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Excerpt for El zar de la droga, la vida y la muerte de un narcotraficante mexicano by , available in its entirety at Smashwords

EL ZAR DE


LA DROGA




La vida y la muerte de un narcotraficante mexicano




Terrence E. Poppa





Copyright © 2018 by Terrence E. Poppa


Smashwords edition


Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra sin la autorización del autor.



A Linda Bejarano, Victor Manuel Oropeza,

Yolanda Figueroa y los cientos de periodistas

de este hemisferio que han sido asesinados,

sequestrados, torturados, amenazados

o persiguidos por buscar la verdad.



CONTENIDO



I: LA PLAZA


1: Ojinaga

2: Golpe de estado

3: Contrabandistas

4: Estados Unidos contra Pablo Acosta

5: La plaza

6: Interregno

7: Licencia para traficar

8: Lucha sangrienta

9: Gatilleros

10: Muerte en el desierto

11: Padrino

II: LA ORGANIZACION


12: Traficantes

13: Bonnie

14: Clyde

15: Julio de 1985

16: Cruzando el río

17: Diálogo norte-sur

18: El reinado del terror

19: El Nuevo Miami

20: Mimi y su rancho “Milagro”


III: MUERTE DE UN ZAR


21: Albina deidad

22: Informante

23: Pablo decide hablar

24: ¿Se rinde?

25: Comandante Calderoni

26: Santa Elena


PARATEXTO FINAL


El Zar de la Droga en Inglés

Preface to the English version by Chuck Bowden

Book Reviews

About the author



El zar de la droga es una historia verdadera. Aunque algunos nombres han sido omitidos y otros varios cambiados para proteger al inocente, los personajes y las escenas son reales. El diálogo fue tomado palabra por palabra de entrevistas a los participantes, entre ellos el actor principal, Pablo Acosta.






I



LA PLAZA



ACOSTA DIRIGE SU organización desde el pueblo de Ojinaga con mano férrea y no tolera ningún tipo de rebelión, ya sea evidente o encubierta. Si sospecha que se está fugando información, o si uno de los miembros o socios no actúa en la forma esperada, los retira cuanto antes y de manera permanente. Tiene una forma sumamente rigurosa de hacer valer su propia ley, que consiste en eliminar a los infractores. Acosta se interesa de manera personal y activa en cualquier tipo de maniobras sucias, o en lo que puedan decir sus enemigos y competidores. Sus ejecuciones son muy aparatosas y se realizan en formas muy peculiares, como ejemplo para los demás.

Es una persona desalmada y extremadamente peligrosa, con muy poca consideración por la vida humana si ésta interfiere en el desarrollo de su operación. Y aun cuando es pequeño de estatura, no vacila en enfrentarse a tiros con sus enemigos o con las fuerzas de la ley. Acosta ha mandado matar a varios competidores y estuvo implicado en dos asesinatos en Hobbs, Nuevo México, y en cuatro en México.

Se ha asociado a su organización con por lo menos veinte asesinatos ocurridos desde 1982, cifra que podría ascender al doble. Se informa que ha comenzado a armar a sus miembros con municiones cubiertas de teflón, capaces de penetrar los chalecos antibalas tipo armadura que llevan los oficiales de la ley. Se sabe también que el propio Acosta usa un chaleco antibalas y generalmente lleva consigo guardaespaldas fuertemente armados.

Algunos informes (no confirmados) de inteligencia indican que Pablo Acosta y su organización cuentan con protección de ‘alto nivel’, desde personas en la ciudad de México hasta el propio gobernador de Chihuahua. (. . .) Se cree que a nivel local, en el norte de Chihuahua y Ojinaga, Acosta cuenta con la protección del general mexicano encargado de la zona.

Se dice que algunos de sus hombres han formado parte de la PJFM (Policía Judicial Federal Mexicana) del área de Ojinaga, que está bajo su control directo a través de uno de los comandantes. . . . En otros casos se informa que algunos de sus hombres poseen credenciales de la PJFM.


Tomado de la introducción del informe confidencial de la DEA

La organización de Pablo Acosta”, abril de 1986





1



Ojinaga




PARA LLEGAR A OJINAGA por el lado norteamericano, hay que tomar una carretera de dos carriles desde Marfa, Texas e iniciar un largo descenso hacia la cuenca del río Bravo a través de escabrosas montañas. A veinte millas de distancia, en el horizonte azulado, se ve el pueblo situado en un llano del otro lado del río. A lo lejos se ven los enormes remolinos de polvo que atraviesan la árida planicie que rodea al pueblo. Grandes penachos de humo negro se elevan del basurero municipal hacia el cielo. Parece un pueblo en estado de sitio.

Como los poblados que aún existen a orillas del río Bravo, Ojinaga fue alguna vez poco más que un conjunto de casuchas de adobe. Fue a través de este seco pueblo fronterizo que John Reed, el apasionado cronista del cambio violento, entró a México para hacer su reportaje sobre la Revolución Mexicana, describiendo a la Ojinaga de aquellos violentos días como un pueblo de “calles blancas y polvosas cubiertas de estiércol y forraje”.

Posteriormente Ojinaga creció gracias al estímulo del comercio, tanto legal como ilegal. Tan aislada de la autoridad del lado mexicano como Presidio, su ciudad hermana del lado americano, Ojinaga se convirtió en la ruta preferida de quienes se dedican al contrabando de todo tipo de mercancías. Durante la prohibición, lo usual era el licor falsificado y un fuerte aguardiente de cacto llamado sotol. Durante la Segunda Guerra Mundial, los pilotos y soldados apostados en un campo militar de las afueras de Marfa impulsaron el comercio del pueblo gastando a manos llenas en las tiendas del centro y en las cantinas de la zona roja.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la heroína aportó nuevas remesas de dinero al polvoso pueblo fronterizo. Sustraída de las laderas de Sinaloa en la costa occidental de México, donde los campesinos se dieron cuenta de que la amapola se cotizaba más alto que el maíz, la goma extraída de esta flor era transportada a través de la Sierra de Chihuahua hasta los laboratorios clandestinos enclavados en las montañas que circundan el pueblo minero de Parral. Y siempre había alguien dispuesto a introducir el producto refinado a los Estados Unidos.

El pueblo de Ojinaga que Pablo Acosta llegó a dominar surgió de las cenizas de Domingo Aranda, un viejo contrabandista y narcotraficante que fue quemado vivo un día a orillas del río Bravo.

Aranda era uno de los contrabandistas más prósperos y fue posiblemente el primer zar de la droga de la región. Por lo menos, fue el primero de una sucesión de padrinos que hasta hoy se recuerdan. Campesino de Ojinaga, de elevada estatura, Aranda se inició como contrabandista durante la Segunda Guerra Mundial, a los veintitantos años de edad. Escoltaba una caravana de mulas en las que transportaba llantas, azúcar y café, y todo cuanto pudiera estar racionado o escaseara en los Estados Unidos durante esos años, llegando incluso tan lejos como Fort Stockton. Con cuarenta, cincuenta y hasta cien mulas, avanzaba pesadamente durante la noche a través de los cañones del Gran Recodo de Texas; a fin de evitar ser visto por las patrullas, recurría a señales para comunicarse a grandes distancias. Los rancheros del área del Gran Recodo sabían lo que significaba la presencia de fogatas en lo alto de las montañas a altas horas de la noche o el reflejo distante de espejos durante el día.

Después de la guerra, Aranda salió de Ojinaga y se fue a establecer a Ivory Street en Portales, pueblo agrícola de las planicies del sudeste de Nuevo México. El racionamiento concluyó con la guerra y al igual que otros contrabandistas que se habían quedado sin trabajo, Aranda se dedicó a vender una nueva mercancía: la heroína, café, pastosa y modestamente refinada que provenía de las montañas. Teniendo a sus hijos como aprendices, contrabandeaba la heroína desde las sierras sureñas de Chihuahua hasta el Río Bravo, luego se enfilaba hacia el norte por las antiguas rutas de contrabando siguiendo los senderos privados de rancherías o caminos sin pavimentar. Evitaba ser capturado distribuyendo la mercancía entre mexicanos de su confianza, los que a su vez se la vendían principalmente a otros mexicanos. Desde su modesta vivienda en Portales desarrolló eficientes conexiones en Albuquerque e incluso tan lejos como Chicago.

Al principio, Aranda se especializó en el contrabando de heroína. Estaba al tanto de los mercados. Pero conforme empezó a florecer la generación pacifista consumidora de mariguana, se dedicó a negociar con este tipo de droga. Si nos apegamos a las normas de los años sesenta, era un próspero traficante de drogas.

Aranda hubiera continuado operando su negocio desde la comunidad agrícola de Nuevo México de manera indefinida de no haber sido porque mató ahí a uno de sus socios en 1969, hecho que le obligó a volver a Ojinaga. Se dice que Aranda le disparó a Pancho Carreón en defensa propia durante una discusión que se inició por un juego de cartas. Habían estado bebiendo fuerte y las bromas habían adquirido un tono bastante grosero: supuestamente Carreón hizo un comentario obsceno de la hermana de Aranda. Cuando Aranda se incorporó y amenazó con matarlo, Carreón arremetió contra él con una navaja. Al retroceder, Aranda extrajo de su bota una automática calibre 25 y le disparó a Carreón en la boca. La bala cercenó una arteria y Carreón murió asfixiado con su propia sangre. Para evitar que lo aprehendieran por homicidio, Aranda regresó a México desde donde continuó dirigiendo el tráfico de heroína, estableciendo su base de operaciones en Ojinaga.


En 1969, Ojinaga era un pueblo pujante de diez mil habitantes. Al igual que la mayoría de los poblados mexicanos, contaba con el acostumbrado conjunto de edificios históricos dispuestos alrededor de una peculiar plaza central. Las pulcras y confortables moradas de la gente acomodada se encontraban sobre calles circundantes pavimentadas. Más allá del centro comenzaban los caminos sin pavimentar que llevaban hacia vecindarios llenos de endebles y erosionadas casas de adobe donde habitaban los menos afortunados.

En aquel entonces, los números de teléfono constaban de tres dígitos y las operadoras usaban tableros de conexión a mano. Las operadoras más antiguas cuentan de las llamadas mal dirigidas que recibían frecuentemente de los Estados Unidos, poniendo de manifiesto el aislamiento del pueblo fronterizo. “No señor, aquí no es Okinawa,” explicaban pacientemente. “Okinawa está en Japón. Usted está llamando a Ojinaga, México. ¡O-ji-na-ga, Mé-xi-co!”, articulaban.

Los pocos teléfonos reservados para las llamadas internacionales pendían de las paredes. En el exilio que él mismo se había impuesto para evitar ser juzgado por el asesinato de Pancho Carreón, Aranda transformó la mohosa oficina de teléfonos en su centro de operaciones. Las operadoras recuerdan cómo Domingo solía llegar temprano en la mañana y pasarse varias horas apoyado contra la pared o sentado en una silla. Tenía por costumbre encorvar la cabeza y poner el dedo en uno de sus oídos cuando el atestado lugar se volvía demasiado ruidoso. Con frecuencia las operadoras alcanzaban a oír la sonora voz de Domingo pero nunca lograban entender el lenguaje vedado. Siempre pagaba las costosas llamadas de un grueso fajo de dólares y pesos que extraía de sus bolsillos. “Ganadero”, le decía a todo aquel que se mostrase lo suficientemente curioso sobre su ocupación.


Por 1968, antes de matar a su socio Pancho Carreón y de su propia huida hacia México, Domingo Aranda introdujo nuevos elementos en su organización.

Manuel Carrasco era un campesino alto, de rostro angulado, procedente del área de Ojinaga, que originalmente había acudido a Portales como trabajador migratorio. Nacido en 1934 en un poblado de las afueras de Ojinaga, se había casado con una de las sobrinas de Domingo. Al igual que tantos otros trabajadores agrícolas de las casuchas de adobe que circundaban Ojinaga, Manuel se dedicaba por temporadas a trabajar en los campos algodoneros de la parte oeste de Texas y Nuevo México y luego se dirigía de regreso de Ojinaga para trabajar en el maizal de la familia. Al principio, Aranda le encargaba a Manuel la conducción de cargas de heroína “sobre mulas” siempre que éste venía de regreso de Portales; posteriormente le confirió mayor responsabilidad dejándolo llevar algunas cargas de heroína o mariguana hasta el propio Chicago.

Manuel Carrasco era inteligente, ambicioso. Durante sus viajes a Chicago y otras grandes ciudades pudo darse cuenta de que el mercado en los Estados Unidos iba mucho más allá de la visión que de él pudiera tener su patrón. A finales de los años sesenta e inicios de los setenta los partidarios de la contracultura de la época parecían estar decididos a fumar, inhalar y consumir toda sustancia alteradora de la mente conocida por la farmacopea. Y vaya que estaban pagando buen dinero por ello, sobre todo en las costas y en las grandes ciudades. Con sólo proponérselo, un hombre podía hacerse de una fortuna por el solo hecho de distribuir mercancía como la heroína y la mariguana.

Y, sin embargo, Manuel podía darse cuenta de que su pariente se conformaba con hacer dos o tres distribuciones en cada una de las comunidades con las que tenía arreglos. Después de trabajar durante unos años bajo la tutela de Aranda, Manuel empezó a hacer tratos por separado con algunos de los clientes de Aranda y a establecer conexiones con otros compradores. Al poco tiempo ya estaba dirigiendo una organización totalmente independiente de Aranda y ampliando sus redes de distribución a California y Arizona.

Con el tiempo, Carrasco también se las arregló para entrar en contacto con los distribuidores de Aranda en Parral, un extenso pueblo minero al sureste de Chihuahua. Carrasco conseguía su mariguana con esta familia y más tarde estableció sus laboratorios clandestinos para procesar heroína en las escarpadas montañas del sudoeste de la ciudad de Chihuahua. La policía estatal de Nuevo México que siguió de cerca la trayectoria de Carrasco, considera que adquirió tal grado de sofisticación como para transportar por aire goma, el extracto de la amapola, desde los cultivos de Sinaloa hasta sus laboratorios en las casi inaccesibles regiones montañosas de Chihuahua. Luego transportaba, también por aire, el producto refinado directamente de sus laboratorios a pistas de aterrizaje, en el desierto de los alrededores de Ojinaga. Con una mayor capacidad de organización y una ambición sin límites, a los pocos años Manuel llegó a dominar el tráfico de narcóticos en Ojinaga.

Mientras tanto, Aranda enfrentaba reveses financieros al serle confiscados algunos de sus cargamentos en los Estados Unidos. Estos imprevistos fueron tan graves, que se vio obligado a acudir a Manuel Carrasco para que lo contratara en el acarreo de cargamentos de mariguana. Entonces un día, en 1973, Aranda fue asesinado y su cuerpo quemado en las márgenes del río, crimen que horrorizó al pueblo de Ojinaga por su sadismo y señaló el principio de una nueva era para el aislado pueblo fronterizo.

Según una versión de Ojinaga, Aranda fue asesinado por los hijos de Pancho Carreón para vengar el asesinato de su padre cometido cuatro años atrás en Portales. En vista de que Carrasco se había convertido en el padrino del crimen en Ojinaga y había contratado los servicios de Aranda, los hijos de Carreón no podían matar al asesino de su padre sin el consentimiento del “don”. A fin de lograr que Carrasco se lo entregara, los hijos de Carreón lo convencieron de que Aranda estaba extrayendo parte de sus cargamentos.

Otra versión era que Aranda se enteró de que Carrasco escondía bajo su cama, dentro de un compartimiento arreglado en el colchón, una gran cantidad de billetes de alta denominación. Aranda estaba ansioso por reanudar sus negocios, pero necesitaba capital. Aranda cometió el error de invitar a un policía estatal de Ojinaga para que juntos despojaran a Carrasco del dinero. El judicial le dijo a su jefe, y éste, amigo de Carrasco, se lo dijo al propio Carrasco.

Cualquiera que haya sido el motivo, una tarde de 1973 Carrasco le pidió a Aranda que le ayudara a traer un cargamento de mariguana a la orilla del río, cerca de El Mulato, poblado ubicado al otro lado del río, en Redford, Texas, donde varios compradores los estaban aguardando. Él y Aranda se dirigieron hacia el valle, con el cargamento de mariguana en la parte posterior del camión de Manuel. Estaba oscuro y todo lo que pudieron ver al llegar fue a algunos hombres paseándose frente a los faros de una pickup estacionada en las márgenes del río. Cuando se dirigieron hacia el grupo de hombres, Aranda reconoció a uno de los hijos de Pancho Carreón.

Según les contaron a los agentes de narcóticos de Nuevo México, Aranda se aprestó a huir tan rápido como pudo haberlo hecho un hombre de sesenta años. Pero no fue lo suficientemente rápido. Se oyó un disparo. Domingo se sacudió hacia atrás cuando el proyectil se le incrustó en la columna. Se tambaleó y cayó boca abajo.

Manuel les dijo a los hombres que trajeran cinco galones de gasolina de uno de los camiones y que cavaran una pequeña zanja alrededor de Aranda. El contrabandista, herido, pedía clemencia mientras los hombres apilaban ramas sobre él y vertían la gasolina. “Manuel, esto que estás haciendo es inhumano,” imploró Aranda. Manuel encendió un cerillo y lo arrojó al combustible. La explosión de gasolina envió llamaradas muy por encima de la provisional hoguera. Si acaso hubo gritos de agonía, éstos no se pudieron haber oído por encima del rugir de las llamas mientras la pira jalaba aire como un gigantesco horno de fundición.

Alguien había traído cervezas y ahí permanecieron, bebiendo a la luz del fuego. Cuando las llamas se extinguieron, colocaron la mariguana en la parte posterior de la pickup, sujetaron el cargamento bajo unos alquitranes y cruzaron el río, habiendo cobrado venganza.

Finalmente, el cuerpo fue encontrado a unos cuantos centímetros bajo la arena. La policía estadounidense, que más tarde vio las placas, dijo que de Domingo sólo había quedado un torso carbonizado con muñones donde antes habían estado las extremidades. Más tarde, se dijo que le habían desprendido un dedo y una oreja y se los habían enviado a su familia en Portales.

Ya para entonces, Manuel se había ganado el mote de La Víbora. Algunos dicen que por sus maneras de hacer negocios; otros porque sus ojos se le habían puesto amarillos al contraer hepatitis, dándole el aspecto de una víbora de cascabel. Se dice que Carrasco al despedirse expresó lo siguiente: “Esto es lo que le sucederá a todo aquél que intente traicionar a La Víbora”.

Con el asesinato de Domingo Aranda, La Víbora asumía el control del hampa de la región de un lado a otro de la frontera. Con encender un cerillo, se había convertido en el primero de un linaje de narcotraficantes brutales y poderosos del norte del desierto de Chihuahua.





2



Golpe de estado




LOS HABITANTES DE OJINAGA se dieron cuenta de que Manuel era un hombre poderoso cuando logró salir impune del asesinato de Domingo Aranda: nada se hizo a este respecto. Después del asesinato, la influencia de Carrasco con la autoridad pareció, en todo caso, afianzarse. Cuando un nuevo general se hizo cargo de la guarnición de Ojinaga, se veía frecuentemente a Carrasco con él en público. Ex oficial de caballería y aficionado a los caballos de carreras, el general pronto andaba trotando por el pueblo montado en un purasangre que el narcotraficante le había regalado. En algunas ocasiones, también vieron a Manuel Carrasco con una escolta de soldados, y no con el fin de llevárselo al calabozo.

Se decía que el general tenía un ojo de vidrio y algunos de los bromistas del pueblo empezaron a decir que ese defecto lo hacía el hombre idóneo para el trabajo: ¡así resultaba mucho más fácil hacerse de la vista gorda ante todo el narcotráfico de Manuel Carrasco! Se decía en Ojinaga que Manuel estaba pagando un total de cien mil dólares mensuales por gozar de determinados privilegios, aunque nadie sabía a ciencia cierta quién era el que recibía esta supuesta suma de dinero. Sin embargo, la gente del pueblo sacó sus propias conclusiones.

Simplemente vieron el poder que había alcanzado el zar de la droga cuando concibió un minigolpe de Estado poco después de las elecciones municipales de 1974, sometiendo a su influencia al gobierno de la localidad. En ese entonces el pueblo fronterizo se encontraba en condiciones deplorables. En menos de diez años había duplicado su población, llegando a tener veinte mil habitantes, debido en parte a las personas que venían en busca de trabajo procedentes de la zona rural de Chihuahua y del interior de México. Los servicios básicos municipales como electricidad, desagüe y agua corriente, por no mencionar las calles pavimentadas, no habían ido a la par del crecimiento. Cuando llovía las calles se convertían en verdaderas zanjas de lodo; el resto del tiempo estaban tan polvosas como el desierto del Sahara. Destartaladas colonias surgían en la parte sudeste del poblado. El hambre era evidente en algunos de los pueblos circundantes, y la desnutrición se estaba convirtiendo en un serio problema de salud.

Era época de elecciones y dieron inicio las campañas para la contienda por la alcaldía. La gente de Ojinaga respondió a un llamado abierto para designar delegados ante una convención patrocinada por el Partido Acción Nacional (PAN) a fin de elegir candidato a alcalde. Sus seguidores afirmaban que los problemas de México surgían de una falta de alternativas políticas; y en tanto a los partidos de oposición se les permitía competir durante las elecciones, rara vez se les daba oportunidad de ganar. Aun así, el PAN demostró que la democracia en México podría alcanzarse cuando una proporción suficiente de ciudadanos adquirieran conciencia de sus derechos humanos y políticos y estuvieran dispuestos a defenderlos.

En la convención de candidatos a alcalde se postularon dos comerciantes, un periodista y un agricultor. La convención tuvo lugar en una calurosa tarde de domingo del mes de febrero en Los Arcos, un popular salón de baile en el ala este del centro de Ojinaga. Campesinos en camisas de algodón y sombreros de palma empapados de sudor estaban hombro con hombro con comerciantes enfundados en guayaberas y costosos sombreros; había también mecánicos todavía con grasa bajo las uñas sentados al lado de las elegantes esposas de los abogados.

El discurso pronunciado por uno de los líderes del partido de oposición, el abogado Antonio Vázquez, era típico de la oratoria de aquel entonces:

“Gente de Ojinaga”, comenzó, “una vez más un grupo de hombres y mujeres libres se ha reunido con el propósito de lograr una participación ordenada en la vida política de nuestra comunidad. No podemos ignorar los grandes y serios problemas que vemos a nuestro alrededor en nuestra vida económica, social, familiar y laboral. Durante años, hemos estado inmersos en una existencia política, social y económica plagada de vicios e irregularidades. No es ningún secreto que el derecho por el cual se luchó en la Revolución, elecciones justas, ha sido violado en todo el país.

“Todos sabemos cómo nos manipulan. Sabemos que los trabajadores, para conseguir o conservar sus trabajos, tienen que estar afiliados a los sindicatos del gobierno. Sabemos que los campesinos, para no perder la tierra que el gobierno les permite trabajar, tienen que pertenecer al sindicato oficial. Y todos sabemos lo que esto significa para las elecciones. Votarán para no perder sus trabajos y para no perder su tierra.

“Otra de nuestras apremiantes es la corrupción que vemos todos los días entre los empleados del gobierno. Los vemos hacer sus tejemanejes. Y ya que tocamos el tema, porqué no agregar que han formado una alianza con el crimen organizado con el fin de obtener riqueza y privilegios, dándonos una idea equivocada de lo que debe ser la política.

“Conciudadanos, los que hoy dirigen México han olvidado que sólo el poder que busca el bienestar común es legítimo. La finalidad de la actividad política es satisfacer las necesidades de la gente y no la avaricia desvergonzada y aparentemente sin límites del partido oficial.”

Los discursos se prolongaron durante varias horas. Finalmente, se llegó a la votación mediante el conteo de manos. El ganador de la primera ronda fue Ernesto Poblano, quien, sin ser el más elocuente de los candidatos, era por mucho el más conocido de los cuatro. Comerciante originario de un poblado ubicado a orillas del río Conchos, al sur de Ojinaga, que había patrocinado equipos de béisbol dentro y en los alrededores de Ojinaga, había trabajado como contador en una firma de administración de aduanas en el pueblo fronterizo antes de abrir una tienda de maquinaria. Pronto llegó a ser presidente de la Cámara de Comercio de Ojinaga. En ese entonces tenía veintisiete años de edad.

Así dio inicio la campaña más intensa del partido de oposición que Ojinaga jamás haya visto. Las elecciones en México generalmente van acompañadas de acusaciones de introducir votos alterados en las urnas electorales, hojas de registro falsificadas y otro tipo de tácticas fraudulentas. Estas elecciones no fueron la excepción. Pero de las seis mil quinientas papeletas contadas, Ernesto Poblano ganaba por mil votos. Y lo que resultaba todavía más sorprendente, el gobierno reconocía la victoria, la única de las sesenta y siete elecciones municipales que ese año en el estado de Chihuahua concedía a un partido de oposición y una de las pocas que hasta entonces haya concedido en México.

Pero la euforia de la victoria pronto se desvaneció. Se corrieron los rumores de que Ernesto Poblano se dedicaba a lavar dinero de Manuel Carrasco. Se sostenía que Carrasco le había dado a Poblano el dinero para comprar su establecimiento de maquinaria. También se rumoraba que Poblano primero había acudido en secreto al partido del gobierno a fin de buscar la nominación para alcalde pero que se le dijo que estaba destinada a alguien que hubiese militado durante mucho tiempo en el partido. También había otras suposiciones.

El comité municipal del PAN sostuvo una reunión a puerta cerrada con Poblano un mes antes del día de la inauguración, en octubre de 1974.

Poblano se obstinaba en seguir: sólo se trataba de rumores malintencionados concebidos para ponerlo en mal y afectar la credibilidad del partido de oposición antes de que pudiera asumir sus funciones. Poblano se las arregló para convencer a todo el mundo de que los cargos eran infundados.

Ocupó el puesto de alcalde. Pero varios meses después de que la administración reformista tomara posesión, Manuel Carrasco empezó a realizar frecuentes visitas al palacio municipal. Pronto empezaron a escenificarse algunas conversaciones inusuales en la oficina del alcalde, lo cual convenció a los panistas de que su alcalde de hecho estaba involucrado de alguna forma en el submundo del narcotráfico. A lo largo de varias semanas, el joven alcalde llamó individualmente a su oficina a cada uno de los jefes de departamento implicándolos en conversaciones que al principio versaban sobre problemas que enfrentaba la municipalidad pero que invariablemente acababan tocando el tema de las drogas. Los funcionarios salían de la oficina del alcalde con la impresión de que Ernesto Poblano había estado tratando de sondearlos. El propio Manuel Carrasco se encontraba presente en una ocasión. Mientras el alcalde interrogaba a un administrador de alto rango, el narcotraficante se hallaba sentado en un sofá con su sombrero vaquero sobre el regazo, escuchando atentamente y sonriendo irónicamente de vez en cuando.

El alcalde manifestó: “Tenemos que reconocer que el narcotráfico es un buen negocio y que realmente no podemos hacer nada al respecto. De cualquier manera, todas las drogas se van a Estados Unidos.”

El funcionario respondió: “Sí, pero siempre se queda algo en México donde se consume. El hecho es que este tipo de actividad no podrá nunca justificarse ética ni moralmente.”

El alcalde y Manuel Carrasco intercambiaron sonrisas. El alcalde prosiguió: “Quizá no, pero puede justificarse históricamente como la venganza de un país vencido que perdió la mitad de su territorio en una guerra contra los Estados Unidos y sigue siendo explotado por ese país.”

Después de haberse suscitado la extraña serie de reuniones, pocos integrantes de la nueva administración tenían dudas en cuanto a que el joven alcalde hubiera actuado con deslealtad, incluso mucho antes de convertirse en el candidato del partido de oposición. Es quizá por eso que el gobierno había dejado que ganase el partido de oposición: su candidato era uno de los suyos. Los miembros del partido más allegados a Poblano empezaron a presionarlo para que renunciara, pero él se negó a hacerlo.

Mientras tanto, el comandante de la guarnición cometía abusos evidentes contra el jefe de policía de la administración. En varias ocasiones, sus tropas golpearon a culatazos a varios de los policías municipales, lo que provocó que el jefe de la policía enviara una queja a la oficina del gobernador y al comandante general de la Quinta Zona Militar en la ciudad de Chihuahua. Las quejas fueron ignoradas.

Varios meses más tarde, Poblano renunciaba públicamente al partido de oposición y se sumaba a las filas del Partido Revolucionario Institucional, el partido oficial. Anunció el cambio por la radio y lo publicó en los diarios semanales.

Era como un carro bomba saliendo del interior del Palacio Municipal. La administración de la ciudad se vino por tierra, junto con las esperanzas de quienes habían creído que con su participación podrían hacer cambiar las cosas. El jefe policiaco de la oposición renunció en señal de protesta; lo secundaron los veinte policías de la ciudad. Entonces Poblano exigió la renuncia del administrador de la ciudad y de todos los otros funcionarios que no estuviesen de acuerdo con su punto de vista. Un nuevo grupo de personas se hizo cargo del Palacio Municipal y otro destacamento policiaco ocupó la estación municipal.

Era obvio que Manuel Carrasco había estado detrás de esta maniobra desde el principio hasta el fin.

Poblano se aprestó a transformar Ojinaga en un poblado especialmente diseñado para el traficante de drogas. Gran aficionado a las carreras de caballos, organizó algunas de las más importantes competencias que jamás haya visto el pueblo. Se encargaba de invitar a las lucidas carreras a importantes narcotraficantes de todo Chihuahua, ofreciéndoles un buen hospedaje y jockeys. Entonces contrataba jinetes profesionales, muchos de ellos de Albuquerque, donde también eran una pasión las carreras de caballos. Bastaba una simple llamada telefónica con la promesa de Poblano de recibir dos mil dólares por un día de jineteo para traer un alud de importantes jockeys a Ojinaga.

Es fácil identificar a los narcos. Portan esbeltas automáticas en la cintura con el gatillo amartillado. Mientras más importante sea el narcotraficante, más fácil resulta identificarlo a simple vista. Usan chaleco a prueba de balas y van siempre acompañados de dos o tres pistoleros de fiero aspecto. Son ellos quienes hacen las apuestas más grandes, en ocasiones llegando hasta los cincuenta mil dólares, en billetes de alta denominación. Poseen, además, los mejores caballos, los cuales son transportados hasta la pista de carreras en costosos remolques.

Estos eventos eran verdaderas fiestas: había miles de personas, improvisados puestos sirviendo carne asada, tortillas de maíz y cerveza. Grupos de mariachis yendo y viniendo por el lugar. La pista de carreras era un tramo recto acondicionado de trescientos metros de largo en las afueras de Ojinaga, sobre la carretera a Camargo, y estaba equipada con un puerta mecánica de salida para dos caballos. Al salir los caballos de las compuertas, corrían entre cables tensados a lo largo de toda la estrecha pista. En la línea de llegada había jueces seleccionados por Poblano tomando fotos en caso de que se suscitaran disputas.

El gobierno enviaba tropas desde la ciudad de Chihuahua para supervisar las carreras. Los soldados no acudían ahí para catear a la gente en busca de armas o tratar de detener las apuestas ilegales. Su presencia era para evitar que los temperamentos se encendieran y asegurarse de que el sitio no se convirtiera en un baño público de sangre. Con tal cantidad de armamento automático podría suscitarse una situación verdaderamente fea.

En Ojinaga nunca ha habido mucho que ver: es un sitio pobre, miserable. En verano, el pueblo fronterizo es insoportablemente caluroso; en el invierno, el frío es de lo más inclemente. Sin embargo, la gente de Ojinaga llamaba con orgullo a su pueblo la “Perla del Desierto” por su reluciente blancura en medio de una extensión de pardas planicies y áridas montañas rojizas

Era una perla que había caído en manos de los narcotraficantes, botín del cual no tardaría en apropiarse Pablo Acosta.





3



Contrabandistas




LA SAGA DE LA FAMILIA ACOSTA es la historia de decenas de miles familias fronterizas mexicanas que se han valido de su ingenio para sobrevivir durante generaciones en las duras circunstancias políticas, económicas y geográficas que las rodean. Cuando las tierras del desierto dejaban de producir suficiente alimento, la emigración como trabajadores del campo a los Estados Unidos y el pequeño contrabando, a veces ambos, permitieron a muchas familias campesinas sobrevivir.

Los Acosta eran una familia campesina que había ido de aquí para allá a través de la frontera durante varias generaciones en busca de trabajo. El abuelo de Pablo, Lucas Acosta, nació en 1888 en Fort Stockton, ranchería y comunidad agrícola ubicada al oeste de Texas. La madre de Lucas tuvo veintiséis hijos, de ellos once murieron de enfermedad y hambre. Al nacer Lucas, algunos de los miembros de la familia ya se habían hecho de propiedades y se habían establecido en Fort Stockton.

Pero Lucas pertenecía al tipo nómada; durante algún tiempo trabajó para las minas de mercurio de Terlingua, en el lado norteamericano del río, donde nació su primer hijo, Cornelio, el padre de Pablo, en el año de 1906. Después de que estallara la Revolución Mexicana en 1910 con sus promesas de tierra y libertad, Lucas se apropió, dieciséis kilómetros río abajo de Santa Elena, de un pedazo pedregoso de desierto que había pertenecido a un ejidatario prerrevolucionario. Lucas se dedicó a la agricultura. La única ventaja que tenía el terreno era la presencia de un manantial brotante.

El abuelo de Pablo era un hombre práctico. La granja, que llegó a conocerse como El Chupadero de Lucas, era un sitio ideal para alguien que no quería verse inmerso en el caos fratricida de la revolución. Las tropas federales e insurgentes se diezmaban entre sí y acababan con todo lo que se atravesase en su camino, durante feroces enfrentamientos en pueblos y caseríos ubicados a lo largo del río. Cuando el atronar de la guerra civil se aproximaba demasiado, Lucas se llevaba a su familia al otro lado del río. Después de todo, él era por nacimiento ciudadano estadounidense.

Las aguas del manantial, ricas en minerales, le permitieron a Lucas criar algunas vacas y cabras y sembrar maíz y frijol para alimentar a sus hijos, que pronto llegaron a ser diez. Cuando no se encontraba trabajando sus tierras, se llevaba a Cornelio y a sus otros hijos más grandes a bordo de una carreta en dirección a Fort Stockton a fin de vender madera de mezquite de los árboles que crecían hasta diez metros de alto a lo largo del río.

El contrabando también formaba parte del estilo de vida, uno de los ingredientes para la supervivencia en las inclementes tierras fronterizas. Lucas conocía las rutas que atravesaban las áridas planicies y montañas del Gran Recodo de Texas y las usaba. Al iniciarse la prohibición en los Estados Unidos se dio cuenta de que era rentable comprar garrafas de sotol, un aguardiente de cactus, en las destilerías de las montañas de Chihuahua y Coahuila y llevarlas de contrabando en mulas hasta Fort Stockton. El viaje le llevaba más de una semana y avanzaba sólo de noche a través de profundos arroyos y tenebrosos cañones para evitar que lo detectaran.

Al finalizar la prohibición, Lucas se llevó a Cornelio a fin de que juntos trabajaran en las montañas recolectando cera de candelilla, ingrediente usado en la goma de mascar, en los cosméticos y en la grasa de calzado. No era ilegal introducir de contrabando la cera los Estados Unidos; simplemente estaba prohibido sacarla ilegalmente de México.

El procesamiento de la candelilla era sucio y peligroso. Requería permanecer a un lado de las humeantes fogatas aspirando los vapores asfixiantes del ácido sulfúrico, indispensable para extraer la cera de las resistentes plantas de candelilla.

En medio del frío de la noche, alrededor del fuego, Lucas le enseñaba a Cornelio, entonces adolescente, aspectos sobre economía y la toma de riesgos. Ambos hombres eran iletrados pero distaban mucho de ser ignorantes. La “industria” de la cera era fuertemente controlada por un sindicato en Coahuila, Lucas le explicaba. Se requería ser miembro del sindicato para poder “explotar” candelilla. Los pobres podían obtener un permiso, de acuerdo, pero entonces tenían que afiliarse al sindicato de trabajadores de la candelilla, controlado por el gobierno, y venderle todo el producto al sindicato. Y, sin embargo, al otro lado del río los norteamericanos pagaban el doble de lo que el sindicato ofrecía por cada kilo de cera. “¿Quién debe producir el dinero extra?”, Lucas le preguntaba. “¿El pobre trabajador, o el gobierno mexicano, que se da la media vuelta y le vende de cualquier manera una gran cantidad de cera a los norteamericanos?”

Lucas y Cornelio se pasaban de una a dos semanas en las montañas recolectando plantas de candelilla y extrayendo la cera. Trabajaban de noche para evitar ser sorprendido por los forestales. Para proteger los intereses del sindicato de la candelilla, el gobierno enviaba agentes bien armados para patrullar, a bordo de camiones. Llevaban tirando un remolque con caballos ya ensillados. En el momento en que detectaban humo en las montañas, montaban sus cabalgaduras y caían sobre los tiznados campesinos justo como los agentes del Departamento de Hacienda de los Estados Unidos sorprendían a los contrabandistas de licor en los Apalaches.

Con furia premeditada, los forestales asesinaban a todos los burros disparándoles entre los ojos, perforaban con balas los tanques de almacenamiento de cincuenta y cinco galones, quemaban las albardas de madera, así como las pértigas y confiscaban la cera. Luego se llevaban a los prisioneros encadenados hacia la cárcel en Saltillo, Coahuila. La pena por la recolección de candelilla iba de seis meses a dos años, dependiendo de si se estuviese a cargo de la operación, o de si sólo se fuese colaborador. Lo que más les enojaba a los campesinos era que en ocasiones los forestales se quedaban con la cera.

Los agentes mexicanos también se apostaban en las rutas que usaban los contrabandistas y los sorprendían en cuanto descendían de las montañas. Pero Lucas, que conocía las montañas como nadie, le enseñó a Cornelio cómo burlar a los agentes y llevar la cera hasta las tiendas generales en Cerro Chino, Castolón o Lajitas, serie de establecimientos de lado norteamericano que recibían gustosamente a los comerciantes de cera.

Más tarde, Pablo Acosta solía referir con orgullo cómo su padre y Macario Vázquez, el más famoso de los contrabandistas de candelilla, en una ocasión se enfrentaron a tiros con los forestales en las montañas arriba de Santa Elena. Nadie resultó muerto o herido en la balacera, y ellos lograron escapar con su cera. Sin embargo, los agentes mexicanos llegaron a sentir temor por esos dos hombres. Se compusieron canciones elogiando sus hazañas. Y si hubo una lección que Pablo Acosta aprendió de estas anécdotas, fue lo útil que resulta inspirar miedo.

Cuando los hombres regresaban a El Chupadero llevando consigo el dinero y una serie de emocionantes anécdotas, Pablo se sentaba cruzando los delgados brazos alrededor de las piernas y la barbilla apoyada en las rodillas a fin de escuchar ávidamente las historias referidas. Como cualquier muchacho, se impresionaba ante los despliegues de astucia y valor, y se imaginaba a sí mismo montado en un caballo combatiendo con los forestales. Anhelaba acompañar a los protagonistas de tales acciones en sus travesías.


Fue cerca de esta pequeña granja ribereña que poseía un manantial que ya había alimentado a dos generaciones Acosta, que Pablo nació, el 26 de enero de 1937. Su madre, Dolores, fue llevada al pueblo contiguo de Santa Elena a que diera a luz en una casucha de adobe con la ayuda de las mujeres del pueblo. A la edad de cinco años, Pablo era uno de ocho hermanos, y en ocasiones había hasta treinta personas viviendo en las dos casuchas de piedra de la granja. Dolores Acosta no sólo tenía que hacerse cargo de sus propios hijos. Cuando los hombres se iban, a veces ausentándose durante meses, a trabajar en los campos próximos a Fort Stockton y Lovington, también tenía que cuidar a la multitud de hermanos y hermanas menores de Cornelio. Los hombres se llevaban a los niños que tenían la edad suficiente para las labores del campo pero dejaban a los restantes en casa.

Dolores delegaba entonces responsabilidades. Cocinaba en una estufa de hierro fundido, la cual abastecía con madera de mezquite y se hacía cargo de las niñas y los recién nacidos. Hermenegilda, una de las hermanas más jóvenes de Cornelio, cuidaba a Pablo y a Juan, el hermano mayor de éste.

Pablo era el consentido de Hermenegilda. Y una de las obligaciones que ella debía cumplir por las tardes era reunir el pequeño rebaño de vacas y cabras que se había ido alejando de la granja a fin de pastar en la reseca hierba del desierto en las colinas circundantes. Solía llevarse a Pablo montado en los hombros y así trepaban las colinas detrás de los errantes animalitos. Pablo siempre llevaba consigo la quijada de una cabra dado que para él tenía la forma de un pistola. Mientras avanzaban por las colinas cubiertas de mezquites conduciendo a los animales, él pretendía dispararle a las vacas, a las sombras que proyectaban los árboles y a los conejos que se aprestaban a esconderse ante su cercanía.

Al muchacho también le gustaba llamar la atención. Con frecuencia se alejaba de la casa para esconderse en uno de los arroyos con el fin de que todo el mundo se pusiera a buscarlo.

Hermenegilda siempre se mostraba aprensiva en cuanto a Pablo y Juan. Esto hizo que en una ocasión Dolores la reprendiera: “Por qué desperdicias tus lágrimas en ellos? De cualquier manera, siempre van a hacer lo que quieran. Yo no tengo las fuerzas suficientes para preocuparme de ellos. Ya Dios se encargará de cuidarlos”.

Cuando Hermenegilda se casó y se fue de ahí, Pablo lloró amargamente. “¿Y ahora quién me va a cuidar?”, decía entre sollozos.

Alrededor de 1948, una plaga estaba diezmando el ganado a ambos lados de la frontera. Y aunque los animales de Acosta estaban saludables, el gobierno obligó a la familia a exterminarlos. A cambio de ello, les prometieron un terreno en Providencia, un ejido propiedad del gobierno en las tierras altas de Sierra Ponce, a unos veinticinco kilómetros al sur de El Chupadero.

El padre de Pablo decidió trasladarse ahí pensando también en la educación de sus hijos. Siendo él iletrado, entendía las limitaciones que esto implicaba. La escuela más cercana estaba en Providencia y a ella había empezado a enviar a Pablo y a Juan varios años atrás a fin de que aprendieran a leer y escribir. Montados en un burro, los dos chicos llegaban hasta el poblado cruzando un camino entre las montañas. Durante la semana, se quedaban en casa de unos parientes y el sábado y el domingo regresaban a El Chupadero.

Providencia era un conjunto de abandonadas barracas de piedra que había formado parte de una guarnición militar al servicio de una u otra facción durante los años de la gesta revolucionaria. Finalmente, el gobierno abandonó la guarnición convirtiéndola en un ejido. Los nuevos pobladores no tardaron en instalarse en las abandonadas barracas de piedra. Al igual que El Chupadero, Providencia contaba con un manantial natural que brotaba del suelo y satisfacía las necesidades de agua de los colonos para cultivar maíz y frijol y abastecer sus pequeños rebaños. Las cuatro familias que habitaban ahí en ese entonces no tuvieron objeción en que se mudara una quinta familia, sobre todo contando con tantos niños. La escuela del ejido, de una sola aula, estaba asignada a un profesor del gobierno en tanto la matrícula no bajara de cierto nivel.

Los Acosta se instalaron en una de las derruidas edificaciones de piedra, una construcción de tres habitaciones con piso de tierra y un techo tan bajo que se corría el riesgo de golpearse la cabeza al incorporarse súbitamente. Las grietas entre las rocas estaban selladas con barro. El techo estaba sostenido con tablones de álamo cubiertos con una gruesa capa de troncos, los que a su vez estaban unidos con tiras de hojas de yuca. Todo esto estaba recubierto por una capa de caliche mezclado con paja para evitar el paso del agua de la lluvia.

Ejidos como Providencia eran producto de la Revolución, que el gobierno había creado como un intento por adaptar una gran parte de las tierras agrícolas de México posrevolucionario a un sistema precolombino del uso de la tierra. Bajo tal sistema, los campesinos podían trabajar la tierra pero no poseerla. Si durante dos años dejaban de trabajar su parcela, ésta volvía a pasar a manos del gobierno. En teoría, el sistema pretendía evitar la acumulación de tierra en grandes propiedades, una de las causas de la Revoluci6n Mexicana, pero resultó ser un triste fracaso como sistema encaminado a elevar la producción agrícola, generando gran parte de la miseria rural en la cual se vio inmersa la familia Acosta.

A finales de los años cuarenta, cuando Cornelio se dirigía hacia los Estados Unidos, solía llevarse a los otros niños con él: Carmen, Aurora, María, Juanito, Pablo. Permanecían con miembros de la familia en algún punto de la zona de migración y se pasaban tres meses en la limpia, desyerbando los campos de algodón. Al menos durante seis meses la familia quedaba separada.

El paso de la familia de Cornelio de México a los Estados Unidos fue gradual pero progresivo. A principios de los años cincuenta, ya se habían trasladado a comunidades ubicadas en la zona de trabajo agrícola y cuando regresaban a México sólo era de visita.

Era difícil regresar a casa. Cuando Juan Acosta llegó a la edad adulta, regresó a El Chupadero de Lucas y trató de reclamarlo como su propiedad, pero el gobierno ya lo había convertido en ejido.


En 1958 Pablo ya llevaba nueve años trabajando en la zona agrícola en compañía de su padre, su hermano y sus hermanas. Trabajaban los terrenos ubicados en las inmediaciones de Fort Stockton, Odessa y Lovington.

En octubre de ese año Cornelio fue asesinado en Fort Stockton. Padre e hijo habían ido al Salón de Sandy, en las afueras del pueblo, a tomar una cerveza. Al acercarse a la barra, alguien palmeó al padre de Pablo en el hombro y le dijo: “Oye, Cornelio, allá afuera hay alguien que quiere hablar contigo”.

Dejando a Pablo en el bar, Cornelio salió en compañía de los otros hombres en dirección al estacionamiento de grava ubicado a las afueras del salón, donde varios automóviles y pick-ups se encontraban estacionados en una de las esquinas. Segundos después se escuchó un sonoro disparo y Pablo salió corriendo para encontrar a su padre tendido boca arriba sobre la grava con un orificio de bala en la frente. Pablo se precipitó tras una pick-up que vio saliendo velozmente del estacionamiento, pero sólo pudo acercarse lo suficiente para leer la matrícula. La policía de Fort Stockton logró detectar que la camioneta pertenecía a un encargado del rancho llamado Pablo Baiza, a quien arrestó. Durante el juicio, quedó claro el motivo del asesinato: las familias Acosta y Baiza habían estado cometiendo asesinatos entre sus miembros, como consecuencia de una enemistad que se había iniciado años atrás,

El abogado de Baiza era Travis Crumpton, un extravagante jurista de la parte oeste de Texas que agitaba ante el jurado una serie de fotografías de lo que afirmaba había sido el origen de la enemistad, aunque el jurado nunca logró verlas.

“Hace años, alguien de la familia Acosta mató a Baiza en el poblado de Santa Elena, en la zona del Gran Recodo —le dijo Travis Crumpton al jurado formado exclusivamente por hombres, diez sajones y dos mexicano-norteamericanos—. El motivo del asesinato carece de importancia. ¡Vean lo que Acosta le hizo a Baiza! —dijo Crumpton, exhalando una bocanada de humo mientras agitaba las fotos frente al jurado—. Colgó el cuerpo de un madero en una de las casas de adobe de Santa Elena, ¡y luego encerró en ese lugar a dos perros hambrientos!”

Crumpton prosiguió refiriendo las historias de la familia: “Las dos familias emigraron y se establecieron en la parte oeste de Texas, pero eran campesinos mexicanos y no se olvidaron de su enemistad. Hubo más asesinatos en ambas partes. Cornelio pudo haber tenido que ver o no con estos asesinatos, pero ésa no es la cuestión”, argumentó Crumpton.

El abogado se apoyó contra la barandilla y exhortó al jurado a que se pusieran en el papel del defendido. “Pablo Baiza, por honor, estaba comprometido a vengar el nombre de su familia. Y así un día alguien acudió a él y le dijo que Cornelio Acosta se encontraba en el Salón de Sandy. Pablo Baiza no hizo más que seguir el dictado de la tradición.”

Pablo Baiza había puesto una X en todos los documentos legales que requerían de su firma. Era un trabajador acostumbrado a realizar trabajos pesados en el rancho MacDonald, en Gervin. Su rostro estaba tostado por el sol y sus manos lucían encallecidas y deformadas, producto de años de lazar y marcar ganado y ovejas, así como de arreglar corrales y otras tareas propias del rancho. La mayoría de los doce hombres que conformaban el jurado eran rancheros y sabían distinguir a un trabajador eficiente y confiable cuando veían a uno. MacDonald, el jefe de Baiza, incluso testificó en favor de su trabajador aludiendo a su buen carácter y a su inmejorable desempeño en el rancho.




Pablo Acosta al momento de su primer arresto. El expediente de la policía de Lovington, Nuevo México dice: “El sujeto arrojó una jarra de cerveza a una ventana de vidrio cilindrado del bar Smokehouse. Se le multó con $25.00 y se le dio una sentencia suspendida de 10 días”. (Foto cortesía del Departamento de Policía de Lovington.)


Pablo también atestiguó cómo había salido del Salón de Sandy para encontrar a su padre con un balazo en la frente y cómo corrió detrás de la pick-up tomando el número de matrícula del vehículo del asesino.

El jurado condenó a Baiza por asesinato con “premeditación” y propuso cinco años de libertad condicional, disposición que fue aprobada. En total, Baiza pasó tres meses en la cárcel, el tiempo que tuvo que esperar a que llegara el juicio.

Para Pablo, que en ese entonces contaba con veintiún años de edad, se trataba de una amarga lección acerca del sistema norteamericano de justicia. El resultado del juicio no contribuyó en nada a disminuir el motivo de la enemistad. Pablo nunca le dijo a nadie si planeaba vengarse por su propia mano, pero los consanguíneos de ambas familias continuaron intercambiando amenazas durante años.

Incluso antes de la muerte de su padre, Pablo ya se había convertido en un sujeto conflictivo. En su expediente estaba especificado que había sido multado por manejar en estado de ebriedad y hacer desórdenes en la vía pública en 1957, en Lovington, comunidad agrícola de Nuevo México donde había estado viviendo por temporadas desde 1949. Cleto, uno de los tíos paternos de Pablo, y su esposa, Saturnina, vivían en un estrecho remolque de aluminio en Chavez Street, en la zona este de la vías del Union Pacific que dividían la comunidad de sajones del pequeño pero creciente número de familias de emigrantes mexicanos que se establecían dentro de los límites de la ciudad. Durante la semana, Pablo se quedaba en los alojamientos de la granja y los fines de semana ocupaba una pequeña choza de madera ubicada detrás del remolque.

Durante este tiempo, Pablo trabajaba en granjas durante la primavera, el verano y el otoño, mientras que en el invierno se ocupaba en las desmotadoras de algodón. Pablo era tranquilo mientras no se embriagara. Con unos cuantos tragos encima, estaba dispuesto a golpear a cualquiera. El asesinato de su padre empeoró su comportamiento, al igual que el trato con el cual se encontró.

En los años cincuenta los latinos de Nuevo México se estaban abriendo paso en la política estatal y nacional, y esto se suscitaba a pesar de las tensiones entre lo viejo y lo nuevo que podían surgir de las incongruencias. Todavía se recuerda el día en que un latino de mediana edad ocupó un lugar en un restaurante de Tatum, población ubicada a unos treinta y cinco kilómetros de Lovington. Pidió la carta y secamente se le dijo: “Escuche, amigo. Aquí no le servimos a mexicanos”. El dueño del restaurante no se dio cuenta sino hasta más tarde que el hombre a quien se había negado servirle era Dennis Chavez, entonces senador de los Estados Unidos por Nuevo México.

Los recién inmigrados como Pablo sentían las tensiones de una manera más marcada. Los braceros (trabajadores documentados temporales) no podían cortarse el pelo en las peluquerías del centro de Lovington y sólo podían ponerse en manos de los peluqueros mexicanos del otro lado de las vías. Los mexicanos no hacían sus compras en las tiendas de los anglosajones por miedo a recibir miradas hostiles y mal trato. Las barreras eran invisibles pero sumamente poderosas, cual si fuera un campo magnético.

Tal vez ésa sea la razón por la que el expediente de Pablo Acosta habla de un arresto en The Steakhouse, un popular restaurante-bar de Lovington, adonde los mexicanos no acudían en marzo de 1963. Para entonces ya llevaba media docena de altercados con la ley por beber en exceso y pelear. Pablo era engreído y desafiante y el 10 de marzo acudió al citado bar con una actitud de lo más pendenciera. Empezó a beber, se enfrascó en una pelea y acabó por arrojar un tarro de cerveza contra uno de los espejos.

Una instantánea Polaroid en blanco y negro llevada al Departamento de Policía de Lovington mostraba a un joven vestido con una camiseta blanca, el pelo envaselinado hacia atrás y un gesto desafiante con muestras de haber estado bebiendo. Se le impuso una multa de veinticinco dólares y una sentencia suspendida de diez días.

Ninguno de estos delitos pesaron lo suficiente para evitar que Pablo consiguiera hacerse ciudadano norteamericano. Generalmente, cuando regresaba a México de visita, le resultaba sumamente simple volver a los Estados Unidos con sólo cruzar el río en Santa Elena o en algún otro poblado pegado a éste. Sin embargo, en 1960 cruzó el puente internacional entre Ojinaga y Presido y fue detenido por las autoridades norteamericanas de inmigración. Pablo no pudo demostrar que era ciudadano de ese país o residente permanente, así que fue deportado por el Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos.




El 28 de mayo de 1968, Acosta introdujo narcóticos a los estados Unidos por primera vez. Fue aprehendido cerca de Marfa, Texas, con una onza de heroína pegada al brazo. Fue juzgado en el tribunal federal de Pecos, Texas, y enviado a la penitenciaria de Fort Leavenworth, Kansas. (Foto cortesía de la Comisaría del condado de Reeves.)


Para evitar los conflictos en la frontera, en 1963 Pablo solicitó la ciudadanía norteamericana. En su solicitud afirmaba tener derecho a tal ciudadanía en virtud de que su padre había nacido en los Estados Unidos y que tenía documentos que lo atestiguaban. Su padre había nacido en el pueblo minero de Terlingua, Texas, el 16 de septiembre de 1906. Un juez del Servicio de Inmigración y Naturalización en Carlsbad apoyó sus argumentos y en enero de 1964 Pablo recibía el certificado que lo reconocía como ciudadano norteamericano.


Pablo trabajó en las granjas de Lovington en la época del boom local del petróleo. En 1950 se descubrió en la región un enorme yacimiento de oro negro y pronto empezaron a perforarse pozos por doquier. Los trabajadores norteamericanos abandonaron las granjas en bandada para ocupar las bien remuneradas plazas que ofrecía la industria petrolera. Al mismo tiempo, florecía la producción de algodón. Las fábricas de hierro corrugado que almacenaban las desmotadoras podían producir un millón o más pacas de algodón durante los meses de otoño e invierno.

El incremento en la producción del algodón y la disminución en la mano de obra propiciada por los campos petroleros atrajo a miles de trabajadores de México, trescientos kilómetros al sur. Los braceros eran transportados en camión desde Ojinaga y otros pueblos fronterizos a fin de que trabajaran en las enormes granjas; una proporción mayor de ellos se internó ilegalmente.

Los sábados por la tarde, los propietarios de las granjas de algodón en el área de Lovington disponían que los trabajadores fuesen llevados al pueblo a bordo de camiones abiertos. Los polvosos trabajadores eran depositados frente a La Poblanita, una fábrica de tortillas ubicada a un lado de las vías del tren. La Poblanita estaba a cargo de una familia mexicano-norteamericana establecida de mucho tiempo atrás. Además de la fábrica de tortillas, La Poblanita tenía al frente un café y un billar, y regaderas y barracas en la parte posterior. Era el lugar más popular del pueblo para los nuevos inmigrantes.

Además del café, las únicas diversiones que había en Lovington para los trabajadores mexicanos eran una sala de cine que proyectaba cintas en español, algunos bares situados en la zona este y algún baile ocasional. Muchos de los braceros acudían a Lovington por la tarde. Hacían las compras de la semana y regresaban a la granja el mismo día. Los que eran solteros, entre los que se encontraba Pablo, pasaban ahí la noche divirtiéndose.

En ocasiones, la bebida propiciaba pleitos y éstos a su vez los arrestos. Un sábado por la noche, en abril de 1964, Pablo se vio complicado en un tiroteo frente a La Poblanita, el altercado más serio que hasta entonces había tenido con la policía y la primera de las muchas balaceras que habrían de escenificarse en su vida. El altercado se inició ya avanzada la noche después de que Pablo se enfrascó en una discusión con otros tipos a causa de una chica, lo que propició que los retara.

“¿Quieren pelea? Síganme a las afueras del pueblo y ahí nos arreglamos”, les dijo Pablo.

En lugar de seguirlo fuera del pueblo, uno de los hombres le disparó al salir hacia el estacionamiento, rozándole la mejilla. Pablo contestó el fuego a través de la ventanilla posterior de su automóvil con un rifle 22, dándole a uno de los hombres en el pecho.

Fue éste el tiroteo más impresionante que se había dado en Lovington en mucho tiempo. Por lo menos se hicieron veinticuatro disparos, muchos de ellos sin ton ni son. Los detalles del zafarrancho aparecieron en The Lovington Daily Leader, en una reseña de seis párrafos incluida al pie de la primera plana con el siguiente encabezado: “Tiroteo que provocó cuatro arrestos”.

Pablo fue acusado de asalto a mano armada y se pasó varios meses encerrado en espera de ser juzgado. Sus tías le llevaban fruta fresca y en ocasiones condimentados platillos mexicanos hasta la vieja prisión del condado. Finalmente los cargos se redujeron a uso ilegal de armas de fuego y se le impuso una sentencia de noventa días. Acabó cumpliendo sólo treinta días.

En ese tiempo, Pablo no tenía nada que ver con las drogas. El motivo en parte se hacía evidente en el encabezado de The Lovington Daily Leader. Varios días después de la balacera escenificada a las afueras de La Poblanita, el pequeño diario apareció un reportaje sobre una importante confiscación de drogas en Lovington. El encabezado, de toda la página, daba a conocer la impactante noticia. Se habían confiscado tres kilos de mariguana y varios miembros de una banda de narcotraficantes mexicanos habían sido arrestados en el mayor golpe hasta entonces asestado en Lovington.


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