include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for Eres mi condena by , available in its entirety at Smashwords



Eres mi condena

Norah Carter





































Título: Eres mi condena

© 2017 Norah Carter

©Todos los derechos reservados.

1ªEdición: Abril, 2017.



Banco de imagen: ©Shutterstock.



Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor.





























Capítulo 1



Me levanté ilusionada, era viernes, así que trabajaría solo hasta las dos y ya no volvería hasta el lunes.



Estaba desquiciada con mi empleo, pero era lo que había y me tenía que aguantar, todo por no haberle hecho caso a mi madre y haber estudiado un poco más, pero no, lo tuve que dejar cuando terminé el bachillerato, no podía seguir estudiando, me daban un asco impresionante los estudios.



Así que ahí estaba, de recepcionista en una clínica dental privada, donde parecía más la chacha, me tenían para todo, que si un cafecito para el doctor Pau, que si otro para la doctora Cinthia… A esa le tenía una tirria impresionante, no la podía ni ver, pero yo como buena actriz, lo disimulaba del carajo, en los ocho años que llevaba ahí, nunca se notaron mis desavenencias, pero cada vez estaba más quemada, así que me renovaba cuando llegaba agosto y cerrábamos todo el mes la clínica. Aún faltaban dos meses, estábamos empezando junio, este verano tenía que ser especial, había acabado de cumplir mis 30 años, así que me propuse disfrutarlo a tope.



Llegué a la clínica con una sonrisa de oreja a oreja, como la Pantoja, “Dientes, que eso es lo que jode”, además, feliz porque en 4 horitas me iba de fin de semana, el sol de las diez de la mañana hacía saber que íbamos a tener un espectacular día de calor, así que en cuanto saliera de la clínica, me iría a la playa, ya llevaba en el coche todo preparado para ello.



- Buenos días, Ainara – me dijo Pau con su brillante sonrisa.



- Buenos días, Pau.



- Buenos días – llegó la gilipollas de Cinthia con su falsa sonrisa.



- Buenos días, guapa – para falsa, yo… mi sonrisa irónica era un poema.



Claro que nada tenía que ver con la sonrisa de la víbora mayor, que así la llamaba yo. Yo, por más tratamientos que me hiciera (que lo hacía porque en la clínica todo me salía rebajado, pero aun así me dejaba el sueldo en ellos, no os creáis eso de que por ser trabajador en x lugar, todo es mucho más barato, que un 5% en un dentista ya os aseguro yo que no se nota…)



A lo que iba, que soy de las que pierden el norte rápidamente. Yo, por más tratamientos y tratamientos que me hiciera, nunca conseguía lucir una sonrisa como la de ella. Yo estaba empezando a pensar que su dentadura no era natural, que eso era más postizo que la peluca de Pau.



Y aquí haré un inciso para explicaros esto. Pau, un hombre de buen ver, de unos cuarenta y… No sé cuántos porque tampoco es que me haya puesto en modo espía, pero el hombre se cuidaba y estaba bien. Con un pelo…



Postizo, todo era postizo.



Y claro, una que empieza a trabajar en la clínica y ve a semejante bombón, no para un polvo, aunque no me hubiese importado un “aquí te pillo, aquí te mato” de lujuria espontánea. Sí, como si te diera un yuyu, lo que es un buen polvo con él, vaya. Pues eso, que no me hubiese importado para nada satisfacer esa fantasía de muchas trabajadoras para con su jefe sexy cuando, un buen día, me caí de culo. Pero literal.



¿Cómo se supone que tenía que actuar cuando entré en el despacho en el que debía de estar mi jefe, ese melenas guapísimo, y me veo una calva? Pues lógicamente, chillando y, del susto, al girar pensando que se había colado alguien, me caí de culo. Que ni caso le hice al dolor que me había dado en la rabadilla cuando los ojos del calvo conectaron con los míos. Y ya os lo podéis imaginar, era Pau.



Mierda, adiós a mi fetiche. Aunque bueno, me hacía el trabajo más fácil. No al principio, que lo único que podía hacer era descojonarme al saber que el hombre llevaba peluca. Y no, no me estoy metiendo con los calvos, me encantan los calvos, son sexys, de hecho, tuve un novio calvo, pero… Joder, lo que sea, que me daba un ataque de risa y no podía evitarlo.

Afortunadamente, todo eso ya era pasado y ya me había acostumbrado a ver al melenas con su peluca. Eso sí, nadie más sabía que era calvo, algún día tendría que desvelar el secreto, ¿no?



Y me volví a ir por los Cerros de Úbeda…



Volviendo a lo que estaba. Que, seguro que la víbora mayor tenía dentadura postiza de esas que se ponen las estrellas de Hollywood, porque no os iréis a creer que son dientes naturales, ¿verdad? Eso es todo falso, solo que no de las de quita y pon que tenemos que usar los pobres. Lo que hace el dinero…



- Ainara…



- ¿Sí? ─volví a la realidad cuando la voz del calvo, llamémoslo así, tronó. Porque ese hombre no hablaba, no, tronaba, Qué torrente, por Dios…



- ¿Estás bien? ─volvió a preguntar.



- Perfectamente ─sonreí de oreja a oreja, imitando a la víbora.



- Muy bien no tienes que estar, ¿no dormiste anoche?



- Estupendamente dormí ─no quité la sonrisa de mi cara mientras miraba a la mala pécora.



“Aunque hubiera dormido mejor si hubiera soñado que te destripaba”, pensé. Esa mujer sacaba mis instintos asesinos más ocultos…



- Pues deberías de descansar algo más porque ¿son ojeras eso que veo?



Lo preguntaba tan dulcemente que yo estaba segura que todo el mundo pensaba que esa mujer era la hermana de Clara, la de Heidi. Cuando yo estaba más que segura que era una mala copia de Maléfica, la madrastra hija de p*** de la Bella Durmiente.



La ignoré, directamente es lo que hice. Porque si dijera todo lo que estaba pensando en ese momento… Ya sabéis, tripas fuera, sangre, dolor…



- Voy por el café ─dije para salir de allí y tomar el aire.



Salí de la clínica y entré en el bar de al lado. Puse los ojos en blanco y resoplé cuando Luis, el camarero, me miró con las cejas enarcadas.



- ¿Otra vez dando por culo? ─preguntó con todo su plumaje.



Luis, 23 años, con un cuerpo que… Madre mía del amor hermoso. Pero gay, de ahí lo del plumaje, pluma se quedaría corto. Qué le íbamos a hacer, otro que no me podría tirar, aunque mi imaginación era libre. Y si no fuera por esa imaginación calenturienta que tenía, me habría muerto al verme telarañas en mi…



Ejem… En fin.



- Es viernes, yo no sé cómo lo hace, pero todos los viernes me jode. Es como si le encantara que me fuera de fin de semana cabreada.



- Como si, no. Esa culebra va a por ti. Yo creo que está enamorada en secreto del buenorro del melenas ─tosí cuando dijo eso, ya sabéis por qué─ y te ve un peligro.



- Peligro ni mierdas. A mí ese hombre no me interesa. Y ponme lo de siempre.



- A mí no me importaría probar ese culo – dijo mientras preparaba la máquina de café y el pobre cliente que se tomaba el suyo en la barra, se atragantó al escucharlo. Que sí, que la gente ya era algo más liberal, pero es que esta se pasaba. Este, que no esta, a Luis había que hablarle como mujer─. Pero bueno, a dos velas estoy.



- Bienvenido al club, últimamente ni los sapos me miran.



- Sí que te miran, cielo, solo que…



- ¿Qué? ─resoplé.



- Hija, que con esa bata y esa mirada de mala hostia que cargas todo el día ─puso los cafés en la bandeja─ y esas ojeras…



A la mierda, eso era lo último que podía hacer dicho. Gruñí, cogí la bandeja y salí del local, dejándole con la palabra en la boca.



Entré de nuevo en la clínica mientras insultaba mentalmente a Luis y a todos los culos que le gustaban, les entregué los cafés a los dentistas y me puse a hacer algo. Algo, lo que fuera, solo esperaba que el día se pasara rápidamente.



Cincuenta horas después…



¿Rápidamente? Y una mierda, el día había sido una tortura. Esa culebra me había puesto de un humor de perros, le había dado por joderme el humor. Y yo no necesitaba mucho, solo verla ya me ponía de mala hostia.



Me estaba quitando la bata, que aún seguía sin saber para qué demonios yo llevaba una bata si era una simple recepcionista, cogí el móvil y me quedé en el baño, esperando a que la clínica se quedara sola para cerrarla.



Sentada en el váter, con el móvil en la mano, deseando irme ya a la playa, como cada viernes que podía. Era uno de mis momentos favoritos.



Andrea se me vino a la mente, mi mejor amiga. Cómo disfrutábamos juntas… Pero así es la vida y las relaciones, sean de la clase que sean, se acaban. Aunque sean por gilipolleces, ya os contaré esta en algún momento, pero la cuestión es que se acaban. Y como ella la había jodido, que viniera a disculparse, ¿no?



Pero eso no quitaba que yo la echara de menos…



“Es viernes, Ainara, a disfrutar”, pensé. Y es lo que pensaba hacer, el fin de semana era para vivirlo.

Me cambié de ropa y me fui para cerrar la clínica, cuando de repente vi que la puñetera de mi jefa seguía allí.



- Cinthia, pensé que os habíais ido todos, ya iba a cerrar.



- Veo que estás preparada para ir a la playa…



- Sí, me voy a la playa, por la noche a una cena privada en un chalet en La Barrosa, donde seguramente me quede hasta el domingo… Tengo el finde completito – dije con ironía y mintiendo como una bellaca.



- Pues sí que te vas a relajar – dijo falsamente.



- ¡No lo sabes bien! – para chula, yo.



- Bueno, pues me voy, hasta el lunes – dijo dirigiéndose a la puerta.



Más tonta y la meten en el Guinness, qué estúpida, con ese culo que se creía que era el de la Jennifer López, en fin, qué mal cuerpo me dejaba todos los viernes, que asquito le tenía…



Recogí mis cosas y me fui, a la mierda la clínica hasta el lunes, ya no me la tendría que cruzar en todo el finde, que alegría por Dios.

















































Capítulo 2



Pedazo de sol. ¡Qué maravilla!, me puse mis gafas de sol y me fui para la playa, lo bueno de todo, era que vivir en Cádiz me daba la posibilidad de ir andando o en bus a todas partes, así que rara vez sacaba el coche del garaje, menos aun viviendo a 5 minutos del trabajo y todo frente al mar.



Me senté en un chiringuito y me pedí un plato de paella y un vaso de sangría, me encendí un cigarro y miré al mar, la playa estaba llena, para ser junio y viernes, aquello parecía pleno agosto, me reí al recordar que me esperaba un verano de sola por la vida, la que habíamos liado Andrea y yo…



- No me queda mesa, tendrías que comer en la barra – dijo el camarero a un chico que estaba dispuesto a comer allí, pero estaba todo lleno, yo había cogido la última mesa.



- Perfecto, me quedo en la barra – dijo con una sonrisa seria, pero el tipo era guapo de cojones, con un cuerpo impresionante y unos ojazos…



No me lo pensé dos veces. Ainara la loca modo on. Yo y mi bocazas, pero joder… Ese hombre… Y yo podía tener telarañas.



Bien, estaba pensando más de la cuenta, mi mente calenturienta, ni lo pensé cuando hablé.



- Disculpe – levanté la mano llamándolo –, no me importa que te sientes aquí, es una mesa para cuatro y estoy sola, si lo deseas, puedes sentarte.



- Gracias – levantó su mano con una sonrisa –, pero no quiero molestarla.



- No es molestia, en serio.



¿Molestia? Molestia tenía que ser tener esa cara, madre del amor hermoso…



- Está bien – miró al camarero –, me sentaré con ella.



Chillé mentalmente, como la niña de El exorcista habría sonado, pero qué demonios, al menos comería con ese Adonis. Comida, para mi desgracia.



- Me llamo Ainara – me levanté para darle la mano.



- Yo me llamo Eros.



- ¿Eros, como el cantante?



- Sí, así mismo – dijo con una sonrisa entrecortada, con ese pelo cortado a lo militar…



Me quedé mirando más de la cuenta su pelo. Sí, era natural, lo del calvo es que me había creado un trauma. Esos ojazos azules intensos, esa cara, esa boca, madre del amor hermoso… ¡Para mojar pan! O para mojarme a mí lo que él quisiera, que ya estaba empezando a sentir humedad donde no debía.



- ¡Mola! – soltó una carcajada al escucharme. Me preguntó cómo habría sido su reacción si hubiera oído lo que pensaba. Torcí el gesto, mejor no saberlo.



Pidió un plato de paella, como yo, además de un surtido de pescado frito para los dos, el tipo tenía un semblante serio que lo hacía más atractivo, pero se le veía noble, tranquilo, respetuoso, pobre de él y había ido a parar con la más loca de todo Cádiz.



Loca y más que loca. Ya me estaba entrando la curiosidad por saber de él, ya necesitaba conocer hasta el número que calzaba. En otra vida fui espía, seguro. Así que me dispuse a interrogarlo. Sutilmente, eso sí.



- ¿Vives cerca de aquí? ─ahí toda mi sutileza, directa al grano…



- Sí, aquí atrás justo, en la parte de la avenida.



- En la zona de los ricos – dije riendo.



- Bueno, es la casa de mis padres, me la dejaron en herencia, si no, no sería posible vivir ahí.



- ¿Murieron?



- Sí, hace siete años mi madre y mi padre cinco.



- Vaya, lo siento – me puse triste de repente.



- No pasa nada, es duro porque eran jóvenes, ninguno llegó a los 60 años, pero la vida es la que decide.



- ¿Tienes hermanos?



- No, soy hijo único, mi padre también lo era, mi madre tiene dos hermanas en Barcelona y una de ellas solo tiene una hija, mi prima, diez años menor que yo.



- Pues sí que es chica tu familia ─pobre vida de mierda tiene el pobre, pensé.



- Eso parece… ─ dijo con una sonrisa tímida.



- ¿Dónde trabajas? – estaba dispuesta a sacarle toda su vida, con bonita había dado.



- En una empresa de seguridad en Jerez de la frontera, trabajo de lunes a jueves de 7 de la tarde a 7 de la mañana.



- ¡Dios! Vaya horarios… ─lo que os diga, vida de mierda. Pobre chico, ¿eh?



- Bueno, pronto cambiaré de trabajo, espero poder llevar una vida más normal.



- Claro, tienes que tener los horarios cambiados.



- Como mi vida… ─ sonrió, con esa sonrisa tan dulce que hacía que se me cayese la baba. Y lo que no era la baba. Pero eso a lo que me refiero estaba demasiado húmedo para caerse.



- Entonces esta mañana has salido de currar, ¿no?



- Sí, he dormido un rato y me apetecía comer en la playa y luego darme un baño.



- Yo salí recién de currar, menos mal que hasta el lunes no vuelvo.



- ¿Dónde trabajas?



- En la clínica dental de ahí detrás, en la avenida.



- Ah sí, la de la Doctora Cinthia ─dijo tan felizmente.



- Sí, entre otras─ sonreí irónicamente al recordarla. ¿La conocía? Joder, ya iba a ponerme de mala hostia de nuevo, esa mujer jodiendo a cualquier hora.



- No te cae bien – dijo soltando una media carcajada, me lo había notado. Normal, no siempre podía fingir como quería.



- Paso palabra… ─suspiré.



- Sí – soltó otra sonrisa.



- ¿Llevas mucho tiempo?



- 8 años.



- Pues nunca te he visto, o no me he fijado.



- Pues si has ido en los últimos 8 años, me has visto a la fuerza, lo que pasa que en bata pierdo mucho – bromeé. Luis estaría orgullosa de mí…



- Yo ni vestido, porque tampoco me recuerdas – negó con la cabeza, sonriendo.



- Es verdad – dije pensando que qué lástima no recordarlo. ¿Cómo no me acordaba de semejante bombón? La víbora, la culpa la tenía la maldita culebra, nublaba mis sentidos cuando estaba cerca, seguro – Pero vamos, lo mío es normal, pasan por ahí tropecientos de clientes diario, pero tú no sueles ver más que a una recepcionista allí, así que tú eres el que no tienes excusa – dije bromeando, pero tenía razón.



- Tienes razón ─eso seguro…



- Menos mal que me la das… ─ negué con la cabeza, pobrecito, ya lo estaba poniendo firme y hacía 5 minutos que estaba sentado en la mesa.



“Relájate, Ainara”, pensé.



- Creo que lo mejor es dártela, por lo que estoy viendo – aguantó la risa.



- ¿Me estas llamando loca? – puse cara de comerlo bromeando.



- No por, Dios, ni se me ocurriría – negó mientras comía la paella y reía.



Se notaba que no me conocía, porque loca se me quedaba corto. Pero el chico era amable, puntos que ganaba.



Una hora y pico hablando, eso fue la comida, contándonos dónde parábamos, dónde habíamos estudiado y poco más, hasta que después de ponernos hasta la bola de comida, me dijo que pediría dos gin─tonics. Me alegró saber que no me iba a dar dos patadas y mandarme sola a la arena, así que cogimos las copas y nos fuimos a la zona de las hamacas exclusivas del chiringuito y ahí nos tumbamos, copa en mano.



Cuando se quitó la camiseta y se quedó solo con ese bañador surfero, casi me muero, vaya espalda y cuerpo, perfectamente definido de gym, pero nada de exagerado, era perfecto, perfecto para cogerlo y darle un revolcón ahí mismo, perfecto para empotrarlo contra lo que fuera mientras nuestros cuerpos eran pura lujuria. Joder, ¡era perfecto para evitar mis telarañas!



Me mandé a la mierda a mí misma mentalmente e intenté disimular y que no notara la cara de gilipollas por “orgasmo mental” que debía de tener.



- ¿Vienes mucho aquí?



Joder, qué voz… Y a mí el sol me afectaba o no entendía qué me estaba pasando. Aparte de que, de sexo, nada de nada desde… Lustros, décadas, a saber.



- No tanto como me gustaría, pero sí cada vez que puedo. Me encanta este lugar ─respondí.



- Yo soy de sitios más tranquilos ─me miró con una medio sonrisa.



- No me molesta el ruido, soy de las que se quedan ensimismadas en sus pensamientos e ignoro lo demás.



- Algún día me explicarás cómo hacerlo ─me guiñó un ojo y yo ya empecé a fantasear con verlo un día más.



- Cuando quieras ─sonreí.



- Esta noche, cena conmigo.



- ¿Cenar el qué? ─pregunté, mi boca fue más rápida que mi mente, ¿cuándo iba a aprender a mantener la boca cerrada? Pero joder, ¿eso era una cita?



- Comida ─rio.



- Comida, sí, claro, ¿qué iba a ser? ─afirmé repetidamente con la cabeza.



- Carne, pescado, marisco… Lo que te apetezca ─dijo con voz ronca. Y ronca de verdad, no producto de mi imaginación.



- ¿Por qué? ─pregunté. Además de bocazas, idiota. Iba a cargarme la “casi cita” o lo que fuera.



- ¿Por qué qué? ─seguía riendo.



- ¿Por qué me invitas?



- No sé, me caes bien y te debo una por lo del restaurante, pero si no te apetece…



Me apeteciera o no, no iba a dejarlo decepcionado, porque así estaba el pobre ante mis dudas, una decepción que podía crearle un trauma y yo no iba a ser la culpable de traumar a nadie. Bastante tenía con los míos, las pelucas y los calvos entre ellos.



- Oh, no, claro que quiero ─mierda, soné desesperada─. Quiero decir, que no tengo planes para hoy ─intenté remediar sonando interesante.



- Bien, ¿a las 8?



- 8 y media ─interesante, recordad…



- 8 y media ─sonrió. Se levantó y, tras pedirme el número de móvil y la dirección de casa para recogerme, sonrió de nuevo─. Gracias.



- ¿Por qué? ─pregunté extrañada.



- Por hacerme sonreír.



Y con esas se marchó, dejándome allí, con una cita por delante y una frase que me había intrigado demasiado.



Cuando lo vi desaparecer de mi vista, hice lo que tenía que hacer. Me levanté de un salto y me puse a saltar y chillar como una loca. No tenía seguro que fuera a echar un polvo, pero, madre mía, ¿qué más podía pedir?



La mala víbora no iba a joderme el fin de semana.





















Capítulo 3



Llegué a mi casa muy emocionada. No voy a deciros cómo llegó el bollito que tengo entre las piernas, muy bien horneado. Las bragas me bailaban. Yo estaba más que mojada. Aquel chico me había puesto a cien y ahora lo que me apetecía era darme una ducha. Tenía que apagar aquel fuego que nacía, no precisamente de mi corazón, sino de otros sitios.



Mis parejas habían sido todo un auténtico desastre. Si se le puede llamar parejas a la fauna con la que había salido hasta ahora. Ya os contaré. A lo largo de estos últimos años me había juntado con lo peor de cada casa. Y ahora tenía la oportunidad de ligarme a un chico que estaba para comérselo de arriba abajo.



Tenía que ponerme guapa. Tenía que sorprenderlo. Ese tío no se me podía escapar. De nada valía hacerme la modosita e intentar no seducirlo. No, me iba a poner lo más provocativo y sensual que tenía en mi armario, que, aunque no era mucho, seguro que algo encontraría. Me apuesto cualquier cosa a que la Cinthia tenía ropa para aburrir a costa de pagarme el sueldo de mierda que me pagaba.



Si no encontraba nada sexy, estaba dispuesta en aquel momento a irme con sujetador y tanga. A aquel tío me lo tenía que cepillar aquella noche como fuera.



Estaba desatada. Me miré en el espejo y en lo primero que pensé es que tenía que sacarle partido a aquellas tetas, que era donde primero me miraban los tíos. He de decir que Eros no lo hizo, algo que me sorprendió. Eso hablaba muy bien de él, eso significaba que el chico intentaba ser prudente y educado, porque algunos tíos con los que había salido, como el Juanma, metían el hocico en mi escote y se ponían a escarbar con la lengua como si fuesen cerdos buscando trufas en el campo. Aquello era deprimente, pero era lo que había.



Para sacarle partido a mis tetas, lo primero que iba a hacer era ponerme un conjunto que me había comprado recientemente de Victoria´s Secret. Estoy de coña. Yo no tenía nada de eso, lo que tenía eran malas imitaciones de los chinos que hacían su papel. Me perfumé de arriba abajo. Me rocié con el desodorante y me rocié tanto que tuve que abrir las ventanas. Empecé a toser como una posesa a causa de la cantidad de spray que me había echado. A decir verdad, no me había perfumado, lo que hice fue fumigarme, qué barbaridad.



Luego, salí al dormitorio desnuda y abrí el armario. Se me vino el mundo abajo. No tenía nada que ponerme. Hacía siglos que no salía de compras. Mi abuela tenía ropa más moderna que yo. Encontré un vestido ajustado rojo que me sentaría bien. Tenía más años que la tos, pero siempre me venía perfecto. Yo no sé de qué material estaba hecho aquel vestido, pero se me pagaba al cuerpo como un guante.



Me puse lentamente la lencería. Estaba disfrutándolo. Me creía que era Julia Roberts en Pretty Woman o algo así y luego me puse el vestido. Había engordado un poco esos últimos meses porque, al mirarme en el espejo, me noté que, con aquel vestido, parecía un vaso de sangría, pero estaba mona y las tetas rozaban mi garganta, y eso a los tíos les ponía siempre.



Hacía mucho tiempo que no me sentía así de ilusionada. Iba a comerme el mundo y después me lo comería a él. El hecho de que se llamara Eros también me ponía. Eros, como el cantante de las baladas que tantas veces había escuchado sola en mi cuarto leyendo la Superpop y poniéndome caliente como una cafetera al ver la cara y la melena del cantante de Europe…, Eros, como el dios del amor, como … Paro, que vuelvo a irme por los cerros de Úbeda.



Fui a ponerme los zapatos y me encontré con el mismo problema. Tenía unos zapatos cómodos que eran los que usaba para ir al trabajo, unas deportivas de mis tiempos prehistóricos en el gimnasio y unos zapatos de tacón que alguna vez me puse para las bodas de algún primo mío. Otro puto desastre.



A ver qué hacía yo ahora. No me lo pensé dos veces y bajé al chino que estaba enfrente de casa a ver si encontraba algún par. Me puse las deportivas y salí disparada con mi vestido rojo puesto y todo. El local aquel nunca cerraba y vendían de todo, desde pintalabios hasta misiles Tomahawk.



Cuando el chino me vio entrar se quedó boquiabierto, eso era buena señal. No había mucho donde elegir, pero encontré unos zapatos con tacones de aguja que me hicieron fantasear. Con mi vestido rojo, con mi sujetador push up y aquellos tacones, la Kim Bassinger de Nueve semanas y media no tenía nada qué hacer a mi lado.



Además, aquellos zapatos me recordaron mis tiempos de juventud en las discotecas de la zona, donde los ligues que la Andrea y yo teníamos acababan siempre vomitando en el parking o metiéndose en peleas muy chungas. Sí aquel mundo era muy chungo, pero lo echaba de menos.



La loca de mí ni se los probó. Tenía prisa, mucha prisa, así que pagué y me fui. El chino no dejó de mirarme las tetas todo el rato. Estuve a punto de decirle algo, pero, en el fondo, estaba alegre porque eso significaba que iba a triunfar.



Cuando llegué a casa, me fui directa al baño. La nube de desodorante ya había desaparecido. Me puse delante del espejo a maquillarme. Joder, estaba súper emocionada, así que me puse unos labios que ni una muñeca hinchable. Gasté más pintura en mi cara que todo el gotelé que había en las paredes, pero yo me vi bien.



Sin darme cuenta, ya habían dado las ocho. Eros estaba a punto de llegar. Era evocar su nombre y ya sentía cómo ascendía la excitación desde mis tobillos hasta mi… oh, Dios, cómo me ponía yo sola al imaginármelo de nuevo en la playa, sin su camiseta.



Tocaron al timbre. Era él. Había sido puntual. Eso era buena señal, eso significaba que tenía ganas de verme. Allá que fui yo a contestar y le dije con voz tierna y dulce que ya bajaba. Era bueno hacerle esperar un poco. Tenía que hacerme la dura desde el primer momento y usar mis armas de mujer para conquistarlo, qué cool me ha quedado esta última frase.



Saqué los zapatos de la bolsa y me los puse. Cinco euracos me costaron. No se le puede pedir más a la vida. Me entraron bien, pero, cuando di el primer paso, me di cuenta de que aquellos no eran unos zapatos normales. Me había puesto unos ladrillos bajo las plantas de mis pies.

No había marcha atrás. Iba a triunfar, me decía yo. Salí de casa como pude. Solo recé a Dios para que a Eros no se le ocurriera dar un paseo por el malecón de alguna playa porque si no, iba a flipar en colores.



Allí aparecí yo, después de dejar el ascensor, con mis tacones de aguja. Parecía una estrella de Hollywood. Cuando Eros me vio, noté que me miró de arriba abajo. Le gustaba lo que estaba viendo y eso me alegró, pero, claro, algo tiene que joder aquella escena maravillosa.



Uno de los tacones se quebró nada más dar el primer paso en el portal y mi centro de gravedad se fue a tomar por saco. Menos mal que Eros estaba allí y me cogió antes de que mis tetas dieran contra el suelo.



Yo lo agradecí porque pude notar la presión de sus manos en mis caderas. Qué bien olía, por favor.



- Cuidado, muchacha. Que te me vas a romper antes de salir –dijo él sonriendo.



- ¡Qué torpe soy! Perdóname. No sé lo que me ha pasado – mentí como una bellaca, pues lo que me había pasado es que me había comprado una mierda de zapatos y, como dice mi abuela, lo barato sale caro.





- No pasa nada. Me has dado un susto de muerte. Estás muy guapa, ¿sabes? –dijo él con aire de conquistador.



- Gracias, me gusta que me lo digas. Me he puesto lo primero que he encontrado por casa –volví a mentirle con total descaro, pensando que si este supiera toda la verdad de mi show saldría por patas.



Eros no sabía con quién estaba saliendo, pobre. Qué guapo iba él con aquella camisa blanca y con esos jeans tan ajustados. Se le marcaba todo. No sé si estaba provocándome o eran todo imaginaciones mías, pues me encanta fantasear, algo normal para alguien como yo que llevaba una vida bastante aburrida y monótona.



Su coche no era del otro mundo. Un Peugeot 208, nuevo, tipo 4x4, precioso, pero no un BMW, pero a mí eso no me importaba. Porque lo que me interesaba era él, su cuerpo, su boca, su todo. Después de subir a casa y ponerme los zapatos de siempre, me monté en su coche. El tío me abrió la puerta y todo como si fuese a sentarme en el asiento de una limusina.



- Quizá una princesa como tú no se merece un coche como este –dijo él sin dejar de sonreír una vez que se puso al volante.



- Mira, Eros, voy a ser clara contigo. No me van esos rollos de príncipes y princesas, así que déjate de cursiladas y chorradas por el estilo si quieres que esta cita salga bien – se me escapó inconscientemente.





- Ah, ¿esto es una cita? – preguntó enigmático y haciéndose el misterioso.



- No sé lo que es. No me pongas nerviosa. No me refiero a una cita como si fuésemos novios – cuanto más hablaba más la cagaba así que opté por callarme.





- Vale, te he entendido, Ainara. Te voy a llevar a un sitio que te gustará mucho.



Yo estaba entregada aquella causa. Vi que él miraba hacia la carretera, pero de vez en cuando giraba la cabeza y me sonreía. Entonces yo me sonrojaba y no decía nada. Ahora me daba cuenta de que yo no tenía nada que ver con la chica que se había puesto delante del espejo y estaba dispuesta a devorarlo. De alguna manera, su presencia me hacía pequeña y esa sensación también me gustaba.



Allí iba yo, dentro de un Peugeot, más feliz que un ocho, en dirección a un sitio que no conocía. Parecía que Eros me había preparado una sorpresa. Hacía tiempo que yo no experimentado algo así. Como ya he dicho, mis ligues hasta la fecha habían sido todos un desastre. Aún recuerdo mi primera y única cita un chaval llamado Richard. Parecía un chico interesante y además era muy guapo. Lo había conocido en una discoteca y mi amiga, muerta de la envidia, solo sabía decirme que aquel chico escondía algo raro.



Yo le dije que lo que le pasaba a ella es que estaba celosa. He de reconocer que Andrea no se equivocó. Al día siguiente, cuando yo quedé con Richard, el tipo se plantó con su madre. No podía creérmelo. Sí, a nuestra cita, acudió con su madre porque para él era una persona muy importante y tenía que darle el visto bueno sobre mí. Yo estaba alucinando. Después de tomarnos un café en una plaza, porque no quería ser maleducada con aquella mujer, y pensando que la madre se marcharía y nos dejaría solos, él me propuso ir al cine. Richard era un yogurín y pensé que en el cine nos daríamos el lote, pero no fue así porque su señora madre se vino también con nosotros. Yo estaba hundida en la miseria. Yo estaba haciendo el ridículo. Si alguno de mis amigos o de mis amigas me veía en aquella situación, yo tendría que exiliarme de Cádiz. Yo me había puesto mi famoso vestido rojo que me sentaba entonces mejor que con mi cita con Eros. A lo largo de la película, pude comprobar que la madre no dejaba de susurrarle cosas en la oreja a su hijo.



Cuando salimos del cine y yo me propuse salir de allí corriendo para que nadie me viera, Richard me dijo en un apartado que no quería seguir saliendo conmigo, que, según su madre, yo no era una chica que estuviera a su altura. Madre mía, menos mal, yo creo que aquel chico estaba enfermo; acabaría como el de Psicosis con una peluca de anciana y matando gente en una bañera.



No le arranqué la cabeza allí mismo al tal Richard porque estaba más triste que enfadada, pero yo no sé qué imán tengo para los tíos. Se me pegan los peores.

Sabía que, con Eros, todo iba a ser diferente. No podía ser de esa clase de hombres con los que yo había salido antes.



No tenía ni idea de a dónde se dirigía con su Peugeot. Eso le daba más emoción aquella situación. De repente, me pidió que pusiera música. Pulsé el play y empezó a sonar una canción de Luis Fonsi. Aunque a mí me gustaba más Maluma, no me molestó escuchar aquellas baladas. El tipo parecía todo un romántico. Y aunque le había dicho que a mí no me gustaba ese tipo de cosas, tenía que reconocer que él estaba haciendo todo lo posible por agradarme.



De repente, el coche se paró. Pude comprobar que estábamos rodeados de dunas. Al fondo, se veía un restaurante muy coqueto. Unas luces parpadeaban en su interior. Entramos y la verdad es que el sitio era muy acogedor. Había mesas en una terraza desde donde se podía ver el mar. El camarero nos acompañó hasta esa terraza precisamente. Yo seguía emocionada.



No tenía nada que ver aquello con las invitaciones que mis antiguos novios me hacían en el Burger King. Bueno, invitaciones, la mayor parte de las veces tenía que pagar yo, pues era la que trabajaba. La mayoría de los tipos con los que haber salido o no trabajaba o estaban en el paro. Pero, bueno, todo eso formaba parte del pasado. Ahora mi presente era Eros. Qué fina me ha quedado esta frase.



Pedimos ensaladilla y pescadito frito. Estaba todo riquísimo. Bebimos sangría. Yo estaba muerta de hambre y de sed, así que me dejé llevar por mis instintos, y masticaba y hablaba al mismo tiempo. Eros se reía.



- Bueno, cuéntame algo más de tu vida – dije yo con la boca llena de calamares.



- No hay mucho que contar, Ainara. Soy un tipo normal y corriente. Ya has visto. Tengo un Peugeot – intervino él mirándome no precisamente a los ojos.



Yo hacía todo lo posible para que el tipo se fijara en mi escote, así que no paraba de hacer posturitas para que mi canalillo sobresaliera. Aquello no estaba bien, pero tenía treinta años, llevaba mucho tiempo sin mojar y mi cuerpo necesitaba un buen meneo, así que no iba a andarme con chiquitas. Desconocía las intenciones de Eros aquella noche, pero estaba siendo educado y cortés, y eso a mí tampoco me desagradaba. Aunque, si he de ser sincera, lo esperaba más lanzado.



- Gracias por esta invitación, Eros – dije yo más comedida, restregando la mayonesa por encima de una croqueta de jamón que nos habían servido.



- ¿Invitación? Pagamos a medias, ¿no? – preguntó él con rostro muy serio.



- Estás de coña, ¿verdad? Porque yo no me he traído la cartera.



Era cierto. En mi bolso de Hello Kitty solo llevaba toallitas húmedas por si la cosa se ponía interesante.



- No, no. Nunca he hablado más en serio en mi vida – dijo él con los ojos abiertos como platos.



- No me jodas. Pues, podíamos haber ido a la pizzería de mi barrio o a un Burger, pedazo melón –dije yo con enfado.



Eros comenzó a reír. Me había gastado una broma.



- Estás hecho un capullo, lo sabes, ¿verdad? – le solté lo primero que se me vino a la cabeza, pues me había dado un susto de muerte, aunque no sería la primera vez que me iría de un sitio haciendo un sinpa.



- Eres encantadora. Me gusta cuando te sonrojas y cuando te ríes así – dijo él mostrándome una dentadura perfecta.



- ¿Te puedo hacer una pregunta, Eros?



- Claro, dime, siempre que no se trate de algo muy personal y que me ponga en un compromiso.



- Uff…, qué misterioso. Pues, sí, es una pregunta personal. ¿Has salido con muchas chicas?



- Bueno, lo normal, pero nada serio, ¿sabes? No he logrado tener un noviazgo demasiado largo –dijo él evitando mirarme ahora el escote.



- ¿Por qué? – me puse en plan detective y aquello en vez de una cena parecía ya un interrogatorio.



- Pues, como suele decirse, no he encontrado a la persona adecuada para mi estilo de vida – dijo él tomando su copa para beber.



- Bueno, ya me irás contando – dije yo con naturalidad.



- Eso significa que nos vamos a volver a ver, Ainara, ¿verdad?



Yo bebí de mi copa también y puse morritos con intención de lanzarle un beso desde la distancia. Respiré hondo cuando dejé la copa para que viera que mis pechos estaban a punto de estallar. Lo que quería era transmitirle que mi cuerpo y yo estábamos receptivos. Él se limitó a sonreír.



Lo estábamos pasando genial. Después de cenar, nos fuimos a una barra que estaba dentro del restaurante y empezamos a beber ron con cola y gin─tonics. El alcohol empezaba a surtir efecto. Yo me pegaba cada vez más a él. Cada vez que él hacía un chiste, yo fingía que me hacía gracia y lo agarraba por la cintura o hundía mi rostro en su pecho como si me estuviese partiendo de risa. Pero, vamos, lo que quería era darle un buen repaso. Lo tenía todo muy duro. No quería imaginarme cómo tendría lo que sus jeans escondían.





No me equivocaba. Eros no era esa clase de hombres con las que yo había salido. Podía haberse aprovechado de mí. Yo estaba por la labor de tener sexo con él. Pero él no lo hizo. Aunque he de confesar que hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien simplemente hablando y riendo al lado de una persona. Antes de coger el coche, dimos una vuelta afuera, cerca del agua. Él tenía que conducir y me dijo que no quería problemas con la policía a causa del alcohol. Yo me reía sin parar con cada cosa que decía, pero a él parecía gustarle mi actitud, vamos, que le gustaba que yo hiciera la gilipollas después de tres copas.



Me acompañó hasta casa en su coche y volvió a ponerme la música de Luis Fonsi durante el trayecto. Con el alcohol que llevaba encima, no entendía nada de aquellas letras de amor. Él seguía encantador.



Quedamos en vernos al día siguiente a las doce. Me propuso ir a una playa maravillosa. Yo estaba más caliente que el picaporte de una perrera así que me fui directa a la ducha. No voy a decir lo que hice en la ducha, pero necesitaba sentir de alguna manera que Eros me había tenido entre sus brazos, aunque fuese solo en mi imaginación.

















































Capítulo 4



¡Resaca del diez!



No, no podía ni con mi alma, en veinte minutos estaría abajo esperándome, corrí hacia la ducha, me preparé un café con la toalla liada mientras me secaba, corrí a vestirme, volví a tomarme el café, preparé la bolsa y bajé corriendo.



- Hola, Eros – dije mientras me montaba en el coche, llevaba unas gafas de sol que me tapaba toda la cara.



- Hola, preciosa – dijo mientras besaba mi mejilla y arrancaba el coche.



- ¿Resaca?



Lo miré y me bajé las gafas.



- Ya veo que sí...



- Todo por tu culpa – le saqué la lengua.



- ¿Mi culpa? ¡Qué morro tienes! – dijo sonriendo y negando con la cabeza.



- Quiero morirme…



- Sí, ya, pero aún te queda mucha vida y la resaca se te pasará, así que no seas exagerada.



- ¿Yo exagerada? – pregunté victimizándome.



- Mucho…



- ¿Dónde vamos?



- A una preciosa playa que seguro que conoces.



- Qué misterio, hijo. ¿Chiclana?



- No…



- ¿Tarifa?



- No…



- Mira que con la resaca que tengo o me lo dices ya o te tiro con lo primero que vea.



- Eres muy impaciente.



- ¿Y?



- Nada – sonrió mientras negaba.



- Bueno, que tenga un chiringuito, es mi único requisito, más que nada porque no he preparado nada de comer.



- Nadie te dijo que lo hicieras…



- Por si acaso – le saqué la lengua.



- Creo que de todas formas eres de cocinar poco y más viviendo sola.



- Qué va, cocino, me gusta, aunque es verdad que no todos los días, siempre me pillo algo en la calle. Querías que te hubiera hecho una tortilla de papas, ¿no? – bromeé.



- No, solo que te imagino que entras poco a la cocina…



- Sí, ya, tu querías la tortilla de patatas.



- Sé hacerla, tengo mucha mano en la cocina.



- Mira, qué bien, me vienes de lujo…



- ¿Para cocinarte? – soltó una risa que se me cayó el alma



- ¡Para lo que quieras! – se lo solté, me quedé tan ancha y vi como la sonrisa se volvió más mágica.



- ¿Segura?



- Estoy de resaca, cualquier cosa la hablas con mi abogado.



- No, gracias…



- Es buena gente, te lo digo en serio – seguí bromeando.



- Ya, pero los abogados cuanto más lejos mejor…



- ¿Te has divorciado?



- ¡No! Nunca he estado casado – soltó una carcajada floja.



- Pues lo pareces, por cierto, ya sé dónde vamos…



- Obvio, diez carteles señalizando por donde coger para llegar al Sajorami Beach.



- ¡Me encanta! Es todo un paraíso para tomar algo y darse un buen baño.



- Una buena cerveza y adiós resaca – dijo mientras aparcaba el coche.



- ¡Acepto! Yo soy masoquista, ¡vamos a por otra borrachera!



- Qué peligro tienes – negó con la cabeza.



- No lo sabes bien – dije adelantándome y cogiendo una estupenda mesa en aquel paradisiaco lugar, en alto, frente al mar…



Nos pedimos dos cervezas de botellín bien frías, en ese momento sonaba de fondo Melendi, él me miraba mientras yo canturreaba la canción.



- Cuéntame algo de ti, Eros.



- Siempre empiezas igual, Ainara. Soy poco hablador, seguro que tú tienes cosas más interesantes para contar.



- Paso de hacer un monólogo – saqué mi lengua.



- Nunca lo hiciste, siempre te escuché y contesté.



- Pues larga por esa boquita, háblame de tus amigos.



- Estoy un poco solitario en eso, tengo dos grandes amigos, los dos están fuera, trabajando… Después tengo muchos conocidos, que te encuentras, tomas una cerveza y poco más. ¿Y tú?



- Yo tenía a mi mejor amiga, pero hace un mes nos emborrachamos, la liamos y no nos hablamos…



- Pues deberías arreglarlo.



- La culpa fue de ella.



- ¡Qué más da! No podéis tirar una amistad de esa manera.



- Paso de hablar de eso, pídeme otra cerveza.



- Vale, pero prométeme que te plantearás hablar con ella.



- No prometo nada sin presencia de mi abogado.



- Qué payasa eres – negó con la cabeza.



- Entonces el lunes entras por la tarde noche y hasta el jueves…



- Así mismo…



- Pues qué putada, sobre todo en verano.



- Ya, pero… ¡Es lo que hay! Siempre me quedaran los fines de semana para disfrutarlo a tope.



Me moría con él, me gustaba, me ponía, me daban ganas de todo, pero parecía que su calma la llevaba en venas, era el señor correcto.

Pasamos todo el día de la hamaca al agua y al chiringuito, escuchamos la música, nos contamos mil anécdotas de cuando éramos más jóvenes, nos llevábamos cinco años, él ya había cumplido los treinta y cinco.



Vimos el atardecer comiendo un surtido de pescado frito, aquello era magia, estaba disfrutando de lo lindo, era un ángel que me había caído del cielo.



Volvimos a las 12 de la noche, me dejó en casa y quedamos en volvernos a ver a la mañana siguiente, volveríamos a pasar el domingo juntos.

Me acosté feliz de la vida, me sentía super bien a su lado, estaba deseando volverlo a ver…



Desperté temprano y desayuné tranquila, hice una tortilla de patatas, empané unos filetes de pollo, hice una ensalada de pasta y lo metí todo en mi cesta de mimbre. Me cambié y bajé feliz de la vida, le dije de comprar el pan, el cogió mi cesta y sonrió al verlo todo lleno de tupper, así que nos fuimos en plan domingueros total.



Rápido pasó el chico que llevaba el carrito vendiendo las latas fresquísimas, pedimos dos cervezas, ahí frente al mar, mirando al infinito, hasta el silencio nos sentaba bien, se notaba que había algo especial en los dos.



Se emocionó con mi comida, la tortilla alucinó con el grosor que la había hecho y lo bien que me había salido, bromeó mucho diciendo que su madre quería que el encontrase una mujer que cocinara así, yo le decía que aprovechara que estaba de oferta.

Pasamos un día precioso, no, no me puso una mano encima, por la noche después de cenar en un bar junto a la playa, me acompañó a casa y quedamos en volvernos a ver al fin de semana siguiente.





















Capítulo 5



Si llego a conocer al que inventó los lunes, lo mato. Literalmente. Y estaba empezando a asustarme conmigo misma porque mis visiones con tripas fuera de gente eran demasiado frecuentes ya.



Pero joder, lunes. A trabajar. Sí, tenía que estar agradecida por tener trabajo, pero eso significaba ver a la víbora mayor y ya eso me hacía tener una mala hostia… Lo normal, vaya.



Cerré la puerta de mi solitario loft (así sonaba más pijo para la gente, hasta que me conocían y lo refinado se iba al traste) y salí hacia la clínica. Me pasé todo el camino suspirando. La imagen de Eros se había grabado en mi mente y no había manera de borrarlas. Eros sonriendo, Eros riendo, Eros mirándome intensamente, Eros… Eros…



Mierda, ¿me estaba pillando por él?



No, ya lo hiciste, suspiré. Joder, iba directa a sentir lo que no debía, ¿no podía verlo como un simple polvo? Rezaba porque eso fuera así porque enamorarme no entraba en uno de mis planes semanales.



Llegué a la clínica, me mordí la lengua para no soltarle cuatro cosas a la víbora cuando me preguntó por su café. Ve tú por él, pedazo de vaga, eso tenía ganas de decirle, y algún día lo haría, a ver si así se daba cuenta de cómo de enorme se le estaba poniendo el culo. Esa ni hacía deporte ni follaba ni mierda para ella. ¿Pero quién era yo para hablar? Ni una cosa ni la otra. Maldita vida.



Me fui por el café, imaginando cómo se lo derramaba por la cabeza mientras su perfecta piel de alabastro, que no era otra cosa que miles de capas de maquillaje, desaparecían para dejar paso a una piel roja y achicharrada…



- Despierta, ¿qué sueñas esta vez? ¿Le sacas las tripas, la degollas o…?



- ¿Eh? ─miré a Luis, atontada─ No, se le quemaba la cara ─sonreí maliciosamente, me conocía bien.



- Joder, pues ahí te pasaste ─dijo muerto de la risa.



- No tanto como me gustaría ─resoplé─. Algún día le soltaré todo lo que pienso.



- Pero me avisas para no perdérmelo ─me guiñó el ojo mientras ponía los cafés en la bandeja, como todos los días.



- Dalo por seguro ─reí.



Cogí el móvil del bolsillo de mi bata cuando sonó y casi se me cae al suelo al ver un mensaje de Eros.



“Hola, preciosa, recién me despierto. Cómo me gustaría desayunar contigo”.



Una sonrisa tipo “jijiji”, de gilipollas completa, salió de mi garganta. Luis carraspeó y me miró con las cejas enarcadas, curioso. Volví a bajar la mirada al móvil, ignorándolo.



“Buenos días, ¿cómo estás?”



Vale, no fue muy elocuente el mensaje pero joder, me temblaba todo. Y cuando digo todo, es todo.



“Bien. Solo quería desearte un buen día. Y que me prometas que sonreirás”.



“Trato hecho. Feliz día”.



¿Se podía ser más gilipollas que yo? La verdad era que no. Puse los ojos en blanco y volví a escribirle al ver que seguía en línea.



“A mí también me encantaría desayunar contigo”.



Me mandó unos emoticonos de besos y vi cómo ya no estaba conectado. Levanté la mirada y me encontré con Luis, con los brazos cruzados, apoyado en la barra.



- ¿Qué? ─pregunté recelosa.



- ¿Y bien? ¿Qué no me estás contando, pedazo de hija de la grandísima…?



- Nada ─lo corté antes de que el taco que iba a soltar saliera de sus labios─, solo es un amigo.



- Un amigo…



- Sí ─me encogí de hombros.



- ¿Al que te tiraste o al que estás intentando tirarte?



- Todas no estamos tan salidas como tú.



- Cariño, te hace falta un buen hervor.



El cliente, el mismo de siempre, volvió a atragantarse. Me estaba dando curiosidad ese hombre, ya le preguntaría en otro momento quién era y dónde trabajaba.



- ¿Tiene que enterarse todo el bar mi precaria situación sexual? ─gemí.



- Como si no lo supiera media ciudad ─resopló Luis─. Venga, cariño, escupe.



- Está bien ─suspiré y le conté sobre Eros, un poco por encima, no demasiado, lo suficiente para que me dejara en paz o iba a tener a la mariquita mala intentando sonsacarme toda la semana─. Y ya está, solo me deseó un buen día ─dije recordando el mensaje de minutos antes.



- Oh…



- ¿Oh? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Oh?



- Sí, aparte de que me voy a divertir viendo si eres capaz de sacar a la leona que tienes dentro y follártelo de una vez.



- ¡Luis!



- Luis nada, que a este paso te beatifican. Deja de montarte historias románticas y tíratelo, dale una alegría al cuerpo.



Lo fulminé con la mirada y salí del bar de mala hostia, de nuevo. Pero sí, tenía razón, quizás yo estaba empezando a imaginarme cosas que no debía, normal con la cantidad de novelas románticas que leía, cuando solo debía pensar en sexo, ¿no?



Como si pensaras en otra cosa, dijo mi conciencia.



Bueno, a veces solo pensaba en eso, pero era una cuestión de supervivencia.



Les di los cafés a Pau y la víbora y me senté a tomarme el mío, mi cabeza sin parar de darle vueltas a lo mismo. Tenía que ver a ese hombre solo como sexo, no era tan difícil, ¿no?



Como si el Karma se quisiera reír de mí, mi móvil sonó, de nuevo, con un mensaje de él.



“Saldré a darme un baño, me encantaría que pudieras venir”.



Y ahí se fueron directamente a la mierda todos mis pensamientos. Un baño con él… Sexo… Abrazos… Besos…



Joder, solo esperaba echar un buen polvo, o más de uno mejor, y no enamorarme.



La mañana pasó sin muchos contratiempos, más que nada porque yo estaba demasiado atontada con mi Eros como para hacerle algún caso a la culebra, así que la ignoré completamente, o todo lo que pude, y me dediqué a mensajearme con el buenorro que me ponía nerviosa.



Como si quiere ponerme mirando para Cuenca, pensé y me descojoné yo sola, como loca, en medio de la sala de espera de la clínica. Me di la vuelta y dejé a todos mirándome mientras me iba. Corriendo, eso sí.



Pasamos el día mandándonos mensajes y yo ya empezaba a necesitar un babero. Ese hombre era un caballero. Tan educado, tan correcto, tan… tan… Follable, suspiré.



“Espero que tengas un turno bueno y que no trabajes demasiado”.



Mandé ese mensaje cuando intuí que ya debía de estar trabajando. Dos horas después seguía, no solo sin respuesta, si no que ni siquiera lo había leído, y su última conexión fue hacía como una hora. Me encogí de hombros, quizás apagaba el móvil para que no lo molestaran en el trabajo.



Me acosté y seguía extrañada, era medianoche y seguía sin leer mi mensaje ni conectarse, pero no iba a ponerme a imaginar tonterías, así que deseché de mi mente que ya se hubiera aburrido de mí y me puse a contar… Dejémoslo así, porque ovejitas no eran.



El martes, nada más despertarme, ya tenía un mensaje de él. El alivio me invadió al ver que volvía, que no me había olvidado. Una enorme sonrisa se formó en mi cara, o sonrisa de idiota, como queráis llamarla, la cual no se me quitó en todo el día. Ni siquiera la víbora mayor podía borrármela de la cara y eso es mucho decir.



Le deseé las buenas noches y, de nuevo, su móvil sin conexión. Puse los ojos en blanco, tenía que decirle que, aunque estuviera trabajando, debería dejar el móvil activo, ¿y si pasaba cualquier cosa? ¿Cómo qué?, pensé, porque como yo no lo necesitara para un polvo, no sé qué podía decirle de madrugada.



Eso, hija mía, un buen polvo necesitas.

Estaba empezando a odiar a la voz de mi cabeza.

Por suerte, la semana se me hizo corta, al menos en el trabajo. El jueves por la noche me acosté y, aunque imaginaba que no leería mi mensaje mientras trabajaba, se lo escribí. Diciéndole que tenía ganas de que llegara mañana y verlo.



Mierda, ese hombre me estaba gustando demasiado.

Dios mío, solo te pido un polvo salvaje con él y que luego sea lo que tú quieras, pensé antes de poner mi móvil en silencio y cerrar los ojos, imaginando su boca, sus manos, su…



Joder, otra noche más a aliviarme yo sola.

Capítulo 6



Llegó el fin de semana que yo tanto estaba deseando y que también deseaba mi cuerpo. El hecho de saber qué Eros estaba esperándome ya en su coche, en aquel Peugeot, hacía que mis bragas se empaparan. Sé que soy una bruta al decir todo esto, pero al pan, pan y al vino, vino, y yo lo que tenía era unas ganas locas de mojar. Y sé que más de una de la que estáis leyendo mi historia estaríais pensando lo mismo que yo. A más de una le habría gustado estar en mi lugar.



Teníamos todo el fin de semana para nosotros solos. No tenía ni idea de lo que íbamos a hacer, pero eso era lo de menos. Lo que quería era estar con él, sentirlo cerca. Follármelo cuanto antes. Hasta ahora se había mostrado educado y prudente conmigo y había hecho que cosas sencillas se convirtieran en algo maravilloso. El hecho de estar cenando juntos o de pasar un día en la playa hacían que mi vida tuviese sentido, después de pasar una semana en aquel trabajo de mierda al lado del calvo y de la momia aquella de Cinthia. Qué asco le tenía.



Me puse ropa informal. Había encontrado una camiseta de mi examiga Andrea en el cajón, una camiseta con unas frases en inglés. Me la probé y me quedaba mona. Que se joda, pensé. Ahora era para mí aquella prenda y me hacía un tipazo.



Me puse unos pantalones y, debajo de la camiseta, llevaba mi habitual lencería de los chinos. Es triste, pero mi sueldo no me daba para nada más. Cuando Eros me vio aparecer, sonrió, pero luego pude ver que su cara cambió de color. Algo estaba pasando a mi alrededor y no me había dado cuenta todavía.



- ¿Qué te pasa? Parece que has visto a un muerto – dije yo asustada.



- ¿Sabes lo que te has puesto? – me preguntó mirando nerviosamente a un lado y a otro de la calle.



- ¿Es que voy mal? No te gusta el conjunto. A ver si ahora va a resultar que el señorito es un experto en moda y no le gusta lo que ve – me reí en su cara con aquella frase.



Pude ver que Eros no dejaba de mirarme la delantera. Yo estaba feliz de que lo hiciera. Estaba cediendo ante mis encantos.



- Es la frase en inglés, Ainara.



- ¿Qué le pasa? ¿Qué pone? Creo que es un verso de Shakespeare –dije yo ingenua de mí, haciéndome la lista.



- No, no es un verso de Shakespeare, por lo menos que yo sepa. No me imagino a un escritor como ese escribiendo algo así. ¿Sabes inglés?



- No, nada de nada. Suspendí todos los cursos. Era muy torpe con los idiomas, bueno, y con lo que no eran idiomas –dije yo sonriendo.



- En tu camiseta pone “If you think I'm a bitch, you should meet my mother” – leyó con un acento extranjero que me dejó flasheada.



- ¿Y eso qué cojones significa? – pregunté ya temiéndome lo peor.



- Si piensas que soy una puta, deberías conocer a mi madre, eso es lo que pone en la camiseta que te has puesto. A mí no me importa que la lleves, pero, si puedes cambiártela, mejor – dijo él con voz temblorosa.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-45 show above.)