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Pide un deseo

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Norah Carter

























































Título: Pide un deseo. Trilogía el Vikingo 1.

© 2017 Norah Carter ― Patrick Norton ― Monika Hoff

Todos los derechos reservados

1ªEdición: Enero, 2017.

Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor.









Capítulo 1





Amanecía, podía escuchar la lluvia caer sobre los cristales, me encantaba esa sensación, quería disfrutar de aquella primera mañana revoleada en la cama de aquella ciudad de Ámsterdam, donde estaría los próximos nueve meses.



Cuando alquilé la casa desde España, exigí que tuviera una cafetera Nespresso, así que yo había ido prevista de mis capsulas Ristretto, era impensable levantarme y no tomar un Nespresso.



Después de un rato en la cama, fui a prepararme uno. Había llegado la noche anterior, así que apenas tuve tiempo de ver nada, pero solo saber que estaba en aquella ciudad me hacía sentir muy feliz, me llevé el café a la habitación, quería colocar toda la ropa, el apartamento era muy coqueto, una habitación de matrimonio con unos grandes armarios, un baño en el pasillo y salón con cocina estilo americana. Todo parecía acabado de salir del Ikea, para mí era perfecto, además tenía unos grandes ventanales que daban a un canal de esos que atraviesan toda la ciudad.



Había elegido el Barrio Jordaan, después de investigar el lugar por internet, me decanté por él, un lugar muy Bohemio, lleno de callejuelas estrechas, conocido por sus restaurantes, boutiques, tiendas y un sinfín de cosas que fueron el detonante para decidirme por esta zona. Aún me quedaban tres días para incorporarme al que sería mi lugar de trabajo los próximos meses, me habían ofrecido una plaza en una empresa importante llamada COLDIANS, era como una especie de prácticas remuneradas.



Era la primera vez que iba a vivir sola, además en otro país, a mis padres les había costado mucho hacerse a la idea de que me iba sola y fuera de España, estaban acostumbrados a que no salía apenas.



Mi vida era estudiar y los fines de semana disfrutar de ellos y de mi hermano, ese que se coló hace 4 años, cuando yo había cumplido los 18. Eric se había convertido en el juguete de la casa, vivíamos todos por y para él, fue lo mejor que pudo pasar en mi familia.



Mi pequeño amor… Muchos pensaban que yo era la madre, siempre iba con Eric a todas partes, no quería perderme ni un minuto de su infancia, era lo que me partía el alma, separarme de él.



Había acabado de terminar la carrera y esta oportunidad no la podía perder, era de publicidad y marketing internacional, así que aquí estaba dispuesta a comenzar esta nueva aventura.



Suspiré al ver todo lo que tenía que hacer. Yo no es que fuera perezosa, pero me gustaba hacer las cosas a mi ritmo, y si veía demasiado de golpe, pasaba del tema, hasta que no tuviera más remedio que hacerlo.



Pero esto era una nueva vida, tenía que empezar a cambiar yo también.

Dejé el café en la mesita de noche para irlo tomando poco a poco mientras colocaba la ropa en el armario. Arrugada, me daba igual, ya la plancharía cuando me la fuera a poner.



Y, extraño para mí, acabé por ordenarla entera y se me olvidó beberme mi café. Y yo sin él no era persona. A ver si iba a ser cierto y cambiar de aires me iba a cambiar a mí tan repentinamente.



Cogí la taza, derramé el contenido en el fregadero y me preparé otro. Esa vez me senté en el pequeño sofá del salón mientras miraba por uno de los ventanales.



Poco o nada podía ver de la ciudad desde ahí, tampoco había tenido tiempo, así que decidí tomar una ducha, vestirme cómodamente, colgarme al cuello mi cámara de fotos Polaroid último modelo (me encantaba la fotografía, y desde que mi padre, siendo pequeña, me regaló una cámara de esa marca, (yo era incapaz de usar otra), el móvil en el bolso y salí de la que sería mi casa los próximos meses, dispuesta a conocer la ciudad, o parte de ella, ese mismo día.

Ya tendría tiempo de preparar la casa a mi gusto.



Pero no iba a ciegas, días antes de coger el vuelo que me llevaría a mi nuevo destino, me dediqué a estudiar bien la ciudad por internet. Tenía hecho un planning de qué iba a visitar y en qué orden.



Yo no era de dejar nada al azar, me daba una ansiedad tremenda. Otra cosa era que fuera desordenada en mi espacio personal entre cuatro paredes. Pero el control… era como respirar. Y sabía que no podía controlarlo todo, por supuesto, pero no por ello dejaba de intentarlo.



A mi madre le enervaba un poco mi forma de ser, decía que tenía que dejar que las cosas ocurrieran.



¿Para qué iba a hacerlo si yo podía tomar el control?



Y con control me refiero a que, en mi cabeza, siempre tenía respuesta para todo y una solución preparada para cualquier cosa que pudiera ocurrir.

Sí, tenía demasiada imaginación. A veces me enfadaba porque, por más que intentaba ver todos los puntos de la ecuación, la vida hacía lo que quería y ocurría algo para lo que yo no tenía prevista ninguna salida y claro, ahí me bloqueaba, no sabía cómo actuar.



Mi madre decía: “Es que eres muy Virgo”. Sí, mi madre adoraba leer el horóscopo y esa era también su manera de entenderme.



Pero así era yo, una loca metódica, a la que no le gustaban las sorpresas.

Por eso, cuando decidí irme a vivir lejos de todo lo que conocía y controlaba, todos se quedaron con la boca abierta. Creo que pensaron que a mi cabeza le había ocurrido algo raro, pero no, cuando yo lo dije, era porque ya tenía todo más que pensado y, una vez me ofrecieron el trabajo, todo fue coser y cantar.



Como decía mi madre también: “Los virgos sois unos cabezotas”.



Sí, eso era cierto, una idea que se me metiera entre ceja y ceja, y no había poder humano ni divino que me hiciese cambiar de opinión. Y si fallaba, ya me encargaría yo de hacerles ver que hasta para eso estaba preparada, aunque por dentro estuviera acordándome de todos los astros por no haber sido lo suficientemente previsora.



Y todo esto que os cuento no se aplicaba a mi vida personal. No había tenido mucho tiempo para relacionarme con hombres, pero tampoco lo buscaba.



¿Sentimientos?



Ni de coña. Eso se escapaba a mi control, ahí podía volverme loca así que no, los hombres, cuanto más lejos, mejor. Yo estaba muy bien sola.

¿Para qué iba a complicarme la vida? O mejor dicho, ¿para qué iba a complicármela más?



Ahora era una mujer independiente, viviendo sola en un país extranjero, bastante lejano del mío y de toda mi gente, así que iba a disfrutar de esa soledad y a crearme un camino en la vida.

Porque yo podía, eso lo tenía claro.

Aunque para ser sinceros, me daba un poco de ansiedad estar sola, sin conocer a nadie.



Bueno, lo haría. Yo tenía labia, ya conocería gente, seguro.



Plaza Dam…



Ese era el primer lugar que iba a visitar. La plaza alrededor de la cual se creó lo que ahora era Ámsterdam tenía que ser el primer sitio que inmortalizara con mi cámara de fotos.



Haciendo buen uso del transporte público, otra de las cosas que llevaba apuntadas y que esperaba terminar controlando del todo, mucho estaba pidiendo yo…, llegué a la transitada plaza. Estaba llena de turistas haciendo fotos y gente del lugar que paseaban o se sentaban donde podían a pasar un rato. Gente descansando, otras tomándose un café o un refresco, grupos de amigos disfrutando de su compañía.



Lo normal en un lugar tan característico de cualquier ciudad.



Me acerqué a hacerle una foto al monumento nacional, El Obelisco. Era realmente precioso, disfruté de lo lindo.



Y así, casi sin darme cuenta, pasaron varias horas. Si mi estómago no empieza a rugir, pierdo la noción del tiempo.



Me paré en un lugar de comida rápida que había cerca de donde paseaba, que ni yo sabía ya dónde estaba de tanto que anduve, y me senté en un banco a comerme la hamburguesa. Estaba hambrienta y quería comer, ya tendría tiempo de dedicarme a probar la comida típica del lugar.



Seguí con mi lista, de la que al final pasé tres kilos cuando vi un Coffee Shop. Con una pícara sonrisa en mi cara, entré sin dudarlo.

Solo un té, normal, nada más. O un café, ya me decidiría.



El lugar me sorprendió, entendí, en el momento en el que entré, por qué eran tan conocidos, aparte de por lo que podías tomar allí, claro. Pero era tan acogedor… que me costó un trabajo brutal levantar el culo para irme.



Aunque me hubiese gustado seguir de turista al salir de allí, me dolían lo pies horrores y estaba agotada, así que acabé volviendo a casa. Oscurecía cuando llegué, por el camino me paré a comprar una pizza para cenar en casa y varias latas de refresco.



Mierda, tenía que hacer una buena compra, ese era el punto primero de la lista y yo me lo había pasado por el forro.

Demasiadas emociones nuevas, tenía que centrarme…



Me quité la ropa y me puse un pijama de ositos que tenía, era muy cuqui yo, cuando me daba la gana, claro. El pijama estaba para ir directamente al cubo de la basura, pero era mi favorito, y no iba a deshacerme de él solo porque estuviera con algún que otro agujerillo, digo yo.



Mi madre, por cierto, intentó tirármelo varias veces y sacarlo de la maleta para que no me lo llevara, pero yo la conocía bien, estaba preparada para cualquier maniobra por su parte en contra de mi prenda de dormir favorita.



Mi madre…

La pobre debería de estar preocupada, no la había llamado ni la noche anterior para decirle que estaba ya en la casa. Pensaría que no tenía Wifi todavía, pero la mujer debía de estar mordiéndose las uñas.



Mi padre no, ese era un pasota, total. Él con decir: la niña ya es mayorcita, lo arreglaba todo.



Pero la pobre de mi madre, tenía que estar subiéndose por las paredes.

La casa tenía internet, claro, fue otro de mis requisitos, yo necesitaba la red para trabajar, era algo fundamental.



Cogí el móvil, lo conecté al Wifi de la casa y empezaron a sonar dos mil notificaciones… Sí, otros de mis defectos, era un poco exagerada yo.

De esas dos mil, más de mil eran de mi madre, con eso os lo digo todo…

Pobre mujer, la de sufrimientos que le daba, pensé irónicamente.

Abrí la aplicación de WhatsApp y le di a llamada de datos a su móvil.



Virgencita, menos mal que llamas. Pensé que te había pasado algo, apenas pude pegar ojo en toda la noche, me iba a dar un infarto y tú serías la culpable, quedaría sobre tu conciencia, Dakota. Señor… ― suspiró después de la retahíla que me acababa de soltar ―, ¿estás bien? Dakota, ¿estás ahí?



Por cierto, no penséis mal. Mi madre no era fan de 50 Sombras de Grey, más que nada porque cuando nací la autora aún ni la había escrito así que no, mi nombre no tiene nada que ver con la famosa película ni con que Dakota sea el nombre de la actriz que da vida a la protagonista de la famosa trilogía. Pero eso no lo entendían quienes creían que podían burlarse de mi nombre cuando lo decía. En fin, como decía mi madre, había de todo en la viña del señor… Sí, era muy religiosa ella, por si no os disteis cuenta.



¿Hola, mamá? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?  preguntó exasperada.



Te estoy saludando, ¿no es eso lo primero que se hace cuando hablas con alguien?



 Deja de hacerte la tonta, te parí y te conozco bien. Me has tenido en vilo, hija, ¿no pudiste llamarme anoche?



Mamá, llegué reventada, te juro que caí rendida en la cama. Hasta ahora no me he acordado de conectar el Wifi al móvil. Y aún tengo que ir a sacarme una línea de móvil aquí, así que mientras esté fuera de la casa o en un lugar sin Wifi gratis, pues no podremos hablar.



Pues mañana mismo estás arreglando eso. Y ahora dime, ¿cómo llegaste? ¿Todo bien? ¿El vuelo? ¿Has llegado entera?



No, llegué en pedazos ― dije riendo, si es que esta mujer no era normal.



No seas irónica, estuve muy preocupada por ti ― dijo tristemente.



Lo sé, mamá, pero ya soy mayorcita…



No te parezcas a tu padre ― me interrumpió.



Y debes confiar en mí.



En ti confío, Dakota, lo sabes. Pero en la maldad del mundo no.



Mamá, debes dejar la religión, en serio, te está afectando.



La religión ni porras, si hace años que no pongo un pie en la Iglesia.



Pues entonces deja la mierda que estés leyendo o los documentales que estés viendo.



Lo que necesito es medicarme contra la ansiedad que me provocáis tu hermano y tú ― suspiró la pobre. Era muy dramática, no hace falta ni que yo lo diga. Pero era un amor y la mejor madre del mundo, eso sin duda.



Tu hermano…

Ya nombró a mi debilidad.



¿Cómo está Eric?



Bien, salió con tu padre a comprar algo para cenar, no tenía ganas de cocinar hoy. También ha pasado una mala noche, te llamó varias veces en sueños.



Oh, mi niño ― dije con lágrimas en los ojos.



No, cariño, no te pongas triste. Ya estás allí y tienes que ser fuerte. Y lo eres, así que trabaja duro y consigue todo lo que quieres. Es tu sueño, ¿no?



En parte sí lo era, necesitaba esa independencia, no sabría explicarlo, era algo demasiado personal que ni yo entendía del todo.



Pero dime, ¿qué hiciste hoy? ― preguntó ante mi silencio.



Estuve paseando por la ciudad, cuando descargue las fotos de la cámara, te las mando. Esto es precioso, mamá, tenéis que venir pronto, te va a encantar.



Iremos, no lo dudes. ¿Has conocido ya a alguien?



No, aún no, pero tranquila, que estoy bien.



No puedo estar tranquila, Dakota. Estás en un país extraño, sola, sin conocer a nadie. ¿Cómo no quieres que me preocupe?



Preocupación es tu segundo nombre, lo sé.



Y pasota el tuyo.



No soy pasota y lo sabes. Solo cabezota.



Sí, eso es cierto ― suspiró ―, no sé qué hice en otra vida para merecer esto. Me dais cada dolor de cabeza…



Tendrás queja de los hijos que te tocaron. ¡Si somos un amor!



Sí, es cierto. Pero ya podíais ser menos tercos. En fin… Cuéntame ― insistió.



No hay mucho que contar mamá. El piso es precioso, también te mandaré fotos. Cuando lo tenga recogido.



Es decir, nunca.



Y tengo que ir mañana a hacer la compra de comida ― seguí ignorándola ―, y terminar de ordenar y darme otro paseo por la ciudad, a ver si me familiarizo rápido con ella.



Bueno, cariño, tú no te preocupes. Cuando empieces a trabajar, conocerás gente y seguro que haces buenos amigos ― esa era mi madre y su bipolaridad. Si es que la adoraba, después de todo me hacía reír.



Me da pena no poder hablar con Eric y con papá.



Ya, bueno, ya sabes que a tu padre no le gusta hablar por teléfono. Y con Eric puedes hablar cada vez que quieras, cariño. Y nos dejaste instalado Skype, así que tenemos que vernos cada día.



Seguro, no te preocupes. Pero de verdad estáis todos bien, ¿no?



Sí, tranquila. Tú eres quien importa ahora, y sabes que te apoyamos.



Aunque creas que estoy loca.



Aunque lo crea ― rio por primera vez.



Mamá, tengo que dejarte, la pizza que compré para cenar tiene que estar ya helada. Te llamo mañana y hablamos, ¿vale?



Claro, cariño. Pero no te olvides.



Tranquila, no os olvido ― como si pudiera hacerlo, eran mi familia.



Ah, Dakota…



¿Sí?



Rubén me mandó un mensaje para saber cómo estabas.



Ea, todo mi buen humor al traste.



No quiero hablar con él.



Lo sé, cariño, pero él se preocupa por ti. Tampoco es malo que yo le diga que estás bien, ¿no?



¿Por qué me lo preguntas? Si al final harás lo que te dé la gana.



Pues sí ― dijo y se quedó tan pancha ―. Te quiero cariño, come y descansa.



Yo también te quiero, mamá.



Colgué la llamada y preparé la mesa para comer. Encendí la televisión y puse un canal de música de fondo, cogí una porción de pizza y le di un mordisco exagerado.



Mierda, ya estaba de mal humor.

Rubén…



El que había sido mi mejor amigo durante años, desde la infancia podía decir. Ese chico en el que siempre había confiado, al que quería como un hermano. Ese que, aunque íbamos creciendo, seguía mirando igual, con un cariño y un amor fraternal.



Quien me dio a entender que yo era lo mismo para él.



Hasta esa noche…

Una noche que muchas veces pensé había sido la detonante para que yo tomara la decisión de irme lejos. O no tanto, porque eso lo había pensado muchas veces, pero sí, quizás, para que yo adelantara mi viaje.



Habíamos salido los tres esa noche a cenar y a ir a bailar: Clara, Rubén y yo, como siempre.

Mis dos mejores amigos, quienes siempre se tiraban los trastos a la cabeza y mi papel, como quien adoraba a ambos, era hacer de intermediaria entre ellos.



Pero las razones de Clara las entendía, siempre había estado enamorada de Rubén, aún recuerdo el día en que se dio cuenta.



No lo odias, Clara, te gusta ― le dije yo.



¿Gustarme? Sí, como comida para los pájaros carroñeros ― dijo muy seria, con cara de asesina y yo me descojoné.



Entonces no te importará si yo tengo algo con él, ¿no? ― pregunté para picarla, sin tener la más remota idea en ese momento de lo que Rubén sentía por mí. Ni en ese momento ni nunca, jamás sospeché nada.



Claro que no, eres libre ― seguía seria, pero el color de la cara le cambió. Era como si en su expresión pudiese ver todo el dolor que le causaron las palabras.



¿Ves? Te gusta ― le dije y me reí. Ella se fue enfadada, era lo que solíamos hacer cuando teníamos trece años.



Y en ese momento tuve claro qué sentía mi mejor amiga por mi mejor amigo.

Pero, aunque yo los chinchara a veces, nunca intenté que estuvieran juntos, era cosa de ellos.



El problema llegó esa noche, como un año atrás, cuando Rubén, con un par de copas de más, intentó besarme. Del guantazo que le di se enteró todo el local, sonó hasta por encima de la música.



Me fui muy enfadada, me paró al salir y empezó a decirme que me amaba y que tenía que darle una oportunidad y lo típico de cualquier tío desesperado.



Lo mandé a la mierda y no quise verlo más. No le permití ni que se disculpara. Así que Clara y mi madre eran su canal para saber de mí.



Y desde ese momento, empecé a buscar irme del país, hacer mi vida fuera, vivir lo que quisiera. Rubén no era el culpable, pero sí adelantó lo que yo llevaba mucho tiempo queriendo hacer.



Así que ahí estaba ahora. En Ámsterdam, sola, viviendo la aventura de mi vida y esperando disfrutar al máximo de todo. Con un trabajo que empezaría en pocos días, con ganas de aprender y de superarme.

Pero algo tenía claro, sin ganas de hombres.



Puse cara de asco. No, yo jamás me enamoraría, eso sí lo tenía claro. Los sentimientos para quienes pudieran controlarlos, no para mí.

Me acomodé en el sofá, terminando de devorar la pizza.



Comenzaba la aventura de mi vida.



Capítulo 2





Me desperté al día siguiente en el sofá, arqueé una ceja, se notaba que estaba sola, esto en casa de mis padres era impensable.



Hogar, dulce, hogar… sonreí.



Me levanté y fui directa a prepararme mi café. Me lo tomé saboreándolo lentamente y mis tripas rugieron, tenía un hambre del demonio.

Joder, y yo sin nada para comer en la casa. A no ser que me comiera las sobras de la pizza de la noche anterior. Se me revolvió el estómago de solo pensarlo.



Pues nada, ducha, a arreglarse y a salir a comprar de una buena vez, así aprovechaba también para seguir conociendo la ciudad. La compra era algo que no podía posponer más.



Salí a la calle con mis vaqueros pitillos, mi jersey, mi bolso, mi cámara Polaroid, una turista total. Entre eso y mi pelo negro azabache y rizado, seguro que nadie me confundía con una holandesa.



Eso sí, la sonrisa en mi cara, expectante de nuevo, todo era tan nuevo que sabía que la ilusión por estar allí me iba a durar mucho tiempo.



Iba andando por una calle cercana a mi casa, buscando un lugar que me gustara para desayunar, aunque al paso que iba y con el hambre voraz que tenía, iba a entrar en el primer lugar que me encontrara ya. Era lo que tenía a veces ser tan meticulosa, acababa desesperándome conmigo misma.



No sé qué pasó, yo iba ensimismada, mirando a todos lados menos, al parecer, adonde tenía que mirar, que era por donde iba. Así que el golpe que me llevé fue impresionante. Caí al suelo sin poder evitarlo y gemí de dolor. Entre eso y el susto, casi me da un infarto.

Me reincorporé sobre mis codos y miré a mi lado. Un chico estaba en el suelo, también tirado, con la bicicleta en la que supuse iba casi encima de él.



Joder, pues sí que había sido fuerte el golpe. Si no que se lo dijeran a mi pierna, me dolía horrores, tenía que tener un cardenal horrible.



Los dos nos levantamos como pudimos, el pobre dejó la bicicleta tal como estaba.



Vergiffenis…



Perdón… ― dije a la vez.



Y así me quedé, como una idiota mirando a semejante adonis. Ese era holandés, sin duda. Y no porque en ese momento yo me había dado cuenta que la palabra extraña que me había dicho era perdón en holandés, que también, si no porque madre mía del amor hermoso… ¡Tremendo rubio!



Carraspeé, más que nada por cerrar la boca, no podía ser tan evidente.

Pero ese hombre era un vikingo. Qué digo un vikingo… ¡Era el puto rey de los vikingos! De esos en los que las escritoras se inspiraban para escribir sus novelas románticas, seguro.



Y ese pelo…



Ya se le podía haber caído el casco y destrozado la cola al caerse, digo yo, al menos vería esa cara perfecta con ese pelo suelto.



Señor…



Española, ¿verdad? ― dijo en un español más que bueno.



Sí.



Y yo no era capaz de decir nada más, para no interesarme los hombres y querer mantenerme lejos de ellos, este me había dejado en shock. Sin palabras, y en mí, que siempre tenía algo que decir y tenía que tener la última palabra, era complicado.



¿Estás bien? ― preguntó extrañado.



Sí.



El pobre chico creería que me había golpeado la cabeza y me había quedado gilipollas.



Se agachó y cogió su bicicleta.



¿Estás bien de verdad? ¿No te has hecho daño? ― insistió al levantar su medio de transporte.



Y el pobre se veía tan preocupado, normal con el tremendo golpe que nos habíamos llevado, que me tuve que obligar mentalmente a mí misma a reaccionar.



Lo siento ― dije, yo y mi capacidad de reacción… ―, no miré por dónde iba.



Siendo española, lo entiendo ― dijo quitándose el casco y sonrió. Y esa sonrisa ya me dejó idiotizada por completo.



¿Siendo española? ―eso sí que no lo había entendido bien, claro que tenerlo en frente tampoco me ayudaba.



Conozco España, no tanto como me gustaría pero lo hago.



Ah… ― ¿y?, pensé.



Y sois un poco alocados, creo que aún no entendéis que el carril bici, es solo para las bicis ― seguía sonriendo.



Oh… ― miré al suelo, ahora lo entendía.



Lo siento, iba distraída.



Tranquila, ¿pero estás bien?



Sí, creo que un moratón en la pierna pero nada más ― dije tocándome la zona donde me dolía.



Vaya ― torció el gesto ―. Déjame disculparme al menos en condiciones.



No, tranquilo, la culpa fue mía. No te preocupes.



¿Un café al menos? ― insistió.



No, de verdad ― no me lo podía creer pero, ¿yo, avergonzada? Alucinante…



Iba a parar a desayunar, así que insisto en que me acompañes y me dejes invitarte. Es lo mínimo por el moratón que te hice.



Está bien, yo iba buscando un sitio donde desayunar ― sonreí.



Perfecto, entonces te mostraré el mejor lugar.



Empezó a caminar y lo seguí, puse gesto de dolor al apoyar la pierna. Se paró, preocupado pero le dije que siguiera, no pasaba nada, se me quitaría.

Entramos en un restaurante que había cerca, dejó la bicicleta amarrada fuera, y nos sentamos en una mesa al fondo del lugar.



Desayuno español, imagino ― dijo al sentarse frente a mí.



Ahora mismo me comía una vaca, así que lo que sea ― dije riendo, algo más relajada ya.



¿Desde cuándo no comes? ― preguntó divertido.



Desde anoche, me zampé una pizza entera, familiar además. Pero tengo un hambre increíble ― hice un mohín con los labios, como disculpándome.



Completo entonces ― le dijo al camarero cuando se acercó, él sin dejar de reír ―. Por cierto, soy Alan.



Dakota ― estreché la mano que me ofrecía, formal el chico.



¿Eres holandés? ― pregunta idiota, claro que lo era.



Sí, imagino que se nota. Igual que tú no puedes negar que eres latina. Y preciosa, además.



Oh, gracias ― me puse roja como un tomate.



De nada, es la verdad. Esos ojos negros hipnotizan ― me guiñó los suyos, más azules no podían ser y a mí iba a darme algo de verdad ―. ¿Y qué haces aquí, de vacaciones?



No, por trabajo.



¿Una beca?



Sí, en COLDIANS, si se dice así.



Sí, conozco la empresa. Pues entonces eres de las buenas, no suelen coger a cualquiera.



Espero dar la talla ― el camarero trajo el desayuno y me fui flechada a las tostadas.



Seguro que lo harás. ¿Viniste sola entonces?



Sí, un poco a la aventura. Sin conocer a nadie, estoy un poco loca ― negué con la cabeza.



Chica aventurera, me gusta, otro punto a tu favor ― dijo y yo enarqué las cejas ―. Al menos, compartiendo piso, no debe de ser tan difícil y no te sentirás tan sola.



Oh, no ― me limpié los labios con la servilleta ―, preferí alquilarme uno sola. Y aún ni el frigorífico llené, soy un poco desastre.



Eres una temeraria, ¿no?



No, solo quería independencia, podemos decirlo así. Ser solo yo un tiempo, sola ― me encogí de hombros.



Él asintió con la cabeza, entendiéndome. Seguimos desayunando un rato en silencio, yo acabé con todo, realmente tenía hambre.



Y tú, ¿a qué te dedicas? ― pregunté cuando dejé de comer.



Soy administrador, podemos decirlo así.



¿De fincas?



Administro las propiedades que me dejaron mis padres, digamos que con su muerte no tuve muchas opciones para elegir, tenía un legado que mantener.



Oh, lo siento.



Tranquila, ya está superado. Y además me gusta, soy un poco controlador ― dijo mirándome fijamente.



Me entraron hasta sudores con esa frase y con su mirada. Alan se quitó la gomilla, dejando su pelo suelto y volvió a recogérselo mejor. Se me estaba cayendo la baba y lo que no era la baba…



Esto… Pues muchas gracias por el desayuno, no tenías por qué. Quizás nos veamos por aquí ― dije haciendo el amago de levantarme de la silla.



Sí, era una forma de huir, pero ese hombre me dejaba temblando y yo no quería problemas con el sexo opuesto. Y Alan, el vikingo, tenía tatuado con tinta invisible en la frente la palabra “PROBLEMA”.



¿Trabajas mañana? ― preguntó.



No, aún tengo algo de tiempo para organizar mi casa. Menos mal, porque está hecha un desastre.



Entonces quizás podamos vernos mañana, si no tienes otros planes.



¿Otros planes? ¿Cómo le decía que tenía planes si le acababa de decir que no conocía a nadie?



¿Planes? No, conocer la ciudad.



Perfecto, entonces almorzamos juntos y te enseño un par de lugares que te encantarán.



Esto… Alan, no tienes por qué hacerlo, de verdad, no soy una damisela en apuros a la que tengas que acompañar.



¿Te di esa impresión?



No lo sé, por si acaso.



Dakota, tal vez podías pensar que lo hago porque me apetece. Eso sin contar que quiero seguir mirando esos ojos negros ― dijo en plan seductor.



Problema era llamarlo poco. Ese hombre era un saqueador, como sus antepasados, pero de corazones. O esa impresión me daba a mí, porque a la vez era dulce, considerado, guapo… Mierda, era perfecto. Sí, un gran problema.





Creo que debes de saber algo, Dakota y es que, cuando algo me interesa, no acepto un no por respuesta ― lo dijo sonriendo, pero su tono de voz me estaba enseñando que iba muy en serio. Y al parecer, ese “algo” que ahora le interesaba era yo.



Vamos, Dakota, me dije a mí misma, saca el carácter y mándalo bien lejos, a la mierda si es necesario.



¿A qué hora? ― pregunté en su lugar, sin amilanarme.



Bien hecho, sí señor…



Si me das tu dirección, te recogeré a la una y media ― su sonrisa se ensanchó, habiendo conseguido lo que quería.



Me dio su número de móvil y quedé en mandarle un mensaje con el mío cuando esa tarde comprara la tarjeta con un número nuevo, le di la dirección de mi casa y me despedí de él.



Me temblaban las piernas al salir del restaurante, así me había dejado el vikingo. Era lo que tenían los chicos malos, ¿no? Y aparte un dios griego…



Intenté olvidar el encuentro con Alan y fui a hacer la compra. Llegué a casa cargada de bolsas, guardé todo en su sitio y me senté en el sofá con una taza de café en las manos.



Al menos ya tenía chocolate para cuando me diera la ansiedad.



Me quedé en mi mundo, pensando y reviviendo el tiempo que había pasado con el holandés. Me maldecía mil veces por haber aceptado su oferta, me iba a meter en problemas y lo sabía, y yo acababa de llegar a la ciudad, no tenía que haber dicho que sí.



Eso decía mi cabeza, pero mi cuerpo era otra cosa. Ya le estaba escribiendo un mensaje con mi nuevo número de móvil, era lo primero que había comprado ese día, la tarjeta para poder hablar con él.

No me contestó y en parte me molestó, quizás ya se había olvidado de mí. Tal vez fui un “sí” demasiado fácil y ya se le quitaron las ganas de volver a verme.



Pues si era así, mejor para mí, más tranquila estaría.



Pero mi mente seguía erre que erre, con su imagen ahí, como si ese fuera su lugar.



Enfadada y desesperada conmigo misma, cogí el móvil y llamé a Clara. No iba a contarle nada, eso seguro, pero mi amiga siempre me hacía reír, y eso era lo que necesitaba en esos momentos, sus locuras para dejar de pensar tanto.



Ya pensé que te habían secuestrado o algo por el estilo. No tienes vergüenza, ¿sabes? Menos mal que tu madre me dijo que estabas bien. Joder, Dakota, ¿es que no sabes que nos preocupamos por ti?



Todo eso dijo, sin respirar, sin un hola. Normal que se llevara tan bien con mi madre, si eran las dos iguales.



Hola, Clara.



Hola, Clara… Para matarte, te lo juro. Estoy aquí con unas ojeras de caballo y tú me llamas dos días después y me dices Hola, Clara. Que te den ― dijo resoplando.



Sabía que mi madre te contaría, tampoco es para tanto, ¿no? Sois unas alarmistas ― suspiré.



Preocuparnos por ti no es serlo. Y no tenías que haberte ido, te echo de menos ― dijo con tristeza.



Sonreí, por eso la adoraba. A mí me costaba demostrar los sentimientos, a ella, sin embargo, era algo que le salía natural.



Y yo a ti ― le dije―. ¿Todo bien?



Sí, todo perfecto. Menos porque no tengo a mi mejor amiga, pero así es la vida.



Tienes a tu mejor amigo ― reí.



- ¿Rubén? Gilipollas… Sigue llorando por las esquinas.



¿Llorando? ¿Qué pasó? ― pregunté preocupada.



Pues que te fuiste, idiota, se fue el amor de su vida y está que ni come. Vamos, conmigo ni habla.



No soy el amor de su vida, solo está confundido, hemos hablado esto muchas veces, ya te verá, dale tiempo.



¿A mí? Mira, holandesa, déjame en paz y no me metas en tus líos. Ahora cuéntame, ¿cómo es aquello?



No tuve tiempo de ver mucho, pero lo poco que vi es precioso. Muy diferente a España, no solo el clima, pero eso lo sabía. Y bien, ya recogí la ropa, hice la compra y hoy nada más.



No vas a encontrar a nadie como yo, ni lo pienses, nadie me quitará mi lugar. Pero haz amigos, que te conozco y cuando quieres eres peor que una monja de clausura.



No me ha dado tiempo a conocer a nadie ― solo a un vikingo, pensé.



Pues yo qué sé, habla con la cajera del supermercado aunque sea. Un vecino, lo que sea. Pero no salgas sola por la noche.



Pfff, eres peor que mi madre.



Sí, ¿verdad? Es lo que hay. ¿Mañana trabajas ya?



No, mañana comeré fuera e iré a ver algo más de la ciudad. Con Alan.



No lo pude evitar, lo solté. Con alguien me tenía que desahogar.



¡¿Alan?! ― gritó tanto que tuve que separarme el móvil de la oreja ― ¿Quién es Alan?!



Un chico que me invitó a comer. Nada del otro mundo ― mentí.



Tú no aceptas invitaciones de chicos. Vamos, Dakota, escupe.



Suspiré pero en el fondo de alivio, estaba deseando contarle todo. Clara escuchaba todo con atención, eran las ganas de saber porque generalmente, cuando le explicaba algo, me interrumpía decenas de veces.



Vaya, vaya… ― y eso fue todo lo que dijo cuando acabé.



No empieces a malpensar, solo fue amable, le dio pena que estuviera sola en esa ciudad.



Claro que sí.



Eso ha sonado a “lo que tú digas pero no te creo”:



Inteligente que eres. Venga, Dakota, no seas ingenua. El chico quiere tema y más claro no ha podido dejártelo.



Pues conmigo la lleva clara…



Contigo cualquiera la lleva clara. Quítate la coraza y vive un poco.



Lo dice quien no dura ni tres días con sus parejas.



Porque me gusta cambiar, y habiendo conseguido lo que quiero, ¿para qué más? ¿Está bueno?



Tssss…. ― suspiré con la imagen del rey de los vikingos en la cabeza ― Es normalito ― mentí.



Oh, pues vaya ― dijo desilusionada, mejor así ―. Pero eso no importa, seguro que es simpático, así que acepta su compañía al menos, ¿vale?



Eso hice… ― dije de mala gana.



Te tengo que dejar, llámame mañana. Te quiero.



Y yo a ti.



Colgué la llamada y suspiré. No tenía que haberle contado, además, él había ignorado mi mensaje, tal vez ni siquiera aparecería al día siguiente.

En ese momento, como si lo hubiera llamado con la mente, mi móvil sonó con un mensaje de WhatsApp.



Alan: “Aún sigo recordando esos ojos. Estoy deseando que llegue mañana para volver a verlos. Un beso.”



Pues no, no se había olvidado de mí. Y sí, tenía mi primer problema en Ámsterdam.



El vikingo.





























Capítulo 3





No. No se había olvidado de mí.

Me levanté esa mañana con ganas de comerme el mundo. Solamente faltaba un día para que me incorporase a mi trabajo y hoy había quedado con Alan para dar una vuelta. No puedo negar que estaba nerviosa y no me refiero a estar intranquila, sino a esos nervios que expresan la incertidumbre de lo inesperado. ¿Por qué había cautivado a Alan? ¿Qué quería ese chico de mí?

Íbamos a pasar un buen rato. No había más que rascar. Y ahora que la mañana se había despertado con un sol radiante, hecho al que no están muy acostumbrados los holandeses, debía pensar en positivo y no comerme la cabeza como lo estaba haciendo en ese momento.

Pero es que era inevitable. Bendito golpe que me di con él y bendita melena que tenía el vikingo aquel. Qué bien le quedaba, qué toque tan seductor le proporcionaba. Aún alucinaba cuando lo recordaba. De nuevo, volvía a comerme la cabeza y ahora se trataba solamente de dejarse llevar, de no pensar más que en el presente y de conocer mejor a Alan.

Me preparé un café en mi Nespresso. Esta vez fue un Volutto. Me encantaba su aroma dulce al mismo tiempo que áspero y esa cálida sensación que dejaba en el paladar. Después de tomarme mi café junto a la ventana, comprobando que el sol iluminaba cada objeto, cada detalle y figura del exterior, sentí que no estaba lejos de casa. Que aquella ciudad, en poco tiempo, me había dado la oportunidad de quererla.

Me duché y, mientras me vestía, pude comprobar delante del espejo que la naturaleza había sido generosa conmigo. Tenía un cuerpo bonito y mi rostro era un rostro simpático, lleno de picardía y con una gracia congénita que se podía evidenciar en aquella nariz respingona de la que estaba muy orgullosa.

Otras mujeres se enfadarían al tener una nariz como la mía, pero, en mi caso, no afeaba mis facciones. Al contrario, las dotaba de mayor personalidad y atracción para muchos hombres. Quizá Alan era un ejemplo de lo que quería decir.

Me puse ropa cómoda, aunque la elegancia y la formalidad formaban parte de mi vestuario. Una blusa blanca con botones dorados y un pantalón vaquero oscuro bastarían para disfrutar de aquel día, cuya temperatura era muy agradable. No imaginaba que Ámsterdam fuese así. Esperaba una ciudad húmeda, donde la lluvia y la niebla la habrían sumido en una atmósfera gris que me iba a resultar irrespirable.

No era así. Ni mucho menos. Hice un poco de tiempo, revisando algunas frases en inglés que me vendrían muy bien para el trabajo y, de repente, tocaron al timbre.

Me puse nerviosa, como esas quinceañeras que están a punto de ser acompañadas al baile de fin de curso con el chico que más les gusta. Además, suele ser el repetidor de último curso o el malote del instituto. Sí, en efecto, al salir al portal, me encontré con mi malote.

Porque Alan no era el tipo que yo esperaba y que ahora tenía frente a mis ojos. Me excité al verlo y no solo me refiero a emocionarme. No. Aquel tío me puso, me conquistó, hizo que se me acelerara el corazón. Allí estaba en mitad de la calle, sobre una moto que quitaba el hipo, una Harley Davidson que solo había visto en las películas americanas y en algunos sueños eróticos con los que había fantaseado en mi adolescencia y en mi juventud, que solo había…

Me quedé sin palabras. Porque allí estaba el tío, vestido para gustar, con una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta blanca, ceñida a su cuerpo musculoso y tenso. Unos pantalones vaqueros también ceñidos parecían decirme desde lo lejos: “Tómame”, “Tómame ya”.

Alan tuvo que notar que yo me sonrojaba. Yo miraba a todos lados, menos a él. Aquel jinete sobre su moto imponía. Más de una jovencita que pasaba en ese momento se paró a mirar. Y yo sentí celos, celos de que lo miraran, de que algunas mujeres incluso le silbaran. Joder, y yo pensaba que los europeos eran más cortados y prudentes. Pues no. Allí estaba el Brad Pitt aquel, con su melena, siendo piropeado por las holandesas que cruzaban el paso de cebra más próximo a la moto.

Alan ni se inmutaba. Se dedicaba a sonreír y a no quitarme ojo. Yo me iba a morir de la vergüenza. Yo, que iba de modosita, con mi blusa y mi pantalón, no sabía cómo actuar. No sabía si cruzar y decirle “hola, cómo estás”. No sabía si cruzar y pegarle un beso en los labios con lengua incluida, o agarrarlo de la camiseta y subírmelo al piso para practicar algunas posturas del Kamasutra.

Madre mí, cómo me estaba poniendo Alan. Y lo peor no era eso. Lo peor es que el tío sabía lo que estaba haciendo. Aquel vaquero, aquel vikingo, sabía cómo ponerme nerviosa y lo estaba consiguiendo. Ya te digo si lo estaba consiguiendo. Me temblaban las piernas y otras partes de mi cuerpo que, en este momento, no debo decir. Es muy pronto todavía para lo que llevamos de novela. Opté por acercarme y saludarlo simplemente.



―Hola, Alan ― dije con aire infantil.



―Hola, mi española. ¿Cómo se encuentra mi princesa? ― intervino él sin borrar esa sonrisa que había dibujado en su rostro desde que yo había hecho acto de presencia.



―Bien, no te esperaba en moto. Y menuda moto. Te esperaba en una bici como la mayoría de los holandeses.



―Eso no va conmigo. Me compré esta moto hace unos meses y es una de las mejores decisiones que he tomado.



―¿Cuáles son las otras? ― pregunté con maldad, esperando la respuesta que ahora me iba a soltar con aire de seductor.



―La otra es haberte conocido― respondió con intención de agradarme.



―¡Venga ya! ― exclamé.



―No, es cierto. Si no fuera así, ¿crees que iba a aparecer con mi moto por aquí?



―Eso se lo dirás a todas ― contesté yo, siguiéndole el juego.



―¿Todas? No veo a ninguna por aquí.



―Oye, Alan, tú eres un poco chulo, ¿verdad?



―Me encanta serlo, pero no lo hago con intención de herir a nadie. Solo estoy coqueteando contigo.



―Lo haces muy bien, ¿sabes?



Si Clara me hubiese visto en ese momento, se habría descojonado. Estaba haciendo la tonta como nunca, pero es que Alan producía ese efecto en mí. Su arrogancia, su sonrisa, su galantería y esa moto, y esa camiseta blanca, y esa melena, joder, eran irresistibles.



―Dakota, me van a poner una multa como siga aquí parado. Móntate.



―¿Estás loco? Yo no he montado nunca en una moto de estas.



―Alguna vez tenía que ser la primera ― intervino ahora guiñándome un ojo.



Aquella frase con doble sentido me sonrojó otra vez. Alan se estaba revelando como un ligón de primera. Jamás me había pasado algo así. Seguramente él se estaba aprovechando de eso.



―¿No será peligroso? ―pregunté con temor.



―No, la moto no. Yo, a lo mejor …



―No seas tonto, Alan.



Qué infantil estaba siendo con aquel tipo. Estaba comportándome como una tonta. Solo el hecho de imaginar que iba a agarrar a aquel chaval de la cintura, una vez que subiera a la moto, hacía que el corazón se acelerara mucho más de lo que lo estaba haciendo ahora.



―No me puedo creer que esté subiendo a una Harley― me dije a mí misma, evitando que él me escuchara.



Pero me escuchó.



―No es ninguna locura. Somos dos amigos que van a dar un paseo en moto. No hay nada malo en eso ― comentó Alan con voz seria, dejando su juego de bromas y de chanzas.



―Espero que sea así. No llevo ni tres días en Ámsterdam y ya me estoy subiendo a la moto con un extraño.



―Yo no soy ningún extraño. Soy Alan ― respondió esbozando esa hipnótica sonrisa.



―Sí, Alan. El vikingo ― dije yo haciendo que el muchacho soltara una carcajada.



Arrancó la moto y aquel trasto voló. Entonces fue cuando me agarré fuerte al cuerpo de aquel jinete, que parecía ahora el motorista fantasma. Solo faltaba que la moto ardiera por los cuatro costados y nos convirtiéramos en personajes de leyenda, pues todo el mundo nos miraba y nos gritaba. Alan se creía dueño y señor de la carretera.



―¿No puedes ir más despacio? ― pregunté atemorizada por la velocidad que había cogido aquel cacharro.



―Ir a poca velocidad es para los cobardes, Dakota.



―Es que me vas a dejar calva como sigas dándole al acelerador ― dije yo medio en broma, medio en serio.



―No te preocupes. No vamos tan rápido. Lo que sucede es que estas motos hacen mucho ruido. Rugen como leones y es lo que me encanta de ellas.



Me callé y lo seguí agarrando con fuerza. Noté que tenía un abdomen firme y prieto. Y pensé para mí que, si así de duro tenía el vientre, ¿cómo tendría lo que guardaba más abajo?

Nunca había tenido esa clase de pensamientos. Pensamientos obscenos. Y ahora, con Alan, los estaba teniendo. No sé por qué. Yo creo que era esa melena que el aire batía como un látigo y que a veces golpeaba mi cara. Para evitar los golpes de su cola de caballo, apoyé mi rostro sobre su espalda y, en mitad del fragor de aquel descenso a los infiernos, como era montarse en aquella Harley, noté el calor amable.

¿Adónde me iba a llevar Alan? ¿Cómo había confiado en un extraño de la manera en que lo había hecho? Si mi madre me viera, me cogía de los pelos y me arrastraba para casa. Pero no iba a ser así. Sobre aquella moto, sentí la libertad y la fuerza de escapar, sensaciones que no había experimentado antes.



―¿Vas bien? ― preguntó.



―Me molesta tu pelo. Por eso, he apoyado la cabeza en tu espalda.



―Ah, vale. Se me olvidó recogérmelo. Pero, tranquila, está limpio. Me lo lavo todas las noches con yema y clara de huevo.



―No te rías más de mí.



―Cuando baje de la moto, voy a hacer que lo huelas ― dijo Alan con voz sincera.



En aquel instante, pensé que estaba saliendo con el loco de Ámsterdam. El único loco de la ciudad me había tocado a mí. Pero era tan guapo, tan arrogante, tan lanzado, con esa moto y con todo bien apretado, que no podía decir nada que lo contradijese.

Las callejuelas quedaban atrás y los edificios se evaporaban con cada adelantamiento que hacía la moto, sin que a mí me diera tiempo a contemplar la belleza de aquella ciudad llena de laberintos, una ciudad que flotaba en el agua como una Venecia moderna y cuya luz húmeda había inspirado a tantos pintores.



―¿Adónde vamos, Alan?



―A un sitio muy especial. Te encantará. ¿Por qué? ¿No estás disfrutando del paseo? ¿Has visto las calles y las fachadas de los edificios? Son increíbles.



―Pero, ¿estás bromeando, no? ¿Cómo voy a ver si parece que, en vez de un paseo en moto, estoy volando encima de un cohete? En cualquier momento, no vamos a estrellar y no nos va a reconocer ni la madre que nos parió ― dije yo con total sinceridad.



―¡Qué exagerada eres!



―¿Exagerada? Pero si parece que nos han metido un petardo en el culo.



Menos mal que Alan no me tomaba en serio. Pero verdaderamente estaba asustada. Nunca había montado en moto y menos en una Harley. La experiencia no estaba siendo muy agradable, salvo que iba agarrada al cuerpo de aquel doble de Brad Pitt. Yo me parecía un poco a Angelina Jolie. Con que apagaras la luz de la habitación bastaba.

A la media hora, aminoró la marcha y detuvo su Harley. Me ayudó a bajar de la moto. No podía cerrar las piernas. Me dolían todas las ingles, como si me hubiese hecho la cera después de dos meses sin depilarme.

¡Qué dolor! Alan no paraba de reírse al verme caminar. Me dijo que no me preocupara si, al día siguiente, tenía agujetas. Pues, menuda manera de empezar en mi trabajo, caminando como si me hubiesen puesto una o dos, o tres lavativas.

¿Dónde paró Alan? En un lugar precioso que me dejó boquiabierta.



―Muy poca gente conoce este sitio. Los turistas, Dakota, no pasan por aquí. Está lejos de las rutas que planifican algunas agencias. Y menos mal… porque me temo que este paisaje duraría así muy poco tiempo.



―Es precioso, Alan. Nunca había visto algo igual.



Yo, Dakota, estaba delante de un mar de tulipanes de todos los colores, un mar abigarrado donde la luz elevaba los colores al cielo y estallaban. Es imposible describir lo que había frente a mis ojos. Tenía la sensación de estar viendo una pintura de Matisse. Los colores, aquellos colores vivos y llenos de energía, contrastaban con un cielo azul, limpio, matizado por ecos rosáceos que me hacían sentir insignificante.



―No siempre están así estos campos. A veces el viento y la lluvia se ceba con ellos y echan a perder esta belleza. Pero este año has tenido suerte, Dakota.



―No sé qué decir. Gracias, Alan. Nunca imaginé que existía una belleza tan impactante.



―Sabía que te iba a gustar. Lo sabía ― dijo él orgulloso de sí mismo.



―A veces, me da miedo contemplar tanta belleza.



―A mí no ― me contradijo con una voz tersa y suave.



―¿No te da miedo? ¿No te sientes insignificante?



―No, a mí me encanta la belleza. Por esa razón, ahora estás tú aquí. Conmigo.



Aquellas palabras que pronunció con su voz acaramelada me estremecieron, pues un placer turbador recorrió todo mi cuerpo, como si lo que hubiera dicho hubiese entrado en mí para poseerme. Estuvimos un rato en silencio, sin dejar de mirar aquellos tulipanes que una brisa suave mecía, una brisa que los empujaba a bailar incesantemente.

Al cabo de un rato, me propuso invitarme a comer. Y yo, viendo aquel pelazo, aquel suéter blanco y esos pantalones que marcaban todo lo que había debajo, y que no era la cartera con el dinero y las tarjetas, acepté más que encantada.

Montamos otra vez en el trueno y salimos disparados hacia los canales. Volví a tener la misma sensación de peligro encima de la moto, pero esa sensación de peligro junto a Alan me gustaba, me excitaba, me hacía sentir diferente.

De repente, la moto frenó y las ruedas quedaron marcadas en el asfalto. Alan se quitó las gafas y me miró fijamente. Creí que iba a darme un beso. Pero no, íbamos a comer.



―Te va a encantar el restaurante. Ya me lo dirás.



―De acuerdo ― me temblaba la voz, pues estaba confusa por aquella mirada que me había lanzado Alan.

Al bajar de la moto, sentía las agujetas y no voy a decir dónde y estaba un poco mareada. El vértigo de la velocidad supersónica de aquel trasto no terminaba de casar conmigo.

Habíamos parado en Keizersgracht, donde confluyen algunos canales, e íbamos a entrar en uno de los restaurantes más caros y refinados de la ciudad, el Vinkeles. Como yo había estudiado la ciudad por Internet, tenía referencias y excelentes críticas de su cocina.

Pasamos al comedor directamente y los camareros nos atendieron enseguida. Estaba claro que no era la primera vez que Alan iba a un lugar como este. Aquella reacción del personal cuando entramos al restaurante ya me dejó un tanto mosqueada. Y así se lo hice saber enseguida que nos sentamos junto a una ventana donde se podía divisar uno de los canales.



―¿No es la primera vez que vienes, verdad?



―No. No lo es ― respondió sin querer enorgullecerse de eso.



―Pero esto debe ser muy caro. Yo no sé si tengo dinero para pagar lo que aquí sirven.



―Tranquila, invito yo.



―Pero, tú estás loco. No puedo dejar que me invites.



―Claro que sí. Eres mi invitada y yo soy el anfitrión. Así de sencillo.



―Está bien. Pero, para la próxima vez, invito yo.



―Ah, pero, ¿va a haber una próxima vez, Dakota?

En ese momento, me quedé súper cortada. No sabía qué responder. Estaba tan relajada con él que no me paré a pensar que aquel chico era todavía un extraño para mí. Apenas hacía veinticuatro horas que lo había conocido y era como si lo conociese de toda la vida. Madre mía, ¿qué me estaba pasando?



―Puede que haya una próxima vez. Si no te está gustando mi presencia, me marcho. Solo tienes que decirlo, Alan.



―Estaba bromeando ― apostilló.



―Me tienes muy confundida, ¿sabes?



―¿Por qué? ― preguntó sabiendo perfectamente a qué me refería.



―Ayer, me pareciste un chico normal y corriente, y hoy apareces delante de mi casa con ese pedazo moto y con tu…



Me callé porque iba a decirle: “con tu suéter pegado a las abdominales y a ese pecho firme”, “con tu pelo suelto de jinete indio” y “con tus pantalones que están a punto de explotar por donde menos imagináis”.



―Bueno, sorpresas que tiene la vida. Ahora debes saborear los platos que nos van a servir. Te van a encantar. Son deliciosos.



No quería hablar de él. Me di cuenta enseguida. Yo no esperaba que aquel chico, con esa apariencia de motorista rebelde, fuese lo suficientemente sensible para llevarme a aquel campo de tulipanes ni que tuviera tan buen paladar.

La comida era una mezcla de cocina francesa y alemana. Los platos eran pura poesía una vez que te llevabas el tenedor a la boca. Espumas, salsas, cremas, esterificaciones y moléculas de sabor y perfume formaban parte de esa exótica composición de los platos.

Estaba encantada y Alan se dio cuenta de lo mucho que estaba disfrutando. Cuando terminamos, decidimos dar un paseo por el centro y nos sentamos en una terraza a tomar café. El rumor de las aguas de los canales y el murmullo de la gente a nuestro alrededor, gente animadas y feliz de estar allí, se convirtieron en una agradable banda sonora que envolvía a Alan y a mí.



―Dentro de dos horas, te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, Dakota.



―¿Otro más? ― pregunté haciéndome la tonta de nuevo.



―Sí, me encanta sorprender.



―No, no hace falta que lo digas. Me tienes asombrada, Alan.



La luz del día iba declinando y, de repente, la ciudad se sumergió en una claridad amarillenta, amable, llena de un candor que la hacía más atractiva y encantadora. Nos fuimos de la cafetería y caminamos hasta la entrada de uno de los canales que discurría cerca de una pequeña plaza dedicada a un noble, cuyo nombre ahora no recuerdo.



―Cierra los ojos ― me dijo.



―No me asustes, Alan.





―Ya he visto que te asustas con facilidad.



―¿Lo dices por la moto? ― pregunté antes de que colocara una venda en los ojos.



―Sí, por eso, lo digo.



―No era la moto, Alan, lo que me asustaba, sino quien la conducía.



Reímos juntos y me dejé llevar. Ahora sí que parecía la Dakota actriz, la Anastasia de las 50 sombras de Grey. Pero me daba igual. Alan estaba siendo un maestro de ceremonias excepcional. Estaba nerviosa y empecé a caminar insegura siguiendo las instrucciones que me ordenaba él. Mis pies no pisaban en suelo firme. Escuchaba el ruido de la madera cimbreándose y el olor a agua estancada se hacía más intenso.



―Ya puedes quitarte la venda ― me susurró al oído.



Verdaderamente me sorprendió. Estábamos a bordo de un pequeño barco donde nos iban a servir una cena fría. Velas y antorchas adornaban la cubierta y de nuevo un par de camareros estaban a nuestro servicio. Creía estar viviendo un sueño.



―Pero, Alan. ¿Por qué haces esto?



―Porque te lo mereces ― respondió él muy atento.



―No me lo puedo creer. No me conoces de nada. No sé qué decir.



- Solo trato de darte la bienvenida a mi país.



- Pero esto es demasiado ― decía sobrecogida mientras él me acompañaba hasta la mesa.



El barco se movía lentamente a través del canal. Este paseo no tenía nada que ver con el viaje interestelar que habíamos hecho con la moto. Nos sirvieron vino blanco y una suave melodía de música clásica se escuchaba a bordo.



―¿Eres siempre así de generoso con tus amigos? ― pregunté con voz temblorosa.



―Sí, suelo ser bastante generoso.



Yo lo miraba a los ojos y, cuando Alan se daba cuenta de que lo estaba mirando, solamente sabía atusarse el pelo y moverlo en el aire. Aquello me ponía a cien.



―¿Quién eres en realidad? ― le pregunté con intención de indagar en la vida de aquel tipo que estaba ante mí.



―No quieras saber tanto y tan pronto ―me contestó rápidamente.



―No me ha gustado esa respuesta, Alan. No quería ser entrometida, pero nadie me ha tratado así en una primera cita.



―Pero, ¿esto es una primera cita, Dakota?





―No lo sé. Estoy muy despistada y confusa. Para mí, todo esto es nuevo y tú estás jugando al engaño.



―Tranquila. Disfruta del momento y perdona si he sido un poco descortés en mi respuesta.



La velada transcurrió genial. Nos mirábamos en silencio. Reíamos. Yo le comentaba algunos aspectos de mi vida en España meses atrás y él intentaba evitar hablar de sí mismo. Solo me hablaba de algunas costumbres holandesas y de lo que significaba aquella ciudad para él.

El barco se deslizaba suavemente por el canal. De vez en cuando bebíamos y tomábamos aquellos canapés de marisco que delicadamente nos habían colocado en círculo en bandejas de plata.

Cuando intentaba formularle alguna pregunta a Alan, él se volvía más esquivo. Y yo sentía que podía romper aquella amistad que se estaba fraguando entre nosotros, así que dejé de hacerlo. Me limité a escuchar cuando él hablaba, evitando comprometerlo con alguna pregunta personal.

El barco se detuvo al final de uno de los canales y Alan me ayudó a bajar del barco. Me sentía como una princesa de cuento. Pidió un taxi para mí y me despedí de aquel admirable anfitrión con una sonrisa en los labios y un simple “hasta luego”. No lo recuerdo bien. No sé si fue un “hasta luego” o un “adiós”, o un “nos vemos pronto”.

Había sido una noche mágica.

Tenía unas ganas locas de contarle todo a Clara. Pero el sueño me la jugó y nada más echarme en la cama, se cerraron mis ojos y me olvidé de todo.

¿De todo? Menos de…





















Capítulo 4





Tenía miedo.

Era mi primer día en la empresa. Sé de muy buena tinta que habían apostado por mí fuertemente. Aún no era consciente del reto al que me enfrentaba. Yo me había esforzado mucho estos últimos años. Había dado lo mejor de mí misma. Y no iba a renunciar a lo que suponía un logro personal tan importante en mi currículum.

COLDIANS no era una empresa cualquiera. Estaba ante uno de los grupos económicos más importante de toda Europa. COLDIANS se encargaba de marketing digital y se había especializado en áreas de diseño gráfico y de diseño de interiores.

Cualquier licenciada como yo, encontraría en COLDIANS un futuro prometedor y una escuela de aprendizaje extraordinaria

Todo lo que acabo de escribir es lo que hervía en mi cabeza desde que cogí el avión hacia Ámsterdam. El celo de responsabilidad y saber que dejaba a toda mi familia en España me obligaban a tomarme este trabajo muy en serio. Nada de tonterías, me repetía una y otra vez.

Me levanté muy temprano.

Aquel vino blanco que nos habían servido en el barco aún me estaba pasando factura. Me dolía la cabeza así que me tomé una aspirina y me preparé un buen café en mi Nespresso.


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