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Sergio Bustamante Sánchez









Sectas Rojas










































Registro de propiedad intelectual

SafeCreative: 1801225513141
























Si, he tenido miedo; pero no siempre fue así. Incluso creo recordar que antes el miedo no me era familiar, no se manifestaba en mi vida. Pero el tiempo ha pasado y con él lo que ayer fui, lo que ayer creí. Muchas cosas no han quedado claras, y lo cierto es que no soy aún un viejo para arrepentirme de haber vivido o no tal o cual cosa. Aún soy un niño en el sentido de no tener nada claro, de no saber cual es realmente mi postura ante las cosas, ante la vida, y preciso es encontrar una postura, pero no aquella impuesta ni aprendida, no aquella producto del miedo de los otros. Tengo que encontrar mi propio miedo, saber realmente mi propia incapacidad, mis propios límites, y una vez encontrados, una vez reconocidos, dirigirme precisamente a mi propia senda, a la perdición propia, no creada ni aconsejada por nadie, solo por mí. Pero es difícil pensar así porque se corre el riesgo de que todo se rezague, se quede estancado y se eche a perder como todo aquello que se mantiene estático, sin fluir, sin crecer. Los riesgos no son pocos, las limitantes abruman, las soluciones se esfuman. El actuar y el pensar se trocan antípodas, la contradicción se incorpora a nuestro ser, el absurdo carcome nuestra piel y se pega a nosotros como tímida sanguijuela. De esta manera algún día terminaremos exangües, porque ahora ya no nos es licito tener voluntad, ni pensar en nosotros; todo eso nos hace merecedores de una pena, somos culpables y se nos ordena expiar la culpa en un sin número de maneras predeterminadas, cuya posición ante nosotros siempre debe ser justa, pues se trata como en los ritos antiguos de inmolarse ante el dios moloch del nuevo siglo, tan deshumanizado como la palabra hombre, como la palabra progreso. El éxito inusitado de las cosas más superficiales, de todas aquellas cosas despojadas de profundidad se debe a que se apoyan en nuestra desesperación, en nuestra inseguridad que crece cada día y que utiliza el disfraz de las nuevas concepciones, hermanas del modo de vida imperante. Ahora se está más solo que nunca, en el lugar más inhóspito posible, pidiendo a las maquinas su amistad, caminando como sonámbulos en pleno día, desviando la vista ante la presencia de nuestras imágenes, de lo que somos, de lo que fuimos o podemos ser. Esta prohibido verse, esta prohibido escucharse, lo ideal ahora es quedarse ciego, lo mejor es taparse las orejas aunque sea con piedras y si es necesario, si no basta, tenemos las opciones más felices como volarse la tapa de los sesos. Pero no quiero eso para mí, reniego de ese orden, no lo acepto. No acepto estar dentro de aquella circunscripción en donde todos tienen la facultad de decir como son los demás, de decir si han triunfado o fracasado; yo les dejo, yo me alejo, que sean ellos mismos quienes se acepten y se rechacen pues yo los repudio. Por eso ahora me acuerdo del miedo y medito sobre él, y por ahora me es imposible entender realmente porqué lo siento tan cerca, porque presiento que la nada camina hacia mí; porque bien sé yo que la nada camina y cada día se aproxima no al nombre ni a la edad, sino a mí. Me resulto difícil asimilar que nunca fui aquello que me decían que era, que el exterior no era tal cual se nos presenta a primera vista. Ahora he comprendido muy bien que lo anterior a mí, que lo edificado sin mí es profundo y que todo da horror porque nos rebasa, porque nos deja atrás, porque nos mueve y nos dice que la opción, la decisión, en una palabra: la voluntad, es un mito entre otros mitos. Así que tengo que “elegir” entre mi desconocimiento o reconocimiento; y para mi mayor sorpresa ya he elegido... elegí lo más difícil, elegí el aferrarme a los mitos y rechazar la realidad que me anula y me dice que no salga a mi encuentro...




Era un gran fantasma el que en una ocasión se presento ante mí, apenas en los orígenes de la conciencia, cuando las cosas son vistas con una óptica muy distinta de la actual; pues aún no se encontraba corrompida por el tiempo ni por el enfrentamiento entre los hombres que llaman, para mayor comodidad y a modo de no herir susceptibilidades, convivencia. Pero yo veía a esta cosa indescriptible como algo sobrehumano e inaudito, y no por ello provocome miedo. Pero una vez, cuando la curiosidad rebasa la fuerza y se comienza a dudar, se incurre en el grave error de preguntar como se llama eso, qué es, a qué obedece, sin saber que sólo se encontrará un conjunto de palabras que no dicen nada; pero que están cargadas de una intensidad antes desconocida, y que comienza, desde el preciso instante en que aparece, a actuar de tal manera que es como si uno se metiera en el fuego para arder poco a poco hasta abrasarse por completo en la llama de lo que posteriormente, en la madurez de la vida, o se disimula o se intensifica hasta no dejar ver sino los escombros de lo que fue puro en su origen y que yace convertido en putrefacción. Yo he visto esa putrefacción, y he visto a los mejores ejemplares que la ostentan caminar como si no se diesen cuenta lo que traen a cuestas; ese fardo terrible que han ahogado según ellos con sus derechos creados y sus respectivas obligaciones a través de su vida, y que resumen con la palabra libertad en la cual creen firmemente, no obstante estar esclavizados. Los contemplaba con curiosidad antaño, pero ahora surge en mí una irresistible sensación de repulsión que no puedo controlar, y que está apenas separada del temor por un hilo tenue e invisible. Pero no podía mantenerme ajeno aunque lo hubiese querido, pues no nací en el aislamiento como flor única en el desierto; me encontré de pronto aquí, en esta selva obscura de riquezas fantásticas que sobrepasan cualquier posible imaginación, y que rebosan en belleza y atrocidad más que en ideas sobre ella misma. Nos pusimos a tratar de explicar lo inexplicable y se perdió el tiempo en una serie infinita de formulaciones, de las cuales todos participamos y somos el producto. Algún soberbio inicio con sus abstracciones, dándose de antemano el derecho y la facultad de disponer de otras voluntades, proclamando que su posibilidad en este mundo era infinita y que, por tal motivo, cualquiera que lo quisiese por el solo hecho de ser semejante a él y de encontrarse aquí podría de manera inequívoca encontrar la respuesta a la pregunta. Pero hasta ahora no se nos ha proporcionado respuesta alguna; y sí una serie de dudas que han partido de una sola y que, por los errores de los cuales la historia esta plagada, se han extendido en su propia infinitud. Nadie me ha dicho cual es la personalidad de ese misterioso fantasma que ahora me atormenta; ni siquiera me han podido explicar de donde viene y hacia donde va. Pero temo que no venga de lugar alguno, ni que exista senda determinada donde plante sus pies. Sólo sé que en una ocasión ose preguntar sobre él y me dijeron, por toda respuesta, que no era él sino ella y que tenía que cuidarme para que no se precipitase sobre mí; entonces comencé a sentir un irremediable temor que ha helado mis huesos, hasta convertirme en el ser aterido que ahora soy.


En las noches febriles de una infancia ya perdida clamaba, henchido mi corazón de miedo, que no me llevase, que se abstuviera de penetrar mi ser enternecido por la esperanza de esa vida que comenzaba a conocer, y que me mostraba su esencia dispuesta para ser tomada y apropiada por mí; de tal manera que en esas bellas mañanas de primavera gritara a los cuatro vientos las palabras más sinceras y más profundas que jamás haya dicho y que no podré repetir nunca más: “qué feliz soy”. Y lo era realmente; pues un niño no se engaña así mismo, aún no le es necesario hacerlo y no conoce las posturas que el hombre debe adoptar en determinado momento y dadas las múltiples circunstancias, nunca deseadas por el individuo pero generadas por los seres que lo rodean y a los cuales tiene que mostrarse sumiso y coherente, ser de cierta manera su imagen y semejanza, estar completamente domesticado, ya que de otra forma no es posible la sobrevivencia. Pero me es imposible recordar de manera clara mi infancia, tal vez porque fui feliz, y la felicidad se olvida porque se vive en la indiferencia y no se necesita pensar mucho en ella porque se está dentro, porque se está en su seno, tan similar al de una madre. ¿ Y acaso nadie ha podido recordar su estancia en el seno materno? Sí, fui feliz, y eso es suficiente para poder aceptar algún día al fantasma que aún me atormenta, y que me hace pensar incontrolablemente hasta el punto de ya no saber discernir el sueño de la fantasía y la realidad; y no se trata de sueños, fantasías y realidades color de rosa. No, ese velo a caído y todo se torno sombrío. He aceptado las sombras; pero confieso que aún no quiero aceptar al fantasma porque, cuando eso suceda, será el fin; y aún no quiero que ella me lleve, quiero conocer antes su otra cara, ésa que esta aquí mismo, afuera y en mí, ésa en la que todos dicen estar pero que desconocen, porque no han podido comprenderla para después amarla. Yo reconozco que no la he amado; pero no es que yo lo haya querido así, yo siempre he querido hacerlo, ”yo siempre he querido amarte”, pero no he podido conseguirlo, aunque lo he intentado de las más diversas formas, con la esperanza y el dolor, con las lágrimas más dulces y más amargas, con tímidas sonrisas y ruidosas carcajadas cuyos ecos escucho en la noche al silbar el viento, en la lejanía. ”Si, te amare algún día, cuando el despojo vuelva, y mi sangre no sea, sino idea infinita”; pero quisiera amarte antes...


En lo único en que ellos tenían razón es que mi fantasma no era él, sino ella; pero nada más. Ahora sé que debo construirla como se construye un amante; hacerla y rehacerla cada día para que al fin pueda afirmar en el ultimo momento que ha sido mía de manera completa. De cualquier forma será siempre lo que más merezca.



He visto el jubilo absurdamente provocado; todos se desbordaron en tropel para sentirse más unidos, para creer que pertenecían a la misma causa. He visto el choque de su entusiasmo con la más lívida imagen y la más fúnebre nota; pues acaso ¿ no hay nadie que valide sus entusiasmos? Una gran imagen, reflejo de lo que hoy se vive, y causa del llanto de muerte más amargo, ha sido enarbolado para que todos se prosternen a admirarla, bajo múltiples e inaccesibles nombres que solo ellos conocen. Los ojos febriles suplicaban clemencia subrepticiamente, entre los jirones de su máscara, en un momento desgarrado por la esperanza. Y lo que aumento mi dolor fue el ver que los niños eran los únicos que realmente sentían un cariño sincero ante este desborde de alegría procurada... En fin ellos no conocen las “razones” que provocaron este acto de entusiasmo y, aunque algunos murieron en la celebración, las cosas siguieron su justa marcha hacia el fuerte inexpugnable del desconocido desdén.


Pero hubo un ritual que no puedo negar y que no se osara reconocer porque vivimos en pleno jubileo de un siglo nuevo; aunque todo sea siempre lo mismo pero con un cambio de personajes que nos desconcierta a primera vista y nos persuade de la diferencia. El acto ritual se dio, y estaban todos reunidos en los lugares que mejor les acomodaban o, mejor dicho, en los lugares designados por los inquisidores y demás reyes del mundo. Y todo fue tan grotescamente bello, tan horriblemente sublime, que creí que volvería el Mesías otra vez a la tierra. Por un momento me habían convencido de que era un día para celebrar, y me sentí triste por mi incapacidad para imitar toda esa alegría... era para mi un día como cualquier otro, es decir un día inexplicable que se me escurría de las manos como el agua. Pensé que sucedería un milagro o que por lo menos llovería; pero al final contemple lo mismo, sólo fue un momento de confusión el cual encerraba en sí mismo una angustia, una plegaria... Casi creí escuchar el latido de sus corazones y la voz de sus olvidados llantos, pues estos se despiertan en plena confusión, rozando la histeria que se planta como una ablución en algunos casos, como el fin en otros... Y yo en plena algazara observe a todo y a todos atentamente para tratar de comprenderlos... una parte de mi estaba con ellos y otra se había disparado al espacio de lo ajeno.


Siempre me he resistido a que determinen mis días de tristeza y alegría; de pasión y rencor; de gloria y frustración. Sin embargo es ya muy difícil no caer en sus juegos, y en ocasiones uno ve vencerse su voluntad ante la comodidad. Existe una lucha constante entre el pensamiento y la conducta; pues ésta se vence más fácilmente que aquél, cuando hace su aparición el verdugo externo; llámese: rencor social, comodidad, pragmatismo, adaptación etc etc. ¿Cómo no esperar que nuestras opiniones y decisiones estén en arreglo a la manera más sencilla del actuar? ¿Cómo podría criticarse esta predisposición tan natural? He ahí porque no quise hablar, porque me limite a contemplar su acto de ritual...”No es posible convencer a nadie”, no se puede y aun si se pudiera ¿a qué hacerlo?; ya tendrán tiempo de ver las cosas como nosotros, bajo nuestra óptica, o de reprobarnos y llamarnos definitivamente mitómanos o inadaptados; me da igual, que escojan el termino que más les acomode, que incluso me llamen nihilista; pues bien a las claras he visto que todo nihilista busca el sentido, siente el prurito de la creencia total y es ahí donde quisiera convencer a mi conciencia que ahora se desborda en el silencio.


Ellos son nihilistas sin saberlo y yo su hijo prodigo, no obstante buscar lo mismo...




No podría negar que algo pugna en mi por salir, que algo crece en mi latente y que se mantiene de alguna manera errante, contemplando las cosas desde lejos, desde fuera, ajeno y, sin embargo, más profundo a toda consideración humana ya formulada. Pero es difícil su crecimiento, es doloroso el sentir como se aleja incluso de lo que más me acomodaba, de lo que creí que en realidad era, y ahora veo que he temido dejarme llevar, entregarme a su fuerza que me abruma y que es tan feroz como la fantasía más tormentosa que haya tenido loco alguno. Y no quería entregarme a ese Dios vivo, no quería ser despedazado prematuramente, ni ver rodar mi cabeza entre el polvo de lo que es más fácil comprender; de lo dado y asignado. Temo que esa luz no sea vista por una ceguera voluntaria, por la sensación indefinida que miente para mantenerse viva, para poder decir que “todo está bien y todo está alineado”. Y sigue ahí dentro, apartado de mi pasión y de mi vulgar sentido del actuar, desdeñando y alimentando poco a poco mis fantasías más dulces, ácidas y negras; de tal manera que en ocasiones me hace caer en un letargo que me parece eterno y sublime, mirada vacía con fondo blanco. Siempre está presente, en todo lugar, en todo momento, al lado de nuestras sombras, pero nunca se confunde con ellas, se mantiene siempre en estado puro, sin perder nada suyo, sin dignarse entretener sus pasos por cualquier nimio obstáculo, caminando solemnemente sin perturbarse. Y lo escuchamos en esas noches de tortura mental, de frenesí báquico, de soledad estrellada junto al caminar del noctámbulo que desea con todas sus fuerzas, de una sola vez y en un solo instante, que todos los dormidos permanezcan soñando, que perezcan por fin para dejarle caminar siempre sólo... o en esos instantes de locura en que creemos saberlo todo, en que experimentamos la sensación de haber usurpado el secreto a los astros; o cuando sentimos como el cuerpo es anegado por esa dulce y amarga culpa, resultado del delirio colectivo, que nos a trocado en monstruos y en jueces Y lo escucho en el silencio, cuando en mi mente se agolpa la confusión atávica, que constituye mi única heredad. Lo siente y escucha el criminal una vez que a consumado su causa, en pleno anonadamiento, cuando caído llora o cuando se levanta y alcanza la cumbre de su pasión; cuando en sus manos, como un Dios, esta dispuesto el destino de los seres; cuando ha alcanzado la joya terrena más preciada por la cual el océano puede ser vaciado, por la cual se puede verter y beber la sangre de innumerables seres-escollo colocados ahí por la más inextricable de las circunstancias. Ese hombre-dios se conoce alguna vez, se siente y se presiente plagado de angustia; pero su soberbia lo engaña y maldice su suerte tan solo por un instante para dar la cara, para despreciar como solo él sabe hacerlo; pero tocado una vez no podrá deshacerse de sí mismo nunca más...


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