Excerpt for El Experimento Panzergeist by , available in its entirety at Smashwords





















Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta obra son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados de manera ficticia.



















El experimento Panzergeist Primera edición: diciembre 2017 ISBN: 9788417234232

ISBN eBook: 9788417321659


© del texto:

Sergio Quintana Roig


© de esta edición:

, 2017

www.caligramaeditorial.com info@caligramaeditorial.com


Impreso en España – Printed in Spain


Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a info@caligramaeditorial.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.









A mi esposa Valerie, que me aguanta. A mi hermana Mónica, que me soporta. A mi hijo Eduardo, que me tolera.

Sin los cuales creo que habría escrito igualmente

este libro.







Prólogo


30/09/2018

TORRE ANNUNZIATA – SUR DE ITALIA





1

Sofía era bonita… bonita de las de verdad, de esas chicas que hacen que un hombre se enamore a primera vista. No era muy alta, apenas un metro sesenta, pero eso le daba un aspecto de muñequita adorable a la que necesitabas adoptar. Su piel era de un color aceitunado que contrastaba con el color azul claro de sus grandes ojos. Una naricita respingona y perfecta corona- ba la fascinante boca, cuya sonrisa aniquilaba a prácticamen- te cualquier homínido normalmente constituido que tuviera la vana pretensión de contemplarla sin temor a las consecuencias. Pasado un breve lapso de tiempo, el sujeto se sabía irremisible- mente perdido. Físicamente, era algo espectacular… En suma,

Hardware de alto nivel. Pero por desgracia era imperativo hallar- se fuertemente sedado para tratar con ella.

Su determinación, inteligencia superior y carácter intolerante, mezclados con una absoluta falta de paciencia, la convertían en alguien con quien era improbable pasar más de una tarde sin llamar al aeropuerto para reservar un billete de avión a la tierra del fuego, tan solo de ida, sin equipaje, o incluso… en calidad de equipaje, si con ello se conseguía despegar antes.

Sofía sentía auténtica pasión por la arqueología. Todo comenzó cuando a los seis años de edad vio una de las películas sobre las aventuras de Indiana Jones. A diferencia del resto de las niñas de su colegio, encontraba que el protagonista era absurdo por antonomasia. No obstante, la emoción de buscar y encon- trar vestigios de civilizaciones pasadas ya la había marcado para siempre. Inmediatamente, se originó una vorágine insaciable de conocimientos sobre la materia.

En virtud de su elevado cociente intelectual, a sus dieciocho años conseguía ser distinguida con un brillante doctorado en his- toria y arqueología por la universidad autónoma de Barcelona. Recientemente, había obtenido el grado superior de estudios de Asia Oriental. Gracias a esa capacidad para controlar las lenguas de las más variopintas zonas geopolíticas de la antigüedad, dis- ponía además de una notoria aptitud suplementaria.

Un año después, bajo petición del superintendente de Pompeya, Massimo Osanna, terminaba de consolidar sus estu- dios en la escuela de especialización de bienes arqueológicos de la universidad de la basílica. Finalmente, había llegado el momento de recoger los ansiados frutos de su trabajo, iniciando su carrera profesional en uno de los más renombrados yacimien- tos de todos los tiempos.

2

Para cuando sonó el despertador, Sofía ya llevaba más de una hora completamente equipada para su estreno como arqueólo- ga. Se sentía tan nerviosa como ansiosa por empezar a trabajar. Bajó apresuradamente al vestíbulo del hotel y preguntó por el comedor donde se servía el desayuno. Deseaba terminar de una vez con el tedioso interludio nutricional (como así denominaba a la imperativa necesidad de sustento que tiene el ser humano en relación con el tiempo empleado en sustentarse).

Estaba hambrienta, pero aun así no pudo evitar contemplar con cierto recelo los alimentos dispuestos sobre la mesa.

Todavía recordaba la cena del día anterior, cuando el cama- rero le había ofrecido unos ñoquis. No pudo evitar visualizar la imagen de un cocinero gordo y sudoroso, ataviado con una camiseta costrosa llena de manchas de grasa rancia pegada al cuerpo y amasando la pasta con sus dedos de salchicha.

Luego vino la náusea, seguida del alarmante calorcillo que despide el labio superior cuando indica que el herpes está a punto de ser reactivado. Intentó no pensar en la manipulación del género expuesto para el consumo, disponiéndose a finiquitar el trámite tomando un cruasán con mermelada acompañado de un capuchino. Le encantaba el café italiano.

Se levantó de la mesa al tiempo que daba el último sorbo a la taza, cuando entró Francisco Requena o Paquito, como le apodaban los otros arqueólogos españoles que trabajaban desde hacía dos años en el yacimiento de Pompeya.

Francisco era más bien poca cosa como bípedo humano… Bajito, regordete desgarbado… Y por si fuera poco, enamorado como un tonto de Sofía desde que la conoció en la universidad de Barcelona, donde ocasionalmente hacía suplencias.

Hacía cinco meses que estaba trabajando en el yacimien- to que iba a ser escenario del inminente estreno de su diosa

y no podía estar más entusiasmado con la noticia. Pensó que quizás esta vez lograría despertar su interés por él. Se acercó con paso inseguro.

Un tímido «Hola, Sofía, ¿te acuerdas de mí?» sonó tembloro- so, al tiempo que tendía su mano para estrechar la de ella.

—Claro que sí —contestó Sofía, dejando la taza de café sobre la mesa—. Francisco Requena, ¿verdad?, creo que estamos en el mismo equipo. Oye, ¿qué tal el trabajo? ¿Habéis progresado mucho?, estoy que me muero por empezar. Bueno, yo me voy al yacimiento, ¡nos vemos!

Tras coger su mochila salió apresuradamente del comedor.

Y así se quedó Paquito…, con la mano tendida y la boca en- treabierta, mientras veía desaparecer a Sofía como regaliz en boca de infante.

«Diez segundos...», pensó. «Diez segundos me ha dedica- do… Desde luego lo que se dice loca por mí no está».

Tras un profundo suspiro de impotencia, se derrumbó en una silla y empezó a mordisquear una tostada con la mirada fija en la mantequilla que ella no había tocado.

Tras lanzarle las llaves al recepcionista del hotel, Sofía se dirigió presurosa al aparcamiento de los clientes en busca de su precioso Renault 8 TS. Anteriormente, había sido propiedad de su abuelo, quien había prometido regalárselo para su decimoc- tavo cumpleaños.

El vehículo había sido enteramente restaurado y su motor

Gordini seguía tan rabioso como el día en que salió de fábrica.

Sofía tenía un amor incondicional por las cosas viejas y aquel coche no era para menos. Tras entrar ceremonialmente en el habitáculo, accionó el demarré con deleite. Antes de salir del aparcamiento, esperó un rato a que el motor se calentara, gozando mientras tanto del contacto con la máquina. Entonces pensó en Paquito. Lo correcto hubiera sido ofrecerle transporte, pero la sola idea de que les vieran juntos la avergonzaba. No le

costó mucho convencerse a sí misma de haber tomado la deci- sión correcta.

—¡Pompeya, allá voy! —exclamó puerilmente, incorporán- dose a la circulación para tomar luego la carretera que iba en dirección sur.

Minutos después, salía Paquito para coger el autobús que le dejaría frente al recinto de la ciudad arqueológica. Durante el trayecto, empezó a pensar que quizás no iba a pasárselo tan bien como él esperaba. Fue al llegar a la parada cuando se dio cuenta de que seguía sujetando la media tostada mordida del desayuno, además de haberse dejado olvidada la cartera en el comedor del hotel.

Como era temprano, Sofía decidió ir por el interior en vez de seguir la costa, cogería la calle Umberto I y después Vía Roma, era la ruta más directa hacia las excavaciones y casi no había tráfico a esa hora. Se dijo: «a las diez esta calle será intransitable, totalmente embutida por una turba de veraneantes obcecados en colapsar los servidores de Instagram, con los patéticos retratos de sus rostros zafios de mirada inerte y sonrisas Cheese».

En los últimos años, el vandalismo ocasionado por el impa- rable enjambre de visitantes había crecido de forma alarmante.

Para Sofía, Pompeya era un lugar sagrado. Se ponía enferma cuando veía a los turistas deambulando por sus calles, con el único interés de satisfacer su morbo con los vaciados en esca- yola de las víctimas y ver los prostíbulos donde copulaban. Por supuesto, había excepciones, pero desgraciadamente conta- ban minoría.

Luego estaban los niños: vocingleros, impertinentes, irrespe- tuosos, de manos y caras pegajosas, y por lo general irritantes, a los que no podía soportar.

Ella adoraba el trabajo tranquilo, la meditación, el análisis reconstructivo, la pasión por el pasado, pero cuando un niño empezaba con su labor de «niño», todo eso se esfumaba. Luego

el pequeño monstruo lo acaparaba todo. Aún recordaba a aquel infante de mirada torva, que aprovechándose del abundante gentío en la capilla Sixtina, se soltó de la mano de su madre para dedicarse a dibujar con su rotulador a Lucky Luke sobre el fresco de la pared que representaba un cortinaje. Para cuando el vigilante y ella lo atraparon, el niño, feliz y sonriente, estaba empezando ya a dibujar con evidente orgullo a Jolly Jumper.


Como no podía ser de otra manera, se encontró con un em- botellamiento en vía Roma.

—¡Fabuloso! —exclamó contrariada—. ¡Un autocar averia- do lleno de chinos y un solo carril para circular! ¡Justo lo que necesitaba!

Para tranquilizarse, introdujo en el radiocasete una vieja cinta de «Flamin’ Grooves». Nada más escucharse los primeros com- pases de «Shake some action», vio cómo por la ventana de su izquierda se acercaba un niño de no más de ocho años. En su mano zurda sujetaba un horripilante trapo sucio y goteante; en la diestra y bien apretado, medio bollo de crema que ya había diseminado generosamente parte de su relleno sobre la cara y el pelo de la criatura, dejándoselo de punta.

—¡Vete! ¡No quiero nada! —gritó Sofía, intentando ahuyentarle.

Pulisce il vetro, signorina? —repetía el chico con entusias- mo, sin dejar de acercar su trapo al parabrisas.

—¡No!, ya está limp…

Y el trapo comenzó a esparcir su siniestro contenido sobre el cristal impoluto del vehículo.

Impotente ante el desastre, no le quedaba más remedio que capitular.

Mientras el pequeño diablo salpicaba con ahínco, buscó una moneda para agradecerle de alguna manera los churretes de su- ciedad que iban cubriéndolo todo cual psoriasis mórbida.

El jovencito recogió la dádiva demostrando su agradecimien- to con una amplia sonrisa llena de bollo masticado, a la que su abnegada clienta correspondió con una sincera arcada. Luego, feliz, salió corriendo en pos de su próxima víctima.

Sofía se rio para sus adentros. Pensó en el pobre conduc- tor y en lo que le aguardaba. Miró por el retrovisor, no quería perdérselo.

Entonces el autocar decidió ponerse en marcha dando al traste con el ansiado espectáculo.

Nada más arrancar, accionó el interruptor del limpiaparabri- sas, pero el calor había consolidado ya la mugre y el depósito de agua estaba vacío ¡Aquel horror parecía extenderse cada vez más y más! Al final tuvo que resignarse a seguir conduciendo mientras intentaba ver algo a través de las pocas zonas del cristal que no se habían visto afectadas por la actividad laboral ilícita del pequeño zampabollos húmedo.

Luego, sin querer, pensó en el espantoso pastel apretado y volvió a sentir lo mismo que con los ñoquis del día anterior.


Tras cinco minutos de incómodo trayecto, llegó a la entrada del recinto reservada para los arqueólogos, gerentes y visitantes ilustres de turno.

El vigilante del aparcamiento levantó la barrera, aprovechan- do la ocasión para dedicarle a Sofía la mayor cantidad de piropos posible durante los dos minutos que tardó en levantarla.

No pudo evitar sonrojarse. Había algunos que, pese a su gran sentido del humor, rozaban los límites del buen gusto.

Aparcó en el único lugar que quedaba libre. Mientras estaba cerrando la puerta del R8, observó a un grupo de personas que estaban señalándola con muestras obvias de recochineo mal disimulado.

Entre ellos reconoció al arqueólogo Alfredo Alapont y al jefe del grupo de restauración, Honorato Espósito.

—Serán... ¿Pero de que se están burlando esos imbéciles? — se preguntó con irritación.

Un instante después, miró de soslayo al coche, obteniendo la respuesta a su propia pregunta: el capó y el parabrisas pare- cían un Jackson Pollock que hubiera sido pintado con jugo de pantano mezclado con grasa fétida.

Una voz a su espalda la sobresaltó.

—Señorita, la próxima vez dele la moneda... ¡Antes!

Era el superintendente Massimo, que también se sonreía ante el percance del encuentro con el trapo maldito—. No se preocu- pe, esto nos ha pasado a todos al menos una vez. ¡Bienvenida a Pompeya! —exclamó, tendiéndole la mano.

—Perdone mi reacción —respondió Sofía, aceptando su saludo—. Es que no acabo de adaptarme a la idiosincrasia local.

¿No hace nada la policía para controlar a esos críos?

Un coro de carcajadas respondió a la pregunta.

—Ya se irá acostumbrando. Venga, le presentaré al resto del grupo. ¿No ha venido con usted el señor Requena? Tenía enten- dido que se hospedaban en el mismo establecimiento.

—No, señor —respondió Sofía—. Esta mañana nos encontra- mos en el comedor del hotel, pero yo ya me iba cuando el bajó a desayunar. No quería llegar tarde a mi primer día de trabajo.

—No creo que se demore. Supongo que ya conoce a Alapont y a Espósito.

—Sí, nos presentaron en la universidad de la basílica durante mis estudios —dijo Sofía, estrechando sus manos.

—Estos son Paolo Stufato y Gina Scarfagna, dos magníficos

estudiantes de arqueología en su último año.

Mientras se acercaba a Paolo para formalizar el saludo, Sofía vio la típica reacción que la mayoría de chicos acostumbraban a mostrar cuando la miraban por primera vez. El joven puso cara de ensaimada y sus mejillas cambiaron de color rosa a rojo tomate.

—Bnos... ías —balbuceó Paolo, totalmente extasiado. Natu- ralmente, hubo consecuencias. Un tremendo pisotón que recibió de Gina y la mirada de reproche con la que fue totalmente ani- quilado, dejó patente la existencia de algún tipo de relación sen- timental entre los dos.

—Huy… Qué tonta... Perdona, cielo —dijo Gina dedicándo- le una sonrisa atravesada a Paolo mientras este se frotaba el pie, mostrando evidentes signos de dolor.

—No pasa nada... —gimió este con los ojos empañados de lágrimas

Gina era en verdad una chica preciosa, pero su belleza pali- decía ante la de Sofía.

—Hola, ¿cómo estás querida? Estoy totalmente segura de que vamos a ser unas amigas estupendas —dijo con palabras enve- nenadas la ultrajada Gina.

Las dos jóvenes se dieron un beso formal, aunque Sofía ya sabía que lo único estupendo que había sucedido es que Gina venía de echarle mal de ojo.

—Finalmente —prosiguió el superintendente—, le presento a Maximilian Van Omeren de la Freie Universität de Berlín, docto- rado en Arqueología clásica y Egiptología.

Sofía conocía a Van Omeren por sus publicaciones en revistas y periódicos, pero no sabía el aspecto que tenía. Ante ella se mos- traba un hombre bastante alto y delgado —un metro noventa— calculó a simple vista. Vestía un traje blanco muy ligero y bajo la chaqueta portaba únicamente una camiseta de tirantes.

Lo más impresionante era su rostro: parecía hecho de madera, no expresaba emoción alguna, incluso sus ojos parecían pinta- dos y átonos.

Seguro que si lo pincho gotea Botox —se dijo Sofía

Estimó que rondaría los cincuenta años de edad, tenía la piel muy agrietada, sin duda por la exposición prolongada al sol. Le

recordaba a... Y otra vez volvió a pensar en la madera, incluso cuando para saludarla dijo:

Encantado de conocerla, señorita. —Sus labios finos y prácticamente inexistentes permanecieron inmóviles. También llevaba gafas de concha de fuerte graduación con unos crista- les solares batientes adaptados a la montura. El artefacto visual reposaba sobre su nariz aguileña y extremadamente fina para el gusto de Sofía.

«Menos mal que no me ha tendido la mano», pensó, aliviada de no tener que soportar el contacto de los apéndices huesudos de largos dedos y reseca piel que asomaban por sus mangas.

—Mirad, aquí llega Paquito —anunció Paulo

—¡Hola, Paquito! —exclamaron los demás casi a coro.

El profesor Requena lanzó una mirada asesina al grupo excepto a Sofía, a la que dedicó una gran sonrisa. Luego, al pasar ante la fila de coches aparcados, vio el R8 y comprendió que la princesa de sus sueños había sido víctima de uno de esos limpias callejeros, lamentables integrantes bisoños del folklore napolitano.

—Buenos días a todos —respondió por puro formulismo. Después se acercó a Sofía para decirle cuánto sentía lo que le habían hecho a su vehículo.

Para su sorpresa, fue ella quien tomó la iniciativa. Por la expre- sión de su rostro dedujo que iba a ser culpado de algo, aunque no sabía muy bien de qué.

—¡Por eso vienes en autobús! ¡Tú lo sabías! Podrías haberme avisado ¿no?

—Sí… Bueno… Yo… Es que… —balbuceó Paquito, fracasan- do en su intento de elaborar una línea de defensa convincente.

Milagrosamente, fue la propia Sofía quien acabó sacándole

del apuro al reflexionar sobre su breve encuentro en el comedor.

—Bueno…, reconozco que no te dejé tiempo para hablar y me fui a toda prisa, puede que la culpa sea tan solo mía.

Francisco Requena estaba ya en el paraíso terrenal, ella... ¡ha- blándole a él! ¡Pidiéndole disculpas!...

Osanna solicitó la atención de los arqueólogos, expulsando del paraíso a Paquito.

—Hechas las presentaciones, les ruego que nos apresuremos en acudir al yacimiento, esta mañana tengo asuntos importantes que atender.

Como si de una orden castrense se tratara, la comitiva se puso

en marcha.

—¿Ha leído ya el expediente? —preguntó el superintendente, que caminaba al lado de Sofía.

—Por supuesto —contestó ella—, se trata de una domus que está situada al final de la Vía dell Abbondanza al lado del anfi- teatro, poco después de…

—No hace falta que siga, ya veo que ha hecho usted sus deberes. —Sonrió Osanna, poniendo fin al aluvión de datos—. Entonces sabe que únicamente nos queda por descubrir el pe- ristylium1, que es donde va a trabajar junto a los señores Van Omeren y Requena—

—Perdone mi entusiasmo, pero es mi primer día y estoy un poco nerviosa.

—La entiendo perfectamente…, pero diríjase a mí por mi nombre de pila, Massimo.

—Gracias, Massimo, es usted muy amable —respondió Sofía con una sonrisa.

—Como podrá ver, el señor Espósito y su equipo están ha- ciendo una labor admirable con los frescos. Son increíblemente hermosos, aunque su policromía no corresponde con ninguno de los estilos de la época.

—A lo mejor el artista intentaba crear una nueva escuela.

—Es una posibilidad —respondió el superintendente—. Por lo demás, las escenas son las habituales… Paisajes, el triunfo de



1 Jardín porticado tras la casa.

Hércules ante Cerbero, formas y fondos arquitectónicos, másca- ras teatrales… Todavía queda mucho por descubrir en los muros circundantes al peristylium.

—¿Siguen en Pompeya los escasos objetos recuperados que salen en el informe? —preguntó Sofía

—Prácticamente todos, excepto el gran joyero vacío, el cartí- bulum2, que se encuentra en un estado excelente, y los dos vasos de plata que estaban alrededor del mismo. Puede ir el sábado a examinar las piezas mientras las restauran en el museo arqueo- lógico de Nápoles para su exposición.

En ese momento llegaron ante la fachada de la casa. Paolo y Gina fueron los primeros en cruzar el umbral de la puerta, segui- dos de Alapont y Espósito.

—Adelante, tenga la bondad de seguirme, voy a mostrarle la zona que le he asignado —dijo el superintendente entrando en la casa.

Sofía fue tras sus pasos, seguida de cerca por Van Omeren y Francisco.

Tras la puerta, el amplio vestíbulo mostraba un suelo revesti- do de mosaicos de diminutas teselas representando una escena de caza que despertó la admiración de la joven arqueóloga.

—Bonito, ¿verdad? —le preguntó Francisco.

—Magnífico —contestó Sofía, examinando embelesada

el mosaico.

—Fui yo quien lo sacó a la luz —contestó él con premura—.

Me llevó tan solo tres semanas dejarlo en su actual estado.

Paquito no desaprovechó la ocasión que se le brindaba para impresionar a Sofía. Hacía rato que estaba planeando invitarla a cenar esa misma noche en un restaurante de Nápoles que él consideraba romántico. Solo le quedaba solventar el tema del transporte: el autobús no se le antojaba del todo adecuado para una primera y romántica cita, por lo que alquilaría un coche



2 Mesa de mármol con patas de felino.

esa misma tarde, un coche grande, pensó, eso la impresiona- ría aún más.

—Faltan algunas piezas —remarcó Sofía—. ¿Las has arranca- do tú? Seguro que las has perdido… Mira, a ese perro le falta un ojo… ¡y al arquero un pie!

Francisco volvió a caer de su nube por tercera vez aquel día.

Van Omeren escuchaba su conversación sin inmutar ni un ápice su rostro totémico.

—¡No estaban! —gimió, y luego, horrorizado, se escuchó así mismo decir con un hilo de voz infantil—. ¡Yo no he sido! — después deseó que la tierra se lo tragara.

Van Omeren se dirigió a Sofía.

—Francisco tiene razón, señorita, pero ahora el mosaico es labor de los restauradores. Pise con cuidado, algunas de las teselas están sueltas.

El superintendente había cruzado el atrio y les esperaba en el tablinum3que daba al patio trasero de la casa. Impaciente, tuvo que apremiarles en voz alta.

—¡Vamos, no se entretengan, ya saben que tengo prisa! Sofía y Van Omeren acudieron rápidamente a su lado. Mien-

tras tanto, el pobre Paquito seguía inmóvil mirando fijamente a su mosaico. Aún no había perdido la esperanza de ser engullido por la tierra.

—No sé que le ocurre hoy al señor Requena, ¿parece como ido…, verdad? —les preguntó Osanna, suspicaz.

—Yo siempre le he visto así —contestó Sofía.

—Es por usted…, creo que le gusta —dedujo Van Omeren.

—Pues en ese caso tendrá que poner fin a esto. Yo necesito a un arqueólogo que esté en condiciones de trabajar, así no me sirve para nada —protestó Osanna.





3 Centro de recepción y trabajo del dueño de la casa. En este caso solo hacía

de paso entre el atrio y el patio trasero.

A pesar de que hablaba en voz baja, su tono era firme y auto- ritario, aunque en su fuero interno comprendía perfectamente a Paquito, Sofía era dolorosamente bella, incluso él se había estre- mecido esa misma mañana ante su cautivadora sonrisa.

—No se preocupe, Massimo, cuando venga tendremos unas palabras. No es la primera vez que me ocurren estas cosas — aseguró ella.

«Apostaría por ello», pensó el superintendente, intentando no perderse en el cielo azul de sus ojos.

Habían excavado horizontalmente, dejando el patio trasero prácticamente al descubierto. Ahora tenían que ampliar el pe- rímetro hasta llegar a las paredes limítrofes del perystilium. Estaban, pues, rodeados de una montaña de sedimentos volcáni- cos compuestos de ceniza, pumita y un montón de cascotes de distinta composición. Afortunadamente, estaban poco compac- tados, gracias a lo cual su extracción resultaba sumamente fácil.

—Sofía, usted se encargará de la pared del fondo. Van Omeren y Francisco trabajarán en las laterales. Es de esperar que pronto se encuentren con las columnas que soportaban el en- techado que circundaba el perystilium, o al menos eso sería lo habitual. Tras ellas aparecerán los muros exteriores y, con suerte, los frescos de costumbre que los decoran internamente a lo largo de toda su longitud.

Mientras el superintendente hablaba, Sofía abrió la mochila para coger las herramientas que su padre le había regalado la semana antes de salir hacia Italia. A las herramientas le siguieron un bloc de notas, una botella de agua, unos guantes de piel muy finos y una cámara de fotos digital en tres dimensiones que el mes anterior había comprado en Amazon.

—Espero que disfrute con el trabajo —dijo el superintendente despidiéndose de Sofía—. Ya tiene mi número, esta tarde y todo de día de mañana estaré en el museo arqueológico de Nápoles.

Quiero restringir aún más la entrada de turistas, pero lo único que obtengo es oposición. Ya estoy harto de robos y vandalismo. Sofía no podía estar más de acuerdo con él, incluso tuvo la tentación de sugerirle que prohibiera la entrada a los niños, pero rápidamente desechó la idea. No quería meter la pata inmiscu- yéndose en asuntos que no eran de su incumbencia. Además, si se les negaba la entrada a los críos tampoco vendrían sus padres

y el dinero tenía que fluir, de otro modo ella no estaría allí.

Tras despedirse del superintendente con una gran sonrisa, se equipó con los guantes y un mono de trabajo bastante ceñido que extrajo de su mochila. Después se acercó herramienta en mano a la montaña de substrato que tenía delante.

Van Omeren y Paquito ya estaban trabajando, cada uno en su lado, extrayendo puñados de roca volcánica y ceniza con sus respectivas rasquetas.

Empezó a trabajar, un poco despacio al principio, pero poco a poco fue ganando velocidad. Al cabo de una hora, ya había extraído casi medio metro cúbico de material. Empezaba a im- pacientarse, quería dar con algo, aunque tan solo fuera una simple columna.

Fue Paquito quien rompió el silencio.

—Esta casa me da mala espina —comentó sin dejar de trabajar.

—¿Y eso por qué? —preguntó Van Omeren dándose la vuelta para hablar con él cara a cara.

—Pues por multitud de razones... —respondió—. ¿No tenéis la sensación que esta domus fue abandonada mucho antes de la erupción? No dejaron casi nada, no sigue el patrón de las otras. Cuerpos, joyas, comida, ánforas, dinero... No hay nada, seguimos sin saber quién era el dueño de esta casa ni a qué se dedicaba… En fin, que no es normal.

—Tonterías —le contestó Sofía, deteniéndose en su trabajo y mirándole con indolencia—. Lo más probable es que la vendie- ran por problemas económicos, dejando la casa vacía antes del

desastre, o sea, que salvaron el pellejo sin tener ni idea de lo que se les venía encima.

—Los muros, fachada, frescos…, casi todo fue restaurado después del gran terremoto, yo creo que Paquito no anda del todo desencaminado —dijo Van Omeren a Sofía—. Hacía falta muchísimo dinero para pagar el coste que suponía restaurar una domus de estas dimensiones. No creo que la abandonaran por cuestiones pecuniarias.

—Entonces, ¿qué…? ¿Fantasmas? —Rio Sofía.

Van Omeren les dio la espalda reemprendiendo su trabajo.

—Nunca se sabe —bromeó, soltando a continuación una car- cajada espectral.


Los arqueólogos reemprendieron el trabajo en silencio. Más tarde, cerca del mediodía, la rasqueta de Van Omeren tocó algo metálico.

—¡Aquí! —exclamó en voz alta. Sofía y Paquito volaron a su lado.

—¿Que has encontrado? —preguntaron al unísono.

—Parece metálico, echadme una mano por favor.

Los tres se pusieron a escarbar en torno al objeto que había encontrado Van Omeren. Poco después, quedaba al descubierto parte de lo que parecía ser una columna de bronce irguiéndose en vertical. La superficie era absolutamente lisa y su diámetro rondaría los veinticinco centímetros.

—Siendo una columna, deberíamos encontrar otra perpendi- cularmente a esta —dedujo Requena empezando a trabajar en el lado opuesto, justo en el lugar que parecía ser el adecuado para corroborar su hipótesis.

—Sugiero que comamos algo —interrumpió Van Omeren, dejando el pincel al lado del hallazgo—. Son casi las dos de la tarde y todavía estoy con el postre de ayer.

Sofía hubiera seguido trabajando, pero a su compañero no le faltaba razón. Tras sacarse los guantes, abrió su mochila en busca del diminuto bocadillo que había comprado en uno de los carísimos tenderetes turísticos de la entrada.

Van Omeren vio a la arqueóloga sentarse en el suelo, dis- puesta a ingerir una ridiculez. No podía tolerarlo. Le tendió su huesuda mano y dijo en tono caballeroso:

—¿Me permite invitarla al restaurante, señorita? Hay un esta- blecimiento espléndido cerca de las excavaciones que, presumo, será de su total aprobación.

En condiciones normales, Sofía se habría negado, pero creía que ya era hora de que le pasara algo bueno. Además, se sentía decepcionada de no haber sido ella la autora del primer descu- brimiento del día y poder comer en un restaurante, aunque fuese en compañía de un tótem, siempre era mejor que comerse un bocadillo en el suelo. Evitando coger su mano, se levantó con- testando a la invitación.

—Será un placer, Maximilian. —Empezaban a despojarse de su ropa de trabajo cuando Sofía preguntó—: ¿Vienes, Francisco? Paquito andaba corto de fondos y no podía permitirse el res- taurante, por lo que intentó arreglar su situación diciendo con

voz despreocupada:

—Id sin mí, yo estoy a régimen, me he preparado un sánd- wich vegetal. —Tras despedirse abandonaron el patio. Estaban cruzando el atrio cuando les llegó el grito de—: ¡Sofía! ¿Puedo comerme tu bocadillo?

Van Omeren y Sofía estallaron en risas. La cintura atocinada de Paquito no era de pantomima.

Y la tierra seguía empeñada en no querer tragarse a Paquito.


Sofía aprovechó que estaba en el atrio para tomar unas cuantas fotografías de los frescos en los que trabajaba el equipo de Espósito.

La sesión se prolongó hasta que la paciencia del arqueólogo

comenzó a evidenciar flaqueza.

—¿Le importa que vayamos en mi coche? —preguntó Van Omeren.

—¿El señor no soporta la suciedad? Quizás el modelo de mi automóvil no es de su agrado. ¿Le molesta que la tapicería no vaya a tono con el color de sus ojos? —contestó vengativa, recor- dando la odiosa burla matinal de la que había sido objeto.

—Intentaba ser un caballero —respondió impávido, ofrecién- dole el antebrazo.

—En ese caso quedaré encantada —contestó Sofía, aceptan- do su oferta con una pose teatral, adoptada en parte como dis- culpa por su patinazo.

—Quizás prefiera andar un poco, aunque tendríamos que

atravesar el recinto. Es el Tiberius, ¿lo conoce?

—Sí a lo primero, no a lo segundo. ¡En marcha! —exclamó, empezando a caminar a paso ligero.

Tardaron media hora en llegar al restaurante. Durante el tra- yecto, Sofía no cesaba de hacer fotos con su nueva cámara tri- dimensional. Desde su infancia sentía pasión por ese tipo de fotografía, atesorando con cariño un antiguo visor estereoscópi- co de baquelita, un View-Master de 1945, que había sido propie- dad de su bisabuela, junto a un heterogéneo montón de discos de diapositivas.

Una vez en el restaurante y antes de que el camarero pudiese preguntarles dónde querían sentarse, Sofía ya se dirigía resuelta hacia la terraza cubierta de blancos manteles que podía verse desde la misma entrada.

El camarero y Van Omeren la siguieron en silencio hasta que la joven encontró un lugar de su agrado.

Desde el sitio de su elección podía verse en lontananza la

isla de Capri y a su espalda la impresionante silueta del Vesubio.

Spaghetti di mare y Chianti, por favor —ordenó nada más sentarse.

—¿No quiere ver la carta? —preguntó el camarero.

—¿Es que no tienen nada de lo que pido? —dijo Sofía con aura inocente.

—S-sí… Sí, enseguida —respondió un tanto aturdido—. ¿Y usted, caballero?

—Lo mismo para mí —respondió Van Omeren sentándose a su vez—, pero antes tráiganos una docena de ostras y una botella de Gewürztraminer bien fría. ¡Ah! Y asegúrese de que sea del alemán, no soporto el de Termeno.

Tras tomar debida nota, el camarero se fue con aire enfada- do. Aquella mocosa impertinente no le había dejado ocasión de mostrar la carta de la que tan orgulloso se sentía y, por si fuera poco, el alemán rimbombante venía de sugerirle que el vino de su país era mejor que el italiano.

Pero aquel tipo dejaba propinas de infarto cada vez que iba a comer allí, así que hizo lo que estaba acostumbrado a hacer cada día, tragarse el orgullo.

—¿Qué opina usted de la columna que hemos encontrado?

—preguntó, Van Omeren.

—Que esté hecha de bronce es algo inusual, lo mismo ocurre con su monótona superficie, no es más que un simple cilindro metálico —contestó ella.

—Pienso exactamente igual. ¡A ver si Paquito tendrá razón y hay un misterio fantasmal en esa domus! —exclamó riéndose.

Entonces trajeron las ostras. Ambos arqueólogos concen- traron toda su atención en los indefensos y agonizantes bival- vos, que iban desapareciendo entre trago y trago del exquisito vino alemán.

Justo después les tocó el turno a los Spaguetti di Mare, quienes acabaron sufriendo la misma suerte. Esta vez fue el Chianti quien tomó el relevo, imponiendo una charla intranscendental.

Cuando estaban terminando, llegó el camarero con la carta

de postres. No quería hacer esperar al alemán de las propinas.

Esta vez el ofrecimiento fue saboteado por Van Omeren.


—Nada para mí, tráigame un Limoncello junto con la cuenta, por favor… que se nos hace tarde.

—Huy, que bien, ¡yo quiero otro! —anunció Sofía, un tanto achispada.

El camarero fue a buscar el licor.

—Creo que esta tarde daré con algo importante, lo presiento. Sofía no sabía lo proféticas que iban a ser sus palabras, ya que unas horas más tarde iba a ser la protagonista del hallazgo más

sorprendente de la historia.

Cuando Sofía y Van Omeren regresaron al yacimiento, Fran- cisco ya había dado con otra columna idéntica, exactamente donde él había vaticinado.

Había empezado hacía poco a descubrir la cara delantera e iba subiendo desde la base en busca del hipotético capitel.

«Tan solo falto yo», pensó Sofía, sintiendo un poco de envidia.

Tras ponerse la ropa de trabajo, empezó a trabajar con determinación.

Eran las cinco de la tarde y el sol caía abrasador. El vino y el Limoncello ingeridos estaban pasando factura a modo de peque- ños duendes jugando al frontón dentro del cráneo de la joven arqueóloga.

Para colmo, se levantó un ligero viento que iba depositando generosamente, y de forma indiscriminada, partículas de polvo terroso sobre su cara.

Los dos hombres trabajaban en absoluto silencio. Cada uno se ocupaba de desenterrar su respectiva columna e iban tomando algún que otro apunte o medida.

El mutismo general fue impuesto a petición de Sofía. Era im- perativo evitar enardecer a los mini jugadores de pelota vasca.

La arqueóloga estaba preguntándose si también se estaría celebrando un partido de semifinal en la cabeza del alemán, cuando de pronto su rasqueta tocó metal.

—¡¡Ya era hora!! —gritó excitada mientras seguía escarbando.

—¿Otra columna? —preguntó Paquito, intentando parecer impresionado.

—No... También es de bronce…, pero su superficie parece to- talmente plana —contestó sin detenerse en su enfebrecida tarea. Van Omeren reaccionó en silencio: dejó todo lo que estaba haciendo para ir sentarse sobre unos cascotes. Quería observar a

Sofía mientras trabajaba.

Encendió lentamente un pequeño cigarro habano, aspirando el humo con deleite. Después introdujo la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y empezó a juguetear con algún objeto que allí atesoraba.

Un poco más tarde, los tres arqueólogos se miraban entre sí.

Sus semblantes estupefactos eran el común denominador.

¡Era una puerta! De eso no cabía duda, quedaban al descu- bierto los goznes inferiores y medio del lado izquierdo que la mantenía unida al marco hecho también de bronce. En el lado derecho podía verse la cerradura.

Sofía empezó a hiperventilarse.

—Si el techo que hay encima de esta puerta estuviese intacto…

—dijo en voz baja Van Omeren a los demás.

—Las columnas están hechas de bronce al igual que la puerta y el marco… ¿Tendrá también un techo metálico? —aven- turó Sofía.

Los tres se lanzaron a trabajar sobre la columna que Paquito tenía casi al descubierto. Calcularon que hasta el cielo abierto quedarían entre dos y tres metros de sedimentos, dependiendo de la altura de la techumbre. Al cabo de una hora, Paquito exclamó:

—¡Lo tengo! ¡Es de metal! ¡Parece que está en una sola pieza! Bajó de la escalera para ver mejor el conjunto.

Los tres arqueólogos no daban crédito a sus ojos. ¡Aquel perystilium estaba rodeado por un pasillo hermético, que parecía hecho para resistir la erupción del volcán!

—¡Llamad a Osunna..., digo a Osanna! —gritó Sofía mientras que con dedos temblorosos buscaba el número del superinten- dente en la guía del móvil.

Van Omeren, paralizado, observaba en silencio la cerradura de la puerta.

Paquito empezó a tener otro de sus ataques de ansiedad.

—¡Max! ¡Haz algo! ¡Que el bajo de tensión este se nos muere!

—gritó Sofía a Van Omeren—. En mi mochila encontrarás un botiquín, ponle Mercromina, pomada, vendas o lo que mejor te parezca, pero consigue que pare de gimotear de una vez o hago una desgracia.

Tras varios intentos fallidos, encontró el número que buscaba.

—¡Señor Osunna! —gritó, equivocándose de nuevo—.

¡Hemos descubierto algo fantástico! ¡Venir tiene que aquí, in- mediatamente, la erupción de Paquito se nos va por la puerta de bronce porque ya lo sabían!

—¡¿Pero qué galimatías es ese?! ¡Haga el favor de calmarse, Sofía! —chilló el superintendente.

—¡Venga inmediatamente! —exigió. Luego cortó la comu- nicación.

Massimo Osanna dudó sobre la cordura de su protegida. Comprendía que el primer hallazgo siempre resultaba emocio- nante, pero de ahí a comportarse como venía de hacerlo…

No obstante, Sofía era extremadamente inteligente. Nunca había dado muestras de desvariar, de manera que se merecía algo de crédito por su parte. Tampoco le había gustado nada aquello de Paquito se nos va, por lo que decidió cancelar todos sus compromisos y presentarse rápidamente en el yacimiento.

Una hora más tarde, cruzaba la fachada de la domus.

Los arqueólogos habían abandonado el vestíbulo y el atrio para reunirse en el patio trasero. Conforme se iba acercando, reconoció la voz de Sofía.

Cuando cruzó el tablinum y entró en el perystilio, todos guar- daron silencio.

Se fijó primero en Francisco Requena, parecía encontrarse perfectamente y chupaba un caramelo de color verdoso, luego examinó los descubrimientos del día.

—Mire, señor —le dijo Sofía, mostrándole la parte que podía verse de la puerta.

—¿En qué estado está el techo?

—Intacto —informó, Van Omeren.

—También es de bronce —agregó Paquito tras tragarse el último trozo del caramelo.

El superintendente inspeccionó la cerradura, tras reflexionar

unos instantes empezó a dar instrucciones.

—La puerta se abre hacia afuera. Lo primero que haremos es despejarla totalmente junto con el marco. Según parece la llave está del otro lado, no sería de extrañar que encontrásemos los esqueletos de las personas que se refugiaron aquí, convencidos de que la estructura de bronce les mantendría a salvo. Probable- mente, sea el propietario de la casa junto con toda su familia y pertenencias, eso explicaría los pocos objetos encontrados hasta ahora. Cuando hayan terminado, llámenme al móvil y regresa- ré con un especialista en cerraduras antiguas que contratamos ocasionalmente.

Los arqueólogos se entregaron a su labor con auténtico frenesí. Avanzaban muy deprisa, deteniéndose solo de vez en cuando para beber un poco de agua o tomar apuntes.

Dos horas después y tras casi dos mil años de obscuridad, la puerta y el marco volvían a saludar al astro rey. Haría falta pulir el bronce para quitarles la pátina verdosa de óxido de cobre que cubría su lisa y monótona superficie, pero eso era trabajo de los

restauradores. Sofía se concentró en limpiar lo mejor posible el orificio de la cerradura. Efectivamente, la llave parecía estar del otro lado. Era muy posible que estuviera cerrada y, puesto que la puerta se negaba a abrirse por más esfuerzos que se hicieran, había llegado el momento de contactar con el superintendente para confirmar la necesidad del experto. De ser posible, tenían que evitarse daños materiales durante el proceso de apertura.

Tan solo media hora después de recibir la llamada, el cerraje- ro trabajaba en el mecanismo bajo la atenta mirada de Osanna y el resto de los arqueólogos.

—No puedo abrirla —declaró el hombre que había traído el superintendente tras utilizar una minicámara para observar el in- terior del sistema de cierre.

—¿Por qué? —preguntó Sofía con ansiedad.

—Pues porque ya lo está. Menos mal que es así, el muelle de hierro del pasador ha desaparecido y hubiera puesto las cosas mucho más difíciles. La puerta no puede abrirse porque el marco está descuadrado, creo que podríamos intentar tirar de ella con una polea motorizada. Se puede pasar un gancho de tijera a través de ojo de la cerradura, así no tendremos que perforarla. El bronce posee algo de elasticidad y puede que no se rompa — contestó, dando su parecer.

—Háganlo —ordenó el superintendente sin dudarlo un instante.


Poco después, estaba todo dispuesto. Empezaron por recoger lentamente el cable de acero trenzado que unía la puerta a la polea hasta dejarlo tenso. Van Omeren, provisto de una palanca, se situó al lado del marco y fuera del ángulo de apertura a fin de ayudar a desencajar la puerta, luego hizo una señal al ope- rario que accionaba el motor para indicarle que estaba listo. La polea se puso a girar muy despacio hasta que el cable comenzó a vibrar debido a la tensión. El alemán introdujo la palanca en el

quicio superior de la puerta y presionó hacia abajo. Un instante después, esta se abría violentamente levantando una polvareda considerable.

Sofía fue la primera en entrar. Frente a ella había un pedestal de mármol blanco que tenía grabada la frase «amicorum omnia saecula» (amigos para siempre). Encima de él reposaban dos bustos manufacturados en bronce, que representaban a dos hombres de raza caucásica de distinta edad. No había ningún nombre grabado. El de la izquierda, de rasgos más jóvenes, era de un tamaño supe- rior al de la derecha, si sus proporciones eran reales, la persona que sirvió de modelo debió de ser un hombre bastante alto y cor- pulento, un gigante para la época en que le tocó vivir.

El pasillo alrededor del perystilio parecía haber quedado intacto tras la erupción. Las paredes interiores que había a ambos lados estaban desprovistas de frescos que las decoraran, tan solo estaba el enlucido blanco que se aplicó encima de los ladrillos de barro que las conformaban. El pasillo del lado derecho estaba vacío, pero al fondo del izquierdo y en el suelo, yacían los restos de la última persona que había entrado allí. Su esqueleto estaba intacto y cubierto de harapos que se deshacían nada más tocar- los. Una hebilla, una lámpara de aceite y un diminuto caballo de madera estaban a su lado.

Sofía fue la que se llevó la mayor decepción. Ella esperaba hallar, sino un tesoro, al menos algo que pudiera suscitar ad- miración del mundo de la arqueología, pero lo único que tenía ahora era el cadáver de un hombre joven y un pedestal con dos bustos sin nombre.

El superintendente sabía muy bien cómo se sentía. A modo de consuelo, intentó quitarle importancia a la situación.

—El siguiente paso será analizar y catalogar todo esto. A ver si podemos sacar algo en claro. Si lo desean pueden dejarlo para mañana.

—Prefiero quedarme. Se me ha quitado el apetito —dijo Sofía.

—A mí me pasa igual— respondió Van Omeren, reacio a

dejarla sola en su aflicción.

—Pues yo me vuelvo al hotel, ya he tenido bastante por hoy

—Anunció Paquito, abandonando el escenario

—Como quieran. Yo me vuelvo a Nápoles, estaremos en con- tacto —dijo el superintendente dirigiéndose a la salida.

Van Omeren, quien parecía también un tanto frustrado, se dispuso a ayudar a Sofía con el cadáver. No se le había pasado por alto la mueca de asco que hizo la joven al descubrir al finado.

—Se lo agradezco, Maximilian, reconozco que soy un tanto maniática con estas cosas —respondió Sofía mientras empeza- ba a limpiar y a medir el pedestal. Se sentía reconfortada de no tener que pasar la tarde en compañía de un esqueleto.

Van Omeren llevaba apenas diez minutos trabajando en el fondo del pasillo con su nuevo y difunto amigo cuando escuchó un grito salvaje que llevaba su nombre.

—¡¡Max!!

Algo terrible le había ocurrido a Sofía. Tiró el cepillo que sos- tenía en su mano y salió corriendo hacia la entrada. Nada más girar el pasillo la vio sentada en el suelo tras el pedestal. Tenía los ojos extremadamente abiertos y había desaparecido el color de su rostro. Parecía aterrorizada. Inmediatamente, se arrodilló junto a ella ayudándola a incorporarse.

—¿Qué le ha pasado? ¿Qué es lo que ha visto? —preguntó Van Omeren.

Sofía le miró fijamente a los ojos durante un par de segundos, luego señaló el mármol que había estado limpiando. El arqueó- logo la dejó sentada con la espalda apoyada contra la pared y se acercó a la zona indicada. Empezó su examen. Sí, ahí había algo escrito, se trataba un texto muy pequeño que había sido grabado en el centro. Se cambió de gafas y leyó:


«Blick ins Innere4 – 13/10/78»



4 Mirad dentro

No era latín, ¡era alemán!... ¡Y adjuntaba una fecha en nume- ración decimal!

Van Omeren, tras emitir un grito de júbilo, volvió a junto a su compañera.

—Sofía, ¿cómo está? Llamemos inmediatamente a Osanna, tiene que ver esto.

El superintendente, que todavía no había abandonado el yaci- miento, se personificó al instante. Tras un breve análisis, ordenó que trajeran una pantalla de rayos X portátil para hacer un primer examen del interior sin tener que romper el mármol. Era un hombre prudente, poco dado a fantasías.

—¿Qué piensa ahora, Massimo? —le preguntó Sofía, intriga- da por la opinión de su progenitor, una de las pocas personas a las que respetaba.

—Ya veremos —respondió este con aire distante.

Poco después, el aparato estaba en su sitio y preparado para funcionar.

Osanna se acercó al conmutador de puesta en marcha, pero tras vacilar unos instantes, cambió de parecer.

—Señorita Sofía, ¿sería tan amable? Es justo que sea usted quien lo ponga en marcha —preguntó con su acostumbrada caballerosidad.

La arqueóloga, tras dedicarle una enorme sonrisa y darle un beso en la mejilla, accionó el conmutador. La pantalla se encen- dió revelando el contenido.


—¿Pero qué diantres es eso? ¿Un supositorio descomunal?

¿Un pintalabios para elefantas? —preguntó Gina, desconcertada.

—No... —contestó Van Omeren—. ¿Acaso no lo ve? —Todas las miradas se centraron en arqueólogo—. Es un Obús alemán de la Segunda Guerra Mundial, de ciento veintiocho milímetros diría yo. —Luego apretó un pulsador que proporcionaba los datos geométricos. Leyó con rapidez la información que apare-

cía en el monitor—. Sí, lo que yo decía, ciento veintiocho milí-

metros —confirmó, satisfecho.

Entonces sucedió lo inevitable. Aquello se convirtió en un ga- llinero lleno de aves recién decapitadas, chocando unas contra otras en su correteo sin rumbo.

El superintendente llamó enérgicamente al orden.

—¡Dejen de revolotear a mi alrededor!... ¡Y basta ya de chillar! —El efecto fue fulminante —Intenten mostrarse profe- sionales. Ahora vamos a intentar sacar al polluelo del huevo sin romper la cáscara.

Van Omeren fue el primero en hablar, atreviéndose a decir lo que más o menos todos estaban pensando.

—No es un huevo, señor. Es una cápsula del tiempo.

—No lo sabremos hasta abrirlo. Por lo que a mí respecta, estamos siendo víctimas de una colosal tomadura de pelo — respondió, incrédulo, el superintendente, dando a conocer sus pensamientos.

Luego usó el radioteléfono para llamar a mantenimiento, soli- citando un operario con lo necesario para separar de su base la placa donde reposaban los bustos de bronce. Esta estaba hecha del mismo tipo de mármol que el pedestal, sobre el cual sobresalía a modo de voladizo un centímetro de cada lado. Se podía ver en la parte inferior la línea de unión con la base, constituida esta de un solo bloque macizo que posteriormente había sido ahuecado.

Al poco rato llegó uno de los albañiles equipado con un disco de corte. Tras una breve conversación con Osanna, comenzó con su tarea de separar la placa—. ¡Apártense, esto va a levan- tar bastante polvo y chispas! —advirtió, poniéndose las gafas protectoras.

El hombre empezó a cortar a lo largo de la junta de unión, poniendo especial cuidado en no dañar la pieza. Avanzaba des- pacio rodeando el pedestal. Poco después la placa de mármol quedaba suelta.

A continuación, el superintendente dio instrucciones a Espó- sito para que se encargase de vallar la puerta de la domus. No quería a más personas al tanto del enigmático hallazgo.

Paolo y Gina fueron a retirar la placa con los bustos de encima del pedestal. Estaban tan muertos de curiosidad como los demás, pero Osanna detuvo su iniciativa haciéndoles esperar el regreso del arqueólogo. Van Omeren se encargó de desplegar una mesa portátil a modo de banco de trabajo para poder estudiar el pro- yectil con mayor comodidad. Luego, puso encima una caja llena de herramientas varias.

Los rayos X no habían arrojado ninguna luz sobre lo que con- tenía en su interior la pieza de artillería.

Nada más llegar Espósito, todos los arqueólogos se congrega- ron alrededor del enigma.


—Adelante, señores, salgamos de dudas —dijo el superinten- dente haciendo una señal a Paolo y Gina para que retiraran la placa de mármol. Estos se situaron uno a cada lado de la misma cogiéndola por el voladizo. A la de tres, comenzaron a izarla con sumo cuidado para depositarla luego junto a la base.

Osanna fue el primero en examinar el interior.

—Esto está lleno de una materia blanquecina de textura

fibrosa, ¿alguien sabe reconocerlo? —preguntó intrigado.

—Es amianto —contestó Van Omeren tras un breve análisis visual—. Como agente cancerígeno que es, hay que evitar aspirar las partículas que se desprenderán durante su manipulación.

—¿Tenéis máscaras filtrantes? —preguntó Espósito.

Tras asentir, Sofía corrió en busca de la caja de mascarillas desechables que guardaba en su mochila. También cogió la que contenía guantes de látex.

—Cada vez se parece menos a una broma. Este amianto indica que sabían de antemano las condiciones de temperatura a las que iba a estar expuesto el obús —dijo Gina, alterada.

—Deje de hacer conjeturas y tranquilícese —contestó el su- perintendente —, y esto vale para todos —añadió.

Convenientemente equipados, Gina y Paolo empezaron a sacar el amianto que envolvía la pieza, introduciéndolo en una bolsa de basura para su posterior análisis.

—¡Sí, sí, es un obús, tal y como dijo Maximilian! —gritó Paolo.

—¡Pesa mucho! Yo no puedo levantarlo en esta posición — dijo Gina.

Van Omeren la sustituyó. Entre él y Paolo sacaron lentamente la pieza de artillería. Luego la depositaron con delicadeza sobre la mesa plegable.

Osanna, rodeado del resto de los arqueólogos, comenzó con

un examen superficial.

—Fíjense, la cabeza del proyectil ha sido soldada al cartucho, probablemente con estaño. Luego aquí, a un palmo la base y también soldada, hay una pequeña llave de paso que tiene la boca obturada con el mismo tipo de material.

Al girar el obús para examinarla se escuchó un ruido pro- veniente de su interior. Unos objetos rozaban las paredes del cilindro metálico.

Todos observaban a Osanna en silencio, esperando escuchar sus primeras conclusiones. Esta vez no tendría más remedio que admitir la naturaleza paranormal del hallazgo.

—Podríamos deducir que usaron esta pequeña llave de paso para efectuar un vacío en el interior del proyectil, supongo que con el propósito de preservar los artículos que contiene —dijo el superintendente, cada vez más atónito.

—Vamos a abrirlo antes de que a alguno de ustedes le dé un soponcio.

Van Omeren cogió una sierra para metales de la caja de he- rramientas mientras que Paolo y Osanna sujetaban el obús por sus extremos a fin de facilitar la labor de su compañero.

—¡Vamos allá! —Exclamó el alemán—. Empezaré a cortarlo por la mitad; espero no estropear su contenido inadvertidamente.

Al poco de empezar su trabajo, se escuchó un débil siseo.

—¡Es aire! ¡Está entrando el jodido aire! ¡Aún se conserva el vacío! —gritó Gina, gesticulando a la napolitana.

Van Omeren empezaba a sudar copiosamente, por lo que Paolo tomó el relevo. Tres minutos después, el obús había quedado dividido en dos partes iguales. El superintendente y Sofía cogieron una mitad cada uno; luego las inclinaron, dejando caer sobre la mesa los objetos que contenían.

Nadie podía dar crédito a lo que contemplaban sus ojos. Era como estar viviendo una pesadilla. Sofía rompió a llorar; Gina y Paolo se abrazaban, asustados; Espósito y Osanna estaban priva- dos de la menor capacidad de reacción, intentaban hablar, pero no encontraban las palabras. Van Omeren sonreía en silencio.

Sobre la mesa reposaban cinco cartillas militares alemanas de la Segunda Guerra Mundial. La celulosa se había vuelto muy frágil y quebradiza, pero en su amarillenta portada aún podía verse con claridad a un águila con sus alas abiertas posada sobre una gran esvástica. Debajo de ella, en caracteres góticos, se dis- tinguía la palabra «Soldbuch». También habían dos cruces de hierro, cinco medallas de asalto de blindados, un distintivo de francotirador, una insignia de oro de destrucción de carros, tres medallas de herido, varios distintivos de la werhmatch, así como galones indicativos de rango y un pliego de documentos en muy mal estado entre los que se incluía una «Kennkarte5».

Sofía asió con mano temblorosa la cartilla militar que tenía más cerca, la abrió con cuidado y examinó la primera página.




5 Documento de identidad

Empezó a sollozar de nuevo. Luego, señalando a uno de los

bustos, afirmó:

—Es él.

El superintendente le pasó un clínex a Sofía y cogió otro para sí mismo, después miró con consternación al resto del grupo. Tras secarse el sudor de la frente, exclamó:

—¡Esto no es ninguna broma!






Capítulo 1


1/3/1944

BERLÍN – CUARTEL GENERAL DE LA GESTAPO





1

Eran las nueve de la mañana. Había llovido durante toda la noche. El cielo todavía estaba cubierto y hacía un frío glacial. Los ss-oberschutze6 August y Carsen montaban guardia en la puerta del número ocho de la Prinz-Alberchstrasse, el edificio más temido de todo Berlín. Desde que en 1936 le fuera otorga- da carta blanca, la Gestapo actuaba impunemente, al margen de cualquier control jurisdiccional. Nadie estaba a salvo de sos- pecha. Ser acusado de traición significaba el encarcelamiento, tortura y muerte, sin apelación posible. Cualquier atrocidad era legal si servía a los intereses políticos del estado. Hacía dos años que su despiadado dirigente, Reinhard Heydrich, había sido víctima de un atentado en Praga, muriendo ocho días después;


6 Cabo.

pero durante su mandato, a la «bestia rubia», como le llamaban sus propios hombres, le había sobrado tiempo para rodearse de algunos de los especímenes más crueles y virulentos del partido, y ninguno de ellos infundía más terror que el Kriminalrat7, Albert Kramer. Incluso los jefes de la RSHA8, Kaltenbrunner y Müller, se sentían incómodos ante su odiosa presencia. Las misiones que le encomendaban provenían directamente de Heinrich Himmler, lo cual les dejaba totalmente al margen. Además las órdenes via- jaban en un sobre cerrado que solo el propio Kramer podía abrir.

El día anterior había llegado uno de esos sobres.


—¡Que frío hace! —dijo tiritando August mientras cambia- ba su peso de un pie a otro con rapidez para intentar entrar en calor—. ¡Se me van a congelar las pelotas!

—Yo me he bebido tres vasos de Jägermeister para poder so- portarlo mejor —le contestó Carsen con una sonrisa y medio adormilado por el alcohol.

—¡Estás loco! Como se den cuenta de que estás borracho durante la guardia, te enviarán al frente del este. Allí sí que hace frío de verdad, claro que solo lo notas hasta que Iván te revienta la jeta y a la tuya le falta poco para llegar a Siberia —le advir- tió August.

—¿Quién va a darse cuenta? Los que entran y salen de esta casa de locos lo hacen con rapidez. Nunca se pararían a olerme los morros.

—Kramer sí lo haría —aseguró August con preocupación.

La sangre abandonó la cara de Carsen.

—¿Es que tiene que venir hoy? —preguntó con un hilo de voz.

—El asistente de Kaltenbrunner nos ha dicho que ha visto sobre la mesa de su despacho un sobre dirigido a él, pero ignora



7 Grado equivalente a capitán.

8 Oficina central de seguridad del Reich.

cuándo tiene que venir a recogerlo. Es Gekados9 —respon- dió August.

—Me estoy empezando a encontrar mal. ¿Es cierto lo que cuentan sobre ese tipo? ¿De verdad es un caníbal? —preguntó descompuesto.

—Eso son patrañas que se rumorean entre bastidores. La única verdad es que nadie que haya tenido bajo su punto de mira ha sobrevivido para contarlo. Recibe sus órdenes directamente de Himmler y eso pone nerviosos a los de arriba. Nunca saben si en ese sobre saldrá su nombre. Nadie está totalmente a salvo.

—¡Creo que voy a vomitar! —gimió Carsen blanco

como el papel.

En ese mismo instante doblaba la esquina un Citroën Strom- berg de color negro. Salvo la matrícula, no ostentaba ninguna identificación. Su brillante y pulida carrocería estaba perlada de gotas de lluvia y el vaho interior de los cristales imposibilita- ba reconocer a sus ocupantes. Circulaba lentamente, hasta que al final se detuvo delante de la puerta donde Carsen y August seguían montando guardia. El chófer paró el motor. Reinó el si- lencio. Pasaban los segundos, pero nadie salía del vehículo.

Carsen hizo ademán de adelantarse para abrir la puerta del coche, pero antes de que pudiera dar un solo paso, escuchó a August susurrarle entre dientes:

—Es el Kriminalrat Kramer. Ni se te ocurra moverte. Ponte

firme y no le mires a la cara.

Inmediatamente, los dos soldados quedaron petrificados en la postura exacta que especificaba el reglamento militar. Ambos tenían la mirada perdida en el infinito.





9 Alto secreto.

2

Himmler era la única persona que sabía la verdad sobre Albert Kramer. Su dosier estaba a buen recaudo en una caja fuerte que permanecía oculta en su habitación del castillo de Weweslburg y tan solo él conocía la combinación.

Era imperativo ocultar todo lo relacionado con su pasado. De otro modo, Albert hubiera sufrido la misma suerte que su madre. Albert Kramer era hijo del incesto. Su padre, Alois Kramer, fue un marinero alcohólico que 1916 participó en la batalla de Jutlandia. Su navío había resultado hundido por los británicos al poco de empezar la contienda. Durante el naufragio, perdía el antebrazo izquierdo, aplastado por una de las lanchas salvavi- das. Tras finalizar la guerra, se pasaba los días pidiendo limosna y el poco dinero que conseguía, se lo gastaba bebiendo hasta la estupefacción total. Su hermana Gilda era deficiente mental y vivía con él desde la muerte de sus padres. Alois la alimentaba

de las sobras que recogía en vertederos y cubos de basura.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-42 show above.)