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Excerpt for ¡Golosa! Una Novela Explícitamente Erótica by , available in its entirety at Smashwords

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Derechos de Autor

© Dulce Veneno, 2018

© De esta edición: Adoro Leer, 2018

Publicado por Adoro Leer en Smashwords

adoroleer.com

Este libro es un trabajo de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o han sido usados de manera ficticia y no deben ser interpretados como eventos reales. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, eventos actuales, locales u organizaciones es coincidencia.

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, copiada o distribuida de ninguna manera sin permiso expreso del autor, salvo en casos de extractos breves citados en artículos de crítica o reseñas.

Este libro está destinado a personas mayores de 18 años, ya que contiene escenas sexualmente explícitas. Todos los personajes en este obra son mayores de 18 años y los actos aquí descritos son consensuales.

Todos los eventos que tienen lugar en este relato son ficticios, por lo que embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual no ocurren, a menos que formen parte de la historia. En la vida real, tener sexo sin protección puede tener graves consecuencias permanentes; por favor, recuerden esto y siempre usen protección adecuada y hagan pruebas necesarias para asegurar que su pareja o ustedes mismos no sufran los estragos que pueden surgir de una enfermedad venérea o un embarazo no planificado.

¡Gracias por leer!

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Acerca de la Autora

Hola Adoro Lectores

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Para C.G.

Gracias por tus críticas. Me hiciste ver la esencia que debía mantener esta historia y recordarme lo que los lectores querían leer en Golosa

CAPÍTULO 1



Necesito pedirte algo prestado, pero juro devolvértelo –dijo Lucía apoyada contra la pared con mirada coqueta. Héctor alzó la ceja intrigado– Claro, Lucía. Lo que necesites.

–Un beso.

Héctor la miró sorprendido y sintió las pequeñas palmas de sus manos apoyarse sobre su pecho mientras se paraba de puntillas para alcanzar sus labios con los suyos. El momento que sus bocas se fusionaron sintió un bombardeo de fuegos artificiales multicolores estallar en su interior. Sus labios se sentían tan suaves, carnosos, y cuando fue ella la primera en penetrar su boca con la lengua despertó la bestia salvaje que había mantenido a raya desde que habían empezado a prestar labor social.

Héctor nunca había sido un tipo pasivo, por lo que apretó su cuerpo firme y masculino contra el de ella, aplastando sus suaves tetas contra su pecho a la vez que la encarcelaba entre él y la pared del pasillo desierto de la estación de metro donde habían pasado varias horas conversando en casi absoluta soledad. Apenas eran las once de la mañana, pero por ser el día del padre, la mayoría de las personas estaban en casa con sus familias; motivo por el cual no había transeúntes que vieran sus pancartas de la campaña de concientización de refugiados para su proyecto de labor social en la universidad.

En vez de permanecer sentados bajo la Plaza de las Tres Gracias, al fondo de las escaleras donde estaba la estación del metro con el mismo nombre, Lucía decidió que era el momento ideal para terminar de seducir a Héctor.

Éste era el tercer fin de semana en donde pasaban ocho horas al día juntos, con sus respectivas pancartas y conversando con las personas que se detenían a preguntar o comentar algo. En todo ese tiempo se habían topado con personajes interesantes, una señora les contó su propia historia de cuando tuvo que huir de su casa con sus hijos, conquistando ese terrible reto, y tras varios años de penurias y esfuerzos logró construir una nueva vida y brindarle estabilidad a su familia. Apenas el día de ayer, Lucía quedó finalmente cautivada por Héctor cuando un hombre de piel oscura como el cacao, calvo y con pequeños anteojos, se les acercó y en un español bastante fracturado preguntó cómo podría llegar a la Embajada de Estados Unidos. La expresión de alivio que dibujó el rostro del hombre mayor cuando Héctor le habló en su idioma marcado por su acento latino era pura poesía. Resultó ser un profesor de Historia de la Universidad de Nueva York que estaba viajando por Latinoamérica y se topó con la mala suerte de que le robaran el morral con todo su dinero y el pasaporte. Lucía tenía un conocimiento básico del inglés, pero Héctor se comunicó fluidamente con el profesor, y después de conversar varios minutos, se excusó un momento para acompañarlo arriba hasta la plaza, donde le entregó todo el dinero que tenía en su billetera y lo montó en un taxi, indicándole al conductor que lo llevara hasta la Embajada.

Ese instante, en el que Héctor reveló su capacidad de compasión y empatía por un perfecto desconocido fue lo que selló definitivamente la creciente atracción que Lucía sentía por él. No era solo que era intensamente atractivo con rizos que acariciaban la base de su cuello y la tentaban a entornillar los dedos en aquel cabello castaño oscuro, una quijada fuerte y cuadrada con una corta barba que incrementaba su ineludible masculinidad, o la línea esculpida de su porte musculoso con una espalda ancha, y lo sexy que se veía cuando usaba una camisa de botones arremangada hasta los codos. Además de ser guapísimo, era muy gracioso, siempre haciendo bromas que la hacían reír. Lucía no quiso resistirse más, y mientras que habían coqueteado desde el primer fin de semana que pasaron juntos en las Tres Gracias, hoy quiso aprovechar la soledad de la estación y darle a entender que quería más que su amistad. Sin embargo, mientras se había embelesado con todas estas cualidades, no tenía idea de lo intensamente feroz que podía ser hasta el momento que la aprisionó contra la pared, devolviendo el beso suave y sensual que ella había iniciado, con uno salvaje y hambriento que inmediatamente suscitó una deliciosa reacción entre sus piernas.

Lucía había tenido novios en el pasado, incluso uno que otro encuentro casual; pero estaba acostumbrada a ser la que mandaba. Quienes la conocían, sabían que más allá de su menuda estatura, su figura curvilínea y femenina, sumado a su cabello rubio y ojos verdes, ella no era una chica sumisa, era una mujer confiada, segura en sus decisiones y algo dominante; pero frente a Héctor, parecía que finalmente encontró a alguien que también tenía un fuerte sentido de voluntad.

Al sentir sus manos deslizar por su cintura, rozar sus caderas y manosear sus redondas nalgas bajo su falda, percibió la primera ráfaga de humedad inundar su tanga. Llevaba puesta unas medias panty fucsia bajo la falda negra, y sintió como la malla elástica de la tela era la única barrera que impedía que Héctor presionara aquel punto intermedio entre su sexo y entre sus nalgas.

Se respiraban, se chupaban, se derretían en sus besos; con sus labios fusionados, Héctor subió las manos y alzó la camiseta negra de Lucía por encima de su generoso busto, las suaves colinas sujetadas por un brassier del mismo color que las medias panty. El suave gemido necesitado de Lucía fue todo el permiso que necesitaba para halar las copas hacia abajo, contempló sus tetas embelesado por unos momentos, rozando sus pezones con los dedos, dejando aquellos picos erguidos bajo sus caricias para luego envolver uno de los capullos con sus labios y chupar. Lucía exhaló excitada, el calor de aquel encuentro espontáneo despertando su más intenso deseo al descubrir que Héctor era lo opuesto a tímido. Era como un hombre primitivo que le estaba rindiendo pleitesía a su cuerpo, adorándola, saboreándola, disfrutándola. Pero ella también tenía hambre de él, así que halló la manera de acercar sus manos a su torso y desabotonó su camisa botón por botón, regodeándose en el aspecto viril de su pecho tallado y abdomen liso salpicado por una pequeña cantidad de vello.

Héctor alzó el rostro de sus senos, sus aureolas sonrosadas por la fricción de su barba contra la piel sensible. Sus miradas estaban cargadas de anhelo, y Lucía aprovechó este instante en el que él había subido para respirar, para cubrir su pecho de suaves besos hasta alcanzar el círculo de su tetilla, mordiendo suavemente para luego chupar y lamerlo. Un gruñido complacido reverberó dentro de él ante la deliciosa estimulación que le consagraba esta rubia atrevida. Después de brindarle la misma atención al otro lado, su apetito se había duplicado, halló su boca con la suya nuevamente, besándola como un hombre muerto de hambre que se encontraba ante un banquete de los dioses. Una mano apretaba y pellizcaba su seno mientras que la otra volvió bajo su falda. Encontró la liga elástica de las medias y traspasó aquella barrera, llegando hasta la tela de su tanga, la cual también obvió para hallar su coño rasurado. Cuando su dedo deslizó por su raja, la descubrió completamente mojada en sus jugos; su verga erecta se prensó a modo de reacción. Penetró su humedad con un dedo, deslizándolo de adentro hacia fuera en aquella intimidad.

Lucía alzó una pierna, rodeando sus caderas, con ese acto acercándolo más a ella y facilitando el acceso de su mano pecaminosa. Con el dedo lubricado en su crema, subió hasta la perla escondida en el ápice de su raja y presionó, frotando su clítoris impregnado con la evidencia de su excitación. Lucía gemía en su boca, rendida ante el placer erótico que le estaba proporcionando. No tardó mucho en tragarse los gemidos contenidos que escapaban de su garganta mientras sus caderas convulsionaban por el orgasmo que le había provocado. Cuando estaba seguro que había acabado, le susurró al oído– ¿Tienes algún apego especial a estas medias? –Lucía simplemente negó con la cabeza. Entonces sintió como con las dos manos abrió un hueco en las medias panty, el sonido de la tela rasgándose dándole un impulso a la intensa emoción que los embargaba, tanto por su encuentro como por el lugar donde estaban. Prácticamente había rasgado las medias en dos–. Quiero metértelo hasta el fondo, quiero cogerte aquí contra la pared, que mi nombre sea lo único que caiga de tus labios mientras te corres sobre mi verga.

–Sí, sí Héctor. Métemelo todo.

Lucía desenganchó su pierna momentáneamente y contempló como se desabrochó el pantalón. Su miembro se veía imposiblemente grande y duro, la piel de su tronco replegada para dejar ver la corona bulbosa. Cubrió su longitud con un preservativo antes de levantarla en sus brazos. Lucía rodeó su cintura con las piernas y su cuello con los brazos, un pálpito de anticipación recorriendo su cuerpo al verse cargada con tanta facilidad por él. Héctor halló su tanga a través del hueco que había rasgado en sus medias y la deslizó hacia un lado, revelando su húmeda hendidura para posicionar su sexo pulsante en su entrada. Sin delicadeza ni preámbulo penetró su abertura resbaladiza y se hundió en el cálido abrazo de su canal. Ambos se miraban a los ojos, su respiración acelerada, sus corazones latiendo el uno contra el otro bajo sus pechos. Héctor presionó la espalda de Lucía contra la pared y comenzó a entrar y salir de ella lentamente, estirándola, cogiéndola, moldeando su estrecha entrada a acoplarse a su envergadura.

Sus bocas se encontraron nuevamente y sus lenguas se enredaban en un sinuoso baile mientras hacían el amor por primera vez en un pasillo recóndito de la estación deshabitada. Sujetaba las nalgas de Lucía en las palmas de sus manos, apretando la deliciosa carne mientras la embestía una y otra vez, perdido en el abrazo de su cuerpo.

En cualquier momento iba a acabar, le resultaba demasiado provocadora, una tentación irresistible estar enterrado entre sus húmedos pliegos, pero resistió la implacable invitación de acabar hasta que sintió su canal contraerse alrededor de él. Lucía hacía todo lo posible por contener sus gemidos, pero la sensación de absoluta llenura en su sexo, la fricción de su pelvis en su clítoris, el estar ingrávida en sus brazos con la espalda contra la pared, la empujaron por el borde hacia un clímax magnánimo, sus caderas ondulando contra él mientras el orgasmo la invadía como un incendio descontrolado. Ella sintió su verga pulsando en su interior, el abrazo de su clímax lo arrastró con ella, los dos devoraban sus vocalizaciones de placer mientras Héctor derramaba le leche caliente que estalló desde su núcleo.


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