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Excerpt for El arte de pensar by , available in its entirety at Smashwords

Arthur Schopenhauer

El arte de pensar

Lectorum

Edición Smashwords

El arte de pensar

© Arthur Schopenahuer

© Lectorum

D. R. © Editorial Lectorum, S.A. de C.V., 2016 Batalla de Casa Blanca, Manzana 147 A, Lote 1621 Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

CP. 09310, Ciudad de México Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx ventas@lectorum.com.mx

Primera edición: septiembre del 2016

ISBN edición impresa: 978-1548-928-049

D.R. © Traducción: Rogelio Miranda

D. R. © Imagen de portada: Shutterstock®

D. R. © Portada: Esperanza Tenorio Piedra

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.

Índice



El arte de pensar

Pensar por sí mismo

Pensar y leer

El lenguaje y las palabras

El arte de escribir

El oficio del escritor

Sobre el estilo

Sobre la música

La música en la jerarquía de las artes

Metafísica de la música

La música, lenguaje universal

El arte de pensar



Pensar por sí mismo

La más rica biblioteca, si está en desorden, no es tan útil como una biblioteca restringida pero bien ordenada. Del mismo modo, puede uno tener multitud de conocimientos, pero, si no han sido elaborados por el propio pensar, resultarán de menos utilidad que una pequeña cantidad de los mismos debidamente asimilados. Tan sólo combinando todos los aspectos de lo que uno conoce y comparando una verdad con otra, se llegará a dominar y se entrará en posesión del propio saber. Únicamente se puede profundizar en aquello que uno conoce; hay, por tanto, que aprender algo: pero tan sólo se sabe aquello que uno ha profundizado.

Leer y aprender son cosas que podemos hacer por propia voluntad; pero no sucede lo mismo con el pensar. El pensar ha de ser estimulado, como el fuego por una corriente de aire, y sostenido por algún interés en el tema que está en juego. Este interés puede ser de tipo puramente objetivo o solamente subjetivo. El último caso se refiere, de manera exclusiva, a las cosas que nos conciernen personalmente. El interés objetivo se aplica tan sólo a las cabezas pensantes por naturaleza, para las que el pensar es algo tan natural como el respirar. Pero son casos muy raros. Por eso, encontramos tan pocos ejemplos entre los eruditos.

Es increíble qué diferente efecto tiene sobre la mente el propio pensar en comparación con la lectura. Y esto acrecienta la diferencia original de los cerebros, en virtud de la cual, unos se ven inclinados a pensar y otros a leer. La lectura impone a la mente pensamientos que son tan extraños y heterogéneos a la dirección y a la disposición en que entonces se encuentra, como el sello al lacre sobre el cual imprime su marca. El espíritu recibe así una total compulsión desde el exterior para pensar una cosa u otra, aunque no tenga en el momento el menor impulso o inclinación a hacerlo así.

En cambio, cuando uno piensa por sí mismo, sigue el impulso de su propia mente tal como está determinado en ese instante por las circunstancias exteriores o por algún recuerdo. Las circunstancias exteriores no imponen a la mente un pensamiento determinado, como hace la lectura, sino que meramente le dan la materia y la ocasión de pensar lo que es conforme a su naturaleza y a su situación presente.

Por esta razón, el mucho leer priva al espíritu de toda elasticidad; es como mantener un muelle bajo la presión continua de un gran peso. Y el método más seguro para no tener pensamientos propios es coger un libro en la mano en cuanto disponemos de un minuto libre.

Esta práctica es la que explica por qué la sobrecarga de erudición hace a tantos hombres más triviales y simples de lo que, por naturaleza, son, y priva a sus escritos de todo éxitoi

Como agudamente dice Pope, están:

For ever reading, never to be read.

(Siempre leyendo, para nunca ser leídos.)


Eruditos son aquellos que han leído en las páginas de un libro; los pensadores, los hombres de genio, lumbreras del mundo e impulsores del progreso, han leído directamente en el libro de la naturaleza

Básicamente, sólo los pensamientos propios tienen verdad y vida; sólo entendemos a éstos de forma auténtica y total. Leer los pensamientos de otros es como tomar las sobras de un banquete al que no fuimos invitados o como ponernos los vestidos que un forastero dejó en casa.

El pensamiento leído en otros es al pensamiento propio, nacido espontáneamente en nosotros mismos, lo que el fósil de una planta prehistórica es a las plantas que brotan en primavera.

La lectura no es más que un sucedáneo del propio pensar. Dejamos que nuestra mente, sobre andadores, siga el camino que otro va señalando. A esto se añade que muchos libros sirven sólo para mostrar cuántos falsos senderos existen y cómo podemos extraviarnos si los seguimos. Pero aquel a quien el genio dirige, es decir, el que piensa por sí mismo, el que piensa libre y profundamente, éste posee la brújula para encontrar el camino verdadero.

Hay que leer tan sólo cuando se seca la fuente de los propios pensamientos; lo cual sucede con frecuencia aun a las mejores cabezas. Pero desechar los pensamientos propios y auténticos, para tomar un libro en la mano, es pecado contra el Espíritu Santo. Sería como si huyésemos de la naturaleza libre para contemplar un museo de plantas disecadas o para observar bellos paisajes grabados en láminas de cobre.

Podemos a veces descubrir, a base de tiempo, esfuerzo y reflexión, una verdad o una idea que se hubiera podido cómodamente encontrar en un libro y nos hubiésemos ahorrado todo el trabajo. Pero tiene cien veces más valor cuando la hemos obtenido por el pensar personal. Sólo entonces penetra como parte integrante, como miembro vivo, en el sistema entero de nuestro pensar, se mantiene en plena y sólida relación con él, es comprendida en todas sus razones y consecuencias, adquiere el color, matiz y sello de toda nuestra manera de pensar y, como llega en el momento preciso en que su necesidad se hacía sentir, queda enérgicamente fijada y no puede olvidarse. Aquí tiene perfecta aplicación, y su interpretación, el consejo de Goethe:

Was du ererbt von deinen Viitem hast,

Erwirb es, um es zu besitzen.

(Lo que de tus mayores has heredado, gánalo, para que, de verdad, sea tuyo.). (Fausto, I, 682)


El que piensa por sí mismo se forma sus propias opiniones y tan sólo más tarde conoce los testimonios de otros a este respecto, cuando no sirven más que para confirmar su creencia en ellas y en sí mismo.

El filósofo que saca sus ideas de libros empieza por las autoridades y, con las opiniones de otros que ha recogido, construye un conjunto que se parece a un autómata compuesto de materiales extraños.

En cambio, el que piensa por sí mismo crea una obra que es un ser vivo, producto de la naturaleza. El mundo exterior se encarga de fecundar al espíritu pensante que después procrea y da a luz un ser con vida.

La verdad puramente aprendida se adhiere a nosotros como un miembro artificial, un diente postizo, una nariz de cera o, a lo sumo, como una nariz rinoplástica.

La verdad adquirida por el propio pensar es un miembro natural: tan sólo ella nos pertenece en realidad. Ésta es la diferencia fundamental entre el pensador y el simple erudito.

El producto intelectual del que piensa por sí mismo es como un bello cuadro, fiel a la vida, en que la luz y las sombras son exactas, su tono contenido, la armonía de colores perfecta.

El producto intelectual del erudito, por el contrario, recuerda una gran paleta llena de abigarrados colores, a sumo sistemáticamente dispuestos, pero sin armonía, sin cohesión y sin significado.

Leer es pensar con la cabeza de otro en lugar de con la propia. Y nada hay tan perjudicial para el pensar personal, que siempre tiende a desarrollar un conjunto coherente, aunque no sea estrictamente cerrado, como una afluencia demasiado abundante de pensamientos extraños, debida a una continua lectura.

Esos pensamientos, procedentes, cada uno de ellos, de mentes muy diversas, pertenecientes a distintos sistemas, impregnados de diferentes colores, nunca fluyen por sí mismos en un todo intelectual, en una unidad de saber, de profundidad, de convicción; más bien producen en el cerebro una ligera confusión babélica de lenguas, privan al espíritu, que está sobrecargado, de toda visión clara y, por así decir, lo desorganizan.

Tal situación puede observarse en muchos eruditos, y ello hace que, en sana comprensión, juicio recto y sentido práctico, sean inferiores a muchos no eruditos que siempre han subordinado e incorporado a su propio pensar el pequeño saber que han obtenido del exterior por la experiencia, la conversación y un poco de lectura.

Precisamente esto es lo que hace también, en mayor escala, el pensador científico. Aunque tiene necesidad de muchos conocimientos y debe, por consiguiente, leer mucho, sin embargo, su espíritu es suficientemente fuerte para dominar todo esto, para asimilarlo e incorporarlo en el sistema de sus pensamientos y subordinarlo así al conjunto orgánico de sus intuiciones grandiosas, siempre abiertas a nuevos desarrollos. Y, en el proceso, su propio pensar, como el bajo del órgano, domina constantemente todo y no es nunca sofocado por otros tonos, como sucede con las mentes puramente enciclopédicas en las que fragmentos musicales en todas las claves se mezclan confusamente y ya no se oye ninguna nota fundamental.

Las personas que se han pasado la vida leyendo y han sacado su sabiduría de los libros son como aquellos que, a través de numerosas descripciones de viajes, han adquirido conocimiento exacto de un país: pueden damos muchos detalles sobre él; pero, en realidad, no tienen un conocimiento coherente, claro y profundo de su condición real.

Los que pasan la vida pensando son como los que han vivido en ese país. Sólo ellos saben con exactitud de lo que hablan, conocen bien la situación real con todas sus conexiones y, en ese tema, se encuentran como en su propia casa.

El filósofo común que saca sus ideas de los libros es a un pensador personal lo que un historiador a un testigo ocular; este último ha tenido una visión personal, directa, de las cosas. Así pues, todos los que piensan por sí mismos están, en el fondo, de acuerdo. Su diferencia procede tan sólo del hecho de que observan desde un punto de vista distinto. Cuando éste no modifica nada, dicen todos lo mismo, pues no expresan sino el resultado de una percepción objetiva de las cosas. A veces he encontrado, en grandes escritores de la Antigüedad, para mi agradable sorpresa, ideas contenidas en pasajes de mis obras que yo, dado su carácter paradójico, tan sólo después de muchos titubeos, presentaba al público.

El filósofo libresco registra lo que uno ha dicho, lo que otro interpretó, las reservas de un tercero. Compara todo eso, lo pesa, lo critica y trata de llegar a la verdad de las cosas; en lo cual actúa como un historiador crítico. Investigará, por ejemplo, si Leibnitz en una época, en un momento determinado, fue espinosista y cosas semejantes.

El que sienta curiosidad y afición por estos temas podrá encontrar conspicuos ejemplos de tal procedimiento en Analytical Eluditation de Herbarts, así como en Letters of Free- dom del mismo autor. Causa asombro que un escritor de esta categoría se tome un trabajo tan considerable para alcanzar un fin, al que hubiera llegado rápidamente mediante un poco de reflexión personal y el examen directo de las cosas.

Únicamente surge en este camino una pequeña dificultad: hacer eso no depende de nuestra voluntad. Puede uno siempre sentarse y leer pero no ... pensar.

Con los pensamientos sucede como con las personas: no podemos convocarlas siempre a nuestra voluntad; es preciso esperar a que vengan. La reflexión sobre un asunto tiene que presentarse por sí misma mediante la combinación feliz y armoniosa entre la ocasión exterior y la disposición y estímulo de la mente. Y eso es, precisamente, lo que no parece constituir el patrimonio de tales espíritus, y esto encuentra también su explicación hasta en los pensamientos relativos a nuestros intereses personales. Cuando es necesario tomar una resolución en temas de este género, no podemos, exactamente en un momento elegido a nuestro gusto, sentamos, sopesar las razones y decidir. Con frecuencia, nuestra reflexión, rehuyendo, en ese preciso momento, fijarse en ese tema, se desliza hacia otros asuntos, y la causa de ello es, algunas veces, la aversión hacia el asunto mismo. En tales casos no debemos forzar nada, sino esperar a que la apropiada disposición mental, por sí misma, llegue. Con frecuencia viene de una manera inesperada y retoma una y otra vez, y la diferente disposición con que, en distintos momentos, la afrontamos, proyecta siempre nueva luz sobre el asunto. Este lento proceso es lo que se entiende por madurar las resoluciones.

La tarea habrá de ser repartida. Algo que, al principio, pasó casi inadvertido, sorprende nuestra atención y desaparece la aversión, pues, como sucede con frecuencia, las cosas vistas más de cerca nos parecen más soportables. Incluso en cosas teóricas hay que esperar el buen momento; y el mejor cerebro no está siempre en estado de pensar. En ese caso hará bien en emplear su tiempo en la lectura, que es, como hemos señalado, un sucedáneo del pensar personal y da alimento al espíritu con lo que otros piensan, aunque de una manera que no es la nuestra.

No hay que leer, pues, en demasía para que el espíritu no se habitúe al sucedáneo y, con ello, olvide la realidad misma; es decir, que no se acostumbre a los senderos trillados y, por seguir el pensamiento ajeno, se aparte del suyo propio.

Más que nada, ha de evitarse que, a causa de la lectura, perdamos por completo de vista el mundo de la realidad, pues la ocasión para pensar por sí mismo y la interna disposición para ello las crea infinitamente más a menudo el mundo real que el de los libros. Lo visible y lo real, en su fuerza como elemento primario de la existencia, es el objeto natural del espíritu pensante y es lo que más le puede conmover de un modo profundo.

Después de estas consideraciones, no nos sorprenderá si el que piensa por sí mismo y el intelectual libresco se distinguen fácilmente por su manera de expresarse. Aquél se reconoce por la seriedad, originalidad, forma directa, convicción personal de todos sus pensamientos y expresiones.

En éste, en cambio, se ve que todo es de segunda mano, desvaído y obtuso, ideas transmitidas, trastos usados, la copia de una copia. Su estilo, a base de frases convencionales y banales, de términos a la orden del día, es comparable a un pequeño estado cuya circulación monetaria consista únicamente en monedas extranjeras porque no ha acuñado la suya propia.

La simple experiencia no puede tampoco reemplazar al pensar mejor que la lectura. El puro empirismo es, respecto al pensamiento, lo que el comer respecto a la digestión y la asimilación. Cuando la experiencia se vanagloria de que ella sola, con sus descubrimientos, ha hecho progresar al género humano, es como si la boca pretendiera que el bienestar del cuerpo depende sólo de ella.

Las obras de todas las mentes realmente bien dotadas se distinguen de las otras por un carácter de seguridad y determinación, lo cual implica claridad y transparencia, pues esas mentes siempre saben, de una manera definida y clara, lo que quieren expresar, ya sea que usen como medio prosa, verso o música. Esa determinación y claridad falta a los otros, lo que hace que se les reconozca prontamente por lo que son y valen.

La señal característica de todo espíritu de nivel superior es que sus juicios son siempre de primera mano. Todo lo que anticipan es el resultado de su propio pensar y se manifiesta de modo evidente en la manera misma de expresar sus pensamientos. Poseen, como los príncipes, un poder directo en el reino del espíritu; los demás tienen una autoridad delegada, lo cual puede verse en su estilo que no tiene sello propio.

Así pues, el que realmente piensa por sí mismo es como un monarca: es soberano y no reconoce a nadie por encima de él. Sus juicios, como reales decretos, emanan de su poder supremo y proceden directamente de él. No acepta autoridades, al igual que un monarca no acepta órdenes, y só1o admite lo que él mismo ha sancionado. La multitud de mentes comunes, en cambio, atrapadas en toda suerte de opiniones corrientes, autoridades y prejuicios, son como pueblo que silenciosamente obedece las leyes y acepta las órdenes que vienen de lo alto.

Las gentes ansiosas y apresuradas en decidir cuestiones en litigio invocando autoridades, se sienten realmente aliviadas cuando pueden sustituir la inteligencia e intuición propias, de que carecen, con las de otros. Su número es legión. Porque, como dice Séneca: unusquisque mavult credere, quam judicare (cualquiera quiere mejor creer que juzgar por sí mismo, De Vita Beata, I, 4). Por eso, en sus controversias, el arma común que han elegido es la invocación de autoridades. Se baten entre sí a golpes de autoridad.

Si a alguien le sucede encontrarse en medio de una controversia de este tipo, no conseguirá nada si pretende defenderse con razones y argumentos; contra tales armas ellos son Sigfridos invulnerables, sumergidos en la ola de la incapacidad de pensar y juzgar: alzarán sus autoridades como un argumentum ad verecundiam (un válido argumento de prueba basado en el respeto) y clamarán victoria.

En el mundo de las realidades físicas, por muy bello, feliz y atractivo que sea, vivimos siempre sujetos a la ley de la gravedad que constantemente tenemos que superar; pero en el mundo del pensamiento somos espíritus incorpóreos sin gravedad ni presiones. Y no existe felicidad mayor en la tierra que la que un espíritu distinguido y fecundo encuentra en sí mismo en las horas propicias.

La presencia de un pensamiento es como la presencia de una mujer amada. Juramos que nunca olvidaremos este pensamiento y que la mujer amada nunca nos podrá ser indiferente. Pero... lejos de la vista, lejos del corazón. El más bello pensamiento corre el riesgo de ser inevitablemente olvidado si no lo anotamos, y la persona amada nos abandonará si no la hacemos nuestra esposa.

Hay multitud de pensamientos que tienen valor para quien los piensa, pero pocos, entre ellos, tienen garra suficiente para producir en los demás repercusión o reflejo, es decir, para, después que han sido escritos, ganar el interés vivo del lector.

Verdadero valor sólo tiene lo que uno ha pensado, ante todo, para sí mismo. Pudieran dividirse los pensadores en dos clases: los que piensan básicamente para sí y los que piensan para los demás. Los primeros son los auténticos, los pensadores personales en el doble sentido de la expresión, los verdaderos filósofos. Sólo ellos van al fondo de las cosas. El gozo y felicidad de su existencia consiste precisamente en pensar.

Los otros son sofistas, quieren brillar y buscan su fortuna en lo que así esperan conseguir de los demás. Sólo eso toman en serio. A cuál de las dos clases pertenece un hombre, su estilo y su manera lo revelan muy pronto. Lichtenberg es un ejemplo de la primera clase; Herder pertenece ya a la segunda.

Cuando se considera lo vasto y tan íntimo a nosotros que es el problema de la existencia -de esa existencia nuestra, equívoca, torturada, fugitiva, semejante a un sueño-, tan vasta y tan inmediata a nosotros que, apenas la descubrimos, los demás problemas y objetivos quedan en la sombra y como ocultos; cuando se comprueba que todos los seres humanos -aparte de pocas y raras excepciones- no se dan clara cuenta del problema, más aún, no parecen percibir que existe y se cuidan de todo, excepto de sí mismos, y se ocupan no más que del día presente y de la duración, no mucho más larga, de su porvenir personal, descartando expresamente el problema o soslayándolo mediante algún sistema de metafísica popular con el cual se contentan; cuando se considera esto, tiene uno derecho a llegar a la conclusión de que el hombre, tan sólo en un amplio sentido, puede ser clasificado ser pensante; y no resultará sorprendente ningún gesto de irreflexión o necedad; y más bien se reconocerá que el horizonte intelectual del hombre normal sobrepasa indudablemente al del animal -cuya existencia entera, no consciente del pasado ni del porvenir, es, de algún modo, un simple presente-, pero no a una distancia tan inconmensurable como generalmente se suele admitir.


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