Excerpt for Bushido. El Código del Samurái by , available in its entirety at Smashwords

Bushido.

El código del samurái

Inazo Nitobe

Prana

Edición Smashwords



Bushido. El código del samurái

Inazo Nitobe

D.R. © Editorial Lectorum, S.A. de C.V., 2005

Centeno 79, Col. Granjas Esmeralda

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Primera edición: febrero de 2005

ISBN: 9781508582892

Traducción y características tipográficas aseguradas

Conforme a la ley. Prohibida la reproducción parcial

O total sin autorización escrita del editor.



Dedico este pequeño libro a mi querido tío tokitoshiota, quien me enseñó a venerar el pasado y admirar los logros del samurai.



Esa vía

En la cima de la montaña, en la cual aquel que se para

es capaz de dudar si se trata del camino;

mientras si lo mira desde el desecho mismo,

la mira desde allí, de base a cúspide,

¡Nada vago, nada confundible! ¿Qué es una grieta o dos

si las vemos desde los desiertos perfectos a nuestros lados?

Así (para introducir una renovada filosofía),

¿si las grietas mismas comprobaran al fin ser

el logro más consumado

para entrenar al ojo de un hombre,

y enseñarle lo que es la fe?



Índice

Prefacio

Introducción

I. El Bushido en cuanto a ética

II Las fuentes del Bushido

III. Rectitud o Justicia

IV. El valor, el espíritu de audacia y de resistencia

V. La bondad para con el dolor

VI. La cortesía

VII. Veracidad y sinceridad

VIII. El honor

IX. El deber de lealtad

X. La educación y la instrucción de un samurái

XI. El control de sí mismo

XII. El suicidio y la reparación de los agravios

XIII. La espada, el alma del samurái

XIV. La educación y la posición de la mujer

XV. La influencia del Bushido

XVI .¿El Bushido está siempre vivo?

XVII El futuro del Bushido



Prefacio

Hace aproximadamente diez años, cuando pasaba unos días bajo el techo hospitalario del arrepentido M. Laveleye, distinguido jurista belga, durante una de nuestras divagaciones, la conversación giró hacia el tema de la religión. “¿Quiere decirme...”, preguntó el venerable profesor, “...que en sus escuelas no existe ninguna instrucción religiosa?” Al yo responder que no, de pronto se detuvo, sobrecogido y, en una voz que no he de olvidar fácilmente, repitió: “¡Ninguna religión! ¿Cómo se imparte la educación moral?” En ese momento, la pregunta me aturdió. No pude darle una respuesta hecha, puesto que los principios morales que había aprendido en mi infancia no fueron impartidos en la escuela y no fue hasta que comencé a analizar los distintos elementos que conformaban mi noción de lo correcto e incorrecto, que supe que había sido el Bushido lo que los había metido por mis narices.

El origen directo de este pequeño libro se debe a las interrogantes propuestas por mi esposa en cuanto a las razones por las cuales ciertas costumbres e ideas prevalecen en el Japón.

En mis esfuerzos por ofrecerles respuestas satisfactorias a M. de Laveleye y a mi esposa, encontré que sin una comprensión del feudalismo y del Bushido, las ideas morales del Japón actual resultarían un libro cerrado.

Aprovechando el ocio obligado por una enfermedad prolongada, dispuse un orden, mismo que ahora presento ante el público, para alguna de las respuestas que se ofrecieron en nuestras conversaciones hogareñas. Consisten principalmente de lo que me enseñaron y lo que me fue dicho durante mi juventud, cuando el feudalismo aún estaba en vigor.

Con Lafcadio Hearn y la señora Hugh Fraser de un lado y, del otro, Sir Ernest Satow y el profesor Chamberlain, es de hecho desalentador escribir cualquier cosa japonesa en inglés. La única ventaja que tengo sobre ellos es que puedo asumir la actitud de defensor personal, mientras que estos escritores son, cuando mucho, procuradores y abogados. Muchas veces he pensado: “¡Si yo tuviera el don del lenguaje de aquellos, presentaría el caso de Japón en términos más elocuentes!” Pero el que escribe en un idioma prestado debe estar agradecido por el simple hecho de poder hacerse entender.

A lo largo del libro he intentado ilustrar cualquier punto con ejemplos paralelos tomados de la historia y literatura europeas, creyendo que dichos ejemplos ayudarán a acercar el tema al entendimiento de lectores extranjeros.

Si cualquiera de mis alusiones a temas o ministros religiosos se llegaran a interpretar como un desaire, confío en que mi actitud hacia el cristianismo como tal, no será cuestionado. Son los métodos eclesiásticos y las formas que oscurecen las enseñanzas de Cristo, a los cuales les tengo poca simpatía, mas no a las enseñanzas mismas. Creo en la religión enseñada por El, misma que nos ha sido entregada por medio del Nuevo Testamento, así como en la ley escrita en el corazón. Más aún, creo que Dios ha creado un testamento al que todo pueblo y nación se podría referir como “antiguo” —trátese de gentiles, judíos, cristianos o paganos—. En cuanto a lo que resta de mi teología, no hace falta que abuse de la paciencia del público.

Como conclusión a este prefacio, quisiera agradecer a mi amiga Anna C. Hartstone por sus muchas sugerencias valiosas.

I.N.



Introducción

A petición de sus editores, a quienes el doctor Nitobe ha permitido alguna libertad en cuanto a este proemio, me complace ofrecer algunas líneas a modo de introducción de esta edición de Bushido, para sus lectores hispanoparlantes del mundo entero. Hace más de quince años que conozco al autor aunque, en medida al menos, hace cuarenta y cinco años que me he relacionado con el tema.

Fue en 1890, en Filadelfia (donde en 1847 vi el lanzamiento del Susquehanna, el buque del Almirante Perry), cuando por primera vez vi a un japonés y conocí a los miembros de la Embajada de Yedo. Quedé sumamente impresionado por estos extraños, para quienes Bushido era un código viviente de ideales y comportamiento. Después, a lo largo de tres años en la Universidad de Rutgers en Nueva Brunswick, estado de Nueva jersey, yo me encontraba entre hordas de jóvenes provenientes del Nipón, a quienes les impartía clases, o bien, a quienes conocía como compañeros de clase. Me di cuenta de que Bushido, acerca del cual solíamos hablar, era una cosa increíblemente simpática. Tal y como se ilustra en las vidas de estos gobernadores, diplomáticos, almirantes, educadores y banqueros del futuro y, sí, incluso en las últimas horas de más de un hombre que se “quedó dormido” en el Cementerio de Willow Grove, el perfume de tan aromática flor proveniente del lejano Japón era muy dulce. Jamás se me olvidará cómo Kusakabe, el joven samurái moribundo, al ser invitado al más noble de los servicios y al anhelo más alto, respondió: “Incluso si pudiese conocer a su Maestro, Jesús, no le ofrecería sólo la escoria de una vida”. Así que, “sobre las orillas del viejo Raritan”, en el atletismo, en las bromas alegres, así como en la mesa a la hora de la cena, al comparar lo japonés con lo yanqui, y en la discusión en torno a la ética y los ideales, me sentí muy dispuesto a asumir la “réplica de misionario converso” acerca de la cual alguna vez escribió mi amigo Charles Dudley Warner. A momentos, diferían los códigos de ética y de convención, aunque más bien a modo de puntos o tangentes, que a modo de ocultación o eclipse. Tal y como lo escribió su propio poeta —¿acaso hace mil años?— cuando, al cruzar un terreno pantanoso, las flores colmadas de rocío, al rozar su bata, dejaron gotas centelleantes en su brocado: “Por motivo de este perfume, no he de secar la humedad de mi manga”. Ciertamente, me alegraba salir de hoyos, mismos que, dicen, difieren de los sepulcros sólo por su longitud. ¿Pues acaso no es la comparación la esencia de la ciencia y la cultura? ¿No es acaso cierto que, en el estudio de las lenguas, la ética, la religión y los códigos de comportamiento, “aquel que conoce sólo uno, no conoce ninguno”?

Convocado en 1870 al Japón como educador pionero para introducir los métodos y el espíritu del sistema de educación pública norteamericano, ¡cómo me complació abandonar la capital y, en Fukui, en la provincia de Echizen, ver el feudalismo puro puesto en práctica! Ahí advertí el Bushido, no como algo exótico, sino en su propia tierra. En la vida cotidiana, me di cuenta de que el Bushido, con sus jiujitsu, hara-kiri, postraciones corteses sobre los tapetes y genuflexiones sobre la calle, leyes de la espada y del camino, todas las salutaciones serenas y moldes de locución, cánones del arte y la conducta, así como los heroísmos para la esposa, la sirvienta y los niños, daban forma al credo y praxis universal de toda la gente bien nacida de esa ciudad y provincia de castillos. Dentro de ella, como escuela viviente de pensamiento y vida, se les educaba por igual a niños y a niñas. Aquello que el doctor Nitobe recibió como herencia, lo que se le había metido por las narices y sobre lo cual escribe con tanta gracia y fuerza, con tanto entendimiento, perspicacia y amplitud de visión, lo vi yo. El feudalismo japonés “murió sin la mirada” de su expositor más hábil y su defensor más persuasivo. Para él, es como un soplo de fragancia. Para mí, fue “la planta y la flor de la vida”.

Por ende, al vivir bajo el régimen y estar adentro en la víspera de la muerte del feudalismo, que es el cuerpo del Bushido, puedo atestiguar la verdad esencial de las descripciones del doctor Nitobe, en todo lo que abarcan, así como la fidelidad de sus análisis y generalizaciones. Él ha descrito con arte experto y ha reproducido el colorido de la pintura que mil años de literatura japonesa refleja de modo tan glorioso. El Código del Samurái se desarrolló a lo largo de un milenio de evolución, y nuestro autor se percata de los florecimientos que han iluminado el camino transitado por millones de almas nobles, sus compatriotas.

El estudio crítico ha profundizado mi propio sentido del poder y del valor del Bushido para la nación. Aquel que pretenda comprender el Japón del siglo XX debe conocer algo acerca de sus raíces en la tierra del pasado. Incluso si ahora, con lo invisible que pueda ser tanto para la generación actual del Nipón como para el foráneo, el estudiante de filosofía debe leer acerca de los resultados del hoy, en las energías almacenadas de épocas pasadas. Los rayos de sol del tiempo sin registro han trazado los estratos de los cuales ahora el Japón desentierra el pie —garbanzos de oro para la guerra y la paz—. En aquellos nutridos por el Bushido, todos los sentidos espirituales son agudos. El terrón cristalino se ha disuelto en la taza endulzada, pero la delicadez del sabor permanece para confortar, por fortuna. En pocas palabras, el Bushido ha obedecido a la ley superior pronunciada por Uno a quien su propio exponente saluda, confesando que aquel es su Amo: “Salvo que un grano de maíz muera, permanece solo; pero si muere, engendra cuantiosos frutos”.

¿Acaso el doctor Nitobe ha idealizado el Bushido? Más bien, nos preguntamos si acaso le era posible evitarlo. Se autodenomina “defensor”. En todo credo, culto y sistema, mientras que el ideal crece, sus exponentes y ejemplares varían. El acopio gradual y la obtención lenta de la armonía son la ley. El Bushido jamás alcanzó una meta final. Era demasiado vivo y murió, al fin, solamente en su esplendor y fuerza. El choque del movimiento mundial —puesto que así nombramos al torrente de influencias y eventos que les siguieron a Perry y Harris— con el feudalismo del Japón, no halló en el Bushido una momia embalsamada, sino un alma viviente. Lo que en realidad encontró fue el espíritu apresurado de la humanidad. Entonces lo menor fue bendecido de lo mayor. Sin perder lo mejor de su propia cultura y civilización, el Japón, siguiendo sus nobles precedentes, primero adoptó y luego adaptó lo mejor que tenía el mundo para ofrecer. Por ello, su oportunidad para bendecir a Asia, y la raza se tornó única y, de modo generoso, lo ha acogido “con una difusión siempre más intensa”. Hoy en día, no sólo son nuestros jardines, nuestro arte y nuestros hogares, enriquecidos por las flores, las pinturas y las cosas bellas del Japón, trátese de “naderías del momento o triunfos que durarán a través de los tiempos”, sino que, en la cultura física, en la higiene pública, en las lecciones de guerra y de paz, el Japón ha venido a nosotros con las manos llenas de regalos.

No sólo en su discurso como partidario y abogado defensor, sino como profeta y sabio guardián del hogar, así como poseedor de riquezas nuevas y antiguas, nuestro autor es capaz de aleccionarnos. Ningún hombre del Japón ha unido los principios y las prácticas de su propio Bushido de manera más armoniosa en la vida y en el quehacer, labor y trabajo, oficio de mano y pluma, cultura de la tierra y del alma. Iluminador del pasado de Dai Nipón, el doctor Nitobe es un verdadero creador del Nuevo Japón. En Formosa, el nuevo anexo al imperio, así como en Kyoto, él es el estudioso y el hombre práctico, a gusto con las ciencias más novedosas y con la diligencia más antigua.

Este pequeño libro acerca del Bushido es más que un importante mensaje para las naciones anglosajonas. Es una notable contribución a la solución del problema más grande de este siglo: la reconciliación y unidad de Este y Oeste. Hubo muchas civilizaciones en la antigüedad; en el mundo mejor que está por venir, habrá una sola. Los términos “Oriente” y “Occidente”, con todo su peso de ignorancia e insolencia mutuas, están ya por extinguirse. Como el término medio eficiente entre la sabiduría y el comunismo de Asia, y la energía e individualismo de Europa y América, Japón ya trabaja con un brío resoluto.

Instruido en lo antiguo y lo moderno, así como lector de en las literaturas del mundo, el doctor Nitobe aquí se muestra admirablemente preparado para una tarea justa. Es un verdadero intérprete y conciliador. No hace falta que se disculpe por su actitud hacia el Amo que durante tanto tiempo ha seguido fielmente; ni lo hace. ¿Qué estudioso, familiarizado con las formas del Espíritu y con la historia de la raza tal y como ha sido guiada por el Amigo Infinito del hombre, debe en todas las religiones marcar una diferencia entre las enseñanzas del Fundador y los documentos originales y los añadidos y anexos étnicos, eclesiásticos y racionalistas? La doctrina de los testamentos es la enseñanza de Aquel que ha venido, no ha destruir, sino a cumplir. Incluso en el Japón, el cristianismo, desvestido de su molde y estera extranjeros, dejará de ser algo exótico y echará raíz en la profundidad del suelo sobre el cual ha crecido el Bushido. Desprovisto de sus envolturas y de sus regímenes, la Iglesia del Fundador será tan oriunda como el aire.

William Elliot Grippis

Ithaca, mayo de 1905



Capítulo I

El bushido en cuanto a ética

La «caballería» es una flor tan característica del Japón como lo es el «cerezo», símbolo de nuestra nación. Y no vaya a pensar que hoy en día se ha convertido en una muestra disecada de una virtud arcaica, almacenada en el herbario de nuestra historia. ¡No! Por el contrario, es algo que ha quedado vivo entre nosotros, nos llena de fuerza y belleza; y si actualmente la «caballería» no se presenta con una apariencia y forma tangibles, no ha cesado en todo caso de perfumar nuestra atmósfera moral y de ejercer sobre nosotros una poderosa fascinación. Indudablemente, el contexto social que había engendrado y nutrido a la «caballería» desapareció desde hace mucho tiempo, pero así como las lejanas estrellas, con vida en otros tiempos y apagadas hoy siguen enviándonos sus rayos, asimismo la «caballería», hija del feudalismo, todavía ilumina las pautas de nuestra moral, habiendo sobrevivido a las instituciones que le habían servido de madre. Es para mí un placer meditar sobre este tema adaptando las palabras que ha utilizado Burke en su famoso y emocionante panegírico, mismo que pronunció hace tiempo sobre la solitaria tumba de la «caballería» europea.


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