include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for Quiero estar contigo by , available in its entirety at Smashwords






















QUIERO ESTAR CONTIGO

Norah Carter














Título: Quiero estar contigo

© 2016 Norah Carter

Todos los derechos reservados

1ªEdición: Noviembre, 2016.


Es una obra de ficción, los nombres, personajes, y sucesos descritos son productos de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, sin el permiso del autor













Capítulo 1


Cansada. Estaba muy cansada. Mi vida empezaba a ir a la deriva sin ningún rumbo. ¿Cómo me podía pasar todo esto a mí? ¿Por qué había llegado a este punto? Veía que no era capaz de pensar en frío.

Había perdido mi actual puesto de trabajo en una inmobiliaria debido a la crisis que estaba sufriendo el país y sobre todo en ese sector. Todo el mundo se quejaba de la corrupción, todo el mundo se lamentaba de los índices de paro y yo no me daba cuenta de que, en cualquier momento, yo podía ser otra víctima.

Y así fue. Y, para colmo de males, mi pareja de años me había sido infiel con su compañera de trabajo y se había marchado de mi piso para emprender una vida con ella. ¿Qué más me podía pasar? Sentía que era una auténtica desgraciada.

La mala suerte se había cebado conmigo. No podía creerme nada de lo que me estaba pasando.

No era capaz de levantarme de la cama ese día. Solo quería llorar y que la tierra me tragase. Miré el móvil y tenía un WhatsApp de mi hermana Katy.


El sábado te recuerdo que es mi cumpleaños, nos vemos en mi casa. He preparado una gran fiesta y espero que estés mejor.”


¡Para fiestas estaba yo! Pero evidentemente no podía fallarle. Siempre estaba ahí para lo bueno y para lo malo. Ella y mi otro hermano, Sebas, eran lo más importante de mi vida junto a mi padre.

Mi madre murió cuando yo apenas tenía cinco años. De esto hacía ya 25 años, mi padre luchó contra viento y marea para sacarnos adelante sin dejarnos a disposición de nadie.

No es fácil vivir sin madre, sentir esa ausencia según pasan los años y compruebas que tus amigas tienen el afecto y la ayuda de esa madre que yo no tenía, esa madre con la que poder contar cuando te encuentras con graves problemas que resolver, esa madre a la que confesar un problema sentimental, por ejemplo.

Mi padre había hecho todo lo que podía hacer. No podía esperar más de aquel hombre quien había emprendido una lucha particular contra la soledad, pues mi madre para él era lo más importante de su vida, incluso más que sus hijos. Mi padre no tuvo tiempo para caer en una depresión. Estábamos todos nosotros y debía sacarnos adelante con su trabajo y así hizo.

Me levanté de la cama y decidí aprovechar el día para ir a despejarme y comprarle el regalo de cumpleaños a mi hermana. Katy era la mayor de los tres hermanos y cumplía 35, luego le seguía mi hermano Sebas, que tenía 32, y luego estaba yo que había acabado de cumplir 30.

Mientras me tomaba un café, recibí otro mensaje de mi hermana.


Espero que no estés en la cama llorando las penas por ese estúpido. Disfruta del tiempo que te queda de desempleo mientras encuentras un trabajo. Ánimo, te queremos.”


Agradecía siempre ese tipo de mensajes porque demostraba, por ejemplo, que mi hermana estaba preocupada y que quería lo mejor para mí. Ella había sido esa madre que yo nunca tuve y, sobre sus hombros, siempre tuvo una responsabilidad demasiado grande para su edad.

Una hija, por muy madura y responsable que sea, no puede asumir el rol de madre. Y ella, como mi padre, lo había hecho como mejor pudo. Aquel mensaje que me había enviado, mientras desayunaba, confirmaba una cosa buena: después de haber trabajado más de diez años en esa oficina, ahora podía contar con dos años de paro para subsistir mientras encontraba otro trabajo. Pero no podía conformarme con el paro.

No era una mujer conformista. Había aprendido de mi padre a ser una mujer luchadora. Aún recuerdo alguna de nuestras conversaciones en mi cuarto cuando venía a taparme por las noches y a preguntarme cómo había ido el día en el instituto.


―No sabes lo orgulloso que estoy de ti ― me decía con un tono amable y tierno.


―Papá, yo sí que estoy orgullosa de ti. Haces mucho por todos nosotros. No sé cómo puedes con todo.



―Puedo con todo porque me importáis, me importáis mucho.



―Lo sé. Pero, ¿de dónde sacas las fuerzas?



―Os miro cómo crecéis. Os veo reír. Os veo felices y eso me empuja a seguir adelante ― decía con lágrimas en los ojos.



―Eres un padre fantástico, el mejor padre que podía tener ― decía yo abrazándolo con fuerza.



―No soy un gran padre. Cualquiera haría lo mismo que yo en mi lugar ― decía con humildad.



―No es cierto. Hay pocos padres como tú. Algunas amigas me cuentan que sus padres se han divorciado y lo dicen con mucha tristeza.



―Es inevitable. A veces eso es inevitable, Nora.



―Tú nunca te habrías divorciado de mamá, ¿verdad?



―No. Nunca. Tenlo por seguro. Lo que sé es que el coraje y el amor deben ir de la mano. Lo aprendí de tu abuelo ― aquellas palabras sabias me llenaban de alegría y las repetía con mucha frecuencia.



Me quería poner las pilas rápidamente ya que el hecho de estar parada me hacía era sentir peor y yo necesitaba sentirme realizada y sobre todo ocupar el mayor tiempo posible con alguna responsabilidad. De otra manera, iba a empezar a volverme loca.

Terminé el café y me fui directa a la calle. Necesitaba perderme por Cádiz. La excusa perfecta ya la había encontrado y no era otra que buscar el regalo para mi hermana.

Entré a una tienda que le gustaba mucho a Katy y salí de allí comprándole un pijama muy cuqui y unas zapatillas a juego. Le gustarían mucho. A ella le encantaba que le regalaran ropa y toda clase de complementos. Luego me fui a la Plaza de Mina y me senté a tomar un café. Hacía una mañana preciosa. El sol, con su luz amarilla, dominaba todo y la temperatura en el ambiente era agradable.

Respiré hondo y quise no pensar en nada, dejar la mente en blanco. Pero fue imposible porque, unos minutos después de sentarme, escuché una voz que decía:


―Hola, Nora, ¡qué de tiempo!


Levanté la mirada ya que esa voz me era familiar.


―¡Hola, Víctor! ― dije mientras me levantaba para darle un abrazo.


―¿Cómo estás, aparte de guapísima? ― sonrió mirándome de arriba abajo.


―Siéntate, te invito a un café ― dije yo con entusiasmo, pues tenía ganas de hablar con él


―Claro, qué alegría me ha dado volverte a ver después de tantos años ―dijo.


―Y a mí. En más de una ocasión me he acordado de ti viendo fotos del instituto


―¡Qué tiempos! ¿Qué es de tu vida, Nora? ― preguntó con una preciosa sonrisa.


―Un desastre… me acaba de dejar colgada mi pareja por otra chica y ahora encima me he quedado sin empleo ― respondí con tristeza.


―Vaya… lo siento, seguro que encuentras las dos cosas rápidamente, vales millones. No sé cómo te ha podido hacer alguien algo así. No lo entiendo.


―Bueno, prefiero encontrar antes trabajo que pareja, de los hombres ya ni me fío. He salido más que escarmentada. Qué idiota he sido. Te lo digo sinceramente ― dije yo con seriedad.


―Haces bien. El mundo está al revés. Te repito. No sé cómo alguien te ha podido hacer algo así. No sé en qué piensan algunos tíos, la verdad ― dijo sin dejar de borrar su sonrisa de la cara.


―Bueno… ¿Y tú? ¿Qué tal?


―Yo soy militar. Me casé hace seis años. Por ahora nos va muy bien y el tema de hijos como que no entra en nuestros planes. Llevo una vida muy sencilla y tranquila. Vivo en San Fernando. Vine a Cádiz a recoger de esa librería un libro que tenía encargado. Es el cumpleaños de mi sobrino y yo había encargado un tomo de superhéroes, una edición especial de Marvel.


―Yo también he salido para comprar un regalo a mi hermana, ya que el sábado también cumple años.


―¿Y hoy no trabajas?


―¡Qué va! , me operaron hace dos meses de un ligamento y aún estoy de baja, liado con la rehabilitación ― contestó haciendo una mueca de dolor.


―Vaya…


―No pasa nada. Por fin, he dejado de lado las muletas y en breve estaré al cien por cien.


―Pues yo te veo perfecto. No te notado nada de nada.


―No es oro todo lo que reluce ― dijo con ironía.



―En serio, te veo fantástico.


―Eso es que me miras con muy buenos ojos ― dijo guiñando uno de los suyos.


―Pues claro, siempre has sido un amor de hombre, de lo mejorcito que he conocido. Una pena que no cayera en la cuenta de lo que se me escapaba ― dije riendo y mirándolo fijamente a los ojos.


―Tú también, preciosa, eres un amor de mujer. El destino quiso que nuestras vidas no se cruzaran. Pero ahora estamos aquí después de muchos años. Por cierto, dame tu teléfono para cuando venga a Cádiz y, si estás por aquí, te doy un toque ― dijo con cierto atrevimiento que a mí me gustó.


―Claro, apunta.


Nos intercambiamos los teléfonos y estuvimos charlando una hora. Pedimos unos martinis que nos sirvieron enseguida con unas sombrillitas de papel. La luz del sol brillaba en sus ojos y la conversación estaba siendo relajada y amena. Me lo estaba pasando muy bien.


―¿Te acuerdas de Rodrigo? ― pregunté yo con intención de sorprenderlo.


―Claro que me acuerdo. Tenía mucho carácter. Hace tiempo que no lo veo. Me dejo su número de teléfono porque coincidimos en un partido de fútbol. Tengo que llamarlo.



―No, llamarlo, no.



―No te entiendo ― dijo extrañado.



―Tendrás que llamarla. Llamarla ― dije yo esbozando una leve sonrisa.



―Pero, ¿qué me estás contando?



―Lo que oyes ― dije con claridad buscando la sorpresa en él.



―Pero, ¿ahora es una mujer?



―Sí, lo es. Se operó hace unos meses.




―No me lo puedo creer. Siempre lo vi como un tío, como un hombretón. No me lo puedo creer.


―Pues, la última vez que lo vi Rodrigo era Luisa y me contó todo. Y era una mujer preciosa ― dije sorbiendo de mi martini.



―Me has dejado de piedra. No voy a preguntarte por nadie más. Porque me da miedo.



―Te he gastado una broma, bobo.



―Serás cabrona ― dijo sin dejar de reír, tirándome la sombrillita de papel a la cara.


Estaba súper a gusto con él. Víctor era de esos hombres con los que daba gloria hablar. Te transmitía una pasión, un amor, impresionantes. Mala suerte la mía de que estaba casado. Estuvimos comentando lo que había sido de muchos de nuestros compañeros de clase.


Divorcios, hijos, bodas y antiguos amores fueron algunos de los temas de conversación aquella sobremesa. Víctor era un hombre guapo, pero sobre todo era un hombre maduro y cuya percepción del mundo me estaba fascinando. Era de esos hombres que tiene los pies en el suelo. Era realista con la vida.

No era de esos hombres que se piensan que son únicos en el mundo, de esos que solo saben hablar de ellos mismos. Siempre odié a ese tipo de tíos. Algunas citas que tuve tiempo atrás fueron con esa clase de gilipollas y, al final de la noche, ni los escuchaba.

Me dedicaba a mirar el móvil mientras ellos seguían hablando de lo que tenían, del negocio que iban a montar, de lo atractivos que eran ya que las mujeres los llamaban continuamente.

Víctor no parecía pertenecer a esa clase de idiotas. Acabamos los martinis y nos despedimos con un beso en la mejilla, pero noté que no fue un beso corriente. Sus labios se detuvieron durante unos segundos sobre mi piel. Sentí su respiración y me excitó durante un instante.

Al separarse, vi en sus ojos un brillo inusual, de emoción y de satisfacción, como si hubiese encontrado un placer sincero al acariciarme con sus labios en mi rostro.

Aquel encuentro dejó algo en mí, como una semilla, como una esencia, pero no debía ilusionarme con aquel encuentro porque era un hombre casado. El hecho de ver a Víctor me alegró por un lado, pero, por otro lado, la tristeza y la nostalgia dominaron mi corazón.

Mi vida era un desastre. Aquel hombre estaba casado y yo no tenía a nadie a mi lado como Víctor. Sin trabajo, sin pareja, sin futuro, era normal que me sintiera frustrada, como una perdedora.

Cogí mi bolsa y me marché a casa. Ya no tenía ganas de ver a nadie ni me apetecía hacer nada el resto del día. Me sentía vacía. Triste. Y sentía además que el tiempo se me escapaba entre las manos.

No había tenido esa sensación antes y era asfixiante pensar que los días se me iban sin poder hacer nada por llenarlos. Víctor era el futuro, la ilusión, el amor conseguido, la solidez de una pareja y yo no era nada. Nada. Pasé la tarde en casa viendo documentales en inglés para no perder oído. No me manejaba mal en aquel idioma que, hasta hacía poco, había sido indispensable en mi trabajo. Luego preparé algo de cena y seguí viendo la tele.

Nada espacial. Una comedia estúpida que cambié enseguida por un debate político, un debate que me recordaba lo jodida que estaba España. El paro había aumentado y yo formaba parte de esas tristes cifras que nombraban una y otra vez. Sin pensármelo dos veces, me preparé un martini y brindé por Víctor delante del televisor y entonces mi móvil sonó. Era un mensaje de él.


Buenas noches, princesa. Me ha encantado verte de nuevo. Tenemos que repetirlo.”


Me quedé sin palabras. No sabía cómo reaccionar, pero escribí inmediatamente. La prudencia era lo que exigía ese momento. Debía dejar al lado cualquier tipo de ilusión, porque era un hombre casado.


Buenas noches, Víctor.”


Esas fueron mis palabras. Pero sentí que aquello no era casual, sino que nuestro encuentro formaba parte de ese destino que había querido que nos cruzásemos.

Me acosté y lo recordé, su rostro, su simpatía, su sonrisa y esos ojos que brillaban cada vez que yo abría la boca para hablar.

En la cama volví a leer su mensaje y dejé luego el móvil sobre la mesita. Cerré los ojos y, antes de dormir, pronuncié su nombre.









Capítulo 2



Hasta el día del cumpleaños de mi hermana me lo pasé como un alma en pena por la casa. Estaba hundida y no me duele decirlo. ¿Por qué iba a mentirme a mí misma.

De la cama al sofá y del sofá a la cama. Me ponía vídeos en inglés, pero no estaba atenta a ellos. Pensaba en Víctor, en su mensaje de “buenas noches”. Aquella acción me tenía intrigada.

Si estaba feliz con su mujer, ¿por qué había hecho algo así? ¿Por qué me había llamado “princesa”? No lo entendía. Tampoco quería comerme la cabeza. No me convenía en aquel momento donde mi frustración había llegado a límites insostenibles.

¿Qué pensaría Víctor si me hubiera visto en esa situación? Me habría sacado de casa de los pelos. Pero yo no tenía ganas de nada, apenas comía, los cafés eran lo único que me mantenían en pie.

Así que el sábado, muerta de hambre y con un enfado de mil narices al ver las ojeras que tenía y mi pelo hecho un desastre, me di un largo baño, me arreglé y me preparé un desayuno que ni un combatiente de sumo podría llegar a comerse. Me estaba poniendo como una cerda, pero me daba exactamente lo mismo.

Estaba claro que había pasado por un duelo, un poco idiota, sí, pero realmente me había afectado demasiado. No sabía si ya era por el imbécil que me había engañado, por la pérdida de mi empleo o qué… Se me juntó todo, absolutamente todo. Otras en mi lugar estarían mucho peor que yo. Me acuerdo de una compañera de trabajo, Rocío, cuyo novio, después de cinco años de noviazgo, después de haberse comprado un piso y de haber pedido una hipoteca, después de que ella le hubiera regalado un coche a él, la dejó. No me puedo olvidar de aquella imagen. Era una mujer destruida por el egoísmo y la traición. Una de nuestras últimas conversaciones estuvo cargada de dolor y de rabia.


―¿No sabes lo que me ha hecho, Nora?


―Sí. Me he enterado por otras personas. Estas noticias corren como la pólvora. Sabes que aquí me tienes para lo que necesites ― dije yo con el alma encogida.



―Lo sé. Todo el mundo me dice lo mismo. Me ha dejado tirada. Me ha hundido en la miseria. Es humillante.



―No puedo imaginarme por lo que estás pasando. Ha sido un gran hijo de puta.



―¿Qué razones tengo yo ahora para levantarme por la mañana?¿Para quién me voy a maquillar ahora? ― aquellas preguntas, donde se mezclaba la ira con la tristeza, me dejaban sobrecogida.



―No pienses. Debes asumirlo. Habla conmigo cada vez que lo necesites.


Cuando me despidieron, dejé de saber de aquella chica. ¿Qué fácil era estar en el otro lado? Ahora yo estaba pasando por lo mismo. Menos mal que yo no había pedido una hipoteca ni tenía fecha para la boda. De todas maneras, lo mío era también una cabronada. Y ahora que miraba por la ventana hacia el parque, pensaba en Luis. ¿Cómo había sido capaz de joderme de esa manera?

La cuestión era que me sentía nada. Era un ser inservible y con el futuro más negro que el carbón.

Me reñí mentalmente, pues yo no era ese tipo de personas negativas. Era una luchadora como lo era mi padre y no podía estar arrastrándome por los suelos. Había perdido a un capullo que no me merecía como pareja y un trabajo, tampoco era nada del otro mundo, ¿no? Tíos había a patadas y trabajo…

Suspiré, volvía a sentirme desgraciada. Pero, en ese instante, recordé los consejos de mi padre y yo sabía que no merecía la pena seguir atormentándome. El parque se estaba llenando de niños y de parejas. Qué afortunadas eran. No hace mucho tiempo Luis y yo éramos una de ella que paseaban por las calles y los parques, besándonos, hablando de nuestras cosas.

Terminé de desayunar, cogí el regalo de mi hermana y me fui de casa. Almorzaría fuera y echaría un rato en el centro comercial antes de ir a la celebración de su cumpleaños. Necesitaba que me diera el sol y perderme entre la gente. Y no había nada mejor que caminar un rato hasta llegar a un centro comercial que, por suerte, no estaba lejos de casa. Y sucedió algo imprevisto. Entré a MANGO y me encontré con Rocío. No podía creerlo. Lo que es el azar. Estaba cambiada. Sus ojos brillaban y, enseguida que me vio, esbozó una sonrisa llena de luz y alegría. Estaba guapísima, incluso la vi más delgada.


―¿Cuánto tiempo, Nora?


―Es verdad. No te he reconocido. ¡Qué cambio! ¿No?



―Sí. Estoy muy contenta. Han pasado cosas en mi vida ― dijo entusiasmada.



―A mí también me han pasado cosas, Rocío ― dije yo, intentando no dar demasiadas explicaciones.



―Tengo que contarte lo que me ha pasado, Nora. Tomemos un café ya ― dijo agarrándome del brazo y sacándome de la tienda.



Fuimos a una pequeña terraza de la primera planta del centro comercial y me dijo que había conocido a alguien que la estaba haciendo sentir como una princesa.


―Se llama Richard y está buenísimo, Nora.


―Pero, ¿cómo ha sido? ―pregunté intrigada.



―En un concierto de El Barrio. Unas amigas me lo presentaron. Es inglés. Apenas sabe español.



―Me imagino que tú le estás enseñando ―dije con ironía.


―No lo dudes. Empezamos a salir y ahora mismo estamos juntos.



―¿Viviendo? ― pregunté con envidia sana.


―Sí. En un piso de alquiler. No muy lejos de aquí. ¡Las vueltas que da la vida! Estaba hecha mierda tras mi ruptura con aquel cabrón y ha aparecido Richard. Ha sucedido todo tan rápido, tan de repente ― dijo con una ilusión entrañable.



―No sabes cuánto me alegro. Rocío, disfruta el momento.



―Eso es lo que estoy haciendo. Nada de compromisos. Vivo el día a día, ¿sabes? ¿Y tú? ¿Qué tal?


Tras esa pregunta, rompí a llorar y le conté todo lo que había pasado con Luis y cómo me sentía. Ahora yo era Rocío. Boquiabierta, sin saber muy bien qué decir, la pobre muchacha me abrazó y yo lo agradecí. Ella había rehecho su vida y ahí estaba yo, una solterona perdedora, a la que la suerte había dado de lado.


―No te preocupes. Verás como encuentras a alguien― dijo con voz temblorosa, intentando animarme.


―Rocío, te lo agradezco. Pero si te soy sincera, tengo poca fe en que vayan a mejorar las cosas.


―Date un tiempo, joder ― dijo ella con voz enérgica.


―Te voy a dar mi número de teléfono por si quieres hablar algún día, ¿vale?


Me solté de sus brazos. Intercambiamos nuestros números y nos despedimos. Vi la alegría de Rocío en su forma de caminar cuando se alejaba de la cafetería y allí me quedaba yo, mustia y triste. Pero quizá mi suerte cambiara como había cambiado la de aquella muchacha a la que su novio había dejado tirada como una colilla hacía unos meses.

Seguí paseando y, cuando me di cuenta, era la hora de plantarme en casa de Katy. Estarían esperando a que les contara novedades en mi vida, pero no había nada que contar, porque mi encuentro casual con Víctor no había sido nada y no iba a convertirlo en una fantasía. Ni siquiera aquel mensaje, antes de dormir, podía ser el motivo de algún cotilleo.

Cuando llegué, ya estaban todos allí, al menos los de siempre. Me dieron ganas de dar media vuelta y salir corriendo como alma que se lleva el diablo, pero cogí aire y me puse la mejor sonrisa que pude en los labios.


―Vaya sonrisa más falsa ― saludó mi hermana.


―Felicidades ― le dije manteniendo mi sonrisa e ignorando el comentario. Si es que tenía que haberme ido… No lo hice porque no se lo merecía, no por falta de ganas.


―No me gusta nada verte así ― me riñó después de abrazarme.


―¿Así, cómo? Estoy bien.


―No, no lo estás, los tres kilos de maquillaje no van a tapar las ojeras que me traes. ¿Sigues llorando por ese idiota?


―No ― mentí. O tal vez no era mentira porque ni yo sabía por qué lloraba ya.


Katy me miró incrédula y yo puse los ojos en blanco. Lo malo de mi hermana era que no podía ocultarle nada.


―¡Aquí está mi hija pequeña favorita!


Miré a mi padre y le di un gran abrazo. Él sí que no cambiaba, tan cariñoso como siempre.


―Estás tan guapa como siempre ― se puso a darme besos con mi cara agarrada entre sus manos.


―Papá ― me quejé pero me encantaba que siempre lo hiciera, aunque yo tenía que protestar sí o sí.


―¿Cómo estás? ― preguntó.


―Bien ― dije.


―Como una mierda, ¿no la ves? ― dijo mi hermana a la vez.


―Es tu cumpleaños, ¿no tienes invitados a los que atender? ― le pregunté mientras la miraba con todo el odio del mundo, que era ninguno para con ella, pero intentaba que se me notara la mala hostia que me estaba entrando por cuerpo.


―Buah, ellos ya se conocen la casa. Eres tú la que tienes que ponerte a saludarlos, porque todos preguntan por ti ― dijo con satisfacción en su voz.


―¿Todos lo saben? ― pregunté gimiendo.


Pregunta estúpida, mi hermana era una maruja de primera, ya lo sabría hasta la familia que teníamos en Alaska.


―Absolutamente todos ― afirmó mi padre con la cabeza.


―Mierda… ― dije ― No quiero hablar del tema y te digo más ― señalé a mi hermana con el dedo ―, como alguien me miré con pena, cojo y me voy.



Media hora después estaba en la esquina del salón, con un martini en las manos, resoplando y queriendo matar a todas las amigas de mi hermana. Mirarme con pena era poco, parecía que me había pasado la gran desgracia. Todo porque un tío, mi novio, el hombre en quien más confiaba, me había engañado. ¿Por qué estaba en el paro? ¿Ya por eso era un ser inservible, desgraciado, digno de lástima?

Me tomé el martini de un tirón. Vale, eso me lo decía a mí misma pero yo podía decirme lo que quisiera. Ellas no tenían que tenerme lástima, la vida seguía.

Y yo era fuerte, lo conseguiría y…


―Toma otro.


Miré a mi lado y sonreí ampliamente al escuchar su voz.


―Dios, eres el hombre más guapo del mundo ― le dije a Sebas, besándolo y abrazándolo.


―Y tú la más pelota ― rio ―. Cuidado con la copa ― siguió sonriendo cuando lo solté.


―¿Qué haces aquí? ― pregunté cogiendo el martini, me lo preparó como él sabía que me gustaba.


Mi hermano era un amor, el mejor hombre del mundo, todavía seguía soltero, era un picaflor. Todos estábamos deseando que sentase cabeza pero no había manera.

Siempre conseguía evitar ese tipo de reuniones familiares, sobre todo porque el único interés de nuestra hermana mayor metomentodo era conseguirle novia entre las locas de sus amigas fracasadas sentimentales.


―Al final me han liado ― suspiró, como agotada, y ya me imaginé que lo habían presionado hasta la saciedad ―. Llevo cinco minutos aquí y ya me quiero largar.


―Ya somos dos ― ambos miramos alrededor, pensando en lo mismo.


―¿Nos inventamos algo? ― preguntó esperanzado.


―Lo que sea ― reí.


―OK, nada más que sople las velas estamos fuera de aquí.


No tardó mucho. Sopló las velas unos minutos después. No nos comimos ni la tarta. Mi hermano se inventó una de sus movidas con una ex novia y me arrastró con él ante el estupor de mi hermana mayor, que no se lo había creído.

Estuvimos en un bar cercano tomando unas copas juntos. Me encantaba estar con él, era una de las personas que más me divertía. Le conté todo lo que me había pasado de nuevo, aunque él ya lo sabía y me desahogué con él.

Tras darme “una patada en el culo”, como él decía y de levantarme el ánimo, me dejó en casa. Ya iba diferente, mi hermano tenía razón, no podía venirme abajo y dejar de luchar, yo no era como eso.

Me puse cómoda y pedí algo de comida a domicilio. Estaba cenando y viendo una película cuando sonó mi móvil.

Al principio no quise ni mirarlo, si era mi hermana para contarme cómo había salido el cumpleaños o, peor aún, para volver a saber cómo estaba yo, iba a mandarla bien lejos.

Refunfuñando miré el mensaje, suspiré cuando vi que era de Víctor.


Hola, preciosa, espero que estés mejor. Vuelvo a decirte que me encantó verte y que ojalá nos veamos pronto. Nunca dejes de sonreír.”


Desde luego, lo mío no era normal, un mensaje así y yo ya me imaginaba teniendo una relación con ese hombre. Normal, lo que se decía normal de la cabeza, yo no estaba.

¡Que está casado!, me regañé.

De todas formas le contesté sin pensar en nada.


También me encantó verte y espero repetirlo, solo tienes que llamarme. Un beso.”


Mierda, eso sonaba desesperado, a ven aquí y viólame o algo así. Ya la había cagado, joder. “Que estaba casado, que tenía una esposa, que me iba a meter en un problema, que mi padre y mi familia me iban a matar como se enterasen. Que aquello no era normal. ¿Qué hace Víctor mandándome estos mensajes como si estuviéramos todavía en el instituto?”, todas esas frases me venían a la cabeza. Estaba jodidamente asustada, pero me estaba encantando el juego que se traía y no podía evitar la alegría que mi cuerpo estaba experimentando cada vez que leía aquel mensaje. “¿Seré gilipollas? Que no estás en el instituto. Que no eres la prota de Sensación de vivir. ¿Para qué contestas?”, volvía a reñirme una voz en el interior de mi cabeza.

Me reí a carcajadas solo imaginando la escena. Estaba fatal…

Pero bueno, no me había venido mal, al menos volvía a reír con algo más de ganas.

Me acosté decidida a dejar la melancolía a un lado, tenía muchas cosas que cambiar en mi vida.




Capítulo 3


Comencé la semana siguiente mucho más animada, al menos con ganas de seguir adelante. No podía estar por los suelos por un idiota que me trató como lo peor y por haberme quedado sin trabajo.

Conseguiría otro y mejor, no me cabía duda, por ganas no iba a ser. Aquel mensaje de Víctor, además, me había dejado confusa.

Por si faltaba poco, un hombre casado estaba tirándome los tejos. O no. Seguramente solo trataba de ser amable conmigo. Me acordé varias veces de Rocío.

Qué envidia me daba. Joder, con lo mal que había visto yo a la chavala. Con lo hundida y triste que llegaba a la oficina y ahora había resurgido de sus propias cenizas. Si a Rocío le había sucedido algo tan maravilloso, ¿por qué a mí no me iba a pasar?

Pasé los días siguientes pateándome la ciudad y entregando currículums y en casa pasaba las horas sin que me diera cuenta, mirando ofertas de empleo en la web y mandando la información que me pedían.

A veces me ponía los malditos documentales en inglés para distraerme, pero aquello era una tortura china. O me quedaba dormida o me daba por llorar cuando veía a las parejas de elefantes enlazando sus trompas cerca de su cría.

No estoy exagerando. Me daba por llorar al ver aquellas muestras de afecto que la naturaleza más salvaje me mostraba y el cabrón de Luis me había dejado por otra tía, lo que me llevaba a la conclusión de que los mamíferos de la sabana tenían más sensibilidad que aquel imbécil.

Evitaba ponerme películas, porque solamente me gustaban las comedias románticas y no estaba yo para hacer la gilipollas delante del televisor viendo como a Meg Ryan le salía todo bien con los hombres. No quería ver besos ni parejas abrazándose en Central Park. Tampoco quería ver Ghost, una de mis pelis favoritas y que veía con Luis. Yo la veía con él para reforzar nuestro vínculo de amor. Luis las veía básicamente para meterme mano.

Lo que tenía que hacer era coger todos esos DVDs y pegarles fuego delante de la casa de Luis, como si fuese parte del aquelarre de unas brujas. Qué gilipollas había sido tragándome toda esa bazofia de las películas de amor. Aún recuerdo que Luis se sabía algunos diálogos de memoria y me los repetía en nuestros momentos de mayor intimidad y yo sonreía como una quinceañera enamorada del repetidor de turno.

Había que ser tonta.

Apenas hablé con nadie. Mi hermana había hecho el bendito favor de dejarme en paz, así que la tranquilidad me rodeaba, pero como estaba bastante ocupada, ni tiempo tuve para pensar en mis “desgracias”.

“No hay mal que por bien no venga”, me repetía si a mi rebelde mente le daba por recordar algo de lo negativo qué me había ocurrido.


Estaba comiéndome un sándwich para cenar cuando sonó un mensaje. Cogí el móvil distraída, sin dejar de mirar la última oferta que tenía en la pantalla del PC y miré el móvil de reojo.

Casi me atraganto al ver que era un mensaje de Víctor. No habíamos vuelto a hablar desde la noche que volví del cumpleaños de Katy y me había tomado por sorpresa. Lo leí bastante emocionada mientras tosía.


Hola, preciosa. Perdona que no te escribiera antes. Estos días tuve trabajo y ni el móvil pude usar. Espero que todo esté bien y que esa sonrisa esté en tu cara.”


¿Sonrisa? Sonreía como una idiota.

Le contesté rápidamente, aprovechando que lo veía en línea. Pero con cuidado, ¿Qué si su mujer leía algo? Yo no tenía filtros, a saber lo que podía pensar la pobre. Estaba siendo una auténtica cabrona. Me estaba metiendo donde no me llamaban, pero no podía evitarlo.

Había algo en mí que me forzaba a escribir y no sabía qué era. Bueno, sí, se llamaba “desesperación”. El hecho de encontrarme con Rocío tampoco ayudaba mucho. Parecía que yo quería imitarla y quería encontrar, aunque fuese con un hombre casado, esa felicidad que me había sido arrebatada. Y, si para lograr eso, tenía que ser una cabrona, pues lo sería, así que escribí.


Hola. Sí, todo muy bien, ya más animada. Gracias por acordarte de mí y, por cierto, te debo un café. Cuando quieras nos lo tomamos.”


¿Y por qué no unas copas?”


Como quieras, podemos tomarnos algo algún día.”


¿El sábado?”


Me quedé unos instantes mirando el móvil, no sabía si lo estaba entendiendo bien. Víctor no se andaba con chiquitas. Estaba siendo directo, muy directo. Llegué a pensar por unos instantes que quizá no tenía esposa, que lo de la esposa era un invento para parecer interesante y maduro. O a lo mejor era algo peor. A lo mejor era un “putero”.

Joder. No había caído en eso. A lo mejor era de esos tíos que se dedican a coleccionar amantes mientras su mujer vive tan ricamente pensando que está casada con el mejor hombre del mundo. El mundo estaba lleno de gente así. Solamente tenía que recordar a algunos de mis jefazos de la inmobiliaria.

Tenían contentas a sus mujeres con regalos y viajes, mientras ellos se dedicaban a salir y a tontear con jovencitas que podían ser sus hijas. Qué horror. No quería caer en el pesimismo. Quería pensar que Víctor no era de esa clase de hombres.

Pero, ¿qué razón oculta había para que no dejara de mandarme esos mensajes tan afectuosos? ¿Por qué quería quedar conmigo? ¿Y su mujer? ¿Se quedaría tan ancha al ver que su marido salía un sábado por la noche de casa como si tal cosa? Sábado, sabadete … Su mujer estaría deseando hacérselo con él durante el fin de semana. Intenté no pensar en todo eso y vivir intensamente ese momento.

Al ver que no respondía, volvió a escribirme.


Mi mujer tiene cena de empresa y yo le dije que iba a salir con unos amigos, pero la verdad es que no me apetece. Me gustaría más que aceptaras una invitación a cenar y nos tomáramos algo juntos en algún pub cercano.”


Oh, Dios… ¡Parecía una cita! Y yo iba a ser tan cabra loca en aceptar. Estuve a punto de escribirle: “Estás hecho un cabrón. Tienes una mujer. ¿Cómo le haces eso? ¿Te piensas que soy tan hija de puta?”. Pero no lo hice. Dios mío, no me reconocía, así que acerté. ¿Por qué? Porque quería saber más de este chico. Porque había algo oculto en aquellos mensajes. Algo no estaba funcionando bien con su mujer.


Vale, me gusta la idea. Nos vemos donde digas.”


Quedamos en loa hora y adónde nos veríamos, y nos despedimos con un hasta entonces. La suerte estaba echada. Estaba claro que había apostado fuerte. Y que seguramente estaba siendo una auténtica cabrona, pero necesitaba verlo.

Me fui a la cama un poco desconcertada. Me extrañaba que un hombre casado hiciese eso y lo peor era que yo había dicho que sí. Pero tampoco era para pensar mal, ¿no? Solo éramos dos viejos amigos. No tenía que empezar a divagar. En principio, no había nada malo en que dos viejos amigos se vieran para charlar un poco y tomar unas copas. Además yo quería saber un poco más de mis compañeros de curso, de aquellos años en los que aún llevaba ortodoncia.

La gente no podía ser tan malpensada conmigo, con nosotros. Yo no iba a tirármelo. Iba en contra de todos mis ideales. Luis había sido un cerdo y aquella tipa con la que estaba hora había roto una relación. Yo no podía ponerme a la altura de esas tías que van por ahí destrozando parejas y matrimonios, así que, más calmada, tomé la determinación de no fantasear, de acudir a una cita donde dos amigos vuelven a recordar los viejos tiempos. Y punto.


Hasta que llegó el día que quedé con él, me mantuve ocupada como los anteriores para no pensar demasiado. No habíamos vuelto a hablar desde entonces y eso me ponía aún más nerviosa.

¿Por qué ese silencio repentino? ¿Por qué estaba todo tan calmado? ¿Por que volvía yo a comerme el tarro si solo era una cita de viejos amigos? Si se hubiese enterado mi hermana (esa sí que es de las malpensadas), me habría montado un pollo que hubiéramos acabado en las urgencias de un hospital.

Cierto es que estaba llena de contradicciones hasta el punto de que me pasé hora y media para elegir la ropa para mi cita con Víctor. Salí ese día de casa con una falda negra y una camisa que me quedaban espectaculares. Iba con demasiado escote, pero me apetecía provocar un poco. Por eso, estaba cayendo en continuas contradicciones. ¿Por qué iba con aquel escote?¿por qué quería provocar si no era para llevármelo a la cama o para excitarlo? Madre de Dios, qué cacao en la cabeza.

Llegué al restaurante donde quedamos y ya Víctor estaba allí. Se levantó con una enorme sonrisa en la cara y me dio dos besos antes de invitarme a sentarme frente a él.


―No hace falta que digas que estás mucho mejor ― dijo mirándome fijamente.


―La vida no se acaba por un imbécil ― me encogí de hombros ―. Y el trabajo… pues bueno, encontraré otro.


―De eso no me cabe ninguna duda. Además, tienes ese brillo en la mirada que eché de menos al verte.


―¿Qué brillo? ― pregunté tras beber un poco de vino que me había servido.


―Ese que dice: Tengo ganas de vivir. El otro día no estaba en tus ojos y siempre te he recordado como eso ― explicó.


―Oh ― no supe qué contestarle ―. ¿Y tú? ¿Todo bien?


―Sí, mi mujer de cena de empresa, como te dije. Iba a salir con mis amigos hoy pero la verdad es que, después de estar todo el día con ellos aguantándolos en el trabajo, no me apetece verlos en mis horas libres.


―Seguro que son unos chicos excelentes.


―Sí, lo son. Solo quería verte, Nora ― dijo serio.


―Pues aquí estoy ― sonreí nerviosamente ―. Me extrañó la invitación pero aquí me tienes.


―Ya. Quizá fui muy atrevido. No sé qué decir.



―Bueno, eso lo tendrás que juzgar tú. Ahora estamos aquí y no voy a volver a mi casa.



―No, claro que no ― respondió nervioso.



―Si he de decirte la verdad, pensé en tu esposa cuando leí esos mensajes ― dije yo con atrevimiento.



―Imagino que te soprendería que lo hiciera. Pero no pienses mal. No quiero que te lleves una mala imagen de mí. Solo trataba de ser amable y de buscar la complicidad con alguien a quien no veía desde hacía muchos años.



―Por esa razón, estoy aquí. A mí también me apetecía estar junto a un viejo amigo. Últimamente he salido muy poco. Mi ruptura con Luis me ha tenido paralizada ― dije con voz triste mientras Víctor no dejaba de mirarme fijamente, y no a los ojos.



―Imagino que no es fácil rehacer tu vida.



―No. No lo es. Porque no tengo un trabajo en el que pueda concentrarme para olvidar a ese cabrón ― dije con rabia.


―No te enfades, Nora. Estamos aquí para disfrutar.


Me guiñó un ojo y pedimos la cena. Estuvimos charlando sobre su trabajo sobre todo. Yo era un poco alcahueta y no conocía muy bien la vida de un militar, así que lo sometí a un tercer grado, pero yo no iba a quedarme con preguntas sin responder.


Pagó la cena sin dejarme protestar y caminamos hasta un pub que había por el centro de la ciudad. Estaba tranquilo y podíamos hablar sin tener que levantar la voz. Nos pedimos dos martinis y nos sentamos a la barra.


―Estás preciosa ― fue lo primero que dijo tras un momento de silencio.


Yo no sabía a qué venía el comentario pero le di las gracias, no sin antes ponerme roja. No sabía qué me pasaba con ese hombre pero me sentía extraña a su lado.


―La verdad que es un poco extraño que estemos aquí. Tú… Esto… Bueno, estás casado. No sé, quizás soy muy chapada a la antigua, pero me extrañó que me invitaras.


―A mí me pasó igual ― dijo ante mi asombro ―. No hago estas cosas, menos mentirle a mi mujer, pero me apetecía verte.


―Tampoco es malo ― sonreí ―. Solo somos dos viejos amigos con muchas cosas que contarse.


―Sí, eso parece ― dijo enigmático.


―Hacía mucho que no salía, así que te lo agradezco. Pero no beberé mucho alcohol o cualquiera sabe cómo acabaríamos ― puse los ojos en blanco.


―¿Qué quieres decir? ― preguntó sonriendo.


―No sé beber, te juro que se me va la cabeza. La última vez no sé cómo me equivoqué de taxi, pero acabé en la otra punta de la ciudad intentando abrir una puerta que no era la mí mientras mi novio me llamaba al móvil, todo preocupado, diciéndome que dónde demonios me había metido, que solo se había retirado de mi lado un minuto para llamar al taxi.


Víctor se reía a carcajadas a la vez que yo recordando ese día.


―¿Y te encontró? ― preguntó entre risas.


―Digamos que lo hizo el dueño de la casa ― intenté explicarle.


―¿El dueño de la casa?


―Parece que hice demasiado ruido al no poder abrir la puerta con la llave. O eso o estaba chillando demasiado, no lo sé. La cuestión es que de repente se abrió la puerta, apareció una masa de casi dos metros y ciento veinte kilos envuelto en una bata que ni mi abuelo usaría, sin afeitar, me miró y dijo: ¿quién coño eres? Y yo no sé qué pasó, solo que salí de allí gritando y corriendo mientras pedía ayuda.


Él no podía parar de reír y yo ya iba por el segundo Martini.


―Sigue ― casi me rogó.


―Pues nada, acabé en la calle, gritando como loca. Algunos vecinos salieron a ver qué ocurría y yo ya ni recuerdo qué les decía. El pobre hombre apareció después devolviéndome mi teléfono móvil. Te juro que casi me da un infarto al verlo acercarse, me escondí detrás de la persona que tenía más cerca.

Escuché cómo explicaba lo que había pasado y que él ya le había dado la dirección a mi novio, quien apareció un poco más tarde y se asustó al ver tanto revuelo.


―Dios, como para darle algo.


―No, solo me miró y me dijo: Tú no vuelves a beber más y me llevó a casa.


―Tengo que verte en una de esas, pero siempre que yo te controle.


―Espero que no ― dije muerta de la risa.


Estuvimos allí un par de horas y me dejó en casa. Nos despedimos con la idea de vernos de nuevo y, antes de acostarme, recibí un mensaje de él.


Gracias por esta noche, me he divertido mucho. Sabía que no habías cambiado.”


Gracias a ti, necesitaba algo así.”


Nora…”


¿Sí?”


Me encantas, solo quería que lo supieras. Buenas noches.”


Buenas noches.”


Las alarmas empezaron a sonar dentro de mi cabeza porque a mí, ese chico, también me encantaba.

Afuera, comenzaba a llover y me encantó que fuese así. Que la lluvia, tan extraña en Cádiz, celebrara de esa forma lo que mi corazón sentía.






Capítulo 4



Desperté esta mañana un poco saturada por toda la situación que se me venía dando de días atrás. De nuevo volvían a surgir preguntas en mi cabeza. Me iba a volver loca. ¿Había hecho lo correcto? ¿No estaba traicionando a mis propios principios? ¿No me estaba dejando arrastrar por mis instintos? No tenía respuestas a cada una de esas preguntas.

Víctor había entrado en mi vida de una forma tan imprevista que era imposible concentrarme en nada más que en aquellos mensajes tan difíciles de descifrar y en aquellas miradas de la cena y las copas del sábado.

Estaba hechizada. No podía ocultarlo. Al mirarme en el espejo lo descubrí enseguida. Algo estaba sucediendo en mi interior que me tenía eclipsada. ¿Cómo se afrontaba un hecho así?

Me preparé un buen café y me senté en el sofá. Volví a ponerme los malditos documentales en inglés a ver si me distraía un poco y conseguía evitar más pensamientos sobre lo que me había pasado esa noche. Al mirar el móvil tenía otro mensaje de Víctor.


Buenos días, preciosa, ya estoy totalmente incorporado en mi destino. Si alguna mañana estás con ganas y quieres acercarte por San Fernando, me avisas y te invito a un café en mi trabajo.”


Volví a leer aquel mensaje porque no me creía todavía lo que estaba leyendo. Se dirigía a mí en unos términos tan cariñosos que me ofusqué durante unos momentos. No podía ser verdad.

Quería quedar de nuevo conmigo. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Debía seguir con este juego o cortar de raíz? Pero no pude evitarlo. Miré por la ventana.

La luz del sol infundía una alegría a mi vida en aquel momento que no podía decirle que “no” a Víctor. Me la estaba jugando. Me estaba metiendo en la boca del lobo. Aquello podía costarme un disgusto. “Buenos días, preciosa, ...”, no paraba de leer.

Era emocionante y excitante degustar cada una de aquellas palabras que había escrito para mí, solo para mí.

Una preciosa sonrisa salió de mi boca, pero vamos no estaba tan loca como para ir a tomar a un cuartel un café. Ya era lo único que me faltaba, que me señalasen con el dedo, y además con un hombre casado. Pero no me quedé quieta, sino que escribí con una ilusión desmesurada, esperando con ansiedad que volviera a contestarme.


Lo último que haría sería ir a tu cuartel a tomarme un café, pero, si te dejan escaparte de allí, estoy dispuesta a ir hasta San Fernando y nos lo tomamos en un bar. Estaría encantada de hacerlo y tú lo sabes muy bien. Por eso, me has escrito.”


Lo envíe con la ilusión de que me ofreciese quedar en algún lugar a desayunar uno de estos días. Sinceramente estaba deseosa de verlo. Algo muy fuerte estaba empezando a sentir por él, a pesar de saber que no estaba bien lo que estaba haciendo.

Miré por la ventana y la luz de sol inundaba el parque con su luz clara y todo estaba más vivo que de costumbre o era yo, que miraba las cosas con otros ojos, unos ojos llenos de esperanza y de alegría que me alejaban de aquellos días tristes que había pasado tras mi ruptura con Luis.


Tranquila, mi destino es muy tranquilo, y además te recuerdo que soy suboficial. No tengo que pedir permiso para salir a tomar un café. Estoy deseando verte. Sabes que es verdad. Lo vuelvo a escribir para ti: estoy deseando verte.”


No comprendía hasta dónde quería llegar, pero me encantaba que me dijera esas cosas, un montón de mariposas empezaban a recorrer mi estómago. Cuánto tiempo sin experimentar esa sensación.

Aunque estaba muy contenta por aquellos mensajes y había empezado ya a fantasear con Víctor en mi cabeza, quería ser realista y no dejarme llevar por una falsa ilusión. Era consciente de que podía estar haciéndole mucho daño a otra persona que no tenía culpa de nada.


Te recuerdo que estás casado…”


Le solté eso esperando a ver que me decía.


Te recuerdo que ese es mi problema, el tuyo es decirme que vendrás a verme en estos días. No tienes otra cosa que hacer y, si te he escrito este mensaje, es porque sé que lo harás.”


Dios mío, cómo sabía hacerme flotar a tres metros sobre el suelo, cómo sabía manejar las palabras para convencerme, para no poder escribir un “no” por respuesta. Estaba alucinando con Víctor y sobre todo creándome unas ilusiones que podían costarme muy cara.


No sé qué decir, Víctor. Estoy confusa. Todo esto me parece muy extraño.”

Realmente no sabía que decir, pues aquello me estaba superando. Estaba deseando volver a verlo. Sin que yo lo buscara, mi cabeza fantaseaba con verme envuelta en sus brazos.

Un hombre como Víctor era la luz que necesitaba mi vida, aunque quizás no era lo que más le convenía a él, estando casado y habiendo salido yo de una ruptura tan traumática como había sido mi ruptura con Luis.

Ya era demasiado tarde y ya me estaba dejando arrastrar por aquellos deseos que eran imparables. De nuevo volví a leer un mensaje que me acababa de llegar.


No digas nada si quieres, pero no te alejes nunca de mí.”


Ese mensaje ya me había terminado de matar, ¿ Como me podía decir algo así? Me iba a dar algo…. De repente, aquel mensaje confirmaba mis sospechas. Víctor quería seducirme, quería confundirme con la intención de conquistarme y yo, como una tonta, me estaba dejando.

¿Qué pensaría mi familia de todo esto? Pensarían que estaba siendo una inmadura, que estaba siendo víctima de una manipulación y que ese tal Víctor quería aprovecharse de mí, de mi cuerpo, puesto que estaba en un momento de horas bajas y me había visto con ganas de sentirme querida. ¿Estaría Víctor haciendo eso? ¿Estaría buscando una oportunidad para hacerme caer en una trampa?

Parecía que con lo de Luis no había tenido suficiente y que necesitaba otro escarmiento.

Sin embargo, sus mensajes estaban actuando en mí. Sus efectos estaban obligándome a que yo volviera a escribirle. Necesitaba saber más de él, de sus intenciones, de todos y cada uno de sus pensamientos hacia mí.

Decidimos seguir con aquella conversación. Quería esperar a ver cuándo sería el siguiente mensaje. Terminé el café y me vestí. Me fui a la calle a dar una vuelta, pues no tenía ganas de quedarme en casa encerrada, así que cogí mi coche y me fui a perderme por el centro de Chiclana. Querían visitar una zapatería de moda que había allí. Me encantaban los zapatos. Tenía decenas de pares.

Katy siempre me decía que había que estar loca para gastarse el dinero que yo me gastaba en comprar zapatos. Algunos pares que tenía solamente me los había puesto una vez. Pero me daba igual. Reconozco que los zapatos, ya desde niña, fueron mi perdición.

Estaba en paro, pero no en la ruina, así que decidí darme algún capricho y, en mi caso, ese capricho era comprarme unos buenos zapatos, a ser posible de importación y que no se salieran de un precio razonable.

No dejaba de darle vueltas a la actitud de Víctor, a ese comportamiento que me mantenía intrigada. Lo peor es que, de todos los chicos que podían haber aparecido en mi vida, va y aparece un hombre casado.

Estaba claro que no tenía la suerte de mi lado. De todas maneras, no se me podía echar en cara que yo hubiese hecho algo terrible.

“Sencillamente queremos quedar como dos buenos amigos”, me decía a mí misma intentando convencerme de que estaba haciendo lo correcto. Pero, en el fondo, sabía que no. Había contestado a esos mensajes con un deseo cercano al enamoramiento. ¿A quién quería engañar?

Mientras paseaba por el centro, recibí otro mensaje de Víctor.


El sábado por casualidad me han metido una guardia y tú la vas a hacer conmigo…”


No lo entendí muy bien.


¿Qué pinto yo en tus guardias?”

Llegué a la zapatería y había una nueva gama de sandalias que me emocionó. Empecé a probármelas, esperando a que Víctor contestara en cualquier momento.

La dependienta me preguntó si me gustaba algún par y yo le dije que ya me había decidido por unas sandalias de color blanco. Seguí comprando y el mensaje no tardó en llegar.

Ya estaba otra vez poniéndome nerviosa como una adolescente a la que le van a pedir que acompañe a alguien al baile de fin de curso.


Nada, estarás de guardia lo mismo que yo. Pero para el resto del mundo estaré de guardia y tú me tendrás que encerrar en tu casa 24 horas para que no me pillen... porque, si me pillan, me meteré en un problema bien gordo, así que tú tienes que ser mi salvadora.”


¡La de Dios es Cristo! ¿ Se estaba inventando una guardia para el sábado para pasarlo conmigo? ¡ No me lo podía creer! Yo estaba arriesgando mucho, pero él estaba arriesgando más todavía: su puesto de trabajo y la confianza de su mujer en él.


¿Estás de broma?”


Pregunté deseando saber que fuese cierto.


Jamás jugaría contigo, Nora.”


En esos momentos me puse a saltar de alegría en medio de la calle ante los ojos de todos los transeúntes que me miraban como pensando que estaba loca, pero me daba igual. Me encantaba que escribiera esa clase de mensajes. Me sentía llena de felicidad.

Pese a que sabía que quizá no estaba haciendo lo correcto, aquel chico había logrado darle sentido a mi vida. Estaba experimentando lo que era ser feliz al lado de alguien.

La gente seguía mirándome y lo entendía, porque no es normal ver a alguien dando saltos en mitad de la calle con una cara como la que puse. Estaba radiante y temblaba de emoción. ¿Era verdad todo lo que me estaba pasando? ¿O todo formaba parte de un sueño? ¿ Cuándo me caería de la cama y despertaría?


Perfecto el sábado te espero.”


Me quedé emocionada mirando el móvil mientras veía que estaba escribiendo.


Cuando te despiertes me avisas y voy. Yo estaré dando vuelta ya que tendré que disimular y salir de mi casa a las 7 de la mañana.”


Una sonrisa volvió a inundar mi cara.


Para nada, a esa hora te estaré esperando…”


Me di cuenta de nuevo que estaba arriesgando demasiado, pero no podía detenerme. Necesitaba darme cuenta de que esa cita no podía suceder, pero mis sentimientos hacia Víctor empezaban a ser cada vez más intensos y necesitaba otra cosa. Verlo.

No sabiendo qué hacer en ese instante, se me ocurrió llamar a Rocío y contar lo que me había pasado.


―Hola, Nora. ¡Qué sorpresa ver tu teléfono móvil en mi pantalla!


―Lo sé. Sabía que te iba a pillar por sorpresa.



―¿Sucede algo grave?



―No. Necesito contarte una cosa que me ha pasado. No te lo vas a creer.



―No me asustes, Nora ― respondió intrigada.



―No. No es nada grave.



―Dime. ¿No será lo que yo pienso?



―¿El qué? ― respondí haciéndome la tonta.



―Un chico.



―Sí. Lo has adivinado. Un antiguo compañero de clase. Se llama Víctor ― contesté como si él yo fuésemos novios.



―Has visto, tonta. Al final las cosas van saliendo. Dios aprieta, pero no ahoga. No sabes cuánto me alegro por los dos ― sus palabras sonaron sinceras.



―Pensé en ti para decírtelo. Pero hay un problema.



―¿Cuál? Con lo ilusionada que estaba. ¿Qué problema hay?



―Está casado.



―¡¡Madre mía!! Sí que es un problema. Pero, es muy extraño todo. ¿Cómo te ha podido pasar una cosa así?



―No lo sé, Rocío. Empezaron a llegar mensajes insinuantes y caí en la trampa.



―Cuenta, cuenta. Aunque lo mejor será que quedemos a tomar un café tranquilamente.



Le estuve contando algún detalle más y al final quedamos en vernos pronto. Había encontrado en Rocío una amiga en la que confiar, porque verdaderamente estaba hecha un lío. Y necesitaba que alguien intentara comprender lo que me estaba pasando. Un buen consejo no vendría mal, aunque sé que al final obedecería a mis instintos tal y como me estaba pasando.

Aquella semana lo pasé francamente mal. Nerviosa, solamente pensaba en mi cita del sábado. Los mensajes continuaron a diario. Por la mañana, recibía mensajes como estos:


Buenos días, princesa, deseando verme reflejado en tus ojos.”


Te deseo como deseo esta luz del día que me anuncia que queda un día menos para verte.”


A media tarde, recibía de nuevo otros mensajes más subidos de tono que me excitaban mucho y a los que contestaba con un insinuante a la vez que discreto “Gracias”.


Quiero tocarte o soñar que te toco. Con eso me basta.”


Tu boca es una tentación.”


Me gustaría estar cerca de ti. No pido más. O sí lo pido.”


Eres el pecado.”


Antes de dormir, siempre sonaba mi móvil con un mensaje de buenas noches. Aunque parezca una tontería, yo estaba pendiente de que eso sucediera y llegaban con su dulzura habitual, pero también con una invitación al placer que me confundían al mismo tiempo que me estremecían.

Miedo, deseo, incertidumbre y pasión se mezclaban en mí y me hacían revivir, alejarme de los malos recuerdos de mi relación con Luis.


Buenas noches, princesa, que tus sueños sean los míos.”


Adiós a otro día. Adiós a ti, mi tentación, mi tentación del sábado.”


Te quiero rozar, verte, olerte, invitarte a que vueles conmigo.”


Recuerdo que el viernes por la mañana me levanté temprano y, después de tomarme el café, y enviar algunos emails para encontrar trabajo, volvía recibir un mensaje de Víctor.


Buenos días, luz de amanecida. Mañana estaré contigo y no serán necesarias estas palabras.”


Miré por la ventana y suspiré. Sorbí de mi café y pude ver con claridad que mi error estaba ahí, pero que estaba harta de ser una víctima, que ver a Víctor no me iba a hacer ningún mal y que siempre estaría a tiempo de parar si no veía las cosas claras. Porque antes de que aquellos sentimientos se convirtiesen en amor, Víctor debía aclararme muchas cosas. Esa misma mañana fui a casa de mi hermana y estuve hablando con ella. No quería contarle nada de mi cita, pero Katy era demasiado lista para que yo le ocultara algo.


―Te veo diferente ― dijo ella.


―¿Por qué? No me pasa nada. Lo de siempre. A Luis, que no me lo quito de la cabeza ― mentí yo descaradamente.




―No. Estás feliz ―dijo Norah mirándome fijamente.


―No. No estoy feliz. En serio. No me pasa nada.



A Katy era imposible engañarla. Sabía muy bien cómo era yo y tenía estudiado cada uno de mis movimientos.


―Escondes algo, Nora.


―No. No quiero que te preocupes. Sé que no puedo mentirte. Hay alguien ― dije con timidez.



―Lo sabía. ¿Lo conozco?



―No. No lo conoces. Pero no hay nada serio.



―Todavía ― dijo mi hermana con burla.



―No. No puede haberlo, Katy. Ese es el problema ―dije yo con un tono de pena.



―¿Por qué no puede haber nada serio entre vosotros? ― preguntó cogiéndome las manos.




Sabía que, en cualquier momento, me iba a venir abajo. Katy podía ser muy cabrona cuando quería, pero era la mejor hermana del mundo, un apoyo para cualquier persona que lo necesitara, una mujer de una lógica aplastante. Por esa razón, se lo solté.


―Katy, este chico está casado ― dije derrotada.


―Déjalo. Una cosa así puede destruirte. Hazme caso. Déjalo.



Estuvimos hablando un rato de cómo había sucedido todo y Katy se mantuvo firme en la idea de que lo abandonara. Yo la abracé antes de marcharme de su casa, decidida a replantearme la cita del sábado. Katy tenía razón. Me estaba metiendo donde no me llamaban.

Al salir a la calle, sonó el móvil y volví a sonreír cuando leí el mensaje.


Vuelve conmigo, princesa. Nunca te has ido. Recuérdalo. Nunca te has ido.”


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-49 show above.)