Excerpt for ¡Golosa! - Primera Parte de una Novela Explícitamente Erótica by , available in its entirety at Smashwords

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Derechos de Autor

© Dulce Veneno, 2018

© De esta edición: Adoro Leer, 2018

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Este libro es un trabajo de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o han sido usados de manera ficticia y no deben ser interpretados como eventos reales. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, eventos actuales, locales u organizaciones es coincidencia.

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, copiada o distribuida de ninguna manera sin permiso expreso del autor, salvo en casos de extractos breves citados en artículos de crítica o reseñas.

Este libro está destinado a personas mayores de 18 años, ya que contiene escenas sexualmente explícitas. Todos los personajes en este obra son mayores de 18 años y los actos aquí descritos son consensuales.

Todos los eventos que tienen lugar en este relato son ficticios, por lo que embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual no ocurren, a menos que formen parte de la historia. En la vida real, tener sexo sin protección puede tener graves consecuencias permanentes; por favor, recuerden esto y siempre usen protección adecuada y hagan pruebas necesarias para asegurar que su pareja o ustedes mismos no sufran los estragos que pueden surgir de una enfermedad venérea o un embarazo no planificado.

¡Gracias por leer!

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Acerca de la Autora

Hola Adoro Lectores

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Para C.G.

Gracias por tus críticas. Me hiciste ver la esencia que debía mantener esta historia y recordarme lo que los lectores querían leer en Golosa

CAPÍTULO 1



–Necesito pedirte algo prestado, pero juro devolvértelo –dijo Lucía apoyada contra la pared con mirada coqueta. Héctor alzó la ceja intrigado– Claro, Lucía. Lo que necesites.

–Un beso.

Héctor la miró sorprendido y sintió las pequeñas palmas de sus manos apoyarse sobre su pecho mientras se paraba de puntillas para alcanzar sus labios con los suyos. El momento que sus bocas se fusionaron sintió un bombardeo de fuegos artificiales multicolores estallar en su interior. Sus labios se sentían tan suaves, carnosos, y cuando fue ella la primera en penetrar su boca con la lengua despertó la bestia salvaje que había mantenido a raya desde que habían empezado a prestar labor social.

Héctor nunca había sido un tipo pasivo, por lo que apretó su cuerpo firme y masculino contra el de ella, aplastando sus suaves tetas contra su pecho a la vez que la encarcelaba entre él y la pared del pasillo desierto de la estación de metro donde habían pasado varias horas conversando en casi absoluta soledad. Apenas eran las once de la mañana, pero por ser el día del padre, la mayoría de las personas estaban en casa con sus familias; motivo por el cual no había transeúntes que vieran sus pancartas de la campaña de concientización de refugiados para su proyecto de labor social en la universidad.

En vez de permanecer sentados bajo la Plaza de las Tres Gracias, al fondo de las escaleras donde estaba la estación del metro con el mismo nombre, Lucía decidió que era el momento ideal para terminar de seducir a Héctor.

Éste era el tercer fin de semana en donde pasaban ocho horas al día juntos, con sus respectivas pancartas y conversando con las personas que se detenían a preguntar o comentar algo. En todo ese tiempo se habían topado con personajes interesantes, una señora les contó su propia historia de cuando tuvo que huir de su casa con sus hijos, conquistando ese terrible reto, y tras varios años de penurias y esfuerzos logró construir una nueva vida y brindarle estabilidad a su familia. Apenas el día de ayer, Lucía quedó finalmente cautivada por Héctor cuando un hombre de piel oscura como el cacao, calvo y con pequeños anteojos, se les acercó y en un español bastante fracturado preguntó cómo podría llegar a la Embajada de Estados Unidos. La expresión de alivio que dibujó el rostro del hombre mayor cuando Héctor le habló en su idioma marcado por su acento latino era pura poesía. Resultó ser un profesor de Historia de la Universidad de Nueva York que estaba viajando por Latinoamérica y se topó con la mala suerte de que le robaran el morral con todo su dinero y el pasaporte. Lucía tenía un conocimiento básico del inglés, pero Héctor se comunicó fluidamente con el profesor, y después de conversar varios minutos, se excusó un momento para acompañarlo arriba hasta la plaza, donde le entregó todo el dinero que tenía en su billetera y lo montó en un taxi, indicándole al conductor que lo llevara hasta la Embajada.

Ese instante, en el que Héctor reveló su capacidad de compasión y empatía por un perfecto desconocido fue lo que selló definitivamente la creciente atracción que Lucía sentía por él. No era solo que era intensamente atractivo con rizos que acariciaban la base de su cuello y la tentaban a entornillar los dedos en aquel cabello castaño oscuro, una quijada fuerte y cuadrada con una corta barba que incrementaba su ineludible masculinidad, o la línea esculpida de su porte musculoso con una espalda ancha, y lo sexy que se veía cuando usaba una camisa de botones arremangada hasta los codos. Además de ser guapísimo, era muy gracioso, siempre haciendo bromas que la hacían reír. Lucía no quiso resistirse más, y mientras que habían coqueteado desde el primer fin de semana que pasaron juntos en las Tres Gracias, hoy quiso aprovechar la soledad de la estación y darle a entender que quería más que su amistad. Sin embargo, mientras se había embelesado con todas estas cualidades, no tenía idea de lo intensamente feroz que podía ser hasta el momento que la aprisionó contra la pared, devolviendo el beso suave y sensual que ella había iniciado, con uno salvaje y hambriento que inmediatamente suscitó una deliciosa reacción entre sus piernas.

Lucía había tenido novios en el pasado, incluso uno que otro encuentro casual; pero estaba acostumbrada a ser la que mandaba. Quienes la conocían, sabían que más allá de su menuda estatura, su figura curvilínea y femenina, sumado a su cabello rubio y ojos verdes, ella no era una chica sumisa, era una mujer confiada, segura en sus decisiones y algo dominante; pero frente a Héctor, parecía que finalmente encontró a alguien que también tenía un fuerte sentido de voluntad.

Al sentir sus manos deslizar por su cintura, rozar sus caderas y manosear sus redondas nalgas bajo su falda, percibió la primera ráfaga de humedad inundar su tanga. Llevaba puesta unas medias panty fucsia bajo la falda negra, y sintió como la malla elástica de la tela era la única barrera que impedía que Héctor presionara aquel punto intermedio entre su sexo y entre sus nalgas.

Se respiraban, se chupaban, se derretían en sus besos; con sus labios fusionados, Héctor subió las manos y alzó la camiseta negra de Lucía por encima de su generoso busto, las suaves colinas sujetadas por un brassier del mismo color que las medias panty. El suave gemido necesitado de Lucía fue todo el permiso que necesitaba para halar las copas hacia abajo, contempló sus tetas embelesado por unos momentos, rozando sus pezones con los dedos, dejando aquellos picos erguidos bajo sus caricias para luego envolver uno de los capullos erguidos con sus labios y chupar. Lucía exhaló excitada, el calor de aquel encuentro espontáneo despertando su más intenso deseo al descubrir que Héctor era lo opuesto a tímido. Era como un hombre primitivo que le estaban rindiendo pleitesía a su cuerpo, adorándola, saboreándola, disfrutándola. Pero ella también tenía hambre de él, así que halló la manera de acercar sus manos a su torso y desbotonó su camisa botón por botón, regodeándose en el aspecto viril de su pecho tallado y abdomen liso salpicado por una pequeña cantidad de vello.

Héctor alzó el rostro de sus senos, sus aureolas sonrosadas por la fricción de su barba contra la piel sensible. Sus miradas estaban cargadas de anhelo, y Lucía aprovechó este instante en el que él había subido para respirar, para cubrir su pecho de suaves besos hasta alcanzar el círculo de su tetilla, mordiendo suavemente para luego chupar y lamerlo. Un gruñido complacido reverberó dentro de él ante la deliciosa estimulación que le consagraba esta rubia atrevida. Después de brindarle la misma atención al otro lado, su apetito se había duplicado, halló su boca con la suya nuevamente, besándola como un hombre muerto de hambre que se encontraba ante un banquete de los dioses. Una mano apretaba y pellizcaba su seno mientras que la otra volvió bajo su falda. Encontró la liga elástica de las medias y traspasó aquella barrera, llegando hasta la tela de su tanga, la cual también obvió para hallar su coño rasurado. Cuando su dedo deslizó por su raja, la descubrió completamente mojada en sus jugos; su verga erecta se prensó a modo de reacción. Penetró su humedad con un dedo, deslizándolo de adentro hacia fuera en aquella intimidad.

Lucía alzó una pierna, rodeando sus caderas, con ese acto acercándolo más a ella y facilitando el acceso de su mano pecaminosa. Con el dedo lubricado en su crema, subió hasta la perla escondida en el ápice de su raja y presionó, frotando su clítoris impregnado con la evidencia de su excitación. Lucía gemía en su boca, rendida ante el placer erótico que le estaba proporcionando. No tardó mucho en tragarse los gemidos contenidos que escapaban de su garganta mientras sus caderas convulsionaban por el orgasmo que le había provocado. Cuando estaba seguro que había acabado, le susurró al oído– ¿Tienes algún apego especial a estas medias? –Lucía simplemente negó con la cabeza. Entonces sintió como con las dos manos abrió un hueco en las medias panty, el sonido de la tela rasgándose dándole un impulso a la intensa emoción que los embargaba, tanto por su encuentro como por el lugar donde estaban. Prácticamente había rasgado las medias en dos–. Quiero metértelo hasta el fondo, quiero cogerte aquí contra la pared, que mi nombre sea lo único que caiga de tus labios mientras te corres sobre mi verga.

–Sí, sí Héctor. Métemelo todo.

Lucía desenganchó su pierna momentáneamente y contempló como se desabrochó el pantalón. Su miembro se veía imposiblemente grande y duro, la piel de su tronco replegada para dejar ver la corona bulbosa. Cubrió su longitud con un preservativo antes de levantarla en sus brazos. Lucía rodeó su cintura con las piernas y su cuello con los brazos, un pálpito de anticipación recorriendo su cuerpo al verse cargada con tanta facilidad por él. Héctor halló su tanga a través del hueco que había rasgado en sus medias y la deslizó hacia un lado, revelando su húmeda hendidura para posicionar su sexo pulsante en su entrada. Sin delicadeza ni preámbulo penetró su abertura resbaladiza y se hundió en el cálido abrazo de su canal. Ambos se miraban a los ojos, su respiración acelerada, sus corazones latiendo el uno contra el otro bajo sus pechos. Héctor presionó la espalda de Lucía contra la pared y comenzó a entrar y salir de ella lentamente, estirándola, cogiéndola, moldeando su estrecha entrada a acoplarse a su envergadura.

Sus bocas se encontraron nuevamente y sus lenguas se enredaban en un sinuoso baile mientras hacían el amor por primera vez en un pasillo recóndito de la estación deshabitada. Sujetaba las nalgas de Lucía en las palmas de sus manos, apretando la deliciosa carne mientras la embestía una y otra vez, perdido en el abrazo de su cuerpo.

En cualquier momento iba a acabar, le resultaba demasiado provocadora, una tentación irresistible estar enterrado entre sus húmedos pliegos, pero resistió la implacable invitación de acabar hasta que sintió su canal contraerse alrededor de él. Lucía hacía todo lo posible por contener sus gemidos, pero la sensación de absoluta llenura en su sexo, la fricción de su pelvis en su clítoris, el estar ingrávida en sus brazos con la espalda contra la pared, la empujaron por el borde hacia un clímax magnánimo, sus caderas ondulando contra él mientras el orgasmo la invadía como un incendio descontrolado. Ella sintió su verga pulsando en su interior, el abrazo de su clímax lo arrastró con ella, los dos devoraban sus vocalizaciones de placer mientras Héctor derramaba le leche caliente que estalló desde su núcleo.

Permanecieron fusionados unos minutos después de acabar, hasta que Héctor se retiró de su coño y con gentileza la ayudó a reincorporarse sobre piernas temblorosas. Lucía se sintió dulcemente conmovida cuando él mismo reajustó su ropa interior y le bajó la falda, ella devolvió sus senos a las copas del brassier y se bajó la camiseta. Él entonces le dio la espalda para quitarse el preservativo, cerrarlo con un nudo y guardarlo en uno de los bolsillos de su blue jean tras reacomodar su ropa.

Cuando se volteó a mirarla otra vez, Héctor dijo con mirada brillante y una sonrisa en la cara– Por favor pídeme un beso prestado todos los días de hoy en adelante.

Lucía se mordió el labio y le devolvió la sonrisa, asintió con la cabeza antes de rodear su cuello, y entornillando los dedos en sus rizos lo besó nuevamente en los labios.

Caminaron agarrados de manos a su puesto con las pancartas en la base de las escaleras y vieron un guardia caminando en su dirección. Héctor apretó su mano con la suya, los dos compartiendo una mirada traviesa de complicidad.

Al terminar su jornada, Héctor la llevó hasta su casa en su auto, una costumbre que habían desarrollado desde su primer día haciendo labor social. Se despidieron con un beso y aseguraron que se verían al día siguiente en la universidad.

En el recorrido hacia el apartamento que compartía con su mejor amigo Rafael, Héctor no cabía en sí. Cuando revisó su espejo retrovisor por los autos detrás de él, negó con la cabeza ante la inmensa sonrisa que no lograba borrar de su rostro. No podía creer que esa chica, con su cara de ángel y niña buena, lo haya seducido de esa manera; y lo que era más, no podía creer que tenía un espíritu tan atrevido.

Una parte de Héctor había renunciado a la posibilidad de encontrar a una mujer que fuese capaz de llevarle el ritmo de su apetito sexual. Él era bajo todos los otros parámetros un muchacho normal. Se había criado en una familia normal, sus padres tenían un matrimonio feliz, le brindaban su apoyo pagando sus estudios mientras que él tenía un empleo medio tiempo en un estudio de fotografía que le ayudaba a costearse un pequeño apartamento alquilado con su mejor amigo. El transcurso de su vida era perfectamente común, pero por alguna razón que desconocía, desde que era adolescente, siempre tuvo una especie de obsesión hacia lo erótico y todo lo sexual. Tenía deseos oscuros y secretos que ni él mismo sabía hasta donde llegaban, pero siempre sintió el anhelo de explorarlos, descubrirlos con alguien. Nunca había tenido la suerte de encontrar a una mujer que compartiera esa osadía o interés, por lo que sus relaciones no duraban mucho y lo dejaban frustrado, sintiéndose como un anormal. Pero hoy, en la estación, Lucía lo había sorprendido.

Mientras Lucía consumía sus pensamientos, ella yacía acostada en su cama mirando el techo, recordando cada minuto del día, tatuando en su memoria cada aliento, cada caricia, cada beso compartido con Héctor. Una pequeña voz en su interior le susurraba que se había comportado como una puta, pero otra parte le reclamó a esa voz pudorosa que nunca antes había disfrutado tanto con alguien. Y no quería creer que Héctor era del tipo de hombre que se acostaba con una chica y luego la dejaba. En el tiempo que había pasado con él en sus horas de labor social, siempre se había portado como un caballero. Pero la pasión salvaje con la que la había cogido hace unas horas era un lado de él que no sabía que existía, y no deseaba nada más que conocerlo mejor.

Desde su última ruptura hace más de un año, no había vuelto a tener una relación seria. Ella y su ex novio habían estado juntos poco más de año y medio cuando se cansó de él y terminó con la relación, tristemente dejándolo en lágrimas y diciéndole que haría lo que fuera con tal de que se quedara con él. Ella se mantuvo firme, en su corazón sabía que Marcos no era el hombre de su vida, era una excelente persona, simplemente no era para ella. Al ver que no retrocedía en su decisión, sus últimas palabras hacia Lucía fueron “Nadie te amará tanto como yo”. Esas palabras la hirieron, se sentía mal por romperle el corazón, pero ¿era justo que se quedara a su lado a costa de su propio felicidad? No. Si una relación no tenía futuro, era mejor matar ese tigre por los ojos, mejor antes que tarde y poder seguir en la búsqueda de alguien que era tu verdadero complemento, alguien que te dejaba ser sin críticas, que te inspiraba a ser la mejor versión de ti misma, alguien que enfrentaría el mundo a tu lado en vez de batallar contigo. En más de una ocasión Lucía se preguntaba si había algo mal en ella, si era una persona defectuosa. Seguramente había algo mal en ella, porque cualquier otra muchacha no terminaría con cada uno de sus novios por sentirse emocionalmente insatisfecha. Todos los novios que había tenido habían sido muchachos inteligentes, respetuosos, unos mejor parecidos y otros no tanto, pero al final eran buenos hombres. No eran infieles, no la insultaban, no le faltaban el respeto, pero aún así, no duraba más de dos años con uno, y siempre los dejaba porque no se sentía plenamente feliz, incluso se quedaba con ellos hasta que era tan infeliz que romper era un alivio tan grande como respirar una bocanada de aire después de estar más tiempo de lo debido bajo el agua. Quizás la felicidad romántica que tanto leía en sus novelas de amor y veía en las películas no existía. Quizás debía conformarse que ese sentimiento nunca lo tendría, de estar con alguien con quien anticipar el paso de los años juntos. Pero una pequeña parte de ella se rebelaba ante la idea, no podía aceptarlo. Y hoy, la combustión incendiaria que sintió apenas besó a Héctor, le hizo pensar que quizás era posible. En ese momento, Lucía nunca imaginó los límites que ella y Héctor sobrepasarían juntos, incursionando en terrenos emocionales y físicos que nunca antes habían explorado, descubriendo una complicidad nunca antes vivida en encuentros tan tabú que romperían la relación de cualquier otra pareja, pero que en ellos, solo fortalecía el lazo que inconscientemente habían creado con su primer encuentro.

CAPÍTULO 2



6 meses después…

Lucía estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada de la cama de sus padres, tenía las piernas abiertas y se frotaba el clítoris mientras Héctor estaba parado sobre ella, enterrándole su verga hinchada hasta el fondo de su garganta. La tenía sujetada por el cabello mientras embestía su boca una y otra vez, sus labios carnosos estaban estirados alrededor de su grosor, aquellos ojos verdes lo miraban mientras arremetía contra su linda cara; se había ganado la lotería con su chica, tenía el rostro de un ángel y follaba como una diabla. Lo complacía en todo, le dejaba hacer realidad cualquier acto que salía de su perversa imaginación, y este fin de semana que sus padres estaban fuera de la ciudad y la habían dejado sola en casa, iba a aprovecharlo al máximo.

Ella le había abierto la puerta vestida con una pequeña falda de colegiala, una blusa blanca con suficientes botones desabrochados que dejaban ver un brassier de encaje negro; se puso duro apenas la vio, y más aún cuando le dijo que quería hacerlo en la cama de sus padres.

Héctor no despegaba la mirada de la corta falda que apenas cubría la curva de sus redondas nalgas. Su verga se prensó aún más contra la tela del pantalón cuando Lucía se le adelantó varios pasos y subió las escaleras hacia la segunda planta, ella sabía lo que hacía y quería que él viera que no llevaba ropa interior bajo la minifalda. Con la intención de provocarlo aún más, inclinó el cuerpo hacia delante, manteniendo las piernas juntas apoyó las manos sobre unos peldaños más arriba y le dejó ver su coñito rasurado y jugoso asomarse entre sus muslos. Separó las piernas y la firmeza de su erección era casi dolorosa al ver los labios de su raja separarse levemente, invitándolo a perderse entre aquellos pliegos húmedos.

Extendió la mano y deslizó el dedo por su raja, quedó recubierto en la deliciosa crema blanca de su novia. Antes de que pudiera manosearla un poco más, ella se puso de pie otra vez, apenas cubierta por la diminuta falda, y continuó su ascenso por las escaleras. Por encima de su hombro le dijo– Ya te lo dije, primero quiero que me cojas en la cama de mis padres.

Las comisuras de Héctor se alzaron en un pequeña sonrisa y no perdió tiempo en seguirla. Ya en la elegante habitación con una gran cama sobre el piso de parqué, Lucía se sentó al borde del colchón y abrió las piernas, nuevamente revelando su sexo desnudo. Héctor se arrodilló ante ella y enganchó las manos detrás de sus rodillas, obligándola a recostarse sobre las sábanas, sin preámbulo ni delicadeza recorrió su abertura con la lengua, degustando el sabor cítrico de su esencia. Le chupó los labios, le lamió el clítoris, le metió la lengua lo más que podía en su coño. La tenía riquísima, y siempre se la devoraba como un animal salvaje. Ella movía las caderas excitada, cuando apretó la cabeza que la consumía para estrujarla contra su sexo, envolvió la perla dura de su clítoris entre sus labios y se lo chupó, arrancándole un grito de placer. Cuando repentinamente dejó de chuparla, ella gimoteo por la interrupción y la ausencia de sus lamidas en su coño.

Héctor se puso de pie, se quitó la ropa y le dijo– Siéntate aquí en el suelo, te voy a coger la boca aquí en el cuarto de mami y papi.

Con una sonrisa traviesa le hizo caso. El piso de parqué se sentía liso contra sus nalgas y una corriente de placer estremeció su cuerpo cuando vio como aquella verga, firme y gruesa se acercó y penetró su boca. Su asta tocaba el fondo de su garganta, su miembro estaba mojado y recubierto con saliva, cada vez que entraba y salía ella revoloteaba la lengua a su alrededor, y presionaba la punta contra el frenillo de su glande hinchado.

–Quiero que te toques mientras me lo chupas, Lucía.

Ella abrió las piernas y empezó a frotar su clítoris con dos dedos. Héctor la sujetaba firmemente por el cabello y la embestía brutalmente. Su saco hacía un ruido seco mientras golpeaba su mentón con cada estocada y sus ojos comenzaron a lagrimear por la implacable llenura en su boca, estaba consumida de deseo, el encuentro obsceno avivaba el fuego de su excitación; ella refregaba su humedad, frotando su clítoris con desenfreno mientras estaba a punto de ahogarse con la carne caliente que entraba y salía de su boca.

Su clítoris resbalaba bajo la fricción de sus dedos, estaba alcanzando la orilla de su orgasmo, aplicó más presión a aquella perlita hipersensible y él se estremeció cuando sintió las vibraciones de sus gritos de placer que envolvían su miembro, gemía una y otra vez con la boca rebosante de su verga, sus caderas se sacudían estremecida de éxtasis. Instantes después desenvainó su sexo, y tras respirar una gran bocanada de aire, abrió la boca y tragó parte de los chorros de leche caliente que eyaculaba en su rostro.

Le encantaba verla así, sus padres ni imaginaban lo que le estaba haciendo a su preciada hija, tomándola por el pelo y luego bañando ese hermoso rostro con su semen. Guiando su miembro con la mano, esparció la evidencia de su placer con su verga aún dura, ella se restregaba contra su sexo como una gata, lo lamía y chupaba, bebiendo todo lo que podía de su esencia, provocando espasmos eléctricos por la estela de sensibilidad que dejó su orgasmo.

–¿Acabaste rico, mi amor?, –pregunta ella con tono pícaro.

–Riquísimo, princesa. Me lo mamas divino.

Ella se levanta del suelo y camina de largo hacia el baño, después de refrescarse y lavarse la cara regresa a la habitación y lo encuentra acostado sobre la cama. Él alza la cabeza para verla acercarse, ella desabotona su blusa lentamente, revelando el brassier negro que sostiene sus redondas tetas, la copa apenas puede contener esas dos colinas, grandes y suaves; el borde de su aureola se asoma detrás del encaje y su pezón está a punto de escapar. Ella junta los brazos, y estrujando sus senos le dice con un puchero artificial– Ni un besito les has dado desde que llegaste, ¿acaso ya no te gustan?

–¿Por qué no te montas aquí un ratico y te muestro cuánto me encantan? –responde él.

Se monta sobre la cama y se acerca de manos y rodillas a su cuerpo recostado, con movimientos felinos se posiciona sobre él, apoyando su raja sobre su pelvis, la base de su erección acunado entre sus nalgas.

Ella se quita la blusa, luego baja las tiras del brassier por sus hombros, desengancha el gafete y sus tetas quedan expuestas. Inclina su torso sobre él, acercando el pezón erguido a su rostro pero manteniendo suficiente distancia como para que no pueda probarla. Impaciente con sus provocaciones, rodea su pequeña cintura con los brazos y la atrae hacia él, hasta que tiene la cara enterrada en la gloriosa suavidad de sus tetas. Le cubre el pecho de besos, se lleva una a la boca y luego la otra; por la posición las tiene colgando como un par de generosas frutas maduras, su apetito por chupar, morder y lamerlas es insaciable. Recorre la curva de piel sensible con su lengua, se chupa el pico erecto de sus pezones, la muerde lo suficientemente duro que se le escapan pequeños gritos de placer. Su verga está completamente dura otra vez, mueve las caderas hacia arriba y hacia abajo, frotándose con la grieta entre sus nalgas. Sin pedir permiso la levanta lo suficiente como para enterrar su asta en aquella húmeda hendidura. La compresión caliente de su sexo envolviéndolo lo deja rendido ante el placer de penetrar el fondo de ese estrecho canal.

Un gemido brota de sus labios ante la invasión a su cuerpo, la sensación de llenura seduce todos sus apetitos carnales, ella contonea las caderas mientras acerca sus tetas a su cara para que retome las atenciones que le estaba brindando. Cuando le chupa el pezón, siente la corriente de placer viajar directamente hasta su clítoris, ambas protuberancias están conectadas por los estímulos que le propicia. Se devora sus tetas a la vez que la agarra por las nalgas, afincando el movimiento de sus caderas mientras la folla. Ella está sobre-estimulada y no puede contener la ola de placer que rompe contra su cuerpo. Gime con desespero, frotando su clítoris contra la piel de su pelvis, aprieta su cara contra su pecho, estrellando sus senos contra la boca que la devora con gula mientras otro orgasmo la consume. A medida que su canal se contrae alrededor de su sexo, la succión de sus músculos lo aprietan de una manera tan deliciosa que es imposible contener el chorro de leche caliente que brota de su sexo, inundándola con su crema espesa.

Después de aquel encuentro licencioso, yacen acostados recuperando el aliento. Héctor aprovecha la oportunidad y pregunta–¿Está bien si Rafael pasa un rato por acá? Traje la cónsola para jugar un poco. Si quieres, después tú y yo nos podemos bañar en el jacuzzi.

–Suena como un buen plan, –replica Lucía.

CAPÍTULO 3



Cuando suena el timbre, Lucía abre la puerta y recibe al mejor amigo de Héctor con una sonrisa amigable. Rafael es tan alto y corpulento que el umbral de la puerta se ve pequeño a su alrededor. Viste su típica chaqueta de cuero negro y lleva el casco de la moto bajo el brazo. Su piel tostada y cabello negro y corto le otorgan un apariencia intimidante, pero sus ojos café brillan al verla y le regala una sonrisa que con pocas personas curvan las comisuras de sus labios.

–Hola Rafa, pasa adelante –dice Lucía y se pone de puntillas para saludarlo con un beso en la mejilla.

El atuendo anterior de Lucía ha sido reemplazado por un vestido de playa semitransparente que deja ver el pequeño bikini que lleva puesto. Rafael no puede evitar mirarla rápidamente de arriba abajo, la noviecita de Héctor es todo un caramelo, y su corazón se salta un latido al pensar que no puede esperar hasta el momento que pueda probar un pedazo de su exquisito cuerpo.

–Gracias, –responde él atravesando el umbral– ¿Qué tal todo?

–Todo bien, ¿y tú?

–No me puedo quejar. Gracias por dejarnos jugar, es un partido que si lo ganamos va a incrementar nuestro puntaje– dijo con tono agradecido–. Héctor me contó que tus padres te dejaron sola en casa. No quiero importunarlos en lo que imagino debe ser un fin de semana romántico.

Ella sonríe y le dice– No te preocupes; así aprovecho y me termino el libro que estoy leyendo, la héroe es una mujer que es guardaespaldas de un empresario, y la verdad es que la historia me tiene súper enganchada. Además, Héctor dijo que después de que ustedes jugaran las partidas, se bañaría conmigo en el jacuzzi.

Él le devolvió la sonrisa y la siguió hasta la sala de estar donde había un gran televisor pantalla plana y Héctor ya había configurado la cónsola y los controles.

Lucía leía su libro en el celular mientras los dos muchachos jugaban sus importantes partidos de fútbol en línea. Después de una hora, ella se levantó y le dijo a Héctor que se metería en el jacuzzi. Salió de la sala contoneando las caderas, y ambos hombres apreciaron la vista del hilo del bikini que se perdía en la grieta de sus nalgas.

El sol estaba descendiendo en el horizonte cuando Lucía salió por las puertas corredizas hacia el patio de la lujosa casa donde vivía con sus padres. Constaba de un vasto jardín con un espacio para hacer parrillas, una piscina y un jacuzzi. Quitó el cobertor y encendió el interruptor que activaba los chorros de hidromasaje. Se quitó el vestido y lo dejó sobre una de las sillas cercanas. Se sumergió lentamente en el agua caliente de aquella gran bañera circular. Con el cabello recogido en un moño sobre la corona de su cabeza, se sentó en el borde interior que había bajo el agua, se reclinó a fin de que el agua le llegara hasta el cuello y dejó que los chorros de agua a presión masajearan su espalda. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó la voz de Héctor– ¿Quieres compañía, princesa?

Abrió los párpados y su corazón dio un brinco al verlo de pie en el borde del jacuzzi, completamente desnudo. Ella le sonrió y respondió– Claro que sí.

Cuando se acercó adonde ella estaba, enganchó los dedos en las tiras del bikini que abrazaban sus caderas y deslizó la prenda por sus piernas. Acto seguido, desanudó la parte superior y en pocos momentos ella también estaba desnuda en el agua caliente. Los chorros de hidromasaje causaban que la superficie estuviese batida, las burbujas calientes acariciaban su piel y sus senos descubiertos oscilaban en el agua. Héctor la besó profundamente, sus lenguas enredadas en las cavernas húmedas de sus bocas mientras él ocupaba el puesto donde ella estaba sentada minutos atrás.

A Lucía le faltaba el aire, el vapor de la bañera la tenía en un estado soporífico, sus bocas fusionadas, chupaba su lengua y sus labios. Halló su mano y la guió hasta su miembro erecto, sobándolo bajo el agua mientras ella suspiraba contra sus labios. Ella rodeó firmemente su grosor con los dedos, deslizando a lo largo de su sexo; estaba de rodillas sobre su regazo, la superficie de baldosas se sentía áspera contra la piel de sus rodillas, y los labios de su abertura se abrían como los pétalos de una flor bajo el agua. Él llevó las manos a sus suaves colinas y pellizcó sus pezones, apretándolos entre el índice y el pulgar. Lucía suspiró excitada, consciente de su clítoris palpitante y ansioso.

Estaba envuelta en el manto caliente y burbujeante del jacuzzi, cuando cerraba los párpados se sentía ingrávida y suspendida en ese entorno líquido y caluroso, él era su ancla, estrujaba sus tetas con ambas manos y ella apretó las piernas alrededor de sus muslos mientras sobaba su verga bajo el agua. Sus caderas se contoneaban involuntariamente, quería sentir su miembro hinchado enterrado en el fondo de su sexo, quería que la llenara por completo. Entonces, él la agarró por las nalgas y se posicionó en su entrada, la embestida repentina de su sexo arrancó un gemido sorprendido de su boca por el súbito placer de sentirse penetrada por su asta.

Estaba enterrado hasta el fondo, ella quería moverse duro y rápido, pero la tenía firmemente sujetada, sus dedos afincados en la suave carne de sus nalgas. Su canal lo abrazaba, y la sensación de llenura la tenía prácticamente temblando de placer, su clítoris palpitaba con anhelo de ser frotado y liberar el torrente de sensación que se acumulaba en esa pequeña perla.

Sin moverse, empezó a contraer los músculos de su pelvis, su verga se movía dentro de ella, provocando pequeños espasmos de placer; pero no eran suficientes, ella quería más. Estaba jadeando contra su boca, atrapados en un beso que avivaba la llama de deseo que la quemaba por dentro, ella lo agarraba por los hombros, toda su concentración estaba enfocada en aquel núcleo de placer que pulsaba entre sus piernas. Estaba tan ofuscada por las sensaciones que Héctor provocaba en su cuerpo que no notó la presencia de otra persona en el jacuzzi hasta que unas manos grandes y rugosas agarraron sus tetas desde atrás. Alguien de cuerpo firme y piel lisa se estrujó contra su espalda, y la presencia innegable de una verga larga y dura se recostó entre sus nalgas.

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de Penélope Glamour

Orgasmo a las 3 am - Libro 1

Te Deseo - Edición Especial: Libros 1 y 2

Acerca de la Autora

Dulce Veneno es mi alter ego. Soy una mujer que divide su tiempo entre mi país caribeño y las costas mediterráneas de España. Amante del arte, la sensualidad, la pasión y las emociones intensas.

Creo que el sexo es una parte fundamental de la vida que debe ser celebrado y disfrutado sin complejos ni tabúes, siempre y cuando sea consensual. La exploración sexual es una apasionada aventura de descubrimiento de ti mismo y la(s) persona(s) con quien(es) deseas emprender ese viaje.

Para aquellos que quieren saber de donde viene mi pseudónimo... el apodo de Dulce Veneno ocurrió cuando un ex-novio me dijo que él sabía que tarde o temprano lo dejaría y le rompería el corazón.

Si estás interesado en saber un poco más de mí, Adoro Leer recientemente publicó una entrevista conmigo.

Y si quieres contactarme, puedes escribir un correo a:

dulcevenenoerotica@gmail.com

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