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Una de rumanos

(P.P. Limonero nº 2)


José María Ferreira





Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita del titular del Copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Artículos 270 y ss. del Código Penal).



© 2017 José María Ferreira Mañá


Diseño de portada: Antonio Díaz Manzanera






Prólogo



Dale Carnegie, en su libro “Cómo ganar amigos” recuerda un hecho que cambió la vida de una persona. Lo cuento como él lo narra, y así nadie podrá acusarme de plagio:

“Un maestro de Detroit le pidió a Stevie Morris que le ayudara a encontrar un ratoncito que se había escapado en el aula. El maestro apreciaba el hecho de que la naturaleza le había dado a Stevie algo que ningún otro alumno tenía: un notable par de oídos, para compensar la ceguera de sus ojos. Esta fue la primera ocasión en que Stevie sintió que se apreciaba la fineza de su oído. Años después, afirmaba que ese acto de aprecio fue el comienzo de una nueva vida. Desde aquel entonces desarrolló su don del oído hasta volverse, bajo el nombre artístico de Stevie Wonder, uno de los grandes músicos populares de la década de los setenta”.

El futuro cantante se sintió valorado por su profesor, que se olvidó de su evidente limitación y resaltó, en cambio, su capacidad de escuchar lo que los demás ni siquiera eran capaces de oír. Wonder cultivó esta facultad, sacando el mayor partido posible de ella.

Desde hace años, vengo impartiendo un curso de mejora personal. Uno de mis alumnos obtuvo tal aprovechamiento de las clases que le propuse ocuparse en adelante de un par de sesiones en cada edición. Este alumno se llama Pepe Pérez Limonero. Dirige una empresa de diseño industrial y un taller de mecanizado, y es un experto en poner la oreja a funcionar cuando tiene a alguien delante. La lección sobre Escucha Activa corre de su cuenta y debo reconocer que los asistentes quedan encantados.

Tanto es así que, ante la insistencia de los alumnos, se vio obligado a transcribir sus experiencias en esta difícil materia. El manuscrito fue publicado más tarde con el título “Un nuevo arte: aprender a escuchar”. Me encargué de prologarlo con enorme gusto. La portada del libro mostraba una sonriente cara de perfil con una gran oreja superpuesta a la original, para llamar la atención. No fue precisamente un best-seller, pero, como se verá más adelante, sí llegó a manos de algunas personas interesadas en el difícil arte de escuchar.

Sigue siendo ésta una capacidad poco cultivada y menos aún fomentada, y así nos van las cosas. Nunca alcanzaremos a conocer la trascendencia de escuchar con atención un sencillo comentario soltado como quien no quiere la cosa. Pepe Pérez lo sabe y gracias a esa virtud suya, consiguió arreglar, no hace mucho tiempo, un asunto endiabladamente enmarañado.

Su mejor amigo me ha rogado que prologue también esta segunda historia que tiene como protagonista a Pepe. En ella, él mismo nos contará lo que le ocurrió poco después de publicarse el libro mencionado.

Sin más, paso la palabra a uno de los alumnos más adelantados que he tenido en el curso “Cambia o te cambiarán”.



Leoncio García Orejón.



Capítulo 1



Para celebrar el vigésimo aniversario de nuestra boda, mi mujer y yo decidimos cenar fuera de casa un bocadillo de jamón y una cerveza fresca, como nos gusta a los dos. No se trataba de algo precisamente romántico, pero nos daba igual. El caso era estar un rato solos ese día. Lupe se había quedado encargada de preparar la cena a sus hermanos. Le gusta que la consideren mayor y que los pequeños sientan el peso de su autoridad. ¡Ya tiene casi dieciocho años! Sin embargo, Vicente y Guille no se iban a dejar someter tan fácilmente, aunque solo se tratara de unas pocas horas.

–Ya verás cómo acaban pegándose –me aseguró Isabel en cuanto salimos a la calle.

–Mujer, ¿por qué te pones siempre en lo peor?

Una vez más, tuvo razón. Al regresar, encontramos a Lupe sentada a la mesa, sollozando. Los platos y los cubiertos estaban dispuestos primorosamente, pero no había nada que servir. Un fuerte olor a quemado nos llegó desde la cocina. Yo corrí hacia allí mientras mi mujer lo hacía en dirección a Lupe. Comprobé que no había que lamentar víctimas ni grandes destrozos; tan solo sería necesario comprar una cazuela nueva porque la que había sobre el quemador solo podía servir para guardar carbón. Isabel, mientras tanto, procuraba consolar a nuestra hija, que no se atrevía a levantar los ojos.

–No pasa nada, cariño. A todos se nos ha quemado la comida alguna vez.

Ella miró a su madre y entonces llegó la inundación. El sollozo se convirtió en llanto incontenible que amenazaba con anegar toda la casa si alguien no intervenía a tiempo. Entonces empecé a preocuparme en serio.

–Pero, Lupe –le dije–, no llores por eso. ¡Ni que te hubiera dejado el novio!

Isabel me fulminó con la mirada. Me acordé entonces de lo que habíamos hablado en el bar. Por lo visto, nuestra hija estaba pasando unos momentos difíciles por motivos que solo confiaba a su madre y que, de repente, adiviné. ¡Bingo!

–Bueno, no quería decir eso –susurré, tratando de arreglar la cosa.

Con un gesto muy suyo, mi mujer me mandó a la habitación, como diciendo “ya me encargo yo”. ¡Leches! Si no hay que hablar de un tema, que lo digan, ¿no?

Comencé a ordenar unos papeles que debía llevar a la oficina al día siguiente sin lograr concentrarme en lo que hacía. Al rato, entró Isabel en el despacho y se sentó en el sillón.

–Tienes que hablar con Vicente y Guille.

–¡Ya estamos! –exclamé– ¿Qué han hecho esta vez?

–Hacer rabiar a su hermana. Ya sabes que, cuando se lo proponen, consiguen sacarla de quicio.

La historia de lo sucedido era muy sencilla, a la vez que divertida; a mi modo de ver, se entiende. Reproduzco a continuación lo que pasó, con algún añadido de mi cosecha ante la elipsis de elementos necesarios para la completa intelección del asunto, como diría un profesor de Lengua que tuve hace muchos años.

Lupe, viéndose dueña y señora de la casa, se puso los galones y comenzó a mandar:

–¡Guille! ¡Vicente! ¡Venid aquí!

–¿Qué pasa? –gritó el primero desde su habitación.

–¡Ven aquí y te enterarás! Y trae a tu hermano.

Los dos gemelos se personaron ante su hermana con cara de pocos amigos.

–¿Qué pasa? –preguntó Guille.

–Como no están los papás y ahora mando yo, cenaremos lo que me parezca, ¿entendido?

Los pequeños no contestaron.

–¡Bien! Así me gusta –dijo Lupe–. De primero, patatas con acelgas hervidas, de segundo, alcachofas a la plancha y de postre, zumo de pomelo.

Guille y Vicente se intercambiaron miradas y se echaron a reír.

–¿Se puede saber qué os hace tanta gracia, mocosos?

–¡Oye, tú! A mí no me llamas mocoso.

–¿Y qué eres, si no? ¡Mira cómo llevas la boca! Toda lleno de churretes de Cacaolat. A las nueve y media en la mesa, ¿entendido?

Ninguno de los dos le contestó, lo que ella interpretó como una aceptación sumisa. Lupe se puso a la faena, toda contenta, sin sospechar su malicia. Reunidos en su habitación, celebraron un conciliábulo.

–¡Qué imbécil se pone cuando los papás están fuera! –exclamó Guille.

–¡Está loca si piensa que nos vamos a comer eso! –le acompañó su hermano.

–Seguro que lo ha sacado de esa asquerosa dieta.

–Seguro –corroboró Vicente–. Como siga con ella, un día se va a colar por el hueco del ascensor.

–O se hará transparente… –comentó Guille, tronchándose de risa.

–¡La novia cadáver! –se inventó Vicente– Como la de la película ¡Eso! ¡Ya verás cómo le fastidia!

–“Por un beso de la flaca…” –canturreó Guille.

–Pero si ya no tiene novio… ¿No lo sabías? Roberto ya no quiere salir con ella.

–¿En serio? Ahora entiendo por qué está tan tonta.

–Sí, me lo contó su hermana Lucía, esa pecosa que va a nuestra clase. Dice que Roberto está buscando otra un poco más gorda que Lupe. Sus amigos se meten con él porque no tiene de dónde agarrar.

No sigo reconstruyendo el cariñoso diálogo de los chicos sobre su hermana, que me contó Isabel. El caso es que mientras tenía Lupe las cosas en el fuego, consiguieron entretenerla simulando que uno de ellos no se encontraba bien, mientras el otro subía hasta el máximo el nivel del gas. Tan fuertes eran las quejas que la chica no se atrevía a dejar solo a su hermano. Confiando en la bondad del otro, le encargó vigilar el fuego, momento en que este aprovechó para vaciar la cazuela de agua y asegurar así que se echara todo a perder.

–O sea, que lo del novio lo sabe hasta Tarzán y yo sin enterarme ­–me quejé a mi mujer.

–Venga, no te enfades. Era una cosa entre Lupe y yo.

La verdad es que prefiero que se cuenten las cosas entre ellas, que se entienden mejor. Pero dejar en la inopia a un padre en un asunto de tanta trascendencia… Intenté resolver lo que estaba en mi mano que, desde luego, no era el asunto del novio de mi hija. Dirigí mi atención hacia algo más material, más tangible y resoluble.

–¿Qué hacemos con la cazuela?

Isabel se encogió de hombros y me respondió:

–Lo que quieras.

Luego, con una sonrisa pícara, añadió:

–Puedes quedártela para tus experimentos.

Los dos sabíamos a qué se refería y a mí no me hizo ni pizca de gracia.

–¿Llamas experimento al gazpacho manchego que hice el domingo? Vale, se quemó un poco, pero nos lo acabamos comiendo.

–¡Claro! –exclamó– No había otra cosa que echarse a la boca.

Acusé el golpe y preferí dejar pasar el asunto.

–Mañana la dejaré al pie del contenedor. Seguro que alguien la aprovecha mejor que nosotros.

–Y no te olvides de regañar a los chicos.

–De acuerdo, hablaré con los dos ­–le prometí a mi mujer–. ¿Dónde están, por cierto? No los he visto.

–En su cuarto, haciéndose los dormidos.

–Pero, mujer, ¿por qué piensas mal de ellos? –le recriminé– Estarán dormidos de verdad, ¿no?

–¿Cuándo has oído roncar a alguno de tus hijos, Pepe? Entra y verás lo bien que te imitan.

¡Vaya! Pocas veces me echa en cara Isabel mis ronquidos. En ese momento, creo que ya estaba cansada del día y con ganas de irse a dormir.



El reloj marcaba las once y media de la noche. Isabel y Lupe habían conseguido arreglar el desaguisado de la cocina y yo estaba a punto de acabar los informes que llevaría al trabajo por la mañana.

–Buenas noches, cariño –oí a mi mujer despedirse de Lupe.

Había dejado de llorar; incluso sentí cómo se reía en una ocasión mientras trajinaba en la cocina con Isabel. A saber qué venganza estaría tramando contra sus hermanos.

–Buenas noches, Lupe –alcé la voz para que me oyese­–. Y perdona a tu padre, que a veces es un bocazas.

Ella vino al despacho, me abrazó y me dijo:

–No pasa nada, papá. Ya se me pasará.

Y se fue a dormir.

–¿A qué se refiere, Isabel? –le pregunté a mi mujer cuando Lupe ya no podía oírme­–. ¿A la tristeza por lo del novio o al calentón con sus hermanos?

–Creo que a las dos cosas. Ahora que todo el mundo sabe que Roberto no quiere seguir con ella, seguro que lo lleva mejor. Ese chico nunca me ha gustado.

–La verdad es que a mí tampoco. ¿Y dice que Lupe está flaca? ¿Se ha mirado al espejo ese esqueleto ambulante?

–¡No seas bruto, Pepe! –me increpó ella.

–Vale, pero despreciar a nuestra hija por faltarle un poco de carne en los huesos… ¡Como le pille!

–Bueno, me voy a la cama. No tardes mucho.

­–No; solo cinco minutos para dejar todo dispuesto para mañana.

Me dio un beso y se encaminó a nuestro cuarto.

Esos cinco minutos ya me los conozco y ella también. Al final, acabo enredándome y termino yendo a dormir casi una hora después. Esa noche estaba decidido a cumplir mi promesa y concluir el trabajo enseguida, pero algo completamente inesperado me lo impidió.

El timbre del portero automático despertó a toda la casa.

–Pero ¿quién llama ahora? –preguntó mi mujer, entre sueños.

Estábamos en junio, el calor ya había dicho “aquí estoy yo” y las puertas de las habitaciones estaban todas abiertas. El aire acondicionado llegaría con los próximos Reyes Magos.

­–Seguro que son los bomberos –­se oyó a Guille desde su cuarto.

–¡Papá! Diles que no hace falta, que ya hemos apagado nosotros el fuego –le coreó Vicente.

–¡Qué graciosos! –­respondió su hermana, que lo había oído.

–Pues si todos os habéis despertado, igual alguno podría levantarse y abrir la puerta.

Nadie habló más. “¡Ya sabía yo!”, murmuré interiormente. “Todos muy ocurrentes, pero nadie va a mover un dedo”. Me acerqué al pequeño visor y alcancé a descubrir un tipo de mediana edad, con bigote entrecano y un niqui Lacoste.

–¿Sí? ¿Quién es? ­–pregunté.

–¿José Pérez Limonero? –respondió aquel hombre.

–Sí, soy yo.

–Soy el inspector Guardia –anunció el de abajo.

A esas horas del día y con aquel calor, no estaba de humor y aquello sonaba a broma. ¡O inspector o guardia, pero no las dos cosas a la vez! Pensé que quizá se tratara de un guardia civil inspector o un inspector de guardia…

-¡Papá! ¿Quién es? –preguntó Lupe desde su cuarto.

–Dice que es un inspector de guardia ­–respondió Vicente, que se había levantado.

–¡Pero qué inspector de guardia ni qué leches! –se escuchó por el interfono–. ¡Inspector Guardia!

Tapé el agujero del micrófono e increpé a mi hijo:

–¡Siempre te he dicho que se oye todo! ¿Cuándo aprenderás?

–Bueno, ¿va a abrirme o no? –insistió el otro.

–Pregúntale qué quiere –intervino mi mujer–. Yo no me fío.

–Dice mi mujer que qué quiere.

–Yo no quiero nada de su mujer –respondió el inspector­–. Necesito hablar con usted.

Guille se vio obligado a intervenir:

–Dile que muestre su placa a la cámara.

–¡Eso, eso! ¡Como en las películas! –lo apoyó su hermano.

Estaba poniéndome nervioso con las intervenciones de unos y de otros.

–¡Se acabó! –gruñí.

Cuando pongo ese tono de voz, todos saben en casa que estoy empezando a enfadarme.

–Cerrad la puerta de vuestras habitaciones y dejadme que atienda a este tipo, ¿entendido?

–Pero, papá, ¡me estoy asando! –se quejó Lupe.

–¡A la una, a las dos, …!

No me hizo falta continuar. Vicente volvió a su cuarto y las dos habitaciones quedaron selladas hasta nueva orden.

–¿Está ahí todavía, inspector?

–¡Claro! –respondió.

Pulsé el botón de apertura y salí a recibirlo al descansillo de la escalera. Mientras veía pasar los números de los pisos según subía el ascensor, no dejaba de preguntarme qué querría un policía de mí a esas horas. Cuando uno oye la palabra inspector, casi sin querer piensa en la declaración de la Renta. Sin embargo, aún quedaban varios días para presentarla, así que no podía ser eso. Quizá se tratara, sin más, de una equivocación.

Se abrió la puerta del ascensor y apareció el tipo que iba a complicarme la vida, ¡y de qué modo! las siguientes dos semanas.

De cerca, me pareció más mayor que por el telefonillo; no sé, entre los cincuenta y cinco y los sesenta. Su frente ancha y despejada me recordó a un político ya fallecido. El pelo peinado hacia atrás era propio de antiguo galán de cine. Los ojos destacaban por su color azul intenso; por un momento, pensé que llevaba lentillas. A pesar de no ser ya joven, se le notaba un porte atlético, acentuado por el metro ochenta largo, de pies a cabeza.

–Buenas noches –lo saludé.

–Buenas noches, señor Pérez Limonero. ¿O prefiere que me quede solo con ‘Pérez’? Tengo un amigo que se apellida como usted y no le gusta nada que lo llamen Pérez a secas.

¡Vaya manera de comenzar una conversación a las doce menos cuarto de la noche! En fin, trataría de terminar pronto con él, aunque reconozco que estaba mosca respecto a los motivos de su visita.

–Mis amigos me llaman Pepe –señalé.

–¿Quizá prefiere señor Limonero? –insistió el tipo.

– Llámeme como quiera.

–Gracias. ¿Puedo pasar?

Con tan interesante diálogo sobre mis apellidos me había despistado y seguíamos junto al ascensor. Siguiendo el consejo de Guille, le pedí amablemente que se identificara. Él comenzó a sacar carnés de su cartera: el DNI, la tarjeta dorada de Renfe (efectivamente, ya había alcanzado los sesenta), el de conducir, la tarjeta de la Seguridad Social…

–Perdone, es que nunca me piden que lo enseñe y no sé dónde puedo tenerlo… ¡Ah, sí! ¡Ya está!

Me mostró sus credenciales. En contraste con el elegante porte del policía, la foto no era nada afortunada; de esas que te las hace el mismo que elabora la identificación, la coloca como puede en su lugar y queda como Dios le da a entender. Preferí no hacer ningún comentario al respecto por no mostrarme desagradable, pero fue él quien se excusó:

–Sí, ya sé. La foto es horrible. Me pillaron en un mal día, hicieron la foto y así quedó.

Pasamos al salón y nos sentamos. El tipo iba a empezar a hablar cuando me dio por verificar una sospecha. Sigiloso, me acerqué a la puerta del cuarto de los chicos y la abrí de golpe.

–¡Ay! –gritó Vicente­–. ¡Me has hecho daño!

–¿Y tú que hacías detrás de la puerta? ¿No deberías estar durmiendo?

Tenía la oreja izquierda colorada, por el golpe recibido, y se la tocó para comprobar que seguía en su sitio.

–¡A la cama! –ordené.

Se retiró cabizbajo y se tumbó. Esa noche sobraban las sábanas.

–¡Y que no vuelva a verte levantado hasta mañana! –exclamé, y cerré la puerta.

Guardia había contemplado la escena con cara divertida, en claro contraste con mi gesto de enfado.

–Perdone –me disculpé ante el visitante–. Es uno de mis hijos pequeños. Dice que de mayor quiere ser policía y se muere de ganas por ver a uno de cerca.

–Me ha hecho gracia el chaval. Se ve que también quería enterarse de lo que estábamos hablando.

–Sí; con este calor nadie puede dormir. Los he obligado a todos a cerrar la puerta de su cuarto, pero ya sabe: las paredes oyen.

–¡Pepe! –me llamó mi mujer desde nuestra habitación–. Ven un momento, por favor.

Me disculpé ante Guardia y me dirigí al dormitorio.

–¿Qué pasa? –le dije, mientras cerraba la puerta.

–¿Qué quiere ese policía? –me preguntó ella desde la cama.

–No lo sé, cariño. Pero no parece que sea importante.

–¿Y no puede venir mañana? –se quejó– No son horas para llegar a una casa sin avisar. Porque voy en pijama… Si no, me levantaría y le diría que se fuera.

–No te preocupes, mujer. Intentaré despacharlo en cinco minutos, ya verás.

Volví al salón junto al inspector, que jugueteaba con un enorme anillo, haciéndolo girar en su dedo.

–Lo siento. Mi mujer me preguntaba el motivo de su visita. Le he dicho que no se preocupara, que seguro que no es nada importante. ¿Verdad?

–¡Desde luego! No vengo en su contra, sino más bien como admirador.

–¿Admirador? –le pregunté, extrañado.

–Así es.

–Por favor, explíquese –le rogué.

–Si le parece bien ­–me propuso­–, lo invito a tomar una cerveza en un bar que he visto abajo. Allí podremos hablar con mayor tranquilidad, sin molestar a nadie.

Ya era tarde, pero no podía dejar escapar la oportunidad de tomarme una cerveza de gorra. Además, no sé por qué, en ese momento el tipo empezó a caerme bien. Acepté y bajamos a la calle.



Miré la foto por delante y por detrás, boca arriba y boca abajo, pero fue inútil: no conocía a esa persona de nada.

–Era de esperar –observó el policía–. No obstante, siempre existe la posibilidad de que hubieran coincidido en algún sitio.

–¿De qué se trata? Si se puede saber… –­lo tanteé.

–Es un tipo del este de Europa, pero pasa por español fácilmente. Su pasaporte indica que nació en Rumanía, pero ¡vaya usted a saber! En cualquier caso, dirige un grupo de carteristas, pobres profesionales y pequeños traficantes, todos ellos rumanos. Queremos echarle el guante con las manos en la masa, pero no se deja. Es listo el capullo.

–¿Ha dicho “pobres profesionales”? ¡Esta sí que es buena!

–¡Claro! ¿No los ha visto por la calle? Muchos indigentes de aquí se quejan de que otros, extranjeros, y en su mayoría rumanos, los echan de los puestos junto a las iglesias y las puertas de los supermercados. Sin duda, muchos de sus compatriotas son personas decentes que han venido a España buscando ganarse la vida, y, a menudo, habiendo dejado la familia en su país. Sin embargo, no es fácil distinguir a un sinvergüenza de un tío legal.

El policía tenía razón. Siempre me pregunto si me estarán engañando cuando alguien me pide limosna por la calle.

–La picaresca española se ha extendido mucho por Europa –comenté­–, pero aquí seguimos siendo unos artistas. Hace una semana, un tipo con acento andaluz me engañó. Me insistió tanto en que le faltaba un euro para el billete de autobús a su pueblo que al final se lo di. Al rato, me lo crucé por la calle en el momento en el que le contaba la misma historia al portero de un edificio cercano.

–El caso –continuó Guardia– es que sospecho que nuestro hombre está metido en algo más gordo.

Abrí mucho los ojos y le pregunté:

–¿Cómo de gordo?

–No lo sé, la verdad. Pienso que la banda de fulleros que dirige no es más que una tapadera de un negocio mayor. Es una excusa, por así decirlo. Para explicarme: cualquiera que le siga la pista solo pensará que se trata de un vulgar mafioso, de poca monta, cuando en realidad puede resultar mucho más peligroso.

¡Puff! Aquello empezaba a no gustarme. ¿A santo de qué me estaba contando todo eso este tío? Me trataba como a un colega, como si fuera uno de ellos. He de reconocer el gran respeto que he sentido siempre hacia los agentes de la autoridad, pero no alcanzaba a entender qué tenía que ver conmigo lo que estaba oyendo. Además, no veía por ningún lado la admiración que le provocaba al policía.

–Un momento, por favor –lo interrumpí, con las manos levantadas solicitando una pausa–. Antes de continuar, me gustaría saber qué pinto yo en esta investigación.

La cerveza se estaba calentando y la apuré de un sorbo. Era un gesto por mi parte significando que cuanto antes acabásemos, mejor.

Mi compañero de barra extrajo un pequeño libro de la cartera que le colgaba al hombro. Me mostró la portada y me preguntó:

–¿No es usted el protagonista de esta historia?

Contemplé por enésima vez mi cara, con una media sonrisa, y la enorme oreja que aparecía en la portada, superpuesta a la mía original.

–Ehhh…, sí. Soy yo.

–Desde que leí su narración, no he parado de pensar en que usted podría llevar a cabo un estupendo trabajo de campo. ¡Alguien que escucha! ¡Por Dios! ¿Es que no se da cuenta?

–Darme cuenta, ¿de qué? –le inquirí.

–A ver. ¿Sabe usted la de veces que he de decir las cosas al ayudante que tengo en la oficina? Y eso, para que se entere. Luego, ¡vaya usted a saber cuándo las hará!

Eso me recordó por un momento a un tipo de mi empresa.

–Otro ejemplo más concreto: ¿a que no se figura cómo capturaron el pasado sábado al violador de la Gran Vía?

Había leído el caso en la prensa, pero apenas le había dedicado atención, la verdad sea dicha. Ni siquiera sabía que ya lo hubieran detenido.

–No –le respondí–. Cuéntemelo.

–El muy patán se lo confió a un amigo en la barra de un bar. Por fortuna, el que regenta el establecimiento tiene buen oído y se enteró de todo. Ese sinvergüenza acabó cantando al día siguiente en la comisaría.

–Ya. ¿Y…? –dejé la pregunta en el aire.

Guardia hizo una mueca con la boca, inclinó la cabeza hacia un lado y esbozó una sonrisa, sin dejar de mirarme.

–Bueno, ¿va a explicarme de una vez qué quiere de mí? –le insistí, cansado ya de tanta historia.

–El Cuerpo Nacional de Policía le estaría muy agradecido si pudiera contar con su ayuda –me soltó con solemnidad.

–¿Todo el Cuerpo?

¡Vaya chorrada! Lo siento: fue lo que se me ocurrió en ese momento.

–En realidad, para serle sincero, solo una pequeña parte del Cuerpo.

–¿La división de robos, indigencia y drogas? ­–sugerí.

–No, una más pequeña.

–¿Solo robos?

–Más pequeña aún.

–Pues ya me dirá.

El inspector se frotó la frente, luego se pasó la mano por la barbilla y la boca, se tocó los aladares y volvió de nuevo a la frente. Parecía Rafa Nadal antes de efectuar un saque.

–Tengo que confesarle una cosa –dijo al fin–. Hace unos meses comencé a notar cierta dificultad para oír la televisión. Mi mujer me dijo que eso era por la edad y en aquel momento, pensé que se estaba burlando de mí. Resultó que la cosa fue a más con una rapidez asombrosa. Acudí a la consulta de un otorrino y me diagnosticó pérdida auditiva degenerativa, o algo así: me quedaba un veinte por ciento en un oído y un treinta en el otro. Y avanzando.

–Si ese es el problema, no tiene por qué preocuparse. Seguro que es motivo para darle la jubilación anticipada–le sugerí–; o, quizás, una baja permanente. ¿Lo ha investigado?

–Es que no se trata de eso –dijo él, negando con la cabeza–. ¿Se ha fijado? Llevo esos audífonos que tienen todos los abuelos. Y sí, hace su función, pero no se crea… Ahora le estoy entendiendo bien porque lo tengo cerca. Si estuviera al final de la barra, ni con el volumen a tope conseguiría pescarle algo.

Hacía un rato que había terminado la cerveza. Podía haber aprovechado la ocasión y pedir una más. Hasta la quinta o la sexta caña no suelo notar los efectos. Sin embargo, deseaba terminar de una vez, subir a casa y meterme en la cama. Solo quedaban unos pocos cacahuetes en el plato. Me metí en la boca un puñado, lo miré y le hice un gesto con las manos que traducido significaba: “¿Y a mí qué me cuenta?”.

–No quiero que sepan en mi trabajo que me estoy quedando sordo.

Después de tamaño reconocimiento de su limitación, bajó la mirada al suelo e inclinó la cabeza como un asesino confeso ante el juez, dispuesto a aceptar su justo castigo. Se notaba que le había costado una barbaridad manifestarlo.

–No sé si, en mi situación –continuó, todavía cabizbajo–, me jubilarían o me trasladarían a otro departamento. En cualquiera de los casos, ¡sería como matarme! ¡Lo mío es la calle! ¿Sabe usted lo que es pasarse ocho horas delante de un ordenador, registrando datos, comparando declaraciones, estudiando informes y cosas por el estilo?

–Me temo que sí –le respondí–. Gran parte del día me dedico a eso.

El inspector Guardia se bebió lo que le quedaba de cerveza, apoyó el brazo sobre la barra, me miró a los ojos, y finalmente me preguntó:

–¿Puedo contar con usted para que sea mis oídos en adelante?

Ante mi sorpresa y sin permitirme que le contestara, prosiguió:

–Solo le necesitaría un par de veces a la semana, como mucho, cuando tenga que llevar a cabo un interrogatorio. Además, por supuesto, de lo que usted quiera trabajar por su cuenta.

– ¿Trabajar por mi cuenta? ¿A qué se refiere?

–A tener los oídos bien atentos a todo lo que se diga a su alrededor.

Reconozco que la propuesta del policía me halagó. Era un reconocimiento en toda regla a mi capacidad de escuchar. Nunca me hubiese figurado que esa virtud me conduciría un día a colaborar con la mismísima Policía Nacional. Además, podía hacer un gran favor al inspector, tal y como pintaban las cosas para él si su sordera llegaba a ser conocida por las altas esferas.

Sin embargo… Me figuré la cara de mi mujer al contarle que iba a colaborar con un inspector de policía y lo que probablemente me diría: “¿Pero qué dices, Pepe? ¿No tienes bastantes líos ya?”. Y no le faltaría razón. A eso se añadía el riesgo que sin duda podría correr al participar en interrogatorios o llevar a cabo alguna otra tarea que se me encomendara. Recordé lo que había dicho Guardia sobre el rumano y me asusté de repente. “Nuestro hombre está metido en algo más gordo”; “en realidad puede resultar mucho más peligroso.”

–¡No! –exclamé.

Guardia me miró sorprendido y abrió mucho los ojos, como si no entendiera lo que acababa de decirle.

–¿Cómo ha dicho?

–Que lo he pensado despacio y me parece que no va a poder contar conmigo. Es demasiado peligroso.

–Pero, ¿qué dice, hombre? –repuso él–. Si solo se trata de poner el oído.

–¡Ya! Se empieza por eso y se acaba enfrentándose a un criminal como ese rumano –le respondí–. No me convence, lo siento.

Guardia me miró fijamente un largo rato en silencio. A continuación, respiró hondo, suspiró y me dijo:

–Seguro que usted es una persona agradecida, ¿verdad? Recordará sin duda el caso de una chica de quince años que sufrió amenazas y hostigamiento por parte de unas compañeras de clase. Esa muchacha se llamaba Lupe.

No pude evitar fruncir el ceño al escucharlo. El recuerdo de aquel suceso no me agradó en absoluto. El policía continuó, sin ningún recato.

–Lo peor llegó ese día de mayo en que su hija acudió con un amigo a una fiesta y sus compañeras, llenas de envidia, la emprendieron a empujones, puñetazos y la llenaron de insultos. Ella intentó escapar y…

–¿A qué viene esto ahora? –le corté indignado.

–La denuncia que puso usted estuvo a punto de ser archivada, amigo. Uno de mis hombres me habló de ella y me preocupé enseguida de que se investigara el caso. No quería que a su hija le ocurriese lo mismo que a la mía, hace ya tantos años.

No me esperaba aquello, desde luego. Por eso, no pude dejar de preguntarle:

–¿Qué sucedió?

–Una sencilla reprimenda a las que la injuriaron y la golpearon, que sirvió de poco, y mi hija padeciendo ataques de ansiedad durante casi diez años. No estaba dispuesto a permitir que eso se repitiera con otra persona.

Guardia me había dejado hecho polvo con su breve relación. Me quedé mirando al suelo un rato, reflexionando. Tras unos instantes de indecisión, levanté la vista y le dije:

–De acuerdo. Lo ayudaré.



Capítulo 2



A menudo me he acordado de esa escena de Matrix en la que el malo traidor le dice a Neo, el protagonista: “Seguro que te preguntas muchas veces lo mismo que yo: ¿Por qué escogí la pastilla roja en vez de la pastilla azul?”. Para los que no han visto la película, la pastilla roja te muestra cómo son las cosas en realidad y has de implicarte en mejorarlas; en cambio, la pastilla azul te deja en la inopia más absoluta y tranquila.

Una vez que das el paso, no te queda más remedio que apechugar. Eso no es óbice para que me cuestione todos los días por qué me dejé engatusar de este modo. Cuando algo me inquieta, se me nota mucho. A mi mujer le basta verme la cara un segundo para darse cuenta de si me encuentro bien o me estoy obsesionando con un asunto.

–Pepe, tú estás preocupado por algo –me decía­–. ¿Hay algún problema en la empresa?

–Bueno… No exactamente –le explicaba–. Es que llevo unos cuantos días en que se me acumula el trabajo.

–No te habrás metido en un lío, ¿verdad? Aún no me has aclarado por qué quería verte ese policía.

–Mujer, ya te dije que te olvidaras. Solo deseaba conocerme y echarme flores por mi gran capacidad de escuchar.

Afortunadamente, con eso se quedaba contenta y dejaba de preguntarme.

Mi trabajo como ayudante de Guardia comenzó con una entrevista al día siguiente de nuestro primer contacto. Más que una entrevista, se trataba de un interrogatorio a un pilluelo de la calle, que el policía me pasó en mp3.

“Escuche y responda a la pregunta que le hago al final”, rezaba el mensaje portador del archivo sonoro.

Habían sorprendido al zagal con medio kilo de heroína, para consumo propio, se defendió el joven. Algo le sonaba de las películas que habría visto en la tele. Por lo visto, según me enteré por la entrevista, llevar encima quinientos gramos de esta sustancia equivale a ser un heroinómano de tomo y lomo y disponer de unas reservas calculadas para medio año.

Como la excusa no le funcionó, pensó enseguida en algún culpable al que cargar el muerto. Bueno, muertos parecía no haber de momento, pero sí muchas ganas de encontrar alguien a quien responsabilizar de aquello que llevaba encima cuando lo trincaron. Empezó a soltar nombres tales como Antonescu, Popescu, Romanescu y Comaneci. Probablemente se los estaba inventando aunque trataba de ser convincente. Ningún camello da un nombre, a no ser que sea falso. Afirmaba que eran tipos que se le acercaban por la calle de vez en cuando y le pedían que llevara un paquete a cierta dirección. Al volver al lugar de encuentro con un recibo firmado, era obsequiado con un billete de cincuenta euros.

El inspector le instigó a dejarse de memeces y empezar a cantar de una vez. El otro se le puso chulo:

–¡Es como le digo! –insistió el chico–. Si no se lo cree, póngame bajo vigilancia y verá como en unos días se me acerca un rumano de esos y me ofrece hacer de recadero otra vez.

–¡Que te crees tú eso, chaval! –replicó Guardia–. Ahora ya no vales nada para ellos; desde que dejaste de entregar el último paquete a tiempo, te consideran sucio. No les sirves. Y ten mucho cuidado, porque irán a por ti.

–¿A por mí? ¿Por qué? Si no les he hecho nada…

–¿Sabes lo que vale el paquetito que llevabas encima? No se trata de una millonada, pero sí es lo suficiente para darte por muerto si no se lo devuelves.

La entrevista prosiguió y se alargó cinco minutos más. Al terminar con el chico, Guardia me planteaba la pregunta del millón: “¿Dónde ha mentido?”

¡Ni que yo fuera un polígrafo orgánico! A modo de disculpa, y como si me hubiera leído el pensamiento, el inspector señalaba que en su comisaría solo disponían de uno muy antiguo y que, después de aplicárselo al chico, el resultado había resultado negativo.

Repasé mis impresiones y recordé cierta señal de ser engañado cuando comenzó a soltar esos apellidos rumanos. Más tarde, al responder a la pregunta sobre los domicilios donde entregaba la mercancía también sentí en mi oreja un no sé qué muy extraño. Eso de que solo recordaba uno o dos en concreto y los demás vagamente, lo interpreté como otro indicador de trola.

Volví escuchar el interrogatorio y me reafirmé en las mismas sensaciones. Iba a responder al correo cuando entró mi mujer en el despacho.

–¡Qué bien! –exclamó toda contenta–. ¡Por fin descansas un poco, aunque sea con películas de policías!

Tragué hondo y procuré disimular mi sorpresa.

–¡Sí! –afirmé­–. ¡Es estupenda! Es un DVD que me ha dejado un amigo.

Entonces se me ocurrió una idea.

–A ver cómo anda tu capacidad detectivesca –le dije–. La policía ha cogido a un chico con un paquete de heroína y lo están interrogando. El polígrafo se les ha estropeado y han contratado a un profesional para identificar las mentiras que dice. El profesional acierta en todo por la forma de hablar del chico. ¿Te atreves a intentarlo tú?

Isabel se animó. Tomó lápiz y papel, se sentó en un sillón, y yo torné a reproducir el archivo. Al terminar, me resumió sus impresiones:

–Ha mentido al principio, pero eso ya lo sabemos. Más tarde, lo ha vuelto a hacer cuando ha dicho el tercer y el cuarto apellidos. Y, al final, el primer domicilio que cita es verdadero, pero los demás que indica sin concretar, son todos falsos.

Según la iba escuchando, no podía dar crédito a lo que oía. O era capaz de adivinar lo que había en mi mente o estaba bastante claro en qué momentos el joven decía la verdad y en cuáles no era sincero.

–Ehhh... ¡Muy bien! –la felicité–. ¡Has acertado en todo!

–Gracias –respondió–. ¿Qué película es?

–Pues… No me acuerdo del título; pero está bien. Se deja ver.

–No tardes mucho, cariño. Enseguida cenamos.

Tentado estuve de incorporar a mi mujer al equipo de investigación Guardia-Pérez, pero afortunadamente aguanté el impulso. Mientras fuera posible, quería mantener a Isabel apartada, a pesar de las dotes que manifestaba tener.

Cuando, más tarde, el inspector respondió a mi correo, me felicitó:

“No sé cómo lo ha logrado. Efectivamente los dos primeros apellidos corresponden a gente que conoce el chico y los otros dos son inventados. Y en la primera dirección que recuerda, encontramos un alijo de droga muy generoso, mientras que la segunda resultó ser una oficina del Ayuntamiento. Siento haberle engañado, pero necesitaba ponerle a prueba. La grabación que le he mandado es de hace un par de años y el asunto ya está resuelto. Ruego me disculpe”.

Apagué el ordenador un poco cabreado, la verdad, pero a la vez orgulloso de mi capacidad de escuchar hasta lo que no se dice, y especialmente de la de mi mujer.

Capítulo 3



A los pocos días de su visita nocturna, Guardia me pidió que nos viéramos con cierta urgencia. Se me había acumulado el trabajo aquella jornada y no tuve más remedio que citarle en mi oficina. Comí aprisa y regresé al despacho unos minutos antes de que llegara el policía. Me acomodé en el sillón que le haría ocupar y eché un vistazo desde esa posición a lo que se encontraría.

¡Mecachis! ¿De dónde había salido esa telaraña? Corrí al escobero y retiré con un cepillo tan desagradable adorno, al tiempo que despegué sin querer un plano de papel vegetal que lucía en la pared. Se trataba de mi primer diseño en aquella empresa y me sentía muy orgulloso de él. Sin embargo, ese descuido me dio que pensar y me propuse en ese momento cambiar próximamente la decoración del despacho por algo más actual. Indudablemente resultaba más adecuado un buen cartel promocional de alguno de nuestros ingenios que un rancio plano de una máquina que dejó de fabricarse hace veinte años.

Vacié la mesa de papeles inútiles y tiré a la papelera un par de bolígrafos gastados que descansaban en un cubilete. La habitación olía bien y mostraba, ahora sí, un aspecto agradable.

A las tres en punto, sonó el teléfono y oí la voz de Marisol:

–Pepe, Armando Guardia pregunta por ti.

–Gracias, dile que suba, por favor.

Nuestra secretaria-administrativa-solucionalotodo es uno de los orgullos de Carlos, mi jefe. Tiene veinte años más que la empresa, como dice ella, y lleva resolviendo problemas a todo el mundo desde sus inicios. Es un encanto, siempre que tenga un buen día.

Recibí a Guardia en la puerta del despacho y lo invité a pasar. Vestía vaqueros y una camisa de cuadros azules que le sentaba bien. Venía totalmente empapado.

–Entre, por favor. ¿No habrá venido andando, con este calor?

–Solo desde la parada del autobús –respondió–. Mi hija ha cogido el coche sin avisarme.

–Siéntese y refrésquese lo que pueda.

Guardia asintió con un gesto de agradecimiento. El aparato de aire acondicionado no había dejado de trabajar en todo el día.

–Con permiso –dijo, mientras cogía un folleto de la mesa para abanicarse con él. Era una galerada del próximo catálogo de nuestros productos. Paseó la mirada por la habitación y señaló justo encima de mi cabeza.

–Veo que están cambiando la decoración –comentó.

Me volví y contemplé horrorizado la marca oscura que encuadraba el plano hasta un par de minutos antes.

–Sí, bueno… Vamos a encargar un cuadro un poco más moderno que el que colgaba en ese lugar.

–Seguro que queda muy bien.

Dejó de inspeccionar el despacho, cruzó las piernas y carraspeó ligeramente.

–Bueno, a lo que iba, que si no, nos dan las uvas. ¿Se acuerda del tipo de la foto?

–¿El mafioso? –pregunté.

–Exacto. Se llama Ilie Iliescu. Tiene su domicilio en una calle céntrica, pero solo se le ve allí cuando anochece. Uno de los hombres que lo han seguido últimamente nos ha comunicado que suele parar con frecuencia en este polígono industrial. Concretamente hoy ha almorzado en el bar que está al final de esta misma calle.

–¿El Pimpollo?

–¿Cómo dice?

–El Pimpollo –repetí–. Es el nombre del bar. No vale nada, se lo digo yo.

Guardia puso cara de haba. Después de un buen porrón de años almorzando por los alrededores, teníamos bien catalogados en la empresa los restaurantes cercanos; El Pimpollo fue descartado hace mucho, mucho tiempo. El policía prosiguió:

–Es bastante probable que Iliescu tenga negocios en algún lugar cercano.

Se me quedó mirando con el codo apoyado en el brazo del sillón y la cara, sobre la palma de la mano. Por un momento, me recordó el famoso cuadro de Jovellanos. Transcurrieron varios segundos en silencio, él con los ojos fijos en mí y yo preguntándome por dónde saldría el tipo. Una sonrisa maliciosa empezó a dibujarse en su boca hasta que comprendí.

–¿No querrá que…?

–¡No, no! En absoluto va a tener que seguirlo. Solo le pido que se pase de cuando en cuando por el bar y aguce el oído.

No parecía un encargo difícil. Aunque ya me figuraba yo lo complicado que iba a resultar convencer a alguien de la oficina para que me acompañara. Ese bar estaba en entredicho para cualquiera de nosotros.

–Bien, trataré de ir alguna vez en los próximos días. ¿Tiene alguna idea de qué puede estar tramando?

–Si lo supiera, no lo mandaría allí –me respondió el policía–. Mire, Pepe, mis hombres son profesionales, pero ese tío ya les tiene fichados a muchos. Si los descubre merodeando, levantará el vuelo. Siempre andamos faltos de personal y yo no puedo ir porque no serviría de nada –dijo esto último señalándose el audífono–. Usted es mi única opción en este momento.

Aquello sonaba a película de espionaje mala, pero no lo era. Se me estaba encomendando una auténtica misión. Quizá, hasta podría descubrir que El Pimpollo ya no era un lugar tan horrible.

–Creo que el otro día no le facilité una foto de Iliescu –continuó.

–No, solo guardo cierto recuerdo de su cara. ¿Tiene alguna a mano?

–Se la enviaré por correo electrónico. Supongo que tienen una impresora en color, ¿verdad?

Asentí.

–Otra cosa: infórmeme, por favor, de otros, sean rumanos o no, que se relacionen con él. Ponga su oreja a funcionar.

El comentario pareció una orden, más que una petición de ayuda, como era el trato. Además, sobraba esa referencia a mi órgano auditivo. Interpreté la alusión a su tamaño, ciertamente grande, y, la verdad, no me gustó nada.

–Por cierto –le comenté, intentando no dar más importancia al asunto–, hace diez días contratamos a un fresador rumano que trabaja estupendamente.

–¿Ah, sí? No deje de echarle el ojo por si acaso –me advirtió.

–No se preocupe. Este es un buen tipo –le aseguré–. Está sustituyendo a un trabajador que tuvo un accidente con el coche y va a estar seis meses de baja. ¡Casi se mata el pobre! Él mismo me lo recomendó.

­–¿Está ahora trabajando? Me gustaría ver qué cara tiene.

–¿Quién? ¿Nico?

–No, el rumano –respondió Guardia.

–Pues eso, Nico –insistí–. Se llama Neculai, pero prefiere que lo llamen Nico. Debe de sentirse así más integrado en España.

–Es normal.

–Si quiere, puedo pedirle a mi secretaria que me traiga su currículum –le dije, mientras levantaba el auricular del teléfono–. Seguro que lleva una foto.

–Preferiría verlo en persona, si es posible –sugirió el policía.

A menudo tenemos visitantes en la empresa y es frecuente que les mostremos el taller de mecanizado. Gracias a Dios, no necesitaba una revisión previa, como mi despacho. El señor Miguel, jefe del taller desde los orígenes, consigue que siempre esté presentable.

–Como quiera –le respondí.

En cierto sentido, me sentía orgulloso de enseñar la nave donde se alojan nuestras máquinas, manejadas por un espléndido equipo de montadores, fresadores, torneros y carpinteros que hacen realidad lo que otros proyectamos con el programa de diseño. Era una estupenda oportunidad de hacer publicidad de la empresa.

–Con las diversas crisis, nuestro producto se ha diversificado bastante –le expliqué a Guardia mientras accedíamos al taller–. Durante muchos años, hemos sido punteros en la fabricación de bobinadoras de hilo eléctrico, pero ¡ay, Señor!, solo con eso ahora no basta.

Guardia asintió, a la vez que contemplaba el torno de control numérico, que estaba manejando Mataix, uno de los trabajadores con más en la empresa.

–¿Y esto qué es?

–Un aparato de una precisión asombrosa. El operario mete los datos en el ordenador y la máquina moldea la pieza tal y como la ha dibujado el delineante. Lucas –me dirigí al especialista–. Por favor, muestra a este señor la pieza que fabricaste ayer.

Lucas Mataix dejó de ajustar una herramienta y extrajo de un cajón una larga pieza metálica de revolución con diversos rebajes a todo lo largo, y acabada en punta.

–¿Qué le parece? –le pregunté emocionado.

Guardia miró el objeto y luego giró la cabeza hacia mí. Enarcó las cejas como diciéndome “¿Qué debo decir?”. En vista del poco entusiasmo mostrado, di las gracias a Mataix y lo dejamos trabajando con la máquina.

–Y esa barra, ¿para qué sirve?

–Va a ser el eje de la nueva bobinadora que enviaremos a Chile el próximo mes.

–¡Ah! ­–exclamó mi acompañante–. ¿Podría enseñarme una bobinadora terminada? Es que no me hago cargo de cómo es.

–Mire –dije, señalando hacia delante–. Ahí tiene una. Es del tipo AR 800. Está a punto de ser embalada y enviada a Bilbao.

Guardia le echó una mirada de curiosidad y movió la cabeza con aprobación.

–Vale, me hago una idea. ¿Qué otros productos fabrican, además de las bobinadoras?

–La semana pasada, por ejemplo, recibimos desde China el encargo de una troqueladora para muñecos Pokémon.

Anta la cara que puso el policía, me vi obligado a explicarme.

–¡Sí, hombre! ¿Nunca compró de pequeño una bolsa de soldados de plástico? Había que desprenderlos de la matriz uno a uno.

–¡Ah, ya sé a qué se refiere! –me respondió–. A veces te dejabas los dedos tratando de arrancar los muñecos.

–¡Exacto! La troqueladora desprende las piezas del molde de plástico y un operario monta el muñeco.

Guardia hizo un gesto de asentimiento y continué mi exposición.

–Hace un mes terminamos un aparato para reducir la escoliosis. Ahora está en el Hospital Clínico de Valladolid.

–¡No me diga! –exclamó él–. ¡Qué bien me vendría uno a mí!

–Hoy han recogido un soldador de ultrasonidos para la Ford, en un par de semanas acabaremos varios elevadores de escaleras para discapacitados que irán a parar al Senado, y estamos negociando con Mercadona si entramos nosotros o la competencia en la robotización de un nuevo almacén que abrirán pronto en Móstoles.

Miré a Guardia e hinché el pecho, como diciéndole: “¡Asombroso! ¿verdad?”.

Él me bajó de la nube con su pregunta precisa:

–¿Dónde está el rumano?

Contrariado por aquella salida, señalé con gesto displicente al fondo de la nave.

–¡No, no, no! –exclamó en un susurro–. ¡No haga eso! ¿No ve que estoy aquí como si fuera un visitante más? Ese tipo no debe sospechar que vamos a vigilarlo.

–¿Vigilarlo? –le pregunté un tanto irritado–. ¿A santo de qué?

–No podemos dejar ni un cabo suelto –aseveró Guardia–. No me huele bien que acabe de llegar un rumano a su empresa y que justo ahora Iliescu ande por aquí cerca.

“¡Menudo tipo!”, pensé. Me recordó en ese momento al gendarme de “Casablanca”, y su manía de detener a la ristra de sospechosos habituales en cuanto ocurría algo. El tipo que me había caído simpático tan solo unos días antes, empezaba a parecerme maniático y odiosamente suspicaz. En fin, me había comprometido a trabajar con él y debería acostumbrarme a sus modos de proceder.

–Podemos acercarnos de manera disimulada –le sugerí–, como si fuese un cliente nuestro.

–Perfecto. ¿Qué le parece si me convierto de repente en un representante de Inditex? Podría estar encargándole… No sé. ¿Qué se le ocurre?

–Pues no sé qué decirle.

–¡Ya está! –exclamó, chasqueando los dedos–. Una troqueladora que corte patrones de cuero para zapatos. Es buena idea, ¿verdad?

No quería quitarle la ilusión al hombre, pero…

–Lo siento –repuse–. Que yo sepa, Inditex no fabrica calzado.

–Está usted muy equivocado, Pepe –me corrigió el policía–. Mi mujer y yo siempre compramos zapatos “Tempe” en el mismo Elche, donde está la fábrica. Es la marca de calzado de Amancio Ortega. Tengo un amigo allí que nos los deja a precio de fábrica.

Así, pues, con su caracterización de empresario ilicitano, el inspector me acompañó por toda la planta mientras charlábamos de cueros, tipos de zapato y moda masculina. Yo le iba mostrando nuestro repertorio de máquinas a la vez que le explicaba el funcionamiento de cada una hasta que llegamos a la fresadora en la que operaba Nico. Me situé de espaldas a él para que Guardia pudiera verle bien la cara.

–Producimos cincuenta millones de pares al año, ¿sabía usted?

Negué con la cabeza, siguiéndole el juego. No obstante la impostura, todo apuntaba a que Guardia estaba muy puesto en el tema. Eché una mirada a su calzado y no me pareció nada del otro mundo. Una versión moderna del clásico náutico; eso sí, con cordones normales, fáciles de anudar.

–¡Es realmente impresionante! –añadí, mostrando una grande y fingida sorpresa.

­–Desde luego que lo es. Y el precio… ¿a que no sabe cuánto cuestan los zapatos que llevo?

–¿Veinte euros?

–¡Qué va! ¡Solo quince! ¡Un auténtico chollo!

–¡Maravilloso! –exclamé, afectando la mayor de las alegrías.

“¿Ya se ha fijado en él?”, murmuré moviendo apenas los labios.

–¡Claro! Me ha gustado mucho su empresa, señor Limonero. Cuando quiera venir a Elche, lo espero con los brazos abiertos.

Capítulo 4



Al día siguiente, me vi en la obligación de ir a almorzar al Pimpollo, venciendo todas mis reticencias. Tomarse un bocadillo con cerveza sin compañía es como ver una película iraní sin subtítulos, lo más aburrido del mundo, por lo que busqué un compañero. En la oficina de diseño me resultó imposible encontrarlo.

–¿Al Pimpollo? –me preguntó Elías, el delineante más mayor–. ¿Qué se te ha perdido allí?

–Es por probar, hombre. Quizás ya no esté el mismo dueño y hayan cambiado las cosas.

–¡Qué va! –intervino Ino, uno de los ingenieros–. Un amigo que trabaja al final del polígono me preguntó ayer por un bar decente. Dice que ya no aguanta un día más el café que sirven allí.

En vista del éxito, bajé al taller y eché mano del hombre que nunca falla. Llamé a la puerta del despacho del señor Miguel y este me abrió enseguida.

–¡Buenos días, Miguel! –lo saludé–. ¿Ya ha almorzado?

Yo sabía que nuestro jefe de taller solía hacerlo en su cuarto de trabajo, al tiempo que repasaba albaranes, hojas de trabajo y, en ocasiones, el Marca. Rara vez acudía con los otros al bar y, en ese caso, siempre se llevaba su inseparable sándwich de mortadela y un botellín de agua mineral.

–Todavía no, don José.

–¡Venga conmigo! Le invito a una cerveza.

Miguel nunca dice que no, al menos, de primeras. Si algo no le parece bien, rumia sus razones por un tiempo y, más tarde, te las manifiesta con toda amabilidad. Por eso, antes de darle tiempo a reflexionar, le cogí del brazo y le volví a animar.

–¡Acompáñeme, hombre! Hoy me ha dejado todo el mundo solo.

Miguel me sonrió, cerró la carpeta llena de papeles que descansaba sobre su mesa, la guardó en un cajón y se levantó.

–¿A dónde vamos?

Con cara de apuro, le respondí:

–Al Pimpollo. Es por variar un poco –se me ocurrió decir.

–Si es por eso… –suspiró el hombre.



El bocadillo del día no estaba del todo mal: un blanco y negro embutido en media baguette. A la morcilla le habían puesto arroz, cosa rara por esta región, pero bueno, eso va por gustos. Miguel se dejó invitar y guardó la mortadela para otra ocasión. La cerveza de barril Mahou era como la de cualquier otro bar. Me fijé también en que servían otra de una marca que no conocía y que bastante gente estaba consumiendo. Visto lo cual, acabé por plantearme acudir con mayor frecuencia, más ahora, que tenía allí una misión que cumplir.

–¿Qué me cuenta? –pregunté a mi acompañante.

Salvo asuntos de trabajo, de pocas cosas más solíamos conversar. Sabía que solo tenía una hija que, para compensar, le había hecho abuelo en cuatro ocasiones. Su mujer trabajaba como asistente social en un centro de acogida de inmigrantes, y a los dos les quedaba poco tiempo para jubilarse.

Me miró por encima de las gafas, apuró su cerveza y me dijo:

–Pues no hay nada de particular, don José. Gracias a Dios, toda va bien en general. Bueno… Hoy, de nuevo, casi me quedo sin parachoques por ese bordillo del parking. Los que vinieron a ponerlo, se lucieron. Habría que rebajarlo de una vez, o cambiarlo por otro.

–Sí, Miguel. Tiene usted razón.

El “asunto bordillo” aparecía intermitentemente en las reuniones de la empresa. Un familiar de Carlos le vendió la moto de que quedaría muy vistosa una franja de césped entre el parking y la acera que daba al taller. Para lograrlo, haría falta un alcorque de altas murallas que evitara la invasión del verde por parte de algún automóvil. El resultado fue aquel bordillo, de más de un palmo de alto, sobre el que había que hacer equilibrios cuando tratabas de evitar el césped al dirigirte a tu coche. Una y otra vez, el tema salía a colación, proponíamos soluciones, pero el asunto continuaba como al principio. Sin duda, había otras prioridades. Por suerte, mi coche es un poco más alto que el de Miguel y apenas roza el bordillo cuando aparco. No sé qué pasará el día que vaya un poco cargado.

–Respecto al taller, los chinos le han dicho a Gutiérrez que quizá nos encarguen otra troqueladora para muñecos de Star Wars. Con tantos episodios nuevos que van haciendo, hay que renovar los muñecos.

–¡Qué bien! –respondí–. ¿Cómo llevamos la de los Pokémon?

–Estará terminada mañana, si Dios quiere. Las lijadoras de paellas para México también van a buen ritmo, a pesar de las modificaciones que acaban de pedir. Han solicitado que el metacrilato vaya sujeto por gruesos perfiles de aluminio, lo más huecos posible para aligerar peso.

–Pues así, van a parecer jaulas –señalé.

Miguel se encogió de hombros y continuó.

–Lo que se va a retrasar son los elevadores para los colegas de Echenique en el Senado. Paco está de baja y los otros dos “chispas” están trabajando duro en la bobinadora que irá a Kuwait. No puedo sacarlos de ahí.

–No se preocupe. Por unos días más que sigan con el sube y baja que tengan instalado, no va a pasar nada.

–Nico le ha comentado a Anselmo que podría echar una mano. Por lo visto, además de manejar la fresadora como los ángeles, tiene práctica en el diseño y montaje de salvaescaleras.

Gracias al comentario de Miguel recordé la razón por la que había ido al denigrado lugar en que nos encontrábamos. Paseé la mirada por la concurrencia, pero no localicé a Iliescu. La mención del nuevo fresador me dio pie a tratar de matar dos pájaros de un tiro.


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