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¡Y tenía que ser mi jefe!







Norah Carter





















Título: ¡Y tenía que ser mi jefe!

© 2016 Norah Carter

Todos los derechos reservados

edición: Diciembre, 2016.



Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor.










Capítulo 1





Estaba nerviosa. Después de pasar un año en el paro, después de que me despidieran de El Heraldo sin darme las gracias siquiera, después de venirme abajo varias veces, por fin encontraba un nuevo puesto de trabajo en el Diario S. Estaba nerviosa porque, al principio, pensé que no me darían ese puesto.

El Diario Sol era uno de los periódicos más prestigiosos del país y no tenía nada que ver con El Heraldo, de menor tirada y con mucho menos personal. Sabía que no iba a ser fácil trabajar allí, que la competencia sería feroz, que ya no tendría el tiempo libre del que disfrutaba ahora, pero también era la mejor manera de sobresalir entre algunos compañeros de universidad que se habían quedado como meros redactores en prensa local.

El Diario Sol era una oportunidad para demostrarme a mí misma de lo que era capaz, de que yo era una mujer tan inteligente como preparada. Seguramente ahora mis nuevos jefes sabrían valorar aquellas cualidades que en El Heraldo no habían sido capaces.

La crisis había hecho estragos en el país y yo fui despedida simplemente porque fui una de las últimas en ser contratadas. De nada valía mis amplios conocimientos de marketing ni que me manejara perfectamente en alemán e inglés.

Sencillamente habían determinado que el daño para la empresa sería mínimo si me indemnizaban ahora, pues era muy joven y llevaba poco tiempo en El Heraldo, así que en enero estaba en plena Avenida Lagos, con una caja de cartón entre mis brazos que contenía bolígrafos, mi vieja grapadora, un retrato de mis padres y un libro de poemas, de Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Ahora que había encontrado un nuevo puesto, estaba esperanzada en que este tipo de cosas no se volviera a repetir, porque verdaderamente me afectó mi salida de aquel periódico.

Creía que había tocado el cielo cuando empecé a trabajar en El Heraldo, pero no fue así. Para ellos mi talento y mi voluntarismo no valían nada. Me quedaba, después de mi jornada laboral, horas y horas en la redacción, horas que nunca fueron remuneradas, horas que empleé con mucho interés para ampliar y corregir reportajes. Me dejé la piel en aquel periódico y, de repente, una llamada sin ningún tipo de explicación y una carta de despedida fueron la gratitud a tanto esfuerzo. Maldita crisis.

Deseaba que todo fuese ahora diferente en el Diario Sol, aunque estaba segura de que habría de trabajar mucho más en este nuevo periódico. Me habían asignado la sección de Publicidad y una sección como esa no es cualquier cosa, pues los principales ingresos de una publicación como el Diario Sol provienen de importantes clientes que quieren promocionar sus negocios en prensa.

Parece que valoraron positivamente mi currículum y la entrevista que hice con la jefa de personal dio sus frutos. Recuerdo que salí de aquella conversación bastante confusa, porque me preguntaron sobre mis relaciones sentimentales. Y yo mentí. No sé si se dieron cuenta. Supongo que no, porque acabaron contratándome.

Les dije que salía con un chico que era profesor de instituto, pues yo quería dar una imagen de persona estable emocionalmente. Si hubieran indagado un poco, habrían descubierto que yo, Davinia, había sido un auténtico desastre en mis relaciones. Seré más incisiva y diré exactamente que había sido un puto desastre. Mis parejas no me duraban nada. Estaban a mi lado porque les atraía mi físico, pero luego, cuando les insinuaba que quería un compromiso sólido y duradero, desparecían de mi vista.

Sin pelos en la lengua, confesaré que salí con auténticos cabrones como un tal Richard, que nada más salir de casa, solo sabía meterme mano e introducirme su lengua, que parecía la lengua de una jirafa, hasta la garganta. Me dejó a las pocas semanas por una antigua novia. Me explicó que yo era una estrecha, la madre que lo parió. Aún no había salido a la calle, estupendamente maquillada, cuando empezaba a darme lengüetazos que me corría toda la pintura. Parecía un payaso, excusa perfecta para no ir a ningún sitio, sino para meterme en su coche o en casa de su madre a darme un repaso de arriba a abajo. Vamos que follábamos día sí y día también, y va, y me dice que soy una estrecha. Richard es el caso más radical de novio bruto, egoísta y desagradecido. Luego tuve noviazgos más o menos largos como el de Javier, un compañero de El Heraldo, un vigoréxico que se metía toda clase de proteínas y hormonas en el torrente sanguíneo.

Yo sabía que aquello no era bueno. Durante más de un mes solo me daba piquitos. No era como Richard, ni mucho menos. Una noche, desesperada y excitada, tras salir de una hamburguesería donde me había hinchado a patatas fritas y Nuggets de pollo y donde él se había limitado a beber Coca Cola light y a tomar ensalada, decidí meterme mano a su paquete. Me gritó. Me prohibió que lo tocase porque necesitaba reservar energías para un campeonato que tendría lugar en Madrid dentro de un mes. Yo me negué y, bromeando, volví a meterle mano al paquete, pero no había paquete. Las inyecciones le estaban pasando factura y habían hecho que su pene fuese la cabeza de un lápiz.

No debería comentar esta clase de intimidades, pero, llegados a este punto, me da igual todo.

Volviendo al tema de mi nuevo trabajo, el caso es que mentí en mi entrevista y coló. Había sido contratada y esa misma mañana iba a conocer a mis jefes, aunque todo parecía indicar que se trataba de un solo directivo, según me contaron en la propia empresa cuando hice la entrevista.

Desayuné rápidamente y me puse un traje de falda y chaqueta de color gris. Quería dar imagen de seriedad. Cogí el metro y me planté en quince minutos delante de un enorme edificio de cristal que recordaba a la Metrópolis de Superman. Siempre me había intrigado esa enorme estructura de cristal tan alta en mitad de la ciudad y más de una vez me pregunté si yo viviría o trabajaría allí algún día. Y mira. Mi sueño hecho realidad. Las empresas más importantes del país tenían ahí una oficina y el Diario Sol ocupaba toda la segunda planta.

Subí en el ascensor con mucha más gente. Parecía que estaba en una de esas pelis americanas, donde los elevadores se convierten en pequeños universos donde sucede de todo. Acerté con el vestuario porque los trabajadores y directivos iban de punta en blanco, como si los hubieran tele transportado desde Wall Street. El ascensor abrió sus puertas silenciosamente en la segunda planta y avancé con mis tacones por un pasillo amplio hasta llegar a un mostrador donde una secretaria me dio los buenos días.

Era una chica mona que me miró con cara de perro al darse cuenta de que le había plagiado el vestido. Yo me sonrojé. Me indicó bruscamente que el señor Evans me esperaba en su despacho para que yo recibiera instrucciones. Todo aquello me sonó demasiado solemne. Aquello no era como El Heraldo donde los despachos de los directivos y los reporteros estaban en la misma planta y donde todos nos veíamos nuestras caras de mileuristas estresados y encabronados. La muchacha me acompañó hasta las puertas del despacho del Sr. Evans. Estaba cada vez más nerviosa y ella seguía mirándome con cara de perro. Pensaba que en cualquier momento me iba a morder el cuello como un pitbull.

Las puertas se abrieron automáticamente, la secretaria se retiró sin decir ni mu y allí estaba él. Lo recuerdo con claridad, ¿cómo se me puede olvidar un hombre así? Parecía que me había colado en la película de las 50 sombras de Grey. Sí repito, en efecto, allí estaba él. Alto, delgado, aunque se notaba que tenía un cuerpo fibroso, y con un pelazo moreno que contrastaba con sus ojos castaños, llenos de energía, hipnóticos. De su boca y sus labios hablaré más adelante.

Me sonrojé de nuevo al ver a aquel dios griego.

Siéntate, Davinia. ¿Debo llamarte señora o señorita? ― preguntó con ironía intentando gustar desde el principio. Lo consiguió rápidamente.

No, no… Davinia está bien ― susurré.

Pero no respondiste a mi pregunta, ¿señora o señorita? ― insistió y yo intenté mantener mi cara neutral y no tener uno de esos arranques típicos míos y decirle que no le importaba. Iba a empezar con muy buen pie si hacía eso…

Señorita en todo caso, pero Davinia está bien ― repetí, me senté frente a él quien volvió a su sitio con paso lento.

Yo puse los ojos en su trasero y en otras partes que no debo decir por pudor, pero lo que más me gustó, después de su físico, era su forma de hablar. Una voz grave y rotunda me demostraba que aquel tipo era un hombre seguro de sí mismo y chulesco.

Todo un Casanova, sí, uno de esos hombres que imponían y a quien nadie le daría un no por respuesta. Al menos no yo, que parecía que estaba bastante desesperada si teníamos en cuenta las imágenes y pensamientos que desfilaban en ese momento por mi mente.

¿Sabes callar? ¿Sabes callar, Davinia?― preguntó con voz enigmática.

No sé a qué se refiere ― respondí yo titubeante.

Porque a veces no había manera de callarme y soltaba todo lo que pasaba por mi cabeza sin ni siquiera darme cuenta. ¿Y a qué demonios venía esa pregunta?

Para trabajar conmigo, para trabajar en el Diario Sol, debes saber callar ― dijo de nuevo con esa voz tan varonil.

De acuerdo. Haré lo que me pidan ― contesté con aire sumiso.

Me miró unos instantes con las cejas enarcadas, no sé qué parte es la que no creyó, yo estaba cada vez más nerviosa. Nunca me había enfrentado a una presentación igual. Claro que nunca tuve un adonis igual como jefe.

No se trata de eso. Se trata de que sepas guardar ciertos secretos para que todo vaya sobre ruedas. No es fácil que te contraten aquí.

Lo sé, señor Evans. Lo sé.

Soy un poco especial, me gusta que esté todo a mi forma, quiero que eso quede también bastante claro.

Entiendo señor, Evans.

Mentí como una bellaca. No estaba entendiendo nada. Estaba claro que en todos los periódicos se guardaba información, pero joder, yo era periodista, no tenía que advertírmelo, ¿no?

Relájate, Davinia, estás demasiado nerviosa, pensé.

Ya verás que me gusta tener controlado todo, es mi empresa, no permitiré que nadie tire por tierra el esfuerzo que me ha costado levantar este Diario y la credibilidad que tiene.

Comprendo.

Tienes imagen, saber estar, no me cabe duda de que estarás a la altura de tu puesto, ahora te reunirás con el equipo publicitario para que te asesoren en cómo conseguir realizar tu trabajo con absoluto éxito.

Estaré encantada de que me asesoren.

De todas maneras, tendremos que trabajar los dos codo con codo, ya te vendrás conmigo a la mayoría de los actos públicos.

Por poco me da un soponcio cuando me dijo eso, ya me veía recorriendo el mundo a su lado, cosa que no me importaba. Y lo de codo con codo era como piel con piel y eso me llevaba a piel y más piel y…

Mierda, por ahí otra vez no, pensé y rogué por no haberme sonrojado de una manera que me delatara.

Estoy a su entera disposición.

En el momento en el que dije esa frase, decir que me sonrojé fue poco.

Gracias, empezamos a entendernos.

Llamó por teléfono a su secretaria y vino a por mí para llevarme a esa reunión con el equipo de asesoramiento publicitario, me impacto la forma de despedirse tan elegante señalando a la puerta cómo dándome autorización para salir acompañando a su secretaria.

Congenié genial con los 3, Manuel, Desirée y Natalia, con los que compartiría la mayoría de la jornada laboral.

Manuel era el más serio de todos, Desirée la más irónica y relajada, Natalia la más mandona e impulsiva, pero todo un amor. Eran toda una bomba de equipo, me habían transmitido todo un buen rollito, nada de tensión como la que había pasado con el Señor Evans.

Al terminar mi jornada salí de allí feliz pues me había gustado lo poco que había vivido ese día con mi equipo, al montarme en el ascensor entró a la vez mi jefe.

Buenas tardes, Señor Evans.

Adelante ― dijo estirando su mano para que yo pasara antes ― ¿Qué tal su primer día, Davinia?

Me voy con muy buena sensación, el equipo está muy bien compenetrado y se han volcado mucho conmigo.

Me alegro de que así sea ― dijo mientras volvía a señalar con su mano que saliese primera del ascensor.

Hasta mañana, Sr Evans.

Hasta mañana.

Me compré un sándwich antes de meterme en el metro, estaba hambrienta, eran las 3 de la tarde, mi estómago no paraba de rugir, mientras lo mordisqueaba no paraba de recordar ese momento tan tenso en el despacho de mi jefe, lo hubiese callado la boca y me lo hubiese tirado allí mismo, pero evidentemente eso solo lo podía fantasear.

Llegué a casa y lo primero que hice fue prepararme un café, estaba deseando estirar las piernas en el sofá, los tacones que había seleccionado ese día eran de lo más coqueto, al igual que de lo más incómodo, pero tenía que ir especialmente preparada para la ocasión.

Después de un buen rato relajada en mi sofá, me llegó un mensaje que al descubrir que era del Señor Evans me sorprendió.

Buenas tardes, Davinia, algo que me dice mucho de las personas es su elegancia, Felicidades por estar a la altura de nuestra empresa en ese sentido.”

Me quedé helada, no sabía si tomármelo como un halago o como una advertencia que siguiese apareciendo por la empresa de esa manera, dude en responderle, pero pensé que quizás le molestaría que no lo hiciese.

Gracias, señor Evans, intentaré seguir a la altura de su empresa.”

No sabía si le había mandado la respuesta acertada, pero ya estaba enviada, realmente todo lo proveniente de él me imponía mucho, momentos después volví a recibir un mensaje de él.

Mañana tengo una reunión importante, me gustaría que me acompañases. ¿Qué te parece que te recoja a las 8 en tu casa?”

¿Iba a acompañarlo a una reunión tan pronto? Desde luego que ese hombre no tenía sangre en las venas y no podía pensar que, a mí, directamente, podía darme un infarto con lo directo que era, apenas había tenido tiempo de adaptarme a mi nuevo trabajo, a mis compañeros y a él.

Pero yo podía, claro, era una oportunidad increíble, no iba a desaprovecharla. Además que, solo en pensar que me iría toda la mañana con él, me ponía en tensión, estaba claro que estaba deseando ir, pero solo de pensarlo me entraban sudores.

Claro, si quiere le pongo la ubicación de dónde vivo.”

Esperé su respuesta como agua de mayo.

Tengo muy bien localizados a mis trabajadores. Hasta mañana, Davinia.”

Me quedé a cuadros con su contestación, era evidente que tenía un control abismal, sobre todo, de todas formas, en el contrato con la empresa venía mi dirección así que era muy fácil saber dónde vivía.

No volví a contestarle más. Me levanté rápidamente del sofá, trastabillé por el camino y casi me mato, yo y mi poco sentido del equilibrio.

Llegué al dormitorio y abrí el ropero, miré y resoplé, necesitaba ropa nueva, esa ya estaba muy usada, pero era el inconveniente de ser mileurista. Me encantaba la ropa, pero no podía gastarme todo lo que me gustaría, como la mayoría de la gente, claro.

Empecé a sacar ropa y a ponérmela, pero nada me convencía: una demasiado oscura, otra muy ajustada (o eso o yo había engordado últimamente), demasiado corta, demasiado…

Oh, mierda, no tenía nada que ponerme y estaba de los nervios.

Pero un momento, era coqueta, sí, ¿pero desde cuándo me preocupaba tanto eso?

Mi jefe iba a volverme loca y acababa de conocerlo.

Me enfadé, dejé toda la ropa tirada por el cuarto y me senté con los brazos cruzados en el sofá. Ya tenía tema para pensar toda la tarde y, conociéndome, me pasaría horas y horas comiéndome la cabeza.

Sí, estaba contenta en el trabajo, pero ¿por qué ese hombre me ponía tan nerviosa? Si no controlaba mis reacciones, no iba a poder dar todo de mí en mi nuevo puesto de trabajo.

Solo esperaba que pasar unas horas con él al día siguiente, me ayudaran a verlo como lo que era, mi jefe, sí, pero un hombre normal.

Nada más.









Capítulo 2





Hasta ese día en que vino a recogerme a casa en su espléndido coche, no sabía qué era en realidad la fascinación. Me levanté un tanto inquieta. No había dormido bien. La luz del amanecer me despertó antes de que lo hiciera la alarma de mi móvil.

Eran las siete y media, y sentía que la realidad, aquella realidad del dormitorio, no me pertenecía. No era la misma mujer que cuando entré a aquel despacho y hablé con el Sr. Evans. Aquel hombre me había cautivado. Bueno, mejor dicho, aquel cuerpo y aquella voz grave me habían cautivado. Durante la noche soñé con sus ojos, con sus labios gruesos y carnosos, con la levedad de esa figura que se sentó cerca de mí y me dijo si era capaz de callar.

No. No fue eso lo que dijo. Me preguntó exactamente si sabía callar y yo, seducida por aquella apariencia, dije que sí, que haría lo que fuese. Yo creo que fue el mismísimo diablo el que había detrás de aquel hombre, de aquellos ojos rasgados y grandes, llenos de luz y de misterio al mismo tiempo. Desayuné deprisa, como siempre y me puse a dar vueltas por la casa como una quinceañera que espera a que un compañero de clase llamé al timbre para acompañarla al baile del instituto.

Y algo parecido iba a suceder esa mañana, el Sr. Evans pasaría a por mí en su coche e iríamos juntos al trabajo. También pensaba en los mensajes que me envió. No era normal que un hombre de ese cargo y responsabilidad se tomara esas confianzas con su empleada, porque yo no dejaba de ser una mera empleada, talentosa, eficiente, como había demostrado en El Heraldo, y con ganas de triunfar en mi campo de trabajo.

A las ocho en punto, tocaron al telefonillo. Era el chófer del Señor Evans que me pedía amablemente que bajara, pues mi jefe quería verme cuanto antes para planificar el trabajo de esa mañana. Me sentía como en una nube. Flotaba de felicidad. Parecía una tonta. Pero me daba igual, porque, aunque tenía claro que con el Sr. Evans no tenía ninguna posibilidad, nadie me quitaría el derecho a fantasear de vez en cuando con aquel hombre que se había tomado la molestia de pasar a recogerme a la puerta de mi casa, como si yo fuese una clase de princesa o de cenicienta. Me puse mis tacones.

Al llegar a la calle, ahí estaba el Mercedes negro, reluciente, esperándome a mí. A mí, que no era nadie. En el interior, el Sr. Evans se hacía el interesante leyendo el periódico. El chófer me abrió la puerta y me senté junto a mi jefe quien me dio en voz baja los buenos días. Yo temblaba. Debo reconocerlo. Temblaba y no sé si era porque me imponía el hecho de que aquel hombre fuese mi jefe o porque era un hombre, cuyo atractivo y porte, no me dejaban indiferente.

Estaba claro que el Sr. Evans no se parecían en modo alguno ni a Richard ni a Javier, mis anteriores parejas. A veces he pensado que la seducción de aquel hombre no sólo provenía de su físico, sino también de esa aura de poder que desprendía al dirigirse a mí o a cualquier empleado.

―Buenos días, Davinia. ¿Cómo has dormido? ― preguntó sin dejar de mirar el periódico.

―Bien, muy bien, gracias ― respondí secamente.

―Te noto un tanto nerviosa.

Perdone. Es que es la primera vez que vienen a recogerme a casa en un coche como este. Y que, además, sea mi jefe el que se sienta a mi lado, impone ― intenté explicarme sin abandonar el temblor en mi voz.

En ese momento había soltado el periódico y me miraba directamente a los ojos. Yo solo quería no sentirme demasiado nerviosa en ese momento, o que él no lo notara, pero tenía la impresión de que ese hombre veía a través de mí más de lo que yo deseaba. Tipo listo…

―¿Te impongo? Interesante conclusión. Muy interesante ― tuve la sensación de que me desnudaba con la mirada.

Empecé a acalorarme, temía ponerme a sudar allí mismo. Esperaba que solo fuera eso, una sensación o una impresión, porque si no…

―No quería ofenderle ― dije tras carraspear, intentando dejar de lado mis pensamientos calenturientos.

―No lo has hecho y deja de disculparte. Me estoy quedando contigo.

―Lo siento ― dije sin poder evitarlo, ya era inercia.

―Davinia… ― resopló.

A veces, Sr. Evans, me comporto como una estúpida.

Me salió así, tal cual, eso era lo que más odiaba de mí, que a veces no tenía filtro ninguno.

―No. No eres ninguna estúpida. Lo sé reconocer a primera vista ― me interrumpió con un tono más enérgico.

―Oh, pero sí que lo soy.

―No vuelvas a llamarte estúpida ― dijo casi enfadado.

―No estoy acostumbrada a esta clase de privilegios ― volví a decir con voz suave, intentando no sonrojarme.

―No pienses demasiado en ello. Simplemente quiero ser amable con mis empleados. No te preocupes. Me encanta hacer este tipo de cosas. No me cuesta nada. Me pilla de camino y, aunque no lo creas, no me gusta la soledad, Davinia.

―A mí tampoco. Tengo que decirle que estoy muy ilusionada con este nuevo trabajo en el Diario Sol ― dije yo intentando que la conversación fluyera sin tener que caer en simples monosílabos.

―Es una oportunidad única, Davinia. Por cierto, me encanta ese nombre.

―Es un nombre poco frecuente. Es un nombre hebrero. Es el femenino de David y significa “amado” ― comenté mirándole a los ojos y sonriendo.

Es un nombre precioso por su significado. No se me va a olvidar. Te lo prometo.

En aquel momento no sabía muy bien a qué jugaba el Sr. Evans porque parecía que, en cada una de sus intervenciones, quisiera conquistarme. Tenía la sensación de que intentaba sacarme los colores continuamente. Aquel juego de sentirse dominador, de sentirse un ser superior que era capaz de controlar la conversación y de construir frases con un claro aroma de seducción me hacían ponerme cada vez más nerviosa.

Y tengo que confesar que, sin embargo, esas reacciones que estaba experimentando mi cuerpo me gustaban. En efecto, me gustaba que hiciera eso, que me hablara así, con delicadeza, con corrección, pero dejando en cada expresión una esencia enigmática, como si una fragancia oscura penetrara en mi interior y me dejara sin posibilidad de contestar con la naturalidad que siempre me había definido.

¿Estás más tranquila, Davinia? ― preguntó él con intención de ponerme nerviosa, de ver que yo temblaba al oír su voz.

Está claro que le gusta mi nombre, pensé, porque bien que lo repetía.

―Sí, me gusta ― dijo riendo.

Mierda, ya había hablado en voz alta de nuevo.

―Entonces, ¿estás más tranquila, Davinia? ― hizo hincapié en mi nombre de nuevo y no pude evitar sonreír.

―Sí, lo estoy. Quería darle las gracias, puesto que no he podido hacerlo antes, por contratarme.

―No me des las gracias. Necesito a los mejores, ¿sabes? Un periódico como el nuestro no se puede permitir trabajar con aprendices. Cometieron un error en El Heraldo al despedirte ― dijo con seguridad.

Aun no entiendo por qué lo hicieron. Bueno, está claro que la crisis obligó a que despidieran a gran parte de la plantilla y yo fui una de las afectadas ― apostillé yo con voz firme y segura.

Las cosas no se hacen así. No es la primera vez que me pasa. A veces, consigo que un periodista, despedido por otro periódico, se convierta en el Diario Sol en una auténtica estrella mediática. Las empresas de comunicación cometen el error de imitar a empresas de otros sectores. Balances, cifras, sueldos, números… y deciden actuar en función de ganancias y pérdidas económicas. En sus plantillas hay chavales y chavalas con talento que, recién contratados, son despedidos y no saben que quizá han despedido a la gallina de los huevos de oro ― comentó con un tono despectivo.

―Parece que habla desde la experiencia, Sr. Evans ― dije yo un poco cortada.

No te equivocas. Mi caso fue muy parecido al tuyo. Trabajé como un esclavo en la revista En portada durante dos años. Un sueldo de mierda. Una adicción al café y una úlcera de estómago a causa del estrés sin haber cumplido los veintisiete. Llegó un nuevo director y cambió los temas de la revista. Eliminó toda la información sobre política exterior para convertir En portada en una revista sobre cotilleos. Me echaron enseguida, pues yo era especialista en política de Oriente Medio. A los pocos meses, estaba trabajando en el Diario Sol. Tristemente vi que En portada se hundía hasta que cerraron la revista. Gracias a mí y a mi equipo, el Diario Sol creció de una forma descomunal en dos años. La mayor parte de los lectores de En portada se convirtieron en lectores de Sol. Este negocio es así ― me explicó el Sr. Evans, demostrándome que creía mucho en mis posibilidades.

Me gusta escucharlo, porque me gustan las personas que valoran el talento y no creen solamente en que una empresa deba cumplir objetivos económicos ― dije yo mirando su boca, no a sus ojos, sino a aquella boca sensual, de labios carnosos y rosados.

Ahora tenemos una reunión con unos posibles clientes que quieren publicitarse en nuestro periódico. Es una marca japonesa y, si conseguimos el contrato, daremos un paso más para expandirnos a otros países. Davinia, me importa que una empresa logre sus objetivos económicos, que crezca y cuanto más, mejor, pero me preocupa que algunas decisiones, basadas solamente en el ahorro, frustren la vida de jóvenes con talento e ilusión ― dijo él mirándome a los ojos, como si me estuviera retando con aquella mirada incisiva y llena de energía.

No tardamos más de veinte minutos en llegar. El coche paró en la puerta del edificio. El Sr. Evans y yo íbamos juntos, y yo sentía que estaba siendo protegida al mismo tiempo que aleccionada por aquel hombre que, en cada movimiento, mostraba una gran seguridad. Acciones tan corrientes como pulsar para que el ascensor bajara, esperar de pie, coger el móvil o doblar el periódico estaban marcadas por un aura de sensualidad y exquisitez que volvían a producirme esa sensación de inquietud constante, un placer que se estaba haciendo adictivo con solo mirarlo.

Ahora, cuando me reúna con los clientes, fíjate bien en cómo trabajo y toma nota de todo y, cuando digo todo, me refiero a todos los detalles, por muy intrascendentes que te parezcan: describe cómo se visten, cómo saludan, cómo se sientan, tipo de zapatos, etc. Todos esos detalles son fundamentales para futuras reuniones con estos clientes y con otros ― me susurró mientras subíamos en el ascensor y fue entonces cuando sentí de cerca la fragancia oscura de la que hablaba antes, una fragancia dulce y áspera al mismo tiempo que me poseía, que anulaba mis sentidos de repente.

Haré todo lo que me pide y así aprenderé, porque lo que quiero, Sr. Evans, es aprender de usted ― susurré también mientras él esbozaba una leve sonrisa de conformidad.

Entramos al despacho de aquella empresa, siguiendo a la secretaria. Mi jefe le pidió dos capuchinos que ella trajo enseguida.

El Sr. Evans me entregó un bloc de notas y vi que se concentraba en unos documentos. Apenas sorbió de su taza cuando los clientes pasaron al despacho. Tres hombres y una mujer enfundados en negro. El Sr. Evans estuvo especialmente encantador.

Encontró enseguida una forma de disuadirlos, pues había averiguado que uno de los clientes era amante de la pintura así que se puso a comentar algunos aspectos sobre las últimas exposiciones que habían llegado a la ciudad. Estaban todos encantados al escucharlo y yo también. En menos de media hora, habían llegado a un acuerdo. Yo tomé nota de todo: descripciones físicas, maneras de expresarse, silencios, movimientos de manos, etcétera. De vez en cuando el Sr. Evans me miraba y me hacía un gesto de serenidad con su mano derecha, indicándome que todo iba muy bien.

Al acabar la reunión y, tras despedirnos de los clientes, salimos del despacho y dio un salto.

―Lo logramos, Davinia.

―Me alegro mucho por usted.

―Parecía fácil, pero no lo era ― comentó él sin dejar de sonreír.

Su apuesta por la pintura ha hecho que uno de los clientes simpatizara con usted enseguida. Le felicito de nuevo.

―Gracias. Hay que celebrarlo. Te invito a almorzar ― dijo espontáneamente.

―Sr. Evans, tengo que ir a mi despacho y ponerme al día de mis funciones ― dije yo con timidez.

―Eso puede esperar. Voy a celebrar este contrato y a lo grande. Te vienes conmigo. Te lo ordena tu jefe ― dijo entre irónico y serio.

―Está bien. Como usted diga.

Por favor, tutéame. Llámame Peter, si no te importa ―dijo acercándose a mí y mirándome a los ojos. Yo estaba cohibida e intimidada de nuevo por aquella forma de fijarse en mí.

Salimos del edificio y de nuevo subimos al coche que nos condujo a una zona residencial. A los quince minutos llegamos a nuestro destino. Yo estaba emocionada al verlo tan feliz. No paraba de llamar por teléfono y de comunicar la gran noticia de ese contrato. El coche se detuvo y ahí estaba El Mandala, un restaurante hindú del que había oído hablar siempre, pero cuyos precios astronómicos me impedían reservar una mesa.

Estaba emocionada. Y, aunque parezca mentira, pensaba que nada de esto estaba sucediendo. Todo estaba adquiriendo la forma de un cuento de hadas donde yo era una clase de princesa.

El Mandala estaba construido con madera y sus mesas circulares, colocadas estratégicamente bajo unas lámparas de luz blanca, aportaban ese componente mágico a mi particular cuento. Nos sentamos y vi que elegía con cuidado cada plato. Yo estaba en silencio.

Solamente sonreía cuando él me miraba o asentía con la cabeza dándole la razón en cada plato que escogía, entre otras cosas, porque yo no tenía ni idea de lo que estaba pidiendo. Comimos y bebimos. Al Sr. Evans no se le ocurrió otra cosa que pedir una botella de Dom Pérignon, un champán que nunca había probado y que no me esperaba yo que sirvieran en un restaurante hindú. Pero aquel restaurante era El Mandala, un restaurante de fama nacional y que tenía listas de espera durante meses.

―Está exquisito. Nunca había bebido este champán. Se sale de mi presupuesto ― dije yo un poco avergonzada.

Sabía que te gustaría. Te voy a decir una cosa sobre Dom Pérignon. La primera cosecha de Dom Pérignon fue de 1921 y solo fue puesta a la venta el 4 de agosto de 1936, después de la Gran Depresión. Me encanta conocer la historia a través de los vinos. Es muy interesante. Dom Pérignon es una vendimia de champagne, lo que significa que solo se efectúa en los mejores años.

¡Vaya! Estoy impresionada. No sabía nada de esto ― dije yo ruborizándome después de escucharlo.

Yo sí que estoy impresionado ― intervino de repente mirándome fijamente a la boca.

Temblé de nuevo e hice como que no lo había escuchado. Seguimos comiendo y hablando de mis funciones en el periódico. A la mañana siguiente, debía hacer un informe sobre la exitosa reunión de ese día. Era un placer estar con el Sr. Evans, mejor dicho, con Peter.

Al terminar de comer, el coche nos recogió y seguimos hablando. En esta ocasión, le comenté mi experiencia en El Heraldo, pero yo me di cuenta de que no me escuchaba, sino que me miraba solamente. Volví a tener esa sensación extraña, pero adictiva, de que estaba desnuda ante él, de que observaba cada centímetro de mi cuerpo.

Al llegar a la puerta de mi casa, el coche se detuvo y Peter me dio la mano para despedirse. Al cogerla, sentí el calor de un hombre único, el calor de un cuerpo que yo deseaba de algún modo, y no me refiero a hacer el amor con él, no, sino a tenerlo cerca mirándome como lo estaba haciendo en ese instante. Antes de bajar del coche, me dijo.

― Davinia, tenemos que repetirlo.

―Estaré siempre a su entera disposición ― dije mirándolo fijamente a los ojos.

Así me gusta ― dijo mientras me guiñaba el ojo y me daba un beso en la mejilla.

Me pasé toda la tarde fantaseando, no dejaba de darle vueltas a sus miradas y a su forma de tratarme tan seductora, estaba flotando en una nube, sabía que me iba a despertar de un porrazo en el suelo, seguramente todo sería producto de mi imaginación, pero no podía dejar de volar con ella.

Encendí el Facebook y empecé a buscar a Peter para ver si tenía, me sorprendió con un tipo como él si lo tuviese, se me pasó por la cabeza pedirle amistad pero sabía que la iba a cagar, solo de pensarlo me entraba la risa, pero eso sería un atrevimiento muy grande por mi parte, así que me puse a bichear lo poco que tenía de forma pública, pero por los me gusta que había en su foto de perfil debía de ser un tipo muy seguido.

En ese momento sonó una notificación y por poco tiro la lata de Coca Cola de la mesa al descubrir que era de Peter pidiéndome amistad.

Acepté inmediatamente, me esperaba toda la tarde noche tirada en el sofá revisando su Facebook, me molaba mucho la idea, así que me puse manos a la obra y pensé que quizás él estaba haciendo lo mismo.

Tenía en sus contactos a 1300 personas, ante las apenas doscientas que yo tenía, cada cosa que compartía superaba los 400 me gusta, la mayoría de chavalas babean cuando colgaba una foto de él, entre ellas había varias de una preciosa casa que indudablemente sería suya, cada foto radiaba elegancia y glamour.

De repente recibí una notificación con un me gusta por parte de él, abrí la foto para ver a cuál había dado el me gusta y era una del verano pasado en la playa en bikini, me quedé mirando la foto fijamente sonrojada, parecía como si me estuviese mandando un mensaje.

Me dieron ganas de hacer lo mismo así que se busqué entre sus fotos y en una que salía con jacuzzi tomando una copa de champán le di un me encanta, si él se atrevía a jugar con mi perfil, yo haría lo mismo con el suyo, me sentía débil a su lado, pero a la vez estaba dispuesta a darle guerra.

Guardé algunas de sus fotos para… Bueno, no sabía por qué o para qué, pero me las guardé para verlas mejor en otro momento.

Ya era tarde cuando estaba relajada en la cama y debería de estar en el quinto sueño, ya, el día había sido agotador en general, pero no podía dormir.

Cogí el móvil y vi que tenía mensajes de WhatsApp sin leer, con el día de nervios que llevaba en compañía del Señor Evans, ni cuenta me había dado.

Me puse a leerlos y a la mayoría los ignoré, ya les contestaría en otro momento.

Me extrañó tener varias llamadas perdidas de mi hermana, así que la llamé, asustada.

―¿Estás bien? ― pregunté nada más que saludó.

―Sí, ¿y tú?

―Sí, claro, me asustaste con tantas llamadas.

―Estaba esperando que me contaras cómo había ido el primer día de trabajo, pero ya veo que ni te acordaste de llamarme.

―Lo siento, Carla, estaba muy nerviosa y ni cuenta me di.

―Tú y tu manía de vivir en los mundos de yupi, a ver si empiezas a despertar ya de ese estado de ensoñación.

―No digas tonterías. El trabajo está muy bien, los compañeros perfectos, muy agradables y el jefe bien ― terminé con un hilo de voz.

―¿El jefe qué?

―Bien ― dije algo más fuerte.

―¿Desde cuándo un jefe está bien?

―¿De qué estás hablando?

―No sé, me ha sonado rara la respuesta. Así que venga, desembucha.

―No entiendo ― me hice la tonta, como siempre.

Me levanté de la cama y fui a la cocina para tomarme un té mientras hablaba con ella, conociéndola, sabía que se alargaría la conversación.

Mi hermana Carla era cuatro años mayor que yo y llevaba poco tiempo divorciada, se casó siendo la mujer más enamorada del mundo y, un año después, estaba soltera de nuevo.

No tenía mucha paciencia con los hombres, incluso a veces pensaba que los odiaba, pero ella era así. Los usaba para un rato y los dejaba, por eso nunca entendí cuando decidió casarse.

―A ver, Davinia. Primero, es tu jefe, eso ya, de por sí, significa que no puede estar bien.

―No entiendo por qué, es buen jefe según sus empleados y conmigo ha sido amable.

―Segundo ― siguió ignorándome―, es un hombre.

―No lo había deducido ― sonreí al verlo en mi mente, señor…

―No seas irónica. No te dejes engañar, Davinia, todos los tíos son iguales, van a intentar follarte y nada más. Que sea viejo o calvo o…

Empecé a reírme a carcajadas, mi hermana y sus conclusiones.

¿Qué te pasó? ― preguntó.

―¿Viejo y calvo?

―Bueno, es un decir.

―No, ya, y tanto… Mira, Carla, no conozco al Señor Evans demasiado, pero de viejo y calvo tiene lo que tú de monja.

―Ya sea el mismísimo Brad Pitt, no te fíes nunca.

―Nunca.

―Siempre van a lo mismo.

―Aha…

―Porque son unos cerdos.

―Claro…

―¿Me estás escuchando?

―Sí, claro, como siempre.

―Estaré pendiente, Davinia, tengo que cuidar de ti.

―Sí, viene en el título de hermana mayor.

Se calló unos segundos y suspiró.

―Lo siento ― dijo apenada ―, solo quiero que no vuelvan a hacerte daño.

―Tuve rupturas, como todos, nada que me haya matado, no te preocupes, sé cuidar por mí misma.

―Mmmm. Por eso te controlaré. Te quiero.

―Y yo.

No quería reprocharle nada, evitaba que sufriera lo mismo que ella, pero yo era mucho más madura, no iba a lo loco con los hombres. Me tomé el té y me fui a la cama.

Puse la alarma en el móvil y lo apagué mientras pensaba en el Señor Evans.

Me daba la sensación de que iba a ser un problema.









Capítulo 3





Tengo que decir que estaba nerviosa. Después de aquel día en el que todo fueron nuevas emociones, tenía la sensación de que mi trabajo en el Diario Sol formaba parte de un sueño, de un sueño demasiado largo, del que despertaría en cualquier momento.

El tema del Facebook también me había dejado bastante descolocada, pero lo veía como un juego, al que yo estaba dispuesta a jugar.

Al llegar a mi mesa, parecía que recuperaba esa normalidad que había tenido en El Heraldo, bueno, si podemos llamar “normalidad” al estrés, a redactar veinte minutos antes de que el periódico entrara en máquinas o a tener a tu jefe mirándote el cogote para asegurarse de que no levantabas la cabeza del teclado.

Todo aquello quedaba ya en el pasado, ahora tenía que vivir esté presente, en este nuevo empleo.

En el Diario Sol las secciones tenían varios departamentos y así se trabaja con más eficiencia, pues grupos pequeños de periodistas y publicistas se encargaban de tareas muy concretas. Eso hacía que se rindiera más y mejor, sin tener que soportar la ansiedad que causaba trabajar a contrarreloj un día tras otro. Estaba ordenando los archivos aquella mañana y Manuel, amablemente, me había dejado un café sobre mi mesa. Se veía un chaval simpático, extrovertido, con capacidad organizativa. No era un chico tan guapo como el Sr. Evans, pero su ternura y esa amistosa, a la vez que discreta, forma de presentarse y de hablar conmigo lo hacían atractivo.

Desde que había llegado al periódico, tuve la sensación de que el clima de trabajo era muy bueno. Natalia y Desirée se llevaban genial y no paraban de hacer chistes e intercambiar chismorreos. Aquel ambiente tan agradable agilizaba el trabajo, aunque pudiera parecer que era al contrario. Manuel era el que se encargaba de las llamadas y de ultimar informes y facturas. Natalia, que era la más creativa, ayudaba en labores de rotulación y selección de colores para los anuncios, mientras que Desirée se encargaba de construcción de frases, eslóganes y de buscar referencias que inspiraran a los nuevos anuncios.

Mi tarea era similar a la de Manuel. Me encargaría de redactar informes, de hacer algunas entrevistas, de buscar clientes y de organizar materiales para las próximas campañas. No era un trabajo difícil, pero es cierto que necesitaba mucha organización y capacidad de concentración para que ningún cliente se sintiera molesto.

Fue una pena que se jubilara Matilde, ¿sabes? ― me comentó Natalia.

Espero hacerlo bien, quiero estar a la altura.

Te voy a decir una cosa, Davinia. Creo que eres una tía de puta madre. Para mí es muy importante la primera impresión y esa primera impresión ha sido positiva. Me he alegrado mucho de que formes parte de nuestro equipo.

Te lo agradezco, Natalia. Hay muy buen ambiente de trabajo. Lo percibo. En El Heraldo era todo una locura ― dije yo con un tono serio.

La gente me llama Naty. Llámame Naty, por favor.

Vale, Naty. Me refiero que aquí todo funciona de diferente forma.

Este periódico ingresa mucha pasta ― intervino Manuel.

Entiendo. Y eso facilita las cosas ― dije yo.

Exacto. Invierten en recursos humanos constantemente. En otro periódico, después de una jubilación, no se habrían molestado en contratar a nadie ― repuso Manuel sin apartar la mirada del monitor.

Eso es cierto. Luego, al no trabajar tan estresados, el personal está más relajado y piensa mejor, y se hacen las cosas de forma más meticulosa. Todo eso repercute en la calidad del periódico ― añadió Desirée con unos papeles en las manos mientras se sentaba en su mesa.

En El Heraldo yo he visto volar tazas de café y sillas. Y yo me acostumbré a ese ambiente, pues pensaba que era lo normal.

¿Qué me vas a contar? Antes de venir a esta empresa, trabajé en muchos periódicos y revistas. Y era el infierno. Para una mierda de sueldo ― dijo Natalia con acritud.

Aquí no te vas a hacer rica, pero pagan bien y el nivel de estrés tiene sus picos algunos meses, pero el resto del año es igual que ahora. Van fluyendo las campañas y el ritmo solamente se acelera si nosotros queremos ― volvió a intervenir Manuel.

En aquel momento en el que todos parecían haberse abierto a mí, me entraron ganas de preguntar por el Sr. Evans, pero no me atreví. No quería que comenzaran a criticarlo, pues yo, desde hacía menos de cuarenta y ocho horas, tenía idealizado a aquel hombre con el que no cesaba de fantasear.

Pero, por el ambiente de trabajo que se respiraba allí, parecía que Peter Evans no era un dictador, ni un jefe, como los que tuve yo en El Heraldo, que solamente pensaban en gritar a sus trabajadores, en someterlos a una severa disciplina de trabajo donde el periodista era una especie de máquina o autómata, y no un ser humano con sus preocupaciones y sentimientos.

Una vez que comprobé en el menú de mi ordenador dónde estaban mis archivos, me dispuse a realizar el informe de la reunión del día anterior. Según redactaba, no podía olvidar cómo había transcurrido aquel día en el que, tras el éxito de la firma, mi jefe me llevó a un restaurante exquisito donde por primera vez probé aquel champán magnífico. Me embargaba una alegría difícil de describir. Desirée, más lista que el hambre, me lo notó en la cara según iba yo redactando.

¿Has conocido ya a Evans? ― me preguntó directamente, esbozando una sonrisa.

Sí, estuve en una reunión con él ― me sonrojé al contestar.

Te ha gustado, ¿verdad? ― añadió Natalia desde la otra esquina.

No. No puedo hablar de eso. No me parece apropiada esa pregunta. Lo siento ― titubeé al contestar y me puse muy nerviosa.

Dejad a la chica en paz. Sois unas cotillas ― intervino Manuel para ayudarme contra aquellas dos felinas.

Solamente estamos cotilleando, Manuel. No te metas donde no te llaman. Peter Evans, el tío más bueno de todo este edificio, y no lo digo yo. Se le adjudicó ese título cuando apareció por primera vez con su traje y con su maletín en el hall de la planta baja. Los correos electrónicos de todas las oficinas y las empresas ardieron aquella mañana ― comentó Desirée.

Sí, parecía que había entrado el Señor Grey. A mí me parece que no es para tanto ― apostilló Manuel sabiendo que encontraría el enfrentamiento.

¿Que no está bueno? Manuel, ¿te has mirado en el espejo? ―preguntó Natalia con un tono pícaro y burlón.

Sois unas petardas ― respondió Manuel riéndose de la situación.

Davinia, responde y sé sincera. ¿Está bueno? ― preguntó Natalia con ansiedad.

No sé qué decir. Todo esto es nuevo para mí. No debo contestar a esa pregunta ― dije yo con timidez.

Mal nos vamos a llevar como vayas de mosquita muerta con nosotras. ¡Contesta, coño! ― exigió Natalia con fuego en los ojos.

Será mejor que contestes porque, si no es así, no te van a dejar vivir en paz ― me aconsejó Manuel con una sonrisa.

Bueno. Es un hombre muy guapo. Pero voy a seguir trabajando, si no os importa.

No, lo normal es que no nos importe, pero nos importa, somos unas cotillas. ¿Le has visto ese culo? ― siguió Desirée, erre que erre.

No suelo mirar el culo de mis jefes ― mentí como una bellaca. Aunque no era una mentira en sí, no les miraba los culos a mis jefes, el Señor Evans era una excepción.

¿Eres lesbiana?

Mis compañeras empezaron a reírse y yo me quedé mirando a Manuel con cara de circunstancia.

Manuel, se te está pegando lo malo al final ― dijo Natalia entre risas.

No, joder, lo pregunto en serio. Perdón si te molesté, Davinia, no hay nada de malo en ser lesbiana.

Claro que no ― dije yo, eso era obvio.

Solo era curiosidad ― insistió Manuel.

Manuel, algún día tenía que pasar. Te juntas con el lado oscuro ― Desirée le guiñó un ojo.

No soy lesbiana ― dije.

Tranquila, no tienes que decirlo si lo eres ― insistió Manuel.

Que ya lo sé, pero que no lo soy y… Joder, dejadme trabajar.

Natalia y Desirée se miraron con complicidad y se rieron. Manuel giró la cabeza y volvió a teclear. Estuvimos una hora en silencio y, cuando acabé mi café que se había enfriado, sonó mi móvil. No me lo podía creer. Era un mensaje de Peter.

En una hora te espero para ir a comer. No te retrases, por favor.”

No sabía qué contestar. Un sudor frío recorrió mi espalda. Desirée me miró con ojos de depredadora. Yo creo que Natalia y ella se olían algo.

Me pasé un buen rato mirando el móvil con disimulo leyendo y releyendo el mensaje.

Te esperaré en la calle.”

No volvió a responder, cuando terminé la jornada salí abajo y me quedé en un lado de la puerta fumando un cigarro cuando de repente apareció el y me lo arranco de la boca y lo tiró al suelo a la vez que me guiñaba un ojo y me decía con la mano que lo siguiese hasta el coche en el que le estaba esperando su chófer.

No sabía adónde íbamos, el chofer ya lo tenía claro mucho antes de montarnos, así que me limité a callar tímidamente mientras él me observaba con una suave sonrisa en sus labios sabiendo que provocaba en mí un nerviosismo irrefrenable.

Llegamos delante de un casoplón del que se abrieron las puertas automáticamente, cuando el coche entró, pude reconocer esa casa por las fotos del Facebook de Peter, lo miré impactada mientras él sonreía con más astucia.

Bajamos del coche y me invitó a pasar adentro.

―Eres a la única empleada que he traído a mi casa.

Debo sentirme entonces halagada ― dije sonrojada.

―Ven, vamos para el jardín trasero, nos tienen preparada una suculenta comida.

Veo que lo tienes todo controlado ― solté como parrafada ya que estaba bloqueada ante todo lo que me imponía.

Casi todo ― volvió a guiñar su ojo.

Nos sentamos en esa preciosa carpa que tenía en un lado del jardín frente a la lujosa piscina, una chica del servicio comenzó a servir la mesa, a la vez que otro chico nos descorchaba una botella de vino, cuando nos lo dejaron todo colocado Peter con la mirada les dejo claro que ya podían retirarse.

Tienes algo, Davinia ― dijo mientras levantaba su copa.

Eso me dijo casi sin respiración ¿Cómo que tenía algo? ¿Se me estaba insinuando? ¿Se refería al trabajo? Opté por sonreír y dar un buen trago.

―Usted también tiene algo ― respondí mientras ponía la copa sobre la mesa y le guiñaba un ojo, estábamos fuera del trabajo y aunque me sonrojara, pensaba jugar.

―¿Solo algo? ― pregunto sonriendo y mirándome fijamente a los ojos.

―Sí, ni más ni menos, igual que yo…

―¿Nunca has ido a casa de ningún jefe a comer? ― preguntó con aire seductor mientras volvía a rellenar las copas de vino, sin dejar de esbozar una sonrisa pícara.

―No, nunca me vi en la obligación de tener que hacerlo, ¡gracias a Dios!― volví a agarrar en la copa para dar otro buen trago.

¿Estás ahora aquí por obligación? ― preguntó esta vez de forma seria.

Para nada, créeme que, si no hubiese querido, me hubiese ido, aunque sea andando…

―Me dejas más tranquilo… ― volvió a aparecer su preciosa sonrisa en su rostro.

―Me estás intimidando con la mirada ― solté sin pensarlo, aunque cada vez era más difícil hacerlo debido a las copas de vino.

―Veo que es fácil hacerlo…

―¿Pero tú te has visto? ¡Me tienes acojonada! ― dije muerta de risa.

―No, no me veo, pero dime tú ¿Cómo me ves? ― preguntó intimidándome aún más.

No sabía si contestarle, salir corriendo o ponerme directamente en pelotas, pero como estaba fuera de horario y pensaba jugar decidí responder a pesar de que estaba avergonzada perdida.

―Poderoso, te veo poderoso ― dije sin más mirando a la copa a la vez que la agarraba para dar otro trago, estaba bebiendo más que comiendo, pero es que la situación lo requería.

―¿Poderoso? Defíneme poderoso…

Poder, respeto, elegancia, clase, sensualidad…. ¿Te defino mejor todo eso que desprendes? ― respondí con una sonrisa irónica y chulescamente.

No sabía cómo era capaz de decir todo eso, una cosa era pensarlo y otra decírselo, yo no era tan lanzada, pero ese hombre me trastornaba y sacaba esa parte de mí que creía tener dominada.

―¿Sensual? ¿Te parezco sensual, Davinia? ― preguntó con cara sugerente

―Ya lo sabes…. estás encantado de conocerte ―dije mientras le ponía cara de burla y él se echaba a reír.

No creo que en ningún momento haya alardeado de nada de eso, pero veo que a ti te lo parece, me parece muy sugerente…

―Échame más vino, por favor ― dije mientras me bebía la copa de un trago.

―Como sigas bebiendo así, vas a perder el control, luego no me hago responsable…

Imagino que al menos me pondrás el chófer para que me lleve a mi casa ― puse los ojos en blanco.

―La última que te sirvo de vino, luego iremos a la otra parte del jardín a tomar una copa, ¿te parece?

―Me parece que al final eres tú el que me quieres emborrachar…

―Puede ser…

Estábamos coqueteando claramente, me sentía cada vez más cómoda junto a él, terminamos de comer y nos fuimos a un precioso rincón con una barra y llena de licores y botellas de alcohol, rápidamente vino uno de los chicos del servicio y no sirvió dos gin tonic, nos sentamos en los taburetes, el chico se retiró quedando pendiente a nuevo aviso, ahora tenía al lado sentado a Peter, no enfrente como en la mesa en la que habíamos comido, estábamos relativamente juntos, eso me volvía a poner un poco más nerviosa y tensa.

Me quité la chaqueta que llevaba, el calor estaba apretando ese día de mayo, me quedé con una camiseta de mangas cortas y escote pronunciado, veía como se le iban los ojos de vez en cuando hacia mis pechos y luego me miraba a los ojos sonriendo sensualmente.

Comenzó a contarme un poco cómo construyó esa casa, todo al detalle escogido por él, aún no lo había visto por dentro, solo había cruzado la casa para ir al jardín trasero, me dijo que más tarde me la enseñaría.

De repente se levantó y se fue para atrás de la barra, hacia una mini cadena que había, la encendió y me dijo que iba a poner un poco de música, me sorprendió que fuese a Sergio Dalma al que había elegido para ese momento, de repente comenzó a sonar una canción muy especial para mí, como también lo era aquel artista.

Vino hacia mí, me levanto del taburete, me agarró con una mano por la cintura y con la otra cogió mi mano y comenzó a bailar al ritmo de la música y a cantarme al oído.



Juro por las patas de mi cama, que aunque no parecen nada 
me sujetan cuando duermo, 
que si hoy te quedas a mi lado, subiré como un esclavo.

Por tu espalda y por tu pecho.
Juro por la funda de mi almohada, que es mi amante más callada
y comparte mis secretos,
que si hoy te quedas a mi lado, lucharé como un soldado
en una guerra de besos.

No me digas que no, tú no, que el corazón no aguanta tanta soledad
no me digas que no, hoy no, que necesito un sueño para continuar.
No me digas que no, que muero.
Juro por los dioses más famosos, los que todos conocemos
en estado gaseoso,
que si hoy te quedas a mi vera, yo seré la primavera
que amanezca ante tus ojos.
Juro por la sombra diluida, la que siempre me acompaña,
aunque yo no se lo pida
que samaritana si te quedas, me enredare en tus ca
deras
como me agarro a la vida.

Estaba casi temblando entre sus brazos, pero me sentía la mujer más especial del mundo y no quería que la canción acabase por nada, escuchar esa voz cantando a mi oído, hacía que todo mi cuerpo se elevase, me sentía protegida entre sus brazos hasta me sentí deseada, siguió cantando cada vez más cerca de mis labios casi pude sentirlos en los míos en más de un momento mientras me cantaba, ese tono estaba consiguiendo que me derritiera, emitía un voz perfecta para ese momento.

Cuando terminó la canción, sonriendo, me agarró para que volviese a sentarme en el taburete y él hizo lo mismo pero en este caso su mano estaba apoyada sobre mi muslo, a mí casi me faltaba el aire.

La música de Sergio Dalma seguía sonando y él cantaba mientras me sonreía, se notaba que estaba muy cómodo conmigo, me seguía imponiendo mucho pero me tenía en constantes risa floja.

Después de un rato charlando me enseñó su casa, era impresionante jamás había imaginado tan buen gusto en cada rincón, no le faltaba detalle y tenía un dormitorio principal con toda una pared cristalera con una vista impresionante a los exteriores de la casa y unos jardines que había fuera de ella.

Le dije que ya debía de irme ya que debía de descansar para el día siguiente, puso cara triste y me dijo que me comprendía, me acompañó hasta mi casa en el coche con su chófer, me llevaba todo el camino agarrado el muslo y haciéndome gestos de cariño, estaba creando en mí una gran tensión sexual.

Se despidió con una bonita sonrisa y poco más, radiando su carácter seductor.

En mi casa ya no sabía qué hacer, los nervios iban a acabar conmigo. Mejor dicho, ese hombre iba a acabar conmigo. La tensión sexual aun me duraba y ya no sabía qué más hacer para relajarme. Y no, eso que todos estáis pensando no lo iba a hacer.

Me tomé un par de cafés y un té pero nada, mi pierna no paraba de moverse aunque intentara relajarme.

A ver, Davinia, piensa…

A mi hermana no la iba a llamar, para que me contara lo capullo que eran los hombres siempre había tiempo. Y si encima le añadía que quien me estaba poniendo las hormonas revolucionadas era mi propio jefe, tendría sermón para los próximos 20 años.

A mis antiguas compañeras de trabajo o amigas tampoco, no precisamente para contarles eso cuando hacía tiempo que no hablábamos.

Vale, seamos realistas, no tenía amigos en sí, me pasaba el día siempre trabajando y, confiar, solo confiaba en mi hermana, pero tampoco hasta ese extremo.

A mis nuevos compañeros de trabajo…

No, ¿cómo les iba a hablar de lo que me estaba pasando con nuestro jefe? A saber lo que iban a pensar de mí si, con el poco tiempo que llevaba allí, ya comía en casa del Señor Evans.

Me levanté y cogí una libreta.

Querido diario.”

Arranqué la hoja. Eso era de adolescentes.

Estimado Señor Diario.”

No sonaba muy normal pero tampoco lo era lo que estaba haciendo.

Mi jefe me pone un montón.”

Me reí a carcajadas, estaba perdiendo la cabeza.

Al final acabé dibujando la cara de él. Arranqué el folio, me acosté en la cama y lo puse en la almohada para poder verlo.

Ahora estaba claro, tenía un problema.










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