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CARMEN TORRICO



Sinfonía en París I





Tres mujeres y un amor









Estilo: Novela

Título original: Sinfonía en París I Tres mujeres y un amor

Autor: Carmen Torrico

Diseño de portada: Isaac Rodrigo Sopedra

Copyright © 2016: Carmen Torrico

Copyright © 2016: ilustraciones: Isaac Rodrigo Sopedra

Web de autor: https://carmentorrico.com

Email: cartorryautor@gmail.com

Publicado por: Smashwords



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Todos los derechos reservados

All rights reserved


ÍNDICE



Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Epílogo

Agradecimientos

Biografía

Contáctame

Notas aclaratorias

Capítulo 1



Problemas matrimoniales



―No, no y no… Las violas nunca pueden tener mayor sonoridad en este pasaje que los violines primeros. Lo he repetido cien veces a lo largo de la mañana. ―Golpeaba nervioso el atril con la pequeña batuta que utilizaba de manera habitual en los ensayos―. Señores, comprendo que estén cansados, pero mañana comenzamos los ensayos con el solista. No podemos perder tiempo corrigiendo uno a uno los matices de esta gran obra. Cada miembro de la orquesta debería tener aprendida y madurada su propia particella; apenas si disponemos de cinco ensayos antes de la representación.

Cerró la partitura de orquesta depositada sobre el atril y dejó la batuta encima del voluminoso libro. Acto seguido, bajó el escalón del pódium con gesto molesto y cansino.

―Está bien. ―Se dirigía a todos en general―. Haremos un pequeño descanso de media hora, luego reanudaremos el trabajo. Procuren relajarse y pensar en cuantas anotaciones les he marcado a lo largo de la mañana.

Se encaminó con paso rápido y decidido, a través del estrecho pasillo formado por violines primeros y segundos, hacia la puerta de acceso al escenario. Por su parte, los miembros de la orquesta comenzaban a abandonar sus puestos, deseosos del disfrute de unos bien merecidos minutos de reposo después de tan dura y agotadora sesión de trabajo.

Refrescaba la cabeza acalorada en el cuarto de baño, situado dentro del propio camerino, cuando oyó cómo llamaban a la puerta.

―¿Sí?... Adelante ―invitó mientras secaba con la toalla el cabello empapado y salía a ver de quién se trataba.

Monsieur Fontaine?

La morena mujer que atravesó la puerta tras la invitación parecía disfrutar de la cuarentena de su vida. De estatura mediana y algo regordeta, de tez morena y cabello teñido con finas mechas doradas. Su cara, sin ser bonita, no dejaba de tener un cierto encanto, gracias a unos hermosos ojos avellanados, grandes y expresivos, que conferían una singular expresión al rostro. De la misma manera contribuían a ello los labios, firmes y gruesos, que otorgaban un innegable grado de sensualidad a su semblante. Podría decirse que, a pesar de no ser hermosa, resultaba incitante y atrayente.

―Cierra la puerta ―ordenó él tras retirar la toalla de la cabeza.

―¿Se te ha pasado el enfado?

―¿Por qué vienes a preguntarme semejante tontería?

―No creo que sea una tontería preocuparme por ti. ―Se acercó a él y le acarició el cabello ensortijado con gesto cariñoso.

―Te he dicho mil veces que no pueden vernos juntos. En este enorme teatro hasta las paredes parecen tener oídos.

―Son imaginaciones tuyas. ¿A quién puede importarle que venga a verte al camerino? ―Lo abrazaba con incitante sonrisa picarona sin cesar de desplazar las manos a lo largo de su espalda sudorosa.

―¿A mi mujer? ―preguntó a su vez, librándose de tan insinuantes caricias, no sin cierta brusquedad―. Sigues sin aceptar que soy un hombre casado.

―Estoy harta de oírtelo decir una y otra vez, un día tras otro. Y… ¿qué? No me importa lo más mínimo. ¡Al diablo tu mujer! No deja de ser una vieja bruja que no ha sabido hacerte feliz. No acabo de comprender cómo te preocupa tanto su opinión.

Sacó un cigarrillo de la cajetilla escondida en el bolsillo del ajustado pantalón y lo encendió, al tiempo que se sentaba en el sillón más cercano, no sin antes retirar el libro que Jean Pierre dejara medio abierto antes de dirigirse al ensayo.

―No fumes aquí ―protestó él―. Sabes que no soporto el humo, me molesta a los ojos.

―¡Está bien! Sí que te encuentras irritable esta mañana. De saberlo me habría marchado a la cafetería con el resto de compañeros ―se quejó mientras apagaba el recién encendido cigarro y levantarse del pequeño sillón.

―Aún tienes tiempo para tomarte un café.

―No es café lo que me apetece. ―Se acercó con gesto provocativo y lo atrajo hacia ella―. ¿No vas a besarme?

Él le rodeó la cintura en tanto llevaba los labios hacia su boca. Un fuerte sabor a tabaco le invadió el paladar, lo que restó todo placer a aquella muestra de afecto. Ella pareció no darse cuenta del rechazo que el hombre sentía, sumida en el disfrute de la codiciada caricia.

―Ahora márchate. ―La condujo a la salida―. Y recuerda todos los puntos que hemos trabajado esta mañana. Tienes que conseguir que los violines primeros alcancen mayor brillantez, en la mayoría de los pasajes quedáis ocultos por el resto de la cuerda.

―Trabajo, trabajo y más trabajo ―protestó ella de mala gana―. ¿No puedes pensar en otra cosa? ¿No hay nada en el mundo más importante para ti que la música?

No contestó. Se encontraban delante de la puerta. Hizo intención de abrirla.

―¡Bésame otra vez! ―pidió ella, en un intento de evitar la despedida.

―Márchate, por favor ―cortó impaciente―. Quiero descansar un poco antes de continuar con el ensayo.

―De acuerdo. ¡Qué genio!

Se dejó caer en el sillón que momentos antes ocupara la mujer. Estaba cansado y malhumorado. El ensayo no acababa de salir todo lo bien que él deseara. La orquesta parecía estar adormecida, relajada… ¡aburrida! Cierto que apenas hacía cinco días que acababan de regresar de la gira que realizaran por Alemania. La decena de conciertos resultó dura y agotadora, no tanto por las obras interpretadas (todas ellas de repertorio y de sobra trabajadas), sino por la elevada variedad de ciudades que se vieron obligados a visitar, lo cual implicaba un sinnúmero de viajes, sin apenas tiempo para ensayar, ni mucho menos descansar.

Era lógico que los músicos estuvieran agotados. Él lo comprendía. ¿No había estado al frente de todas las funciones? También el cansancio había minado su cuerpo y mente. Pero… ¡no podían parar! Se hallaban inmersos en plena temporada de conciertos y este que interpretarían dentro de una escasa semana era especialmente complicado.

Cerró los ojos e intentó relajarse. Recordó la reciente visita de la primer concertino. No pudo reprimir una sensación de desagrado. Comenzaba a estar harto de aquella absurda relación que duraba ya casi cuatro meses. Lo cierto era que había intentado finalizarla en más de una ocasión, pero ella parecía no darse por enterada. Cada vez que hablaba de separación rompía en desconsolado llanto, sin dejar de quejarse de su injusta crueldad y jurar, una y otra vez, no interponerse en su vida y carrera. Lo curioso era que si aún seguía con ella más se debía a la rutinaria costumbre que al placer.

Se había acostumbrado a que ella llenara en ocasiones el vacío sexual y afectivo en que vivía desde hacía varios años. La relación con su mujer era cada vez más tensa y desagradable. Llevaban más de quince años sin mantener intimidad alguna; cada uno dormía en su propia habitación; apenas si se dirigían la palabra en privado, solo en público aparentaban ser un verdadero matrimonio. Si en algún momento existió el amor, había abandonado el hogar poco tiempo después de su unión, hacía ya dieciséis años.

Creyó encontrar en Giannina la mujer que siempre había deseado como fiel y amante compañera: inteligente y culta, sensible y apasionada, ambiciosa y luchadora. Pensó que el hecho de ser músico sería un importante nexo de unión. Se dio cuenta del error a los pocos días de iniciada la relación.

Era una mujer práctica y calculadora, valoraba con descarnada frialdad cualquier acto antes de realizarlo; tenía marcadas unas metas y no pararía hasta conseguir todo aquello que deseaba. Sexualmente habría satisfecho a cualquier hombre corriente, tal era su celosa entrega. Pero él no buscaba aquel tipo de sexo en una relación de intimidad. No existía entendimiento en sus, cada vez más escasos, encuentros amorosos. Cada nuevo episodio sexual le provocaba un profundo sentimiento de culpabilidad al saberse arrastrado por sus más primarios deseos, en tanto notaba cómo, poco a poco, se alejaba del idílico amor juvenil.

No amaba a Giannina, sabía que ella tampoco, al menos en la forma que él entendía el amor. Era este otro de los motivos que aumentaban su vergüenza. Ella representaba la antítesis de la mujer con quien siempre había soñado, desde sus más lejanos años de adolescente. ¡Por qué habría consentido, aquella maldita noche, el inicio de tan descabellada relación! Lo más paradójico era que apenas si llegaba a sentir placer, ni mucho menos pasión.

Quería apartarla de su vida, librarse de aquel femenil acoso que tan desagradable le resultaba; no cesaba de buscar una solución que evitara la ruptura brusca y traumática. En el fondo temía su despecho. Estaba seguro de que el gastado y maltrecho matrimonio se derrumbaría ante la más mínima sospecha de infidelidad y eso afectaría más que negativamente a su carrera.

Sabía que no dejaba de ser una cobardía, pero… si algo le importaba en la vida era mantener el puesto al que había logrado llegar tras largos años de trabajo, estudio y sacrificio. ¡No podía tirarlo por la ventana por una simple aventura!

Desde el día de la boda había sido la única mujer con la que llegó a mantener una relación afectiva, faltando a la fidelidad jurada. Aún no podía entender qué le empujó a iniciarla; tal vez los numerosos intentos y descaradas insinuaciones con que ella no dejaba de obsequiarle, o quizá su propio instinto masculino, castigado tras largos años de abstinencia. Lo cierto fue que todo ocurrió demasiado deprisa, en el transcurso de una fugaz salida a Londres que efectuó la orquesta en plena temporada para un concierto conmemorativo del bicentenario del nacimiento de Schumann.

A raíz de aquel primer encuentro la simple rutina fue enredando la relación para satisfacción de Giannina y desesperación suya, que veía cómo aquello comenzaba a complicarse, poniendo en riesgo el tambaleante matrimonio y, como consecuencia, su futuro profesional.

Tenía que tomar una decisión. Como bien decía su buen amigo Albert, único conocedor de aquella aventura extramarital:

«No podía permitir que su brillante futuro se viera ensombrecido por un “problema de faldas”».

Hablaría con ella antes de marchar a dirigir su próxima actuación en Budapest. Intentaría solucionar tan incómoda situación de la forma más diplomática posible, sin herir susceptibilidades de nadie, al fin y al cabo, no toda la culpa era aplicable a Giannina; si no hubiera sido por su debilidad y falta de control, no se encontraría en esta violenta situación. Por tanto, una parte de culpa recaía sobre su cabeza. Lo único cierto era que no podía continuar manteniendo aquella disparatada relación ni en el ámbito profesional ni mucho menos el personal.

El sonido del timbre que anunciaba la reanudación del ensayo cortó de raíz sus reflexiones. Peinó un poco el cabello enmarañado, se puso la chaqueta y salió decidido hacia el escenario, impaciente por retomar el trabajo interrumpido.

Capítulo 2







Cerró la puerta de la formidable mansión. Eran casi las cinco de la tarde. Un viejo mayordomo vino a coger el abrigo y el portafolio, que él le entregó con gesto cansado, y los colocó en el ropero de la entrada.

―¡Buenas tardes, señor! Se le ve cansado.

―Así es querido Alexandre. He tenido un ensayo agotador. Prepárame el jacuzzi, por favor. Necesito templar mis nervios y relajar los músculos.

―De inmediato, señor.

Subió la escalera principal sin preocuparse en hacer acto de presencia en el salón de té, lugar donde, a buen seguro, se encontraría su esposa en entretenida reunión con el grupo de amigas; enfervorecidas admiradoras y defensoras del británico juego del bridge. Lo que menos deseaba en aquellos momentos era soportar las insulsas y vacías alabanzas de aquel conjunto de cotorras presuntuosas. Solo buscaba tranquilidad y silencio, sumergido en el relajante y burbujeante ambiente de la enorme bañera.

Se encontraba sumido en tan acariciante y personal relax cuando se abrió la puerta del cuarto de baño con repentina brusquedad, lo que motivó un brusco sobresalto que no logró evitar.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó con enfado a la esposa que acababa de entrar con cara de «pocos amigos»―. Sabes que no me gusta que me molesten cuando me baño.

―De alguna manera tendré que hablar contigo. Alexandre me ha dicho que hace más de tres cuartos de hora que has llegado a casa.

―¿Desde cuándo soy espiado por la servidumbre? ―protestó de mal humor.

―No creo que preguntar la hora en que apareces en casa sea una indiscreción. ¿Por qué no has entrado a saludarme? Sabías que estaba con mis amigas. Es el día de la partida de bridge.

―Estoy muy cansado. Hoy ha sido un ensayo agotador.

―¡Como siempre! No recuerdo el día en que llegues relajado y tranquilo, siempre andas agobiado por tus problemas de trabajo. A veces pienso que lo haces con intención de fastidiarme y evitar mi presencia.

―Sophie, no empieces con tus quejas y lamentos. Llevamos años discutiendo este tema. Por favor, déjame disfrutar de mi baño.

―¿Ves cómo eres un completo egoísta? ¿Qué crees que pensarán mis amigas? Saben perfectamente que estás en casa.

―Ni lo sé ni me importa. Baja y cuéntales que estoy enfermo… ¡muriéndome! Al fin y al cabo lo estaré pronto si sigues sin dejarme descansar tranquilo.

―¡Eres un estúpido egocéntrico! ―gritó furiosa―. Se lo diré a mi padre.

Aquella amenaza acabó de crispar los desatados nervios de Jean Pierre. Abandonó la relajante postura que mantuviera desde la entrada de la mujer y se medio incorporó en la lujosa tina.

―No vuelvas a amenazarme con la velada intervención de tu padre. Os podéis ir ambos al infierno y desaparecer de mi vista para siempre. ¡No me preocupa en lo más mínimo!

Las lágrimas asomaron a los ojos de la mujer, como producto de la rabia y el despecho que sentía ante semejante insulto.

―¡Te odio! Eres un desgraciado despreciable. Después de todo lo que he hecho por ti. ¡Miserable! No creas que esto va a quedar así.

Dio un violento portazo que resonó en el ala este de la gran mansión. Nadie preguntó qué había sucedido. Ese tipo de disputas eran algo normal en el día a día de aquella casa señorial.

Se sumergió de nuevo en el líquido elemento e intentó recobrar la tranquila placidez que sintiera antes de la importuna llegada de la mujer.

Resultó un vano intento. Aquella absurda discusión acababa de cortar el agradable momento de relajación que tanto tardó en conseguir. Salió del jacuzzi malhumorado y se dirigió a la habitación, no sin antes terminar de secarse y vestir ropa cómoda. Encendió el lector de CD e introdujo una de las históricas grabaciones de la Tercera Sinfonía de Beethoven, dirigida por el insigne Bruno Walter. Tenía que revisar un sinnúmero de detalles del ensayo de la mañana, pero se consideraba incapaz de centrar la atención en tan arduo y estresante trabajo en aquellos momentos. Se tumbó sobre la cama con la esperanza de que la belleza de aquella maravillosa música brindara el necesitado descanso a su castigado cerebro.

Los lúgubres y melancólicos acordes iniciales del Adagio assai, de aquel segundo movimiento, parecieron ejercer de muro de contención ante la fuerte tensión que la nueva disputa matrimonial acababa de provocarle. También Beethoven semejaba haber compuesto aquellas primeras notas inmerso en la tristeza y la desesperación, alternando con pasajes de gran lirismo y sosiego. Se identificó de inmediato con el carácter de la pieza. Así sentía su espíritu, torturado y maltrecho por los continuos problemas que la vida se empeñaba en presentarle; al mismo tiempo que una extraña tranquilidad y alegría lo invadía cada vez que se sumergía en el absorbente trabajo. Hacía muchos años que sufría tan dolorosa dualidad, la memoria era incapaz de recordar un solo día de su vida en el que se sintiera invadido por una completa y sana felicidad.

Sabía que el reciente altercado tendría consecuencias negativas para él. De seguro, Sophie, estaría en aquel preciso instante llorando desconsolada a través del teléfono mientras contaba al padre amante una muy particular versión sobre lo recién acontecido entre ambos. Con toda certeza, antes de la cena, tendría la oportuna llamada del bien amado suegro, quien lo animaría a la razón y la concordia, sin dejar de recordarle lo importante que fuera para su carrera, durante todos aquellos años, el apoyo de su adorada mujer y el suyo propio.

Había perdido la cuenta de la infinidad de veces que el anciano terrateniente había actuado de negociador «incondicional». Él admitiría tan sabio consejo y pediría perdón a la esposa que, orgullosa y resentida, volvería a mirarlo por encima del hombro. Volvería a recordarle los tristes inicios artísticos como pobre y desconocido pianista, recién salido del brillante Conservatorio de París. Sabía de memoria el papel que venía desempeñando desde hacía dieciséis años en aquella burda farsa matrimonial.

No se casó enamorado, tampoco ella. En aquellos tiempos no era sino una «niña de papá», consentida y caprichosa; físicamente parecía una muñeca de porcelana, blanca y liviana, siempre engalanada y arreglada acorde para cada ocasión. Tenía una elegancia impersonal, adquirida con dinero; no vestía lo que a ella le agradaba, sino aquello que le aconsejaban debía gustarle. Esa falta de personalidad era la marca inequívoca de su inmaduro carácter.

Pasado el primer momento de fascinación que, a decir verdad, no llegó a durar ni el tiempo empleado en la exótica y lujosa luna de miel, su relación se fue distanciando de común acuerdo. Ninguno encontraba placer en la compañía del otro; podían pasar horas sentados en la misma habitación sin apenas pronunciar palabra alguna; los escasos encuentros afectivos no dejaban de ser una caricatura del amor. Antes del año habían decidido instalarse en habitaciones separadas, debido a las continuas quejas, por parte de ella, a causa del desordenado horario en la vida de su esposo, lo cual le provocaba un constante desasosiego que le impedía dormir y le producía desagradables y continuas jaquecas.

No tenían hijos, aunque en un principio sí parecía que Sophie lo deseara, no así él que, vista la extraña y fría relación que existía entre ellos, consideró casi aberrante traer a un inocente ser al mundo, en medio de semejante desierto afectivo. Lo cierto fue que un día, ella, decidió no intentarlo de nuevo, expresando su deseo de no volver a mantener relaciones afectivas cara al futuro. Jean Pierre no se sorprendió, ni siquiera se molestó. No era precisamente placer lo que encontraba en aquellas escasas y obligadas relaciones conyugales.

Él se dio cuenta de inmediato de que aquel enlace había sido un profundo y tremendo error y así se lo hizo saber a ella. Aún tenía grabado en la memoria el recuerdo de la horrible situación que se creó a raíz de su propuesta. Luego de insultarlo y maltratarlo verbalmente delante de los sirvientes, poseída por un violento ataque de histeria, pasó a deambular por la casa como fugaz fantasma hasta llegar a encerrarse en el cuarto sin apenas probar bocado, dentro del más absoluto mutismo. Tan esperpéntica reacción no habría sido suficiente para hacerle renunciar a la separación, si no hubiera intervenido su suegro que lo llamó aparte y le explicó, de forma clara y concisa, cuáles serían las gravísimas consecuencias que aquella brusca ruptura matrimonial tendría sobre su naciente carrera artística.

Tuvo miedo. ¡A qué negarlo! Fue mucho lo que hubo de luchar y sufrir hasta llegar al punto en que se encontraba en esos momentos. Conocía la influencia que aquel hombre poseía en la cerrada sociedad parisina y gran parte del entorno europeo, la cual había conseguido gracias a su dinero. Como él mismo no cesaba de repetir con cínico aire de modesta jocosidad:

«Resulta asombroso lo que llega a conseguirse con una simple copa de champagne».

La inmensa fortuna, acuñada gracias a las miles de hectáreas de sus viñedos, le había conferido una poderosa e inquietante influencia dentro de la sofisticada y corrupta sociedad.

Desde aquel instante quedó prisionero de las garras de su esposa; cada vez que se oponía al más mínimo de sus caprichos ella hablaba con el padre que, a su vez, no tenía inconveniente en recordarle, una y otra vez, lo mucho que les debía y lo egoísta e ingrato de su proceder. Así durante años. ¿Era pues de extrañar que buscara en la música un motivo para seguir viviendo? En más de una ocasión llegó a barajar la posibilidad del suicidio, cansado y harto de soportar aquel agobiante dominio. Pero entonces…, la música venía en su auxilio y le recordaba los placeres infinitos que provoca la interpretación o la escucha de una sinfonía de Brahms, Beethoven, Mozart o Sibelius. ¿Merecía la pena perderse todas aquellas maravillosas sensaciones y deleites? No, estaba totalmente convencido. Su vida como hombre era una completa ruina pero, como músico, lograba elevarse a espacios desconocidos para la mayoría de los mortales. Solo por ello seguiría dispuesto a soportar la mezquina existencia que le había tocado vivir.

La música finalizó y con ella el hilo de tan angustiosos pensamientos. Se levantó con gesto perezoso y bajó a cenar al salón. Cuando entró pudo ver como Sophie terminaba los postres. No le importó. Nunca le había esperado para comer. Desde hacía muchos años cada uno almorzaba o cenaba cuando le apetecía, sin tener en cuenta al contrario. Le extrañó la expresión de serena tranquilidad que reflejaba su rostro, parecía haber olvidado la última refriega. Pensó que, tal vez, se estaba acostumbrando a aquel ritmo de vida. Se sentó sin hablar en tanto era atendido de inmediato por el servicial mayordomo. Apenas comió, no tenía hambre, los nervios y la tensión atenazaban su estómago e impedían que los alimentos pasaran con facilidad.

Ella se levantó y pasó a su lado sin siquiera mirarlo. Fue directa a la salita de estar con intención de disfrutar de alguno de sus programas favoritos de televisión. Jean Pierre continuó la degustación de la frugal cena con el pensamiento sumergido en los problemas musicales del día siguiente.

Una vez hubo terminado subió derecho a la habitación donde comenzó a revisar, sobre la partitura, cada uno de los escollos que habían ido apareciendo a lo largo de la mañana en el ensayo del concierto para piano el «Emperador». Estaba preocupado con esta obra, no por sí misma, la cual había dirigido en infinidad de ocasiones al frente de su propia orquesta y con otras muchas; de igual modo, actuando como intérprete solista del mismo junto a algunos de los directores más renombrados de la élite musical. No, su preocupación venía provocada ante el total desconocimiento del intérprete. No lo conocía, tenía estupendas referencias, eso sí, pero a él le ponía siempre nervioso trabajar con alguien por primera vez.

Reconocía que su particular forma de dirigir la orquesta no era precisamente sencilla para gente inexperta y la citada pianista apenas si llevaba pocos años en las grandes salas de música. Sospechaba que tendría que trabajar duro con ella hasta conseguir que entendiera su personal y detallada visión sobre este fantástico concierto.

Tarareaba algunos de los compases del solo de piano cuando escuchó que llamaban a la puerta. Le extrañó, no solo por lo avanzado de la hora sino por lo inusual del hecho. Se levantó de la cama donde se encontraba, rodeado de partituras y particellas y se dirigió a abrir al desconocido e inoportuno visitante. No fue capaz de reprimir el gesto de asombro y sorpresa a la vista de la persona que se hallaba frente a él.

―¡Norbert! ―exclamó―. ¿Qué hace usted aquí?

―He querido venir a charlar contigo. Lo que tengo que decirte es mejor que lo hablemos cara a cara.

Entró arrogante y digno hasta el centro del cuarto con gesto de pocos amigos, sin esperar invitación alguna. Nunca lo hacía. Al fin y al cabo, ¿aquella no era su propia casa?

Jean Pierre intentaba reaccionar. Tan repentina visita se salía de la habitual rutina seguida hasta el momento. Él esperaba la consabida regañina telefónica, pero aquello presentaba otro cariz. Conocía a su suegro y sabía que si algo le gustaba era acostarse temprano, motivo principal por el que apenas acudía a fiestas y cenas sociales. Miró el reloj, eran más de las diez y media de la noche. Comenzaba a hacerse una idea del énfasis e importancia de las quejas que Sophie habría relatado al anciano padre.

―¿Estabas trabajando? ―preguntó el recién llegado que parecía evitar entrar de forma directa en el tema que allí le conducía.

―Sí. Ando muy atareado con mi próximo concierto ―repuso, en tanto intentaba valorar la situación y se preparaba para el inminente ataque.

―Es este sábado, ¿no?

―Así es.

―Me habló de él mi amigo Beltrán, el consejero de Actividades Artísticas. Por cierto. ―Caminaba por la habitación, sin dejar de hablar ni molestarse en mirarlo―. Que acabo de llamarle para vernos mañana a primera hora en el despacho.

Acababa de dejar caer su amenaza. Beltrán Milhaud era el responsable directo de todo lo concerniente a la Philharmonie de París, orquesta de la cual él era director titular electo por un periodo de cinco años. Sabía lo que aquello significaba. Los altos cargos musicales de las grandes orquestas, teatros y salas de conciertos, no son nombrados, en contra de lo que se diga y piense, por méritos propios y profesionalidad reconocida. En numerosas ocasiones la política, los «amiguismos» y, ante todo, el dinero, conforman la principal trilogía que determina quién debe o no asumir la titularidad en la dirección de un conjunto musical de élite. Aquella anunciada reunión podía acabar con el reciente nombramiento e influir, muy negativamente, en su futuro profesional. A pesar de ello, no pareció afectarle tanto como había imaginado lo haría, llegado el caso. Estaba tan harto y cansado de aquella forma de vida y la presión constante que soportara durante años que hasta le pareció sentir un cierto alivio.

―Y… ¿sobre qué temas tiene pensado tratar? ―preguntó desafiante.

―Aún no lo he decidido. Depende del resultado de nuestra conversación ―contestó, sin preocuparse ya en disimular su amenaza.

―Pues usted me dirá, aunque le ruego sea conciso y rápido. Todavía me queda mucho que corregir cara al ensayo de mañana.

Norbert se volvió airado al tiempo que lo miraba enojado y sorprendido. Había esperado una postura más sumisa y apocada por parte de su yerno. Desconocía aquella faceta altiva y desafiante que acababa de mostrar.

―¿No imaginas por qué estoy aquí?

―No y por cierto que es bastante extraño. No es su costumbre andar fuera de casa a estas horas de la noche.

―Precisamente por eso tienes que comprender la importancia de lo que aquí me ha traído.

―Sigo sin imaginarlo.

―Hace apenas tres horas me llamó mi hija, llorando desconsolada ante los insultos que había recibido de ti.

―No sé lo que ella le habrá contado, lo único que le dije es que ¡se fuera al infierno! ―contestó con aparente y estudiada tranquilidad.

―¿Lo admites entonces? ―preguntó el anciano, asombrado del arrojo y aplomo que mostraba aquella noche.

―¡Desde luego! Aunque debería preguntarle qué «lindezas» me ha regalado ella con anterioridad. ―Se sentía fuerte y seguro. La propia desesperación o el miedo parecían infundirle ánimo―. Además, va a permitirme que le diga que no encuentro razonable que cada vez que discutimos entre nosotros tenga usted que mediar en el conflicto.

―¡Porque sois mis hijos! ―gritó el suegro, sin saber cómo reaccionar ante semejante comentario.

Jean Pierre no pudo ni quiso ocultar una cínica sonrisa que brotó en sus labios ante tan paternal frase. Sonrisa que no pasó desapercibida para el ofuscado oponente, lo cual acabó de desestabilizar sus ya desvalidos argumentos.

―¿Tengo que recordarte otra vez lo mucho que nos debes? ―intentaba impresionarle, con idea de provocar su miedo e inseguridad.

―No será necesario. Durante los dieciséis años de mi matrimonio no he dejado de oírlo, un día tras otro. ―Se acercó a él con gesto amenazador―. Pues bien, considero que tengo bien ganado tan «incondicional» apoyo gracias a mi trabajo y esfuerzo durante todo este período, sin hablar del mérito por soportar la constante tensión y rechazo que he debido aguantar por parte de su hija y de usted mismo.

Había alzado la voz sin preocuparle en lo más mínimo si era o no escuchado por la servidumbre, llegado al límite de su paciencia. No estaba dispuesto a sufrir más imposiciones por parte de aquel anciano senil, por mucho dinero que tuviera.

―Ahora le ruego que se marche de mi habitación. Como acabo de decirle: tengo mucho trabajo. ―Indicaba con el brazo la puerta, con gesto firme y decidido.

Norbert no conseguía salir de su asombro, estaba mudo y perplejo. Jamás pudo imaginar que aquel desgraciado «mequetrefe» pudiera osar hablarle de tal modo. De buena gana le habría abofeteado la cara, pero Jean Pierre tenía cuarenta años menos que él y le sacaba más de una cabeza, por no hablar de su musculatura, ampliamente desarrollada gracias al constante ejercicio de su profesión.

―No pienses que voy a olvidar ni perdonar una ofensa como esta ―amenazó a su vez, despidiendo auténticas llamaradas a través de las pupilas dilatadas.

―Puede hacer lo que crea conveniente y contarle a Beltrán Milhaud toda la sarta de embustes que desee. No piense que París es la única capital del mundo donde se pueda valorar a un buen director de orquesta. ¡No todo lo consigue el dinero!

Abrió la puerta e indicó al asombrado suegro, con gesto firme y decidido, el camino a seguir para abandonar el cuarto. Éste no esperó otro tipo de invitación, salió airado y furibundo mientras arrastraba tras sí su pisoteado y maltrecho orgullo.

Una vez se quedó solo se dejó caer en la cama, incapaz de soportar por más tiempo la tensión nerviosa y emocional mantenida durante la reciente disputa. ¿Qué había hecho? Acababa de tirar por la borda casi treinta años de sacrificios y esfuerzos, desde la remota infancia. Después de la conversación de aquel viejo maldiciente con el responsable artístico de la Philharmonie podía considerar rescindido su contrato. Todos los sueños y propuestas profesionales que se creara como director de la orquesta de Paris yacían por tierra, desde el instante en que se atrevió a oponerse a la voluntad de aquel engreído y pretencioso viejo avaro. ¡Sintió que el mundo se derrumbaba bajo los pies!

Se incorporó y colocó un CD en el compact disc; fue un acto mecánico, sin darse apenas cuenta de lo que hacía. Las inequívocas notas de la Cuarta Sinfonía de Brahms inundaron el ambiente. Subió el volumen, necesitaba sentirse envuelto, rodeado por aquella música magistral, protegido por la amplia y desbordante sonoridad de tan hermosos sonidos; intuía que sería la única manera en que llegaría a sosegar su ánimo agitado.

Comenzó a deambular por la habitación. Se acercó al balcón y abrió una de las hojas, dejando que el frío aire de la noche barriera los visillos que acudieron a envolver su rostro y cegar la visión del sombrío y cuidado jardín. Agradeció la fría caricia de aquél viento húmedo que vino a refrescar, en parte, el desproporcionado calor que lo invadía. Poco a poco, consiguió tranquilizar su ánimo, lo cual le permitió reconstruir las ideas.

Debía ser realista, tras aquella conversación lo único que podía esperar era que, al día siguiente, Beltrán lo llamara al despacho o se presentara en medio del ensayo para comunicarle su cese. ¿Qué haría entonces? ¿Rogaría y se quejaría de lo injusto de tan desproporcionada decisión? No, no pensaba humillarse con semejante bajeza. Además, tampoco le serviría de mucho. Tenía que empezar a proyectarse un nuevo futuro, lejos de París y su Philharmonie. ¡Adiós a la Salle Pleyel! Au revoir Opéra Comique! [1] ¡Hasta nunca, «amada esposa»!

Sintió una extraña e inexplicable sensación de sosiego y tranquilidad, entrelazada con una profunda tristeza, al pensar en todos aquellos proyectos que debería abandonar y el brusco y repentino cambio que sufriría su vida en adelante.

El viento sopló con mayor intensidad y arremolinó algunas de las partituras que se hallaban extendidas por encima de la cama, arrojándolas al suelo sin ninguna consideración. Se volvió a mirarlas con gesto ausente. No hizo intención de ir a buscarlas. ¿Para qué? Mañana no habría ensayo, tampoco habría concierto ese fin de semana... No merecía la pena tomarse ningún trabajo en recogerlas.

Brahms no dejaba de invadir, con aguerridas y profundas tonalidades, el ámbito sonoro de la lujosa habitación. El fuerte viento acrecentó su furia, lo cual formó un complejo torbellino alrededor de aquellos indefensos y volátiles papeles que planearon desperdigados, como movidos por manos ocultas y poderosas.

Cerró la ventana con precipitación e impidió que algunos de ellos cayeran al jardín. Se dedicó a buscar por toda la habitación cada uno de los papeles pautados que aparecían diseminados, sin orden ni concierto, a lo largo del piso, como rayada alfombra saturada de melódico color. Los colocó con cuidado y mimo sobre la mesa de trabajo y procedió a ordenarlos de acuerdo con las respectivas familias e instrumentos.

Según realizaba el trabajo se dio cuenta de que no podía renunciar a nada, no debía ni quería hacerlo. No permitiría que doblegaran su espíritu. Él era consciente de su propia valía. ¡París no era el mundo! Encontraría otras ciudades tal como acababa de decir a aquel anciano entrometido. Sabía que tendría que luchar como al inicio de su carrera, pero también era cierto que llevaba mucho tramo recorrido. Su nombre era reconocido y valorado no solo en Europa, también América del Norte y muchos de los países sudamericanos habían aplaudido y alabado sus personales interpretaciones, por no hablar de China, Japón o la India y otros tantos países africanos. Estaba seguro de que no le faltaría trabajo; cierto que sería duro al principio, que tendría que borrar la mala imagen de tan bochornoso despido. No está bien visto que un director sea «arrojado» de la propia orquesta, pero él lograría demostrar que todo formaba parte de una sucia e injusta maniobra contra su persona.

Lo tenía decidido, se presentaría a la mañana siguiente con aquellas partituras dentro del maletín e iniciaría el ensayo como hacía cada día. Lo que tuviera que pasar era algo desconocido hasta el momento para él. Improvisaría según se fueran desarrollando los distintos acontecimientos.

Se puso a trabajar con ahínco en las correcciones que creía pertinentes para alcanzar una perfecta ejecución de la obra. Al cabo de media hora se encontraba tan imbuido en su propio trabajo que había olvidado por completo el traumático episodio vivido, hacía apenas una hora, con el padre de Sophie.

Eran las tres y media de la mañana cuando apagaba la luz de la mesilla de noche, con los ojos doloridos y enrojecidos, vencido por el cansancio y el sueño, pero… ¡Feliz del trabajo realizado!

Capítulo 3



El ensayo





Llegó antes de lo acostumbrado a la Sala Philharmonie. Fue directo al camerino para organizar y preparar el orden en la sesión de ensayos de aquella mañana. Apenas había colgado la prenda de abrigo, en el pequeño armario, cuando llamaron a la puerta.

―Adelante.

―¡Buenos días, maestro! ―saludó el secretario de la orquesta tras abrir la puerta. Traía en su mano una pequeña nota―. Me han pedido en la oficina que le entregara este aviso.

―¡Muchas gracias, Alfred! ―Tomó el papel―. Quería hablar con usted. He decidido hacer un cambio en la posición de los primeros violines, vamos a situarlos más cercanos al espectador, en la misma embocadura del escenario. Esa es una zona donde la acústica tiene mayor reverberación, espero que sea suficiente para conseguir una mejor sonoridad y brillantez del conjunto. El resto de componentes de la cuerda que no se muevan de sus puestos. Tenemos que conseguir que los violines primeros adquieran protagonismo.

―Como desee, aunque, si le parece, podríamos eliminar algunos violines segundos y violas, tal vez eso ayudara a ajustar y nivelar el sonido.

―Y destrozaría el empaste y equilibrio de la totalidad de la cuerda. No, necesito todos los elementos de la orquesta. Mahler no soñó con una orquesta barroca. Probaremos hoy con este cambio. Espero que resulte efectivo. Nada más Alfred. Gracias por todo ―se despidió mientras abría la nota que recién le entregara el secretario.

Apenas leer la primera línea hizo un gesto de disgusto e impaciencia. Aquello era lo que faltaba. Le anunciaban el retraso del solista por problemas en su vuelo. Había pensado comenzar el ensayo con el concierto de Beethoven que, por otra parte, era la obra que más le preocupaba y en la que sabía debería trabajar de forma más ardua e intensa. Ahora tendría que cambiar todo el ritmo de trabajo y empezar por la sinfonía Titán de Mahler. Si bien ambas obras iban a ser ensayadas a lo largo de la mañana, no le gustó tener que reestructurar su idea inicial por culpa de la solista. Aquel retraso no hacía sino darle la razón sobre las dudas e inquietudes que albergaba respecto a esta intérprete. ¡Por qué no le habrían hecho caso cuando propuso a Nicolai Sotarelli! Había trabajado en numerosas ocasiones con este pianista piamontés y siempre quedó bastante satisfecho con los resultados obtenidos. ¡Mal comenzaba la mañana!

No quiso permitir que los oscuros pensamientos y miedos de la noche pasada desconcentraran su mente. Se había propuesto realizar el ensayo con toda normalidad, hasta el último minuto. Aquel en que le anunciaran su cese como director titular de la Philharmonie.

Una vez cogió la batuta y partitura se encaminó hacia la sala sinfónica, lugar en que había decidido trabajar aquella mañana. Al traspasar la puerta del escenario pudo apreciar que todos los integrantes de la gran orquesta se encontraban en los lugares habituales. Caminó hacia el pódium en tanto saludaba a su paso a algunos de los componentes. Al llegar a los concertinos observó la mirada de Giannina que, a través de una amplia e insinuante sonrisa, parecía anunciar a los cuatro vientos la prohibida relación que les unía. Apartó la vista, molesto y enfadado ante su descaro e indiscreción.

―¡Buenos días, señores! Espero que hayan podido descansar del duro ensayo de ayer. ―Sonreía mientras hablaba a la orquesta―. Créanme, no piensen que yo acabé mucho mejor. Soy consciente del esfuerzo que les pido, pero deben comprender que este concierto es uno de los más complicados de la temporada y, por si esto fuera poco, hemos tenido la mala suerte de que se programara después de la reciente salida a Alemania. Tengo que rogarles, de manera encarecida, su colaboración y apoyo. Si estamos atentos y concentrados podremos evitar un sinnúmero de repeticiones que, estoy seguro, ninguno de nosotros deseamos.

La mayor parte de los músicos hicieron comentarios entre ellos al comprender y admitir lo acertado de tan lógico razonamiento.

―No se preocupe, maestro ―intervino el primer violoncello, quien hablaba en nombre del resto―. Venimos con las pilas cargadas después del descanso nocturno. También nosotros somos conscientes de la dificultad e importancia que conlleva este concierto.

―¡Estupendo! ―exclamó animado por aquellas palabras―. Seguro que hoy saldrá todo a la primera. ¡Para grabar!

La mayoría de los allí reunidos sonrieron ante aquel exceso de optimismo.

―Siento comunicarles que ha habido un cambio de planes. La solista invitada ha tenido problemas con su vuelo y no sabemos cuándo llegará, tal vez no aparezca hoy. Por si acaso, comenzaremos con el primer movimiento de la sinfonía Titán. De ese modo le concedemos un prudencial tiempo de espera mientras…

―¡Discúlpeme, maestro!

Se volvió sorprendido ante aquella inoportuna interrupción. Al fondo del patio de butacas pudo distinguir a una mujer que se dirigía, con paso rápido, hacia ellos. Fue directa a las escaleras laterales que permitían el acceso al escenario y marchó decidida hacia donde él se encontraba.

―Siento muchísimo el retraso ―se excusó con voz entrecortada, a causa de lo precipitado de su marcha―. Imagino que le pasarían mi nota. El avión salió con más de hora y media de retraso…

―No se preocupe, señorita… ―Pareció quedarse en blanco.

―Marie Bouffart. ―Acudió en su ayuda mientras esbozaba una ligera sonrisa y extendía la mano en señal de saludo.

―Disculpe, no lograba recordar el apellido. ―Comprendió que no había estado acertado ante aquel descortés olvido.

―No tiene importancia ―contestó con amabilidad al tiempo que buscaba con la mirada por dónde dirigirse al piano.

―Si lo desea puede ir al camerino y descansar un poco, parece agitada. Nosotros íbamos a iniciar el ensayo con la obra que se interpretará en la segunda parte.

―No, de ninguna manera. Me encuentro perfectamente.

Caminó decidida hacia el taburete situado delante del espectacular piano de gran cola Steinway que lucía llamativo en medio del escenario, rodeado de la orquesta, a la izquierda del director.

Jean Pierre observaba con interés a la curiosa desconocida que se despojó con soltura y rapidez de su prenda de abrigo y bolso, en tanto tomaba asiento con expresión resuelta delante del impoluto teclado.

―Si está de acuerdo podemos comenzar por el segundo movimiento. Pienso que le resultará más cómodo al no haber calentado dedos.

―Me parece muy bien. ¡Muchas gracias!

Jean Pierre abrió la partitura de orquesta, gruesa y voluminosa cual diccionario académico, y localizó el segundo movimiento del quinto concierto beethoveniano para piano, hecho lo cual, se volvió hacia el conjunto orquestal que esperaba atento su señal de entrada para iniciar la pieza.

Levantó ambos brazos y marcó un suave pianissimo, apenas perceptible, sin dejar de observar a la intérprete de soslayo. Nada más acariciar las primeras notas el recinto de la sala ella pareció transformarse, dejó caer ambos brazos a lo largo del cuerpo y cerró los ojos, a la vez que la cabeza caía sobre el pecho, en un inequívoco gesto de concentración total.

Jean Pierre la observaba preocupado. ¿Cómo podría indicarle la entrada en semejante posición? Apenas un par de segundos antes de su primera intervención la joven se incorporó, aún con los ojos cerrados, y posó las manos, blancas como el armiño, sobre el teclado. Lo hizo a través de en un gesto tan suave y delicado que más bien parecía acariciar las teclas o simplemente rozarlas. La exacta y perfecta entrada admiró al director, aunque no tanto como la deliciosa y acariciante sonoridad que lograra arrancar al magnífico instrumento. Sus ojos se mantenían cerrados, no precisaba abrirlos, parecía anticipar cada entrada antes de que se produjera.

Él se dio cuenta de que apenas si prestaba atención al resto de la orquesta que, de manera asombrosa, comenzaba a sonar de maravilla, rítmica y expresiva, unida y compacta, muy por encima del sonido alcanzado en ensayos anteriores.

Volvió a centrarse en la desconocida instrumentista, más tranquilo y confiado tras la evolución del ensayo. En ese preciso instante ella abrió los ojos, fijándolos en los suyos. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no lo veía. Aquellos hermosos ojos de un azul intenso y nítido, comparables a las cristalinas aguas que acarician cada tarde la Riviera francesa, lo miraban sin ver, sumergidos en la contemplación de un mundo particular. Daba la sensación de estar sumida en un repentino trance hipnótico en el cual había convertido a la música en su único motivo de atención, todo lo demás parecía haber perdido protagonismo para ella.

Estaba sorprendido. En los muchos años de carrera había conocido a numerosos y excelentes intérpretes; él mismo, al sentarse al piano, adquiría un alto nivel de abstracción sobre el entorno, pero aquello se salía de todo lo conocido hasta el momento. Por unos instantes envidió los placeres y sensaciones que aquella mujer parecía disfrutar. Apenas si tuvo noción del avance de la música, y mucho menos del tiempo. Antes de que pudiera darse cuenta marcó el final del movimiento.

Un profundo silencio se hizo en el gran escenario, fue breve, pero intenso. Casi al mismo tiempo, los arcos comenzaron a golpear los cantos de los atriles, en tanto el resto de instrumentistas irrumpían en espontáneos aplausos. Él mismo se sorprendió aplaudiendo a la intérprete que, solo entonces, pareció despertar de su fantasía musical.

―Excelente sonido ―alabó mientras bajaba del pódium para ir a felicitarla―. ¿Cuántas veces ha interpretado este concierto en público?

―Es la primera vez. ―Se sentía algo avergonzada.

Quedó asombrado. ¿Sería cierto? ¿Podía alcanzarse tal expresividad y precisión técnica en una primera interpretación?

―Pero he tocado el número 3 y 4 del mismo compositor en mis dos últimas giras por Polonia y Alemania. ―Se apresuró a aclarar ella, temerosa de causar una falsa impresión de inexperiencia.

― La felicito. Al menos por lo que acabo de escuchar demuestra que ha sabido captar y comprender el espíritu beethoveniano de manera más que aceptable.

―¡Muchas gracias! Usted me ha ayudado mucho con su personal visión de la música de este inmortal músico.

―¿Yo…? ―preguntó Jean Pierre, sin dejar de sonreír ante aquel inmerecido cumplido―. ¡Si apenas me ha mirado!

―No lo crea. Aunque no lo parezca, no he dejado de seguir sus indicaciones en ningún momento.

Él la contempló con curiosas extrañeza. Su acento parecía tan sincero que llegó a dudar de sus propias observaciones.

―¿Se encuentra con fuerza para atacar el primer movimiento? ―preguntó, sin que la sonrisa abandonara sus labios, pidiendo así su aprobación.

―Desde luego.

Tomó de nuevo la batuta que recién dejó sobre el atril y, tras dar un par de recomendaciones a violas y cellos sobre un pasaje en especial conflictivo para ellos, marcó con gesto enérgico el inicio del movimiento.

Marie inició la introducción a una señal del maestro. La lenta y acariciante suavidad del sonido anterior se transformó en una vertiginosa escala ascendente, firme y precisa, brillante y rotunda, con bellos y ágiles trinos que sus dedos parecían haber memorizado en las huellas de sus yemas. Se inició un perfecto diálogo musical entre piano y orquesta. Las manos volaban por encima de las teclas del instrumento sin cesar de recorrer del grave al agudo, con dedos seguros y expertos, cada una de las notas con las que el genio de Bonn confeccionó la compleja y bella partitura de esta pieza maestra del repertorio pianístico.

Él no llegaba a salir de su asombro. Aquel vigor y fuerza interpretativa contrastaban, sobremanera, con la exquisita suavidad del sonido arrancado al instrumento en el segundo movimiento. Resultaba sorprendente la perfección y exactitud de las entradas, semejaba predecir cada uno de los ritardando o accelerando que tenía incluidos en su particular versión de la obra. Poco a poco, sintió cómo la tensión y los miedos que le mantuvieran nervioso y agitado desde hacía días, ante la dificultad de aquel concierto, le abandonaban y daban paso a una relajante sensación de seguridad que permitió aflorar toda la creatividad que encerraba en su interior.

Apenas si recordaría lo ocurrido en aquella fase del ensayo horas más tarde. Tenía una vaga visión de lo acontecido a raíz de esa novedosa y extraña sensación experimentada. Al primer movimiento siguió el tercero, sin práctica interrupción. Despertó de su borrachera musical justo con el último acorde del concierto, gracias a los aplausos entusiastas de la propia orquesta que batían con arcos y palmas, gratificando tan espléndida interpretación, orgullosos y satisfechos ellos mismos de tan magnífico trabajo, al mismo tiempo que de su director.

Sonrió agradecido y miró a la solista que, al igual que el resto de la orquesta, no cesaba de aplaudir, premiando de aquel modo tan inspirada interpretación. Se sintió algo molesto con aquella espontánea y desacostumbrada felicitación. No era un hombre presumido, más bien tímido ante estas muestras de entusiasmo. Cerró la partitura con gesto satisfecho.

―Señores, excelente trabajo. Así es como debe sonar esta gran orquesta. Tienen ganado un más que merecido descanso. Gracias por su colaboración e interés.

Todos se levantaron sonrientes y satisfechos, dispuestos a abandonar momentáneamente los asientos para dirigirse a la cafetería del recinto o a la calle, según sus necesidades o preferencias.

―Ha estado maravillosa, señorita Bouffart. Permítame decirle que es usted una excelente intérprete, y sé de qué hablo al decir esto; también yo he interpretado este mismo concierto como solista y difícilmente puede lograrse una versión de tan alta calidad. ―Tomó su mano con galantería y depositó un ligero beso―. Me ha sorprendido muy de veras.

―Es usted muy amable, señor Fontaine ―agradeció sin poder evitar que un ligero rubor, mezcla de satisfacción y modestia, le iluminara la cara. No habría podido hacerlo sin tan precisas indicaciones. Tiene una personal y maravillosa visión de este magnífico concierto. Resulta muy fácil seguir sus seguros y claros movimientos.

―Maestro, ¡por favor!

Se volvió molesto y extrañado ante aquella inesperada interrupción. Giannina se encontraba detrás de él con gesto impaciente, llevaba el violín en una mano y el arco en la otra, en espera de su atención.

―¡Dígame, señorita Bussoni! ―Su mirada era fiel reflejo de la contrariedad que aquella interrupción le había producido.

―Quisiera hablarle sobre un par de dudas que tengo acerca de la sinfonía de Mahler; sería importante solucionarlas antes de reanudar el ensayo.

Jean Pierre estaba indignado, sabía a qué tipo de dudas se refería.

―Después miraremos eso. Ahora estoy ocupado ―contestó de mala gana.

―Por mí no se molesten ―medió Marie, algo embarazada por la situación―. Debo ir al camerino, he de hacer una llamada. Si lo desea, nos veremos después del ensayo para que me comente las indicaciones y correcciones que crea convenientes.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de salida a los camerinos. Él se volvió hacia Giannina sin preocuparse en disimular el desagrado y disgusto que sentía hacia ella en aquellos momentos.

―Señorita Bussoni, tengo que revisar varios temas de la sinfonía antes de continuar con el ensayo, ahora no puedo atenderla ―hablaba para cuantos músicos deambulaban aún por las gradas del escenario―. Cualquier duda que tenga puede hacérmela cuando vuelva aquí, delante de todos.

Salió visiblemente alterado hacia su camerino. Al pasar por la puerta del de Marie la vio charlar por teléfono en animada conversación, con gesto serio y preocupado. Cerró la puerta del suyo y fue a refrescarse un poco. Se sentó a reflexionar una vez consiguió rebajar la temperatura de su cuerpo, alterada tras el esfuerzo físico y mental de casi dos horas de intenso y concienzudo ensayo.

El enfado que sentía hacia su inoportuna amante no fue suficiente para contrarrestar la inyección de optimismo y entusiasmo que la reciente interpretación había provocado en su ánimo, decaído y pesimista tras la escena nocturna. En muy contadas ocasiones, durante sus más de doce años de carrera como director al frente de una orquesta, experimentó una sensación tan vital y enriquecedora como la que acababa de disfrutar. Aún parecía flotar en el espacio. No sabía ni era capaz de explicarse aquella extraña posesión de que había sido objeto durante el reciente ensayo. Exprofeso el día en el que su autoestima y desánimo cobraban protagonismo, tras los acontecimientos vividos con su mujer y su suegro la noche de antes. El mismo día en el que estaba cierto de ser el último del que disfrutara al frente de aquella magnífica orquesta.

Tal vez ese fuera el motivo de semejante transfiguración. Quizá presentía que sería el último recuerdo que habría de dejar entre todos aquellos compañeros que, día tras día, habían seguido, con mayor o menor agrado, sus normas e indicaciones desde hacía ya varios meses. De seguro que la propia desesperación habría despertado en él su lado más artístico y creativo, tan cercano a la genialidad.

Una imagen cruzó por su mente: Marie. ¿Habría sido ella quien sacó de su aletargado espíritu lo mejor de sí mismo? Recordó el asombro y admiración sentidos ante la interpretación del segundo movimiento, así como la personal singularidad de su forma interpretativa. No cabía duda, aquella mujer era una intérprete muy especial. Tal vez consiguió hacer vibrar las fibras más sensibles de su genio musical mediante tan artística sensibilidad, unida a aquella distante y enigmática mirada, plena de misterio y promesas.

En estos pensamientos le sorprendió el timbre de aviso. Cogió la partitura de orquesta de la Sinfonía núm. 1 de Gustav Mahler, la puso bajo el brazo, sin haber realizado ningún tipo de revisión, y salió con el ánimo y la moral fortalecida hacia la sala de conciertos.

Capítulo 4







Se sentía enfadada y furiosa. La manera en que Jean Pierre la trató, delante de los compañeros, no le había gustado en absoluto. ¿Cómo había osado hablarle así? ¡Ella era la primer concertino de la orquesta! El puesto más importante después del director. Estaba deseosa de enfrentarse a él y decirle un par de cosas a la cara.

Giannina no era mujer que permitiera ser tratada de aquel modo. Conocía sus derechos profesionales con independencia de los personales, adquiridos en su fraudulenta relación amorosa.

Le haría pagar muy cara aquella ofensa. Conocía cómo hacerlo, tenía armas suficientes para conseguir rendirlo a sus pies mientras rogaba e imploraba el perdón. Al fin y al cabo… no dejaba de ser un hombre y ella… ¡sabía cómo tratarlos!

Pasó cerca de los camerinos de solistas, camino del escenario. Vio a Marie cerrar la puerta del suyo. La observó con envidiosa curiosidad. Era cierto que había sorprendido a todos con aquella magnífica interpretación y tan improvisada y teatral entrada en escena. Analizó su figura según se dirigía hacia la puerta que comunicaba la zona de artistas con el teatro. No era pequeña, aunque tampoco demasiado alta. Ni gorda ni flaca, eso sí, con formas bien proporcionadas y delineadas. Hubo de reconocer que tenía buen tipo, con unas bonitas piernas y hermosa melena rubia, en apariencia natural. Al observar su delicada figura resultaba difícilmente explicable la asombrosa fuerza y energía que acababa de desarrollar sobre el piano, lo cual hablaba mucho de una gran técnica y numerosos años de preparación, estudio y concienzudo trabajo.

Volvió a sonar el timbre en el último aviso. Salió disparada hacia el escenario, cortando con brusquedad el improvisado análisis de la desconocida pianista.

Lo primero que sintió al entrar en la sala fue la dura mirada del director, cargada de reproches y disgusto. Atravesó el pasillo, un tanto abochornada por la atención levantada entre los propios compañeros, sin dejar de adivinar algunas ocultas sonrisas de crítica en muchos de ellos.

―¿Podemos comenzar el ensayo, señorita Bussoni? ―preguntó el director con fingida amabilidad, no exenta de oculta ironía e impaciencia.

―Discúlpeme, maestro. Estaba en el baño… ¡Lo siento!

―No se preocupe, un compañero ha ocupado su puesto para realizar la afinación de la orquesta.

Si las miradas pudieran fulminar, Jean Pierre, hubiera caído derribado de seguro, tal era el odio y rencor que despedían sus avellanados ojos al mirarlo. Él no pareció sentirse impresionado ante semejante ataque; se dirigió a la orquesta, levantó los brazos e indicó el inicio de la sinfonía.

―Juro que te acordarás de esto, Jean Pierre Fontaine ―murmuró entre dientes―. Porca miseria![2] ¡Cómo que te acordarás!



Marie estaba sentada en una de las butacas laterales, cercana al escenario. Intentaba concentrar la atención en todo cuanto se desarrollaba encima de él, pero la mente no acababa de centrarse en aquello que acontecía a su alrededor. La última conversación mantenida con su exmarido le había disipado la atención y sembrado la semilla de la inquietud en su ánimo. Siempre sucedía lo mismo después de aquellas conflictivas conversaciones. Las reiteradas quejas, los ruegos constantes y las súplicas continuas, acababan por desatar sus nervios. Por tal motivo, evitaba hablar con él antes de un concierto o ensayo importante y… ¡aquél lo era! Decididamente, hizo mal al llamarle durante el intermedio, debió esperar a estar en casa.

Vio entrar a la primer concertino, presurosa y avergonzada. No era de alabar la falta de puntualidad del máximo representante de la cuerda, después del director. Escuchó el comentario que éste le hiciera sin poder evitar que una ligera sonrisa le asomara a los labios. ¡No le gustaría estar en su lugar!

Tampoco le pasó desapercibida la fuerte reacción de la mujer, así como su dura mirada, cargada de rencor y deseos de venganza; existía algo en ella que hacía presagiar nubes de tormenta y tempestades de problemas. Pero… ¿Quién era aquella mujer para permitirse desafiar la autoridad de uno de los mejores directores del momento?

Miró a Jean Pierre. No parecía haberse enterado del descarado desafío o, al menos, no lo demostraba. Había iniciado el ensayo con total normalidad. Concentró toda la atención en él. En realidad, estaba impresionada y emocionada tras la espléndida interpretación que acabara de brindar del famoso quinto concierto de Beethoven. Pocas veces recordaba haber escuchado la archiconocida partitura conducida con semejante brío, brillantez y precisión, por no hablar del dominio de la técnica, la sonoridad arrancada al conjunto de la orquesta o la amplia y bien estudiada gama de matices.

Desde luego, era uno de los mejores directores que había escuchado en su ya larga vida musical. Siempre lo admiró y siguió a través de sus numerosas grabaciones audiovisuales, pero escucharlo y verlo en directo no admitía parangón. Ese fue el principal motivo para alterar sus nervios. Desde el instante en que se enteró de que sería él quien la dirigiría en aquel concierto de presentación en la nueva sala Philharmonie de París, una especie de nervioso desasosiego vino a establecerse en su ánimo, lo cual la obligó a superarse, día a día, para tan esperado evento.

Desde que tenía memoria, había empleado su vida en férrea y continua lucha para abrirse un hueco en el difícil mundo de la música clásica. Desde niña deseó ser concertista; con cuatro años ya tocaba cancioncitas en el viejo y destartalado piano de la abuela, a los siete ingresó en la modesta escuela de música del pueblo natal, allá en la lejana Provence, donde pasó a ser la alumna más joven y aventajada del centro. Apenas con quince primaveras marchó a París para continuar los estudios musicales. Ingresó en el Conservatorio Nacional de Música y Danza, donde acabó la carrera con honores. A partir de entonces, inició un largo y tortuoso peregrinaje por infinidad de ciudades y pueblos, a través de toda Europa. Había trabajado desde Brandeburgo a Varsovia, sin olvidar países como Suiza, Austria, España y algunas de las ciudades más influyentes musicalmente de la península italiana.


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