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Desde Marruecos con amor


Norah Carter












Título: Desde Marruecos con amor

© 2016 Norah Carter

Todos los derechos reservados

1ªEdición: Diciembre, 2016.


Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor

















Capítulo 1





¿Qué vida?

Era la vida que habíamos querido.

Teva era amiga desde la infancia. Pero no era una amiga. Era como una hermana para mí. La conocí en el colegio. Vivíamos en la misma calle y, a partir de los diez años, ya íbamos juntas a clase. Pasaba por mi casa a las ocho y media. Ella tocaba el timbre y yo aparecía con mis dos trenzas, y la cogía de la mano, y callejeábamos hasta llegar a la escuela.

A veces no hablábamos. El sueño nos podía. Nos limitábamos a observar cómo San Fernando despertaba. Rumor del mar, rumor de gentes, la pereza en los rostros, mujeres en bata que arrastraban sus pies hasta el colegio con sus carricoches y sus hijos pequeños cogidos al faldón.

Esos son algunos de mis recuerdos de Teva y de su cara pecosa, y de esos ojos rasgados que miraban concentrados cuando yo decía cualquier tontería. Porque en la infancia, además de historias increíbles, se decían muchas tonterías al igual que las diríamos muchos años después, cuando montamos la peluquería y comenzamos a trabajar codo con codo.

Tonterías, cotilleos, más historias increíbles sobre parejas rotas y divorcios, palabras y cuentos tristes que nos entretenían y que fluían sin cesar dentro de esa peluquería, cerca de la Plaza Mina. Teva y yo habíamos tenido que ampliar el negocio puesto que la clientela fue aumentando según pasaron los años y, además, tuvimos que contratar a una chica más.

Éramos felices y nadie nos había regalado nada. Habíamos conseguido con nuestros esfuerzos y con mucha ilusión tener una de las mejores peluquerías de toda Cádiz. Nos hicieron una entrevista para varias revistas de moda.

Alucinábamos con todo lo que nos estaba pasando porque, pese a la crisis, nuestro negocio no se resintió. Al contrario, tuvimos más clientas que buscaban en nuestro local no sólo un buen corte de pelo, sino también un lugar de esparcimiento.

Teva, sobre todo, era muy extrovertida y simpática y, de cualquier anécdota, construía una historia que hacía que nuestras clientas rieran o se pusieran a llorar, emocionadas.

Más de una vez se lo dije:

―Teva, tenías que ser guionista de telenovelas.

―No exageres. Solamente me limito a contar lo que sabe todo el mundo, Sara —decía ella con tono serio.

―Sí. Pero lo haces de forma muy graciosa.

―A mí lo que me gustaría es ser tertuliana en el Sálvame. Me lo pasaría en grande ― comentaba ella con ojos llenos de luz y de alegría.

―No. Porque me dejarías sola. Y yo, sin ti, ¿a ver qué hago? No sería lo mismo. El negocio caería en picado.

―Venga, venga, … No te pongas dramática. Lo harías igual de bien que ahora.

A veces nosotras entrábamos en este tipo de discusiones absurdas que entretenían a las clientas. Nos habíamos montado nuestro propio teatrillo y ese tipo de actuaciones eran el mejor reclamo publicitario que podíamos tener para nuestro negocio.

Teva y yo vivíamos juntas. Con los ahorros de cada una y con las ganancias de la peluquería habíamos podido hacernos, cerca de la Playa de Camposoto, con un piso de segunda mano bastante espacioso. Nos habíamos adaptado la una a la otra perfectamente.

Éramos de esas parejas de amigas que mirábamos los defectos de cada una de nosotras como virtudes y algunas virtudes como defectos. Nos organizábamos muy bien y teníamos a Marta, una chica que nos echaba una mano en casa con la limpieza y las compras.

Porque, todo hay que decirlo, en la peluquería nos iba muy bien, pero trabajábamos, no mucho, sino muchísimo, y llegábamos a casa rendidas.

Intentábamos cumplir nuestro horario de diez de la mañana a ocho de la tarde, pero siempre había alguna jovenzuela que se colaba a las ocho en punto para tintarse o ponerse mechas californianas.

No podíamos decir que no, pues eran ese tipo de diferencias las que nos hacían la mejor publicidad. Teva y yo teníamos muy claro que una sonrisa, un chiste, un tiempo de escucha, una conversación amena o un chisme lograban la fidelidad de nuestras clientas. Por eso volvían una y otra vez, deseosas de que montáramos el teatrillo.

Nuestra vida transcurría según la rutina de nuestro trabajo. Corrió el rumor por San Fernando de que éramos pareja y aquel rumor atrajo a más clientas. Luego el rumor se desvaneció cuando a Teva y a mí nos vieron salir de noche con algunos hombres.

Sí, el rumor se desvaneció, pero las clientas se quedaron. Rara vez hablábamos de nuestra intimidad a las clientas, aunque a veces resultaba verdaderamente difícil, pero tampoco había mucho que contar. No habíamos tenido esa clase de aventuras amorosas que se ven en las películas.

A veces pensaba que nuestro negocio no era una peluquería, sino un consultorio sentimental. Ejercíamos de psicólogas, de hermanas mayores, de madres y de abogadas, si hacía falta, cuando las clientas nos contaban sus problemas personales.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que aquellas mujeres solamente querían que las escucháramos porque la soledad es terrible. La soledad puede anularte y destruirte.

La música sonaba siempre en la peluquería y eso animaba a las tres trabajadoras que teníamos a nuestro cargo: Lucía, Laura y María. Teva y yo diseñamos nuestros uniformes y nuestro logo para anunciarnos por toda la ciudad desde el mismo momento que inauguramos.

Estábamos lanzadas a conseguir que nuestra peluquería se convirtiera en una de las más populares de toda Andalucía. Alguien podría pensar que, con ese tipo de negocio, con toda esa clientela, podríamos habernos planteado abrir otra y progresivamente montar nuestra propia franquicia.

Pero Teva y yo no éramos ambiciosas, así que preferimos mejorar y modernizar nuestras instalaciones y vivir con intensidad cada día, sin meternos en más jaleos.

El hecho de empezar a invertir en nuevos locales, por lo menos a mí, me daba miedo y me producía ansiedad. En todo caso, podíamos contratar a más trabajadoras y eso fue lo que hicimos según pasaban los meses y superábamos nuestras expectativas.

Buscábamos chicas recién salidas de los módulos de Formación Profesional, porque nosotras también fuimos de esas muchachas que, con su título debajo del brazo, necesitaban una oportunidad para aprender a llevar un negocio.

Nuestra convivencia se había convertido a la larga en una clase de matrimonio silencioso donde las dos intentábamos mantener relaciones con algunos hombres, pero generalmente se frustraban, por dos razones fundamentales: una fue la mala suerte.

No encontrábamos a esa persona que nos hiciera tilín, que provocara en nosotras la alocada reacción de dejarlo todo y casarnos, o de vivir al fin una separada de la otra. No aparecía ese hombre.

Y la segunda razón es que muchos de nuestros pretendientes querían aprovecharse de nuestra holgada situación económica. Una de las discusiones que mantuve con Teva en nuestra casa fue precisamente porque yo me percaté de que un tal Robert con el que estaba saliendo se había acostado con otra tía, mientras mi amiga creía ciegamente que su novio estaba muy enamorado de ella.

Aún recuerdo aquella tarde de abril donde nos enzarzamos en una pelea que todavía lamento por todo lo que nos dijimos.

―Sara, ¡déjame en paz!

― ¡No te voy a dejar en paz! Quiero que abras los ojos. Ese tío te está poniendo los cuernos con Pura ― dije yo con un tono enérgico.

―¡¡Mientes!! Lo que sucede es que estás celosa de mí, de que sea feliz con un hombre.

―No digas tonterías. ¡¡Más de una clienta lo sabe!! Tu queridísimo Robert está follando con la camarera del Rosal, la Puri.

―Y, ¿por qué sigue acostándose conmigo? —preguntó con lágrimas en los ojos.

―A veces parece que seas tonta, Teva.

― ¿Por qué sigue acostándose conmigo y trayéndome flores a la peluquería? —repitió con la voz rasgada y sin dejar de sollozar.

―Porque quiere nuestro dinero. ¡¡Porque quiere tu dinero!! Te va a limpiar sin que te des cuenta ― dije yo con un tono entre acusador y triste.

―No es verdad. No puede ser que un hombre como Robert me esté engañando. No puede ser, Sara. Si eso es así, estoy destrozada.

―Es un encantador de serpientes. Esos tipos son así. Y nadie te va a destrozar. Yo estoy aquí. Contigo, ¿me oyes?

Aquella fue la mayor crisis que habíamos tenido Teva y yo. Aquel gilipollas puso en peligro nuestra amistad y también el funcionamiento del negocio. Teva lo pasó mal, pero aprendió que no podía fiarse del primero que pasara y le regalara el oído.

Éramos mujeres atractivas, especialmente, Teva. Una vez que dejamos el instituto, mi amiga se había convertido en toda una mujer. Tenía un cuerpazo y ya había hecho sus pinitos en publicidad, posando como modelo para algunos anuncios de grandes almacenes.

Si tuviera que describir un primer recuerdo de ella, respondería que lo que me sigue emocionando de Teva no fue su rostro angelical o su cautivadora personalidad. Fueron sus manos lavando el pelo de mi madre, como si dos erizos nerviosos jugasen en la maleza. Esa era Teva: aquella chica de los anuncios que lavó más de una vez el cabello de mi madre. Con eso queda dicho todo.

Nunca nos habíamos tomado largos periodos de descanso, ni siquiera unas vacaciones. Temíamos que aquella buena racha se acabara por abandonar durante unas semanas nuestro negocio.

Yo sé que nuestras chicas lo comentaban y estaban molestas, pues sentían que no confiábamos en ellas y Lucía más de una vez nos lo dijo.

―¿Por qué no os tomáis un respiro, Sara?

―No pensamos en eso por el momento ― decía yo como una autómata.

―Todas nos vamos de vacaciones, pero vosotras os quedáis aquí ― decía ella con intriga.

―Lo sé. Pero no podemos descuidar el negocio. Todo marcha genial, Lucía, pero tanto a Teva como a mí nos da miedo que cerrar por vacaciones sea espantar a nuestra clientela.

―No tiene por qué suceder así, Sara. Podemos turnarnos y la peluquería puede seguir abierta todo el año. De verdad, os merecéis un descanso.



―Por ahora, nada de vacaciones. Teva y yo ya lo hemos hablado.

―Pero, Sara, hay otro problema.

― ¿Cuál? —pregunté yo extrañada.

―Las chicas piensan que no confiáis en ellas. Piensan que no os vais de vacaciones porque no os fiais de nosotras. No os fiais de que podamos hacer las cosas bien durante vuestra ausencia.

―No es eso, Lucía. Lo que sucede es que nos ha costado mucho esfuerzo montar esta peluquería y ganarnos a una clientela que va creciendo. No podemos ahora mismo arriesgarnos a perder todo lo que hemos ganado —argumenté yo con un tono serio.

―Yo hablo en nombre de las chicas y solamente queríamos darte nuestra opinión.

―Os lo agradezco, de verdad. Si le preguntáis a Teva, os va a responder lo mismo.

―Está bien, pero que conste que solamente nos estábamos preocupando por vosotras.

―Lo sé, Lucía. Confío mucho en este equipo. No es fácil, repito, lograr lo que tenemos. Vuestros sueldos y seguros se llevan una cantidad importante de lo que ganamos y me dolería mucho que, ante la ausencia de Teva, por ejemplo, muchas clientas se sintieran un tanto decepcionadas. Por ahora, nosotras no nos tomaremos vacaciones.

―Es verdad. Sois la marca de esta empresa ― dijo Lucía esbozando una sonrisa.

―Algo así, la verdad ― dije yo con aire maternal.



No era la primera vez que Lucía me comentaba el tema de las vacaciones y yo siempre le respondía de la misma manera. Teva opinaba igual que yo y, además, sigo pensando que mi amiga era el principal atractivo de nuestro negocio. Aquella belleza y simpatía que la caracterizaban atraía, sobre todo, a jóvenes estudiantes y a muchas madres que, después de dejar a sus hijos en el colegio, se pasaban por la peluquería.

Fue cerca de las Navidades cuando presentí que a Teva le pasaba algo. La conocía muy bien y notaba que llevaba varios días bastante rara. Se entretenía con facilidad, miraba al vacío, como si un pensamiento ocupara su cabeza. Además, hablaba poco, algo a lo que no me tenía acostumbrada. Aquel jueves, una vez que las chicas se marcharon a casa y nos quedamos solas recogiendo, le pregunté:

―¿Qué te pasa, Teva? Te veo rara últimamente.

―No me pasa nada.

― ¿De verdad? —insistí.

―No. En serio —murmuró y se sumió en un extraño silencio.

― No habrá otro Robert de esos que te esté amargando la existencia, ¿verdad? —pregunté asustada.

―No. Ya aprendí la lección. A tipos como esos los huelo a doscientos metros.

―No sabes cuánto me alegro. Entonces, ¿qué te pasa? No hablas. No comes casi. No te metes conmigo.

―Te lo voy a confesar, pero me vas a decir que es una chorrada ― dijo ella con tono enigmático.

―Soy toda oídos.

―Llevo varias noches soñando con el desierto, con África, y me despierto diferente. Como si la realidad en la que vivo no fuese la auténtica ― comentó Teva con una voz dulce.

―No es malo soñar con el desierto. Es un paisaje maravilloso. Tenemos que descifrar qué significa ese sueño inmediatamente ― dije yo sonriendo.

―No seas tonta. No te rías de mí. No hay nada detrás de ese sueño. Simplemente me gusta. Lo disfruto. Me veo allí, sobre una duna, quieta, mirando el horizonte, el infinito horizonte de arena, y siento la paz. No hay ningún mensaje que descifrar, Sara.

―Bueno, ya me encargaré yo de buscar en Internet qué significa soñar con el desierto.

― ¿Sabes una cosa, Sara? —preguntó dejando las toallas sobre el mostrador y mirándome fijamente.

― ¿Qué? Te pido que no me asustes ― dije yo sin borrar la sonrisa de mi cara.

―Debemos ir allí. Quiero ir allí.

―¿Adónde? ¿Al desierto? ¿En Navidades? —pregunté yo más que extrañada.

―Sí, creo que sueño con el desierto porque el desierto me llama de alguna forma. El desierto quiere que yo esté allí ― dijo con un tono parecido al de un cuentacuentos cuando va a iniciar su historia.

―Estás loca. No vamos a cerrar la peluquería y no vamos a dejar a nuestras familias que pasen esos días tan especiales sin nuestra compañía ― le reproché yo.

―Unos días, Sara, por favor. Mucha gente lo hace. Muchos de nuestros amigos y conocidos han ido alguna vez a pasar estas fiestas a Marruecos. Tampoco está tan lejos.

―No podemos dejarlo todo porque tú has soñado con el desierto un par de veces. Estás como una regadera. Deja de ver esas películas que ves, ¡anda!

―Sara, pero si las vemos juntas. ¿No me digas que tú no has tenido alguna de estas fantasías?

―Sí, claro que las he tenido. Todas las noches, ¿sabes, Teva?

―¿Me lo dices en serio? —preguntó ella con aire ingenuo.

―Sí, pero no son precisamente con el desierto, ¿sabes?

―¿Con el mar? ¿Con los bosques del Amazonas? —preguntó de nuevo con ese tono infantil que tanto detestaba yo.

―No exactamente…más bien con Brad Pitt y Tom Cruise.

―¡Qué tonta eres!

Comprobé que ella volvía a sumergirse en el silencio y que su rostro reflejaba un aire de tristeza que me encogió el corazón enseguida.

Quizá teníamos que darnos un capricho y un viaje a África sería una forma de celebrar nuestra amistad y el éxito que habíamos logrado durante estos años.

Lucía y el resto de chicas tenían razón. Debíamos darles una oportunidad para que nos demostraran que no éramos imprescindibles. Las tres se habían ganado también la confianza de muchas clientas.

En casa, mientras cenábamos delante del televisor, viendo una de nuestras serias televisivas, le di la sorpresa.

―¿Sueñas con el desierto, Teva?



―Sí, varias veces. Y, esta noche, lo haré otra vez. Pero, si te vas a burlar de mí, no te cuento nada más ― dijo dolida.

―No. Sabes que me gusta bromear igual que a ti. Pero me hizo gracia que, de repente, me salieras con esas.

―Tampoco he pedido nada extraordinario. Simplemente me gustaría bajar a Marruecos unos días.

―Vamos a hacerlo, ¿sabes? —dije yo como esa madre que le consiente a su hijo pequeño, así aprovechamos para pasar unos días en el pueblo azul que tanto me hablaron de él y que se llama Chaouen y de allí veremos cómo podemos ir al desierto de Mezorgua.

―No me lo puedo creer. ¡Me has dado una alegría enorme!

―Creo que nos lo merecemos. Llevamos muchos años trabajando y no hemos salido de Cádiz para nada.

―Eso es verdad. Lucía me dijo hace poco que necesitábamos darnos un homenaje.

―A mí también me lo dijo. Y es cierto que nunca hemos dejado a las chicas a cargo de la peluquería ― comenté yo con cierto tono de desagrado.

―Mira, podemos embarcar de Tarifa hasta Tánger y, desde allí, nos dirigimos hasta Chaouen —dijo Teva muy ilusionada.

―Eres una cabrona. Lo tenías todo pensado, ¿verdad? Sabías que yo iba a decir que sí.

―Son muchos años juntas, Sara, y nos vamos conociendo ― añadió sin borrar la ilusión de su cara.

Estuvimos organizando el viaje esa noche. Buscamos en Internet alojamiento, restaurantes y lugares para visitar.

Recuerdo que Teva estaba fuera de sí. Me transmitió su nerviosismo, sus ganas tremendas de hacer ese viaje cuanto antes. Yo la miraba también ilusionada, pues, por fin, nos íbamos a tomar unas vacaciones.

Me resultaba tan extraño pronunciar aquella palabra. Vacaciones. Nos acostamos tarde y, misteriosamente, esa noche, yo también soñé con el desierto.









Capítulo 2





En efecto, soñé con el desierto, con su música.

La arena tiene su música, un silencio que sugiere que el mundo se mueve sin que te des cuenta. Las dunas avanzaban hacia mí en ese sueño repetido y, en ese instante, despertaba.

Nunca le conté a Teva que el desierto me hablaba.

Por fin era 22 de diciembre y nuestro viaje iba a comenzar. Estábamos felices porque estábamos de vacaciones, pero también estábamos ansiosas porque, por primera vez, nos atrevíamos a dejar la peluquería en manos de las chicas.

Desayunamos en nuestra cocina que habíamos montado nosotras mismas con muebles de IKEA. Teva tenía una destreza con las manos que ya quisieran muchos obreros. Su padre, que había trabajado de tornero durante muchos años, se había preocupado de que ella no fuese una mujer torpe.

Preparamos nuestro café con tostadas y, aunque era temprano, muy temprano, el sol ya bañaba la superficie de los objetos en el interior de nuestra casa.

Nos mirábamos y sonreíamos. Aquel silencio lleno de energía y de ilusión se interrumpió cuando yo dije:

―Tenías razón, Teva.

―¿En qué? Dímelo. No te lo calles ― leía en sus labios la alegría de saber que dejábamos Cádiz después de mucho tiempo.

―Nada. Que nos merecíamos estas vacaciones. Este viaje es una oportunidad para saber hasta dónde hemos llegado —dije yo con un tono misterioso.

―No te entiendo.

―¿Te acuerdas cuándo éramos niñas?

―Claro que me acuerdo. Parece que fue ayer ― respondió ella después de sorber su café y de mirarme con ojos luminosos.

―A eso me refiero. Parece que fue ayer. Que el tiempo pasa muy deprisa y no nos hemos detenido en ningún momento.

―Es verdad, Sara, siempre hemos estado planeando cosas y la peluquería se ha llevado también gran parte de estos últimos años de nuestra vida. Nos hemos volcado tanto en el negocio que no hemos sabido vivir de otra manera.

―Exacto. Creo que este viaje a Marruecos va a ser una oportunidad para parar y tomar aire ― dije yo con serenidad mirando el almanaque que colgaba de la pared, donde el número 22 estaba rodeado.

―Creo que este viaje servirá para que miremos atrás y nos sintamos orgullosas de lo que hemos logrado juntas ― añadió Teva cerrando los ojos, como si un pensamiento oculto la estuviese poseyendo.

―Pero,… —no comencé la frase, pues quería hacer un silencio para gastarle una broma a Teva.

―Pero, ¿qué?

―Pues eso, que yo voy a Marruecos no sólo para ver el desierto —dije riendo de forma pícara.

―Ya, hay muchos lugares que visitar. Me he informado bien a través de páginas web y blogs de viajeros ― añadió con ese aire de inocencia que la caracterizaba.

―Nada. No te enteras de nada. Que quiero ver tíos también ― elevé la voz y Teva me miró con ojos como platos.

―Siempre estás igual. Sí, cuando bajemos del barco, estará esperándote un jeque, el príncipe Al—Waleed, con su guardia egipcia y veinte dromedarios —bromeó mientras me lanzaba una servilleta de papel a la cara.

Montamos en nuestro coche y salimos para Tarifa. Una hora de trayecto. Teva conducía. Vibraba de emoción. Lo veía en el brillo de sus ojos. Me resultaba más hermosa que nunca. Sus rasgos resplandecían.

Cuando decía alguna cosa, su voz temblaba. Era la misma emoción que yo estaba experimentando. Yo miraba por la ventanilla en alguna ocasión y veía los campos y pequeñas lomas que la brisa del mar erosionaba desde hacía siglos.

Había puesto una mezcla de canciones en el equipo de música y, en ese instante que miraba afuera, sonó uno de mis temas favoritos. Era “Amores de puerto”, de India Martínez.



Almirante, déjame que yo bese su velero,

Almirante, déjame que yo quiero ver su puerto

donde la mañana azul juego con el triste invierno,

Almirante, déjame que yo me siga mintiendo.

Yo sé que él me quiere y yo lo esperaré”.



Era una canción que luego volví a tararear cuando estábamos en la cubierta de nuestro barco.

En breve saldría el ferry desde Tarifa a Tánger. Teva se dio cuenta de que yo estaba cantando el tema de India Martínez y me acompañó con su voz dulce. Nos miramos fijamente. África estaba muy cerca. Y fue entonces cuando me dijo: “Gracias, Sara”. Yo le dije que no tenía por qué darme las gracias.

Al contrario, era yo quien le debía dar las gracias por ese viaje que tanto iba a significar en mi vida.

Miré el mar, como había mirado antes los campos desde el interior del coche, y era también mirar el desierto que las dos habíamos soñado. Una luz dorada acariciaba el rostro y el cabello largo de Teva. Nos alejábamos al fin.

En busca de aventuras quizás. Durante la hora que duraba nuestro viaje en barco, apenas hablamos. Nos abandonamos a la inmensidad del mar.

Al llegar a Tánger escuchamos la voz cantarina de un niño que decía algo parecido a que las lágrimas de las madres son las que bendicen la tierra que pisan los hombres.

―¡Tánger, estamos en Tánger! ― grité emocionada al salir del control de seguridad del puerto marroquí.

―¡A disfrutar! Que hemos tenido los ovarios de dejar la peluquería en plenas Navidades. Tenemos que disfrutar de cada momento de aquí ― dijo poniendo las dos manos sobre la cara porque estaba muerta de risa.

―Es verdad, en el momento de más trabajo del negocio, cogemos y nos quitamos de en medio ¡si es que no tenemos remedio!

Miré la cantidad de taxis que había allí. Había unos pequeños en color celeste que era para traslados dentro de la ciudad y otros, Mercedes grandes y antiguos de color beige, que eran ya para los traslados de más kilómetros.

Se nos acercaron varios taxistas ofreciendo sus servicios y creí que iba a explotar del estrés que me estaban ocasionando pues me hablaban todos a la vez. Además hablaban chillando. Tenía ganas de salir rápidamente de aquel puerto.

Al final nos decantamos por el taxista que menos chillaba y que más tranquilo veíamos. Nos montamos en su taxi dirección a Chaouen después de negociar el módico precio de 70 € por aquel traslado que duraría en torno a 2 horas.

Cuando salimos del puerto y entramos en el corazón de Tánger para salir en dirección a nuestro destino, quedé impactada por la de cantidad de gente que caminaba por aquel paseo que dejábamos a nuestra izquierda. Los coches iban a su bola. Miré a Teva que estaba poniendo los ojos en blanco, como diciendo: a ver si llegamos vivas a Chaouen.

El taxista era muy simpático. Era un señor de unos cincuenta años pero de muy buena apariencia. Se le veía muy educado y estaba pendiente de nosotras a cada momento. Nos iba describiendo todos los sitios por los que íbamos pasando y contándonos un poco de su cultura y su forma de vida.

En ese momento todo era nuevo para nosotras. Utilizábamos los cinco sentidos sin darnos cuenta. Aquellos escenarios eran una mezcla entre Oriente y Occidente, pues podíamos estar viendo un burro cargando cualquier tipo de mercancía, como un BMW último modelo.

Cuando salimos de Tánger, las carreteras eran al más puro estilo años cincuenta. Empezamos a apreciar que el tiempo no había pasado en algunos lugares, nos quedaba hora y media de camino por delante hasta Chaouen. Pero no me importaba, estaba disfrutando de todo lo que la vista me estaba ofreciendo en aquellos momentos, valles infinitos, grandes rebaños de ovejas, hectáreas de olivares y los campesinos, llamados bereberes, a pie de carretera caminando con su ropa típica y sus grandes gorros de paja.

Algo que me llamó mucho la atención era el papel tan importante que tenía la mujer en el campo. Se las veía trabajar tanto o más que los hombres.

El taxista nos propuso parar en un lugar que nos sorprendió nada más verlo (estaba pasando por Tetuán). Se trataba de un restaurante en medio de un lago que ofrecía unas vistas espectaculares. Nos tomamos un té y nos hicimos varias fotos. Luego continuamos felices hacia nuestro destino ya que solamente el trayecto había sido toda una experiencia y un auténtico descubrimiento.

Llegamos a la provincia de Chaouen.

Desde ahí se podía apreciar un pueblecito metido entre dos montañas. Ese era nuestro destino, cientos de curvas nos separaban hasta llegar a él.

El taxista nos subió hasta el mismo hotel que estaba justo en una plaza pequeña al lado de la principal, en todo el casco antiguo, cerca de la Alcazaba. El hotel se llamaba Parador.

Hicimos el registro de entrada y nos dieron las llaves de nuestra habitación que tenía tres camas y un televisor, además del baño. Poco más, pero era suficiente para disfrutar de ese maravilloso país.

Salimos para dar una vuelta y perdernos por esas calles, cuando, de repente, observamos un precioso restaurante que hacía esquina y se llamaba Al Kasbah.

Según Teva, varios blogueros recomendaban aquel restaurante. Era un restaurante que se encuentra en la plaza principal de la medina. El colorido azul de su fachada me encandiló.

―Podemos tomar un té aquí mismo, si te apetece, Sara. Es un lugar muy bonito. Varias páginas lo recomendaban. Dicen que se come muy bien y que el té está rico.

―Pues no hay nada más que hablar.

Entramos a los salones de los que disponía el restaurante y era como atravesar uno de esos sueños enigmáticos que uno no recuerda una vez que despiertas, pero cuyo eco maravilloso sigue ahí, en tu memoria.

Aquel restaurante era un ejemplo más de las calles encaladas de azul que subían y bajaban por todo el pueblo.

Nos sentamos y esperamos a que nos atendieran. En el interior del restaurante, la temperatura era agradable y las dos experimentamos un mosaico de sensaciones al estar rodeadas de aquellos espejos y formas ovaladas en cada elemento decorativo: colchas, alfombras, estampas, cojines y cortinas que daban acceso a los diferentes salones individuales.

Y entonces sucedió.

Me fijé en sus manos. Lo primero en que me fijé fue en sus manos. Teva se dio cuenta cuando me miró a los ojos.

―¿Qué te pasa, Sara?

―Nada —dije yo sin dejar de mirar a quien se acercaba.

―Si estás roja como un tomate.

―Cállate, que viene ― susurré yo como si fuera una adolescente a la que no quieren que pillen haciendo alguna travesura.

Teva miró hacia donde yo había puesto los ojos y se quedó boquiabierta.

―Joder, ya te entiendo. Con razón has puesto esa cara.

―Cállate, cállate.

―Pero si no he dicho nada.

―Me da vergüenza mirarlo. Es muy guapo.

―Sara, parece que estás en el instituto. Te has puesto igual que cuando viste a Pablo por primera vez.

―¿Qué Pablo? —pregunté yo sin dejar de mirar las manos de aquel muchacho que se acercaba.

―Pablo, el repetidor, el único que tenía moto y fumaba.

―Ya me acuerdo.

―Estuviste saliendo con él dos semanas. Qué suerte tuviste, cabrona ― decía ella sin dejar de reír, pues se estaba dando cuenta de que yo estaba haciendo el ridículo con mi actitud infantil.

El joven camarero llegó hasta nuestra mesa. Yo levanté la mirada y solamente puedo decir, aunque suene muy cursi, que me perdí en sus ojos.

Aquella piel morena contrastaba con sus ojos claros. Una boca sensual, de labios carnosos, se dibujaba en aquel rostro afeitado y de chico malo.

Me encantó. No, mejor dicho, me hechizó.

Antes de que el joven muchacho hablara, le dije a Teva:

―Parece el de la serie El Príncipe.

―No seas tonta. Ese actor no es marroquí. Es cubano. Se llama Rubén Cortada. ¡Cómo me ponía aquel tío en la serie!

―Pero no grites, tonta.

―Hija, pero es que ese actor está muy bueno.

―Sí, que está bueno, sí. Pero este lo está más. ― le susurré al oído como si fuera una quinceañera.

―Eres una exagerada. No puedo sacarte de Cádiz.

El joven se dirigió a nosotras educadamente y nos ofreció la carta y nos recomendó algunos platos para picar.

Aún recuerdo su primera frase. “Hola. Me llamo Said”.

A continuación, nos dijo en un perfecto español que nos tomáramos nuestro tiempo.

Pero no todo fue así de sencillo.

Cuando se dirigía hacia la cocina, el joven giró la cabeza y me miró de una forma que, hasta ahora, ningún hombre había hecho: era una mirada hipnótica, directa y profunda.

Temblé. Creía que me moría allí mismo. Teva no daba crédito a aquella escena y comenzó a reírse a carcajadas.

Pedimos un té. Ya empezaba a caer la noche, así que decidimos quedarnos ahí para cenar tranquilas. Al día siguiente, haríamos turismo por aquellas calles impresionantes que invitaban a explorarlas.

El camarero volvió a traernos el té.

―Que lo disfrutéis —dijo como una preciosa sonrisa en su cara.

―Gracias, muy amable —dijo Teva mientras que yo solo me limitaba a sonreír.

―Por vuestro acento tenéis que ser del Sur, si no me equivoco, sois de Cádiz —dijo Said ante nuestro asombro.

―Buen ojo, efectivamente somos de Cádiz —volvió a contestar Teva.

―¿Es la primera vez que venís a Chaouen?

―Sí, la primera vez que pisamos Marruecos —contesté yo esta vez, entre otras cosas, para no parecer gilipollas.

―Espero que os guste mi país, sobre todo mi pueblo. Seáis bienvenidas a mí restaurante.

―Gracias, ¿es tuyo? —preguntó Teva descaradamente.

―Sí. Aunque tengo esos dos chicos atendiendo, me gusta a mí también hacerlo, incluso a los cocineros que tengo dentro suelo ayudarlos. Estoy cómodo en este lugar y eso hace que se hagan las cosas con más ganas.

―Pues sí. Nosotras tenemos una peluquería y, aunque tenemos también chicas trabajando en ella, somos nosotras las que estamos ahí al pie del cañón —respondió Teva.

―Chicas emprendedoras, me gusta que así sea —dijo con una bonita sonrisa Said.

Estuvo un buen rato charlando con nosotras y le invitamos a sentarse y se tomó un té contándonos un poco sobre la vida en aquel pueblo. Luego pidió la cena para nosotras. Nos hizo probar una sopa marroquí llamada harira. Luego probamos un tajín de ternera con ciruelas. Era una maravilla para el paladar.

Nos tomamos otro té. Mientras tanto, él se levantaba de nuestra mesa para atender y luego regresaba enseguida. A mí se me caía la baba escuchándolo. Cada vez me recordaba más a Rubén Cortada.

Nos despedimos de él quedando en volver al día siguiente. Amablemente nos acompañó hasta la puerta del hotel.

Llegamos a nuestra habitación, después de aquel día en un pueblo, que cada vez que recuerdo, me transmite la serenidad, sencillamente eso, la serenidad. Pero la serenidad no hay que entenderla como tranquilidad o quietud sino como una forma de descubrir quién eres y a quién has empezado a amar.

Teva y yo estábamos agotadas y nos dejamos caer en la cama como dos traviesas hermanas pequeñas.

―¿Guerra de almohadas? —preguntó ella riendo.

―Déjate, déjate. Estoy fuera de juego.

―¿Sigues pensando en ese chico, Sara?

―Sí. No puedo quitármelo de la cabeza. En serio. Me vas a llamar idiota, pero lo tengo metido aquí —dije yo rozando con el pulgar mi frente lisa.

―No me lo puedo creer― dijo Teva incrédula y mirándome a los ojos.

Parecía que ella volvía a ser aquella niña pecosa que iba conmigo al colegio. Aquel pueblo nos había hechizado y yo estaba siendo víctima de un encantamiento.

Said, Said,… repetía sin cesar en mi cabeza. La noche oscura y profunda se echaba sobre las terrazas y las pequeñas cúpulas de aquel oasis y algunas voces musicales se escuchaban desde nuestra habitación.

―Me he enamorado, Teva ― dije con seriedad.

―No digas estupideces. Una no se enamora de repente y de esa forma —dijo ella dejando a un lado la ironía.

―Te hablo con el corazón. Ha sido ver su forma de andar, esas manos grandes y venosas, su piel oscura, su forma de hablar y … —me interrumpió mi amiga de repente.

―No sigas. Que ahora mismo me hablas del paquete que tenía ― bromeó ella mirando al techo.

―¿Te fijaste en el paquete? —pregunté intrigada.

―Siempre me fijo en el paquete de los tíos, ¿tú, no?

―Eres muy cerda. No me esperaba eso de ti ― solté espontáneamente.

―Tú has sido la que has preguntado ― me reprochó.

―Crees que no me he enamorado de Said ― dije yo a la defensiva.

―Sara, no quiero que te enfades conmigo. No sé si estás hablando en serio o te estás cachondeando de mí.

―No sé. He sentido algo que no había sentido antes con ningún hombre.

―Tampoco es que tengas una larga lista de amores rotos. Yo creo que ha sido solamente una atracción. El chico está muy bueno. Además, estamos en un país exótico y estamos más relajadas que de costumbre. Es normal que hayas reaccionado de esa forma al verlo.

―No, Teva. Esto no tiene nada que ver con el exotismo, ni con los aromas, ni con el cuscús. Siento una vibración aquí dentro y no me puedo quitar su nombre de mi cabeza ― me senté en la cama al confesar lo que estaba experimentando.

―Sara, me estás asustando. ¿No será ansiedad? Los síntomas que me describes se parecen mucho ― noté preocupación en las palabras de Teva.

―No. La ansiedad duele. La opresión en el pecho no te deja respirar ni pensar con claridad. Esto es diferente. Te lo prometo.

―¿Cómo es? —preguntó ella con expectación.

―Se parece a la ansiedad. Pero es alegre. Es una ansiedad alegre —dije yo con ocurrencia.

―¿Ansiedad alegre? Eso no existe. Explícate mejor, por favor.

―Cuando pienso en Said, siento un cosquilleo que empieza en mis pies y me llega hasta el pecho. El corazón se me acelera, como si me estuviera pidiendo que volviera a ver a ese chico.

―Me estás asustando, Sara. Nunca te había escuchado contar algo así antes.

―Ya te lo dije. Más asustada estoy yo que no sé cómo digerir esto.

De repente, empecé a llorar, pero ahí estaba mi amiga de la infancia para darme ese abrazo que necesitaba.

―Se te pasará. Yo creo que es el cansancio del viaje. No te preocupes más. Me tienes a mí. Estoy a tu lado ― dijo ella con un tono dulce, mientras yo me derrumbaba.

―Ya, pero ese chico, ese hombre,… me ha mirado de una forma … —dije yo sollozando enterrando mi rostro en el regazo de Teva.

―No es nada. Mañana ya habrá pasado todo. Cuando te levantes y desayunemos, estarás nueva. Ya lo verás ― ella intentaba darme ánimos mientras yo lloraba entre sus brazos.

―¿Sabes una cosa?

―Dime.

―Ya sé por qué soñabas con el desierto.

―¿Por qué? —preguntó con sus dedos hundidos en mi pelo.

―Porque tenía que conocer a Said ― dije yo.

―No digas más tonterías, por favor. Pareces una chiquilla.

―¿Por qué soñabas con el desierto?

―No lo sé. No sé por qué lo hacía.

―Yo también estuve soñando con el desierto varias noches ― confesé.

―Una casualidad. No es otra cosa, Sara.

―No creo en las casualidades, Teva.

―Pensaba que soñar con el desierto estaba relacionado con la soledad, con sentirse sola. Y nosotras nunca lo hemos estado ― dijo ella razonando.

Alguien cantaba en la calle. Las estrellas temblaban. Un rumor de voces incomprensibles ascendía hasta nuestro cuarto.

―Nunca lo hemos estado—repetí yo antes de dormirme abrazada a Teva.









Capítulo 3



Me desperté la primera. Teva seguía dormida. Parecía un angelito. A veces me quedaba unos minutos mirándola. El sol entraba en nuestra habitación, una luz blanca y nítida. Era el comienzo de un día maravilloso.

Me pregunté si, en aquellos momentos, Teva estaba soñando con el desierto. En menudo follón me había metido. ¿Por qué tuvimos que entrar a aquel restaurante? ¿Por qué tuve que encontrarme con aquel chico? Said.

Tenía hambre.

Me duché y, aunque estaba más relajada, el rostro de aquel joven seguía en mi cabeza, una imagen fija, hermosa y clara que no podía borrar. Tampoco quería hacerlo.

Me miré en el espejo del aseo y vi el desierto en mis ojos. Aquel pueblo me había conquistado y seguramente mi corazón y

a pertenecía a alguien del que pronto me despediría para no volverlo a ver jamás y entonces yo volvería a ese mar de arena con el que había soñado al igual que mi amiga.

Con el ruido del agua de la ducha, se despertó Teva. Oí su brusco y maleducado bostezo. Salí con mi albornoz y la vi sentada sobre la cama. Estaba radiante. Qué envidia me daba esa belleza natural que tenía.

―¿Estás mejor, querida? —preguntó.

―Sí. No sé qué me pasó ayer. Me vine abajo ― dije yo con un tono seco.

―¿Y Said? —preguntó con intención de que yo hablara de mis sentimientos.

―¿Said? —me hice la tonta al responder.

―No me mientas. Lo veo en tus ojos, Sara. Sigues pensando en él, verdad?

―Tienes razón. Me gusta. Me gusta mucho, Teva.

―Bueno, míralo por el lado positivo. No nos vamos a aburrir en este viaje. Voy a ducharme y nos arreglamos rápido.

―Desayunaremos cuanto antes —dije yo intentando cambiar de tema.

―Ya veo, Sara, que el amor no te ha quitado el ansia por comer.

Reímos las dos y, a los pocos minutos, estábamos en el buffet de la planta baja para desayunar. El comedor estaba lleno. Jubilados y jóvenes matrimonios con sus hijos llenaban las mesas. Llegamos y algunos chicos nos miraron de arriba a abajo. Teva les saco la lengua a modo de burla.

―¿Los has visto, Sara?

―Sí, ya me he fijado. Nos han desnudado con la mirada. Típica despedida de soltero.

―Odio a esos tíos que hacen esas cosas con sus novias. Se van de viaje a otro país y se hinchan a follar como si no existiera un mañana. Vaya matrimonio que les espera a las pobres ― me susurró Teva mientras nos servíamos la comida.

―Tienes razón. Pero habrá que saber dónde estará la novia ― dije yo con picardía.

―¿La novia? En Cuba. Ya te lo digo yo.

―¡Qué cabrona eres, Teva!

Nos sentamos en una mesa, apartadas de aquellos chicos que seguían mirándonos embobados, y nos pusimos a comer. Teva, para no variar, había llenado su plato de fruta fresca porque todavía pensaba que algún día saldría posando en la revista Elle. Yo me había puesto huevos fritos y toda clase de panes.

―¿Te vas a comer todo eso, Sara?

―Sí, ¿qué pasa? Estoy de vacaciones. Ya me pondré a dieta, joder.

―Si yo no digo nada. Luego no te quejes de que no te entra mi ropa ― dijo Teva esbozando una leve sonrisa.

―Mira lo que te digo. No te metas con mi cuerpo, que yo estoy tan buena como tú.

―Me callo, me callo, pero … —dijo Teva con suspense.

―Te callas, pero… Dime qué ibas a decir.

―Pues te digo lo mismo que te he dicho en la habitación. Que el enamoramiento no te ha afectado apenas. Cuando una se enamora, no se come todo eso ― después de hablar, se tapó la boca para reírse de mí.

―Cállate, tía. Lo pasé muy mal anoche. No sé qué me pasó. En serio. Y aún le estoy dando vueltas ― dije yo un poco avergonzada.

―¿A qué le estás dando vueltas, Sara?

―¿A qué va a ser? A Said. Me sigue poniendo.

―Y a mí. No te jode ― contestó ella con descaro.

―Sí, pero Said es mío ― reí cuando solté la frase.

No sé si Teva se había dado cuenta. Intentaba disimular. Yo intentaba disimular porque no dejaba de acordarme de aquel chico. Casi no probé la comida. Miraba al vacío, a la gente que entraba y salía del comedor, a aquellos estúpidos treintañeros que nos saludaron antes de marcharse.

A veces Teva soltaba un chisme de alguna de nuestras clientas, pero yo solo asentía con la cabeza. Me acordé de mi reflejo en el espejo, de nuestra conversación con Said, de las fachadas azules de Chaouen.

Me acordé del desierto, de su esencia de soledad y serenidad. Salimos del hotel después del desayuno y Teva inició una conversación que recuerdo como una conversación misteriosa y enigmática.

―¿Sabes una cosa, Sara?

―¿Qué sucede? No me asustes.

―Anoche ya no soñé con el desierto ― dijo ella con tono dulce.

―Yo no dormí bien, Teva. ¿Por qué me dices eso ahora?

―Porque es curioso. He llegado a Marruecos y he dejado de soñar con la arena.

―Teva, eso significa que el sueño se ha cumplido.

―También puede significar otra cosa.

―¿Qué puede significar? Me tienes en ascuas. Suéltalo.

―Puede significar que estamos dentro del sueño.

―Me estás dejando perpleja, Teva. Ahora me das miedo.

―No seas tonta, Sara. Es precioso pensar eso. Además, fíjate lo que te pasó a ti anoche con Said. Forma parte todo de un mismo hechizo.

―No sé qué pensar. Vamos a disfrutar de este pueblo, Teva.

El sol era un aro de fuego en el cielo. Sentimos que la luz nos arrasaba y, sin embargo, era una experiencia única saber que aquella claridad nítida y llena de energía nos envolvía. Comenzamos a caminar y fuimos recorriendo el pueblo.

Sus calles ascendentes, sus breves escalinatas y algunas plazas me llenaron de emoción porque nos sumergíamos en un tiempo y en un espacio que nunca habíamos conocido. Aquellas fachadas azules de color claro contrastaban con murales y con tabiques de color blanco.

―Tienes razón, Teva. Estamos dentro de un sueño.

―¿Te has dado cuenta?

―¿De qué? —pregunté intrigada.

―Parece que estamos caminando a través de un cuadro. Como si un dios hubiese pintado en mitad del desierto este pueblo ― dijo Teva con una luz amable en sus ojos.

―Te has vuelto muy poética de repente.

―Lo sé. No puedo evitarlo.

―Lo entiendo perfectamente. A mí me está pasando lo mismo.

―Claro, porque, además, yo sé que tú piensas en Said.

—Déjame en paz. No me lo recuerdes. Pero, mira que está bueno —dije yo poniendo cara de tonta.

Sí, sí que lo está.

Seguimos avanzando por sus calles donde a veces nos encontrábamos con otros grupos de turistas, pero, en otras ocasiones, no encontrábamos a nadie. Era en esos momentos cuando las dos nos quedábamos quietas, respirábamos hondo y nos dejábamos llevar por el espíritu de aquel lugar, voces, pisadas, rumor del viento, una caricia suave del sol y de esa brisa que correteaba por aquel laberinto de muros celestes.

―¿Cómo es posible que este pueblo sea tan bonito? Es completamente azul.

―Leí en el blog de un viajero que conoce muy bien Marruecos que Chaouen fue considerada una ciudad sagrada durante mucho tiempo. Los extranjeros no podían entrar y, por esa razón, se ha mantenido así, prácticamente igual que cuando se construyó.

―Hija, cuánto sabes. ¡Qué barbaridad! Me das una envidia.

―No te rías de mí ― dijo Teva dándome un empujón.

Las fuentes eran muy bonitas y estaban por muchos lugares. El antiguo caravasar estaba ocupado por tiendas. Podíamos ver cómo los artesanos trabajaban las alfombras, algunas estatuillas y el cuero. Fue en una de esas tiendas donde nos compramos un pañuelo que nos pusimos enseguida sobre la cabeza. No parábamos de hacernos selfies con el fondo azul de los callejones y las fachadas. En verdad estábamos dentro de un sueño. No paraba de repetírmelo Teva.

Luego, seguimos caminando. Dejamos los populares lavaderos y regresamos a la medina donde nos detuvimos cuando yo vi unos bolsos que me encantaron en una pequeña tienda. Nos atendió un señor de forma muy amable que me lo vendió por un precio muy barato.

Era hora de comer y no lo pensamos. Fuimos directamente al restaurante de Said. Nadie mejor que él para prepararnos un buen guiso y para explicarnos más curiosidades sobre aquel lugar encantado.

Aunque Teva sabía que yo no estaba pensando en la gastronomía del país, sino en aquel joven, en su forma de mirarme, en la expresión armónica de sus facciones, en aquellas manos que transmitían fuerza y vigor.

―Vamos a comer, Teva.

―Y ya imagino dónde, ¿verdad?

―Sí, no vamos a encontrar un sitio mejor que aquel. Además se lo prometimos.

―Madre mía, estás colada por Said.

―Ahora eres tú la que me estás provocando. Déjame tranquila.

―Me encanta meterme contigo, Sara. ¿Sabes una cosa?

―Dime. Escúpelo ya.

―Nunca te he visto así —dijo Teva esbozando una de sus sonrisas encantadoras.

―¿Cómo? —pregunté intrigada.

―Así de feliz y de risueña.

―Ya te lo dije, tía. No sé qué me está pasando con ese chico.

―No le des más vueltas.

Entramos al restaurante y nos sentamos en una mesa donde podíamos mirar hacia la terraza. Parejas y grupos no cesaban de pasar por delante de nuestros ojos. Tratábamos de adivinar sus nacionalidades y, mientras jugábamos a adivinar, Said apareció desde la sombra. Yo tragué saliva. De nuevo estaba allí. No era parte de ese sueño del que Teva no dejaba de hablar. Era real.

―¿Cómo estáis? Os veo muy guapas —dijo él amablemente.

―Encantadas con este pueblo. Es una preciosidad. Parece sacado de un cuento de hadas ― dijo Teva muy animada.

―Lo sé. Es una joya en mitad del desierto, dicen algunos ancianos.

―Tienen razón, Said ― dije yo con timidez.

―Me gusta que vengan aquí, a mi restaurante. No siempre se tienen a chicas como ustedes por aquí.

―Muchas gracias ― dijo Teva haciendo aletear sus pestañas.

Les invito a un té. Vengo ahora mismo.

Said se marchó y yo no le quité ojo, y él giró la cabeza para mirarme, pues sabía que lo iba a hacer. Yo creía que me moría otra vez allí mismo.

―Tía, estás súper cortada.

―Teva, no me pongas más nerviosa. Hago lo que puedo. Me ha mirado otra vez cuando se ha dado la vuelta.

―Te recuerdo que tenemos una peluquería en Cádiz y aquí no nos podemos quedar a vivir ― dijo ella muerta de risa.

A los cinco minutos, vino Said con la bandeja y nos sirvió el té con delicadeza y en silencio. Luego, se sentó con nosotras y nos preguntó por qué habíamos decidido viajar hasta allí.

―Mira, sin saber por qué, comencé a soñar con el desierto. Más tarde, a Sara, le pasó algo parecido.

―¿En serio? Es la primera vez que escucho algo así —dijo Said un tanto extrañado.

―Nos gustaría estar en el desierto. Nos gustaría pasar la Nochevieja allí. Sería maravilloso ― intervine yo más relajada.

―Si volvéis en marzo o en abril, yo puedo acompañaros al desierto. Hay rincones extraordinarios.

―Lo sé. Pero no sé si, por esas fechas, … —dijo Teva con un tono dubitativo.

―Bueno, eso lo podemos hablar más adelante —dije con decisión, puesto que Said había mostrado un interés por ayudarnos que yo no esperaba.

―Puedo dejar el restaurante por unos días en esas fechas y les mostraría la belleza de algunos lugares ― aunque su español era bastante bueno, a veces su sintaxis nos resultaba extraña, pero se hacía entender perfectamente.

―Tenemos que cuadrar las vacaciones de nuestras trabajadoras. Pero no lo descarto ― dije yo envalentonada ante la cara de sorpresa de Teva.

―Mirad, mañana si os parece, puedo llevaros a Asilah. No podéis dejar de visitarlo y, si no os importa, yo haré de guía.

―Encantadas, Said. Estamos encantadas, ¿verdad, Teva?

―Por mí, perfecto. Seguro que es un lugar único.

―Os va a encantar. Mañana libro yo en el restaurante y será un placer estar con vosotras.

―Pues perfecto, podemos alquilar un taxi…

―Por favor, soy marroquí, pero tengo coche ―dijo bromeando

Nos entró un ataque de risa bestial, había tenido un punto buenísimo, estuvimos un buen rato sin poder parar de reír, el igual, con su preciosa sonrisa y esos dientes tan perfectamente blancos.

―Pues nada hijo ¡vamos en tu coche! —dijo llorando de la risa Teva.

―Vaya dos —dijo sonriendo Said —Mandé en cocina a preparar una comida a mi gusto, quiero que probéis lo que para mí es la especialidad de esta casa.

―Gracias, Said, seguro que es toda una delicia, todo lo que hemos comido aquí está impresionante ― dije un poco cortada ya que solo mirarlo me imponía.

―Ya veo que habéis hecho alguna compra, es lo que tiene este lugar, que todo llama a los ojos.

―Pues sí, tienes razón, está todo tan trabajado y elaborado que merece la pena adquirirlo, además que se ven piezas exclusivas y únicas, es impresionante cómo se trabaja la alfombra y el cuero, además de que está decorado todo con mucho arte y eso llama mucho la atención a los ojos ― Dijo Teva.

Un rato después estábamos probando un delicioso Kefta de ternera con un huevo en medio qué hacía el más delicioso de los paladares, se lo dijimos varias veces que había tenido un ojo tremendo en recomendarnos aquel delicioso plato.

Tras la comida no fuimos un rato a descansar al hotel, nos quedamos dormidas bromeando sobre Said, yo no podía quitar la imagen de su cara de mi mente, lo veía tan perfecto que me imaginaba perdiéndome con él en algún rincón de algún cuarto.

Nos levantamos ya caída la tarde, nos fuimos directas a pasear y perdernos por la Medina, nos encantaba pasear por aquel lugar tan lleno de vida y sobre todo al atardecer que parecía que todo el mundo salía de su casa, aquello cobraba una vida impresionante, compramos unos frutos secos caramelizados recién hechos, una caja de dulces para llevar al hotel, además de unos cuantos caprichos que se nos antojaban nada más verlos.

De allí volvimos al restaurante de Said, queríamos tomarnos una Harira calentita y como no, de paso verlo a él.

Nada más vernos entrar se acercó hacia nosotros y nos dio un abrazo de bienvenida muy sonriente, le notaba que a él también le daba mucha alegría vernos.

Cenó con nosotras, nos contaba miles de anécdotas de aquel lugar, nosotras escuchábamos embelesadas, a mí particularmente se me caía la baba con él, se me pasaba cada cosa por la cabeza que era impresionante, solo sonreía si estaba junto a él, el resto del tiempo lo pasaba fantaseando con el próximo encuentro.

Tras la cena nos despedimos de él en la puerta del hotel, ya que nos volvió a acompañar, quedamos en vernos a la mañana siguiente para ir a Asilah.

―Muero de amor por el —dije mientras abría la puerta de la habitación.

―Tía no quiero ni pensar cuando nos vayamos de aquí, no sé cómo vas a superar esto, pero sé que te va a dejar bastante huella.

―No quiero ni imaginarlo, sé que lo voy a pasar fatal, hay algo en el que se ha quedado grabado en mí para siempre

―Lo sé Sara, lo sé.

―Aunque pensándolo fríamente, no estamos tan lejos, una hora de coche hasta Tarifa, 1 de ferry y dos de Tánger a Chaouen, puedo venir más veces…

―Madre mía, antes nos costaba irnos de la peluquería y ahora nos va a costar volver ― dijo Teva muerta de risa.

―Pues yo me pienso coger 10 días en marzo o abril cuando él nos dijo de llevarnos al desierto, no podemos dejar de ir y menos de su mano —dije intentando sonar convincente.

―Anda descansa, disfrutemos mañana de ese precioso pueblo al que nos va a llevar.

―Pues sí, que descanses, cariño.











Capítulo 4



Me levanté esa mañana con una extraña sensación en el cuerpo, me sentía un poco idiota pero tenía muchas ganas de ver a Said. Ese chico me tenía completamente encandilada, era algo extraño, pero como le comenté a Teva, verdaderamente pensaba que el destino lo había puesto en mi camino.

O quizás yo tenía muchas ganas de enamorarme, a saber…

Cuando Said nos vio entrar, sonrió ampliamente.

―Decidme que me vais a dar la alegría de veros todos los días por aquí ― siguió sonriendo mientras nos sentábamos en la mesa que nos señalaba.

―Tenemos que comer fuera siempre, así que a este paso nos haremos turistas fijas ― sonreí a mi vez.

―Me alegra escuchar eso, así no os vais del país sin probar todos los platos típicos.

―Bien, yo ya tenía asimilado volver con unos cinco kilos de más ― resopló Teva.

―Me encargaré entonces de que mínimo sean esos ― rio Said —. Por cierto, ¿qué tenéis pensado hacer hoy, hacemos lo que os propuse ayer de ir a Asilah?

―Aún no hemos decidido nada, teníamos un planning hecho pero Teva prefiere la aventura ― dije haciéndome la tonta como si no tuviera más que claro que quería a Asilah.

―No, no es así ― negó ella con la cabeza —, el problema es que aquí, mi amiga, necesita tenerlo todo controlado. No vive, así no hacemos nada. No le vendría mal un poco de aventura, de dejarse llevar, de…

―¿De quién estás hablando? ― la interrumpí.

―Pues de ti, obvio ― dijo mirándome.

―Yo no soy una obsesa del control ― dije inmediatamente, a la defensiva.

Siempre pasaba igual, Teva me recriminaba que yo necesitara tener las cosas en orden, lo que no veía era que ella era un desastre para todo. Por no organizar, ni siquiera sabía cuándo tenía que bajarle el periodo, así que yo, como buena amiga, se lo controlaba.

―No, para nada, si yo te dijera que me controla hasta… —comenzó Teva mirando a Said, quien no perdía detalle de la conversación.

―Cállate —le advertí sabiendo lo que iba a decir y yo me iba a morir de la vergüenza si lo hacía.

Ella sonrió burlona y le guiñó un ojo a Said.

―Te prometo que antes de irte, te lo cuento ― le dijo.

―Impaciente estoy ― sonrió él —. Entonces no sé si ofreceros ser vuestro guía turístico hoy, no quiero interferir en vuestros planes.

―¿Planes? ¿Pero no oyes lo que decimos? En este viaje no se planeó nada ― dijo Teva.

―Sí que se hizo ― la interrumpí —, el problema es que el planning que hice durante horas y horas, sin saber cómo, desapareció y nunca llegó a tierras marroquíes. Algo extraño, sí, ¿verdad, Teva?

―Extrañísimo ― concordó ella haciéndose la tonta, como si ambas no supiéramos que ella habría hecho desaparecer mi precioso planning —. Deben de ser cosas del destino, ¿verdad, Sara? ― me preguntó ella esa vez, refiriéndose a la conversación que habíamos tenido la noche anterior.

La miré con ganas de matarla, si dejaba que siguiera hablando, Said sabría hasta las veces que había suspirado por él desde el momento en que lo vi.

―Bueno, chicas, seguro que os morís de hambre. Pensaos mientras si queréis ir a Asilah. Puedo tomarme el día libre y me encantaría ser yo quien os enseñara parte de mi país ― Said se alejó de la mesa sonriendo.

―Asilah… —suspiré.

―¿Sara? ― dijo Teva.

―¿Sí?

―¿Quieres dejar de mirarle el culo?

La miré a ella con cara de ofendida.

―No hacía tal cosa.

―Y tanto que lo hacías, un poco más y tengo que ponerte la servilleta como babero. Joder, Sara, estás necesitada ― empezó a reírse.

―No, es solo que ese chico tiene algo.


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