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SOY MADRE, TRABAJO Y ME SIENTO CULPABLE



Sonsoles Fuentes

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Primera edición en formato digital: Mayo de 2017.

©Sonsoles Fuentes, 2000, 2017, 2018

Edición en papel:

Primera edición: septiembre de 2000

ISBN Papel: 84-9759-497-5

© 2000, Sonsoles Fuentes

Todos los derechos reservados



A la memoria de Daya





Índice

INTRODUCCIÓN: VA POR VOSOTRAS

CON LA PATA QUEBRADA...

LA NUEVA MADRE

LA MUJER Y LOS NEGOCIOS

DULCE HOGAR... A VECES

LOS REYES DE LA CASA

PAPÁ TAMBIÉN EXISTE

¿QUÉ ME PASA DOCTOR?

LA PAREJA

MEJOR SOLAS...

NO REPITAS LA JUGADA

TU PRÓXIMA LECTURA





Introducción: Va por vosotras



Es sábado, mes de julio. Pilar sube a su moto. Está dispuesta a aprender el camino que tendrá que recorrer cada día, de lunes a viernes, cuando vuelva de vacaciones. La multinacional en la que trabaja ha trasladado sus oficinas del centro de Barcelona a un polígono industrial situado en la zona metropolitana. Hasta ahora, Pilar se plantaba en su trabajo en tan sólo diez minutos.

Por la autovía la cosa se complica. Coches y camiones pasan a demasiada velocidad. Intenta colocarse en un carril donde los otros vehículos no la obliguen a correr; tiene que encontrar la salida correcta. Después de algún que otro susto, llega al polígono. Allí todas las calles parecen iguales: naves industriales por todas partes, no hay nadie a quien consultar una dirección. Continúa dando vueltas; aquello parece un laberinto.

De repente, comienza a llover. Es una fuerte tormenta de verano. Pilar corre a refugiarse en uno de los portales. Contempla el chaparrón y mira su reloj. Ha pasado casi una hora desde que salió de su casa. Entonces rompe a llorar: «Ya veo lo que me espera a partir de septiembre. Llegaré a casa de mis padres a las tantas. Mi hijo estará ya cenado y se caerá de sueño. No podré ayudarle en los deberes. Estará demasiado cansado y de mal humor para explicarme cómo ha pasado el día. Cuando lleguemos a casa sólo nos quedará tiempo para ponerle el pijama y echarse a dormir».

Pero ella saldrá adelante. Encontrará la forma más rápida y segura de llegar a la oficina y de regresar a tiempo para compartir con su niño lo que queda del día. Porque, a pesar de estas zancadillas que la vida les pone casi a diario, ella y millones de mujeres más hallan la forma de continuar trabajando sin abandonar lo que más les importa: su familia.

Ellas son las protagonistas de este libro y a ellas me he dirigido para explicar las aventuras y desventuras de las madres trabajadoras. Son mujeres que, en momentos difíciles, como el que pasó Pilar aquella tarde de verano, dudan de los logros del movimiento feminista, piensan que este tan sólo ha conseguido triplicar su trabajo. Mujeres que en días de crisis existencial hubieran preferido ejercer de florero. Mujeres que tienen que enfrentarse con empresarios que no quieren tener trabajadoras con responsabilidades familiares en su plantilla, con hombres que aún están convencidos de que una mujer embarazada de una niña es un kit de limpieza, con sus propias madres, que no entienden el deseo y la necesidad de sus hijas de trabajar fuera de casa cuando ellas dedicaron toda su vida a cuidarlas, y hasta con sus propios hijos cuando, tan pequeños como son, ya han aprendido a utilizar el chantaje emocional y las hacen sentirse culpables por no dedicarles su tiempo en exclusiva.

Perfecta y complaciente, así tiene que ser la mujer de hoy en día para que su autoestima no se quede, como cantaría Ismael Serrano, unos puntos por debajo de la de Kafka. Pero tampoco al hombre se lo está poniendo nada fácil la sociedad actual: para ser un chico de hoy en día, nuestro compañero debe ser un profesional de éxito, protector de su familia, competitivo en la empresa, sin dejar de ser tierno, sensible y atento, compresivo con la problemática femenina —descubridor, incluso, de su propio lado femenino—, capaz de proezas en la cama y de mostrarse siempre fuerte e invencible, pero sin ser agresivo; todo ello cuando fue educado para que le trajeran las zapatillas y pasar las noches del sábado viendo el fútbol.

Esta sociedad nos aprieta las clavijas a todos y la mujer no es su única víctima. Pero sí es verdad que las madres que trabajan fuera de casa arrastran un complejo de culpa que no se percibe en el hombre. Las razones de este complejo han de buscarse, pues, más allá de la falta de solidaridad de los empresarios y de nuestras parejas, o de las exigencias de los más pequeños. Sobre nosotras pesa una cultura milenaria de la que hemos heredado una imagen maternal que choca brutalmente con las expectativas de la mujer actual.

De modo que aquí estamos. Después de alimentar nuestro intelecto para no escribir en los papeles oficiales «de profesión: sus labores», un día decidimos crear una familia y los ojos nos hacen chiribitas cuando vemos los anuncios de pañales. Pasan los cuatro meses de baja maternal y ocurre lo inevitable: sientes que la vuelta al trabajo es sinónimo de abandono de tu hijo. «¿Soy una buena madre si dejo a mi pequeño en manos de una niñera? ¿Creerá que no le quiero si entra en la guardería al cumplir el año? ¿Le cuidará la canguro o la profesora tan bien como lo haría yo?» Son las preguntas habituales que toda madre se hace.

Lo cierto es que la introducción de la mujer en el mercado laboral ha supuesto un cambio radical en los roles de los miembros de toda la familia. A ello contribuye también la evolución económica, cultural y política de la sociedad española.

Si echamos un vistazo a otros tiempos, a la España anterior a los años sesenta, la historia nos recuerda que las mujeres de las familias pobres siempre han trabajado, en las fábricas, en los campos, en el servicio doméstico... Los niños dejaban el colegio a una edad muy temprana para colaborar en los ingresos familiares realizando todos aquellos trabajos que su edad les permitía. No había entonces leyes que lo impidieran.

Con el crecimiento económico de los años sesenta, los hombres jóvenes obtuvieron mejores condiciones laborales y trabajos mejor remunerados. Esto les permitió dar un gran paso, que les asemejó a los varones de las familias acomodadas: ellos también podían «permitirse el lujo» de mantener a sus mujeres. Y estas mujeres, nuestras madres, que deseaban huir de la precariedad de sus trabajos, aceptaron gustosas el pacto. De los hombres dependía el sustento de toda la familia a cambio de que sus esposas mantuvieran la casa limpia y se encargaran de la educación de sus hijos.

Se formó así una clase media que pudo ofrecer a sus hijos la educación que esta no pudo permitirse, sin diferencia de sexos. El paso siguiente lo dieron las hijas de estas parejas. Las mujeres nacidas a finales de la década de los cincuenta y en los años sesenta accedieron a la universidad, dándose las condiciones necesarias para que pudieran ocupar puestos de trabajo similares a sus hermanos varones. Por ello somos nosotras las protagonistas del cambio, las mujeres entre treinta y cincuenta años, las que exigimos las mismas posibilidades de ascenso que los varones en la compañía en la que trabajamos. Nuestras madres no habían oído hablar, hasta ahora, de la necesidad de sentirse realizadas, ni podían imaginar que sus hijas se convirtieran algún día en directivas, políticas, científicas o abogadas. Y mucho menos que antepusieran su profesión a los papeles de esposa y madre. Es entonces cuando los miembros de las familias españolas se ven obligados a cambiar sus roles, aunque muchos no lo harán sin oponer resistencia.

Todas las mujeres a las que he entrevistado han accedido gustosas a compartir conmigo sus experiencias y les alegra que quede plasmada en un libro la problemática de la madre que trabaja. Es evidente que necesitan ser escuchadas. Muchas de ellas están convencidas de que les hubiera sido imposible salir adelante si no hubieran contado con la ayuda de sus padres, suegros, hermanos y parejas; pero, al mismo tiempo, no pueden dejar de creer que el que «todo salga bien» es, por encima de todo, responsabilidad suya. La imposibilidad de llegar a todo les genera graves problemas psicológicos, inestabilidad emocional, frustración, angustia y sufrimiento.

Las mujeres que han colaborado en este estudio exponen aquí los problemas que afectan a su vida diaria al combinar las funciones de trabajadora, ama de casa y madre; explican las soluciones que encontraron y, de este modo, aconsejan a otras madres que trabajan.

Las tres primeras protagonistas nos cuentan cómo fueron capaces de escapar de las garras de una sociedad que pretendió obligarlas a desempeñar el papel del «ángel del hogar» y dejarlas Con la pata quebrada... y en casa.

Analizaremos después la figura de la nueva madre, así como los muchos mitos y leyendas que existen en torno a la maternidad y de qué modo han hecho mella en la mujer actual. ¿Bajo qué disfraces se muestran los mensajes que inducen a la mujer a creer que el instinto maternal es condición sine qua non para que ella sea una mujer completa? ¿Cómo son las veinticuatro horas de la madre que trabaja? ¿Le preocupa la imagen que pueda dar ante los demás (abuelos, compañeros de trabajo, sus propios hijos) cuando decide preocuparse de sus propias necesidades?

No estará de más echar un vistazo a nuestra propia experiencia como hijas de mujeres que no trabajaban fuera de casa, y comprobar cómo influyeron nuestras madres en la creación del nuevo modelo de mujer. La idealización de nuestra infancia puede jugarnos una mala pasada.

Como era de esperar la mayoría de las madres insisten en pedir un poco más de comprensión por parte de los empresarios. Pero tenemos la sociedad que nosotros mismos hemos construido y, aunque todo cambia inexorablemente, por ahora hay que conformarse con acomodarse a la situación actual de la mejor manera posible. Eso sí, sin abandonar la lucha por conseguir una ampliación de aquellos derechos que consideramos necesarios para lograr ese auténtico estado de bienestar que todos anhelamos.

En el capítulo La mujer y los negocios, las protagonistas de este libro narrarán las inquietudes y temores que las invadieron cuando se decidieron a crear una familia en un ambiente laboral donde privan, por encima de todo, los conceptos de competitividad y productividad. Ellas han tenido que convencer a sus superiores de que la crianza de sus hijos no supondría un rendimiento menor en su trabajo, o que cambiar su jornada laboral por otra reducida no sólo supone un beneficio para ella, sino también para la empresa. ¿Qué hacer cuando te quedas embarazada? ¿Cuáles son esas cualidades femeninas que ahora valoran los directores de los departamentos de Recursos Humanos? ¿Cómo puede obtenerse una promoción o un aumento de sueldo?

Y tras finalizar el horario de trabajo, la vuelta a casa supone para la mayoría de las madres que trabajan el inicio de una segunda jornada laboral. Las que tienen más suerte encuentran en el marido y en los hijos una «ayuda». Pero los componentes de la familia deberían aprender a compartir responsabilidades de forma equitativa, para que el techo que los cobija no sea tan sólo un Dulce hogar... a veces. El objetivo primordial del capítulo dedicado a las tareas del hogar será «aprender a delegar».

Tampoco he querido dejar de consultar a los más pequeños. Al fin y al cabo, ellos son los partenaires de estas historias y, en muchísimos casos, los reyes de la casa. ¿Cómo son los niños de las madres trabajadoras? ¿Están los problemas de estos niños —trastornos del sueño, actitudes agresivas o de rechazo, el pipí en la cama— relacionados con una falta de dedicación por parte de sus padres? ¿Cómo puedes conseguir que tu hijo se convierta en un individuo autónomo y responsable?

Y, por fin, el padre, tradicionalmente conocido como el proveedor/cazador de la familia. En su interior se debaten los conflictos generados por el enfrentamiento entre el rol tradicional del hombre y la necesidad de encontrar una nueva identidad masculina más acorde con los tiempos que vivimos. A algunos les encantan los niños; para otros, su hijo es el heredero de su apellido, el que conseguirá llegar hasta donde él no pudo. Los hay adictos al trabajo, excelentes cocineros y amos de casa, hipocondríacos, perfectos cabeza de familia, responsables y hasta vagos de profesión. Papá también existe es un encuentro con aquel que, para bien o para mal, elegimos como compañero. Algunas madres no tienen nada que reprocharle, otras, en cambio, lo consideran la causa principal de todos sus males.

La mujer que cuenta con el apoyo incondicional de su pareja, tanto en las tareas domésticas como en la crianza de sus hijos, se ve liberada de tensiones, lo que se traduce en una mejora de la relación materno-filial y en una rebaja de los conflictos matrimoniales que afectan habitualmente a otras parejas que aún mantienen roles diferenciados. Según indican los estudios sociológicos más recientes, este cambio de actitud en los varones está íntimamente ligado a la edad y al nivel educativo: cuanto más joven es un hombre y más estudios ha recibido mejor aceptará el reparto equitativo de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. ¿Qué pierde el hombre que no participa en el ejercicio de la maternidad? ¿Qué discurso es el más apropiado para que acepte de forma grata una mayor participación en la educación de los niños?

¿Qué me pasa doctor? está dedicado al complejo de culpa de la madre que trabaja, cuyas causas pueden hallarse en los mitos de la maternidad antes comentados, y en uno de los grandes males de la sociedad actual: la falta de tiempo. Estrés, depresión, ansiedad, úlcera de estómago, trastornos digestivos... son las enfermedades de Occidente; en muchos casos no son más —ni menos— que formas de somatizar el complejo de culpa.

Para muchas mujeres, dejar a sus hijos al cuidado de otras personas durante parte del día es sinónimo de ser una mala madre. Por otro lado, si la atención que le presta a los hijos le impide cumplir con aquellos objetivos profesionales que se había fijado, esta mujer, de forma inconsciente, puede acabar culpabilizando de ello a sus propios hijos con el paso del tiempo, cuando estos ya han crecido y ella se siente innecesaria.

¿Otro motivo para sentirse culpable? Llegar a casa agotada y presa de las tensiones laborales, sin ganas ni fuerzas para jugar con los niños, atender a sus deberes escolares y satisfacer sus demandas. Entre todas encontraremos pautas que nos permitan liberarnos de la sobrecarga, la frustración y la ansiedad.

Depresión y ansiedad. Dos enfermedades que afectan al doble de mujeres que de hombres. Médicos y psiquiatras buscan aún sus causas, pero ya apuntan una mezcla de factores genéticos y hormonales con otros de origen psicosocial que provocan en la mujer un bajo nivel de autoestima. En todo ello han tenido mucho que ver las condiciones históricas, el deseo de ofrecer una imagen marcada por nuestra sociedad, la necesidad de controlarlo todo, la pérdida de la identidad personal, la discriminación social y cultural del sexo femenino, la importancia dada a nuestro físico..., todo ello hace que la mujer sea más vulnerable a estas enfermedades. Por ello, he considerado necesaria la búsqueda de sus síntomas, para hallar después algunos cambios de conducta que permitan paliarlos, así como fórmulas de prevención.

Patologías, conflictos y contrariedades que pueden hacer tambalear el bienestar y la felicidad de la pareja, al anteponer siempre otros problemas al cuidado y atención que toda relación matrimonial necesita. Mujeres y hombres explicarán en el capítulo dedicado a La pareja, cómo cambiaron sus vidas con el nacimiento de los niños. ¿Se siente el hombre rechazado o excluido de la familia ante el estrecho lazo que une a la madre y al hijo? ¿Intentan los niños acaparar a uno de sus progenitores para sí, apartándolo del otro? ¿Cómo se mantienen los momentos de intimidad en la pareja cuando la casa se llena de bebés, pañales y biberones? La aceleración con la que vivimos hoy en día hace que demos prioridad a ciertos aspectos de nuestra vida, dejando en un segundo plano otros aspectos igualmente importantes, como nuestras relaciones sentimentales.

Actualmente son millones de niños en todo el mundo los que se crían con uno solo de sus padres. En la mayoría de los casos se debe al divorcio, en otros al fallecimiento de uno de los progenitores y en otros a la imposibilidad o negativa a casarse. En la mayoría de los casos son las madres las que cuidan de estos niños. Algunas de estas páginas (el capítulo Mejor solas...) prestan una especial atención a estas mujeres que llevan esta triple tarea en solitario. Es un caso frecuente el de la mujer que comienza a trabajar cuando percibe que su matrimonio se tambalea, o cuando es abandonada por el marido. Para estas mujeres es especialmente difícil reciclarse en el ámbito laboral. Hace tiempo que abandonaron sus estudios y las exigencias de las empresas se han triplicado con respecto a años atrás. A otras mujeres, en cambio, la separación de sus maridos les ha permitido reencontrarse consigo mismas y recuperar una identidad perdida, puesto que continuamente se veían desmotivadas por su pareja en el terreno profesional.

Los estudios realizados con los hijos de las madres trabajadoras y las nuevas familias actuales reflejan que estos niños y niñas han sido educados con unos valores que no les permiten marcar una línea divisoria clara entre los roles del hombre y la mujer. Los adolescentes varones ayudan en las tareas del hogar como lo hacen sus hermanas. Aun así, algunas conductas inconscientes pueden conducirnos, aunque no sea ese nuestro deseo, a una educación diferenciada del niño y la niña. No repitas la jugada es un análisis de estas conductas.

He entrevistado a mujeres que trabajan en sectores diversos, desde aquellas que han fundado su propia empresa hasta las dedicadas al servicio doméstico. Mujeres que se hallan en diferentes situaciones económicas y que tienen necesidades y motivaciones diversas. Algunas trabajan porque su sueldo es indispensable para mantener a la familia; otras, porque, además de permitirles una independencia económica, ejercen una profesión que les gusta y enriquece personalmente. La triple carga —hijos, hogar y trabajo— les afecta, por tanto, de diferente manera.

En definitiva, este libro no lo he escrito yo. Lo han escrito todas y cada una de las personas que en él intervienen al hacernos partícipes de sus vivencias. También he tenido la suerte de contar con la colaboración de Pepe García Romero y Daya Rolsma que, como psicólogos, dieron el visto bueno a estas páginas. Y con la de Cecilia Marcos, amiga y madre trabajadora, con quien pasé largas horas discutiendo sobre el tema. Nos hemos divertido mucho.

Dicen los antropólogos que el cotilleo, aunque nos parezca lo contrario, resulta muy provechoso para la sociedad: cuando sabemos de las experiencias de otras gentes podemos extraer buenos consejos y soluciones que aplicar en nuestras propias vidas, al hallarnos ante situaciones similares. De ahí el gran éxito que tienen las terapias de grupo, aunque tan sólo se trate de descubrir que no somos bichos raros y que aquello que nos preocupa se asemeja, y mucho, a las inquietudes y temores del vecino. Y si a alguna lectora se le ocurre pensar aquello de «mal de muchos, consuelo de tontos» sepa que el principal interés de este libro es encontrar remedio a esos males.





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Con la pata quebrada...





En un tiempo más cercano de lo que imaginamos, cuando las sesiones cinematográficas comenzaban con la proyección del No-Do, las iglesias se llenaban de mujeres hacendosas, que cubrían su cabello con mantilla y escuchaban la liturgia acompañando el sermón del sacerdote con el murmullo de sus abanicos. Desde el púlpito el cura bramaba discursos repletos de consignas que encerraban a la mujer en casa, sacando brillo a los muebles y cambiando pañales. Según la interpretación religiosa de entonces, la mujer era la gran pecadora, la culpable de que el hombre fuera expulsado del Paraíso y condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente, y sólo había una cosa que nos redimía de nuestros pecados: que dábamos a luz —y con dolor— a nuestros hijos. La Virgen María nos libró de las eternas llamas del infierno al convertirse en la madre de Dios (siglos atrás se llegó a creer que concibió a su hijo por la oreja).

Hoy en día esto puede sonar descabellado, pero es una idea inculcada en la mente de todos, hombres y mujeres, durante siglos y, aún ahora, nos vemos discutiendo con nuestras propias madres sobre cuáles deben ser nuestros intereses prioritarios. Si no, explícame por qué parte de la sociedad actual sigue creyendo que una mujer que no tenga pareja o no sea madre es una persona incompleta.

De todos modos, esa imagen creada del ángel del hogar es mucho más reciente de lo que pudiéramos pensar. Nuestras abuelas trabajaron en las fábricas y en el campo, como asistentas o como obreras de la aguja —modistas, para entendernos— y no disponían del mismo tiempo que las madres de la década de los sesenta para gastarlo en la educación de los hijos. Por supuesto que se preocupaban por su prole, pero los niños no eran considerados sagrados en aquel entonces, necesitados de compartir con la madre las veinticuatro horas del día, eran cuidados por otras mujeres y por sus hermanos mayores. Los pequeños y sus madres contribuían a la subsistencia de la familia trabajando durante interminables jornadas y por menor salario que los varones adultos, así que los sindicatos de la época anterior a la Guerra Civil española exigían el regreso de las mujeres al hogar. Pertenecieran a la ideología marxista, anarquista o católica, todos ellos consideraban a la mujer trabajadora como un peligro para sus puestos de trabajo, ya que al empresario le salía más a cuenta contratar a obreras que realizaban la misma tarea por un sueldo inferior.

Las mujeres de entonces acudían a las fábricas o se colocaban como asistentas por pura necesidad extrema de subsistencia y de manera ocasional, salvo en las zonas rurales, donde el trabajo del campo adquiría un carácter permanente. No podían depender únicamente de su salario para sobrevivir, su empleo era un complemento a los ingresos familiares. Si pudiéramos viajar en el tiempo y decirles que hoy en día consideramos que una mujer se realiza en su trabajo, no entenderían absolutamente nada, ¿quién iba a escoger una vida tan dura como aquella por propia voluntad?

Los niños de las familias ricas, mientras tanto, tampoco eran criados por sus padres, sino por otros adultos: nodrizas, asistentas, institutrices, mayordomos; o eran enviados a internados donde recibían una severa disciplina.

Pero llegaron los prósperos años sesenta. En el resto de Europa la emancipación femenina cobraba fuerza, pero los varones españoles obtuvieron puestos de trabajo seguros y mejor remunerados; imitando a la clase acomodada, encerraron a sus esposas en el ámbito doméstico. Y ellas, encantadas de la vida, convirtieron el hogar en su territorio: «Aquí los pantalones los llevo yo», dijeron, creyendo haber encontrado su propia identidad. Las tareas femeninas fueron colocadas en un pedestal y la figura de la esposa y madre se idealizó. Una mujer como Dios manda debía consagrar su vida a la felicidad de los suyos, estar dispuesta a desvelarse por el cuidado de sus pequeños, a convertir su casa en el lugar confortable donde el marido encontrase el reposo del guerrero. Por supuesto, de ella dependía la buena administración de los recursos económicos de la familia. La fregona, la lavadora, la aspiradora y otros electrodomésticos aliviaron la dura carga de la faena doméstica, pero una buena ama de casa debía transformar su vivienda en un ejemplo de orden y limpieza, atender a la salud de todos —también de las personas mayores, aunque se tratara de la familia política—, y prestar atención al bienestar de los demás miembros del hogar, aunque para ello tuviera que olvidarse de sus propios anhelos. Ese «darse a los demás» le otorgaba el título de La perfecta casada, y ella parecía enorgullecerse de ostentarlo.

Hoy sabemos que no todas aquellas mujeres se han sentido satisfechas con el papel que les tocó desempeñar. Hemos oído hablar del síndrome del ama de casa, de su sensación de soledad y hastío, de la monotonía de sus vidas y sus frustraciones; y, por si fuera poco, además tienen que cargar con el letrero de maruja que las generaciones más jóvenes les hemos colgado.

Muchas de estas mujeres pasan por periodos depresivos cuando sus hijos crecen y abandonan el nido. Piensan que ya no tienen nada que hacer y les cuesta encontrar alternativas, no buscan nuevos intereses ni dedican el tiempo ganado en su persona, acostumbradas como han estado a ser para los otros en lugar de ocuparse de sí mismas. Algunas se deciden a trabajar y se encargan de la crianza de los hijos de otros, mientras que no llegan los nietos, a quienes reciben con alegría, contentas de encontrar de nuevo una razón para vivir. No podía ser de otro modo, les enseñaron que ese cuidado de otros seres era el motivo de su existencia.

Pero no todas las féminas de aquel entonces estaban decididas a tomar el camino que la sociedad les había marcado. Algunas, por propia voluntad o por necesidad, saltaron las barreras del límite establecido.



Historia de tres mujeres

Josefina Vidal proviene de una familia de clase media de Tárrega, un pequeño pueblo de Lérida. Su padre poseía algunas tierras y era administrador de lotería, pero tampoco vivían con grandes lujos, y costear la carrera que la protagonista de esta historia, a principios de los años cincuenta, deseaba estudiar —medicina o filosofía y letras— estaba por encima de sus posibilidades. «Le dije que me marcharía a Barcelona para trabajar y pagar así mis estudios. La respuesta de mi padre fue que una hija suya no tenía necesidad de trabajar.»

Así explica el comienzo de su aventura esta mujer septuagenaria que, dispuesta a huir del rol destinado a toda joven de su época, se embarcó con unas amigas en un viaje a Inglaterra con la intención de aprender el idioma del país. «Mi padre me amenazó con llamar a la guardia civil, pero le dije que tenía dinero ahorrado, obtenido dando clases particulares, y que había cortado con aquel medio novio que tenía. Así que no le quedó más remedio que dejarme marchar.»

Un anuncio publicado en una revista inglesa solicitaba muchachas que desearan trabajar en una clínica psiquiátrica y hasta allí llegó Josefina, desde un pequeño pueblo del interior catalán a las salas habitadas por los enfermos más peligrosos de aquel hospital, en otro país y sin apenas conocer la lengua. «Aquel primer año fue un auténtico infierno, pero aprendí muchas cosas. Había estado muy protegida, ajena al mundo real, y me di cuenta de lo diferente que era al que yo había imaginado; había crecido en un ambiente donde besar era pecado y llegué a un lugar donde imperaba una gran libertad sexual. En el hospital, por ejemplo, había bastantes lesbianas. Pero fue el descubrimiento de la locura y sus efectos lo que definitivamente me hizo perder la fe en la religión. Aunque ya tenía mis dudas antes, no podía entender qué clase de dios permitía la existencia de una persona que naciera así por tener un padre alcohólico, o por cualquier otra causa; ya no se trataba de una desigualdad de oportunidades por pertenecer a una familia rica o pobre, sino porque te habían negado la capacidad física. Si había un dios capaz de hacer eso, a mí no me interesaba.»

Siempre que podía acudía a clase de inglés o aprendía el idioma escuchando la radio y leyendo la prensa. Un año después dejó la clínica y se marchó a Londres para trabajar en un hospital general, donde también estudiaría enfermería. En la capital conoció a españoles exiliados que la pusieron al corriente de la realidad de la Guerra Civil española y de la historia del país. «Todo lo que yo creía saber hasta el momento se desvaneció de repente. Conocí lo que suponía trabajar durante largas jornadas por un salario bajo, lo que era ser emigrante, lo que significaba partir de cero y, a pesar de lo duro que fue, estoy muy contenta de haber tenido las agallas de marcharme de España para descubrir todo aquello.»

Josefina vio que la enfermería no era lo suyo, aunque, eso sí, le hubiera gustado ser médico, pero carecía del dominio necesario de la lengua para estudiar la carrera, así que abandonó el hospital y se dedicó a la búsqueda de otro tipo de trabajo. «Mis ahorros iban menguando mientras tanto, y me atormentaba la idea de tener que pedirle dinero a mi padre para volver; aquello hubiera sido una bajada de pantalones. Un día entré en un pequeño restaurante cafetería al que iba a menudo porque el dueño tenía amistad con un amigo mío. Estaba tomando un té mientras contaba el poco dinero que me quedaba y pensaba ya en la carta que escribiría a mi padre, cuando se acercó el dueño a saludarme. Me preguntó qué tal estaba y le expliqué la situación. Me dijo que deseaba introducir algunos platos españoles en el menú y que necesitaba una cocinera que los preparara, así que me propuso que aceptara el puesto. ¡Cocinar yo! ¡Pero si no había cocinado en toda mi vida! “Todas las españolas sabéis cocinar”, me dijo. Y así empecé a preparar tortillas de patatas.»

Mientras lidiaba con platos y sartenes llegó el que cuatro meses después sería su marido, Felipe. «Él veraneaba en mi pueblo hasta que se licenció en clásicas y se marchó a Holanda donde pasó varios años trabajando para una editorial. También montó allí la radio española, que emitía para los exiliados en Europa y América Latina. Apareció en el restaurante para traerme un paquete de parte de mi familia y empezamos a salir. Me quedé embarazada enseguida y dejé el trabajo a causa de los constantes mareos. La vivienda estaba carísima en Londres y pagar una canguro era impensable, así que me quedé con el niño hasta que tuvo tres años, cuando lo llevé a la guardería.»

Sin embargo, Josefina contempla con naturalidad el que las madres de ahora lleven sus hijos al jardín de infancia a una edad temprana. «Sé que es muy duro, sobre todo para la madre. Pero la vida es dura, estamos obligados a trabajar, y eso es algo que siempre he inculcado a mis hijos. La independencia te la ofrece el trabajo, porque si tienes que depender del dinero de otro nunca eres libre para elegir. Una madre que tiene problemas con el marido, no puede romper con él si no es económicamente independiente; por ello tenemos que llegar al matrimonio con los mismos derechos y en la misma situación que el hombre. Claro que el trabajo puede ser muy esclavizador, tanto para el hombre como para la mujer, pero si te quedas en casa aún eres menos libre, porque no puedes escoger si quieres quedarte o marcharte.»

Mientras cuidaba de su primera hija, Josefina traducía y escribía para la BBC. Tras el nacimiento del segundo hijo se trasladaron a Holanda, donde realizó un programa en la radio española. Hacia el año 1962 comenzaron a llegar hasta allí emigrantes compatriotas y, con un pequeño grupo, ella y su marido organizaron en el país el Partido Socialista y una sección de la UGT, para entrar en contacto con la clase obrera que llegaba y ayudarla en el proceso de integración. Felipe obtuvo una cátedra de castellano en la universidad. Mientras tanto, nuestra protagonista se fue introduciendo cada vez más en el mundo político y tuvo otra hija. «La llevé a la guardería, porque el trabajo de organización en el partido requería mucha energía y tiempo, pasé largas temporadas en las que sólo dormía tres o cuatro horas. Pero sólo la dejaba medio día; me daba pena que pasara más tiempo, porque no lo había hecho así con sus hermanos. Las mujeres tendemos a pensar que somos insustituibles, y eso que yo tuve un marido que siempre me ayudó mucho en casa, en una época como aquella y siendo catorce años mayor que yo. Fue un compañero ideal, sumamente comprensivo, que siempre me dio todas las facilidades para que yo me pudiera desarrollar. Un matrimonio no tiene que cerrarle las puertas a una mujer con metas en la vida, al contrario, debería ser una forma más de enriquecerse

Con la llegada de la transición española Josefina y Felipe regresaron a España con sus tres hijos, a petición de los socialistas del país que necesitaban una persona como ella, con capacidad y experiencia para organizar un partido. Invirtió toda su energía en la campaña electoral, mientras su marido se presentaba como diputado. Desempeñó varias funciones, entre ellas, la de secretaria personal de Ernest Lluch, ministro de Sanidad y Consumo del Gobierno socialista en aquellos años de lucha por la aprobación de la ley de despenalización del aborto. Continuó con su fecundo trabajo hasta que su marido enfermó gravemente.

«Yo tengo una madre excepcional”, me dijo Isabel, la hija mayor de Josefina, el día que charlaba con ella sobre las madres trabajadoras. Supe entonces que tenía que entrevistarla.



Nuestra segunda protagonista se vio obligada por las circunstancias a dar un violento giro en su vida. Carmen Fernández, valenciana de origen, estudió comercio —el administrativo de la época—, hasta que falleció su padre. Entonces su madre y ella se pusieron a trabajar. El destino quiso que se encontrara en el lugar y el momento oportuno para obtener un puesto de locutora en Radio Nacional, donde estuvo nueve años hasta que conoció a quien sería su marido. Se enamoró y por él dejó trabajo, ciudad y familia. Carmen le siguió hasta Barcelona donde se casaron. Corría el año 1967.

Su marido era dueño de una tienda de lencería, donde Carmen atendía a la clientela. Tuvo tres hijos y transcurrieron los cinco años de excedencia, hasta que perdió la plaza. «“Fue una lástima que perdieras un puesto en Radio Nacional”, me dijo una vez mi hija. Pero yo prefiero que me hagan ese reproche a que me echen en cara que no me ocupé de ellos por atender más a mi trabajo.»

A Carmen la tienda y la casa se le caían encima. Ella percibía que aquel no era su ámbito, así que cuando se creó la emisora municipal de la ciudad donde residía decidió que era el momento de volver al mundo radiofónico. Era el año 1982. «Me encontré entre gente mucho más joven que yo, que salían de la facultad, pero ¿sabes cuál fue mi ventaja? ¡Que era la única mujer!» Ventaja y también inconveniente, porque el director de la emisora dio por sentado que una mujer sólo podía realizar programas tradicionalmente dirigidos a su sexo y la encasilló en ellos. Algo que Carmen lamentaba, ya que ella se consideraba con aptitudes mucho más amplias.

«De todos modos, tampoco se puede llamar salario a lo que cobrábamos, nos pagaban algo simbólico, y yo acudía para salir del ambiente de ama de casa que tanto me agobiaba. Mi hijo pequeño amenazaba con quemar la emisora para que yo no fuera a trabajar. Los mayores, en cambio, se sentían muy orgullosos; el psicólogo del colegio venía a mi programa para hablar de educación infantil y los niños presumían de ello en la escuela. Mi marido tampoco estaba de acuerdo, pero me quería mucho y me daba todos los caprichos.»

Una vez más, el destino le jugó una mala pasada. Su esposo enfermó de Alzheimer y tuvo que abandonar la radio para aceptar un puesto como administrativa en un centro de salud psiquiátrica, lo que le permitió seguir con atención el desarrollo de la enfermedad de su compañero hasta su fallecimiento. Después trabajó en el ayuntamiento de la ciudad, hasta su jubilación. «Fue una lección muy dura para mis tres hijos. La vida cambió totalmente para nosotros, tuvieron que adaptarse a las circunstancias y lo asumieron con mucha madurez.»

Para Josefina el trabajo nos ofrece la independencia del otro, nos otorga la capacidad de decidir si queremos continuar conviviendo con la pareja o no. La historia de Carmen evidencia, además, que la permanencia a nuestro lado de la persona que nos mantiene no depende sólo de nuestra voluntad. Un conflicto de salud, por ejemplo, escapa a nuestro control. Una razón más para que la mujer defienda su derecho al trabajo remunerado.



Al igual que en los dos relatos anteriores, nuestra tercera protagonista, María Villalta, tan sólo tenía a su favor la salud, la juventud y la confianza en sí misma. María roza los cincuenta y, a pesar de que su historia es más reciente, esta comenzó en un pequeño pueblo de la sierra gaditana, con costumbres y hábitos sociales más arraigados que en las grandes ciudades del norte.

«Mis padres tomaron una decisión muy dura, una de sus hijas tenía que dejar los estudios para echar una mano en casa, y me tocó a mí. Tenía doce años y era la mayor de cinco hermanos.»

Atendía a las tareas domésticas y al cuidado de sus hermanos pequeños, además de acudir en ayuda de sus tías cuando éstas, cargadas también de retoños, la llamaban. Pero María, de naturaleza agitada y hambrienta de conocimientos, no estaba dispuesta a aceptar ese porvenir y huyó de él en cuanto tuvo oportunidad de trabajar. Con dieciséis años, puso rumbo a Marbella, donde consiguió varios empleos como camarera en los hoteles de la localidad mientras retomaba los estudios de bachillerato.

En Marbella conoció a su marido y con él decidió marchar a Barcelona, donde compraron un puesto de frutas en un mercado de la capital catalana. Él iba a comprar el género mucho antes de que acabara la noche y ella atendía a las clientas. «Pasamos años agotadores, teníamos que trabajar muchísimo y sin que ello nos permitiera alcanzar una estabilidad económica. Nuestra relación también se resentía, porque éramos incapaces de aparcar los problemas del negocio fuera de casa.»

Y continuaron estudiando; él se decidió por ingeniería «porque era la carrera escogida por sus amigos», y ella se matriculó en filología. «Estaba en segundo de carrera cuando me quedé embarazada y haciendo un examen final rompí aguas. Me acerqué a la profesora —no la olvidaré jamás, era un hueso duro—, le dije que tenía que marcharme porque me había puesto de parto. Creo que otra persona en su lugar me hubiera deseado suerte o me habría preguntado si necesitaba ayuda. Pero nada de eso, aquella mujer de hielo se me quedó mirando fríamente y su único comentario fue: “Pues muy bien, adiós”. No creo que ser más o menos humano tenga mucho que ver con el sexo al que pertenezcas

María no podía dejar solo a su marido en el mercado, ella sabía cómo tratar a la clientela. Así que su suegra acudió en su ayuda, llegó de Marbella, y se instaló durante un año en su casa para encargarse del cuidado del niño. A pesar de la nueva carga que representaba la maternidad, siguió estudiando. Su marido terminó la carrera, pero la ingeniería no le gustaba y se le presentó una nueva oportunidad: aceptó el puesto de repartidor de prensa, menos sacrificado y más seguro que el negocio de la frutería. «Él es un hombre muy cultivado, pero no es tan inquieto como yo. Cuando acabé la carrera comencé a trabajar como freelance para varias editoriales, en la confección de diccionarios y material de consulta. Había días con jornadas de dieciséis horas, otras de tres. Y ahora que estoy contratada en la editorial no entiendo cómo pude hacer aquello: aceptaba todos los trabajos que me ofrecían, eran agotador y caótico.»

María es la única de los cinco hermanos que terminó sus estudios, la que ha conseguido trabajar en lo que realmente le gustaba. Puede que alguno de los diccionarios que tengas en casa sea obra suya.



Estas han sido las historias de tres mujeres que se negaron a permanecer con la pata quebrada y en casa, aunque este parecía ser el destino inexorable de las chicas del momento. «No puedes imaginar de cuántas oportunidades gozáis las jóvenes ahora, nada que ver con mi época. Tenéis que aprovecharlas.» Con estas palabras, arropadas por la madurez, me despidió Josefina en la puerta de su espacioso piso del ensanche de Barcelona.

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Las madres trabajadoras dicen:

• Las mujeres de antaño se casaban y tenían hijos porque era lo que les tocaba. Hoy en día, gracias a la emancipación femenina, no tiene por qué ser así. La mujer se empareja porque desea estar con la persona amada y crear con ella una familia. La aparición de los anticonceptivos permite que la mujer decida cuándo y cuántos hijos quieren tener. Por esta razón esos niños son ahora más deseados que nunca.

• «Las mujeres que alcanzaban cierto nivel educativo necesitaban a su lado un hombre que valorasen su potencial y las motivase para continuar desarrollándolo. Siempre aprecié el apoyo que recibí de mi marido y considero que este ha sido uno de los factores esenciales para continuar amándonos.»

• Los hijos se muestran orgullosos de los logros de sus madres. No se aprecian en ellos señales de abandono durante su infancia, ni consideran que hayan sido desatendidos por ellas.

• «Mi hijo ha crecido en un ambiente donde imperaban los valores de igualdad entre los sexos. Actualmente está casado y apoya a su mujer y comparte con ella las tareas domésticas y las labores de crianza de los niños.»

• La dependencia económica puede tener efectos muy dañinos para la relación de pareja, cuyos cimientos deberían ser el afecto, el compañerismo y el respeto mutuo.

• La educación desempeña un papel predominante para garantizar la independencia económica de las personas. La entrada en los colegios y en las universidades nos ha abierto muchas puertas a las mujeres.

• Por encima de todo, la mujer, como cualquier persona independientemente del sexo al que pertenezca y las condiciones sociales que la rodeen, tiene derecho a elegir. Quedarse en casa cuidando de sus retoños o irse a trabajar es una decisión personal, que debe tomarse estando libre de presiones externas.





2

La nueva madre





No caigamos en el victimismo, como bien decía Josefina; las mujeres de hoy tenemos la oportunidad de dedicar nuestra vida a hacer muchas de las cosas que nos apetecen. Algo tan sencillo como reunirse en un bar a tomar una merienda era inaudito para las generaciones de nuestras madres. Ahora, en cambio, vamos de copas a los locales nocturnos. Durante el siglo XX tuvo lugar tal cantidad de cambios para nosotras, que muchos se atreven a bautizarlo como el siglo de las mujeres.

Claro que nuestras necesidades y expectativas han cambiado. La mayor parte de las familias gozan de comodidades que antes sólo estaban al alcance de unos pocos y eso hace que hoy en día nos preocupemos por otras cosas, diferentes de las que preocupaban a nuestras madres. Las mujeres buscan en el hombre un trato de igual a igual, algunas reconocen que la maternidad no va con ellas, que prefieren disfrutar de los años jóvenes sin un bebé que les reste movilidad; viajan, salen a tomar unas copas con los amigos de manera asidua... Otras comparten un periodo de intimidad con la pareja previo a la llegada de la prole o aspiran a ocupar un alto cargo directivo en la empresa para la que trabajan. Es más, muchas mujeres lo ambicionan todo: tener una relación conyugal satisfactoria, crear una familia y trabajar en algo que les guste y las motive.

En el compañero esperan encontrar amor y amistad, y cuando se deciden a ser madres, también se plantean pasar con el hijo el tiempo suficiente para influir en su educación y desarrollo personal. Consideran que la maternidad debe tener sus gratificaciones: les gusta jugar con sus niños y compartir con ellos sus ilusiones sin prescindir de los placeres que el Estado del bienestar les ofrece. Por ello han postergado el momento de tener el primer hijo —a los treinta y dos años— y este suele ser el único. También es cierto que las mejoras en salud permiten a la mujer tener hijos a edad más tardía, cuando han obtenido cierta estabilidad laboral.

Pero si todo esto es cierto, ¿de qué nos quejamos las mujeres? ¿Por qué nos sentimos tan insatisfechas, víctimas de la ansiedad y la depresión?

Es evidente que no se puede dar una respuesta global a estas preguntas. Ni todas las mujeres somos iguales ni nos encontramos en las mismas circunstancias. Pero hay algo de lo que pocas mujeres con hijos pequeños se libran cuando se marchan a trabajar: el complejo de culpa.

Las mujeres se lamentan cuando no pueden dedicar más tiempo a su faceta maternal, pero también se sienten frustradas cuando tienen que sacrificar sus ambiciones personales y poner freno a su carrera profesional para atender al cuidado de los hijos. Dicen que el hombre de ahora tampoco es como el de antes, pero, todavía hoy, muchos creen que su trabajo «es más importante que el de su mujer». Si alguien tiene que aceptar la jornada a tiempo parcial o, sencillamente, dejar de trabajar, desde luego, será ella. Se da por hecho que será ella. Unos ochocientos hombres al año solicitan la baja por paternidad en nuestro país. La cifra es ridícula. Y menos del 2% la comparten.

Pilar, una diseñadora madre de dos hijos, se llevaba trabajo a casa después de su jornada laboral. «Lo cobraba aparte, como si fuera una freelance. Pero nació mi hija y ella me necesitaba cada vez más. Así que, al principio, pasaba la tarde con ella y, cuando se dormía, me ponía a trabajar. Al día siguiente me iba a la empresa a cumplir con la jornada. En fin, que dormía unas tres o cuatro horas como media. Aquello era imposible de aguantar y cogí la jornada de cinco horas. Después nació mi hijo. Me gusta mucho mi trabajo, y cuando sean un poco mayores volveré a trabajar la jornada completa.»

Todas las mujeres que hablaron conmigo opinaban que el reparto de responsabilidades en las tareas maternales no será equitativo hasta que pasen varias generaciones. Algunas, incluso, consideran que esa meta es imposible de alcanzar. Las leyes cambian con más facilidad que la mentalidad de las gentes. De hecho, hoy en día siguen funcionando anticuados estereotipos, como aquel que asegura que todas las mujeres desean ser madres y que estas son insustituibles en el hogar.

Tomemos, por ejemplo, un personaje de televisión con el que muchas mujeres se sintieron identificadas, especialmente cuando eran treintañeras: Ally Mcbeal. Es una abogada soltera y sin hijos, joven e independiente, que goza de éxito profesional. ¿Cuál es, entonces, su problema? Ally no tiene novio y, al parecer, está desesperada por cazar uno. Se pasa un capítulo tras otro en busca del príncipe azul, mientras que un personaje virtual, Dancing Baby, le recuerda que su reloj biológico sigue marcando los minutos de forma inexorable y que, como no espabile, perderá la oportunidad de desempeñar el papel de madre. En definitiva, Ally, como tantas mujeres de hoy, se encuentra atrapada entre el personaje de la autosuficiente superwoman y la Cenicienta, que ansía una relación de dependencia emocional. Al mismo estereotipo responden las protagonistas de Sexo en Nueva York, aunque intentaran hacernos creer que la situación estaba superada.

La decisión de tener o no tener hijos es una de las más difíciles de tomar para quien ya se ha integrado en el mundo laboral. Como decía, la mujer ha aplazado la edad de tener el primer hijo, precisamente para no tener que renunciar a algunos de sus sueños, pero casi todas las madres reconocen que no se sienten con las mismas fuerzas al criar un hijo pasados los treinta años que si lo hubieran tenido cuando eran más jóvenes.

«En esta vida siempre hay que tomar decisiones y elegir —añade Cecilia, profesora de francés y madre de un niño de diez años—. Pero esta sociedad pretende hacernos creer que se puede tener todo sin renunciar a nada y eso no es verdad. Toda elección implica una renuncia, y no tenemos que sufrir por ello.» A veces hay que cerrar una puerta para que otra se abra.

Otras, en cambio, se preparan para la gran escalada (lo digo en el mejor sentido de la palabra) en el ámbito laboral cuando sus hijos ya están criados. Nuestras diputadas son un ejemplo de ello: de entre todos los hombres que ocupan los escaños en el Congreso, hay un 33,7% mayores de cuarenta años, frente a un 40,8% de mujeres en la misma edad; el 36,8% de los varones tiene entre cincuenta y cincuenta y nueve años, mientras que un 46,9% de las diputadas se encuentra en esa franja. Por último, entre los treinta y los treinta y nueve años hay un 13,5% de hombres y sólo un 4,1% de diputadas. Cabe concluir pues, que la mujer no puede dedicar su vida a la política o a cualquier otra carrera como lo hacen los hombres mientras tiene niños pequeños que atender.

La nueva madre vive agobiada y recibe presiones de:

• La educación recibida: le han enseñado que su felicidad depende básicamente de su familia, de sus hijos y del amor. No la han preparado para vivir de otro modo. No tiene modelos ni referentes que la guíen en el nuevo camino que ha tomado la mujer. Tenemos dificultades para decidir ante el amplio abanico de opciones actual porque nuestras madres sólo tenían una: ser esposa y madre.

• La pareja: el hombre también ha sido educado de una manera determinada y no está preparado para acompañar a la nueva madre porque nunca se ha encontrado en su piel, no puede comprenderla. Cree que esta debe desempeñar un papel cuyo patrón es su modelo materno (a pesar de las diferencias entre la mujer de hoy y la de ayer).

• De múltiples canales, como la publicidad y los medios de comunicación, que ofrecen un modelo de mujer creado para gustar a los hombres.

• De algunos educadores infantiles que le inculcan que ella es la principal responsable del bienestar afectivo de su hijo.

• De los abuelos del niño y otros familiares que la juzgan y critican cuando atiende a sus propios sentimientos antes que a los de su familia.

• De otras madres que siguen los cánones tradicionales.



El tiempo de las madres

En un taller sobre la participación sociopolítica de la mujer se preguntaba a las asistentes cuál era la principal razón que impedía que las mujeres participaran más en los sindicatos, en la vida política, en las asociaciones o aspiraran a alcanzar un puesto directivo en la empresa. La respuesta fue unánime: la falta de tiempo. Se añadieron otros motivos: «porque nunca lo hemos hecho y estamos en el comienzo de la emancipación femenina», «porque nos ponen trabas»... Pero la escasez de tiempo era el factor principal.

Necesitamos tiempo para formarnos y prepararnos para ejercer una profesión, otro espacio temporal lo dedicaremos a la búsqueda de trabajo (oposiciones, contratos en distintas empresas, espera a que la situación sea más o menos sólida...); después llega la constitución de la pareja estable, con la que deseamos disfrutar de un tiempo de intimidad para estar a solas, viajar... Cuando quieres darte cuenta, estás a punto de alcanzar la edad de la menopausia y de perder la oportunidad de ser madre.

Las mujeres, por tanto, vivimos presionadas por una fecha límite y acabamos extenuadas por intentar adaptarnos a ambientes muy distintos: el doméstico y el de la empresa. Algunas, además, aún tienen energías para dedicarlas a proyectos personales (crean asociaciones, colaboran con alguna ONG...). Observa la siguiente lista de funciones con las que cumple la madre trabajadora:

• Madre (preocupada por trabajar el vínculo afectivo con el hijo).

• Esposa o compañera sentimental (también hay que cultivar la relación y dedicarle su tiempo).

• Trabajadora remunerada, con negocio propio o colaboradora en el negocio familiar.

• Educadora (ayudante en los deberes escolares, asistente a las reuniones del colegio y entrevistas con los profesores, encargada de marcar los límites y administrar disciplina, buscadora de profesores especiales para las asignaturas en las que los niños cojean, organizadora de actividades extraescolares, etcétera).

• Miembro de la Asociación de Madres y Padres del colegio de los hijos.

• Enfermera (aprendizaje de primeros auxilios, administración de medicinas, etcétera).

• Encargada de la asistencia sanitaria de la familia (implica llamadas a la consulta del médico, acudir a la misma, etcétera).

• Amiga de sus amigos (también hay que dedicar un tiempo a las amistades).

Psicóloga del hijo, del marido, de otros parientes, de los amigos, del jefe...

• Mediadora en los diversos conflictos que puedan presentarse entre los miembros de la familia.

• Cocinera.

• Decoradora.

• Compradora de todo lo necesario en el ámbito doméstico (incluye la búsqueda de regalos para tu familia política).

• Limpiadora.

• Encargada del cuidado de la ropa: lavadoras, tendido de la colada, planchado, arreglos, llevar y traer las prendas de la tintorería, etcétera.

• Cuidadora de los parientes mayores enfermos.

• Organizadora de los eventos sociales (aunque sea el jefe de tu marido quien viene a cenar).

• Organización de cumpleaños y otras ocasiones especiales.

• Preparación de las vacaciones (recoger información de las agencias de viajes, comparar las ofertas, preparar la ropa necesaria, etcétera).

• Ayudante en los conflictos de la comunidad de vecinos.

• Participante en acciones o asociaciones humanitarias.

• Jardinera.

• Encargada de cuidar a los animales domésticos.



Por si algo se me escapa, te dejo espacio para que apuntes esas otras funciones que tú ejerces y que no ves reflejadas en esta lista:



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Viendo este panorama no es de extrañar que más de una madre que trabaja envidie a la mujer florero.

Permite que me detenga un instante en el punto concerniente a las compras. Los hombres suelen bromear sobre nuestro afán consumidor. Habrás oído hablar —puede que lo hayas comprobado en tu propia piel— de las mujeres que alivian su «depre» paseando de tienda en tienda. Es difícil no caer en la adicción al consumo compulsivo cuando se está a cargo de las compras para toda la familia. Hay hombres que son vestidos por sus mujeres de arriba abajo, que tan sólo se acercan a la tienda para comprar zapatos, acompañados, por supuesto, de la esposa.

Los publicistas lo saben y dirigen sus mensajes a la mujer, perpetuando así el viejo rol.

Hecho el inciso, sigamos con esta extensa lista de papeles y funciones.

Que una persona desempeñe todo ello a la perfección es una tarea imposible.



Por desgracia, la imagen idealizada de la madre junto a la de la gran profesional influye en la mujer que se exige demasiado a sí misma. En la esfera laboral se han obtenido grandes cambios, pero no ha sucedido lo mismo en la doméstica. En muchas casas el hombre y la mujer continúan desempeñando los mismos roles que las generaciones anteriores.

Las trabas sociales que a ello se añaden han llevado a más de una mujer a tirar la toalla, a medida que menguan sus fuerzas y energías, hasta abandonar su trabajo, para concentrarse en el cuidado de su progenie, con la esperanza de que algún día, «cuando estén más creciditos», puedan regresar al mundo laboral.

La lástima no es que hayan preferido poner su tiempo al servicio de sus niños, sino que no les haya quedado otro remedio que renunciar a sus ambiciones profesionales, aun en contra de sus deseos. Esta es una decisión que cada mujer debería tomar por voluntad propia, y no porque se encuentre en la disyuntiva de tener que elegir entre el trabajo y la familia. La mujer debería tener a su alcance los medios necesarios para acudir a la empresa con la tranquilidad de que no está abandonando a sus pequeños.

A pesar de todo, el proceso de separación física del bebé es muy doloroso para la madre. Y son pocas las mujeres que se libran de esa sensación de pérdida.

Brenda Barnes, ex presidenta de la división americana de la Pepsi Cola, cedió ante tanta presión. Esta ejecutiva renunció a los trecientos millones de pesetas anuales que cobraba para ejercer de madre y ama de casa. «No me marcho porque mis hijos me necesiten —decía—, sino porque yo los necesito a ellos.»

Tanto en Estados Unidos como en otros países han aparecido asociaciones femeninas que abogan por el retorno al hogar y se enfrentan a las críticas de los colectivos feministas. Sin embargo, muchas de ellas no cortan del todo los lazos con el mundo profesional: trabajan en casa, hacen uso de Internet y del correo electrónico, escriben libros, montan un negocio propio...

Por otra parte, aunque la madre desee hacer un paréntesis en su vida y retirarse al ámbito familiar para disfrutar de la crianza de sus hijos, no siempre puede permitirse ese lujo. Esta sociedad nos obliga a contar con dos sueldos para pagar una hipoteca, y tampoco son muchas las mujeres que tienen recursos suficientes para plantearse la posibilidad de trabajar en su propia casa.

Esta presión sólo desaparecerá cuando los papeles sean del todo intercambiables entre ambos sexos. Pero hoy en día son muchos los motivos que lo impiden:

• La maternidad colma la existencia de la mujer, mientras que para el hombre no es más que otra ocupación. Para nosotras nada puede igualarse con criar un bebé, contribuir a su buen crecimiento, a la formación de un ser humano.

• Porque muchas mujeres siguen considerando que el ámbito doméstico es su territorio, donde el hombre —cuando está dispuesto a colaborar— se pone a sus órdenes para ayudar en casa, no para compartir la carga.

• Porque muchas mujeres creen que sus hijos son más suyos que del padre.

• Porque se ha puesto de moda la imagen de una mujer fuerte y segura de sí misma, capaz de soportar las situaciones más duras y difíciles, como es compaginar trabajo fuera del hogar y maternidad.

• Porque aún no tenemos las mismas oportunidades en el ámbito laboral: topamos con problemas para ser seleccionadas, estamos peor remuneradas, la promoción es mucho más dificultosa para nosotras...



Para ganar tiempo deberíamos empezar a plantearnos si no habría que dejar de lado algunas de nuestras responsabilidades y delegar en el resto de la familia. De lo contrario, al sentir que tienes que desempeñar todos esos papeles y que, además, debes hacerlo de forma perfecta, puedes padecer lo que Ken O’Donell ha llamado el síndrome de la manguera suelta: un gran chorro de agua sale enérgicamente de ella, pero, al no estar sujetada por una mano que la guíe, ese agua se gasta inútilmente y sin control. Al igual que le sucede a esa manguera, puede que tú dispongas del potencial necesario para alcanzar un objetivo, pero ¿qué ocurre si no has identificado esa meta? Pues que derrochas todo ese potencial enviándolo a diversas direcciones. Cuando se vive en medio de un huracán, haciendo mil cosas a la vez, es muy difícil saber hacia dónde te encaminas realmente.


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