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Un juego muy peligroso

Norah Carter



















Título: Un juego muy peligroso.

© 2017 Norah Carter

Todos los derechos reservados

1ª edición: Enero, 2017.

2ª edición: Noviembre, 2017

Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor







Capítulo 1



Estaba harta de todo, hasta de mí misma, pero harta.

Mi encargada se pensaba que, en vez de trabajadoras y ayudantes, tenía esclavas. Pero no me iba a enfadar por ahora. Estaba contenta con aquel trabajo de dependienta, pero odiaba doblar la ropa que otras tías, más petardas que yo, dejaban encima de cualquier sitio, hecha un guiñapo.

No me había ido bien en los estudios. Dejé el instituto tras acabar la ESO. Mis padres se empeñaron en que estudiara Bachillerato y aquello era una tortura para mí y para los profesores a los que llevé de cabeza el primer trimestre.

Me fugaba de las clases por lo general con mi amiga Alejandra, la princesa de las chonis (porque la reina era yo), y nos íbamos a la cafetería de enfrente del instituto a criticar a todos los tíos de último curso y a aquellas estudiantes sumisas y patéticas que aguantaban las putadas y gilipolleces de sus novios.

Alejandra se partía de risa cuando yo empezaba a decir pestes de unos y de otros.

―Vaya gilipollas la Marta. Le dice el Mario que la deja a las once en casa porque él tiene una partida de póquer muy importante con sus amigos. Y la tía lo acepta. Se queda a las once, mientras el otro se va de fiesta.

―Otra gilipollas, sin duda, Maika.

Mi amiga se limitaba a asentir y a repetir alguna palabra o alguna frase que yo había dicho antes. Pero Alejandra era una tía inteligente. Cuando necesitabas un consejo, allí estaba ella para ayudarte.

―Sí, soy una experta en informarme de todo lo que sucede en el instituto. Ahora, no me preguntes por la clase de Matemáticas que no doy ni una. He sacado un uno en todos los exámenes de este trimestre ―dije yo sin mostrar ningún arrepentimiento.

―Pues Mario, el profesor, está muy bueno ― dijo Alejandra con intención de provocarme.

―Ya lo sé. Es de las pocas clases que no me fugo, pero no me entero de nada. Solo lo miro a él.

―Tía, se te nota un huevo. Se te nota que te pone.

―Madre mía, si es que yo no sé qué hacemos aquí. Vamos a suspender todas las asignaturas. Vamos a suspender hasta recreo.

―Joder, yo tendría que estar trabajando y haberme echado ya un novio con moto o coche que me llevara los fines de semana a la playa y a la montaña. Y aquí estoy, contigo, haciendo la gilipollas.

―Pienso como tú. Hasta aquí hemos llegado. Hoy mismo se lo digo a mis padres. Me pongo a buscar trabajo. Ya estoy hasta los ovarios del instituto.

Y eso es lo que hice, plantarme en casa y dejarles claro a mis padres que quería ponerme a trabajar, que estaba cansada de perder el tiempo.



Ahora que lo veo desde la distancia, pienso que mis padres tuvieron demasiada paciencia conmigo. Me sale a mí una hija como yo y me tiro de un sexto piso. Estoy bromeando, pero rezo todos los días para que no me pase.

Seguramente habría hecho lo mismo que mis padres: paciencia, paciencia y más paciencia.

Aunque yo no nací para ser una persona serena y calmada. Me levanto todos los días como si tuviera un petardo en el culo y café, en vez de sangre, corriéndome por las venas.

Para no irme del tema, cuando dejé el instituto, lo que hice fue buscar trabajos en bares, restaurantes y tiendas. Como tengo desparpajo y soy bastante mona, enseguida me coloqué de dependienta en una mercería, pero el dueño intentó tocarme el culo. Lo denuncié, aunque no sirvió de mucho, después de pegarle dos guantazos en la trastienda y luego otros dos en la calle delante de toda la gente que pasaba por allí. Sí, en efecto, mi nombre no debía ser “Maika”, sino “escándalo”. Y escribo “guantazos” por no escribir “hostias”. “Guantazos” es más fino y correcto.



Lo mismo me pasó en una joyería, pero allí no fue el dueño, sino la dueña. Se empeñó en que me colocara un escote donde las tetas, perdón, los senos, me llegaban a la garganta.

Luego, lo entendí.

La tía, después de cerrar la noche previa al Día de Reyes, se puso a darme un masaje en los hombros porque me encontraba tensa.

A los pocos minutos una de sus manazas acabó sobándome uno de mis globos y yo me quedé helada. Le dije de todo menos bonita y le pequé un mordisco a su mano cual hiena que despedaza a una cebra muerta.

No pasó nada importante, salvo que nos agarramos de los pelos y fue tal el altercado y el volumen de los gritos que tuvo que acudir la policía. Un desastre.

Mala suerte. Tuve mala suerte. Arantxa, la dócil de mi hermana, echaba la culpa de mi fracaso como dependienta a mi personalidad rebelde y contestataria. Pero, joder, que me estaban metiendo mano. Que mi jefa se puso a masajearme las tetas.

A Arantxa la llamo la dócil porque, aunque la quiera más que a ninguna cosa en el mundo, es muy diferente a mí, muy diferente.

―Es que te pasas de lista, Maika. Asustas a la gente con ese carácter. Eres un demonio ―decía ella con sorna.

―Déjate de chorradas y gilipolleces. Yo soy muy profesional. Lo que sucede es que el mundo está lleno de pervertidos.

―Y de pervertidas ― y se reía al decir eso.

―Me gustaría verte a ti en mi situación, joder. Para setecientos euros que me pagaban, sin cobrar las horas extra.

―Pero es que eres mona, eres una choni mona.

―No me llames choni ― le advertí.

―¿Por qué? Ojalá yo fuera choni como tú. Así me pintaría como una persiana, como te pintas tú, y sería la más popular del barrio. Y tendría todos los tíos que me diera la gana.

―¡¡Que no soy choni!! Y tú no tienes tíos a tu lado porque no te sale del …

―Para, Maika, por favor. Que hace más bulto la palabra que tú ― intervenía rápidamente.

En esos momentos la miraba con ojos de felina, sin otra intención que la de morderle en la yugular para que dejara de meterse conmigo.

―No te avergüences de ser choni. Tiene que haber de todo en la viña del Señor ― volvía ella a embestirme.

―Mira, te van a ir dando por donde más te gusta ― solté de repente yo por esa boca que me dio Dios.

―¡Hala, hija! Qué bestia eres.

―Sí, ¿qué pasa? No paras de provocarme.

―Yo no he provocado a nadie. Lo que sucede es que me mosquea mucho que te despidas de todos los trabajos nada más empezar. Eso no es lo que le prometiste a papá y a mamá.

―¿Por qué no te vas un poquito a la mierda? ― contraataqué yo, herida en mi orgullo.

―¿Lo ves? Estás desquiciada. No maduras, Maika. Dejaste los estudios con intención de ponerte a trabajar y labrarte un futuro. Y, en menos de seis meses, te han echado de dos trabajos ― me reprochó Arantxa.

―No me han echado. Me he ido yo porque me han metido mano.

―Hija, pues vaya mala suerte ― dijo mi hermana enfurruñada.

―Pues sí, mala suerte.

―Sabes que me gusta bromear, Maika. No dudo de tu palabra. Eres mi hermana y te adoro. Pero me encanta cabrearte y te dejas ― dijo con tono alegre y simpático.

―No fastidies. Lo estoy pasando mal. Papá, sobre todo, va a pensar que soy una inútil.



Y era entonces, cuando peor estaba, cuando ella se acercaba y me daba un abrazo.

No podía reprocharle nada a Arantxa porque su afecto era sincero y su punto de vista me ayudaba a ver las cosas con mayor serenidad y realismo. Mi padre se preguntaba siempre cómo dos hijas criadas en el mismo ambiente tenían personalidades tan diferentes.

Arantxa no tenía novio. A diferencia de mí, no solía salir por las noches. Ni siquiera los fines de semana. Un café con las amigas y alguna película en el cine le bastaban para afirmar que lo había pasado de puta madre esa tarde. Estudiaba Magisterio y le iba muy bien. Yo sentía envidia sana por los logros de Arantxa. Yo me vi incapaz de seguir esas rutinas de clases y de estudio y no estaba dispuesta a engañar a mis padres con falsas promesas de que las notas mejorarían y que al final aprobaría el curso.

A mí lo que me gustaba era vivir el día a día, trabajar de lunes a viernes para ganar mi sueldo, y luego, cuando llegaba el fin de semana, me ponía mi vestido ajustado en plan Catwoman, me calzaba mis botas con plataformas y allá iba, a romper corazones.

Qué mal me portaba con los tíos. Era una vampiresa. Les chupaba la sangre viernes y sábado, si el tío me gustaba, y después, si te he visto, no me acuerdo. Sé que no estaba bien, pero no podía evitarlo. Usaba a los tíos como toallitas húmedas y pañuelos de papel. Relaciones y ligues de usar y tirar.

Alejandra se quedaba de piedra cuando me veía hacer ese tipo de cosas, pues ella creía en las relaciones duraderas, en los príncipes azules, en esos finales de cuento donde las princesas se calzan sus zapatitos de cristal y se atiborran a perdices.



No sé todavía por qué yo era tan rebelde. O sí lo sabía. Aquella actitud me hacía sentirme única y especial. No hay nada mejor, durante la adolescencia, que sentirse dueña de una misma y dominadora del resto.

Mi madre intentaba apaciguarme muchas veces cuando se me iba el traque. Mi padre no podía conmigo y, por mucho que elevara la voz, yo más la elevaba y mi casa parecía entonces el circo. Pero no hay nada más digno que el circo y éramos felices así.

Veréis que tengo mucha facilidad para irme por la tangente, pero intentaré en la medida de lo posible, contar mi historia con un poco de coherencia y evitando el caos.

Después de mis malas experiencias trabajando en la mercería y en la joyería, me contrataron en una tienda de ropa. No estaba sola. Trabajaban dos chicas conmigo. Bueno, tres chicas, porque Marcelo no es que fuera muy varonil, sino más bien todo lo contrario. Pero tenía un gusto exquisito con la ropa. No como yo.

Para mí, una prenda elegante era aquella que llevaba cremalleras hasta en el culo y olía a látex. No podía pelearme con Marcelo. Nadie podía pelearse con Marcelo porque, además de inteligente, era gracioso, muy gracioso y extrovertido. Mis otras dos compañeras eran sobrinas de la encargada y me tenían miedo. Un par de mellizas que se limitaban a colocar ropa y a doblarla mientras yo estaba en caja o atendía a los clientes si Marcelo no podía.

Era rara la semana que aquel joven con ínfulas de John Galliano no me echaba los perros.

―Hija, Maika, qué pelos llevas.

―Pero, ¿qué pelos llevo? Si voy todos los fines de semana a la peluquería ― respondía yo mal encarada.

―Las puntas, esas puntas están quemadas. Tu peluquera es un pirómano.

―Estás exagerando, Marcelo.

―No exagero nada. ¿Y esa ropa?

―¿Qué le pasa a mi ropa?

―Mari, que parece que has salido de un burdel.

―Te vas a llevar una hostia, Marcelo ― lo amenazaba mirándolo a los ojos fijamente, evitando reírme.

―Qué vocabulario tienes, Maika. Es todo poesía cada vez que abres la boca.

―Haz el favor de marcharte de aquí. Me estás poniendo de mala leche.

―¿Yo? ¿Yo, de mala leche? Pero si “mala leche” es tu segundo apellido ― sentenciaba con ese toque de glamour que intentaba imponer a cada uno de sus gestos.

―Te vas a ir un poquito a la mierda. ¿No tienes nada que hacer hoy?

Llegaba un momento en que yo perdía los nervios y entonces sacaba las uñas. Pero Marcelo no se amilanaba. Al contrario, se ponía a mi misma altura y se defendía como estupenda mariquita mala que era.

―A Marcelo no se le habla así ―afeminaba su voz todavía más.

―Que me dejes en paz, maricón de playa.

―Eres una puerca, así te lo digo. ¿Maricón de playa? Pues yo al menos tengo la decencia de cuidarme el pelo con Pantene y un maravilloso acondicionador de L´Oreal. No como tú. Porque, si en la cabeza llevas ese pelo, no quiero saber cómo llevaras el pelo de otro sitio ― a veces me lanzaba uno de esos dardos venenosos y no podía evitar reírme, pero yo seguía a la gresca.

―Marcelo, qué fino eres tú también, hijo.

Las dos compañeras se sonrojaban al escuchar aquella clase de disputas que se repetían cada semana como si formaran parte de una liturgia a la que los dos nos consagrábamos.

―Si es que me haces hablar mal. Me obligas a comportarme así, porque yo soy un hombre muy refinado.

―Lo de refinado quizá, pero, en cuanto a lo de hombre, tengo mis dudas ―

atacaba yo con crudeza.

―Eso es un golpe bajo, propio de una choni mal follada como tú. Eres una clasista. Yo soy tan hombre como el resto. ¡¡ No te soporto!!



Y ese era el punto y final. Cuando atacabas su hombría, Marcelo se venía abajo. Yo era muy cabrona, porque no estaba nada bien que yo le dijera aquello, pero me disparaba, aunque, en el fondo, me estaba partiendo de risa. A los diez minutos de la discusión, me acercaba y le susurraba al oído: ¿Te invito a un café?

Con el tiempo, Marcelo, como Alejandra, se convirtieron en dos personas muy importantes en mi vida. A mis otras dos compañeras, no las invitaba a café porque eran unas sosas y unas enchufadas. No penséis que las aguas se calmaban en la cafetería. Ni mucho menos. Mi carácter desafiante desesperaba a Marcelo que tampoco se cortaba en provocarme. No sé si lo hacía conscientemente, porque le gustaba el sado, o es que pecaba de inocente y soltaba, como yo, lo primero que se le venía a la cabeza. Aún recuerdo algunas conversaciones variopintas en la barra:

―¿Te has operado las tetas? ― me preguntó espontáneamente.

―Yo no me he operado nada, Marcelo.

―Venga ya. Tú te has operado las tetas. Esas formas y ese volumen no son normales.

―No empieces a picarme ― respondía yo fastidiada.

―No lo hago para picarte. Es curiosidad. Porque luego las clientas hablan.

―¿Qué te dicen?

―Que tienes las tetas y los labios operados.

―Sí, diles que sí, las tetas y los labios del …

―Por favor, Maika, no me ridiculices en público. Evita ser tan grosera.

―¿Grosera? Pero… ¿es normal que me preguntes si me he operado las tetas mientras intentó tomarme un café?

―Chica, solamente preguntaba. Yo les he dicho que sí.

―Pero... ¿eres tonto o te lo haces? Yo no me he operado nada. Es todo natural. Tendrías que ver las tetas de mi hermana.

―Sí, claro, todo natural. Como tu pelo.

Lo miraba en ese instante como si fuese a asesinarlo. Pensaba bien lo que iba a contestarle.

―Te estás pasando, Marcelo. Y al final vas a recibir.

―Dime en qué clínica te has operado por si alguna clienta me pregunta otra vez. Sabes que son muy pesadas.

―Si te pregunta alguna clienta otra vez, me la mandas. Que yo le diré lo que tengo que decirle.

―No, no, no… que yo sé lo que vas a hacer y son ventas que perdemos.

¿Puedo tocarlas?

―¿Mis tetas? Marcelo, ¿tú estás bien? ¿Has ido hoy al váter? ― pregunté con ironía, pero con rostro serio.

―Anda, déjame que te las toque. Dan una envidia... Así comprobaré que es verdad lo que me dices.

―Que no. No dejo ni a un solo tío con los que me enrollo que me las toque, te voy a dejar a ti. A las once. En un bar. Venga, hombre.

―¿No dejas que los tíos te las toquen? Vaya una estrecha.

―La primera noche, no. Las tetas son para la segunda o para la tercera noche. Tienen que ganárselo.

―Pero, ¿qué me estás contando? Eso es un código que tenéis las chonis ―se puso a reír mientras hablaba.

―Te vas a llevar una hostia de verdad. Me da igual que nos echen de aquí para siempre.

―Anda, Maika, déjame que te toque las tetas y ya me callo. Y les digo a las clientas que son de verdad.

―Claro, les dices, que me las has sobado para comprobarlo y te quedas tan ancho ― añadí yo jodida con la insistencia de Marcelo.

―Venga...

Puso morritos. Aquel rostro aniñado y blanquecino, con aquel gesto tan entrañable, hizo que accediera.

―Mira, ahora que no nos ve nadie, puedes tocármelas. Pero no te pases.

¡Qué vergüenza, por favor!



Y así fue que Marcelo, con suavidad, empezó a acariciarme las tetas y luego a presionar y a manosear. Aquel mariquita me estaba excitando, la madre que lo parió.

―Pues están duras, joder. Yo quiero estas tetas.

―¿Te han gustado? ― pregunté una vez que apartó las manos de mis pechos.

―Me han encantado. Y es verdad parece que son naturales. Están muy duras y redondas. Qué cabrona.

―¿Estás satisfecho ya?

―Sí, gracias, Maika. Lo que podemos hacer es que, si a alguna clienta no le convence mi respuesta, puede hacer una cata en los probadores.

―Te vas a ir a la mierda, Marcelo ― contestaba airada, aunque, en mi fuero interno, me estaba partiendo de risa.



Aquel trabajo en la tienda de ropa me gustaba.

No pagaban un sueldazo, pero, después de un año, pude independizarme.

Mi padre tenía un piso vacío en propiedad, que ni siquiera había alquilado, y me lo regaló. Siempre le estaré agradecido por aquel acto de generosidad.

Yo creo que mi padre me veía muy perdida en la vida y se dijo que, si yo tenía un piso, ahorraría dinero de mi sueldo y tendría un futuro mucho más fácil que si me metía en una hipoteca.

Además, de esa forma, me tendrían siempre localizada. Vamos que, según él, era un lujo de niña, un diamante en bruto.

En bruto. Muy bruto.



Capítulo 2



―¡Hostias! ―exclamé espontáneamente al mirar mi móvil.

―¿Qué pasa? ― preguntó Marcelo.

―Una amiga de la infancia me invita a una fiesta de cumpleaños. ¡Madre de

Dios! ¡Cuánto tiempo sin saber de esta chica!

―Hija, qué susto me habías dado. Pensaba que se te había muerto alguien.

―¿Y para qué me invita? Si nadie la quería. Si todo el mundo pasaba de ella.

―Hija, desde luego, qué infancia la tuya. Y vaya color de uñas que llevas hoy. Parece que te has limpiado el culo sin papel higiénico ― dijo Marcelo con su habitual ironía de extrarradio.

Mientras leía el mensaje y contestaba que contara conmigo, la tienda se iba llenando de gente.

Las mellizas sosas no daban abasto. Angélicas. Todo hay que decirlo. Pese a que eran calladitas, monjiles, pálidas y aburridas, trabajaban bien. Sus manos no cesaban de moverse a lo largo del día. Lo hacían todo en silencio. Ni se miraban. Ni nos miraban.

Llegaban con un hola y se iban con un adiós. A mí me daban miedo. Parecían las gemelas de la película de El resplandor. Pero, bueno, ya quisieran muchas tiendas contar con unas niñas tan eficientes como aquellas.

Seguramente, cuando llegaran a casa nos harían prácticas de vudú a Marcelo y a mí, porque nosotros dos siempre estábamos discutiendo como si fuésemos un matrimonio con hijos pequeños o el dúo Pimpinela.

Marcelo se puso manos a la obra y comenzó a atender a una sesentona que entró de la calle con aires de grandeza.

Pero esta señora no conocía a Marcelo, que era la diva, la súper diva, del barrio y de toda la ciudad, y el tío no tenía filtro ni pelos en la lengua. Soltaba lo primero que se le venía a la cabeza, algo que yo ya conocía por propia experiencia.

Como era de esperar, la señora sacó de quicio a Marcelo a los diez minutos y tuve que acercarme yo para solucionar el conflicto.

―Marcelo, vete a caja, por favor. Yo atenderé a la señora ― dije amablemente.

―Su compañero es un maleducado. Me ha llamado gorda.

―No es cierto, Maika, le he sacado todas las rebecas del almacén, todas las tallas, hasta la XXL, y no le viene ninguna. Le he sugerido con mucha cortesía que necesitaba ir a un dietista. Que yo tenía una amiga que la podía ayudar.

―Disculpe, señora.

En ese instante me habría gustado haber maniatado a Marcelo con una soga de cáñamo y haberlo mandado a Afganistán dentro de una caja de cartón en un avión militar.

Lo llamé a un apartado y le dije:

―Pero, tío, ¿cómo se te ocurre decirle eso a la señora? Son clientes, nuestros clientes. Esta clase de señoras es la que más dinero se gasta en la tienda.

―Me estaba poniendo de los nervios, Maika.

―Pues vete a la caja y déjame a mí a ver si tranquilizo a la señora ― le ordené con un tono severo y convincente.

―Está bien, pero, conociéndote, vas a mandar a la mierda a esta señora en menos que canta un gallo.

Por desgracia, Marcelo no se equivocó. Perdí la paciencia a los cinco minutos.

―¡Quiero la hoja de reclamaciones inmediatamente! ― gritó la señora como una verdulera mientras Marcelo se partía de risa en caja.

―La maleducada es usted. Nuestro género es el mejor. Y yo no tengo la culpa de que usted tenga a toda su familia en el Ártico ― espeté yo como una loca.

―¿En el Ártico? ¿A qué te refieres? ― preguntó aquella mujer con sus ojos fuera de las órbitas.

―Señora, ¿usted no ve los documentales del National Geography, ¿verdad? No sabe qué son las focas y los leones marinos, ¿verdad? ― pregunté con una intención maligna. ― Usted estará todo el día viendo telenovelas y zampando lonchas de salchichón sentada frente a la tele.

―Nena, te estás pasando. Ahora no quiero la hoja de reclamaciones, quiero que venga la policía.

―Señora, váyase, por favor, y déjenos en paz.

Después de insultarla, me calmé un poco, pero la señora, erre que erre, y yo me volví a poner más tensa.

Marcelo hizo el ademán de salir a ayudarme, pero le hice una señal de que le cortaría el cuello si se movía de la caja.

―No me voy a marchar, imbécil.

―Mire, señora, acaba usted de venir de la peluquería. Por lo que puedo observar, se ha hecho la permanente. La peluquera habrá gastado veinte botes de laca. Pobre capa de ozono. No es la primera vez que me lanzo a por una señora como usted y le podo el macetero que lleva encima de la cabeza

― le amenacé descaradamente mientras el resto de clientas miraban sobrecogidas aquella escena.

―¡No te atreverás! ¡Podría ser tu madre!

―Ese es el problema, señora. Que me atrevo y, si yo soy así, tendría que conocer a mi madre. ¡Váyase ya! Aquí no hay ropa para usted. No tenemos ropa para luchadores de Sumo.

La señora escupió al suelo y se marchó totalmente indignada. A veces con los clientes tienes que ponerte así, porque, si no es así, te toman por el pito del sereno. Y hay algunos que son especialistas en meter cizaña.

El resto de clientas estaban paralizadas y las mellizas sosas se habían escondido en un probador.

A Marcelo no se le ocurrió otra cosa que aplaudir y gritar:

―¡Bravo! ¡Bravo! Una nueva interpretación genial de la Compañía de Teatro Las diabólicas. Han estado geniales, señoras. Están de suerte. Hemos organizado unas jornadas de animación y esta ha sido la primera actuación. Un aplauso a Maika, nuestra cajera, la futura de Penélope Cruz.

Milagrosamente, la gente se tragó la mentira que había soltado Marcelo y todas las clientas comenzaron a aplaudir con emoción. Yo me quería morir de la vergüenza. Me encerré en otro probador. Quería desaparecer de la faz de la Tierra en aquel momento.

Mientras me recuperaba de aquel brote de ansiedad, llamé a mi amiga Alejandra para saber si a ella le había invitado también la pánfila de la Asun a esa inesperada fiesta de cumpleaños.

―Sí, a mí también me ha invitado. Estoy flipada. Esa tía era la más friki del colegio. ¿Por qué querrá invitarnos? ―contestó extrañada mi amiga.

―Hija, se han puesto de moda todas estas chorradas de fiestas fin de curso, reuniones de antiguos alumnos, convivencia de ex―novios y ex―novias. La gente se aburre, Alejandra.

―Seguro que vemos a todos nuestros compañeros del cole. Hace mucho tiempo que no los veo.

―Miedo me da. Todos calvos y barrigudos. Y ellas, su mayoría, en la Universidad. Nos lo van a restregar por los morros, ya verás ― dije yo un poco asustada.

―Nada, Maika. Nosotras a lo que vamos. A buscar tíos buenos. Alguno habrá. Tan mala suerte no vamos a tener. Por las tías no te preocupes. Das miedo. No se atreverán a decirte nada.

―Joder, vaya fama que tengo. Acabo de montar un pollo con una clienta que lo flipas. Una gorda de cuidado. Quería pedirme la hoja de reclamaciones.

Respiraba hondo mientras hablaba. Marcelo, el pobre, no tardaría en venir a buscarme.

―Siempre estás igual, Maika ― añadió Alejandra con aire recriminador.

―No tengo paciencia, tía. Me altero enseguida. Al final no me vas a soportar ni tú.

―Tranquila, yo te quiero mucho. Demasiado. Pero es que también te eliges

unos trabajos…

―¿Por qué lo dices?

―Joder, pasas demasiadas horas delante del público y a ti eso no te va, Maika.

Ahora era Alejandra la que me estaba calentando poco a poco. Me miraba en el espejo del probador y veía la imagen de una chica mona, pero que no aprende de sus errores.

El top negro que me había puesto me marcaba tetas y ombligo, y el maquillaje no me favorecía nada, pues destacaba los rasgos afilados de mi cara, como si mi estado natural fuera estar de mala hostia siempre.

―Alejandra, no me animes más, por favor.

―No quería ofenderte, Maika. Solo digo que, a lo mejor, necesitas …

―… estar encerrada en una jaula en el fondo del mar, rodeada de tiburones blancos ― no dejé que mi amiga acabara.

―No te pongas borde conmigo.

―Es lo que estás queriendo decirme.

―Mira, dejemos el tema. Luego paso por tu casa para ir a la fiesta.

―Oye, ¿habrá que llevar algún regalo?

―No pone nada en el mensaje, Alejandra.

―A mí esta invitación me da miedo, ¿sabes?

―¿Qué me estás contando? ¿Por qué? ― pregunté con intriga.

―¿Te acuerdas cuando vimos la película Carrie?

―Joder, no creo que la Asun, que se iba a meter a moja, sea Carrie.

―Yo creo que hay algo de eso, Maika. Esta tía nos va a encerrar en la fiesta y luego nos va a pasar a todos por la piedra por haber sido tan capulla con ella en colegio. Todo es muy extraño.

Alejandra me estaba cagando de miedo. Yo había pasado de la mala leche a un temor imprevisible.

―Mira, seguro que la Asun se ha hecho una lipo y tendrá unas ganas terribles de decirnos en nuestra puta cara que ella está divina de la muerte.

―Qué imaginación tienes, Maika.

En ese momento, Marcelo descorrió la cortina del probador y me encontró hablando con el móvil.

―No se puede hacer eso en horas de oficina.

―Marcelo, no me vengas con gilipolleces. Acabo ya. Me van a invitar a una fiesta para cortarme el cuello junto a cuarenta más.

―No te soporto, choni.

Después de esa última frase, corrió la cortina y me dejó allí.

―Tía, te tengo que dejar. Norma Duval me reclama en la tienda.

―¿Norma Duval?

―Sí, mi Marcelo. Cuánto lo quiero, pero es más maricón que un palomo cojo. El otro día se empeñó en tocarme las tetas.

―¿Para qué? ― preguntó Alejandra alarmada.

―Para saber si estaban operadas. Las clientas se lo preguntaron.

―Es que esas tetas no son normales, Maika. Un poco exageradas sí que las veo para tu fisonomía. Yo creo que te las has operado y lo guardas en secreto.

―Fiso... ¿qué? Alejandra. No te pases. ¿Te has visto las tuyas?

―¿Qué les pasa a las mías?

―¿Te recuerdo cómo te llamaban en el instituto?

―No, mejor que no. ¿Te acuerdas de aquel gilipollas que te escribió en el pupitre: “Teta que mano no cubre, no es teta, sino ubre”?

―Sí, no me lo recuerdes, Maika. Luego te veo y perdona. Voy a ver si sigo buscando trabajo. Que otras no tenemos la suerte que tienes tú.

―Te puedo recomendar una joyería donde la jefa estaría encantada ―comenté yo con sorna.

―Maika, una cosa. ¿Por qué no te vas un poco a la mierda?

Me reí y colgué. Me encantaba hablar con Alejandra. Encajaba las bromas como nadie. Salí de nuevo a la tienda y todo estaba calmado, menos Marcelo que estaba riñendo con las mellizas sosas.

―Hemos hecho una mierda de caja hoy. No llega a 200 euros. Vosotras parecéis estatuas. No habláis con las clientas. Vais vestidas como si fuerais hijas de Drácula o de Zapatero. Así no podemos vender ni promocionar nuestras marcas.

―Nuestro cometido aquí es trabajar, no ser molonas ni vestir como putitas ― dijeron las dos al mismo tiempo, con voz cavernosa, cogidas de la mano, con ojos hipnóticos.

Marcelo y yo nos cagamos en aquel instante. Era la primera vez que abrían la boca en todo este tiempo que llevaban trabajando.

―Adiós ― volvieron a decir al mismo tiempo y se fueron caminando como zombis.

Yo miré a Marcelo y me dio por reírme.

―Qué fuerte. Son siniestras ― dijo él con ese carácter sufridor que tan bien lo definía.

―¿Has mirado dónde han aparcado sus escobas para volar hasta su casa?

―Sí, tú, ríete encima.

―Necesito un favor, Marcelo.

―Estoy yo ahora para hacer favores. Dime. ¿Qué pasa?

―Me han invitado a una fiesta esta noche y querría salir a las siete. ¿Es posible? ― puse cara de niña buena mientras suplicaba.

―No te preocupes. Hoy por mí, mañana por ti. Pero, ¿de qué fiesta se trata?

―Es una fiesta muy rara. Una antigua compañera del colegio quiere celebrar su cumpleaños y ha invitado a sus compañeros de colegio, a todos los que se lo hicimos pasar putas. Va Alejandra también. Me suena todo a Carrie.

―Dios mío, qué cosas te pasan. Sí, suena a Carrie. Esa será una amargada que os va a reunir a todos y todas en el centro de la pista de baile y luego os va a ir rebanando el cuello. No quiero perdérmelo.

―Yo tampoco te soporto.

―Oye, que no hemos hablado. La que nos ha montado la señora esa. La has puesto en su sitio.

Yo le sonreí, pero no estaba orgullosa de lo que había hecho.

―Marcelo, intento ser muy profesional, pero a veces pierdo los nervios. No puedo seguir así. En mi casa me lo echan en cara continuamente. Creo que debería visitar a un psicólogo.

―Pienso que no hemos sido correctos, pero la señora también se las traía,

¿sabes? Yo no le daría más vueltas. Tienes carácter, Maika, y eso no es malo. Te confesaré algo.

―Dime ― respondí yo con avidez de saber de qué se trataba.

―Si fueras un hombre, te habría pedido ya que salieras conmigo. Es una pena que seas mujer.

―Bueno, te confesaré algo yo también ― dije yo para devolverle el piropo.

―Ay, qué bien, dime, soy todo oídos.

―Nadie me ha tocado las tetas como tú. Qué pena que seas una loca.

―Ay, gracias, no sé cómo tomarme lo que me has dicho, pero debe ser algo bueno, cuando no me has dicho gilipollas ni me has mandado a la mierda.



Marcelo era encantador tanto si estaba de buenas como de malas. Salí hacia mi casa a comer y a echarme un rato. El día había empezado mal y la noche iba a ser larga. Necesitaba un momento de relax. Me puse la tele, los documentales de la 2, que me encantaban y me eché en el sofá.

Era choni, como me decía mi hermana Arantxa. Era choni con orgullo, pero me encantaba aprender, aunque solamente fuera para insultar a una señora que se había creído que era Ana Obregón.

Bueno, me encantaba aprender a mi manera, tirada en el sofá, porque al instituto ya no iba a volver en esta vida, por lo menos.

La tarde en la tienda fue genial. Vendimos más de lo esperado. Marcelo estaba radiante con un nuevo suéter que había estrenado y las mellizas sosas seguían en silencio ordenando y llevando cajas al almacén.

Tristes, oscuras y góticas, allí estaban cercando a Marcelo que cruzaba los dedos cada vez que una lo miraba.



Salí a las siete, como había acordado con mi compañero. Fui a casa. No me maquillé. Me barnicé como una puerta de madera de pino de Oregón y me puse un vestido de tubo que acentuaba mis curvas. Iba decidida a romper, a calentar al personal. Escotazo y perfume de Channel entre las tetas. Bueno, Channel no era, sino una imitación china de esas que huelen a licor de flores.

Alejandra me esperaba abajo con su Nissan Micra, pero me quedé hecha polvo al verla.

―Tía, pero, ¿de qué vas? ¿Por qué no te has arreglado?

―Voy perfectamente. Formal y …

―...y monja ― la interrumpí poniendo cara de tonta.

―Me da igual. No me ha gustado que me recordaras lo de mis tetas.

―Tía, pero ¿cómo se puede ser tan zopenca? Nadie te ha dicho nada. Has empezado a meterte con las mías.

―Sí, pero me has avergonzado con lo de “Tetas que mano no cubre, no es teta sino ubre”.

―Anda, aparca ahí mismo. Sube a casa conmigo y cámbiate.



Con lágrimas en los ojos, aunque estaba loca de contenta en su interior, obedeció enseguida y subimos a casa a que se cambiara. Le puse un vestido precioso, provocativo y lleno de colores vivos que no desentonaba con el mío. La maquillé deprisa, pues íbamos a llegar tarde a la fiesta y estábamos impacientes con aquella invitación de Asun.

No tardamos demasiado en aparecer en aquel pub que nuestra compañera de clase había alquilado para la ocasión. Estaba no lejos de un polígono y unos jardines artificiales rodeaban aquel local. No conocíamos aquel sitio y eso era raro para nosotras, que conocíamos todos los antros y discotecas de la ciudad como la palma de nuestra mano.

―Tía, ahora sí que estás increíble con este vestido que te he prestado.

―Gracias, Maika. Has sido muy generosa. No sé qué me ha pasado. Me he avergonzado de mi cuerpo cuando te he colgado.

―Joder, estábamos bromeando. Tenemos que romper. Lo tengo claro. Mi hermana Arantxa va vestida como si fuera a un colegio privado, sin sacarle provecho a las piernas y al culo de los que la Naturaleza la ha provisto.

―¿Qué refinada te vuelves a veces para hablar?

―A ver si te crees que eres la única que dices por ahí “fisonomía”.

―Oye, esto está lleno de gente. Pero cuánta pasta tiene la Asun.

El pub estaba abarrotado.

Algunas eran caras conocidas, pero la mayoría no eran compañeros de clase que pudiésemos reconocer a primera vista. Con nuestros taconazos, como elevándonos del suelo, caminamos por una alfombra azul hasta la puerta del pub. Un portero que parecía un armario ropero nos abrió la puerta. Algunas parejas que pululaban cerca de donde los invitados habían aparcado los coches se besaban, otras discutían. Vamos, lo que es la vida.

Entramos y la música nos arrasó. Luces de neón y el olor a sudor dominaban la pista. De repente, se acercó hasta nosotros una pareja: una Barbie y un Ken.

―Hola, no os acordáis de mí, ¿verdad? ―dijo ella con una sonrisa luminosa.

―No, perdona, no te conocemos ― respondí secamente.

―Soy Asun y este es mi novio Calvin Sarris, es DJ.

―¿Tú eres Asun? Pero, chica, no te recordaba así ― dijo Alejandra más perpleja que yo.

Como esperaba, aquella tía se había hecho una liposucción y unas trescientas operaciones de cirugía que ya no la conocía ni la madre que la parió. Ahora había montado una fiesta para que viéramos su nueva fisonomía, palabra favorita de Alejandra.

―Es que fui a un programa de televisión, Cambio extremo, cuando estaba estudiando en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y mira. Me apetecía celebrarlo con todo el mundo.

―¿Y el Ken este? ¿De dónde lo has sacado? Perdón, a Calvin ― pregunté yo fijándome en aquel rostro de modelo de pasarela que tenía el macizorro.

―Nos conocimos al poco de acabar el programa. Vino a buscarme al estudio de televisión y estamos saliendo un par de meses ―explicó ella con aire infantil.

―No me jodas. Qué cambios te da la vida.

―¿Y vosotras? ¿Qué es de vuestra vida? ¿Estáis guapísimas?

Ante aquella pregunta maldita, yo no sabía qué responder. Pero tenía claro que no iba a quedar por debajo de aquella petarda que nos estaba restregando en nuestra cara su nueva vida.

―Mira, Asun, pues somos lesbianas. Y hace poco que nos hemos casado.

―dije yo con orgullo, agarrando a mi amiga fuertemente del brazo.

Alejandra se quedó a cuadros. Pero me siguió el rollo. Asun se quedó un poco cortada al escucharme, pese a que sonreía como si le hubiese agradado nuestra respuesta. Qué tía más falsa, por Dios. Pensaba que iba a arruinarnos la noche con esa vida de ensueño que había comenzado al lado de aquel tío buenorro.

―Estamos muy enamoradas ― intervino mi compañera, dándome un piquito en los labios.

―Hemos montado una empresa de cosméticos online y nos va genial ―añadí yo para joder a Asun un poco más.

―No sabéis la alegría que me ha dado veros. Disfrutad de la fiesta. Ahora hablamos ― comentó ella fingiendo amabilidad.

Aquella Barbie se había llevado lo suyo y Alejandra estaba muerta de risa.

―Maika, eres adivina. Como dijiste, la muy cabrona se ha hecho una lipo y se ha echado novio y monta toda una fiesta para exhibirse. Qué perdido está el personal.

Intentamos abrirnos paso entre el tumulto y, de repente, empezó todo. Empezó todo para mí. El contenido de un vaso fue directamente a mi escote, mojándome sujetador y tetas.

―Pero, ¿tú eres gilipollas?

―Perdone, no le había visto. He sido muy torpe. Le pido mil excusas, señorita ― dijo aquel joven asustado.

―Pero que me manchas y aún te cachondeas de mí, pedazo de imbécil.

En ese momento, levanté la mano para cruzarle la cara como se la había cruzado a mi antiguo jefe de la mercería, cuando Alejandra detuvo mi acción en el aire.

―Maika, no empieces ya a hacer de las tuyas.

Nos apartamos de la pista y el chico llamó a un amigo que estaba en la barra.

―Bruno, he manchado a esta señorita con la ginebra. Toma el vaso y déjalo en la barra. Voy a firmarle un cheque para que lo lleve a la tintorería o se compre otro igual.

―No quiero dinero. Me has jodido la noche, cabrón.

―Señorita, estos percances suceden a veces. Repito que no era mi intención estropearle el vestido ni enturbiar su tiempo de ocio.

―Pero, ¿qué te pasa en la boca? ―pregunté cada vez más enfadada.

Alejandra se tapaba la boca porque no podía contener la risa. Bruno se alejó con el vaso tal y como le había dicho su amigo.

―Mire, insisto, dígame qué vale el vestido. Me dolería mucho no recompensarla puesto que usted, señorita, ha sido la afectada de mi incompetencia.

―No entiendo nada, Alejandra. El cabrón se está riendo en nuestra cara. Deja que le meta ya.

―Por favor, no recurramos a la violencia para solventar este error tan desafortunado ―decía el tipo con voz serena.

―Maika, creo que habla en serio. No se está riendo de nosotras.

Cuando escuché las palabras de mi amiga, me tranquilicé un poco.

―Mire, vayamos hacia la barra y dejad que os invite a una copa. Quizá tengan allí algún quitamanchas.

―Solo te digo una cosa, este vestido vale un huevo y me has mojado el sujetador que es un Wonderbra de los caros ― manifesté yo con modales rudos y elevando la voz.

―Estoy dispuesto a pagar lo que haga falta. Una belleza como tú no se merece lo que le ha sucedido como consecuencia de mi imprudencia.

―Deja de hablarme así, por favor, o te meto dos hostias. No sé en qué idioma hablas.

―Mi amiga no está acostumbrada a estos modos ― intervino Alejandra para que al tío no le rompiera la boca.



Llegamos a la barra y allí estaba Bruno hablando por teléfono. Enseguida nos sirvieron unos gin―tonics. Cómo lo agradecí. Estaba seca de tanto discutir por todo. Qué fatiga de vida y, para colmo, me había tocado el finolis aquel que venía directamente de Pijolandia.

Debo decir que el chico, cuyo nombre aún no sabía, era guapo. Muy guapo y con una elegancia natural que contrastaba con mi agresividad y mi actitud eternamente borde hacia el prójimo. Lo miré a los ojos y me enterneció.

Verdaderamente estaba agobiado y solo quería complacerme. No era lo habitual. Otro se habría largado o me habría mandado a la mierda después de montarle el pollo.

―No te preocupes. Ya se me ha pasado el cabreo.

―Perdona. Me siento fatal. No volverá a pasar.

―Joder, espero que conmigo no, criatura. Tíraselo a otra.

―Lamento que nos hayamos conocido así.

Alejandra bebía y reía. Bruno seguía hablando con el móvil.

―Por favor, tutéame. Me desespera tanta “señorita”.

―Está bien. Es la costumbre. Creo que la educación y las buenas formas son la base de la convivencia.

―Maika opina lo mismo. Su educación y elegancia son exquisitas, de colegio británico ― añadió Alejandra de repente riéndose de mí.

―Sois chicas muy graciosas. Tenéis un gran sentido del humor, ¿verdad, Bruno?

Pero Bruno seguía pegado al móvil.

―Gracias por el gin―tonic ―dije yo después de un trago.

―Gracias a ti por ser tan comprensiva. Me llamo Ethan, por cierto.

Tenía nombre de actor americano, me dije mirándolo de arriba a abajo.

― Me llamo Ethan ― repitió.

―Yo me llamo Maika y mi amiga es Alejandra ― dije señalándola con el dedo a la vez que le guiñaba un ojo―. Por cierto, tú con esa cara y con esas pintas debes de ser notario por lo menos ― dije muerta de risa ante la cara de matona que se le había puesto a mi amiga.

―No, no soy notario ― soltó tras una carcajada.

―¿Entonces? ― pregunté a modo de cotilla total.

Alejandra no dejaba de lanzarme miradas asesinas ante mis comentarios. La pobre, pese a creerse una choni estelar, era muy cortada para el tema de los tíos.

―Soy juez…

Casi me da un patatús. Casi me trago el hielo del gin―tonic y me asfixió allí mismo delante de todos mis antiguos compañeros de la infancia. Vaya mierda de muerte, joder.

―¡La polla! Y yo le quería dar una hostia, si es que lo que decía mi madre, me lo busco sola ― dije mirando a Alejandra que estaba pálida y paralizada después de oír lo mismo que había oído yo, después del numerito que le había montado al señor juez.

Nos dio por reírnos a los cuatro al unísono. Bruno se había incorporado ya a nuestra conversación tras la charla telefónica que había tenido. No soporto a esos tíos que están pendientes de la pantallita mientras tienen un pibón al lado que se derrite por sus huesos. Eso es puro machismo y mala educación. Esperaba que Bruno no fuera de esos tipejos.

Me limpié un par de lágrimas que cayeron de mis ojos de tanto reírme y le di un sorbo a la copa. La situación era para descojonarse (no había duda), pero yo me había quedado de piedra.

Miraba al juez y lo compadecía por haberse encontrado con lo más choni de la ciudad. Sí, en ese momento, sí me llamaba choni a mí misma, normal… y no me disgustaba aceptarlo, pese a los embistes de mi hermana por ridiculizarme continuamente.

Hay algo tierno a la par que salvaje en ser choni y yo creo que, como me fui dando cuenta con el tiempo, yo simbolizaba eso: ternura y mala hostia.

Y, si ese era juez, miedo me daba preguntar por su acompañante, así que, por primera vez en mi vida, iba a mantener mi bocaza cerrada, aunque fuera mordiéndome la lengua, porque la curiosidad ya me estaba poseyendo como si fuera la niña del exorcista.

Pero el destino se encargó de darme la respuesta sin que la pidiera. El morenazo de sonrisa Profident se encargó de presentarse solo.

―Hola, soy Bruno ― sí, eso ya lo sabíamos―. Comisario General de la Policía Nacional.

Madre del amor hermoso… pero ¿por qué nos estaba pasando todo esto a nosotras?



Ocurrió como en las películas, a cámara lenta. Yo me atraganté, escupí, devolviéndole al señor juez parte de la bebida que había dejado entre mis tetas. A Alejandra le dio algo así como un ataque de Parkinson y su vaso cayó al suelo hecho añicos. Y todo habría quedado en eso, solo un susto por la impresión del cargo de aquellos “señores”, si mi amiga se hubiera controlado, pero no fue así.

Alejandra me tiraba del brazo para que desapareciéramos de allí como gacelas esbeltas que huyen del acecho de los leopardos. Pero yo tenía ganas de disfrutar y a mí estos no me iban a joder la noche. Para ovarios, los míos, así que no me achanté y permanecí allí mientras sonaba la música de Chimo Bayo.

Para la próxima vez, la sacaría con correa porque la muy gilipollas abrió su bolso, sacó un pequeño monedero y lo tiró al centro de la pista, y no es que lo hiciera de forma disimulada, sino todo lo contrario. Estaba temblorosa y sus labios se pusieron morados repentinamente. Ya está. El patatús le da a esta, que solo está acostumbrada a salir de marcha con el Pulga y el Lauri, dos chavales con más piojos en la cabeza que pelo y cuya conversación se resumía a acabar cada frase de dos palabras con “pollas” o “coño”. Un lujo de acompañantes.

―¿Acabas de tirar un monedero? ― preguntó Bruno con los ojos abiertos de par en par.

―No ― dijo mi amiga, blanca como la pared.

―Juraría que lo era ― insistió él.

―Ya, bueno, esto… No era mío ― carraspeó mi amiga y, en ese momento, yo y cualquiera con dos dedos de frente, habría entendido la situación.

―Así que policía, ¿eh? ― pregunté para desviar la atención de los “señores” de mi amiga.

―Sí, Comisario General de la Policía Nacional ― repitió como un mantra.

―Es el Karma, el Karma… ― balbuceó Alejandra mientras ellos la miraban extrañados.

―¿Está bien? ― me preguntó Ethan.

―¿Ella? ― señalé a mi amiga ― Sí… Es solo que hoy se le olvidó tomar la medicación y nos tocará aguantarla. Pero en un rato se le pasa. Un poco de agua fría ― dije levantándome de la silla y agarrando a la loca por el brazo ― y se le pasa. Esto… Ahora volvemos.

La arrastré como si se me fuera la vida en ello, la hice entrar en el servicio y cerré con pestillo.

―¡¿Estás loca?! ― la zarandeé.

―Joder, policía.

―No, no es policía. Es Comisario General de la Policía Nacional ― repetí, esas palabras se me habían quedado grabadas ―. ¿Qué demonios hacías con eso encima? ¿Quieres que nos detengan o qué?

―Solo eran un par de porros para animarnos.

―Para animarnos… Entre rejas nos vamos a animar esta noche si no dejas la gilipollez. ¿Puedes comportarte como si fueras normal?

―Estoy muy nerviosa. Me los pasó el Pulga y el Lauri ― dijo ella con voz temblorosa.

―Se te va la pinza, tía. Te repito: ¿puedes comportarte como si fueras normal? Solo te pido eso.

La pregunta sobraba, o eso me dije mirándola, al ver su cara descompuesta. Mi amiga era buena gente. A veces hacía tonterías de este tipo que ella luego contaba como grandes aventuras, como si hubiera reventado la Estrella de la Muerte con una nave espacial. Y la verdad es que la vi muy afectada de repente. Se puso a temblar y yo intenté tranquilizarla.

―Joder, Alejandra, solo eran dos porros, no pasa nada. Ni cuenta se han dado ― mentí.

Estuvimos unos minutos en el baño hasta que a mi amiga se le pasó la neura y salimos como si nada hubiera sucedido, rezando por poder largarnos de esa fiesta sin que nadie nos viera, por mucho que me jodiera. Porque a mí estos tipos no me amilanaban. Antes de salir del aseo, a Alejandra no se le ocurrió otra cosa que decirme:

―Tía, las tetas te huelen a ginebra.

―Vete un poquito a la mierda.

―No, si yo te lo digo, porque no deberías acercarte mucho a estos dos ni a nadie que nos topemos.

―Tía, basta ya. Me jode irme así. Cállate ya, por favor.

―Siento haberte fastidiado la noche ― murmuró Alejandra con torpeza.

―¡Qué noche! No sé por qué cojones contesté que sí a esta fiesta.

―Ni yo tampoco. Pero las tetas te huelen a ginebra.

―¿Y tu coño? ¿A qué huele?

―¡Hala! ¡Qué bestia eres, hija! ―exclamó ella mientras un grupo de niñas pijas entraba al aseo comentando que la ropa interior de Calvin Klein era más erótica que la de Cacharel.



Allí estábamos las dos, absurdas y perdidas, y el hecho de saber eso hería mi orgullo. No quería pasar por una pardilla y menos, sabiendo que era la fiesta de la Asun, un fracaso de tía en el colegio que ahora aspiraba a elevarse sobre mí. Y una mierda. Aunque había que reconocer que nadie nos iba a echar de menos, si nos íbamos.

Nosotras no pintábamos nada entre tanto finolis, pero que no se nos notara era otro cantar. Era una de las pocas veces que me recriminaba no haberme vestido “normal”.

Pero estaba claro que el Karma existía, como decía la loca de mi amiga, porque nada más salir del sucio baño, nos topamos de bruces con los dos señores de la ley.

Estaban preocupados, decían. Claro que sí, si en el fondo eran monísimos los “señores”, unos caballeros. Pero, joder, nosotras parecíamos dos pulpos en misa dentro de aquel ambiente.

“Solo una copa”, terminé por decir ante la insistencia de ambos para “subsanar” (creo que usaron esa palabra) la desastrosa manera de habernos conocido.

―Contadme, ¿a qué os dedicáis? ― preguntó Ethan cuando tomamos asiento en una mesa reservada.

―¿Nosotras? Estudiamos Derecho ― mentí con todo descaro.

Vale, yo tampoco entendí por qué dije aquello. Estaba claro que nosotras teníamos de abogadas lo mismo que de monjas de clausura, pero, ¿cómo le decíamos la verdad? Además, no volveríamos a verlos más en la vida. Así que, puestas a mentir, lo haríamos a lo grande, como lo habíamos hecho unos minutos antes delante de Asun. Yo al menos, ¿mi amiga? Pues eso dependería de ella si volvía a salir con hachís por la calle.

―¿Y por qué rama del Derecho os decantáis? ― preguntó el señor juez, emocionado.

―Pues por esta y aquella, su señoría ― joder, qué poco iba a durarme el teatro.

―Vaya, ya empiezas evadiendo preguntas. No te irá mal. Lo importante en esta profesión es evitar dar toda la información en un primer momento ― rio él ― ¿Y tú? ― le preguntó a Alejandra, a ver si con ella tenía más suerte.

Pero mi amiga se quedó en blanco. Me estaba empezando a asustar que de verdad le diera algo y se me quedara en el sitio.

Nunca había visto a Alejandra así, ni siquiera cuando vomitó sobre los pantalones de Carlos Baute, después de esperar cuarenta y ocho horas delante de la puerta de su camerino, con mochila y saco de dormir.

―Ella se va el año que viene a Alemania a terminar la carrera allí ―improvisé.

―¿A Alemania? ― ahora fue a Bruno a quien le hicieron chiribitas los ojos

Yo vengo de allí, estuve cooperando con la Bundespolizei en el control antidroga en los aeropuertos germanos. Una policía muy dura y eficiente, sí

dijo el chico Profident, asintiendo con la cabeza ― ¿No te parece?

―Claro que sí ― afirmó también Alejandra ―, por eso elegí irme para allá menos mal que la pobre ya se estaba metiendo en el papel.

―Entonces quizás podamos quedar algún día. Tal vez coincidamos allí. Nunca viene mal tener a una futura abogada cerca.

―Gracias por el ofrecimiento. Estaré encantada de compartir impresiones sobre delitos y otros asuntos de carácter policial ― comentó ella, envalentonada y creyéndose la película.

En ese momento, no supe si reír por lo increíble que era todo o llorar. Alejandra sonrió, o eso le parecería a cualquiera, menos a mí, que la conocía bien y sabía que sus temblores podía volver. Que se lo pregunten a Carlos Baute que, aún tiene que estar acordándose de todo su árbol genealógico.

Intenté desviar el tema, pues eso se nos estaba yendo de las manos, pero los señores eran insistentes y estaba claro que adoraban su trabajo. Así que, después de varias copas y de torearlos como mejor pudimos, nos fuimos del pub sin mirar atrás, sin intercambiarnos números de teléfonos y otras chorradas, sin despedirnos de la Barbie siliconada y de su Ken que, ahora se había quitado los pantalones encima de una mesa y bailaba la Macarena.

Me moría de la vergüenza al ver aquel espectáculo.

La Asun lloraba y suplicaba que bajase. Algo le había pasado a Ken. Algo se había tomado Ken, que ahora daba volteretas como un chimpancé de circo. Madre mía, qué denigrante era todo, qué tristes éramos, y yo la primera, y Alejandra, y todos los que allí nos dimos cita en una fiesta que no tenía ningún sentido. Anda y que les dieran mucho por c…

Invité a mi amiga a dormir en casa, no me fiaba de dejarla sola después del tremendo papelón que habíamos vivido esa noche. Que para otra cosa no, pero un Óscar nos merecíamos. Mentir se nos daba de perlas. Y habíamos engañado a un Comisario General de la Policía Nacional, ese título no se me iba a olvidar en la vida, el hombre lo decía con pasión, y también engañamos a su ilustrísimo, el señor juez Ethan.

O eso creíamos.





Llegamos a mi casa y nos tiramos en el sofá, nos quitamos los tacones y suspiramos. Alejandra, tras meter las manos en sus pechos, por no decir tetas, sacó…

―Joder, no me lo puedo creer. Estás fatal ― dije descojonada de la risa.

―Ya sé que tú no ― dijo sonriendo ―. Pero Maika, yo necesito uno.

―Después de lo que nos ha pasado, ¿te plantas aquí y te pones a fumar? Estás peor que yo.

―Eso no es verdad. Yo iba muy formalita a la fiesta, Maika.

―Sí, y una mierda, formalita y con los porros del Pulga y del Lauri ―dije yo a la defensiva.

―Bueno, déjame relajarme.

―Lo peor de todo, ¿sabes qué es?

―¿Qué? ― preguntó sin mirarme a la cara, entretenida en encender su cigarro.

―Que luego irás por ahí y lo contarás como un hazaña increíble todo lo que nos ha pasado esta noche.

―Eso es verdad. Me conoces bien. Me encantas, Maika.

―Sí, ahora no te pongas cariñosa, después de esta mierda de noche.

―Y me encantan tus tetas con olor a ginebra.

―Me voy a dormir aunque primero tengo que cagar. Tengo un retortijón.

―Qué fina eres, Maika.

Y allí la dejé, fumando mientras yo dormía la borrachera después de estirar de la cadena. Y la imagen de su señoría me acompañaba esa noche. ¿Cómo era posible que me sucediera eso? Que la imagen de Ethan, sin saber muy bien por qué, me viniera una y otra vez a la cabeza.

¿Miedo?

¿Deseo?

También es cierto que me venía la imagen de la Asun llorando para que su Ken bajara de aquella mesa donde demostraba al mundo que, tras hormonarse con semen de toro, no había nada debajo del calzoncillo, un gusanito que ni siquiera se atrevía a levantar su cabeza.



Capítulo 3



Resaca del diez con la que me levanté. Pensé hasta en cortarme la cabeza. Mi amiga seguía durmiendo boca arriba, roncando, como si el mundo no fuese con ella.

¡Qué guapa era Alejandra! ¡Qué mal lo pasó hace unos años cuando vomitó sobre los pantalones de Carlos Baute! El concierto estaba a punto de comenzar y a ella no se le ocurrió otra cosa que echar las potas sobre el artista al que venerábamos: un sándwich de jamón y una Fanta de Naranja.

Me tomé una pastilla para intentar aliviar el dolor de cabeza y me preparé un café. Estaba alucinando recordando lo de la noche anterior, el comisario y el juez, para flipar ¡Y yo quería darle una hostia!

No podía levantar el culo de aquella banqueta de la cocina. Miraba el café mientras me venían más recuerdos: el monederito de mi amiga volando hacia la pista, la ginebra mojándome las tetas, la Asun llorando, la Asun siliconada y Ethan hablando como un pijo más, como un pijo de esos a los que yo no podía ni ver. Desde luego que todo lo que me pasaba era surrealista. Además les dijimos que estudiábamos Derecho, con lo dobladas que andábamos.

Un mensaje sonó en mi móvil de un número desconocido. Lo abrí para ver de quién se trataba, aunque lo último que se me apetecía era estar ahora respondiendo mensajes.

¨Espero que estéis bien. Ayer se me olvidó daros la cartera que lanzó tu amiga a la pista y que recogí mientras estábais en el baño. En ella había una tarjeta de una tienda de ropa, donde estaba escrito tu número personal. También encontré dos sustancias que creo que son estupefacientes¨

Me quedé muerta. La habíamos cagado, pero bien. Las muelas de mi amiga..., no tenía otra cosa que tener en esa cartera chiquitita medio hippy, de cuero, que una tarjeta de la tienda donde trabajaba además de dos puñeteros porros.

Miré rápidamente en Google qué pena caía en España por dos petas y era una multa de trescientos euros y nada de cárcel. Suspiré tranquila, así que me atreví a contestarle más relajada.

“ Por lo de la tarjeta no te preocupes, que tengo quinientas más. Lo de las sustancias puede usted hacer lo que crea necesario, tirarlas, multarme o fumárselas.”


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