Excerpt for Ajuste de cuentas. Taller de creación literaria. Centro de Enseñanza para extranjeros UNAM by , available in its entirety at Smashwords

Ajuste de cuent@s

Taller de creación literaria

Arturo Garmendia

Compilador

Centro de Enseñanza para Extranjeros UNAM

Coordinador: maestro Felipe Garrido

L.D. Books

Edición Smashwords

Ajuste de cuent@s

© Juan Manuel Bueno, Arturo Garmendia, Virginia Lara, Normairene Matamoros, Elios Mitre, Lorena Páez, Luis Alberto de la Peña, Ariel Quintero, Hilda Tapia, Lourdes Ulloa, 2017

L.D. Books

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V, 2017

Batalla de Casa Blanca Manzana 147A Lote 1621

Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

C.P. 09310, Ciudad de México

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Primera edición: mayo de 2017

ISBN edición impresa: 9781976136573

D.R. © Ilustración de portada: Betsy N. Romero

D. R. © Portada e interiores: Angélica Irene Carmona Bistráin

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.

Índice

A manera de prólogo

Juan Manuel Bueno Soria

Maestro Otilio

Compadre

Bésame

Tartufo entre las piernas

Arturo Garmendia

El vuelo de la libélula

Angry Birds

Canelo

Cuentos bonsái

Virginia Lara Sánchez

Clementina

La visita

El don

El árbol de hule

Noche de difuntos

El baile del oso

Normairene Matamoros

El sueño ¿Es que nunca brillarás en sociedad?

La noche de anoche

Elios Mitre

Preservar la otra mitad

Desdoblamiento de sueños

Un desvarío más y el abismo

El último viaje de la tía

Se les ablanda el corazón

Sé que aún no es el momento

Detalles de seducción

Vacíos confluentes

Esa terca manera de ser

La herencia de Gretel

Lorena Páez

La copra

Acoso

Mentirosa

Tras el portón

Luis Alberto de la Peña

Alguien tendrá que oírnos

El camino al revés

El Trompo y el Balero

Ariel Quintero

Herida imborrable

Nunca dijo nada

Las llaves

Hilda Tapia

Sólo las espigas danzan

La cita

Incógnita

Loca carrera

El globo

Renacer

Contemplación

Lourdes Ulloa

Abel

Cuatro campanadas

Blanca

Ilustraciones: Pablo Ruiz Picasso (1881-1973)

A manera de prólogo

Todos los hombres son narradores innatos. El mismo impulso a compartir las experiencias propias se da en quienes relataban las peripecias de la caza de un mamut, que en los que hoy en día resumen las peripecias de su día ante su esposa. Como dice Ricardo Piglia: “La narración es un saber general que se ejercita desde la infancia. Contar historias es una de las prácticas más estables de la vida social. Un día en la vida de cualquiera de nosotros está hecho también de las historias que nos cuentan y que contamos, de la circulación de relatos que intercambiamos y desciframos instantáneamente en la red de la vida social. Estamos siempre convocados a narrar. Contar es una de las grandes exigencias sociales”i

Pero añade: “A narrar no se aprende en la universidad”.

Pero entonces ¿cómo es que podremos lograr sublimar ese impulso natural de narrar para transformarlo en un ejercicio literario? Aprendiendo a escribir, desde luego, porque como dice Felipe Garrido:

“Existe un enlace íntimo entre la escritura y la construcción del pensamiento y del conocimiento. La escritura es un medio para expresarnos y comunicarnos. Y además saca a la luz nuestra vida interior: la convierte en textos; en objetos ajenos a nosotros en los que fijamos lo pensado y sentido, en los que podemos juzgar y rectificar nuestras palabras.

“Escribir nos enseña a poner en orden el pensamiento; hace más clara la conciencia de lo que creemos, sentimos y sabemos... ”ii

“Por mucho tiempo lectura y escritura fueron destrezas adquiridas en las escuelas por separado. Había una sala de lectura y otra de escritura. Los alumnos, que en esas épocas eran muchos más niños que niñas, aprendían primero a leer y sólo después, en número mucho menor, si acaso la mitad, a escribir.

“En Memorias de mis tiempos —oro molido— Guillermo Prieto (1818—1897) recuerda su primera escuela, a la que asistían, como él dice, “los hijos de las personas más visibles de México”:

“La escuela estaba dividida en dos grandes secciones, o sea la sala de lectura y el salón de escritura y explicaciones. La sala de lectura era pequeña y cubierta de gradas [.] La sala de escritura era otra cosa.

Buenas pinturas al fresco, papeleras [escritorios] y todo lo más adecuado y conveniente, [.] Contrastaba el apiñamiento y el desorden de la sala de lectura con la comodidad y el orden del salón de escritura. En aquella sociedad autoritaria no convenía ni se acostumbraba que cualquiera pudiera expresarse. La voz —hablada y escrita— era un privilegio de muy pocos; de los que tenían la exclusividad del conocimiento y del mando. Esta pequeña minoría estaba formada por lectores autónomos que podían escribir.

“Hoy en día esto nos parece injusto, pero aún no hemos conseguido erradicarlo. Actualmente sentimos que no es justo que alguien sepa leer y no sepa escribir. Lo sentimos tan ofensivo como que alguien esté siempre obligado a escuchar y nunca tenga la oportunidad de hablar. Pero todavía, para nuestra vergüenza, muchas veces sucede.

“Igualmente ofensivo es alguien limitado a los usos utilitarios de la lectura y de la escritura. Quien ya ha adquirido la capacidad de leer y escribir, debería de aprovecharlas de manera lo más amplia posible; debería convertirse en un lector autónomo.

Llegados a este punto es importante preguntarnos:

¿Qué es leer?

“En un sentido amplio, leer consiste en descifrar los mensajes que los signos guardan: reconocerlos, interpretarlos, esforzarse por comprenderlos. Se leen texturas, sabores, olores, sonidos, gestos, imágenes. Algunos creen que puede leerse la palma de la mano, los asientos del café, una secuencia de barajas, para conocer lo que nos depara el futuro. En un sentido más estricto, más literal, lo que se lee son sistemas de signos organizados en un lenguaje.

“Pero el lenguaje por antonomasia, por excelencia, el lenguaje natural, es el de las palabras; el que utilizamos para hablar y para escribir. El lenguaje es la capacidad que todos los hombres tienen para expresarse y comunicarse mediante palabras.

¿Qué es escribir?

“Escribir es dar a las palabras una forma gráfica. Cuando escribimos, en lugar de pronunciar las palabras las hacemos visibles.

“Al hablar externamos nuestros sentimientos, pensamientos, ideas, opiniones, conocimientos, propósitos, recuerdos...

“Al escribir hacemos eso mismo, pero no sólo externamos palabras, les damos una mayor duración; al fijarlas en el papel, en un muro, en un archivo electrónico, las convertimos en un objeto ajeno a nosotros. Y eso tiene efectos importantes.

“Al leer nuestras palabras separadas de nosotros, como algo que hubiese sido escrito por otra persona, podemos revisarlas, juzgarlas, retocarlas, añadir a lo que tenemos escrito nueva información, suprimir lo que nos parezca que sobra.

“La escritura implica siempre la reescritura: la operación de volver a un texto todas las veces que haga falta para irlo acercando a lo que queremos manifestar. Y cada vez que repetimos esta operación, lo que estamos revisando, ajustando, puliendo, reordenando, enriqueciendo... serán nuestras ideas, nuestras emociones, nuestra información, nuestro pensamiento.

“Ejercitarse en la escritura es una manera de ejercitarse en el arte de pensar. Escribir es tan importante como leer.

“Aprender a escuchar, a poner atención y entender lo que oímos, es imprescindible. También aprender a hablar. Necesitamos recibir, y también dar: saber y poder expresarnos, comunicar lo que queremos, esperamos, creemos, aceptamos y rechazamos; lo que sabemos. La misma relación existe entre lectura y escritura.

“Los ejercicios de escritura no deberían ser opcionales. Cada quien tiene la libertad de escribir lo que quiera, pero todos tenemos a obligación de escribir algo.

“Estamos poco acostumbrados a escribir, y al principio hacerlo puede costar algún esfuerzo. No importa que los textos sean muy cortos —ya se irán alargando—.

“Si alguien no quiere leer en público lo que escribió, hay que respetarlo. A veces esos compañeros, al principio, lo más que aceptan es mostrar lo que escribieron al promotor. Eso ya es ganancia, y hay que ayudarlos a que se sientan cómodos.

“Lo mismo puede decirse para la lectura en público. Poco a poco, todos deberían atreverse a leer para los demás. Si al principio no lo hacen tan bien, eso no tiene importancia. Si no practican, nunca podrán hacerlo mejor.

“El gusto por la lectura no se enseña —como se enseña las tablas de multiplicar—; se transmite, se contagia. Un lector es alguien que, además de leer por necesidad todo lo necesario para estudiar y trabajar y vivir en un mundo que ha sido construido sobre la palabra escrita, lee y escribe por el puro placer de hacerlo.

“Tener la oportunidad de expresarse, de aprobar y disentir, de proponer, con la palabra hablada y con la palabra escrita, es un requisito indispensable para construir una sociedad democrática”.

Por la transcripción

Arturo Garmendia.

Juan Manuel Bueno

Maestro Otilio

El sol del atardecer en el campus, con esas nubes aborregadas que se perseguían unas a otras jugueteando con el viento en medio de un cielo azul rojizo, me llevó a recordar mi infancia. Frente a la Riveriana, convertida en un escenario rústico, en donde las aves cantaban en búsqueda de una rama para pasar la noche, un murmullo constante no permitía escucharlas. Algo sucedía: grandes tumultos intentaban ingresar a ella. El pórtico estaba cerrado y muy pocas personas tenían acceso al lugar, por lo que la muchedumbre debió permanecer al aire libre.

El rumor, si rumor era, corrió como pólvora en una revolución: “Miliano y Otilio desaparecieron de la Capilla”. Sonaba inverosímil, pero así lo aseveraban unos muchachos con voz portentosa. Imaginé que alguien por la noche había logrado destrozar el mural donde se encontraban los personajes. Pero al decir de la gente, éste no había sido tocado. A mi alrededor se afirmaba “que habían huido juntos, pa seguir haciendo la revolución”; “que por eso las milpas vecinas al campus, por donde ellos atravesaron, estaban reverdecidas y las mazorcas ya se veían bien fuertes” y que los ahí presentes habían venido “pa defender la causa de Miliano y de Otilio”.

En ese instante vinieron a mi mente los dos personajes pintados por Diego, yacientes bajo una milpa y envueltos en sarapes rojos, como lava incontenible, lista para entrar en erupción en cualquier momento. En la superficie se mira crecer un maíz vigoroso en una milpa cobijada por un girasol enorme, a manera de un sol radiante dispuesto a reconocer el sacrificio de sus héroes y las bondades de la tierra por la cual murieron.

Las veces que he visto el mural me ha dado la impresión de contemplar un astro que nos alumbra a todos. Tal vez por eso desde siempre he pensado que lo sucedido en la Capilla hace cimbrar al campus entero, pues como en otros pueblos ella es el testigo fiel de nuestras vivencias. Y no sólo eso, quienes la han visitado quedan marcados de por vida, como si hubieran sido alcanzados por los vivos colores de los murales con un flamazo de conciencia, porque si la poesía es un arma cargada de futuro, los frescos pintados por Diego son un bombazo libertario.

El repiqueteo de las campanas, en silencio desde hace décadas, junto con la multitud que comenzó a vitorear a Miliano y a Otilio, me despertaron de mis cavilaciones. Al poco rato llegó a nuestros oídos el sonar de los campanarios de Texcoco, Zumpango y otros pueblos lindantes. Alguien aseveró que los redobles de los bronces debían llegar hasta Anenecuilco, donde nació Miliano, y a Villa de Ayala, “Donde vio la luz Otilio, el gran maestro rural, como todos los maestros de esta universidad, ¿o no son rurales?”, dijo un estudiante con voz estruendosa, y el revuelo de la multitud aumentó, tanto como el extraño dolor de mi brazo izquierdo.

Desde donde me encontraba alcancé a reconocer a varios de mis estudiantes y a algunos colegas, en quienes se advertía el deseo de entrar en acción. También vi a periodistas y fotógrafos. El barullo aumentó cuando a lo lejos divisamos una nube de polvo. Eran hombres a caballo, como en los mejores tiempos de la revolución; una gran cantidad de campesinos de las tierras aledañas al campus, que ante los rumores de lo sucedido comenzaron a acercarse, pues la Capilla también es de ellos. Así nos lo hicieron saber con su presencia. Cuando llegaron, les abrieron las puertas de la ex hacienda de par en par y entraron con vivas a Miliano y a Otilio, gritando que ya estaban hasta la madre de los caciques de siempre. Traían consigo pulque y comida para todos “pos no sabemos si esto va pa largo”, decían. Y con ellos comimos tacos y bebimos pulque. Gracias a su llegada nos enteramos de la presencia en los alrededores de la universidad de más guardias y grupos antimotines que, como de costumbre, estaban en espera de la orden para ocupar la universidad. Nos contaron cómo quisieron cerrarles el paso, “pero ya después se echaron p’atrás. Nos tuvieron miedo, porque nos vieron bien organizados y dispuestos a todo”.

Tal bullicio me desesperaba. No sabía si creer lo dicho por los estudiantes, pero algo, como a todos, me hacía pensar que aquello era cierto. Por algo nos encontrábamos ahí, expectantes, pero a la vez decididos a intervenir. No faltaron las muestras de humor de los muchachos informando de la inminente visita de los especialistas de la NASA, enviados por el gobierno, para certificar que Miliano y Otilio nunca estuvieron ahí, y todos reímos por unos instantes. Luego se instalaron de nueva cuenta las expresiones, los gestos y los gritos de “ahora sí habrá justicia pa los que trabajamos la tierra”, y “Miliano regresará con nosotros y no vendrá solo, sino con Otilio”.

Sus palabras llegaron como una bala a mi estómago. Me sentí ahogado en un laberinto de obsesiones, al recordar que en mis clases siempre he hablado de justicia, de lucha social, de la necesidad de salir a los pueblos con la bandera que ya habían ondeado nuestros héroes; y ahora ellos me ganaban la partida y retornaban al campo con las mismas banderas. Me encontraba rebasado, confundido, pero a la vez entusiasmado al darme cuenta de que renacía en mí la esperanza.

A pesar de no verlos, escuché el sobrevuelo de los helicópteros, por lo que mi confusión creció. A través de un megáfono se nos ordenó “repliéguense, repliéguense”. Si bien las fuerzas armadas aún no entraban al campus, escuchamos una orden: “todos al suelo”. Lo mejor era sentarse en el piso. Seguimos las indicaciones y los fotógrafos comenzaron a captar imágenes. Sentí a la multitud más temerosa. Por el altoparlante se nos informó que si era necesario, tomaríamos los machetes guardados en los almacenes de la universidad; ellos nos dirían cuándo. Yo me encontraba dispuesto a todo, aunque no podía moverme muy bien.

Poco más tarde, para mi sorpresa, ya no me veía frente al bello pórtico en madera labrada. Al sentarnos nos habíamos movido alrededor del edificio, pretendiendo resguardarlo. Ahí, en dónde me encontraba, llegué a sentir la humedad del pasto y de la tierra. Sin duda estaba del otro lado del mural de Miliano y Otilio. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, apenas se veía la luz del sol: luego era el atardecer. Los sucesos ocurrían demasiado rápido. Después nos enteramos de que las fuerzas armadas pretendían bombardear la capilla, antes de que retornaran nuestros héroes, ya con las huestes reagrupadas de su natal Morelos. Tal vez por eso las autoridades habían entrado en pánico. De seguro pensaban que si derruían la Capilla, la multitud ya no continuaría venerándolos, que se perderían en el tiempo y en la memoria. Mal cálculo, la gente ya se encontraba de pie alrededor de la antigua iglesia, con machetes y antorchas previamente repartidos entre la multitud. Estábamos en un punto sin retorno. Pareciera que solo faltaban las indicaciones de un líder para salir a defender al campus.

Aquí y allá se escuchaba “vamos a partirles la madre”, mientras recordaba que en mis clases; cuando hablaba de Los condenados de la tierra, afirmaba que el pueblo era sabio y podía guiarse sólo. Me sentía partido en dos, por una parte entusiasta y con deseos de tomar un machete, y por la otra con más dolores, sudoraciones y asfixia.

Algunos estudiantes me saludaron: “Maestro Otilio, maestro Otilio.. ” No alcancé a contestarles porque el aire de mis pulmones no me ayudó a gritar. Pensé en la enorme responsabilidad que me habían impuesto mis padres al bautizarme con un nombre de tanto peso, que además sonaba fuerte, aunque quien lo pronunciaba con dulzura era mi madre. A su voz siempre venían a mi mente los magueyales, las nopaleras, los huizaches, los días soleados y la buena tortilla, como en un mural de Rivera. En cambio, la voz de mi padre siempre era más dura cuando me llamaba para enviarme a cuidar el ganado. También recordé la mirada de mis maestros y su gesto adusto, que me hacía bajar la cabeza. Después, con el tiempo acepté el reto de llamarme Otilio. Por eso estudié para maestro, maestro rural, pero la suerte, o tal vez el esfuerzo o la responsabilidad de llamarme así me trajeron hasta a esta universidad.

Ya de noche, cuando los universitarios junto con los campesinos organizaron una asamblea urgente en la entrada de la Capilla y escribieron un documento, sentí que presenciaba la redacción de un nuevo Plan de Ayala. En seguida integraron diversas comisiones. Me sorprendió la celeridad para la toma de medidas, pero recordé su experiencia en las asambleas comunales y ejidales de sus lugares de origen. Entre otras cosas, reconocieron la necesidad del establecimiento de un dialogo con el gobierno, por lo que enviaron una solicitud apoyada por todos, pero las autoridades no dieron respuesta, y determinaron entonces resguardar de forma inmediata todas las entradas al campo universitario.

Nos encontrábamos en un atajo cerrado y nadie sabía lo que iba a suceder. Llegué a pensar en que seríamos reprimidos en cualquier momento, con la acostumbrada ferocidad de las hordas de granaderos; o quizás recibiríamos un proyectil, pero todo aquello no me producía temor. Sólo aumentaba mi sofoco al ver que la gente se movía con mayor desorden, y me oprimían con más fuerza. Me sentía extenuado y mis dolencias iban en aumento.

Al poco tiempo logré ver unas las luces encendidas y con dificultad pude darme cuenta de que la representación al aire libre terminaba, pero para mí todo ha había sido real. Era el gran teatro militante del pueblo. Pensaba en los demás espectadores, sin duda tan exhaustos como yo por la interpretación de esa pieza que nos había dejado una vorágine de sensaciones irreparables.

Sentí la necesidad de reposar nuevamente y me recosté en la tierra junto a la Capilla. Al hacerlo escuché un gran estruendo. Vi cómo la multitud se desplazaba en todas direcciones, cuando sentí que un hilo de sangre venía a mi encuentro: ¡La Riveriana había recibido un tiro de bazuca! La luz y el sonido comenzaron a opacarse y el dolor agudo me abandonaba. Me sentí arropado por una manta, y la sensación placentera que me procuraba aumentó cuando vi un sol radiante, parecido al de mi niñez, y oí una voz que me decía “maestro Otilio, maestro Otilio... soy Miliano”.

Compadre

¿En qué piensas, compadre? En María, en Soledad en Esperanza..., en ella. Cada minero tiene un ángel guardián, que lo cuida y alienta para aguantar lo más duro del trabajo, lo más duro de la vida.

¿En qué piensas, compadre? Mariano, cada vez que montaba al malacate para bajar al tiro de la mina Dificultad, allá en Real del Monte, escuchaba esa frase de Gregorio, su compañero de faena, su único amigo.

Mariano y Gregorio habían comenzado a trabajar en la mina desde muy jóvenes, casi cuando niños. Juntos escucharon todas las historias que se contaban los mineros: que había mucho oro y plata, duendes, y tiros que comunicaban muy lejos, quién sabe hasta dónde... Su amistad se afianzó cuando encontraron unas piezas arqueológicas, que no entregaron al capataz. Eran figurillas femeninas. Por cierto, así, como si se tratara de mujeres, Gregorio enseñó a Mariano a acariciar las vetas, y él aprendió a distinguirlas.

Cada que comenzaban el descenso hacia el tiro principal, Gregorio preguntaba a Mariano ¿en qué piensas, compadre? y ambos sonreían. Llegaron a decirse, entre tarros rebosantes del pulque traído de Apan, que su vida no sería tan dura mientras estuvieran juntos, e incluso pensaban que tenían el mismo ángel guardián. Todo continuó así, hasta que un derrumbe en la prolongación de un tiro hizo que Gregorio se fuera solo, con su ángel.

Desde entonces Mariano no pudo volver a bajar al tiro. Sentía que estaba sin un guardián que lo protegiera de lo más duro del trabajo... y de la vida. Buscó emplearse en otra parte y no lo logró. Sólo sabía encontrar oro y plata, y en Real del Monte no había otra cosa que hacer.

Una mañana al levantarse le pareció escuchar: “¿En qué piensas, compadre?”, y se dijo, “En irme a México”. Buscó trabajo en la obras del Metro. Lo enviaron a las excavaciones cercanas a la Catedral, en lo que se llamaría la estación Zócalo. Al bajar no sintió temor, pero tampoco se extrañó por ello. Incluso descendió sonriendo. No le dieron taladro, sólo pico para escarbar. Trabajó con extremo cuidado. Estaba acostumbrado a palpar las piedras con su mano, a tratar de adivinar la veta, como le había enseñado Gregorio. Entre la penumbra y el ruido sintió algo conocido entre sus manos, era barro. Se trataba de una figurilla prehispánica. La llamó Esperanza. Pensó que era su ángel guardián... y el de Gregorio.

Se embebió en sus recuerdos, no escuchó la voz de alarma. Las excavaciones hacían brotar los restos del antiguo lago. “¡Derrumbe inminente!” gritó un compañero, pero Mariano escuchó otra voz “¿En qué piensas, compadre?”; él volteó a mirarlo y ambos se sonrieron.

Bésame


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