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Quédate














Título: Quédate solo esta noche.

© 2017 Norah Carter

©Todos los derechos reservados.

1ªEdición: Marzo, 2017.


Banco de imágen: ©Shutterstock.


Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor.



CAPÍTULO 1



Desperté temprano. Aún tenía un poco de resaca de la noche anterior. Había cenado con mi amiga Marta en un restaurante italiano y el lambrusco estaba haciendo estragos, pero tenía que sacar fuerzas y salir pitando para el aeropuerto.


—Ten cuidado, hija, me da miedo que viajes sola.


—Mamá, ni que fuera la primera vez…


—Bueno, pero recuerda tener precaución con todo, ya sabes que hay mucho loco suelto y no quiero por nada del mundo que te pase nada.


—Lo mismo vuelvo con novio —bromeé.


—No me importaría, solo espero que tengas buen ojo.


—Tranquila, prometo tenerlo. Dos escarmientos han sido suficientes. Dicen que a la tercera va la vencida —le solté mientras besaba su mejilla y me iba con mi pequeño equipaje hacia la puerta.


—Llama en cuanto llegues.


—Claro, no te preocupes.


El avión despegaba. Estaba feliz. El día anterior había cumplido treinta y dos años, y tenía una vida con un futuro bastante prometedor. Hacía dos meses que me ascendieron a directora de marketing de la empresa en la que trabajaba, “Medison”. Llevaba allí ocho años.


Ese fin de semana era el evento anual de la empresa. Esta vez sería en Bruselas, así que ahí estaba en el primer vuelo que salía hacia ese país. Iba sola, pues la noche anterior se fueron los jefes de departamentos, pero yo, como era mi cumpleaños, preferí salir más tarde. De todas formas, hasta el día siguiente no se celebraría la reunión.


Tres días eran los que iba a pasar allí, tres días completos. Era viernes, pero aterrizaría en la capital a las diez de la mañana. La vuelta la tenía para el lunes a primera hora. Me encantaba conocer lugares y en Bélgica nunca había estado, así que esta era mi oportunidad de hacer un poco de turismo.


Un taxi me llevó hasta el hotel, en pleno centro de la ciudad. Me registré y salí a la calle a hacer un poco de turismo.


No me había preparado nada. Cuando viajaba, me gustaba estudiar la ciudad antes de ir, pero en este caso, un día por otro, y nunca lo hice, así que cogí hacia la derecha y decidí perderme, descubrir por instinto todo. Estaba feliz, me sentía bien conmigo misma. Por esa razón, me dejé llevar y comencé a caminar.


Enseguida me di cuenta de que estaba en un sitio importante, La Grand Place, una belleza ante mis ojos. Solo el hecho de leer el nombre imponía. Me puse en el centro. Quería observar todo. Sabía que en cada edificio espectacular había una historia detrás, así que puse el nombre de la plaza en Google y descubrí que estaba el ayuntamiento, la casa del Rey, panaderías, sastrerías, cervecerías, pastelerías, todo estaba ante mis ojos. Después de unos minutos observando, me compré un gofre con un delicioso chocolate y me senté a observar, solo eso, aquello era magia, un escenario imprescindible para deleitarse un rato.


—No puedo, cariño, te he dicho que no —escuché a un chico hablar por teléfono. Por su acento juraría que era de Galicia. Me hizo gracia, se sentó en la mesa de al lado— No me puedes liar estos petates cada vez que salgo de viaje, así no se puede vivir —dijo en voz baja pero muy enfadado.


Yo hacía que miraba a la plaza embelesada por el atractivo que ofrecía, pero me hacía mucha gracia escuchar a ese chico discutir con la novia o mujer que le estaba liando la de Dios.

—Estás quedándote loca, no es normal las cosas que me estás diciendo, esto es trabajo, ese que mantiene nuestro hogar, vives enferma de celos, esto no es vida, Natalia —recriminaba cada vez más acelerado—. Mira, ya me has terminado de enfadar, no te voy a coger el teléfono hasta el lunes, es imposible hablar contigo, cada vez que viajo, un numerito… ¡Ya está bien! —colgó el teléfono.


Lo miré y vi que estaba tan enfadado que lo tiró sobre la mesa y el móvil salió lanzado para el suelo. El teléfono se había roto en mil pedazos. No sabía si cogerlo y dárselo, si echarme a reír, calmarlo o quedarme quietecita, que sería lo mejor…


No, yo no me podía quedar quietecita, él sí, ni se inmutó en mirar el móvil. Estaba muy enfadado. Me levanté y fui a cogerlo, pero antes de agacharme, lo miré.


—Perdone, se le ha caído el móvil —dije aguantando la risa mientras me agachaba para recogerlo.


Podía ver que se estaba levantando apresuradamente. Aquella escena me había parecido como recién sacada de una comedia americana, de esas que solemos ver a mediodía o por las noches, cuando estamos aburridos y nos apetece reír un poco.


—No te preocupes. Ya lo recojo yo —decía mientras se agachaba y se quedaba en cuclillas, como yo.


—No pasa nada —iba recogiendo y entregándole a él los pedazos. Estaba aguantando la risa cada vez más. Parecía que me estaba haciendo efecto el lambrusco de la noche anterior.


—¿Eres española también, verdad? Me llamo Rodrigo —se acercó a darme dos besos.


—Yo me llamo Hanna —dije reventando a reír.


—¿Y esa risa? —preguntó sonriendo.


—Perdona, es que vi cómo lanzabas el móvil… —dije a trancas y barrancas, llorando de la risa.


—¿Te sientas? —señaló a la silla de su mesa, sorprendido gratamente por lo que yo le había revelado.


—Vale —cogí las cosas de mi mesa y me fui para la suya.


—¿Has venido de viaje sola? —preguntó intrigado.


—Sí, aunque estás calles deben estar inundadas por compañeros míos. He venido a un evento de mi empresa, se celebra mañana.


—¿No serás empleada de Medison, verdad?


—¡Sí! ¿Tú también?


—Sí, soy de las oficinas centrales de Vigo. ¡Qué coincidencia!


—No, no lo es, solo a un español se le ocurriría estampar un móvil por una discusión con su pareja —solté riendo aún más.


—¡Mi madre! Te has enterado de todo —dijo poniendo sus manos sobre la cara.


—No, tranquilo, a ella no la escuchaba —sonreí de forma maléfica.


—Mejor… —volvió a ponerse las manos en la cara.


—No te preocupes. Las mujeres sacamos de quicio, lo llevamos en las venas por naturaleza —intenté suavizar el tema.


—Pues esta lo debe llevar en el cuerpo entero. Qué de numeritos cada vez que salgo de viaje. Me ha montado un pollo en un momento… impresionante. Esta se cree que soy Richard Gere o algo por el estilo, no la entiendo.


Hombre, Richard Gere no, pero vamos, que bueno y guapo era bastante, de esos que a muchas no les importaría tener un rato en su vida. Ese pelo castaño, un poco largo, engominado hacia atrás, esos ojos color miel, esa mandíbula tan acentuada, ese cuerpo tan definido, con ese polito blanco que le hacía unos brazos impresionantes, esos vaqueros ajustados…. Ni que fuera Richard Gere decía… aguanté para no reír solo de pensarlo.


—No te preocupes, se le pasará.


—Más le vale, porque llamar ya no puede —miró hacia el móvil que estaba en la mesa roto en mil pedazos, los dos nos reímos.


—No sé yo si eso la enfadará más —encogí los hombros.


—Paso, para tres días que voy a estar aquí, no voy a estar amargado. Total, ella, hasta que no llegue, no se va a quedar tranquila —puso ojos en blanco.


—Algunas mujeres no tenemos solución —dije de sopetón.


Nos miramos con complicidad y, en el brillo de sus ojos, pude leer que yo le había caído en gracia. Permanecimos callados durante un instante, un instante que para mí fue mágico y creo que, para él, también. Pero la magia también tiene fecha de caducidad, como los yogures. Ya sabréis por qué dentro de nada.


Cuando viajas a otro país, tienes la sensación de que estás en otro mundo, en otra realidad y que tienes libertad para hacer muchas cosas que, en tu entorno, eres incapaz de hacer. Creo que a nosotros nos estaba pasando algo parecido. El hecho de que él hubiera roto el móvil en mil pedazos me decía que las cosas con aquella joven no iban tan bien. Los celos son de las peores emociones que puede experimentar una pareja. Y, como él había dicho, su chica estaba siendo presa de ellos.


La verdad es que cada vez que lo miraba me recordaba más a Richard Gere. Pero solo era una fantasía de las que se producían en mi cabeza constantemente. Lo estaba pasando genial con aquel chico.


De repente, me di cuenta de que se estaba poniendo cada vez más nervioso. Noté que estaba completamente morado.


Se había atragantado con uno de los aperitivos que nos habían servido junto a la cerveza. Ya no podía ni hablar. Yo me asusté tanto que me levanté para intentar ayudarlo. Rodrigo se atragantaba y no había forma de que pudiera respirar.


Por los movimientos que estaba haciendo con los brazos, como si fuera un auténtico ventilador, supuse que la cosa iba en serio. Los ojos se le salían de las órbitas y abría la boca como si fuera un pez que acababa de salir del agua. Yo no tenía ningún conocimiento de primeros auxilios, así que lo único que hice fue darle golpes en la espalda mientras gritaba socorro como una desesperada.


Rodrigo necesitaba ayuda urgentemente, si no se iba a morir allí mismo y lo que es peor, cuando su novia se enterara de que había estado conmigo, seguro que me denunciaba por homicidio involuntario.


Empecé a darle golpes muy fuertes en la espalda y me di cuenta de que no estaba haciendo nada. Rodrigo se estaba asfixiando, al mismo tiempo que me indicaba que los golpes le estaban destrozando por dentro. Al final, el maldito aperitivo salió de su boca disparado. Pudo tomar aire. El susto que me había dado era tremendo. Cuando llegó el camarero para ayudarme, ya estaba todo solucionado.


Rodrigo comenzó a beber cerveza para aliviar el dolor que tenía justo en el esófago. Yo estaba también de los nervios, porque me di cuenta de que ese chico podía haber muerto delante de mis narices.


—Gracias a ti, he podido volver a la vida, aunque la espalda va a tener que verla un masajista porque casi me la rompes de los golpes que me has dado —dijo con un tono irónico que no me gustó nada.


—Oye, no te pongas borde. Solo intentaba evitar que te ahogaras con el maldito canapé. Me has dado un susto de muerte. Pensaba que iba a terminar las cervezas con un jodido cadáver —dije yo intentando quitarle tensión al momento—. Rodrigo, no quiero que te lo tomes a mal. No vuelvas a coger canapés. No quiero que te atragantes, por favor —apunté yo con tono serio.


—O sea, que ahora tú, a la que no conozco de nada, te pones a darme órdenes —dijo con cara de pocos amigos.


—Yo no te estoy dando órdenes. Te digo que lleves cuidado con los canapés, porque me estoy poniendo histérica al verte masticar de nuevo —repuse con el mismo tono de cabrona que había utilizado él antes.


—Sí, me estás dando órdenes. Por favor, dejémoslo estar.


Aquel muchacho, que al principio me había gustado por su apariencia y por su amabilidad, empezaba a mosquearme. Resulta que el tipo estaba siendo bastante capullo conmigo. Lo que menos necesitaba yo ahora, en Bruselas, era un chaval que tuviera un concepto tan equivocado de las mujeres y que me acusara de darle órdenes.


Después del susto de muerte que me había dado con el canapé, no se le ocurrió otra cosa que ponerse a comer a dos carrillos el resto del plato.


Mis relaciones con otros hombres habían estado precisamente marcadas por este tipo de conductas. Me daba cuenta que, conforme los hombres cumplían años, se volvían más tontos y más insoportables. Ahora tenía delante de mí a un compañero de la misma empresa que, sin conocerme de nada, se estaba comportando como un auténtico niño de teta.


—Si me atraganto otra vez, ni te acerques. ¿Te has pensado que mi espalda era un saco de boxeo?


—Eres muy gracioso, ¿no? —dije yo con ironía, demostrándole que sus comentarios y chistecitos no me hacían ninguna gracia ahora mismo.


—Bueno, perdona si te estoy molestando. Perdona, Hanna. No era mi intención. Ni mucho menos, ¿sabes?


—Pues ha habido un momento en que he pensado que estaba delante de un auténtico gilipollas. Y de eso entiendo un rato —añadí yo lanzándole un gancho en toda la mandíbula.


—Eres de armas tomar. No era mi intención. Lo siento.


Parecía que aquel chico volvía a recuperar el sentido. Pero yo ya estaba bastante mosqueada con esa actitud. No sabía qué pensar de Rodrigo. Sus últimos comentarios no me habían hecho ninguna gracia. Si era listo e inteligente, se daría cuenta de que mi cara no era ni mucho menos la que había mostrado al principio cuando me senté junto a él y pedimos las cervezas.


—Bueno, Hanna, ahora me tendrás que llevar contigo. Sin móvil, no soy nada. Espero encontrar una tienda pronto. ¿No te importa, mientras tanto, que use el tuyo para algunas consultas en Internet? —dijo ya con un tono más amable.


—No te preocupes. Todo sea por el bien de la empresa, Rodrigo.


—Es verdad. Todo sea por el bien de la empresa. Pero recuérdame que no me meta contigo —volvió a ese tono de broma.


—¿Por qué? —pregunté yo haciéndome la ingenua.


—Porque me he dado cuenta de que tienes mucha fuerza. Fuerza bruta.


—Mira, chaval, te va a librar de que eres parte de la empresa y necesitas mi móvil. Pero, cuando consigas un teléfono, te quiero fuera de mi vista, ¿me oyes?


—No quería …


—No me valen más disculpas. Déjalo, por favor —lo interrumpí con un tono molesto.


Rodrigo pagó la cuenta y nos marchamos de allí. No sabía si había hecho bien en prestarle mi ayuda a aquel compañero de empresa. No sabía muy bien a lo que jugaba, pero, ahora que lo tenía cerca, estaba bien, bien bueno.



CAPÍTULO 2



No sabía qué hacía exactamente con aquel chico a mi lado. Pero la verdad es que, pese a esa pequeña pelea que habíamos tenido, donde él me había parecido un poco idiota, no me desagradaba tenerlo a mi lado.


No debía fiarme, pero tengo que confesar que Rodrigo era un hombre que estaba para mojar pan. Estaba buenísimo. Ahora me había dado cuenta bien. En otras circunstancias, no me hubiera importado llevármelo a un hotel y haber pasado varios días sin salir de la habitación.


Tengo que confesar también que no es la primera vez que me había encaprichado de algún hombre al poco de conocerlo. Gran parte de los fracasos amorosos que había tenido anteriormente se debía a que me había enamorado de la persona equivocada. Y, a veces, sin saber por qué, surgen ese tipo de flechazos y te ves envuelta en un lío amoroso del que luego no sabes cómo salir. No era el caso. Solo era atracción sexual en el caso de Rodrigo.


Aunque no lo creáis, yo estaba fantaseando con su cuerpo, ahora que iba a mi lado. Después del susto que me había dado y de sus puyitas en plena conversación, yo no dejaba de pensar en cómo estaría Rodrigo desnudo. Su cuerpo atlético, sus hombros rectos y cierto toque de distinción al caminar hacían que aquel hombre me sedujera.


Si le preguntas a mi amiga Marta sobre el culo de los hombres, te dirá que a ella lo que le gusta de verdad en un tío es sobre todo su inteligencia, la mirada y su conversación. Pero te está mintiendo. A todas las tías nos gusta mirar el culo de los hombres. Y eso es lo que me estaba sucediendo en aquel momento.


Y debo reconocer que Rodrigo tenía un buen culo, además de unas espaldas anchas que había trabajado duramente en el gimnasio. Sin saber por qué, yo me estaba excitando por momentos. Pero no debía olvidar que él estaba junto a Natalia y, aunque no se llevaban bien por lo que pude escuchar, yo tenía que ser lo suficientemente elegante para respetar esa relación.


Ahora faltaba que aquel chico no la fuera a joder otra vez con alguno de sus comentarios. Algunos de ellos me habían sentado muy mal minutos antes. Al menos se disculpó.


Ahora bien, mis relaciones anteriores habían fracasado por eso, precisamente. Porque me había fijado solo en el físico y luego los tipos habían resultado ser unos auténticos cabrones, unos traidores en toda regla.


Mientras caminábamos por algunas calles de Bruselas, Rodrigo quiso entablar conmigo una conversación amistosa que pronto dio lugar a la confesión de alguna intimidad que yo escuché atentamente.


—No he querido dar la impresión de ser un idiota. Estoy muy nervioso y a veces pierdo el control de la situación —dijo con tono de disculpa.


—Lo del canapé sí que me ha puesto nerviosa. Y no te digo nada cuando he visto que hacías trizas el móvil contra el suelo —dije yo sonriendo.


—No es la primera vez que me pasa. Me desespero cuando veo que Natalia se pone así de celosa. No salgo apenas de casa. Soy una persona de costumbres sencillas. De mi trabajo al gimnasio y del gimnasio a casa —apuntó con cierto tono de desengaño en su voz.


Lo sabía. El tío estaba yendo al gimnasio. Lo que daría yo por verlo en el vestuario, recién salido de la ducha o en esas máquinas de pesas fortaleciendo aquel cuerpo que, ahora, una camisa y una chaqueta muy elegantes cubrían para mi desgracia. No quería fantasear.


Pero no sé lo que me estaba sucediendo y no podía dejar de pensar en él, comparándolo con un actor de cine. Él había dicho antes que no era Richard Gere, pero yo estaba cada vez más convencida de que tenía algo que lo hacía especial. Ayudaba a eso que se estaba mostrando más más amable y más confiado. Me daba cuenta de que también era una persona con la que se podía hablar tranquilamente de cualquier cosa.


—No sabía que ibas al gimnasio, Rodrigo. Pero ahora que lo dices, se te nota. Se te ve que estás en forma —dije como si no me hubiese dado cuenta…


—Gracias, por el piropo. Tú también te cuidas. Veo que tienes un cuerpo estupendo, Hanna. Debes hacer mucho deporte, ¿verdad?


Yo no había hecho deporte en mi vida. Sí que debo reconocer que tengo un cuerpo bonito. Pero porque la naturaleza me lo había dado. Mi madre había llegado a ser reina de las fiestas de su pueblo, precisamente por la cintura de avispa que tenía. Yo había heredado su genética, pero no quiero irme del tema. Mentí como una bellaca y le dije a Rodrigo que sí, que me cuidaba muchísimo, que todos los días hacía spinning y Pilates en un gimnasio que estaba muy cerca de casa. Aún me pesaba en el estómago el gofre que me había tomado horas antes.


—La verdad es que hago mucho deporte, Rodrigo. Me quita el estrés del trabajo. En general, me gusta cuidarme. Luego, me puedo beber las cervezas muy a gusto, sin tener miedo a engordar —dije yo tan feliz sin que él se diera cuenta de que todo lo que le estaba diciendo era una auténtica mentira.


¿Cómo podía ser tan falsa? La única razón de que me estuviera comportando así es que aquel chico, según pasaban los minutos, me caía en gracia y me iba gustando estar a su lado. No quiero que entendáis esto como un flechazo, sino que simplemente no me habría importado hacer algo con Rodrigo, algún número del Kamasutra que, con aquel cuerpo y con aquel entrenamiento que llevaba encima, seguro que le salía a las mil maravillas.


—Hanna, me alegra saber eso. Natalia no quiere hacer nada de ejercicio. Siempre ha tenido un cuerpo precioso y vigila su alimentación, pero me encantaría que hiciéramos deporte juntos. Todavía no lo he logrado —dijo él con resignación.


—Es una pena, Rodrigo. Con algunas parejas con las que salí les pasaba lo mismo. No querían hacer cosas conmigo —volví a mentir.


—No me digas. Es triste saber eso. Duele que la persona a la que quieres no quiera pasárselo bien compartiendo su tiempo en actividades tan saludables como hacer footing o montar en bicicleta —el tono de su voz era un poco más alegre.


Desde luego, no se podía ser más mentirosa que yo en aquel momento. Las parejas con las que había salido solo pensaban en llevarme a la cama y poco más como pasar el tiempo en la barra del bar, comer en un restaurante barato de carretera o permanecer callados dentro del coche en algún descampado para luego desahogarnos con el sexo simplemente. Mis relaciones habían durado muy poco porque los hombres con los que yo había salido no tenían ningún atractivo, a diferencia de Rodrigo, cuyo cuerpo y ese culo duro y redondo llamaban enseguida la atención. Ahora vino lo peor. No sé cómo no pude estar atenta a la jugada.


—Se me ocurre una idea, Hanna. ¿Por qué no quedamos mañana temprano para hacer footing por la ciudad? Será una experiencia estupenda. ¿Qué te parece?


En aquel momento tragué saliva. En mi vida había hecho footing. La única carrera que hacía una vez al año era la que hacían junto a todas aquellas cincuentonas que esperaban ansiosas a que abrieran los grandes almacenes en las rebajas. Bueno, además de correr, allí había que practicar boxeo y lucha libre para conseguir una prenda que deseabas. No supe qué contestar en aquel momento. Tragué saliva otra vez. Cada una de mis mentiras me iba a pasar factura.


Pero ahora no podía decir que no. Iba a quedar como una farsante si me negaba. Y a Rodrigo lo veía bastante ilusionado con que yo lo acompañara a hacer footing. A mí se me ocurrían otras cosas para gastar nuestras energías por la mañana una vez que uno despertaba y se quedaba en la cama. Pero no me atrevía a decírselo. Dije que sí, que estaría bien, pero me inventé una excusa rápidamente. No había traído ropa deportiva a Bruselas.


—Lo siento. Pero tengo un problema, Rodrigo.


—¿Qué problema? —dijo él intrigado.


—No me he traído ropa adecuada para hacer deporte. No pensaba traerme mi bolsa del gimnasio. No entraba en mis planes salir a hacer footing por Bruselas. Entiéndeme —dijo yo un tanto aliviada al inventarme una excusa tan buena.

Pero Rodrigo era un hombre hábil y, como buen comercial, encontró una solución rápidamente.


—No es problema. Seguro que encontramos alguna tienda de ropa. Con una camiseta y un pantalón de lycra bastará, Hanna. Me hace mucha ilusión que me acompañes.


—La verdad es que no se me había ocurrido —añadí yo con un tono un tanto fastidioso.


—Bueno, solo es una sugerencia. Pero me ha emocionado mucho pensar que podrías hacer deporte conmigo. Pero, si no te apetece, no pasa nada. Lo haré solo —dijo él poniendo cara triste.


No podía permitirme en aquel momento quedar como una auténtica idiota. Tampoco iba a decirle que le había mentido así que, ni corta ni perezosa, me aventuré a hacer footing con él a la mañana siguiente. Compraríamos ropa deportiva y solo esperaba que mi cuerpo respondiera físicamente a la carrera. Pero me temía que aquello iba a ser un desastre y que las agujetas iban a marcar el resto de mi vida. No podía hacer otra cosa porque, en aquellos instantes me di cuenta de que Rodrigo podía ser más que un simple acompañante durante esos tres días que teníamos dedicados a las reuniones de empresa.


Encontramos en una pequeña plaza una tienda de ropa deportiva. ¡Qué casualidad! Y no habíamos encontrado todavía ni una sola tienda de móviles. Entramos y nos atendió enseguida una muchacha muy simpática.


Rodrigo se había manejarse muy bien en inglés y me sorprendió su destreza a la hora de hablarlo. Yo estaba prendada, porque daba gusto ver que, por primera vez en mucho tiempo, estaba acompañada por un hombre con recursos, nada que ver con los tipos con los que había perdido el tiempo en otras relaciones. Nos acompañó aquella muchacha a la zona de ropa deportiva femenina. Yo no tenía ni idea de lo que tenía que ponerme para hacer footing, pero intenté demostrar que sabía las prendas que tenía que elegir.


Cogí camiseta, pantalones de lycra, y también elegí un sujetador deportivo que me pareció muy bonito por el color rosa.


Lo que más me sorprendió es que Rodrigo no se iba nunca de mi lado. Esperaba a que saliera del probador para comprobar que había elegido la ropa adecuada. Por un lado, podría pensar que aquello era típico de un hombre muy descarado y sin ningún tipo de vergüenza, pero, por otro lado, me hacía mucha gracia que él estuviera allí, como una especie de asesor personal. En el fondo, no me importaba que él me viera con aquel equipo deportivo ya puesto.


Creo que, de forma inconsciente, nos estábamos acercando el uno al otro. No tardé en salir. Al mirarme en el espejo, me di cuenta de que mi cuerpo todavía reunía las condiciones para destacar sobre el cuerpo de otras mujeres. Estaba radiante, estaba buenísima.


Al verme así, Rodrigo no se iba a quedar indiferente. Y así fue. Cuando salí del probador, pude ver que su cara cambió repentinamente. Una alegría interior se reflejó en su forma de mirarme. Yo creo que, por dentro, estaba pensando que yo era una mujer impresionante.


—¿Cómo me queda? —dije yo haciéndome la tonta.


—Estás fabulosa, Hanna. Te sienta genial. Se amolda a tu cuerpo perfectamente.


—No sé si probarme otra cosa. Voy a ver —dije con descaro y con intención de provocarle.


Volví al vestidor, sonriendo como si fuera una quinceañera que se prueba ropa con sus amigas una vez que han acabado las clases del instituto. Rodrigo esperaba fuera y el hecho de que se hubiera mostrado tan ilusionado hizo que yo me creciera. Así que me probé nuevos modelitos que le sorprendieron gratamente. Sus ojos hacían chiribitas y pude ver que empezaba a sudar al verme salir del probador una y otra vez.


El colmo fue cuando me atreví a probarme el sujetador deportivo. La muchacha que nos había atendido debía pensar que estábamos haciendo una auténtica locura, que estábamos recreando algún tipo de fantasía sexual.


—¿Y este cómo me queda? —seguía yo preguntando.


—No sé qué decir. Me gustaba más el primero, Hanna —decía él con voz temblorosa.


—De acuerdo, volveré a probármelo y tú ya me dices si estoy mejor que con este.


—Sí, sí, yo te lo confirmo —apuntó él sin dejar de sudar.


La pregunta era qué demonios estaba haciendo yo en un probador de una tienda de ropa deportiva en mitad de Bruselas. También había otra pregunta y era la siguiente: qué estaba haciendo yo probándome modelitos de lencería, porque no se podían definir de otra forma aquellas prendas deportivas. Y delante de un extraño. Porque Rodrigo no dejaba de ser un extraño. En aquel momento, ese tipo de pensamientos no se me pasaban por la cabeza. Solo intentaba gustar a aquel chico, cuyo culo seguía motivándome. En el fondo, me estaba comportando como una niña pequeña, porque lo que estaba haciendo era una travesura que podía costarle su relación con Natalia. Pero yo no era consciente de esas acciones.


Cuando salí por última vez con el modelo que me había probado al principio, me di cuenta de que Rodrigo estaba sudando como un pollo. Me reí al ver que aquel chico se encontraba incómodo, pero que no me quitaba ojo de encima. Al final elegimos ese conjunto y salimos a la caja y pagamos. La muchacha ya no era tan simpática, tenía una cara de perro, cuando tomó la tarjeta de crédito de Rodrigo, que daba miedo. No nos dio ni siquiera las gracias.


Creo que estaba más que mosqueada. Pensaba que éramos dos locos o depravados que nos habíamos escapado del manicomio.


Rodrigo me miraba ya con otros ojos.


—Bueno, pues vamos a buscar la dichosa tienda de móviles —dije yo con total desenfado, feliz.


—Sí, vamos a buscar la tienda de móviles cuanto antes —en su voz noté mucho nerviosismo.


Yo creo que se había puesto cachondo. De repente, me detuve en mitad de la calle.


—Rodrigo, se nos ha olvidado comprar las zapatillas. Solo me he traído tacones —dije yo contrariada.


—Es verdad. No he caído yo tampoco en la cuenta.


De nuevo volvimos a entrar en la tienda. No voy a decir la cara que nos puso la dependienta al vernos entrar nuevamente. Pero yo necesitaba calzado adecuado para hacer la maratón que me iba a costar un infarto al día siguiente. En esta ocasión, la dependienta no se fue de nuestro lado.


Sospechaba que volviéramos a hacer otro numerito como el que habíamos hecho antes. Encontré unas zapatillas blancas muy bonitas, pero Rodrigo me dijo que eran zapatillas de tenista. Creo que había metido la pata, creo que, por un momento, se dio cuenta de que yo no tenía ni idea de hacer deporte ni nada por el estilo.


Al final elegimos el calzado adecuado. Me las probé y Rodrigo, cerca de mí, me informaba sobre el material de las zapatillas. Yo no me estaba enterado de nada. Tenía la atención puesta en otro sitio y no era precisamente en sus ojos.


Si él se había dado cuenta, en algún momento, de que yo no tenía ni idea de lo que me estaba contando, no lo demostraba. Me seguía el juego y yo le seguí el juego a él.


Cargados con las bolsas, salimos de nuevo a la calle. La dependienta con cara de perro ni nos miró a los ojos cuando se cobró las zapatillas. Yo creo que pensaba que todo aquello formaba parte de un programa de esos de cámara oculta.


Me sentía distinta. Allí estaba yo, la experta en Pilates y en spinning. Madre mía, la que me esperaba al día siguiente. Menudo madrugón para que aquel chico me viera tirar los pulmones por la boca nada más dar la vuelta a la esquina.


Pero, no iba a pensar en eso. Alguna excusa se me ocurriría para evitar el problema.


Lo que más me mosqueaba de todo esto, era que Rodrigo llevaba varias horas sin móvil y no lo había necesitado para nada.



CAPÍTULO 3



Cruzada de brazos, apretando el agarre cada vez más. A ese paso me iba a hacer daño. Pero o era eso, o soltarme las manos y estamparle mi puño en la cara al tal Rodrigo.


Ya me había vuelto a sacar de quicio. Por Dios, ¡la que estaba liando para un móvil!


—Este es de última generación… —la dependienta le mostró el móvil número mil y él la interrumpió en el acto.


—No —dijo inmediatamente.


—¿Por qué no? —pregunté intentando tener paciencia, pero eso ya lo había perdido hacía como media hora, el tiempo que llevábamos mirando decenas de trastos de esos.


—Porque el servicio técnico de esa marca no es bueno —él se encogió de hombros.


—Dices lo mismo de todas, ¿cuántos móviles has tenido? —ya soné desesperada.


—Bastantes, no me duran mucho.


—Normal si estrellas uno cada vez que te enfadas… —resoplé.


—Fue la primera vez que hice eso —replicó mirándome fijamente, hasta que sus ojos bajaron a mis pechos, enseñaba demasiado en esa postura, y volvió rápidamente la cabeza hacia la dependienta, quien se mantenía en silencio y nos miraba casi sin pestañear, como buen maniquí —. Dejemos esa marca mejor —le dijo a la chica, la que, sin mostrar ni un ápice de sus emociones, lo guardó y fue a por otro.


—Rodrigo, es solo un móvil —resoplé—. Coge el que sea y en España lo cambias.


—Oh, si pensaba hacer eso, pero es que ninguno me gusta.


Desesperada era poco. Lo iba a matar. Me daban ganas de estrangularlo. Respiré profundamente y cerré los ojos mientras pedía ayuda divina. No entendía cómo un hombre al que acababa de conocer, podía sacarme tan rápidamente de mi quicio. Es que no siquiera entendía por qué seguía ayudándolo. ¿Por qué me metía en esos líos?


Es un compañero de la empresa, ten consideración, me decía una voz en la cabeza.


¡Y un cuerno! Iba a dejarlo allí. Solo, que se buscara la vida, yo no tenía nada que ver.


Y mis ganas de deshacerme de él aumentaron cuando lo vi pagando el móvil. ¡El primer móvil que le había enseñado! Maldito hombre.


—Ya nos podemos ir.


Giré la cabeza cuando me habló, estaba aguantando la puerta para que yo saliera. Me había quedado pensando y no me había dado cuenta.


—Por fin elegiste —dije borde cuando salí y comenzamos a caminar.


—No es que me guste mucho, ya en España miraré mejor.


—Entiendo… —una coletilla, claro, porque no entendía nada. Lo único que sacaba en claro es que era peor que un dolor de cabeza— ¿Le pusiste la tarjeta ya?


—No.


Y esperé que contestara algo más, no sé, quizás algo como: Ahora me paro y la pongo, o la pongo al llegar al hotel… Pero nada, seguía caminando como si con eso fuera suficiente.


—¿Por qué no? —insistí.


Lo mío era masoquismo puro y duro, no tenía otra explicación. ¿Qué demonios me importaba a mí por qué no ponía la tarjeta? Que hiciera lo que quisiera.


—No pienso usar el móvil.


Me tropecé con mis propios pies, no sé cómo lo hice.


—Debes de mirar por dónde pisas —dijo tras soltarme el brazo que me había agarrado para evitar que me cayera.


—¿Qué quieres decir con que no piensas usar el móvil? —me coloqué frente a él y me crucé de brazos.


—Pues eso, que no lo usaré.


—¿Y para qué lo compras?


—Por si necesito usarlo para una emergencia y tú no estás cerca.


—Que es lo más normal, que yo no esté cerca —intenté hacerle entender como si fuera un niño pequeño.


—Bueno, estaremos el fin de semana aquí, nos veremos mucho, seguro que te tengo cerca como para no necesitar mi móvil.


—¿Lo estás diciendo en serio? —pregunté con la boca abierta, casi me llega la mandíbula al suelo, como en los dibujos animados. Tuve que cerrarme la boca con la mano.


—Sí —y sí, ese sí sonó muy serio.


—No hay quien te entienda —negué con la cabeza, pero no pude evitar reír, todo eso era más que surrealista.


—Voy a estar pocos días aquí, no me apetece volver a discutir.


—¿Lo dices por tu mujer? —pregunté, en ese momento entendiendo.


—Sí, a saber, la de veces que me habrá llamado ya. Y como comprenderás, no pienso arruinar mi estancia en esta ciudad. Quiero estar tranquilo.


—Te va a matar por eso —seguí riendo. En el fondo era divertido, aunque me sacara de mis casillas.


—Eso lo enfrentaré cuando llegue el momento. Ahora tenemos que ir a comer —cambió de tema.


—¿Nosotros? —¿por qué me incluía a mí en sus planes?


—Claro, estoy muerto de hambre y seguro que tú también. Encontraremos algún lugar donde se coma bien.


—Pero Rodrigo, yo no…


Tengo hambre, así terminaba la frase que iba a decir antes de que él, sin mediar palabra, tirara de mi brazo para hacerme andar hacia un restaurante cercano.


Estaba claro que ese hombre no admitía una negativa, y que a mí me encantaban los líos. Porque, si no, no entendía por qué me dejaba guiar.


Tomamos asiento en una pequeña mesa que había colocada fuera del restaurante y esperamos a que el camarero trajera la botella de vino que Rodrigo había pedido.


—No sé si te gustará la comida típica de aquí, pero hay de todo —dijo mirando la carta.


—Eso lo podías haber pensado antes de obligarme a venir contigo.


Soné muy sarcástica, lo sé, pero es que tenía que decírselo, no podía callarme. Si me mordía la lengua, me envenenaba. Levantó la mirada de la carta que estaba leyendo y me miró con ojos arrepentidos.


—Lo siento, estoy bastante nervioso y no me doy cuenta de cómo actúo.


—Mira, Rodrigo, no te conozco, pero empieza a relajarte. Más que nada, porque si no te relajas, me vas a alterar, y si me alteras, vamos a acabar muy mal —dije enfadada.


—¿No te apetecía comer conmigo?


—No es eso —el arrepentimiento en mi voz—. Pero es que ni siquiera me lo preguntaste.


—Lo siento —torció el gesto—. ¿Te apetecería almorzar conmigo? —preguntó, ofreciéndome una enorme sonrisa.


Una sonrisa que me hizo sentir escalofríos. Ese hombre tenía algo especial, en su mirada, y ahora sabía que también en su sonrisa. Aparte de que estaba para mojar pan y no dejar de comer en horas, pero ese era otro tema en el que no iba a entrar. Sobre todo, porque tenía pareja, ni en broma me metía yo en una relación por pasar un buen rato. Y no dudaba que, con él, el rato sería muy… pero que muy bueno.


De repente, un calor empezó a propagarse por mi cuerpo, mis mejillas se tiñeron de rojo, no me las veía, pero no hacía falta, lo notaba. Y todo porque mi mente había imaginado demasiado.


—¿Estás bien?


—Sí —mentí—, solo es el calor. Por el vino.


—Aún no lo hemos tomado —una sonrisa de lado apareció en su cara, sabía de más lo que me pasaba y yo quería que la tierra me tragase.


—Por la falta de vino —alegué tontamente.


—Ya… —rio por lo bajo— Mejor cuéntame de ti, ¿llevas mucho en la empresa?


—Ocho años ya —comencé, agradecida porque el tema fuera sobre algo seguro—, pero hace dos meses que me ascendieron a Directora de Marketing y este es mi primer viaje ejerciendo como tal —el camarero llegó con la botella y sirvió ambas copas. No tardé en beberme media, tenía la garganta seca ya, no sabía por qué me había puesto tan nerviosa de repente.


—Vaya, se te ve muy joven para llevar ya ocho años allí.


—Ni tan joven, 32 acabo de hacer —mis labios hicieron una mueca.


—¿32? Pues aparentas menos.


—Gracias por el piropo —sonreí.


Pero no era momento para ese tipo de comentarios, iba a empezar a sufrir los calores de nuevo y no podía permitirlo.


—¿Y tú? ¿Llevas mucho allí?


—Toda la vida, siempre trabajé allí. Peor no me apetece hablar de trabajo —se encogió de hombros y cortó el tema rápidamente.


—Estamos en un viaje de negocios, ¿cómo no vamos a hablar de negocios?


—Estoy a punto de almorzar con una chica guapísima, encantadora, a la que saco de quicio rápidamente… —sonrió— No, no quiero hablar de trabajo —me guiñó un ojo y yo di gracias a los dioses porque en ese preciso instante me mandaran al camarero y Rodrigo dejara de mirarme.


No estaba roja, no, estaba como un salmonete. ¿Pero qué me estaba pasando? Lo mismo me desquiciaba, que me ponía nerviosa. Lo mismo quería estrangularlo, que me hacía reír.


No sabía por qué, pero tenía claro que Rodrigo iba a marcar ese fin de semana en Bélgica.


La comida estaba realmente deliciosa. Después de un buen café y un pastel de postre, nos levantamos y comenzamos a caminar.


Estábamos tan ensimismados con el entorno que íbamos viendo, que ni cuenta nos dimos de cómo de rápido había pasado el tiempo.

Me senté en el poyete de una pequeña fuente que había en medio de una plaza para descansar los pies.


Suspiré y levanté la mirada. Rodrigo tenía la cabeza girada y yo pude observar su perfil. Era un hombre muy atractivo, me llamaban bastante la atención sus rasgos.


—¿Cansada? —preguntó al mirarme.


—Un poco —intenté disimular para que no notara que lo había estado mirando.


—Tranquila, cenaremos pronto y nos iremos a descansar —se calló y observó la expresión de mi cara—. Porque quieres cenar conmigo, ¿verdad? —otra vez esa hermosa sonrisa en sus labios.


Me reí a carcajadas, no pude controlarme. Definitivamente, iba a ser un viaje muy interesante.



CAPÍTULO 4



Estaba sentada en ese precioso restaurante que él había escogido, cada vez me sentía mejor, hacía que todo fuera más divertido y sobre todo excitante, quién me iba a decir a mí, que nada más llegar a Bruselas, iba a conocer a un español e iba a pasar el día con él.

—No nos hemos separado en todo el día.


—Normal, me has secuestrado…


—Si claro, ahora el muerto para mí.


—Es así y lo sabes —saqué la lengua.


—La próxima vez que me la saques. ¡Te la corto!


—¿Ah, sí? Menos lobos, caperucita —dije buscándolo más.


—Lástima que estoy casado —guiñó su ojo, yo me quedé sonrojada por esa frase.


—¿Qué si no? —pregunté intentando provocar una respuesta que quizá era la que deseaba.


—Nada —negó sonriendo con su cabeza.


—¿Nada? Así que eres un cobarde… ¡Me lo temía!


—¿Cobarde? ¿Yo? ¡Me estas provocando! Si no estuviera casado ya tendrías la boca taponada.


—¿La boca tapada? ¿Cómo? Estas delirando….


En ese momento el camarero nos trajo el vino, nos sirvió las dos copas mientras nos mirábamos de forma cómplice, eso de tapar la boca nos había dejado a los dos al borde del precipicio, por lo menos a mí, ya quisiera yo que me la tapase todo el fin de semana, sonreí mirándolo mientras lo pensaba.


—Me da a mí que tienes mucho peligro…


—¿Yo? Te recuerdo que el que estas aquí cenando estando casado, eres tú… — dije chulescamente.


—No estoy haciendo nada malo —hizo una mueca con sus labios.


—Pues mete la tarjeta en el móvil, nos tiramos un selfie y se lo mandas a tu mujer, me gustaría ver qué opina… —dije aguantando la risa.


—Eres muy mala… —movía su copa mientras me miraba seductoramente.


—¿Qué hice para que supongas eso? —pregunté intentando imitar su cara.


—Nada, hazte la tonta que se te da muy bien…


—Quizá, es que no soy tan lista como tú —guiñé mi ojo.


—Así que mañana nos vamos a ir a correr…


—Eso, cambia el tema —dije intentando retomar la conversación.


—¿No prefieres que lo haga?


—No me gustan las conversaciones a media —dije mientras bebía de la copa de vino.


—Si no estuviera casado, antes de la comida, ya te habría besado. ¿Contenta? —preguntó guiñando el ojo, mientras yo me sonrojaba del todo.


—Contenta estaría si no estuvieras casado —saqué la lengua y reí, estaba de los nervios, pero yo ya se lo había soltado.


—¿En serio lo dices? —preguntó intrigado.


—¿Te interesa saberlo?


—Solo es curiosidad…


—Pues si solo es eso, puedes seguir con la duda.


—Repito. ¡Eres malísima!


—Sí, claro, yo también repito que no soy la que está casada…


—¿Te gustaría estarlo?


—No he encontrado a mi príncipe azul todavía, así que no me llama la atención…

—No te hagas la tonta, sabes a qué me refiero, si te gustaría ser a ti la que estuviese casada conmigo…


—¡Ni que fueras Richard Gere! —bromeé con lo que él dijo al principio.


—¡Muy buena esa!


—Me has enseñado tú.


Nos pasamos toda la cena tirándonos indirectas que quedaban a medias tintas, cada momento que pasaba a su lado se me hacía más interesante, me estaba dando morbo cualquier situación con él, me estaba empezando a dar cuenta de que había sido todo un flechazo.


Cuando salimos del local, nos fuimos a una terraza a tomar una copa, la noche estaba espectacular, no me apetecía ir para el hotel, el mismo, que irónicamente estaba él alojado.


—¿Sabes una cosa? —dijo mientras metía el dedo en el vaso para meter el limón hacía dentro— Me quedaría contigo aquí un mes…


—Ya, claro, tres días tardaría tu mujer en venir a buscarte.


—¡Antipática! Digo algo bonito y me cortas entero.


—Realidad, Rodrigo, realidad… —saqué mi lengua.


—Sigues provocándome sacando la lengua, la próxima vez no respondo —dijo en tono serio.


—No es mi problema que te lo tomes como una provocación —guiñé un ojo.


—Ni el mío que seas tan bonita —me miró fijamente, provocándome con un gesto muy seductor.


—¿Me estas tirando los tejos? —pregunté avergonzada en plan broma.


—¿Yo? Para nada…


—¡Pues lo parecía!


—Ya quisieras…


—¿Yo?

—No te hagas la tonta… —seguía provocándome con su firmeza.


—Me parece que el único que ya quisiera, serías tú, ese que me ha secuestrado todo el día, ese que intenta provocarme y no puede más que darse dos chocazos, eso te pasa por ser un señor casado… —volví a sacar la lengua.


—Vuelves a sacarme la lengua, eres muy atrevida. ¿No?


—Lo suficiente como para sacarte de quicio…


—Te avisé que no volvieras a hacerlo, en cualquier momento pagarás las consecuencias… —guiñó su ojo.


—No me das miedo…


—Por favor, no pretendía eso, suelo dar otras cosas, pero no miedo… —seguía provocando y a mí me gustaba.


—Qué chulo eres, juegas a la ambigüedad, pero recuerda, torres más altas han caído…


—Entendido, a eso me refiero, torres más altas cayeron —volvió a guiñar el ojo en un amago de demostrar total seguridad.


Volvió a pedir otras dos copas, me puse las manos sobre la cara.


—En serio… ¿Vamos a estar de copas y mañana pretendes que me vaya a correr?


—Así mismo, tú lo has dicho. ¡Clarísimo, vamos!


—No lo tengas tan claro, tú te vienes conmigo y recuerda que vas a ser mi lapa hasta que volvamos a España.


—Pero… ¿Tú que te crees mi jefe?


—Podría serlo…


—Por ser, podría ser yo tu hija…


—Ahí te has pasado —soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza.


—Bueno, tú que no lo quieres ver.


—¿En qué planta te ha tocado?


—No te entiendo.


—Planta del hotel…


—En la cuarta. ¿Y tú?


—En esa misma —sonrió maléficamente.


—¿Qué número, señor Rodrigo? —pregunté presintiendo lo peor, o lo mejor, según como se mire.


—Cuatrocientos tres…


—Perfecto, la siguiente a la mía, yo la cuatrocientos uno —solté una carcajada.


—Mejor, así te tengo controlada…


—¡Ni que fueras mi esposo!


—Ya quisieras, va, si estás soñando y fantaseando con eso, Hanna, no me seas más tímida —bromeaba para buscar que saltara.


—Si estuviera deseando, ya hubiera roto tu matrimonio desde esta mañana que te entregué tu móvil — volví a soltar una carcajada, me había pasado, pero la culpa fue de su provocación.


—¿En serio? ¿Cómo lo hubieras conseguido? Cuéntame, va, me interesa escucharte – cruzó sus piernas y se dejó de caer sobre brazo de la silla, apoyando su barbilla sobre sus dedos.


—Paso de desvelar mis más guardados secretos… —dije chulescamente.


—¿Guardados secretos? —se puso las manos sobre la cara muerto de risa.


—Deja de beber, que el alcohol te sienta muy mal.


—Pues créeme, me está sentando genial…


Me estaba divirtiendo de lo lindo, realmente estaba deseando que ocurriese algo entre nosotros, pero por momentos volvía a la realidad y me percataba de que no era libre, que tenía un compromiso con una mujer y precisamente yo no era.

No dieron en aquella terraza las dos de la madrugada, estábamos achispados, el hotel ya sí que nos pillaba lejos, le sugerí coger un taxi, negó con la cabeza y nos pusimos a caminar, la verdad que la noche invitaba a ello.


Llegamos al hotel y fuimos directo para la habitación, al llegar a mi puerta, me dio un abrazo que me dejó sin saber reaccionar, luego besó mi frente y me advirtió que por la mañana después del desayuno nos íbamos a correr.


A correr… ¡Una mierda! Yo paso de correr que eso es de cobarde, se me tenía que ocurrir algo para joder el plan, pero no se me ocurría absolutamente nada,


Me tiré en la cama reventada, ni en mis mayores sueños hubiera imaginado un día tan movidito y sorprendente como el de hoy, había algo que me decía que ya Rodrigo iba a ser alguien que no olvidaría en mi vida, ojalá no hubiera estado casado, pero tenía que ser consciente de que sí que lo era…



CAPÍTULO 5



Pesadillas había tenido esa noche. Pero pesadillas horribles, de esas con las que te levantas sudando. No podía ni respirar cuando abrí los ojos, cogía aire como podía. Y claro, era normal. Me había pasado la noche haciendo ejercicio.


Pero no un ejercicio cualquiera, no. Ejercicio de verdad, de ese que quería hacer Rodrigo esa mañana. No recuerdo mucho del sueño, solo que parecía un pato mareado mientras intentaba seguir los pasos de un chico negro de dos metros que se movía, bailando, como si flotara. El hombre, que parecía más un ropero empotrado, ni sudaba. Todo lo contrario, a mí, quien, no solo en el sueño, si no que me levanté igual, directa para la ducha.


Solo por soñar algo así, tenía que haberme hecho perder al mínimo… No sé, pero dos o tres kilos, seguro, sin ser exagerada.


Terminé de vestirme con la ropa deportiva que me había comprado el día anterior, me recogí el pelo en una cola alta y salí de la habitación dispuesta a comerme una vaca si la encontraba. Después de todo lo que iba a pasar esa mañana, qué menos que hacerlo con el estómago lleno.


Bajé hasta el restaurante del hotel por las escaleras, maldiciendo y resoplando, intentando encontrar una manera de librarme de Rodrigo. Bueno, no de él exactamente, porque algo me llamaba la atención, pero sí de hacer deporte.


Era una vaga, lo sabía, pero el deporte no iba conmigo. Ver a la gente correr por la calle me hacía preguntarme si es que eran tontos o qué. Y si hablamos de un gimnasio ya… ¿Para qué? Tíos cachos, ahí, sudando y enseñando músculos, con esos culos prietos, esos brazos contrayéndose, duros, esa…


Me tropecé con un escalón y no rodé escaleras debajo de milagro… y porque solo me faltaban por bajar dos escalones, menos mal.


Resoplaba y resoplaba cuando entré en el restaurante del hotel. Fui directa hasta los croissants. Los había de todo tipo: simples, con relleno de chocolate, de crema, grandes, pequeños, pegajosos, blandos, más crujientes…. La cara se me puso como la de los emoticonos de WhatsApp, con los dos corazoncitos en los ojos.


Cogí una bandeja y un plato cuando ya decidí con cuál de ellos empezaría, porque que me comía más de uno, lo haría.


—Buenos días.


A la mierda el croissant. Se me cayó de las manos, o, mejor dicho, lo tiré como si quemara cuando esa voz me habló. Gemí, cerré los ojos con fuerza, pidiendo que siguiera en mi pesadilla. No podía ser que se me hubiera jodido también el desayuno, ¿verdad?


—Buenos días, Rodrigo —planté una falsa sonrisa en mi cara al girarme y verlo. Y no porque me desagradara lo más mínimo verlo, para nada, estaba guapísimo con ese pelo engominado y esos ojos aún algo cerrados de haberse despertado hacía poco, sino porque, si él estaba allí, no podría comerme el maldito croissant—. ¿Qué haces aquí?


—Me hospedo aquí, ¿recuerdas?


—Oh, sí, no podría olvidarlo —seguía sonriendo, a falsa, cuando quería, no me ganaba nadie, pero a mí en ese momento solo me importaba mi croissant.


—¿Aún no desayunaste?


—No, venía a ello. Algo rápido antes de ir a hacer deporte.


—Sí, me pasa igual, no me entra mucho por las mañanas. Una vez que hago ejercicio, ya vuelvo hambriento.


—Sé lo que es eso —ni de coña lo sabía, pero ¿qué podía decir?


—Pues me alegra que estés aquí, así no desayuno solo. Siéntate y yo te llevo lo que me digas.


—Oh, gracias. Lo mismo que tú —le dije, rogando porque desayunara, al menos, una tostada. Pero como comía poco antes de hacer deporte… El Karma se estaba riendo de mí, o Rodrigo era el gafe en persona. ¡Qué importaba ya! A la mierda mi croissant.


—¿Seguro?


—Sí —asentí con toda la seguridad que pude.


—Bien, ¿cómo te gusta el café?


—Con leche, desnatada, claro, y sacarina —puse cara de asco interiormente, eso tenía que estar vomitivo.


—Pues coge mesa, enseguida lo llevo.


Me di la vuelta y me senté en la última mesa, al lado de un gran ventanal que daba a la calle. Intenté pensar en positivo y también en cómo me iba a hartar una vez que me despidiera de Rodrigo, tenía que haber alguna forma de conseguir grasas o a mí me iba a dar un maldito infarto.


Miraba por la ventana cuando Rodrigo llegó con la bandeja del desayuno, la puso en la mesa y me obligué a permanecer impasible y no mostrar ningún tipo de emoción con mi cara, que no se viera reflejado cómo, de repente, se me había revuelto el estómago.


Me puso mi taza de café delante y se levantó alegando que se le había olvidado la sacarina, mi momento perfecto para dejar que el escalofrío que llevaba aguantando desde que vi tanta fruta, me recorriera el cuerpo, no era bueno guardarse las cosas así.


Miré mi café con miedo, como si me fuera a morder, levanté la mirada cuando me pusieron delante un plato con mi croissant favorito.


—Tranquila, tú café es con leche normal, aquí tienes el azúcar y el croissant —me guiñó el ojo y empezó a reírse a carcajadas.


En parte me sentí aliviada, pero por otra, avergonzada. ¿Tan evidente había sido? ¿No había disimulado bien? Joder, menudo mal rato para nada.


—Lo siento —resoplé.


—Tranquila, no pasa nada. Pero no tienes que mentirme, es tu cuerpo, come lo que quieras.


—Ya, no sé por qué lo hice. Me sentí un poco avergonzada.


—¿Por querer comerte un croissant?


—No sé… —le eché el azúcar a mi café, removí y le di un sorbo.


—¿Quieres que te cuente un secreto?


—Claro.


—Cuando termino de hacer ejercicio, me como al menos dos de esos —rio.


—No me lo puedo creer —reí también.


—Es cierto, acabo hambriento, y lo único que me apetecen son grasas y azúcar. Y claro, uno es débil y cae —me guiñó el ojo y no sé por qué sentí que el comentario iba con doble sentido.


Me obligué a ignorarlo y empecé a devorar mi croissant, no pude evitar gemir cuando metí el primer pedazo en la boca. Abrí los ojos, los había cerrado por puro placer y me encontré con la fija mirada de mi acompañante, observando mis labios. Y yo, que había leído muchas novelas y había visto cientos de comedias románticas en televisión, hice lo que siempre quise hacer, me pasé la lengua, rezando para que se viera sensual, por mis labios.


Su mirada voló directamente a mis ojos y, según creí ver en ellos, mi gesto le había afectado. Me sentí poderosa en ese momento. Y estúpida, no sabía por qué demonios había hecho eso, era un hombre con pareja, pero, como me decía mi abuela de pequeña, a lo hecho, pecho.


Desayunamos con un poco de tensión, nerviosos, no tenía que haber hecho eso, había hecho que el ambiente entre nosotros estuviera extraño.


Salimos del hotel en silencio y comenzamos a caminar por la calle. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas y de insultarme mentalmente por la estupidez anterior, pero, cuando doblamos la esquina y vi la larga avenida que teníamos delante y supe que íbamos a empezar a correr en breve, mi único miedo era hacer eso.


Tenía que inventarme algo, lo que fuera, y tenía que ser ya.


—¿Lista? —por fin había hablado, aunque si era para hacerme esa pregunta, ya podía haberse callado.


—Yo es que antes hago unos diez minutos de estiramientos —improvisé, presa del pánico, estaba cansada y todavía no había empezado. Esa pesadilla me había marcado de por vida.


—Ah, claro, yo es que soy demasiado bruto —cuando dijo eso, mi mente se preguntó si lo sería también en el sexo. Mierda, no podía pensar eso.


Me acerqué a un banco cercano y volví a improvisar, de algo serviría ser observadora, y yo me fijaba bastante en los tíos que hacían estiramientos por la calle, o en sus culos, para qué mentir.


Apoyé un pie en el banco y empecé a estirar. Hice una mueca cuando mi rodilla crujió y esperaba que Rodrigo no lo hubiera escuchado, pero la risita que escuché a mi espalda me dijo que sí lo había hecho. Miré para atrás y lo fulminé con la mirada.


—Llevo varios días sin hacer ejercicio —dije altanera.


—Sí, lo entiendo —afirmó repetidamente con la cabeza—. Si no te apetece, tampoco pasa nada.


—Oh, no, yo adoro hacerlo, te llena de energía y vitalidad —mentir se iba a volver compulsivo a este paso.


Me giré y seguí a lo mío. Estiramiento por aquí, otro por allá. Diez minutos así y me di la vuelta. Y casi me caigo de espaldas al encontrarme con su culo en esa posición. Joder, qué culo…


Carraspeé y él se incorporó, girándose para mirarme.


—¿Preparada?


—Totalmente —claro que no, fue lo que quise decir, eso y que se agachara de nuevo que me encantaba la vista. Estaba teniendo un grave problema…


Ahí entré en pánico, la avenida se veía kilométrica, eso no tenía fin y yo no iba a durar ni tres segundos, pero ¿cómo podía salir de eso?


—¡Ay!


Ya estaba, ni lo pensé. Fue de esas cosas que haces a lo loco. Me caí al suelo, fingiendo que me había torcido el pie. Y el grito fue de lo más creíble, hubo gente que se acercó, asustada. Podía ser una clara candidata a los Goya.


Rodrigo, asustado, se agachó rápidamente, el pobre tenía la cara descompuesta.


—Mierda, ¿estás bien?


—Mi pie —gemí—. ¡Me duele mi pie!


—Tranquila, agárrate a mí.


Me agarré a su cuello cuando me cogió en brazos para levantarme, me dejó sobre un banco y se agachó a mirarme el pie.


—Pero ¿qué ha pasado?


—No sé, no sé qué pasó —di gracias ser de lágrima fácil y poder llorar sin ayuda. Bueno, me había pellizcado bastante fuerte para eso, pero en fin… —¡Mi pie! —no podía ser más dramática.

Rodrigo quitó mi zapato y movió mi pie un poco. Yo gemí de dolor, fingiendo, me mordía el labio, lo que fuera para seguir en mi papel.


—No veo nada raro, no está roto, quizás un leve esguince.


—Oh, pero duele —dije sorbiendo.


—Sí, imagino. Pero es extraño. ¿Te tropezaste?


—Suelo ser patosa —fue lo único que se me ocurrió.


—Vaya, pues mala suerte, con las ganas que tenías de hacer ejercicio.


—Sí, el Karma será, siempre me la juega.


—Debemos volver al hotel, ponerte un poco de hielo e ir a que te vea un médico.


—Oh, no —mierda, eso no—. Me pasa muchas veces, tengo los huesos de mantequilla, en poco tiempo estará mejor.


—Pero deberías tener el pie en alto —dijo con el ceño fruncido.


—Tranquilo, podré caminar, aunque no muy rápido. Hay muchas cosas que ver —a ver cómo salía de esa.


—Está bien, pero si veo que te duele, te llevaré a la cama. A tu cama, a ti. Esto… —se calló y yo sonreí ante su nerviosismo.


—Vale —afirmé—, algo caliente me vendría bien.


—¿Para la hinchazón?


—No… Para el estómago. Los nervios, ya sabes.


—Te traeré algo —se levantó rápidamente. Ni de coña iba a quedarme ahí sola.


—No, podemos ir, cojeando, pero iré.


—Hanna…


—Estoy bien, de verdad. Y me pongo muy nerviosa, necesito un té caliente y relajarme.


Me levanté e hice como que me molestaba apoyar el pie. Rodrigo me agarró por la cintura, haciendo que parte de mi peso cayera sobre él. Vaya, no me había dado cuenta de lo bien que olía.


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