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Tras

un invierno,

un verano

en tu corazón.











































Título: Tras un invierno, un verano en tu corazón

© 2016 Norah Carter

Primera edición: septiembre 2016

Segunda edición: octubre 2017

© Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación u otros, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.













































Capítulo 1



Era una mañana diferente. Desperté sintiendo el frío de la estación invernal en la que nos habíamos adentrado. Me asomé tras el cristal, no sin antes deslizar mis dedos por ellos para quitar la humedad de tan imprevisto día de frío mientras miraba cómo las gotas de agua resbalaban por él. Pude observar cómo comenzaban a caer los primeros copos de nieve.

Sonreí al recordar la primera vez que vi la nieve. Nunca me cansaría de ella.

Llevaba ya varios días encendiendo la chimenea de mi casa, pero ese día me hacía especial ilusión hacerlo y abrir el gran ventanal para observar la belleza que causaba la nevada. Me senté en el pequeño sofá, sobre mis piernas cruzadas, junto al fuego, con mi taza de café en las manos. Era sábado y podía disfrutar de uno de mis días libres. Acababan de comenzar las vacaciones de Navidad, así que no me incorporaría de nuevo al trabajo hasta después del día de Reyes.

Di un sorbo al café sin apartar la mirada del exterior y suspiré. Esta estación del año me causaba especial ternura, siempre había sido así y era algo que nunca cambiaba. Me encantaba pasear en esas calles decoradas por la Navidad y disfrutar de todo lo que ello conllevaba: cantar villancicos con los vecinos, preparar las comidas de los días especiales, las reuniones familiares… aunque ya no eran igual desde que fallecieron mis padres, el alcohol…

Torcí el gesto, lo de beber era mejor olvidarlo, tenía una resaca monumental. El día anterior había estado de copas con mis amigos celebrando mi treinta cumpleaños.

Me daba la sensación de estar entrando en otra etapa de mi vida.

Era la primera vez que pasaba un invierno sola, apenas hacía cuatro meses que me había comprado mi casa y me había independizado, me arriesgué a hacerlo una vez que había conseguido mi plaza fija de profesora en un instituto de León. Era muy feliz por ello, además me había tocado un curso bastante tranquilo y unos compañeros inmejorables. No tenía que coger el coche para ir a trabajar, ya que mi casa estaba en una urbanización a dos calles del instituto; así que solía levantarme temprano, ducharme y desayunar por el camino en una cafetería que estaba justo enfrente de mi lugar de trabajo.

Miraba a la chimenea con una sensación muy especial, en el fondo era muy feliz con el tipo de vida que había comenzado a llevar. Por fin, después de muchos años de esfuerzo, estudiando para terminar mi carrera y llevar las oposiciones hacia delante, lo había conseguido.

Hasta me propuse no tener ningún tipo de relación seria que pudiese perjudicar a mis metas, solo tuve relaciones esporádicas. Alguna se complicó un poco, pero tenía las ideas claras. Mi carrera profesional era lo primero. Así que, cuando notaba que la relación podía írseme de las manos, cortaba rápidamente.

Terminé de beberme el café y dejé la taza en la pequeña mesita de madera donde solía comer cuando estaba sola. Que era casi siempre.

Me di una buena ducha y decidí salir a la calle a disfrutar de esa primera caída de nieve. Me abrigué bien y me puse un gorro de lana por encima de mi larga melena rubia.

Al salir a la calle puede sentir los primeros copos de nieve cayendo sobre mí, era una sensación estupenda y que me recordaba mucho a mi niñez. Empecé a pasear hasta llegar a un bar donde servían unos desayunos exquisitos, además, también era una panadería donde hacían el mejor pan de todo el lugar. Me gustaba ir a desayunar allí, lo hacía desde pequeña, pero antes siempre solía tomarme un café en mi casa.

Al entrar al local escuche una voz desde la barra que me llamaba.

—¡Dana! ―dijo un chico levantando la mano, saludándome.

Hasta que no me fijé bien no pude comprobar que era Lucas, un chico con el que estudié desde primaria hasta que acabamos el instituto y nos separamos cada uno para irnos a una carrera diferente.

—Hola, Lucas ―dije feliz al verlo mientras me dirigía hacia él para saludarlo con dos besos y un gran abrazo―. Me alegro mucho de verte.

—Yo también, Dana. Estás preciosa, parece que no han pasado los años por ti.

La verdad que siempre fue muy guapo, pero ahora había mejorado mucho. Estaba increíblemente atractivo y tenía algo muy especial que le hacía muy seductor.

—Lucas, eso son los ojos con los que tú me miras, a ti también te veo muy bien.

—Gracias. Imagino que habrás venido a desayunar. ¿Has quedado con alguien?

—Sí, viene a desayunar, es un lugar al que me encanta venir. Y no, no he quedado con nadie –le aclaré.

—¿Qué te parece si nos sentamos en esa mesa y desayunamos juntos? ―sonrió, de esa manera que solo él podía hacerlo, con esa sonrisa con la que desde siempre conseguía lo que quería.

—Pues una genial idea, tengo ganas de que me pongas al día de cómo te ha ido la vida, pero por tu aspecto intuyo que no te ha ido nada mal ―dije muy seria mientras lo miraba de arriba a abajo. “Vaya…”, pensé mientras me daba la vuelta y me dirigía a la mesa que había señalado.

—Bueno, hay muchas formas de ver cómo te trata la vida ―nos sentamos a la mesa, uno frente al otro―. En muchas de ellas se portó muy bien. En otras… no tanto ―dijo en voz bajita y guiñando el ojo.

—Así que mi niña no desayuna hoy sola.

Miré a la dulce voz que había hablado, me levanté y le di un abrazo.

—Hola, Pedro ―lo besé en la mejilla y me senté.

Lo adoraba. Pedro era el dueño de la cafetería y un consejero. Le tenía mucho cariño, siempre podía contar con él cuando necesitaba hablar con alguien.

—Hola, princesa. ¿Así que vas a desayunar con este? ―preguntó bromeando.

—Sí, hacía tiempo que no veía a Lucas. Creo que ya es hora de que nos pongamos al día.

—Me parece bien ―asintió con su calva cabeza y se colocó de nuevo las gafas que se le habían resbalado

—Yo estaré esperando para que después me cuentes todo a mí. No me ha dado tiempo a sonsacarle nada ―se quejó.

Los tres nos reímos.

—Seamos serios, tengo un negocio que atender, ¿tú lo de siempre? ―me preguntó.

—Mmm… No, hoy no tengo apenas hambre ―dije muy seria.

—Entiendo… El desayuno para los días con poca hambre. ¿Tú? ―miró a Lucas.

—Lo mismo que ella, tampoco tengo mucha hambre.

Pedro y yo nos reímos, si Lucas supiera…

—Vale ―Pedro se secó las lágrimas cuando acabó de reír―, ahora os lo traigo.

Y se fue, yo aún seguía riendo.

—¿Por qué reís? ―Lucas no entendía nada.

—Te casaste, ¿verdad? ―le pregunté para cambiar de tema—Creo recordar que un día me encontré a tu hermano Eric y me dijo que iba a comprarse la ropa para tu boda.

—Sí, me casé y me fui a vivir a Alemania, ya que mi mujer era de allí. Me ofrecieron un buen puesto de trabajo en un periódico que tenía la sede en Trier, un precioso pueblo que invitaba a quedarse y no lo dudé, me lie la manta a la cabeza y me fui a vivir allí.

—¿Y te ha ido bien?

—Bueno, no me puedo quejar. Ya no vuelvo a trabajar hasta que acabe el invierno, me vuelvo a incorporar en abril, vacaciones más dos meses que he pedido de excedencia, ya que mi mujer Julie se ha tenido que ir hasta entonces a trabajar a Kenia

—¿A Kenia? ―pregunté asombrada.

—Sí ―afirmó―. A hacer un documental que le ha propuesto un importante canal de televisión, así que le han pillado las navidades por medio y todo el invierno.

—¿No te has podido ir con ella? —pregunté al ver la tristeza en sus ojos.

—Qué va, sólo suele ir el equipo que tienen formado. Trabajan diecinueve horas al día, yo allí no haría más que estorbar ―dijo sonriendo noblemente.

—¿Entonces has venido aquí a pasar la Navidad con tu familia?

—He venido a estar lo que dure el invierno, cuando Julie regrese a casa el veinte de marzo, yo habré llegado para recibirla, hasta entonces me vine aquí. Me apetecía estar en el lugar donde crecí, estar rodeado de mi familia, de momentos como éste de reencuentros y no pasarlo muy duro donde no hay nada que me ate ni me motive a estar solo.

—Perfecto, hiciste bien ―lo entendía, estar en un lugar extraño, solo, debía ser duro—¿Cuándo llegaste?

—Anoche, estoy instalado en el piso que mis padres tenían hace años aquí, en el centro. Permanecía cerrado para cuando alguno de nosotros lo necesitáramos. No sé si recuerdas que ellos se compraron la casa a las afueras de la ciudad. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Pues cogí una plaza fija de profesora en el Instituto de aquí atrás, eso fue hace seis meses y dos después me compré mi casa, que está en la otra calle ―dije sonriendo.

—Qué bueno, cuánto me alegro.

—Dos desayunos para dos que no tienen mucha hambre –Pedro nos interrumpió y empezó a poner las cosas en la mesa.

—No cambias ―rio Lucas.

Me encogí de hombros y me reí con él.

—Que aproveche ―Pedro se marchó tras dejar los dos cafés, zumos de naranjas, tostadas y un croissant de chocolate para cada uno.

Llevaba toda la vida desayunando lo mismo. Tuviera hambre o no, el desayuno no cambiaba.

—¿Te casaste? ―me preguntó Lucas mientras echaba el azúcar a su café.

—Qué va, aún no tengo ni novio, estoy disfrutando de mis recién puesto de trabajo y mi vida de Independiente.

—Chica lista, que una vez casado hay muchas cosas que ya no puedes hacer, por ejemplo, independizarte ―dijo bromeando.

—Bueno, tú te vas a independizar tres meses, así que todo es posible en esta vida, incluso cuando te casas ―le eché la mantequilla y la mermelada a la tostada y le di un bocado.

―Tienes razón, pero eso no lo terminas de llegar a ver como una independencia, sino como una obligación impuesta por las circunstancias del destino.

—Veo que esta separación temporal te ha afectado, pero debes tomártelo como algo pasajero y disfrutar de estos meses donde no tendrás que trabajar y podrás dedicar todo el tiempo a lo que te apetezca hacer en ese momento. Hay miles de cosas que hacer en esta vida ―le di un sorbo al café, solo el de mi casa sabía mejor―, lo que nos falta es el tiempo y a ti ahora mismito te sobra, así que aprovéchalo.

—Tienes razón, debe ser que estoy sensible porque ha sido muy reciente la separación de Julie y mía. No sé, quizás cuando pasen unos días y me vaya acostumbrando esté mejor ―se encogió de hombros.

—Claro que sí, debes empezar a tomártelo todo con optimismo. Si en cualquier momento te sientes solo y tienes ganas de hablar o ir a tomar un café, puedes llamarme si quieres.

―Eso sería genial, tenemos que ponernos al día. Hace demasiado tiempo que no nos vemos.

—Apunta mi teléfono.

Cogió su móvil y lo hizo, me llamó y guardé su número en la agenda de mío.

—Gracias, Dana, seguro que te llamaré. Pasas con tu familia la noche de Navidad, ¿verdad?

—Qué va, Lucas. Mis padres murieron hace ya cuatro años y mi hermana se fue a vivir a Nueva York con su marido cuando le ofrecieron un buen puesto de trabajo como jefe en una empresa internacional. Me propusieron varias veces que fuese a pasar allí las fiestas, pero no me apetecía, preferí pasarlas aquí, como he venido haciendo toda mi vida ―suspiré, me daba tristeza hablar de ellos, había sido un duro golpe para mí su pérdida―. Así que me prepararé una buena cena frente a la chimenea y tendré en mi corazón a mi familia, aunque no estén presentes.

—No deberías de pasar un día tan señalado sola.

—Me apetece, estaré igual de triste en cualquier otro sitio que aquí, así que prefiero estar en mi casa y en este lugar. Estoy bien, no te preocupes.

—Está bien, si tú lo dices será porque es lo que a ti te apetece.

—Por eso mismo ―dije sonriendo a pesar de estar invadiéndome la pena que me daban esos días por la falta de mis padres.

Tras pasar un desayuno muy agradable a su lado, nos despedimos prometiéndonos volver a vernos antes de él irse, de todas formas, bromeamos porque seguramente día si o día no, nos encontraríamos en ese bar o en cualquier punto de una de estas calles.

Compré el pan y me fui hacia mi casa de forma diferente a la que había salido de ella, me puse a cocinar y no podía quitarme de la cabeza a Lucas, unos sentimientos muy raros empezaron a recorrerme, pensar en él me producía una bonita sonrisa, no me quería ni imaginar que me hubiese enamorado teniendo un flechazo, cuando en la época de instituto ni se me hubiera ocurrido fijarme en él.













Capítulo 2



Desperté esa mañana de Nochebuena y me entró una nostalgia que me impedía levantarme de la cama.

Volví a esa cafetería que había estado hacía dos días con Lucas, me senté en una mesa junto al cristal para ver cómo caían algunos copos de nieve. Me acordaba mucho de él, me apetecía que en esos momentos entrase por la puerta y se sentase conmigo a desayunar, pero bueno, eran unas extrañas ideas que aparecían por mi cabeza y que no eran buenas ideas ya que él estaba casado, tampoco era plan de que empezasen a embargarme unos sentimientos que luego fuesen difíciles de frenar. Quise quitarme rápidamente de la cabeza esa estúpida idea de estar pensando en él a cada momento.

Tras un rato dándome un buen atracón de tostadas con un gran café, compré el pan y salí directa hacia la calle para entrar al supermercado a comprar algo especial para esa cena, aunque estuviese sola prepararía algo fuera de lo diario.

Llegué a casa para empezar a cocinar y quitarme esa nostalgia tan grande que sentía ese día, echaba mucho de menos el no poder celebrar esas fiestas con mi familia, aunque debía de acostumbrarme a esa idea porque mis padres no volverían nunca más, de pensarlo empecé a llorar, la tristeza era muy grande.

Recibí una llamada de mi hermana para saber cómo estaba y sobre todo para decirme que me iba a echar mucho de menos, yo también a ella por supuesto, nos tiramos una hora hablando.

Preparé para la cena unos canapés de una salsa que había preparado y que lo acompañaría con unos tropezones de salmón, además de una sopa que era muy típica en esas fechas.

Al mediodía solo comí un sándwich ya que no tenía ganas de prepararme nada y por la noche me iba atiborrar.

Pasé toda la tarde con la chimenea puesta y viendo en la tele los programas especiales que estaban echando ese día.

Justo antes de cenar decidí ducharme, al salir del baño escuché cómo me entraba un mensaje en el móvil y supuse que era de alguien para felicitarme las fiestas.

No podía creérmelo, el mensaje era de Lucas, casi me temblaba el pulso a la hora de tenerlo que abrir.

“Hola, Dana, en media hora paso por tu casa para recogerte y no me respondas siquiera al mensaje. En cuanto compruebe que lo has leído, apagaré el móvil para no tener que leer ninguna excusa”.

No podía creerme lo que había leído y vi como dejaba de estar online, iba a venir a por mí y seguramente sería para llevarme a casa de sus padres a cenar. Si fuera otra persona no me hubiera hecho ni gracia, pero sabiendo que era Lucas, en el fondo me agradaba la idea de pasar unas horas junto a él.

Me vestí corriendo, elegante pero informal: un pantalón pitillo de color negro y una blusa de color camel sin mangas con un lazo dejado caer en la cintura.

Al rato sonó el timbre de la puerta, me dirigí hacia ella muy nerviosa y la abrí con una gran sonrisa.

—Buenas noches, Dana, estás preciosa ―dijo con una voz y un semblante muy seductor.

—Pasa, por favor.

—Veo que te has vestido y has aceptado mi proposición, de todas formas, no tenías otra elección.

—¿Dónde se supone que vamos?

—No sé, le he dicho mis padres que tenía un compromiso, así que buscaremos algún buen restaurante que sirvan unos menús especiales para este día.

—Yo ya tenía preparada la cena que compré esta mañana en el supermercado y estuve cocinando toda la tarde, si quieres nos podemos quedar aquí ya que tengo bastante cantidad y variedad de comida preparada.

—Pues me parece una idea genial, además creo que estaremos aquí más cómodos, esa chimenea invita a tomar un buen vino —guiño el ojo mientras me lo decía.

—Pues perfecto, el problema es que solo tengo una botella de vino y no sé ni siquiera si es buena.

—No te muevas, ahora vengo, voy corriendo que aún no ha cerrado La Vinoteca de la calle de atrás ―dijo mientras salía a toda velocidad por la puerta.

Yo estaba temblando de los nervios, venía extremadamente guapo, lástima que estaba cansado, sino estaba dispuesta a pasar la aventura de mi vida con él.

Aunque para ser sincera tampoco me importaría pasarla ahora, hice gesto de pena solo de pensarlo.

Me encantaba la idea de que hubiese dejado todos sus planes por venir a estar conmigo, estaba claro que lo hacía para que yo no pasase este día sola, pero si algo no te atraía de una persona o no lo hacías de corazón, no llegabas a cambiar ese día por estar al lado de alguien que no te interesaba, ese detalle me había hecho sentirme especial y muy feliz.

Diez minutos después volvía a llamar a la puerta, al abrir pude comprobar que venía cargado con dos bolsas ecológicas de cartón llenas de botellas de vino.

—Pero qué exagerado eres, Lucas, si bebemos todo esto, terminamos en el hospital con un coma etílico ―dije horrorizada al ver tantas botellas.

—Más vale que sobre, que falte, las que sobren en la cena, las guardas de reserva para otra ocasión no verte desaviada ―dijo guiñándome el ojo.

—Bueno, lo que sobre puedes venir otro día a cenar y la gastamos, aún te queda todo el invierno en este lugar.

—Pues sí, además tuve la suerte de reencontrarme contigo, así ahora todo este tiempo se hará más ameno y más soportable.

No sabía cómo interpretar eso, si era porque le hacía ilusión pasarlo a mi lado porque conmigo se le pasaría el tiempo más ameno, ya que lo estaba pasando muy mal por la separación de su mujer durante este tiempo.

—Me alegro de que lo veas así ―contesté mientras sacaba dos copas y le daba un descorchador de botellas para que la fuera abriendo.

Se sentó en la mesa de la cocina con las dos copas mientras yo preparaba la comida, ya que había que calentarla y ponerla bonitas en los platos, así que lo mandé a sentar para prepararlo yo todo, no quería que me ayudase.

—Sinceramente, me siento más a gusto aquí y relajado que si hubiese estado en la cena con mi familia ―dijo mientras me daba la copa para que le diese un trago.

—Bueno, no será para tanto Lucas ―dije mientras le daba un trago para posteriormente colocarlo en la mesa y seguir preparando la comida.

—Evidentemente me gusta cenar con mi familia, pero está claro que esta noche se vuelve un poco caótica, me apetece más este tipo de relax y con tu compañía que es inmejorable, siempre no se tiene esta oportunidad.

—Bueno, si nos bebemos todo el vino que te has traído seguramente esto puede ser un caos, menos mal que no tenemos que conducir y podemos quedar redondo en el sofá o dónde nos pille ―dije bromeando.

—Lo mismo hasta terminamos de fiesta por la ciudad de pub en pub ―dijo riendo y levantando la copa.

—Pues mira, no sería mala idea, sería recordar la juventud que ya con el paso del tiempo vamos perdiendo, recuerdo perfectamente cuando eran las navidades y cenaba con mis padres y luego me iba con mis amigos de fiesta.

—Claro, era la época que todos vivimos en una cierta edad, pero hoy la vamos a volver a revivir, tras la cena nos vamos de fiesta ―volvió a guiñarme el ojo.

—Me apunto, toda esta zona está llena de pubs y no nos veremos en la obligación de conducir. Me parece genial la idea.

Preparé la mesa en el salón frente a la chimenea, en la mesa pequeña para sentarnos en unos pufs, me dijo que le apetecía más ahí y que haría más íntimo el momento ya que éramos dos solos y en una mesa tan grande iba a parecer muy frío todo.

En la cena estuvimos charlando sobre su vida en Alemania y lo distinto que era a la vida aquí, aunque en el pueblo en el que él vivía era muy tranquilo, casi tanto como mi ciudad.

—¿Sigues aquí, Dana?

Lo miré cuando chasqueó los dedos delante de mí.

—Claro, ¿dónde iba a estar? ―carraspeé cuando volví a la realidad.

Me había quedado embobada mientras me contaba cosas de su vida en territorio germano. Me mordí el labio para aguantarme la risa, algo inútil. Empecé a reírme a carcajadas, todo de los nervios que tenía.

—¿Dije algo gracioso? ―preguntó mirándome con cara de asombro.

—Yo… esto… ―no podía hablar, si su cara era un poema por no entender lo que pasaba, no quería ni imaginarme cómo había sido la mía mientras lo miraba.

Ya te vale, Dana, compórtate, pensé mientras dejaba de reír y me levantaba del suelo después de aceptar su mano como ayuda.

—Pues la verdad es que no me enteré de nada de lo que me dijiste ―solté con esa cara dura que Dios me había dado.

—Te contaba sobre el accidente ―dijo muy serio de repente.

—¿Qué accidente? ―ahí se me cortó el cuerpo de repente. Yo riéndome y él hablándome sobre algo serio.

Joder, Dana, no tienes perdón, pensé mientras mi cara se descomponía.

Un destello de humor pasó por sus ojos.

—Serás capullo… ―le di un golpe en el hombro—No vuelvas a jugar con esos temas.

—Vale, lo siento ―levantó las manos en señal de rendición.

Lo miré malamente y resoplé. Yo podía reírme absolutamente de todo, incluso de mí misma. Pero había ciertos límites.

—Venga, no te enfades. Vámonos a quemar la ciudad ―me guiñó un ojo y agarró mi mano.

Me solté rápidamente.

—Espera que me cambie ―dije horrorizada y salí corriendo hacia la habitación.

Abrí el armario y empecé a buscar. Al final me decidí por un vestido rojo, por debajo de las rodillas, con cuello de cisne y bastante ajustado. Me puse frente al espejo, me retoqué el maquillaje y me arreglé un poco el pelo.

Me quedé mirando el resultado final y sonreí. Estaba vestida directamente para matar. Salí del cuarto y, antes de llegar al salón, tuve que darme media vuelta al ver que iba descalza.

Tras dudarlo, acabé cogiendo los tacones que me había regalado mi madre antes de fallecer. Unas lágrimas empezaron a asomarse por mis ojos, respiré hondo. No era momento para eso.

—Vaya, no sé qué decir ―dijo Lucas cuando me vio aparecer de nuevo.

Tenía los ojos abiertos de par en par y me miró de arriba abajo, dándome un repaso.

Yo sabía que ese vestido llamaba la atención, pero ver la aceptación en su mirada me subió el ego.

—No hace falta que digas nada ―cogí mi abrigo, mi bolso y abrí la puerta. Lucas me seguía muy de cerca.

Me ayudó a colocarme el abrigo antes de salir y nos fuimos caminando hacia la zona donde estaban todos esos pubs que pensábamos cerrar.

Comenzamos a beber y yo, que se me subió ligero a la cabeza, me puse a bailar en medio de la pista del pub. Varios chicos se acercaron a mí, intentando llamar mi atención.

Lucas llegó a mi lado rápidamente, haciendo que todos los demás se alejaran. Bailó un rato conmigo, cerca, pero sin llegar a tocarnos. Me sorprendió ver lo buen bailarín que era. El recuerdo que tenía de él era de un chico sin mucho arte en el baile.

—¿Cuándo aprendiste a bailar? ―chillé para hacerme escuchar por encima de la música.

—Es un secreto que nunca te contaré ―me gritó mientras me guiñaba un ojo.

—Eso lo veremos ―repliqué yo en plan chula, retándolo.

—Ya veremos si eres capaz de lograrlo, Dana ―dijo mirándome intensamente.

Un calor empezó a apoderarse de mí. La verdad que ese chico me gustaba y bastante. Pero tenía que recordar que estaba casado.

Estuvimos bailando y bebiendo varias horas. Cada vez estábamos más cerca y las miradas eran más íntimas. Varias veces tuve que apartarla por miedo a mostrar demasiado o a hacer algo de lo que me pudiese arrepentir.

Lucas fue todo un caballero, estuvo pendiente a mí toda la noche, en ningún momento me sentí sola ni me faltó de nada.

Sobre las seis de la mañana llegamos a mi casa.

—Gracias por esta noche ―Lucas rompió el silencio que se había adueñado de nosotros durante todo el camino de vuelta.

—No tienes que agradecerme, Lucas ―negué con la cabeza―. Los dos lo hemos pasado genial y es lo que importa.

—Sí, tienes razón ―metió sus manos en los bolsillos de los pantalones, como si estuviera nervioso y no supiera qué hacer con ellas―. Pero necesitaba divertirme, hacía bastante que no lo hacía. Menos en unas fechas como estas.

—Pues ya lo hiciste ―sonreí―. A mí también me hacía falta ―le confesé.

—Nunca cambies, Dana. Eres espectacular.

Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Se dio la media vuelta y se marchó, sin darme tiempo a contestarle.

Entré en casa y me quité los zapatos. Hice un gesto de dolor cuando mis pies tocaron el suelo.

Antes muerta que sencilla…

Tras prepararme para dormir, me tumbé en la cama. Había bebido demasiado y no podía pensar con claridad, pero todo había sido perfecto.

El único problema era que Lucas me estaba gustando más de la cuenta.















Capítulo 3



Miré el reloj y eran las dos de la tarde, tenía una resaca monumental y no tenía fuerzas para levantarme de la cama, miré el móvil y tenía un mensaje de Lucas de hacía media hora, una sonrisa iluminaba mi cara pese al resacón tan grande que tenía.

”Hola, preciosa, cómo deseo con todo mi corazón repetir una noche tan divertida como la que pasé anoche junto a ti, gracias por haberme dado un día tan especial como el que fue ayer, Feliz Navidad”.

Mi corazón dio un vuelco y comprobé que estaba en línea, así que me decidí a responderle.

“Feliz Navidad, Lucas, gracias por haber compartido conmigo este día, gracias a ti se me olvidaron las melancolías y las tristezas que había ha aparecido en mi durante el día. Cuando quieras repetimos”.

Me quedé mirando al móvil viendo que lo estaba leyendo ya que se habían puesto las dos líneas azules del Whatsapp, estaba rezando porque me volviese a contestar.

“Cuando estés triste solo me tienes que llamar, que antes que me hayas enviado el mensaje ya estoy tocando el timbre de tu puerta”.

En ese momento se me estaba cayendo toda la baba, me estaba haciendo ilusiones o es que él era tan correcto y dispuesto que quería que no me sintiese triste

“Gracias, Lucas, disfruta de la comida con tu familia, espero y deseo que tengas un precioso día”.

Vi como empezaba a escribir seguidamente.

“Espero que tú también tengas un bonito día, al menos tranquilo, recuerda que es un día muy especial y la Navidad sorprende a todo el mundo, espero que contigo también lo haga”.

Me dieron ganas de contestarle que ojalá Papá Noel me lo trajese de nuevo a mi lado, pero evidentemente no pude poner eso ya que tenía que guardarle un respeto por su situación sentimental, así que me entró la risa y me contuve de volverle a contestar.

Me fui a la cocina y lo último que se me ocurría era comer, así que me tomé un buen zumo de naranja y luego un gran vaso de café, evidentemente me tuve que tomar una pastilla para aliviar el dolor de cabeza que tenía debido a la resaca.

Pasé el mediodía fantaseando con él, se me ponía una cara de tonta que me daba cuenta de que mi corazón palpitaba más rápido de lo normal, me puse las manos en la cara solo de pensar que me podía estar enamorando de él, me dije mil veces que no podía ser así, que intenté pensar en otra cosa.

Mientras me tomaba otro café, empecé a llenar la bañera y echarle unas pastillas de sal relajante y unos líquidos para hacer un baño tipo spa, me encantaba llenar de productos la bañera.

Me metí en ella con un cigarro en la mano, tenía ganas de relajarme, de repente escuché la melodía del Whatsapp, agarré el teléfono, que lo había puesto al lado de la bañera. Era de Lucas, esta vez era una foto del tipo selfie con un mensaje abajo que ponía Feliz Navidad. Me hizo mucha gracia que me hubiese mandado esa foto, así que me tiré una en la bañera con el cigarro pero que no se me viese nada, por supuesto, se la envíe poniendo: “Aquí estoy de relax, Feliz Navidad”.

Me quedé un rato esperando a ver si me contestaba, pero no dijo ni por ahí te pudras, eso me entristeció mucho ya que le había enviado una foto graciosa y ahora me estaba quedando rayada por si a él le había parecido inapropiada. Me quedé un rato disfrutando del baño cogí y me salí, estaba enfadada conmigo misma porque había pensado que le había podido molestar ese tipo de foto, quería enviarle un mensaje pidiendo disculpas, pero ya ni eso me atreví a hacerlo, así que decidí pasar y que fuese lo que Dios quisiera, esperaba que en cualquier momento me pudiera escribir.

Pasé la tarde tirada en el sofá con mi pijama nuevo que me había comprado para ese día y era muy cuqui, me encantaban que fuesen como de algodón, como si fuesen unas mallas, en plan tipo chándal, me lo había comprado en Woman Secret y era de color rosa, allí estaba yo loca de contenta con mi pijama, pero con una tristeza bestial por no saber si de verdad había metido la pata con ese mensaje.

A las ocho de la tarde me sobresaltó el timbre de la puerta, miré por la mirilla y me quedé asombrada porque era él.

Abre, petarda, que sé que estás ahí, te he escuchado ―dijo bromeando.

Madre mía, no me daba tiempo ni a cambiarme y estaba yo ahí con ese pijama de niña chica que parecía una joven en la edad del pavo, me estaba entrando la risa de pensarlo, pero ya me daba igual, cogí y abrí la puerta.

Al verme en pijama empezó a negar con la cabeza y le entró la risa.

—Llego tarde, pensé que aún estabas en la bañera ―dijo bromeando.

—Pasa, anda, ni que fuera un pato para estar todo el día ahí metida ―dije riendo.

—He traído un poco de comida de la que ha preparado mi madre al mediodía, está deliciosa y la ha preparado con mucho amor para nosotros ya que le dije que iba a ir a cenar con una amiga del colegio. El saber que eras tú le hizo mucha gracia y me dijo que ella se encargaba de la cena ―dijo mientras ponía las bolsas en la mesa.

—Muy amable tu madre, siempre me ha caído bien.

—Por cierto, como ves me he colado por toda la cara, eso te pasa por mandar selfie indebidos que hacen que cualquier hombre salga corriendo hacia tu casa.

—Bueno, a cualquiera no se lo mandaría.

—Me encanta escuchar eso, Dana ―dijo mientras se venía hacia mí para darme un abrazo acompañado con un beso en la frente.

Ya me hubiera gustado a mí que me lo hubiese dado en los labios, pero se veía que lo hacía de forma amigable y cariñosa, tal como él era.

Hoy preparo la cena yo así que siéntate frente a la chimenea que me encargaré yo de todo ―dijo señalando hacia ella para que me quitase ya de en medio.

Le solté una sonrisa y me fui hacia allá, seguidamente vino el con dos copas de vino y las puso en la mesa, venía acompañado con unas patatas de aperitivo.

Puse un canal de música que era muy variado y sobre todo emitían canciones latinas, así escucharíamos los temas actuales además de que la música es una de las mejores compañías para poner mucha armonía en algunos momentos.

Preparó una mesa espectacular llena de mariscos, jamón y unos solomillos al Tío Pepe que había preparado su madre, que por cierto era uno de los mejores que había probado en mi vida, estaba toda la comida deliciosa, y más en su compañía que todo sabía mejor.

Estuvimos charlando todo el tiempo sobre las personas que habían estudiado con nosotros, recordando viejos momentos que habíamos pasado en nuestra época de estudiantes.

Cada vez se iba notando que él me miraba de forma diferente y que siempre tenía una sonrisa en su cara, eso me hacía dudar entre si era siempre así o yo era la causante de ella, la verdad es que soñaba que fuese lo segundo, sobre todo era lo que esperaba.

Empezó a mirar todas las películas que yo tenía en mi colección ya que era una obsesionada de ellas, me encantaba verlas, además que todos los géneros me gustaban.

Saco dos películas que me propuso ver ese día y le dije que me parecía perfecto, que se pusiese como de que si le apetecía se podía quedar a dormir. La verdad que lo había dicho en plan broma, pero a él le hizo mucha gracia y aceptó rápidamente la idea.

—Siempre que sea en camas separadas ―me miró con las cejas levantadas, como si yo fuera una obsesa sexual o estuviese loquita por sus huesos

La verdad es que era así, no voy a negarlo, pero me hizo mucha gracia cómo lo dijo, sonó como si fuera una doncella del siglo XVIII, casta y pura que esperaba llegar con su virtud intacta al matrimonio.

—No se preocupe, Milord ―le respondí también muy seria—Su virtud está a salvo conmigo.

Lucas empezó a reír y a negar con la cabeza.

—Tienes salida para todo ―me puso el brazo alrededor del hombro y nos acercó hasta el sofá―. Venga, señorita, veamos si eres capaz de aguantar viendo una película sin dormirte y sin hablar y contarme lo que va a ocurrir.

—¿Con qué tipo de mujeres has estado tú? ―reí cuando dijo eso.

—Seguro que con ninguna como tú ―se sentó a mi lado y yo me callé inmediatamente. Esa respuesta me había dejado en shock.

No sabía qué quiso decir con eso, o si era una buena señal o no. Pero algo dentro de mí me decía que sí, que quizás yo sí era especial para él. Y aunque sabía que estaba casado, rezaba para que fuese algo más que una amiga.

Media hora después yo ya estaba desesperada en el sofá, no sabía qué postura coger para no quedarme dormida. Menudo bodrio de película había elegido. Y mira que tenía donde elegir, pues no, el señor había elegido una del oeste que regalaban con el periódico. Eso no había ser humano que se lo comiera.

Lucas carraspeó, como diciendo que iba a ganar él.

—Tengo hambre ―salté del sofá y corrí a la cocina.

Lo primero que hice fue abrir el frigorífico, abrir una lata de Red Bull y beber un largo sorbo. La gente decía que eso los mantenía despiertos y yo había comprado algunos para probarlos las noches en las que me quedaba corrigiendo exámenes. Solo que no me había hecho falta usarlos.

—¿Rebuscando entre las sobras de Nochebuena?

No lo había escuchado acercarse, ni siquiera entrar en la cocina. Me di la vuelta rápidamente por el susto, pegando un salto, llenando su camisa de Red Bull antes de que la lata cayera al suelo y se derramara.

—Oh, mierda ―gemí al ver el destrozo que había hecho y con la mano en el corazón.

—Ya veo que comida no era ―se rio Lucas al ver la lata en el suelo―. La que has liado por no dormirte ―empezó a descojonarse y yo, sin poder evitarlo, también.

Estuvimos los dos riendo sin parar durante varios minutos.

—Anda, quítate la camisa mientras limpio todo este desastre ―dije cuando dejé de reír.

—¿Tienes ropa de hombre para dejarme? ―su tono sonó entre sorprendido y enfadado.

—Hay cosas que son mejor no saber ―le contesté yo—Espera aquí.

Salí de la cocina y me acerqué a coger una blusa que tenía en uno de los cajones de mi cómoda. Era de hombre y me la compré porque me gustó el dibujo que tenía. Me la ponía muchas veces para andar por casa. Pero como él había malpensado rápidamente, no iba a ser yo quien le dijera la verdad.

Al entrar en la cocina ya estaba con desnudo de cintura para arriba y limpiando con la fregona el desastre.

Me quedé como tonta mirando ese torso.

Ay, señor, cómo estaba ese hombre. Como para no dejar idiota a cualquiera… Se notaba las horas que pasaba en el gimnasio, eso seguro.

—Toma ―le dije cuando levantó la mirada y me vio mirándolo. Me acerqué a él y le di la camisa.

Una sonrisa curvó sus labios.

—Vaya, pues quien sea tiene buen gusto ―dijo cuando se la puso.

La verdad que le quedaba que ni pintada, parecía que estaba hecha para él. O eso o a ese hombre le sentaba bien todo.

Creo que sí, sería más bien lo segundo.

Terminamos de limpiar, preparé unas palomitas y volvimos a sentarnos en el sofá.

—Puedes dormirte si quieres ―bromeó de nuevo.

—Y cualquiera lo haría con esta película ―dije borde.

—Eso aperaba ―se rio él.

Le di un manotazo en el hombro al entender que lo había hecho a posta. Dejamos la película puesta y empezamos a hablar de cómo teníamos pensado pasar los siguientes días. Celebrar el Año Nuevo siempre era una fecha especial y a este paso me estaba viendo sola de nuevo. Volví a sentirme triste.

De repente, me propuso que al día siguiente me fuese con él a pasar unos días en unas cabañas que había en un pueblecito a las afueras de la ciudad, yo me quedé impactada por esa proposición, pero acepté inmediatamente, me dijo que volveríamos el día dos y pasaríamos allí el fin de año.

Vaya planazo me había acabado de proponer Lucas, aunque sin esos momentos me proponía irme debajo de un puente, también hubiese aceptado con tal de estar a su lado.

Decidimos que, por la mañana, después de desayunar saldríamos de mi casa, iríamos a la suya preparar su maleta y de allí nos iríamos hasta la sierra.

Con todos los detalles ya preparados, me levanté y elegí una película: Gladiator. Lucas suspiró y me dio a entender que no le hacía mucha gracia. Pero a mí me daba igual, era una de mis películas favoritas y la había visto miles de veces, pero nunca me aburría. La puse en el reproductor y me senté de nuevo en el sofá.

Lucas, rato después, me pasó el brazo por los hombros y me hizo acomodarme en su pecho. Fue un gesto muy bonito y que me llegó al alma. Estaba bastante cansada, pero prefería quedarme ahí, con él. Además, que estaba muy nerviosa de pensar la semana que me esperaba a su lado, por nada del mundo cambiaría ese planazo.

Los ojos se me cerraban, así que como estaba a gusto, decidí dejarme llevar por el sueño.













Capítulo 4



Nos levantamos a las diez de la mañana después de haber dormido en el sofá los dos, se levantó con una preciosa sonrisa en los labios dándome los buenos días y acercándose a mí para darme un abrazo y un beso en la frente.

Nos pusimos a preparar el desayuno, estábamos muy contentos de irnos a perdernos a una cabaña unos días, me parecía un gesto muy generoso y precioso por su parte pasar el resto de las fiestas a mi lado y sobre todo el fin de año, si me lo hubiesen dicho meses atrás, me hubiese ahorrado muchísimo tiempo de pena de pensar que iba a pasar las peores navidades de mi vida, sin embargo, se estaban convirtiendo en toda una sorpresa.

Tras el desayuno me duché y preparé mi maleta de viaje, él se quedó en la cocina recogiendo todo mientras yo dejaba mi equipaje listo para podernos ir.

Fuimos hacia su casa en su coche y me quedé en la ventana de la cocina fumándome un cigarro mientras él se duchaba y preparaba su maleta.

A la una de la tarde estábamos saliendo directos para la sierra, nos llevaría llegar apenas una hora y poco.

A mitad del camino paramos a comer en una venta que había a pie de carretera, Lucas estaba muy bromista y no paraba de echarme miradas que, por mi intuición de mujer, me hacían descifrar que estaba jugando a seducirme, yo le seguía el juego de las miradas, apenas nos hacía falta hablar para entendernos y nos daba muchos ataques de risa a causa de ello.

Aunque era cierto que había muchos momentos en el que él nombraba a su mujer, recordándola, era como que me daba una de cal y otra de arena, pero yo estaba feliz disfrutando de esos momentos junto a él ya que se había convertido en una persona muy importante para mí en apenas pocos días.

Llegamos por fin al lugar y nos alojamos en las cabañas rurales que había en un entorno fascinante, al llegar nos dieron las llaves y comprobamos que solo había una cama de matrimonio, además del salón la cocina y un porche precioso para pasar largos ratos en él.

Tras llegar colocamos las maletas y nos fuimos directos a buscar un supermercado para comprar todo lo necesario para pasar una semana encerrados en ese entorno inmejorable como era el alojamiento que habíamos escogido, indudablemente saldríamos algunos días a comer o cenar por ahí, incluso a hacer alguna excursión, pero en principio nuestra base iba a ser la cabaña.

Llegamos al supermercado más grande que encontramos por aquella zona, que sería como una tienda de mi barrio, pero llena de todos los productos necesarios para hacer una buena compra, cogimos una cesta cada uno de estas tipo carro y empezamos a echar todo lo que se los iba apeteciendo, incluso compramos bastante carne para hacer alguna que otra barbacoa.

A mí se me caía la baba ir con Lucas comprando lo necesario como si fuéramos un matrimonio, él me echaba unas miradas que me ponían a mil por hora, pero no podía reaccionar ni comérmelo a besos y hacer nada de lo que se me apeteciese.

Vaya suerte la mía encontrar ahora a alguien que le diese un vuelco a mi corazón y encima estuviese felizmente casado, me maldije mil veces.

Una vez que llegamos a la cabaña empezó a colocar velas aromáticas por todo el salón, me dijo que por la noche le daría un punto muy chulo a ese alojamiento de madera.

Tras la cena nos salimos un rato al porche a tomar un Gin Tonic.

—Jamás imaginé que el invierno se fuese a convertir en tan bonito en tan poco tiempo ―dijo ante mi asombro.

—Me alegro de poder contribuir en la medida de lo posible para que eso sea así, para mí también están siendo unas fiestas muchísimo mejor de lo que jamás hubiese esperado para este año.

—Vámonos a aquel balancín ―dijo señalando un gigante columpio lleno de cojines que había frente a nuestra cabaña.

Llegamos a él y pusimos las copas en una especie de mesa bidón que había en un lado del balancín donde se había sentado él, me dijo que pusiese la cabeza en sus piernas y me tirase mirando las estrellas, así que fui yo a echarme boca arriba en sus piernas mientras él me hacía un masaje en la cabeza y empezaba a contarme un montón de anécdotas que había vivido en muchos viajes que había hecho a lugares salvajes, metido en medio de la naturaleza.

Se me ponía todos los vellos de punta solamente con el roce de sus dedos, me estaba causando una tensión sexual que subía por momentos, lo peor de todo es que tenía que disimular y hacer como si nada ocurriese. Cada vez que me acordaba de su mujer, la maldecía mil veces, tenía la puñetera suerte de tener al hombre que yo deseaba.

—¿Me vas a echar de menos cuando yo vuelvo a Alemania? ―dijo sonriendo.

—¿Quién te ha dicho a ti que te voy a dejar marchar? ―dije bromeando.

—Si no estuviese casado y solamente estuviese en Alemania por trabajo, te garantizo que no volvería para allá, que me quedaría aquí contigo.

Esa frase me había dejado caos, era evidente que estaba muy feliz con su mujer y que por nada del mundo dejaría esa vida por mí, pero me conformaba con saber que podía pasar un invierno en su corazón, aunque realmente me dolía en el alma no poder disfrutar de él de la forma que hubiese pasado si no estuviese casado.

—Me encantaría que te quedases aquí, a mi lado, aunque entiendo que eso jamás podrá ser, pero me alegra mucho poder pasar este invierno contigo o al menos el tiempo de él que me permitas estar a tu lado.

—Tranquila, iré a acosarte al trabajo hasta la hora del descanso, te regalo este invierno hasta que tú te hartes de mí.

—No creo que me harté de ti, me aprovecharé de la forma tan bonita y galante que tienes de tratarme ―dije guiñándole el ojo mientras él seguía acariciando mi cabello.

—Desde que conocí a Julie jamás sentí la necesidad y comodidad de estar con una mujer como estoy ahora contigo, evidentemente me acuerdo de ella mucho y la echo mucho de menos, pero tú haces que todo sea más especial y llevadero y me siento muy cómodo a tu lado.

Sus palabras a veces las veía favorable y otras como dos puñales que se clavaban en mi corazón y me dejaban bien claro que ella iba a estar siempre ahí, la verdad que era su mujer y yo no tenía derecho a reprochar ni enfadarme por ello, pero me daba mucha rabia no poder disfrutar de una relación que hubiese sucedido en otras circunstancias.

Estuvimos en el balancín cerca de dos horas hasta que cogimos y nos metimos en la cabaña a ver una película, era una comedia romántica donde paradójicamente una chica se enamorada de un hombre casado, nos reímos mucho porque hizo lo impensable para conseguir el amor de ese hombre.

—A ti ni se te ocurra hacer esas cosas ―dijo bromeando.

—Qué va, yo las hago peores ―dije chuleándole

—Bueno, pues por ahora estoy viendo que te estás portando muy bien, espero no tener que tener el teléfono a mano para llamar a emergencia a la policía.

—Pues me puedes llamar a todas las fuerzas de seguridad de España, que vengan en manada que yo saldré liderándoles.

—Ya será menos.

―No me pongas a prueba, Lucas, no me pongas ―dije riendo.

—Tienes todo un invierno.

—Me estás diciendo que quieres aprovecharte de mí durante el invierno y luego dejarme aquí tirada, ¿verdad? ―seguí bromeando.

—Si me quisiese aprovechar de ti, ya lo hubiese hecho desde un principio, ¿no crees?

—Lo sé Lucas, lo sé, estamos bromeando, yo también respeto el hecho de que estés casado y que seas feliz puesto que es evidente que lo eres, pero no me importará estar en este estado, todo el invierno en tu corazón.

En esos momentos me agarró para que me levantase y me dio un fuerte abrazo diciendo que nos fuéramos a la cama, ya había acabado la película.

Una vez en la cama me echó sobre su pecho y siguió acariciando mi cabello y así me quedé dormida, fantaseando que sucedería algo más que esas simples caricias.

Por la mañana despertamos abrazados, me di cuenta de que había estado vagueando encima de él. ¡Qué horror, por dios! ¡Qué poco glamour!

Fuimos a preparar un gran desayuno y en ese momento le sonó el teléfono a Lucas, al estar en la mesa pude comprobar que ponía la palabra amor, así que se suponía que era indudablemente su mujer, él me guiñó el ojo y me pidió permiso para salir a hablar, por supuesto le dije que adelante.

Por los cristales de la cocina podía verlo a él hablar sentado en el balancín, se le veía con una preciosa sonrisa, ella rara vez podía llamarlo así que a él le hacía mucha ilusión cuando conseguía que sonase su teléfono y fuese ella.

Esperé para servir el café hasta que él terminase de hablar pues no sabía cuánto tiempo iba a durar, aunque las tostadas ya estaban calientes y las dejé encima puestas, sobre la tostadora apagada.

Tras una larga espera, por fin entró por las puertas con una sonrisa de oreja a oreja y diciendo que estaba muerto de hambre y que iba a empezar por el pan, que ya luego vería por donde terminaría, cosa que a mí me hizo mucha gracia y me entró un ataque de risa de los nervios.

Nos fuimos a pasar el día a una especie de embalse con todo tipo de canoas y motos acuáticas, aunque hacía mucho frío, el tiempo estaba bien para poder disfrutar de ese tipo de deporte, alquilamos dos trajes de neopreno y cogimos una moto acuática para hacer todo el recorrido de aquel lugar.

Pasamos un día estupendo, incluso paseamos por algunos pueblos que había por allí alrededor y estuvimos tapeando y tomando cervezas, cuando íbamos caminando, él me llevaba siempre agarrada de la mano o por el hombro, estaba en continua actitud cariñosa conmigo, yo ya no sabía cómo pedirle a todo el universo para que consintiera en ayudarme a que Lucas me entregase al menos un solo beso. Evidentemente yo no invitaría a eso, pero si él lo hiciera me iba a dejar llevar como alma que llevaba el diablo.

Esta noche vimos otra película y volvimos a dormir abrazados sin que volviese a suceder nada; besos, abrazos y caricias, era un continuo derroche por su parte, yo notaba que él sentía deseos por mí, pero su relación ponía una barrera infranqueable entre nosotros.

Pasamos esos primeros días estupendamente, ya era día 30, al día siguiente terminaría el año y lo empezaría también con él.

Nos fuimos a comprar todo lo necesario para que al día siguiente no tuviéramos que ir con las prisas y además que estaría todo muy colapsado de personas comprando las últimas cosas de comida a la bulla.

Llegamos a la cabaña repletos de bolsas. Habíamos comprado de todo, incluso detalles para adornarla la noche de fin de año. Lucas se preocupaba por cualquier mínimo detalle. Mientras comprábamos y llenábamos la cesta y yo le decía que para qué tanta parafernalia, él se limitaba a decir que estas tenían que ser unas navidades para recordar toda la vida y que no iba a faltarnos de nada. Yo sonreía, la verdad que era muy detallista y eso era lo que más me gustaba de él, así que lo dejé comprar lo que quiso para que sintiera que todo era especial.

Claro que para mí ya lo era, no necesitaba lo material para sentirme más feliz. Estaba con él en una cabaña, solos, disfrutando de unas preciosas navidades cuando había pensado que serían de lo más tristes.

Coloqué todo en el frigorífico y el mueble que hacía de despensa mientras Lucas decoraba la cabaña a su gusto. Una gran sonrisa apareció en mi cara cuando vi el resultado final, todo era perfecto.

—Estás preciosa cuando sonríes ―lo miré, su tono seductor me puso la piel de gallina.

—Gracias ―un calor empezó a extenderse por mi cuerpo.

¿Qué me estaba haciendo ese hombre?, pensé. Me tenía completamente encandilada.

—¿Qué vamos a hacer hoy? ―pregunté cuando vi que se mantenía callado, solo mirándome.

Me gustaba que lo hiciera, pero estábamos jugando con fuego y podríamos quemarnos. Y aunque era lo que yo más deseaba, sabía que sufriría cuando se marchara. En ese momento, tal como se habían dado las cosas, ya iba a sufrir… Así que decidí aprovechar cada momento que pudiera pasar con él, sin pensar en nada, solo en nosotros.

—¿Qué te apetece hacer a ti? ―me preguntó.

Me crucé de brazos y me apoyé en la pared.

—Hemos venido aquí a relajarnos y disfrutar. Lo único que me apetece es estar contigo, tranquila, nada más –me encogí de hombros, para qué mentirle―. ¿Qué te parece si hacemos una barbacoa?

—Estupendo, tenemos demasiada carne para cocinar. Ve sazonándola mientras yo busco el chisme ese y lo enciendo ―dijo refiriéndose a la barbacoa.

Una hora más tarde teníamos la carne sobre la mesa que colocamos afuera de la cabaña.

—No pienso comerme eso ―reí al ver la carne.

—Solo se hizo demasiado ―rio él―. Anda, que está muy buena ―cogió una costilla y le dio un mordisco. Su cara fue para verla, pero se la tragó, cabezota era un rato.

Yo me quedé mirándolo alucinada, me estaba dando hasta fatiga verlo morder la carne chamuscada.

—¿No decías que eras un experto en barbacoas? ―pregunté mientras me servía un poco de ensaladilla casera que habíamos comprado.

—Y lo soy ―dijo muy digno―, lo único que ese cacharro me tiene manía.

Empecé a reírme al recordar cómo se había “peleado” con él para intentar encenderlo.

—Mmmm… ―le di la razón como a los locos—¿Un poco de ensaladilla?

Me miró como si hubiera visto al demonio en persona, todo por darle otra opción a comerse la carne quemada. Meditó unos segundos y acabó acercándome el plato.

—La próxima barbacoa será mejor ―me aseguró.

Me puse triste inmediatamente sin poder evitarlo. No habría muchas más, al menos no para nosotros dos juntos. Nuestros días allí estaban llegando a su fin y, cuando el invierno acabara, él volvería con su mujer. Lejos de mí.

—Dana, mírame ―me dijo hablando bajito.

Levanté la cabeza y lo miré a los ojos.

—No quiero verte triste, vamos a disfrutar de estas fiestas que serán inolvidables, ¿vale?

Vi el dolor en su mirada también, sabía exactamente qué estaba pensando.

Asentí con la cabeza y sonreí.

No tenía que darme explicaciones, nosotros no éramos más que dos buenos amigos y él no tenía la culpa de lo que yo estaba sintiendo por él. Así que iba a disfrutar junto a él todo el tiempo que pudiese, al menos me quedaría ese recuerdo.

Sí era cierto que muchas veces notaba entre nosotros un vínculo muy fuerte, incluso bromeábamos. Y que él había dicho y hecho cosas que me llevaron a pensar que quizás estuviera enamorado de mí.

Pero no había ocurrido nada, él seguía casado y yo seguía siendo una vieja conocida con la que se había reencontrado, se divertía y le hacía el tiempo más ameno. Y con la que le gustaba pasar esas fechas tan especiales.

Decidí bloquear en mi mente cualquier pensamiento negativo. Tenía que disfrutar de los días que me quedaban con él.

Después del almuerzo, dimos un paseo por los alrededores. El lugar era precioso y yo no dejé en ningún momento de tomar fotos. Incluso nos hicimos algunos selfies juntos.

Una de las veces, me tumbé en la hierba a tomar el sol, cerré los ojos para disfrutar de tan buena sensación. Cuando el silencio se hizo largo, abrí los ojos lentamente y lo vi. Estaba sentado, a mi lado y mirándome directamente a la cara.

Esa mirada me hizo estremecer, ahí pude sentir que yo también estaba llegando a ser algo más para él.

Me levanté corriendo y eché a correr, dispuesta a romper esa situación que se había abierto entre los dos, eso de estar mirándonos a los ojos, con las miradas tan desnudas… Decía demasiado y, aunque estaba deseando que ocurriese algo con él, me asusté.

Lucas me siguió rápidamente y me dio alcance. Me cogió por la cintura y me levantó en el aire mientras decía: te pillé.

Los dos caímos al suelo mientras reíamos.

Nos costó recuperar el aliento, pero cuando lo hicimos, nos levantamos y volvimos a la cabaña.

Tomamos una larga ducha cada uno y, tras preparar una cena ligera, nos sentamos en el sofá. En la misma posición que las otras veces, mi cabeza apoyada en sus piernas.

Ambos decidimos leer esa noche, así que mientras cada uno estaba enfrascado en el libro que llevaba, nos hacíamos compañía.

Era una situación fuera de lo normal, a veces me daba la sensación de que parecíamos un matrimonio.

Teníamos las mejores conversaciones del mundo, podíamos hablar y bromear sobre cualquier tema y, a la vez, podíamos disfrutar de los enormes silencios, sin hablar, simplemente haciéndonos compañía mientras realizábamos las actividades que nos gustaran.

Y eso me caló demasiado hondo, me empecé a dar cuenta de que ese hombre estaba siendo demasiado importante para mí y de que, cuando el invierno se acabara, iba a sufrir por su marcha.

Cuando el sueño nos venció, nos fuimos a la cama. Apoyé mi cabeza en su pecho mientras él me rodeaba con su brazo y me dispuse a dormir.













Capítulo 5



Amanecí sobresaltada por un estruendo que se había escuchado fuera, era el ruido como del estallido de una bomba. Lucas se levantó rápidamente y me dijo que no me moviese de la cama, salió hacia afuera para comprobar que era lo que había pasado. Volvió muerto de risa diciendo que se había liado la de Dios, ya que traían en un gran camión otra cabaña para poner en el recinto y esta se había soltado y caído, por lo visto algo de lo que llevaba atado se había soltado, así que se había acabado de liar una tremenda y estaban allí todos los trabajadores intentando recoger la madera lo más rápido posible.


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