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El santo de estos tiempos

Padre Pío





Magnificat



Magnificat Ediciones - Translator: K. Murciano





































Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

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El sol en la higuera



-¡Piuccio! ¿Quanti figs hai mangiato oggi?

Un rayo de sol le daba en los ojos, y sus pequeñas manos sorprendidas se enredaban con aquel hilo blanco y lechoso de los higos.

Revolvía las hojas de la higuera limpiándose, hasta juntar el aire para poder hablar, y ese rumor verde en la sombra se fundía con el viento del verano que golpeteaba los postigos agrietados de la vieja iglesia.



El hombre de la barba encanecida, con su voz de trueno, lo llamaba desde la ventana.

Entonces, el niño de San Giovanni Rotondo que correteaba por los patios del convento, contestaba mirando hacia arriba, hacia la ventana, con los ojos semicerrados por la luz, y sonrojado:

-¡Uno, Fra !

-¡Es cierto! ¡Uno por vez! - le gritaba el fraile y le sonreía, porque sabía que el hijo de la lavandera era el pájaro de corazón más puro que conocía en el pueblo.



Niño pájaro, el pequeño Pío con sus siete años, que llevaba su nombre en honor al fraile que lo había visto nacer y lo había bautizado después de renegar con un cura vecino que no quería mandarle los aceites santos para oficiar la ceremonia, por razones burocráticas zonales que nunca faltan y que conviven con las leyes de Dios, desde todos los tiempos.



- Entonces que crezca como un animalito – fue la picardía que verbalizó Fray Pío, y con la cual consiguió que inmediatamente le manden el óleo sagrado para el pequeño.



Logrado el cometido, en tanta siesta le había tocado el corazón con su mirada de padre, con su mirada de ángel robusto, mirada que nadie imaginaba que llegaría a ver tan lejos.

Tantas veces lo había arropado mientras su “mamma” Filomena enjuagaba las sotanas, limpiaba los cuartos y preparaba la comida del monasterio.

Tantas otras lo había alzado para verlo reír con el vértigo de sus brazos en alto, suspendiéndolo a la altura de la lámpara y luego haciéndolo aterrizar en caída libre, juego que terminaba con el trozo de “raffaioli”, un dulce típico, a cambio de que se hiciera bien la señal de la cruz.



Después le cedería su tazón de leche, el pedazo de pan y también su plato de fideos, mientras lo sentaba en sus rodillas y lo dejaba que toqueteara su rosario.

Y con su enorme mano, calzada ya con ese guante especial que resguardaba un inefable misterio, lo bendecía intensamente y le secaba la cabeza transpirada de trepar incluso al árbol de las peras, y esto lo hacía con el dorso y el filo porque las manos le dolían, le dolían y le sangraban, para milagro de unos pocos al principio, y polémica de muchos.

El vaticano lo tenía en “observación”, privándolo bastante tiempo del contacto con la feligresía y condenándolo a su máxima cruz, no poder oficiar la misa, la misa amada por él, en la que llegaba a entrar -según sus propias palabras- “en la majestad de lo divino”.



A la hora del rosario, el peral donaba su frescura para las cuentas del amor que el franciscano desgranaba por las familias y los enfermos del pueblo.

Todos los días, incansablemente, Fray Pío apoyaba su espalda contra el tronco del peral, y se daba mansa y confiadamente a recitar su oración preferida. Tres veces oraba para interceder, con las mismísimas palabras de Jesús: “en verdad les digo, pidan y obtendrán, busquen y encontrarán, golpeen y se les abrirá”; hete aquí mi Jesús, repetía. que yo golpeo, yo busco, yo pido la gracia...” y su murmullo parecía no tener fin. Especialmente sabía quién se curaba por el aroma que exhalaban sus manos. Si era incienso o jazmín, era el mismísimo Señor; si eran rosas había sido la directa intercesión de la Madre, María de todas las Gracias, mujer a la que entregaba sus largas horas de silencio y meditación, doblándose ante su imagen en el viejo templo.

El mediodía llegaba con el olor de los pimientos fritos que reverberaban en la cocina, y en esos vahos se acordaba de Giussepa, su madre terrenal, estampada en su corazón junto al crucifijo junto a la Virgen y a San Francisco.

Once, trece, quince años. El niño pájaro testigo sobrevolaba la puerta que daba a las montañas.

Por entonces, seguía a un perro negro que habitaba el convento, y siempre iba en dirección al molino, a comer juntos los higos capturados y sentarse al puro aire de los valles, tan llenos de trinos como de campanas.

El niño creció y fue un muchacho alto, espigado, también de manos grandes y mirada profunda, herencia espiritual de quien lo moldeó con cariño entrañable.

Creyó entonces que podía ser parte investida de esa comunidad que lo contuvo de noche y de día, a él y a su madre, mujer de roca incandescente. Y un día, pidió el permiso.

El capuchino lo bautizó “Fray Lorenzo”, y sus días corrieron en formación, en Toscana, entre el silencio monástico y las labores con las que debía ganarse un puesto en la humildad y en la obediencia a la que se consagraba.



Y lo que a veces se cree dura una centuria, se trastoca en las manos de Dios en menos de lo que canta un gallo. Un mal entendido con un fraile de la orden provocó la injusticia del Superior. Las faltas, por mínimas que fueran, se castigaban con gran severidad. Que los hombres de Dios se equivocan, no es novedad. Pero que ciertas equivocaciones son el comienzo de la verdad, es más que posible.



Volvió a San Giovanni donde Fray Pío lo esperó una noche húmeda, con un poco de vino y de queso, y con ese silencio potente que envuelve y no se puede romper. La mesa estaba puesta al borde de la ventana y desde allí, alumbrada por la luz de la luna se veían hasta los hilos plateados de los higos, sostenidos por ese candor nocturno acompasado por los grillos.

• Ah Piuccio – suspiró cortando una rebanada de pan y tajeando el silencio.

• La gente no sabe lo importante que es el oxígeno, el aire que viene de los árboles para poder respirar…



Fra Lorenzo dejó su traje color tierra en el último cajón de la habitación monacal.

Y con esa desnudez la encontró a María, la de los ojos celestes, ojos que había mirado sin ver mientras un ruido de aviones comenzaba a surcar el único sitio de la vida.



El hombre partió al servicio militar ungido de rezos y de amores. Su madre, su tía, María…

Los alemanes ya estaban saqueando cuando él saltó en su paracaídas y cerró fuertemente los ojos para imaginar los brazos de Fray Pío, como cuando era niño.



Una herida lo dio de baja y volvió de la guerra con un ala rota, sin haber muerto ni vencido, volvió para viajar con María a fundar su familia en Buenos Aires.

Antes de partir, el viejo Fray Pío lo consolaba:

- Vivirás más que yo. Alcé muchas veces las manos para bendecirte. ¡Vete en paz!



Hay una casa en el barrio de Haedo, en cuyo jardín hay una higuera. Varios niños corren llenando canastos. Una voz profunda, como de trueno, conmueve al anciano, mientras pasa un trapo húmedo sobre la foto de quien hoy, además, es santo.



-¡Piuccio! ¿Quanti figs hai mangiato oggi?

Pero este recuerdo le viene sólo cuando un rayo de sol le entrecierra los ojos.





Ayer a la noche me ha sucedido algo que no sé ni explicar ni comprender.

En medio de la palma de las manos me apareció algo rojo, del tamaño de un centésimo, con un fuerte y agudo dolor allí, en ese poco de rojo. El dolor estaba más presente en la mano izquierda, tanto que dura todavía. También en la planta de los pies siento un poco de dolor.

Ya hace casi un año que este hecho se viene repitiendo, pero ahora es de una magnitud que antes no tenía. No se preocupe si por primera vez se lo digo, porque siempre me he dejado vencer por la maldita vergüenza. Incluso ahora, si supiese cuánta violencia tuve hacerme para decírselo… tendría que decirle muchas más cosas, pero no me vienen las palabras. Sólo le digo que los latidos del corazón, cuando me encuentro con Jesús Sacramentado son muy fuertes. A veces me parece que el corazón quiere salírseme del pecho. En el altar a veces siento como si mi cuerpo se quemara, una sensación que no puedo describirle. Mi rostro principalmente, parece que va a arder en llamas.

Qué señales son éstas, Padre mío, no lo sé.”

(Del Epistolario del Padre Pío)







Padre Pío: el misterio divino





Francesco Forgione, el Padre Pío de Pietrelcina, capuchino del convento de San Giovanni Rotondo escribía esta carta y en su Epistolario, dirigido a su director espiritual, se puede encontrar de puño y letra al hombre y al santo, que encarnando todo el drama evangélico protagonizó una historia que aún hoy, conmueve y sobrepasa los límites del entendimiento humano.



Quizá, porque en el rol que Dios le asignara, según sus designios inescrutables, estaba la de parecérsele a Jesús, de quien el capuchino estaba “enamorado”.



Y como el amor y la pasión de Jesús y por Jesús provocan los estados más desafiantes para el ser humano de todos los tiempos, dificultosamente se pueda analizar ese sentimiento si no es desde una perspectiva divina, de supra-naturaleza; el amor en su estado más puro y universal, como lo expresa Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est: “el desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza”.



Traza de su vida, y sólo desde esta perspectiva, podemos conocer entonces a un místico de este siglo, que llevó en sus manos, pies y costado, las heridas fulgurantes de su Amado y de su Amor.







Pietrelcina, el paisaje de su infancia



Pietrelcina era el pueblito en que nació el Padre Pío, donde es imaginable un ambiente de calles de piedra, en la que el humilde capuchino se movía de manera viva.

Toda su vida se refleja en esas casas pintorescas de Italia.

El alma fogosa, la generosidad, el amor a su tierra y a su familia rebalsando sin esfuerzo; con las tradiciones, usos y costumbres fuertemente arraigadas. Lejos de grandes rutas y ciudades, las casas de piedras remontaban su espíritu hacia el cielo; pueblo y paisaje se fundían en intimidad y dulzura, paraje que, al que lo habita, lo alimenta y calma.



Allí nació Francesco Forgione el 25 de mayo de 1887, el segundo hijo de Grazio y Giuseppa, mujer laboriosa que acompañando las tareas de la casa, ayudaba a su marido en el campo.

El mismo día de su nacimiento fue bautizado en la Iglesia del Castillo, antigua iglesia parroquial que llevaba el nombre de Santa María de los Ángeles.

Casi siempre Francesco dormía con su abuela Giovanna, y también con ella concurría a la Iglesia.

Al cumplir los 9 años, su abuelo materno, Fortunato, murió. Es al único abuelo que pudo conocer.



Fervorosamente religiosos, en su casa se rezaba el rosario en familia.

En este hogar, cristiano y devoto, creció el Padre Pío, aumentando su fe cada día también por gracia divina, ajeno del privilegio que en el futuro le acontecería.



La mayoría de las veces, por timidez, o por su incipiente vida interior, el niño Francesco solía jugar solo y pasar largas horas en la naturaleza. La soledad comenzaba a modelar una forma de ser. Aunque no participaba demasiado de los juegos sociales, con sus amigos era bueno, les brindaba toda su atención y su cariño. Sabía divertirse con ellos y gozar de largas jornadas familiarmente amenas, típica de la vida italiana en los campos y poblados de la vieja Italia.

En aquel paisaje, entonces, se anclaba sólidamente la vida espiritual del Padre Pío.

Marcado por el ritmo de las fiestas religiosas que continuamente se desplegaban en el pueblo, se forjaba en él un vivo carácter alegre y bondadoso.

Los pueblerinos, en las distintas procesiones se disputaban llevar en andas a la Virgen de la Líbera, ya que la figura imponente de María como Madre de tradición, era y aún lo es, devoción vívida y de moneda corriente.

El joven Francesco sentía gran amor por la Virgen de su pueblo y hablaba de Ella a todos los visitantes, dejando traslucir la gran intensidad de su corazón en aquellos días de fiesta.

Según cuenta la leyenda, en Pietrelcina, San Nicolás hizo un milagro, tal es así que uno de sus poblados lleva su nombre. El santo, piadoso de estas tierras áridas, golpeó una roca con su bastón de la cual emanó abundante agua, una fuente que aún existe y por la cual el pueblo venera y festeja. Por aquellos días, y en la fiesta de San Nicolás la sonrisa de un niño asomaba de su rostro refulgentemente. Francesco, el Padre Pío, es elegido para llevar en andas la estatua del querido Santo.Entre repiques de campanas, cantos y tradiciones, creció Pío, madurando inadvertida y naturalmente su decisión de entrar al Convento de los Padres Capuchinos.







Por el surco de un camino



Finalizada la siega del trigo, el asno giraba sobre la mies arrastrando una piedra pulida, desgranándose así las espigas de la cosecha.

Allí apareció Fray Camillio, perteneciente a la comunidad franciscana de Morcone. Corría el año 1898. La familia Forgione recibía al fraile como era costumbre habitual.

Esa tarde conversaron todos juntos y Fray Camillio se despidió con un “Alabado sea Jesucristo”.

Francesco, mirándolo con respeto mientras se alejaba por el camino, dijo de manera segura y convincente:

- Yo quiero ser fraile, quiero ser fraile de los que tienen barba.



Al oír esto, su padre lo apoyó con una respuesta reflexiva y certera:

- ¿Por qué no? Si eres aplicado serás fraile.



Su madre intervino inmediatamente, pero sin dar demasiada trascendencia a la conversación, y le sugirió

- Hazte fraile de Paduli, así te podremos ver siempre.



Este fue el comienzo de su deseo, más la idea concreta de su vocación llegó de la mano de Giuseppe Orlando, sacerdote joven del pueblo, al que Pío admiraba por el hecho mismo de la prédica a sus cientos de fieles.




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