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Déjame amarte

Trilogía

Norah Carter

















Título: DÉJAME AMARTE-I

© 2016 Norah Carter

Todos los derechos reservados

1ªEdición: Septiembre, 2016.

Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor.






















DÉJAME AMARTE

PARTE-1

















































Capítulo 1

¿Alguien necesita un doctor?



Por fin aterricé en Ibiza, la isla mágica la llamaban. Al bajar por las escaleras del avión casi pude percibir el olor a mar. Tras un año de trabajo casi sin tiempo para mí, aquí estaba, ya dispuesta a disfrutar de tan merecidas vacaciones.

—¡Que empiece la fiesta! —gritó desatada mi amiga Letizia mientras bajaba las escaleras de dos en dos, haciendo la cabra.

—¡Que tiemble Ibiza, que allá vamos! —respondió chillando Alessandra, que venía con ganas de comerse el mundo.

Negué con la cabeza ante el espectáculo que estaban montando mis amigas nada más llegar a la isla, la gente nos miraba pensando que veníamos de despedida de soltera. Era nuestra primera vez en Ibiza para las tres y podía ocurrir cualquier cosa.

—Paola, no nos mires con esa cara que luego te damos dos Gin Tonics, te vienes arriba y no hay quien te avergüence —me soltó Alessandra ante la atenta mirada de todos los viajeros que andaban siguiéndonos hasta llegar a la recogida de maletas.

Una sonrisa juguetona se reflejó en mi cara a la vez que la miraba, dejando entrever que no pensaba contestarle y menos delante de tanto público.

Llegamos hasta las cintas donde comenzó a salir el equipaje de todos los pasajeros, rápidamente pude observar mi equipaje; haber comprado una maleta de color amarillo chillón me hizo ser de las primeras en reconocerla y cogerla, así que les dije a mis amigas que las esperaba fuera fumándome un cigarro.

Salí fuera del aeropuerto y respiré el aire de Ibiza mientras miraba el radiante cielo. ¿Qué tenía esta isla que todo el mundo hablaba de ella? Pronto esperaba comprenderlo y, sobre todo, vivirlo. El clima estaba perfecto, un refulgente sol iluminaba la isla, pero una suave brisa daba la perfecta estabilidad que proporcionaba el mes de mayo. Un mes ideal para aventurarse en Ibiza, pues la marabunta extranjera aún no había invadido el lugar, pero tenía el ambientazo justo ya que muchos locales y discotecas abrían durante ese mes.

Letizia y Alessandra salieron a tope, tenían unas ganas de marcha inmensas. Las dos comenzaron a reprocharme, a modo broma, que ya me había preocupado yo mucho en esperarlas. Les guiñé el ojo y les dije que era por la vergüenza que me habían hecho pasar bajando con tanto escándalo las escaleras del avión, prefería fumarme un cigarrito sola que en “mala” compañía. Terminamos muertas de risa las tres, cuando de pronto escuchamos los acordes de la maravillosa “California Dreamin” de los míticos The Mamas and The Papas. Nos giramos y vimos llegar una camioneta decorada al estilo más hippie que una pueda imaginar, ¡era una Volkswagen Kombi! ¡Qué pasada! Solo las había visto en los documentales. Paró con un frenazo frente a nosotras y del interior salieron varios chicos y chicas, todos estaban buenísimos, iban vestidos de hippies… ¡Y varios estaban cantando en directo con la música de la canción de fondo! Con unas voces muy similares a las de los cantantes originales.

Las tres nos quedamos con la boca abierta; encima, el chico que iba de copiloto -que llevaba el torso desnudo y estaba para comérselo-, se acercó directo a nosotras para invitarnos a la fiesta “Flower Power” en Pachá que era esa misma noche. Nos miramos las tres y empezamos a chillar que sí.

Nos pusimos a bailar al ritmo de “California Dreamin” de subidón. No sé qué nos impresionaba más, si ver al copiloto con el micrófono cantando esa canción con esa voz tan extraordinaria o comprobar que estaba más rico que la mozarela. A las tres se nos quedó una cara de tontas portentosa mirando a ese efebo cantarín contoneándose cerca de nosotras. Aunque él era más de la edad de mis amigas -ya que yo tengo 30 y ellas 27-, parecía más joven aún. Sinceramente, nunca me había importado la diferencia de edad, pero me gustaban los hombres más mayores que yo, y si se les notan las canas en las sienes… mejor que mejor.

El chico dejó unos segundos de cantar, nos entregó tres pases y nos dijo que le gustaría vernos esa noche por Pachá. Letizia no tardó ni un segundo en responder.

—No dudes de que estaremos, de eso me encargo yo —dijo Leti descaradamente.

—Entonces me ocuparé de que sea una noche inolvidable para vosotras. Por cierto, me llamo Zeus. Aunque por el acento deduzco que sois italianas, yo, esta noche, si me dejáis, os llevaré al Olimpo.

—Tú nos puedes llevar al Olimpo, a las olimpiadas y adónde te dé la gana, que te damos autorización —soltó Alessandra mientras subía un poco sus gafas de sol y lo miraba de arriba abajo, pasándose ligeramente la lengua por los labios.

Zeus respondió con una sonrisa que lo hacía más guapo aún. Luego se sumó a los otros chicos y chicas vestidos de los años 70 con símbolos hippies, juntos se perdieron hacia el interior del aeropuerto; venían a promocionar e invitar a la gente a la fiesta de esta noche apareciendo de esa manera en los lugares. ¡Yo estaba flipando, llevábamos 5 minutos en Ibiza y ya teníamos planes para la noche!

Nos fuimos hacia un taxi que estaba libre. El conductor arrancó y Alessandra y Letizia no paraban de bromear sobre la fiesta, me decían que se me iban a quitar todas las pelusas de ese año pasado en el que tuve el chichi cerrado por obras. El conductor tenía puesta la radio de Ibiza y comenzó a sonar una de las canciones favoritas de las tres, porque nos recordaba la noche que nos conocimos. Se trataba de “Shake it off” de Taylor Swift. ¡Uauh! Qué recibimiento nos daba la isla, esto no podía ser casualidad. Le pedimos al taxista que subiera el volumen. Y nos pusimos a cantar y bailar las tres… ¡Joder, qué subidón! Como era normal, Letizia brotó de felicidad, asomó la cabeza fuera del taxi y empezó a chillar como loca.

—¡Esta noche alegría para mi cuerpooooo y para el de mis amigasssss! ¡Que salgan todos los hombres guapos que nos los comemos!

Me giré para mirar al conductor y ponerle cara de “lo siento”, él movió su cabeza como diciendo que no pasaba nada, a la vez que sonreía; creo que debía de estar acostumbrado a todo lo que veía en esta isla. Algo decía dentro de mí que a la vuelta nada volvería a ser lo mismo y me agarré con fuerza a mis amigas, nos miramos y sonreímos mucho mientras nos adentrábamos en la carretera. Le preguntamos al conductor si era verdad que mucha gente se queda tan impresionada de lo que vive en Ibiza que es capaz hasta de cambiar su residencia. El conductor, como respuesta, nos contó la historia de una pareja de alemanes jóvenes, chico y chica, que llegaron a la isla por su luna de miel… Hasta que él descubrió los atardeceres en la playa de Benirrás, un lugar emblemático de la isla, donde todo el mundo se va a despedir el sol cada tarde y se montan unas fiestas improvisadas extraordinarias con gente tocando la guitarra y los tambores. Al parecer, el chico alemán se enamoró de la percusión y no volvió a Alemania. Los dos se separaron y él se quedó en Benirrás todo el verano tocando los bongos, para después establecerse en la isla de por vida… ¡Nos quedamos muertas! Pero, ¿eso era verdad?

—¡Eso y mucho más! Esto es Ibiza, tened cuidado con lo que deseáis que puede hacerse realidad -soltó el conductor del taxi mientras entraba en Santa Eulalia.

Por fin llegamos a nuestro destino: apartamentos Bahía. Situados en el paseo marítimo, en primera línea de playa, rodeados de un buen rollo y un entorno tranquilo al mismo tiempo, y lejos de las súper discotecas. ¡Justo lo que queríamos! Teníamos de todo cerca para vivir las vacaciones de nuestra vida: restaurantes, tiendas, una playa de arena muy cuidada y limpia llena de hamacas y sombrillas. ¡Qué ganas de zambullirme en esas aguas transparentes!

Nico, el portero del edificio, nos recibió muy amable y nos entregó las llaves. Seguidamente nos acompañó hasta la sexta planta, que era donde estaba nuestro apartamento, y nos explicó todos los detalles de la vivienda. La amplitud y comodidad de cada habitación nos sorprendieron, al igual que la espectacular terraza. Y pensar que teníamos todo el mes de mayo para disfrutar aquello. Se me ponía la piel de gallina solo de pensarlo.

Nico se despidió amablemente diciendo que cualquier cosa que necesitásemos, nada más que teníamos que llamarlo. Entramos flechadas a soltar las maletas y cogimos cada una nuestra habitación, para un mes habíamos decidido alquilar algo cómodo y en el que cada una pudiera tener independencia. “Juntas, pero no revueltas”, era nuestro lema.

Tiré en la cama mi maleta amarillo chillón y me dispuse a abrirla, pero la contraseña me lo estaba poniendo complicado, ya que me decía que era errónea. Pensé que quizás, con los nervios del viaje, no tenía muy claro cuál era la numeración. Tras un rato intentándolo, tiré la toalla y fui a comunicárselo a mis amigas. Letizia y Alessandra entraron a mi habitación. Letizia me dijo que había visto en un vídeo de Youtube cómo se abrían las maletas y le dije que adelante, cuando me di cuenta ya estaba abriendo la cremallera con un boli… ¡Anda que no era fácil abrir una maleta! Si lo sé, me ahorro el dinero del candado. Me quedé a cuadros ante la risa de Alessandra y mi cara de espanto total, sin imaginar que lo peor aún estaba por llegar.

Cuando por fin estaba toda la cremallera abierta, Letizia abrió la maleta y se nos quedó a las tres una cara de asombro total: todo lo que había en el interior era ropa de hombre y nada me pertenecía. A la vez, un número desconocido comenzó a sonar en mi teléfono de forma insistente. Tras unas dudas me decidí a cogerlo ante la atenta mirada de mis amigas.

—Sí, dígame -respondí aún atónita por lo que estaba viendo en el interior de… ¿mi maleta?

—Perdone, ¿es usted la señorita Paola Rossellini?

—Sí, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

—Hola, soy el Doctor Samada. Brian Samada.

Inmediatamente bajé el teléfono tapándolo contra mi pecho y le pregunté a mis amigas en voz baja si alguien había llamado a un médico, ellas negaron entre risas y siguieron mirando la maleta impresionadas.

—¿En qué puedo ayudarle, Doctor Samada?

—Creo que usted y yo debemos ser las únicas personas del mundo que compraron esa maleta color amarillo chillón. Resumiendo: usted tiene mi maleta y yo tengo la suya, por supuesto no se preocupe, que la tengo conmigo y está en perfecto estado.

—Ya, antes le pregunté con quién tenía el gusto de hablar, en estos momentos siento decirte que más que un gusto es un disgusto. Una amiga le acaba de rajar toda la cremallera con un boli pensando que la suya era la mía y que se me había olvidado el número de clave.

Vi como mis amigas me miraban alucinando sabiendo que estaba hablando con el dueño de la maleta que estaba encima de mi cama, a la vez que Alessandra sacaba una tarjeta de la parte trasera del equipaje. La miramos las tres con cara de mayor sorpresa aún.



Dr. Brian Samada

Aesthetic medicine - Médecine esthétique

Medicina estética - طبّ التّجميل




Efectivamente ponía que la maleta era del Dr. Samada, y ya recordé de qué me sonaba tanto ese nombre. ¡Era un médico famoso! Tenía un gabinete en el centro de Paris muy conocido. Mujeres de media Europa venían ex profeso para verle, esperaban durante horas para que este mago del rejuvenecimiento facial les inyectase sus célebres cócteles de vitaminas en el rostro. Unos pequeños pinchazos que, en pocos minutos, las hacía tener un aspecto diez o quince años más jóvenes.

—¡Es Brian Samada! Paola, las celebrities no pueden vivir sin él… ¡Brian Samada, impresionante! —dijo excitada Letizia.

—Isabel Preysler, Carla Bruni, Sharon Stone y hasta Angelina Jolie se ponen en sus manos. ¡Tíratelo y que nos haga precio! —soltó descojonada Alessandra.

—¿Sigue usted ahí? —preguntó impaciente el doctor.

—Sí, sí, perdone Brian. ¿Dónde estábamos? —respondí confundida.

—Me acababas de confesar que me habías rajado la maleta con un boli. Si me dices que no has pintado la ropa, entonces me quedo tranquilo. De todas formas, haremos intercambio de maletas ya que son iguales. Así que cuando nos veamos yo me quedo con la tuya y tú te quedas con la mía.

—Me parece perfecto, doctor.

—Es una broma, mujer. Puedo comprar otra maleta o arreglar la mía.

—¡Ah! Si quiere abrir la mía con un boli le cuento cómo hacerlo, es fácil, así estamos iguales. Y le dejo probarse mi ropa. Yo ya me había hecho ilusiones de ir por Ibiza vestida de hombre, por cierto, por lo poco que he visto se ve que tiene muy buen gusto, aparte de buen dinero.

—Y eso que no lo has visto todo, ¿cuándo y dónde podemos quedar?

—Con lo mal que está la vida, no sé yo si debería quedar con un hombre desconocido en una isla a la que acabo de llegar.

—Pruebe. Dicen que el que arriesga siempre, suele ganar… aunque a veces no gane lo deseado —el tono de su frase y su contenido me tocaron la fibra, sobre todo por el añito que yo llevaba con los hombres, así que decidí tirar para adelante sin pensar.

—Estoy en los apartamentos Bahía de Santa Eulalia en el portal número 1, piso 6º C, tienes 2 horas máximo para traerme mi equipaje o esta noche me voy por Ibiza de fiesta vestida de Brian Samada, o sea de Armani.

—Está bien, en cinco minutos estoy allí.

—Tampoco es necesario tanta prisa, hombre, que acabo de llegar –dije bromeando.

—Mi chófer me lleva de camino mientras hablamos. Ahora nos vemos.

No me dio tiempo a despedirme cuando ya me había colgado. Mis amigas me miraban esperando impacientes a que les dijese algo.

—Chicas… ¡El Doctor Samada viene de camino!

Las tres nos pusimos a gritar y a saltar como locas, como si nos fuese a visitar George Clooney en pelotas. Letizia me cogió el brazo un momento y me miró toda seria.

—Para ti se va a convertir muy pronto en el Doctor Mamada -me soltó Letizia, mientras las tres estallábamos en risas.

—Oye, que esto es serio. Que viene de verdad. ¡Qué fuerte! Este hombre debe tener mil historias que contar. Conoce a todas las famosas. Te va a dejar la carita como el culo de un bebé —afirmó Alessandra, y venga más risas. Como dice una amiga mía: “follar no follaremos, pero lo que es reírnos…”.

—Vamos a ver si encontramos en Google una foto suya –dijo Letizia mientras manipulaba su Samsung último modelo de color rosa.

—¿Os imagináis que aparece un pedazo de macho por la puerta? —preguntó Alessandra.

—Puestos a imaginar, ¿y si es un sádico, que encima ya sabe dónde vivimos y prepara algo macabro contra nosotras tres? —dije bajándolas de la nube.

—Si es un sádico, me lo dejáis a mí que le pongo las pilas. Casi lo tengo, estoy mirando a ver si hay fotos del buen doctor —dijo Letizia mientras curioseaba en su móvil.

Por fin encontró una y, cuando iba a mostrar el resultado de su búsqueda girando su móvil hacia nosotras… ¡sonó el timbre de la puerta dándonos un buen susto! Salí de mi habitación y me dirigí hacia la entrada para abrir, empujando a mis amigas para que no me siguieran. Fuera ya las bromas, tenía ganas reales de recuperar mi ropa y objetos personales. Al abrir la puerta casi me da un infarto, iba a decir “hola” y me quedé muda mirándolo fijamente y sin poder reaccionar.

—Buenas tardes, soy Brian Samada —dijo mientras estrechaba mi mano con una fuerza tremenda que me dejó encandilada. Con la otra mano sujetaba mi maleta, que dejó cerca de la puerta. Yo me quedé mirando mi maleta y no salía de mi asombro.

—Son iguales. Qué curioso, ¿verdad? —dije con cara de tonta.

—Sí. No me había pasado en la vida y mira que viajo muchísimo por mi trabajo.

Los dos nos quedamos mirándonos como idiotas. Sentía electricidad entre nosotros. ¿Qué pasaba? Yo estaba babeando, casi no podía hablar, ¡madre mía con el doctor, ¡qué buenísimo que estaba!

—Hola, soy Paola —dije casi tartamudeando de los nervios, mientras nos dábamos dos castos besos en las mejillas. —Pase, por favor.

Espontáneamente aparecieron mis amigas como dos niñas chicas presentándose como locas, no paraban de hacerme gestos con los ojos, y algún otro gesto más atrevido que prefiero dejar a vuestra imaginación, para indicarme lo buenísimo que estaba Brian y que se lo querían comer con patatas.

Tras hacer las oportunas presentaciones, les hice señas a mis amigas para que desaparecieran, así que se metieron en la cocina con una excusa tonta, aunque yo sabía que tenían bien pegada la oreja y estaban escuchándonos.

Le dije a Brian que me acompañase hasta mi habitación para que viese el estado de su maleta. Al comprobar lo que habíamos hecho y verla abierta me entró un ataque de risa y él negó con la cabeza.

—Ahora mismo saco todo de mi maleta y hacemos el cambio, y se lleva la mía que está nueva —dije para compensar el daño que le había hecho a la suya.

—No, gracias, de veras que no hace falta, mañana compraré una, al menos el contenido que iba en ella está a salvo —dijo de una forma muy sincera.

—No, por favor, me sentiría mal si me quedara con la mía y que se vaya con este destrozo.

—Está bien, puede compensarme dejando que la invite a cenar esta noche.

Recordé que esa noche tenía la fiesta “Flower Power” con mis amigas, pero me costó una décima de segundo resolver mi pequeño problema de agenda: ¡que se vayan ellas, que yo me voy solita con Brian!

—Claro, pero invito yo, después del estropicio que le hemos hecho, que pague usted me haría sentir que tengo mucha jeta.

—Me parece estupendo, Paola. La recojo a las diez —dijo cogiendo en peso su maleta y dirigiéndose a la puerta. Encima el tipo estaba fuerte como un roble.

—Vale, abajo estaré.

—Si se arrepiente tiene mi teléfono.

—No tengo nada por lo que arrepentirme, así que abajo estaré. Buenas tardes, Brian.

—Buenas tardes, Paola. Bienvenida a Ibiza.

—Gracias —solté con una vocecita de niña pequeña que no daba crédito.

Pero… ¿Qué me pasaba?

Tras cerrar la puerta, me apoyé sobre ella y me puse las manos en la cara, alucinando por lo que me había acabado de pasar y no pude reprimir un grito de victoria: “¡sí!”, mientras elevaba al cielo mis brazos. ¡Había quedado a cenar con un hombre súper atractivo e interesante!

Al instante llegaron mis locas amigas desde la cocina, diciendo que se habían enterado de todo, a la vez que dejaban de caer que yo había triunfado. Nos echamos unas risas y les dije que tuviesen suerte esa noche, que ya nos veríamos por la mañana; estaba claro que estas iban a llegar al amanecer.

Bajamos al supermercado que había muy cerquita de nuestro portal, cogimos dos carros y empezamos a comprar provisiones para todo el mes.

Mientras hacíamos la compra no dejamos de hablar de lo impresionante que era Brian, sobre todo tener una aventura con él, era un hombre tan seductor que haría las delicias de cualquier mujer y encima debía tener una gran fortuna en el banco, cosa que a ninguna nos parecía esencial para ver seductor a un hombre, pero que tampoco estaba nada mal. Era peor que te tocase un desgraciado que estuviera muy bueno. Solo había que acordarse de cómo se la lio Brad Pitt a Thelma & Louise.

Subimos a la casa y empezamos a colocar toda la compra, nos fuimos a la terraza a tomarnos unas payesas, cervezas made in Ibiza, que están riquísimas y fumarnos un cigarrito. Yo estaba de los nervios y mis amigas no paraban de alucinar con la cita imprevista que tenía para esa noche, mirando fotos de Brian en Google. No había muchas, pero en las que había se le veía muy guapo. Yo estaba en una nube, era el hombre más atractivo que me había cruzado jamás y había sido todo tan… ¿fácil? ¡Benditas maletas amarillas chillonas, para que luego dijeran que ese color daba mala suerte!

Brian era rubio, tenía media melena, medía 1’90 y poseía un cuerpo extraordinario que se notaba que se lo curraba en el gimnasio. Calculé que tendría aproximadamente 35 años, eso terminaría de averiguarlo esa noche.

Tras tomarnos dos payesas más cada una, comer unas patatas fritas sabor jamón y charlar un rato bromeando sobre el aterrizaje tan fantástico que habíamos tenido en Ibiza, mis amigas se pusieron a decidir la ropa que llevarían a la fiesta hippie más famosa de toda la isla, y del mundo entero. Yo, en cambio, estaba buscando mis mejores galas para sorprender a Brian y ponerme a la altura de las circunstancias, quería impresionarlo.

Me decanté por un traje blanco de tirantes corto por encima de las rodillas que, no nos engañemos, dejaba poco a la imaginación, con unos buenos tacones del mismo color quedaba súper elegante e iba muy acorde con el lugar en el que me encontraba: la isla blanca.

Empezamos a ducharnos por turnos, aunque con dos baños a nuestra disposición íbamos rápidas. Yo lo hice la primera, quería secarme el pelo y peinar mi melena dejándola lo más hermosa posible.

Tras la ducha volví a salir sola a la terraza a fumar otro cigarrito y mirar el mar. Podía sentir la humedad frente a mí, esa sensación tan relajante y energética que transmitía el agua, ese elemento tan importante sin el cual la vida en la Tierra no sería posible y me sentí agradecida.

Abajo, las parejas y las familias paseaban felices por el paseo marítimo. Un montón de historias escondidas en cada mirada y en cada sonrisa. Me encantaba imaginar la película de cada uno de ellos viéndolos pasear. ¡Ojalá fueran todos inmensamente felices! No valía la pena perder ni un minuto de la vida con la tristeza. ¡Qué subidón tenía! ¿Me habrían echado algo en la cerveza? Y me empecé a reír como una tonta de ese pensamiento.

La aparición de Brian había dado un giro inesperado a mis vacaciones. No sabía qué hacía allí ni por qué motivo estaba, pero estaba dispuesta a descubrirlo; quizás se habría fijado en mí como un capricho pasajero, pero si para él era eso para mí sería el helado, con dos bolas de chocolate y bien rebosante de nata blanca, que no podía faltar en un viaje de esas características.

Estaba dispuesta a dejarme llevar y dejar que todo fluyera, quizás lo viese solo esta noche, pero pensaba disfrutarlo al máximo e intentar, si podía ser, sacarle algún tratamiento gratis para mí y mis amigas, porque se rumoreaba que cobraba mil euros por cada inyección vitamínica que ponía a sus clientas.

Comencé a peinar mi melena, quería estar de lujo para esa cita, cuando la tenía bien brillante le di mi toque especial: serum de aceite de Baobab. Ese truco me lo enseñó una amiga dueña de una peluquería en Roma que tenía los productos más preciosos del mundo. Era darte ese serum y el pelo se volvía vivo, con fuerza y un olor que te hacía más apetecible que un roscón de Reyes. Después me coloqué el vestido, que me hacía un pecho precioso y luego caía suavemente hasta mi rodilla. Seguidamente me maquillé lo justito, con dos toques en los ojos, y un carmín rojo pasión que quitaba el hipo. Esa era la pista definitiva para un hombre, muchos psicólogos afirmaban que el rojo vivo en los labios de una mujer hacía referencia a sus otros labios, los vaginales. Así, cuando una mujer quería guerra, se ponía el rojo más ardiente que pudiese en sus labios. Y yo no sabía si era la isla, el doctor, o que llevaba más de un año sin acostarme con nadie y sentía cercano el momento de volver a tener sexo, que se me había puesto todo el cuerpo on fire para asistir a la cita con el buen doctor. Me puse los taconazos, me veía guapísima, y cuando mis amigas me vieron salir del baño soltaron un “¡wow!” portentoso.

—Nena. Si fuera un hombre te follaría ahora mismo —dijo Alessandra.

—Pero qué bestia eres, Alessandra —respondí mal disimulando una sonrisa en los labios.

—Di lo que quieras, Paola, pero vas vestida para matar. Si ese hombre no se da cuenta de tus intenciones, es que está muerto y enterrado —terminó de apuntalar Letizia.

Mis amigas tenían razón, me había puesto sexy no, lo siguiente. Tenía pendientes más de trescientas noches sin sexo por cobrarme y ese doctor se había llevado el premio gordo. Volví a salir a la terraza a hacer un poco de tiempo, estaba de los nervios, deseando que pasara ese cuarto de hora que faltaba para bajar a encontrarme con él lo más rápido posible. Lejos quedaban las incontables horas de esfuerzo en mi restaurante “Bello Caruso” en la Toscana. Recordaba cada instante con cariño: sudando, corriendo y dejándome la piel. Pero había valido la pena, había logrado colocar mi local entre los cincuenta mejores restaurantes del mundo y ese era un honor que me había cambiado la vida. La edición 2016 de “The World’s 50 Best Restaurants” nos situó en un increíble onceavo puesto. Y en ese momento, que le diesen al restaurante y a todo el mundo… ¡Y, sobre todo, que me diesen a mí! Tenía que ir para abajo que ya era la hora. Les di dos besos a mis amigas y salí disparada para la calle.




















Capítulo 2

¡Qué bonita es la luna llena!


Bajé muy nerviosa pues no sabía lo que me iba a encontrar en esos momentos, cuando de repente, al salir del portal, pude divisar estacionado un coche dorado Audi A8 con los cristales tintados. En la parte del capó estaba sentado Brian con una sonrisa que rivalizaba con la luz de la luna llena. Llevaba un traje de Armani que debía costar más de 3. 000 euros. Me acerqué a él y me dio dos besos muy cálidos sin quitarme el ojo de encima; mi traje había hecho su efecto a la primera. Al instante se abrió una de las puertas delanteras y salió el chófer, muy cuidadoso nos abrió la puerta trasera y me saludó con un leve movimiento de su cabeza. Yo le respondí con una sonrisa.

—Gracias, Robert. Buenas noches, señorita Rossellini, adelante —dijo Brian mientras señalaba con su brazo hacia el interior del coche, invitándome a pasar.

—Buenas noches, señor Samada —dije feliz, intentando que no me temblase la voz de la emoción, mientras pasaba hacia dentro.

Seguidamente, a mi vera, se sentó Brian que entró por el otro lado.

—Robert, vamos a Es Boldado.

Robert respondió afirmando con la cabeza. Luego dio a un botón y un cristal ahumado separó la cabina del conductor de la trasera y nos dejó a solas a Brian y a mí. Eso era de película.

El coche arrancó muy suavemente, parecía una nave espacial. Dentro el perfume de Brian lo llenaba todo, tenía que descubrir cuál era ese aroma porque me volvía loca. En el coche se estaba de lujo. Los asientos súper cómodos y el aire acondicionado perfecto justo a 21 grados. Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron, dejé correr mi imaginación y vi como Brian me arrancaba el vestido allí mismo y me comía los pezones con mordiscos de estos que te dan descargas eléctricas de placer. Su voz dulce y varonil me trajo de vuelta.

—¿Qué tal estás, preciosa? —preguntó en voz bajita.

—Bien…Bueno, muy nerviosa, lo reconozco, no estoy acostumbrada a cenar con una persona que he acabado de conocer —solté, rezando porque él no me pudiera leer la mente.

—No te preocupes, estás en buenas manos, relájate. Las maletas nos han conectado, ellas tendrán la culpa de lo que pase —dijo mientras agarraba mi mano y le hacía un gesto de cariño con la suya.

—Si tú lo dices, me debo fiar, siempre se le suele hacer caso a un doctor —dije sonriendo.

—¿Has estado alguna vez en Ibiza? —volvió a preguntarme en voz muy flojita.

—Es la primera vez que vengo, he escuchado muchísimo hablar sobre ella y ahora empiezo a entender la fama que tiene. Va a ser cierto eso de que aquí puede ocurrir cualquier cosa. Este es mi primer día de unas largas vacaciones y la noche promete mucho.

—Gracias por lo que me toca… ¿Y hasta cuándo te quedas?

—Estamos a 1 y me voy el 31. Todo mayo por delante. ¿Tú has estado más veces?

—Sí, conozco la isla de palmo a palmo, cada rincón de ella, llevo viniendo toda la vida, desde pequeño que me traían mis padres, luego me escapaba con amigos. También he venido por motivos de trabajo como ahora. Estaré toda la semana. Ahora te voy a llevar a cenar a un lugar extraordinario, intuyo que te gustará mucho. Es uno de mis cinco restaurantes favoritos de todo el mundo.

Mientras Brian decía eso, yo me mordí los labios. Un deseo inconsciente salió de mi mente y quise que el buen doctor —como comencé a llamarle de coña en mi linda cabecita- me llevase a conocer todos esos restaurantes. Quise saber más de él y deseé que me abrazase ahí mismo. ¡Desde luego sí que estaba salida! Normal después de un año sin catar maromo. Pero la vida, a veces, era así. No creía que un hombre pudiese estar tanto tiempo sin sexo, pero nosotras éramos muy emocionales y eso nos podía.

La música que sonaba en el coche era especial. Ya me avisaron que en esa isla no había ningún momento sin que la música tuviera su protagonismo. Saqué mi móvil disimuladamente y activé el Shazam, una de mis aplicaciones favoritas. Dejas que el móvil “escuche” la canción y te dice título, grupo… ¡Y hasta disco! Así descubrí que lo que sonaba era “Adiós ayer” de José Padilla. ¡Madre mía! Cuando vi el título de la canción, casi me pongo a llorar. ¡Qué fuerte!

En ese momento llegamos a la bella zona de Cala d’Hort por la carretera de Es Cubells. Seguimos por unas carreteras hasta tomar un desvío en un cruce, a la izquierda, una piedra grande indicaba el camino que llevaba al restaurante. Ese camino era de tierra y nos llevó directos hasta alcanzar el parking del establecimiento. De fondo la vista era preciosa e inspiradora: Es Vedrá, un islote imponente que surgió en el Mediterráneo, iluminado por la luna llena.

El vehículo se detuvo y aparcó ante el precioso restaurante “Es Boldado” situado sobre un acantilado de Cala d’Hort, a unos diez metros de altura, bajamos del coche y nos dirigimos a la terraza que había frente al mar. Robert, el chófer, se quedó dentro del coche esperando.

Nos sentamos en unas mesas que estaban justo en la entrada. La terraza y el comedor de Es Boldado eran simplemente espectaculares. El comedor destacaba por los amplios ventanales y su ambiente rústico, con una decoración a base de aparejos de pesca muy cuidada. Podían haber apagado las luces porque la luna llena lo iluminaba todo.

Brian pidió una botella de Savina Terramoll Blanc, me dijo que era un vino que se hacía en Formentera y que entraba solo. Otra cosa era lo que yo quería que entrase solo cuanto antes, pero debía seguir guardando la compostura, aunque cada vez tenía más ganas de besarlo. El camarero trajo el vino y un aperitivo que tenía una pinta estupenda: una cesta con pan negro, un recipiente lleno de alioli y olivas aliñadas. Él cogió el pan negro y untó una cantidad generosa de alioli encima, se lo metió en la boca y después se metió una aceituna. Lo masticó todo junto mientras gozaba de placer. Ese hombre me gustaba mucho.

—Esto tiene un sabor divino —dijo mientras masticaba y soltaba un profundo “Mmmmmm” de placer.


Yo hice lo propio y por poco me corro de gusto. ¡Cómo podía estar tan rico ese alioli, por Dios, con ese pan negro y esas aceitunas! Al momento llegó el camarero y me enseñó la botella de vino pidiendo mi aprobación, me echó una copa, la probé y sabía a gloria. Miré al camarero, asentí sin tener ni idea y Brian soltó una risita encantadora.

—¿Cómo vas de hambre, preciosa? —me dijo mientras el camarero nos echaba el vino.

—Estoy que me comía a mi padre por las patas. Con todo el ajetreo del vuelo y lo de las maletas, apenas hemos picado algo.

—Vale, porque tengo antojo de bullit de peix. Normalmente esto se pide para comer, pero quiero que lo pruebes. Si te ha gustado este aperitivo el bullit te va a volver loca.

—Pídeme lo que quieras… digo, pide lo que quieras —tuve que corregir la frase rápidamente, porque ya se me notaba mucho que me tenía en el bote.

Brian pidió el bullit, el camarero se fue y los dos seguimos dando cuenta del aperitivo y del savina entre gemidos de placer.

—¿De qué parte de Italia eres concretamente?

—Del lugar más bello de toda Italia, Montefioralle en la Toscana, a muy poca distancia de la ciudad de Florencia. ¿Lo conoces?

—Conozco casi toda Italia, pero este pueblo en especial no, espero tener el gusto de hacerlo… pronto —esa última palabra la dijo mirándome directamente a los ojos y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Debes ir, es un lugar muy bien conservado, famoso por sus viñedos y las colinas. Además de tener el onceavo mejor restaurante del mundo. El famoso “Bello Caruso –solté sin cortarme un pelo.

—Entonces sin duda te invitaré a cenar allí en alguna de esas visitas que tenga que hacer por Florencia.

—Mejor te invito yo que para eso soy la propietaria —dije descojonándome de la risa. Cuánto antes supiera que era una cachonda de la vida, mejor que mejor.

—¿En serio tienes un restaurante? —preguntó sorprendido.

—Sí, y lo dirijo también. A él le dedicó todo el año, menos un mes que me lo dedico para mí. Cada año busco un lugar especial para descansar. Este año escogí el mes de mayo porque todo el mundo dice que es el mejor para conocer Ibiza, pero lo voy alternando según tengan vacaciones mis amigas.

Automáticamente mi mano se acercó al plato del aperitivo buscando más placer culinario, pero el alioli, las aceitunas y el pan —esa mezcla divina ibicenca— se habían acabado. Brian se dio cuenta, llamó al camarero y pidió otro aperitivo más. Nada más traerlo, los dos atacamos el plato como si no hubiese un mañana, y tras la ingesta de la mezcla apetitosa de alioli, pan y aceitunas soltamos, los dos a la vez, un gran “¡Mmmmmmmm!”.

—Somos unos zampabollos —dije en plan bruto.

Brian se comenzó a descojonar de la risa. Mis burradas le hacían gracia.

—Paola, ya sabes lo que dice el Dalai Lama: “Hay tres cosas en la vida que no regresan jamás: las palabras, el tiempo y las oportunidades”. Así que aprovechemos al máximo esta fantástica oportunidad de disfrutar juntos.

¡Madre mía! Me costó Dios y ayuda no levantarme de la mesa y plantarle un beso de tornillo. ¡Qué hombre! Elegante, varonil, sabio, cuidadoso… ¡Y con dinero! Por un momento miré hacia los lados buscando la cámara que me estaba grabando, pero no, esto que me estaba pasando era real.

—¿Y tú qué has venido a hacer exactamente aquí? —le dije yendo directa al grano.

—A pinchar.

—¿Eres DJ aparte de médico? —dije toda inocente.

—No, ja, ja, ja. Es que a mis clientes les suelo poner un coctel de vitaminas en el rostro con una inyección. Digamos que se ha puesto de moda.

Puse cara de tonta y luego nos dio un ataque de risa a los dos tremendo. Yo sabía que él ponía inyecciones, pero no había caído en ese momento. En ese instante apareció el camarero con una gran bandeja llena de pescado y patatas, todo regado con una salsa de color amarillo que tenía un aspecto prodigioso.

—Esto es el bullit, Paola, espero que lo disfrutes tanto como yo —y antes de terminar la frase, pinchó una patata con el tenedor y se la comió de un bocado.


Probé ese pescado con esas patatas y esa salsa y casi lloré de emoción. ¡¿Cómo había podido vivir yo sin probar esto?! Brian sacó la botella de vino para echarme, pero ya nos la habíamos acabado, así que pidió otra. ¡La noche iba mejorando por momentos! Entre bocado y bocado me comenzó a hablar de su vida, que no tenía desperdicio.

Yo tengo mi clínica en París, me dedico a la medicina estética como sabes, solo asisto desde allí una semana al mes, y dos semanas atiendo a clientes de forma privada en cualquier lugar del mundo: Miami, Los Ángeles, Milán, Roma, Moscú, Lisboa y Madrid, que ahora es mi lugar de residencia aquí en España. La semana del mes que me sobra me la tomo de vacaciones y suelo quedarme en la capital del reino. Esta semana me tocó venir a pinchar en Ibiza, ya se viene encima la temporada y todo el mundo quiere tener el mejor aspecto posible y yo les ayudo con mis cocteles especiales. Tengo aquí varios clientes ansiosos para que los pinche a ellos y a sus esposas, y rejuvenecerlos unos cuantos años: jeques, hombres de negocios rusos y DJ´s famosos. Quise llegar hoy sábado para descansar un poco antes de empezar el lunes. Mi horario, en principio, será desde las diez de la mañana a seis de la tarde, y terminaré el viernes, aunque me voy el domingo para disfrutar de esta isla tan especial al máximo.

—Vi un reportaje tuyo en la revista “Maxwoman” escrito por una tal Daniela, tus clientes van desde auténticas estrellas de Hollywood hasta miembros de las mejores casas reales de todo el mundo. Aparte que en la revista dejaba muy claro que cobrabas más de mil euros por pinchazo… ¡Qué barbaridad!

—La cifra que a nosotros nos parece mucho, hay a otras personas a las que les parece barato. No te voy a engañar, Paola, no puedo quejarme, tengo unos clientes muy selectos y un público muy fiel. Mi lista de clientes es casi infinita y, como comprenderás, en su mayor parte, secreta. Mi favorita es Sharon. Ella es una de mis mejores clientes.

—¿Hablas de Sharon Stone, la de “Instinto Básico”? —dije con una cara de asombro de película, mientras imitaba su cruce de piernas y él se tronchaba de risa.

—Sí, claro. ¿De quién si no?

Él ahí tan pancho hablando de las personas más famosas del mundo y yo con toda la boca pringada de la salsa amarilla del bullit y cenando como una cerda. ¡Qué número! De pronto me sentí súper insegura y me vine un poco abajo.

—O sea, que tienes millones de mujeres babeando detrás de ti.

—Tampoco es para tanto —dijo queriendo quitar importancia a la evidente realidad que le había acabado de soltar.

—Lo raro es que no estés casado —dije para intentar averiguar en qué estado se encontraba.

—Lo estoy por poco tiempo, justo ahora estoy esperando que me llegue el divorcio —respondió ante mi asombro.


Fue la primera vez en la noche que vi como su sonrisa desaparecía. De pronto me sentí culpable por haberle preguntado algo tan personal.

—Lo siento, espero que estés bien. Esos temas duelen mucho.

—Tranquila, era la crónica de una muerte anunciada, el deterioro de mi relación con Monique fue avanzando a pasos agigantados estos últimos años. Es imposible seguir con una historia de amor si el amor se acaba. No pasa nada, la vida no termina aquí ni mucho menos”.

—Claro, cuando algo no marcha bien, lo mejor es dejarlo ir.

—Y tú, ¿cómo está tu corazón?

—Libre, la única relación seria que tengo es con mi restaurante, en el soy feliz. He de reconocer que he tachado un poco a los hombres durante este último año, pero es que a veces sois muy cabrones… —no pude evitarlo y la frasecita me salió del alma.

Brian se me quedó mirando. Llenó nuestras dos copas de vino hasta arriba y levantó su copa para hacer un brindis que me dejó a cuadros.

—Brindemos por el fin de los cabrones y porque el amor pueda con todo.

Los dos brindamos con tantas ganas que casi nos cargamos las copas.

—Perdona, no quería ser tan brusca, pero me encuentro tan a gusto que no me importa. Brian, yo vivo en un lugar estupendo, tengo el mejor trabajo del mundo y todo lo que hago es porque me siento llena y gratificada con ello. Mi vida es 100% felicidad y 0% problemas.

—Y yo que me alegro muchísimo por ello. Paola, esa es la mejor vida que pueda tener una persona —dijo acariciando mi mano sobre la mesa.

En ese momento sonó mi WhatsApp, eran mis amigas desde la discoteca Pachá enviándome fotos para enseñarme lo bien que se lo estaban pasando en la fiesta “Flower Power” con unos chicos bastante atractivos. Habíamos abierto un grupo para las tres que se llamaba “People from Ibiza” haciendo un homenaje a la fabulosa canción disco de Sandy Marton de los años 80.

Me dio la risa y se las enseñé a Brian, él sonrío pícaro y me quitó el teléfono de un tirón. Le dio al icono de la cámara del WhatsApp, la puso en modo selfie para tirarnos una foto y los dos posamos sonriendo. Teníamos el mar detrás, estábamos iluminados por la luna en ese lugar idílico, con una bandeja ya vacía de comida y casi dos botellas de vino dentro del cuerpo. Antes de disparar la foto, Brian se giró hacia mí y yo hacía él. Nos miramos tan intensamente que no pude reprimir acercarme mucho, tanto que sentía el calor de su respiración. En ese momento Brian me besó y escuché el clic de la foto del WhatsApp.

—¡No te atrevas a mandar esa foto! —dije mientras intentaba recuperar mi móvil sin éxito.

—¿Por qué no, tonta? Estamos muy guapos y muy felices —dijo mientras me enseñaba la foto.

Me quedé mirando y me vi tan guapa. Hacia tanto que no veía tan feliz en una foto… ¡Brian tenía razón! Así que le quité el móvil y la mandé al momento.

Mis amigas contestaron con un aluvión de mensajes de todo tipo advirtiéndome que este doctor ya me tenía engatusada, cosa que me provocó una enorme risa.

El vino blanco fresquito me estaba haciendo efecto… ¿O era la energía de Ibiza? Repentinamente sentía una libertad dentro estremecedora. Miraba la cara seductora de Brian y me provocaba besarlo, acariciarlo, desnudarlo y hacerle el amor. Por fin comenzaba a salir de mí toda esa parte sensual que llevaba tiempo bloqueada, algo me decía que iba a ser una noche inolvidable, mi cuerpo ya estaba pidiendo a gritos que se desatara la pasión de forma salvaje. No sabía yo si llegaríamos a los postres sin meternos mano. Y en medio del cachondeo volvió el camarero… ¡Con una paella de arroz churruscado, mortal! Pero, ¿estábamos locos? Brian vio mi cara de asombro y se echó a reír.

—No se ha equivocado el camarero, es que esto es el arroz a banda que sirven con el bullit de peix. Seguro que crees que no puedes más, pero prueba un poco y dime qué opinas —me dijo Brian a la vez que me ofrecía una pequeña cuchara de madera.


Metí la cuchara en la paellera y vi, para mi suerte, que la capa de arroz era muy fina. Brian me aclaró que ese arroz lo hacían con el caldito que soltaba el pescado y tenía un sabor suculento. Lo probé y volví a alucinar en colores. ¡Vaya noche de sensaciones! Como os podéis imaginar, el arroz voló y los dos nos quedamos extasiados mirando el anochecer.

Ya eran casi las doce de la noche. ¡Llevábamos dos horas cenando! Y algunas personas comenzaron a marcharse del local. A Brian no le decían nada los camareros y era evidente que le reconocían como un cliente de los buenos. Él se sentía feliz así, respiró satisfecho mientras observaba la luna llena. Estuvimos así en silencio unos minutos. Yo me sentía la mujer más feliz del mundo y tenía la sensación de que en Ibiza las horas duraban más, el tiempo era como que se estiraba. Todo era distinto allí. Estaba yo volando por mi cabeza cuando Brian me trajo a tierra.

—Qué maravilloso poder compartir los silencios —dijo mientras me miraba con esos ojos dulces.

—Sí, no es normal… Hacía mucho que no me pasaba esto… ¿Y a ti?

—Tampoco.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Vamos a tener que bajar este arroz. Para eso lo mejor es tomar unas hierbas ibicencas. Aquí las tienen caseras.


Brian pidió dos hierbas ibicencas. Yo me imaginé que había pedido una infusión depurativa o algo, pero no, la botella de hierbas ibicencas era como un orujo, un licor amarillo verdoso que olía a las mil maravillas. Se tomaba con mucho hielo y estaba que te volvías loco, pero claro, era más fuerte que el vino. Pero no era momento de cortarse un pelo, así que cogí mi vaso con mis hierbas y lo levanté al cielo.

—Brindemos por el fin de las cabronas y porque el amor pueda con todo.

Pillé a Brian completamente descolocado y se comenzó a reír de forma sonora. Luego brindamos y nos bebimos las hierbas. Qué ricas estaban. Me percaté que Brian le había pedido al camarero que dejase la botella allí, lo cual en estos momentos me había parecido la mejor de las ideas.

Así, entre chupito y chupito de hierbas ibicencas, Brian fue contándome algunas anécdotas de su trabajo que me dejaron de piedra. Me contó un día que fue a pinchar a Lady Gaga justo antes de la entrega de los premios MTV y se la encontró hablando con un carnicero porque un diseñador le estaba haciendo un traje de carne cruda con el que fue vestida al evento. También recordó lo complicado que fue pinchar al cantante mexicano Luis Miguel durante una de sus giras, ya que siempre que viajaba fuera de su hogar, exigía en los hoteles que le pusieran cortinas negras que evitaran la filtración de luz y le dieran en la cara. Yo alucinaba en colores, esos ricos estaban chalados. Hacía bien Brian en cobrarles 1. 000 euros por una inyección. Me levanté un momento para ir al baño y me di cuenta del pedal que tenía, tuve que agarrarme a la silla para no caerme de culo. Pude disimular y andar más o menos bien. Lo que sí me di cuenta es que el local estaba vacío. Miré en mi móvil y vi que eran… ¡Las 2 de la mañana!

Fui al baño y me miré en el espejo. Estaba radiante. ¿Por qué no había salido a cenar con hombres más a menudo? La respuesta era evidente… ¡Brians había muy pocos! Y había tardado un tiempo en tocarme la lotería. Me senté en el baño y oriné tan a gusto que era casi orgásmico. No resistí en tocarme y enseguida comencé a ponerme húmeda. Tuve que dejarlo, porque me di cuenta que mi sexualidad estaba a punto de explotar. Me volví a mirar al espejo, me hice dos o tres retoques, me coloqué bien las tetas, para que se me viera mejor el escote, respiré y me preparé para vivir una de las noches más especiales de mi vida.

Cuando llegué a la mesa me quedé sorprendida… ¡Brian no estaba! Miré alrededor y vi que estaban apagando todo y que estaba sola. Me comenzó a entrar un mal rollo en el cuerpo que no veas. Hasta que, de repente, se me acercó un camarero.

—Señorita, el señor Samada me ha pedido que la acompañé hasta el siguiente punto de su aventura. No sé lo que quería decir, pero me ha pedido que se lo diga así.


—Vale. ¿Y cuál es ese punto?

—Tampoco puedo decírselo por orden expresa del señor Samada. Solo me ha pedido que la lleve yo y que se ponga esto, si no le importa —al acabar la frase el camarero me mostró un antifaz, se le veía un poco cortado, era evidente que seguía órdenes de Brian.

Yo respiré profundo y miré a mi alrededor. No quedaba nadie en el restaurante, solo algunos camareros y yo. Miré a la luna llena y pensé: no me la juegues, que subo y te la lio.

—Está bien.

Antes de ponerme el antifaz, me bebí de golpe otro chupitazo de hierbas ibicencas y puse mi móvil en modo avión, así me aseguraba que nadie me molestase. Luego me tapé los ojos y me agarré al camarero, que comenzó a andar fuera del local.

—Por favor, sujétese bien, señorita Rossellini.

¡Y encima sabía mi nombre! Agarrada a su brazo salí del restaurante y, muy educado, me ayudó a subirme a una motocicleta. Juntos fuimos por caminos de piedras y de arena. El aire nocturno de Ibiza me acariciaba el pelo y mi sexo se rozaba con el sillín de la moto de forma excitante. Porque sabía que tenía cerca el polvo de mi vida, si no hubiese parado la moto y le habría puesto al camarero los pelos punta del polvazo que le iba a meter.

Así seguimos hasta una curva, luego bajamos una buena distancia y escuché cómo la motocicleta paraba. Se escuchaban las olas del mar de fondo y se respiraba el inconfundible aroma del salitre. El camarero se bajó y me ayudó a descender de la moto. Volví a agarrarme a él y entramos andando en la playa. Le pedí que se detuviese, me quité las sandalias y comencé a sentir la arena fresquita. Así andamos como unos doscientos metros hasta que noté madera sobre mis pies y empezamos a andar por lo que yo sentía como un pequeño muelle. Entonces el camarero se quedó parado y se soltó de mí. Me entraron todos los miedos del mundo.

—Solo puedo acompañarla hasta aquí, señorita. Por favor, no se mueva mucho, podría caerse al agua y hay rocas cerca. Tengo que marcharme. Buenas noches —y desapareció en la noche.

Ya os podéis imaginar el miedo que me entró. Pero ese miedo se mezclaba con el pedo que llevaba, la excitación sexual que tenía encima y mil y un pensamientos de todas las sensaciones bonitas que había tenido esa noche. De nuevo, una vez más, la voz de Brian me sacó de mi ensoñación.

—¿A qué estás esperando?

—¿Cómo dices?

—Que a qué esperas para quitarte el antifaz y venir aquí conmigo…

Abrí los ojos y vi que yo estaba en un pequeño muelle de madera que había al final de la pequeña playa de Cala d´Hort. En el agua, a unos pocos metros, vi a Brian que se movía feliz como un chiquillo. Encima del muelle había dos sillas. Una tenía colgada toda la ropa de Brian, por lo que supuse que él estaba desnudo dentro del agua y la otra estaba vacía esperando, digo yo, a que me despelotase.

—Veo que lo tenías todo bien planeado —dije en plan chulo.

—Qué poco me conoces. Te aseguro que lo he improvisado todo sobre la marcha. Tú me has inspirado a hacer algo que hacía años que no hacía con una mujer.

—¿Hincharte a alioli?

Brian volvió a descojonarse. La verdad es que, si hacías reír a un hombre, ya lo tenías en el bolsillo. Eso sí, un par de buenas tetas te aseguraban el éxito total, no nos engañemos. Y yo tenía las dos cosas.

—No, volver a jugar. Volver a dejarme llevar sin importarme nada. Volver a volverme loco. Ven conmigo, por favor, te echo de menos —esa última frase la dijo casi con dolor y eso me mató. Hacía tanto que no me decía eso un hombre que me importaba un pimiento que no fuese verdad.

Juro que fue la vez en mi vida que me despeloté más rápido. Tanto es así que se me quedaron las bragas enganchadas en el tobillo y casi me caigo encima de la silla y me saco un ojo, pero fui rápida y pude evitar el piñazo. Me quité toda la ropa y encima quedé elegante. Una vez que estuve desnuda, me quedé estirada en el puente, respirando la noche. Notaba la brisa marina en todo mi cuerpo, sobre todo en mis pechos y en mi vagina. ¿Se podría follar con la brisa marina? O me estaba volviendo loca o me estaba excitando de sentirme tan libre.

Al momento me zambullí de cabeza en el mar y abrí los ojos debajo del agua. La luna llena era tan fuerte que, incluso bajo el mar, se veía de maravilla. Y según me acercaba a Brian, vi que él tenía un empalme de mucho cuidado. Era verdad que me estaba esperando como agua de mayo, nunca mejor dicho. Así que antes de subir a besarle, me la metí toda en la boca de un bocado. Y me quedé allí quieta, chupándola, besándola, como si hubiese encontrado el santo grial. ¿Y el aire? ¡El aire! Era bueno recordar que tenía que subir a coger aire, que seguía siendo humana. Así que me solté de su pene y subí de golpe.

Al asomar la cabeza bruscamente fuera del agua, me encontré con la mirada de Brian, sus ojos brillantes y su gesto de placer me agradecían que fuese tan atrevida sexualmente. Luego sus fuertes brazos me cogieron de la cintura y nos fundimos en un cálido beso. Cuerpo a cuerpo pude sentir que el chico estaba muy en forma y fibrado. Fuimos nadando unos pocos metros hasta hacer pie. Me agarró bien fuerte del culo y me levantó, sacándome del agua. Yo doblé las rodillas y las apoyé en su potente torso. Me tenía frente a él, chorreando, y dejó que su pene acariciase ligeramente mi vagina, sin penetrarme. Me volví loca al sentir esa energía tan masculina cerca. Nos quedamos mirando una eternidad y comenzó a besarme con una dulzura tremenda, justo a la vez que bajaba mi cuerpo a pulso y dejaba que su pene me penetrase muy suave, solo la punta. Luego me volvió a izar y me volvió lentamente a bajar… De nuevo noté su glande dentro de mi vagina. Así jugó conmigo un buen rato. Hasta que, sin aviso y pillándome completamente despistada, me besó apasionadamente y su lengua y su pene entraron de golpe, a la vez, en mi cuerpo, y casi me desmayé con las sensaciones. Al notar todo su pende dentro tuve una descarga de placer en todo el cuerpo que me dejó temblando. Yo me enganché con las piernas en su cadera y él me sujeto en vilo. Así estuvo penetrándome un buen rato hasta que tuve un orgasmo total que me dejó blandita como un flan, abrazada a él, fundidos en medio de la noche. Adiós a un año de castidad. Luego, aún sujetándome a pulso, me llevó andando hasta unas rocas, cerca de la orilla. Allí me tumbó sobre la arena y comenzó a hacerme el amor de nuevo, de forma impetuosa. Las olas acariciaban nuestros sexos lo justo para excitarnos más y luego retirarse. Cuando estuve a punto de estallar en un súper orgasmo, el muy cerdo se paró en seco. Yo le miré con cara de odio, pero luego le perdoné, porque fue chupando todo mi cuerpo hasta meterse mi sexo en su boca y hacerme estallar en un orgasmo formidable que me hizo desmayarme de placer.

Cuando me desperté estaba envuelta en una toalla rugosa muy gustosa. Iba dentro del coche y Brian, envuelto en otra toalla similar, estaba cerca de mí. Por el coche entraban los primeros rayos del sol. Miré el reloj en la pantallita del vehículo… ¡Ya eran las seis de la mañana! ¡Qué inesperada locura!

—¿Qué tal estás, cariño? —me dijo con una cara que era para comérselo.

—No sé ni cómo estoy… ¿Y tú?

Su única respuesta fue retirarse la toalla del cuerpo y mostrarme su pene con una erección de caballo. No le di tiempo a decir nada, me subí encima de él y comencé a hacerle el amor como una loca. Nos besamos, nos miramos, nos acariciamos, nos mordimos. Nunca lo había hecho dentro de un coche tan estupendo. Las únicas veces que había tenido sexo en coches fue muy incómodo, pero en ese Audi A8 se podía hacer el Kama Sutra entero. Los dos nos dejamos llevar y tuve un montón de orgasmos más, perdí la cuenta y la cabeza, durante un segundo pensé que estaba recuperando los orgasmos de mi año sin sexo de manera rápida gracias al buen doctor, y sonreí para mis adentros.

Al final necesitaba parar y me desmonté de mi caballo mágico llamado Brian. Me senté a su lado y miré su pene brillante e hinchado… ¡Aún no se había corrido!

—¿Y tú qué pasa, no te corres nunca? —solté de la forma más descarada que pude.

—Paola, si me corro se acaba la fiesta. Solo lo haré cuando tú estés satisfecha del todo.


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