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Formando Padres Espirituales





Formando

PADRES

ESPIRITUALES









Rodolfo Pronesti








Pronesti, Rodolfo.


Formando Padres Espirituales. - 5a ed. - 2018.


ISBN 978-987-33-0476-7

1. Espiritualidad Cristiana. 2. Padres Espirituales. I. Título

CDD 248.5



Todos los derechos reservados.

©2011 por Rodolfo Pronesti




Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, procesada en algún sistema que la pudiera reproducir o transmitida en alguna forma o por algún medio electrónico, mecánico, fotocopia, cinta magnetofónica u otro excepto para breves citas en reseñas, sin el permiso previo de los editores.


Texto Bíblico tomado de la Santa Biblia Sociedades Bíblicas Unidas y se utilizó versión Reina Valera Revisada (1960)


Impreso en Argentina / Printed in Argentina


Formando Padres Espirituales








Índice


Introducción Pág. 4


Padre Se Busca...

Primera Sección: La lucha Pág.7

Segunda Sección: Un principio Pág.13

Tercera Sección: La decisión Pág.21

Cuarta Sección: El propósito Pág.29


Engendrando Un Padre

Primera Sección: Dios tiene memoria Pág.31

Segunda Sección: Cambiando la metodología Pág.43

Tercera Sección: La esterilidad no es permanente Pág.49


¿Por Qué Engendrar Hijos?

Primera Sección: Sólo los hijos heredan Pág.55

Segunda Sección: Una historia de amor Pág.63

Tercera Sección: Herencia del Señor son los hijos Pág.67

Cuarta Sección: El legado de la herencia Pág.73














Introducción


Formando Padres Espirituales tiene como objetivo iluminar y redescubrir el verdadero sentido que la iglesia tuvo desde el principio de su concepción.

A lo largo de los años, por diferentes motivos, y quizás simplemente por ser humanos y nada más, luchamos por alcanzar uno o varios objetivos, invirtiendo en ello todo lo que tenemos y somos. Al alcanzarlos, y comenzar a vivirlos, rápidamente nos cansamos de ellos y dirigimos nuestra búsqueda hacia nuevos desafíos sin saber si es o no lo correcto, o lo que es peor, si es voluntad de Dios.

Sé y entiendo que no es algo fácil de digerir, y también que tal vez muchos piensen que es lo que están haciendo ya, y eso sería un motivo de gran gozo. Otros pensarán que esta clase de pensamiento es un tanto radical y que no es tan cierto que Dios nos pida semejante compromiso, o sacrificio; lo que también es comprensible, ya que al ver nuestra relación natural con nuestros hijos se nos puede hacer incomprensible que esta sea la relación que debemos instrumentar con nuestros feligreses o discípulos.

Quizás este sea el centro de la cuestión, porque al leer estas páginas te verás desafiado a pensar seriamente cual es la verdadera relación que debes tener con los que son parte del pueblo que Dios puso en tus manos.

De cualquier forma, quiero decirte que esta es y ha sido también para mí una situación no tan cómoda, pero lo que debemos preguntarnos es ¿Será tal vez ésta la manera en que Dios quiere que yo vea y piense con respecto a su pueblo?

Lo que es indiscutible es que la relación original de los apóstoles o Padres Apostólicos, con los que recibían a Cristo en su corazón en los primeros años de la iglesia, era una relación paternal y no simplemente de maestro a discípulo. El cuidado no era un simple cuidado de tutor o enseñante, sino que era algo mucho más profundo. Por ejemplo, la tradición enseña que cuando Pablo no quiso llevar con él a Juan Marcos, Bernabé se fue con él hacia las iglesias de Asia (Hechos 15:37-39), donde ejercía su ministerio Pedro, quien lo tomó por HIJO (de hecho, así lo llama en sus epístolas). Esta relación salvó a este joven de una gran catástrofe espiritual y nos permitió a nosotros gozar hoy del evangelio de Marcos. Con el correr de los años Pablo lo hace llamar porque le era útil en la obra del ministerio, aquel que otrora lo expulsara, ahora lo llamaba.

Particularmente creo que de alguna manera estamos regresando al origen de todas las cosas, Dios por donde comienza termina. De ahí que el apóstol mismo dijo: “...hasta los tiempos de la RESTAURACIÓN DE TODAS LAS COSAS...” (Hechos 3:21).


Esencialmente hoy la iglesia y principalmente nosotros, los ministros, estamos comprendiendo que hay algo más de lo que hemos practicado o creído, pues nos enfrentamos a muchos fracasos y también a muchas preguntas, que a veces no tienen aparentemente respuestas. No creo que la equivocación esté en Dios, y lo que tengo en mi corazón es que quizás este sea una nueva dispensación para nuestras vidas espirituales, donde debamos encontrar el corazón del padre y con ello, identificar nuestras vidas con sus deseos. Así al fin encontraremos la realización de nuestros sueños, porque serán los suyos también, no olvidemos que Él dijo que si pedimos CONFORME A SU VOLUNTAD Él nos oye (1 Juan 5:14), y recibiremos.

Al fin, en las páginas que el Señor por su amor me permitió plasmar en este libro, tal vez encontrarán principios de pequeños misterios que hubieran deseado que se desarrollen más ampliamente. La razón por la que no es así es muy simple, primero: no es la causa de ser de estos pensamientos propios en forma de páginas escritas, y segundo: tal vez mi estrechez sólo me permita llegar hasta allí. Si de alguna forma sirve para inspirarte a bucear con mayor profundidad en ellas a través de las escrituras, será un motivo de gran gozo para mí, y pensaré que de alguna manera he logrado mi objetivo. Y la principal de todas es que realmente tengo esta carga en mi corazón, pues he visto a centenares de ministros en el mundo entero viviendo una vida de esterilidad sin entender cómo salir de ella, y que tal vez equivocadamente creen que la multitud de personas en las bancas de sus iglesias sería la marca de su virilidad en el ministerio. Por esto persiguen este propósito, pero se ven frustrados con el correr del tiempo, y hasta llegan a pensar que realmente Dios tiene hijos preferidos, porque se lo ha concedido a algunos otros y a ellos no.

Digo esto porque yo mismo llegué a pensarlo de mi propia vida y ministerio. En realidad la ecuación es mucho más simple de lo que parece, y simplemente radica en la confianza que Dios pueda tener en nosotros acerca del cuidado que les demos a SUS hijos; y esto tiene una relación directa con el corazón, con lo que sintamos en este (el corazón) por Él, y si estamos verdaderamente decididos a ser sembrados, o dicho de otra manera, a abrazarnos de las columnas del altar y llorar con amargura nuestra esterilidad, para concebir el hijo, que luego deberíamos ser capaces de poner delante del altar para sacrificarlo solo por amor a Él.

Esto es lo que hizo Ana. Lloró años su esterilidad y cuando alcanzó la promesa de su hijo, lo sacrificó dejándolo en manos de un sacerdote que ni siquiera proveía para las necesidades básicas del niño, al que utilizaba como esclavo; ya que su madre año tras año traía una túnica nueva para el niño. Es decir, a pesar de haberlo sacrificado y presentado como ofrenda, todavía vivía en ella la preocupación de la provisión. Gran ejemplo de lo que debe ser nuestra visión en Él, que aun en lágrimas para poder obtenerla, debemos ser capaces de dejarla en el altar de la ofrenda sabiendo que todo lo que tenemos lo hemos recibido.

¿Podremos luego de obtener con lágrimas y gemidos en nuestros dolores de parto, dejar en el altar los hijos que anhelamos, reconociendo que SU comunión es mucho más importante? ¿Podremos retener la intimidad necesaria para poder darle a conocer a nuestros jóvenes la realidad de Su presencia, y así ellos obtengan la fuerza necesaria para llevar adelante, con nuestros consejos, esta gran obra de redención que nos necesita a todos? Y por fin... ¿Seremos capaces de hacerles conocer al Padre a nuestros hijos?

Estás preguntas quizás solo queden plasmadas en estas páginas... o tal vez al leerlas tú también, como yo, te enfrentes al desafío de hacer algo al respecto.



Padre se busca...

PRIMERA SECCIÓN

LA LUCHA



Corría el año 2001, y la iglesia en general estaba mutando, sufriendo un cambio, se comienza a hablar con fuerza acerca de los “cinco ministerios”, ya hacia algunos años que el ministerio profético tenía una cierta fuerza y profetas comenzaron a aparecer por todas partes, algunos de ellos verdaderos hombres de Dios con un fuerte llamado al ministerio, pero otros eran solo tristes exponentes de lo que deseaban y anhelaban, pero...

Sería bueno hacer aquí el primer paréntesis, y decir que creo absolutamente en el ejercicio de los cinco oficios bíblicos, Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros, y los llamo oficios porque eso es lo que verdaderamente son, aunque muchos los hemos llamado por mucho tiempo: Ministerios. Pero si buscamos detenidamente en la escritura encontraremos que no fueron llamados así, y que realmente los ministerios son otros, como decía, el oficio profético hacía tiempo que estaba tomando fuerza y vigor en la iglesia, las profetisas o mujeres que ejercían este oficio comenzaron a dar lugar a los profetas, que comenzaron a surgir por todo el mundo evangélico alrededor de la tierra.

El oficio profético tiene la particularidad de que el Espíritu Santo debe desarrollar una batalla tremenda contra la humanidad del que lo practica, no se trata de ejercitar la palabra Logos, es decir la palabra escrita, para dar consejo como lo hace un pastor, sino que aquí se debe ejercitar la palabra Rema, es decir el “así dice el Señor”. Esto por supuesto es mucho más excitante y.… artístico se podría decir, pero en esto es necesario una gran cuota de renunciamiento o muerte al yo.

Particularmente creo que todo profeta tiene una parte de hombre en sus palabras y otra parte de Dios, algunos tienen un alto porcentaje de Dios y otros tan sólo la idea de lo que Dios le imprimió en el corazón y luego solo dibujan sus sentimientos en la profecía, disfrazándola de palabra de Dios, tal vez por eso el apóstol Pablo cuando habló de esto a la iglesia de Corinto, dijo:

...que el profeta hable y los demás JUZGUEN” (1º Corintios 14:29).


Esta parte es la que falta en la iglesia actual, porque muchos tienen temor de JUZGAR, y además porque los supuestos profetas se refugian en el NO JUZGUEIS (Mateo 7:1), pero creo que sería realmente sano y provechoso para todos si se hiciera así...


Sigamos. En ese año hace su aparición en escena el oficio Apostólico, y surgen apóstoles en diferentes partes del mundo dentro del evangelio, algunos lo llaman: Un Nuevo Mover, otros La Restauración de los Ministerios, otros La Iglesia Completa.... y hay quienes sólo miran con cautela lo que sucede, no queriendo ser estorbo a la obra del Espíritu, pero tampoco aceptando todo como ENVIADO DEL CIELO... y también hay quienes lo rechazan definitivamente.

Mi pregunta en ese tiempo fue: ¿Qué pensará Dios de todo esto? Y sin darme cuenta desaté dentro de mí la batalla más grande que jamás tuve que enfrentar: la lucha contra mis propias miserias...


El Espíritu de Dios comenzó a imprimir muy fuerte dentro de mí una realidad que yo no quería ni ver ni aceptar, y me dijo: LA IGLESIA NECESITA PADRES. Yo quería discutir el tema de los apóstoles y el Espíritu me hablaba de Padres... Sentía una voz que me decía: “Mis hijos crecen huérfanos, necesitan padres...”. Llegó a mi corazón el susurro de Dios recordándome: “Él hará volver el corazón de los padres a los hijos y de los hijos a los padres...” (Malaquías 4:6), y me llevó a Lucas cuando esta palabra es desatada sobre Juan el Bautista. Noté que en Lucas solo la mitad de ella tuvo cumplimiento, y que no termina con: “de los hijos a los padres”, sino “...y de los impíos a la prudencia de los justos”.


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