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LOS GRANDES CONFLICTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS DE NUESTRA HISTORIA




INDALECIO LIÉVANO AGUIRRE





Colección Sociología Política Colombiana N°. 2




















Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia I

Colección Sociología Política

Tomo I

De la Conquista a la Revolución de los Comuneros

© Indalecio Liévano Aguirre

Segunda Edición

Diseño y Diagramación

Ediciones Tercer Mundo

Apartado Aéreo 4817

Bogotá–Colombia

ISBN9781370106967

Smashwords Inc

Reproducción textual de la edición de los capítulos I a XVII publicada por las revistas Semana y La Nueva Frontera, en la década delos sesenta del siglo XX. Todos los derechos reservados. No se puede traducir ni reproducir por ningún medio físico, fílmico o electrónico sin la autorización escrita del el editor.




INDICE

La lucha por la justicia

La controversia sobre las encomiendas

La rebelión de los encomenderos

La iglesia y los encomenderos

La fronda sojuzgada

Sobre el lomo de los conflictos

Reformas agraria y tributaria de 1591

El motín de las alcabalas

El conflicto entre la ética católica y la ética protestante

La batalla por el dominio del mundo

Las misiones jesuitas en el nuevo reino

Las reducciones guaraníes

El despotismo ilustrado

Los filósofos de la oligarquía y los filósofos de la democracia

En las garras del coloniaje

La revolución de los comuneros

Como se desbanda una revolución




Capítulo I

LA LUCHA POR LA JUSTICIA

ESPAÑA y sus leyendas. ─La formación del alma nacional─ Significado de las capitulaciones ─Señores de horca y cuchillo─ Infidelidad y esclavitud─ Los indios americanos ─Las doctrinas del cardenal Ostinense─ América un vasto mercado de esclavos ─Las costas del Caribe─ Los rescates─ Rebelión de la conciencia cristiana─ Los dominicanos en la Española─ Fray Antonio de Montesinos ─“¿No son hombres? ─La lucha por la justicia en América─ Junta de Burgos─ Contra la explotación colonial─ La décima Ordenanza de Carlos V─ Fin de la esclavitud─ La Bula “Sublimis Deus”

LA CONQUISTA y colonización de América serán objeto de inacabables controversias, mientras se persista en describirlas como un proceso homogéneo y rectilíneo y no como un conflicto dinámico, dentro del cual las llamadas Leyenda Negra y Leyenda Blanca, representan, apenas, las dos tendencias encontradas que a lo largo de los siglos coloniales inspiraron la gran controversia entre el Estado español y los poderes señoriales de la riqueza.

En este relato que vamos a hacer de los episodios estelares de nuestra historia desde la conquista, se podrán percibir los orígenes de esa gran controversia y la manera decisiva como ella ancló en el centro de gravedad de nuestra sociedad el gran debate entre la justicia que defiende a los humildes y todas las formas de opresión que favorecen a los poderosos. Mientras el Estado español se mantuvo fiel a las doctrinas que legitimaban la autoridad por la fiel adhesión a los mandatarios a los principios que los obligaba a la permanente defensa de los humildes y de los oprimidos ─como ocurrió en el siglo XVI el siglo de oro y en parte del XVII─ sus actos de gobierno fueron a la manera de grandes anclas que calaron profundamente en el suelo americano, estableciendo entre el Estado castellano y los pueblos nativos, los indígenas del Nuevo Mundo, la formidable solidaridad de la justicia, más recia que la solidaridad derivada del idioma, las costumbres o la religión.

Pero el día en que influencias extrañas, llegadas a España con el Despotismo Ilustrado de los reyes de la Casa de Borbón, variaron las metas históricas do la monarquía y ella dejó de representar la causa de los humildes para convertirse en una maquinaria burocrática sin alma, empeñada en hacer del Nuevo Mundo una mera factoría productora de utilidades para la metrópoli, ese día los pueblos se rebelaron y el viejo espíritu de justicia alumbró de optimismo y de fe los caminos que conducirían al grandioso movimiento de la independencia.

La república no constituyó, pues, un principio, una primera palabra pronunciada sobre la nada del caos originario, sino un nuevo y magnífico escenario, lleno de posibilidades, en el cual habría de continuar la vieja controversia entre los poderes de la riqueza y el ideal de la justicia que maní ¡ene abiertas, para todos, las puertas de la nacionalidad y sus beneficios. Con la tremenda eficacia perturbadora de los problemas no resueltos, este conflicto repercute todavía, con todas sus consecuencias, en nuestra época.

* * *

Las primeras fases de la conquista española en América sólo ligeramente se diferencian de las empresas llevadas a cabo, en igual sentido, por otras potencias coloniales de la época. La aventura tenía tal magnitud para quienes la emprendían y los resultados eran, en un principio, tan problemáticos, que sólo la posibilidad de grandes recompensas podía servir de estímulo para intentarla Pocos se habrían lanzado por rutas desconocidas, en la búsqueda de hipotéticos mundos apenas sospechados por los geógrafos, de no haberles alentado la esperanza de ganancias extraordinarias.

Ello explica por qué España realizó el descubrimiento y la exploración del Nuevo Mundo por el llamado sistema de "capitulaciones'', mediante las cuales el Estado cedía a sus vasallos parle considerable de sus facultades políticas y jurisdiccionales sobre los territorios conquistados, a cambio de una participación en los beneficios del descubrimiento.

En las capitulaciones celebradas con don Pedro de Lugo para la conquista de nuestras costas del Caribe y el descubrimiento del río grande de la Magdalena, don Pedro ofreció hacer los gastos de la expedición, el traslado de pobladores y especies animales y la construcción de los navíos necesarios, a cambio de que el monarca le otorgara, como le otorgó, las tierras conquistadas "para siempre jamás"; le confiriera el título de capitán general, con la facultad de nombrar regidores, jurados, escribanos públicos y la autorización para repartir los indios, las tierras, las aguas y las minas "por todos los días de su vida".

Exigió también, para él y sus descendientes, el título y los privilegios de los grandes de Castilla, la facultad de abreviar los términos en las causas criminales y civiles y la renuncia del rey a enviar obispos y protectores de indios por un prolongado período de tiempo. Ese tipo de concesiones a los conquistadores o a quienes financiaban las expediciones, solo podía conducir a la rápida feudalización del Estado de América. Verdaderos barones feudales serían esos adelantados, capitanes generales y jefes de las huestes a los que se otorgaba el mando militar, el derecho 'de nombrar regidores de los cabildos y de repartir la tierra y la mano de obra indígena.

Ellos construirían su poder con las atribuciones jurisdiccionales arrancadas a la corona y el sojuzgamiento de las masas indígenas cuya explotación sería la fuente permanente de sus riquezas. En las primeras fases del descubrimiento y la conquista esta tendencia a desarticular el Estado enmultitud de señoríos, se vio suspendida transitoriamente por la atracción que para los conquistadores supuso la posibilidad de recolectar de inmediato las riquezas acumuladas por las sociedades aborígenes.

Una etapa de saqueo organizado de los bienes de las comunidades indígenas, antecedió en América a la definitiva cristalización de las tendencias feudales manifestadas en las capitulaciones. La conquista de las Antillas y de nuestras costas del Atlántico se efectuó bajo tal signo y las instituciones de este período se inspiraron en un evidente espíritu de rapiña.

El desmantelamiento de templos, el robo de joyas, el saqueo de sepulturas y los llamados "rescates,'', representaron las mañeras típicas de apropiación coactiva de las riquezas que tenían en su poder indígenas precolombinos. El espíritu de esta etapa lo sintetizó la institución del "rescate"' cuya manera de cumplirse la describía así fray Bartolomé de las Casas:

─Llegaron (los conquistadores) a otra grande provincia y reino de Sarita Marta; hallaron los indios en sus casas, en sus pueblos y haciendas, pacíficos y ocupados; estuvieron mucho tiempo con ellos, comiéndoles sus haciendas y los indios sirviéndoles… Diéronles en este tiempo mucha suma de oro de su propia voluntad, con otras innumerables obras que les hicieron.

─Al cabo que ya se quisieron ir los tiranos, mandaron de pagarles las posadas de esta manera: mandó el tirano gobernador que prendiesen a todos los indios con sus mujeres e hijos y mátenlos en un corral grande o cerca de balos que para ello se fabricó, e hízoles saber que el que quisiese salir y ser libre se había de rescatar dando oro tanto por sí, como por su mujer y cada hijo, y por más urgirlos mandó que no les metiesen comida hasta que le trajesen el oro que les pedía por su rescate─

─Enviaron muchos a sus casas por oro y rescatábanse según podían; soltábanlos e íbanse a sus labranzas y casas a hacer su comida; enviaba el tirano a ciertos salteadores españoles que tornasen a prender los tristes indios rescatados una vez; traíanlos al corral, dándoles el tormento del hambre y sed, hasta que otra se rescatasen

─La rápida apropiación de los metales preciosos por los conquistadores, sus crecidas remisiones a la Península y la necesidad de abastecer de mercancías a la población española de las Indias, obligaron tempranamente a la corona a organizar una institución encargada de vigilar las participaciones del rey en los tesoros de América y de atender al envío de los bienes de consumo que exigía la ingente demanda de los pobladores.

─Para tal efecto se fundó la llamada Casa de Contratación de Sevilla, en la que debían acumularse "las mercancías, mantenimientos y aparejos necesarios para el comercio de Indias y se recibiría todo cuanto llegase de esos dominios, para que allí se vendiera lo que hubiese de ser vendido, o se enviara a vender a otras partes─

En los primeros años de la conquista las actividades de la Casa de Contratación presentaron todas las características de un monopolio estatal, porque los grandes riesgos que suponía dicho comercio y las perspectivas muy limitadas de ganancias inmediatas, dejaron el campo sin competencia a la corona. Solo cuando el aumento de la emigración amplió los mercados en América y la explotación sistemática de las minas creó una exportación permanente de metales preciosos a España, la iniciativa privada comenzó a interesarse en el comercio indiano y gradualmente la Casa de Contratación fue incorporada al radio de influencia de las poderosas oligarquías mercantiles de la metrópoli.

Comprar mercancías a precios módicos en España para venderlas en América con utilidades del 1000 por ciento; se convirtió en una de esas líneas más productivas del régimen colonial y ello explica la ardentía de las luchas que se libraron en España para conseguir el control de la Casa de Contratación. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la etapa de la simple apropiación de los bienes económicos acumulados por las civilizaciones pre colombinas no podía prolongarse indefinidamente y que pronto los conquistadores se vieron forzados a cambiar el sistema de recolección de la riqueza por el más difícil y complejo de producirla.

Entonces la tierra y especialmente la mano de obra indígena adquirieron decisiva importancia y su reparto se convirtió en motivo de álgidos conflictos sociales.

La intensidad de esos conflictos llegó a su punto crítico cuando el ensanche de las exploraciones permitió advertir la desproporción que existía en el Nuevo Mundo entre la disponibilidad ilimitada de tierra y la escasa densidad de la población aborigen, parte considerable de la cual se hallaba en fases todavía muy alejadas de ese grado de sociabilidad que podía facilitar la instauración en América, sin grandes traumatismos, del señorío feudal considerado por los españoles como el único premio adecuado para sus sacrificios.

El problema de la apropiación de los indios adquirió caracteres dramáticos, por la inclinación que mostraron los conquistadores a reducirlos a la esclavitud, por juzgar que sólo un sistema que permitiera a los pobladores forzar a los indios a trabajar, podía permitir la utilización adecuada de esas masas de aborígenes que vivían en la edad primitiva de la caza, la pesca y la recolección de frutos.

—Las Casas pinta indignado —dice Irving— la tiranía caprichosa que usaban con los indios algunos malvados españoles, entre los cuales había muchos que habían venido convictos de los calabozos de Castilla Estos miserables que eran en su país los más viles, tomaron el tono de principales caballeros. Decían que necesitaban los sirviesen y acompañasen grandes comitivas de criados. Se apoderaban de las hijas y parientas de los caciques haciéndolas sus criadas, o más bien sus concubinas, sin limitar el número de estas—

Cuando viajaban, en vez de usar de sus caballos y mulas, hacían que los naturales los transportasen en hombros en literas o hamacas, y que fuesen otros con parasoles de palma quitándoles el sol, y otros abanicándolos con plumas; y Las Casas añade que vio las espaldas y hombros de los desventura dos indios chorreando sangre después de aquel vil e ímprobo trabajo.

Cuando estos arrogantes señores de dos en dos llegaban a un lugar indio, consumían las provisiones de los habitantes, tomando cuanto agradaba a su capricho, obligando a los caciques y a sus súbditos a bailar delante de ellos para divertirlos. Hasta sus placeres eran crueles. Hablaban a los indios en los términos más degradantes; y a la menor ofensa, a la menor falta de humildad que mostrasen, les daban golpes, azotes y hasta la muerte".

La rapidez con que se institucionalizó la esclavitud de los indios en los primeros asientos de la colonización, la práctica de cazarlos con perros de presa, el establecimiento de mercados de esclavos y la costumbre de marcar a los indígenas con hierro candente, fueron consecuencia lógica de la filosofía política que sobre la "guerra justa" se elaboró en España durante la prolongada lucha de la reconquista contra los moros y sarracenos.

Esa lucha determinó un tipo de convicciones peculiares para justificar la guerra contra los llamados infieles o paganos, en virtud de las cuales se consideraba legítimo "quitar a los infieles sus dominios, haciendas y gobierno, los cuales con razón pierden por este delito (la infidelidad)". Esta doctrina fue trasplantada al Nuevo Mundo cuando los pobladores juzgaron indispensable establecer el trabajo forzado de los indígenas.

Entonces el paganismo e idolatría de que se acusaba a los naturales sirvió de título justificativo para reducirlos a la esclavitud. "Esto bastaba —dice Solórzano— para que por solo esta causa y cuando faltaran otras, se les pudiera hacer la guerra y ser legítimamente privados de su libertad y despojados de las tierras y bienes que poseían, como con palabras expresas lo enseñó hablando en común de todos los infieles, el doctísimo cardenal Ostiense".

Legitimada la esclavitud de los naturales con este tipo de argumentaciones, la Conquista adquirió caracteres de tremenda barbarie y a las crueldades cometidas por los españoles para apoderarse de los metales preciosos se sumaron las más despiadadas rapiñas para reducir a los indios a la esclavitud. “Escaseando ─dice el historiador Acosta─ los pocos adornos de oro y las perlas que las tribus salvajes de las islas y costas de tierra firme poseían, las naves aventureras procedentes de Santo Domingo y otras regiones se dieron al salteamiento de los mismos indígenas, enajenando sus voluntades con actos de piratería inauditos, llevándolos por centenares en esclavitud para trabajar la tierra y las minas...

Todo lo descubierto hasta entonces en América se convirtió en un vasto mercado de esclavos y solo algunas tribus muy belicosas defendieron su libertad con la punta de sus flechas envenenadas".

Las mismas empresas de exploración y descubrimiento de nuevas tierras se paralizaron parcialmente porque las huestes conquistadores en nuestras costas, desde el Darién hasta Santa Marta, se convirtieron en bandas dedicadas a capturar millares de indios e indias, que "mandaban herrar" y luego conducían a los poblados para venderlos en pública almoneda.

De esas "almonedas de indios", efectuadas ante notario, existen abundantes pruebas documentales en el Archivo de Indias y de ellas tomamos, por su brevedad, la siguiente diligencia verificada en la ciudad de Santa Marta: "Yo, Antonio de Villar, escribano de la reina nuestra señora, y su notario público en la su corte y en todos los sus reinos y señoríos, y teniente de escribano general de Castilla de Oro, por señor Lope Conchillos, secretario de sus altezas y de su consejo, doy fe cómo, en seis días del mes de julio de este presente año, se remataron los indios de Santa Marta, per mandato del señor Alonso de la Puente, en las personas siguientes:

Primeramente se remató en Becerra un indio que se llamaba Juanico en siete pesos de oro.

En diez días del dicho mes, se remató en Diego de Arenas una india que llevaba una cuchillada en la cabeza, con una hija suya de teta, en catorce pesos de oro.

Rematose en Jerónimo Ramírez de Antequera una india moza que de-cía que se llamaba María, en veinte pesos de oro.

Rematose en el dicho Jerónimo Ramírez de Antequera una india con una criatura de teta, en catorce pesos de oro.

Rematose en Ledesma una india vieja, en cinco pesos de oro.

Rematose en Juan Gaitán una india que se tomó en la Isla Fuerte con una criatura en siete pesos de oro.

Rematose en Fernán Sánchez la compañera de la cacica que estaba mala en el bohío, tal cual estaba su aventura en seis pesos de oro.

Rematose en Juan Ara una niña de hasta cuatro años en cuatro pesos oro

Rematose en el contador Diego Márquez una india pequeña en cinco pesos la cual estaba depositada.

Rematose en Fernán Valiente una india con una criatura en diez y ocho pesos oro.

Rematose en el Licenciado Barrera una india que se decía Isabel, en ocho pesos oro.

—Los cuales dichos indios e indias se remataron públicamente por voz de pregonero, y no se halló más por ellos de lo que dicho es, el dicho 'día y mes, y año susodichos—

El tráfico de indios esclavos fue particularmente estimulado por las pesquerías de perlas en nuestras costas, que demandaban el continuo renuevo de su mano de obra, extinguida con rapidez letal por las adversas condiciones en que se efectuaban las dichas" pesquerías.

—La tiranía —dice Las Casas— que los españoles ejercitaban contra los indios en el sacar o pescar de perlas, es una de las más crueles y condenadas cosas que se pueden ver en el mundo; no hay vida infernal y desesperada en este siglo que se le pueda comparar, aunque la de sacar el oro en las minas sea en su género gravísima—

—Métenlos en la mar en tres y cuatro brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua, nadando sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas de ellas a lo alto y a resollar, donde un verdugo español en una canoa o barquilla, y, si se tardan en descansar, les dan de puñadas y por los cabellos les echan al agua para que tornen a pescar”—

─La comida que les dan es pescado, y del pescado que tienen las perlas y pan cazabí… Las camas que les dan a la noche es echarlos en un sepo en el suelo, para que no se les vayan. Muchas veces zambúllense en la mar a su pesquería y nunca tornan a salir porque los tiburones y marrajos, que son dos especies de bestias marinas cruelísimas que se tragan a un hombre entero, los comen y matan…

──Dándoles tan horrible vida, los acaban y consumen en breves días, porque vivir los hombres debajo del agua sin resuello, es imposible mucho tiempo, señaladamente que la frialdad continua del agua los penetra y así todos comúnmente mueren de echar sangre por la boca, por el apretamiento del pecho que hacen, por causa de estar tanto tiempo y de continuo sin resuello. Conviértense los cabellos, ellos de su natura negros, en quemados como pelos de lobos marinos y sálenles por las espaldas salitre, que no parecen sino monstruos en naturaleza de hombre─

Cuando así se enseñoreaba la barbarie en las tierras e islas que formaban la antemuralla del Nuevo Mundo y todo un continente estaba a punto de ser devorado por la esclavitud, se produjo uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia espiritual de la humanidad: en el ámbito de la misma sociedad que solo beneficios podía derivar de la esclavitud de los indios, surgió la protesta inequívoca contra ella.

Hacia 1510 llegaron a La Española un grupo de frailes dominicanos, entre los cuales se contaba un monje de aspecto retraído y a quien dominaba evidentemente esa pasión por la justicia que mueve las grandes transformaciones del mundo: fray Antonio de Montesinos. ─Tenía —dice de él un cronista— gracia para predicar; era áspero en reprender los vicios y en sus sermones y palabras muy colérico y eficacísimo─

Durante un año él y sus hermanos de Orden permanecieron en La Española y presenciaron conmovidos las iniquidades de que eran víctimas los indígenas. De la intimidad de sus conciencias surgió la protesta contra aquel régimen despiadado y resolvieron entonces condenar, desde el pulpito, tan execrables crueldades.

Para el efecto confiaron a fray Antonio de Montesinos el primer sermón en este sentido y a fin de "que se hallase toda la ciudad al sermón y ninguno faltase, convidaron al segundo almirante que gobernaba la isla, a los oficiales del rey y a todos los letrados y juristas que había". En la tosca iglesia, techada de paja, y en vísperas de navidad del año de 1511, comenzó una cruzada que haría historia. Ese día, en el curso de la misa, se irguió Fray Antonio de Montesinos en el pulpito y ante todos los grandes de la isla pronunció el famoso sermón que cambiaría el destino del Nuevo Mundo:

─Me he subido aquí —les dijo— yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura, la más espantable que jamás pensastéis oír. Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la cruel-dad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.

—Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos, habéis consumido?. Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismas? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?—

—Tened por cierto que, en el estado en que estáis, no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo─ De Montesinos, tal vez sin proponérselo, impugnó en este sermón todas las doctrinas que hasta el momento habían servido para justificar la esclavitud de los indios y la mismo conquista del Nuevo Mundo; condenó la llamada guerra justa" y planteó el problema fundamental ánimas racionales? —

Estos históricos interrogantes dieron comienzo a una controversia en la cual se comprometería toda valores esenciales de la tradición cristiana y enfrentándose a la nación española alrededor del cual giraría, en el porvenir, el gran debate sobre tomaron el tono de principales caballeros. Decían que necesita. Cuando parecía que la esclavitud iba a enseñorearse del Nuevo Mundo, un humilde fraile rescató los poderes de la riqueza postuló la igualdad esencial de todos los hombres.

Después del sermón de Montesinos, los magnates de La Española se reunieron en la casa de don Diego Colón y acordaron enviar una delegación ante el vicario de los dominicos para protestar contra los ultrajes de Montesinos, acusado de desconocer los títulos de la corona sobre las Indias y de propiciar una revuelta de los aborígenes contra sus legítimos señores.

El vicario, fray Pedro de Córdova, rechazó las protestas de los plantadores y al despedirse de la delegación anunció que Montesinos se referiría al tema nuevamente en el sermón del domingo próximo. Se creó entonces una atmósfera de expectativa alrededor de la nueva intervención de Montesinos, y no faltaron quienes supusieran que el monje sería obligado a rectificar sus opiniones cuando el vicario de la comunidad se detuviera a meditar en las consecuencias de ganarse la enemistad de todos los "beneméritos" de la isla.

Montesinos se encargó, el domingo siguiente, de despejar todo equívoco. Desde el pulpito tronó de nuevo contra los pobladores y ante el asombro de quienes esperaban oírle palabras de rectificación, anunció a los pobladores que los dominicos no les recibirían confesión ni les absolverían mientras persistiesen en esclavizar y dar malos tratos a los indios.

Aseguroles que ellos, humildes sacerdotes, no temían a los poderes de la tierra y descendió del pulpito "con la cabeza no muy baja, porque no era hombre —dice Las Casas— que mostrase temor, así como no lo tenía, ni se le daba mucho desagradar a los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, convenía”.

De esta manera quedaron rotas las hostilidades entre los pobladores enriquecidos en la conquista y la pequeña comunidad de los frailes dominicos en La Española. Don Diego Colón se apresuró a enviar al rey Fernando un memorial firmado por todos los beneméritos de la isla en el cual le informaba de las actividades de Montesinos y del peligro que ellas entrañaban, según decía, para el buen gobierno y pacificación de los naturales.

Numerosas cartas se remitieron también al consejo de Indias para acusar a los dominicos de discutir, con irrespeto, los títulos de la corona sobre las Indias, de tal manera que el rey Fernando, profundamente alarmado, escribió al gobernador de La Española ordenándole amonestar a los monjes por su conducta y autorizándolo para que los enviara a España- en el primer barco, si persistían en sus prédicas. Como al superior de la Orden se dirigieron parecidas representaciones desde las islas y costas de tierra firme, éste ordenó al vicario en La Española poner inmediato término a los sermones de Montesinos. Así fue silenciada esta primera protesta en defensa de los naturales.

Satisfechos los grandes señores de La Española por el éxito conseguido, decidieron enviar a la corte una delegación, presidida por el fraile franciscano Alonso del Espinel, para presentar el punto de vista de los pobladores en favor de la esclavitud de los indios, lo cual indujo al vicario de los dominicos a pedir, a su vez, la autorización necesaria para que Montesinos viajara a España a defender su conducta.

─El bueno del padre franciscano, con su ignorancia no chica —anota Las Casas, refiriéndose a Espinel—, aceptó el cargo de la embajada, no advirtiendo que lo enviaban a detener en cautiverio e injusta servidumbre a tantos millares de hombres... No osaré afirmar que lo que aquí diré ayudase a aceptar tal cargo, y esto fue que en los repartimientos pasados dieron uno a lo menos, y yo lo sé, al monasterio de San Francisco en la ciudad de La Concepción─

El debate se reabrió entonces con todas sus consecuencias históricas. No bien supo el rey Fernando del viaje de Montesinos y de la delegación de los pobladores, decidió convocar en Burgos una junta especial para que los oyera y tomara las decisiones del caso sobre un problema que daba lugar a opiniones tan contradictorias.

─Así —observa Hanke—, comenzó la primera gran batalla por la justicia social en América, batalla iniciada por un fraile casi desconocido".

Fray Antonio de Montesinos fue recibido con frialdad en la corte y al concurrir por primera vez a la junta convocada por el rey, no pudo dejar de advertir que la mayoría de los presentes le observaba con desconfianza y participaban de las opiniones que, en contra suya, habían difundido los pobladores de La Española.

Pero Montesinos no era persona fácil de intimidar. Prescindió de intervenir en el complejo debate filosófico sobre la "guerra justa" y la incapacidad racional de los indios, planteado por Espinel y fray Hernando de Mesa, y cuando se le concedió la palabra se limitó a hacer una extensa, impresionante y pormenorizada relación de las atrocidades que a diario se cometían en América contra los naturales.

Ante aquella junta, compuesta por las personalidades más eminentes del reino, narró con lujo de detalles las torturas, los asesinatos, los engaños y las depredaciones de que habían sido y eran víctimas los aborígenes y en la medida que avanzaba en su dramática descripción, la hostilidad inicial se tornó en simpatía y franco respeto. Cuando llegó el final de su discurso, ya la voluntad del auditorio había sido sojuzgada por la elocuencia brutal de su histórica acusación contra los conquistadores. Así se explica que la junta decidiera propiciar una serie de medidas para poner término a los abusos denunciados por el dominico, medidas que serían el primer paso en el camino de adoptar soluciones de fondo sobre el dramático problema del indio americano.

La junta, antes de disolverse, reconoció la libertad de los naturales y recomendó su protección a la corona, pero no se atrevió a aceptar las tesis de Montesinos en favor de su completa independencia de todo yugo servil. La necesidad de su adoctrinamiento y las exigencias económicas y militares de la colonización inclinaron a los juristas y teólogos de la junta de Burgos a convenir en que se les sujetara transitoriamente a un género de benévola servidumbre "para mejor disponerlos y constreñirlos a la perseverancia en el trabajo y la virtud". En estas premisas se fundaron las llamadas "Leyes de Burgos", y el famoso "requerimiento", que debía leerse a los indios americanos antes de tomar ninguna medida bélica contra ellos.

Las Leyes de Burgos no fueron el único resultado de la protesta de Montesinos. Sus sermones en La Española y su intervención en la junta de Burgos conmovieron de manera tan honda la conciencia moral de España, que desde ese momento el problema jurídico del indio se situó en el primer plano de las preocupaciones nacionales y fue de obligada reflexión para los hombres más eminentes de la época.

─La nación española —dice un cronista— había puesto en tela de juicio un problema ético: el status del indio. Si los indios eran hombres, era injusto despojarlos de lo que suyo era… Tal fue el eje de las discusiones en torno de las cuales se torturó la nación entera. Llegó hasta turbarse la conciencia misma del rey─

Como fruto de los trascendentales interrogantes que se plantearon en esta controversia nacieron los dos grandes partidos que se disputarían, en el futuro, la dirección de la política española en ultramar: el partido indigenista, cuya aspiración sería impedir la destrucción de los aborígenes y protegerlos contra los desmanes de los peninsulares, y el partido colonialista que defendería tenazmente la conveniencia de someter a los indios a la potestad dominical de los grandes señores de la conquista.

La tarea iniciada por Montesinos van a continuarla los grandes teólogos y juristas españoles del partido indigenista, quienes harán de la protesta del dominico el fundamento del derecho indiano. A partir de 1512, fecha de la reunión de la junta do Burgos, comienza la magna empresa que Lewis Hake denomina "la lucha por la justicia en la conquista de América", empresa que tendrá a su servicio las inteligencias más eminentes de la nación español.

Se verá entonces el caso, único en la historia universal, de una gran potencia colonial que consagrará gran parte del esfuerzo intelectual de sus hombres superiores no a resolver el problema de cómo explotar con mayor eficacia a los nativos de sus dominios, sino de cómo defender —de sus propios súbditos—, a los naturales de las tierras conquistadas de una potencia colonial que en pleno siglo XVI dará a sus dominios una legislación social cuyo espíritu y letra contradecían la esencia misma del sistema colonial.

En momentos en que las grandes potencias imperiales de la época solo pensaban en extraer las mayores utilidades de sus dominios y en organizar factorías y plantaciones en concordancia con tales fines, en España y sus territorios americanos van a chocar, en un conflicto que hará historia, las violentas energías de los conquistadores y la ardiente pasión por la justicia de los teólogos y juristas de la corona. “La conciencia crítica de los españoles de entonces —dice Gallegos Rocafull— no se dejaba sobornar por razones utilitarias, aunque valieran un imperio”.

En esa edad dorada no les bastaba a los españoles crear todo un mundo; tienen que saber por qué lo crean, tener plena conciencia de lo que están haciendo, analizar su conducta, denunciar indignados los abusos o desmanes e imponerse a sí mismos normas de equidad y justicia".

El choque de dos fanatismos profundamente españoles, el de los guerreros que pretendían implantar en América un feudalismo rapaz y el de los teólogos y juristas que defendían la igualdad esencial de los hombres, exigiría el empleo de las mejores energías intelectuales de España en los siglos XVI y XVII y no permitiría a la nación, por desgracia, profundizar el problema decisivo del desarrollo económico de sus dominios.

Esta falla se evidenciaría, con el transcurso del tiempo, en la desproporción que habría de establecerse entre las exigencias de la avanzada política social consagrada en las Leyes de Indias y las potencialidades del organismo económico que les servía de sustentación.

No obstante esta deficiencia de la política española en América, para el historiador resulta evidente que esa política, cualesquiera que fueran sus limitaciones, tuvo como resultado perdurable el haber anclado en el núcleo formativo de las futuras naciones hispanoamericanas la pasión por la justicia como limitativa del mero apetito codicioso de riquezas.

Por eso la historia de estas comunidades se desenvolverá desde entonces como un conflicto dinámico y permanente entre las exigencias éticas de la justicia y las pretensiones utilitaristas del poder del dinero; entre el interés público, encarnado en el Estado, y el interés privado, cuya personería ejercerán las oligarquías sociales, en cuyos cuadros se depositarán periódicamente los beneficios de las sucesivas acumulaciones de riqueza.

Así lo demostró aquella primera controversia sobre la esclavitud de los indios, antecesora de muchas otras que adelante vamos a relatar. El debate iniciado por los sermones de Montesinos alcanzó sus primeros logros efectivos quince años después cuando el Emperador Carlos V. colocando a la corona del lado de los indigenistas, expidió la famosa cédula del 9 de noviembre de 1528, que cambiaba el destino del Nuevo Mundo al prohibir terminantemente la esclavitud de los aborígenes:

—Es nuestra voluntad, y mandamos, que ningún adelantado, gobernador, capitán, alcaide, ni otra persona, de cualquier estado, dignidad, oficio o calidad, sea en tiempo y ocasión de paz o en guerra, aunque justa y mandada hacer por nosotros o por quien nuestro poder hubiere, sea osado de cautivar indios naturales de nuestras Indias, islas y tierra firme del mar océano, descubiertas, ni por descubrir, ni tenerlos por esclavos, aunque sean de las islas, y tierras, que por nosotros, esté declarado, que se les pueda hacer justamente guerra, o matar, prender o cautivar'—

La plena vigencia de esta cédula libertaria, solo se consiguió lentamente. Desde el principio de su ejecución encontró toda suerte de obstáculos por parte de los pobladores y los mismos funcionarios de la corona, interesados en el tráfico de esclavos indígenas, se mostraron reacios a darla a la publicidad. El conocimiento de la famosa pragmática por las autoridades españolas en ultramar coincidió con el envío al Consejo de Indias de centenares de informes sobre supuestas o reales rebeliones de los indígenas, todo lo cual constituía una especie de prólogo para solicitar encarecidamente a la corona que rectificara su política y permitiera a los españoles reducir a los indios a la esclavitud.

En tal sentido dirigió el cabildo de Santa Marta, por ejemplo, un memorial al emperador el 22 de junio de 1530:

—Para la pacificación y conquista de esta tierra convendría, por ser estos indios tan indómitos, rebeldes, pertinaces y duros… que vuestra majestad nos haga merced de mandarnos dar a los tales indios que están en guerra… y ser por esclavos herrados, pagando el diezmo a vuestra majestad, y que libremente se puedan comprar y vender—

La forma lenta, y por demás precaria, como se cumplió en América la real pragmática contra la esclavitud de los indígenas y el conocimiento, por la corona, de que dicha pragmática no había sido publicada debidamente, indujeron a la reina gobernadora, en ausencia del emperador, a enviar de nuevo a sus agentes el texto de la famosa cédula, y el 25 de enero de 1531 remitió la siguiente orden al gobernador de Santa Marta, García de Lerma:

—Yo os mando que luego que la recibáis pregonar públicamente en esa tierra y que se guarde y cumpla y ejecute como ella se contiene sin falta alguna—

En esta oportunidad no quiso la corona confiar exclusivamente a sus agentes la cumplida ejecución de su política antiesclavista. Como las necesidades militares de la conquista hacían forzoso que el gobierno lo desempeñaran todavía en el Nuevo Mundo los capitanes de las huestes —quienes poco o ningún interés tenían en que se cumpliera una legislación cuya finalidad era defender a los naturales—, la corona decidió enfrentar a los gobernadores una autoridad no dependiente de ellos, la del "protector de indios", cargo que se había visto obligada a dejar vacante en las distintas zonas de poblamiento porque los favorecidos con los contratos de capitulaciones lo habían considerado incompatible con las exigencias de !a conquista.

Para esta fecha el Consejo de Indias consideró superada la etapa en que se creyó necesario dejar completa libertad a los conquistadores, y procedió a, proveer los cargos de protectores de indios, a fin de que sus titulares exigieran a los agentes de la corona, en el propio foco de los conflictos, el estricto cumplimiento de la legislación indiana.

Las órdenes terminantes comunicadas al gobernador de Santa Marta, fueron seguidas del nombramiento de fray Tomás Ortiz, como protector de indios en las zonas de colonización de nuestra Costa Atlántica. En las instrucciones que se le entregaron, decía la reina gobernadora:

—Somos informados que los indios de le Provincia de Santa Marta no son tratados de los cristianos españoles que en ella residen como deberían, y como vasallos nuestros y personas libres, como lo son; que les han dado y dan demasiado trabajo pidiéndoles más servicios y cosas de las que buenamente pueden cumplir… y tomándoles sus mujeres e hijas y así mis

mos haciéndoles esclavos por rescates y por otras formas y herrándolos y sirviéndose de ellos como de tales y haciéndoles otras crueldades enormes—

—Por la presente os cometemos y encargamos y mandamos que tengáis mucho cuidado de mirar y visitar los dichos indios y hacer que sean bien tratados e industriados y enseñados en las cosas nuestra santa fe católica… procurando ante todas cosas de informaros si algunos de los dichos indios están cautivos y tenidos por esclavos injusta o indebidamente, haciendo que los tales sean tornados y restituidos a su libertad—

No sería justo parangonar a fray Tomás Ortiz con Las Casas y Montesinos, porque el nuevo protector de indios carecía de ese apasionado celo por la justicia y de esa simpatía por los aborígenes que hicieron famosos a los dos predicadores dominicos. Se sabe, inclusive, que fray Tomás Ortiz fue uno de los contradictores de Las Casas en la corte y existe un documento suyo en que calificaba a los aborígenes de "asnos", abobados, alocados e insensatos.

Pero ya investido de su carácter de protector, fray Tomás Ortiz se despojó de sus prejuicios, adquiridos durante su larga permanencia en la isla de Santo Domingo y se preparó a desempeñar su misión con entera lealtad para con las gentes cuya defensa le confió la corona. La primera carta de fray Tomás a la reina gobernadora da idea de las irregularidades que encontró al llegar a nuestras costas: —En esta tierra —le decía— hay más daño de lo que allá han informado, porque una cosa es oírlo y otra verlo como yo lo veo—

El conflicto entre el protector de indios y el gobernador García de Lerma estalló en el momento en que fray Ortiz se enteró de que el dicho gobernador era uno de los principales interesados en el tráfico de esclavos indígenas.

Como carecía de jurisdicción para enjuiciarlo, fray Tomás optó por utilizar sus autorizaciones para expedir unas ordenanzas relativas al "tratamiento y doctrina que los españoles han de hacer a los indios", con las cuales esperaba mejorar la suerte de los aborígenes y conseguir que el gobernador se resignara a cumplir las pragmáticas sobre la esclavitud. La ira de García de Lerma n0 tuvo límites cuando supo que en las dichas ordenanzas había un artículo que decía:

—Cualquier persona que vendiere o tomare indio por esclavo de los que ahora el dicho señor gobernador encomienda... que pierda todos sus bienes y los indios o indio que así vendiere—

Habituado García de Lerma a hacer su voluntad en aquellas tierras, no pudo contener su exasperación al advertir que el protector pretendía ejercer actos de autoridad que contradecían los suyos. Así se explica la violenta escena que le hizo delante de muchos vecinos, en la que lo trató con irrespeto e insolencia. Refiriéndole fray Ortiz a la reina sus conflictos con el gobernador, le decía:

—Por las cartas de vuestra alteza se da él tan poco, que ni las tiene, ni las teme, ni conoce a Dios ni piensa que hay superiores sobre él. Y dice que mientras él viviere, ni ha de ver obispos, ni gobernador, ni protector, ni rey, ni papa, sino él—

A fin de proporcionar al Consejo de Indias pruebas suficientes para procesar al gobernador, Fray Tomás Ortiz trató de efectuar lo que en la época se llamaba una "Información", diligencia judicial destinada a establecer las responsabilidades de los funcionarios reales y para lo cual se exigían un conjunto de declaraciones, hechas bajo juramento y ante escribano.

Cuando García de Lerma se enteró de que algunos pobladores declararon sobre su intervención en el tráfico de esclavos y su resistencia a dar cumplida ejecución a las pragmáticas reales, mandó llamar a los escribanos y apremiándolos con amenazas para ellos y sus familiares consiguió que se negaran a entregar al protector los documentos respectivos.

Fray Tomás hubo de contentarse con escribir nuevamente a la Corte en la esperanza de que se tomara alguna providencia contra los desmanes del gobernador. Grande debió ser su regocijo cuando, meses después, le llegó la correspondiente copia de la real cédula enviada por la Reina gobernadora a García de Lerma, en la cual decía la soberana:

—Soy informada de que Pedro Vadillo, nuestro gobernador que fue de esa Provincia, de una entrada que hizo, trajo más de 600 indios, hombres y mujeres, los más niños, todos libres, sin haber hecho ni merecido por qué ser esclavos, y que Fray Tomás Ortiz, nuestro protector de Indios de esa tierra, por virtud de la provisión que para ello tiene, entendió en la libertad de ellos y que la ciudad de Santa Marta se lo impidió—

—Sobre lo cual hizo cierta información de algunos españoles temerosos de Dios y celosos de nuestro servicio para enviárnosla, la cual dice que no pudo sacar de los escribanos y nos suplicó y pidió que acerca de ello mandásemos proveer... Por lo cual yo os mando que luego que con esta mi Cédula fuerais requeridos, hagáis poner y pongáis los dichos indios en libertad, para que como libres, pues lo son, hagan lo que quisieran y por bien tuvieran—

—Y en el primer navío que parta de esa tierra para estos Reinos o para la isla Española, me enviéis relación de cómo habéis cumplido' con apercibimiento que de no hacerlo, mandaremos proveer lo que convenga—

La actitud firme que desde 1530 tomó la corona con respecto a la esclavitud de los indios y el envío de visitadores para exigir de sus agentes y funcionarios el más estricto cumplimiento de las cédulas pertinentes, tuvieron el efecto de hacer más estrecho el cerco de los focos donde se engendraba y difundía la esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo.

Sus reductos fueron cayendo uno a uno y bien pronto los pobladores tuvieron que convencerse de que la corona no transaría en esta grave cuestión y que les sería necesario buscar nuevos sistemas para beneficiarse del trabajo de los indígenas.

Quienes persistieron en aferrarse a las injustas situaciones creadas al amparo de las realidades brutales de la conquista, perdieron todas sus esperanzas cuando el Pontífice Pablo III, como resultado de las gestiones de los teólogos españoles en Roma, expidió la Bula "Sublimis Deus", por medio de la cual ratificaba, en su calidad de máxima autoridad del orbe cristiano, la política del emperador Carlos V sobre libertad de los indios. La Bula, fechada el 2 de junio de 1537, decía:

─Considerando que los indios son verdaderos hombres y que no sólo son capaces de la fe de Cristo, sino que de acuerdo con nuestro conocimiento se apresuran a recibirla... Ordenamos que los dichos indios, aunque se hallen fuera de la fe, no puedan ser privados de su libertad y de la posesión de sus bienes y que pueden hacer uso de su libertad y dominio y no deben ser reducidos a esclavitud─




Capítulo II

LA CONTROVERSIA SOBRE LAS ENCOMIENDAS

DE LA ESCLAVITUD a la Encomienda. ─Los "servicios personales" de los indios. —En los linderos del feudalismo. —La nueva servidumbre. — La masa de los siervos. — De la enmienda de servicios a la encomienda de Tributos. —-La conquista del Reino de los chibchas. —La lucha por las Encomiendas. —Los señores feudales en La Sabana. —Se desconocen las ordenanzas Reales- — La gleba irredenta. —Se inicia la gran controversia. —Bartolomé de las Casas y Carlos V. —La Junta de Valladolid. —La libertad del indio y la "Sociedad Ordenada". —Las leyes nuevas. —Renovación del derecho indiano. —El gran interrogante.

CUANDO la política de la corona y la acción de sus gentes consiguieron evitar que el régimen de trabajo se organizara en América sobre la base de la esclavitud de los indios, los conquistadores se vieron precisados a buscar formas de explotación de la mano de obra aborigen compatibles con las leyes que habían otorgado la calidad de vasallos libres a los naturales del Nuevo Mundo.

Había sistemas de servidumbre que correspondían mejor a la atmósfera feudal de que los conquistadores formaban parte y ello explica la facilidad con que el régimen esclavista fue sustituido por instituciones que establecían, en la práctica, el trabajo forzado de los indígenas. Para conseguir este resultado los defensores de los conquistadores comenzaron desde temprano una gran campaña encaminada a demostrar que los indios eran "flojos en gran manera y amigos del ocio y de entregarse a sus borracheras y lujurias".

De esta premisa deducían, naturalmente, que los naturales debían "ser compelidos a trabajar", y repartidos entre los conquistadores, que se obligarían a adoctrinarlos en la fe católica y a enseñarles los usos de una civilización superior, a cambio de que los indios trabajaran, sin remuneración específica y por tiempo indefinido, en la "labranza, crianza, construcción de edificios, labores de minas y obrajes", en que tenían interés los pobladores españoles.

Temerosa la corona de que la completa libertad de los indígenas pudiera conducir, como lo pronosticaban los conquistadores, a la paralización de las empresas colonizadoras, no opuso desde el principio una franca resistencia a los argumentos que presentaban los voceros del partido colonialista en favor de esta nueva servidumbre, y así se introdujo la práctica de repartir, a los beneméritos de la conquista grupos considerables de indios obligados a prestar, sin remuneración, ese tipo de trabajo, que desde entonces se llamó "servicio personal".

Para regular las obligaciones de la corona con las personas así favorecidas, se acudió a una institución medioeval, la cometida o comiso, de la cual se derivaría la famosa encomienda americana.

Mediante ella, la corona o sus agentes "encomendaban" los indios a los españoles con autorización para exigirles la prestación gratuita de los dichos "servicios personales", a cambio de que los titulares del privilegio se obligaran a atender debidamente a su evangelización y a "acudir a nuestro real servicio, como buenos vasallos' que gozan de los beneficios de nuestra merced".

—Limitada la duración de la encomienda, en sus primeras fases, a períodos que oscilaban entre ocho meses y tres años, los privilegios que ella suponía no parecieron suficientes a sus titulares y desde entonces se comenzó a argüir que la colonización perdería su ímpetu y continuidad de no repartirse los indios "de por vida" y con derecho a sucesión "por una vida más—

Como la encomienda se estableció en América en momentos en que el dominio de la mano de obra indígena era la aspiración principal de los conquistadores, dicha institución otorgó título alguno sobre las tierras de los indígenas encomendados. La importancia de la Encomienda se derivó del derecho que por ella adquirieron sus titulares a que los indios repartidos se trasladaran, desde sus propias tierras, a las haciendas de los encomenderos, las cultivaran por determinado número de días en la semana, sin remuneración, y atendieran a los servicios domésticos de sus casas. El trabajo de los indios y no la tierra fue el objeto propio de la encomienda.

Para dar idea de la forma y ceremonias que tipificaban el acto solemne de "encomendar" indios, vamos a transcribir los apartes esenciales del documento por el cual se otorgó, en esta época, la encomienda de los indios del Valle de Apía a Jorge Robledo En la primera parte de dicho documento el gobernador Andagoya alude a las causas justificativas de la merced que confiere y dice:

—Porque la real intención de su majestad es que las personas que así han servido y sirven en algo sean remuneradas y gratificadas de sus servicios, por ende, en nombre de Su Majestad y por virtud del poder que para ello tengo, encomiendo a vos, el dicho Jorge Robledo mi Teniente General, el Valle de Apía con todos los indios y principales y con todos los indios a ellos sujetos... —

A continuación el documento define, en los siguientes términos, las facultades de don Jorge Robledo sobre los indios a él encomendados:

—De ellos vos podéis servir y aprovechar en vuestra casa' minas e haciendas, labranza y granjerías... con tanto que seáis obligado a enseñarles e industriarles en las cosas de nuestra santa fe católica...con lo cual descargo la real conciencia de su majestad e la mía—

Al final del documento se incorpora la diligencia por medio de la cual Robledo tomó posesión de la encomienda ante el alcalde del lugar, cuyas formalidades se describen así:

—El dicho señor teniente general (Robledo) trajo ante el dicho señor alcalde un cacique principal del Valle de Apía y otro cacique llamado

Irraca del dicho valle y otro cacique llamado Pira Paca y otro cacique llamado Geramí y otro cacique llamado Tacorí del dicho valle, y el señor alcalde les tornó por la mano e les dio e entregó al dicho señor teniente general, el cual los tomó e les puso las manos encima a cada uno de ellos en señal de posesión e dijo que tomaba e tomó en los dichos caciques y en cada uno de ellos la dicha posesión natural e corporal e que tomándola en ellos la tomaba e tomó en todos los dichos pueblos e indios a ellos sujetos, la cual dicha posesión tornó quieta e pacíficamente, sin contradicción alguna...—

En plena vigencia de este sistema de hegemonía dominical sobre los aborígenes, se dio comienzo a las exploraciones de los territorios continentales y la colonización dejó sus bases costaneras para penetrar gradualmente en las zonas desconocidas del interior.

Hernán Cortés llevó a efecto la conquista de México en momentos en que los pobladores de las Islas y de las Costas del Caribe —ya ilegalizada la esclavitud—, optaban por conformarse con los "servicios personales" de los indios en las encomiendas.

Como Cortés había presenciado en Cuba los excesos a que se prestaba la Encomienda de servicios, desde sus primeros contactos con la civilización azteca miró con alarma la posibilidad de que aquella vasta población aborigen fuera sometida a los abusos que habían padecido las tribus de las islas y de las costas de tierra firme y se propuso conseguir para los naturales de México, cuyos logros culturales le impresionaran profundamente, un tipo de instituciones sociales que no diera margen a las injusticias características del régimen del Caribe.

El resultado de sus meditaciones en este sentido quedó consignado en su correspondencia con el emperador Carlos V, en la cual apunta, con timidez, las soluciones que adoptaría finalmente la corona sobre el régimen de encomiendas.

—La experiencia de las Antillas —dice Ramón Pérez— está presente desde el primer momento en las tierras continentales. Cortés, después de la conquista de México, recuerda las desgracias de la encomienda isleña, por haber vivido en Cuba, y se resiste a implantarla Al emperador le escribe sobre este motivo, brindándole la solución de substituirla por la concesión gratuita de tributos a favor de los conquistadores—

La idea de sustituir los "servicios personales" de los indios con la cesión gratuita de sus tributos a los conquistadores, la adquirió Cortés al observar la organización administrativa del imperio azteca, dentro de la cual, el tributo tenía aceptación general.

Que el emperador recibiera los tributos de los indios y los cediera a los encomendadores a fin de que ellos dispusieran de medios adecuados para su sostenimiento, le pareció la manera ideal de conjurar los males que se seguían para los aborígenes de su directa dependencia de los españoles y así lo sugirió a Carlos V en su correspondencia.

Esta solución fue mejor recibida en los consejos de la corona que en el propio valle de México. No bien Cortés la consultó con sus capitanes y ella se divulgó entre las huestes, se creó un estado de descontento que lindaba con la rebeldía, de tal manera que Cortés hubo de permitir el reparto de los indios en forma parecida a como se hizo en las Antillas.

Distinta fue la reacción del Consejo de Indias y del emperador. La idea de la encomienda de tributos, como sustitutiva de la encomienda de servicios, comenzó a abrirse camino entre los consejeros de Carlos V y las informaciones llegadas de México sobre el régimen interno del Imperio Azteca, su sistema tributario y su composición en clanes gentilicios y tribus, sugirieron la posibilidad de establecer las Encomiendas siguiendo la «estructura de dichos clanes y tribus, en cuyo ámbito debía mitrarse el tributo que la corona cedería, como único privilegio, a los conquistadores que merecieran recompensa por sus servicios.

Como este sistema implicaba privar a los españoles de la posibilidad de beneficiarse directamente con la explotación del trabajo de los indígenas, desde este momento se planteó en España y en América un conflicto que duraría casi dos siglos. La simple cesión de tributos mal podía satisfacer a quienes habían soñado con transformar las encomiendas en verdaderos señoríos feudales y así se explica que la conducta de la corona se hubiera considerado como flagrante violación del espíritu de las capitulaciones y prueba palpable de la ingratitud de los reyes con sus más leales servidores.

Estas discrepancias adquirieron mayor gravedad cuando el sojuzgamiento total de las grandes civilizaciones aborígenes —la azteca y la inca— pusieron al alcance de los conquistadores las grandes masas de población de los imperios vencidos.

Como ya no se trataba de tribus primitivas de pescadores o recolectores de frutos, sino de sociedades políticas que habían alcanzado cierto grado de madurez y estaban dotadas de una estratificación jerárquica que permitía organizar, sin grandes traumatismos, la explotación intensiva del trabajo de los indígenas, los conquistadores y sus abogados en España opusieron todo género de obstáculos al sistema de la encomienda de tributos, que venía a privarlos del control de la mano de obra nativa en los momentos en que capitulaban, ante las huestes de la conquista, los imperios americanos de población más densa y disciplinada.

No obstante las intensas presiones de que fue objeto, la corona no olvidó las experiencias acumuladas en la etapa antillana y abocó el problema con soluciones para proteger a los indios de los excesos y evitar que la encomienda sirviera a los españoles para restaurar en América el feudalismo.

Cuando comenzaba la penetración de las huestes conquistadoras en las tierras interiores del continente, el emperador Carlos V promulgó la famosa ordenanza décima de 1528, que organizaba la encomienda como simple cesión de tributos a sus titulares, prohibía los "servicios personales" de los indios y atribuía privativamente a los funcionarios reales la facultad de tasar dichos tributos.

Los tres aspectos básicos de la nueva constitución de la encomienda en América los definía así la ordenanza del emperador:

a) En cuanto a los tributos:

—Los indios que estuvieren puestos en nuestra real corona, y encomendados a los españoles y personas particulares, paguen los tributos que debieren a Nos y a sus encomendadores en los mismos frutos que criaren, cogieren, y tuvieren en sus propios pueblos y tierra donde fueren vecinos y naturales, y no en otra cosa alguna, ni se dé lugar a que fueren apremiados a buscar, ni rescatar los tributos en otra ninguna parte—

b) En cuanto a los "servicios personales":

—En la tasación se guarde lo que nos está mandado, acerca de que no haya servicios personales, ni se echen los indios por los encomenderos a las minas, ajustándose a las leyes de este libro—

c) En cuanto a la tasación de los tributos, que debían efectuar "los tasadores y nuestras reales audiencias", ella fue 'reglamentada por una cédula especial del emperador en la cual ordenaba:

—Porque no reciban agravio los indios en hacerles pagar más tributos de los que buenamente pueden, y gocen de toda conveniencia, encargamos y mandamos a nuestros virreyes, presidentes y audiencias, que cada uno de su distrito haga tasar los tributos, y los comisarios que para esto fueren nombrados, guarden la orden y forma siguiente:

—Primeramente loe tasadores asistan a una misa solemne del Espíritu Santo, que alumbre sus entendimientos, para que bien, justa y derechamente hagan la tasación, y acabada la misa, prometan y juren con solemnidad ante el sacerdote, que hubiere celebrado, que la harán bien, y fielmente, sin odio, ni afición, y luego verán, por sus personas, todos los pueblos de la provincia que se hubieren de tasar —y estén en nuestro nombre encomendados o para encomendar a los descubridores y pobladores—, y el número de pobladores y naturales de cada pueblo, y calidad de la tierra donde viven y se informarán de lo que antiguamente solían pagar a sus caciques, y a los otros que los señoreaban y gobernaban, y así mismo de lo que al tiempo de las tasaciones pagaren a nosotros y a sus encomenderos, y de lo que justamente debieren pagar de allí en adelante, que dándoles con qué poder pasar, dotar, y alimentar sus hijos, reparo, y reserva para curarse de sus enfermedades, y suplir otras necesidades comunes, de forma que paguen menos, que en su infidelidad, guardando en todo lo que está dispuesto—

—Después de bien informados de lo que justa y cómodamente podrán tributar, por razón de nuestro señorío, aquello declaren, tasen y moderen, según Dios y sus conciencias, teniendo respeto a que los indios no reciban agravio y los tributos sean moderados, y a que les quede siempre con qué poder acudir a las necesidades referidas y otras semejantes de forma que vivan descansados, y relevados, y antes enriquezcan que lleguen a padecer pobreza”.

Habían transcurrido ya once años desde que se introdujeron estos cambios sustantivos en la legislación sobre encomiendas, cuando don Gonzalo Jiménez de Quesada comenzó la conquista del reino de los chibchas. Partió de Santa Marta por "el río de la Magdalena —dice Hernández— atravesando las selvas del Opón, en un recorrido heroico contra la naturaleza bravía y apretada del trópico.


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