me transmitía lo que hacía mucho tiempo no sentía por una persona.


Derrochaba nobleza, tenía la sensación de que era un ángel que se me había presentado en aquellos momentos en los que yo parecía sumida en el principio de algo semejante a una depresión.


—Perdone, ¿es suyo, verdad? ― volvió a repetir.


—Sí, gracias ― dije titubeando mientras agarraba la funda.


—¿Está bien, señorita? ― preguntó mientras me la daba. Debía de estar sorprendido por la cara de tonta que había puesto.


—Sí, gracias ― dije sonrojada.


—Me llamo Brad ― extendió su mano para presentarse.


—Susan ― dije temblorosa.


—Un placer, Susan ¿Eres de Manhattan?


—Sí ― era incapaz de decir una frase seguida.


Me sorprendió la amabilidad y aquella confianza que se estaba tomando conmigo, como si hubiese en él la necesidad de algo más que sencillamente ser un hombre educado. Su manera tan extrovertida de presentarse me extrañó.


Si hubiese sido otro hombre, seguramente habría obtenido el silencio por respuesta. Ni siquiera habría perdido el tiempo en decirle “gracias”. Pero aquella mirada y esa manera de sonreír estaban produciendo en mí un efecto extraño, como si me hubiese tomado un narcótico y no dejase de mirar a un punto fijo, completamente alucinada.


—Le dejo mi tarjeta ― dijo mientras la sacaba de su cartera. ― He acabado de montar un restaurante justo ahí en frente, se llama Dalcotea. El viernes es la inauguración, está invitada.


—Gracias ― dije temblorosa.


—Perdone, si he sido un poco atrevido. Pero me apetecía hacerlo ― añadió con una voz tersa y suave.


Se alejó con una preciosa sonrisa, la misma con la que me paró para darme la funda de las gafas.

Me había dejado impactada. Había conseguido sacar de mí un rubor con él que nadie antes lo había conseguido ¿Quién era él? ¿Estaría casado? ¿Por qué me hacia esas preguntas? Si yo utilizaba a los hombres como toallitas de usar y tirar. ¿Por qué me había entretenido con aquel joven? ¿Por qué solamente había respondido con monosílabos? Algo me había pasado, algo a lo que no estaba acostumbrada.


Perdí el norte, seguí caminando sin rumbo. En esta ocasión, pensaba que era miércoles y quería ser capaz de ir a esa cita ¿Por qué se me pasaba eso por la cabeza? Era un desconocido, uno más, pero a mí me llamaba la atención.


Además, era un fracasado, un tipo que inaugura un negocio para salir adelante era un fracasado para mí por entonces. ¿Por qué iba a molestarme en ir a su inauguración? Tenía que habérmelo suplicado. Yo era una estrella en Manhattan, yo era la hija de uno de los clanes más ricos del mundo, no solo de Estados Unidos.


¿Sería capaz yo de plantarme en la inauguración de un restaurante como una simple mortal?


Pero repito que algo me estaba sucediendo y, en mi interior, me tomé aquella invitación como si fuese una manera de conectar con el mundo, de salir de mi jaula de oro, de ese apartamento en el que vivía en pleno centro de Manhattan.


Me pillé un café para llevar. Mientras paseaba, me apetecía mirar todo, observar lo que nunca hacía, la ciudad, la gente, la vida de cualquier transeúnte que se cruzaba en mi camino. En esos momentos, echaba de menos el hecho de no tener una amiga con la que compartir mis inquietudes o esta clase de anécdotas, como que conoces a un desconocido y el corazón te da un vuelco.


De repente, toda mi vida comenzó a girar alrededor de esa inauguración. Estaba jugando conmigo misma. Me tomaría aquel viernes como una especie de divertimento.


No me vendría mal ver en qué clase de mundo vivía. Aún tenía mis dudas, sin embargo. No era la primera vez que tomaba una decisión y luego cambiaba de opinión, o simplemente me olvidaba porque yo no tenía ninguna clase de disciplina. Y, aunque quería que eso cambiara, sabía que algo así no se hace de la noche a la mañana.


Entre a Morry´s, una tienda de ropa con una gran superficie. Quería ver que me pondría para el viernes en el caso de que fuese a la inauguración del restaurante de Brad, ese tipo de ojos grisáceos, media melena castaña y un porte de lo más sensual.


Estaba acostumbrada a tenerlo todo, pero en estos momentos sentía que aquel hombre se me escapaba de mis manos. Maldita sea, me sentía muy pequeña al pensar en él. Sentía que podría ser el foco de atención aquella noche. Qué engreída era y qué vanidosa. Ni que yo fuera la mismísima Reina de Inglaterra.


Porque Brad iría repartiendo tarjetas a todos los que se cruzasen en su camino y seguro que iría gente de todas las clases sociales y de todos los ámbitos culturales y artísticos. ¿Por qué tenía que pensar que yo sería la persona más importante en aquella inauguración? Me estaba volviendo loca.


Lo que tenía claro es que si iba, tenía que destacar por encima del resto y demostrarle a Brad, al que no conocía de nada, que, sin darse cuenta, él había invitado a una diosa.

Denis se me acercó, pues sabía que era una clienta potencial y no perdía la oportunidad de recibirme a modo peloteo total.


—Hola, señorita McRay ¿Qué tal estás?


—Hola, Denis, necesito algo para el viernes.


—―Ah ¿Pero no tienes nada que ponerte? ― preguntó bromeando.


—Quiero algo elegante, pero quiero vestir más discreta de lo que suelo hacerlo cuando salgo por la noche.


—Te entiendo. Pero me dejas boquiabierto. Que de tu boca salga la palabra “discreta” me resulta tan extraño.


—No te metas conmigo. Hablo en serio.


—No estaba bromeando, cariño. De todas maneras, te pongas lo que te pongas irás maravillosa. Tienes un cuerpo que es la envidia de Manhattan. No sé cómo no sales en los desfiles de Victoria´s Secret.


—No me gusta que me adules de esa manera. Lo que menos necesito ahora es convertirme en modelo de pasarela.


—Sabes que no soy muy sincero con clientas como tú. ¿Nunca has pensado en dedicarte a ser modelo?


—No. Ni a modelo ni a nada. Ese ha sido mi problema todos estos años. Que no he pensado en dedicarme a nada. Y no creas, Denis, que no me arrepiento.


—No te pongas ahora triste. Eres muy joven. Tienes toda la vida por delante para dedicarte a lo que te dé la gana, ¿sabes?


—Si tú lo dices. Pero, bueno, volviendo al viernes, Denis, había pensado en un traje negro de escote barco y hasta la rodilla.


—Me parece una fabulosa elección. Vamos, que te enseño algunos de esa línea.


El primer traje que me probé fue todo un acierto. Me quedaba perfecto, elegante, pero sin extravagancia. Me veía bien. Ese tipo de traje sería perfecto para la ocasión.


Me miré al espejo y pensé que estaba loca en pensar en presentarme el viernes a la inauguración de un restaurante de los muchos que abren en Manhattan y que duran dos o tres semanas. Es muy difícil competir en esta parte de la ciudad y, sobre todo, si hablamos de restaurantes. Lo peor es que, al mirarme en el espejo, no descubría a esa mujer de cuerpo perfecto que tanto admiraba Denis.

Veía a una pobre niña que tenía como único amigo una sustanciosa cuenta corriente. Menos mal que me quedaba James. Me iba a comprar un vestido carísimo, como solía hacer dos o tres veces al mes, para acudir a la fiesta de un tal Brad. Qué contradicción. No tenía nada mejor que hacer.


Quizá, esa noche tendría la oportunidad de poder conocer a otras personas, de empezar a integrarme en la realidad de la que siempre había huido una y otra vez.


—No me dirás que no te lo vas a llevar, ¿verdad?


—Me encanta, Denis. Tienes un gusto exquisito. Claro que me lo llevo. Me encanta.


—Te sienta de maravilla. Vas a estar rompedora. No van a dejar de mirarte.


—Eres un exagerado, Denis.


—No exagero. Contigo no puedo exagerar. Si te digo que vas espectacular, es que vas espectacular. ¿Cuándo te he mentido a ti, señorita McRay?


—Tienes razón. Por eso, vengo a tu tienda. Confío en tu criterio.


Salí de la tienda sonriendo. Era una locura lo que me había pasado. Quizás me estaba creando toda una película en mi cabeza, pero me apetecía ser la protagonista. Cogí un taxi y me dirigí a la peluquería de siempre.


Sabía que era por cita, pero allí siempre estaban encantados de recibirme y me hacían un hueco sin duda. Además me metían en el salón VIP, ese que solo era para personajes públicos y gente de un estatus bastante elevado.


—Hola, Robert ― dije mientras se acercaba a mí cariñosamente para saludarme.


—Susan, qué sorpresa verte por aquí.


—Perdona por no avisar, pero me preguntaba si podrían hacerme hoy las mechas y que me arreglaran las uñas de gel.


—Claro, pasa, hoy está la zona VIP tranquila y te las hago yo. Luego Kate te hace las uñas ― dijo llevándome hacía esa zona de clientes selectos.


—¿Te ha pasado algo? Es raro que vengas sin avisar, aunque para nosotros es un placer tenerte por aquí ― dijo mientras colocaba mi chaqueta y el bolso en el perchero.


—Me acaban de invitar a una inauguración de un restaurante el viernes. Pensé que mejor quedarme arreglada con tiempo.


—Oh, perfecto, esas fiestas de tanto glamour son un lujo para el cuerpo.


—Bueno Robert, no tengo claro que sea un restaurante de alto standing, pero sí que me ha impresionado el dueño, ese que me ha invitado ― dije sonriendo mientras me sentaba frente al espejo.


—Wow ¡Un flechazo! Eso es genial, Susan.


—No sé nada de él, es una locura, pero ¿Quién dijo miedo?


—Efectivamente, por ir no tienes nada que perder. Si tiene pareja, él se lo pierde y si no… ¿Quién sabe lo que puede salir de esa inesperada invitación?


—Lo mismo termino dándome un revolcón con el camarero que haya contratado ― bromeé.


—Con ese cuerpo y esa cara te puedes permitir liarte con quien quieras.


—¡Lo quiero a él! ―seguí bromeando.


—Pues, hala, a por él ― dijo mientras me daba el té que me había preparado antes de empezar a hacerme las mechas.


No me reconocía en ese diálogo. Estaba hablando como si fuese una quinceañera. Había caído en la trampa de los instintos.


De repente, hablaba de Brad como si fuese un hombre que me hubiese robado el corazón y, si de algo, yo había presumido siempre, había sido de no tener corazón. Y, ahora, estaba allí, delante de Robert, en su peluquería, hablando tranquilamente de tirarme a Brad o a alguno de los camareros. ¿Qué demonios estaba pasando en mi cabeza?


—Debo confesarte algo, Susan.


—Dime, ¿qué sucede?


—Nunca habías hablado así. No sé si me explico.


—No te explicas, Robert. ¿A qué te refieres?


—Que nunca te había escuchado hablar así de los hombres, con ese tono tan bromista y jocoso. Parece que, de repente, la vida te hubiese sonreído.


—¿Me veías muy triste antes?


—No sé si “triste” es la palabra. Pero, quizá un poco apagada y ahora, de repente, te veo lanzada para romper el viernes. Y me hablas de un chico. Nunca me habías hablado de ninguno de tus ligues ni nada parecido.


—No me había dado cuenta de eso. Sí, aunque parezca extraño, según pasan las horas, estoy más decidida a aparecer en esa inauguración.


—Tienes que hacerlo y echar un buen polvo.


—No seas grosero. Me sonrojo que hables en esos términos, por favor.


—Perdona. No era mi intención.


—Estoy de broma. Puedes decir lo que quieras. Me gusta que seas tan espontáneo conmigo.


Pasé una mañana muy divertida y amena en la peluquería, pues charlar con Robert siempre era divertido y ameno. Terminamos comiendo juntos en un restaurante asiático en la misma calle. Luego nos despedimos y él se fue a la peluquería y yo volví a mi gran apartamento.


Ya tenía claro que me iba a poner esos taconazos nuevos que aún no estrené y que quedarían geniales para ese tipo de vestido.


Pasé la tarde viendo pelis y fantaseando con Brad, esa imagen no podía sacarla de mi cabeza, a mí, que los hombres eran como un pañuelo de papel, que me había acostumbrado a usar y tirar a mi antojo. Pero éste me hacía revolver todas las mariposas de mi estómago. No sabía qué hacer. Sentía que sería muy frío aparecer allí sola, pero lo haría. No tenía nada que perder.


Por primera vez en mucho tiempo, tenía una ilusión. Y nunca me había sucedido que un hombre, que apenas conocía y con el que no había echado un polvo, ocupara mis pensamientos.


Quizá fuese eso. Que Brad parecía ser un tipo corriente, nada que ver con los modelos a los que me había follado con total desgana, antes de conocer la comodidad de los consoladores.















Capítulo 5


Por fin viernes. El jueves pasó lentamente. Maldita sea, me estaba poniendo cada vez más nerviosa según se acercaba el momento de la inauguración. No era la mujer que creía ser sinceramente. Estaba nerviosa. Deseaba volver a ver a Brad, ese misterioso hombre que había conseguido mover todas las emociones que había perdido hacía mucho tiempo.


“Deseaba”. Ese maldito verbo era impensable en mí. Yo nunca había deseado nada, porque lo tenía todo. Miento si había deseado una cosa y no tenía nada que ver con la carencia de afecto de mis padres, sino con el accidente de James, con aquel puto atropello que se llevó por delante la vida de aquel hombre.


Es hora de no mentir. Las veces que James intentó volver a nombrar el tema, yo me mostré reacia. No quería revolver en la mierda. Estaba asustada y, aunque seguíamos viviendo en nuestra jaula de oro, era cierto que la vida no era la misma para ninguno de los dos.


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